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Texto digital de En el dichoso es mérito la culpa

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de En el dichoso es mérito la culpa. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/en-el-dichoso-es-merito-la-culpa.

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EN EL DICHOSO ES MÉRITO LA CULPA

Pag. 1

Primera jornada de la gran comedia En el dichoso es mérito la culpa. Personas: Tiberio, general de los atenienses Erimaco, rey de Atenas Adolfo, senescal Glauco, príncipe del Peloponeso Polibio Seleuco Artilo, villano Corisca Doralice, reina del Peloponeso Astrea, infanta de Atenas Flora, villana Laura Fenisa Músicos y acompañamiento. Estrenola en Sevilla la compañía de Francisco López en [...] del mes de abril de 1663.

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Jornada primera

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Primera jornada de En el dichoso es mérito la culpa, de don Román Montero de Espinosa. Personas: Tiberio, primer galán Erimaco, rey de Atenas Adolfo, senescal Glauco, príncipe Polibio Seleuco Artilo, villano Corisca Doralice Astrea, infanta Flora, villana Laura Fenisa

Tocan a marchar y sale Polibio con bastón y soldados, y detrás Doralice con armas, enaguas y bastón, bandas y plumas negras, y acompañamiento.

Doralice.

En este obelisco, en este

de la diosa Temis templo,

sacra pitonisa grave

de las tres Parcas, de Cloto,

de Júpiter, que predice

lo rápido, atroz del tiempo,

haga el ejército alto,

suspenda altivo el silencio,

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Doralice.

en la marcha de mis huestes

los marciales instrumentos,

en tanto que yo consulto

al oráculo el asedio

de Atenas, a cuyo estrago

conduzco el Peloponeso.

Y vos, oyentes míos,

uno de los ritos nuestros

que en toda Grecia establece

la religión que profeso,

es humillarse a esta diosa,

que profetiza el adverso

o próspero fin, en cuanto

emprende el valor, primero

que se entre en la lid, debida

reverencia, al culto excelso

de los dioses, ley que incluye

en la humildad el acierto,

porque en las causas humanas

con los divinos preceptos,

para encaminarse al triunfo

se va por el rendimiento.

Y el bastón de Doralice

seguís, valientes guerreros,

y yo como caudillo os mando,

como absoluta os gobierno,

como irritada os incito,

como ofendida os aliento

a la venganza que busco,

al desagravio que emprendo,

a la destrucción a que aspiro

y al odio en que permanezco.

Yo, aunque rijo dos varones,

Pag. 5

Doralice.

mi padre y señor, heredo

la corona oriense; antes

que los dos nací; el derecho

de nuestras antiguas leyes

me da posesión del reino,

porque a las hembras no excluye

el estatuto, y es cuerdo

dictamen que el solio ocupe

quien llega al mundo primero,

pues en la naturaleza

queda enmendado un defecto.

En mí la difunta sangre

del infeliz duque Uberto,

mi hermano, vive, mas vive

tan violenta, que en el pecho

con ansias, con sobresaltos,

con ahogos, con incendios

parece que desconoce

quién soy, porque no la vierto.

En mí, del príncipe Glauco,

mi hermano también, conservo

la esperanza de ponerle

en libertad, pues al tiempo

que Uberto quedó difunto

quedó Glauco prisionero

de Erimaco, rey de Atenas,

cuyo feroz y sangriento

natural trata a mi hermano

con tan infame desprecio,

en tan tenebrosa cárcel

y con tan corto alimento,

que por no ser él, se puede

tener por feliz el muerto.

De Erimaco en fin ha sido

el campo que rompió el nuestro,

cuyo general (¡ay, triste!)

Pag. 6

Aparte.

Aparte.

A todos.

Doralice.

¡Qué Tiberio, qué Tiberio,

de quien ofendida vivo,

y de quien amante muero!

Este ha de morir, soldados

(o no lo quiera el cielo)

este ha de morir, y Atenas

en el trofeo, de un odio suelto

de quien la defienda, uniendo

pues todos hacen un cuerpo

en uno a todos, de forma

que aunque solicite el ruego

la excepción con su castigo,

quede ocioso el escarmiento.

Ya estáis a vista de Atenas,

y antes de tomar los puestos

a la justa ceremonia

que la diosa aguarda. En pro,

esperad que sus respuestas

yo os revele, no temiendo

que me aparte el vaticinio

de la máxima que llevo,

que o se pierdan mis escuadras

o se logren mis alientos,

triunfante o vencida siempre

será en favor el suceso,

porque el morir es mal,

porque el matar sí es bueno.

Tocan y bajan.

Polibio.

Ya de la deidad el culto

reverente han descubierto,

y Doralice inclinada

se queda sola en el templo,

esperando en la respuesta

satisfacción del obsequio.

Corisca.

Hable el rayo oratoriamente,

no se haga mudo.

Sale de sargento Corisca con Artilo que le trae con un cordel al pescuezo.

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Polibio.

¿Qué es esto?

Corisca.

Sonoros y osados partidos

al bosque, que en el encuentro

esquivamos, que oculto

de la maleza en lo espeso

este papel escondía,

y en el sobrescrito advierto

que le trae a Doralice.

Dale una carta cerrada a Polibio.

Polibio.

Pregunte quién le dio el pliego,

y por señas me responde

que no me entiende.

Hacen que se hacen señas de mudos Artilo.

Polibio.

El respeto

debido a quien se dirige

es para no haberle abierto

salvaguardia. ¡Hola! no más,

villano, no afecte el miedo

esa imperfección que finges;

la libertad te prometo

si me declaras quién eres.

Prosigue Artilo en las señas de mudo.

Corisca.

A causa,

a lo que yo veo,

es un mal representante

que todo se le va en gestos.

Polibio.

Yo le haré hablar con la cuerda

que trae pendiente del cuello;

al instante le colgad

en un árbol.

Aparte.

Artilo.

Lo oigo y tiemblo.

Corisca.

Anda, infame.

Polibio.

Suspended

el orden, que es desacierto

hasta ver a Doralice

llevarle.

Corisca.

Señor, yo tengo

compasión de este cuitado,

Pag. 8

Corisca.

porque es muy posible.

Aparte.

Artilo.

Bueno.

Corisca.

Que es mudo, y te suplico

que le ignores su yerro

midas.

Polibio.

¿Cómo?

Tira del cordel.

Corisca.

De esta suerte.

Ven acá, ya que te creo

que no puedes hablar, dime,

puesto va la vida en ello,

sin dilación o te ahorco,

¿cuánto ha que eres mudo?

Artilo.

Eso,

por las calendas de octubre

hará tres años y medio.

Corisca.

Pues, ¿cómo hablaste?

Artilo.

No siempre

ha de estar un hombre enfermo.

Corisca.

¿Y quién te había quitado el habla?

Artilo.

Un amigo, por un cuento.

Budiécase y señas de que no entiende.

Polibio.

Disparates deja, y dime

quién te dio el papel.

Corisca.

Tremendo

traidor.

Saca la daga para darle.

Polibio.

Por la deidad sacra

de Júpiter, que a mi acero

has de morir, si al instante

no lo dices.

Artilo.

Quedo, quedo,

mire usted que este es un mal

que me suele dar a tiempos.

Corisca.

Responde, loco.

Artilo.

Agua va,

que me vacio.

Polibio.

Dilo presto.

Artilo.

De Atenas.

Sale Doralice.

Pag. 9

Arrójale de mitades la carta.

Doralice.

Basta, infame.

Polibio.

¿Qué veo?

Doralice.

Tú, malévola respuesta,

tirana deidad (a los cielos)

acreditas (suerte injusta)

que en tus aras (error fiero)

recibes mi sacrificio

en forma de sacrilegio.

Polibio.

¿Qué te asusta?

Doralice.

La amenaza

del oráculo.

Polibio.

¿Ha resuelto

nuestra rota?

Doralice.

No y sí.

Polibio.

¿Cómo

se ha de entender?

Doralice.

Oye atento.

Si una gota de sangre

vierte en campaña Tiberio,

que será victoria su campo.

El ídolo que fingió

se iguala al de lo que temo,

pero si Tiberio herido

y no queda, venceremos

el suyo, entrando en sus tropas

mis armas a sangre y fuego.

Tiberio, que es general

ateniense, es el objeto

de mi venganza, y si hoy llegas

su castigo, será el nuestro;

ved si puede ser más torpe

el condicional efecto

de la victoria, pues cuando

de nuestras iras Tiberio

es el imán con el logro

Pag. 10

Doralice.

de la batalla, si pierdo,

no es el término citado

hoy de la diosa.

Polibio.

Sí.

Doralice.

Luego

mañana cesa en el triunfo

el escrúpulo del riesgo.

Polibio.

Es la verdad.

Llega Polibio a Artilo y él le reconoce y se asusta.

Doralice.

Pues dilata

plazo tan corto el asedio

a cuartelarse mi campo,

fortificando este puesto,

hasta que el plazo derogue

las cláusulas de la guerra.

Polibio.

A este villano.

Doralice.

¿Qué miro?

Polibio.

Se halló en el bosque encubierto

con este papel.

Doralice.

¿Y dice

quién se le dio?

Abre el papel Doralice.

Polibio.

Es embustero,

en callar hasta el instante

que saliste.

Doralice.

De Tiberio

¡ay de mí! es la firma, o cuanto

que lo conozcan recelo,

mi hermano Glauco me escribe

desde su prisión, y quiero

ver el aviso que envía.

Aparte.

Artilo.

No es su alteza vana.

Doralice.

Os debo

este servicio.

Artilo.

Cobrarle

me dejad.

Doralice.

¿Cómo?

Artilo.

Poniendo

donde conviene este lazo

para ahorcar este sargento.

Polibio.

Voy a repartir la orden.

Quítase el cordel, y quiere ponérsele a Corisca.

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Doralice.

Esperad vos.

Artilo.

A renegado, ya me espero.

Corisca.

A mal dicho.

Artilo.

A renegado.

Doralice.

¡Ay caso tan sin ejemplo!

Vanse Plenubio y Corisca y los soldados, de rodillas el asustado.

Artilo.

Y aquí estamos, que dado a solas

a parar en campo de obresos,

que el de darte uno sobre otro,

no habrá dónde ponerlos.

Aparte.

Doralice.

Artilo, aparta, y advierte

que la indignación refreno,

porque es en la ignorancia

la culpa del precipicio.

¿Como el traidor que te envía,

si sabe que le aborrezco,

notas me escribe apurando

la fuerza al atrevimiento?

¿Juzga Tiberio que el crimen

antiguo del amor nuestro

no fue fin inviolable

con el agravio moderno,

si de griegos y atenienses

el rencor vive tan lejos

de acabarse, que a saberse

alguna vez el secreto

que nos mantubo la llave

de tu rústico silencio,

afrentosamente Atenas

por traidor diera a Tiberio,

y en Doralice empleara

su furia el deponerlo,

como a todos vistos hace

tan bárbaro desacierto,

que lo que da a la memoria

lo quita al entendimiento?

¿Como que, de aunque los astros

se mancomunen violentos,

si es Erimaco el servido,

ser de Doralice el premio?

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Aparte.

Doralice.

Como puede, no dejando

de ser posible, que dentro

de la inclinación las culpas

que explico, en disculpas vuelvan?

Lee Doralice.

Artilo.

Señora, ya no es hablar,

andar y ya en avengo

a volver, solo te digo

que cuando estubo Tiberio

en tu corte disfrazado

(porque en divino bosquejo

de tu belleza en la copia

le desbarató el cerebro)

cultivando tus jardines,

soy su hermano y compañero.

Los dos os embarcasteis,

y él conmigo partió el riesgo,

no más que y van los peligros

a medias, no los trofeos;

y Clodio volvió a encender

la guerra entre los dos reinos,

y su amante un perdido

volvió a casa con aquellos

extremos que al despedirse

tubo yo por aspavientos,

que yo (gracias a mis fríos)

dispongo de amor los medios,

y como de aquí no paso

no es el nombre a los extremos;

y faltó la correspondencia,

echó en cólera el resto,

y nos dejó vagamundos;

tu rabia a mí, y al silencio

mas mi amo a quien tiendo

tiene desahuciado enfermo,

se cura con dieta, y hace

cada día su puchero;

y en fin, ya a todas sales

a campaña contra él, pero...

Pag. 13

Llora Doralice.

Artilo.

Pues dis si al papel los ojos,

y a los ojos das el lienzo,

y podré yo echar centellas

con su constancia a Tiberio?

