à> Date de publication: 22 août 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Clérigo y casado a un tiempo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/clerigo-y-casado-un-tiempo.
Personas 1. Juan Agnesio 2. Don Enrique de Milán 3. El demonio 4. El conde de Oliva Sobre. Don Vicente Carroz Graciosos. 1. Bragazas, Arpón 2. Tristán, criado Barba. Don Luis de Cardona Fabio Criados 1. Doña Inés de Cardona 2. Doña Rosa de Milán 3. Fadrineta, criada 6. Ángela, criada 4. Santa Inés Dos ángeles Cristo La Virgen Músicos
Sale Fadrineta, de campo, con mantilla y montera, y tras ella don Vicente.
Oye, Fadrineta.
¿Cómo
queréis, señor don Vicente,
que con vos me pare, cuando
es muy posible que a verme
llegue mi amo?
Ya sé que a riesgo
pero una vez que me concede
el sí de que será su vida
doña Inés, mi esposa, debe
discurrir que de un ¿cómo?
quien es tan su confidente)
me valgo en la pretensión
de que mi fineza premie.
Con una cinta, ¡cuántas
finas borrascas serene,
frío helado!
Sería
amarilla, rosa y verde,
ese es favor de danzantes.
Oye, por Dios.
Como quieres
que yo la hable en esto, cuando
enferma de mal de dengue,
toda es tiquismiquis, toda
llantos y toda filetes,
con que andan las que se casan
haciendo creer que lo sienten.
Ya sé que por divertirla
a comer al campo vienen
con su familia.
Es el mío
el sitio que más divierte
en Valencia, aunque hoy recelo,
según el cielo parece,
que está de tema, y que haya
tempestad que nos encierre
en la barraca.
Si no, antes
viene alguien de los parientes.
Ni un alma, pues solo en fe
de lo mucho que te quiero, hoy
trujeron contigo a don
Juan de Cervantes, el gran
rendido por tanto.
Calla,
y no donde yo estuviere
le nombres, pues el mirar
que su hipocresía adquiere
este crédito me cansa
tanto, que mil raras veces
le he hablado, porque...
¡Ay, Dios mío!
Pues aunque el nublado crece,
a divertirse en la orilla
del mar salen.
Que me quede
en esta barraca oculto
a fuerza, por si pudiere
en la hermosura de Inés
beber el fuego ardiente,
por quien vive el alma a cuenta
del mismo dolor que bebe.
Anda aprisa.
(Vase)
En fin, amor
vence de sus esquiveces
la porfía.
Si supieras...
Sus tristezas proceden
de haber muerto un chichisbeo
en la guerra; pero tente,
lengua, que es ocasión
de dimes y de diretes,
pues llegan aquí.
Salen don Luis de campo, Bragazas, Sopón, don Felipe y don Juan, de abajo, con doña Inés.
Inés,
sin duda quitar pretendes
la poca vida que queda
a un viejo infeliz, pues desde
que el sí (aunque yo al decirlo
tiemblo) le di a don Vicente,
jamás ni solo un instante
te hemos visto el rostro alegre.
Tengo yo, señor, la culpa
de que impensado accidente
sobrevenga en mi tristeza
a tan mal tiempo.
¿Qué sientes?
No sé más de lo que siento;
ay, don Enrique, mi muerte
presto pagará a la tuya
las finezas que te debe.
¡Vive Dios!
Señor don Luis,
vuestro sentimiento templen
esas canas; mi señora
doña Inés, como prudente,
deseará que conozcáis
cuán gustosa os obedece;
las repentinas dolencias
que de causa interior penden
se curan, no se disputan,
se enmiendan, no se convencen.
Tan facilillo es que a estotra
se le caiga del calcete
la memoria de su cuyo
como que no hablen vascuence
en el Árbol de Guernica.
La Fadriqueta me huele
a esparteñas sahumadas
con algalia; animareme
a entablar conversa.
El novio,
que don Vicente parece,
uno: es noble, no es rico, no es
quien pretendió tantos meses
(y pues dejó sola a Valencia
vino desde Carcagente)
esta dicha, pues de qué
tanto disgusto procede.
(Aparte a don Luis.)
Y dos, que quizá conmigo
desahogará fácilmente
su pena.
Aunque más y más
nublados nos oscurecen
el pabellón incorpóreo
de la variedad celeste,
apuren la sangrienta
iré, y heis de ver los peces
brincar, quizás, dejando
la prisión de las redes.
Tu gusto es ley.
Con don Juan,
poco a poco es bien te acerques.
Amén,
fuera el diablo.
(Un trueno a lo lejos)
Trueno ha sido, si no miente,
en la talega del cielo
el ruido, de cascar nueces.
Más adentro el huracán
sopla, mas no hay que temerle,
que Dios le detendrá el curso.
¡Qué santo varón eres!
Y aun yo, que soy su criado,
y en la Alcudia de Cofrente,
de donde ahora hemos venido,
me llamaban a mí adrede
san Bragazas.
Abogado
seréis de los zaragüelles.
(Vase)
Corriendo la proa en tierra
a avisarle, si no vence
su repugnancia, no sé
cómo este desaire enmiende.
Dejadnos solos.
Por si
otra vez a tronar vuelve,
venid, os enseñaré
una oración brevemente
que hacen milagros.
¿Y cómo
dice?
Zarambeque, reque...
El sopón me huele a vino.
(Vase)
La ninfa me apesta a aceite.
Señora doña Inés, ya
que he conseguido ser huésped
de vuestro padre, a ocasión
que de vuestra boda tiene
efectuado el contrato,
reveladme claramente
vuestra desazón, veamos
si es dable que se remedie,
pues, a fe de hombre de bien,
palabra os doy de ponerme,
tomando parte de lo justo
(sin que el secreto se revele),
que es muy posible que el daño
que se ataja, o se modere;
y fiad de Dios, que abrirá
el camino si conviene.
Padre don Juan, que este nombre
a mi respeto compete,
por vuestra virtud, mi pena
¡ay de mí, infeliz! previene;
de no puedo hablar.
El llanto
reprimid, ved que se pierde
el tiempo para el alivio,
si en el dolor se entretiene.
Desde los floridos años
(Con enojo grande)
de mi vida en mis desdenes,
abrió tal brecha el cariño
de un caballero valiente,
ilustre y rico, que a muchas
baterías diferentes
de paseos, fuegos, quejas,
insinuaciones y papeles,
la plaza de armas del pecho
se entregó con los decentes
pactos con que el pundonor
de mujer como yo suele
parlamentar sin ceder
a instancias ni a inconvenientes.
Diome palabra de esposo,
y yendo inmediatamente
a cumplir en la campaña
con la deuda que él se debe,
pasó prisionero a Francia
donde (la voz enmudece)
supe (el aliento desmaya)
que (para qué detenerme)
murió; de qué dolor
alcanzándome la muerte
de tantas veces procuras
que fallezca quien fallece.
Yo, aunque ya una vez difunto,
en vano me reconviene
la palabra, pues la parca
cualquier tratado disuelve,
no he de casarme con otro;
pues le tengo tan presente
que cuando a uno dé la mano,
temeré que las especies
de su perdido retrato
tomando cuerpo se venguen
en mí, no sin causa, pues
como nunca la alma muere
y aun se tiene la alma vivo,
podrá acusarme de aleve,
falsa, inconstante y traidora.
Y en fin; mas Jesús me valga,
no contenta la borrasca
con que solo el mar inquiete,
la tierra asalta; y pues no es
ocasión de detenerse
en aconsejaros, vamos
donde
Recoge las velas,
y tira el esquife a tierra.
A tierra.
Cielos, valedme.
No temas, que a mí me importa
mucho más que a ti, el que llegues
con vida a la playa.
(Salen de prisa Don Luis, embozados, y Fadrique)
Doña Inés.
Señor.
No reparéis, venid
(en tanto que la tormenta
cesa) con nosotros.
Ese
es buen consejo; barraca,
como iglesia.
Agora,
señor, que al ver aquel barco
que entre las iras rebeldes
de las espumas tal vez
se empina, tal se sumerge,
compadecido.
Vase.
No en esto
repares, pues si pudiere
hacer que los pescadores
le amparen, segura tienen
la paga en mí.
Vase.
Ver que el cielo
tan sobrenaturalmente
su faz enluta, no sé
qué me avisa, pero quede
suspenso el juicio y guardado
para lo que conviniere.
Vete hacia la barraca.
Vete tú, que para eso tiene
las cuentas del espinazo.
Vase.
Vete aprisa.
Ya parece
que va escapando el esquife.
Éntrase cada uno con sus remos y por el paño de en medio cae el demonio de marinero con don Enrique en los brazos.
Dos bultos (pues dejan verse
desde aquí) trae dentro.
Anima,
infeliz joven, advierte,
en la playa valenciana,
vivo y libre, y agradece,
antes que al cielo, a mi astucia
la ventura de ponerte
en la quietud de tu patria,
a pesar de tanto fuerte
embate de ondas y vientos;
tú lo digas, pues el débil,
torpe movimiento olvidas,
fatigado aliento pierdes.
Calla en Jaén la campana,
al mayor contrario tienes
de los hombres contra ti,
y a ser mi enojo vuelve
Juan de los Anyes; se arma
cautelosamente en este
soldado solo, tan gran
ejército, y tan valiente
le auxilia, que aterrorizan;
y deidades que le enriquecen,
que presto tiene virtud,
la fama haré que se trueque
en desprecio, que a mi injuria
perdida pureza afrente,
mas qué mucho...
Sale don Vicente.
Aparte.
Aunque la saña
del temporal me amedrente,
habiendo visto, piadoso
barquero, cuanto requiere
la vida de este infeliz,
a ayudarle a que le lleves
vengo a esta primer barraca;
no es sino por si pudiese
con esta disculpa ver
a Inés.
Por tantas mercedes
os doy las gracias, pues cuando
¡Que no tenga aquí un hisopo
del tamaño de una tranca!
Por piedad.
Salen por la izquierda don Juan, don Luis, criados, y por el contrario el Demonio, don Vicente, don Enrique desmayado, e Inés. Silla.
A Fadrineta,
como con el licenciado,
del señor don Juan criado,
tuviera cólera inquieta
en esta estancia.
Él fue el primero
quien dio causa a que me ofenda.
¿Y siempre, sin que haya enmienda,
haya de ser majadero?
Pues la borrasca veo,
también temo la pendencia.
Pues no ha menester licencia
para que entre quien entró
movido de la piedad
de amparar a un infeliz;
como la misma acción dice,
ya que llegue, perdonad,
señor don Luis, de esta suerte.
Antes a bien que agradezco,
don Vicente, el que se ofrezca
medio de que de la muerte
libre quede; mire.
Llegad, y
de Dios la suma bondad
os pague la caridad.
Siéntanle en la silla.
A no haber sido por mí,
ya hubiera muerto.
¿No hubiera
pues, para ampararse a Dios,
no os ha menester a vos?
Aun el mirarle me altera
nuevamente.
Mientras van
por el coche veamos, pues,
quién es; pero ¡ay triste!, que es
don Enrique de Milán.
¿Quién, señor? ¿Si me he engañado?
Enrique Milán, a quien
por muerto tenía.
Ya, bien
que habrá resucitado.
¿Pues cómo yo, cuando así
(Aparte)
Disimula a buena cuenta.
Hombre desdichado, alienta.
(Aparte)
¡Ay infeliz de mí!
Ya ha vuelto.
Albricias podrá
pedir de tanta ventura,
que no deba a su hermosura
así una atención.
¡Pena mía!
¿Qué es esto? ¡Vivo mi amante
y en Valencia!
(Volviéndose)
Si ha de ser
a mi fuerza el fallecer,
consuéleme el ser delante
de quien... pero ¿dónde (¡ay Dios!)
estoy?
En Villa Polvona.
Donde don Luis de Cardona
y don Vicente Carros
cuidarán de vuestra vida.
(Vea a doña Inés)
Supla a mi corto aliento,
el que a mi agradecimiento
la noble expresión impida
de una piedad; mas que
Lo que
ahora más os importa,
pues es la distancia corta
a la ciudad desde aquí,
es venir donde se trate
de vuestro descanso,
(Levántase)
Aunque
tan desfallecido esté
de un embate y otro embate,
que la dicha tan crecida
que alcanzo cuando os encuentro,
desde que entré aquí, deliro,
creo que se halla do mi vida.
Ojalá sea verdad.
Y pues con tal brío estoy,
el gran favor me haréis, que
antes que entre la ciudad,
de que en casa de un amigo
mude el vestido.
Eso no,
porque nunca olvido yo
deuda que nace conmigo,
demás de que tan dichosa
nueva acción fuera tirana.
dilatar a vuestra hermana,
mi señora doña Rosa.
Yo iré a verla, pues la tarde
va cayendo.
Sí, ha de ser,
por seros obedecer.
Mil años el cielo os guarde,
esto importa, aunque huir sea
de quien amo.
Lindo sorna,
hágase allá, que trastorna
el tufillo de la brea.
Calle, o solo de un aliento
le haré pavesa.
¡Qué cara
pone de demonio!
Para
suplirme el atrevimiento
de entrar sin que dé licencia
mi señora doña Inés,
(como ya dice) solo es
la disculpa la clemencia.
Aunque la atención ando,
como vuestra, vamos dando
de mano a melindres, cuando
habéis de ser su marido.
Marido dilo; bastará ahora.
Aparte
Eso es lo que no será,
o moriré yo.
¡Agua va!
¿Cómo os sentís ahora?
En mí, no tan bueno como estaba
poco ha, pues la vida mía
imagino que se iría
por el susto que acaba.
Vamos, pues.
