
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
Metandanten der Arbeit
Wanrnung
Kannn Fehler oder Auslanssungen enthanlten. Wenn Sie eine bessere Ausganbe hanben, kontanktieren Sie uns bitte bei uns für Updantes.
Lizenz
Dieser Inhanlt wird unter der Creantive Commons CC BY-NC 4.0-Lizenz anngeboten. Erlanubte Wiederverwendung nanch Vereinbanrung; Kommerzielle Nutzung nicht gestanttet.
Zitiervorschlang
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de En el dichoso es mérito la culpa. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/en-el-dichoso-es-merito-la-culpa.
Primera jornada de la gran comedia En el dichoso es mérito la culpa. Personas: Tiberio, general de los atenienses Erimaco, rey de Atenas Adolfo, senescal Glauco, príncipe del Peloponeso Polibio Seleuco Artilo, villano Corisca Doralice, reina del Peloponeso Astrea, infanta de Atenas Flora, villana Laura Fenisa Músicos y acompañamiento. Estrenola en Sevilla la compañía de Francisco López en [...] del mes de abril de 1663.
[Página en blanco]
Primera jornada de En el dichoso es mérito la culpa, de don Román Montero de Espinosa. Personas: Tiberio, primer galán Erimaco, rey de Atenas Adolfo, senescal Glauco, príncipe Polibio Seleuco Artilo, villano Corisca Doralice Astrea, infanta Flora, villana Laura Fenisa
Tocan a marchar y sale Polibio con bastón y soldados, y detrás Doralice con armas, enaguas y bastón, bandas y plumas negras, y acompañamiento.
En este obelisco, en este
de la diosa Temis templo,
sacra pitonisa grave
de las tres Parcas, de Cloto,
de Júpiter, que predice
lo rápido, atroz del tiempo,
haga el ejército alto,
suspenda altivo el silencio,
en la marcha de mis huestes
los marciales instrumentos,
en tanto que yo consulto
al oráculo el asedio
de Atenas, a cuyo estrago
conduzco el Peloponeso.
Y vos, oyentes míos,
uno de los ritos nuestros
que en toda Grecia establece
la religión que profeso,
es humillarse a esta diosa,
que profetiza el adverso
o próspero fin, en cuanto
emprende el valor, primero
que se entre en la lid, debida
reverencia, al culto excelso
de los dioses, ley que incluye
en la humildad el acierto,
porque en las causas humanas
con los divinos preceptos,
para encaminarse al triunfo
se va por el rendimiento.
Y el bastón de Doralice
seguís, valientes guerreros,
y yo como caudillo os mando,
como absoluta os gobierno,
como irritada os incito,
como ofendida os aliento
a la venganza que busco,
al desagravio que emprendo,
a la destrucción a que aspiro
y al odio en que permanezco.
Yo, aunque rijo dos varones,
mi padre y señor, heredo
la corona oriense; antes
que los dos nací; el derecho
de nuestras antiguas leyes
me da posesión del reino,
porque a las hembras no excluye
el estatuto, y es cuerdo
dictamen que el solio ocupe
quien llega al mundo primero,
pues en la naturaleza
queda enmendado un defecto.
En mí la difunta sangre
del infeliz duque Uberto,
mi hermano, vive, mas vive
tan violenta, que en el pecho
con ansias, con sobresaltos,
con ahogos, con incendios
parece que desconoce
quién soy, porque no la vierto.
En mí, del príncipe Glauco,
mi hermano también, conservo
la esperanza de ponerle
en libertad, pues al tiempo
que Uberto quedó difunto
quedó Glauco prisionero
de Erimaco, rey de Atenas,
cuyo feroz y sangriento
natural trata a mi hermano
con tan infame desprecio,
en tan tenebrosa cárcel
y con tan corto alimento,
que por no ser él, se puede
tener por feliz el muerto.
De Erimaco en fin ha sido
el campo que rompió el nuestro,
cuyo general (¡ay, triste!)
Aparte.
Aparte.
A todos.
¡Qué Tiberio, qué Tiberio,
de quien ofendida vivo,
y de quien amante muero!
Este ha de morir, soldados
(o no lo quiera el cielo)
este ha de morir, y Atenas
en el trofeo, de un odio suelto
de quien la defienda, uniendo
pues todos hacen un cuerpo
en uno a todos, de forma
que aunque solicite el ruego
la excepción con su castigo,
quede ocioso el escarmiento.
Ya estáis a vista de Atenas,
y antes de tomar los puestos
a la justa ceremonia
que la diosa aguarda. En pro,
esperad que sus respuestas
yo os revele, no temiendo
que me aparte el vaticinio
de la máxima que llevo,
que o se pierdan mis escuadras
o se logren mis alientos,
triunfante o vencida siempre
será en favor el suceso,
porque el morir es mal,
porque el matar sí es bueno.
Tocan y bajan.
Ya de la deidad el culto
reverente han descubierto,
y Doralice inclinada
se queda sola en el templo,
esperando en la respuesta
satisfacción del obsequio.
Hable el rayo oratoriamente,
no se haga mudo.
Sale de sargento Corisca con Artilo que le trae con un cordel al pescuezo.
¿Qué es esto?
Sonoros y osados partidos
al bosque, que en el encuentro
esquivamos, que oculto
de la maleza en lo espeso
este papel escondía,
y en el sobrescrito advierto
que le trae a Doralice.
Dale una carta cerrada a Polibio.
Pregunte quién le dio el pliego,
y por señas me responde
que no me entiende.
Hacen que se hacen señas de mudos Artilo.
El respeto
debido a quien se dirige
es para no haberle abierto
salvaguardia. ¡Hola! no más,
villano, no afecte el miedo
esa imperfección que finges;
la libertad te prometo
si me declaras quién eres.
Prosigue Artilo en las señas de mudo.
A causa,
a lo que yo veo,
es un mal representante
que todo se le va en gestos.
Yo le haré hablar con la cuerda
que trae pendiente del cuello;
al instante le colgad
en un árbol.
Aparte.
Lo oigo y tiemblo.
Anda, infame.
Suspended
el orden, que es desacierto
hasta ver a Doralice
llevarle.
Señor, yo tengo
compasión de este cuitado,
porque es muy posible.
Aparte.
Bueno.
Que es mudo, y te suplico
que le ignores su yerro
midas.
¿Cómo?
Tira del cordel.
De esta suerte.
Ven acá, ya que te creo
que no puedes hablar, dime,
puesto va la vida en ello,
sin dilación o te ahorco,
¿cuánto ha que eres mudo?
Eso,
por las calendas de octubre
hará tres años y medio.
Pues, ¿cómo hablaste?
No siempre
ha de estar un hombre enfermo.
¿Y quién te había quitado el habla?
Un amigo, por un cuento.
Budiécase y señas de que no entiende.
Disparates deja, y dime
quién te dio el papel.
Tremendo
traidor.
Saca la daga para darle.
Por la deidad sacra
de Júpiter, que a mi acero
has de morir, si al instante
no lo dices.
Quedo, quedo,
mire usted que este es un mal
que me suele dar a tiempos.
Responde, loco.
Agua va,
que me vacio.
Dilo presto.
De Atenas.
Sale Doralice.
Arrójale de mitades la carta.
Basta, infame.
¿Qué veo?
Tú, malévola respuesta,
tirana deidad (a los cielos)
acreditas (suerte injusta)
que en tus aras (error fiero)
recibes mi sacrificio
en forma de sacrilegio.
¿Qué te asusta?
La amenaza
del oráculo.
¿Ha resuelto
nuestra rota?
No y sí.
¿Cómo
se ha de entender?
Oye atento.
Si una gota de sangre
vierte en campaña Tiberio,
que será victoria su campo.
El ídolo que fingió
se iguala al de lo que temo,
pero si Tiberio herido
y no queda, venceremos
el suyo, entrando en sus tropas
mis armas a sangre y fuego.
Tiberio, que es general
ateniense, es el objeto
de mi venganza, y si hoy llegas
su castigo, será el nuestro;
ved si puede ser más torpe
el condicional efecto
de la victoria, pues cuando
de nuestras iras Tiberio
es el imán con el logro
de la batalla, si pierdo,
no es el término citado
hoy de la diosa.
Sí.
Luego
mañana cesa en el triunfo
el escrúpulo del riesgo.
Es la verdad.
Llega Polibio a Artilo y él le reconoce y se asusta.
Pues dilata
plazo tan corto el asedio
a cuartelarse mi campo,
fortificando este puesto,
hasta que el plazo derogue
las cláusulas de la guerra.
A este villano.
¿Qué miro?
Se halló en el bosque encubierto
con este papel.
¿Y dice
quién se le dio?
Abre el papel Doralice.
Es embustero,
en callar hasta el instante
que saliste.
De Tiberio
¡ay de mí! es la firma, o cuanto
que lo conozcan recelo,
mi hermano Glauco me escribe
desde su prisión, y quiero
ver el aviso que envía.
Aparte.
No es su alteza vana.
Os debo
este servicio.
Cobrarle
me dejad.
¿Cómo?
Poniendo
donde conviene este lazo
para ahorcar este sargento.
Voy a repartir la orden.
Quítase el cordel, y quiere ponérsele a Corisca.
Esperad vos.
A renegado, ya me espero.
A mal dicho.
A renegado.
¡Ay caso tan sin ejemplo!
Vanse Plenubio y Corisca y los soldados, de rodillas el asustado.
Y aquí estamos, que dado a solas
a parar en campo de obresos,
que el de darte uno sobre otro,
no habrá dónde ponerlos.
Aparte.
Artilo, aparta, y advierte
que la indignación refreno,
porque es en la ignorancia
la culpa del precipicio.
¿Como el traidor que te envía,
si sabe que le aborrezco,
notas me escribe apurando
la fuerza al atrevimiento?
¿Juzga Tiberio que el crimen
antiguo del amor nuestro
no fue fin inviolable
con el agravio moderno,
si de griegos y atenienses
el rencor vive tan lejos
de acabarse, que a saberse
alguna vez el secreto
que nos mantubo la llave
de tu rústico silencio,
afrentosamente Atenas
por traidor diera a Tiberio,
y en Doralice empleara
su furia el deponerlo,
como a todos vistos hace
tan bárbaro desacierto,
que lo que da a la memoria
lo quita al entendimiento?
¿Como que, de aunque los astros
se mancomunen violentos,
si es Erimaco el servido,
ser de Doralice el premio?
Aparte.
Como puede, no dejando
de ser posible, que dentro
de la inclinación las culpas
que explico, en disculpas vuelvan?
Lee Doralice.
Señora, ya no es hablar,
andar y ya en avengo
a volver, solo te digo
que cuando estubo Tiberio
en tu corte disfrazado
(porque en divino bosquejo
de tu belleza en la copia
le desbarató el cerebro)
cultivando tus jardines,
soy su hermano y compañero.
