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Texto digital de El segundo David

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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El texto procede de la transcripción automática de la copia incluida en Autos sacramentales de Pedro Calderón de la Barca, IV, conservada en la Biblioteca Nacional de España, signatura MSS/16279.

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El segundo David. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-segundo-david.

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EL SEGUNDO DAVID

Jornada primera

Pag. 1

Auto Sacramental historial Alegórico Intitulado. El Segundo David. De Don Pedro Calderón.

Personas. David. La Humildad. El Amor Divino. San Joaquín. Santa Ana. La Soberbia. El Temor. Goliat. Un Capitán. Un Soldado. Saúl. Músicos.

Sale David y la Humildad.

Humildad.

Cuando, Pastor Soberano,

que este nombre os quiero dar

por Pastor que ha de librar

Pag. 2

Humildad.

a todo el género humano

con la piedra de esa mano

derribaréis al cruel

gigante, viera Israel.

En traje de pastor

contemplación de mi amor

¿cuándo bajaréis por él?

La hermosa naturaleza

os está, Señor, mirando

y en su idea contemplando

vuestra divina belleza

en esta ruda aspereza.

Cantan profetas pastores

que vendréis por mis amores

y que ya se acerca el día

que vestiréis de alegría

los prados, fuentes y flores.

Muérome, dulce Señor,

por mirar vuestra hermosura,

mas ¿qué no hará la criatura

por su divino Creador?

que has de venir a ser huésped

de mi humilde cabaña

rotas de amor las entrañas,

¿qué mucho que agradecida

os rinda el alma y la vida

por tan gloriosa hazaña?

¡Oh, qué dichoso el día

que os han de ver estos ojos!

Paz de mis dulces enojos,

gloria de las penas mías,

esmalte de alegría

el campo viendo que en él

está ya su pastor fiel.

El valle de luz, el prado

la flor, el monte, el collado

den suero, leche y miel;

como mi pobre manjar

como de justo agradecida

cuán poco el daros la vida

que os tenga de costar.

Pag. 3

Humildad.

Yo os prometo de estar

tan sujeta desde ahora,

puesto que mi amor no ignora

con que la vida me dais,

pues humilde me estimáis

y me queréis labradora.

David.

Humildad, no hay para mí

cosa de tanto contento

como el agradecimiento,

solo verte rendida así.

¿Cuándo mudaré por ti

este traje de pastor,

amor, que ensaya el rigor

con que te ha de hacer mortal,

que hasta al ser natural

de Dios se atreve el amor?

Vendré, pastor extranjero,

por ti, gallarda Raquel,

donde a Labán más cruel

servir más años espero.

Pero como yo te quiero

por los hebreos engaños,

pastaré treinta y tres años,

que, para hacerte favor,

pocos los juzga mi amor,

que llama gloria a los daños.

No temeré del helado

enero la escarcha fría,

de espinas me verá el día

más que de nieve escarchado,

ni del agosto abrasado

el calor, si a verte llego,

que quien al sol deja ciego,

viendo que entre nieve estoy,

hará, cuando fuego soy,

que tiemble de verme el fuego.

Viviré por las montañas

hasta que muera por ti,

que pueda el amor en mí

hacer tan altas hazañas.

Pag. 4

David.

En las zafiras cabañas

de mi Padre, aunque ofendido,

tomaré mortal vestido,

trocaré el cetro en cayado,

que para ver mi ganado

bajaré de amor perdido.

Humildad.

¡Ay, mi bien, y mi señor!

¡Mi David y pastor mío!

¿Vos con escarcha y rocío

solicitando mi amor?

¿Vos pastor? ¿Vos labrador?

¿Vos ángel de gran consejo?

¿Vos de vuestro Padre espejo

en quien su grandeza admira?

Muero de amor, amor mira

cuán dulcemente me quejo.

Jacob sirvió catorce años

por Raquel: ¿Vos treinta y tres,

rasgando manos y pies,

para reparar mis daños?

¿Vos en países extraños

más que en la tierra oriental?

¿Vos el hijo natural

de Dios en forma de esclavo?

Por tanto a un Dios alabo,

matadme por tanto mal.

David.

Antes quiero darte vida,

dulce humildad de mis ojos.

Penas, disgustos y enojos

por ti quiere amor que pida.

Mi alma se queja herida

de un cabello de tu frente;

no te espante que esto intente

para juntarnos los dos,

que solo un hombre que es Dios

tiene amor omnipotente.

Seré labrador galán,

venceré galas y amores

de los demás labradores

hijos de tu padre Adán.

Seré el sembrador y el pan,

Pag. 5

Idumea.

Seas el trigo de Belén,

para que tengas también

(Rey, puro y limpio estarás)

alimento mientras vas

a esa mejor Jerusalén.

Humanidad.

Y te prometo de ser,

mi bien, tan agradecida,

que no tengan alma y vida

otra vida que querer.

David.

Y pues lo pienso ver

en estas pobres cabañas,

cielo haciendo las montañas,

que el sol con sus rayos de oro,

ya te admiro y ya te adoro

con abrasadas entrañas.

