à> Date de publication: 22 août 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El apóstol de la Grecia, San Andrés. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-apostol-de-grecia-san-andres.
Comedia El Apóstol de la Grecia San Andrés De D. J. Bar.
San Andrés
Quirino, procónsul
Philomedes, galán 1º
El Demonio 2º
Micias, barba
Nicolás, barba
Aristides, sacerdote gentil anciano
Florela, mujer del procónsul
Salución, gracioso, criado de Philomedes
Antimo, discípulo de San Andrés
Saphira, dama 1ª
Selena, dama 2ª
Sirene, graciosa
Sóstrato, sacerdote
San Juan
San Pedro
Dos ángeles
Música y acompañamiento
Jornada Primera
Salen los músicos y un coro de mujeres, y entre ellas Sirene y Saphira con un laurel en la mano, y por en medio van saliendo el procónsul, Micias y Nicolás, viejos, Philomedes y Salución y otros, y formando de los dos coros media luna, quede Philomedes solo en la punta del tablado, el procónsul en medio, y Salución cerca de su amo.
Moradores incultos que a prueba
bebiendo sus luces su ardor resistís,
cuando subiendo el Olimpo intentáis
escalar el celeste zafir,
venid, venid, volad, volad,
a triunfar, a vencer y a rendir.
Ínclito Philomedes,
que solo en tu valor a ti te excedes,
pasmará tu ciencia,
la sutil experiencia
de todos, que a la vista son engaños,
porque viendo tus años
cuantos a creer el oído nos alienta,
no es mucho que su vista nos desmienta.
Imitador del inventor tebano
cuyo valor y esfuerzo soberano
introdujo estos Juegos, porque fuera
la más ligera que hubiera
la nación griega, y a los merecidos
premios vinieran donde convencidos
de cobardes dejadez o necios,
de valientes, de sabios y elegantes
de aquellos sean desprecios
los que en estotros premios importantes
cuando haya quien los venza
pública se haga a todos su vergüenza,
o a sus nobles acciones
públicas se les den aclamaciones.
Hoy es el quinto día
del sol; la línea pasa al mediodía,
y pues ya victorioso
de todos has quedado, generoso,
porque volvamos a la ciudad nuestra
repita la voz vuestra
la música que quiero, por si alguno
quiere llegar, que aún es tiempo oportuno.
¡Qué valor! ¡Qué ventura!
¡Qué bizarría! ¡Qué gala! ¡Qué hermosura!
A los Juegos olímpicos todos
de Occidente a Oriente,
valientes llegad, corred animosos,
pues fuerte os aguarda con quien combatir.
Los laureles que el vencedor tiene
se adquirirá ansí
quien heroico se muestre animoso
a su fortuna, a su fama y ardid.
Venid, venid,
moradores de aquí.
Pues nadie se le opone, ya venza,
y el laurel; y decid todos que viva.
¡Viva el valiente Philomedes!
Beba,
que a fe que sed tendrá si laurel lleva;
que este laurel de fiestas importuna
también podrá servir en aceituna,
y para uno y otro airoso trago
el vaso es golfo, la aceituna amago.
¡Viva el gran Philomedes!
¡Valeroso
ha andado vuestro hijo!
Ved qué airoso.
¡Ah, campeón valiente,
porque el mundo se honre eternamente!
Al verle estoy turbada.
Temor quedito,
¡ay, Saphira amada!
Entre los demás héroes que contemplo,
en el de Jove templo
una estatua te pongan y veneren.
el siglo que viniere,
para su coronación noble corona
el laurel que se pone
mi mano, que es el dilatarle ofensa.
Sale el Demonio.
Aguardad, por que falta que me venza.
Estando Filomedes aclamado
que por los Juegos han cesado,
¿a lidiar vienes?
Mientras no tuviere
la corona en las sienes quien quisiere,
puede salir sin nota de indecencia
de no pedir, ni a vos, ni a los... licencia.
Parece que me predice
el corazón algún susto infelice.
Que llegase su aliento
en esta ocasión siento.
al Proconsul
Yo os suplico, señor, que sosegado
a ver volváis los Juegos: pues ha entrado
en el Teatro, que sin duda alguna
el móvil vive de la gran fortuna.
No, en la fortuna vengo yo fiado,
sino en mi esfuerzo siempre venerado.
Escoged armas vos.
Puñal elijo.
Date con esa pelotilla fijo.
Hanse puesto el Demonio y Filomedes en las dos puntas del tablado, y cuando vayan a embestirse aceleradamente cae Filomedes a los pies del Demonio, quien da el golpe en vago, y levántase luego Filomedes trocando los puestos.
Aun las aclamaciones me embarazan
de los que en culto mío fiestas hacen.
¿Ignoráis quién es este?
Sí lo ignoro.
Pues este es el nombrado Licanoro.
¿Cierto es lo que dices?
Sí, señora.
¡Ay cuidadosos infelices!
Amor deje, que venza fácilmente hoy,
y de trofeos orlaré su frente.
¿Qué se suspende?
No estoy suspendido.
Embisten y cáese Filomedes.
Pues prevenga.
Yo sé... Caiga
a sus pies, helado frío.
Piedad, que peno.
Huid el extranjero.
Vuelvo a la lid.
Que a ese combate
no quiero dar lugar.
De esta le place
sea el blanco fiel de mis enojos,
que esto quieran los cielos que a los míos
suplico suceda.
Pues es que se os conceda
la lícita...
Bien, a que mis furias
la venganza me den de estas injurias;
entre mis brazos lograré la palma,
muriendo el cuerpo, y acabando el alma.
Acaso si se previene...
Y que lleve
esto en paciencia un hombre tan nacido.
que después de molido
sin haber descansado en todo el día
le ahorquen en el campo la Alegría.
Prosiga ya en la lucha.
Fuerza loca
he menester para vencer la ciega
fantasía de aqueste desdichado.
Los dioses sumos asistan a su lado.
Moradores tracios, etc.
Con ser Seleuco diera testimonio
de que este hombre es demonio.
Pruebe el vigor de mis soberbios brazos.
Luchan.
Juro yo que he de hacerte mil pedazos.
Aquí verán que allí venció el acaso.
¡Ay de mí, que me aprieta, que me abraso!
Se olvide ya mi memoria
de que consigue siempre la victoria.
Cae.
¡Oh Cielos, qué horror! Cielos
injustos, ¿cómo, para mi daño
aquesto permitís? Furia, infierno o pena.
Por Dios que el estranjero la ha hecho buena.
¡Filomedes venció!
Dadle la gloria
del laurel, pues consigue la victoria.
Viva mi amor, su frente enlace altiva
el laurel sacro.
¡Filomedes viva!
Es digno de numerarse
con los que adornan este templo altivo,
estatua sobre Apolo, fuerte Marte,
se erijan del laurel y del olivo
adornando su frente.
Dioses, que oís mi lamento,
feliz, sí, mi aliento, a mi valor se mira
vencedor a los ojos de Zafira.
Dame ese brazo.
A favor tan nuevo
no se iguala, Procónsul, como debo.
A tu padre los pies.
Yo, parabién te ofrezco
al llegar a abrazarlo.
¡Ah, impío!
Rico te ves para afrenta de mi ira.
Aquel fiero Andrés, sin duda mi enemigo,
bien claro por su orden le han dado
los evangelios señas a mi agravio.
Llega, dale los brazos.
Quiere llegar Filomedes a darle, y retírase el Demonio.
Apártate, que te haré dos mil pedazos.
Aclamad su victoria en dulce voz.
Volvieron por mi amor y honor los dioses.
Enlace su frente
el premio florido,
adornando norte
su valor invicto,
en señal de que solo ha merecido
vencer siniestros astros
con valor, con ciencia.
Cláusulas suaves,
sonoros himnos
ocupen el aire,
el claro dominio,
en señal...
Celebre sus triunfos música alegre,
y con agradables, dulcísimos himnos
le aplaudan, alaben en el templo de Jove,
pues solo ha vencido.
Al Dem.
¿Cómo, habiéndote mandado
que llegues y seas su amiga,
no lo has hecho?
Porque sois
vosotros mis enemigos;
y cuán poco se aprovecha
mi ruego, formo el cotejo.
¿Por qué razón, decid, quiere
vuestra ignorancia que hechizos
venzan? ¡Ay, cielos! ¿Quién pudo
quitar al aliento mío
lo articular las palabras,
o pronunciar los gemidos?
¡Ay de mí!
Sin duda que
loco está.
Eso del juicio
a mí me toca el sanarlo,
porque en Macedonia he sido...
Calla, Salucón.
Decid.
¿Loco estoy? Ese divino
oráculo del gran Jove,
que yace sobre el Olimpo
monte en Acaya, a quien sirven
las nubes de su distrito,
de Júpiter, pues sobre él
si no más, tanto ha subido,
que las flores de su cumbre
vuelve estrellas el imperio,
sin que la vista distinga
si son, en brillantes visos
lucientes, las flores, o
si luceros son los signos.
¡A esa estatua del gran Jove
(vuelvo a decir) a quien hizo
Fidias de marfil, llegad!
Consultad si me ha vencido,
o si pudiera estorbar
que oigan de Andrés los avisos.
¡Consultadle!
Es necedad,
pues que lo contrario vimos.
La música proseguid.
¿Que, después que está prescripto
mi imperio en estas regiones,
esto siento y esto gimo,
a desposeerme de ellas
llegue Andrés? ¡Oh, cielos impíos!
Vamos a la ciudad todos.
Safira, ya te seguimos.
Van entrando las damas atravesando el tablado, y al pasar Safira, cáigasele el velo y cójale el Dem.
Dios os guarde.
Mis noxios
rencores a obrar empiecen.
Ved que se ha caído.
Váyase, álzale, y toma antes el Demonio.
Pues mi astucia lo previno,
porque a ver a Andrés no llegue.
Yo le cobraré.
Atrevido,
¿cómo en mi presencia vos
el lazo alzáis?
Porque es mío,
y a quien cobrarlo quisiere
que le cobre determino
a precio de vida, y a mí
siga en mí su precipicio.
Vase.
Aguarde, que mi valor
aunque asciendas al Olimpo,
le alcanzará.
Philomedo,
aguarda.
Espera.
Oye, hijo.
¡Ay,
infelice de mí, ay,
que en la imprudencia se anima
y más cuando, cansada,
quedo sin darle castigo!
Repórtate.
Hacer estrago,
que de esta ofensa miro
tan cerca mis celos que
este ser he presumido
de Saphira amante, oye
mi razón, que el valor mío
intenta cobrar el lazo.
Sigámosle, que es precisa
obligación.
Pues de ese monte vecino
amparado está.
Ninguno
le siga.
Pues yo le sigo.
Seguidme todos y aplaudan
vuestra hazaña y el intrépido
valor del gran Philomedo.
Cuando la vista retiro
de sus ojos, con los celos
y las penas más me irrito.
Pero cuando a verla vuelvo,
a sus descuidos me rindo.
El cielo os guarde y no deis
crédito a lo que habéis oído.
¿Cómo no se ha de dar?
Delirio
será. Vuestra ofensa ha sido
una vez, que mi fe quiere,
no se muda.
Pero ¿cómo,
si él fue...
Tened entendido
que son muchos los que quieren,
ídolo, vos admitid.
Vase con las mujeres
Vamos, Saulo y Ptolomeo,
Midias y Nicolás.
Sale Gelesia destrenzada el cabello y furiosa, y detiénense
¡Invicto
procónsul de esta provincia,
cuyos laureles floridos
dan a la fama materia
para coronar los siglos;
valiente campeón romano,
animoso, atrevido, altivo,
en quien las armas y letras
tienen igual equilibrio!
¡Oye a la infelice Gelesia
que en este público sitio,
ante tu ilustre persona,
se queja!
Pues, ¿qué delito
es el que tan horroroso
contra ti se ha cometido?
Escúchame, si me dejas
articular mis suspiros.
Midias, verdaderamente
que estoy en escucharla indeciso.
¿Cómo?
Si reparas,
¡oh procónsul!, en el sitio,
para ejecutar justicia
cualquiera lugar es propio.
¿Qué nos querrá esta mujer
con sus voces y sus gritos?
Bien puedes oírla.
Sí,
pues tengo para el castigo
esta mano, y con esta
el justo premio ejercito.
Justicia te pido de
el más alevoso hijo,
que contra naturaleza
la mayor ofensa hizo,
que el mundo en sus dilatadas
regiones verá, ni ha visto.