Arguyo que le sucede

contigo ni más ni menos

que lo que a mí cuando rompo

el campo, pues al encuentro

de la azadón una piedra

toca el golpe, salta el fuego,

y si constante prosigo

en ir cavando el terreno,

a fuerza de mi porfía

agua resulta del centro.

Dando, andando a un lado y él retrocediendo.

Doralice.

Bárbaro, vil, malnacido,

vos me interpretáis grosero

como ternezas las iras,

y desairáis los afectos

de mi llanto?

Artilo.

Soy un tonto,

que me valgan terraegos;

las leyes de embajador

no me hagáis matar, que tenga

en casa una mujer propia

con cinco niños ajenos,

y dos...

Doralice.

Qué he de responderle.

Artilo.

A mi señor?

Doralice.

Dícele,

que os parece dar muerte.

Vase.

Artilo.

De hambre,

pues no me das un sustento.

Doralice.

La diosa responde airada

no lo que al campo previno,

sino lo que oculto al campo

por minorar mis tormentos

Pag. 14

Lee.

Doralice.

dispones (¡ay infelice!)

que hoy ha de morir Tiberio.

Yo he de ser prisionera?

Me escribe piadoso el cielo,

no mi prisión, si la vida

del que juzgan que aborrezco,

porque a pesar de esta llama

cuyo reprimido incendio

me abrasa más cuando en más

corto límite la encierro,

no solo por sangre y patria

debo tener encubierto

mi amor, de los que acaudillo,

mas de quien adoro debo

encubrirle, que es pido

fiscal no le desmiento

con la vida a templar

la constancia de que tengo;

porque si me ve ofendida,

y constante, satisfecho

ha de estar de mi firmeza;

y en estando, te recelo,

que ingratitud, que en los hombres

es tan común el defecto,

al verse querido, y más

deducirse a quererme, no.

Digan lo estas líneas donde

consigo el contrario efecto.

"Doralice, oye, si el día

que a tus pies rendido o muerto

me has de ver, que en mi vitoria

con la tuya logro el premio,

no vengas en la vanguardia,

ni bien excusate al riesgo,

que por ti el temor es porte

en mi muerte, y hacen bilesos

por víctima de mi enojo."

Pag. 15

Caen dentro y dicen. Tiberio.

Doralice.

En las aras del silencio.

Dentro, Tiberio, atenienses.

Seguid la voz de Tiberio.

Doralice.

Qué es lo que escucho?

Dentro, Plenubio.

A las armas,

atenienses, que el efeto

de Doralice.

Doralice.

Atentos

a mi que yo forme el cerco.

Dentro, Tiberio, y atenienses.

Los enemigos avanzan.

Matad, matad, griegos, griegos.

Doralice.

Plenubio.

Sale Plenubio.

Invicta señora,

en la ciudad han resuelto

recibirte en la campaña.

Doralice.

Aquí de quien soy prevengo.

Al campo, en batalla.

Dentro, Tiberio.

A los pocos.

Doralice.

Al encuentro.

Tiberio.

Cerrad.

Doralice.

Embestid.

Salen Tiberio y soldados de griegos, de orden de juntos, al paso que salen entre ellos Doralice. Se detiene.

Sale Tiberio.

Qué miro?

Doralice.

Deteneos.

Tiberio.

Deteneos.

Doralice.

Tiberio a vista delante

de sus tropas.

Tiberio.

Todo el grueso

aquí está de los contrarios.

Doralice.

Y si herido, queda o muerto?

Tiberio.

Y la vitoria aventuro.

Doralice.

Según la diosa ha propuesto.

Tiberio.

Si por esta parte embisto.

Doralice.

Al campo que es mi pierdo.

Tiberio.

Mas, si el encuentro comience.

Doralice.

Y así comience el encuentro.

Tiberio.

Sin dilación.

Doralice.

Con violencia.

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Tiberio.

por donde sutil efeto,

Doralice.

Polibio, a la retaguardia.

Tiberio.

A la reserva, Seleuco.

Polibio.

Volved las caras, orientes.

Seleuco.

Atenienses, ciudad presto.

Vanse todos, menos Tiberio y Doralice.

Doralice.

Oye.

Tiberio.

Aguarda.

Doralice.

Espera.

Tiberio.

Yo

te llamo.

Doralice.

Yo te detengo.

Tiberio.

Lo que firmé con mi papel

dudas, y no te desvías,

ingrata, porque no fías

de mí lo que digo en él.

No te desmaye, cruel,

tirano y imposible mío,

la muerte a que mi albedrío

me conduce, y pues la tomo,

no te asuste tanto como

que faltes a mi desvío.

A Glauco, que a escondiditas

el golpe le dio, se entregue

a la violencia, y sosiegue

en la venganza la ira.

Dentro.

Polibio.

Avanzad, orientes.

Tiberio.

Mira,

que mi sangre, en Troya infame,

quedará, cuando me llame

quien, a lo que asisto, ignora;

y para que se colore,

conviene que se derrame;

por un peligro propuse

que mi ejército embistiese,

la retaguardia, y quedase

Pag. 17

Tiberio.

lugar a esta acción dispuse.

Alma, vida y honra expuse

al fin que aspiro; las armas

logra, y no dejes en calmas

satisfacción tan bastante,

que es cuanto puede un amante

rendir: honra, vida y alma.

Arroja la espada, pónese de rodillas.

Dentro.

Polibio.

Cortad el paso también.

Doralice.

Tu acción disimula.

Salen Polibio y soldados.

Polibio.

¿Qué veo?

Tiberio.

Ya que en mi agravio

la espada perdí con quien,

cuerpo a cuerpo,

Aparte.

Doralice.

Finge bien.

Tiberio.

me vence en el desafío,

mátame.

Dando a entender que quiere embestir a Tiberio.

Doralice.

Consiga el brío

el fin a que me incito.

Polibio.

Tente.

Aparte.

Doralice.

No ignoraba yo

el estorbo, ¡ay dueño mío!

Polibio.

Tente, que harás, Doralice,

si le hiere mi osadía,

del más venturoso día

el día más infelice.

Ase a Tiberio, y levántase.

Tiberio.

¿Qué oigo?

Polibio.

La diosa predice

lo que sabes.

Doralice.

Tú, memorias

me valgas.

Polibio.

Porque mi gloria

se aumente, llevarle quiero,

que, haciéndole prisionero,

aseguro la victoria.

Quiere arrojarse a Tiberio, él toma su espada, y defiéndese.

Tiberio.

Mi muerte no la defiendo,

mi libertad sí. Juzgando

Pag. 18

Tiberio.

que será morir matando,

mejor que vivir muriendo.

Hace retirar a los suyos.

Polibio.

No le tiréis.

Tiberio.

¿Cómo, huyendo

os vais? Matadme.

Opónese Tiberio.

Doralice.

Cielos.

Polibio.

Ven.

Doralice.

Ya te sigo.

Vase Polibio.

Tiberio.

¿Quién vio

acción tal? Yo en perder

la vida...

Doralice.

No puede ser.

Tiberio.

Pues ¿quién la defiende?

Doralice.

Yo.

Dentro.

Polibio.

¡Victoria, orientes!

Tiberio.

Mi armada

peligra. ¡Ay de mí! Y no fueras

quien soy, no muriendo.

Quiere irse, y detiénele Doralice.

Doralice.

Espera.

Tiberio.

Contra mi nombre irritada

te muestras.

Doralice.

Detén la espada.

Tiberio.

¿Y respondes a mi temor?

Doralice.

Dudas que te adoro.

Tiberio.

Sí,

pues deidad a quien venero,

para ver que por ti muero,

déjame morir por ti.

Doralice.

No lo dudo, y porque ya

sepas que soy, y seré

la que fui, declaro en qué

está mi susto.

Tiberio.

¿En qué está?

Doralice.

En que tu muerte será,

según la diosa me dijo,

en mi prisión, y este fijo

Pag. 19

Doralice.

y recelando el perderte,

Tiberio, porque tu muerte

falte, mi prisión elijo.

Tiberio.

Y ¿presente porque olvidas

el odio?

Doralice.

Por un engaño

que sabrás después.

Tiberio.

Ya es extraño

lo que me infama la vida.

Doralice.

¿Cómo?

Tiberio.

Como esta ofendida

con su misma adoración,

cuando tendré la ocasión

de mostrar que sé quererte,

si hoy deja de ser mi muerte

rescate de tu prisión.

Doralice.

Eso es solo aborrecerme.

Tiberio.

Deja, mi bien, desinjuriarme.

Doralice.

Pues ¿quién llegara a estimarme,

que disgustara el perderme?

Dentro.

Seleuco.

¡Tiberio!

Tiberio.

Ya resuelvo irme,

es forzoso.

Dentro.

Polibio.

¡Doralice!

Doralice.

Ya es fuerza que escandalice

mi falta.

Doralice, Tiberio.

Violento hado.

Tiberio.

¡Ay hombre más desdichado!

Doralice.

¡Ay mujer más infelice!

Tiberio.

No se eche todo a perder.

Doralice.

El secreto se recobre.

Tiberio.

Nuestro amor se oculte, y obre

el destino.

Pag. 20

Doralice.

Así ha de ser.

Tiberio.

Pues a morir.

Doralice.

A vencer.

Tiberio.

Aunque en contra.

Doralice.

O con favor.

Tiberio.

El infortunio.

Doralice.

El rigor.

Tiberio.

De este decreto divino

se ejecute.

Doralice.

Obre el destino

y ocúltese nuestro amor.

Batalla.

Vanse. Sale Seleuco con la de orientes, retirándolo, y Artilo detrás con un morrión, lanza y morrión.

Artilo.

Válgame en la escaramuza

el morrión, donde, ¡ay de mí!

me esconderé más allí.

Huye el sargento cocuza,

a salvo en la caperuza.

Le he de dar dos chilindrones.

Sale Polibio retirando de los atenienses, y dale un cantazo a Artilo, y cae en el suelo.

Artilo.

¡Ay que me han muerto!

Dentro.

Corisca.

¡Vitorones!

Artilo.

Son estas de rebatigo,

y para aprender oficio

me enseño a dar coscorrones.

A cargo esta muerte llevo.

Mas, ¡ay desdicha fatal,

qué honrado soy, qué puntual,

he pagado lo que debo!

Sale Tiberio y los suyos y retiran a Polibio y a los otros. Levántase Artilo, y pónense al lado de su ama; y éntranse con los atenienses. Y sale Doralice y los suyos, y embisten para hacerlos prisioneros.

Tiberio.

Atenienses, yo os conmuevo

a embestir.

Polibio.

Dadme favor,

orientes.

Artilo.

Curra, señor.

Doralice.

Llegad.

Seleuco.

Muera Doralice.

Todos.

Viva Tiberio.

Doralice.

¿Quién dice:

viva Tiberio, es mi amor?

Pag. 21

Seleuco.

Vindica la espada

primero

que llegue a tan viles manos

y a los dioses soberanos

que sea de onor buen agüero

con mi sangre y el hado fiero

lo que pudo executo

mas debo adelantar yo

su nociva crueldad, fiera

canalla matadme

Seleuco.

muera

si se resiste

Sale Tiberio y se pone al lado de Doralice y rebate a los demas.

Tiberio.

esso no

presa a de venir conmigo

(ay de mi) que es justa ley

que en mi victoria sea el rey

árbitro de su castigo

Vase.

Seleuco.

pues llevala que yo sigo

el alcance

Tiberio.

ya cumplió

la diosa el decreto

no

se asuste nada mi bien

tened el caballo

Tiberio.

quien

desmonta

Vase Artilo y sale Adolfo.

Artilo.

Adolfo llego

Adolfo.

reconociendo de idel a murallas

de Atenas que ganaste la vatalas

al rey que victoria en que te empleas

te embia el premio y antes que le veas

manda que me oyga

Tiberio.

quando gustes puedes

darme el horden que aguardo

Adolfo.

dos mercedes

te haze su magestad

Dale un papel y vese el de en blanco.

Tiberio.

su firma leo

mas el papel que ylustra en blanco veo

Pag. 22

Adolfo.

es para que dispongas

tu eleccion las mercedes y las pongas

Tiberio.

lograre esta ocassion, y a tus plantas

marchad y alli

Adolfo.

detente que quebrantas

el orden con que vengo

Tiberio.

absorto y obediente me detengo

Adolfo.

solo te es menester

Doralice.

ay infelice

A Doralice.