Los pastores de este valle

todos me parecen feos,

y tú solo engendras deseos.

Con tu brío, gracia y talle,

calle Jacob, José calle,

y el primero Abel también.

Con tu hermosura, mi bien,

que solo tú, mi pastor,

eres la gala y la flor

de los prados de Belén.

Sale el Temor de villano.

Temor.

Desalentado a buscarte,

pastor soberano, vengo.

David.

¿Qué hay, Temor?

Temor.

Vengo temblando,

que, sobre temor, soy miedo.

Ya que te miro zagal,

ya que pastor te contemplo

en metáfora y figura,

como ya se acerca el tiempo,

quiere amor que en este traje,

que los profetas dijeron,

en cuya conformidad

te llamarás pastor bueno,

te imagine todo el valle

desde el fértil Idumeo.

Pag. 6

Temor.

de palma hasta el frondoso

Líbano de verdes cedros.

Que, puesto que no has venido,

no puedo pintarte menos

que en figura de pastor,

disfraz de tu ser eterno.

No hallo a David en sus salmos,

señor del David terreno,

con el óleo santo ungido,

contra su enemigo fiero

de ti, segundo David,

cantó aquel divino verso

que del Espíritu Santo

fue la unción, por quien entiendo

plenitud de gracia en Cristo,

rey y sacerdote nuestro.

Pues por Ezequiel dijiste

tres veces Pastor Supremo,

que a defender el ganado

bajarías de tu imperio,

pastor te llamó Isaías;

con este llamarte quiero,

que admirable capitán

para otra ocasión lo dejo.

Zacarías te llamó

Oriente, o sol verdadero,

y Malaquías también

el ángel del testamento.

Señor, Justo, Jeremías,

altos nombres todos estos,

comprenden el de Jesús,

Dios, pastor, salvador nuestro.

Pero ahora el de David

con el oficio queremos

que tengas, y que defienda

los montes, valles y cerros.

David andaba en los prados

su ganado defendiendo

de los sangrientos leones,

a quien con los brazos tiernos

y las presas les quitaba.

Pag. 7

Temor.

los inocentes corderos,

a mi segundo David,

que nos defiendas queremos.

De un león que anda en las selvas

desde que era niño el tiempo,

véncele, pastor divino,

y quítale los trofeos

que a tantos zagales quita.

David.

Ya le conozco, y deseo

la ocasión.

Humildad.

En la esperanza

sustenta, David, tu pueblo.

David.

Yo hallaré una fuente humilde

después que es la de mi pecho,

de agua y sangre en que se laven

las manchas que les ha puesto.

Temor.

Ya desciende a Nazareth.

Pero no basta diciendo,

por devorar el ganado

y los primados corderos,

señala los niños que nacen,

porque dicen que en naciendo

así les pone las uñas,

que como si fueran sello

queda el golpe de su mano

en los muchachos impreso.

Cuentan que aqueste león

tuvo principio en el huerto

donde el serafín echó

con el venablo de fuego

a nuestros primeros padres.

Los labradores primeros

que perdieron la hidalguía

en que Dios les había puesto

por quererse rebelar

a sus divinos preceptos.

Por ellos nos hace esclavos.

¿Y su nombre? Ya me acuerdo:

el pecado original.

Porque a cuantos descendieron

Pag. 8

Temor.

de Adán viene haciendo estragos.

David.

¡Oh, fiero león sangriento!

Previo lo que a Jeremías

santifiqué: quiero y puedo

santificar al Bautista

luego que se acerque el tiempo;

Bautista, aquel primo mío,

mi precursor, el lucero

del sol, el grande, y de quien

haré (cielo y tierra atentos)

el más levantado elogio

que de hombre mortal se ha hecho.

Humildad.

¿Es posible que pastor

ninguno pueda en naciendo,

en todo el valle del mundo,

librarse de aqueste fiero?

¿Todos, David celestial,

han de salir con su sello?

¿Desde Caín a Noé,

aquel famoso arquitecto,

y desde Noé a Abraham?

Que vuestros claros abuelos

Isaac, Jacob y José

entre sus penas se vieron.

Disparad, pastor divino,

la honda que ciñe el cuerpo

que habéis de tomar, Señor,

de aquel purísimo pecho.

Dad un silbo, pastor mío,

espantadle: vase huyendo

desde los montes humanos

hasta los valles leteos.

Mas, ¿quién son estos que aquí

se ven con amor tan tierno

dándose dulces abrazos?

David.

¡Oh, cuánto, Humildad, me huelgo

de ver que hayan hecho paces

mis dos amados abuelos!

Aparece la Puerta Dorada y en ella

Pag. 9

San Joaquín y Santa Ana y un ángel en lo alto los junta conforme se pintan.

San Joaquín.

Ana, dulce esposa mía,

esta es voluntad de Dios.

David.

Procederá de los dos

mi dulce madre María.

Santa Ana.

Su ángel me ha dado aviso

de que aquí te venga a ver.

Humildad.

Quiero adorar, quiero hacer

reverencia al paraíso

donde ha de nacer la planta

de tan soberana flor.

San Joaquín.