Los dos os embarcasteis,
y él conmigo partió el riesgo,
no más que y van los peligros
a medias, no los trofeos;
y Clodio volvió a encender
la guerra entre los dos reinos,
y su amante un perdido
volvió a casa con aquellos
extremos que al despedirse
tubo yo por aspavientos,
que yo (gracias a mis fríos)
dispongo de amor los medios,
y como de aquí no paso
no es el nombre a los extremos;
y faltó la correspondencia,
echó en cólera el resto,
y nos dejó vagamundos;
tu rabia a mí, y al silencio
mas mi amo a quien tiendo
tiene desahuciado enfermo,
se cura con dieta, y hace
cada día su puchero;
y en fin, ya a todas sales
a campaña contra él, pero...
Llora Doralice.
Pues dis si al papel los ojos,
y a los ojos das el lienzo,
y podré yo echar centellas
con su constancia a Tiberio?
Arguyo que le sucede
contigo ni más ni menos
que lo que a mí cuando rompo
el campo, pues al encuentro
de la azadón una piedra
toca el golpe, salta el fuego,
y si constante prosigo
en ir cavando el terreno,
a fuerza de mi porfía
agua resulta del centro.
Dando, andando a un lado y él retrocediendo.
Bárbaro, vil, malnacido,
vos me interpretáis grosero
como ternezas las iras,
y desairáis los afectos
de mi llanto?
Soy un tonto,
que me valgan terraegos;
las leyes de embajador
no me hagáis matar, que tenga
en casa una mujer propia
con cinco niños ajenos,
y dos...
Qué he de responderle.
A mi señor?
Dícele,
que os parece dar muerte.
Vase.
De hambre,
pues no me das un sustento.
La diosa responde airada
no lo que al campo previno,
sino lo que oculto al campo
por minorar mis tormentos
Lee.
dispones (¡ay infelice!)
que hoy ha de morir Tiberio.
Yo he de ser prisionera?
Me escribe piadoso el cielo,
no mi prisión, si la vida
del que juzgan que aborrezco,
porque a pesar de esta llama
cuyo reprimido incendio
me abrasa más cuando en más
corto límite la encierro,
no solo por sangre y patria
debo tener encubierto
mi amor, de los que acaudillo,
mas de quien adoro debo
encubrirle, que es pido
fiscal no le desmiento
con la vida a templar
la constancia de que tengo;
porque si me ve ofendida,
y constante, satisfecho
ha de estar de mi firmeza;
y en estando, te recelo,
que ingratitud, que en los hombres
es tan común el defecto,
al verse querido, y más
deducirse a quererme, no.
Digan lo estas líneas donde
consigo el contrario efecto.
"Doralice, oye, si el día
que a tus pies rendido o muerto
me has de ver, que en mi vitoria
con la tuya logro el premio,
no vengas en la vanguardia,
ni bien excusate al riesgo,
que por ti el temor es porte
en mi muerte, y hacen bilesos
por víctima de mi enojo."
Caen dentro y dicen. Tiberio.
En las aras del silencio.
Seguid la voz de Tiberio.
Qué es lo que escucho?
A las armas,
atenienses, que el efeto
de Doralice.
Atentos
a mi que yo forme el cerco.
Los enemigos avanzan.
Matad, matad, griegos, griegos.
Plenubio.
Invicta señora,
en la ciudad han resuelto
recibirte en la campaña.
Aquí de quien soy prevengo.
Al campo, en batalla.
A los pocos.
Al encuentro.
Cerrad.
Embestid.
Salen Tiberio y soldados de griegos, de orden de juntos, al paso que salen entre ellos Doralice. Se detiene.
Qué miro?
Deteneos.
Deteneos.
Tiberio a vista delante
de sus tropas.
Todo el grueso
aquí está de los contrarios.
Y si herido, queda o muerto?
Y la vitoria aventuro.
Según la diosa ha propuesto.
Si por esta parte embisto.
Al campo que es mi pierdo.
Mas, si el encuentro comience.
Y así comience el encuentro.
Sin dilación.
Con violencia.
por donde sutil efeto,
Polibio, a la retaguardia.
A la reserva, Seleuco.
Volved las caras, orientes.
Atenienses, ciudad presto.
Vanse todos, menos Tiberio y Doralice.
Oye.
Aguarda.
Espera.
Yo
te llamo.
Yo te detengo.
Lo que firmé con mi papel
dudas, y no te desvías,
ingrata, porque no fías
de mí lo que digo en él.
No te desmaye, cruel,
tirano y imposible mío,
la muerte a que mi albedrío
me conduce, y pues la tomo,
no te asuste tanto como
que faltes a mi desvío.
A Glauco, que a escondiditas
el golpe le dio, se entregue
a la violencia, y sosiegue
en la venganza la ira.
Dentro.
Avanzad, orientes.
Mira,
que mi sangre, en Troya infame,
quedará, cuando me llame
quien, a lo que asisto, ignora;
y para que se colore,
conviene que se derrame;
por un peligro propuse
que mi ejército embistiese,
la retaguardia, y quedase
lugar a esta acción dispuse.
Alma, vida y honra expuse
al fin que aspiro; las armas
logra, y no dejes en calmas
satisfacción tan bastante,
que es cuanto puede un amante
rendir: honra, vida y alma.
Arroja la espada, pónese de rodillas.
Dentro.
Cortad el paso también.
Tu acción disimula.
Salen Polibio y soldados.
¿Qué veo?
Ya que en mi agravio
la espada perdí con quien,
cuerpo a cuerpo,
Aparte.
Finge bien.
me vence en el desafío,
mátame.
Dando a entender que quiere embestir a Tiberio.
Consiga el brío
el fin a que me incito.
Tente.
Aparte.
No ignoraba yo
el estorbo, ¡ay dueño mío!
Tente, que harás, Doralice,
si le hiere mi osadía,
del más venturoso día
el día más infelice.
Ase a Tiberio, y levántase.
¿Qué oigo?
La diosa predice
lo que sabes.
Tú, memorias
me valgas.
Porque mi gloria
se aumente, llevarle quiero,
que, haciéndole prisionero,
aseguro la victoria.
Quiere arrojarse a Tiberio, él toma su espada, y defiéndese.
Mi muerte no la defiendo,
mi libertad sí. Juzgando
que será morir matando,
mejor que vivir muriendo.
Hace retirar a los suyos.
No le tiréis.
¿Cómo, huyendo
os vais? Matadme.
Opónese Tiberio.
Cielos.
Ven.
Ya te sigo.
Vase Polibio.
¿Quién vio
acción tal? Yo en perder
la vida...
No puede ser.
Pues ¿quién la defiende?
Yo.
Dentro.
¡Victoria, orientes!
Mi armada
peligra. ¡Ay de mí! Y no fueras
quien soy, no muriendo.
Quiere irse, y detiénele Doralice.
Espera.
Contra mi nombre irritada
te muestras.
Detén la espada.
¿Y respondes a mi temor?
Dudas que te adoro.
Sí,
pues deidad a quien venero,
para ver que por ti muero,
déjame morir por ti.
No lo dudo, y porque ya
sepas que soy, y seré
la que fui, declaro en qué
está mi susto.
¿En qué está?
En que tu muerte será,
según la diosa me dijo,
en mi prisión, y este fijo
y recelando el perderte,
Tiberio, porque tu muerte
falte, mi prisión elijo.
Y ¿presente porque olvidas
el odio?
Por un engaño
que sabrás después.
Ya es extraño
lo que me infama la vida.
¿Cómo?
Como esta ofendida
con su misma adoración,
cuando tendré la ocasión
de mostrar que sé quererte,
si hoy deja de ser mi muerte
rescate de tu prisión.
Eso es solo aborrecerme.
Deja, mi bien, desinjuriarme.
Pues ¿quién llegara a estimarme,
que disgustara el perderme?
Dentro.
¡Tiberio!
Ya resuelvo irme,
es forzoso.
Dentro.
¡Doralice!
Ya es fuerza que escandalice
mi falta.
Violento hado.
¡Ay hombre más desdichado!
¡Ay mujer más infelice!
No se eche todo a perder.
El secreto se recobre.
Nuestro amor se oculte, y obre
el destino.
Así ha de ser.
Pues a morir.
A vencer.
Aunque en contra.
O con favor.
El infortunio.
El rigor.
De este decreto divino
se ejecute.
Obre el destino
y ocúltese nuestro amor.
Batalla.
Vanse. Sale Seleuco con la de orientes, retirándolo, y Artilo detrás con un morrión, lanza y morrión.
Válgame en la escaramuza
el morrión, donde, ¡ay de mí!
me esconderé más allí.
Huye el sargento cocuza,
a salvo en la caperuza.
Le he de dar dos chilindrones.
Sale Polibio retirando de los atenienses, y dale un cantazo a Artilo, y cae en el suelo.
¡Ay que me han muerto!
Dentro.
¡Vitorones!
Son estas de rebatigo,
y para aprender oficio
me enseño a dar coscorrones.
A cargo esta muerte llevo.
Mas, ¡ay desdicha fatal,
qué honrado soy, qué puntual,
he pagado lo que debo!
Sale Tiberio y los suyos y retiran a Polibio y a los otros. Levántase Artilo, y pónense al lado de su ama; y éntranse con los atenienses. Y sale Doralice y los suyos, y embisten para hacerlos prisioneros.
Atenienses, yo os conmuevo
a embestir.
Dadme favor,
orientes.
Curra, señor.
Llegad.
Muera Doralice.
Viva Tiberio.
¿Quién dice:
viva Tiberio, es mi amor?
Vindica la espada
primero
que llegue a tan viles manos
y a los dioses soberanos
que sea de onor buen agüero
con mi sangre y el hado fiero
lo que pudo executo
mas debo adelantar yo
su nociva crueldad, fiera
canalla matadme
muera
si se resiste
Sale Tiberio y se pone al lado de Doralice y rebate a los demas.
esso no
presa a de venir conmigo
(ay de mi) que es justa ley
que en mi victoria sea el rey
árbitro de su castigo
Vase.
pues llevala que yo sigo
el alcance
ya cumplió
la diosa el decreto
no
se asuste nada mi bien
tened el caballo
quien
desmonta
Vase Artilo y sale Adolfo.
