La obra se abre con una junta infernal en la que varios demonios lamentan la pérdida del cielo y deciden vengarse en los hombres, especialmente en un muchacho virtuoso criado en Oropesa. Según refieren, nació de gente humilde, fue robado de niño por un sacerdote y se ha criado como pastor con fama de prudente y de inclinado al bien. Los espíritus malignos trazan un plan para apartarlo de la virtud antes de que madure, tentándolo primero por el gusto, el dinero y la ambición. El joven, cuyo nombre no siempre se percibe con plena seguridad en el texto transmitido, aparece ya sometido a una inquietud interior que altera sus costumbres piadosas, pues sale hacia el ganado sin haber oído misa. Perdido en el camino, encuentra a dos personajes engañosos, Contento y Llorente, que en realidad sirven a la trama demoníaca: lo seducen con la vida militar, los juegos y la camaradería, y logran que abandone el pastoreo para seguir al alférez del conde de Oropesa en una jornada de armas. Así, el protagonista entra en la milicia española y marcha a campaña, mientras la acción presenta también el frente francés y prepara el conflicto bélico en que se probará su destino.
En la guerra, el antiguo pastor muestra valor, pero también queda expuesto a nuevos engaños. Cuando pide licencia para salir en busca de bastimento, su caballo cae y lo deja malherido; al mismo tiempo, los demonios inducen a otro a robar el hato y el dinero de su capitán y hacen recaer sobre él la sospecha del hurto. El capitán, airado, ordena ahorcarlo sin justicia suficiente. En el trance de la muerte, el joven acepta humildemente el castigo como merecido por sus culpas pasadas, perdona a quienes lo condenan y se encomienda a Dios con una oración intensa. Su actitud conmueve a los presentes; la ejecución se interrumpe y se reconoce su inocencia, de modo que queda libre y agradecido. Después participa en la batalla contra los franceses, donde los españoles vencen y capturan a un caballero enemigo, al que se trata con magnanimidad. Más adelante, el protagonista aparece en Granada, adonde ha llegado tras otras campañas, quizá después de pasar también por Ceuta, Tetuán y Viena, extremos que el texto permite reconstruir de manera probable por testimonios de otros personajes. Allí escucha un sermón del maestro Juan de Ávila durante la fiesta de San Sebastián, y esa predicación provoca su conversión decisiva. Rompe libros profanos, se entrega a penitencias extremas, regala su ropa a un pobre, se humilla públicamente por las calles, pide misericordia y es tomado por loco, aunque el sentido de su conducta se revela como santo y no insensato.
Desde ese momento, el protagonista consagra su vida a la caridad activa. Recorre Granada pidiendo limosna para pobres, viudas, doncellas, peregrinos, enfermos y soldados, acompañado por otros hermanos, mientras los demonios siguen intentando derribarlo. Tratan de vencerlo por medio de una mujer a la que inducen a seducirlo, pero él resiste la tentación, la exhorta al arrepentimiento y logra moverla a penitencia y enmienda. También se alude a su servicio hospitalario junto a Antón Martín y a su atención constante a los necesitados; incluso un relato secundario muestra cómo obliga a un mercader avaro a costear el entierro de un muerto. Ya reconocido por la ciudad, recibe el respeto de doña Ana Osorio, del arzobispo don Pedro Guerrero y de otros personajes principales. Cuando cae gravemente enfermo, es recogido y asistido con veneración; en sus últimas palabras no piensa en sí mismo, sino en encomendar sus pobres a quienes le sobreviven. Muere santamente tras una oración final, y la ciudad entera acude a honrar su cuerpo: autoridades civiles y eclesiásticas, cofradías, religiosos, pobres y vecinos disputan por llevarlo. Finalmente se dispone su entierro solemne en la capilla de doña Ana, mientras todos reconocen que su alma goza ya de la gloria y que su vida ha sido ejemplo de penitencia, caridad y victoria espiritual sobre el demonio.