Vase
¡Injusta suerte!
¿Qué queréis de mí, desvelos?
Éntranse cada uno con sus desvíos
No diga el que halla sus celos
que ha dilatado su muerte.
¿No venís vos?
Yo no quiero.
¡Vuelvan gracias de nada!
La garza busca,
malograda,
una nube primero;
como al principio, ninguna
me sirve.
Vase
Dios os consuele,
mientras yo con el retrato
de mi Inés el breve rato
logre, que permitir suele
su amor a mi devoción.
Pues fíate bien
en ella, pues será quien,
desasiendo la opinión
con que venera Valencia
mi virtud con mi fomento,
haga que aborrecimiento
se vuelva la reverencia,
y pues para eso perdida...
Sacaré el esquife, eche
a tierra, donde libre
aliento, adonde sin falla
mi cautela, con el mal
engaño de marinero,
a todos alarma ofrezco,
siempre engañando corales,
y cual áspid infernal
vomito el veneno adusto;
consuéleme el que, aunque astuto,
al fin es hombre mortal.
Vase y sale delante Ángela con luz, que pone sobre un bufete; después doña Rosa como huyendo de don Jaime, que sale con capa de color y pelo atado.
Señor conde de la Oliva,
vueseñoría se salga
por donde entró, si no quiere
alborotando la casa
ver el su atrevimiento.
Porque, bellísima ingrata,
Rosa en quien es cada espina
otra perfección del nácar,
enamoras si desdeñas,
lo que enamoras maltratas.
Ya he dicho que no he de oíros,
y si os fiáis para tanta
osadía en ver que estoy
huérfana, desconsolada
y sola, como publica
mi ya sabida desgracia,
os engañáis, que estas puertas
incesantemente guardan
el respecto de mi punto
y el aplauso de mi fama.
Váyase usted, caballero,
que estamos de prisa.
Calla,
ruin infame, y no disimules
que has hecho como criada.
¿Tengo yo culpa de que
el paje de la antesala
se duerma?
No contra ella
fleches la ira, pues mis ansias
sentirán ver que, pues la buscan,
que en otro pecho se gasta;
sino el ser don Jaime Zentellas,
cuya antigua sangre clara
España aplaude, y con el ser
de los más ricos se ufana,
mi mayorazgo presento
por testigos en la instancia
de mi antigua pretensión,
a fin de que vuestra blanca
mano corone de dichas
mis desiertas esperanzas,
mi amor, sí, mi rendimiento
alego, solo por si halla
piedad que se compadezca
de quien muere porque os ama.
Don Enrique de Milán,
vuestro hermano (según cartas),
murió antes del canje con
los oficiales de Francia;
pues ¿quién por él puede
suplir, señora, su falta,
sino yo, que os amo? El día
que sirviendo retirado
de vuestros parientes, queda
rendida siempre a esas plantas
una fe que os reverencia
y un amor que os idolatra.
Todo eso es así, mas todo
se opone a las circunstancias
de mi decoro; mi gusto
diré mejor, pues la causa
de olvidarme don Vicente,
quien con doña Inés se casa
de Cardona, solo ando
de esto celosa venganza.
Mucho que os vejen siento
las amorosas instancias
de mi obsequio.
Porque no en respuestas y demandas
nos empeñemos, tratad,
señor conde, de iros; basta
que pueda enmendar el juicio
lo que ha errado la ignorancia.
Lo haré, pues muchas razones
venzo a pocas palabras.
Pues para que a la puerta
principal no os vean, si andan
por ahí los criados, abre,
Ángela, esa otra que pasa
a calle de Caballeros.
Dejándoos tan disgustada,
mal podré...
No es tiempo de eso;
haz lo que te mando, acaba.
Aparte.
Vamos, señor, si pretendes
despacio desenojarla.
Yo en cierta parte del mundo
te esconderé, por que salgas
en recogiéndose todos.
La vida me das, si tratas
ponerme en paraje de
que pueda de esto hablarla.
Anda y calla, que esto y más
haré por ti.
Entranse por mano izquierda.
Si no engaña
la luz con que una bujía
en esta primera sala
a relámpagos confusos,
como que asombra, desmaya,
un hombre entra. ¡Ángela, hola!
Pero cuando aquí se halla
el conde, no alborotar
la familia es bien, pues nada
importa más, y ya que ora
es de que a don Juan le traiga
a verme como acostumbra
la segura confianza
que debo a su virtud, él
será en quien no hay duda
Al paño don Enrique embozado.
hasta que a Tristán encuentre,
que he hallado la puerta franca
para que a mi hermana avise,
esto ha de ser.
Ya acusaba,
señor don Juan, a la ausencia
mi cariño la tardanza;
pues... pero ¡ay, Dios!, ¿hombre o sombra,
quién eres?
Aparte.
Desembózase.
Rosa, hermana.
(Disimule lo que he oído).
Yo soy.
¡Los cielos me valgan!
No temas.
Yerta pavesa
de aquella difunta llama.
Que me quieres, que me quieres,
que me oigas, espera, aguarda.
No hay en mí tanto valor,
pues... pero, medrosas plantas,
líbreme de tanto asombro
la fuga.
Toma la luz Enrique.
Él, yendo por mano siniestra y tomando a vuelta, la sigue don Enrique volviendo a salir por el lado contrario.
¡Que no avisara
yo antes de venir! Y hubiera
visto que la desengaña
la misma verdad. Vacila
y reconozca luz para
que no dé gritos.
¡Criados!
¡Ángela! ¡Luisa!
Mi ama
es quien da voces.
Por más
que he procurado alcanzarla,
como de la casa no
tengo noticia, no acabo
de saber en mi confusión
por dónde fue.
Al paño va abriendo el Conde.
Alborotada
la casa está, mas silencio;
¿yo de este estruendo la causa
al verme esconder?
Por si
esta pieza la recata,
en que me paro...
Al entrar, ademán hace el Conde, sacan las espadas y vienen perdiéndose después.
A esta puerta
se entra solo por mi espada.
Ahora más enojos; pero,
en que venganza hidalga
sana, se suspende. Muera
quien mi pundonor agravia.
Si injusta otro amante tienes,
¡Ah, infiel! ¿Un hombre recatas?
Sálgome poco a poco, pues
has de faltar, por más que haga,
enmendar lo que se ha errado.
¿Quién va?
Andallo y acaba.
Di.
(Encuéntranse el Conde y Ángela)
¿Dónde, cobarde,
te ocultas de quien infamas,
pues soy de esta casa dueño?
¿No lo oyes? Ven.
Sin que haya
conocido a quien aquí
hallé una vez, es infamia.
De que nadie puede ser
de sospecha, mi palabra
doy por fiadora, mira
que mi ama ha cogido aldas
en cinta, y por esta calle
va como una loca.
Aún callan.
(Dentro)
¡A él todos!
Pues ya la familia baja.
Sígueme tú.
Pues en todo
caso es primero la dama;
acuda a evitar su riesgo.
Una vez que tú te vayas
todo se compondrá.
(Entrando Ángela de la mano al Conde, se entran por el paño del medio, saliendo Enrique y criados en cuerpo con antorchas y rodelas y las espadas desnudas).
Aquí,
un hombre herido.
La planta
suspended, que yo soy.
Deja, señor, que me admire ahora,
de hallarse con el acero
desnudo.
Pues ahora basta,
deciros que de mi muerte
la noticia ha sido falsa.
¿Dónde está doña
Inés?
Al entrar
nosotros, tomó turbada
la escalera.
Pues no puede
llevarnos tanta ventaja
que no la alcance a fortuna;
tomad aprisa las capas
y seguidme.
Tras ti vamos.
Después de encontrar trazada
de casar a una infiel, hallo
igual novedad en casa,
y aún mayor cuanto va, ¡ay, cielos!,
en desiguales balanzas,
del amor a la honra.
(Vanse, y salen don Juan, don Luis, doña Juana y doña Inés, con luz).
Pues ya es hora
de retirarme, cuando
mi señora
doña Inés en su cuarto convalece
del susto de hoy. Mirad si algo se ofrece.
Señor don Juan, en qué serviros pueda,
pues tan dentro de casa el favor queda.
que a todos nos parece; id en buen hora.
A bien que es esta llave pecadora,
quien de este cuarto al suyo abre la puerta.
Y pues cuidad de que no se quede abierta,
y aun no he explorado el todo, y es el ruido
una alucinación inútil del sentido.
Ya que un pequeño callejón divide,
ambas estancias mire qué le pide,
que dél sale (pues su dueño inquiere).
¿A quién?
A mi señora doña Fadrineta.
No pido tal, véase como quisiere
padre don Juan, y pues este infame quiere
ponerme mal...
A bien que su escopeta
no tira ni por alto ni por bajo.
(Aparte)
¡Ay, ay, Inés divina!
Sagrada mártir, virgen peregrina,
cuánto el verme deseo en tu presencia,
y honra a tanto amor, que mucha ausencia...
Yo con mi ama me iré si das licencia.
(Éntrase por la izquierda)
Anda en buen hora.
(Éntrase por el claro de en medio)
Hermosa diligencia
ha hecho el tal don Enrique en venir, cuando
otro marido está de contrabando.
En confusión de boda,
ya que quedo,
donde (perdiendo a mi respecto el miedo)
puedo hablar en mis penas sin testigo,
no sabremos, implacable enemigo,
quien en ti notaba esta mudanza,
y pues desde (¡ay, Dios!) que don Vicente alcanza
la dicha de ser suya, el rostro dice.
(Sale doña Rosa asustada mirando atrás y por la derecha sale)
Señor don Luis...
¿Quién es?
Una infelice
a quien apenas su ventura escasa
tomar puerto la deja en vuestra casa,
por estar tan cercana de la mía.
Aunque voz, y perfección, y bizarría,
me informen de quién sois, dudar debiera
al llegaros a ver de esta manera,
lo mismo que conozco.
(No puedo hablar)
No os asombre
el verme así, que una sombra, un hombre...
Distinta había creído
yo que fuese la acción cuando ha venido,
aunque de la borrasca maltratado,
don Enrique.
¿Quién, quién?
¿Qué os ha asustado?
Enrique, vuestro hermano (tío es lo cierto).
¡Ay, infeliz, que una aprehensión me ha muerto!
Pues si cuando a llamar fui a las gradas
el ruido percibí de las espadas,
sin duda al conde halló, y ya en todo caso,
mejor estoy aquí.
En este paso...
no estamos bien. Venid donde distante
de la familia pueda en un instante
informarme de acción que tan apena
de vuestro lustre.
Ved cuál es mi pena,
cuál es mi confusión, cuál mi tormento,
pues estar vivo Enrique es lo que siento.
A todo trance es vuestra mi fineza.
Éntranse por en medio, y por el lado sinies- tro salen Inés y Jardinera.
¿Con quién mi padre hablaba en esta priesa?
¿Qué sé yo?
¡Oh, quién en tantas confusiones,
como en las que me pones,
destino infiel, desventurada estrella,
acallara o su duda o su querella,
cuando mi padre viene,
dado el sí a don Vicente, Enrique viene
a estrechar otra vez aquellos lazos
que las almas se dieron sin los brazos!
Mas, ¿qué discurro? Llegue él a Valencia,
libre ya de la muerte y de la ausencia,
y viva amor, aunque mi fama pese.
(Dentro)
He de entrar.
(Dentro)
No ha de entrar.
¿Qué ruido es ese?
Hasta aquí deteniendo a un hombre llega.
¿Quién puede ser?
Al paso a don Enrique, Fabio en su enojo.
Temed la ciega
cólera de un despecho en que ardo y muero.
No habéis de entrar sin avisar primero.
¿Cómo no, cuando (pues aquí la he visto
entrar) y no he de irme sin saber dónde
fugitiva se esconda,
de mis honrados celos,
una ingrata mujer? Pero, ¡ay, cielos!
¿Ajena aquí doña Inés?
(Sale doña Inés)
(Viéndolos asidos)
¡Ay, infeliz de mí! ¿Quién ha venido?
Como oigo su voz, tras una dama,
lindo consuelo viene para mi ama.
Caballero...
Tente, Fabio,
y no el empeño prosigas,
porque el señor don Enrique
de Milán...
¡Ay más desdichas!
...es tan dueño de esta casa,
que no sin causa le irrita
el detenerle.
Señora...
(esto es preciso que finja)
Tú, pues no le conocías,
disculpado estás. Y así,
(pues vendrá reconocida,
su fineza a dar las gracias
a mi padre, del socorro
de hoy, en tanto que él se avía)
vuélvete tú.
(Vase)
Obedecer
solo me toca.
(Vase)
La vida
allá con el de las aspas,
mientras voy a la cocina
a traer para la pendencia
un calentador de chispas.
(Aparte)
¡Que hubiese de entrar por fuerza
aquella ingrata en la misma
casa a quien yo venía!
Venir, porque no se diga
que hizo en mí la confianza
espaldas a la malicia.
Vete, mal caballero,
(dejad que me explique iras)
vete, traidor amante;
¿el pago de una caricia
tan fiel, tan firme, tan noble,
atropellando fatigas,
y menospreciando riesgos,
supo decir que era mía
cuando te halló?
Injusto dueño,
alevosa, fementida
sirena que aun con las voces
con que enamoras, hechizas;
¿cierta aquella palabra
que me diste el mismo día
que partiendo a la campaña,
mas el alma separada
del bulto, sin que la ausencia
entibiase la caricia,
si estás casada?
No mezcles
a tus acciones mentidas
con oprobios verdaderos;
que las dos cosas son distintas
haber dado el sí mi padre
y darle yo.
¡Amor, albricias!