Notable fue mi dolor

de ver que con furia tanta

me arrojase el sacerdote

del templo: sin esta furia

ver que con pública injuria

por hombre estéril me note,

y me maldiga la ley.

David.

Y quien la ley estableció

la deroga, que soy yo,

y soy de las leyes ley.

San Joaquín.

El apartarnos los dos

procedió de esta aspereza.

Santa Ana.

Sabe Dios cuántas tristezas

he padecido sin vos.

San Joaquín.

Por eso, entre mi ganado,

con tal soledad vivía.

Santa Ana.

Ya, Joaquín, en alegría

mi tristeza se ha mudado.

Ciérrase la apariencia.

Temor.

Tiempo, apresura las plantas;

a la fe, Pastor Divino,

que nuestro bien imagino

de estas amistades santas;

apresura, sol, los días;

cúmplanse los nueve meses.

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Humildad.

Ay, tiempo, si tú supieras

las tristes congojas mías,

corre con ligeras alas,

cálzate el viento en los pies,

tú solo te luces, ves,

y su ligereza igualas.

David.

Dame, sol, la primavera

donde ha de nacer la rosa

que ha de ser mi madre hermosa,

siempre virgen, siempre entera.

Dame la divina puerta

de Ezequiel, venga ya,

pues que solamente está

para mi paso abierta.

Dame la hermosa coluna,

del cedro palma y ciprés,

a cuyos hermosos pies

sirve de estrado la luna.

La majestad de las flores,

la azucena ilustre y bella,

porque nazca y salga de ella

el lirio de dos colores.

Voz dentro.

Guarda el furioso león

que baja de la montaña.

Temor.

Él desciende a la cabaña

de Joaquín. (¡Qué confusión!)

Humildad.

Ay, soberano David,

el león dicen que viene,

la ley en las manos tiene,

en el peligro advertid.

Mostrad vuestra valentía

contra la ley general,

que el pecado original

quiere emprender a María.

David.

Humildad, no tengas pena,

sin mancha saldrá mi madre,

que la ha formado mi Padre

para ser de gracia llena.

En esa ley general

no se ha de comprender.

Pag. 11

Sale un león.

Humildad.

La que ha de venir a ser

reina empírea y celestial,

la mancha de Adán no quiero

que llegue al pellico mío.

¿Dónde vas? Detén el brío,

que eres animal fiero.

David.

¿No ves que estoy a la puerta

de la casa de Joaquín?

Más ardiente serafín

guarda esta cerrada puerta.

Vase luchando con el león.

Temor.

Pardiez, que le desquijara.

Luchando se van los dos.

¿Tomaros queréis con Dios

como otra vez cara a cara?

Vos, ¿no debéis de saber

quién es David? No hay pastor

que tenga tanto valor.

Sale David.

David.

Humildad, si quieres ver

a los pies de la doncella

rendido el león cruel,

vuelve los ojos a él.

Humildad.

En él

pone el pie la blanca estrella.

Descúbrese un resplandor y una niña con el león a los pies.

David.

Así sabe defender

David de aquestas montañas

las tres famosas cabañas.

Humildad.

¿Quién, si no vos, puede ser?

David.

¿No entendéis que Jeremías

que ya le santifiqué?

Y aún más preheminente haré

al hijo de Zacarías,

que le pienso anticipar

el entendimiento el día

que, haberme visto en María,

pueda saltando mostrar

su placer, dirá que ha visto

Pag. 12

David.

a Dios en carne mortal

que por cielo de cristal

bien puede Juan ver a Cristo.

Ciérrase la apariencia.

Humildad.

En fin, señor, ¿el León

no entró en casa de Joaquín?

David.

Ya dije, Humildad, en fin,

la justa y santa ocasión

a Jeremías y a Juan

hará ventaja María,

pues la preservó este día

de la esclavitud de Adán;

esta fue preservación,

santificación aquella.

Humildad.

Honra la ilustre doncella

la humana generación,

bien haya tan linda flor

de quien tal fruto se espera.

Suena un clarín.

Temor.

¿Qué es esto, que en la ribera

suena?

David.

¿Qué temes, Temor?

Temor.

De esa parte del Jordán

dos ejércitos asoman.

David.

Bien dices; las armas toman,

hoy la batalla se dan.

Temor.

Al rey Saúl, al rey mundo

un gigante desafía.

David.

Humildad, la empresa es mía,

que soy el David segundo,

no me debe de impedir

al Goliat infernal

soberbia y locura igual.

Humildad.

Mi bien, ¿ya os queréis partir?

David.

Dame tus brazos, que quiero

al rey mostrar mi valor.

Humildad.

¿Dónde vais, tierno pastor,

contra un gigante tan fiero?

David.

¿Pues quieres tú que consienta

a este blasfemo atrevido?

Pag. 13

David.

Ya se le olvidó que he sido

un rayo de lo que intenta.

No sabe el necio gigante

que precipitado corre

pues cuando labró la torre

como Nembrot arrogante,

le deshice y confundí

con ser gigante tan alto

que al cielo tentaba asalto

donde otra vez le vencí.

