à> Date de publication: 22 août 2026
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Ce contenu est proposé sous licence Creàtive Commons CC BY-NC 4.0. Réutilisàtion àutorisée àvec citàtion ; usàges commerciàux non àutorisés.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El capuchino escocés y segundo San Alejo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-capuchino-escoces-y-segundo-san-alejo.
Al señor Capitán don Antonio de Noroña, su mayor amigo y afecto por antonomasia, a la en toda grande como suya comedia del Capuchino escocés.
1.º El Capuchino de Escocia. Comedia. Compuesta por un devoto de la Sagrada Religión de los Capuchinos.
Hablan en ella las personas siguientes: El Papa. Dos cardenales. Guardián capuchino. Otro capuchino. El duque de Urbino. Jorge Lesleo. Henrique. Eduardo. Juana. Beatriz. Roberto. Garzón viejo. Braque. Un criado. Un ministro hereje.
Sale Juana, y Roberto.
Vuelve a repetir, Roberto,
porque el dolor no se canse,
la causa de mis congojas,
la ocasión de mis ultrajes:
que estoy ya tan mal conmigo
que busco, porque me mate,
el veneno, y bien veneno,
pues que corrompe la sangre.
Salí contento de Escocia
como, señora, mandaste
cuidando de Jorge Lesleo
tu hijo, y donde en cristales
el Támesis cohecha a Doris
el favor para sus naves:
entré en una, que en ligera,
en pomposa, y en plumajes
de trémulos gallardetes,
pareció otra segunda ave
de Jove, que a Ganimedes
tu hijo, en vuelo prestante
llevó al cielo de París,
esto es por abreviarte
las grandezas, y excelencias,
que en su vasto ámbito caben.
¡Qué necio que estás Roberto!
¿otro hipérbole, otra frasis
no hallaste sino del cielo
cuando en París de sus padres
dejó la fe, Jorge ingrato?
Sin que el discurso lo mande,
tal vez con mayor imperio
corre la voz, y enojarte.
¿Qué es enojarme? ¡Ay Roberto
ahora alcanzas, ahora sabes
que para llagas de honor
es mano pesada el aire!
Ya sé que entraste en París,
y que luego procuraste
dar estudio a Jorge, y que,
entre los más estudiantes,
dos nobles hermanos fueron
de su amistad, prenda amable,
que con ellos se acompaña,
que todo al trato le es fácil,
que a su religión le inclinan,
que a la nuestra le disuaden,
que cuidadoso le atiendes,
que advertido le mandaste
ir contigo a Jaretón
do permite Enrique el grande
predicar el calvinismo,
que libre, resuelto, y grave
te dijo que no quería,
y que luego al mismo instante
en una iglesia confiesa
ser católico, y apartarse
de nuestra fe. ¿Esto en suma
no es lo que pasó?
Si examen
haces de mi sentimiento
hallarás razón bastante
a mi disculpa.
Ya te prueba
ver que luego me avisaste,
que con halagos pretendes
como te escribí, apartarle,
que le dijiste mis penas,
y que no siendo bastantes,
le quitaste tu asistencia,
los socorros, y dejaste
sin mi favor, sin mi gracia.
Y en tu obediencia al instante
di la vuelta para Escocia.
¿Y quedó Jorge sin nadie
que le asista? ¿sin decoro?
¿sin consuelo? ¡Ah cruel madre!
¿Quién te enseñó tal fiereza,
dime Roberto? ¡Ay trance
de piedad más riguroso!
¿Su trato, sustento, y traje
era después como noble?
En todo ha sido notable,
porque si antes poseía
cortés, modesto, agradable
las voluntades de todos,
después que admitió constante
la fe católica, ha sido
como engastar un diamante
en fino oro, que le acrece
más aprecio a sus quilates.
Todos le aman, y entre todos
el muy generoso padre
de sus dos amigos, luego
que supo que le quitaste
los socorros, cuidadoso,
noble, liberal, y afable,
le llevó a su casa, y dijo,
más que el tiempo, y sus anales
dura el parentesco, Jorge,
que por la fe se contrae:
como a nuestros dos amigos
os recibo, como padre,
que en la sucesión del cielo
no se distinguen las sangres:
tenéis derecho a mi amor,
y pues se obliga, dejadle
el cuidado que conviene
a vuestra persona, y dadle
la fe de hermano a mis hijos;
y en esta casa se guarde
cuanto mandareis, que es justo
que quien, en acciones grandes,
es tan señor de sí mesmo,
lo sea deste homenaje.
Mostróse Jorge, Señora,
al beneficio agradable,
que es política villana
por no pagar no obligarse.
Continúa con su estudio,
esto vide, y al dejarle
sentí que dejaba el alma.
¡Oh quién tanto bien lograse
que el alma dejar pudiera
por dejar tantos pesares!
Qué confusiones me afligen,
qué contrarios me combaten,
entre el honor, y el amor
ambos a la ofensa iguales.
Si airada presigo a Jorge,
piadosa me encuentro madre,
si aborrezco la ofensa,
la veo en mi propia sangre,
si del noble caballero
de París deseo vengarme,
me hallo obligada al socorro,
agasajo, y hospedaje
que da a Jorge, y dividida
de estas dos parcialidades
el alma, no acierta el modo
de remitir, o vengarse:
antes bien, como esos cielos,
mar, y tierra, fuego, y aire
forman un concorde acento,
de contrarias calidades:
así la ofensa, y el amor,
en conforme maridaje,
producen un tal cariño,
que casi se hace estimable
el agravio, porque amor
más su nobleza adelante.
Ea, Roberto, al remedio,
antes que el verdugo infame
del honor (el vulgo digo),
mi cristal su aliento empañe.
Como amigo me aconseja,
y como amigo si hallares
que es sin consuelo mi pena,
que es mi mal irrefragable,
previene tanta desdicha,
saca el puñal, abre, abre
este pecho, que es piedad,
cuando otro remedio falte,
no temas de encontrar vida,
que antes sacarás mil males,
que el noble muere a su vida,
luego que su afrenta nace.
Si rendida al sentimiento
desmaya el valor, en balde
buscas remedio a tus penas.
¿No quieres que me acobarde
cuando conozco que es la honra
flor tan delicada, y frágil
que siempre vive marchita
si empezó una vez a ajarse?
El sufrimiento, y prudencia
son fuertes inexpugnables
contra la mayor fortuna.
También temo incontrastable
la resolución de Jorge.
El que se rinde, es el que hace
al vencedor.
¿Pues qué dices?
Que es mozo, y podrá mudarse.
¿Qué fuerza habrá que le obligue?
Su patria, mayorazgo, y padres.
¿Quién le dará razón tanta?
La necesidad, que sabe.
¿No dices que goza todo?
Es prestado, y ha de faltarle.
¿Pues qué he de hacer?
Con amor,
que al noble es apremio grande,
has de vencer su firmeza.
Ya en repetidos pesares
paga el alma los rigores
que usó con Jorge.
Informarte
debes, señora, primero
de su estado.
Al mismo instante
haré despachar a un criado,
que le busque, y que informarme
sepa de su trato, y vida.
Ese es el primer combate.
Eso conviene, señora.
Pues vamos que a consolarle
ansiosa empiezo la vuelta.
Si cuerda al remedio sales
has de aligerar la pena,
que embaraza en cualquier lance
el sentimiento al discurso.
¿Cómo podré siendo madre?
Vanse.
Sale el Papa, y dos cardenales, y traiga una silla en que sentarse Su Santidad.
Siempre, igualmente al estado,
Beatísimo Padre, son
majestad, y obligación
una grandeza, un cuidado.
Por eso el vulgo, que acierta
en lo que solo es vulgar,
cargos los suele llamar,
voz, que el cuidado despierta.
Dice bien, que a recebirle
debe cualquiera con seso
medir sus fuerzas al peso
de conservarle, y regirle.
Y luego ha de concertar
la voluntad, y razón,
que corrija a la ambición,
el desvelo de acertar.
Diga dentro uno.
Sabré de Su Santidad
si quiere daros audiencia.
Sale Jorge Lesleo.
muy galán diciendo.
Alcanzada la licencia
tiene mi necesidad.
Repárese mirando a su Santidad con admiración, como viéndole coronado de un resplandor que se hará para mejor representación, y diga
¿Qué esplendor tan peregrino
por diadema le corona?
¿qué Soberana Persona?
Sin duda esplendor divino.
A otro misterio consiste,
que ya sé que a su Santidad
la divina Claridad
continuamente le asiste.
Pues no pudo deslumbrarme
Luz tan divina, contemplo,
que por llamarme a su Templo
se mostró para alumbrarme.
Mi pretensión se confirma
de este admirable lucir,
que hallar quien viene a pedir
rostro alegre, gracia afirma.
Esta última cuarteta la vaya diciendo andando hacia donde está su Santidad, de manera que acabada se arrodille a sus pies, y prosiga.
Padre, Padre si merezco
ser tu hijo, en tanta gloria
da piadoso a mi consuelo
tus entrañas generosas.
Menesteroso te busco,
Ansioso llego a tu sombra,
lo más, es haber llegado,
todo alcanza quien tal logra.
No es mío tan grande impulso,
a mayor respeto toca,
si a mi humildad das aliento
verás qué razón le informa.
¡Qué bizarro atrevimiento!
¡Qué hermosa resolución!
Ya de saber la ocasión
me tiene deseoso, y atento.
Levanta gallardo Joven,
que tu gentileza abona
tu nobleza, y libremente
di todo cuanto te importa.
Levántase.
En la Gran Bretaña altiva,
que soberbia, y desdeñosa
de ser de la Europa parte,
se dividió de la Europa.
Esta que Águila se muestra
nevada, no cenizosa,
imperial con dos cabezas,
dos cuellos, y dos coronas.
La una es Ingalaterra,
La otra la ilustre Escocia,
y Aburdón que es patria mía
ciudad en esta famosa.
De dos nobles casas suyas
fabricaron una sola
mis padres que la nobleza
se fertiliza en sí propia.
Lesleos, y Sejuias juntaron,
resplandecientes antorchas,
que lucen alimentadas
de las riquezas que gozan.
De todo nací heredero,
y todo falsa lisonja
fue para mi nacimiento,
y Áspid entre frescas rosas.
porque de la misma suerte
que el veneno se sazona
en vasos más delicados,
en bebidas más sabrosas,
Así mi madre conmigo,
aun mal cruel, que piadosa,
me dio en pomas de cristal,
envuelto en néctar, ponzoña.
Tragué la secta calvina
como de acíbar pelota,
porque si uno la mascara
no es posible que la coma.
De mis delicias apenas
un lustro mi Padre goza,
cuando inexorable Parca
cortó su vida lustrosa.
No sé si el verme al morir
fue más consuelo, o congoja,
mas sé, que de su cuidado
fui entonces la razón toda:
porque ordena que en pasando
de aquella risa graciosa
de la puericia sencilla,
índex que del alma informa:
me envíen luego a París,
y de sus maestros oiga
las letras humanas, que
tanto adornan la persona.
Mi Madre habiendo quedado
rica, hermosa, noble, y moza,
prendas que le granjearon
pasar a segundas bodas:
no olvidando las primeras,
que es común efeto en todas,
porque aquel primer cariño
se imprime en cándida hoja:
observando aquel precepto,
dos olimpiadas nota
a mi nacimiento apenas,
cuando a mí bien cuidadosa,
con criados, que me sirvan,
con ayo, que me recoja,
con dineros, que me asistan,
y en mis mejillas su boca,
colgándome de su cuello,
y derramando copiosas,
y ardientes lágrimas, dijo,
tan dulce, cuanto llorosa,
Ay hijo querido mío,
ay prenda del alma sola
de aquella primera prenda,
que siempre mi alma adora,
andad con Dios a París,
vuestro Padre, y aquí corta
la razón con un sollozo,
y aquel generoso aljófar
vuelve, por salir de nuevo,
al corazón, que es su concha.
Vuestro Padre es quien lo manda,
volvió a decir, y le importa
a vuestro ser, que sin letras
es la gentileza bronca.
mirad que sois de alta sangre,
y que por primero os toca
esta casa, y de Aberdon
los Magistrados, y honra
os esperan: id con Dios,
y por mí sola una cosa
haced inviolablemente,
que es guardar la fe preciosa
porque sin ella, hijo mío,
ningún otro bien se logra.
No pudo dar más razones,
ni yo responderle con otras,
que lágrimas, y con ellas
de mis hermanos, y toda
la familia me despido,
y por ser mi edad tan poca,
no ennoblecí el discurso,
o enriquecí la memoria
de noticias peregrinas,
o políticas famosas
de la grande Ingalaterra,
y cual dicen, viento a popa
llegué a París, que mis dichas
me traían por la posta.
Entré en la Universidad,
y entre aquella noble copia
de Estudiantes, dos humanos
con más virtudes, que Auroras,
o porque naturaleza
en compleción nos conforma,
o por medios elegidos,
que es lo más cierto, a mis glorias,
así me entregan su afecto,
como si en su casa propia
hubiera sido mi vida
registrada hoja, a hoja.
Siempre juntos al estudio,
y siempre juntos las horas
dábamos al pasatiempo,
que del estudio nos sobran.
La voluntad creció siglos,
y de gozarlos deseosa,
se enseñó a decirme, Amigo
es la amistad tan preciosa
que tiene asiento en el alma,
y entonces vive, y mejora,
si como en cristal perfeto,
se están mirando una, en otra:
la lumbre de este cristal
es la fe, y está quejosa
mi alma al verse en la vuestra,
que no le volvéis su forma:
mirad Jorge que está herida
del sol, que no causa sombras,
mi alma, y como en cristal
heriendo su luz, provoca
de caridad esta llama,
que os llama, ruega, y exhorta
que aborrezcáis los errores
que os embarazan, y estorban
ser también cristal perfeto,
donde estas luces se copian:
Ea juntemos las almas,
sean por la fe, una sola,
sed Católico Romano,
dejad los calvinos dogmas,
veréis otra alma en vuestra alma,
y nuestra amistad más obra.
Oír su razón atento,
quedar mi atención gustosa,
fue el primer paso a mi dicha,
fue dar aliento a que en otras
ocasiones repitiesen
esta piedad generosa.
Cual tierno infante que inquieto
mueve la vista dudosa
hasta que encuentra la luz,
y a su esplendor dando toda
la atención, muestra un secreto
de la razón misteriosa,
pues naturalmente ama
lo que es bueno, sin lisonja:
así estando hasta entonces
en la cárcel tenebrosa
de mi madre, salí al mundo,
y viendo esta luz, gozosa
el alma, le agrada tanto,
que inquieta busca las horas
que su hermosa luz repiten,
y de oírla se enamora
tan del alma, que abrasada
su llama, haciendo notoria,
confesó que es su beldad
la misma hermosura sola.
Sintiéronlo mis criados,
y al instante, en breve copia,
le dieron cuenta a mi madre,
que airada, juzga afrentosa
esta acción, y luego ordena
que en disuadirme se ponga,
con halagos o rigores,
todo cuidado, que importa
a su honor; y no bastando,
ni me sirvan, ni socorran.
No quedé solo ni pobre,
porque antes fue mudar pompa
en posesión de riquezas,
que no padecen carcoma.
Llegáronse mis amigos,
que no fastidia ni estorba
al virtuoso la pobreza,
antes logrero en su forma
adquiere ricos tesoros
de la caridad heroica.
Llévanme a su noble padre,
que luego conmigo abona
su ilustre ser, pues ordena,
que sin diferencia o nota,
como hijo suyo, en su casa
se cuide de mi persona.
El cual después, viendo atento
que de flores se coronan
mis hermanos, en su alegre
adolescencia, edad pronta
para entrar en la academia
general, usanza docta
de la nobleza de Francia,
guardando el discreto axioma,
que es leer un libro solo,
ver solo la patria propia,
les manda que se prevengan
para ver la grande Roma,
donde ellos ganen lo más,
y él su discreción pregona.
Quedé triste, presumiendo
su ausencia, quedó envidiosa
el alma de empresa tanta,
cuando, como clara aurora,
mi buen padre, a mis desmayos
los colores perficiona.
Díjome grave y prudente:
La patria es muy licenciosa
a la juvenil nobleza,
y las virtudes se ahogan
entre delicias, que el fruto
entonces más se sazona
cuando la reja primero
la tierra fatiga y corta;
por eso, Jorge, pretendo
que experimentados, conozcan
el valor de las virtudes
mis hijos, que se acrisola,
si la estimación amable
con ellas solo se compra.
La nobleza es cual diamante,
que, labrado, hace notoria
su claridad; de otra suerte,
queda tan confusa y tosca,
que es menester pregonarla
para que otro la conozca.
Al labor más primoroso
los envío, do se forja
cada esencia en su verdad,
la gran Madre, y santa Roma,
quedara de mí mismo
mi voluntad muy quejosa
si también no os enviara
a vos, Jorge, y tan gozosa
quedó el alma en sus razones,
que mucha alma, y voces pocas
fue agradecida respuesta,
que el sentimiento cuando obra
con motivos superiores
las retóricas sufoca.
Dejamos la amena Francia,
y en costumbre rigurosa
de naturaleza, vimos
fatigada, y pedregosa
la habitación de los Alpes,
y después la deliciosa,
y dulce Italia, tan grande,
que con Roma se corona.
Aquí empezamos el viaje,
aquí logramos la costa,
y si todo visto, es menor,
Roma vista, es más famosa:
Es al fin cosa del cielo,
y del mundo, es otra cosa,
de uno, y otro magisterio,
y por ambas milagrosa.
Navegando por su golfo,
vi una Provincia, que agora
nuevas Indias, de alto precio,
riquísimas minas brota:
Codicié su gran riqueza,
y me dicen que se compra
a precio del propio ser,
la Margarita preciosa
dije, es esta que aquí he hallado
aquí mi dicha se goza,
daré por ella hasta el alma,
pues todo con ella sobra.
Quién duda en lo referido,
quién de tanto bien ignora,
que es la Capucha, Provincia
que ha estado algún tiempo ignota.
Mis hermanos procurando
por brújula curiosa
de magníficos vestigios
hallar en Roma otra Roma,
o ya mejorando objeto,
el auge glorioso tocan
del gobierno, que admirable
es de las sagradas cosas:
tratan de volverse a Francia,
cuando una llama amorosa
bien nacida en mis entrañas,
pues lo hermoso se conforma
de partes bien ordenadas,
y ningunas proporcionan
más gracia que la Capucha,
se encendió tan vigorosa,
que negué su compañía,
que es tanta de amor la gloria,
que hasta a redimir de ingrato
tiene virtud poderosa.