Anoche, cuando faltó
el sol, y daba asombro
andar sepulcro buscando
en las sombras del abismo,
estando en mi lecho (¡ay triste!,
¡si enmudeciera al aviso!)
un hijo que tengo (antes
los cielos siempre propicios
me hubieran dado la muerte
que tan alevoso hijo),
vio que partía mi esposo,
y con depravado juicio,
halagos haciendo torpes,
a las manos atrevido,
me cogió, pero ¿por qué
tales agravios repito?
de estas quebradas razones
¡ay de mí!, causas colegidas,
la desdicha que padezca
la gravedad del delito,
aquí el aliento me ahoga,
¡justicia, procónsul, pido!
¡Terrible caso! Y pues todos
al oírle han enmudecido,
a buscar la prenda voy
del dueño de mi albedrío;
ven, Salucio.
Yo iré pues.
Sí, que están divertidos.
Con harto dolor, señor,
de mi corazón te sigo.
(Vanse los dos)
(Vanse los sol.)
Para maldad tan enorme,
para tan torpe designio,
para traición semejante,
¿puede haber castigo digno?
Horror es imaginarla,
y dilatar el castigo
es faltar de la justicia
a la observancia y oficio.
Soldados, buscadle luego,
y pues que la queja ha sido
públicamente, ha de ser
también público el castigo.
Hablando
Sale Dem.
Pues logré lo que intentaba,
vengo a hacer que, enfurecido,
a un inocente el procónsul
castigue.
Salen San Andrés, Síntimo, su discípulo, y Sós-
trato, mancebo; hablando.
Es como te digo,
y aun al procónsul irá
(de lo que vi lo colijo)
a quejarse de mi fama.
Sagrado apóstol de Cristo,
ruega a Dios por mi inocencia,
que si me acusa el delito
(no tengo descargo alguno
que hacer, y si convencido
por no tener qué decir,
llego a estar, será preciso
que castigue en mí lo que
es cierto, no he cometido).
En el campo, señor, andan
soldados que, habiendo visto
a Sóstrato, aquí se acercan.
Deja que lleguen, Síntimo.
Señor, no quieras padezca
quien ha impetrado tu auxilio.
Salen dos sol.
Este es a quien yo le conozco.
¡Prendedle!
Advertid, amigos,
que Sóstrato está inocente,
y que culpa no ha tenido,
pues la de su madre es
calumnia sola.
Que fío
poder, me pasma el mirar
tanto resplandor divino.
¿Quién los mete en esos altos?
Solo la verdad afirmo.
Buen consejero.
Llegad.
Santo Apóstol, en ti libré
mi vida.
Y más cuando vemos
que en la gente introducidos
están, y sin duda fue,
para excusar un peligro,
la acusación de su madre.
Llegar con él solícitos.
Aquí, señor, tienes ya
el agresor del delito,
que entre la gente que el campo
ocupa estaba escondido,
imaginando hallar capa
en la confusión asilo.
¿Este es, señor, el traidor
que alevoso y fementido
dos veces violó el sagrado
lecho puro, casto y limpio
de su padre? ¡Ay de mí! Dale
pena como al más impío
hombre del mundo, escarmienten
todos en él.
Solo fío
en mi inocencia, y en su
sagrado, evidente auxilio.
Este a quien a la materna
piedad le puso en olvido.
¿Con qué pena quedará
este punto decidido?
Tal vez (mas no lo creí)
me acuerdo haberlo leído.
La extrañeza es la que causa
que en la ejecución remiso
de la justicia esté el brazo;
absorto (al verlos) me admiro.
Sostrato cruel, ¿cómo
si esta ofensa has cometido,
en lugar de la tristeza
enseñas el regocijo?
¿Qué es esto que te suspende?
No es este el menor indicio,
pues quien calla no confiesa,
mas yo niego...
Mudo, señor,
el labio no me concede
de hablar siquiera el alivio.
Si yo juzgara, su muerte
diera escarmiento a los siglos.
Di, pues última vez ya
te amonesto, si atrevido
contra el natural las
¿la violaste?
Ya no has oído
que por no tener descargo...
La voz enmudecida
aun le roba los alientos,
¿y ha de dar a los suspiros
el aire?
Llora.
¿Qué más probanza
quieres? Pague en su suplicio
su osadía; que, después,
llorando mi honor perdido,
en desatados raudales
lo sólido, suspendido
de mi corazón fiera,
forma informe de suspiros.
¿Qué os parece, Nicolás
y Midias, del peregrino?
Causa que sucede, dadme
vuestro parecer, amigos,
porque de cruel me frenen
entrambos enternecidos.
Yo juzgara por la pena
que compete al parricidio,
pues muerte de honor es muerte.
Procónsul, mi voto afirmo
en que examine un tormento
si hay delito o no hay delito.
Los dos discordáis.
Yo muero
mil veces, si mil le miro,
Procónsul, si no castigas
estas infamias y vicios,
donde la justicia esté
del romano brazo invicto.
¿Cómo, a mis quejas, está
Hado inclemente e inicuo?
Muera en su rigor...
¡Cuál muero!
¡Valedme, Dios infinito!
Confuso estoy.
¿Y te admiras?
¿No quieres que estén remisos
jueces, que han de juzgar solos
por lo que así se han oído,
siendo cierto que en su causa
no hacen fe cinco sentidos?
¡Qué desordenado afecto
forjó el injusto delirio
que va minando de tu alma
el más oculto retiro!
De tu dictado, que es incierto,
acuses de que has tenido
la culpa; pues en ti misma,
bárbara, te has convencido.
Que no está en la ejecución
la mayor ofensa, es fijo,
pues tanto le ofende a Dios
el pecado consentido,
que la ejecución es vana,
solo el pensamiento impío,
tiránicamente forja
del intento, otro delito.
¿Cómo de esta acusación
que has impuesto no has temido
el juicio inmenso de Dios?
¿Cómo el cruel precipicio
de tu apetito llegó
a tanto que perder quiso
un hijo que te dio Dios,
quizá para su castigo?
¿Qué fantasía los ojos
te ha cegado? ¿Qué delirio
tanto te oprime? Repara
en su pecado, basilisco,
que por venganza o furor
labrando su precipicio,
o poco a poco caduca
sin sentir, o de improviso
no da lugar a que vivan
de los Cielos los juicios,
o porque están enojados,
o porque está empedernido.
Sabio procónsul (¡ay triste,
que en cada palabra miro
que arroja un ardiente rayo,
un resplandor divino!),
después que mi hijo logró
su apetito, él consigo
ese hombre no le apartó,
sin duda le ha traído
porque a mi favor deponga.
Y porque veas, señor, sigo
la verdad, a darte llega
práctica dogmas indignos,
fingiendo milagros que
los doctos llaman hechizos.
¿Quién de esa lengua mordaz
librarse pudo, señor?, dijo
el profeta David a Dios,
que no encontrará debidos
remedios para una lengua
injusta.
¿Cómo, atrevido,
en mi presencia cobarde,
vanamente presumido,
interrumpiste el silencio?
Solo la verdad te digo.
Calla, que sea verdad
lo es también lo que ha advertido
Helena; responde, acaba.
En cuanto a que de Cristo
alaba la fe, es verdad, pero
que hechizos la autorizan,
es falso.
Pues, di, ¿quién eres?
¿Lo que te arrojó el destino
a esta provincia, y qué ley
¿Predicas?
Oíd, amigos.
Oiga mi saña, que animo
a su intención sus fieros consejos.
Yo soy Andrés, nací en Bethsaida, hermano,
pueblo de Galilea, hijo de Jonás,
de Pedro hermano, el cual de generoso
por vice-Dios se ciñe tres coronas.
Las voces del Baptista milagroso
oí, y creí, siguiendo a otras personas
que a él le seguían con la ley perfecta
del último de la Antigua Ley profeta.
Escuché a Juan un día, este es el Cordero
es de Dios, que la culpa a todos lava,
aqueste es el Mesías verdadero.
Yo, viendo que este testimonio daba,
seguí a Cristo con otro el primero,
y a Pedro le conté lo que pasaba,
y siguióle también iluminado
del ser divino, y fue sagrado.
A todos los trabajos y aflicciones
que tuvo en este mundo fui presente,
consolándonos él con sus razones,
hasta que Judas alevosamente
le vendió a los impíos corazones
del pueblo Hebreo, que tiranamente
ante el Pretor romano le acusaron,
le abatieron, le hirieron e injuriaron.
Condenole Pilato, presidente
por Tiberio, de toda la caterva
aquel que le entregó a la infame gente.
Y esta en su enemistad, falso, se observa,
que cinco mil azotes cruelmente
y más en su persona dan, proterva;
de espinas fieras luego le coronan,
caña es su cetro, todos le baldonan.
Y ansí los Hebreos caminaban
con Cristo nuestro bien como si fuera
res; y fariseos le ultrajaban
con venganza cruel, con ira fiera;
a Gólgota o Calvario le llevaban,
monte que al sol registra su carrera,
donde entre dos ladrones en cruz muerte
sufrió amoroso, padeciendo fuerte.
Cuando expiró, el sol todo obscurecido,
noche fue, las estrellas no lucieron,
el candor de la luna a Cristo herido
sangre brotó, los túmulos se abrieron,
las piedras con vigor enfurecido
dándose unas con otras se rompieron,
el viento al peso de la tierra amaga,
la tierra montes y ciudades traga.
Pero al tercero día de su muerte
resucitó trayendo su alegría,
triunfante, luciendo victoriosa suerte,
a nuestros padres en su compañía
que estaban tantos años d'esta suerte
esperando por sacra profecía,
dionos la potestad suya; que osados
predicando en su nombre, sus soldados.
Yo al ciego vista doy, y al sordo oído,
a dolientes salud con mi presencia,
a muertos vida, consuelo a afligidos,
sano la contagiosa pestilencia
de la lepra; mil dones ofrecidos,
despojos conoced la omnipotencia
de Dios, porque teniendo otro más digno,
me da esta gracia a mí, siendo indigno.
Ea, callo.
No des lugar a delitos,
sino a entrambos los castiga.
Como philosopho afirmo
que sobre los Dioses ay
quien rige aqueste edificio
celeste, nada se mueve
sin ser de alguno impelido,
y así mi parecer es,
en cuanto a aquel, lo que se ha dicho;
en cuanto a Andrés, que otro tiene,
yo no le encuentro delito.
¿Qué más delito, dí, quieres
que saber que ha introducido
una ley nueva?
Proconsul, al oído.
Muera Andrés.
Mueran, amigos,
y ambos traidores infieles
paguen luego en un suplicio
sus delitos.
Señor, mira,
por tu rostro, que se aflige,
no teme su muerte, teme
que no seas conocido.
No permitas que tu Apóstol
perezca, Dios inmenso.
No temáis, que a vuestros ruegos
se inclina el cielo benigno.
¡Oh, Dios soberano, nunca
faltaste a tu siervo indigno!
Pero no, no los matéis;
a esse loco atrevido
en un tormento ponedle,
y a essotro loco que vino
a introducir nueva ley,
en el oscuro retiro
de la más lóbrega cárcel.
Va obscureciéndose el teatro.
Templa el furor.
Más me irrito.
Ve el amago.
No le temo.
Mira que Dios...
No le admito.
Te amenaza.
Que execute.
Adviérte...
Calla, hombre impío,
pues niegas los Dioses sacros
que asisten en este imperio.
Pues caiga el castigo, ya
que el amago no ha temido.
Obscurécese el teatro y aparécese en lo alto del teatro un cometa crinito encendido, y sobre él un Ángel que arroja a cada copla que canta una flecha encendida; tocarán relámpagos y truenos. Caen en el suelo los demás y levántanse asombrados: Andrés, Antymo postrados, se retiran a un lado del teatro; y al obscurecerse el teatro dará truenos muy horrorosos.
Pues de Dios el amago
desprecio ha sido,
lloren los mortales
este castigo
temiéndole indignados
llorándole ofendidos.
El trueno
Llevadlos presos, ¡ay de mí!,
¿qué es esto?
Los justos juicios
que guarda Dios para quien
le ofende.
Dioses divinos,
clemencia.
¡Qué admiración!
¡Qué confusión!
¡Qué prodigio!
¡Ay de mí, infeliz!
¡Qué asombro!
Si os labra el fuego al hierro
endurecido,
a vuestros corazones
castigue el mismo,
derribando los vanos
que tanto ha suspendido.
¡Qué estrella la errante luz
despide tan encendida!
¡Un horroroso cometa
infaustamente crinito!
Terremoto
¿Quién vio que a la media tarde
todo el sol obscurecido,
avaro de luces, quiera
hacer que acaben los siglos?
Al asombro que la vista
comunica a los oídos,
pasmado el aliento, dudo
si respiro o no respiro.
