La obra se abre en Nápoles, bajo el reinado de Lisarda, que ha sucedido en la Corona tras la muerte violenta de su hermano, el rey Alfonso. Ante ella comparece el anciano conde Oravio, empobrecido aunque noble, acompañado de sus hijos Carlos y Enrique. Oravio explica que había servido lealmente al rey Alfonso y que su ruina económica provino de haber entregado su hacienda al monarca cuando este combatía la rebelión y usurpación de Federico. Refiere también que Alfonso murió asesinado en una conjura y que, tras nuevas convulsiones, Lisarda ocupa ahora el trono. Como Oravio no puede pedir que se le restituyan directamente bienes y honores sin que ello parezca agravio al orden político presente, solicita amparo para sus hijos. Lisarda, cautelosa, no les concede recompensa inmediata y les propone que hagan méritos por sí mismos, ya sea en las armas o en las letras, afirmando que la mayor calidad es la del merecimiento. Esta decisión divide las aspiraciones de los dos hermanos: Carlos se inclina hacia la acción militar y Enrique, movido por la necesidad y por una visión más interesada del ascenso, está dispuesto a buscar fortuna de cualquier modo. Mientras tanto, en una quinta apartada junto al mar se descubre a Aurora, hija del rey Alfonso y heredera desposeída, retirada en duelo y deseo de venganza por la muerte de su padre. Allí confluyen casualmente los hermanos y sus acompañantes, y pronto se sabe que Lisarda ha prometido premiar a quien logre prender a Aurora. Enrique decide cumplir ese mandato para enriquecer a su padre, mientras Carlos, al encontrarse con Aurora y conmoverse ante su desgracia y su belleza, vacila entre la obediencia al poder y la lealtad caballeresca. Cuando Enrique intenta capturarla, Carlos se enfrenta a él para defenderla; el lance no se resuelve entonces de modo definitivo, pero deja planteado el conflicto central entre los hermanos, entre la fortuna buscada por conveniencia y el mérito unido al honor.
En la segunda jornada, Enrique obtiene de hecho la prisión de Aurora y espera por ello el galardón prometido. Sin embargo, el resultado no es simple: Lisarda encierra a Aurora en una torre del palacio para asegurar su poder, pero al mismo tiempo trata con ambigüedad a quienes la sirven. Enrique recibe una joya y señales de estimación, aunque también experimenta el desasosiego de no saber si su acción será plenamente recompensada. Carlos, por su parte, siente que no puede abandonar a Aurora en cautiverio. Amparado por la noche y por la negligencia o complicidad de algunas guardas, entra en la torre para liberarla; poco después también Enrique, movido por una mezcla de interés, deuda y afecto, acude al mismo lugar. En la oscuridad se suceden los equívocos: Lisarda, que sospecha, sigue los movimientos de los intrusos; Aurora, dividida entre el agradecimiento y el temor al descrédito, vacila entre aceptar la fuga o impedir que sus libertadores se arriesguen más. Al producirse el encuentro, Lisarda descubre a ambos hermanos y exige saber cuál de los dos intentaba rescatar a la prisionera. La intervención cómica de Tálego, criado de Carlos, inclina la situación de manera confusa, pero finalmente Lisarda decide expulsar a Carlos de la corte, mientras conserva a Enrique cerca de sí y lo manda volver al día siguiente. Esta resolución deja ver la complejidad de los afectos: Aurora se siente íntimamente inclinada hacia Carlos por su lealtad, aunque no puede declararlo abiertamente; Lisarda, por su parte, empieza a mostrar una inclinación amorosa hacia Enrique, a quien en adelante colma de favores materiales y políticos. El conflicto deja así de ser solo sucesorio o militar y pasa también al terreno amoroso, donde cada personaje se debate entre gratitud, deseo, honra y conveniencia.
En la tercera jornada se acelera el desenlace. Carlos, ya desterrado, recibe un pliego del Condestable fiel a Aurora, quien, apoyado por Sicilia y por partidarios ocultos en Nápoles, le ofrece dinero y medios para restaurar a la heredera legítima. Mientras Carlos organiza la empresa, en palacio Lisarda da nuevas muestras de favor a Enrique: le concede una cuantiosa suma y parece dispuesta a elevarlo más, movida por una pasión que procura disimular. Enrique, entre tanto, comienza a corresponder a ese afecto y su ascenso despierta los celos y recelos de Carlos, que llega a sorprender conversaciones cuya interpretación no siempre puede precisar. Paralelamente, el Almirante, temeroso de que la reina entregue demasiado poder a un vasallo de origen no regio, decide avisar a Aurora y trabajar por la restitución del reino. Todo converge en una fiesta cortesana con máscaras organizada para celebrar a Lisarda. Carlos entra disfrazado con la intención de advertir a Aurora y favorecer la sublevación; sin embargo, es descubierto en medio del sarao, y en ese instante estalla el levantamiento de los partidarios de Aurora, con el palacio cercado y el Condestable en campaña. La fortuna gira de modo definitivo: Oravio reaparece, Aurora recupera la soberanía de Nápoles y reconoce en Carlos al principal artífice de su restauración. Como premio, le ofrece la mano en matrimonio. Carlos, fiel a una lógica de reconciliación y recompensa del mérito, pide además que Lisarda y Enrique queden casados y que reinen en Sicilia. La obra concluye con la restitución del orden político y familiar: los leales son premiados, la nobleza empobrecida de Oravio queda reparada, Tálego recibe también recompensa, y se afirma que la verdadera fortuna favorece finalmente a quien sabe merecerla con valor, lealtad y constancia.