Adolfo llego
reconociendo de idel a murallas
de Atenas que ganaste la vatalas
al rey que victoria en que te empleas
te embia el premio y antes que le veas
manda que me oyga
quando gustes puedes
darme el horden que aguardo
dos mercedes
te haze su magestad
Dale un papel y vese el de en blanco.
su firma leo
mas el papel que ylustra en blanco veo
es para que dispongas
tu eleccion las mercedes y las pongas
lograre esta ocassion, y a tus plantas
marchad y alli
detente que quebrantas
el orden con que vengo
absorto y obediente me detengo
solo te es menester
ay infelice
A Doralice.
soldados comboyad a Doralice
entre en Atenas, a la muerte espero
de escolta la servid, y no el azero
la desciña y si fue valiente espada
venerada piadosa y mas no ynjuriada
mi bien aunque tu suerte esta esquiva
el sentimiento muera el valor viva
no te lastime a frenta ser constante
muera mi libertad viva mi amante
Vase Doralice. Llevan a Doralice los que dan Adolfo y Liberio.
con Doralice la piedad te ynfamas
pues a decoros estas atento
es damas
es sangre rogativa siendo oriente
no la deve observar un ateniense
es la verdad, mi sufrimiento luvia
con mi ynpaçiençia
a lo que vengo escuchas
Erimaco a quien sirve mi persona
siendo eroyco puntal de su corona
tanto estima tu fe que si ser puede
su voluntad tu valor excede
quando del triunfo le llego el abisso
en dos mercedes darte el premio quiso
y porque su cariño y su grandeza
fines de Apolo que el en la firmeza
te muestra tanto amor que en esti empleo
da poder su poder a tu desseo
y pues ya saves que del rey soy confidente
como gran senescal y su pariente
ya saves que a mi exemplo te e criado
y que mi educaçion te yzo soldado
y saves ya quien es la ynfanta Astrea
y quan con su virtud mi amor se emplea
no culpes no Tiberio que en tan graves
materias como son dos eleciones
que con as de acer por ti quando respondes
valerme del acierto y lo que saves
se rrepita y acuerde
que oy no se pierde el tiempo que se apriende
la firma tuve en mi poder a penas
quando atendi para el mayor trofeo
al rey a ti a la ynfanta a mi desseo
y a los ylustres subditos de Atenas
a todos pues conviene que en las unas
merced llegue a la cumbre tu fortuna
esta, Tiberio sea
elegir por tu esposa
a quien
a Astrea
suçessora del reyno de su hermano
el uno es circunstançia de la mano
de Erimaco se duda el casamiento
sus vasallos rrespiran con aliento
Astrea aguarda a que tu amor la elija
la boluntad del rey la tienes fija
yo te dispongo a ser de greçia el dueño
y en ti la ynclinaçion no tiene empeño
que se pueda oponer al gusto mio
con que primero que los labios abras
me dice la rraçon sin las palabras
que oy queda a prissionado tu alvedrio
y pues ya logras tan feliz cadena
me doy a tu eleccion la norabuena
como, ay de mi, mi afecto se rrepente
vamos Adolfo vamos a la corte
escribire el decreto de mi suerte
por fuerça a qui a de ser fiero advierte
que para el orden con que el rey me embia
traygo de prevencion escrivania
pues como edicho lo que mas desseo
quiere que logres antes que le veas
Saca un recado de escrivir.
es gran favor y no es menor mi susto
ganar en tanto gusto esta tu gusto
que por darrete en todo
una crueldad dispone
de que modo
viendo que con seguida esta vitoria
solo un emulo tienes en tu gloria
que es el principe Glauco de la triste
prission en que le viste
oy sacarle a mandado
y que del monte al mar precipitado
le rreciua neptuno por trofeo
en las ceruleas ondas de leteo
y es efecutaroya lo que rresuelvo
no se mas que de ser
Adolfo buelvo
venga el rrecado de escrivir
aguarda
Llega a el y trae un recado de escrivir y despues se entra con la escrivania.
ya es mi rrezelo vil si me acobarda
y publique mi amor
ya escrivir puedes
no es esta firma para dos mercedes
si
pues el alma dice en que se emplea
ya en la union de Tiberio con Astrea
alcanço el logro que espere constante
ya escrivi y te sigo ve delante
puedo ver lo que elijes
pues no Adolfo
ya sale este vaxel del puerto al golfo
y rrompe la opression del cautiverio
doy livertad a Glauco, y a Tiberio
le doy licençia para
el rey lo dice
que se casse, con quien
con Doralice
Mira le admirado y titubea leyendo.
que as dicho loco basuaro que as hecho
ya esponçoña la rravia que en mi pecho
yntroduço la vista
no desvozes
por disculpas tan viles como atrozes
una deydad y un reyno se abandona
mi persuasion en mi en di tu locura
mulbate de la ynfanta la ermosura
obliguete de greçia la corona
mira que te ofre a Astrea
a lo que vengo y que su amor dessea
que te rriminas
el papel lo dice
quien el juizio te usurpa
Doralice
saves el cimen de mi error
no vienes
por mi rrespuesta
si
pues ya la tienes
lo que a firmado el rey mi pluma esplica
a lo que manda el rey no se rreplica
deste delirio que tu ser deshaze
Sale Seleuco.
Tiberio el enemigo se rrehaze
que viendo a Doralice prissionera
quieren librarla o que su campo muera
Adolfo a un tiempo me conduce y llamas
a qui la boluntad alli la fama
vuelve al rey en tanto que yo sigo
de la vitoria el fin
Tiberio, amigo,
muda antes de opinión.
Vase.
Más fácil fuera
mudar un monte.
Fuese.
Muestra.
Aguarda, escucha, espera.
¡Y quedo mortal! Discurso mío,
suple tú hoy esfuerzos, hoy, del brío.
Si el papel doy a Erímaco la muerte
doy a Tiberio, ¡oh qué rigor tan fuerte!
Y cuando el Rey se temple porque estimas
a Tiberio, que el vulgo se reprima,
no es fácil, siendo que ama un ateniense
a una mujer que es de nación oriense.
La infanta de esta culpa en el gravamen
contra mí ha de irritar todo el despecho,
que ignoré de Tiberio el vil dictamen
y hallo imposible lo que di por hecho;
pues, ¿qué he de hacer, siendo el volver preciso
del arresto de esta al Rey con el aviso,
y el papel cuando en público se vea,
es contra el Rey, Tiberio, el vulgo, Astrea?
Y mi palabra, ¿qué he de hacer? ¡Ay, cielos!
Me permite un arbitrio, ya el consuelo
mi discurso penetra:
lo que he de hacer es contrahacer la letra
de Tiberio, mudando donde dice
Doralice, y en vez de Doralice
he de poner Astrea.
Principio del remedio el arte sea;
pues con ficción del arte, que despinta
del papel el carácter, de la tinta,
y después porque excuse el casamiento
con Astrea, yo haré que el parlamento
lo impida, pues también mi afecto advierte
que casarle a disgusto es darle muerte.
Tiberio, pues estás falto de sentido,
yo no, y así procuro con tal daño
que el fado quejoso esté agradecido,
mi amistad a Tiberio con engaño,
por mostrarme leal con tu ventura
aleve debo ser con tus locuras;
si amigo soy, y de este nombre sigo
la propiedad, que el verdadero amigo
del que lo es en estorbar el gusto
que reconoce injusto,
y el que no lo hace así, no es bien se llame
amigo fiel, que es lisonjero infame.
Vase y sale Erímaco, Astrea, Música y acompañamiento. Cajas dentro.
Erímaco, rey de Atenas,
y sujetas las cervices
de los orientes rompiendo
el campo de Doralice,
aclame su nombre,
su gloria celebre,
su imperio eternice
el mundo en aplausos,
en ecos el bronce
y el mármol en timbres.
No cantéis más, que es ofensa
mía, donde no solemnice
en la victoria mi nombre
quien el de Tiberio olvide.
Si indivisibles las almas
de los dos en una viven,
¿por qué las aclamaciones
no han de ser indivisibles?
El fin del tono embarazas
porque gusto en él...
Prosigue.
Tiberio, asombro del orbe,
a los atenienses rige,
nadie su fortuna aplauda,
todos su valor envidien,
aclame su nombre,
su gloria celebre,
su esfuerzo eternice
el mundo en aplausos,
en ecos el bronce
y el mármol en timbres.
Ya que del Peloponeso
triunfante destruye y rinde
mi poder con el estrago
la enemiga y recia estirpe,
y ya que al príncipe Glauco
sacan de la oscura y triste
prisión para que del monte
en el mar le precipiten,
ved si le llevan, que acabe
el odio que en mí es tan firme,
con las ramas, que ser pueden
renuevo de las raíces.
Sale Astrea.
No le lleven.
¿Quién suspende
el orden?
Yo.
Pues, ¿tú impides
la muerte de Glauco, Astrea?
Sí, Erímaco, y no imagines
que es proponerte y pedirte
que a tus pies le traigan antes.
¿Qué razón puede haber?
Diré,
que tanto como que él muera,
te importa lo que has de oírle,
y así atenta al útil nuestro
dilatar su muerte quise,
señor, para que le escuches,
mas no para que le libres.
¿Adónde está?
Con la guarda
que le conduce previne
que esté a estas puertas.
Entre solo.
Vase la música y acompañamiento, y entre Glauco en cuerpo.
Llamadle.
Que justifiques
tu rigor pretendo, escuches
de mi proceder el crimen.
Quítame el pesar de verte
con la sinrazón de oírte.
Breve seré por negarme
a las presunciones viles
de que a dilatar la vida
a este espacio me dirige.
En el pasado rencuentro
fueron tus armas felices,
y que en este de hoy lo sean
también los dioses permiten;
ni este ni aquel me conmueven
a que en la fortuna admire
mi adversidad, la memoria
en los anales registre
que en favor o en contra, al tiempo
que un campo con otro embiste,
han sido los militares
accidentes infalibles.
Hasta hoy, sin verme el rostro,
en una prisión tan triste
me encerraste, no me espanto
con tu enemistad cumpliste,
y rendida muerta yaze
a tus armas Doralice
por Tiberio, es accidente,
ya que no lo admire, dixe,
mas lo que admiro es que ignores
la injuria que se te sigue
en darme la muerte, quando
ni mi esfuerço le resiste
ni mi culpa averiguaste.
Con que solo el rigor sirve
de obstáculo que deslustra
el crédito que adquiriste,
pues en el padrón del tiempo
las esperiencias imprimen
que tiene la cobardía
en la crueldad el origen.
Tu púrpura con mi sangre
pretendes que se amortigüe,
que el matar a sangre fría
qué púrpura no destiñe,
pues tírame y demuestra
la temeridad que elijes,
porque alivian los que mueren
el temor de los que viven.
Tirano, mas no acuse
en los oprobios civiles
de tu acción mi aliento y logre
tú con lo que yo publique
la disculpa de matarme
sin mostrar que me temiste,
pues ay en lo que me ignoras
y razón de que me castigues
antes de encerrarme en esta
obscura prisión y horrible.