Todo será destruido,
y faltando
el mundo el fatal rasgo,
tenga prevenida
última línea, siendo
de tan graves delitos
Los Dioses de mi ciudad
sin duda están ofendidos;
¿que perezcamos todos
intentan, vengativos?
Dioses, piedad, Jove.
Sin duda el Dios de este nombre
es poderoso, pues vemos
que a su oración obscurece
del alcázar cristalino
el sol; pedidle todos piedad.
Verdadero Dios es Cristo.
Piedad, Señor.
De rodillas
Su clemencia
no permita destruirnos.
Cesen, cesen los vientos,
pues ya rendidos
con los ruegos evitan
tantos castigos.
como para vencellos
él tiene prevenidos.
Cae la facha del teatro
Piedad, Señor.
A tus pies,
hombre sagrado y divino,
tu fe pedimos postrados.
Yo a ella, fiel, os admito.
Y yo te pido perdón
del delito cometido
contra mi hijo y contra Dios,
y protesto que he mentido
en lo que dije, y que tú
solo la verdad has dicho.
Danos tu fe, santo apóstol.
Después que estéis instruidos
en ella, os daré la gracia
que comunique el bautismo,
porque borréis a aquel
que habéis hasta aquí servido.
¡Viva Andrés!
Oíd, aguardad,
que aqueste aplauso no es mío.
¿Pues de quién, si te debemos
por tu virtud a ti mismo?
A Cristo solo aclamad.
¡Viva Cristo, viva!
¡Viva Cristo!
Instruye, Ántimo, en la fe
a esos, porque determino
ir a Filipópolis.
Solo
obedecerte es mi arbitrio.
Cristo es el Dios verdadero.
¡Oh Señor!, cuántos prodigios
obras por tu humilde siervo.
Alábete lo nacido.
Vanse sonando aclamaciones, y salen Filomedes y Salucio
Demos gracias a los dioses
que después de haber pasado
una tempestad como esta
a secas, vana en el campo,
(y tan sana, que aun es más
que mi calvatrueno, sano)
no haya forma de volvernos
a casa, si saltando
de roca en roca, esperemos
todavía, a su contrario.
Sin duda que se ha perdido,
porque lo más retirado
del monte corrimos,
no solo no le he encontrado,
sino parece que estas
sendas nunca los humanos
anduvieron; ¡monte horrible!
Sí, anduvieran los sumanos.
Borrachos las anduvieran
un día sereno y claro,
pero un día como este
no las anduviera el diablo.
Segura creo, fiera,
mi prenda, y amor tirano,
por quitarme la dulzura
introdujo los agravios.
Juro a Apolo que caían
las centellas como rayos,
que no ha de ser Baco siempre
Dios que juren los lacayos.
Tenga piedad de mí el cielo.
Señor, te has embelesado.
¿Cómo volveré a Saphira
sin llevar conmigo el lazo?
Yo te daré una entradilla
estupenda, vete despacio
componiéndote la capa,
limpiándote los zapatos,
porque esta es la contera
de que hoy los jaques usamos.
Vamos, antes que la noche
dé al mundo su oscuro manto.
Enhorabuena, pues que esta
pendencia no se ha curado.
Al irse sale el Demonio y detiénense.
Aguarda, que el extranjero
parece. ¡Aquel!
Agraviado
de Andrés, a vengarme vengo
en este hombre, que intentando
me vengue, ciego me espera.
Ay, señor, que su contrario
tiene cara de demonio.
Mas ¿sabes en qué reparo?
¿En qué?
En que ha estado escondido
y que no viene mojado.
Logre yo que de su pecho
los evangelios sagrados
arroje, y le daré muerte,
pues ellos lo han estorbado.
Si eres tú quien atrevido
intenta cobrar el lazo
que Saphira me dio, bien
has hecho en haber buscado
compañía, porque solo
era triunfo.
Por el lazo
que compaña yo no tengo.
No, señor, que no acompaño
a nadie en mi vida, yo,
y a fraile no me he entrado
por no tener compañero.
Aguarda allí retirado.
Vase.
Libertad tengo, a avisar
a Liseo vuelvo volando.
Ya estamos solos, de antes
que el acero vibre, aguardo
me digas, por qué razón
te atreviste tú a gozar el lazo.
Aunque responderte, es cierto,
que no debiera en el campo,
no obstante quiero que mueras.
¡Qué arrogante!
Conociendo
que un papel infame tenga
a mis furores domados.
Philipopolis, que es corte
de Macedonia, me ha dado
noble origen, Nicanoro
es mi nombre, los aplausos
de mi casa habrás oído.
Pues de allí eres ciudadano,
de Saphira amante fui
algún tiempo despreciado.
Alienta, amor.
Mas después,
con rendimientos y halagos,
merecí de su belleza
favores.
Celos, despacio.
A los olímpicos juegos,
que hoy en Acaya acabaron,
girasol de su hermosura,
vine siguiendo sus pasos;
quise probar si...
Detente.
Pues, ¿qué pretendes que hablando
me interrumpes?
Riñen.
Que calles,
y que al acero bizarro
remitas la relación.
Ya te sigo.
Pulso raro.
¡Válganme aquí mis astucias,
pues que le tengo engañado!
Valor tienes.
Y con celos,
con amor y con agravios.
Cae.
Caí, aguardad.
Sí haré,
que aunque pudiera, empleando
mi cólera, darte muerte,
como te miro postrado
es corto triunfo a mi aliento
acabar un desdichado.
Ya que la vida te debo
y que podré gallardo...
haber tomado la prenda,
parecer no quiero ingrato,
y ansí el lazo te daré,
con condición que, mostrando
agradecimiento, desse
libro me deis.
Dadme el lazo
y tomad el libro; pero
mirad que el secreto encargo,
no se oiga que salimos
a permutar en el campo.
De el libro me deis, que al verle
en esse río le arroja.
Un discreto ciudadano
de Mirmidón me le dio,
y de entenderle no acabo,
aunque creo que el contexto
que le comprende adornado
está de ficciones.
Al punto
le arroja al río. Veamos
si esta hazaña Andrés me quita.
(Va a arrojarle, y detiénese)
Ya obedezco su mandato;
llévale el río.
Aguarda.
Mi decoro, si fue acaso...
Si lo fue prenda de su pacto
el hacerlo ansí, cumple osado
la palabra que me diste.
Porque veas, no hago caso,
y está cumplida.
Danse los brazos
Y verás
cómo tengo en ti mi amparo.
(Ya abrázanse el Demet. y con él)
Favor, Dioses.
Para qué los has llamado,
si vales por todos ellos;
el formal cuerpo desanda
invisible con el libro.
Salen Midias, Nicolás, Salucio y otros.
Aquí están, donde quedaron.
Pero, ¡por Dios!, que el amigo
debe de haber despachado
el otro ya.
Philomedes.
¡Ay de mí!, que rabio,
y que muero; ¡Dioses!
Con quién
lidias?
Qué te causa espanto?
Que me abraso! Favor!
Cielos,
qué es esto?
Yo estoy pasmado.
Dios, palabra, o Deidad que
sin principio ha confesado
aquel libro que arroja
ahora luz, su amparo,
todo su poder me valga.
¡Ay, señor!
¡Hijo!
Un Ángel en una tramoya, con una espada de fuego en la mano, pasa por en medio del tablado, atravesándole, durando esta copla.
Tirano,
deja este hombre, pues no tienes
dominio en él.
Dentro.
¡Ya voy!
Si es gentil, ¿por qué?
Cúbrese.
Por que
por él Andrés ha rogado.
Ya le dejo, ya le dejo;
suspende el ardor del rayo;
no me des más penas, pues
bastantes conmigo traigo.
¡Ay de mí!, que a Dios le cueste
de un alma gentil cuidado,
qué furia; mas ya que en él
mi intento no se ha logrado,
guerra, guerra contra Andrés,
que es su más vivo retrato.
¡Ay de mí! ¡Valedme, cielos!
¿Qué ceguedad, qué letargo,
qué yelo, qué fuego?
¡Hijo!
¿Qué tienes?
¡Ay!, que exhalado
el espíritu soy... ya
estatua fría de mármol.
Retiradle de mis ojos.
Pues ya nos están aguardando
la carroza con Saphira.
Llevad
al susto pasmo.
¿Fuego, ánimo, yelo soy?
¡Qué desdicha!
¡Qué presagio!
Dime, Saluco, ¿con quién
vino Philomela?
Cuando
yo le avisé, aquel estrangero
quien con ruegos hurtó el lazo,
con él para ello quedaba,
pues quiso, no habías llegado
a la ciudad, que sin duda
le valía el huir de su lado.
¿Sabes quién es?
Señor,
juzgo que es éste el hermano
del otro del mismo nombre,
que son macedonios ambos.
¡Vive Júpiter supremo,
que he de vengarme este agravio!
aunque del centro le esconda
el seno más retirado.
Vamos, Nicolás.
Vase.
Que aquesto
ha sido siempre el palacio,
que a cantos y glorias siguen
las confusiones del llanto.
Vase.
Ven aquí lo que se saca
de salir desposado,
volver a casa molido,
aquí cae sobre mojado.
Vase.
Jornada segunda El Apóstol de la Grecia.
Suena música a los dos lados y por en medio salen San Andrés, y Honesto, y otros.
En hora dichosa llegue
el Apóstol de la Grecia
a visitar a sus siervos,
que ansiosos le aguardan, y fieles le esperan.
Escuchad de la palabra
de Dios al predicador,
que os viene a ver.
Dad, Señor,
luz que el corazón los llene.
Entre tanto que cantan la copla repetida salen por un lado Nicos con acompañamiento, y por otro Midias, Liraco, Clotes, y otros. Representando cada uno con los suyos.
El portentoso milagro
que la fe de Cristo enseña,
desnuda el pecho al peligro
y desmentirá la sagrada lengua.
Recibidle en el camino
con músicas y alegrías.
¡Oh, si de las penas mías
me saca este hombre divino!
Así se volviera a ir.
Dos tropas de esa ciudad
salen
Fuera le encontrad.
¡Oh, si sana a mi amo!
¡Gran cosa!
Pues que su fama
nos trae la felicidad.
Feliz día para mí
y para aquesta región,
cuando de su devoción
y fe saludar la vi.
descúbrese San Andrés
Qué tal placer sentí
desde que miré su lauro,
que aunque no llego a los ensayos,
todo subyugó el corazón.
Tantos sus placeres son
que palpita ya desmayos.
Feliz hora en que el temor
de repente se ha ausentado
y su vista ha mitigado
mi cruel pena interior.
Ya parece que el favor
que pedir rogando intento
me otorga, pues el tormento
que mi corazón traía
se convirtió en alegría,
desterrando el sentimiento.
Y pues ya de su deidad
en la presencia me veo,
acercándose
y pues llega mi deseo
hasta su felicidad.
arrodíllanse
Dadme los pies.
Levantad
y decid el mal que siente
vuestro pecho.
¡Qué prudente!
Cuenta tu dolor a Andrés.
Di tú primero, pues es
del tuyo el mío pendiente.
La prenda que he poseído
es Filomedes; pasmado
de cierto asombro ha enfermado
y está postrado y rendido.
Mortal yace sin sentido,
entre accidentes perece,
a cada aliento fallece,
y cuando tierno le miro,
el alma en cualquier suspiro
que la echa de sí parece.
Tan cruel e inhumanamente
el delirio le ha tratado,
que solo ya le ha dejado
la pulsación de viviente.
Su flaqueza no consiente
poderse venir a hablar,
porque para caminar
le falta fuerza, y así
está esperando por sí
que Cristo le ha de sanar.
Cristo, esa augusta deidad
que en Amasea alabaste
y de su ley predicaste;
y si te incita a piedad
mi ya encanecida edad,
te promete el pecho helado
que a Cristo, tu Dios sagrado,
un templo heroico levante
entre mis dioses bastante.
Suspende tu acento errado,
detén esa aborrecible
suposición que fabrica
tu intento, porque se implica
tanto que pasa a imposible.
¿No ves que es incompatible
lo que propone tu juicio?
¿Cómo el alcázar del vicio
pudo a Dios ser casa allí,
si es lo que se adora allí
la estatua o el frontispicio?
Esos dioses que adoráis
del demonio bultos son,
y para su confusión
vengo a que mi ley oigáis.
Mil dioses al orbe dais,
locos; que no estuviera
el cielo, si en él hubiera
tantos reyes, bien lo fundo,
pues las discordias del mundo
en él también las hubiera.