Ellos la vuelta de Francia,
yo el camino en la misma hora
de los Capuchinos, y hallo
por norte al Padre Joyosa,
que por francés caballero
cuanto obligación forzosa
era verle, tanto a amarle
sus excelencias provocan.
Corrí la cortina al pecho,
y a las luces que le adornan
de ardentísimos deseos,
vido, y mostró sin demora,
mi pretensión, y su afecto,
y en su piedad corrobora
mi vocación con sus brazos
enterneciose, y rebosa
una suavidad divina,
que la virtud se mejora
en comunicarse, y ofrece
su humildad, preciosa joya,
por empeño a mi deseo,
y armado de ella se postra
ante el Padre Provincial,
y mi intención, y persona
le propuso en relación
discreta, breve, y copiosa.
Que informado le responde,
con gravedad Religiosa,
que el logro de mi deseo
la súplica valerosa
de su ruego consiguiera,
pero que su Regla obvia
por bula sagrada el darse
su hábito, Regla, y forma
al que es abjurado hereje.
Tembló lástima, y el Joyosa
no como réplica vuelve,
que es al superior odiosa,
más con ruego, que es hechizo
de la grandeza, le implora,
que atienda al mejor sentido
de la bula, porque no obsta
contra aquel que nació hereje,
que es desgracia su deshonra,
más contra aquellos que nacen
en la fe, o en su gloriosa
luz vivieron algún tiempo:
¡Oh razón que tanto importa,
pues aquella parda nube,
que amenazó tenebrosa,
derramó graciosa lluvia,
que conglutina, y conforta
mi cuasi disuelto polvo,
y en cielo alegre, a luz docta
de graves Padres remite
la objeción que hace dudosa
mi dicha! Y como las dichas
cuanto mayores más brotan
desconfianza de alcanzarse,
vuelto a mi posada a solas,
todo entregado al cuidado,
cuando la noche se arroja,
más despierto en su silencio,
acusando la espaciosa
vuelta del día, reparo
que el sol no para, o reposa
para cobrar nueva vida,
pues, ¿cómo a tan clara escolta
no sigo atento los pasos?
Si a otra vida anhela pronta
el alma, no al torpe sueño
de las potencias ociosas:
¿por ventura duerme el sol?
Hojeemos a su antorcha
este libro de mi vida,
sin mérito el tiempo abroma,
¿Qué le tengo dado a Cristo
cuando tanto a manos rotas
me tiene dado? En mi patria
la posesión fastidiosa
comodidad, que dejarla,
no he experimentado que logre
más con la fe, quien más deja
¿De las mundanas zozobras
no gozo libre el sosiego?
¿mi voluntad no es señora
de este breve imperio mío?
no, no, aquí hay tramoya,
aquí se esconde el peligro,
doblemos aquí la hoja:
¡en el teatro del mundo,
¡en este grande de Roma,
sirva lo hasta aquí vivido
de exordio, aparato, y loa
a otra representación:
haga la primer persona
mi voluntad como esclava,
siga a Francisco, y su norma
en su Religión Capucha,
las dificultades rompa
la grandeza de la empresa,
en su valor se conozca
su estimación; y al instante
sentí, en pensión lastimosa,
que sin mí, dentro en mí mismo
dijo la contraditoria:
¿qué es esto Jorge que intentas?
¿piensas que es dejar a Escocia,
dejar tu madre, y riquezas?
todo es nada, todo es sombra,
para la empresa a que aspiras,
si en la voluntad se cobra
el mejor ser, ¿cómo quieres
entregarla a extraña forma?
y al deleite lisonjeando,
siguió con traza mañosa,
que los desaires del cuerpo
de ordinario al alma asombran:
¿podrás vestir un burel?
¿podrás vivir una choza?
¿cuando palacio es tu casa,
cuando brocado tus ropas?
De este Aquilón fluctuando
entre naufragantes olas,
busco abrigo, busco puerto,
que me asegure, y me acoja,
busco aquel inmenso Nilo
que sangrado en cinco bocas,
son cinco seguros puertos,
que redimen, que reforman,
de cuantas el mundo mueve
tribulaciones penosas:
Arrodilléme a sus pies,
y con voz menesterosa,
dije: Señor, ante quien
son patentes cuantos forma
dibujos el corazón,
si este os agrada que hoy goza,
dalde Vos aquel principio,
que sin Vos nadie le logra,
Arrodíllase.
para que en la ara del pecho
víctima os sirva dichosa.
Y en suavísimo sosiego,
con un gozo que alboroza,
llegó el santo crucifijo
a mis ojos, pecho, y boca,
y cual solícita abeja
libé de sus cinco rosas
aquella tierna dulzura,
que suspende, que enamora
en un sentir los sentidos,
que a las palabras no toca.
Quedé en tranquila calma,
como cuando no alborota
el viento al día más claro,
y en claro, y distinto idioma
sentí una voz, que me dijo
más que de humana sonora,
No temas que tu flaqueza
será, por Dios, vigorosa,
de otro peso fue el vencer
en París las procelosas
olas del ánimo, que
son las del cuerpo aquí agora,
a Dios das el propio arbitrio,
y en razón bien se acomoda,
si en su arbitrio Dios te llama
que tu arbitrio le responda.
Despierto a tan nuevo aliento,
y despierto porque Flora
al espejo del oriente,
sus flores pule, y arrebola,
salí intrépido al convento,
y hallé que estaba en discordia
aquel punto, que principio
era de mi dicha toda.
Quedé perplejo al respeto,
de tan discretas personas,
y del relámpago mismo
hallé senda, a luz dudosa,
remítome a juez tercero,
que determine, o interponga
si la justicia lo niega,
la gracia más valedora.
E impelido de mí mismo,
desmentí, veloz, la sombra,
rompí el aire, subí al solio
que divino se remonta:
alas me dieron veloces
estas voces fervorosas,
¿no hay vicecristo en la tierra,
y gran pontífice en Roma?
ante cuyos pies postrado,
padre, y juez, si es forzosa
la objeción a condenarme
a una pena tan notoria,
a detener mis intentos,
a dilatar mi deshonra,
para adolecer mi vida,
para que el alma se encoja:
válgame Señor la gracia,
mi estéril tierra conozca
que el rocío de tu mano
lo más áspero sazona.
Lógrese en mí tu piedad,
que el desvalido pregona
en lo nada que merece
la grandeza del que le honra,
en tus plantas asegure
feliz puerto a mis zozobras,
y un principio allá tan grande
que de otra substancia informa,
pues de no ser capuchino,
por decir cuanto me importa,
a no tener ser alguno,
no hay medio que se interponga.
Y el alma de su decir,
y su decir con tanta alma
me dejó el sentido en calma.
No es posible discurrir,
que embarga la admiración
en gloriosa competencia,
entre una, y otra excelencia,
cuál logre más perfección.
Llégase a su Santidad, y pone la mano sobre la cabeza a Jorge.
Échale su bendición.
Con deseo me ha dejado
para volverle a escuchar,
¡qué gracia tan singular!
¡qué espíritu tan sagrado!
Andad hijo al Provincial,
¡oh, cómo obligáis a amaros!
y si reparare en daros,
(qué prenda tan celestial),
el hábito, le diréis
que yo os admito, andad contento.
Dios confirme vuestro intento,
mucho Jorge a Dios debéis.
Levántase Jorge.
¡Qué acción, qué razón, qué efeto
sabrá mostrar merced tanta!
Vanse recogiendo su Santidad, y los Cardenales muy de espacio, y diciendo.
Por instantes se adelanta
su mérito.
En su respeto
fue conforme tanta gracia.
Glorioso espíritu encierra.
Bella flor de estéril tierra.
Admirable es su eficacia.
Vanse.
¡Ay, Dios!, ¿qué me ha sucedido?
¿Estoy soñando o despierto?
Mas ya conozco que es cierto,
pues que el sentido he perdido.
Ya voy, Religión Sagrada,
ya voy para que tus brazos
me ciñan con tres abrazos
como Madre regalada.
¡Oh, quién sincopar pudiera
estos espacios, que así,
estos instantes, sin ti
mal logrados, no perdiera!
Vase.
Sale Juana sola.
Qué importuno tormento,
qué pena del dolor más asistida.
Parte del sentimiento,
del rigor, algo, con que está oprimida,
la queja no remite,
qué hará mi mal, pues quejas no permite.
¿A quién le falta el aire,
que a la vida le quede algún recurso?
Si en extraño desaire,
Naturaleza no hace extraño curso,
como en mi mal se advierte,
que sobra vida, porque sobre muerte.
¿Cómo podré de un hijo
dar justa queja, que no sea injusta?
Quien del fuero prolijo
de la honra, con quejas honra ajusta,
no muera pues mi pena
la que el tormento a vida me condena.
Regulando los pasos
estoy de Draque, que a ver Jorge ha ido,
y cuando de estos lazos
no afloje el corazón tan oprimido,
lisonja en sus rigores,
es no temer que puedan ser mayores.
Sale Beatriz criada.
Señora, señora, Draque.
Sale Draque lacayo de camino con botas, y espuelas.
Aquí le tienes contento
de besar tus pies, indignos
de que se vistan de cuero.
Seas, Draque, bienvenido,
dame cuenta, dime presto,
¿Jorge?
Eso, señora,
es cuenta, que pide un cuento.
No le des más pena al alma.
Aunque criado, mi intento
fue siempre criado a tu gusto.
Viene usté tan forastero,
señor Draque, que aun el modo
del bien venido no acierto.
Esto de ausencia, Beatriz,
enseña más que Galeno
a ver la orina de amor.
Eso es decir por rodeos
que viene usté muy francés.
Algo más a lo moderno,
no tan fácil, ni mudable.
En nuestro lenguaje hablemos,
¿qué me traes de París?
Relojitos, espejuelos,
trompas, pitos, cascabeles.
¿Qué haces, Draque?
Sacudiendo
todas estas sabandijas,
por poder hablar en seso.
Ya de escucharte impaciente
me tienes.
Ya te obedezco.
Dilatar tu deseo
fuera en mi obligación, ingrato empleo,
exordiar preámbulos sería
alentarme de vana fantasía,
referirte el camino
aun más que todo junto desatino,
y del discreto haciendo,
me hallo dentro en París, que es voz de estruendo.
Todos sus templos registró mi vista
por ver a Jorge, que como es papista,
cada uno ha de buscarse,
adonde en su ejercicio pueda hallarse;
mas aunque Jorge en ellos estuviera,
tienen tanto que ver, que no le viera.
Busco sus dos amigos,
y para hallarlos, hallo mil testigos,
que aunque la multitud confusión crece,
el noble donde está, luego parece.
Apenas digo que soy tu criado,
cuando hallo prevenido su cuidado,
y en su casa me hospedan tan de hecho,
que pues no soy papista, nada he hecho.
Pregunto por mi amo,
y no se cala tórtola al reclamo
del arrullo querido,
como ellos tan luego a mi gemido,
dando en sus ojos señas cristalinas,
que son de un pecho amante las más finas.
Y después de tan altos contrapuntos,
me refirieron cómo todos juntos
por ver del Mundo los diversos modos,
fueron a Roma donde se hallan todos.
Y viendo su deseo avergonzado,
de no haber parecido su cuidado
tan altas maravillas,
como en Roma admiraron, por decillas,
volverse a Francia tratan,
y cuando a Jorge su intención relatan,
les dijo que quería
quedarse en Roma, y que no sería
su amistad menos firme,
antes la ausencia su blasón confirme.
Al fin Jorge quedando,
y ellos de Jorge siempre platicando,
multiplican jornadas,
con gusto, cual y cual, todas cansadas,
y por venir despacio, en el camino
supieron cómo Jorge es capuchino.
¿Capuchino, qué dices?
Sí, señora.
¿Qué es capuchino?
Yo lo diré agora.
El alma reconoce un grave efeto,
temblando estoy, di, Draque.
El respeto
de aumentarte la pena me reporta.
Como sea afligirme, poco importa.
Sale Henrique galán, hermano de Jorge.
Ha venido Draque, y vengo
saber de mi hermano nuevas:
Madre y señora.
Hijo Henrique,
¿sabrás qué es esto que sea
ser capuchino?
¿Qué causa,
con voz tan extraña y nueva,
te hace reparo?
Es que Jorge
fue a Roma, y en Roma queda
hecho capuchino, y es tanto
lo que el corazón se altera,
que deseando saberlo,
de saberlo se recela.
Sin que conozca el daño,
ningún daño se remedia,
di, Draque, ¿qué es capuchino?
No es muy fácil, aunque quiera.
¿Pues qué razón te embaraza?
¿Quieres que pinte una idea
que en mis potencias no cabe?
¿Han visto cómo se encrespa?
Aprendí en Francia a ser gallo,
¿no ves cómo traigo espuelas?
Ya, Beatriz, es otro tiempo.
A todo tenemos tretas.
Y todas son tretas falsas.
¿Qué dices?
Impertinencias
de Beatriz, que, divertido,
no ha tenido contingencia
con tu mano esta mi boca,
ni ha hecho como debiera
lo que mandas.
Ea, acaba.
Tu admiración se prevenga.
Saliéndome una tarde
a dar en Francia de mi gala alarde,
que bien puede un lacayo,
de extraña primavera, hacerse un mayo,
y viendo una rencilla
entre un jazmín, y entre una maravilla,
que hacían dos francesas
esgrimiendo por armas dos bellezas,
árbitro de sus flores
me entremetí a sentenciar primores:
cuál un tajo rasgado,
cuál otra un vertical, sin más cuidado
que un descuido en sus ojos:
yo, que usaba en París también antojos,
turbado, no miraba
que el golpe cada cual en mí empleaba,
con ardid tan extraño, y tan tirano
que al tirar de la piedra, dan la mano.
Y estando en este trance,
aventurero de más nuevo lance,
me empeñan, no te asombres,
dos bultos, dos fantasmas, o dos hombres,
que en traje y compostura,
para cualquier juicio dan figura.
Junto a mi lado pasan,
y de tal suerte todo me traspasan,
que de verlos, mis flores
me parecen abrojos, y rigores,
y causó tal mudanza su presencia,
que se olvidó del todo la pendencia.
Dos sacos pardos traen por vestidos
ceñidos de una cuerda, y más ceñidos
por su mucha estrecheza,
y del mismo burel en la cabeza
largo capucho, y tan desaliñado,
que para un desaliño, es extremado,
en los hombros se cierra,
y como sea de color de tierra,
parecían sus rostros escondidos,
que de dos brutos ceños son ceñidos,
Dentro de esta aspereza,
vieras una espesísima maleza,
que en sus rostros hacían
intonsas barbas, y que parecían,
cual dijo el cordobés, tarde, o en vano
surcada, aun de los dedos de su mano,
Sus ojos quebrantaban
hacia así mismo, y solo así miraban,
que en globo humano, es perfección si adentro
corren las líneas de la vista al centro:
No juego de colores,
que en no tenerlas, muestran más primores,
que prontos desta suerte,
al colorido están de vida, y muerte:
Los pies descalzos traen,
y las manos de todo las retraen,
en dos cruzados lazos,
con que sellan sus pechos, sus dos brazos.
De esta forma robusta,
de esta política, a la vista adusta,
de este agregado a nada,
de esta composición que desagrada,
vieras un raro efeto,
una clara señal de un gran secreto,
que agrada el desaliño,
la pobreza, es cariño,
dulzura, la aspereza,
y entre aquella tristeza,
(no sé cómo lo diga) una alegría,
que todo aquello junto desmentía.
Coge mi admiración un francés diestro,
y de lección tan alta hecho maestro,
me dijo, nada miras,
¡La sombra nomás, es lo que admiras,
esto es solo un retrato
de aquel original, que obra su trato,
repara con cuidado,
cuál lo vivo será, si esto es pintado,
y abreviando el modo,
son capuchinos, con que dijo todo.
Apenas pronunciada
fue la voz, para mí tan desgraciada,
cuando entendiendo que era
mi amo alguno, el premio a mi carrera,
más que si el rojo palio allí ganara
fuera aquel pardo palio, si le hallara.
Basta, Draque, poco a poco,
que de tal suerte atropellas
las razones de sentir,
que se embarazan las penas.
Deja que cada una logre
su ejercicio, y al alma deja
que pueda darse también
toda junta a cualquier de ellas.
Que es tan otra mi razón,
que la mayor pena aumenta
mucha más alma al sentir
que logre la otra que llega.
Jorge tan humilde, y pobre,
Jorge en vil traje, y descalzo,
¿Jorge vestido de jerga?
¿Jorge es mi hijo? Ah, fuerza
de la sangre poderosa,
que así obligas, que así empeñas
al sufrir, al emprender
con porfiada competencia.
Hogarse al sentir, si es justo,
es cobarde negligencia,
rendirse al sentimiento
es del ánimo pobreza.
Sea pues papista Jorge,
esta parte al sentir quepa,
mas no sea capuchino,
que desdice a su nobleza.
Aquí del mismo desmayo
cobren aliento las fuerzas,
como animal generoso,
que su sangre le despierta.
Ea, mi Enrique, a tu industria
encarga esta grande empresa
tu honra, y tu triste madre
ésta obliga, aquélla empeña,
luego al punto, que en tal caso,
cualquier dilación es mengua,
has de partir para Italia,
busca a Jorge, si la tierra,
la mar, el cielo, el abismo,
la industria, el poder, la fuerza,
para mi dolor, se ocultan,
para mi agravio, le encierran.
Cuando tus mismas pasiones
tan mías propias no fueran,
como a tan tierno dolor
negarme noble pudiera,
ya conforme a tu deseo,
da mi voluntad espuelas,
tu gusto, es solo mi gusto,
y tu arbitrio, mi obediencia.
Ay, hijo, que me enterneces,
pues piadoso el cielo ordena
lo que desmerece un hijo,
que así otro hijo lo merezca.
Sea dichosa en tu parto,
pues Jorge tanto me cuesta,
y si lo ignoras, atiende
para que mejor lo entiendas.
Ya cuento a Jorge perdido,
y de ti la propia cuenta
hago también, si tú no haces
que Jorge contigo venga:
No me tengas más por madre,
no me escribas, no me veas,
no sepas si el sol me alumbra,
o me sustenta la tierra:
entiende que soy una furia,
una rabia, una fiera,
que por faltarle los hijos
a las fuentes, troncos, peñas,
a la tierra, al aire, al cielo,
a los montes, valles, selvas
enturbia, ofende, quebranta,
escarba, atruena, blasfema,
humilla, espanta, maltrata
con su dolor, con sus quejas.
Ya caminando va Draque
a servirte.
No es pequeña
la razón con que me obligas,
ni será la recompensa
que mereceres.