Tiberio.

soldados comboyad a Doralice

entre en Atenas, a la muerte espero

de escolta la servid, y no el azero

la desciña y si fue valiente espada

venerada piadosa y mas no ynjuriada

mi bien aunque tu suerte esta esquiva

el sentimiento muera el valor viva

Doralice.

no te lastime a frenta ser constante

muera mi libertad viva mi amante

Vase Doralice. Llevan a Doralice los que dan Adolfo y Liberio.

Adolfo.

con Doralice la piedad te ynfamas

pues a decoros estas atento

Tiberio.

es damas

Adolfo.

es sangre rogativa siendo oriente

no la deve observar un ateniense

Tiberio.

es la verdad, mi sufrimiento luvia

con mi ynpaçiençia

Adolfo.

a lo que vengo escuchas

Erimaco a quien sirve mi persona

siendo eroyco puntal de su corona

tanto estima tu fe que si ser puede

su voluntad tu valor excede

quando del triunfo le llego el abisso

en dos mercedes darte el premio quiso

y porque su cariño y su grandeza

fines de Apolo que el en la firmeza

te muestra tanto amor que en esti empleo

da poder su poder a tu desseo

y pues ya saves que del rey soy confidente

como gran senescal y su pariente

Pag. 23

Adolfo.

ya saves que a mi exemplo te e criado

y que mi educaçion te yzo soldado

y saves ya quien es la ynfanta Astrea

y quan con su virtud mi amor se emplea

no culpes no Tiberio que en tan graves

materias como son dos eleciones

que con as de acer por ti quando respondes

valerme del acierto y lo que saves

se rrepita y acuerde

que oy no se pierde el tiempo que se apriende

la firma tuve en mi poder a penas

quando atendi para el mayor trofeo

al rey a ti a la ynfanta a mi desseo

y a los ylustres subditos de Atenas

a todos pues conviene que en las unas

merced llegue a la cumbre tu fortuna

esta, Tiberio sea

elegir por tu esposa

Tiberio.

a quien

Adolfo.

a Astrea

suçessora del reyno de su hermano

el uno es circunstançia de la mano

de Erimaco se duda el casamiento

sus vasallos rrespiran con aliento

Astrea aguarda a que tu amor la elija

la boluntad del rey la tienes fija

yo te dispongo a ser de greçia el dueño

y en ti la ynclinaçion no tiene empeño

que se pueda oponer al gusto mio

con que primero que los labios abras

me dice la rraçon sin las palabras

que oy queda a prissionado tu alvedrio

y pues ya logras tan feliz cadena

me doy a tu eleccion la norabuena

Tiberio.

como, ay de mi, mi afecto se rrepente

Pag. 24

Tiberio.

vamos Adolfo vamos a la corte

escribire el decreto de mi suerte

Adolfo.

por fuerça a qui a de ser fiero advierte

que para el orden con que el rey me embia

traygo de prevencion escrivania

pues como edicho lo que mas desseo

quiere que logres antes que le veas

Saca un recado de escrivir.

Tiberio.

es gran favor y no es menor mi susto

Adolfo.

ganar en tanto gusto esta tu gusto

que por darrete en todo

una crueldad dispone

Tiberio.

de que modo

Adolfo.

viendo que con seguida esta vitoria

solo un emulo tienes en tu gloria

que es el principe Glauco de la triste

prission en que le viste

oy sacarle a mandado

y que del monte al mar precipitado

le rreciua neptuno por trofeo

en las ceruleas ondas de leteo

Tiberio.

y es efecutaroya lo que rresuelvo

Adolfo.

no se mas que de ser

Tiberio.

Adolfo buelvo

venga el rrecado de escrivir

Adolfo.

aguarda

Llega a el y trae un recado de escrivir y despues se entra con la escrivania.

Tiberio.

ya es mi rrezelo vil si me acobarda

y publique mi amor

Adolfo.

ya escrivir puedes

Tiberio.

no es esta firma para dos mercedes

Adolfo.

si

Tiberio.

pues el alma dice en que se emplea

Adolfo.

ya en la union de Tiberio con Astrea

alcanço el logro que espere constante

Tiberio.

ya escrivi y te sigo ve delante

Adolfo.

puedo ver lo que elijes

Tiberio.

pues no Adolfo

Pag. 25

Tiberio.

ya sale este vaxel del puerto al golfo

y rrompe la opression del cautiverio

doy livertad a Glauco, y a Tiberio

le doy licençia para

Adolfo.

el rey lo dice

que se casse, con quien

Tiberio.

con Doralice

Mira le admirado y titubea leyendo.

Adolfo.

que as dicho loco basuaro que as hecho

ya esponçoña la rravia que en mi pecho

yntroduço la vista

Tiberio.

no desvozes

por disculpas tan viles como atrozes

Adolfo.

una deydad y un reyno se abandona

mi persuasion en mi en di tu locura

mulbate de la ynfanta la ermosura

obliguete de greçia la corona

mira que te ofre a Astrea

a lo que vengo y que su amor dessea

que te rriminas

Tiberio.

el papel lo dice

Adolfo.

quien el juizio te usurpa

Tiberio.

Doralice

Adolfo.

saves el cimen de mi error

Tiberio.

no vienes

por mi rrespuesta

Adolfo.

si

Tiberio.

pues ya la tienes

lo que a firmado el rey mi pluma esplica

a lo que manda el rey no se rreplica

Adolfo.

deste delirio que tu ser deshaze

Sale Seleuco.

Seleuco.

Tiberio el enemigo se rrehaze

que viendo a Doralice prissionera

quieren librarla o que su campo muera

Tiberio.

Adolfo a un tiempo me conduce y llamas

a qui la boluntad alli la fama

vuelve al rey en tanto que yo sigo

de la vitoria el fin

Pag. 26

Adolfo.

Tiberio, amigo,

muda antes de opinión.

Vase.

Tiberio.

Más fácil fuera

mudar un monte.

Fuese.

Muestra.

Adolfo.

Aguarda, escucha, espera.

¡Y quedo mortal! Discurso mío,

suple tú hoy esfuerzos, hoy, del brío.

Si el papel doy a Erímaco la muerte

doy a Tiberio, ¡oh qué rigor tan fuerte!

Y cuando el Rey se temple porque estimas

a Tiberio, que el vulgo se reprima,

no es fácil, siendo que ama un ateniense

a una mujer que es de nación oriense.

La infanta de esta culpa en el gravamen

contra mí ha de irritar todo el despecho,

que ignoré de Tiberio el vil dictamen

y hallo imposible lo que di por hecho;

pues, ¿qué he de hacer, siendo el volver preciso

del arresto de esta al Rey con el aviso,

y el papel cuando en público se vea,

es contra el Rey, Tiberio, el vulgo, Astrea?

Y mi palabra, ¿qué he de hacer? ¡Ay, cielos!

Me permite un arbitrio, ya el consuelo

mi discurso penetra:

lo que he de hacer es contrahacer la letra

de Tiberio, mudando donde dice

Doralice, y en vez de Doralice

he de poner Astrea.

Principio del remedio el arte sea;

pues con ficción del arte, que despinta

del papel el carácter, de la tinta,

y después porque excuse el casamiento

con Astrea, yo haré que el parlamento

lo impida, pues también mi afecto advierte

que casarle a disgusto es darle muerte.

Pag. 27

Adolfo.

Tiberio, pues estás falto de sentido,

yo no, y así procuro con tal daño

que el fado quejoso esté agradecido,

mi amistad a Tiberio con engaño,

por mostrarme leal con tu ventura

aleve debo ser con tus locuras;

si amigo soy, y de este nombre sigo

la propiedad, que el verdadero amigo

del que lo es en estorbar el gusto

que reconoce injusto,

y el que no lo hace así, no es bien se llame

amigo fiel, que es lisonjero infame.

Vase y sale Erímaco, Astrea, Música y acompañamiento. Cajas dentro.

Músicos.

Erímaco, rey de Atenas,

y sujetas las cervices

de los orientes rompiendo

el campo de Doralice,

aclame su nombre,

su gloria celebre,

su imperio eternice

el mundo en aplausos,

en ecos el bronce

y el mármol en timbres.

Erímaco.

No cantéis más, que es ofensa

mía, donde no solemnice

en la victoria mi nombre

quien el de Tiberio olvide.

Si indivisibles las almas

de los dos en una viven,

¿por qué las aclamaciones

no han de ser indivisibles?

Fenisa.

El fin del tono embarazas

porque gusto en él...

Erímaco.

Prosigue.

Pag. 28

Músicos.

Tiberio, asombro del orbe,

a los atenienses rige,

nadie su fortuna aplauda,

todos su valor envidien,

aclame su nombre,

su gloria celebre,

su esfuerzo eternice

el mundo en aplausos,

en ecos el bronce

y el mármol en timbres.

Erímaco.

Ya que del Peloponeso

triunfante destruye y rinde

mi poder con el estrago

la enemiga y recia estirpe,

y ya que al príncipe Glauco

sacan de la oscura y triste

prisión para que del monte

en el mar le precipiten,

ved si le llevan, que acabe

el odio que en mí es tan firme,

con las ramas, que ser pueden

renuevo de las raíces.

Sale Astrea.

Astrea.

No le lleven.

Erímaco.

¿Quién suspende

el orden?

Astrea.

Yo.

Erímaco.

Pues, ¿tú impides

la muerte de Glauco, Astrea?

Astrea.

Sí, Erímaco, y no imagines

que es proponerte y pedirte

que a tus pies le traigan antes.

Erímaco.

¿Qué razón puede haber?

Astrea.

Diré,

que tanto como que él muera,

Pag. 29

Astrea.

te importa lo que has de oírle,

y así atenta al útil nuestro

dilatar su muerte quise,

señor, para que le escuches,

mas no para que le libres.

Erímaco.

¿Adónde está?

Astrea.

Con la guarda

que le conduce previne

que esté a estas puertas.

Erímaco.

Entre solo.

Vase la música y acompañamiento, y entre Glauco en cuerpo.

Astrea.

Llamadle.

Glauco.

Que justifiques

tu rigor pretendo, escuches

de mi proceder el crimen.

Erímaco.

Quítame el pesar de verte

con la sinrazón de oírte.

Glauco.

Breve seré por negarme

a las presunciones viles

de que a dilatar la vida

a este espacio me dirige.

En el pasado rencuentro

fueron tus armas felices,

y que en este de hoy lo sean

también los dioses permiten;

ni este ni aquel me conmueven

a que en la fortuna admire

mi adversidad, la memoria

en los anales registre

que en favor o en contra, al tiempo

que un campo con otro embiste,

han sido los militares

accidentes infalibles.

Hasta hoy, sin verme el rostro,

en una prisión tan triste

me encerraste, no me espanto

Pag. 30

Glauco.

con tu enemistad cumpliste,

y rendida muerta yaze

a tus armas Doralice

por Tiberio, es accidente,

ya que no lo admire, dixe,

mas lo que admiro es que ignores

la injuria que se te sigue

en darme la muerte, quando

ni mi esfuerço le resiste

ni mi culpa averiguaste.

Con que solo el rigor sirve

de obstáculo que deslustra

el crédito que adquiriste,

pues en el padrón del tiempo

las esperiencias imprimen

que tiene la cobardía

en la crueldad el origen.

Tu púrpura con mi sangre

pretendes que se amortigüe,

que el matar a sangre fría

qué púrpura no destiñe,

pues tírame y demuestra

la temeridad que elijes,

porque alivian los que mueren

el temor de los que viven.

Tirano, mas no acuse

en los oprobios civiles

de tu acción mi aliento y logre

tú con lo que yo publique

la disculpa de matarme

sin mostrar que me temiste,

pues ay en lo que me ignoras

y razón de que me castigues

antes de encerrarme en esta

obscura prisión y horrible.

Pag. 31

15

Glauco.

más para un vil delincuente

que para un soldado insigne.

La hermosura de Astrea

a cuya deidad sublime

rendí el alma que aunque preso

estuve hasta entonces libre.

Erimaco.

¿En qué mucho...

[Aparte.]

Astrea.

¡Ay, qué oigo!

Glauco.

Esas propias

admiraciones que miden

la ofensa con la venganza,

harán, cuando me averigüen

lo que pronunció en mi reino,

que en el rencor invencible

de orienses y de atenienses

faltar al odio es el crimen

donde hay más rigor que en cuanto

las dos naciones delinquen.