(Aparte)
Y pues este desengaño
hablará por mí, anda aprisa,
(ya que aquí no la has hallado)
a encontrar (como decías)
a aquella ingrata mujer
cuyos celos te traían
tan fuera de ti.
¡Ay de mí,
que es imposible decirla
que es mi hermana!
¿No respondes?
Quizá por aquello decían:
«¡Oh, ingrata, mis ansias!»
Cierto,
que estoy muy agradecida
al recato en que aquesa
desmiente la cortesía,
y al misterio de rehusar
venir en mi compañía.
Con mi padre está encendido,
porque, así fenecido el día,
de ti mismo fuestes tú
quien le diste la noticia.
No es verdad.
Pues de mi suerte,
en las varias tropelías
poco o nada importa a ti
saberlas ni a mí decirlas,
solo para convencerte
de infiel diré que...
Inés mía,
¿por qué, si ya es hora, no
favoreces lo que animas?
¿Qué es esto?
Solo ahora falta
que también de esto colijas
nuevo engaño.
Al oír tu nombre
no será mucho, enemiga,
creer que esperando a que salgas
a reja o balcón, suspira
tu amante en la calle.
Así
son todas vuestras malicias.
Oye, por si acaso vuelve
a decir.
Inés divina,
si todas las noches logro
verte, ¿por qué hoy te retiras?
Bien claro dice su queja.
Aunque no lo merecías,
tengo de satisfacerte
en cuanto a esto por mí misma.
Después.
Esa voz que oíste
devotamente ahí arriba
de aquel santo sacerdote
es, cuya virtud admira
a Valencia; está en casa,
de hospedarle se obstina
mi padre en tanto que toma
de cierta capellanía
que le ha dado en el Aseo
su amo el conde de la Oliva,
posesión.
¿Cómo queréis
que aquesta cautela me rinda,
sino dime qué Inés
es esta por quien suspira
a esta hora?
Qué sé yo.
Sale Fadrín.
¿Cómo de esa suerte gritas,
cuando Don Vicente espera
sentadito en una silla
ahí fuera, que a mi amo, a quien
de que se viene, avisa?
En saliendo yo.
Sin duda
de mi pundonor te olvidas.
Pues aquí,
que a la forzosa salida
de mi amo, tampoco puedas
entrar.
Aunque no sería
reparable el que le encuentre,
ser tarde y ver que de visita
venir con licencia suya
cuando cuida de su vida,
es preciso que despierte
sospecha.
No sé qué decirla.
Yo sí, en este callejón
que es paso de las salidas,
donde está el quicio, se puede
ocultar, pues él no estila
pasar tan tarde.
Bien dice.
Y a que su honor me precisa,
aquí me esconda entretanto.
Veré si algo averiguan
de igual novedad mis celos.
Por todas las letanías
que no hagas ruido; tú ven
conmigo.
toma la luz
En fin, desconfía
de mí tu amor.
Déjame ahora,
que lo que me facilita
la entrada el suceso de hoy,
con qué te buscaré...
Oh, cuán impía
a mi suerte, ay, qué inclemente
me hace dudar una dicha
en que ocupen pisada tan queda
que aun de las estampas mías
asombre el aire.
Éntranse Inés y Fadrique por mano izquierda; Enrique, como a oscuras por la siniestra; y corriéndose la cortina del medio se verá don Juan con balandrán y un libro, sentado junto a una mesa, en que haya luz, recado de escribir, una calavera y unas disciplinas ensangrentadas.
Teniendo la pluma en la una mano, y la calavera en la otra, escribe parando de cuando en cuando a mirarla.
Aunque veo que es indigna
mi pluma de su elogio,
oh celestial María,
mártir romana, permite
que a tu beldad peregrina
haga mi amor unos versos;
cierto de que no se implican
cuando el asunto es decente
la virtud y la poesía.
Y a que hoy solo me obligan
los cielos con que brillas
el aliviarme de tu ausencia,
la generosa fatiga
del numen, aprovechando
en esta horrorosa, fría,
muda lección, los avisos
incesantemente dicta:
que a este numeroso poema
aficióname tu celo, aquel to-
tú solo eres quien más echará armonía,
quizá tu dueño o calavera fría,
en otra hallo el medio más perfecto
y quizá (pues común es el decreto)
otro después estudiará en la mía.
De amor escribo, pero amor tan santo
que todo suavidades, nada enojos.
¡Que ya pudiera ser, si fuese olvido!
Háblame ya, pues no me das espanto,
y el desengaño que sobró a los ojos
hazle precepto y éntrale al oído.
Mientras atento, ha ido bajando en un globo azul cubierto de estrellas de plata a quien sostienen ángeles corpóreos y nubes Santa Inés, a lo romano de nieve que al fin se halle a la cabecera de la mesa metiéndose de perfil sobre el cenit de la esfera que siempre queda de cuadrado.
Juan mío.
Querido dueño,
de mi alma y de mi vida,
enhorabuena en tus ojos
beba esplendores la vista
que de estar de ellos ausente
cegaba.
¿Qué es lo que hacías?
Como en frase de consuelo
cuando el semblante retira
el objeto amado el
natural que se le escriba
retratarte.
Yo también,
siguiendo esas mismas líneas
a darte música vengo,
y pues tú solo has de oírla
atiende y sabrás qué dice
la angélica melodía.
Venturoso es el desvelo
que más complacer procura
al cielo de la hermosura
a la hermosura del cielo.
Tanto te amo, mártir santa,
que en la forma que practican
un espiritual consorcio
las almas que en Dios unidas
animan en lo que aman
y por lo que aman se animan,
que conmigo te desposes
mi casto amor te suplica.
A esto te responderán...
¿Quién, mi Inés?
Jesús y María,
que son mis padres, mas pues
tanto tu pureza estiman
pídelos tú la licencia
que por mí, ya concedida
la fineza está.
Tan presto
te vas.
Nunca se desvía
quien contigo queda, mas
cuando quiero que repitan...
Venturoso es el desvelo, etc.
Calarino, ahora el tiempo...
de satisfacer tan fina
demostración con alguna
correspondiente caricia,
no compra en el mundo el que ama
a precio de sus fatigas
el favor; sí, pues, sangrienta,
espinosa disciplina,
veamos, rompiéndome a golpes
las espaldas, cómo obligas
al Cielo; este retirado
aposentillo me sirva
de corta palestra, cuyas
paredes de sangre tiñan
uno y otro azote.
Entrase por la cortina del apuntador llevando
las disciplinas, y por un escotillón que avrá entre
la mesa y puerta derecha sube el Demonio
en su traje.
O sea,
o penitencia, o vigilia,
motivo de que fallezcas,
pero infernal rabia inquieta, impía,
para ver si tus cautelas
tu fama desacreditan,
Enrique, poeta, a esta puerta
de acecho. Su amor no abriga
celoso segundo áspid,
cuya ponzoña vomitan
aquellas primeras voces,
estos versos que le dicta
su devoción; pero ¿deja
suerte el efecto? No, diga
antes que Enrique...
Toca a puerta Valcázar y con alta voz
Que no
me delate ver la ira
que estaba esta puerta en falso,
pero, ¿dónde me encaminas,
necio furor? Si en la sala
solamente se arbitran,
cuando una al sentido alumbra
otra al desengaño avisa;
dos tan encontradas luces
una muerte y otra vida,
volverme quiero, pues desde
que entré aquí la repentina
turbación de un susto hiela
cuanto el celo encendió.
Al oído.
No es mejor ver si entre tantos
papeles, quizá acredita
adviértelo alguno...
Espero,
¿qué pierdo en ver si confirma
la sospecha del atento,
el informe de la vista?
Versos son estos que esperas.
Este leo.
Abriendo llegado a la mesa lee Enrique.
Y de tu amada.
Una, mi amante porfía
disculpe mi confianza,
pues en fe de la esperanza
viva, que has de ser mía.
¿Qué dudas ahora?
Recelos,
esto puede ser mentira,
no, pues sin voz esas letras
calladamente publican.
Golpe de disciplinas
Domine, labia mea aperies,
Domine, ad adiuvandum me festina.
Espera a mi rabia.
¿Qué es esto?
Qué nuevo, implicado enigma
viene, que cuando aquí
la pluma se fiscaliza,
allí el ruido de un azote
en la sangre que destila,
humedecido se queja,
para que aun el aire gima.
Castiga, ya porque como
en un sujeto cabía
este delito, y aquella
penitencia.
No te rindas
a creer que es justo.
El cabello
a tanto pasmo se eriza,
cuando oye.
Lux orta est iusto,
et rectis corde letitia.
Golpes
Irme quiero, pues sin duda
esta es la puerta vecina
a la escalera.
Ah, y ahora
de tocar a menudito.
Padre, mas ¿quién va?
¿Quién huye
de un pasmo que aterroriza?
Sale Envidia, el que encuentra con Bragazas y le emboca
Vase
¿Por dónde entró este gazapo?
Pero pues él coge lías,
y el bueno de mi amo está
regalando sus costillas,
bajar por la cena quiero.
Y empújale
Malo, te hagas ceniza
en la escalera.
Ah, ve allá,
endiablada fantasmilla,
pero miedo, alón.
Vase
Por más
que sacro poder le auxilia,
yo le insidiaré, pues tanto
sus virtudes me horrorizan,
que, al poder ser desde aquella
precipitada caída
mayor mi ruina, este hombre
hiciera mayor mi ruina.
Fin
Salen doña Inés y doña Rosa con el lienzo en los ojos
Aunque siento como debo
la causa que te ha traído
a mi casa, en todo caso,
sin distinguir los motivos,
agradezco a mi fortuna
el que ella el puerto ha sido
de desigual borrasca.
Ay, amiga,
por cuán extraños caminos
persigue a un triste la suerte,
pues en mis penas del mismo
material del alborozo
se fabricó el precipicio.
¿Cómo así?
Como el haber
visto a Enrique, y haber visto
que mintieron las noticias
de su muerte, me ha traído
las penas en que me hallo,
las ansias con que me aflijo,
resultándome un tan solo
consuelo con que mitigo
igual dolor.
¿Qué consuelo?
Que el haberle visto vivo
será para ti lisonja.
Pues ya fuera en mí lo prolijo
el melindre que tuviera
mostrarse falso conmigo
una vez que ha de ver llegar
nuestro amor no tan propicio;
ha sido conmigo helado,
bien que su venida estimo,
pues sufrir el argumento
es cierto de que yo vivo,
que el verle en Valencia no
me haya costado infinitos
pesares, siendo el mayor
el que se haya persuadido
a que puedo ser yo esposa
de don Vicente.
(Aparte)
¿Qué he oído?
Albricias, muerta esperanza,
que ya es muy otro el martirio
de mi dolor, pues tú en eso
(pues en quien está el arbitrio)
obrarás como quien eres;
tratemos de algún alivio
a favor de mi congoja.
¿Qué quieres?
Yo necesito
de hablar cierto caballero
por cuyo necio capricho
me hallo en igual riesgo.
Bien,
pero ¿cómo has discurrido
lograrlo, pues el traerle
tiene notable peligro?
Enviar a Fadrineta,
que es de quien yo me confío,
es arriesgar el secreto;
y tú (aun mudado vestido),
faltar yo a la compañía
de mi padre, con que asisto
siempre a su lado, además
de estar los pasos cogidos
a cualquier industria, pues
saliendo como es preciso
por la puerta principal
resulta cualquier indicio
contra ti, pues nadie hasta ahora
de la familia ha sabido
que estás tú aquí; si queremos
que salgas por un postigo
que a una pequeña calleja
cae, no es dable conseguirlo,
pues se baja por el cuarto
del huésped.
Eso imagino
que será más fácil, pues
teniéndole divertido
tú, con ganar al criado,
que es un simple, conseguiremos
que nos dé paso.
Aunque veo
que exponernos es desvío
a los posibles acasos
que puedan sobrevenirnos
después, quien sabe de amor
que se compadece aparte,
más fácilmente del que ama
que el que no probó los tiros
de su arpón.
(Aparte)
Buscar al conde
me importa, pues si ha sabido
dónde estoy y en mi defensa
intenta algún desvarío,
me acabo de perder, fuera
de que habiendo ya sabido
que con don Vicente no ha
de casarme mi ánimo,
ya con segunda esperanza...
(Aparte)
Ven, donde un vestido mío
te disimule a Enrique,
que cada día es un siglo.
Que iba, que no te veo,
muerto ya.
Entranse y sale Enrique, de galán, y Demetrio con casaca que usa la corte, capote y sombrero blanco.
Lo dicho, dicho;
no creas, señor, que un hombre
que es hipócrita en todo,
jamás hace nada bueno.
(Aparte)
En los extremos distintos
de tu informe y de su fama
tan nuevamente vacilo,
que no sé qué me resuelva
a creer; callar lo que he visto
importa.
Sí, señor,
a quien confieso rendido
la honra de ser ayudado;
en pago del beneficio
que me hiciste, le hubiera
antes de ahora conocido,
como yo, en Alcudia vieras
cuánto es verdad lo que digo;
pues aunque en lo exterior todos
le tienen por compasivo,
prudente, docto, templado,
justo, discreto y benigno,
todo en lo interior es falso,
dejándose en lo lascivo
llevar tanto de la torpe
violencia de su apetito,
que el hábito en que te miras
solo quizá se ha vestido
por disimulo.
(Aparte)
¡Qué fuerza
en todo lo que me ha dicho
tiene este hombre, que el creerlo
casi es aun antes de oírlo!
O si este pues tiene ya
para el recelo principio,
desconfiará enteramente.
Pues habiendo concurrido
en la barraca del Grao
el día que conseguimos
tomar tierra, no será
extraño el hablarle al viso
de agradecerle el socorro.