Señora,
tal vez aunque envuelta en flema
cual chocolate de leche,
mi cólera arde y revienta,
y esto de ser capuchino
me ha enojado porque suena
en toscano a pequeñino,
y tanto menos sintiera
si mi amo un capuchazo
fuese, que la voz dijera
empresa de caballero.
Todo publica mi ofensa.
Hoy a Aberdón dejaremos.
Parece que algo te pesa,
mira señor que no gasta
tanta nieve la francesa.
Algo le cuesta al cuidado.
Y a usted señor qué le cuesta.
Soy muy lindo para el gasto.
Linda ocasión una ausencia
para tratar de donaires.
Así obligas mi firmeza.
Los que son cuerdos Beatriz
al instante que se ausentan
como en la muerte conocen
que otros sus bienes heredan.
Ea Henrique, ve con Dios,
y todo bien te suceda,
busca a Jorge, y si le hallas,
(ojalá que yo le viera)
dile si no tiene madre,
dile que su madre queda
triste, afligida, llorosa,
que no es posible que crea
que nació en tal crueldad
de sus entrañas tan tiernas
que vuelva a Aberdón contigo,
que sea muy enhorabuena
papista, que no tendrá
para dejarlo violencia;
que si en quitarle el socorro
le he ofendido, que a esta cuenta
reciba tantos pesares,
reciba esta diligencia:
cómo trueca sus blasones
tan nobles, y sus riquezas
por hábito que se forma
de un burel, y de una cuerda,
(como un generoso aliento,
que en dar su naturaleza
consiste, hoy se acomoda
a pedir de puerta en puerta)
y como hijo, y como hermano
le dirás lo que no acierta
mi dolor a referirte,
y de mi mano, y mi letra
le llevarás una carta
que entro a escribir.
Quién pudiera
asegurarte el deseo,
como te aseguro en prenda
de tu hijo, hacer con Jorge
cuanto de mi parte pueda
para traerle.
Ese plazo
queda a mi vida.
No temas
que a tu voluntad se niegue.
Mucho fío en tu presencia:
haz que deje luego al punto
de ser capuchino.
Alienta
tu dolor tanto al remedio
que aun los fueros de la ausencia
se recatan del cariño.
No fuera la mía misma
tu sangre, si en este lance
de otra suerte procediera,
y más si en una acción misma
los dos ánimos se emplean,
nunca se divide el alma,
ambos se van, y ambos quedan.
A escribir voy.
En mi gracia
el cielo piadoso quiera,
que logres tanto cuidado.
Plega a Dios, y luego muera.
Ay Jorge, cuánto me debes
pues que en otro hijo me empeñas.
Vase.
A Dios Draque, y lo dicho?
Es chanza, que soy un Etna.
Vase Beatriz.
Vamos Draque porque todo
con brevedad se prevenga.
Para mí todo está hecho
estando la bota llena.
Vanse.
Sale Jorge con hábito Capuchino, llamándose fray Archángelo, y el guardián de Camerino.
Fray Archángelo, la ciencia
que reduce a perfección
nuestra Santa Religión,
es la humildad, y obediencia.
Como madre la humildad
a obedecer nos enseña,
y la obediencia es la leña
de la humilde claridad.
A estas dos siempre le asisten
obras dos, de grande alteza,
caridad, y fortaleza,
que a un mismo objeto consisten.
Son cuatro ríos que al alma
hacen un Paraíso hermoso,
adonde el Divino Esposo
se recrea en dulce calma.
Por sus márgenes gloriosas
florecen de mil, en mil
virtudes, más que el Abril
produce hojas, y rosas.
Para su mayor firmeza
se hace circunvalación
nuestra Regla, y Profesión
que es celestial fortaleza.
Ni le falta a este Jardín
Serafín, que el paso guarde,
que a su guardia haciendo alarde
es Francisco el Serafín.
Para tanta perfección
dar al alma el beneficio
es la labor, y ejercicio
de fervorosa oración.
Vuestro farol asegura
Padre, si a seguirle acierto,
que haréis con divino acierto
granjear grados de altura:
pues de suerte navegáis,
que más propiamente vuelo,
adquiriendo mucho cielo,
mucho piélago dejáis.
Y así en piadosa atención,
a mi pequeñez le ha dado
Padre, Maestro, y Prelado
en vos, nuestra Religión.
Para que esta inútil planta,
siendo por vos cultivada,
hoy deba verse plantada
en Jardín de gloria tanta.
Pues hijo, una sola flor,
aunque olorosa, y agradable,
más suavidad, más amable
se hace entre otras, su primor.
Un ramillete conciertan
las virtudes como flores,
que juntas, a sus olores
unas, a otras se despiertan.
Un ramillete en vos veo
Archángelo en perfección,
haced hijo a mi razón
discreta, con vuestro empleo.
Hierva humilde, inútil suelo
que por flores lleva espinas,
qué gracias tendrá divinas
que den olores al cielo.
Antes Padre esta maleza
es embarazo a lo hermoso.
Para ser buen Religioso
por esa humildad se empieza.
Ser Religioso deseo,
y para poderlo ser
Argos seré siempre en ver
vuestras obras.
Ya me veo
como prelado obligado
a deciros lo que haréis,
no hijo, no me imitéis,
atended como a prelado.
Observad sencillamente
Nuestra Regla, y a su querer
estar siempre a obedecer
es obrar continuamente.
Pues la especulación
de las virtudes es tanta,
que el que en ellas se adelanta
es más corto en su lección.
Aprended en la enseñanza
de la práctica, imitando
al que os enseñare obrando,
que es lección que más alcanza.
De cada cual con desvelo,
la flor de más suavidad
coged, y de ellas formad
ramillete para el cielo.
Y haréis también de provecho,
que en la imitada virtud,
dará la similitud
un lazo de amor estrecho.
Que en semejanza es preciso
que amor se venga a engendrar,
que al instante supo amar
que vio su imagen Narciso.
Y ese discreto Amador,
por quien tanto el hombre
se vio a su semejanza cara,
para obligarse a su amor.
En ministerios de casa
sed grato en la ocupación,
que servirlos es la acción
donde la virtud se enlaza.
No embaraza el ejercicio
dando a Dios el corazón,
antes, sin esta atención
la soledad es bullicio.
Es Religión militar
Archángelo, donde bien
el que mejor sirve, es quien
más pagas viene a ganar.
Cuando, Padre, me alisté,
adelantadas allí
tantas pagas recibí,
que servirlas no podré.
Que fue ver su Santidad
todo en mi gracia ocupado,
que fue nuestro gran Prelado
con tan profunda humildad,
confesando por gran culpa
no haberme antes admitido,
postrarse al perdón rendido
todo al ruego, y a la disculpa.
Haga como una portaria de convento Capuchino, toquen llamando, y salga un Religioso portero.
Fray Archángelo, llama
para hablarle un caballero,
que parece forastero.
Sale por la misma portaria Henrique, y Draque de camino.
Ya siente el pecho la llama
de la sangre.
Yo estoy de hielo.
Id, fray Archángelo.
Vase el guardián, y vienen andando para donde está Henrique, el Religioso portero, y fray Archángelo.
En todo
muestra el convento un tal modo,
que acusa el vano desvelo.
Ya tiene Vueseñoría
a fray Archángelo aquí.
Vase el portero.
¿Qué veo?
No en balde así
se ha vuelto mi sangre fría.
Permitid de mi atención
que, atento, todo a miraros,
pueda agora, por mí, hablar
esta carta; y en su razón,
cuya es, y quién yo soy
hallaréis con claridad.
Gracias por la caridad
a Vueseñoría doy:
llevarésela al Prelado
para que luego la vea.
¿La carta aquí otro la lea?
Es estatuto acertado,
que es la común voluntad,
y sin ella, no hay acción.
Oigo con admiración
y alabo tanta igualdad,
que en voluntad tan unida
virtud no puede faltar,
ya no es posible callar;
primero os daré leída
la carta, que alegre en suma
es de vuestra madre, y quien
goza en veros tanto bien,
es vuestro hermano.
Presuma
dichoso aliento el consuelo,
pues siendo mi madre viva,
espero en Dios que reciba
la luz que encamina al cielo.
Lo mismo que veo, dudo,
vencer la porción humana
es con virtud soberana:
¿qué hermano, y madre no pudo
al estruendo natural
estremecer la color?
En vuestros brazos mi amor
de hermano halle amor igual,
y el premio de esta jornada
a mi madre agradeced.
Dios pague tanta merced,
que yo por mí no puedo na[da].
Jorge, Arcángelo, seño[r].
¡Oh, Draque, que te vio lampiñ[o]
vestir más blanca que armiñ[o]
la olanda de más primo[r]!
Si con el traje, y cuidado
no te olvidas, deja apen[as]
besar de tus pies las ven[das],
correas de tu calzado.
No, Draque, levanta, qu[e]
la crianza no se olvida.
Cuéntame, señor, tu vida,
deja verte, que juzgué
cuando capuchinos vi
sin comida, ni bebida,
por cosa de la otra vida.
Mucho traigo para ti
de mi madre.
Su memoria
más me obliga.
En su deseo
te llama.
Dichoso empleo
si a Dios de ambos doy la g[loria].
Vuelve a salir el Guardián.
He sabido que es hermano
de fray Arcángelo, y vengo
con la obligación que tengo
a hospedarle, y cuanto gano
de ver a Vuestra Señoría
en este claustro, quisiera
que generoso admitiera
nuestro agasajo, y hallaría,
se conforme a su grandeza,
no magnífico aparato,
pronto afecto, quieto trato,
blando uso, sencilla mesa,
Esto, señor, ofrecemos,
que alivio corto al camino
sea; en tanto en camerino
un devoto procuremos
que con su casa, y cuidado
supla nuestra cortedad.
Comer dijo, en verdad,
que es un capuchino honrado.
Ya se avergüenza la culpa
contra Jorge, y haber logrado
ver a mi hermano obligado
de mi madre, que en disculpa
de su repetida ausencia
desea verle, fue bastante
premio al término distante
que traje, Vuestra Reverencia,
que se ufana con más gloria,
y en mi obedecer es llano
siendo de Arcángelo hermano.
Bien resplandece notoria
vuestra nobleza.
Esta acción
tiene más de interesada,
porque la gracia estimada
se trueca en obligación:
y así, agradecido aquí
es granjear un interés,
con que mi hermano después
gane licencia por mí.
Esa instancia tan galana
es bien lograr su primor,
que marchitar una flor
es de condición villana:
que después confío en Dios,
que hará con su gran poder,
conformes en un querer
a mí, a Arcángelo, favor;
y así quede este cuidado
por cuenta de su bondad.
Arcángelo, mirad
para huésped tan honrado
lo que se halla en el convento.
En todo, Padre, sois padre.
La Religión nuestra Madre
nos dará de su sustento.
Vamos porque descanséis.
Gusto causa obedecerle.
Yo sé que me alegra el verle.
Ay mi Dios, cuánto podéis.
Vanse todos tres, y queda solo Draque.
Entrose mi amo, y por Dios
tan bien hallado, que temo
que ha de llevar para Escocia
más barba, y menos sombrero.
Si se fuere, sin llevarse
a su hermano, a este intento,
no le dirán que se vuelve
trasquilado por lo menos
que hará Draque en este lado
por Dios que es mucho el silencio
sin quitándome el hablar
me pueden contar por muerto.
Poco ruido hay para huéspedes
no oigo almirez, ni mortero
sin duda que por ensalmo
se come en este convento.
Al fin es forzoso entrar,
y en entrando no hay dar de dedo
para Capuchino, aun bien
que ahorraré lo que más temo
Razón es que tema un hombre
sacar a plaza su ingenio
donde viéndose con muchos
huye el cobarde más presto
el presumido ignorante
acuchilla con el gesto,
y el rígido entendido
mata de puro grosero.
El Zoilo todo lo sabe,
y es un zurdo, zambo, y tuerto
yo más, pues con esta cara
hago papel de granjero.
Volviendo a mis temores,
sin acaso, ni denuedo,
es peligro muy civil
dar la garganta a un barbero.
Es más que hacer amistades
es más que prestar dineros,
bien hayan los Capuchinos
que sin pasar estos riesgos,
gozan intangentes barbas,
ni hacen que el bárbaro estruendo
del mostacho, siendo un turco
se oiga Español halagüeño.
Pues esta puerta me agrada
no hay que detener, ya me entro,
Calvino quédate afuera
que este no es lugar de enredos.
Vase.
Fin de la Primera jornada.
Jornada Segunda.
Sale el Duque de Urbino y un Criado.
Eternice la memoria
de Vuestra Excelencia, este día.
Para mí fue día de gloria,
que es celestial alegría
darle a Dios una victoria.
Admirable el Escocés
se ha visto en su conversión.
Y Vuestra Excelencia en la acción
de celebrarla.
Todo es
poco en tan grande razón.
A un Caballero Calvino,
Católico Caballero
hacerle, es modo divino.
Fue gran triunfo, y peregrino.
Todo en Dios lo considero.
Sale Henrique, y Draque.
Señor, cómo te has hallado
con mudar de Religión.
Solo me causa aflición
de no haber antes llegado
luego a este uso de razón.
Mírense el Duque y Henrique, y háganse cortesía.
Mil gracias os debo, sí,
señor Henrique, pues vos
me dais tanta gloria a mí,
de ver que buscándoos Dios
a hallaros viniese aquí.
Y así en la estimación
de tan preciso alborozo,
a mi pecho le es forzoso
detener el corazón
porque no salga de gozo.
Glorioso Duque de Urbino,
corona de aquella planta,
que cada rama es un héroe,
siendo infinitas las ramas.
De la Rovere lumbrera,
que en el gran cielo de Italia,
de su Zodiaco es una
de sus estrelladas casas.
Vos que el veneno, al ocio,
y al trabajo, la atriaca,
buscáis entre las virtudes
animantes, y animadas,
dándoos todo al empleo
de voces desengañadas,
casi persuaden mudas
como aconsejan sabias.
Juntando a este fin más joyas
que allá celebra la fama
del Egipcio coronado,
que mensuró las distancias.
Consiguiendo, no una gloria,
dos sí, porque se repartan
por premio proporcionado
de quien goza otras dos almas.
Que las urbanas virtudes
es otro género de alma
que vive resplandeciente
eterna en la gloria humana.
De ambas animado os debo
lo que mi caudal no alcanza,
que lo que dos almas merecen
una alma sola no paga.
Pues siendo apenas llegado
a aquella celeste estancia,
breve compendio que suma
millones de cifras claras.
Allí, entre aquellos sayales
vuestra púrpura bizarra
viéndoos, tan señor, tan luego,
tan humano, y con palabras
tan de príncipe, al prelado
decir, por lo que a esta casa
y a fray Arcángelo estimo,
padre guardián, muy de gracia
os vengo a pedir un huésped,
que al convento esta mañana
llegó, que para hospedarle
ya sé quién es, que esto basta.
Trajístesme a este palacio,
y en lo privado, y en la plaza
parece que estamos juntos
entrambos de camarada.
¿Quién alienta estas acciones,
quién anima estas hazañas,
quién gobierna estas proezas,
y quién reparte estas gracias?
Es alma que eterna vive
de una a otra siempre en otra,
en estimación gloriosa, aura
como traída en las palmas.
Y de la otra alma tratando,
que asiste en porción más alta,
me disteis a Dios. ¡Ay, Dios!
¿quién aquí de ti alcanzara
un término soberano,
una fecunda elegancia,
un concepto comprehensivo,
una voz sonora, y clara
para decir los afectos,
para exponer las palabras,
para cifrar la razón,
para dar la consonancia,
con que glorioso imitando
a Dios en la semejanza,
vuestro aliento me inspiró
un espíritu, una alma
con que gozo alegre vida,
con que veo, que esto basta,
que hasta aquí, no viendo a Dios,
no veía, aunque más miraba.
Bueno está, señor Henrique,
no rubriquéis en mi cara
con púrpura, tanto logro
para pagar la posada.
A quien dais este palacio
es deuda, y deuda cara
a mi Arcángelo, y no es sobra
para dos deudas, dos almas.
En vuestra nobleza estimo
teneros por camarada,
y fray Arcángelo es quien
de Dios vuestra gracia alcanza.
A su virtud tiene asida
la voluntad sacrosanta,
que para Dios, es más gloria
rendirla que ejecutarla.
Aquí agora entiendo aquello
de allá cuando a Roma vayas,
porque hablar tanto de Dios
sin duda es de Italia usanza.
Magnánima la grandeza,
en la merced se adelanta,
retirando más su aprecio
cuando se trata la paga.
Donde se halló satisfecha
allí el beneficio acaba,
que al juego del generoso
se pierde empatando baza.
Filosofía que mira,
si política, tan alta,
que la aprendió Vuexcelencia
viéndola en Dios practicada.
Ea, señor, yo me rindo
como no le quitéis nada
de mérito a vuestro hermano.
Bien conozco que a sus ansias,
a su ruego, a su consejo,
a su fervorosa instancia,
a su oración, y vigilias
reconocí la falacia
que embargaba mi razón
y obediente a lo que manda
Vuexcelencia, con su gusto
diré una circunstancia
de cuya luz refulgente
sentí al instante la llama,
que por primera merece,
y aun debe no ser callada:
Cuando tan presto al convento
fue, por hacerme honra tanta
Vuexcelencia, admiré luego,
y miré por cosa rara,
ver con más estimación,
que a la rica, y ducal gala,
a un sayal remendado,
pues con devota elegancia,
tan cariñoso al respeto,
con vivo afecto mostraba
que bien la mayor grandeza
por aquel sayal trocara:
Gran Príncipe, esta acción vuestra
hizo la primer llamada
a mi rebelde castillo,
y fue de tanta eficacia,
que a golpes el corazón
de mi pecho haciendo caja
publicó guerra al engaño,
que así tanto es de importancia
ver los señores, los grandes,
los Príncipes, y Monarcas
dar culto, dar reverencia
a las personas sagradas.
Señor bajemos el punto
porque tenga consonancia
para entrar mi punto llano.
Cuando en los criados se halla
cual de su amo el mismo afecto
entonces su canto agrada.
Tú no quieres ser Romano.
Bueno fuera que empinara
a Vuexcelencia en más costa
cuando la mano enseñada
de su liberal grandeza,
por nuevo triunfo señala
la solemnidad gloriosa,
de la pompa última raya,
apadrinando a mi amo,
¡oh, señor!, primero salga
a ser gran pirata Draque,
con las aguas, que bañan
por el Antártico Polo
a las Indias las espaldas:
lleve desde Thule, a Chile,
en lugar de drogas, armas,
que ya sé que son en las Indias
estimados los piratas.
Y después que a sudor de otros
traiga de Monte de plata,
de sus intricadas venas,
la dulce leche cuajada,
trataremos de otra cosa.
¿Y dejar para mañana
lo que más importa es bueno?