Yo voy a morir, Astrea,

y pues juzgar no es posible,

que aspiro al premio (en quien ama

hay interés aborrecible),

antes de morir, señora,

declararte mi amor quise,

decirte mi amor, disculpe

que aunque opiniones sutiles

de sofísticos amantes

o platónicos afirmen

que ha de ocultarse a la dama

el amor, lo contradice

mi fe, que si en el decoro

todos los afectos ciñe

el que adora, cuando encubre

su esclavitud a quien sirve

la agravia, que a la hermosura

que más postre y más incline

Pag. 32

Glauco.

qué le importa lo que vence

si no sabe lo que rinde.

Y ya injusto Erimaco debes

a la culpa que me diste

el parecer justo cuando

del monte al mar me derribes

que habiendo quien la pondere

no habrá quien se escandalice.

Y tú, bellísima Astrea,

el sacrificio recibe

en las aras de tu aplauso,

no por ser víctima humilde

la desprecies, que los dioses

nunca la ofrenda despiden.

Astrea.

Muera yo.

Erimaco.

Calla, bárbaro, que afliges

mísero con el sacrilegio

e indecente que repites,

quitarte la vida es corta

satisfacción, y difícil

es que llegue la venganza

donde hay injuria más breve,

aquel supremo y tonante

dios que a los demás preside

que ha de poblar mi discurso

de atroces y de terribles

máximas que el desempeño

de mi afrenta faciliten.

Astrea.

Pues en tanto que te encuentras

mi cólera el labio explique

infeliz y osado joven,

quién, dónde, cuándo, qué oprime

mis alientos, dio dispasso

culpa, ofensa, ¿quién divide

Pag. 33

16

[Aparte.]

Astrea.

mis palabras) tan enorme

como ya no, no es posible

declararme, si la ira

es la que la voz me impide,

no es la ira que se templan

mis acentos al oírte.

Erimaco.

Pues ¿qué será?

Astrea.

No hay tormentos

que a mi rigor califiquen.

[Dentro.]

Todos.

El príncipe Glauco muera.

Erimaco.

Vasallos,

así lo pides

el odio común del pueblo.

[Dentro.]

[Despejad]

Doralice.

Llevadle

ministros viles.

Glauco.

Ya voy contento a morir.

[Dentro.]

Uno.

El rayo esgrime

de Júpiter.

Erimaco.

¿Quién profana

mi palacio?

[Sale Doralice con la espada en la mano.]

Doralice.

Doralice.

Astrea.

¿Qué ves?

Glauco.

¿Qué escucho?

Doralice.

Atiende.

[Aparte.]

Erimaco.

Qué prodigio hermoso, ay triste,

me pasma y dispone el cielo

que conmigo hoy predomine.

[Arrójale.]

Doralice.

Este acero que vencido

yace aunque el dolor le irrite

a tus pies debo ponerle

por entrar pude blandirle

llegué a tu ciudad oyendo

Pag. 34

Doralice.

la sentencia cruel que diste

a Glauco y osada rompo

tu guarda sin que me anime

el ansia de que suspendas

la muerte en él, antes hice

el escandaloso esfuerzo

para llegar a pedirte

no que en él no la ejecutes

sino que en mí la dupliques.

Un raudal de sangre solo

no basta para que alivies

el rencor juntando fuentes

que a hidrópica sed brinden.

¿Qué esperas? porque desayras

mi súplica tu voz dicte

el decreto, su fin logre

tu atrocidad, no vacile

tu fiereza, el mar sepulte

tu enojo, su fondo habiten

dos tan sagradas reliquias

que para que las estime

la veneración y nunca

en el decoro peligren

entre los bajos cristales

tendrán eternos viriles.

Glauco.

Tu nombre has hecho inmortal

[Aparte.]

Erimaco.

Dentro de mí porque fuerza

el rigor que oculta y cerca,

retrocede el natural.

[Aparte.]

Astrea.

Compasiva llego a verme.

Erimaco.

A pesar de mi rigor

es el amor, y es amor

que el descubrirle es perderme.

Doralice.

La causa en tus dudas ignoro.

Pag. 35

17

[Aparte.]

[Dentro clarín. Tocan clarín y sale Artilo que trae con un cordel al cuello a Corisca.]

Erimaco.

¡O quién a Glauco librara

sin que nadie imaginara

que agasajo a quien adoro!

Este valiente desdén

de la vida, ¿quién en mi aliento

estorba?

Artilo.

Yo, un sargento.

Erimaco.

Viene herido.

Artilo.

También,

que en los orienses estragos

por última se quedó

al remate ya justo

de las mortales rezagos.

Por él la trompeta chilla

y antes entre yo en la plaza

de tus albricias a caza

con un perro de traílla.

Erimaco.

¿Y Adolfo?

Artilo.

Se adelantó.

[Sale Adolfo con un papel que da a Erimaco.]

Adolfo.

Aquí estoy, mas detener

manda a Tiberio hasta ver

las mercedes que te hizo

a Artilo.

Erimaco.

Di a Tiberio...

[Aparte.]

Adolfo.

Y a mi empeño

me tiene en el sobresalto.

Erimaco.

Que yo le mando hacer alto.

Artilo.

No haces bien, que no es pequeño.

[Aparte.]

Glauco.

¿Qué templa en el rey la ira

que elige Tiberio?

Adolfo.

En vano,

porque no ha de ser humano.

[Aparte.]

Astrea.

Esta novedad me admira.

[Tírala del cordel.]

Artilo.

Ande, ande.

Corisca.

Ay qué cruel,

me rompe injuria loca.

[Lee el papel Erimaco.]

Pag. 36

Artilo.

Amigo, a quien toca, tocas.

Vase Artilo con Seleuco.

Erimaco.

Basta, ves por la otra vez

quién, si no es Tiberio, diera

disculpa a mi ceguedad,

que a Glauco libertad

pide en la merced primera.

Oh, cuánto a ti me obligo,

pues ignoras mis deseos,

y hasta en lo casual te veo

fiel vasallo, noble amigo.

Adolfo.

Ya es llana, que a Glauco da

el perdón.

Erimaco.

Ojos, a ver

en la segunda merced

qué elige el examen.

Lee, y mírele.

Adolfo.

Ya

la vista en mi industria emplea.

Lee.

Erimaco.

Doy

Adolfo.

La enmienda no repara.

Lee.

Erimaco.

licencia a Tiberio para

que se case con Astrea.

Adolfo.

¿Qué se admira?

Hace una admiración alegre Erimaco.

Erimaco.

¿Qué leo?

Mi afecto, y sin salir del

dar de mi gusto al papel,

las mercedes traslado.

Y en la oposición que emprendo

queda mi amistad sin culpa,

pues mi firma me disculpa

y encubre a quien amo, atiendo.

Glauco, tu suerte es felice,

pues tienes en mi crueldad,

por Tiberio, libertad

(miento, que es por Doralice).

Dos mercedes concedí

Pag. 37

Erimaco.

a Tiberio, y su fe pena

es tanta que con la una

te libras; por él de mí

mi firma el decreto abona,

mas verás su error después;

mi venganza.

Cae a sus pies.

Glauco.

Si a Tiberio perdonas,

de Tiberio esclavo soy.

Ya que no de vuestra alteza,

viva la pronta fineza

de quien adorando estoy.

Erimaco.

Astrea, tu mano hermosa

pide Tiberio.

Glauco y Doralice se sobresaltan.

Doralice.

¡Qué impío!

¡Ay, dolor!

Astrea.

Tuyo es mi albedrío.

Erimaco.

Pues hoy ha de ser su esposa.

Doralice.

¿Qué escucho?

Glauco.

Mísero, en calma

quedo en pena tan crecida,

para qué, ¡ay cielos!, la vida

me da, quien me quita el alma.

Adolfo.

Al parlamento, señor,

le toca cuando concedes

a Tiberio estas mercedes

decir en contra o favor

lo que se debe alegar.

Si válidas han de ser

juntas se han de conceder.

Erimaco.

Una tengo de estorbar.

Doralice (¡ay dueño mío!),

este cuarto tu hospedaje

ha de ser, que de este ultraje

la fuerza de mi albedrío.

Glauco.

¿Qué no me acabe el dolor?

Pag. 38

Doralice.

en la falta de mi aliento,

al no mostrar lo que siento

parece que asumo valor.

Erimaco con Adolfo habla.

Adolfo.

Don, la dilación me asusta.

Erimaco.

Aguarda,

aunque el rey me ordena

que a quien no asista mi pena

deroga ley tan injusta.

Y el deber lo que sucede

y en lo que su firma incluye,

que es lo que el enojo excluye,

que es lo que el amor concede.

Glauco, conmigo volved,

tomaréis el pasaporte

con que ir libre a vuestra corte.

Tiberio.

Ya conseguí esta merced.

Erimaco.

Y pues mi gusto confirma

el de Tiberio, sin todas

las prevenciones sus bodas

han de ser hoy, pues mi firma

apoya el feliz empleo

que a su voluntad entrego.

Tiberio.

Albricias, alma, que hoy llego

al logro de tu deseo.

Erimaco.

Ven, Astrea. Doralice,

siempre ha sido mal segura

la suerte con la hermosura.

Doralice.

Solo que me solenice

este monstruo me faltaba.

Astrea.

Y a la compasión me obligas

a tenerte por mi amiga.

Doralice.

Menos mal es ser tu esclava.

Glauco.

¿Qué hoy he de perderte, Astrea?

Adolfo.

De mi amigo el desempeño

he de hallar.

Erimaco.

Yo haré en mi dueña

infeliz que feliz sea.

Pag. 39

Vanse todos, queda sola Doralice, toma la espada suya que está en el suelo y al querer echarse sobre la punta sale Tiberio y se la quita con el bastón.

Doralice.

Ya que este acero quedó

donde alivie mi ansia fuerte,

¿quién puede estorbar la muerte

que aguardo y merezco?

Tiberio.

Yo.

Doralice.

Tiberio, aparta.

Tiberio.

¿Qué pena

te priva el juicio?

Huyendo de él y deteniéndole.

Doralice.

Tirano,

¿por qué me aparta tu mano?

Tiberio.

Porque la tuya es ajena.

Doralice.

Calla ese error.

Tiberio.

Doralice.

Doralice.

¿Es error?

Tiberio.

El más cruel.

Doralice.

Dígalo, ingrato, el papel.

Tiberio.

El papel es quien lo dice.

Doralice.

Ciego estás, no soy Astrea.

Tiberio.

¿Qué es esto?

Doralice.

¿Qué hay que te asombre,

si mi afección en su nombre

la firma del rey emplea?

Tiberio.

¿Quién tal engaño padece?

Doralice.

Nadie, que es verdad segura.

Tiberio.

¡Qué sumiso estilo apura!

¡Qué a mi juicio adolece!

Mujer, perdona que el ver

en ti la incredulidad

me olvida que eres deidad,

me acuerda que eres mujer.

Adolfo, sabe que yo

con su mano he conseguido

mi esperanza.

Doralice.

¡Fementido!

Pag. 40

Doralice.

Adolfo sabe que no.

Tiberio.

Luego Adolfo (ya de un yelo

me asombro) también te mueve

a lo que juzgas.

Doralice.

Sí, aleve,

mudó el nombre bien leído,

y ya prevengo en mis pechos

la seguridad forzosa,

dame la mano de esposo

y quedarás satisfecho.

Al querer se la dar, la retira.

Doralice.

Dices bien, mal determino.

Tiberio.

Que ya tu fineza es tarde.

Doralice.

Oh, qué omisión tan cobarde.

Tiberio.

Oh, qué inhumano destino,

¿por qué al destino inhumano

le nombras enlace igual,

si para que cese el mal

está el remedio en tu mano?

Doralice.

Óyeme primero.

Tiberio.

Di.

Doralice.

La merced que publicó

el rey, ¿la pediste?

Tiberio.

No.

Doralice.

¿A mí me nombraste?

Tiberio.

Sí.

Doralice.

Pues, ¿cómo?

Tiberio.

Pasa adelante.

Doralice.

Está el papel diferente.

Tiberio.

Porque es Adolfo prudente.

Doralice.

¿Y en fin me estimas?

Tiberio.

Constante.

Doralice.

Pues con mis dudas concluyo;

expuesto al mayor azar.

Tiberio.

Pues de mi riesgo a pesar,

he sido, seré, y soy tuyo.

Danse la mano.

Doralice.

No solo me das de esposo

la mano,

Pag. 41

Tiberio.

¿de qué la quieres?

Doralice.

De no decir que lo eres

si no es en lance forzoso.

Tiberio.

Así a tu deidad lo ofrezco.