Al demonio la locura
vuestra adora; en nueva gente
su reino fundó, serpiente
que nuestro fin apresuró,
y tanto el ser desfiguró
de esta adoración, inferno,
que, teniendo ese gobierno
celeste el nombre por gracia,
y herencia de su desgracia,
la gloria en el infierno.
Hacer a unos adorar
en Júpiter, Venus, Marte
y Apolo, fue el mayor norte
con que os consiguió engañar;
pues concediendo lugar
en que le imitéis errados,
en vuestros dioses fiados,
convenciendo lisonjero,
insertó en las aras fiero
ver los vicios adorados.
Calla, Apóstol santo, ya,
pues de mi error convencido,
confieso a tu pie rendido
la fe que en ti impresa está.
Mi corazón llorará
Andrés, no haber acertado,
si hasta aquí he vivido errado,
ya no, pues tu ley desea,
todo cuanto dices creo,
confesando mi pecado.
Di tú, Nicolás, tu pena.
Mi amo está como una mona.
Como hubiese noticia,
santo apóstol, que llegabas
a Philipópolis, y habiendo
visto y oído de tu fama
los milagrosos prodigios,
acude mi fe postrada
a rendir a tu presencia
una carroza dorada
que en cuatro hipogrifos vuela,
tan ligeros que no estampan
las huellas en el arena,
porque tan veloces andan
que aun el aire no los siente
cuando pisan sus campañas;
tráigola porque en todas
cuantas poseo es alhaja
de más estimación mía,
con que resistencia hagas
al cansancio de la vida;
a Saphira, mi hija amada,
que amante de Philomedes
admiró la fortuna infausta
cuando en mis brazos caía
(¡ay, infeliz!) desmayada,
y después que volvió en sí,
con tal furia la trata
un confuso dolor fuerte
que en melancólicas ansias
tanto su hermosura oprime
que me parece que el alma
o entre los suspiros crece
o entre gemidos se exhala.
Con la carroza, a tu fe
rindo también mi esperanza,
pues no escucharon mis ruegos
los dioses que veneraba,
habiendo extrañado el cielo
los inciensos de sus aras.
Por Dios que la carrocilla
le viene al santo rodada.
Nicolás, tu don recibo,
pero no el de las profanas
cosas del mundo, que esas
a mí me sobran, no faltan;
si es la carroza, porque
no me lastime las plantas,
mejor es Cristo que yo,
y en las calles sacrosantas
de Jerusalén tres veces
en piedra estampa su cara.
Siempre anduvo Cristo a pie,
sino una vez que una mansa
bestezuela le sirvió
para su triunfo en la entrada
que hizo en su terrena corte;
y quien a su maestro ama
lo de imitar lo mismo debe
hacer, que el que es ignorancia
decir "hubo un buen maestro"
el que no le imita en nada.
Y porque alivie a su hija
de la enfermedad que pasa,
tan rica prenda me ofreces.
¿Qué dieras porque su asma
sanara? Yo por riqueza
no vengo, ni admito nada;
pues solo lo que deseo
y lo que mi voz encarga
es que interiormente crea
la naturaleza humana
al que la hizo y la crio,
que deje las cosas vanas
de este mundo y las desprecie
por caducas y por vanas,
y ¡ay de aquel que no supiere
cuánta diferencia, ¡cuánta!
hay de las cosas divinas
a las caducas humanas!
Convidará con carrozas
o a los santos, o a las damas,
ninguna de las que miro
creo que la rehusara.
Advierte que la escoge
en fe de que de su pintura
por ella.
La voluntad sea,
creed a Cristo que él basta
a dar salud a vuestra hija.
En él tengo mi esperanza.
Sale Midias.
Aquesta es buena ocasión,
si puede mi amor lograrla.
Vengo a ver a Filomedes.
Y a Safira desgraciada.
Vamos.
Llega el viejo y detiénele.
Sacro Andrés, apóstol,
antes que con Midias paras,
y que a la ciudad te acerques
a quitar la continuada
enfermedad de su hijo,
oye mis justas palabras.
Midias, señor, mis dos hijos
tiene en la cárcel con tanta...
Prosigue.
ignominiosa, mostrando crueldad
que quien los viera dudara
si eran vivientes, o si eran
de lo que fueron, estatuas;
ya de la humedad del sitio,
ya de cadenas pesadas
oprimidos, aun en fin
villanas amigas, falsas,
pues abrazándose al cuerpo
le rompen y despedazan.
Y aun pasar quieren a herir
la noble impasible alma,
pues oprimida en el cuerpo
no alienta, antes sí, pasmada
cadáver el cuerpo deja
bien que no le desampara.
Yo te pido que intercedas
con Midias para que salgan
ellos de la prisión, y yo
de tanto tropel de ansias.
El motivo de prenderlos
ha sido porque se llaman
ambos Sicanoros, y él
les ha fulminado causa
de que hechicero uno de ellos
con mágicas artes falsas
a su hijo le introdujo
el delirio en que se halla.
¡Oh fortuna, hasta en el nombre
quieres que infelices haya!
No puedo, porque
las lágrimas me embarazan
que las sílabas dispongan
para formar las palabras.
¿Esto es verdad, Midias?
Sí,
mas son sus maldades tantas
que es inferior la justicia,
Sagrado Andrés, ¡perdónalas!
¿Quién los prendió?
Mi discurso;
pues en la ciudad no se hallan
otros del nombre que ha dado.
¡Qué conjeturas tan llanas!
¿Por mí los perdonarás?
Cuando sus descargos salgan,
valdrán porque me lo ruegas,
que ahora no está sustanciada
del todo la causa.
Afirma
a tu conciencia que en nada
delinquieron.
¡Yo! No puedo.
Y cree que cuando falta
mi atención al ruego tuyo,
que hay más grave repugnancia.
O dalos libertad, o muero.
Pues es clara
cosa que el efeto cesa
luego que cesa la causa,
y ansí, insano Philomedes,
ellos de la cárcel salgan.
Aviéndole menester
juzgo que en vano se cansa.
O mueran todos, o vivan
todos.
Oye, Andrés, aplaca
el rigor de esa sentencia,
que yo quiero, pues lo mandas,
que no solo esos dos hombres
libertad consigan, salgan
con otros siete que presos
inocentemente estaban.
Paso feliz yo.
Ve a la prisión,
y a los que presos sin causa
están, da libertad.
Todas son milagros sus palabras.
Vase.
Diole las gracias a San Andrés.
No me llevéis,
que yo iré, porque me espanta,
solo tiemblo de asombro.
¿Qué voces
son esas?
De esa montaña
precipitado y furioso
un hombre llega a tus plantas.
A fe que viene el amigo
echando al aire las faldas.
Sale un joven desgreñado a los pies de San Andrés, y allí a poco se levanta furioso.
¡Valganme todas mis iras!
Hombre, ¿quién eres?
¡Levanta!
Va a levantarle.
Para levantarme yo
tu ayuda sola no basta.
¿A qué viniste a esta tierra
del Peloponeso, que baña
...
...
...
¿a qué viniste a esta tierra?
Vuelvo a decir. ¿De lejanas
para que infiel nos destruyas
nuestras prescriptas causas?
¿Qué te importa que tengamos
más Poseidones que vacas?
Para que aquistarnos vengas
nuestras villas o a mudarlas.
Vuelve, vuelve a la mar,
o por las luces sagradas
que alumbran ese hemisferio,
te haga morir, que nos cansas
con esa predicación.
déjanos, que nos maltratas!
Temor da mirarle.
Asombro
es verle.
¡Qué mala cara!
Autor del delito humano,
infiere por qué tu saña
tomó posesión de ese hombre.
Porque no te debo nada.
¿Él es mío y poder no tienes
para preguntarme.
Habla;
que en nombre del Dios que adoro
te lo mando.
¡Calla, calla,
qué ira! ¡Qué horror!
¿Enmudeces?
Da un trueno y cae a los pies del Santo.
No enmudeces. ¡Oh, ha desgracia
de mi angélico saber!
¡Que me venza esta ignorancia!
Yo habité en aqueste joven
desde que su edad temprana
aun de las líneas del bozo
la primera no formaba.
Con ánimo entré en su cuerpo
de no dejar que asome,
que, ¿quién de pensar había,
(¡ay de mí!) que caminaras
por entre tantos peñascos
que respirar embarazas
la diafanidad del aire
del jardín del mundo a tanta
coronando de luceros
su cabeza elevada;
a su padre un día oí
que, movido de tu fama,
decía a un amigo suyo
que a ti traerte intentaba
para que me venzas. Yo
mil urdí tardanzas
porque no llegase a ti.
Pues bien supe si llegaba,
que tu santidad había
de quitármele (¡qué ansia!)
que públicamente, ¡ay triste!
confiese yo mi infamia.
Y pues lo has logrado, no,
no me mires que me abrasas
con tu resplandor divino.
Ya queda desamparada
esta posesión infame;
recíbeme en tus entrañas.
¡Qué horror!
¡Qué pasmo!
No espante
el ver que del cuerpo salga
aqueste espíritu inmundo
opositor de la gracia.
levantase
Y tú, joven infelice,
en el nombre te levanta
de mi Señor Jesucristo.
¡Qué nueva luz siente el alma!
Deja, varón santo, que,
rendido a tus pies, por paga,
te sacrifique la vida.
¡Gran Dios es Cristo!
Sale Estratocles en la cárcel.
De Midias los presos todos,
solo que lleguéis aguardan.
A Safira con salud
hallaréis en vuestra casa.
A eso voy.
¡Ay, hijos míos!
los pies son los que dilatan
el veros.
A obrar vamos,
que varón es San Andrés.
Ya pasan
voces, y gritan que solo
¡Cristo es deidad soberana!
Vanse todos y sale Safira asombrada, y Sirene por otra puerta. Algo después:
Aguarda, luz divina,
espera, sol sagrado;
¿qué deidad se imagina
mi torpe aliento helado?
la carrera suspende,
esta exhalación de luz escucha, atiende,
oye.
Dime qué tienes,
señora, que afligida
y soñolienta vienes.
¿Qué he de tener? La vida
del mal recuperada,
con el cual tantos años fui ultrajada;
mi pena divertía
el sueño en blandas flores,
que a la melancolía
la alivian sus olores;
porque un triste durmiendo
tan solo huye lo que está muriendo;
cuando en el sueño veo
un varón que, luciente,
en traje galileo
me dijo afablemente:
«Levántate, Safira,
toma mi fe», y ligero se retira,
aun lugar dar no quiso
que yo le agradeciese
aquel divino aviso,
en fe de que creyese
que en tan divina obra
aun el agradecérselo es sobra.
A Filipópolis vino
un hombre de esa suerte.
Sale el Demonio.
Pues mi furia contino...
que en celos de la muerte
a quien así Andrés libra
fui ira que espera que el furor no libra.
Ya Filomedes sana
quedó en mi vituperio
al tacto de la mano
de Andrés, y así mi imperio
los celos le previene.
Pues a Andrés deja, y a Safira viene.
Sale bellísima Safira.
¿Quién atrevido, osado,
no temiendo mi ira,
en el jardín ha entrado?
Un infeliz amante,
dichoso ya, pues mira tu semblante.
¿No este hombre, Sirene,
aquel del vano intento
con Filomedes?
Tiene
dificultad el cuento,
y aun conocerle dudo,
pues si me acuerdo, aquel era algo mudo.
Permite que mi aliento
se rinda a ti.
Atrevido,
¿con qué bárbaro intento
a esta estancia has venido?
A darte parabienes,
porque salud tan milagrosa tienes.
Idos de aquí.
Advierte...
Filomedes a un lado.
Apenas
salud mi vida consigue,
cuando al centro de mis dichas
siguiendo el sol vengo. ¡Cielos!
Mas ¿qué es lo que miro, cielos,
al primer paso infelice,
mis celos y mi enemigo
encuentro?
Ya es imposible
que otro amor pueda mi pecho
avasallar, que yo estime.
Ahora mil veces yo.
Ya escuchas lo que me dice,
aunque son desprecios, él
por favores los admire.
Que siempre el que oculto ve
lo oye, su mal oiga o mire.
Aun tus voces, Nicanor, o
en mí son aborrecibles.
Admitido ya de vos,
¿cómo decís preferirse
a mí quien pueda?
¡Ah, traidora!
Yo a Filomedes le quise
y le quiero, y sé que a él...
Corresponde a mi amor firme,
que Dios quitó a Filómedes.
¡Ay señal más infalible!
Aparte
De celos muera, pues muero
a la voz del que me vence,
qué mucho que sí se adore,
si cuando el Señor permites
le vea, sus ojos flechas
en su corazón se imprimen.