¡Aun no sales de la cáscara
y ya empiezas a predicar!
De vuestra vuelta, y jornada,
señor Henrique, a Escocia,
decidme lo que se trata.
Ha consultado mi hermano
al Prelado, y hoy aguarda
su parecer porque en todo
le siga, y luego alcanzada
su dirección, solo queda
de Vuestra Excelencia la gracia,
intercediendo el cuidado
de mi madre.
Justa causa
será el dolor de no veros,
porque la señora Juana
redima algo de su pena.
Pues voy, señor, si os agrada,
al convento.
Andad con Dios,
porque poco a poco vaya
la razón de despediros
abriendo al sentir la zanja.
Vanse por una parte el Duque, y criado, y por otra Henrique, y Draque, con cortesía.
Sale fray Arcángelo solo.
¡Qué gracias sabré darte, Jesús mío!
Si aun alcanzar no sé cuánto te debo,
excede tu piedad, a mi albedrío,
mas me retiro, cuando más me atrevo,
mi propia obligación, es mi desvío,
no oso a decir, lo que a decirte llevo
cuando viéndome a mí, y a tu grandeza,
tan honrada por ti, veo mi bajeza.
¿Qué gracias a un favor tan soberano,
qué paga a obligación continuada,
cuando caído, me alcanzó tu mano,
cuando me abrigas, de la Osa helada?
Basta, basta mi Dios, mira que es vano,
que tú des tanto, a quien no te da nada,
o enséñame, Señor, cómo obligarte,
para pagarte no, para agradarte.
Si a tanta paga, mi pobreza es suma
mi valor sea, lo que te he costado,
piadoso así, no pierdas tanta suma,
pues pródigo, por nada tanto has dado,
de este término deja que presuma
privilegios de fino enamorado,
que hablando con amor, es cosa cierta,
que mejor habla, el que hablar no acierta.
Asegurado así quede mi empeño,
si de ti mismo tú, Señor, te obligas,
no me acobarde mi caudal pequeño,
pues a ti no te cansan mis fatigas,
temiera, si pudiera, el desempeño,
como a quien de tu cuenta desobligas,
mas ay mi Dios, que todo te me has dado,
para que dándote yo, quedes pagado.
Sale por otra puerta Enrique solo.
¿Quién de un piélago oscuro, y tempestuoso,
con frágil leño, feliz puerto goza?
¿quién por rumbo contrario, y naufragoso
jamás logró navegación gloriosa?
¿quién surcando al ocaso tenebroso
le sale enfrente la luciente Rosa?
Milagro es todo, y todo en mí se ha visto,
que así tanto hace, por un alma Cristo.
Cual otro Saulo, de la Escocia helada,
helado al bien, e intrépido al engaño,
sangriento lobo, en la fiel manada,
salí a ejecutar rabioso daño,
sacar a una ovejuela regalada
del más caro redil, mejor rebaño,
fratricida cruel, mas ¿quién pensara,
que en tal camino, tanto bien se hallara?
Despierto de letargo así engañoso,
con vida al alma, y vida en los sentidos,
Pablo dichoso, al esplendor glorioso
de una voz, que se entró por mis oídos,
ni en ellos, ni en los ojos, los que gozo
bienes, ni en corazón caben crecidos,
porque la fe enseña mil caminos
de altos misterios, raptos peregrinos.
Ya he dejado el caballo que preñado
trajo de horror, mi loca fantasía,
y humilde tierra, en la tierra echado,
respiro alegre, a la luz del día:
siempre a favor mi Dios tan señalado,
se halle en vuestra presencia mi alegría,
mil veces os bendigo, y otras tantas
haced, Señor, que siga vuestras plantas.
Míranse los dos hermanos, y vanse el uno para el otro.
Henrique, señor, amigo,
todo en mi contento cabe,
hermano, hermano del alma,
que es más, que no de la sangre.
Como tan otro te veo,
no sé cómo debo hablarte;
estás muy hermoso, Henrique,
deja, deja que te abrace.
Deja que mis brazos gocen
de esa candidez, que sale
más que el aseado armiño,
más que la nieve en los Alpes.
¡Qué bien!, pues sales agora
de aquellas manos que saben
sacar de una humilde hierba
un lirio blanco, y suave
que gozan mis ojos ver
¿católico?
Va a arrodillarse, y detiénele Arcángelo, como que se arrodilla también.
Padre, padre,
que pues me engendras de nuevo
no es bien que hermano te llame.
Hermosa forma me has dado,
tal ser me comunicaste,
que ignorando lo caduco
vivo inmortal, y constante.
¿Qué obligaciones apuestas
con las mías? Que nuevas
más dificultan la paga,
solo puedo con llamarte
padre, que es nombre que o
obligando satisface.
Porque pretendes mis brazos,
cuando a tus pies debo echarme,
respeta que solo en Dios
se halla que hijo al Padre iguale.
Dame el lugar que me toca.
¡Oh, hermano, que es afrentarme
que estás más noble por gracia!
Yo soy quien debe humillarse,
yo soy quien respetos debe.
Por rendirme, y porque ganes,
quiero rendirte mis brazos.
Danse los brazos, y dicen.
A tan divino lenguaje,
deja que en lazos estrechos
me obligue, cuando no pague.
¡Qué suavidad!
¡Qué dulzura!
¡Qué lisonja al alma le haces!
¡Qué suspensión tan divina
causa, mi Henrique, el mirarte!
¡Qué dicha!
¡Qué bien!
¡Qué gloria!
¡Qué más compuesto discante
para a Dios cantar mil gracias!
¿Qué instrumento puede hallarse
como tú, dulcísima arpa,
de cuya armonía suave
huyó el intruso tirano
de mi pecho al mismo instante?
De Dios, Henrique, es la gloria.
Sale el Guardián.
Que en sus siervos Dios se alabe
es de Dios mayor corona.
Responden ambos juntos.
Henrique, Arcángelo.
Padre.
Proseguid vuestro contento,
que no es razón que embarace
júbilos, que a Dios agradan,
motetes, que a Dios exalten,
amores, que a Dios obligan,
cariños, que a Dios abracen,
Dulzuras, que a Dios ablandan,
que es Dios también fino amante,
y ojalá que yo supiera
con amores regalarle.
Sale el Duque de Urbino.
Mira a los Padres, y prosigue.
¿Qué es la amistad, sino amor,
y del amor quién no sabe
que es movimiento continuo,
sin meta, término o parte
que detenga su razón?
Esta discreta me trae
a no apartarme de Henrique,
que la voluntad se vale
de más vista, y más fineza,
cuando es preciso ausentarse,
por guardar en la memoria
que es lo mismo ausencia que hambre,
alimentos que le puedan
servir de matalotaje.
Padre Guardián, fray Arcángelo,
señor Henrique, ¿en qué parte
se pudiera a la virtud
dar con más vivos realces,
en periodo tan breve,
elogio tan elegante?
Señor, siempre Vuestra Excelencia
de su grandeza reparte
con su siervo, siendo empeño
de su generosa sangre
levantar a los pequeños,
que si permitiera darse
a la fama esta grandeza,
fuera para tanto inhábil
el pincel más advertido.
De ese modo es razón que hable
con su súbdito el Prelado.
Vuestra Excelencia repare
que habla con un capuchino.
Todo este afecto es bastante
para suplir nuestras faltas,
pues ni aun para sentarse
Vuestra Excelencia hemos traído.
No es menester, que más vale
darle descanso al deseo,
porque ha venido a informarse
de lo que ha de hacer Henrique,
El acierto será fácil
si Vuestra Excelencia le ordena.
Si fuera entrar en combate
la voluntad, y razón,
todos aquí somos partes,
y solo a Vuestra Excelencia
le toca el determinarle.
A ese gallardo precepto
no hay que replicar, que hay lances,
en que el obsequio prolijo
es voluntario ignorante.
Fuego, y plomo trajo Henrique
de oro, y de amor fulminantes,
que contra Arcángelo dieron
sus riquezas, y su madre.
A estos dos por ingenieros
trajo para sitiarle,
que saben minar las fuerzas,
y contraminarlas saben.
Al levantar sus trincheras
empezó el oro, y al instante
el Amor sus baterías,
mas como Arcángelo se halle
castillo, en perfeta orden,
con los cinco baluartes,
que por blasón de su fuerza
son cifra de su estandarte,
ciñido de su cordón
contra el cordón opugnante,
le obligó divinamente
a que el sitio levantase.
Parar con el vencimiento
para Dios, no es praticable,
que aventura lo ganado
quien no granjea adelante:
Resistirá Henrique, es poco
si no se vence, y se atrae
a aquel yugo soberano,
que es libertad saludable.
Esgrimir sus propias armas
quiere Dios, que es admirable
hacer del bien estrumento
que fue estrumento de males.
Díjele a Arcángelo que
más amarán a su madre,
si católicos los dos
a ser fiel la persuaden;
que sus riquezas las goce
Henrique, que como guarde
el alma firme, bien puede
usar de bienes mudables.
Ocho meses salió el Sol,
pienso que dos horas antes,
por ver esta lucha, y pienso
que vido Dios, escala, y ángeles.
Las armas eran sollozos,
lágrimas, suspiros, trances,
un callar, todo hecho lenguas,
y hablar con solo mirarse.
Fue tan a brazo partido
la lucha, que al estrecharse,
viendo inferiores sus fuerzas
Henrique, empezó a gritarle
a Arcángelo: deja, deja,
doyme por vencido, dame
esa bendición que dices,
ya me rindo a arrodillarme.
Rindióse Henrique; mal dije,
venció Henrique, y tan triunfante
solemnizó este acto
Vuestra Excelencia, Dios le guarde,
que los trecientos y veinte
que Roma celebra, callen,
al triunfo que gozó Henrique
aquella dichosa tarde.
de atabales, y clarines,
y de cóncavos metales,
y aclamaciones del pueblo
se llenó de suerte el aire,
que como el cielo, y la tierra
a celebrar se juntasen
este acto, el aire entonces
pudo a placer aportarles.
Llegó el gran triunfo a palacio
y por más solemnizarle,
a las mesas, cubrió el lino
y al lino dulces manjares.
Repartió el pan Vuestra Excelencia
para que todos notasen
que Dios, y quienes de Dios,
se ve cuándo el pan reparte.
Quiso que a gloria de Dios
los capuchinos se hallasen,
que banquetes misteriosos
también son de Dios altares.
Dimos las gracias debidas
a Dios, y Henrique a darle
a Vuestra Excelencia después
también las gracias loables:
Yo lo vi, señor, y agora,
aun siento el afecto amable,
que allí mostraron sus ojos,
cuando dijo al abrazarle,
esto Henrique es solamente
una señal estimable
de aquel gran contento que hoy
por vos en el cielo se hace.
Oís referir estas cosas,
aunque sabidas, en balde,
que es para motivar por ellas
que aquí anda Dios muy tratable.
De aquel generoso río
de la gracia, que es bastante
a fertilizar mil mundos,
y millares, de millares:
saca el autor soberano
tal vez copiosos raudales
con que fertiliza más
unas, que otras heredades.
a sus obreros nos toca
con la azada a sus cristales
ir siempre abriendo los surcos,
porque el bien más se dilate.
Quién duda? yo no lo dudo,
que con estos minerales
quiere Dios fertilizar
la casa, hermanos, y madre
de Arcángelo: luego, luego
pártase Henrique al instante,
lleve este surco a su casa,
no le detenga, o dilate,
que en la tardanza hay peligro,
que aunque por Dios nunca falte,
no se aprovechar al punto
de los dones auxiliares,
es ingratitud que suele
detenerles, y secarles.
Yo también estimo a Henrique,
y aunque la razón persuade,
he de sentir su partida,
que es el hombre dos mitades.
Este, príncipe de Urbino,
es mi parecer.
Tan grande,
que obligada la razón
de su armonía tan suave
por celestial le venera.
Yo, pues, a empeños que valen
igualmente toda el alma
cada cual, quiero entregarme,
todo sin arbitrio mío,
a la causa donde nacen,
porque en sus mismos efectos
se agradezca, estime y pague:
como fuente, a quien de lejos
por su bien el agua traen,
que a quien la labró costosa
agradan y satisfacen:
pues la misma agua publica
cuyos son estos cristales.
¿Vos qué decís, fray Arcángelo?
Que ya empieza a iluminarse
en divino gozo el alma,
viendo presente a mi madre
abjurando la herejía,
que ese fervor tan brillante
divino aliento respira.
Vaya Henrique, y le acompañe
ese espíritu divino.
En cada cual miro un ángel.
Y en lo que toca a mi hermano,
¿qué debo hacer?
Dilatarle
el efeto, con decir
que algunos particulares
fue detención conveniente
porque no os acompañase,
y que, siendo Dios servido,
breve le verá.
Ya darle
respuesta a su carta aguardo,
que la obediencia lo mande.
No conviene, fray Arcángel,
que en máquinas celestiales
no ha de haber intento alguno
con acción determinable,
más que aquel querer divino
que es acierto indubitable;
solo a Dios toca los fines.
Señor Henrique, abrazadme,
andad con Dios, hijo mío,
ved el amor entrañable
con que os ama Dios, y noble
pagad también con amarle:
guardad, aunque tierna el alma,
muy firme a los pedernales
de vuestra rígida Escocia.
Si me ayuda favorable
vuestra bendición, no temo.
El cielo os bendiga y guarde.
Darle una cadena de oro con un Santo Crucifijo pendiente de ella.
Señor Henrique, yo también
estimara en este lance
poder vencer con razones
dos grandes deficultades:
cifrar lo que merecéis
para sacar de este alcance
lo que os amo y lo que estimo
vuestra amistad agradable.
Mas como el conocimiento
es tan noble, poco valen
estas mecánicas voces
para el estilo que él sabe.
Y como nuestra amistad
acrisoló sus quilates
al fuego de amor divino,
no le ajustan ejemplares.
Y si el sentir no me engaña,
dos jeroglíficos grandes
de amor divino y humano
me dan las antigüedades:
aquel nudo que Alejandro
cortó por indesatable,
amor a lo humano fino
que la muerte corta y parte.
Pero amor a lo divino,
cuando es por divino enlace,
es misteriosa zarza
que sin consumirse arde:
tiene sustancia tan firme
que registra eternidades,
ved quien tanto así os estima
lo que sentirá apartarse:
vivir presente al amado
es la gloria del amante
no hay industria como amor,
esta por fineza pase.
Tomad, Henrique, esta sarta
Que en mejor monte abrasarse
se vio tan entera siempre,
y en ser tan firme y brillante,
que es el ejemplar de amor,
y de memoria haced arte
para acordaros de mí
siempre que en estilo amable,
dulce, amoroso, rendido
vuestro amor, su amor le pague.
héchase la cadena al cuello
Aquí bien señor que es donde
las voces no son bastantes,
porque los visos divinos
no consienten explicarse:
Con este fin tan glorioso
ha llegado a coronarse
la machina más sublime,
que han logrado las edades,
construida en mi favor
sobre los dos pedestales
de voluntad, y grandeza,
que en magnificencia iguales
levantó tan ingenioso
lo liberal, y lo afable
de vuestro ser generoso,
de vuestra piadosa sangre:
que galán a lo divino
amáis, que es muy deste lance
a los fines, lo más fino,
y dar forma a eternizarse:
Este que a mi cuello estimo
por yugo tan dulce, y suave
será también collar fuerte
que la obligación señale
que os debo, pues de esta suerte
se eterniza con ligarse
a cadena que deseo
más y más aprisionarme.
Regaladme siempre Henrique
con nuevas vuestras.
A darle
cuenta a su señor el criado
es obligación.
Sale Draque.
Que ya trate
de volverse a Escocia mi amo
lo siento porque se acaben
los gigotes del de Urbino,
y las uvas de estos frailes,
que el paladar sazonado
me tenían por los aires.
Hermano que me mandáis,
qué queréis que a nuestra madre
le diga, y a esta ausencia
animadme, y aconsejadme.
Ya huele esto a despedida.
Bien es que Arcángelo gane
aquí agora mucho cielo,
que el prelado vigilante
busca al súbdito la empresa
en que pueda mejorarle.
Hermano.
Vamos Arcángelo,
vuestra excelencia Dios le guarde.
hace cortesía al Duque, y vase llevando a Arcángelo consigo sin dejar de despedir del hermano.
También precio la obediencia,
vamos Henrique que es tarde
para aprestar la jornada.
En todo es Dios admirable.
Vanse por otra puerta el Duque y Henrique.
Solo han dejado al gracioso,
siendo gracia ver a un fraile
como un duque, y ver a un Duque
como un fraile en su semblante.
Los dos hermanos no es mucho,
siendo hermanos, que aportasen
de Angelitos, que aseguro
que ni las alas les falten.
mas yo duermo o estoy despierto,
ni de averiguarlo es fácil,
porque esto que aquí he visto
no suele en el mundo hallarse.
Sin duda que estoy en Creta
sin que tenga quien me saque
del laberinto, pues no hay
fraile, o duque que lo mande.
Pidamos hilo al ingenio,
ya mi le dio Dios delante,
yo me hago aquí fraile, y duque,
y con voz sonora, y grave,
con un cariñoso gesto
templada, que es importante
para obligar, digo atento
a mí mismo, vamos Draque.
Vase muy de espacio.
Sale Juana y Beatriz.
Qué es esto Beatriz que sea
de Henrique la dilación!
Querer venir dende Londres
por mar, como te escribió,
y ser la mar toda un monstruo,
que sin regla, ni razón
procede en su movimiento.
¿No es en mi pecho menor
el desorden que ocasiona
la advertida confusión
de su carta, pues callando
si trae a su hermano, o no,
solo en su venida trata?
La duda a la posesión
previene mayor contento.
No excusar vida al dolor
es razón de tiranía.
No cabe esa condición
en mi señor.
¡Ay, Beatriz,
la hoja que se movía
es sospechosa al que teme!
Perdona, que es grande error
no ajustarme en lo posible
con mi gusto; haz cuenta que hoy
viene Henrique, y viene Jorge,
y que ambos juntos los dos
te dan más de mil contentos,
y verás cuánto mejor
te hallas dentro de ti misma.
También juzgo a discreción
recelar antes el daño,
que así no se hace peor
cuando llega el accidente.
Esa es la superstición
del que se sangra por mayo.
Sentir el noble es valor.
Deja eso al tiempo de Artus,
porque en los señores de hoy
no hay otra ley que su gusto.
¿Quieres que falte a quien soy?
Quiero que mires al cielo,
que a su oscuro pabellón
le ha matizado de estrellas,
porque su resplandor
nos divierta la tristeza.
Ya me esfuerzo a tu lección.
Sale Henrique, y Draque de camino, y salga Draque delante.