15
más para un vil delincuente
que para un soldado insigne.
La hermosura de Astrea
a cuya deidad sublime
rendí el alma que aunque preso
estuve hasta entonces libre.
¿En qué mucho...
[Aparte.]
¡Ay, qué oigo!
Esas propias
admiraciones que miden
la ofensa con la venganza,
harán, cuando me averigüen
lo que pronunció en mi reino,
que en el rencor invencible
de orienses y de atenienses
faltar al odio es el crimen
donde hay más rigor que en cuanto
las dos naciones delinquen.
Yo voy a morir, Astrea,
y pues juzgar no es posible,
que aspiro al premio (en quien ama
hay interés aborrecible),
antes de morir, señora,
declararte mi amor quise,
decirte mi amor, disculpe
que aunque opiniones sutiles
de sofísticos amantes
o platónicos afirmen
que ha de ocultarse a la dama
el amor, lo contradice
mi fe, que si en el decoro
todos los afectos ciñe
el que adora, cuando encubre
su esclavitud a quien sirve
la agravia, que a la hermosura
que más postre y más incline
qué le importa lo que vence
si no sabe lo que rinde.
Y ya injusto Erimaco debes
a la culpa que me diste
el parecer justo cuando
del monte al mar me derribes
que habiendo quien la pondere
no habrá quien se escandalice.
Y tú, bellísima Astrea,
el sacrificio recibe
en las aras de tu aplauso,
no por ser víctima humilde
la desprecies, que los dioses
nunca la ofrenda despiden.
Muera yo.
Calla, bárbaro, que afliges
mísero con el sacrilegio
e indecente que repites,
quitarte la vida es corta
satisfacción, y difícil
es que llegue la venganza
donde hay injuria más breve,
aquel supremo y tonante
dios que a los demás preside
que ha de poblar mi discurso
de atroces y de terribles
máximas que el desempeño
de mi afrenta faciliten.
Pues en tanto que te encuentras
mi cólera el labio explique
infeliz y osado joven,
quién, dónde, cuándo, qué oprime
mis alientos, dio dispasso
culpa, ofensa, ¿quién divide
16
[Aparte.]
mis palabras) tan enorme
como ya no, no es posible
declararme, si la ira
es la que la voz me impide,
no es la ira que se templan
mis acentos al oírte.
Pues ¿qué será?
No hay tormentos
que a mi rigor califiquen.
[Dentro.]
El príncipe Glauco muera.
Vasallos,
así lo pides
el odio común del pueblo.
[Dentro.]
[Despejad]
Llevadle
ministros viles.
Ya voy contento a morir.
[Dentro.]
El rayo esgrime
de Júpiter.
¿Quién profana
mi palacio?
[Sale Doralice con la espada en la mano.]
Doralice.
¿Qué ves?
¿Qué escucho?
Atiende.
[Aparte.]
Qué prodigio hermoso, ay triste,
me pasma y dispone el cielo
que conmigo hoy predomine.
[Arrójale.]
Este acero que vencido
yace aunque el dolor le irrite
a tus pies debo ponerle
por entrar pude blandirle
llegué a tu ciudad oyendo
la sentencia cruel que diste
a Glauco y osada rompo
tu guarda sin que me anime
el ansia de que suspendas
la muerte en él, antes hice
el escandaloso esfuerzo
para llegar a pedirte
no que en él no la ejecutes
sino que en mí la dupliques.
Un raudal de sangre solo
no basta para que alivies
el rencor juntando fuentes
que a hidrópica sed brinden.
¿Qué esperas? porque desayras
mi súplica tu voz dicte
el decreto, su fin logre
tu atrocidad, no vacile
tu fiereza, el mar sepulte
tu enojo, su fondo habiten
dos tan sagradas reliquias
que para que las estime
la veneración y nunca
en el decoro peligren
entre los bajos cristales
tendrán eternos viriles.
Tu nombre has hecho inmortal
[Aparte.]
Dentro de mí porque fuerza
el rigor que oculta y cerca,
retrocede el natural.
[Aparte.]
Compasiva llego a verme.
A pesar de mi rigor
es el amor, y es amor
que el descubrirle es perderme.
La causa en tus dudas ignoro.
17
[Aparte.]
[Dentro clarín. Tocan clarín y sale Artilo que trae con un cordel al cuello a Corisca.]
¡O quién a Glauco librara
sin que nadie imaginara
que agasajo a quien adoro!
Este valiente desdén
de la vida, ¿quién en mi aliento
estorba?
Yo, un sargento.
Viene herido.
También,
que en los orienses estragos
por última se quedó
al remate ya justo
de las mortales rezagos.
Por él la trompeta chilla
y antes entre yo en la plaza
de tus albricias a caza
con un perro de traílla.
¿Y Adolfo?
Se adelantó.
[Sale Adolfo con un papel que da a Erimaco.]
Aquí estoy, mas detener
manda a Tiberio hasta ver
las mercedes que te hizo
a Artilo.
Di a Tiberio...
[Aparte.]
Y a mi empeño
me tiene en el sobresalto.
Que yo le mando hacer alto.
No haces bien, que no es pequeño.
[Aparte.]
¿Qué templa en el rey la ira
que elige Tiberio?
En vano,
porque no ha de ser humano.
[Aparte.]
Esta novedad me admira.
[Tírala del cordel.]
Ande, ande.
Ay qué cruel,
me rompe injuria loca.
[Lee el papel Erimaco.]
Amigo, a quien toca, tocas.
Vase Artilo con Seleuco.
Basta, ves por la otra vez
quién, si no es Tiberio, diera
disculpa a mi ceguedad,
que a Glauco libertad
pide en la merced primera.
Oh, cuánto a ti me obligo,
pues ignoras mis deseos,
y hasta en lo casual te veo
fiel vasallo, noble amigo.
Ya es llana, que a Glauco da
el perdón.
Ojos, a ver
en la segunda merced
qué elige el examen.
Lee, y mírele.
Ya
la vista en mi industria emplea.
Lee.
Doy
La enmienda no repara.
Lee.
licencia a Tiberio para
que se case con Astrea.
¿Qué se admira?
Hace una admiración alegre Erimaco.
¿Qué leo?
Mi afecto, y sin salir del
dar de mi gusto al papel,
las mercedes traslado.
Y en la oposición que emprendo
queda mi amistad sin culpa,
pues mi firma me disculpa
y encubre a quien amo, atiendo.
Glauco, tu suerte es felice,
pues tienes en mi crueldad,
por Tiberio, libertad
(miento, que es por Doralice).
Dos mercedes concedí
a Tiberio, y su fe pena
es tanta que con la una
te libras; por él de mí
mi firma el decreto abona,
mas verás su error después;
mi venganza.
Cae a sus pies.
Si a Tiberio perdonas,
de Tiberio esclavo soy.
Ya que no de vuestra alteza,
viva la pronta fineza
de quien adorando estoy.
Astrea, tu mano hermosa
pide Tiberio.
Glauco y Doralice se sobresaltan.
¡Qué impío!
¡Ay, dolor!
Tuyo es mi albedrío.
Pues hoy ha de ser su esposa.
¿Qué escucho?
Mísero, en calma
quedo en pena tan crecida,
para qué, ¡ay cielos!, la vida
me da, quien me quita el alma.
Al parlamento, señor,
le toca cuando concedes
a Tiberio estas mercedes
decir en contra o favor
lo que se debe alegar.
Si válidas han de ser
juntas se han de conceder.
Una tengo de estorbar.
Doralice (¡ay dueño mío!),
este cuarto tu hospedaje
ha de ser, que de este ultraje
la fuerza de mi albedrío.
¿Qué no me acabe el dolor?
en la falta de mi aliento,
al no mostrar lo que siento
parece que asumo valor.
Erimaco con Adolfo habla.
Don, la dilación me asusta.
Aguarda,
aunque el rey me ordena
que a quien no asista mi pena
deroga ley tan injusta.
Y el deber lo que sucede
y en lo que su firma incluye,
que es lo que el enojo excluye,
que es lo que el amor concede.
Glauco, conmigo volved,
tomaréis el pasaporte
con que ir libre a vuestra corte.
Ya conseguí esta merced.
Y pues mi gusto confirma
el de Tiberio, sin todas
las prevenciones sus bodas
han de ser hoy, pues mi firma
apoya el feliz empleo
que a su voluntad entrego.
Albricias, alma, que hoy llego
al logro de tu deseo.
Ven, Astrea. Doralice,
siempre ha sido mal segura
la suerte con la hermosura.
Solo que me solenice
este monstruo me faltaba.
Y a la compasión me obligas
a tenerte por mi amiga.
Menos mal es ser tu esclava.
¿Qué hoy he de perderte, Astrea?
De mi amigo el desempeño
he de hallar.
Yo haré en mi dueña
infeliz que feliz sea.
Vanse todos, queda sola Doralice, toma la espada suya que está en el suelo y al querer echarse sobre la punta sale Tiberio y se la quita con el bastón.
Ya que este acero quedó
donde alivie mi ansia fuerte,
¿quién puede estorbar la muerte
que aguardo y merezco?
Yo.
Tiberio, aparta.
¿Qué pena
te priva el juicio?
Huyendo de él y deteniéndole.
Tirano,
¿por qué me aparta tu mano?
Porque la tuya es ajena.
Calla ese error.
Doralice.
¿Es error?
El más cruel.
Dígalo, ingrato, el papel.
El papel es quien lo dice.
Ciego estás, no soy Astrea.
¿Qué es esto?
¿Qué hay que te asombre,
si mi afección en su nombre
la firma del rey emplea?
¿Quién tal engaño padece?
Nadie, que es verdad segura.
¡Qué sumiso estilo apura!
¡Qué a mi juicio adolece!
Mujer, perdona que el ver
en ti la incredulidad
me olvida que eres deidad,
me acuerda que eres mujer.
Adolfo, sabe que yo
con su mano he conseguido
mi esperanza.
¡Fementido!
Adolfo sabe que no.
Luego Adolfo (ya de un yelo
me asombro) también te mueve
a lo que juzgas.
Sí, aleve,
mudó el nombre bien leído,
y ya prevengo en mis pechos
la seguridad forzosa,
dame la mano de esposo
y quedarás satisfecho.
Al querer se la dar, la retira.
Dices bien, mal determino.
Que ya tu fineza es tarde.
Oh, qué omisión tan cobarde.
Oh, qué inhumano destino,
¿por qué al destino inhumano
le nombras enlace igual,
si para que cese el mal
está el remedio en tu mano?
Óyeme primero.
Di.
La merced que publicó
el rey, ¿la pediste?
No.
¿A mí me nombraste?
Sí.
Pues, ¿cómo?
Pasa adelante.
Está el papel diferente.