¿No sabe que los gigantes

gimen debajo del agua

si mi mano rayos fragua?

Humildad.

Son por extremo arrogantes.

Pero vos, mi luz, mi vida,

sois tierno para sufrir

su golpe.

David.

Hasta morir

déjame, humildad querida,

no bañes con perlas bellas

el prado, que pensarán

las flores que ya las dan

en vez de mudas estrellas.

Yo volveré victorioso

antes del día tercero;

ir al ejército quiero.

Humildad.

¿Si os tardáis, mi dulce esposo?

David.

Debesme el ser tan leal.

Humildad.

En mi pastor, que no en vos,

darán los golpes, que es Dios

impasible e inmortal.

Vase.

Sale Goliat armado y la Soberbia por padrino y tocan cajas.

Goliat.

Solo en mis fuerzas me fundo.

Soberbia, déjame entrar.

Soberbia.

Desde aquí puedes hablar

al ejército del mundo.

Goliat.

Hijos del villano Adán,

hombres formados de tierra,

nietos del viento y del polvo.

Pag. 14

Goliat.

En la confusión primera,

labradores de Caín,

sucesión maldita en pena

de soberbias y de envidias,

de muertes e inobediencias.

Traidores al mismo Dios,

canalla a morir sujeta

al sudor y al azadón,

aunque cetro de oro sea.

Estadme atentos, oíd

de mi soberbia trompeta

el rey de armas, el orgullo,

la fama, el valor, las nuevas.

El infernal filisteo

Goliat, hombres, os reta

de cobardes y traidores

a la Majestad inmensa;

porque si yo me atreví

a la eternidad suprema,

fue gran disculpa tener

tan soberana belleza.

Mirad mi cuerpo y mi rostro,

quién me viera y no dijera

que era bueno para Dios,

¿luego la disculpa es cierta?

Reto a Adán por la locura

de su amor, y reto a Eva

porque inobediente y fácil

madre, a la común flaqueza.

A Caín por fratricida,

y a los hijos de la bella

estirpe de Set que dieron

(presos de humana belleza)

a los gigantes principios,

que con tan grandes ofensas

infamaron atrevidos

la humana naturaleza.

Y a Lot porque dio la causa

el sueño a sus hijas necias,

porque pensaron que el mundo

hallaba principios en ellas.

Pag. 15

Goliat.

a Sem, a Cam, y Jafet

por la risa y la insolencia

de ver desnuda a su padre,

aunque el uno no lo sea;

a Abraham porque encubrió

que Sara su mujer era;

y a Isaac por mal advertido,

pues lo son más los que ciegan,

dando al menor bendición;

por la mentira a Rebeca,

y a Jacob porque tan caras

vendió a Esaú las lentejas;

a sus diez hijos, por ser

los cómplices de la venta

de José, y a José reto

porque les dio tanta pena

a Benjamín y a su padre

con el hurto y con la ausencia;

a Dina porque salió

adonde Sichem la viera;

a Moisés por homicida

de aquel gitano que entierra;

a Aarón por aquel becerro,

y a toda la gente hebrea

por los ídolos extraños;

a Abimelech porque reina

matando setenta hermanos;

a Jepté porque pudiera

hacer más cuerdo aquel voto

sin degollar la doncella;

al nazareno Sansón

porque amó la filistea;

a Helí por amar sus hijos,

a Samuel el profeta

porque los tuvo tan malos;

y a ti, Saúl, porque llegas

con ejército arrogante

de la humana soldadesca

a dar la batalla al mío

sin desplegar las banderas.

Pag. 16

Goliat.

De soberbia, ira y lujuria,

envidia, gula y pereza,

si hay alguno de vosotros

que cuerpo a cuerpo me quiera,

salga al campo, aquí le aguardo.

Vente conmigo, Soberbia.

Vanse.

Sale Saúl, que es el Mundo, y un Capitán.

Saúl.

En grande confusión nos pone a todos.

Capitán.

Dicen, señor, que en su valor se fía,

su estatura es mayor que de seis codos,

excediendo la humana simetría.

Saúl.

Con qué afrentosos, con qué bajos modos

el gigante Luzbel nos desafía.

Capitán.

No ha salido del centro del Lethes

más robusto y gallardo filisteo.

Saúl.

Después que Dios nos dio la hermosa tierra

de promisión, por las promesas, digo,

de Abraham y Jacob, tras tanta guerra

del ingrato Israel, justo castigo,

y prometió que cuanto bien se encierra

partiría con ellos y conmigo,

que soy el Mundo y el linaje humano,

Saúl que tiene el cetro de su mano.

Cubrir he visto montes los ganados,

nacida miel en robles, leche en fuentes,

montes de lana cándida nevados,

racimos de los pámpanos pendientes,

las palmas con los dátiles dorados,

despojo de sus torres eminentes;

mas no aquel duque y capitán que hacía

grande a Belén; pues no ha llegado el día.

Si fueran ya los términos cumplidos

de Daniel y del mundo los deseos,

no fueran, como son, tan atrevidos

con el arca de Dios los filisteos.

