La obra se abre en Ferrara, donde don César Colona celebra que su prima Margarita haya consentido en casarse con él, movida por la conveniencia política y familiar de unir en un solo vínculo las dos ramas que disputan la sucesión del Estado. El padre de Margarita y los allegados preparan fiestas públicas para anunciar la futura boda, pero ella pide hablar a solas con César y le revela que ese sí ha sido arrancado por la presión paterna y por temor, no por amor. Le explica que siempre lo ha visto como primo, no como esposo, y le ruega, apelando a su nobleza y a su condición de amante constante, que impida el matrimonio sin descubrir que la causa nace de ella. La confesión hiere profundamente a César, que decide transformar de inmediato la fiesta en luto interior y abandonar Ferrara con el pretexto honorable de servir al Emperador en campaña. Antes de partir, promete a Margarita no volver a verla sin licencia suya y deja en suspenso tanto su amor como la cuestión sucesoria.
En la guerra al servicio del emperador Federico, César combate ocultando su identidad bajo el nombre de Celio. El cambio de nombre le permite apartarse de su antigua vida, probar su valor y mantener la ficción de su muerte, que llega a consolidarse tras una batalla en la que rescata a Matilde, noble rebelde que se pasa al bando imperial, y cae herido llevando una bandera enemiga hasta los pies del Emperador. Por una confusión con los papeles hallados en otro cadáver, se extiende la noticia de que César Colona ha muerto, y él permite que el error subsista para favorecer a Margarita: de ese modo ella puede quedar como heredera única de Ferrara. Ganado ya el favor de Federico por su bravura, Celio recibe nuevas mercedes y se convierte en privado suyo. Cuando Carlos Esforcia llega desde Ferrara con cartas de Margarita para obtener del Emperador la posesión del Estado, César, todavía encubierto, interviene a favor de ella y consigue que se le despache el título, aunque con reservas políticas del Emperador. Más tarde, ya en Ferrara, Margarita descubre que Celio y César son la misma persona; él le recuerda todo cuanto ha hecho por ella —la guerra, el fingimiento de la muerte, la renuncia al Estado y la ocultación de su nombre—, pero la respuesta de Margarita sigue siendo vacilante: reconoce que él tiene razón, aunque insiste en que no puede dejar de rechazarlo. De esa negativa nace en César el propósito de vencer su pasión queriendo vencerla.
En la tercera jornada, cuando Federico entra en Ferrara, sale también a la luz que Celio es en realidad César Colona y que el pueblo lo aclama como su legítimo señor. El Emperador, tras oír su historia y valorar su lealtad, se inclina a darle el gobierno de Ferrara, mientras César se obstina en no volver a someterse al desdén de Margarita. Para sostener su decisión, responde con frialdad a los intentos de ella, que empieza a sentir celos y desconcierto al ver que el antiguo enamorado ya no la persigue con la misma sumisión. La situación se complica cuando Matilde, agradecida porque César le salvó la vida y atraída por su valor, pide a Margarita que interceda para casarse con él; esa petición desata definitivamente los celos de la duquesa. A la vez, se resuelve el pleito sucesorio en favor de César, y Ludovico intenta reparar la ruptura ofreciendo otra vez la mano de su hija, pero César declara que no quiere por esposa a quien como dama lo aborreció. El conflicto culmina con un lance de honor motivado por la publicidad de sus antiguas galanterías, y en presencia del Emperador quedan enfrentadas las dos mujeres: Matilde manifiesta que lo estima, mientras Margarita reconoce que su propio desprecio ha sido la causa de perderlo. Entonces César decide inclinarse hacia Matilde, afirmando que la mejor manera de vencer al amor es querer vencerlo; Margarita admite la justicia de esa lección, el Emperador aprueba la boda y la comedia concluye con el restablecimiento del orden amoroso y político.