No ha de ganar esta vez
Beatriz las albricias.
Hijo,
consentir que te adelantes
Albricias, que es mi señor.
Tarde piache.
Hijo Henrique.
Señora.
Porque mejor
goce el contento de verte,
no quede en segunda acción
Jorge, si viene contigo;
Beatriz, ve si se quedó
afuera, dame los brazos.
A su dulce estimación
es igual aprecio el alma.
No vayas, Beatriz.
No voy.
¿Ya me entendiste?
Mal año.
¿Cómo no entra Jorge?
No
ha venido ahora.
¿Qué?
¿No viene? ¿Por qué ocasión?
Dime Henrique, dime presto,
mira que en tu turbación
se derrota mi consuelo.
Salí registrando al sol
el cariño con que afecta
su tan lucido calor:
maridando en diferencia,
esta, o aquella región:
hasta que por quinta suya,
por su retiro mejor,
por Tempe de sus delicias,
por benigna inclinación,
y que así le estima Italia
que en ejercicio su amor
se ve allí rendido a un tronco,
huyendo una blanda flor:
Pomona allí, Flora, Ceres.
Dejemos la relación,
y vamos a lo que importa.
Siguiendo tu intento voy.
Dime qué se ha hecho Jorge;
acaba, Henrique, por Dios,
que me tienes sin sentido.
Quiero darte información.
A mí qué me importa Italia,
dime solo la ocasión
por qué no trajiste a Jorge.
Mi diligencia le halló
dentro de un claustro, que llaman
convento, en congregación
de otros muchos capuchinos,
vestido cual te pintó
Draque los que vido en Francia,
mas con tanta distinción
en lo estimable, que cuando
pensé anublar el valor
de mi sangre en su presencia,
más claridad le granjeó
Jorge por ser capuchino,
y en esta parte tu honor
debe mucho a su fortuna.
Siempre en la adversa eligió
honesto ejercicio el noble,
mas cuando el bien no encuentro
la duda pasa adelante.
No cabe en humana voz
divino concepto, y fuera
querer echar un borrón,
reducir su esfera a mapa;
es un orbe en conclusión
que se reparte en provincias,
cada provincia esplendor
de hermosísimas ciudades
y cada ciudad, blasón
de ordenada disciplina,
de un soberano valor.
Hay torreones vigilantes,
templos vivos de oración,
edificios muy activos,
y jardines de primor
de júbilos regalados;
y hay fuentes que su licor
no solo limpia las manchas,
mas en la iluminación
dan risueños testimonios
de la alegría interior.
Y al fin a todas provincias
asiste una igual región,
respiran un mismo aire,
y en perfetísima unión
resisten al triunvirato
que al alma presige atroz.
En una de estas ciudades
hallé a Jorge, y tan señor,
que un duque, habiendo entendido
cómo era su hermano yo,
fue a su ciudad, o convento
que todo es uno, y a favor
tuvo el llevarme a Palacio
en su carroza, que al sol,
aun siendo de oro la suya,
le ocasiona emulación.
Aquí es forzoso, señora,
decirte cuánto gozó
mi persona en su agasajo,
mas como cualquiera acción
conviene con quien la obra,
mostraré mi obligación
refiriendo su grandeza.
(Aparte.)
¿Acabarás con rigor
de rematar mi paciencia?
Con tan dulcísimo amor
refiere Henrique estas cosas,
que su ardiente exhalación
rayos tira a mi cuidado.
La ingratitud nunca halló
disculpa en forzoso lance,
yo, señora, soy deudor
al Duque de Urbino.
Acaba,
que harto más urbana estoy
en sufrir tus desvarios:
¿no basta la digresión
de la religión capucha,
sin que con otro rumor
quieras turbar mi sentido?
(Aparte.)
No sé con qué diversión
logre mi intento, antes veo
que mi cuidado es mayor
cuidado para mi madre.
(Aparte.)
Mucho teme el corazón.
La verdad mal se cautela.
Ya mis cuidados son dos,
y no es menor la sospecha
que da Henrique, y en conclusión
¿Jorge no viene contigo?
No viene, mas prometió
de venir muy breve a verte.
¿Y en la misma profesión
de capuchino ha quedado?
Tan luego no pareció
que convenía mudarse.
¿Vido mi carta?
Y le dio
la estimación que debía.
¿Y responde?
La pasión
que siente el alma no muestra
un carácter que formó
tal vez la ingeniosa pluma,
que alegre mira el pintor
la sombra que ha hecho más triste,
y así de mí la encargó,
que cual viva imagen suya,
dé al accidente el color,
al sentimiento el semblante,
a la variedad la voz,
al discurso lo advertido,
al reparo la atención,
al descuido mucho de alma,
y al gusto moderación.
Y a tu madre, más cuidado,
más pena a quien te envió,
mayor desconsuelo a Juana,
y a mí un colmo de aflición,
pues vengo a ser todo junto:
muy buena negociación
has hecho, trayendo en drogas
la joya que te encargó
tu madre, Henrique.
Muy presto
fío que con su esplendor
ha de dar luz a tu vida.
Vase.
Aún falta esta confusión;
ya no basto a defenderme,
pues que resfriado el vigor
de tu confianza a mi pecho,
en ingrata posesión,
le has entregado al desmayo.
Vete a tu cuarto por Dios,
reposa el cansancio Henrique,
mientras por tu gusto voy
a reventar de mal de hijo,
que es el más vivo dolor.
Hasta luego.
Tengo sueño.
Vete Draque.
No hay farol
más despierto que Beatriz
por saber lo que pasó
en Italia.
Vase.
Como diestro
este mañoso traidor
me ha reconocido el juego,
y por darle este picón
me quito en callar un ojo.
Vase.
Yo marchitaré su flor.
Qué engaños padece el alma,
a quien no asiste la luz,
que en candelero de cruz
luce en dulcísima calma:
por rendimiento, la palma
juzga ciego, y oprimido
de su error, se halla ofendido
de su inquieto pensamiento,
que sin luz, siente el tormento
del daño, y más del sentido.
¡Quién a mi Madre pudiera,
ay Dios!, hacerle entender
que no puede ver, sin ver
por la Romana lumbrera;
que de la luz verdadera
es la luz de este farol,
y que viera a su arrebol
sus hijos, en prueba igual,
pues como Águila Real
los va examinando al Sol.
Resuélvase esta porfía,
cual suele al amanecer
entre el Alba suceder,
y la noche oscura y fría:
Prevalezca alegre el día,
bañe su hermoso esplendor
esta nieve, y a su candor
cante victoria risueño,
que yo hurtaré la noche al sueño
por ver tan dichoso albor.
Entrase Henrique por una cortina que ha de estar puesta, y dentro a modo de una alcoba con una cama, y un bufete. Sale Juana como de noche, con una vela encendida en la mano.
Qué inquietud padece,
qué mal no recela,
qué temor no admite,
qué alivio no deja,
qué discursos no hace,
qué riesgos desecha,
qué remedio excusa,
qué ocasión no intenta.
El noble ofendido,
el amor con queja,
la fe con desaires,
la razón sin fuerza.
Qué dolor más crudo,
cuando no aprovechan
ni remedios cuerdos,
ruegos, ni finezas.
Que un hijo no baste
a que otro se mueva,
ni letras de madre
merezcan sus letras.
No las vio, sin duda,
que no resistiera
mis lágrimas viendo
sin que el color mienta.
Hielos cría Escocia,
que se vuelven cera,
mas la cera Italia
la convierte en piedra.
¡Qué blasón tan claro
para que otra prueba
de los capuchinos
que piedad afectan!
¿Negarán que Jorge
hijo mío no sea?
¿Negarán que ofenden
la naturaleza?
Tirano dominio,
pues sin diferencia
el hijo del padre
diferente queda.
Pues que ser papista
ya mi amor le deja,
no se encuentra el alma
ya con la obediencia.
¡Ah, cielos piadosos,
haced que me vuelvan
mis dulces entrañas,
o se rasguen estas!
Mas ya que gustáis
veo que me muera,
pues traigo en la mano
por fin esta vela.
Su luz fue mi gloria
que en humo se queda,
y es bien se consuma
pues me representa.
Por eso la traigo
por mi compañera,
ya remedio extremo,
para guía extrema.
Ya juzgo que es hora
de que Henrique duerma;
quiere mi cuidado
ver sus faldriqueras,
que, temiendo engaño,
muestre la experiencia
si esta que hoy me ha dado
es falsa moneda.
Entre sus papeles
quiere ver si encuentra
mi desvelo alguna
cifra o contraseña.
Quizá que de Jorge
de alguna manera
halle papel suyo,
que me informe cierta.
Aquí está su cuarto;
qué torpe se empeña
quien sin confianza
al peligro se entra.
Abre la cortina, y parezca dentro un bufete con la ropa de Henrique, y él esté a medio vestir echado en una cama, y tenga otra cortina por delante.
Durmiendo está Henrique,
Llégase al bufete.
Halla la cadena con el Santo Crucifijo, y tiénela en la mano.
Llega a la cama adonde está acostado Henrique, y corre la cortina que tendrá por delante.
Levántase Henrique con una capa de grana, y sale Draque, y Beatriz.
¡Ay Dios, si me dieras,
con señas de muerte,
de mi vida señas!
Su ropa un bufete
de marfil sustenta,
o sea mi dicha
del color que muestra.
Vamos registrando
una y otra pieza,
que es muy vigilante
espía la afrenta.
Mas, ¿qué es esto, cielos?
La voz se me hiela,
el aliento calma,
la razón se altera,
los ojos se turban,
la vida tropieza,
aquí de mi agravio,
aquí de mi ofensa.
¡Ah, traidor Henrique!
Despierta, despierta
pues mi muerte tratas,
despierta por verla.
¿Qué fe no ofendiste?
Si enviado a que fueras
nuncio fiel de paz,
me has traído guerra.
Fementido, ingrato,
pues que te conciertas
con el enemigo,
y a tu dueño dejas.
Aquí está el contrato,
aquí está la prenda
del concierto injusto,
que mi muerte ordena.
Si cuando la ira
rigores violenta,
serena sus nubes,
el que humilde ruega:
Sirveos, señora,
que es mayor proeza
querer lo que es justo,
que lograr la fuerza;
Volvedme, que os ruego,
justo es, la cadena,
por joya, que al alma
le viene de perlas.
Arrójale la cadena.
Tómala, que quiero
que ella misma sea
por cadena quien
cifre tu vileza.
Vete de mi casa
que insignias que muestran
tu infidelidad
no viven en ella.
mas que el otro fácil,
se agrava tu pena,
que culpa advertida
nunca fue ligera.
Mi vida do fueres,
si alguna me queda,
te enviará mil rayos
como nube negra.
Ni pienses, ingrato
que acabe, aunque muera
mi justa venganza,
que has de hallarme muerta
horror, que te aflija,
visión, que te ofenda,
pasmo, que te asombre,
encuentro, que temas,
espanto, que huyas,
sombra, que aborrezcas,
desvelo, si duermes,
confusión, si velas:
mas, ¡ay!, que has vencido,
que ya el rigor me deja,
que aborrece el alma
vivir entre penas.
Desmáyase, y cae cerca de la cortina que está a la entrada.
Y en este paso imagina,
Beatriz, qué haremos agora.
Yo cargaré mi señora.
Yo correré la cortina.
Van Juana arrimada a Beatriz, y Draque corre la cortina, y queda de la banda de adentro Henrique, y vase Draque.
Sale Arcángelo de seglar muy galán.
Qué jeroglífico así
mejor muestra al mundo en cifra,
si con verdad se descifra,
todo lo que es gala en mí?
La vanidad halla aquí
del mundo alma, en lo que ofrezco,
lo que a su modo merezco,
yo muestro en lo que me ofrece
quién es en lo que parece,
con no ser lo que parezco.
Mas esta condición vana
que así guarda estilo y modo
es muy diferente en todo
en la escuela soberana:
que la hace honesta, o profana
el intento desigual,
que firme en Dios es igual
tratado en un mismo grado
el sayal como brocado,
y el brocado, por sayal.
Así, bien conformes miro
para la empresa que intento
la gala que represento,
con el traje que retiro:
Predicar a Dios aspiro,
y para que aprovechar
pueda al hombre, he de endulzar
el vaso a su condición,
que sin gala la razón
ninguno quiere gustar.
Sale Henrique, y Draque de camino.
Ésta del embajador
es la casa, y aquí he de hallar
a Arcángelo vuelto en Jorge
solo en el traje.
Y podrás
conocerle sin las barbas,
cuerda, Rosario, y sayal,
y el reclamo de Deogracias?
pero dejando lo más
qué Embajador vive aquí?
Bien te pudiera informar
su magnífica grandeza,
que era de la Majestad
del gran Monarca de España.
Y también otra señal
en que agora he reparado.
Cuál es?
Saber que aquí está
Jorge, pues siendo papista
cuantos en el norte ay
luego apellidan a España.
Es la esfera que les da
serena respiración,
y de cuya claridad
reciben luces divinas.
Aturdido tienes ya
al vivo de tus desaires.
Míranse los hermanos.
La sangre hace no dudar,
hermano Henrique.
Señor,
quién con la brevedad
agradecer tanta dicha.
Y juntamente obligar
adeudando mi deseo.
Qué en Londres, señor, estás?
qué es de aquel traje divino,
que este bizarro disfraz
no es tan gracioso a mis ojos.
Para mejor te informar
te avisé de que vinieras
luego que con claridad
de tu llegada, y suceso
supe de mi madre.
¿Que ya
te han dicho su injusto enojo?
Y con envidia escuchar
la dicha de tu destierro.
Deo gratias.
Calla.
Callar
no podré sin que me digas
si del capucho sayal
ganó Jorge esta riqueza,
que al instante me verás
que voy a ser capuchino.
Pues de mayor calidad
es tu venida, primero
está su ocasión.
Verás
maravillas soberanas.
De haberlas me dan señal
las señales, que en ti veo.
Óyeme atento.
A escuchar
sale con deseo el alma.
Yo no quiero escuchar más.
Vase Dragón.
Después que me dio Urbino
la parte de alma que antes me quitabas,
en estilo divino,
más parte con tu dicha me sacabas,
que alegre más sentía
de a mi madre no ver, como te vía.
Mas ve cómo reparte
la Divina Bondad su Piedad suma,
y si admirando el arte,
con divinos loores, bien presuma,
que esta machina cuadre
a un edificio tal como mi madre.
Mándome Urbino, a Roma,
cuando a Roma llegó carta de Francia,
que cual precioso aroma,
sus hojas daban celestial fragancia,
de celo, y reverencia
de una Reina que a Francia, dio Florencia.
Pide esta Reina grande,
de Médicis María generosa,
que la Capucha mande
un Religioso, que haga más gloriosa
su corte, la doctrina
predicando evangélica divina.
Mira, humano, y repara
quién pide, lo que pide, y quién envía,
que admira en forma rara,
que tanto empeño sea empresa mía,
y obediente camino
por la Reina, por Dios, por capuchino.
Fui en París recibido
de su gran corte con tan gran respeto,
que en todos hallé unido
de su gran Reina, el piadoso afecto,
que en los mayores fuerza
la imitación, más que razón, o fuerza.
Siempre amor predicaba,
que para la grandeza, que allí vía,
del amor solo hallaba
que su grandeza establecer podía,
que da Dios los estados
conforme en amarle son los grados.
Qué cosa más decente
decía, oh Reina, oh Príncipes famosos,
ni tan conveniente,
pues soberanos sois, que actos gloriosos
porque en tanta grandeza,
haber amor humano, es bajeza.
¿Qué cetro, qué corona
sin los clavos de Cristo, y sus espinas?
quien de ellos no eslabona
su cetro, su corona, son ruinas,
que corona galana
la de espinas tanto es, que es filigrana.
Maravillas brotaba
esta fértil semilla fructuosa,
no por quien la sembraba,
mas por caer en tierra generosa,
que el bien en pecho hidalgo
al instante se ve que es hijodalgo.
Y de tan alto empleo
a otro mayor, escucha, me levanta,
que se esconde al deseo
el beneficio tanto se adelanta,
que da Dios a servirle
también capacidad de recibirle.
Subió al sagrado Trono,
que siempre igualmente es uno mismo,
para gloria, y abono
de su divinidad, profundo abismo,
que muda de persona,
no el alma, no el gobierno, ni corona.
A Paulo pues sucede
Gregorio, Papa hoy, décimo quinto,
que en dignidad procede
inmediato a Pedro, como pinto,
y en dilatado celo,
es propagar la fe su más desvelo.
Tiempo fue ya, que quiso
este acierto infalible, a este intento,
lo que hoy Gregorio hizo,
fundar a tanto, un consistorio atento,
que al divino decreto
también decreta Dios tiempo a su efecto.
Que bárbaro, que crudo,
que región intratable, ignota, y dura,
que claridad, que escudo,
a su piedad, a su ignorancia obscura,
no dio el santo Diploma?
aliento, y luz, que envía el Sol de Roma.
Mas que del Sol los rayos,
penetró esta luz climas extraños,
o por lejos desmayos,
o por cerca del sol padezcan daños,
y a nuestra Escocia fría,
temblando lo refiero, a mí me envía.
No es posible pintarte
el alborozo, impulso, y movimiento,
ni menos informarte
la suspensión, dulzura, y sentimiento,
siéndome en París dadas
las letras Apostólicas sagradas.
Leílas, y turbado
de tanta inmensidad, no sé si leo,
en lágrimas bañado,
mil veces las besé, y con deseo
a leerlas tornaba,
y en lágrimas de nuevo las bañaba.
A la Reina, e impaciente
de inútil dilación, di cuenta luego,
y en modo reverente,
le enseñé el breve, y en su gracia ruego
favor para Inglaterra,
misión, que también mía, es con mi tierra.
De un rosicler divino
bañó el rostro la Reina un ardor santo,
y loando el peregrino
estilo con que Dios asiste tanto,
empeña a mi cuidado
su favor, sus riquezas, y su estado.
En este tiempo había
dentro en París Embajador de España,
que embajada traía
a nuestro Rey, a nuestra gran Bretaña,
e intérprete buscaba
al idioma nuestro que ignoraba.
Ocasión, más que acaso,
ésta notó la Reina así oportuna,
si en los Astros el caso
de diferentes líneas hacen una
más alta Astrología
respeta aquí la conjunción que vía.
Llamóme, y juntamente
llamó al Embajador, y muy gloriosa,
a entrambos, igualmente
nos dijo, os pudo dar suerte dichosa,
ni intérprete más digno,
ni a vuestra entrada a vos, mejor camino.
Satisfecho el Hispano
de Majestad tan reverente, y digna
besó a su Real mano,
yo también di mis gracias, y ella inclina
la majestad graciosa,
y con gracia lució más majestuosa.