Los hijos de la tierra, mal nacidos,

pirámides levantan y trofeos,

faltando el Capitán, cuya tardanza

desmaya con la vida la esperanza.

¡Oh nubes celestiales, venga el día

Pag. 17

Saúl.

y mueva el Justo vuestro fértil seno

y en el virgíneo claustro de María

blando toisón de oro, y perlas lleno,

salten mejor los montes de alegría

que los corderos en el prado ameno,

pues por abrir el mar varios caminos

se cercan de canceles cristalinos.

Entretanto prometo al que venciere

este fiero gigante el reino mío,

mi cetro, mi laurel, mi fuerza espere

si derriba su loco desvarío,

y fuera de la gloria que se infiere

de rendir su soberbia en desafío,

le daré de mis hijas la más bella

y siendo rey le casaré con ella.

Sale un soldado.

Soldado.

Apenas se dio el pregón

y respondieron los ecos

del valle del Terebinto

a sus sonoros acentos,

cuando entre armadas escuadras

que a los rigores del cielo

eran pabellón de lanzas

con las banderas cubierto,

rompe un mancebo pastor

el concertado silencio,

diciendo a los capitanes

que él se opone al filisteo,

blanco y hermoso de rostro,

el cabello rubio y crespo,

y aunque ha parecido a muchos

que es temerario el mancebo,

la gravedad y hermosura

le juzga prudente y cuerdo,

y así quiere que le veas.

Saúl.

Tengo a notable suceso

que tiemblen valientes hombres

de ese monstruo, de ese portento,

de ese parto de la tierra,

y que se oponga sin miedo

un pastorcillo a sus armas.

Soldado.

Ya llega.

Saúl.

Ya le contemplo.

Sale David.

Pag. 18

David.

Prospere el cielo tu vida

y de tus gloriosos hechos,

famoso linaje humano,

más eternidad que al tiempo.

Dame tus pies generosos.

Saúl.

Eso no, porque tu cuello

quiero honrar con estos brazos,

dignos de tu buen deseo.

¿Quién eres?

David.

Soy lo que ves,

y lo que no ves, que pienso

que es más de lo que imaginas,

pues aun no lo sabe el cielo.

Saúl.

¿Tu nombre?

David.

David me llamo,

mas mi nombre verdadero

es Jesús.

Saúl.

¡Qué dulce nombre!

David.

Aquí le traigo encubierto.

Saúl.

¿Qué David?

David.

El que es segundo,

que esto de segundo tengo

en el cielo y en la tierra,

porque soy de entrambos reinos.

No tengo en la tierra padre

y tengo padre en el cielo;

aquí tengo madre, allí

solo mi padre poseo;

allí sin tiempo nací,

aquí con tiempo, que el tiempo

no comprehende en mi edad,

ni hace en mis años efecto.

Saúl.

Extrañas son tus respuestas;

confieso que no te entiendo,

y que entenderte quisiera.

David.

No podrás.

Saúl.

Así lo creo.

¿Vencerás este gigante

soberbio?

David.

Pienso que puedo.

Saúl.

Desigual me has parecido.

David.

Por lo exterior lo parezco,

Pag. 19

David.

Pero de hombre me llaman

los que saben que le excedo

en el cuerpo y en las fuerzas.

Saúl.

¿En fin te atreves?

David.

Me atrevo.

Saúl.

Traed las doradas armas

con que igual al sol me muestro

cuando trocamos los rayos,

pues los que me da le vuelvo.

Sale el Soldado con las armas.

Soldado.

Aquí las tienes, señor.

Saúl.

Armadle.

Ármanle.

Soldado.

De aqueste peto

puede estar bien seguro.

David.

Dadme la gola.

Capitán.

En tu cuello

pongo las mejores armas

que cubrieron mortal pecho,

aunque entren las de Alejandro,

porque con aqueste acero

no compiten los diamantes.

Saúl.

Aprieta hebillas y pernos.

David.

Esperad, no apretéis tanto.

Saúl.

Pues, ¿qué sientes, David?

David.

Siento

(como no estoy enseñado)

flaqueza hay en el pecho.

Yo nací pobre y desnudo

como pastor en el hielo

de la más temida noche

que tuvo el lluvioso invierno;

no tuve más que unas pajas

por abrigo, y aun del heno

que daba a dos animales

más que sustento, deseo.

Estos me dieron calor,

que se halla mejor en estos,

tal vez, que en los mismos hombres;

pues que ningunos me dieron,

tenían cuevas y nidos.

Pag. 20

David.

todos cuantos cubre el cielo,

aves y fieras, y solo

en un pesebre desierto

no tenía en qué pudiera,

en medio de tantos hielos,

ni aun declinar la cabeza.

Solo mi desnudo cuerpo

con sus tocas abrigaba

una Virgen, a quien debo

nombre de madre, que basta

por alto encarecimiento,

hasta que corona el sol

me ciñó de sus cabellos.