Aparte
Irle a buscar determino,
por ver la contienda nueva,
si cauteloso averigua
algo más, algo más dile
de lo que yo le repito;
que en hombres de este carácter
es poco indicio un indicio
que pudo ser contingencia.
Tened, que aquel monaguillo
que, maestro de sus engaños,
discípulo es de sus vicios,
un encintado cordero
viene guiando.
Anda, vete,
en mal estofada muera.
Informarme determino
de a qué hora le hallaré en casa.
Saca el cordero como le pintan los versos
Él es tan poco advertido
que en metiéndole en los botes,
aunque con mil desatinos,
diga lo suyo y lo ajeno.
Feo borrego, ¿no le he dicho
a vuesa merced que ande y vaya en casa?
Le gustará el picadillo.
A licenciado.
Aún no he hecho
bastantes cursos.
A amigo.
No puede ser, que no presto.
A sacristán.
No hay bodigos.
A dómine.
¿Con qué rato?
A compadre.
¿En qué bautismo?
A demonio.
¿Mandábisme algo?
Por demonio ha respondido.
Sí, señor, que soy criado,
y antes de dejar el siglo
fui cochero; mas, ¿qué veo?
¡Oh, señor!
Agradecido
a cuanto debí en mi ciego
a vuestro amo, solicito
serviros a vos.
Vuesa merced,
si no quiere que de un brinco
me eche en esa acequia, no
me hable de ese hombre.
¿Qué ha habido?
¿Os ha hecho algún daño?
Y más;
que porque este animalico
que le ha dado doña Inés
de Cardona, en cuyo hocico
le conocemos a su padre
medio lado, como hechizo,
con listones, cascabeles,
cintajos que a pedazos
a otras señoras, le ha puesto
este collar, de quien tiro
yo todas las tardes para
que en la ribera del río
rumié yerba fresca, pero
de aquí a poco, si es que vivo,
espero ver en un plato
en el bodegón vecino
mechados sus lomos.
Entretanto,
(poco a poco desbarros)
arrima a esta dama.
Ayer,
porque me dio aquel zarcillo
de soberana Inés, me hace
cada instante un pabilo,
tanto, que a Inés, a quien rindo
los sesos y los tobillos
de pies a cabeza...
Ahora
puedes ver si te he mentido.
Id y decidle que yo
le iré a ver.
Como entre libros
y camándulas disfruta
los ocios de su retiro,
mucho dudo que os reciba.
Id con Dios.
Caballerito,
en vez de seguir al manso,
siga ahora al enfurecido.
(vase)
Luego nos veremos; ¡penas!
¿Adónde hallará mi juicio
un hilo de oro con quien
salir de este laberinto?
El del olorcillo, azufre,
si no me engaña mi hocico.
Oye, el embustero;
sepa que habiendo vencido
yo a Valencia, que de todos
los trampantojos continuos
del Álamo, ha de haber ya
vida nueva.
¡Voto a Cristo,
que doy por mar y por tierra
(traslado a mis calzoncillos)
bragazas el descendiente
de las bragas de Longinos,
y no sufro desvergüenzas,
pues con aqueste cuchillo
haré...!
(vase)
Por simple le dejo;
aguarda a ver cuál ando,
el saber baste que un
cachetero su hocico.
(mírele bien)
¡A pícaro! pero advierto
que mire él lo que le digo;
que si de noche me cala
dentro de su aposentillo,
solo con este he de hacerle
piltrafas para chorizos.
Vase, y por mano derecha sale Don Juan, llegando a la puerta de enfrente, por donde sale Doña Inés, descubriéndose la mesa con el recado de escribir, y en medio un tintero, de espaldas, donde estará un libro grande.
Pues alzaron
de aquella puerta el pestillo,
veré quién es.
Yo sé que es,
en lo mucho que os estimo,
nada el exceso.
Señora,
pues ¿cuándo tan desmedido
favor mereció este pobre
despreciado gusanillo,
que a desfallecer de un soplo
se esparció de un suspiro?
No debéis, padre don Juan,
(¡ánimo, corazón mío!)
de acordaros de que entre ambos
hay caso en que necesito
de vuestro consejo.
No
discurráis que me olvido
de nada que pueda ser
consolaros y serviros;
mas sepamos (si es posible),
una vez que ha fallecido
aquel caballero ausente,
¿qué causa hay de resistiros
a casar con don Vicente?
Grande.
¿Cuál es?
Estar vivo.
¿Lo sabéis de cierto?
Tanto,
que podéis vos ser testigo.
¿Yo? ¿Qué decís?
Anteayer,
entre el común torbellino
con que bramó el aire a truenos
y se quejó el mar a silbos,
quien tomó tierra en los brazos
de un marinero que quiso,
delfín Vicente, sacarle
de un abismo a más abismo.
Don Enrique de Milán,
como el señor don Luis dice,
¿que yo no le conozca?
Pues ese, padre, es el mismo
que a ser dueño de mi mano
lo ha sido de mi albedrío.
Peligroso es el empeño.
Vuestra virtud, vuestro juicio
le podrá vencer.
A fe,
señora, que desconfío
del acierto por las dos
contrariedades que miro:
la ley de Dios manda al padre
que no violente a su hijo
en la elección del estado,
y la misma ley previno
el que al padre se obedezca;
pues, ¿qué medio, qué camino
hay entre los dos preceptos
diametralmente distintos?
Cada quien ceder debe
en razón; pues cuando el Cielo
en tan igual caballero
en hacienda, sangre y brío
de forzar mi voluntad
no resulte beneficio,
y de ceder, yo advirtiendo
contra mi gusto, marido,
pueden seguirse mil daños;
ved el espacio infinito
que hay de no haber conveniencias
a poder haber perjuicio.
Tenéis razón.
Pues haced
con vuestros buenos oficios
que me valga y lo conceda
mi padre.
Si el conseguirlo
estriba en eso, ya está hecho.
vase a rodillar y la detiene
De rodillas os lo pido,
y por si no merezco
la intercesión que os suplico,
hacedlo por Santa Inés,
vuestra devota.
entra al paño
¡Ay, Dios mío!
(que por mi querida haré
porque en su ayuda confío)
milagros, y así habéis,
en fe de que yo os lo he dicho,
validoos de mi secreto,
yo, con el propio sigilo,
os he de revelar otro;
esperad aquí un poquito.
Vuelve a salir con un retrato de la que hiciere a Santa Inés como le pintara de antes o velado con dos lienzos sin marco, y le arrima a las espaldas del santo.
Vaya; ya sé,
fingiendo él que vino
a su hermana proseguir,
en mis quejas es preciso;
porque no de mi silencio
arguya que lo he sabido
de ella propia.
Ahora veréis
el soberano prodigio
por quien saben ser lisonja
de la gloria los sentidos.
¿Qué os parece? ¿No es al vivo?
¡Cuánto primor ha cabido
en el pincel! Apuraron
dibujos y coloridos.
Pues aun es mucho más bella
(supongo yo).
aparte
Ya he entendido;
sacarle de aquí es forzoso
porque logre su intento
doña Rosa.
Pues aun más
habéis de ver que os confío.
¿Y es?
Unos versos que hice
en mis amantes deliquios
a mi querida; tomadlos
por si queréis divertiros
a solas, que quedarme
quiero adorando su hechizo.
Id en paz.
¿Cómo? ¿Que ahora
habéis de venir conmigo?
Yo iré después.
No hay que hablar.
en esto, pues el peligro
en que estoy pide más prisa.
Vos tenéis tanto dominio
en mí, que he de obedeceros
en todo.
¿Y el corderillo?
Ya vendrá con el mozuelo,
con quien a esparcir le envío
por las tardes.
Venid, pues.
Ya, aunque siento el irme, os sigo,
bien que ahora a salir me fuerza
la obligación de mi oficio.
Entranse por mano izquierda, baja el demonio en su traje pendiente de una lengüeta de una serpiente escamada y en dejándole en el tablado se vuelve a enroscar en lo alto.
Ira, está bien,
indignación,
porque más iras apreste
mi cautela contra este
justo, admirable varón;
valido de este accidente
logre en parte mi despique;
pues se engañó don Enrique,
que se engañe don Vicente,
creyendo que la beldad
de doña Inés es la que ve;
le merece tanta fe
equívocamente.
Por la puerta derecha salen don Vicente y Bragazas, que se queda al umbral.
Entrad,
que es de estudiar la hora,
y es forzoso que esté aquí;
mas no digáis que os fié,
quien avisó.
¡Suerte traidora!
¿Quién me diría que yo
viniese a buscar a un hombre
de quien aborrezco el nombre?
Id seguro de que no
os culpe a vos, además
de que yo sé bien que tengo
en el negocio a que vengo
disculpa.
Mientras avisas,
a ocuparle por lo menos
irá a saber mi cuidado
si fastidia demasiado
la oración contra los truenos.
Idos, pues.
De par en par
queda, por si alguno viene.
Entrase sin cerrar.
Eso a mi furor conviene.
Aunque podéis extrañar
que a quien nunca más, con quien
hablo, si a nadie he encontrado,
sin duda se ha retirado
a otra pieza; con que es bien
que el criado vuelva aquí
para avisarle más presto.
Al volver la espalda don Vicente, vuelve también el demonio el cuadro, viéndose en el retrato de doña Inés.
Llegó. Solo veas esto
es lo que me importa a mí.
Ve el retrato
Pero por no alborotar,
llamarle será mejor.
Mosén Juan, más pundonor
arrastró con el pesar;
retrato, y tan parecido
es de mi esposa, que en él
aun parece que el pincel
acertó a darla sentido.
Pues, ¿qué es esto? ¿Puedo yo
temer, al mirarla aquí,
traición entre los dos? Sí.
Mas, ¿qué digo? Engaño,
que en su recato y su sangre
no cabe igual proceder.
Pero en decir que es mujer
me ha desmentido el retrato.
Si por quererle habrá sido
tenerle huésped adonde
la traición de ambos se esconde,
si de aquí habrá procedido
el desdén con que se niega
a efectuar mi casamiento,
no hay duda, aborrecimiento
llega a asegurarse. Llega,
no sea que en los enojos
de un delirio tan injusto
de las especies del susto
se hayan vestido los ojos.
Abriendo la puerta de mano siniestra sale Rosa tapada y dando de espaldas a don Vicente
Desde el día que te dio
su padre el sí, ya tu esposa,
pues siéndote alevosa
la venganza te tocó
de afecto tan mal nacido,
que agravios causa por celos.
Rompe la copia.
Cielos,
no temáis, que pues se ha ido
ya don Juan, y me ha franqueado
la fineza de mi amiga
la otra puerta, en mi fatiga
solo me queda el cuidado
de si el fámulo cerró
la otra que sale al portal.
Empuñando la daga se va hacia la mesa y vuelve doña Rosa
¡Qué ira, o rabia infernal
cierta, que me ha infundido
aquel asombro primero
que al mirarla tan propia
el matiz quiere en su copia
satisfacerse mi acero,
y pues dejar conseguir,
a otro la dicha, no es bien
que yo pierdo, muera quien...
¡Ay, Dios! ¿Quién ha de morir?
¿Qué es esto? Aquí una tapada,
¡qué infeliz voz si me oyó!
¿Aquí don Vicente? No.
Confusa, absorta y turbada,
¿qué he de hacerme?
Fuerza es
que por el cuarto haya entrado.
De don Luis, cuando ha cerrado
la otra puerta doña Inés,
en mi mal, ya es imposible
el volver atrás el paso.
¿Hay más impensado acaso?
Hay empeño más terrible;
pero, ¿no es la copia aquella
de Inés? Ello es evidente
que don Juan a don Vicente
se la ha ofrecido, y por ella
vino a tan mala ocasión.
Saber es acción forzosa
quien el pague, si es que apoca
esta y aquella traición.
Mujer cuyo talle asombra,
pues entre la niebla obscura,
cuando hablo con la pintura
solo responde su sombra,
¿quién eres?, ¿qué haces aquí?
¿Y a dónde vas?
(Pasa de prisa)
Con callar,
pues es preciso buscar
al Conde embarazo así,
que conozca la voz...
(Mira)
Aunque me huyas de esa suerte,
que a salir sin conocerte
en vano el silencio aspira
de que te has valido.
Al salir halla con don Juan, y huye, amparándose a las espaldas de don Vicente.
El caso,
¡ay, mi fortuna!,
que no haya
quien me diga si es que está
el señor don Juan en casa.
Pero, ¿qué es esto?
¡Mi hermano!
¡Ay de mí, infeliz!
Es fuerza
hacerse este otro caso, pues
de mí se ampara.
Ea, infierno,
añadamos otra ascua,
mal a mal, e incendio a incendio.
Si se empeña en conocerme
cualquiera de ellos, me pierdo.
(Ve a Rosa)
Caballero; mas, ¿qué he visto?
Si es que puede ver un ciego.
(Vase)
Pues reparo en él no hace,
a disponer otros medios
voy para ruina de todos,
que donde quedan los celos
no hago yo falta.
Sin vida
estoy.
¡Ah, infeliz caballero!
Aunque en hallaros aquí
no hay ningún reparo, siendo
cuarto del huésped, el ver
que de vos se ampara huyendo
(Aparte.)
Esa dama me parecía
adelantar un recelo,
viéndola el rostro, y más cuando
que sea mi hermana creo,
tapada, pues ¿de qué
a don Juan nombró, me acuerdo,
cuando entré en su cuarto?
(Aparte.)
Ved
que me importa, cuando menos,
la vida y el honor, que
no me vea el rostro, puesto
que el salir aquí fue solo
por deciros en secreto
algo que os importe, así
en mi defensa se empeñó
nuevamente.