Ninguna parte piensa
que su piedad no logre, y a este objeto,
como el breve dispensa
el traje secular, para su efeto,
con magnífico modo,
me mandó dar lo necesario todo.
Estas joyas, este oro,
estas de seda primorosas flores,
que con gracia, y decoro,
guardan forma, razón, orden, colores,
toda esta bizarría
de la Reina es humano, que no es mía.
Mío solo es hermano
aquel dulce sayal vida del alma,
entre galas galano,
como entre todas plantas, es la Palma,
tan dueño de mi empleo,
que otro yugo no traigo, ni otro veo.
Con estos aparatos
tomé de esta ciudad seguro puerto,
guiándome en sus actos,
cuerdo, el embajador, sencillo, y cierto,
intérprete secreto,
antes que de su voz, soy del concepto.
Así bien asistido
de traza, que en lo humano no cabía,
doy la voz, y el sentido,
como debo, a una, y otra legacía,
siendo en entrambas visto
Voz de un Cristiano Rey, y Voz de Cristo.
Estos pues son los grados
de mi navegación dulce, y segura,
tan altos, que logrados,
no sé cómo pasé por tanta altura,
que siento al referirlos,
que los cuento no más, como de oírlos.
Deja querido Henrique,
a tanta maravilla no pensada,
deja que humilde aplique
aquella para mí tan deseada,
que ya Dios se halla empeñado
de los mismos favores que me ha dado.
Mi madre empresa bella,
de mi ardiente cuidado prenda cara,
si hoy nebulosa estrella,
que sea espero, refulgente, y clara;
ya sabes mi cuidado,
mi venida, ejercicio, y mi estado.
Dame mil veces los brazos,
porque de verte, y de oírte
quisiera a mi pecho unirte,
con más apretados lazos.
A cualquiera circunstancia
le tributo admiración,
que en su divina razón
hay secreto de elegancia.
Quién pudo en lo referido
alcanzar la traza, y modo
con que Dios dispuso todo,
con que todo ha sucedido.
Mas si en empeño glorioso
como en tu celo reparo,
bien divinamente avaro,
te entregas más generoso:
Recíbeme jornalero
de tu fábrica, y verás
que para Dios gana más
quien granjea un compañero.
Pues con generosidad,
dando lo que otro merece,
en dejarlo resplandece
más fino en la caridad.
Tu caudal tanto en riqueza
mejoras, que en parangón,
las mías, migajas son,
a vista de su grandeza.
Que un tesoro te ha valido
verte de tu patria echado,
de tu madre despreciado,
de tu casa desposeído.
Mira con cuánta razón
más se debe apetecer
lo que en ti es padecer,
que en mí esta estimación.
Y así, en esta consecuencia,
saber deseo el estado
de mi madre.
Mi cuidado,
después que por su violencia
dejé a Abordón, ha sabido,
que en repetido dolor,
es Tórtola con amor,
en soledad, y en gemido.
¡Quién la hiel que la embaraza
le quitara, porque fuera
dulce Paloma que diera
paz celestial a su casa!
Si tú la ves, me aseguro,
que reparadas las venas
del diluvio de sus penas
ganará puerto seguro.
Verla, Henrique, es mi deseo,
y de esta Misión hermosa
es la piedra más preciosa
que adquirir busca mi empleo.
De modo que en Monomusco
asistes.
En su rigor
no halla templanza mi amor,
por más que en su amor la busca.
más con tu venida agora
ya respiro en nuevo aliento.
Principio es verte, y contento
como del día la Aurora.
Muy breve el Embajador,
siendo negocio privado
el que trajo, habrá acabado,
y empezaré mi labor
en esa Viña anchurosa
de Escocia, en primer lugar
procurando cultivar
aquella Vid generosa,
que en regalados abrazos,
aunque con informe aliento,
nos dio el primer sustento,
nos sustentó de sus brazos.
Apearme determino
en mi casa, que fingiendo
llevar carta mía, pretendo
ganar la entrada, y camino
a mi pretensión.
En todo
tu discurso resplandece.
Esto, Henrique, me parece.
Con ese discreto modo
verás, mi madre, que ausente
tantos años no podrá
conocerte, y logrará
tu cuidado atentamente,
de su rigor, o su amor
la posesión de su pecho,
que es atención de provecho,
mientras que juzgas mejor
darte a conocer.
El alma
me has visto, Henrique, y es bien
que te acompañe también,
pues ya de esta dulce calma
se dividen los sentidos:
vete a tu destierro, hermano.
¿Cómo, señor, tan temprano?
Ya quedan bien entendidos
tus sucesos, mis intentos,
ya por la vista, y razón
ha ganado el corazón
mil dulcísimos contentos:
lo demás agora fuera
desperdiciar el caudal
del tiempo, daño fatal
que nunca se recupera.
Tu dirección es mi vida,
y acaudalando obediencia
me enriqueces.
Tu prudencia
es medida sin medida.
Ordena lo que he de hacer,
ya que gustas despedirme,
que de tu vista partirme
sin merced, no puede ser.
Que ofrece a su complemento
mi memoria el beneficio,
mi voluntad ejercicio,
y el corto mi entendimiento.
Ese cortejo divino
dale todo a Dios hermano.
Pues dame a besar tu mano.
Mis brazos te doy.
Qué fino
se goza amor en los dos
como de una alma animados.
Qué brazos tan bien logrados,
Henrique, a Dios.
Jorge, a Dios.
Fin de la 2ª jornada.
Jornada 3ª.
Sale Juana, y Beatriz.
¿Dijiste que entrase?
Sí,
y su gallarda presencia
se merecerá tu gracia.
¿Y no te dijo quién era?
No más de ser forastero,
y que pedía licencia
para hablarte.
Qué más gracia
que forastero.
Ya entra.
Sale Arcángelo, galán de camino.
Con razón, Señora ilustre,
acredito mi fineza,
pues adelanté jornadas
trayéndoos buenas nuevas.
La gracia deste cuidado
esta carta la merezca,
que un mar os dará de gusto,
aunque os cueste un mar de
perlas.
Dale una carta.
Un principio tan discreto,
noble caballero, muestra
que os deberé más sin duda
sabiendo quién sois, y fuera
leer primero la carta,
dudar la correspondencia,
si os sirvo más por vos mismo,
o por lo que dice en ella.
Obedeceros es justo:
Mi patria es Londres, y en tierna
edad, dejé las paredes
que oyeron mis niñas quejas:
solo con mi noble sangre
pasé a París, y en su escuela,
a desvelos bien logrados,
gané la firme riqueza:
ya rico me fui a Roma,
y como en la tierra agena
se amen como siendo hermanos
los que ay de una misma tierra,
sobraba esta circunstancia,
cuando bastaban las prendas
de Jorge Lesleo, Señora,
para que se obliguen dellas:
así dijo se llamava
mi amigo, porque en la Regla
de Capuchino su nombre
en fray Arcángelo trueca:
Díxome su patria, y padres,
y viniéndome a dar la vuelta
para Londres, me encargó
que esta carta os remetiera.
A su debido respeto,
y a su amistad no cumpliera
(así le di mi palabra)
que de mi mano a la vuestra
avía de dar la carta,
y tengo confianza cierta
que os traigo con ella el alma.
Su ingratitud es la pena
por la cual sin alma vivo,
por quien sois quiero leerla.
Lee la carta.
Más grato juzgué trayéros,
y así, con vuestra licencia,
voy, Señora, a la posada.
Todo cuanto aquí se os muestra
es de Jorge, y así es razón
cumplir lo que Jorge ordena:
serviros, y hospedaros
me encarga mucho, y me alegra
que no muestre en sus amigos
su ingratitud, si ya no sea
que para usarla conmigo
toda junta la reserva.
Aquí, Señor, tenéis cuarto,
y mandad por dueño della
toda la casa. (por Jorge
todo es bien que lo merezca,
que este es el primer alivio
que en tantos años de penas
me ha dado, o sea Aurora
que suceda a las tinieblas.)
Quien estima el beneficio
le agradece.
¿Y Jorge queda
porfiado en ser Capuchino?
Sí, señora.
Esa queja
ofende al nombre de madre,
que aun rogándole no pueda
obligarle a que dejara
ese hábito, con que afrenta
los blasones de sus padres.
Vuestra opinión representa
ser con engaño informada,
porque es de virtudes fineza
la Capucha, y es también
Seminario de nobleza:
no hay Príncipe, o caballero
que adquiere la estima grande
que no procure alistarse
en su milicia.
Aunque nueva
vuestra información me inclina
a estimarla, y a creerla
por mi deseo, y por Vos.
Alegra, persuade, y aquieta
la verdad con su hermosura.
Con excelencia celebra
su primer día este huésped.
Beatriz.
En correspondencia
de esta entrada es menester
que al contrario el fin suceda,
más con distinción señora,
que al despedirse la pena
ha de ser porque se va,
no por el gasto que deja.
¡Cuántas puertas tiene el alma!
Cualquier camino es molestia,
y así por daros alivio,
mientras se os sirve a la mesa,
avisa Beatriz a Eduardo,
que es hijo mío, que venga
a asistir, y galantear
este caballero.
Yo fuera
más dichosa en asistirle,
que su agradable modestia
es dulcísimo reclamo.
Quedad Señor enhorabuena.
El cielo Señora os guarde.
Su vista causa violencia
a mi voluntad.
Vanse las dos. Pla.
Yo siento
que hay más bien en la aldiquela.
Para poderos Loar
mi Dios, es bien ver en mí
cual de mi casa salí,
y cual vengo en ella a entrar:
No solo he de reparar
en la donación graciosa
de vuestra luz, que ingeniosa
celó tanto su sustancia,
que hasta en la circunstancia
del traje, fue escrupulosa.
Con más gala quiso entrar
de la que saqué también
porque alguno de mi bien,
ni en lo aparente dudara:
Una se sigue, a otra clara
tanta piedad, que no acierto
ni la razón, ni el concierto
con que os debo agradecer
mi Dios, pues sabéis querer,
Solo Vos, a pecho abierto.
Ea finezas de amor
aquí sí que os se obligar,
porque empeñaros en dar
es prendaros con primor:
O bien recibid, señor,
esta casa en vuestro agrado,
pues la vuestra me habéis dado,
que si por vos la dejé,
es luego infalible que
quedó de vuestro cuidado.
Sale Eduardo, galán.
Siendo el amigo otro yo,
a Jorge en vos, señor, miro,
y como a mayor hermano
soy obligado a serviros.
No hay duda que la amistad
es efeto de un principio
tan semejante, que bien
ese axioma le convino.
Y así podéis con razón
pensar que veis en mí mismo
vuestro hermano, el señor Jorge,
siendo los dos tan amigos.
Lo que es de naturaleza
privilegio, o beneficio
no puede comunicarse,
y así no traigo conmigo
aquella parte que toca
a hermano mayor, que indigno
de tal grado, ser menor
profeso, procuro, y estimo.
La gala de vuestro ingenio
así luce que asistiros
habré con doblado empeño,
y de cortés, a prolijo
seré, como interesado.
Vuestros nobles ejercicios
no quisiera embarazar.
¿Cuál otro será tan digno?
¿Cuál soléis más usar?
La caza es lo más continuo.
Es vínculo de nobleza,
porque representa al vivo
la milicia, y maestros
de los brutos los instintos
enseñan naturalmente
recato, aliento, artificio.
Lo más bizarro en las armas,
que es la espada sola, esgrimo,
sin usar de falsas tretas,
que es buscar su precipicio,
buscar solo ajeno daño.
Y así, lo recto que es limpio,
lo más seguro, y más fuerte,
con desenfado ejército.
Si se puede en una acción
hallar dos actos distintos,
que es la defensa y la ofensa,
no hay duda que es lo más vivo
del arte, y así exactamente
vuestro parecer confirmo,
que el que sabe defenderse
harto ofende a su enemigo.
Otros días salgo al campo,
donde dejan solo un sitio,
por apartarse a mirar
unos álamos erguidos,
y tan bizarro a un caballo
o le aliento, o le corrijo
lo bruto, o lo generoso,
que a guardar leyes le obligo.
Todos son actos gloriosos,
y son públicos testigos
de la nobleza, y entre todos
hacer regular el brío
de un orgulloso caballo
es lo mayor, lo más fino
de la bizarría.
La causa
(no hay duda, es ser tan distinto
uno de otro, que no hay regla
que pueda ser aforismo,
ya en el freno, ya en la espuela,
ya en lo arrojado, o remiso,
en más tardo, o más ligero,
en más mañoso, o sencillo;
cualidades que otros tantos
practicados ejercicios
hacen preceptos, que logran
maña, fuerza, ingenio, brío.
Ya estoy deseando enseñaros,
si no me engaña el ser mío,
uno que Favonio en Betis,
en vistoso y alegre sitio,
engendró, que envidia Apolo
para su coche, o su signo;
del Embajador de España
prenda preciosa, que quiso
presentármele por gracia
de amistad, al despedir-
que por todo es estimable.
Con un aprecio infinito
se mirará por ser vuestro.
Antes, señor, que serviros
queráis de él, fuera mi gracia.
Tiraniza el albedrío
quien se empeña y es crueldad
dorada del beneficio.
Si en vuestra acción generosa
no cabe este desaliño,
no es bien hacer mis afectos
desconfiados por precisos,
que por mi hermano les basta
la ocasión de agradecidos.
¡Qué lindo hermano!
¡Qué
tan bizarro!
Si prolijo
no os empeño en aceptarle,
fuera daros el arbitrio
de mi voluntad, que es más
que el caballo con que os sirvo,
y así de nuestro dictamen
galanamente advertido,
y creéis que os obligáis más
en dejarlo, que admitirlo.
Nunca enflaqueció la gloria
ganar la plaza a partidos;
yo me rindo si aceptáis
uno en trueque de los míos.
No hay razón que no me obligue
a estimarle.
Pues concluidos
están los tratados ya,
vamos a la entrega.
Sigo
vuestro gusto.
El alma gana
su discreción, y cariño.
¡Ay, mi Dios, que a él llaman
hermano por ser vuestro hijo!
Vanse.
Sale Juana y Beatriz.
No sé qué huésped, Beatriz,
es este.
Ni yo, señora.
(Que es cierto, si me enamora,
que estoy, cual vidrio, en un tris).
Que halla el discurso advertido
de discretas circunstancias
mil reparos, mil instancias
que le hacen guerra al sentido.
Lo que mi juicio alcanza,
cuando más vuela, y más crece,
es que en todo me parece
nuestro huésped adivinanza.
Di la razón, que escuchar
ningún discreto dudiña,
que el diamante en una piña
muy tosca se viene a hallar.
Gravedad, sin aparato,
diversión, con humildad,
mucha gala, y castidad,
sencillez, con gran recato:
mirar con tal atención
por todo lo que hay en casa,
que parece que la pasa
sin leer ni un renglón:
me da tanto que admirar
que me doy por confundida,
tú, señora, por sabida
lo podrás adivinar.
Mayor confusión me dejas,
y no es de todas menor
ver por qué Jorge mejor
acudió ahora a mis quejas.
¿No ha habido otras ocasiones,
y cuando otra más no hubiera,
con su hermano no pudiera
escribirme estos renglones?
En ese caso advertido,
conociendo haber faltado,
se halla ahora mejorado,
quizá como arrepentido.
No, Beatriz, si tu querer
se encamina a me agradar
dame qué dificultar,
no trates de resolver.
Un laberinto al sentir
juzga en mí, que su beldad
se halla en la dificultad,
y acaba toda al salir.
Conforme a tu pensamiento
se muestra hermosa ocasión.
¿Por qué?
Porque con Garzón
nuestro huésped muy de intento
está hablando.
Dices bien,
y al laberinto quizá
más otra lonja dará.
y aun sin quizá también.
Retirémonos aquí
a escucharlos.
retíranse a escuchar, y sale Arcángelo, y Garzón viejo, y sordo.
Lo primero
es que para caballero
sois cansado para mí.
¿Por qué?
Por preguntador
que merece grave pena
quien pregunta en casa ajena,
y aun cansa siendo el señor.
Como tengo en mí deseo
volver a Italia quisiera
de mi informe conociera
mi amigo mi grato empleo.
También, si gustáis saber,
en paga os podré contar
de Italia cosas no oídas.
Yo las doy por recibidas.
Algo más me habéis de dar.
Que queréis?
Saber deseo
los años que aquí servís?
Catorce por san Dionis
cumpliré, y porque os veo
ingenio en cuanto notastes
luego a los siete perdí
un sentido, cual si aquí
fuera casa de Zoroastes.
Y es sentido, que sentir
hace a los que os an de hablar
lo que ellos deben callar
gano yo con no oír:
que el Escorpión maldiciente,
cuando envenenar procura,
reparte con gran mesura
la voz entre diente, y diente:
no granjea persuasión
desnudo el uicio de engaño,
en alta voz, no hay el daño,
que hay en la misuración.
El gritar es pensión leve
al beneficio de oíros.
¡Notable viejo!
Agradable
es en todo el caballero.
Molestaros más no quiero.
Es vuestro trato muy amable:
mandad que os sirva señor.
Decidme pues que se ha hecho
un palomar que este trecho
abreviaba con primor,
cuando a su matiz de plumas
era este aire lienzo poco!
¡Ay, Beatriz!
Mas dudas toco
que tiene Thetis espumas.
Yo no, que antes el ovillo
a mi laberinto he hallado.
Quédate aquí.
Mi cuidado
que no es sordo, ni sencillo,
te seguirá.
Mi señora
ha salido al corredor,
ya podrá mucho mejor
responder.
Andad en buen hora.
Vase Garzón.
De que gustéis de Garzón
muy gran contento he tenido.
El viejo es entretenido.
Empeñada en su razón
me ha dejado.
No Señora.
Como así? no puede ser
que antes he de responder
a vuestra pregunta agora.
Con Garzón mi preguntar
fue solo entretenimiento,
¿no tiene más intento
el sitio del palomar?
Llevar de todo razón
a mi amigo.
¿Haber sabido
dónde mi primer marido
hizo por su recreación,
el palomar, quién podría
a no ser como colijo,
¿no sois vos?
Sí soy.
¡Ay, hijo,
ya el corazón lo decía!
¡Ay, dulce prenda perdida,
y para mi gloria hallada!
Abrázanse, y quedan como desmayados, y viene Beatriz, y sale Eduardo, y Garzón.
Aquí está Beatriz tu criada.
Este es mi hermano sin duda.
El amo el preguntador
señor, ha vuelto, señor.
Madre, y señora.
Está muda.
Es admirable el efeto
del alborozo.
El suceso
es extraño, y de gran peso.
Hablando están en secreto.