Y vi por su celosía

al mundo de engaños lleno;

lloré (¿quién imaginara

que Dios llorara?) y riyeron

los ángeles de mi llanto,

guardando para otro tiempo

las lágrimas, que el nacer

causa general contento,

no el morir, y el morir Dios

entristece a tierras y cielos,

el sol se cubre de luto

fúnebre, tocando a muerto

las piedras, y del altar

haciéndose dos el velo,

no que la Divinidad

se apartase de mi cuerpo

que como en arco rompido

la cuerda asió los extremos.

Siendo así que en tal pobreza

tuve amigos en naciendo,

y que muerto la mortaja

de limosna me pidieron,

¿cómo queréis que me ponga

armas del mundo? si pienso

armarme en la sepultura,

no como los Macabeos

adorando a Salomón

y aquel suntuoso templo.

Pag. 21

David.

sino de corona y clavos

y cruz de mi imperio y cetro.

Saúl.

David, pastor celestial,

cuán poco mi entendimiento

de tus enigmas penetra.

Parte al campo, que no quiero

detener con mis palabras

(aunque es de agradecimiento)

el valor con que acometes

a ese gigante soberbio.

Dios te dé victoria y Dios

libre contigo su pueblo,

que ya el laurel apercibo,

riquezas, esposa y reino.

(Vanse, y queda David, y aparece un ángel con un cáliz, y tocan dentro chirimías.)

David.

Padre, pase de mí siendo posible

la batalla feroz de este gigante,

que, siendo solo del infierno atlante,

no ha de mostrarse en mi valor terrible.

Tú, Dios, tú gran Señor, tú inaccesible,

tú incircunscripto, tú de quien delante

tiembla, armado de piedra, de diamante,

aquel alado ejército invencible,

anima el Unigénito engendrado

de ti mismo a la muerte, si a la gloria

de esta empresa mortal me has enviado.

Caiga Nembroth, y con eterna gloria

quede sobre los cielos levantado

el blasón de tu amor y mi victoria.

(Sale la Humanidad.)

Humanidad.

Aquí le tengo de hallar,

que ya dicen que partía

del ejército, y que iría

a su enemigo a buscar.

Árboles, dadme lugar,

desviaos, plantas y flores,

que voy a ver mis amores

que salen a la batalla.

Detente, arroyuelo, y calla,

harás los ecos mayores,

hijas de Jerusalén.

Pag. 22

Humildad.

¿Dónde está mi esposo amado?

Si como Isaac ha llevado

cruzada leña, mi bien,

¡oh, padre!, el brazo detén.

Ángeles, tenedle en tanto

que llego deshecha en llanto.

No llegue sin que le vea

la humilde que le desea,

pues su amor le enlaza tanto.

¿Dónde está mi dulce amor?

Sonorosos arroyuelos,

mirad que me matan celos

de mi divino Pastor.

No hay hierba, cristal ni flor

donde no le esté acechando.

Pero, ¿qué mucho?, si cuando

contemplo sus partes bellas,

ángeles, sol, luna, estrellas

están sus pies adorando.

¡Qué dulces son sus amores!

Siendo él rey, siendo yo esclava,

por canceles me miraba

y yo le miro por flores.

Si para hacerme favores

vino a servir a mi aldea,

no me niegue que le vea.

Y, puesto que negra soy,

por mirar su sol lo estoy,

mas no le parezca fea.

David.

Oigo la voz de mi esposa,

y a escucharla me detengo.

¿A qué, Humildad, vienes?

Humildad.

Vengo

a verte, mi prenda hermosa.

Esta batalla enojosa

a tus brazos me ha traído.

David.

Constante mujer has sido.

Pero no tengas temor,

que yo saldré vencedor,

pues estoy de amor vencido.

Humildad.

Desde lejos vi al gigante,

el disforme filisteo.

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Humildad.

Valiente mancebo te veo,

no hay fiereza que me espante;

la celada, que un diamante

parece al sol y le ciega,

con el peso a pesar llega;

mil libras la fuerte lanza,

al árbol que más le alcanza

grueso y ventaja le niega.

Pero tú le vencerás,

puesto que viene el temor

a las espaldas de amor,

por no faltarle jamás.

David.

Celosa en vano estás,

Humildad querida mía,

que puesto que desafía

a todo el género humano,

ya tiembla a mi fuerte mano

su fingida valentía.

Saúl el mundo pensó

que con sus armas saliera;

probélas, mas no pudiera

sufrirlas, Humildad, yo.

Otras armas me vistió

la niña hermosa María,

que viste el dichoso día

que el león puse a mis pies,

en que se verán después

las de la victoria mía.

Espera, mi bien, que voy

por la espada que dé muerte

a aqueste bárbaro fuerte.

Humildad.

Temiendo y amando estoy.

¡Ay, mi David!, tuya soy,

tuya soy, David querido.

Vase.

David.

Suéltame, no me despido,

no voy más de por la espada.

Humildad.

Toda me dejas turbada.

Vuélveme, amor, el sentido,

dulce señor de mis ojos.

La espada me promete

que has de pasarme con siete.

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Humildad.

y con siete mil enojos

el corazón por despojos,

del alma la misma vida

dádome ha mortal herida.

No son lejos los amores

que me cubrieron de flores

a los desmayos rendida.