Porque es Adolfo prudente.
¿Y en fin me estimas?
Constante.
Pues con mis dudas concluyo;
expuesto al mayor azar.
Pues de mi riesgo a pesar,
he sido, seré, y soy tuyo.
Danse la mano.
No solo me das de esposo
la mano,
¿de qué la quieres?
De no decir que lo eres
si no es en lance forzoso.
Así a tu deidad lo ofrezco.
Pues con el favor que alcanzo
del silencio mi esperanza,
sacarte y salir procuro
de peligros tan internos;
que fuera desestimarnos
lograr la dicha de amarnos
por el dolor de perdernos.
Hasta aquí están de las manos.
¿Qué arbitrio habrá que entre asombros
la luz de mi amor conduzca?
Finge a la infanta que juzgas
Erimaco que la nombras.
Valdrá mi prevención.
La industria al susto redima.
La fuerza al enojo oprima.
Obre cauta la razón.
De Adolfo fíe el engaño.
Es precisa diligencia.
Revoque el mal su violencia.
E impídase el curso al daño.
Pues, mi bien...
Pues, dueño mío...
Ya que alcanzo...
Ya que hallo...
Todo el premio de mi fe.
Todo el fin de mi albedrío.
El temor se disminuya.
Desvanézcase el recelo.
Júpiter te asista.
El cielo
me guarde, pues ya soy tuya.
Fin.
Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar y la pura y limpia concepción de nuestra señora la virgen María concebida sin mancha ni mácula de pecado original a pesar de maitines, sacóse esta comedia a Francisca López Subtacta autora de comedias por su majestad en Madrid a veinte y seis de febrero de 1663 años y va cierto y verdadero. Sebastián de Alarcón. La primera grande y larga jornada de En el dichoso es mérito la culpa de don Román Montero, fiesta que se hizo para los años de nuestra señora la reina que Dios guarde que estrenaron las compañías de Antonio de Escamilla y Pedro de la Rosa autores por su majestad. Y la estrenó en Sevilla la compañía de Francisca López Subtacta a dos días del mes de abril del año mil y seiscientos y sesenta y tres en el corral de la montería y por verdad lo firmé en Sevilla en 29 de marzo de 1663 años. Pedro Vallejo.
IHS MR Ioseph 24 Jornada segunda de en el dichoso es mérito la culpa
[Página en blanco]
Segunda jornada en el dichoso es mérito la culpa
Suena en el vestuario rumor de cascabeles como que pasan la carrera, y dicen dentro:
25
Ya la sortija, Tiberio,
se ha llevado en las tres lanzas.
Perdió el premio Glauco.
¡Viva
Tiberio!
¡Viva!
Sale Astrea con despecho y siguiéndola Laura y Fenisa.
¡Oh, mal haya
el aplauso y la fortuna
del que a mi pesar aclaman!
Señora.
Astrea.
Sale Adolfo asustado.
Sobrina,
tú tan violenta y turbada
del balcón sales; la corte
asustas, dejas la plaza
que no ves, ¿qué accidente,
qué ocasión?
A las dos. Vanse Fenisa y Laura.
Fenisa, Laura,
basta; quédese la fiesta,
esperadme en la ventana.
Debate, mi amor...
Adolfo,
al origen de mis ansias
atiende, que ya se rinde
esta inexpugnable y cauta
fortaleza, defendida
del afecto que la asalta
hasta aquí; mas ya no puede,
que la pólvora que escala...
[Página en blanco]
Segunda jornada de la comedia En el dichoso es mérito la culpa. De don Román Montero de Espinosa. De don Román Montero de Espinosa. Sebastián de Alarcón. 26
[Página en blanco]
27
la forma del virrey, reparan
que es inviolable, y ordenan
que las dos mercedes valgan
y que se prenda a Tiberio
por la elección, centellaban
con tan destinado enojo
las opiniones contrarias,
que pasar pudo el empeño
de las letras a las armas.
Si tu autoridad, Adolfo,
con prudencia y vigilancia
no da un medio que concluye
la duda que se contrasta;
este fue, que la primera
merced que eligió y rescata
a Glauco, válida fuese.
Y la segunda en que aguarda
mi mano (cuyo deseo
oculto siempre) anulada
quedase; siendo el motivo
y en política tan ardua
gloria de Atenas, desprecio
de Glauco, pena y venganza
de Tiberio, justa fuerza
de la firma, acción bizarra
del virrey, y acertado arbitrio
que la controversia acalla.
Pues la firma me fía, sirve
(y a quien en papel se estampa)
va al perdón de Glauco, y Glauco
no ignora (cuando le alcanza)
que Erímaco le desprecia
pues concediendo que vaya
a volver con frente cuando
se perdona, le destierra.
Y de Tiberio en el delito
se castiga su arrogancia
con desvanecer el bulto
de sus presumidas alas
reprobando el matrimonio
por ser su culpa la causa.
Con que la firma no llega
a la ejecución, ni daña
que no llegue a su decoro
porque si el servicio llama
al premio, llama la culpa
al castigo, en la batalla
mereció, quien desmerece
en el galanteo, y embaraza
a la gracia la justicia
que en ley divina y humana
es de la justicia dueño
el que es dueño de la gracia.
A tu voto se ajustaron
los cónsules, y el virrey manda
que se ejecute, mas antes
que prosiga (por si extrañas
esta digresión y juzgas
al esperar de mis ansias
la noticia, que malogro
el tiempo, y que se dilata
el asunto) a decir vuelvo
con prevención duplicada
que importa a mi enojo que escuches
lo que sabes porque allana
a la culpa que se explica
la disculpa que se calla.
Di a lo que, pues la culpa
de poner tu nombre, Infanta,
en el papel no lo fuera
si la disculpa explicara.
Saliste del parlamento
y Tiberio que esperaba
en su favor la consulta
de entre los demás se aparta,
y al oírme, tan inmóvil
se quedó, que solo daba
indicios de ser Tiberio
la perfección de su estatua.
¿Quién duda que estuvo absorto
sabiendo bien que ultrajas
su presunción, y le niegas
mi mano?
Evidencia es clara
que lo estuvo (porque yo
le di parte de la audacia
con que enmiendo la locura
de publicar a quién ama).
Después, en la conferencia
de los dos, o porque dabas
a tu oposición disculpas
o a su diseño esperanzas,
reconocí en las acciones
que ya alegre se mostraba
y agradecido, ocultando
la pasión en la templanza.
Agradecido quedó;
mas fue a la ingeniosa traza
de impedir tu casamiento
con el que le lleva el alma,
Doralice.
Desde entonces
mi hermano (de quien esclava
es la voluntad, rendida
al imperio que la manda)
desde entonces le concede
que prosiga la constancia
en público de servirme,
en tanto que el tiempo acaba
la memoria de su culpa.
que en las generales causas
no dura el rigor, y al odio
sepulcro el olvido labra.
Con esta licencia (¡ay triste!)
en palacio y en la plaza
con festines y con fiestas
me solicita y me cansa.
Su inclinación disimula
con la que finge, y se engañan
con demostraciones finas
las solicitudes falsas.
Yo que en este empeño...
Espera,
espera que si adelantas
tu discurso, mi discurso
en la inteligencia atrasas
según lo que significas.
¿Sientes la perseverancia
de Tiberio?
Es evidente.
Pues a que replique aguarda
el yerro en que estuve, Astrea.
Yo, cuando fui a la campaña
a llevar la firma en blanco
a Tiberio, deseaba
(como tu deudo y su amigo)
que sus méritos lograran.
Humano, pedí licencia
a tu hermosura, y con sabia
neutralidad respondiste
que a tu voluntad arrastra
la de Erimaco, y que sola
a su elección te consagras
en fe de tu indiferencia.
Sin ser menester mi instancia,
te eligió Tiberio; yo cuanto
esta cautela me agravia
mas no agravia que es cautela
que remedia y no disfama),
a su inclinación me opuse
como lo viste, irritada
mi paciencia con la culpa
de librar a Glauco, pasan
los lances que has referido.
Y en este tiempo repara
mi atención en tu tristeza,
conjeturando al notarla,
que nace de que tus bodas
con Tiberio se dilatan.
No es así pues le aborreces.
Conque al ver que salió vana
mi sospecha, un caos resulta
desta novedad que enlaza
en sí otras dos, cuyos fieros
indicios me sobresaltan.
Erimaco, a quien la adusta
inclinación le separa
de los ocios divertidos,
hoy tan al contrario cambia
su natural, que permite
en Atenas todas cuantas
fiestas dispone el ingenio
y la agilidad alcanza
con la pluma en el certamen,
o con la espuela en la valla.
Glauco del Peloponeso
tiene libre el paso, y tarda
sin usar de la licencia
en resolver la jornada;
no admiro, no, que constante
te asista pues te idolatra,
mas admiro que consienta
tu hermano que no se vaya.
En fin Glauco está en Atenas,
y de tu amor te recatas;
Tiberio te sirve amante
y sus ternezas te cansan;
el rey cede a las delicias
la ambición de las venganzas,
y en mí, más de mí imposible,
será que te diga nada,
que destas tres novedades
la memoria o la ignorancia
hace que mi aliento quede
congelado en la garganta,
subiéndome en los ahogos
lo que pudo en las palabras,
como arroyo, que lo que cuando
frígido norte le embarga,
si no le seca le impide,
si no le agota le pasma.
¿Has dicho?
Sí.
Pues dejando
aparte lo que no basta
a comprender mi discurso
que es en el rey la mudanza
de extremos, cuyo motivo
se queda en la imaginaria,
oye un error que es acierto
donde hay crédito en la infamia
y vanidad en la culpa.
Estando en tan fiel balanza
el mérito y el delito
que en mí dudo equivocada
si lo explico con vergüenza
o lo cuento con jactancia,
yo he postrado mi albedrío
a las finezas y dádivas
de Glauco.
¿Qué oigo?
Una culpa
que por ser ya ponderada
de los dos opuestos bandos
excuso el discriminarla;
esta es culpa a que no pude
resistir, porque me inflama
la voluntad desde el cielo
alguna violencia sacra.
Lo que pude es detenerme
en mi pasión de mostrarla,
obligando mi decoro,
y haciendo mi repugnancia
a quien tengo por amante,
que me tenga por ingrata.
Disimular la que es noble
el afecto es lo que basta
para que no degenere
de la estirpe que la ensalza;
favorecer otra culpa
en mí, no amar, que una dama
se mantiene en ser divina
cuando no se muestra humana.
Lo vegetable, sensible,
irracional (que son plantas,
piedras, aves, brutos y hombres)
sin haber excepción aman;
pues la sangre por ilustre
¿quién mandó que se excusara
contra el racional precepto
a tener sensible el alma?