(Aparte.)
(Aparte.)
(Vuelve el retrato por el reverso.)
Si me busca
a mí, como a un mismo tiempo
huye y calla, pues pretende
mostrar vuestro fingimiento
que no me conoce, yo
os informaré bien presto:
don Vicente de Castro,
y quien quizá en algún riesgo
os amparó, soy; no digo,
señor don Enrique, esto
porque alguna atención deba
a vos; amaino el denuedo,
porque de mí es solamente
recomendación mi acero.
Y así, pero dejad antes
que deste el garbo bien puesto
esta acción; por si hasta ahora
no reparó en ella, quiero
volver de espaldas la copia.
¿Qué es lo que hacéis?
Yo me entiendo.
Y aun yo; pues, rindiendo el sí,
ya de don Luis quiere, cuerdo,
desvelar a la malicia.
Ahora que no es desacierto
hablar en ajena dama,
donde admite otro dueño,
esta que de mí se vale
ha de ir donde iba, cumpliendo
con mi obligación, en no
permitir que vos, resuelto,
se lo embaracéis.
(Aparte.)
Con dos
causas, y grandes, pretendo,
cuando de mí se recató,
reconocerla, y no miento,
pues, sea o Inés o Rosa,
me precisan a saberlo
honra y amor.
No queráis
que la estancia alborotemos
de uno y otro cuarto; pues
vos no lo habéis de ver.
Eso,
vos lo podéis remediar.
¡Cómo!
Logrando mi intento.
Costaraos la vida
la empresa.
Riñen.
Ya lo veremos.
Vase por la misma parte.
¿Quién se ha visto, sino yo,
en lance igual más suspenso,
si no puedo embarazarlo,
que en mis desgracias no apelo?
A la pieza
de don Juan,
en el cuarto hay estruendo.
¡Tente, señor!
Mucho duras.
Cae la espada, quedando como inmoble.
¡Ay, mal válgame el cielo!
Ahora que estaba celoso,
se conoce que le he muerto.
Una herida en este brazo
me ha hecho perder el aliento.
La espada... (Pues por más
que colérico me esfuerzo,
apenas muevo la planta).
Vase.
Pues según lo que estoy viendo,
inhábil habéis quedado
para proseguir el duelo.
Si quedáis vivo, buscadme,
que ahora el instante que pierdo
vale un siglo. ¿Quién será
esta mujer que me ha puesto
en iguales confusiones?
Aun más que mi muerte siento,
traidor, si de algún aviso
no ha sido el informe incierto,
que heredero de mis dichas...
Mas no puedo hablar,
que muero.
Sale Don Luis en cuerpo con espada, Fabio, Doña Inés y Fadrino.
Padre, mirad...
¡Don Vicente!
Apenas a hablar acierto.
Vos aquí, teñido en sangre
una mano, y en el suelo
la espada. ¿Quién dio motivo
a tantos atrevimientos?
No se sabe.
Lo que importa
es conducirle allá dentro
para cuidar de su vida.
No sé qué me avisa el pecho
que me dice ser yo causa
de tan extraño suceso.
Pobre mozo.
Bien has dicho,
pues más despacio podremos
saber la verdad.
Fadrino,
ayuda.
Yo me le llevo,
pero ¿cómo de estas cosas
discurren los ingenios?
Entránle.
¡Traidora mujer inconstante,
de que celoso reviento!
¿No veremos, Inés mía,
si hay en aqueste aposento
algún indicio de quien
tomar pueda, por lo menos,
alguna luz?
Solo allí
se muestra por el reverso
una pintura.
¿Si acaso
será retrato?
Y bien cierto,
pues poco ha que le vio.
Vuelve el retrato de revés, y no le vea Inés.
¡Válgame Dios, mi aliento!
Como ves que es Santa Inés
y no sabe qué le ha hecho
don Juan por su devoción,
se ha quedado tan suspenso.
¿Le has visto ya?
Ya le he visto,
y en cada rasgo que veo
veo su traición.
Señor,
si te he callado el secreto,
no es la culpa mía.
¿Qué
le habrá dado aqueste hielo?
¿Hay tan rara desvergüenza
como no negarlo? Pero
esto es para más despacio;
vamos adonde curemos
del herido.
Sí, señor.
Es un lindo caballero.
¿Dónde estará don Enrique,
que a verme, ¡ay de mí!, no ha vuelto?
Los días ha
tenido. Cargo
que traigo, me llevo
conmigo.
¿Has averiguado,
desde que miraste el lienzo,
algo en tu sospecha?
Éntrase llevando el retrato.
Calla,
mala hija, pues, ¡vive el cielo!,
que a no mirar, pero en fin,
yo sabré la verdad presto.
¿Lo has oído?
Aquí, señora,
ha de andar el diablo suelto
si sabe algo.
Como yo
lograr pueda mi deseo,
nada importa.
Vanse, y sale doña Flora por la derecha, con un lienzo en la mano, y tras ella el Conde.
Si el herido
hace que toquen a entierro,
todo se compone.
Ya,
guiado deste lienzo,
sigo; decid, señora,
qué mandáis.
¿No creéis que, puesto
a propósito, y más cuando
a hablaros despacio vengo.
en lo que toca a mi punto.
Con menos motivo debo
seguiros, guiad.
(Al paño el demonio)
No hará,
sin que yo logre primero
otra astucia.
Cada bulto
que veo delante, creo
que es mi hermano.
(Sale el demonio deteniéndolos)
No temáis,
con vos voy.
Deteneos,
hidalgo, porque esta dama,
cuando en la calle la encuentro,
no ha de ir con vos.
Cielo santo,
qué hombre es este, cuyo acero
embaraza mis discursos.
Ya vuestro estilo me ha hecho
creer que no me conocéis,
pues al conocerme, es cierto
que a vuestro desembarazo
pusiera rienda el respecto;
pero pues (seáis quien fuereis)
me toca salvar el riesgo
personal, y después queda
para castigaros tiempo,
ved cómo habéis de estorbar
que vaya conmigo.
Haciendo
que no quedéis con vida.
(Sale don Juan)
Amo y señor, pues ¿qué es esto?
Vuestra señoría, ¿la mano
en la espada? ¿Que un tan necio
fue que os irritó?
Quitad
vos de delante o mi acero,
para llegar hasta el suyo,
pasará por vuestro pecho.
(Descúbrese a bulto)
Ay mujer más infeliz,
mas pues no hay otro remedio,
esto ha de ser. Ved, señor,
don Juan, que soy yo, por vuestro
cuarto salí, y por él solo
he de volver encubriendo
mi nombre y rostro.
Pues, señora,
¿cómo así?
(Vase)
No es tiempo de esto;
mi honor pongo en vuestras manos,
en San Martín os espero,
y adiós.
Que este hombre haya
de embarazar mis intentos.
Maestro mío, a quien estimo
tanto como lo demuestro
en mis obras, ni a esta dama
conozco, ni sé a qué efecto
(ojalá no sea Rosa)
hasta aquí me trujo; pero,
cuando hay quien de ir tras ella
me impida, ceder no debo
del empeño y del desaire.
Si vais, conmigo al empeño,
matadme a mí, mas sabed
que siempre a las plantas puesto,
no he de vencerme.
(De rodillas)
¡Hombre!
Qué fuerza tiene, qué imperio
en la voz, que casi él
logró su intento violento.
¿Y responder?
Digo solo,
atrevido forastero,
ya veis por lo que remito
instancia que trajo a un tiempo,
pero quedando pendiente
uno de los dos extremos,
yo os haré saber quién es
Don Jaime Centellas presto.
(Vase)
Ese es temor, y pues yo,
a nadie en el mundo temo,
de esta suerte...
Esperad vos
también.
Más que satisfecho
de aquel respecto crecí,
que en mí habéis de hallar el mesmo.
El que me le debéis
de justicia...
Yo no debo
nada a nadie.
Áspid astuto
del más infernal Leteo,
común contrario del hombre,
precipitado lucero
del empíreo, ya a merced
de las piedades del Cielo,
te he conocido, y temblando
con aquel poder supremo
de Sacerdote, de quien
es fiador el Evangelio,
que no des un paso más.
Ya a mi pesar te obedezco,
mas de que un ciego embarazo,
no estés, no estés tan contento,
que otros muchos ha causado
(porque así yo lo he dispuesto)
el olvido de delante,
el retrato...
¡Ay, Dios inmenso!
que yo he tenido la culpa,
mas no importa, que yo espero
que su piedad lo remedie;
y pues restaurar intento
una aventurada honra,
quédate, quédate, fiero
dragón, a inventar cautelas
contra mí, pues por mis yerros
dignos del mayor castigo,
esto y mucho más merezco.
(Vase)
Montes, ¿cómo al estallido
de mi voz no tembláis? Vientos,
¿cómo no infestáis los troncos
tocados ya del veneno
que respiro? Mares, ¿cómo...
Sale Enrique.
¡No os tragará el infierno,
amotinados, al soplo
de mis cóleras!
Argelio,
¿viste acaso por aquí
pasar el rostro cubierto
una mujer, cuyo susto
más volando iba que huyendo?
No solo la vi, seguida,
(que a esto importa) despidiendo
donaires, centellas, sino
que, a un descuido bien ligero,
del manto habiéndola visto
el rostro, quedé resuelto
estorbar (porque creí
que te sirviera en hacerlo)
que fuese con él; llegó
al empuñar los aceros
ese clérigo importuno,
hipócrita y desatento,
y, habiéndole hablado ella
al oído, ambos se fueron de aquí.
Pues la conociste,
y me importa, cuando menos
el honor, dime quién era.
Aunque una vez sola puedo
decir que la vi, no hay duda
en que ella era, o no estoy ciego,
¿Quién?
Doña Inés de Cardona.
¿Qué has dicho, hombre?
Lo que es cierto.
¿Inés tapada en el cuarto
de don Juan? Don Juan, teniendo
un trato suyo, le busca
confiándose en secreto.
¡Sustracción de él, qué más señas
queréis para verdaderos
y honrados temores míos!
A saber que con mi acento
te disgustara, no hubiera
reveládote el suceso.
Toda la alma me has herido.
Eso es lo que yo pretendo.
Pero ven, que aunque me cueste
la vida, olvidar intento
una pasión que es culpa
y desdoro, a cuyo efecto
será un papel; pero vamos.
Vanse y salen don Juan, Bragazas en cuerpo.
Vamos, que a un ligero
contraste se prevarica
el humano entendimiento.
Déjeme a solas, hermano.
No sabremos dónde ando,
que vuelve más aturdido
que mosca al fin del verano.
¿Y el corderillo?
Más gordo,
como lo dirá cualquiera
que a una tienda pastelera
sienta el mal del tordo.
Oye, cuide mucho de él.
Y ¿quién cuidará de mí?
Dios.
Pues haga usted que aquí
me entre para un pastel.
No sea simple. Vaya, digo,
allá fuera.
(Vase)
Ya te dejo,
ay, lo hiciera el pellejo.
(Baja poco a poco un nubarrón florido a quien vienen manteniendo dos ángeles hasta llegar a la medianía, en donde para)
Ya que el común enemigo
me permite libre un rato
tener otro, cuanto queda,
Doña Rosa, porque pueda
de mi perdido retrato
consolar la falta, amor,
sal en quejas por el labio,
que no me hiciera agravio
si antes fingiera el dolor.
Como divina Inés mía,
¿te olvidas tanto de mí?
Un sí te pedí, y el sí,
cuanto tarda, desconfía.
Pues cariños a llorar,
pues ansias a fallecer,
y veamos si el padecer
es medio para escuchar.
Cantan
Y el
amante reverente,
Juan venturoso,
¿para qué desconfías,
viendo en tu abono
que el logro no ha tardado,
si llega el logro?
Mas, ¡ay Dios!, que un desprendido
volante pedazo hermoso
de la plomiza bala, desde
aquel zafiro a este polo,
si Inés viene a verme, ansias,
ya sois dichas.
Y no solo
como otras veces desciende,
sino que hoy, haciéndote otro
favor más, te da a entender
cuánto te quiere.
(Aquí se convierte la nube en un pabellón carmesí y dentro un sillón en el trono con su almohada, en que viene sentada Santa Inés y baja al tablado)
Nosotros,
acompañando de orden
del que es todopoderoso
su triunfo, a darte la nueva
venimos del alborozo
de que Jesús y María
permiten que seas esposo
de tu devota,
Alma mía,
asómate en igual gozo
al umbral de los oídos,
sin hacer falta a los ojos,
y al bellísimo objeto
de mis amantes sollozos
te desposarás gustosa
conmigo.
El casto consorcio
de ambos afectos, Juan mío,
es premio, y el matrimonio.
En interiores deliquios
suavísimamente absorto,
no sé de mí mismo cuándo
Señor misericordioso,
cuando intacta madre mía,
cuando inmensurables coros
de celestes cortesanos,
cuando, pues, cuando este tosco
barro animado tan frágil
que ha de parar en ser lodo,
pudo pensar igual suerte.
Cuando (aunque siempre en Dios todo
es gracia) son tus virtudes
quien la merece.
Del solio
en que hallaste, Inés santa,
desciende, pues es forzoso
cumplir con las ceremonias
previas de un desposorio.
Baja la santa al tablado, una almohada en que Inés sentada, se descubre un bufete pequeño con sobremesa, recado de escribir y papel, a cuyas dos cabeceras se arriman los ángeles, tomando cada uno su pluma.
Que entre tanto nuestro acento
vuelva a decir sonoro.
Amante reverente
Juan venturoso,
para qué desconfías,
viendo en mi abono
que el logro no ha tardado.