Aquí me quiero sentar,

que ya no puedo sufrir

pensar que vais a morir,

aunque a vencer y matar.

Sale el Temor y la Música de pastores.

Temor.

Aquí la podéis cantar,

aliviaréis su dolor.

Música.

¿Qué mal tiene?

Temor.

Amor.

Música.

Amor,

no tiene pequeño mal.

Temor.

Vaya una canción igual

a su amor y a mi temor.

Cant. Mús.

Si no sabéis de temores,

zagala, ahora veréis

que no amáis, sino teméis.

Humildad.

¿Dónde vais, dulce amor mío,

pues muriendo me dejáis?

¿Contra mi enemigo vais?

¡Y yo os tengo, y os envío!

¡Qué terrible desafío,

qué cuidados y dolores!

Ellas y Mús.

Si no sabéis de temores,

zagala, ahora veréis

que no amáis, si no teméis.

Chirimías, y se descubre en lo alto David con cruz y corona, y de los pies y manos y costado le salen cinco listones de que tire el Amor, tejiendo una honda, de rodillas a un lado.

David.

Humildad, si ver quieres

las armas de esta célebre victoria,

despierta.

Humildad.

¡Ay, Dios! ¿Qué quieres,

suave voz? Pero con tanta gloria

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Humildad.

¡Quién fuera pastor santo,

quién despertara el alma de su llanto!

David.

De cinco trenzas mira

cómo teje mi amor la honda fuerte

que cielo y tierra admira,

con que he de dar al filisteo muerte,

dando a Israel la vida,

en fe de la palabra prometida.

Del arroyo divino

de mi costado abierto, y pies y manos,

sangriento y cristalino

cinco piedras cogí que, entre los granos

del oro de su pena,

buscó mi amor por su corriente amena.

Mira pues el cayado

que ha de llevar David al desafío;

sobre este levantado

verá Jerusalén el cuerpo mío,

al veneno tirano,

salutífera sierpe en bronce humano.

Aquesta es la arpa santa

que sola en tres clavijas sustenía

cuerdas de fuerza tanta

que sacará su dulce melodía

del espíritu fiero

al rey Saúl, que aborreciendo primero,

amó. Esta tejida,

¿la honda que ha de dar muerte al gigante

y a todo el mundo vida?

Ciérrase la apariencia.

Amor.

Ya la podéis tomar para que espante,

con sonoro estallido,

la soberbia del bárbaro atrevido.

Poned al lazo fuerte

la piedra del arroyo del costado,

y mataréis la muerte,

con el feroz gigante del pecado,

valiente David mío.

David.

Ya parto, dulce amor, al desafío.

Humildad.

¿Quién hay que mirar pueda

esta batalla? ¿Quién dará a mis ojos

agua que al mar exceda?

Temor.

Templa, Humildad dichosa, los enojos,

pues verás victorioso

en David, tu pastor, tu dulce esposo.

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Humildad.

Para tan dulce día

vamos a prevenir música y flores.

Temor.

¡Qué gozo! ¡Qué alegría!

Se seguirá, Humildad, a mis temores,

¡ay, Dios!, cuánto deseo

ver a sus pies rendido el filisteo.

Vanse y sale la Soberbia y Goliat.

Goliat.

Levantemos, Soberbia, la bandera

de nuestra victoriosa valentía,

pues viendo que mi voz los vitupera,

ninguno de salir tiene osadía.

Soberbia.

Por hoy otro más en la campaña espera

y de nuevo a los hombres desafía,

valiente filisteo.

Goliat.

Al mismo cielo

romperé con mi voz el azul velo.

Sienta Jerusalén ser militante,

donde está el capitán que la gobierna.

Y si el que ha de venir della triunfante

disfrace ya su majestad eterna,

sabiendo que soy yo feroz gigante,

humilde me amenaza en edad tierna.

Pues venga, ¿qué lo impide? Pero creo

que temes con ser Dios al filisteo.

Ármese de sus rayos, truene, espire

fuego, que a Sinaí temblar solía,

para que al cielo su potencia admire,

y no le temerá la diestra mía.

No su venida portentosa inspire

a los profetas; pues no llega el día

en que se cumplan tantas amenazas.

Soberbia.

Toma el escudo que valiente embrazas,

vibra la lanza como gruesa entena,

y del campo del mundo un hombre sale.

Goliat.

¿Qué pífano, qué caja o clarín suena,

que los extremos de este valle iguale?

Soberbia.

La guarnición de este arroyuelo ameno

pisa un pastor y pienso que se vale

de piedras contra ti.

Goliat.

¡Qué atrevimiento!

Pero vendrá con otro pensamiento.

Suena un clarín y sale David.

David.

Aquí está el fiero gigante.

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David.

que con engañado esfuerzo

montes de blasfemias hace

para poner a los cielos

otra vez de arena escalas,

sin acordarse que fueron

ruina de sus arrogancias;

y de esta batalla ejemplo,

¿Quién como Dios? Miguel dijo,

armado de fe, y no puedo

decir lo mesmo que soy

su igual.

Goliat.

¿Quién eres, mancebo,

que de salir a campaña

has tenido atrevimiento?