Idos luego. ¡Qué cansáis!
Que se vaya, dijo, alivia
a mi dolor.
Verás que antes
que el sol descanse felice
en los espumosos lechos
cristalinos de Anfitrite,
a esperar ocasión vengo
a tu puerta; pues ya pide
mi amor al bello planeta
que obscurezca, que no anime.
Rayos para todos gratos
y para mi fe infelices.
La mayor satisfacción
aquestos agravios piden.
Si, fiel, ruego, si la ira
os obliga, haré os obligue
un desprecio.
Al irse, Safira encuentra a Filómedes.
Ya, señora,
fiel te obedezco.
No admires
tirana que mi valor
de tu vista se retire,
porque hay agravios que, aun vistos,
a la fe son increíbles.
Filómedes, tu atentado
a mis ojos ya está libre
del accidente.
Silencio,
hiena cruel, fiera esfinge.
Este demonio de este hombre
ha echado a mi amo a pique.
¿Pues tú me hablas de esa suerte?
¿Piensas que no pude oírte?
Si oíste, serían desprecios.
¿Cómo, Safira, desdice
tu sangre, di, si otro amante
tienes para qué me oprimes
colmándome de favores?
Para que yo te los quite.
Hombre, o quien eres, ya basta,
que una vez por ti infelice
vaya al suelo muriendo,
sino...
sino que ahora repites
las ofensas por que muera
otra vez.
al Demonio
finge
¿Cómo, que fuiste
favorecido de mí,
traidor Licanoro?
¡Oh, qué presto te cansaste
de verme un rato felice!
Un amante de Mago con
es este.
a Saphira
al Demonio
Di, que si vienes
a ser favorecido amante,
¿qué harás al que aborreciste?
Saca, villano, el acero,
que aunque Mágico te animes,
con encantos hoy de muerte
me vengaré.
riñen
Es imposible.
Posible lo hará mi saña,
pues contra ti se dirige.
¡Qué desdicha!
¡Philomedes,
Licanoro!
¡Ay, cómo riñen!
Verás con tu infame sangre
que aquestas flores se tiñen,
manchando el roxo esmalte
Azuzenas y Jazmines.
Será al contrario.
Tened
ya los aceros.
¡Ay triste,
que ya no sale vivo!
Viene su padre al oírlo.
dejan de reñir
Por el honor de Saphira
me voy.
Di que resistirte
a mi aliento ya no puedes,
y medroso quieres irte
ya que el alma no la usurpe
su temor, al lance peligre.
¿Miedo yo?
Bien claro está
en las palabras que dices.
riñen
Eres un cobarde.
Bien
si han logrado mis ardides
allí son las armas.
Huye.
Ya irte es imposible.
Sale Nicolás y dos criados con las espadas desnudas.
¿Qué es esto, Philomedes
aquí?
Hazelo que me quite
mi venganza.
Hablad, ¿que es esto?
¡Ay, infeliz!
Que decirle
no se; Licanoro puede
informarle que me oprimen
tantas dudas, que me ahogan
como penas que me afligen.
¿Que ocasion pudo traerte
aqui?
Al Demonio
Licanoro, finge.
Yo soi Licanoro, que
a rendirte gracias vine
de que por tu intercesion
mi hermano y yo estemos libres
de la prision.
A Andres deues
esa intercesion que dices.
Esperandote note
que en mil requiebros felizes
Philomedes y Saphira
tu honor ofenden insigne.
¡Ay de mi!
¡Ay tal picaron!
A quien ofendido permite
que aqui enmudezca mi voz,
porque no es bien que publique
con su desonor mis penas.
Esto fue solo aduertirte
lo que passa; poned todos
los ojos en rruinas tan tristes.
Vase el Demonio
Pues, ¿como, traidora, apenas,
¡ay de mi!, conualeciste,
cuando lograuas el honor
que, (¡o nunca fuera!) deuiste
a la noble sangre mia,
cuios paternos renombres
aun temerossa la fama
a su decoro se ciñe?
Aduierte, señor, que es falso
lo que Licanoro dice.
Por que quien miro mi agrauio
sienta mi venganza, muera
a este filo de acero onesto.
Oye, señor.
Quita.
¡Ay, triste!
Señora, huie.
Deten, señor,
la mano.
Su colera le ciega.
Aduierte...
Apartaos de ahy.
Cielos, socorro.
Apartaos,
que pues a los cielos pide
socorro, y está, sin duda,
de mis furores la libro.
Varón santo, tu favor
me valga; o quien insensible
de un tronco alma vegetable
pudiera hacerse, que huiré
del riesgo en que estoy; llego
a términos de imposible.
Atraviessa el tablado corriendo, va Nicolás a darle, y éntrase Saphira, y en un árbol aparezen dos ángeles en la copa, y cantan dezientes.
Suspende el amago.
El golpe no logres.
Y que lo que el cielo
por nosotros dice.
¿Qué luces en el jardín
la defienden y la asisten?
A tanto asombro cegamos.
Aun parece rutilar
de los átomos del aire
la correspondencia libre.
Si Andrés participa,
el mal que te aflige
verás mitigado.
El dolor que te advierte
del mísero ahogo.
A sus voces divinas
sombras huyan, huyan,
disípanse dudas.
Suspende, &c.
No podréis, luces divinas,
que mi cólera reprima.
No será más la fragancia,
más a que de...
Vive
Saphira; que si Andrés queda
por medianero a mi injuria,
honor no esté sin agravio,
que entre a tanto peligro.
A dar cuenta a Andrés de todo;
seguidme, amigos, seguidme.
Vanse.
Voy a dar agua a mi amo
por un susto tan terrible.
Vase, y por otra puerta sale Egeas, cuatro Romanos, Procónsul, sacerdotes, sacando a Júpiter con barbas largas, el Demonio, y soldados.
los que tantos años ha
la tenemos aceptada.
Pues ¿qué, solícito se mueve
a querellarte en la plaza
pública?
Anime a este hombre
todo el volcán de mi rabia.
Señor, mi patria y mi religión,
que ya a injurias profanada
lamentan en sus ruinas
sobre la débil basa
de estar sin culto los Dioses
y sin víctimas las aras.
Pues quien arruinarla intenta,
¿por qué el llanto reparas?
Di quién tiene la culpa.
Andrés,
un hombre a quien la ignorancia
aplaude por singular,
él es quien ha dado causa
para que la religión
que los mayores ensalzaban
a un tiempo abatida esté;
tanto que en toda la patria
no hay quien no intente ultrajar
a las deidades sagradas.
Este alevoso predica
que se destruyan las aras
de los eminentes templos
que al aire la región mandan.
Los moradores que observan
las antiguas leyes bañan
con lágrimas los altares,
con suspiros las estatuas,
pensando que sus gemidos
tanta injusticia allanan.
¿Acaso Claudio Nerón
te dio su potestad para
que consientas que a los dioses
les quiten la soberana
adoración? ¿Y que dejes
que un hombre a la rebelión
con falsos dogmas instruya
de que un Dios muera y manda?
¿Es bien que a un advenedizo
la Acaya le esté postrada,
y nuestra patria así ofendiendo
las deidades que ya callan?
los oráculos de Grecia
en Delfos, Beocia y Focia,
en señal de que ofendidos
de todos son.
Calla, calla.
Mi furor te incite a que
tome de Andrés la venganza.
Que para oír tus razones
todo mi valor no basta.
Un volcán tengo en el pecho,
un Etna tengo en el alma.
Si es que venganza pretendes,
Andrés sale de la casa
de Abdías, que es el juez que
lo criminal juzga y manda.
Pues al punto una cohorte
a mi presencia le traiga.
Id, soldados, y prendedle.
Por un lado del tablado sale San Andrés, diciendo, y yéndole oyendo Sósimo, Filomeno, Maximila y Nicola.
Tu potestad derribada
es del César, y así puede
conocer de toda causa.
Y en suma, lo que os he dicho
redúcese a breves palabras:
Padre, Hijo, Espíritu Santo,
son tres Personas
no tres dioses, que una esencia
y un Dios constituyen; cuantas
cosas miráis en el orbe,
este crió de la nada.
Venid preso.
¿Qué decís?
Llegan los soldados, y vuelve San Andrés la ca- ra, y se retiran espantados.
El resplandor de su cara
nos turba.
Huyamos de aquí.
La naturaleza humana,
vistiéndose, nos salva,
y a la bienaventuranza
solo para...
¿No le traéis?
No, señor, que de una llama
iluminado su bulto
a todos junto espanta.
Sois cobardes, id vosotros.
No es mucho que el temor haga
ver fingidos resplandores.
Venid a ver si nos pasma.
También habéis de creer,
que fue por obra y por gracia
del Santo Espíritu, el ser
concebido en las entrañas
de María siempre Virgen,
y en los tres tiempos Intacta.
Hombre, cesa en lo que dices,
y ven adonde te aguarda
el Procónsul.
¿Qué decís?
Que el grande Quirino manda
le llevemos preso.
Eso
sabrá impedir nuestra espada.
Empuñan las espadas, y detiene San Andrés a los soldados.
De cólera estoy temblando.
Tened; ya que fue ignorancia
lo que hicisteis, y escuchadme:
Por redimir la Ingrata
culpa de Adán, se humanó
a penas, padeció tántos
hasta que Crucificado
murió.
No sé lo que ando
dudando, viendo
que dice que Pescador
da ya tanta Doctrina; oiga,
y verá lo que nos falta.
¡Oh, quién pudiera no oír
Proposiciones tan sacras!
Llego a Seleuco, y miro.
¿Cómo, viles, nuestra saña
no le trae a mi Presencia?
Como la ciudad le ampara,
y hubiéramos perecido
si Andrés no los reportara.
Arístides, tú con otros
ve.
Dadme a qué ir; la espada
a ver si a mí se resiste.
Sepultado fue, y quedó
con la Divinidad santa
unido su cuerpo; en tanto
que con ella bajó el Alma
al Limbo a sacar los Padres
que su Venida aguardaban.
Cada Palabra convierte
mis Ciencias en Ignorancias.
Llega Arístides a San Andrés, y sin verle, dice:
Si eres el Mago que ha dado
tan bárbaramente a la baja...
de orden del Procónsul vengo
por tu persona.
Se engañan,
que no soy mago.
Al volver San Andrés la cara, Aristócles se queda pasmado en medio del tablado hasta que se diga.
Pues, ¿qué eres?
Un apóstol que declara
de Cristo la fiel doctrina.
Al mirarle, se desmaya
mi aliento; huya de este sitio
por no ver santidad tanta.
Vase.
Deja que le demos muerte.
Deja, y dejas que postrada
su soberbia...
Sacan las espadas.
Deteneos
y oídme; después, paradlas
estas cosas. Y el tercero
día resucitó y, en escalas
de luces, subió a los cielos,
y su persona sentada
está a la diestra del Padre,
desde donde vendrá airada
su justicia a juzgar todos
los nacidos.
Arrebátase Aristócles, y llega con la espada desnuda al Procónsul.
¿Por qué mandas, oh furioso
Procónsul, que a Andrés prenda
si a ello mis fuerzas no bastan,
que le disponga su Dios?
¿Qué pena hará de mí?, que anda
que nos importe a los dos.
Y di, ¿para qué me enviaras
a prender a un hombre que
solo que verlo temor cause,
y del fuego que despiden
sus ojos, testigo es el alma?
Un volcán que todo hielo,
un hielo hace, y todo llamas
las estatuas de los dioses
que hoy hicimos deidad, las
que, bien puedes, pues son ya
humo, piedra, polvo y nada.
¿Cómo, Aristócles, me dices
palabras tan temerarias?
No lo son; pues ruego
cuando al camino llegue,
que no te hagas mal tercio.
Si acaso tal infamia
su loco humor me depara
a los filos de mi espada.
Arrebátase el Procónsul la espada de las manos a Aristócles con muerte.
Andrés, válgame su Dios.
Y lo mismo hará mi saña
con él.
Señor, misericordia
de sus siervos, pues te llaman.
Baxen dos águilas cada una con un ángel sustentando en que bajará un Niño Jesús vestido de Nazareno, y de ellas una nube baje la cual divida el tablado, y ande el Proconsul furioso buscando a San Andrés y no le ve; los demás están admirados.
No temas, Andrés, al bárbaro
que con intenciones cálidas
y con aparatos bélicos
te busca con débiles armas inválidas.
Su intento verás maléfico
frustrado hasta que con lágrimas
tu doctrina evangélica
vuelva mi mesma causa a dar lástima.
Al triunfo más honorífico
han de servirte las máquinas
que contra ti ponga el ídolo
tan infructuosas como tiránicas.