Si llega el logro
para autorizar los dichos
de tan celestiales novios,
tomo la pluma.
Después
me seguiré yo con otro
importante requisito.
Llega celestial asombro
a la mesa, y oye.
Di,
que a cuanto digas respondo.
Vos que queréis ser esposa
de quien os adora, como
dijisteis a vuestros padres,
cómo os llamáis?
Yo me nombro
Inés natural de Roma.
Qué padres?
No los conozco
por infieles.
Qué edad?
Trece
años.
Y para el apoyo
qué testigos se presentan?
Breviario y martirologio.
Vos, que de Inés la Romana
aspiráis a ser esposo,
cómo es vuestro nombre?
Juan
de Llerena, y de este propio
nombre, fue mi padre, y ambos
hijos, en el territorio
de Valencia, de la Alcudia,
de Cofrent, adonde gozó
los privilegios de noble.
¿Y qué edad?
Cuarenta y ocho
años, poco más o menos.
¿Dónde están los testimonios?
Hoy no puedo darlos, pues
que arruinó un volcán fogoso
libros y archivo; mas Dios,
infinitamente docto,
lo sabe.
Él hará algún día
que no os saquen mentiroso
inscripciones y letreros,
a fin de que sepan todos...
Que cuando Dios favores
hace a sus siervos,
justifica sus propios
merecimientos.
Escribe.
Cumplida esta ceremonia,
en que obra más lo devoto
que lo real, para hacer yo
las cartas de dote, tomo
también la pluma.
Y aunque pobre
de espíritu me conozco,
poned por mí la suprema
dignidad del sacerdocio,
púlpito, confesonario,
y el conocimiento propio
de que soy nada.
Mi hacienda
y mi ajuar consisten solo
en la virginal pureza
que observé viviendo como
en los diversos martirios
que en mí ejecutó Procopio;
ya pendiente del cabello,
ya precipitada al horno,
y ya en fin dando la vida
al bruñido filo corvo
de un acero, en cuyas penas
nada hice por mí, pues todo
en mí lo hizo Dios.
No; ricos
sois ambos, mas poderosos.
Porque bienes que a cuenta
corren del cielo,
siempre son los mayores,
pues son eternos.
Hasta el día en que la suma
piedad de Dios llegue al colmo
último de tus deseos,
el apetecido logro
de quedar casados, vuelve,
divina Inés, a tu trono.
Antes, cumpliendo la fina
deuda de amante, es forzoso
que en una dádiva explique
las veras con que la adoro.
¿Cuál ha de ser?
Puesto de rodillas le pone una sortija que se quita.
Este anillo,
cuyo círculo precioso
dos virtudes simboliza
en el diamante y el oro,
Yo le acepto como prenda
tuya.
Pues el armonioso
impulso, halago y oblea,
siguiendo la voz el coro.
Conviértese la mesa en almohada, siéntase la Santa Nube, toda la tramoya hasta ocultarse al fin de la jornada.
Solemnizad, mortales,
que Juan acertó,
y por Inés, que es su esposa,
se llame Agnerio,
pues su amor hizo
del propio nombre el timbre
del apellido.
Ellos y todos desde hoy
conozcan que me transformo
tanto en quien amo, que al nombre
suyo es mi mayor elogio.
Agnerio desde hoy me llame
el mundo, y su prodigioso
imán de mi alma hoy espera,
pues alivia.
Salen por un lado Bragazas y por el otro Inés y Fadrineto.
¡Qué alborozo
viene!
¿Quién da aquí voces?
Yo soy, yo soy, que estoy loco
de alegría.
Pues ¿qué ha habido?
Que ha dado para responsos
padre Don Juan.
No os atiendo.
Amo mío...
A nadie oigo,
pues ya publican mis dichas,
voy solo diciendo: amoroso.
Va, entrase.
Solemnizad, mortales.
Vamos tras él, por si es fácil
detenerle.
Si le cojo,
yo le haré que se sosiegue
a palos o a soplamocos.
Vanse tras él de suerte que acabe la representación cuando la música.
Salen Fadrique y Bragazas, y asiendo del cordero al lado de la cinta.
Déjeme, hermano.
Fadrique,
en quien tiene amor infiel
la más linda bandolera
que nace, o vieron, o han de ver
desde Peñíscola a Murcia;
ya Bernat, y Miquelet,
párate siquiera un rato
conmigo.
¡Miren qué buen
discipulillo ha sacado
mosén Juan del Escanyent!
Ya no se llama ansí, boba.
¿Pues cómo?
Ya lo diré,
llámase don Juan Agnecio,
que es lo mismo en latín que
Juan de Inés; porque Agnus agni
con Agnes, Agneces es,
agnenchi, agneria, agnezzum,
por siempre jamás, amén.
Bien se conoce que es necio.
Si no séle convencer,
¿de qué sirve?
Dime tú
aquí en secreto por quién
se ha confirmado, tomando
otro nombre.
Yo no sé,
vaya otra Inés, mas ahora
a quién él queda querer
que a su ama.
Miente el vergonzante,
porque no es mi ama mujer
viuda de faldas largas,
y dígalo este papel. Tome,
que al pasar me arrojó Enríquez
para ella.
Ya que me ves
hecho ayo de borregos,
verbigracia, y a cualquier
cocinera cuidar toca
del guisado, duélete
de él, y de mí.
Mire si
quiere que le quiera bien.
Degollaturum me fecit.
¿Por qué, pícaro?
(Vase.)
Porque,
como él me descuartice,
yo le mondonguizaré.
¡Qué suspenso se ha quedado!
Pero vamos a mover
con este billete otro
embustero cascabel.
Como él me le descuartice,
yo le mondonguizaré.
¡Oh, palabras de los reyes!
Pero si al fin ha de ser
(que lo ha propuesto una dama),
señor corderito, be,
ya usted ve que no es varón,
que yo pierda por usted
mi remedio.
(Salga don Juan.)
Que este simple
ha siempre de tener
la puerta abierta.
(Sácale don Juan de los pelos, y las manos saca un cuchillo.)
Pues, mi amo,
él estará ahora hasta las diez
con sus monjas agustinas
de San Julián, sobre si es
pecado hacer colación
con dos onzas o con tres,
en todo caso, cuchillo
en mano.
¿Qué querrá hacer
este simple animalillo,
este inocente?
¡Casque!
Por este lado le embisto,
pero no es mi amo aquel.
Que me admira. ¡Ay, Dios de mi alma!
De aquí no me he de mover
hasta ver qué hace.
(Párase a lo entonado y va a don Juan.)
Manteo.
¿Aparece usted aquí?
Encúbreme este burro, mientras,
como sucedió otra vez,
le lisonjeo cantando.
¡Ay, tan rara sencillez!
Inesilla, tus ojuelos...
al amor hacen arder
y el alma dice al quemarse:
sí, claro está, ya se ve.
Señora Inés, señora Inés,
que yo me contento solo,
solo con que maye ucé.
Como juzgo que mi amado
objeto es humano, en él
quiere complacer mis ansias.
Fiel, por mi desgracia. Ve
el pedazo de auto sacado
del sacrificio de Abel,
me ha de poner como un pulpo;
pero yo venceré.
Señor, a Inés vuestra merced
sabe que ha de agraciar
por siempre.
Hermano,
¿qué hacía?
Pues, ¿no lo ve?
Cantar; como que gusta
de que se menee.
Y bien,
ese cuchillo desnudo,
¿para qué era?
Échale miel.
Aquí iba.
A trasquilarle,
porque viéndole crecer
ya a la edad de los maridos,
me resolví, sin tener
tijeras, a irle quitando
con mi cuchillo a cercén
los vellones del haz,
los mozos del envés.
¿Para qué miente, si le va
a degollar?
Llaman
¿De por qué,
padre? En trayéndome embustes
me obligará más que a Abel.
Abra, y vénzase al punto,
que yo llegaré después.
Desátale
La penitencia
primero;
abra, le desataré.
En un vuelo.
Señor, cuando fiel,
a soplo menos cruel
de los escollos del mundo
se librará este bajel,
animado que zozobra
a un vaivén y otro vaivén.
Abre y sale el Conde
Entre quien fuere.
A mi amo,
tanta honra, tanta merced,
a un esclavo.
Mosén Juan,
no así me mortifiquéis;
pues no dudáis que os estimo.
Sí, señor, muy bien lo sé,
pero mi conocimiento
hace lo que debo hacer.
Váyase allá dentro, hermano,
ya se irán, padre, a fe, a fe,
seor ucio, que si no ha entrado
cuando yo no lo pensé.
La madre de Dios, a esta hora,
la tenrá vuesa merced
las tripas en el dornajo.
pero consuélese él que
no es tarde cuando Dios quiere.
Éntrase con el cordero
Ya que no hay testigos, vea
señor conde, qué pendiente
de vuestro informe tenéis
mi cariño.
Aquella dama
tapada a quien vi ayer,
si pudiese, embarazando
que la pueda conocer,
por bien extraños caminos,
me importa saber quién fue,
sin más interés en esto
que el apreciable interés
de estar airoso, sin que ella
me culpe que la dejé
en algún riesgo.
Eso había
de maliciar o temer
de un don Jaime de Centellas;
pero en suma, para que
os saque de ese cuidado
sin más dilación, volved
por esa puerta a tomar
la escalera, que yo iré
por mi callejón secreto
a preguntar si podéis,
no estando en casa don Luis,
sosegaros.
Doña Inés
subida era sin duda (como
me lo está dando a entender,
sin causarle algún recelo,
llevarme a mi cuarto) quien
me obligó a que la siguiera,
con que salió aquel primero
cuidado mayor.
Andad,
señor, y no receléis
que quizá importa al servicio
de Dios.
Favor, si saber
logro por este camino
dónde doña Rosa esté,
soy feliz.
Aparte
Vase por la puerta derecha
Señor divino,
bien puede, bien puede ser
que, así al verme introducido
en el confuso tropel
de los empeños del mundo,
quien murmure que es en él
el comercio de su trato
olvido de vuestra ley;
pero qué importa, qué importa,
cuando vos, Señor, sabéis
que va a embarazar un mal
el arte de vivir bien.
¡Ay, amada esposa mía,
cuándo, cuándo lograré
llamarme tuyo!
Éntrase por la siniestra Valeriana, leyendo un papel, y tras ella Fádriga
Mira,
en este papel, señora,
que habrá más de un cuarto de hora
que leyéndole suspiras,
pues si es el de don Enrique,
sentiré el ser, como hay brevas,
correo de malas nuevas.
¿Cómo quieres que me explique,
sobra un mal tan atroz,
que para fiarla al viento
ha menester el aliento
pedir prestada la voz?
Y digo bien, pues advierto
lo que Rosa me contó
cuando al salir le encontró,
que vengo a pagar es cierto
yo el enojo de su hermana.
Sabes con evidencia,
la causa de la pendencia
que hubo ayer por la mañana
en el cuarto de don Juan.
Solo sé, quedando herido,
que aún no don Vicente se ha ido.
Como del tantarantán
quedó aturdido, no es mucho
que mi amo le obligase
a que en casa se quedase
esta noche, aunque ya escucho
murmurar que es hospedaje
para tantos, pero al punto que entró...
Lee
Oye aunque me falte aliento
para pronunciar mi ultraje,
Traidora a enmendar el daño
de tus cautelas, partido
entre la voz y el oído,
ha llegado el desengaño.
Sale Enrique de paño, y quita el papel
Aunque habiendo ingrato cumplido
la deuda de agrado, ido
con tu padre a riesgo este
desparecer sospechoso,
todo, todo lo atropella
quien de ti huye y de su estrella.
Si el venir era forzoso
acá tan presto, ¿de qué
sirvió, porque nos asuste,
el billete del embuste?
Qué sé yo; pero sí sé,
pues demás de que no quiero
que ni aun esa prenda quede
en poder de quien me ofende
ignorar de lo que muero
el haberme declarado
más de lo que yo creí,
que mucho, si apenas vi,
supo llegar el cuidado
a venir, por él me obliga;
y así, porque no indiscreto
atropelle tu respecto,
dame infiel, dame enemiga,
para no volver a verte
expresión que enseñar tanto,
más que terneza, hizo el llanto.
Detente, Enrique, detente,
que entre las vanas quimeras,
de ilusiones mal nacidas,
fabricas culpas fingidas
de finezas verdaderas.
Si rehúsas, aún amante,
la mano, no, no es por mí.
pues yo en el cuarto serví,
fiando al manto el semblante,
de otro cuya vanidad
aun no supo su retrato
encomendar al recato.
Si se debe a mi verdad
algún crédito, agradece
a mi silencio el que quiera,
padeciendo hasta que muera,
no decir por qué padece.
Yo sé que tengo por qué
quejarme.
De nada,
pues seguramente dada
dos veces no es culpa.
De los que se echan de bruces
aun tapadillo es su amor;
pues váyase usted, señor,
a querer entre dos luces.
Pues en la satisfacción
nunca puede estarme bien
que yo la dé o me la den,
vamos a la conclusión
y el papel venga que di
a Fadrique.
A quien ha sido
tantas veces atrevido,
no repugno, pues aquí
está. Tomadle.
Ea, andar,
que se vaya con Dios.
Mas, ¿cuál será de los dos?
Saca de la faldriquera dos papeles igualmente doblados como carta, y subiendo de repente el demonio, en la mano le señala uno que se le da a Enrique guardando el otro, y con el mismo verso se hunde.
(A Fadrique)
Este es el que le has de dar.
Dásele a él, pues no quiero
ni aun que me deba esta acción.
Guárdese usted bien, alón.
(Vase.)