No dejemos que el aliento
siga al gozo en su carrera.
Sea mi ama la primera.
Más rendido al sentimiento
está mi señor.
Hermano.
Señor, ¿qué os pide a preguntar?,
que hay grandes cosas.
Apártanse.
Loar
el gran poder soberano
es deuda, en sus maravillas.
¡Qué poderoso que es Dios!
Jorge, hijo mío, ¿sois vos?
¿Es engaño, o son sencillas
estas glorias?
Mi alegría
bien lo asegura, y previene
que aunque soy yo el que viene
no es esta venida mía.
¡Qué gloriosa que es la ausencia
cuando se logra el deseo,
que ya en vuestra cara os veo
con traje en igual decencia!
¡Oídme, vuestra venida
fue mi amor!, ¡fue lastimado
de mi pena, y mi cuidado!,
¡fue por alargar mi vida!
Pero dejad que primero
se hallen de mi bien testigos
hijos, criados, amigos.
Sale un predicante hereje.
No es bien que yo sea el postrero,
cuando de esta casa soy
la estimación más crecida,
a daros la bienvenida.
Yo también (confuso estoy)
quisiera (que es lo que siento)
conoceros por no errar
del modo que os debo hablar.
No se anuble mi contento
con vuestra varia razón,
este hijo es mi predicante,
siga pues de aquí adelante
cualquiera su Religión.
¿Vive en esta casa?
Sí.
Y con trecientos ducados
al año muy bien pagados.
Y más crudo que un neblí
solo de aves se sustenta
a la mesa con mis amas,
tus cuñadas lindas damas.
No hay razón que lo consienta,
¿no viven juntos, señora,
el grifalte, y pajarillo
que por su trato sencillo
nuncio alegre es de la aurora?
de mi amor el desengaño
mostraréis con claridad
que recibe la verdad
quien se descarta el engaño.
¡Notable resolución!
Jorge, señor, hijo mío,
dejad libre el albedrío.
Esa es la falsa ilusión,
que prueba cuánto delira
el hereje en su sentido,
pues solo vive oprimido
el que sigue a la mentira.
Vuestra autoridad es justo
que enmudezca mi razón.
Yo estimo vuestra atención:
pues, Jorge, en todo me ajusto
a vuestro querer, no es bien
que en una misma igualdad
gocéis vuestra libertad,
y no la goce yo también:
la voluntad en su afecto
se alegre sin oprimir
al ánimo en su sentir:
que de el superior efeto
a la propia discreción,
no ocasione desaliño
a nuestro dulce cariño
en su recíproca acción:
y en prenda me habéis de dar
vuestra palabra muy firme
de nunca más repetirme
sobre este particular.
Mas conforme a mi deseo
no pudo hablar, yo me voy
con vuestra licencia.
Vase el hereje.
Estoy
perplejo en lo que oigo, juro:
mas pues la acción peregrina
de persuadir a creer
toca al divino poder,
que glorioso la ilumina,
conforme a su voluntad
siga el efeto, y a mi intento,
cuidadoso mire atento
al nacer su claridad,
que advertido Prometeo,
del fuego de su arrebol,
traiga encendido el farol,
que dé la luz que deseo.
No es inconveniente agora
a mi madre obedecer.
Conforme a vuestro querer
es mi voluntad, señora:
y en prenda de obedeceros
doy mi venida, que es cierto
que ha hecho un firme concierto
entre vuestro bien, y el veros.
Qué segura está mi dicha,
a todos mi bien se aplique,
venga del destierro Enrique,
no haya cifra, o contradicha
que no diga mi contento
semblante, afectos, acciones,
y otros tantos corazones
les comunique el aliento:
mas pues los ojos, del alma
son los afectos tan vivos,
que alegres, o compasivos
ponen su sentido en calma:
quiero, qué digo, ausentarme
porque dejando de ver
pueda aliento recoger
para de nuevo alegrarme.
Quedaos, Jorge, en buen hora,
quedad con Dios; y os quedáis.
Vos, señora, lo mandáis.
Yo os veo, quedaos agora.
Eduardo, Beatriz.
Hermano.
Luego vuelvo.
Vanse Juana, Eduardo, y Beatriz.
Si tenéis
algo que saber, queréis
quedaremos mano a mano.
Mucho, Garzón, os estimo.
Sois mi amo, y sois mi señor.
Siempre en mi gracia, y favor
os tendré.
Con tanto arrimo
yedra será mi vejez.
Rico voy.
Vase Garzón.
Volvedme a ver.
¡Cuánto es de Dios el poder!
Sale otra vez Garzón.
A veros vuelvo otra vez.
¿Qué se ofrece?
Mi señor,
Henrique agora ha llegado
de su destierro.
¡Oh, qué grado
me da Dios más de favor!
Ya entra.
Tenga Garzón el paño al entrar, y sale Henrique de camino, y vase Garzón.
Muy prevenido
halláis el gusto de veros.
Muchos quisiera traeros.
¿Qué más que haberos traído?
Ya con haberme llamado
mi madre, sé la razón
que hizo en vuestra estimación.
Su amor dijo su cuidado:
Mas atended, Henrique,
porque a dos deudas el remedio aplique,
que ambas sin diferencia
piden para la paga mi asistencia:
mi madre a su deseo
quiere a sus ojos, que le asista empleo,
y Dios, que es deuda inmensa,
ni ausencia leve en su amor dispensa;
la ovejuela más fría en su guarida,
como a mi madre he de buscar perdida,
que a todos igualmente
mi obligación me llama indiferente:
El tiempo me ejecuta
a que no deje monte, selva o gruta
que a la Iglesia Romana
no confiese por sola soberana:
Tú, Henrique, da la traza
que he de salir como el que sale a caza,
que es una fiera harpía,
en cada pecho humano, la herejía:
Rompiendo selvas y trepando montes,
a oírme he de juntar los horizontes,
Porque la voz divina
erige la selva, y la montaña inclina:
no hay que tener recelo
que logre allí la población del cielo,
que en este tiempo a la virtud es cierto
que es la mayor ciudad, mayor desierto:
así le asisto a Dios, y si merezco
este poco servicio que le ofrezco,
por mi madre le aplico,
y en una, dos acciones multiplico,
que en Dios busco a mi madre, con que es visto
que cuando a Dios, también mi madre asisto,
y la una deuda pago,
cuando a la otra deuda satisfago.
Ea, amigo Henrique, dame avío,
que el tiempo pierdo, y no es el tiempo mío.
¡Qué fervor!
Más debo a Dios.
¡Qué presteza!
Es importante.
¡Qué celo!
Es de Dios la honra.
¡Qué caridad!
Hay quien llame.
¡Qué osadía!
La fe no teme.
¡Qué industria!
El amor es fácil.
¡Qué empresa!
Dios es muy rico.
¡Qué riesgos!
Soy fino amante.
¡Qué conquista tan gloriosa!
Será cuando a Dios le agrade.
Vamos, porque luego vayas.
Dios, Henrique, te lo pague.
Vanse.
Sale Juana, y Draque.
¿Has visto a tu amo, di, Draque?
¿Cuál, señora, Jorge o Henrique?
A Jorge, que es mi contento.
¿No ves que es Jorge invisible?
¿Cómo quieres que le vea,
si más que esta casa, vive
la soledad de esos campos,
de esos montes lo terrible,
lo engruñado de esa selva,
donde animoso resiste
la envidia, que por papista
le anda buscando y persigue?
¡Qué sobresaltos me cuesta,
que el corazón que apercibe
un temor, sus mismos golpes
de ruido al sentido sirven!
Ha dado en que han de ser todos
papistas, y tanto dice,
y con tal gracia, que juzgo
que ya todos estos confines
son católicos romanos.
¿No es posible reducirse
a que deje ese ejercicio?
Si quieres un posible:
¿hasle visto por ventura
después que vino a vestirse
el hábito capuchino?
Que en serlo estaba muy firme
me dijo, mas no que trae
el hábito.
Diera un chiste
porque le vieras con él.
No sé, no sé si me incline
a tu gusto, aunque aborrezco
tanto ese hábito que dices.
Por Dios, señora, que ya vie-
de la campaña.
Pues irte
puedes, Draque, ¿qué me importa?
Pues voyme sin despedirme.
Vase Draque, y sale Arcángelo, como que viene del campo.
El cielo, señora, os guarde.
Seáis, Jorge, bien venido.
¿Cómo os va en la campaña?
Siempre en su mismo ejercicio
la caza asegura el premio.
¿Y es premio negarse un hijo
al alivio de su madre
por entregarse a otro alivio?
Tan ausente vivís, Jorge,
que agora estaba conmigo
preguntándome a mí misma
si acaso os había visto:
y confusas las potencias,
tan extraños los sentidos
hallé, que no hallé razón
que me diera cierto indicio.
Si en casa os busco, no os hallo;
si a la mesa, no os asisto;
si para hablaros, no os veo;
si al reposo, nunca os miro;
y aun viéndoos agora, Jorge,
no afirman a deciros
que sois vos, cuando en vos no hallo
vuestro color, ni el bullicio
alegre de vuestros ojos.
Si ya, por ser más capucho,
no hay duda que por Italia
a Escocia habéis elegido:
aquí padecéis más hambre,
en esos montes más fríos,
más penas, en esos campos,
más cansancio en sus caminos.
Si como deuda venistes
a esta madre a restituiros,
no es buena restitución
si no os dais libre a vos mismo.
No es mi voluntad, no, Jorge,
las fatigas, los retiros,
que si os ausentáis, me ausento;
y si os fatigáis, me aflijo.
Volved a venir de nuevo,
tomad diferente estilo,
venid para vuestra madre,
pues así me lo habéis dicho.
Esas amorosas quejas,
y ese agradable sonido,
son los aromas, y el aire
donde, cual fénix, revivo.
Pues vos me tenía muerto
aquel precepto prolijo
que me distes de no hablaros
en la fe con que respiro.
Quisisteis hacer mi pecho
un continente preciso
de la voz, a que esconderse
las Horcadas no han podido.
Aquí perdí los colores,
aquí el ardor intensivo,
por riguroso, dejaba
mi pecho flaco, y rendido:
no me bastaba el aliento
que cobraba en los suspiros
que a vuestros ojos hurtaba,
cuando ablandaban los míos.
Mas agora que piadosa
hacéis el pacto prescripto
diciéndome que empecemos
otra vida, y otro estilo:
agora sí llego a Escocia,
agora a mi casa estimo,
agora veo a mi madre,
y agora con regocijo
me doy dos mil parabienes,
dos mil contentos me aplico,
agora todo soy vuestro,
mil gracias agora os rindo.
¿Qué es esto, Cielos? ¿Adónde
camina Jorge? Que admiro
más a su voz, que el estruendo
del rayo, que baja en giros.
¿Oiréle? No es obligarme,
si no le escucho es desvío,
¿busco su alivio? No hay duda,
¿si me voy? Mas le persigo:
pues entrémonos por todo,
que es vano cuanto está dicho
de otro amor, si se compara
con el amor de los hijos.)
Ya, Jorge, podéis hablarme.
No hay acto más productivo
que de una gracia, otra gracia,
y en esta razón me afirmo
a pedir más.
¿Qué queréis?
Que tengáis por punto fijo
que no ha de deciros Jorge
sofísticos barbarismos:
Antes la machina excelsa
de este estrellado edificio,
el aire, la mar, la tierra
faltarán a sus oficios,
que yo a vuestro bien señora:
que admitiendo este principio
haréis senda a vuestra dicha,
que os dé celeste camino
de un misterio, a otro misterio
como el sol de signo en signo.
Notable empresa intentáis
no basta Jorge admitiros
la plática, sin querer
que ordenada, sea motivo
de una pretensión tan alta.
Estruendo es la voz, y ruido
si utilidad no la informa,
los conceptos, los periodos,
que solo sirven al gusto,
son como flores que al grito
del Zéfiro se despiertan,
y mueren al grito mismo.
No es de agora, no señora
mi pretensión, que esos Riscos
tal vez centellan ardores,
tal vez lloran sensitivos,
o informados de mis ansias
o heridos de mis suspiros.
Estos efetos mi pecho,
que es de vuestro amor archivo
brotó al instante que alego
la fe católica sigo.
A esta luz conocí luego
vuestra obscuridad, y unido
a la obligación el celo,
cuantas más luces recibo,
son estrellas que pretenden
dar a vuestra noche olvido.
Siempre despierto a este objeto
eran discretos motivos
todos los días, y noches,
estas que su horror nocivo
no os cupiera, y de aquellos
que a su esplendor cristalino
os trajera la verdad,
y a tanto mis sacrificios,
mis oraciones, y ayunos,
y mis lágrimas dedico:
Con ellas vengo señora
a veros, y si es activo
a sacar, más que por aire,
un suspiro, a otro suspiro,
no hay menos fuerza animada
en lágrimas, resistiros
a no responder piadosa,
fuera mostrar un prodigio.
Dos actos hay de piedad,
dos empleos compasivos,
vos misma sois el primero,
y el otro, que si os lastimo
no es la causa los trabajos
de esas almas a que asisto,
no mi hábito Religioso,
sino ver los desperdicios
de vuestra vida engañada
con los preceptos calvinos:
esto señora.
Tened
que adelantáis el premiso
más del término que es justo.
Parar la corriente a un Río
es menos, que de mi afecto,
estas acciones que animo.
Todo vuestro bien procuro,
y porque al espejo fino
veáis la luz que os enseño:
llamad, que es igual partido
a ese que tenéis en casa
por maestro, a que conmigo
de Religión disputemos:
queda árbitro dando oídos
el Príncipe en las razones,
que es el supremo apetito.
Todo lográis en mi amor.
¡Ola, Draque!
Sale Draque.
Nunca he sido
tan puntual.
Luego al instante
dirás que venga el ministro
a verme.
(Jorge presente,
esto huele a Capuchino.
Vase.
Qué palestra a mi deseo.
No tiene amor más delito
que negar algo a quien ama.
Hoy despojarle confío
de mi madre a este tirano.
Quién tan grande acto previno.
Sale el Predicante.
Ya vengo, señora, a veros
por saber lo que mandáis
para en todo obedeceros.
Bien en justicia lográis
la estimación de quereros.
Conforme a mi voluntad
se ha mostrado vuestro intento.
Serviros es mi contento.
Pues tanto os debo, lograd
la ocasión que aquí os presento.
Ya sabéis cómo dejando
Jorge nuestra fe, sigue hoy
la Iglesia Romana, y cuando
más contenta en verle estoy
me está el placer barajando.
Que si es la fe el corazón
del alma que anima al alma,
cuando más cerca en la alma
del querer, más quedo en calma,
pues no hallo alma a la razón:
y así vos que sois maestro
de esta forma, que me anima
cual sabio, prudente, y diestro,
remediad, pues me lastima
esta llaga, que aquí os muestro.
Jorge quiere disputar
con vos, y lo he prometido,
por ver si deste partido
se puede en dicha lograr
una igualdad de sentido.
Que no debe menos ser
nuestra confianza en vencerle,
que la suya a su querer,
y si esto llegase a verle,
no me queda más que ver.
Ni menos me ha de quedar
hacienda, joyas, o plata
con que os pueda gratular:
Empezad, que dilatar
el remedio, es mal que mata.
Por la gracia que me hacéis
de darme esta autoridad,
os advierto que miréis,
que en vana curiosidad,
a la verdad ofendéis.
Si en nuestra fe con certeza
tenéis vuestra salvación,
no es mejorar de razón:
y es proceder con tibieza
mirar la contradicción.
Deshacer el beneficio,
que en premio de os agradar
confirmo este beneficio,
es querer tiranizar
una virtud, con un vicio.
No deja el Sol de ser Sol
porque la nube atrevida
se oponga, y desvanecida,
más glorioso su arrebol
con su hermosura convida:
y así no se ofende aquí
a la luz de la verdad
en la contienda, antes sí
luce más su claridad
como el Sol sin nube allí.
Es tan noble mi constancia
que se juzgara ofendida
de vuestra frívola instancia
si a créditos de mi vida
le hubiera de dar substancia:
dar pretendo a Jorge gusto,
y os ruego que a este intento
queráis argüir sin disgusto,
que si me ajusto, o no ajusto
no toca a vuestro argumento.
No adelantó mi sentir
el término del respeto.
Así lo estimo.
Decir
puede Jorge, que al efeto
pronto estoy para argüir.
Si en vuestra fe afirmáis
dar cierta la salvación,
es forzosa obligación
que esa fe que profesáis
mostréis con clara razón.
Decís bien, y es de Calvino
la fe.
Y ¿dónde alistado
sus fieles tiene?
Ese grado
dio a Ginebra en que convino
la reformación que ha dado.
Ahora necesariamente
es ver lo que detremina
esa vuestra Genebrina
o contrario, o diferente
de mi Romana Divina.
En todo es vario el sentir,
mas en lo que más se apura
es que dejando el decir
de los hombres, no admitir
más que la sacra escritura.
Si en la escritura sagrada
a Ginebra, iglesia vuestra,
me hallaréis, no haré cansada
a mi madre, en otra muestra
que a mi razón la persuada.
Sí hallaré, si para hallarle
me dais tiempo conveniente.
A mi madre toca el darle.
Antes juzgo el señalarle
redículo, o impertinente:
que es de nuestra fe importante
mucho este artículo, y así
con evidencia al instante,
cual maestro, luego aquí
se ha de dar prueba bastante.
Vuestro precepto es violencia,
y por mostrar cuánto es llana
mi propuesta, en consecuencia
vuestro hijo en pronta evidencia
muestre a su iglesia Romana.
Yo, señora, no he ofresido
mostrarla, mas la verdad
es claridad del sentido,
y el engaño obscuridad
que al paso se halla impedido:
y así, sin ver la escritura
de su razón soberana,
mostraré prueba segura
cómo la Iglesia Romana
en su verdad se asegura:
Es de Pablo en lo primero
de su Epístola a Romanos,
y lo repite muy entero,
que es como dar a dos manos
punto que es tan verdadero.
Empieza a Dios gracias dando
porque la Romana fe
se va al mundo propagando,
y sigue un deseo que
a Roma le están llamando:
Que con la Iglesia Romana,
que por madre conocía,
dezeaba, y pretendía
sobre la fe soberana
conferir lo que ocurría.
Yo confieso por verdad
lo que decís, mas también
a mi réplica mirad.
Mas vale estudiarlo bien
y hablar con seguridad.
Cual fluctuando en la tormenta
donde antes la confusión
el peligro reprezenta,
tal se halla en esta ocasión
mi nave triste, y violenta:
mas con discreta osadía
buscaré gallarda el puerto,
no ofrece el ministro guía,
Jorge sí que ha descubierto
un farol como de día.