Tu corazón apostólico
en sus frenéticas máximas
triste se verá expectáculo,
no temas cárceles lóbregas.
Santo Dios, agora tus
vuelos, Señor, ¿a qué causa?
Andrés, para el constante,
porque de esse modo aguarda
obrar mi poder a esse hombre
de la invencible ignorancia
en que sepultado yaze.
¡Oh, piedad alabada!
¡Y feliz yo, pues merezco
que por mí se salve un alma!
¡Ah, suerte!, padece, porque sus lágrimas
de oscura vuelvan el alma cándida.
Soldados, ¿dónde está Andrés,
que mis iras no le hallan?
Ya no le veo.
Ni yo.
¿Dónde estás, Andrés?
Sube la nube con la mayor presteza que se pueda y cúbrese la tramoya.
¿Me llamas?
Acaso soy el que buscas.
Sí, tú eres. Como vana
tu presunción mis mandatos
desprecia, mágica falsa,
ya no te has de defenderte,
y para que no te valgan
tus ardides, a las fieras
te he de hacer echar mañana.
Mire que a su costa será
llevarle.
Prendedle. Guardas,
llevadle, los demás id conmigo.
Vanse el Proconsul y soldados.
Riñen todos confusamente y san Andrés los apacigua
Romanos.
A ellos.
Tened.
Quita, Andrés.
¡Mágico, aparta!
Esperad, oh, aguardad,
ya que está sosegada
vuestra ira, escuchadme.
Andrés,
puesto que todos te alaban
de prodigioso, haz prodigio
y así te creeré con causa.
Porque veas la omnipotencia
de mi Dios. Ya condenado
a Arístides, si tuviera
su cuerpo sin el alma
y la vida, a quien
le diste muerte. Levanta,
Arístides, en el nombre
de Jesús.
Doyte alabanza
por tu infinito poder
pues ves un hombre a tus plantas.
Asombrado vuelvo al triste
ser de mortal; son espantos
todos: Cristo es el Dios verdadero,
él triunfa y reina.
Eso es mágica.
Ignorante plebe, atiende,
que a esa mísera se engaña;
burlan los dioses
su ira.
Doctrina es santa,
no mágica como dices.
Al César enviaré cartas
por que todos perezcáis
a manos de vuestra infamia.
Escribe a Nerón, que ignora
que los macedones tratan,
despreciando vanos dioses,
adorar de Dios la palabra.
Prended a ese hombre que
alborota plebe tanta.
En su defensa mi vida
que tuviera fuera empleada.
Romanos, huya la infamia.
Parciales, viva la patria.
Detened, Licio, la furia,
Filomeno, las espadas,
yo he de ir preso, decretado
está de la soberana
mano de Dios.
Y lo mismo. Prendedle
y se amarre.
¡Antonio, manda
que nadie al procónsul siga!
¡Ay, qué dolor!
¡Fiera canalla,
en solo este mago fío
tomar de todos venganza!
Vase el procónsul, San Andrés y los soldados.
¿Que la nobleza permita
que a sus ojos preso vaya
su maestro?
Él me mandó
que os diga que no deis causa
a algún motín.
Pues, ¿qué hemos
que ansí le injurian y ultrajan?
¡Cómo!
Tercera Jornada
Jhs y María
Dice dentro Filomeno.
Si seguirme no quiere vuestra saña,
yo solo en la campaña,
oponiéndome a brazos los Romanos,
probarán los rigores de mis manos,
yo solo he de vengar la injuria al cielo.
Sale.
Porque, a tal desconsuelo,
no das valor bastante, Cristo santo,
que el corazón se anega en ira y llanto.
Gallardos Macedones,
no consintáis que Andrés entre pregones,
como vil malhechor, vaya ultrajado,
y en tirano aclamado.
Dicen.
Muera Andrés, y el gran Júpiter viva.
¡Oh santo Dios! de vos valor reciba
mi pecho, y sea bastante
para turbar...
Y quiere irse.
Sale al paso Safiro.
No pases adelante.
Esta pena, fortuna, ahora me añades.
Porque el procónsul, viendo las ciudades
de la Macedonia alborotadas, quiso,
dando a los capitanes el aviso,
traer soldados de Corinto, Acaya
y Tesalia; no vaya
tu amor ciego a morir, pues constante
que para prender es gente bastante.
Teniendo eso sabido,
aguardaba en la concurso y introducida
mi temeraria furia,
ocasión de vengar tan grave injuria.
Queda en paz.
Detiénele Safira.
Filomena, detente.
¿Qué me quieres?
Saber por qué prefiere
la causa de tu amor a otra ninguna.
Porque me acuerdo (¡ay Dios!) de mi fortuna.
Acuérdate de la que ofensa lloro,
pero no: acuérdate de Licanora.
Pues, ¿qué ofensa?
¿Qué más que haber yo visto
(mal mi pesar resisto)
y bajar su decoro
con tu traidor amante Licanora?
Si a ese Aleusio amara,
¿por qué le aborreciera?
Y si a ti te temiera,
tu casa no buscara.
A mi padre pregunta cuántos agravios
contra los dos salieron de su labio;
si así te busca, ¿cómo te he ofendido?
Pues esta la primera vez ha sido
que en algún caso inocente
el agraviado ampara al delincuente.
Solo pagar lo que debo.
Muero de celos, y de amor me abraso.
¿Y la que vi quieres negar, Safira?
Sí, porque lo fingía su devaneo.
Cesa de dar tormento a mi deseo,
que no lo he de creer.
Saber que quiero
que tú lo veas.
Solo sé que muero,
y que Licanora
lo demás no lo sé, todo lo ignora.
Mira qué engaño ha sido.
¿Es cierto que se hubiera atrevido
a entrar en el jardín y a tu presencia
sin tener tu licencia?
Fálteme el cielo.
No sin juramento;
deja el jurar, que basta el fingimiento.
Pues del amor que tanto blasonaste...
Por él preguntas, tú me le quitaste.
Inculpables están en mí tus celos.
Tienes razón, que todos mis desvelos
son locuras.
Pues ya que no han bastado
tantas satisfacciones como he dado,
más tengo, pero no quiero decirlas.
No las digas, que no pretendo oírlas.
Ahógueme tu pena.
Llora.
Tantas perlas destila
y mira que amor está al desperdiciarlas,
esperando se caigan por robarlas;
si es verdad lo que he oido, ¡ay!
sí que un Ángel no pueda auer mentido,
pero ¿si yo te vi? fortuna escasa,
dice y geme el Amor pues él me abrasa.
Oye, Safira.
Estás desengañado.
Si más responde solo a este cuidado,
es verdad que su lazo
Licanoro cogió.
Pues ¿qué embarazo
es eso si le tienes?
¿No le hablaste
en el jardín?
Lo viste o lo notaste.
También ¿no es cierto le favoreciste?
Eso sería lo que tú no viste.
Y cuando sea mentira,
que no es posible, no, ingrata Safira,
¿quieres, infiel, que crea
que aquello sin licencia tuya sea?
De estas cosas llegar puedes alguna.
Aleve dí, ¿qué es esto?
Mi fortuna,
aunque solo te advierto
que soy mujer y noble y quiero...
Es cierto,
y por comprehenderte en las mujeres,
tan falsas, tan mudables, tan viles eres.
La ingrata.
Busca ahora...
Salen Salucón y Sirene, cada uno por su puerta.
Señor, atiende.
Escúchame, señora.
Egeas su Padre...
Egeas su Padre...
Salen de casa.
Aunque a los dos no quadra.
Llorando su desdicha.
¡Fiera suerte!
Llevan a San Andrés.
A ver si le dan muerte.
Saca los leopardos.
Y leones.
Y se alquilan ventanas.
Y balcones.
Para ver al paciente.
Y ver al Santo.
Allá os aguardan.
Y os aguardan tanto
que llenan la campaña,
y metidos
las fieras braman,
cantan en aullidos
que no han comido,
y están de hambre rabiando.
Y allá os esperan.
quedan aguardando.
Calla, que el corazón me has penetrado.
Callad, que con su acento me has herido.
¡Qué Jesús! ¿Soñamos? Este me ha pegado.
¡Qué afecto! Me penáis tan bien vendido.
Ya voy a ver si algún prodigio hace
Andrés con que al procónsul satisface.
¿En qué quedamos?
En que yo ofendida
estoy de ti.
Vase.
Antes bien agradecida
podías quedar, porque si no quisiera,
a tus afectos no satisfaciera.
Vase.
Mal haya mi ventura,
pues jamás dicha en ella hallé segura.
Ya, Sirene, parece que tenemos
un poco de lugar, di, ¿no hablaremos
algo de nuestro amor?
¡Qué disparate!
¿Pues en casa ajena de enamorar trate?
Este es mi domicilio y mi morada,
pues ni Midias ni Andrés han permitido
que nos hayamos ido.
¿Pero a qué vale aquí su asonada?
¿Adónde a mis defectos?
Linda cosa.
Dime, mujer, ¿habrá alguna graciosa
que se haya vestido de esta suerte,
y a un lacayo que está por ti a la muerte,
habrá comedia?
Vase.
Aqueso no condeno,
pero para las farsas es muy bueno.
Vase, y descúbrese el Circo de las Fieras, y el procónsul arriba en su trono con una fosa debajo de él, y siguiendo las dos órdenes de balcones y ventanas del teatro, están repartidos en ellas Antonino, Sacerdotes, Nicolás y Midias; Sostrato; con el procónsul está Estrella, su mujer, con un niño en los brazos; por abajo sale San Andrés por una puerta, y el demonio por otra.
Aunque esté su merced tan espetada,
ha de quedar casada,
mas por Dios, que parece que ha empezado
la fiesta, que ya no andan por la calle
gente, y es señal que a la estacada;
o quiera Dios que algún buen lugar halle
donde esté acomodado,
aunque bien sé no ha de faltar tablado.
¡Vivan los dioses del sacro
Romano Imperio!
¡Ea, rabias!
Ya tenéis a Andrés presente,
en él tomad la venganza,
animando, enfureciendo
los brutos.
Lástima causa
el verle.
Señor divino,
en esta ocasión me ampara.
En muriendo este hombre, toda
la gran Macedonia paga
el rebelión que intentó
contra la corte romana.
Mi Dios, a Andrés fortaleza
le dé para pena tanta.
Solo el Cónsul la que tenga
Andrés en notar sus ansias.
Infeliz Grecia, si muere
el sol que tanto te alumbraba.
¡Oh, nunca hubiera nacido
para ver crueldad tan rara!
Asísteme, Señor, en este trance,
y logre conseguir esta victoria.
Bien sabes que es aumento de tu gloria
lo que puedes tener en este lance.
A tu piedad me llego, ella afiance
el triunfar de una muerte tan notoria;
no te olvides de mí, tenme en memoria,
para que tu favor y ayuda alcance.
No siento yo morir, que lo que siento
es que la Grecia quede entre las nieblas
de los mismos errores que tenía.
Si alguno tengo, es solo este tormento;
Señor, salgan a luz de las tinieblas,
por todas juegue la fineza mía.
Arriba
¿Por qué no dejaste, Eutimo,
que impidiera esta desgracia?
Porque solo nos conviene
obedecer lo que manda.
¿Qué aguardáis? Echad un fiero
jabalí, que de sus blancas,
ebúrneas presas desgarre,
sea.
¡Ay de mí!
¿Te espantas?
Salga un jabalí, y mira al Santo, y rodeando tres veces su cuerpo (postrándose ante él) y vase. Va.
La fiereza natural
del animal, admirada,
su cuerpo rodea tres veces.
¡Qué prodigio!
Y no le daña,
a sus pies se postra. ¡Qué ira!
¿Cómo no le despedaza?
Maravilloso portento.
Grande Dios es Cristo.
Calla,
pueblo injusto, que te venza
esa perversa y común magia;
mira cómo se defiende
de la cruel destemplada
cólera de aqueste monstruo.
que hasta sus gemidos matan.
Misericordia, Señor.
Sale un toro y, al embestir al santo, da un bramido y cae, retirándose dentro.
¡Qué furioso!
Fuego exhala.
En nombre de Jesucristo,
a quien cielo y tierra ensalzan,
ríndete a mi Dios.
¡Ay triste!
¡Sobre irracionales manda!
No, injusto Procónsul, quieras
atormentar su constancia
al justo.
Estos son encantos,
de cuanto veis no creáis nada.
Bajando ángeles
Anima.
Alienta.
Respira.
Descansa.
Que ya de los cielos en tu amparo bajan
ángeles que tienen comisión sagrada
para que te guarden en toda tu ansia.