Esta pues ha sido, Adolfo,
de mi tristeza la causa;
la que tuve dejando
el balcón, arrebatada
de un impulso, fue haber visto
que a Glauco Tiberio gana
el premio, conque la plebe
al que me disgusta aclama.
Virrey de Glauco y Tiberio,
que en ser digna se señala,
no ignora la competencia
y permite la constancia;
Tiberio es valido y Glauco
opuesto, con que desmaya
mi disinio, y el futuro
contingente en la desgracia,
y a mi culpa en tus oídos
busca el sagrado que aguarda;
sabes lo que me condena
sabiendo lo que me salva,
ya se mira mi fortuna
al espejo de tus canas,
y a del corazón la herida
por los ojos se desangra,
y a en las líneas corrientes
que surten de las pestañas,
el demudado color
mi susto mortal declara,
pues salen del pecho rojas
y llegan al rostro blancas.
Llora.
Astrea, ya no es posible
que a quien tu confianza
hizo tan abonado el propio
delito que te acobarda
siga tu estrella tu influjo,
pero sus rayos no salgan
a luz, que de amor la estrella
todo cuanto alumbra abrasa.
A tu obediencia estoy pronta.
Sale Fenisa y Laura.
Ya en las tres lisonjas blandas
Glauco mejoró de suerte.
Adolfo, el rey os aguarda.
Sobrina, guarde el cielo.
Adolfo, adiós,
que aguarda
peligrosa tormenta
de mi sosiego en la calma;
una amistad ocasiona
y un parentesco levanta.
Vase.
¿Quieres que aquí te divierta
la música?
No, que basta
la quietud, de noche en el parque
más que me alivia me cansa.
Terrible melancolía
padeces.
¡Ay de mí!
Salen Artilo y Corisca con dos joyas en dos azafates de plata, de rodillas ambos.
Plaza.
Plaza.
Señora.
Señora.
Mi amo...
Mi amo...
Calla.
Calla.
Eco y prisionero mío,
¿has pensado que es la infanta
tu mujer o cómo calla?
No.
Sí.
¿Por qué?
Porque la hablas.
Glauco, mi señor...
Tiberio,
mi señor...
De rodillas.
Muy en hora mala,
diga el uno y luego el otro.
Pues yo soy el uno.
Vaya.
El premio de la sortija
pone Tiberio a tus plantas.
Y el que des que ganó Glauco,
señora, a tus pies consagra.
Está bien, reciba el uno
Fenisa, y el otro Laura.
Vanse las dos mujeres y remedan las acciones de lo que dice Laura a Fenisa para con Corisca. Levántanse.
¿Con azafates y todo?
Así lo usan las infantas
en Grecia, que de azafates
gustan más que de azafatas.
Astrea no puede ver
los hombres aunque la quieran.
Luego pensaba que eran
todas como mi mujer.
Ese tema y tan mal nombre
no es justo darla por mí
que es buena mujer.
¡De ay!
Más sé que yo sea buen hombre.
Porque preso y suyo soy
sufro malicia tan fea.
Pues por qué libre no sea
grillos y esposas desde hoy
te quiero echar.
Las dos cosas
es rigor grande a fe,
una basta.
Ya yo sé
que solo gustas de esposas.
A la cárcel en hora buena,
pero no se me da nada,
que la comedia cantada
que hacen del robo de Elena,
me libra, porque entro yo
y tú y tu mujer, y todos
los que por diversos modos
mal o bien cantamos.
No
me acordaba.
Que en la historia
tienes papel te prevengo.
Y en la memoria le tengo,
mas no tengo la memoria.
Esta noche ensayan.
Esta
Y quieren que prevenidos
estén todos y vestidos
como se ha de hacer la fiesta.
Eso es ya mucho lilae.
Que el rey presente ha de estar
me han dicho.
Voyme a estudiar.
Y yo también.
Saca su papel cada uno y se van por diferentes puertas, cantando dentro Flora y se detienen los dos al paño.
¡Ola, ao!
Esta es mi esposa.
Mi dama,
su papel estudia allí.
¿No digo, pues a mí
me busca y a mí me llama?
¡Ola, ao!
Dentro canta. Vuelve Corisca al recato.
Aquí los cojo.
Y hace acercar mil luceros.
Ora sus, un rayo quiero
saber de mí si me enojo.
Sale Flora con un papel cantando. Vuelve a cantar.
¡Ola, ao, a de la nao!
Agamenón, pío; violenta
entró, y ya está la que aumenta
dos huesos a Menelao.
Flora.
Corisca.
La llave
del jardín que te pidió
Glauco, se la traes.
Pues no,
toma, pero si lo sabe
mi marido, será quien
me dará la muerte airado.
Dale una llave.
Aun no estoy bien enojado
porque no los oigo bien.
Deja el miedo pertinaz.
Ya de cólera me tomo.
¿Quieres un abrazo?
Y cómo.
Aquí mora Dios, ¿qué hay paz?
Sale Artilo y se abraza con los dos.
Malo
Mi aliento desmaya.
Y bien.
No te desconsueles,
que es bien, nuestros papeles
recorremos, que se ensaya
esta noche, y cuando roba
Paris a Elena nos vamos
los dos siguiendo a los amos
como ellos se van.
No es boba.
Y así no hay de qué enojarse
conmigo, que no hay exceso,
pues fue ensayo.
Para eso
mejor es desensayarse.
La comedia, dicen, dilo,
la ha de tener copla y media.
Si lo dice la comedia,
está bien.
Corisca.
Artilo.
Salen Tiberio y Glauco, y pónense aparte con sus criados junto al paño, y salen al parque el Rey y Adolfo hablando.
¿Diste el premio?
Escucha.
Advierte.
Yo he de exceder tu consejo.
¿Cómo?
Con mi estudio dejo
mi peligro
de esta suerte.
Canta Flora.
¡Ola, ao, a de la nao!
Agamenón, pío; violenta
entró, y ya está la que aumenta
dos huesos a Menelao.
Ni aun te vuelve el parabién.
Más hizo escarnio que aprecio.
Mucho ofende su desprecio.
Poco asusta su desdén.
De Tiberio es mi albedrío.
Pagas su fe; grave susto.
luego descubrirle es justo
lo que a tu lealtad confío.
Dale la llave a Glauco.
Venga esa llave.
Aquí fin
tu locura la desea.
Vanse Glauco y Corisca.
Pues dice Flora que Astrea
baja de noche al jardín,
quiero estar de su hermosura
más cerca, que aunque es error,
amante, pasa en amor
por fineza la locura.
Tu logro no se adelanta.
Harás que me escandalice
tu opinión.
Ir a Doralice,
que pase a ver a la infanta,
que yo la juzgo indispuesta.
Aguarda.
Qué confusión.
Por qué se fue del balcón
antes de acabar la fiesta.
Vase Artilo, sale el rey al teatro, quédase al par Adolfo, y cuando se quiere ir Tiberio se encuentra con Erimaco.
Voy.
En el tirano imperio
de amor esta monarquía
zozobra.
Fortuna impía,
dime hasta cuándo.
Tiberio.
Señor.
Sabes que a tu fe
mi amor ha correspondido.
Quejoso y agradecido
quedo oyéndote.
Por qué.
Porque en muestras tan notables,
servicios tan pasados,
los recuerdos excusados
son ofensas favorables.
La ocasión escucha.
Di.
Quien sigue mi afecto.
Yo.
Cabe en ti mudanza.
No.
Te merezco firme.
Sí.
Pues de ti me he de valer.
Desata el confuso abismo
de mis dudas.
A ti mismo
contra ti te he menester.
Pues ¿por qué, señor, si mortal
herida el alma resiste,
cuando el remedio consiste
en mí te congoja el mal?
Porque es contra ti el remedio.
Ser no es posible, señor,
contra mí y en tu favor.
Para el fin que busco el medio,
que elijo, estriba en que sea
(tu amor ha de perdonar)
a pesar de tu pesar,
esposa de Glauco Astrea.
Aparte.
Albricias, alma.
Hasta aquí
es lo que yo aconsejé.
No respondas hasta que
la novedad que hay en mí
disculpes, que en esta acción
quiero excusar que te asombre
el verme elegir un hombre
de tan contraria nación.
Aparte.
Mi alborozo se repare,
lo feliz disimulando.
Aparte.
¡Ay de ti, Tiberio, cuando
su amor el rey te declare!
Desde el último reencuentro
en que partió la victoria,
mi conveniencia y tu gloria
a que sepultó en el centro
de la razón mi dictamen,
mezclando que a atreverse
pudo mi reino oponerse
en arma con el examen.
Y en fin, para decir cuánta
diferencia en mí exagero,
la infanta a Glauco dar quiero,
cuando tú adoras la infanta.
Mira, amigo, cuál estoy,
pues olvidado de mí,
tan otro soy del que fui,
que contra tu gusto voy.
Aparte.
La ocasión que me da el cielo
para fiar mi amor
lograré, pues el favor
del rey me quita el recelo.
Es la causal.
Aunque licencia
de responder no has querido
darme, la tomo, que ha sido
tal vez culpa la obediencia.
La razón oye.
En acción
que a la voluntad conviene
del rey, nunca razón tiene
el que aguarda la razón.
Es tan mío el interés
de tu máxima, y Astrea
tan dignamente se emplea
con que a Glauco se la des,
que solo en su casamiento
(porque no pude adquirir
el mérito de sentir),
sentiré que no lo siento.
Aparte.
Declararse quiere.
En vano,
para encubrir tu dolor,
usa prudente el valor
de ese disfraz cortesano;
mas es precisa vencer
tu pasión.
Ya que lo infieres,
así dime, cuando quieres,
casarlos.
Hoy ha de ser.
Pues dilato el declararte
la verdad por prevenirte
el peligro que es servirte
primero que asegurarte.
El vulgo, que está impaciente
de que Glauco esté en Atenas,
es belicoso, y apenas
el impensado accidente
de casar a su contrario
con tu hermana han de saber,
cuando se debe temer
de su arrojo temerario
el tumulto, no propongo
la ejecución, sin embargo,
pues su orgullo voraz domo
si las bocacalles tomo
con las tropas de mi cargo.
Orden secreta daré
a Seleuco de juntar
la gente, y luego a esperar
la tuya, señor, vendré,
con que apaciguando el fuego
reducirá mi asistencia
el tumulto en obediencia,
la sedición en sosiego.
Abrázale.
Sale Artilo.
Más tu entendimiento alabo
que tu valor, en quien cupo
tanta fineza. ¡Oh, quién supo
hacer de un rey un esclavo!
Tu nombre el mundo eternice,
pues a tu estrella atropella
tu lealtad, cuando mi estrella
me arrastra por...
Doralice
a la infanta viene a ver.