Doralice.

Pues con el favor que alcanzo

del silencio mi esperanza,

sacarte y salir procuro

de peligros tan internos;

que fuera desestimarnos

lograr la dicha de amarnos

por el dolor de perdernos.

Hasta aquí están de las manos.

Tiberio.

¿Qué arbitrio habrá que entre asombros

la luz de mi amor conduzca?

Doralice.

Finge a la infanta que juzgas

Erimaco que la nombras.

Tiberio.

Valdrá mi prevención.

Doralice.

La industria al susto redima.

Tiberio.

La fuerza al enojo oprima.

Doralice.

Obre cauta la razón.

Tiberio.

De Adolfo fíe el engaño.

Doralice.

Es precisa diligencia.

Tiberio.

Revoque el mal su violencia.

Doralice.

E impídase el curso al daño.

Tiberio.

Pues, mi bien...

Doralice.

Pues, dueño mío...

Tiberio.

Ya que alcanzo...

Doralice.

Ya que hallo...

Tiberio.

Todo el premio de mi fe.

Doralice.

Todo el fin de mi albedrío.

Tiberio.

El temor se disminuya.

Doralice.

Desvanézcase el recelo.

Tiberio.

Júpiter te asista.

Doralice.

El cielo

me guarde, pues ya soy tuya.

Fin.

Pag. 42

Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar y la pura y limpia concepción de nuestra señora la virgen María concebida sin mancha ni mácula de pecado original a pesar de maitines, sacóse esta comedia a Francisca López Subtacta autora de comedias por su majestad en Madrid a veinte y seis de febrero de 1663 años y va cierto y verdadero. Sebastián de Alarcón. La primera grande y larga jornada de En el dichoso es mérito la culpa de don Román Montero, fiesta que se hizo para los años de nuestra señora la reina que Dios guarde que estrenaron las compañías de Antonio de Escamilla y Pedro de la Rosa autores por su majestad. Y la estrenó en Sevilla la compañía de Francisca López Subtacta a dos días del mes de abril del año mil y seiscientos y sesenta y tres en el corral de la montería y por verdad lo firmé en Sevilla en 29 de marzo de 1663 años. Pedro Vallejo.

Jornada segunda

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IHS MR Ioseph 24 Jornada segunda de en el dichoso es mérito la culpa

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[Página en blanco]

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Segunda jornada en el dichoso es mérito la culpa

Suena en el vestuario rumor de cascabeles como que pasan la carrera, y dicen dentro:

25

1º.

Ya la sortija, Tiberio,

se ha llevado en las tres lanzas.

2º.

Perdió el premio Glauco.

1º.

¡Viva

Tiberio!

Todos.

¡Viva!

Sale Astrea con despecho y siguiéndola Laura y Fenisa.

Astrea.

¡Oh, mal haya

el aplauso y la fortuna

del que a mi pesar aclaman!

Laura.

Señora.

Fenisa.

Astrea.

Sale Adolfo asustado.

Adolfo.

Sobrina,

tú tan violenta y turbada

del balcón sales; la corte

asustas, dejas la plaza

que no ves, ¿qué accidente,

qué ocasión?

A las dos. Vanse Fenisa y Laura.

Astrea.

Fenisa, Laura,

basta; quédese la fiesta,

esperadme en la ventana.

Adolfo.

Debate, mi amor...

Astrea.

Adolfo,

al origen de mis ansias

atiende, que ya se rinde

esta inexpugnable y cauta

fortaleza, defendida

del afecto que la asalta

hasta aquí; mas ya no puede,

que la pólvora que escala...

Pag. 46

[Página en blanco]

Pag. 47

Segunda jornada de la comedia En el dichoso es mérito la culpa. De don Román Montero de Espinosa. De don Román Montero de Espinosa. Sebastián de Alarcón. 26

Pag. 48

[Página en blanco]

Pag. 49

27

Astrea.

la forma del virrey, reparan

que es inviolable, y ordenan

que las dos mercedes valgan

y que se prenda a Tiberio

por la elección, centellaban

con tan destinado enojo

las opiniones contrarias,

que pasar pudo el empeño

de las letras a las armas.

Si tu autoridad, Adolfo,

con prudencia y vigilancia

no da un medio que concluye

la duda que se contrasta;

este fue, que la primera

merced que eligió y rescata

a Glauco, válida fuese.

Y la segunda en que aguarda

mi mano (cuyo deseo

oculto siempre) anulada

quedase; siendo el motivo

y en política tan ardua

gloria de Atenas, desprecio

de Glauco, pena y venganza

de Tiberio, justa fuerza

de la firma, acción bizarra

del virrey, y acertado arbitrio

que la controversia acalla.

Pues la firma me fía, sirve

(y a quien en papel se estampa)

va al perdón de Glauco, y Glauco

no ignora (cuando le alcanza)

que Erímaco le desprecia

pues concediendo que vaya

a volver con frente cuando

se perdona, le destierra.

Y de Tiberio en el delito

Pag. 50

Astrea.

se castiga su arrogancia

con desvanecer el bulto

de sus presumidas alas

reprobando el matrimonio

por ser su culpa la causa.

Con que la firma no llega

a la ejecución, ni daña

que no llegue a su decoro

porque si el servicio llama

al premio, llama la culpa

al castigo, en la batalla

mereció, quien desmerece

en el galanteo, y embaraza

a la gracia la justicia

que en ley divina y humana

es de la justicia dueño

el que es dueño de la gracia.

A tu voto se ajustaron

los cónsules, y el virrey manda

que se ejecute, mas antes

que prosiga (por si extrañas

esta digresión y juzgas

al esperar de mis ansias

la noticia, que malogro

el tiempo, y que se dilata

el asunto) a decir vuelvo

con prevención duplicada

que importa a mi enojo que escuches

lo que sabes porque allana

a la culpa que se explica

la disculpa que se calla.

Adolfo.

Di a lo que, pues la culpa

de poner tu nombre, Infanta,

en el papel no lo fuera

si la disculpa explicara.

Astrea.

Saliste del parlamento

y Tiberio que esperaba

Pag. 51

en su favor la consulta

de entre los demás se aparta,

y al oírme, tan inmóvil

se quedó, que solo daba

indicios de ser Tiberio

la perfección de su estatua.

¿Quién duda que estuvo absorto

sabiendo bien que ultrajas

su presunción, y le niegas

mi mano?

Adolfo.

Evidencia es clara

que lo estuvo (porque yo

le di parte de la audacia

con que enmiendo la locura

de publicar a quién ama).

Astrea.

Después, en la conferencia

de los dos, o porque dabas

a tu oposición disculpas

o a su diseño esperanzas,

reconocí en las acciones

que ya alegre se mostraba

y agradecido, ocultando

la pasión en la templanza.

Adolfo.

Agradecido quedó;

mas fue a la ingeniosa traza

de impedir tu casamiento

con el que le lleva el alma,

Doralice.

Astrea.

Desde entonces

mi hermano (de quien esclava

es la voluntad, rendida

al imperio que la manda)

desde entonces le concede

que prosiga la constancia

en público de servirme,

en tanto que el tiempo acaba

la memoria de su culpa.

Pag. 52

que en las generales causas

no dura el rigor, y al odio

sepulcro el olvido labra.

Con esta licencia (¡ay triste!)

en palacio y en la plaza

con festines y con fiestas

me solicita y me cansa.

Adolfo.

Su inclinación disimula

con la que finge, y se engañan

con demostraciones finas

las solicitudes falsas.

Astrea.

Yo que en este empeño...

Adolfo.

Espera,

espera que si adelantas

tu discurso, mi discurso

en la inteligencia atrasas

según lo que significas.

¿Sientes la perseverancia

de Tiberio?

Astrea.

Es evidente.

Adolfo.

Pues a que replique aguarda

el yerro en que estuve, Astrea.

Yo, cuando fui a la campaña

a llevar la firma en blanco

a Tiberio, deseaba

(como tu deudo y su amigo)

que sus méritos lograran.

Humano, pedí licencia

a tu hermosura, y con sabia

neutralidad respondiste

que a tu voluntad arrastra

la de Erimaco, y que sola

a su elección te consagras

en fe de tu indiferencia.

Sin ser menester mi instancia,

te eligió Tiberio; yo cuanto

esta cautela me agravia

mas no agravia que es cautela

Pag. 53

que remedia y no disfama),

a su inclinación me opuse

como lo viste, irritada

mi paciencia con la culpa

de librar a Glauco, pasan

los lances que has referido.

Y en este tiempo repara

mi atención en tu tristeza,

conjeturando al notarla,

que nace de que tus bodas

con Tiberio se dilatan.

No es así pues le aborreces.

Conque al ver que salió vana

mi sospecha, un caos resulta

desta novedad que enlaza

en sí otras dos, cuyos fieros

indicios me sobresaltan.

Erimaco, a quien la adusta

inclinación le separa

de los ocios divertidos,

hoy tan al contrario cambia

su natural, que permite

en Atenas todas cuantas

fiestas dispone el ingenio

y la agilidad alcanza

con la pluma en el certamen,

o con la espuela en la valla.

Glauco del Peloponeso

tiene libre el paso, y tarda

sin usar de la licencia

en resolver la jornada;

no admiro, no, que constante

te asista pues te idolatra,

mas admiro que consienta

tu hermano que no se vaya.

En fin Glauco está en Atenas,

y de tu amor te recatas;

Tiberio te sirve amante

Pag. 54

y sus ternezas te cansan;

el rey cede a las delicias

la ambición de las venganzas,

y en mí, más de mí imposible,

será que te diga nada,

que destas tres novedades

la memoria o la ignorancia

hace que mi aliento quede

congelado en la garganta,

subiéndome en los ahogos

lo que pudo en las palabras,

como arroyo, que lo que cuando

frígido norte le embarga,

si no le seca le impide,

si no le agota le pasma.

Astrea.

¿Has dicho?

Adolfo.

Sí.

Astrea.

Pues dejando

aparte lo que no basta

a comprender mi discurso

que es en el rey la mudanza

de extremos, cuyo motivo

se queda en la imaginaria,

oye un error que es acierto

donde hay crédito en la infamia

y vanidad en la culpa.

Estando en tan fiel balanza

el mérito y el delito

que en mí dudo equivocada

si lo explico con vergüenza

o lo cuento con jactancia,

yo he postrado mi albedrío

a las finezas y dádivas

de Glauco.

Adolfo.

¿Qué oigo?

Astrea.

Una culpa

que por ser ya ponderada

Pag. 55

de los dos opuestos bandos

excuso el discriminarla;

esta es culpa a que no pude

resistir, porque me inflama

la voluntad desde el cielo

alguna violencia sacra.

Lo que pude es detenerme

en mi pasión de mostrarla,

obligando mi decoro,

y haciendo mi repugnancia

a quien tengo por amante,

que me tenga por ingrata.

Disimular la que es noble

el afecto es lo que basta

para que no degenere

de la estirpe que la ensalza;

favorecer otra culpa

en mí, no amar, que una dama

se mantiene en ser divina

cuando no se muestra humana.

Lo vegetable, sensible,

irracional (que son plantas,

piedras, aves, brutos y hombres)

sin haber excepción aman;

pues la sangre por ilustre

¿quién mandó que se excusara

contra el racional precepto

a tener sensible el alma?

Esta pues ha sido, Adolfo,

de mi tristeza la causa;

la que tuve dejando

el balcón, arrebatada

de un impulso, fue haber visto

que a Glauco Tiberio gana

el premio, conque la plebe

al que me disgusta aclama.

Pag. 56

Astrea.

Virrey de Glauco y Tiberio,

que en ser digna se señala,

no ignora la competencia

y permite la constancia;

Tiberio es valido y Glauco

opuesto, con que desmaya

mi disinio, y el futuro

contingente en la desgracia,

y a mi culpa en tus oídos

busca el sagrado que aguarda;

sabes lo que me condena

sabiendo lo que me salva,

ya se mira mi fortuna

al espejo de tus canas,

y a del corazón la herida

por los ojos se desangra,

y a en las líneas corrientes

que surten de las pestañas,

el demudado color

mi susto mortal declara,

pues salen del pecho rojas

y llegan al rostro blancas.

Llora.

Adolfo.

Astrea, ya no es posible

que a quien tu confianza

hizo tan abonado el propio

delito que te acobarda

siga tu estrella tu influjo,

pero sus rayos no salgan

a luz, que de amor la estrella

todo cuanto alumbra abrasa.

Astrea.

A tu obediencia estoy pronta.