Pues debo a tan grosero
estilo e infame trato,
aun recatar el semblante
a no más ver falso amante,
a no más ver dueño ingrato;
¡y ojalá!, pues mi pesar
de mis ojos os destierra,
para no matarme en tierra,
hubierais muerto en el mar.
Aunque el irme yo también,
fuerza era en esta ocasión,
pues da mi ama de barzón,
veinte y un cuarto de desdén;
sin que sepa no me he de ir
qué incluye el papel, pues no
al irle a leer se alabó.
Él te lo podrá decir,
cuando no dio más espacio,
buscar a un yerro la enmienda.
Pues para que yo lo entienda,
deletree usted despacio.
(Lee.)
Inés, mi amante porfía
alienta mi confianza
Tachado: pues en fe de la esperanza / vivo de que has de ser mía
Si yo no estoy olvidada
no dice allí.
Este es mi mal.
¡Cielos, en desdicha igual!
La décima no acabada
que de don Juan, en la mesa
vi, no es esta. Sí es evidente;
pues ha dejado en la mente
mi recelo tan impresa
la especie de tan notoria
traición, que por sentir más,
a no olvidarla jamás
la ejercitó la memoria.
Vuelve en ti, y prosigue.
¿Acaso
hay valor para que acabe?
Aunque te amargue el jarabe,
bueno es relamer el vaso.
Lee
Inés, mi amante porfía
alienta mi confianza,
pues en fe de la esperanza
vivo de que has de ser mía;
no mi estado desconfía
a mi amor, pues tu beldad
favorece mi humildad,
cuando en mis afectos ves
que para las almas es
vínculo la voluntad.
No lo entiendo.
Vive Dios.
¿Qué haces?
Quiere seguir a doña Inés, y por el lado contrario sale al paso don Luis.
Entrar a decir
(para matar o morir)
a una aleve que entre dos
extremos solo me deja
el mal a que me sentencio,
valor para que el silencio
todo se convierta en queja.
¿Qué es esto?
Haber comprobado
la ofensa que ocultar trata
una alevosa, una ingrata,
infiel mujer.
¿Qué he escuchado?
Y pues no me puede volver
sin dar castigo a su error.
Aparta.
Mira que, señor...
Sin duda llegó a saber,
que esta doña Rosa aquí...
Yo he de entrar.
No hay que tratar.
Pues no hay nada que arriesgar
cuando todo lo perdí.
Y no hagas que mi pasión
contra ti su enojo explique.
Sale don Luis
Templaos, señor don Enrique,
que tenéis mucha razón.
Esto es mejor.
Pues ya
me deja bien informado
vuestra acción del gran motivo
que os ha traído a mi cuarto.
¡Ah, ciego, qué me sucede!
Este hombre viene borracho.
No os habéis de ir, sin que antes
quedéis tan desenojado
como a Julio, vuestro amigo,
sea, y facilitar trato
vuestra quietud.
Hay mil varias
dudas.
Y creed, aunque tanto
sea vuestro pesar, que hablando
de quien estabais, la culpa
no fue tan grande que no
tenga su descargo.
¡Ay, señores, que de su hija
es alcahuete él mismo!
Yo no sé qué responderle.
Vete tú de aquí, y quedando
vos oculto en esta pieza
que me sirve de despacho,
veréis por mí cuán aprisa
conseguís el desengaño.
Yo, señor, sí...
No; que de ver
vuestra turbación me espanto,
y no es caso para menos.
(Vase.)
Pues ya que irme yo es del caso,
callar a mi ama importa
lo que he visto; no sea el diablo
que, porque con don Enrique
me quedé, me dé de palos.
Detrás de aquesta cortina
os poned, mientras deshago
(Ocúltase.)
que voy
yo a perder, cuando me hallo
por tantas partes confuso
en esperar.
Pues aguardo
hoy convencer de mi hija
el desvarío, cumplamos
por ahora con esta deuda
el día que me ha fiado
su honor una dama.
(Por la izquierda sale don Juan.)
Pues
me estará el conde esperando
de esta suerte, mas, señor
don Luis, ¿qué peligroso acaso?
Amigo, a buena ocasión
venís, pues de vos me valgo
en un empeño preciso.
Habiéndoos aquí encontrado,
para otro es fuerza valerme
yo de vos.
En este cuarto.
Ya lo sé; está un caballero
a quien importa que, estando
yo delante, doña Rosa
de mí le hable, por cuanto
conviene a su honor.
Sin duda
el cielo le ha revelado
el empeño, y su virtud
le conduce a remediarlo.
Lo cierto es que encontró al conde,
y, habiéndose declarado,
con él en su casa quiere
que llegue el desengaño.
¿Qué resuelves?
Pues yo estoy
de por medio, idos volando,
sin que doña Rosa os vea.
Pues queda a vuestro cuidado
el logro, y igual carácter
aprovecha en estos casos.
Quedad con Dios.
(Vase)
Aparte
Yo no sé,
en extremos tan contrarios,
qué discurra deste hombre.
Don Luis se fue, y ha dejado
en su lugar a quien es
origen de tantos daños.
(Llega al lado siniestro, y sale el conde)
Señor conde de la Oliva.
Aunque habéis tardado tanto,
dicha fue que mi invención
no turbase algún criado
que, indiscreto, procurase,
dando noticia a su amo,
causar sospecha.
Aparte
Don Jaime
Zentellas es el que ha entrado.
(Llega a la puerta con Juana)
Esperad aquí, que presto
sabréis para qué os llamo.
¿Buscarme a mí doña Inés
de Cardona, cuando me hallo
sin noticia de otra dama
que aventuro y idolatro?
(Salen don Juan y señora doña Rosa)
¿Será?
Venid conmigo,
señora, donde aguardando
os está el mismo que vos
buscabais.
Aparte
¡Destino infausto!
Mi traidora hermana es esta.
Pero, sentimiento, al paso,
hasta oír lo que averiguo
la causa de equivocarnos
yo y don Luis.
(A la puerta, por donde salió doña Rosa, se asoma don Vicente, con bastón y banda en un brazo)
Pues de los dos
me he despedido, y al paso
una mujer que juraba
ser doña Rosa, ¿trató
de esa suerte? Pero no,
padeció la vista engaño,
que ella es; el conde, y ignoro
cuando a una espero, a otra hallo.
Señor don Jaime Zentellas,
pues no es razón que perdamos
al tiempo ni aun los instantes
que habremos menester tanto,
decidme, si para vuestra
porfía amorosa ha dado
mi favor licencia alguna.
Antes es tan al contrario
que quizá, señora, este
invencible ceño ingrato
me empeñó más.
¿Quién os tuvo,
cuando os encontró mi hermano,
oculto?
Es nueva de una
criada, y aunque callarlo
debiera, no es bien dejar
que solo vuestro recato...
Pues en fe de cuanto obliga
de una mujer el mandato
a un hombre que, como vos, es
caballero y cortesano,
la palabra habéis de darme,
Señor Conde, de olvidaros
tanto de mí, que ni el nombre
quede en prendas del agravio.
¡Cuánto debiera a mi suerte,
si a no ver que trabe su engaño
segunda invención!
Ya este es muy distinto caso.
Haced, Señor, que a honra vuestra
se encaminen estos pasos.
A proporción que se hace
tan cara, ahora mostrando
cuánto os enfada mi obsequio,
antes responda que el labio
la obediencia previniéndoos
que en serviros y en buscaros
a todo riesgo ha cumplido
con su obligación mi garbo.
Quedad, Señora, con Dios,
él os guarde muchos años.
Por si don Enrique, arrojado,
daré una vuelta a mi estado.
Vase.
Pues a acompañarle debo,
presto vuelvo.
Vase.
Ya un reparo
satisfecho, en cuanto a que
conozca que fueron falsos
sus recelos don Vicente,
el más importante aguardo
que satisfaga en Enrique
el tiempo; y pues veo que ambos
se han ido, volver me importa.
Sale Enrique.
Espera, que cuando salgo
de donde me tuvo oculto
la realidad de mi engaño...
¡Aquí Enrique! ¡Ay, infeliz!
No has de irte sin que mi brazo
se satisfaga en tu muerte.
¿Como si me has escuchado
me hablas así? Yo estoy muerta.
¡Ay empeño más extraño!
Como el despedir a uno
(ya que es preciso hablar claro)
es por escuchar a otro.
Por mí lo dice.
Pues cuando
entré en tu cuarto la noche
de aquel mal fingido espanto
lo confesaste tú misma,
¡muere, aleve!
¡Cielos Santos,
favoreced mi inocencia!
Quiere huir Rosa y al seguirla Enrique, se pone en medio don Vicente.
Pues yo con mi pecho os hago
espaldas del que quiebre
en mí su enojo.
Al miraros...
Huir sus iras conviene.
Vase.
Segunda vez empeñado
en librar a quien me irrita.
Sale don Juan.
Ya, señora, que, dejando
al Conde... Pero, ¿qué miro?
En las cóleras que exhalo,
en mí un despecho...
Más noble
defensa en mí, embarazando
el peligro de una dama.
Pues segunda vez os hallo
opuestos del enemigo,
la negra banda del brazo,
sepamos qué nueva causa
os empeña perturbando
mi quietud.
Oídme y veréis
que, a no, yo os satisfago.
Ya veis, señor don Enrique,
cuán imposibilitado
estoy, sin armas, de hablar
de otra suerte de la que hablo,
y no poco lo agradezco
a mi suerte, pues ya estamos
en paraje de que ceda
la cólera al agrado.
Y así, pues soy caballero,
fiad de mí que, asegurando
vuestro temor, sin la espada
os satisfará la mano.
(Vase.)
Oíd, esperad.
¿Para qué,
si brevemente os ha dado
a entender que el duelo
vuestro ha quedado a su cargo?
Está bien. Ya, por lo menos,
pundonor hemos hallado,
la esperanza de su alivio,
y, ¡ojalá!, pues idolatro
a doña Inés, quiera Amor
hacer conmigo otro tanto.
(Vase.)
Sin despedirse se ha ido.
¡Mundo, estos son los encantos
que, siendo peligros, quieres
que se estimen con halagos!
¡Feliz el que te conoce!
Y pues te conozco, vamos
a ver cómo puede el juicio
habitar tus sobresaltos.
Entrase, y por el lado contrario baja poco a poco el demonio sobre un dragón, echando fuego y desenroscando de cuando en cuando la cola, y en quedando en el tablado, sube poco a poco y se oculta.
(Apéase.)
Fiero vestiglo, que vertiendo llamas
de esas ardiendo fauces que has corrido,
en quien las verdes, ásperas escamas
fueron conchas del río del olvido,
pues trono fue el incendio que derramas
de mí, que aun más fatal dragón he sido,
mientras mi ira rabiosa en tierra salta,
vete a infestar el aire que te falta.
No contentas mis iras con que a ese
prodigioso varón la fama quiten,
sin que mi rabia en las cautelas cese,
una se extrema y muchas se repiten.
lo dirá el último examen
que hacer su engaño procura,
y pues para mí no hay parte
oculta o cerrada puerta,
vas a ver cómo sale
la experiencia.
Entra por una puerta y sale por la otra don Luis trayendo el retrato de suerte que lo vea la gente.
Arrímala a un taburete volviendo el lienzo.
¡Pundonor,
ya es tiempo de que desates
tantas dudas! Convencida
queda, alevosa, que esta infame
vida cruel de que sé
la traición, de que es bastante
testigo su misma copia,
¡oh, quién pudiera borrarte,
frágil lino, con un soplo,
la indignidad de los males!
Y porque viéndola no
alguna mentira fragüe
que al parecer la disculpe,
no es bien que la vea antes
de que sin tanta evidencia
cogida en el hurto se halle.
Sí, conmigo; mas no es bien
que en adivinar me pare
lo que dirá el mismo efecto,
a cuyo fin, sin cerrarse,
quede esta puerta, y al cuarto
de don Juan. Ignacio tal,
por si a las voces que yo
daré para que le llamen,
maliciosamente acude.
Y estando los dos delante,
los conventos dando muerte
a un infiel, ya que a él le salve
la dignidad de su estado.
Inés, Inés.
Sale doña Inés.
Si el llamarme,
después de que este retrete
ha sido, señor, mi cárcel,
es para darme la muerte,
sepa yo antes que me mate
cuál es mi culpa.
Responde
a cuanto te preguntare,
advirtiendo que este acero
es a un tiempo juez y parte.
Todo me ha cubierto un hielo;
pero nada me acobarde
mientras vive don Enrique,
bien que desconfiado se halle
de él y de mi fineza.
(Aparte)
Aquí
es mi asechanza importante
para que en su daño tantas
variaciones mentales
su juicio confundan.
Dime,
afrenta de mi linaje,
¿por qué de casar te excusas
con don Vicente, un tan grande
caballero?
Por no hacer,
(ya desprecio que hable
como quien morir desea)
a otro cariño el desaire
de ser suya.
¿A otro cariño?
Sí, señor; don Juan lo sabe.
¿Don Juan Romero?
¿Pues quién,
sino él, pudiera hallarse
dueño de mis confianzas?
(Atrayéndola)
¡Ay, cielo, más notable!
Según eso, mal podrás
ignorar cómo, quién sale
y entra a su cuarto,
que en él una copia guarde
de una hermosura.
Y la adora
con afectos tan leales,
que sin mirarla no vive.
Calla.
Si tú la miraste,
¿para qué me lo preguntas?
¿Habrá sucedido a nadie
caso igual, que cara a cara
me confiese unos ultrajes?
La que bien tejí cautelas.
En efecto, te persuades
a creer que de don Vicente
(porque a mi palabra falte)
no has de ser esposa.
Solo
(por más que tema enojarte)
soy de otro dueño.