Sale Adolfo que se lleva al rey.
Tiberio, ve a lo dispuesto.
Adolfo, en mi cuarto presto
entre Glauco, sin saber
el fin con que en él me aguarda,
vuelve a buscarme.
Aparte.
Vanse Tiberio y Artilo.
Amor,
hoy romperá mi valor
la venda que te acobarda.
Ven, Artilo.
Vase por puerta diferente Adolfo.
¡Qué alivio!
Hablar no pude.
Sale Doralice y levántala de rodillas al paño Erimaco. Levántase el rey.
¿Quién es?
Quien postra humilde a tus pies
el alma con el imperio.
¿Cómo? ¡Oh, qué demostración
hallo en vuestra majestad,
que desde la novedad
me lleva a la admiración!
¡Hermoso imposible mío!
Aparte.
¿Quién vio pesar tan sensible?
Deja de ser mi imposible,
o vuélveme mi albedrío.
Aparte.
Yo, cuando fuese el injusto
estorbo que hay en mi aliento,
no doy a tal atrevimiento
lugar si me dura el susto.
Erimaco, ¿no os debí
que fuese contra el ultraje
de mi fortuna hospedaje
la prisión en que estoy?
Sí.
¿No os negué la urbanidad
de visitarme, y el verme
excusasteis por no hacerme
este disgusto?
Es verdad.
¿Alguna vez se atrevió
(que mal reprimo el enojo)
ese temerario arrojo
contra mi respeto?
No.
Si vuestra intención supiera,
la más mínima persona
de la vuestra, o mi corona
no se irritara.
Si hiciera
a mi hermano vil, porque
la infanta sirve, y pretende,
no le aborrezco, y me ofende
con la vista.
Ya lo sé.
Pues ¿por qué torpe, y veloz
profanáis cuando lo ignoro
el templo de mi decoro
con tan sacrílega voz?
¿No te vi la vez primera
con esfuerzo varonil
tu recelo despreciar,
tu noble acero blandir,
y rindiéndote, no libre
de la muerte a Glauco?
Sí.
Pues si a Glauco di el perdón
y le consiento servir
a mi hermana, si mudé
al instante que te vi
los afectos, ¿cómo ignoras
de los designios el fin?
¿Cómo dudas lo que sabes?
¿Cómo esta deuda feliz
extrañas cuando la cobras?
O ¿cómo puedo vivir,
mi bien, sin pagarte yo
lo que te debo a ti?
Cese en las dos monarquías
de tanta sangrienta lid
el odio mortal, y arranquen
nuestras manos la raíz.
Glauco en el Peloponeso
logre la deidad gentil.
[36]
que adora, en Atenas reine
la que predomina en mí.
En este y aquel tumulto
ha de humillar la cerviz
al poder de la coyunda
el rebelde frenesí
a cuyo afecto...
Esperad.
(Tiberio, yo he de morir
callando.) Más fácil es
que se divorcien la vid
del olmo, y que falte al iris
la variación del matiz.
Antes verán los mortales
roto el eje del cenit,
fijas las ondas del mar,
árido el campo en abril,
olvidado el amor propio,
con el premio al infeliz,
venturosa la hermosura,
quieta la ambición, y sin
defecto en su proceder
al hombre de sangre vil,
que es el mayor y imposible,
ver cabal quien fuere así.
Tú dificultas los medios
que yo facilito; oír
pude yo lo que no pude
imaginar.
Advertid
que no hay disculpa en error
que se vuelve a repetir.
Luego ¿se queda en desaire
lo que pido, en logro...
Sí.
Pues más aquí de la justa
cautela que importa aquí,
¡Ah, tirano! ¿Cómo sirve
aunque procuras fingir
para verter el corazón
tu semblante de viril.
Pues perdóname esta culpa,
amante, que cometí.
Sí haré, como no asegunde
vuestra voz en delinquir.
En el silencio tendrá
cárcel perpetua.
¡Ay de mí!
¡Quién mucho sabe ofrecer
qué poco piensa cumplir!
Un volcán llevo en el alma.
De mi susto nacen mil
contra Tiberio.
Vase el rey.
¡Ay Tiberio!
mi esperanza estriba en ti.
Llora y salen Tiberio y Artilo.
Ánimo corazón mío,
mas antes de discurrir
es fuerza que cumpla el llanto
con la parte femenil.
Hoy liberto a Doralice.
De albricias la he de pedir
el mejor escaparate
que tenga en su camarín.
Repara en ella.
Allí está.
Mas ¿cómo está
llorando? Llégate y di
de tu dicha la ocasión
para persuadirme reír.
Llega.
Mi bien.
Asustada.
Esposo.
¿Qué es esto?
El último trance en fin
de la quietud, y un tirano
azar que no presumí.
El rey...
¿Sabe nuestro amor?
Pues ya no importa.
[37]
¡Oh vil
término de la fortuna!
es halagar para herir.
Mayor es el mal.
¿Mayor?
Artilo, tú desde allí
has de avisar si viniere
alguno.
Vase Artilo.
Seré un celín
al revés, con que seré
un lince quiero decir.
El rey...
Prosigue.
Con la muerte lucho,
mi amante se declara.
Lo que escucho
(cuando le embaracé, mortal desvelo,
es lo que decir quiso, ¡vive el cielo!).
Mi amante se declara, es poderoso,
yo prisionera soy, tú eres mi esposo,
con rendimiento hablé, respondió airada,
irritado se fue, quedé asustada,
temo el mal, dudo el bien, e ignoro el medio.
No he dicho el daño, busca tú el remedio.
Esto ha de ser.
Mi aliento se sofoca.
Tres partes hallo en mí, y una me toca;
vida, alma y honra son, y se reparte
entre dueños distintos cada parte;
es el alma de Dios, que la dio al hombre,
es la vida del rey, la honra del hombre;
por esta he de mirar; el rey te ama,
y es, si te robo yo, su ofensa honrosa,
que si fueras mi dama y no mi esposa,
fuera traidor robando al rey la dama,
mas si es mi esposa la que el rey codicia,
soy leal, pues le estorbo una injusticia.
Sin ti no hay vida, ni contigo hay muerte.
La torre de Minerva que es el fuerte
que está a mi devoción, cuyos soldados
tengo siempre escogidos y pagados
a dos millas de Atenas, y esta noche
en la puerta del parque pondré un coche
que te conduzca; espérame en la fuente
última del jardín, que si tengo gente
prevenida, si bien con otro intento,
mas en este ha de obrar, pues hoy la junto.
Mi general Vesubio arrebatado,
del ejército el pie que le ha quedado
no es capaz de ponerle en la campaña
a tu opósito. El número es pequeño,
mas es capaz de libertar su dueño.
Escribióme el designio de esta hazaña
y que emboscarse presto determina
en el monte intrincado que confina
con aquesta ciudad de cuya parte
segundo aviso aguardo, quiera Marte
que llegue a tiempo del poder servirte.
Y iré bastantemente a conducirte.
¿Con quién para llevarme hasta el asilo
has de entrar en el parque?
Solo Artilo
me ha de servir de guía;
a la puerta tendré la compañía
de mi guarda, y después (si es que permite
Júpiter que esta acción se facilite
con mi activo cuidado)
no dudes, no, que el rey en lo irritado
ha de templar el ímpetu violento,
a mis servicios y a mi honor atento.
Venga lo que viniere;
mas dime, Adolfo, que te estima y quiere,
¿ha de saber lo que tu honor conquista?
antes he de ocultarme de su vista,
que pues de mi pasión llevar me dejo
donde falta el poder, sobra el consejo.
Pues Tiberio salí a obrar un infelice.
¿Pues has salido del susto, Doralice?
Vete mi bien.
Vase Doralice, al irse Tiberio sale Artilo y le detiene.
Adiós.
Oye despacio,
porque estoy muy de prisa, y en palacio
sabes que soy de aquellas baratijas
que siendo trastos llaman sabandijas.
A Erimaco avisé que paseaba,
y por no por Adolfo preguntaba
si va a su cuarto, o vuelve aquí, esta en duda
pisa recio, trasuda,
y en cada aliento que mortal respira
echa (bien hecha) media azumbre de ira.
¿Qué daste aquí para seguirme luego?
Pues, ¿qué he de hacer aquí que no sosiego?
Porque esto no echa ensayado la comedia.
Ve menester vestirme.
Se remedia
diciendo tú que yo en el foso he asisto,
que me busquen.
Tus excusas he servisto.
No te toca preguntar qué es tan loca.
Pues el embuste, ¿para qué me toca?
¿Quieres villano que te dé la muerte?
No.
Vase Tiberio y sale Adolfo.
Pues quédate, y di que pase al fuerte.
En las maginaciones mi riesgo estanco.
Artilo, ¿qué hace el rey?
Maestres de campo.
¿Tiberio?
En la torre de Minerva.
Sale el rey.
Ni mi poder, ay triste ser, reserva
de un tirano desprecio.
Vase Artilo.
Yo me voy que ha venido pisar recio.
Ya en tu cuarto señor, Glauco te espera.
Vuélvele a despedir, vete a la fuera.
Mas aguarda: (aventúrese mi imperio).
Dime antes de ir a dónde está Tiberio.
Juzgo que si le ocupaste,
que estará a prevenir lo que mandaste.
Vienes que junte el séquito valiente,
mas con fin diferente.
La tirana cruel, la deidad fiera,
mi poder ruina, su respecto muera.
A Tiberio querrá del ay infelice,
mujer que adoro.
¿A quién?
A Doralice.
¿Qué oigo?
Lo que ha de ser.
Impulso ciego.
Quien ignora el ardor no culpe el fuego.
Busca a Tiberio, en nada se detenga,
de mi parte le di que a llevar venga
a Doralice al fuerte,
en tanto que palacio se divierte,
en el ensayo de esa vil canalla.
Dile que esta es la acción con que avasalla
a todo mi albedrío.
Si bien siempre fue suyo siendo mío.
No es estar a continuo error, pereza en calma.
Piérdase el reino, pues se pierde el alma.
Permíteme que diga...
La advertencia en mi error me desobliga.
Nada saber procuro,
quien mejor replica, vive mal seguro.
Lance adverso.
Cruel peligro.
¿Esto qué es?
Esto es que devienen,
ciento y hartar bien, y ahora
están en el paso fuerte.
Dentro de palacio, ¿cómo
vuestra lid ya injusta mueve,
un escándalo que infama
la razón del accidente?
Mas, ¿qué pregunto? Tiberio
ejecutar, como siempre,
mis órdenes quiso, y tuvo
su obediencia inconveniente.
Señor.
Erimaco.
Hermano.
Escucha.
Repara.
Advierte.
La causa.
La acción.
El crimen.
Solo a Tiberio, lo que intente.