A fortalecerte obedientes venimos,
porque siempre Dios a los justos ampara,
refrigerando con céfiros frescos
del tiempo la estiva calurosa estancia.
Pues que no falta
el Dios que adoras, a quien con fe llamas.
Alienta. 2. Anima, &c.
Quien en ti, Señor, confía,
cuando descanso no halla.
A Andrés entrega, Procónsul.
Salid, o le he de hacer tajadas.
De tu fe viva está Dios pagado,
y así tantos triunfos dignamente alcanza,
porque quiere que Grecia te deba
la luz que alcanzare de su ley sagrada.
Pues que no falta, &c.
Todos los que Dios favorece
contra mí son declaradas
angustias, que mucho (¡ay triste!)
si tanto al hombre le ensalza
que en ti confíe, Señor;
mas no pierdo la esperanza
pues mientras más beneficios
a un infame barro hagas,
bien sé que en ingratitudes
si es que se paga se paga.
¿Qué os suspendéis? Más feroces
brutos le echad.
Crueles ansias.
De Tesalónica o de Macedonia
en Dios tened puesta la confianza,
que el premiar a los trabajos que lleva
la poderosa fe de la constancia,
porque no falta.
el Dios que Andrés adora a quien le llame
de entre la fiereza horrible. ¡Sacadle!
Bajad, que no es justo que las fieras hagan
compañía a quien deben los hombres
seguir amorosos a oír sus palabras,
porque no falta fe.
¿No veis, amigos, la luz
que de las esferas baja
a confortarle?
Bajemos
y quitémosle, que a tantas
maravillas resistirse
fuera en nosotros infamia.
Verdadero Dios es Cristo.
¡Soldados!
¿Por qué los llamas,
si a los prodigios que admiran tan vivos
admirados todos pasman?
¿No bastan las experiencias
que hiciste en Andrés?
No bastan,
echadle un leopardo fuerte,
a ver si de su arrogancia
se defiende.
Sale un leopardo y, postrándose a los pies del Santo, sube al asiento del Procónsul y quita a Florela el Niño, y éntrase por arriba subiendo Florela y él.
Ciudadanos,
sígame aquel que le agrada,
que el Apóstol viva, porque
si estuvieran desatadas
las tres furias del abismo,
a librarle me arrojara.
Ya te sigo, Filomedes.
Bajan.
¡Ay de mí!
Fiera tirana,
¿cómo contra mí te vuelves?
Quita, quita (¡ay triste!), aparta.
y quítanse.
¡Viva Cristo, viva Andrés!
¿Esto consiento sin que hagan
un estrago en todos? ¡Fuerte!
Soldados, a esa canalla
que Andrés sigue, ¡matad luego!
A las maravillas tan raras
estamos pasmados.
¡Cielos!
A Florela el monstruo mata,
a socorrerla voy presto,
que está la plebe empeñada
en defender a este hombre.
Mas yo tomaré venganza,
que tan ardientes tumultos
nunca de una vez se apagan.
y éntrase.
Vanse todos y queda el teatro como antes.
Sal, Andrés, del circo, puesto
que la ciudad arriesgada
está.
está en darte libertad.
No sea el diablo que se haya
quedado alguna fierilla
por ahí escondida, de falda,
que para darme a mí miedo
cualquiera que sea basta.
Ya lo conocerás,
oh Tesalónica amada,
que solo Dios verdadero
es el que mi voz aclama,
y es el que quisisteis, ignara.
Y porque veáis más clara
su omnipotencia, a un hijo,
a quien la fiereza acaba
del leopardo, que su madre
trae a mi voz, por su gracia
llamo, para...
Sale Florela con el niño.
Andrés santo,
en mis desdichas repara;
mi hijo acabó la fiera,
a tu piedad se consagra
para que le des la vida
en nombre de Dios.
Levanta,
niño, en el nombre de Cristo.
Ya su grandeza declara
mi voz. Cristo, ciudadanos,
es solo Dios.
Dentro.
¡Mi venganza,
pues no puedo sosegarla,
en hombre ejecute mi rabia!
Dentro.
¡Huid, que horrorosa al valle
del monte una fiera baja!
Dentro.
¡El Dios de Andrés nos defienda!
¿Quién este alboroto causa?
De esa montaña que sobre
esta gran ciudad descansa,
sirviéndola de puntales
sus torres, porque no caiga,
veréis que, a visto opacado,
una corriente de escamas
se precipita horrorosa
serpiente, que cuanto halla
en el camino se seca
al contacto de su planta.
Cincuenta codos de largo
los tiene, como una cuarta.
Sale 1.
¡Huid todos, no ese monstruo
con vosotros acabe, ay de mí, haga
lo que con mi hijo!
Horrorosa
figura.
¿Qué desusada
grandeza, dónde alimento
tendrá?
en la sierra de Jauja
donde hay nueces como bolas,
a la Puente Segoviana
(que bien puede en Grecia haber
otra puente así llamada).
Ha acabado de salir de entre los bastidores una serpiente, lo mayor y más horroroso que se pueda pintar, y sobre ella el Demonio; baja de lo alto un Ángel con una espada de fuego.
Con esta visión espero
vencer de Andrés la constancia.
Si en contra de Andrés te empleas,
vuelves tu astucia ignorancia.
¿Qué desmesurado monstruo
es el dragón a quien mirava
en su Apocalipsi Juan?
Te mando que desgajadas
las presas, todo el veneno
que encierras en desatadas
lluvias maléficas, viertas
en nombre de Dios.
Qué ansia.
Obedece lo que digo:
la otra endriaga maldad
muere.
Si eres justo, ¿cómo
con mis posesiones te alzas?
No son tuyas, que a Dios solo
reconocen ya.
Aun no me basta
aqueste ardid; pues yo espero
vencerte en otra más alta
ocasión donde desdore
los aplausos de tu fama.
No desdorarás, que yo
a tu injusticia tirana
oponiéndome, sabré
castigar tu arrogancia.
Baja el Ángel, y da a la serpiente con la espada, entrándose por los bastidores; da un bramido la serpiente y se hunde, y el Demonio vuela a lo alto.
¡Qué prodigio!
¡Qué portento!
¡Qué miedo tengo!
Repara,
sacro Andrés, que aunque parece
que me has dado la venganza
con haber muerto esse monstruo,
no me has extinguido nada
del sentimiento, pues queda
muerto mi hijo.
La fe sana.
Levántate en nombre de Cristo.
Vuelve a este mancebo el alma.
¿Cómo?
Yo lo mando.
Vase.
No
debo replicar, que tanta
es la gracia que atesoras
que puedes comunicarle.
Adiós, señores, que va
el diablo a armar una trampa
conmigo.
Guía esa turba,
Nicolás, por otra plaza,
que pretendo descansar
retirado.
Ya mi casa
te espera.
Vanse por otra puer[ta].
Venid conmigo,
repitiendo en voces varias:
¡viva el gran Dios Cristo!
¡Viva!
Vase y sale.
Como al oír sus alabanzas
el pecho en ardiente fuego
de divino amor se abrasa.
Sale el demonio en forma de Salucio, con el lazo, y Saphira.
Lo que te he dicho es verdad.
¡Qué presto busca otra dama!
Dásele.
Y tan tiernamente la ama
y tan grande realidad
que, habiéndole ella pedido
un lazo suyo que tiene,
conmigo enviarle previene;
esto habiéndolo yo oído,
se lo repugné, mas ciego,
de mí no hizo ningún caso,
y ansí, leal a tu amor, paso
a traerte y te le entrego.
Dámele, que esta no es prenda
de un traidor. ¡Pena cruel!
Vase.
Pero pues viene aquí él
y no pretendo que entienda
que lo sabes tú de mí.
Aguarda, no por ahí vayas.
Vase.
Presto, señora, desmayas
de mí; bien seguro estoy.
Eran sus finezas estas,
así a pagarme se atreve
las lágrimas que me debes,
los suspiros que me cuestas.
¡Vive el cielo soberano!
que has de probar mi rigor,
tú mal haya, amén, amor,
tan injusto y tan tirano.
Sale Filomedes riñendo con Salucio.
La cinta ha de parecer
o si no te he de matar.
no puedes considerar
que yo no la he menester.
Pues ¿quién pudo haber entrado
en aquel retrete mío?
El Diablo, y no es desvarío,
que conmigo anda enredado.
Mi acero te dará muerte.
¡Ay, Dios! Aquí está Saphira.
Líbrame tú de su ira,
señora.
Oye, aguarda, advierte,
que la cinta no ha tomado;
aquí la tengo.
Pues ¿quién
te la ha dado?
Yo sé bien
que tú no lo has ignorado.
Cuéntale tu salvación,
lo que agora dijiste aquí.
Yo, señora... cuando salí...
Di presto.
¡Ay, tal confusión!
Acaba, que aquí estoy yo,
no tengas temor.
Señora...
de ver a San Andrés vengo agora.
No siento, Saphira,
que en tu poder esa prenda
verte, que a su tiranía
o a dársela venía.
Pues no es bien que la pretenda,
y en tu ofensa mi llama
en su ausencia, ha expirado.
Vete, que tendrá cuidado
si no vas aquella dama.
¿Qué dama?
No tengas miedo,
que yo agora estoy delante.
Dilo.
¿Qué?
De quién amante
es este ingrato.
No puedo,
porque... no sé.
Pues ¿tú, perro,
no me lo vienes a avisar?
Ello el cielo ha de bajar
si dan en que rabie el perro.
¿Cómo lo niegas, si agora
me lo contaste aquí?
Muy bien puede ser que sí,
mas yo no me acuerdo, señora.
Si ha estado conmigo, y viste
que salió y no ha vuelto, ¿qué
es lo que quieres?
Vase.
Por él lo que él
no quiere decir diré.
Tan enamorado estáis
que no es milagro dudéis
la mucha que me debéis
y lo mal que me pagáis.
A esa dama a quien amáis
con ansias tan excesivas
la enhorabuena reciba,
que es justo que se la dé.
El bien quedes a su fe
llevársela ansí lo viva,
y por que mejor lo entienda
la ingratitud de tu amor
puedes referirle, traidor,
que a otra dama envíes mi prenda;
que a su gusto condescienda
a tan notable osadía;
hasta aquí la tiranía
llegó tuya; pide celos
por que a sus fieles desvelos
satisfaga el alma mía,
estas quejas de ti tengo.
Y tantos agravios me haces
que pues no los satisfaces
que no hay agravios prevengo;
mas por que veas no me vengo
en tu instable red de amar
jamás me vuelvas a hablar,
ya tu villano amor dejo.
Pues si aun agravios me quejo
en lo demás he de entrar,
mira el lazo.
Yo le veo
y no es muy poco saber,
ingrata Saphira, hacer
delincuente a mi deseo
que has dado esa prisión, creo,
diciendo que te he agraviado.
Los celos que tú me has dado
desvanecérmelos quieres,
y la tirana Elena eres;
pues ansí has disimulado
esa prenda en que fundada
está tu pasión celosa,
si importara alguna cosa
que a mí no me importa nada.
Solo digo que agraviada
mi fe está, si disculparte
pretendes para mudarte,
deja, amor, locos desvelos,
no me pidas falsos celos
pues sé que no sé adorarte.
Todo lo que dice es clara
verdad.
¿Y yo habré mentido?
Sí, falso, sí, fementido.
¡Ojalá!
si no llegara
en lo que Salucio dice.
Su fingimiento condena.
Digo lo malo ni buena,
que aun callando sea infelice.
¿Y de qué, santote, acobardas,
esta cinta a quien adora
la llevarás?
Sí, señora,
como agora llueven albardas.
¿Quién tan presto te mudó
la firmeza en variedad?
Puede ser que sea verdad,
pero no me acuerdo yo.
Aunque quieras figurar
ser verdad lo que has oído,
que a Licaón has querido,
¿cómo me podrás negar?
Pues, ¿tan necio
os ha vuelto el nuevo amor?
No merece vuestro honor
de mí, ni aun este desprecio.
Vase y llévase la cinta.
Aguarda, escucha, Safira,
repara mi amor constante.
Quitase agora lo amante,
que va rabiando de ira.
¿Es cierto esto que has contado
a Safira por mi mal?
Mal haya mi alma si tal
he dicho, ni tal se ha hablado.
Vive Dios que su osadía
a atrevimiento se ha dado.
Pues dime, señor, ¿no he estado
contigo este santo día?
Pero ella es cruel y fiera,
y está muy enamorada.
Hase la gata ensogada,
el diablo que la creyera.