Sale Fenisa y Laura.

Fenisa.

Ya en las tres lisonjas blandas

Glauco mejoró de suerte.

Laura.

Adolfo, el rey os aguarda.

Adolfo.

Sobrina, guarde el cielo.

Astrea.

Adolfo, adiós,

Pag. 57

Astrea.

que aguarda

peligrosa tormenta

de mi sosiego en la calma;

una amistad ocasiona

y un parentesco levanta.

Vase.

Laura.

¿Quieres que aquí te divierta

la música?

Astrea.

No, que basta

la quietud, de noche en el parque

más que me alivia me cansa.

Fenisa.

Terrible melancolía

padeces.

Astrea.

¡Ay de mí!

Salen Artilo y Corisca con dos joyas en dos azafates de plata, de rodillas ambos.

Artilo.

Plaza.

Corisca.

Plaza.

Artilo.

Señora.

Corisca.

Señora.

Artilo.

Mi amo...

Corisca.

Mi amo...

Artilo.

Calla.

Corisca.

Calla.

Artilo.

Eco y prisionero mío,

¿has pensado que es la infanta

tu mujer o cómo calla?

Corisca.

No.

Artilo.

Sí.

Corisca.

¿Por qué?

Artilo.

Porque la hablas.

Corisca.

Glauco, mi señor...

Artilo.

Tiberio,

mi señor...

De rodillas.

Laura.

Muy en hora mala,

diga el uno y luego el otro.

Artilo.

Pues yo soy el uno.

Corisca.

Vaya.

Artilo.

El premio de la sortija

pone Tiberio a tus plantas.

Corisca.

Y el que des que ganó Glauco,

señora, a tus pies consagra.

Astrea.

Está bien, reciba el uno

Pag. 58

Astrea.

Fenisa, y el otro Laura.

Vanse las dos mujeres y remedan las acciones de lo que dice Laura a Fenisa para con Corisca. Levántanse.

Artilo.

¿Con azafates y todo?

Laura.

Así lo usan las infantas

en Grecia, que de azafates

gustan más que de azafatas.

Corisca.

Astrea no puede ver

los hombres aunque la quieran.

Artilo.

Luego pensaba que eran

todas como mi mujer.

Corisca.

Ese tema y tan mal nombre

no es justo darla por mí

que es buena mujer.

Artilo.

¡De ay!

Más sé que yo sea buen hombre.

Corisca.

Porque preso y suyo soy

sufro malicia tan fea.

Artilo.

Pues por qué libre no sea

grillos y esposas desde hoy

te quiero echar.

Corisca.

Las dos cosas

es rigor grande a fe,

una basta.

Artilo.

Ya yo sé

que solo gustas de esposas.

Corisca.

A la cárcel en hora buena,

pero no se me da nada,

que la comedia cantada

que hacen del robo de Elena,

me libra, porque entro yo

y tú y tu mujer, y todos

los que por diversos modos

mal o bien cantamos.

Artilo.

No

me acordaba.

Corisca.

Que en la historia

tienes papel te prevengo.

Artilo.

Y en la memoria le tengo,

mas no tengo la memoria.

Corisca.

Esta noche ensayan.

Artilo.

Esta

Pag. 59

Corisca.

Y quieren que prevenidos

estén todos y vestidos

como se ha de hacer la fiesta.

Artilo.

Eso es ya mucho lilae.

Corisca.

Que el rey presente ha de estar

me han dicho.

Artilo.

Voyme a estudiar.

Corisca.

Y yo también.

Saca su papel cada uno y se van por diferentes puertas, cantando dentro Flora y se detienen los dos al paño.

Flora.

¡Ola, ao!

Artilo.

Esta es mi esposa.

Corisca.

Mi dama,

su papel estudia allí.

Artilo.

¿No digo, pues a mí

me busca y a mí me llama?

Flora.

¡Ola, ao!

Dentro canta. Vuelve Corisca al recato.

Artilo.

Aquí los cojo.

Corisca.

Y hace acercar mil luceros.

Artilo.

Ora sus, un rayo quiero

saber de mí si me enojo.

Sale Flora con un papel cantando. Vuelve a cantar.

Flora.

¡Ola, ao, a de la nao!

Agamenón, pío; violenta

entró, y ya está la que aumenta

dos huesos a Menelao.

Corisca.

Flora.

Flora.

Corisca.

Corisca.

La llave

del jardín que te pidió

Glauco, se la traes.

Flora.

Pues no,

toma, pero si lo sabe

mi marido, será quien

me dará la muerte airado.

Dale una llave.

Artilo.

Aun no estoy bien enojado

porque no los oigo bien.

Corisca.

Deja el miedo pertinaz.

Artilo.

Ya de cólera me tomo.

Flora.

¿Quieres un abrazo?

Corisca.

Y cómo.

Artilo.

Aquí mora Dios, ¿qué hay paz?

Sale Artilo y se abraza con los dos.

Flora.

Malo

Pag. 60

Corisca.

Mi aliento desmaya.

Artilo.

Y bien.

Flora.

No te desconsueles,

que es bien, nuestros papeles

recorremos, que se ensaya

esta noche, y cuando roba

Paris a Elena nos vamos

los dos siguiendo a los amos

como ellos se van.

Corisca.

No es boba.

Flora.

Y así no hay de qué enojarse

conmigo, que no hay exceso,

pues fue ensayo.

Artilo.

Para eso

mejor es desensayarse.

Corisca.

La comedia, dicen, dilo,

la ha de tener copla y media.

Artilo.

Si lo dice la comedia,

está bien.

Glauco.

Corisca.

Tiberio.

Artilo.

Salen Tiberio y Glauco, y pónense aparte con sus criados junto al paño, y salen al parque el Rey y Adolfo hablando.

Tiberio y Glauco.

¿Diste el premio?

Corisca.

Escucha.

Artilo.

Advierte.

Erimaco.

Yo he de exceder tu consejo.

Adolfo.

¿Cómo?

Erimaco.

Con mi estudio dejo

mi peligro

de esta suerte.

Canta Flora.

Flora.

¡Ola, ao, a de la nao!

Agamenón, pío; violenta

entró, y ya está la que aumenta

dos huesos a Menelao.

Corisca.

Ni aun te vuelve el parabién.

Artilo.

Más hizo escarnio que aprecio.

Glauco.

Mucho ofende su desprecio.

Tiberio.

Poco asusta su desdén.

Erimaco.

De Tiberio es mi albedrío.

Adolfo.

Pagas su fe; grave susto.

Pag. 61

Erimaco.

luego descubrirle es justo

lo que a tu lealtad confío.

Dale la llave a Glauco.

Glauco.

Venga esa llave.

Corisca.

Aquí fin

tu locura la desea.

Vanse Glauco y Corisca.

Glauco.

Pues dice Flora que Astrea

baja de noche al jardín,

quiero estar de su hermosura

más cerca, que aunque es error,

amante, pasa en amor

por fineza la locura.

Adolfo.

Tu logro no se adelanta.

Erimaco.

Harás que me escandalice

tu opinión.

Tiberio.

Ir a Doralice,

que pase a ver a la infanta,

que yo la juzgo indispuesta.

Erimaco.

Aguarda.

Adolfo.

Qué confusión.

Tiberio.

Por qué se fue del balcón

antes de acabar la fiesta.

Vase Artilo, sale el rey al teatro, quédase al par Adolfo, y cuando se quiere ir Tiberio se encuentra con Erimaco.

Artilo.

Voy.

Adolfo.

En el tirano imperio

de amor esta monarquía

zozobra.

Tiberio.

Fortuna impía,

dime hasta cuándo.

Erimaco.

Tiberio.

Tiberio.

Señor.

Erimaco.

Sabes que a tu fe

mi amor ha correspondido.

Tiberio.

Quejoso y agradecido

quedo oyéndote.

Erimaco.

Por qué.

Tiberio.

Porque en muestras tan notables,

servicios tan pasados,

los recuerdos excusados

son ofensas favorables.

Erimaco.

La ocasión escucha.

Tiberio.

Di.

Erimaco.

Quien sigue mi afecto.

Pag. 62

Tiberio.

Yo.

Erimaco.

Cabe en ti mudanza.

Tiberio.

No.

Erimaco.

Te merezco firme.

Tiberio.

Sí.

Erimaco.

Pues de ti me he de valer.

Tiberio.

Desata el confuso abismo

de mis dudas.

Erimaco.

A ti mismo

contra ti te he menester.

Tiberio.

Pues ¿por qué, señor, si mortal

herida el alma resiste,

cuando el remedio consiste

en mí te congoja el mal?

Erimaco.

Porque es contra ti el remedio.

Tiberio.

Ser no es posible, señor,

contra mí y en tu favor.

Erimaco.

Para el fin que busco el medio,

que elijo, estriba en que sea

(tu amor ha de perdonar)

a pesar de tu pesar,

esposa de Glauco Astrea.

Aparte.

Tiberio.

Albricias, alma.

Adolfo.

Hasta aquí

es lo que yo aconsejé.

Erimaco.

No respondas hasta que

la novedad que hay en mí

disculpes, que en esta acción

quiero excusar que te asombre

el verme elegir un hombre

de tan contraria nación.

Aparte.

Tiberio.

Mi alborozo se repare,

lo feliz disimulando.

Aparte.

Adolfo.

¡Ay de ti, Tiberio, cuando

su amor el rey te declare!

Erimaco.

Desde el último reencuentro

en que partió la victoria,

mi conveniencia y tu gloria

a que sepultó en el centro

de la razón mi dictamen,

mezclando que a atreverse

Pag. 63

Erimaco.

pudo mi reino oponerse

en arma con el examen.

Y en fin, para decir cuánta

diferencia en mí exagero,

la infanta a Glauco dar quiero,

cuando tú adoras la infanta.

Mira, amigo, cuál estoy,

pues olvidado de mí,

tan otro soy del que fui,

que contra tu gusto voy.

Aparte.

Tiberio.

La ocasión que me da el cielo

para fiar mi amor

lograré, pues el favor

del rey me quita el recelo.

Erimaco.

Es la causal.

Tiberio.

Aunque licencia

de responder no has querido

darme, la tomo, que ha sido

tal vez culpa la obediencia.

Erimaco.

La razón oye.

Tiberio.

En acción

que a la voluntad conviene

del rey, nunca razón tiene

el que aguarda la razón.

Es tan mío el interés

de tu máxima, y Astrea

tan dignamente se emplea

con que a Glauco se la des,

que solo en su casamiento

(porque no pude adquirir

el mérito de sentir),

sentiré que no lo siento.

Aparte.

Adolfo.

Declararse quiere.

Erimaco.

En vano,

para encubrir tu dolor,

usa prudente el valor

de ese disfraz cortesano;

mas es precisa vencer

tu pasión.

Tiberio.

Ya que lo infieres,

así dime, cuando quieres,

Pag. 64

Tiberio.

casarlos.

Erimaco.

Hoy ha de ser.

Tiberio.

Pues dilato el declararte

la verdad por prevenirte

el peligro que es servirte

primero que asegurarte.

El vulgo, que está impaciente

de que Glauco esté en Atenas,

es belicoso, y apenas

el impensado accidente

de casar a su contrario

con tu hermana han de saber,

cuando se debe temer

de su arrojo temerario

el tumulto, no propongo

la ejecución, sin embargo,

pues su orgullo voraz domo

si las bocacalles tomo

con las tropas de mi cargo.

Orden secreta daré

a Seleuco de juntar

la gente, y luego a esperar

la tuya, señor, vendré,

con que apaciguando el fuego

reducirá mi asistencia

el tumulto en obediencia,

la sedición en sosiego.

Abrázale.

Sale Artilo.

Erimaco.

Más tu entendimiento alabo

que tu valor, en quien cupo

tanta fineza. ¡Oh, quién supo

hacer de un rey un esclavo!

Tu nombre el mundo eternice,

pues a tu estrella atropella

tu lealtad, cuando mi estrella

me arrastra por...

Artilo.

Doralice

a la infanta viene a ver.

Sale Adolfo que se lleva al rey.

Erimaco.

Tiberio, ve a lo dispuesto.

Adolfo, en mi cuarto presto

Pag. 65

Erimaco.

entre Glauco, sin saber

el fin con que en él me aguarda,

vuelve a buscarme.

Aparte.

Vanse Tiberio y Artilo.

Tiberio.

Amor,

hoy romperá mi valor

la venda que te acobarda.

Ven, Artilo.

Vase por puerta diferente Adolfo.