Vamos pues a consultar,
pues tanto peligro nota
este tormentoso mar,
si he de mudar la derrota
para mi bajel salvar.
Vase Juana.
Pues vuestra madre se ha ido,
la disputa dejaremos
a la elección de su oído.
Que oiga cuando la tratemos
es mi singular partido.
Vase el ministro.
La campaña me han dejado,
¡y el eco de mi victoria
muy sonoro, y concertado,
sea un himno regalado
con que a Dios cante la gloria!
Mas si es quien le guisa amor,
¿cómo podré sazonar
un plato de tal sabor,
que sirva a quien con primor
practica el arte de amar?
Vase.
Sale Henrique, y Draque.
Loco de contento estoy;
grandes albricias te ofrezco.
Para machina tan grande
empieza a echar los cimientos;
dame algo pues de contado.
¿No te afianza mi contento
que sabré desempeñarme?
Si se iba el gusto, ¿qué haremos?
No puede ser, que es del alma.
Pues por mejor dame luego
con que mi cuerpo regale,
y un gusto harás de alma, y cuerpo.
Sí daré.
Si doy, acaba.
Cuéntame antes.
¡Oh, si hay cuento!
Ya me has dado lo que basta;
que no hay más sabroso premio
para un criado, o una criada,
que escucharle a su amo un cuento.
Al fin se ha ido el ministro.
Antes que del bayo el pelo
corrigiera la almohaza,
diole Jorge, a lo que entiendo,
cinco tapabocas fuertes
en otros cinco argumentos.
Vido a tu madre confusa,
sin maña, o industria, su aliento,
Jorge muy robusto, y osado,
toda la casa en secretos,
menos asistido el gusto,
marañados los objetos;
sin ánimo la confianza,
se escogió por su remedio,
en estas intercadencias,
mudar de temperamiento,
porque ya para sus humores
era contrario este cielo.
¿Y no quieres que te ofrezca
el corazón por lo menos,
si el alma ganó en oírte?
Linda joya para un cuervo.
Dime, Draque, ¿y mi madre?
Eso es también otro cuento.
Pienso que ha dado en ser poeta,
según muestran los efectos.
Anda siempre pensativa,
las acciones sin concierto;
ahora sube a las estrellas,
tal vez se sienta en el suelo,
y de tal manera aplica
la vista a su mismo pecho,
que dirás que ella está hablando,
y le responden de adentro.
Al instante se levanta
con una inquietud, diciendo:
¡Llamadme, llamadme a Jorge!;
y al mismo instante, volviendo,
no le llaméis, y verás
que como en tiempo revuelto
se revuelven siempre en lluvias
las señales, los estruendos;
así todas sus acciones,
de un suspiro, como un trueno,
Los párpados como nubes
relampagueando, y rompiendo,
derrama tan grande llanto
que cuando la vi, temiendo
un gran diluvio, a escaparme
corrí buscando algún cerro.
Mejorado me has el alma.
Y el corazón tiene bello
según se está duro en dar.
Es que falta entre todo esto
decirme lo que hace Jorge.
Eso es también otro cuento.
Sabrás que ha dado en espía
de tu madre, y tan atento,
que parece que la come,
como otros beben los vientos:
y un envidioso le juzgo,
pues con igual desconcierto
si la ve llorar, se alegra,
cuando muestra más suspensos
los sentidos, Jorge más
se construye el pensamiento:
la menor acción le atiende,
y cual si fuera fullero,
para componer su suerte
siempre anda buscando un cuento.
¿Quieres que te cuente más?
Sí, Draque, vuelve de nuevo,
que en llegando a lo más alto
el placer, para su aumento
repetirle muchas veces
es discusión del ingenio:
ya sabía cuanto has dicho,
y quise de ti saberlo
por el contento de oírlo.
Del vocabulario necio
es frasis, ya lo sabía.
¡Estás loco!
¿Cuando pierdo
más coplas que Juan de Mena
quieres que quede con seso?
Pues oye que he de pagarte
con decirte los misterios
de las razones que has dicho.
Eso es lo que traje, llevo.
A Jorge de capuchino
ya le has visto, y en su convento
viste que la caridad
vive como en propio centro.
Este es el imán que ceba
la aguja al cristiano pueblo,
porque en concertados rumbos
navegue al celeste puerto.
De esta calamita hermosa
ornado el cándido pecho,
del que hoy la Iglesia Romana
gobierna, Monarca excelso,
con Jorge a nuestra Bretaña
manda su piadoso celo,
porque en su mar naufragoso
tenga piloto, y lucero.
A Jorge también le has visto
que no hay cuidado, o desvelo,
cansancio, pena, fatiga,
hambre, sed, calor, o invierno
que detenga la corriente,
que por lograr este intento,
como caudaloso río,
nace de su firme pecho:
aras consagra en las selvas,
erige en los montes templos,
pueblos junta en las campanas,
pues con amoroso esfuerzo
humil almas ha librado
del calvino cautiverio,
mientras ocho veces Cintia
revive al calor de Febo.
Mas como es naturaleza
del cielo, a quien mira atento,
una inquietud concertada,
como de su móvil vemos:
así esta antorcha divina
en continuo movimiento,
cualquiera punto, es principio,
no tiene punto postrero.
Y al fin como fino amante,
que hidrópico en los empleos
más sed tiene de dar más,
cuanto más se ofrece al cielo:
mi madre que más estima
desea dar, porque imperfecto
fuera el amor si no diera
lo que más tiene en aprecio.
Por conseguir esta empresa,
como Jasón, o Perseo,
monstruos destruye engañosos
de ese hereje, y a su destierro.
Tente señor que lo más
que le falta a ese tu cuento
dirá tu madre que viene
hablando sola.
Escuchemos.
No he dicho que ha dado en
poeta!
Por no turbarla, en silencio
nos vamos a otra sala.
Si es poeta aunque más gritemos.
Retíranse.
Sale Juana.
Qué es esto Jorge? qué poder extraño
te anima así, que excede otra potencia!
que en resistir tu voz, recelo daño,
y en rendirme a tu voz, no hallo violencia:
si andando en pleito la verdad, y engaño,
gana el ánimo quieto la sentencia,
pues sosiego interior hallo en rendirme,
fuera hacer injusticia en resistirme.
Osado, valeroso, sabio, experto
del ministro infernal ganas victoria.
Si te usurpo el despojo, hago concierto
con el engaño, por negar tu gloria,
si al despojo me rindo, es más acierto
que al mundo tanta hazaña sea notoria,
que seré, cuando de otro sea notada,
por madre del triunfante celebrada.
Mas qué digo! qué siento! oh qué imagino!
cómo hablo de quien soy tan diferente?
Si hasta agora en mi pecho está Calvino,
cómo, si ausente fuera, el pecho siente?
oh maravilla rara! quién previno
tan milagroso efeto? oh claramente
principio soberano, que no fueras,
si principio tú mismo, no me dieras.
Venza mi Jorge pues, logre el trofeo
quien tuvo fuerza tal para obligarme,
y pues la paz es de la guerra empleo,
goce la paz, que Jorge supo darme:
ya desterrado de mi casa veo
quien la guerra me daba en engañarme,
¡Oh amada, dulce paz, cierre mi oído
las puertas a ese Jano fementido!
A Jorge solo quiero, a Jorge llamo,
¡cómo no oyes, mi Jorge, a esta tu madre!
O mejor, de esta tórtola el reclamo,
porque el gemido a tu piedad más cuadre:
pues como madre tiernamente te amo,
respóndeme también dulce cual padre.
¡Como padre te llamo, no respondes!
Si este tu cuarto es, ¿cómo te escondes?
Sale Jorge en hábito capuchino, sin mirar a la madre.
¿Mas qué miro? ¡Ay, mi Dios, estoy temblando!
¿No es este aquel compuesto capuchino
vivo en mi fantasía, dende cuando
aborrecí su traje peregrino?
¿Con qué razón mi culpa está acusando,
cuando ya le respeto por divino?
¡Ay de mí triste! ¿Cuál será disculpa,
si en su veneración hallo mi culpa?
¿Si eres tú, Jorge? porque mi sentido
de asombro, de confuso, y de turbado,
informar las especies no ha podido,
ni en su necesidad la voz he hallado:
sin sentido, sin voz, ¿qué otro partido
a este empeño, a este trance, a este cuidado,
con prontitud, con voluntad, con ciencia,
dará caudal, aliento, o inteligencia?
Dilatar el consuelo en los rigores,
trazas divinas son maravillosas,
que a una alma esconde amante los favores,
por oír más sus quejas amorosas:
Amante esta alma, ya redobla amores,
coronadla, Señor, de vuestras rosas,
ya me enseñó por Vos, en sus enojos.
Vuelve la cara a la madre.
¡Ay, Jorge, nunca tan bello a mis ojos!
Yo llego, no, como a Jorge,
a Arcángelo es bien que llegue,
porque Arcángelo perdone
lo que a Jorge se le debe.
¡Qué crueldad no usé con Jorge!
hasta llegar a ofenderme
de ser su madre, y el sustento
quitarle, por deshacerle.
Que piedad no ha usado Jorge
para que más me avergüence!
porfiando siempre en ganarme,
cuanto yo hacía tema en perderme.
Que trazas no usó divinas!
y entre todas la presente
de este hábito santo cuando
pretendo que me remedie.
Que bien lo advierten los ojos,
o como el alma lo siente,
Lo que crece mi confianza,
lo que mi consuelo crece.
Que contento soberano,
que no es menos si se advierte,
dolerse del mal pasado,
que holgarse del bien presente.
No es olvidar el pecado,
antes cierto le aborrece
quien no quisiera acordarse
por el horror de no verle.
Tan agradable a mis ojos
hábito santo pareces,
que no puedo persuadirme
que jamás tu enemiga fuese.
O Arcángelo que gozas
de tanto bien, pues Dios quiere
que vengas a reengendrar
a quien te trajo en su vientre.
No me dilates la vida,
tu hija soy, cual Padre debe
comunicarme tu aliento,
y repartirme tus bienes.
Enséñame lo que sabes,
dame la luz que posees,
porque doradas mis canas,
a este Jordán se renueven.
A tu voluntad rendida,
a tu doctrina obediente,
Arcángelo, Dueño, Padre,
gana tu deseo, posee
lo que tanto te ha costado,
Reina, triunfa, humilla, vence
en mí la herética hidra,
repara, limpia, sostiene
esta carcomida planta,
que para que se sustente,
más que al humor de sus ojos,
de tus plantas se guarece.
Arrodillase, y Ar- cangelo alza los ojos al cielo, y dice.
mira a la madre.
O profundidad divina,
o mar, cuyas olas crecen
en repetir los favores,
siendo un su ser igual siempre.
Como se siguen las olas,
conmigo así tus mercedes
con serenidad divina
unas de otras se proceden.
Y agora que a mi deseo,
ya le has dado el puerto alegre,
en que de la isla del mundo,
mi madre en tu nave se entre:
has Señor que comprenda
la navegación que emprende,
que navega a tierra firme,
donde son firmes los bienes.
Señora, ver deste modo
el contento también tiene
tal poder en los sentidos
que los baraja, y suspende:
Arrebatóme tan alto,
pero Señora creedme
que allá os llevo conmigo,
y que desde allá me advierte
que venga muy presto a alzaros,
que quien al cielo se ofrece
le ayuda el cielo con alas,
y alas le da porque vuele.
o mil veces mi venida
feliz.
O feliz mil veces
tu venida padre mío.
Como a padre obedecedme,
levantaos en mis brazos
Levántase
Cuanto el alma en ellos crece.
Sostiéneme en ellos hijo,
que toda a tu arbitrio entregue,
solo tengo voluntad
en querer lo que quisieres.
Sale Henrique, y Draque.
¿Viste tan gran maravilla,
Draque?
Sí, señor.
Pues vete,
llama a todos los de casa,
porque en acto tan solemne,
para su mayor triunfo,
todos se han de hallar presentes.
Vase Draque.
Llega, Henrique.
Ya, señora.
Como a la luz que se enciende,
todos en la casa luego
se conocen, y se entienden:
así pues la luz divina
cuando alumbra, y resplandece,
luego se entienden las almas
con una vista que excede
con tanta excelencia a la otra,
como efectos que proceden
de una luz que siempre vive,
a una luz que luego muere.
¡Ay, hijo, qué bien has dicho,
que hasta agora conocerte
no he podido, como es cierto
que en lo obscuro nadie acierta!
Mas ya que a mi alma dichosa
el claro sol le amanece,
en mí misma te conozco,
y veo lo que mereces.
Sale Eduardo, Draque, Garzón, y por otra puerta Beatriz.
¿Qué alborozo es este, Draque?
Jorge, mi hermano, ¿no es este?
¡Qué en traje extraño y admirable
miro!
Solo responderte
me toca a mí, que a preguntas
tengo gracia gratismente.
Jorge está de capuchino.
Jaque le dio, seor vegete,
la dama.
Antes con presteza
quitó el asombro que ofrece.
Doyte, señor, dos mil gracias.
Dame, hermano, parabienes,
que las gracias son del cielo.
¡Qué contentos, qué placeres!
¡Qué día tan señalado
en que de mi vida cuente
este principio tan claro!
Otra tanta envidia os pone,
como contento el miraros;
¡ay, Arcángelo, previene
lo que ha menester mi alma,
que hasta que a tanto bien llegue
es cada minuto, un siglo!
Siglos de méritos crece
ese fervor.
Luz divina.
Henrique, la luz que adviertes,
que cuando se enciende en casa
para todos resplandece:
pues de mi alma, aunque indigna
de tanto grado, el sol quiere
hacer de sus rayos cielo,
el sol que la esfera breve
de una alma hace más capaz,
que las esferas celestes:
no ha de quedar en mi casa,
quien a esta luz no confiese
por lumbre sola del alma.
Querido Eduardo, tú que eres
remate de mis entrañas,
y punto de mis deleites,
cierra el círculo a mis dichas,
porque en lo esférico muestren
que son tantas, que no hay punto
por donde acaben, o empiecen.
Vuelve a la Iglesia Romana,
que con ella a ti te vuelves,
que en ella te restituyes
lo que a ti mesmo te debes.
Por ella te guía el cielo
al cielo, y siendo rebelde,
ni al cielo pagas la deuda,
y voluntario te pierdes.
Haz este gusto a tu madre,
mis pechos, mi blanca leche,
que cándidos te han criado
pureza, y verdad te ofrecen.
¿Qué me respondes, Eduardo?
Que a Dios soy, y a ti obediente.
Qué dulce voz, eso basta,
deja que en voces alegres
publique mi dicha a voces,
pues gozo ahora presente
(dichosa madre) a tres hijos
que de ganarlos celebre,
que estaban todos perdidos
en edades diferentes.
¡Oh, abismo de Dios!
Henrique,
la llama divina tiene
tal virtud, que en las entrañas
luego el oro refulgente
cría de la caridad,
¿es razón nos avergüence
que al primer rayo este pecho
vuelva reflejos lucientes,
y a su vista nuestra llama
esté ociosa, y negligente?
Draque, Garzón, y Beatriz,
ninguno a este bien se niegue,
que es casa muy grande el cielo,
tiene más de mil retretes,
Dios os convida con ellos,
que tanto como a mí os quiere.
Yo, señor, ya estoy rendido,
que desde que os vi de suerte
me habéis llevado el sentido,
que ahora conozco alegre
que como estrella divina,
tenéis influencia celeste.
Yo también.
Calla, Beatriz,
que el varón siempre prefiere,
y he de hablar.
Yo soy Romana.
Pues yo soy más.
Calla, hereje.
Mientes, porque en ser Romano
vive Dios se las apueste
con el mismo Capitolio.
Pues ¿qué es eso que más eres?
Soy Capuchino, he ganado.
¡Qué donaires!
¡Qué sainetes!
Tan de corazón,
tan de alma,
la heredad de Dios florece.
Si mi madre lo permite,
si tu Padre lo concede,
para celebrar este acto
diré lo que se me ofrece.
Di, Henrique.
¿Cuándo no has sido
tú mi compañero siempre?
En lo alto de este palacio
está con alto primor,
por quien los demás que tiene
son uno, y otro escalón.
Tan encima de los vientos
un bellísimo salón,
que platica las estrellas
sin alterarse la voz.
Como tan cercano al cielo
ofrece con perfección
dulce hechizo, copia hermosa
al sentido, y al sabor,
donde con mi madre asisten
continuamente las dos,
que a mí, y a mi hermano el cielo
por esposas nobles dio.
Tan Ángeles que hacer pueden
celeste aquella Región:
no se ofenda la modestia,
o exceda el término, o no.
En fe de que han de ser luego
libres de aquella objeción,
como Ángeles ilustradas
del Romano Resplandor.
Aquí pues donde a esos campos
registran de sol a sol
el trabajo del arado,
la ociosidad de la flor:
Las marañas del Arroyo,
que en tan clara condición
la vecindad de la tierra
pudo pegar su sabor.
Tan dueño de todo junto,
que ese descollado Albión
como cándido se ofende
de verle tan mirador.
Esta Sala pues que goza
de puesto tan superior,
que se olvida del bullicio
del mundo, y su confusión.
Sea Homenaje donde se haga
la Romana confesión,
y abjure solemnemente
a Calvino, y a su error.
Dedicadla Vos Señora,
Consagradla Padre Vos,
Que deste divino triunfo
sea glorioso blasón.
Tan ilustrado sentido
es divina inspiración.
Hijos al instante luego
levantad sin dilación
este glorioso edificio:
el religioso fervor
sea la ofrenda más digna,
la piedra de más primor
que en la fábrica del cielo
manos tiene el corazón.
Mis joyas, mi plata, y oro,
todo cuanto hay de valor,
todo repartid en su adorno:
mejore de estimación
sirviendo a quien le ha cria do
Consagradla Templo a Dios,
Padre, y rogad también
goce mi alma igual favor.
Que adelante se halla el al ma
que empieza a servir a Dios.
Querida Madre, y hermano
familia amable, en quien hoy
derrama el Cielo más gracia
que Aljófar vierte el Albor.
En tanto que a vuestra dicha
dilata la ocupación
del Templo, y en solemnidad
pasáis al grado mejor.
Acompañad a mi canto
que es deuda un inmenso loor,
a una inmensidad de gracias,
y aun diluvio de perdón.
Y otro tanto ha menester
por las faltas el Autor,
que con mal cortada pluma
pinta la primer misión
del Capuchino de Escocia,
empeñado del amor
de su afecto, con que humilde
pide a los ingenios que hoy
se cuentan al sol los rayos,
quiera alguno, en noble acción,
hacer la segunda parte
deste admirable esplendor
de la Capucha, que enmiende
con su pluma, este borrón.