Confiesa con mi fineza,
ésta da la pena mía.
Quién al diablo le entraría
este enredo en la cabeza.
Discurrir he de qué modo
a mis manos llegó el lazo.
Eso te causa embarazo,
revolveríalo todo.
¡Oh, de Andrés en la piedad
halle mi fe algún consuelo!
Yo juzgo que este desvelo
es locura o necedad.
Vanse.
Aparece San Andrés sentado en una silla.
Solo las horas que había
de dar, Señor, al descanso,
son las que puedo con vos.
aunque indigno estar hablando,
o lo que os debo alabar
por los prodigios tan raros
que por mí con esta gente
verdadera habéis obrado.
Cansado de administrar
los sacramentos me hallo,
aunque cansancio por vos
justo es llamarle descanso.
A sus leyes Macedonia
sujeta está, solo aguardo
me digas cuándo dichoso
de mártir tomaré el lauro.
Mas, ¡qué repentino sueño
todos los miembros va atando!
Viva estatua de la muerte
su imagen y su retrato,
somnolientos esperezos
las acciones van turbando.
Vele el alma, que no está
sujeta a tal cansancio;
guardadme el sueño si duermo
de vuestra gracia en estado.
Tocan chirimías y a un lado del tablado se aparezca un monte con mucho resplandor. San Juan evangelista estará en lo más elevado, y algo más abajo San Pedro Apóstol; y dos Ángeles que estén divididos; o en dos tronos de luces, o como mejor pareciere.
Canta.
Ya a tu petición el cielo
te responde declarando
en este sueño las felicidades
de que eternamente has de estar gozando.
Canta.
A tus penas substituye
Dios deliciosos regalos
que duren por siempre, trocando lo eterno
por lo caduco, lo frágil y vano.
Vela durmiendo.
Duerme velando.
Porque ya se acerca...
Porque va llegando...
el premio felice de tantos trabajos.
¡Oh, quién despierto, tan bello
trono hubiera mirado!
Sube a la cumbre del monte,
Pedro, puesto que has logrado
de tus afectos fieles
los eternos siempre lauros.
Felice yo, Juan, pues Dios
me da premio tan sagrado.
Da San Juan la mano a San Pedro para que suba a este donde está San Juan.
¿Quién hubiera conseguido
tu fortuna?
Andrés, del vaso
de Pedro beberás, sube
a este monte por los pasos
que él subió.
¡Ay de mí infelice,
que temeroso le aguardo!
Sube a igualarte conmigo.
Bien conozco, no te igualo.
¿Quieres conocer que esta
visión...?
Si más no lo alcanzo.
Atraviesa el teatro un Ángel bendiciéndole con una mano ; a las espaldas lleva una cruz como aspa de flores, luciéndose. Dura el tránsito lo que canta.
La palabra de la Cruz
es a quien ya vas llegando,
para que de tu constancia
venciendo logre el blasón bizarro.
Y advierte que el tiempo está ya cercano
por el nombre del que tú
con fe ardiente has predicado,
mueras hasta el suspiro
último al Dios que adoras alabando,
de suerte que admires todos los paganos.
Cúbrese.
Velad.
En paz quedad.
Cúbrense todos.
¡Escuchad!
Divinos nuncios sagrados,
aguarda, Pedro, oye, Juan,
esperad, que ya me abraso.
¡Pedro! ¡Juan!
Salen Póntimo, Nicolás, Midias, Salución; y algo después Saphira y Serene.
Señor, ¿qué voces...?
Divino Andrés, ¿quién osado...?
¿Son estas...?
¿Pudo irritarte...?
¿Quién perturbar tu bizarro
espíritu pudo?
Andrés,
¿qué tienes?
Suspenso pasmo.
¿Quién a alborotos te obliga?
Y el nocturno horror callado,
¿qué pudo inquietarte ansí?
Pregúntenle más de espacio,
que preguntar tan juntos
no puede sufrirlo un santo.
Esta noche, cuando más
silenciosa los espacios
de obscuras sombras cubría
el hermoso, horrible manto,
dormido quedé, y quedó
mi imaginación dudando
si había huido la muerte,
o había la muerte aspirado.
Atended lo que en el sueño
la idea ha representado.
delicioso un monte vi
que a los cielos elevado
daba a las claras estrellas
a beber en su copado
florido albergue lo que ellas
en rocío le enviaron.
No tenía sobre sí
ningunos bienes profanos;
sí una luz, cuyo ardor era
en resplandores brillando
mucha para sol. La Gloria
sin duda era que alumbrando
el más profundo retiro
de la tierra y el más alto
lucero del cielo, hacía
a la tierra, iluminando,
que despreciase la luz
que le tributan los astros.
Vi en su excelsa cumbre a Juan,
el evangelista amado,
compañero mío, diciendo
estaba a Pedro mi hermano
que ascendiese a él, dándole
para subirle las manos.
A lo eminente le alzó
y vuelto su rostro sacro
a mí, me decía que
ascendiese a aquel sagrado
monte, aunque después de Pedro,
diciendo que para lograrlo
Andrés, gustarás de Pedro
el amarguísimo vaso.
Dijo después que subiera
yo también, y para igualarnos
los dos, confuso hallé
que era su puesto más alto,
y repitió que si quería
conocerlo, que el arcano
concediólo, y miré allí
tan distintamente claro
el modo de mi martirio,
que ya entendí que el amargo
vaso de Pedro es la cruz
que padeció él, y yo, aguardo.
La cruz, hermanos, mi timbre
ha de ser; la cruz, mi lauro.
Otras cosas me dijeron
que no puedo revelaros,
y puede ser que aprovechen
cuando llegue el señalado
premio, por lo cual os ruego,
mi afecto, que conformados
los ojos volvamos todos
a aquel Señor soberano,
pidámosle la firmeza
en la fe, no el adversario,
común enemigo triunfe
de nuestro luto y espanto,
pues aceleradamente
ya de vosotros me aparto.
Cómo en infelicidad
tanta se resiste el llanto.
Con sus razones suspira,
¡oh cuánta pena me ha dado!
Si llama media hora antes
nos coge a todos roncando.
A tan grave desconsuelo
sentirlo, no es pesar tanto.
A tan gran tropel de penas
no basta humano reparo,
que para dolores sin brío
y con un amante ingrato.
Si con el viejo
quedo yo con mi amo,
¿el mudo de vuestras penas
fuera juez compromisario?
No tanto sintáis mi ausencia
sed fuertes hijos amados.
Calla traidor, que tú tienes
la culpa.
Señores callo,
juro a Dios que duele como
si diera algún sabanazo.
Creed fielmente en aquello
que mi voz ha predicado
y constantes...
Dentro
¡Qué furioso, qué terrible
temor en mi pecho advierto,
qué horror es este!
¿Qué diablos
de ruido nos coge ahora,
porque estaba ya expirando
este santo con la cruz
por Dios que ha resucitado?
Dentro ellos y todos
Acudamos al patio.
Culpadme a mí de ingrato
si os dejare.
¿Qué ruido es este?
¡Que se ha de abrir, y acercando
a este lado, primera vez
sientes!
Pues de aquí salgamos
a esa plaza porque el...
el tiempo está limitado
de mi partida.
Andrés cruza.
Vanse todos de una parte y salen por la misma puerta el Procónsul, Florella, su mujer y obispo, y vuelve a salir San Andrés por la otra puerta, encontrándose San Andrés y el Procónsul y toda la Compañía, en dos alas, menoscabándose.
En su deidad confiada
tiene mi quietud supuesta
que le compite en agravios
tantos beneficios, con...
sin merecerlos, alcanzo.
Ya queda sano su hijo
y también reviviendo
el joven a quien por orden
de Andrés fui.
Ea, humillaos
en su presencia, y pedidle
perdón si merece tanto.
El Procónsul llega a ti.
A tus pies, Andrés, postrado
te suplico que perdones
el horror de mis pecados,
pues deshecho de mi pecho
los lloro, que aunque verano
falta, llueve.
Por mí y por Dios,
querido, estás perdonado;
sea tu pesar quien te aliente
a mudar vida, pues en llanto
se convierte un pecador;
si siempre obstinado
el tiempo no le ejecuta
y con raudales de llanto
aquella horrorosa imagen
de la culpa va borrando.
Ríete antes que llegue
la ausencia de Andrés, logrando
que lo que hemos convenido
con el vicio concluyamos.
Medios a este tiempo
de restaurar mi honra hallo,
y más habiendo interpuesto
a Andrés su sacro mandato.
Sale Filomeno.
A hablar a solas venía
a Licasio, y le hallo ocupado
con el Procónsul. ¡Por qué
no diera algún desengaño
a las penas de que muero!
Pero a Licasio hallo
junto al concurso también
con Safira. Cielo santo,
rompe, junto con mi pena,
la red de mis agravios,
acabando el duelo que
pendiente entonces dejamos.
Licasio...
¿Qué queréis?
Hablaros,
lo diré en el campo.
Ya os sigo, por que no puedo
estar junto a Andrés, pues tantos
son contra mí sus rigores
que temo, y aun no ha acabado.
Pena queda que en nosotros
no falte ninguna pena.
Andrés.
Filomeno.
¿Qué mandas?
Vete, tirano,
con quién a venir te animas,
que no es mortal
el que te ha engañado;
advierte que en Licasio...
¿no lo ves?
pues ¿quién es?
La causa...
... la dirá quien eres,
Nicanora.
Eso es farsa.
¿Quién eres?
¿Quién he de ser?
¿No presumes, no ignorando
que es necedad?
Calla ya.
¡Qué horror!
¡Qué fealdad!
¡Qué espanto!
Dilo en el nombre de Cristo.
De ira tiemblo, de furia rabio.
Di luego.
Ya te obedezco.
Los cabellos erizados
tengo al verle.
¿Cuánto va
que este señor es el Diablo?
Acaba.
Dilo tú, Andrés,
pues lo sabes.
Habla, ingrato.
De Macedonia, de
Tesalónica, gallardos
moradores, a quien siempre
hasta aquí os tuve anegados
la astucia de mi soberbia,
¡oh, nunca hubiera llegado
a estas regiones, Andrés!
Pues el dominio tirano
que en vosotros sustento,
totalmente me ha quitado.
Yo soy Luzbel, yo soy quien
fuerte, soberbio, animando
de ángeles altivas huestes,
al Creador soberano
de todo, atreverme quise,
en el aquilón sentando
mi silla, queriendo que
nos igualásemos ambos.
¡Ay memoria, que a infelices
sirves solo de agravarles
los males con acordarles
las glorias que les pasaron!
Viendo Dios nuestra osadía,
justo decreto, salimos
de la patria de la Gracia,
de la Ciudad del Descanso,
y bajamos al abismo
siempre extremos habitando,
aun llorando lucero,
hoy en el infierno horrendo
siendo de todos temidos,
soy de todos despreciados.
Pero aunque nos castigó
nuestro intento, quedó vano.
pues a lo imposible, hasta
que el valor lo avía intentado,
la causa fuera valerosa
que a ser ylo huviera sumano;
no padeciera, ¡ay de mí!,
tantas penas, tantos daños.
Porque de tolerar avía
un inferior que fue animado
de un inútil barro al soplo
de aquel poder soberano.
También pecó él, y no tiene
más que ver que llorado
del cielo atraer puede
o bien ser bueno, o ser malo.
¿Qué motivo tener pudo
Dios, para que perdonando
al hombre no perdonase
mi fiero altivo pecado?
Si es por decir que mi ofensa
fue cometida en sagrado,
la suya fue contra una
ley viva, verbal mandato.
Yo fui un espíritu puro
en la mente engendrado
de Dios sin principio, a él
le dio principio amasado;
si es porque alegó ante Dios
que del que bendijo barro,
y por dos lágrimas solas
le favoreciese en mi agravio,
y Dios, ¡ay Dios!, tan de lo cabo,
la condición es milagro
el que llore arrepentido
y se lave con ser blanco.
No lloré yo, porque Dios
me hizo del discurso falto,
nunca discurrir pudo
mi soberbia que avía criado
mi pecado tan paso
de la soberbia a obstinada
pereza, no erré, o si erré, no
sé por dónde ni lo alcanzo.
Si tuviera o el poder
que tuve entonces, mi agravio
otra vez satisficiera,
que es tan cruel mi pecado
y que es tal mi naturaleza,
que una vez que me ha dictado
alguna cosa por buena,
ni me retiro, ni aparto,
ni conozco, ni lo puedo
advertir que nunca he errado,
que la inflexibilidad
de mi dictamen
no puede darse, ni puedo
retractar lo imaginado.
Desde entonces persiguiendo...