Adolfo.

¡Qué alivio!

Hablar no pude.

Sale Doralice y levántala de rodillas al paño Erimaco. Levántase el rey.

Doralice.

¿Quién es?

Erimaco.

Quien postra humilde a tus pies

el alma con el imperio.

Doralice.

¿Cómo? ¡Oh, qué demostración

hallo en vuestra majestad,

que desde la novedad

me lleva a la admiración!

Erimaco.

¡Hermoso imposible mío!

Aparte.

Doralice.

¿Quién vio pesar tan sensible?

Erimaco.

Deja de ser mi imposible,

o vuélveme mi albedrío.

Aparte.

Doralice.

Yo, cuando fuese el injusto

estorbo que hay en mi aliento,

no doy a tal atrevimiento

lugar si me dura el susto.

Erimaco, ¿no os debí

que fuese contra el ultraje

de mi fortuna hospedaje

la prisión en que estoy?

Erimaco.

Sí.

Doralice.

¿No os negué la urbanidad

de visitarme, y el verme

excusasteis por no hacerme

este disgusto?

Erimaco.

Es verdad.

Doralice.

¿Alguna vez se atrevió

(que mal reprimo el enojo)

ese temerario arrojo

contra mi respeto?

Pag. 66

Erimaco.

No.

Doralice.

Si vuestra intención supiera,

la más mínima persona

de la vuestra, o mi corona

no se irritara.

Erimaco.

Si hiciera

Doralice.

a mi hermano vil, porque

la infanta sirve, y pretende,

no le aborrezco, y me ofende

con la vista.

Erimaco.

Ya lo sé.

Doralice.

Pues ¿por qué torpe, y veloz

profanáis cuando lo ignoro

el templo de mi decoro

con tan sacrílega voz?

Erimaco.

¿No te vi la vez primera

con esfuerzo varonil

tu recelo despreciar,

tu noble acero blandir,

y rindiéndote, no libre

de la muerte a Glauco?

Doralice.

Sí.

Erimaco.

Pues si a Glauco di el perdón

y le consiento servir

a mi hermana, si mudé

al instante que te vi

los afectos, ¿cómo ignoras

de los designios el fin?

¿Cómo dudas lo que sabes?

¿Cómo esta deuda feliz

extrañas cuando la cobras?

O ¿cómo puedo vivir,

mi bien, sin pagarte yo

lo que te debo a ti?

Cese en las dos monarquías

de tanta sangrienta lid

el odio mortal, y arranquen

nuestras manos la raíz.

Glauco en el Peloponeso

logre la deidad gentil.

Pag. 67

[36]

Erimaco.

que adora, en Atenas reine

la que predomina en mí.

En este y aquel tumulto

ha de humillar la cerviz

al poder de la coyunda

el rebelde frenesí

a cuyo afecto...

Doralice.

Esperad.

(Tiberio, yo he de morir

callando.) Más fácil es

que se divorcien la vid

del olmo, y que falte al iris

la variación del matiz.

Antes verán los mortales

roto el eje del cenit,

fijas las ondas del mar,

árido el campo en abril,

olvidado el amor propio,

con el premio al infeliz,

venturosa la hermosura,

quieta la ambición, y sin

defecto en su proceder

al hombre de sangre vil,

que es el mayor y imposible,

ver cabal quien fuere así.

Erimaco.

Tú dificultas los medios

que yo facilito; oír

pude yo lo que no pude

imaginar.

Doralice.

Advertid

que no hay disculpa en error

que se vuelve a repetir.

Erimaco.

Luego ¿se queda en desaire

lo que pido, en logro...

Doralice.

Sí.

Erimaco.

Pues más aquí de la justa

cautela que importa aquí,

Doralice.

¡Ah, tirano! ¿Cómo sirve

Pag. 68

Doralice.

aunque procuras fingir

para verter el corazón

tu semblante de viril.

Erimaco.

Pues perdóname esta culpa,

amante, que cometí.

Doralice.

Sí haré, como no asegunde

vuestra voz en delinquir.

Erimaco.

En el silencio tendrá

cárcel perpetua.

Doralice.

¡Ay de mí!

¡Quién mucho sabe ofrecer

qué poco piensa cumplir!

Erimaco.

Un volcán llevo en el alma.

Doralice.

De mi susto nacen mil

contra Tiberio.

Vase el rey.

Erimaco.

¡Ay Tiberio!

mi esperanza estriba en ti.

Llora y salen Tiberio y Artilo.

Doralice.

Ánimo corazón mío,

mas antes de discurrir

es fuerza que cumpla el llanto

con la parte femenil.

Tiberio.

Hoy liberto a Doralice.

Artilo.

De albricias la he de pedir

el mejor escaparate

que tenga en su camarín.

Repara en ella.

Tiberio.

Allí está.

Artilo.

Mas ¿cómo está

llorando? Llégate y di

de tu dicha la ocasión

para persuadirme reír.

Llega.

Tiberio.

Mi bien.

Asustada.

Doralice.

Esposo.

Tiberio.

¿Qué es esto?

Doralice.

El último trance en fin

de la quietud, y un tirano

azar que no presumí.

El rey...

Tiberio.

¿Sabe nuestro amor?

Pues ya no importa.

Pag. 69

[37]

Doralice.

¡Oh vil

término de la fortuna!

es halagar para herir.

Mayor es el mal.

Tiberio.

¿Mayor?

Doralice.

Artilo, tú desde allí

has de avisar si viniere

alguno.

Vase Artilo.

Artilo.

Seré un celín

al revés, con que seré

un lince quiero decir.

Doralice.

El rey...

Tiberio.

Prosigue.

Doralice.

Con la muerte lucho,

mi amante se declara.

Tiberio.

Lo que escucho

(cuando le embaracé, mortal desvelo,

es lo que decir quiso, ¡vive el cielo!).

Doralice.

Mi amante se declara, es poderoso,

yo prisionera soy, tú eres mi esposo,

con rendimiento hablé, respondió airada,

irritado se fue, quedé asustada,

temo el mal, dudo el bien, e ignoro el medio.

No he dicho el daño, busca tú el remedio.

Tiberio.

Esto ha de ser.

Doralice.

Mi aliento se sofoca.

Tiberio.

Tres partes hallo en mí, y una me toca;

vida, alma y honra son, y se reparte

entre dueños distintos cada parte;

es el alma de Dios, que la dio al hombre,

es la vida del rey, la honra del hombre;

por esta he de mirar; el rey te ama,

y es, si te robo yo, su ofensa honrosa,

que si fueras mi dama y no mi esposa,

fuera traidor robando al rey la dama,

mas si es mi esposa la que el rey codicia,

soy leal, pues le estorbo una injusticia.

Pag. 70

Doralice.

Sin ti no hay vida, ni contigo hay muerte.

Tiberio.

La torre de Minerva que es el fuerte

que está a mi devoción, cuyos soldados

tengo siempre escogidos y pagados

a dos millas de Atenas, y esta noche

en la puerta del parque pondré un coche

que te conduzca; espérame en la fuente

última del jardín, que si tengo gente

prevenida, si bien con otro intento,

mas en este ha de obrar, pues hoy la junto.

Doralice.

Mi general Vesubio arrebatado,

del ejército el pie que le ha quedado

no es capaz de ponerle en la campaña

a tu opósito. El número es pequeño,

mas es capaz de libertar su dueño.

Escribióme el designio de esta hazaña

y que emboscarse presto determina

en el monte intrincado que confina

con aquesta ciudad de cuya parte

segundo aviso aguardo, quiera Marte

que llegue a tiempo del poder servirte.

Tiberio.

Y iré bastantemente a conducirte.

Doralice.

¿Con quién para llevarme hasta el asilo

has de entrar en el parque?

Tiberio.

Solo Artilo

me ha de servir de guía;

a la puerta tendré la compañía

de mi guarda, y después (si es que permite

Júpiter que esta acción se facilite

con mi activo cuidado)

no dudes, no, que el rey en lo irritado

ha de templar el ímpetu violento,

a mis servicios y a mi honor atento.

Doralice.

Venga lo que viniere;

mas dime, Adolfo, que te estima y quiere,

¿ha de saber lo que tu honor conquista?

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Tiberio.

antes he de ocultarme de su vista,

que pues de mi pasión llevar me dejo

donde falta el poder, sobra el consejo.

Doralice.

Pues Tiberio salí a obrar un infelice.

Tiberio.

¿Pues has salido del susto, Doralice?

Doralice.

Vete mi bien.

Vase Doralice, al irse Tiberio sale Artilo y le detiene.

Tiberio.

Adiós.

Artilo.

Oye despacio,

porque estoy muy de prisa, y en palacio

sabes que soy de aquellas baratijas

que siendo trastos llaman sabandijas.

A Erimaco avisé que paseaba,

y por no por Adolfo preguntaba

si va a su cuarto, o vuelve aquí, esta en duda

pisa recio, trasuda,

y en cada aliento que mortal respira

echa (bien hecha) media azumbre de ira.

Tiberio.

¿Qué daste aquí para seguirme luego?

Artilo.

Pues, ¿qué he de hacer aquí que no sosiego?

Porque esto no echa ensayado la comedia.

Ve menester vestirme.

Tiberio.

Se remedia

diciendo tú que yo en el foso he asisto,

que me busquen.

Artilo.

Tus excusas he servisto.

Tiberio.

No te toca preguntar qué es tan loca.

Artilo.

Pues el embuste, ¿para qué me toca?

Tiberio.

¿Quieres villano que te dé la muerte?

Artilo.

No.

Vase Tiberio y sale Adolfo.

Tiberio.

Pues quédate, y di que pase al fuerte.

Artilo.

En las maginaciones mi riesgo estanco.

Adolfo.

Artilo, ¿qué hace el rey?

Artilo.

Maestres de campo.

Adolfo.

¿Tiberio?

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Artilo.

En la torre de Minerva.

Sale el rey.

Erimaco.

Ni mi poder, ay triste ser, reserva

de un tirano desprecio.

Vase Artilo.

Artilo.

Yo me voy que ha venido pisar recio.

Adolfo.

Ya en tu cuarto señor, Glauco te espera.

Erimaco.

Vuélvele a despedir, vete a la fuera.

Mas aguarda: (aventúrese mi imperio).

Dime antes de ir a dónde está Tiberio.

Adolfo.

Juzgo que si le ocupaste,

que estará a prevenir lo que mandaste.

Erimaco.

Vienes que junte el séquito valiente,

mas con fin diferente.

La tirana cruel, la deidad fiera,

mi poder ruina, su respecto muera.

A Tiberio querrá del ay infelice,

mujer que adoro.

Adolfo.

¿A quién?

Erimaco.

A Doralice.

Adolfo.

¿Qué oigo?

Erimaco.

Lo que ha de ser.

Adolfo.

Impulso ciego.

Erimaco.

Quien ignora el ardor no culpe el fuego.

Busca a Tiberio, en nada se detenga,

de mi parte le di que a llevar venga

a Doralice al fuerte,

en tanto que palacio se divierte,

en el ensayo de esa vil canalla.

Dile que esta es la acción con que avasalla

a todo mi albedrío.

Si bien siempre fue suyo siendo mío.

Adolfo.

No es estar a continuo error, pereza en calma.

Erimaco.

Piérdase el reino, pues se pierde el alma.

Adolfo.

Permíteme que diga...

Erimaco.

La advertencia en mi error me desobliga.

Nada saber procuro,

quien mejor replica, vive mal seguro.

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Glauco.

Lance adverso.

Astrea.

Cruel peligro.

Artilo.

¿Esto qué es?

Flora.

Esto es que devienen,

ciento y hartar bien, y ahora

están en el paso fuerte.

Erimaco.

Dentro de palacio, ¿cómo

vuestra lid ya injusta mueve,

un escándalo que infama

la razón del accidente?

Mas, ¿qué pregunto? Tiberio

ejecutar, como siempre,

mis órdenes quiso, y tuvo

su obediencia inconveniente.

Tiberio.

Señor.

Glauco.

Erimaco.

Astrea.

Hermano.

Tiberio.

Escucha.

Glauco.

Repara.

Astrea.

Advierte.

Tiberio.

La causa.

Glauco.

La acción.

Tiberio.

El crimen.

Erimaco.

Solo a Tiberio, lo que intente.

Tiberio.

Pues oye a Tiberio solo.

Quédese y magina.

Erimaco.

Aguarda: si me convence,

con mi culpa, y a esto agravia,

Doralice.