Pues oye a Tiberio solo.
Quédese y magina.
Aguarda: si me convence,
con mi culpa, y a esto agravia,
¿Ya el forzoso lance es este,
en que el silencio se rompa?
Publicar nuestro amor puedes.
Porque la fuga bien mío,
excusasteis.
Como quieres,
dueño del alma que yo
me salve, cuando te pierdes.
Mas qué importa si mi empeño,
es antes: prosigue.
Atiende:
Yo resuelto, temerario,
A Doralice señala.
firme, constante, y valiente,
entre a robar en palacio
a mi esposa, (los oyentes
admiten, pero no culpen
lo que escuchan), el celeste
movimiento que en el orbe
su sacro dominio ejerce,
lo dispuso, y el estorbo
que la ejecución suspende,
también; que ofendí de Astrea
mi voluntad aparente,
oculto nadie lo ignora;
que la nación ateniense
agravio, nadie lo niega;
que es mi proceder aleve,
nadie lo duda; pues nadie
en mi delirio disculpe
la culpa que la disculpa
tengo en la deidad presente.
Yo soy quien asombros agravia.
Yo soy quien rompe tus leyes.
Yo soy con la patria ingrato.
Yo soy a tu amor rebelde.
Yo soy quien me fiscalizo.
Y con ser tú quien me atiende,
aun que soy el que confiesa,
no soy el que se arrepiente.
Resuelto vine, y resuelto
estoy a morir, dispense
en tu piedad la justa
venganza que tomar puede;
que si el amante el amante,
que a su afecto retrocede,
por el temor del castigo,
venial culpa que me suelve.
Secreto la has ver.
Escucha.
Yo en el parque.
Casualmente.
Callad todos:
oí, y un clavo y una ese
pone en mi rostro Tiberio.
Pues ejecuta obediente,
el orden que le dio Adolfo,
de mi parte, y por no hacerme
un cargo que me malquiste,
sobre sí tomar pretende,
el delito y excusarme,
la culpa de cometerle.
Oh, ejemplo de los leales,
tu ingenio, y valor celebre
el laurel que está en mi frente.
Mas yo no cumplo conmigo,
viendo que tira a perderse,
si su fe no recompenso
con más fineza, que deben
(si la proporción se mide),
proceder cuando proceden,
como reyes los vasallos,
como deidades los reyes.
Tiberio.
Señor.
No es justo,
que tu lealtad se condene
por traición; que si te culpas
cuando me obligas me ofendes.
Yo te di el orden que guardas.
Yo te mandé que estuviesen
prevenidos los soldados,
para la facción que emprendes,
y contra el destino adverso
que impedir mi gusto quiere,
a pesar de todos cuantos
lo que determino sienten,
se ha de ejecutar el robo.
Soldados, llevad al fuerte
a Doralice.
¿Qué escucho?
[Quieren llevarla soldados y al embestirlos Glauco, se adelanta Erimaco.]
Primero mi sangre
vierte.
Culpándose se disculpa;
lo que se estima le vence.
No te lo previne, nunca
dejó de favorecerme.
Llevalda.
A tus pies...
[Llevanla, y al ir Tiberio, le detiene Erimaco.]
Llevalda,
sin aguardar que se queje.
Espera, Tiberio, Glauco
en la injuria que padece
busca el medio a la venganza.
Junta tus vencidas huestes,
tu ejército reclute,
para que yo le desprecie.
No suspendas un instante
el tiempo de obedecerme,
o al precipicio mañana
te daré si no te vuelves.
[Vase Glauco.]
Temiendo que arrepentido
caigas en lo que concedes,
me voy a volver; amor,
perdona hasta que me vengue.
Retírate, infanta.
[Vase Astrea.]
Cielos,
para padecer me aliente.
Idos.
[A Artilo.]
¿Pues que es esto, ensayo,
sin acabarse?
[Vanse todos y solos Erimaco y Tiberio.]
Eso tiene
la solfa, que da después
de todo el bajo en falsete.
A tus pies rendida el alma...
No agradecido te muestres.
que con gallardo brío
rindes las vidas, y las almas
vences.
La manzana discorde
hoy Venus te agradece,
disparando su hijuelo
en tu favor las flechas
que me hieren.
[En tanto que cantan las dos coplas va muy despacio a reconocer si Astrea es Doralice y le sigue a lo largo Tiberio, y sale abriendo una puerta Glauco y por la parte opuesta Doralice.]
¿A dónde iré que el acaso
mi desdicha no me acuerde?
Ya es tiempo de que mi amante
al citado sitio llegue.
Dicha fue que Adolfo a darme
lugar de venir volviese.
Doralice.
¿Quién es?
Nadie,
trocada vino la suerte.
Artilo.
[Vase Artilo.]
Suelta, que voy
a cantar, no me destemples.
La infanta está aquí.
De Astrea
es la voz.
Cielos, valedme.
[Canta dentro un músico.]
Tus desdenes, Elena,
constante adora siempre,
que arra con tus favores
quien idolatra fue
de tus desdenes.
[En tanto que se canta esta copla andan los que están en el teatro y caen juntos Doralice y Tiberio, al lado de Doralice Glauco, y al de Tiberio Astrea, atentos a los dos.]
¿Es Tiberio?
Sí.
Pues oye.
Más gente hay aquí.
Aquí hay gente.
[Dentro canta Laura.]
Al embarcar, dueño mío...
[Dentro canta Flora.]
Al salobre tridente
desprecia, a Troya fía
su feliz robo el fugitivo
huésped.
[Dentro canta.]
y a la entena del velamen
tiende,
o el aquilón le rompa
o el céfiro le temple.
Cuando todo el orbe junto
a mi intento se opusiese,
te he de llevar.
[Da voces.]
En palacio
hay traición.
Tu voz atiende
a quien te idolatra.
Soldados,
id con Doralice al fuerte.
[Sacan las espadas, riñen Glauco y Tiberio, y en tanto llegan a llevar a Doralice los embozados, y ella se resiste.]
¿Qué escucho?
Ven.
No es posible.
[Riñen siempre hasta que sale el rey y los demás.]
Glauco al peligro se ofrece.
[Dentro canta Fenisa.]
De Menelao la esposa
dónde está.
[Dentro Artilo cantando.]
Dos celestes
casas él y ella habitan;
el capricornio él, y ella
los peces.
[Lo que está señalado se canta y riñe y resuena a un tiempo.]
Como no te mato yo, ¿quién...?
Hombre y demonio, ¿quién eres
que riñes como si fuera
tu dama la que defiendes?
[Dentro cantado.]
Al arma, al arma, al arma,
el mar de velas pueble
la injuria que me abrasa,
consuma a Troya el fuego
que me enciende.
[Y repiten el último verso todos.]
[Sale uno con una hacha, Erimaco, Artilo y algunos, y Flora con vestido ridículo, y cesan las cuchilladas de Tiberio y Glauco, y toman la puerta que tenían los enmascarados.]
¡Oh estrella infeliz!
Al parque acudid,
vasallos fieles.
Callad y seguidme, a donde...
¿qué miro?
Tirana suerte.
[Vase Erimaco.]
Y porque en la obediencia te adelantes,
mira que juzgo siglos los instantes.
[Vase Adolfo, y salen Tiberio y Artilo con una guitarra, y ridículo, y detrás Seleuco y criados enmascarados.]
Ya el tesón a más mal que en Grecia temo,
del límite infeliz toca el estremo,
pues si el naufragio la esperanza veda,
piérdase el buque y sálvese quien queda.
El rey me da esta orden. Culpa grave
será en mí, si Tiberio no lo sabe.
Amigo deste soy, de aquel vasallo,
con la amistad y la lealtad batallo.
Mas el rey es primero y no me obligo
porque es primero a abandonar mi amigo.
Pues en mí, como en todo, verá el mundo
que sigue a lo primero lo segundo.
Paréce que parezco
músico troyano.
¿Quieres
pisar con tiento?
Seguro,
que es mi temor muy prudente.
Mas tú no podrás.
¿Por qué?
Porque atravesando vienes
del jardín. Señal que nunca
tuvo tiento un pisagverde.
Esta es la puerta por donde
sacar mi valor pretende
a Doralice.
Supuesto
que es esta, haz que se queden
en el umbral y la guarden
esos cocos crimeneses.
[Quedan los embozados al paño.]
Amigo, cuidado.
El tuyo
sobra, pues mi pecho ardiente
a tu devoción se quema.
Este vinagre es aceite.
[Música.]
Artilo, ve adelante
a ver si está en la fuente
Doralice, y si la encuentras
me avisarás, si no vete
al ensayo, que si faltas
salir a buscarte pueden
y me pierdo.
¿Hacia qué mano
ha de estar la contrayente?
Toma a la izquierda.
No es esa
mano de amigos.
[Tiembla.]
No tiembles.
Como está mascando el riesgo,
fuerza es dar diente con diente.
Yo siento un rumor.
[Sale por entre unos ramos Astrea.]
Y yo todo
lo siento en el alma.
Alivie
inquietud, no te dupliques,
si quien ama es evidente
que no sosiega, ¿qué hará
quien ama y a quien aborrece?
Señor...
¿Qué dices?
Señor...
Acaba.
¡Ay señor!
¿Qué tienes?
Que si no me lleva el diablo
de miedo, el diablo me lleve.
[Dentro canta Laura.]
Paris...
[Dentro Flora.]
¿Con el instrumento
no ha entrado?
A tocar vuelve.
Ya ensayan.
La ocasión goza.
Pareces tú el alcahuete.
[Dentro canta.]
Paris, troyano heroico
y galán tan valiente,
haciendo lo que me toca
hacer si fuera decente.
[Dentro todos, y cajas.]
Muera quien los fueros rompe
de nuestras antiguas leyes,
contra la patria.
¿Qué escucho?
¡A las armas, atenienses!
Vuestro caudillo es Adolfo.
¡Adolfo viva!
¿Quién mueve
voz tan sediciosa?
[Sale Adolfo con la espada en la mano.]
[Vase.]
Yo,
que soy leal y conviene
para serlo no mostrarlo.
Acude, Tiberio, al fuerte;
señor, asiste a la infanta,
que en mí tenéis quien remedie
con una cautela noble
una desdicha evidente.
Yo quedo a que el alboroto
de palacio se sosiegue.
Yo voy donde Doralice
el susto que lleva temple.
Júpiter te guarde.
Cielos,
tu augusto laurel prospere.
[Aparte.]
A pesar del orbe alcance
el poder lo que no vence
el temor.
[Aparte.]
El feliz día
logro en que se diferencie
mi fortuna.
[Vase.]
Doralice,
ya tu resistencia es débil.
[Vase.]
Doralice, ya te adoro
sin el temor de perderte.
Finis.