Lástima tengo a tus años.

Vuélvete, vuélvete presto,

logra tu edad y hermosura,

perdonar tu engaño quiero;

no bañes tu madre en llanto,

bañando en sangre tu cuerpo.

Para saber tu valor

basta conocer tu intento.

Vuélvete, mozo, y camina,

que si a mis brazos te acercas,

te arrojaré de manera

que por la región del viento

vayas a hacerte pedazos

de otra parte del cielo.

David.

Como yo sé tu arrogancia,

no me enojo, filisteo,

que ya sé las maldiciones,

y las blasfemias y los retos

que has dicho al pueblo de Dios,

en cuya venganza vengo

a castigar tu locura.

Goliat.

Mancebo, ¿quién fue tan necio

que te dio para tu mal

tan ignorante consejo?

Mas debiste de pensar

que era algún perro, pues creo

que el báculo que traes

es para ponerme miedo.

Forma del cayado una cruz.

David.

Este cayado que vees,

de aquestos dos brazos hecho,

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David.

tiene tan grandes virtudes

que le respetan los cielos.

Es la escala de Jacob,

por quien baja Dios, subiendo

el hombre; es puente del mundo,

asilo, sagrado y templo.

Es la vara de Moisés,

es aquel divino leño

que volvió dulces las aguas

en más sediento desierto.

Es ara del santo Isaac

donde el humilde cordero

será holocausto agradable

a su Padre sempiterno.

Es el imperio del mundo,

del hijo de Dios el cetro,

que como el mayor gigante

lleva en sus hombros su imperio.

Es la espada de aquel ángel

que a los asirios soberbios

dio la muerte aquella noche,

y en virtud de este madero

cayó Luzbel finalmente

del monte del testamento.

Goliat.

¡Oh, cómo pienso esta vez,

viendo tus locos deseos,

dar tus carnes a las aves

y a los animales fieros!

¡Ay, atrevimiento igual!

¿A mí con cayado?

David.

Espero

que has de conocer tu engaño

cuando no tengas remedio.

Tú con escudo y espada

vienes contra mí, yo vengo

en nombre de Dios, que da

las victorias y trofeos.

Hoy sabrá el mundo que es Dios

de toda victoria dueño,

dando a las aves y fieras

David tu arrogante cuerpo.

Hoy morirás a mis manos.

Goliat.

¡Pobre de ti!

David.

Ya prevengo.

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David.

la honda, y pongo en el lazo

la piedra de tanto peso.

Dispara la honda y derriba al gigante.

David.

Cayó de Nembroth la torre.

Goliat.

¡Muerto soy, labio blasfemo!

David.

De Nabucodonosor

cayó la estatua en el suelo,

de pequeña piedra herida;

tal era su fundamento.

Cortaréle la cabeza

con su misma espada.

Sale sangre de la frente de Goliat, y cayendo en el vestuario, entra David tras él y salen Saúl, el Capitán y soldados.

Soberbia.

Huyendo

me voy del Pastor divino.

Ya os conozco, Rey eterno;

ya sé que sois quien me pudo

arrojar del cielo al centro

de la tierra.

Vase.

Saúl.

¡Extraño caso,

que le ha vencido y le ha muerto!

Capitán.

Ya puede Mundo seguir

el alcance; pues huyendo

van sus fieros enemigos,

espíritus filisteos,

camina, Linaje Humano.

Saúl.

Capitán, quitarles pienso

las banderas y las vidas,

adornando el santo templo

del divino Salomón

con sus despojos soberbios;

sus celadas coronadas

de pluma que lleva el viento,

sus escudos que tenían

sus nombres en bronce impresos,

no solo han de ser tapices

que fuera honrar sus deseos,

pero alfombra de las casas,

de su pavimento y suelo.

¿Qué ruido es este?

Dentro suena grita como de baile.

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Capitán.

Sión

y sus doncellas que han hecho

recibimiento a David,

de Jerusalén saliendo

para celebrar su triunfo

con instrumentos diversos.

Salen cantando y bailando hombres y mujeres, y entre ellas la Humildad, y David con la cabeza del gigante en la mano, lo más imitada que se pueda en una lanza, y canta la Música.

Música.

Al David segundo

la tierra alabe,

pues de amor vencido,

venció al gigante.

David.

A ti, Mundo, a ti, Saúl,

esta cabeza presento

del fiero Luzbel, gigante,

contra los cielos blasfemo.

Ya queda libre Israel.

Saúl.

Por tu generoso esfuerzo,

David, Jesús, capitán

de la Iglesia del Excelso,

de este ejército que guías

contra tantos filisteos,

dame tus brazos; recibe

a Micol en casamiento.

David.

Ya tengo a Humildad, mi esposa.

Humildad.

Los pies divinos os beso,

indigna de vuestra mano.

Saúl.

Celebrad el vencimiento,

pueblo de Dios, y triunfando

en Jerusalén entremos.

Todos y Música.

Al David segundo

la tierra alabe,

pues de amor vencido,

venció al gigante.

Con esta repetición se da fin al famoso auto del segundo David.