¿Ya el forzoso lance es este,

en que el silencio se rompa?

Tiberio.

Publicar nuestro amor puedes.

Porque la fuga bien mío,

excusasteis.

Doralice.

Como quieres,

dueño del alma que yo

me salve, cuando te pierdes.

Erimaco.

Mas qué importa si mi empeño,

es antes: prosigue.

Tiberio.

Atiende:

Yo resuelto, temerario,

Pag. 74

A Doralice señala.

Tiberio.

firme, constante, y valiente,

entre a robar en palacio

a mi esposa, (los oyentes

admiten, pero no culpen

lo que escuchan), el celeste

movimiento que en el orbe

su sacro dominio ejerce,

lo dispuso, y el estorbo

que la ejecución suspende,

también; que ofendí de Astrea

mi voluntad aparente,

oculto nadie lo ignora;

que la nación ateniense

agravio, nadie lo niega;

que es mi proceder aleve,

nadie lo duda; pues nadie

en mi delirio disculpe

la culpa que la disculpa

tengo en la deidad presente.

Yo soy quien asombros agravia.

Yo soy quien rompe tus leyes.

Yo soy con la patria ingrato.

Yo soy a tu amor rebelde.

Yo soy quien me fiscalizo.

Y con ser tú quien me atiende,

aun que soy el que confiesa,

no soy el que se arrepiente.

Resuelto vine, y resuelto

estoy a morir, dispense

en tu piedad la justa

venganza que tomar puede;

que si el amante el amante,

que a su afecto retrocede,

por el temor del castigo,

venial culpa que me suelve.

Artilo.

Secreto la has ver.

Doralice.

Escucha.

Astrea.

Yo en el parque.

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Astrea.

Casualmente.

Erimaco.

Callad todos:

oí, y un clavo y una ese

pone en mi rostro Tiberio.

Pues ejecuta obediente,

el orden que le dio Adolfo,

de mi parte, y por no hacerme

un cargo que me malquiste,

sobre sí tomar pretende,

el delito y excusarme,

la culpa de cometerle.

Oh, ejemplo de los leales,

tu ingenio, y valor celebre

el laurel que está en mi frente.

Mas yo no cumplo conmigo,

viendo que tira a perderse,

si su fe no recompenso

con más fineza, que deben

(si la proporción se mide),

proceder cuando proceden,

como reyes los vasallos,

como deidades los reyes.

Tiberio.

Tiberio.

Señor.

Erimaco.

No es justo,

que tu lealtad se condene

por traición; que si te culpas

cuando me obligas me ofendes.

Yo te di el orden que guardas.

Yo te mandé que estuviesen

prevenidos los soldados,

para la facción que emprendes,

y contra el destino adverso

que impedir mi gusto quiere,

a pesar de todos cuantos

lo que determino sienten,

se ha de ejecutar el robo.

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Erimaco.

Soldados, llevad al fuerte

a Doralice.

Astrea.

¿Qué escucho?

[Quieren llevarla soldados y al embestirlos Glauco, se adelanta Erimaco.]

Glauco.

Primero mi sangre

vierte.

Erimaco.

Culpándose se disculpa;

lo que se estima le vence.

Tiberio.

No te lo previne, nunca

dejó de favorecerme.

Erimaco.

Llevalda.

Doralice.

A tus pies...

[Llevanla, y al ir Tiberio, le detiene Erimaco.]

Erimaco.

Llevalda,

sin aguardar que se queje.

Espera, Tiberio, Glauco

en la injuria que padece

busca el medio a la venganza.

Junta tus vencidas huestes,

tu ejército reclute,

para que yo le desprecie.

No suspendas un instante

el tiempo de obedecerme,

o al precipicio mañana

te daré si no te vuelves.

[Vase Glauco.]

Glauco.

Temiendo que arrepentido

caigas en lo que concedes,

me voy a volver; amor,

perdona hasta que me vengue.

Erimaco.

Retírate, infanta.

[Vase Astrea.]

Astrea.

Cielos,

para padecer me aliente.

Erimaco.

Idos.

[A Artilo.]

Flora.

¿Pues que es esto, ensayo,

sin acabarse?

[Vanse todos y solos Erimaco y Tiberio.]

Artilo.

Eso tiene

la solfa, que da después

de todo el bajo en falsete.

Tiberio.

A tus pies rendida el alma...

Erimaco.

No agradecido te muestres.

Pag. 77

Erimaco.

que con gallardo brío

rindes las vidas, y las almas

vences.

La manzana discorde

hoy Venus te agradece,

disparando su hijuelo

en tu favor las flechas

que me hieren.

[En tanto que cantan las dos coplas va muy despacio a reconocer si Astrea es Doralice y le sigue a lo largo Tiberio, y sale abriendo una puerta Glauco y por la parte opuesta Doralice.]

Astrea.

¿A dónde iré que el acaso

mi desdicha no me acuerde?

Doralice.

Ya es tiempo de que mi amante

al citado sitio llegue.

Glauco.

Dicha fue que Adolfo a darme

lugar de venir volviese.

Artilo.

Doralice.

Astrea.

¿Quién es?

Artilo.

Nadie,

trocada vino la suerte.

Astrea.

Artilo.

[Vase Artilo.]

Artilo.

Suelta, que voy

a cantar, no me destemples.

Glauco.

La infanta está aquí.

Tiberio.

De Astrea

es la voz.

Doralice.

Cielos, valedme.

[Canta dentro un músico.]

Músico.

Tus desdenes, Elena,

constante adora siempre,

que arra con tus favores

quien idolatra fue

de tus desdenes.

[En tanto que se canta esta copla andan los que están en el teatro y caen juntos Doralice y Tiberio, al lado de Doralice Glauco, y al de Tiberio Astrea, atentos a los dos.]

Doralice.

¿Es Tiberio?

Tiberio.

Sí.

Doralice.

Pues oye.

Glauco.

Más gente hay aquí.

Astrea.

Aquí hay gente.

[Dentro canta Laura.]

Laura.

Al embarcar, dueño mío...

[Dentro canta Flora.]

Flora.

Al salobre tridente

desprecia, a Troya fía

su feliz robo el fugitivo

huésped.

Pag. 78

[Dentro canta.]

Flora.

y a la entena del velamen

tiende,

o el aquilón le rompa

o el céfiro le temple.

Tiberio.

Cuando todo el orbe junto

a mi intento se opusiese,

te he de llevar.

[Da voces.]

Astrea.

En palacio

hay traición.

Glauco.

Tu voz atiende

a quien te idolatra.

Tiberio.

Soldados,

id con Doralice al fuerte.

[Sacan las espadas, riñen Glauco y Tiberio, y en tanto llegan a llevar a Doralice los embozados, y ella se resiste.]

Glauco.

¿Qué escucho?

Seleuco.

Ven.

Doralice.

No es posible.

[Riñen siempre hasta que sale el rey y los demás.]

Astrea.

Glauco al peligro se ofrece.

[Dentro canta Fenisa.]

Fenisa.

De Menelao la esposa

dónde está.

[Dentro Artilo cantando.]

Artilo.

Dos celestes

casas él y ella habitan;

el capricornio él, y ella

los peces.

[Lo que está señalado se canta y riñe y resuena a un tiempo.]

Glauco.

Como no te mato yo, ¿quién...?

Tiberio.

Hombre y demonio, ¿quién eres

que riñes como si fuera

tu dama la que defiendes?

[Dentro cantado.]

Coro.

Al arma, al arma, al arma,

el mar de velas pueble

la injuria que me abrasa,

consuma a Troya el fuego

que me enciende.

[Y repiten el último verso todos.]

[Sale uno con una hacha, Erimaco, Artilo y algunos, y Flora con vestido ridículo, y cesan las cuchilladas de Tiberio y Glauco, y toman la puerta que tenían los enmascarados.]

Doralice.

¡Oh estrella infeliz!

Astrea.

Al parque acudid,

vasallos fieles.

Erimaco.

Callad y seguidme, a donde...

¿qué miro?

Doralice.

Tirana suerte.

Pag. 79

[Vase Erimaco.]

Erimaco.

Y porque en la obediencia te adelantes,

mira que juzgo siglos los instantes.

[Vase Adolfo, y salen Tiberio y Artilo con una guitarra, y ridículo, y detrás Seleuco y criados enmascarados.]

Adolfo.

Ya el tesón a más mal que en Grecia temo,

del límite infeliz toca el estremo,

pues si el naufragio la esperanza veda,

piérdase el buque y sálvese quien queda.

El rey me da esta orden. Culpa grave

será en mí, si Tiberio no lo sabe.

Amigo deste soy, de aquel vasallo,

con la amistad y la lealtad batallo.

Mas el rey es primero y no me obligo

porque es primero a abandonar mi amigo.

Pues en mí, como en todo, verá el mundo

que sigue a lo primero lo segundo.

Artilo.

Paréce que parezco

músico troyano.

Tiberio.

¿Quieres

pisar con tiento?

Artilo.

Seguro,

que es mi temor muy prudente.

Tiberio.

Mas tú no podrás.

Artilo.

¿Por qué?

Tiberio.

Porque atravesando vienes

del jardín. Señal que nunca

tuvo tiento un pisagverde.

Tiberio.

Esta es la puerta por donde

sacar mi valor pretende

a Doralice.

Artilo.

Supuesto

que es esta, haz que se queden

en el umbral y la guarden

esos cocos crimeneses.

[Quedan los embozados al paño.]

Tiberio.

Amigo, cuidado.

Seleuco.

El tuyo

sobra, pues mi pecho ardiente

a tu devoción se quema.

Artilo.

Este vinagre es aceite.

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[Música.]

Tiberio.

Artilo, ve adelante

a ver si está en la fuente

Doralice, y si la encuentras

me avisarás, si no vete

al ensayo, que si faltas

salir a buscarte pueden

y me pierdo.

Artilo.

¿Hacia qué mano

ha de estar la contrayente?

Tiberio.

Toma a la izquierda.

Artilo.

No es esa

mano de amigos.

[Tiembla.]

Tiberio.

No tiembles.

Artilo.

Como está mascando el riesgo,

fuerza es dar diente con diente.

Tiberio.

Yo siento un rumor.

[Sale por entre unos ramos Astrea.]

Artilo.

Y yo todo

lo siento en el alma.

Astrea.

Alivie

inquietud, no te dupliques,

si quien ama es evidente

que no sosiega, ¿qué hará

quien ama y a quien aborrece?

Artilo.

Señor...

Tiberio.

¿Qué dices?

Artilo.

Señor...

Tiberio.

Acaba.

Artilo.

¡Ay señor!

Tiberio.

¿Qué tienes?

Artilo.

Que si no me lleva el diablo

de miedo, el diablo me lleve.

[Dentro canta Laura.]

Laura.

Paris...

[Dentro Flora.]

Flora.

¿Con el instrumento

no ha entrado?

Laura.

A tocar vuelve.

Artilo.

Ya ensayan.

Tiberio.

La ocasión goza.

Artilo.

Pareces tú el alcahuete.

[Dentro canta.]

Laura.

Paris, troyano heroico

y galán tan valiente,

Pag. 81

Laura.

haciendo lo que me toca

hacer si fuera decente.

[Dentro todos, y cajas.]

Voces.

Muera quien los fueros rompe

de nuestras antiguas leyes,

contra la patria.

Erimaco.

¿Qué escucho?

Todos.

¡A las armas, atenienses!

Adolfo.

Vuestro caudillo es Adolfo.

Todos.

¡Adolfo viva!

Tiberio.

¿Quién mueve

voz tan sediciosa?

[Sale Adolfo con la espada en la mano.]

[Vase.]

Adolfo.

Yo,

que soy leal y conviene

para serlo no mostrarlo.

Acude, Tiberio, al fuerte;

señor, asiste a la infanta,

que en mí tenéis quien remedie

con una cautela noble

una desdicha evidente.

Erimaco.

Yo quedo a que el alboroto

de palacio se sosiegue.

Tiberio.

Yo voy donde Doralice

el susto que lleva temple.

Erimaco.

Júpiter te guarde.

Tiberio.

Cielos,

tu augusto laurel prospere.

[Aparte.]

Erimaco.

A pesar del orbe alcance

el poder lo que no vence

el temor.

[Aparte.]

Tiberio.

El feliz día

logro en que se diferencie

mi fortuna.

[Vase.]

Erimaco.

Doralice,

ya tu resistencia es débil.

[Vase.]

Tiberio.

Doralice, ya te adoro

sin el temor de perderte.

Finis.