(Habla Vicente desde aquí)
No será, pues sin que aguarde
otras averiguaciones
mi enojo...
¡El cielo me ampare!
(Echa la mano al puñal y ella se retira)
¡Con tu muerte...!
Pues que es general.
Don Juan, don Juan.
No le llames.
(Ojalá salga).
Sale don Juan.
¿Qué es esto,
señor don Luis? Pero nadie
pretendo ya que me informe,
al veros en semejante
despecho.
Al mirarle tiemblo.
Cuando su virtud me hace
espaldas, ya no hay que tema.
Ya es fuerza que os declare
mis penas; que si mis penas
en pocas palabras caben,
oídme.
Cierra la puerta por donde salió don Juan.
De buena gana.
Pero no, decidme antes
(pues de vuestras confianzas
en ella, quien hace alarde)
¿qué es lo que os ha dicho en cuanto
al punto de no casarse
esta inobediente hija?
Que de algún tiempo a esta parte
tiene elegido el esposo
que es de su gusto; los lances
que hasta ahora han sobrevenido
dilataron el que os hable
yo por ella en este mismo
sentido.
Para que pase
a atar otro cabo, espero
que en cuanto aquí se tratare
me hablaréis con verdad.
Esa
nunca podrá a mí faltarme.
El renombre que teníais
¿por qué sin causa mudastes
en el de Agnerio?
¿Empeñáis
vuestra palabra en guardarme
secreto?
Sí.
Pues fue por
que el apellido me ensalce
de vuestra Inés, a quien yo adoro.
¿Qué decís?
Lo que escuchasteis;
y el hacer a mi Cordero
tan grandes cariños nace
de ser prenda suya.
Ya
¿qué duda puede quedarme
si ella se le dio?
Y por que
la conversación se ataje
(pues más de lo que pensé
decir os he dicho) dadme,
señor don Luis, el abrazo
de una divina, admirable
beldad por quien vivo, pues
no sé por qué he de padecer
a vuestro yerno bebiendo
el que beba en su semblante
las luces en quien el alma
salamandra de amor arde.
Oír y callar conviene,
Este hombre ha de quitarme
el juicio.
En cada palabra
envuelve mi astucia un áspid.
La hermosura que pintada
truje yo, ¿amáis?
Es constante.
¿Cómo es posible que quien
hasta ahora manejó iguales
la decencia en sus acciones
haciéndose respetable
en todo el reino, confiese
sin confundirse o turbarse
este error?
¿Error? Pues ya
de ella misma y de sus padres
(de que es Dios testigo) tengo
el sí para desposarme.
¡Clérigo y casado a un tiempo!
Ojalá que en mis afanes
no fuese cierto.
Así traído,
de violencia tan suave
véncelo todo el misterio.
Yo no sé por dónde echarme,
pues el dementir a tantas
razones, tantas señales
como a esta dama hoy la culpan
es solicitar que falte
la luz del sol si las creo
diciendo que ha de casarse
un sacerdote él mismo hecho.
A que crea me persuade
que está loco, y de los locos
no ha hecho hasta ahora, caso nadie.
Que mi padre se confunda
no extraño cuando no sabe.
Ahora bien,
para que se desengañen
en delirio malicioso
y una obstinación culpable
solo con esta pintura
los he de convencer.
baja de rápido en un compás el Ángel 1º y llegando al tablado vuelve el retrato de la que hace a Santa Inés como estaba en la 2ª jornada, y vuelve a subir sin pararse
Antes
pues no gustaré que logren
las astucias infernales
su descrédito, haré que
la verdad quede triunfante.
Pese al abismo.
¿Es esta
deidad la beldad que amasteis?
Esta es, que mi alma lo dice.
Esta es, que mi amor lo sabe.
Cielos, ¿qué es esto?
Faltar
ya aquel aparente y mudable
matiz, que un velo incorpóreo
oscureció sus celajes.
Muda estatua soy de nieve.
Esta es aquella admirable
romana virgen que estrella
del empíreo cielo esparce
entre cándidos armiños
mil purísimos volcanes.
Esta es Santa Inés, por cuya
continuada, inimitable
devoción es su fineza
ejemplar sin ejemplares.
Toma la pintura.
Esta es la que adora el alma
como a esposa. Y así, dadme
en el retrato la gloria
de estar viendo su semblante.
¡Ay, mi bien; pero qué he dicho!
Descuidada lengua, fácil,
los favores que a Dios debes
revelas, sin acordarte
de que si se desvanecen
es natural que te falten.
Padre.
Don Juan.
Vase.
No creáis
cuanto os he dicho, dejadme
que, sepultado en mi propia
confusión, sin que a mirarme
llegue el sol, muera, que en fuerza
de las divinas piedades,
lo que inadvertencias yerran,
penitencias satisfacen.
¡Misericordia, Dios mío!
Ya a lo menos retractarse
de su dicha y para mí
son triunfos las vanidades.
¿Has visto, señor, has visto
cómo cuanto maliciaste
fue ilusión?
¡Ay, villanía,
que igual asombro me hace,
mudar tanto de opinión
que en nada he de violentarte
ni el gusto ni el albedrío.
Dale un papel igual al de Enrique.
Vase.
Tú, pues, velo, por tan grande
favor, y porque en mi abono
otro testigo declare,
esta décima que el señor
en que a su amada aplaude,
y a mí me dio para leerle
segunda vez afiance
su inocencia y mi inocencia.
Ya, pues nunca llegan tarde,
en vano podrán tus quejas
desvanecer mis verdades.
Cuando piensa que sus dudas
acaban al primer lance,
sucede otro engaño.
¡Oh, cuántos
dulces requiebros amantes
habrá escrito en estos versos!
Lee, pues nada hay ya que aguardes.
Lee.
Tarde va a enmendar el daño
de tus cautelas partido,
entre la voz y el oído,
ha llegado el desengaño.
Ya que revuelves engaño,
el esposo que te dan,
pues tienes otro galán,
en cuya fe, poco cuerda,
nada pierde, aunque te pierda,
don Enrique de Milán.
¿Habrá habido, santos cielos,
caso hasta ahora en que se enlacen
tantas y tan repetidas,
confusas contrariedades?
¿Ves cómo te engaña?
(Vase)
Cuando
una niebla se deshace,
otra mayor me congela;
aun más el fuego que el aire.
Pero ¿qué hay que discurrir
aquí, más de que al trocarse
los papeles, el acaso
dio a tanta cifra la clave?
Pues sé que don Enrique
de Milán es de quien nacen
tan repetidos disgustos,
cederé enviando a llamarle,
aunque don Vicente diga
que le he engañado.
¡Ay pesares!
Ya pocos eslabones
quedan para que se alargue
la cadena en que avasallado
can me permitió que ladre
el poder de Dios, al ver
que es consecuencia innegable
de hacer que calle un demonio,
el mandar que avise un ángel;
pero no desconfiemos,
furor mío, que los volcanes
que respiro sin que cedan
ahúmen, ya que no abrasen,
volviendo a estar a la vista
en el adoptado traje
que ha sido mi disfraz.
(Vase y salen don Juan y Bragazas)
Diga,
¿dónde el corderillo está?
No sé, aunque quisiera ya
que estuviera en mi barriga.
Mas ¿qué priesa, que me olvido
de que pague su pecado?
Pues ¿no le he hecho ya estofado,
padre? Estéme agradecido.
De su dañada intención
perdón es bien que le pida.
¿Yo perdón?
Sí, por mi vida.
Pues no quiero, con perdón.
Ya lo hará, y déjeme ahora
a solas conmigo un rato.
Conque ¿pareció el retrato
de aquella cierta señora?
¿Qué sabe de eso el lebrón?
Váyase, digo.
Al patricio,
que no se ha de alzar el grito
con los hombres como yo.
Y a aquel pobre caballero
no espere verle después.
¿Caballero?
Pues ¿no es
de la Casa del Carnero?
Él se guardará.
A su son,
y dejémosle rezar.
(Vase)
Desde aquí empieza a bajar un tabernáculo ilu- minado en cuyo asiento vendrán Jesús y María en el nubarrón que les sirve de basa, santa Inés con vestido blanco, saliendo al mismo tiempo un ángel de cada lado en la punta inferior de un semi- círculo de flores que, uniéndose a la tramoya prin- cipal, formarán una guirnalda.
Ya que desembarazar
puedo la imaginación,
inmenso Señor, de tanta
continuada tropelía,
¿cuándo será el feliz día,
mereced en que la santa
virgen pura que amo, dé,
supuesta vuestra licencia,
la última correspondencia
a los logros de mi fe?
Si decretasteis que sea
mi esposa visiblemente,
y tanto su ausencia siente
quien en amarla se emplea,
reveladme cuándo la hora
llegará que haga notorio
de este nuevo desposorio
el alto favor.
Ahora,
que cuando el fervor persuadió la fineza,
que cuando a suspiros compraste la dicha,
a ser tus padrinos de boda descienden
Jesús y María.
Mas ya brillante embarazo
del aire mira mi anhelo,
muchos pedazos de cielo,
y un cielo en cada pedazo,
con que absorto y suspendido,
sin que a su ardor se resista,
no hay sentido sin ser vista,
si es que me quedó sentido.
(Apéase la santa en el tablado).
No temáis.
Inmenso Señor,
soberana Virgen pura,
¿cuándo humana criatura
mereció tanto favor?
Atráete a Inés, tu esposa,
venimos porque su mano
tu amor premie más que humano.
¿Hay suerte más venturosa?
Y pues a la imitación
de Domingo afectüoso
de mi madre, en mí el piadoso
premio de igual devoción
quiere que de Inés lo seas,
siendo tu virtud la dote,
como sumo sacerdote
(para que mi poder veas)
hoy os he de desposar.
No sé si me atreveré
a tanto logro.
¿Por qué,
cuando te vengo a buscar?
Porque toda la esperanza,
al verme en aqueste intento,
se ha vuelto conocimiento.
Mas esa desconfianza
me enamora.
Con la acción
en que vuestras manos uno,
en mi nombre, trino y uno,
os echo la bendición.
(Dadas las manos don Juan y santa Inés, el niño echa la bendición.)
Pues que he de llamarte mío
y aguardas, llega a mis brazos.
Estos sí, amor, que son lazos,
corona del albedrío.
¿Tienes ya más que pedir?
¿Tienes ya más que esperar?
Nomás que vivir de amar.
Pues conmuévese el oír.
(Volviendo santa Inés al sitio en que se halló, va subiendo poco a poco la tramoya, a quien sigue en una media elevación don Juan, hasta quedarse en la mitad.)
Que cuando el fervor persuade la fineza.
Que cuando a nuestros compases la dicha.
A ser sus padrinos de boda bajaron
Jesús y María.
(Salen por un lado don Luis, don Vicente, doña Rosa, doña Inés y Fadrique; y por otro don Enrique, Bragazas y el demonio en traje de criado.)
No paséis de aquí, que el rapto
en que le miro suspenso
la planta embarga.
Aunque os haya
traído para este puesto
el señor don Luis, ¿no veis
que sin morir se ha ido al cielo
mi amo?
No sé en tanto asombro,
si lo miro o si lo sueño.
Que el poder de Dios me obligue,
obrando contra mí mesmo,
a deshacer en su abono
cuanto de mis fingimientos
tejieron las artes.
¡Oigan,
que se ha arrobado fingiendo!
¡Qué portento!
¡Qué prodigio!
Para que mayor portento
admiréis, oíd mis voces.
(Ya, Señor, os obedezco.)
¿Qué diablos le ha dado a este hombre?
¿Qué es lo que dices, Angelio?
Ángel soy, pero de sombras.
¡Ay, Jesús!
¿Cómo va eso?
Yo (¡monstruelos vomito!)
soy Luzbel, que pretendiendo
desacreditar la vara,
pureza, el piadoso celo
de este hombre, inventé tan vanos
equívocos, fingimientos.
Todo es mentira, él es casto;
visiblemente le ha hecho
el favor de Dios esposo
de santa Inés, cuyo bello
retrato conmuté en otro,
mas ¿para qué lo refiero?
(Húndese.)
Si con declarar que en todos
aún mentido los recelos
al infierno en mi coraje,
quiero llevar otro incendio.
Buen viaje.
¿Qué he escuchado?
¿Qué aborto es esto?
Yo suspenso.
¡Ay, qué horror, señores!
Baja la elevación.
Tengan,
que a mi amo don Enrique ciego
baja tan aprisa como
los tomates en su tiempo.
Callemos lo que hemos visto,
porque no mortifiquemos
su humildad.
A bien que yo
lo parlaré.
¡Qué necio!
¡Qué necio!
¿Quién está aquí? Si habrán visto
los favores que a Dios debo.
Quién sabe ya qué ilusiones
e inventos del demonio fueron
tan continuas tropelías.
Dad por favor tan inmenso
gracias a Dios; mas ¿qué prenda
tengo yo para creerlo?
Ver que de Enrique es esposa
mi hija.
Ver que lo celebro.
Yo con el alma y con la vida
ver que feneciendo el duelo
de esta herida, ser esclavo
de doña Rosa pretendo,
pues de cuanto la he debido.
Estando vos satisfecho
no lo resisto.
En mí empieza
vanidad el parentesco.
Toquen a boda.
Adiós, hijos,
que a mi querido convento
de San Julián me retiro
a morir, y si allí os puedo
servir de algo, no me olvide
vuestra amistad.
Yo la venero.
Y aquél va a ser confesor,
yo iré a ser demandadero.
Padre, adiós.
Ya aquí da fin,
senado ilustre y discreto,
la historia de quien ha sido
clérigo y casado a un tiempo.
Ya queda dado fin de la comedia de Clérigo y casado a un tiempo.