La obra se abre en Ávila, en un ambiente de fiestas públicas y juegos cortesanos, donde la joven Teresa de Ahumada aparece rodeada de pretendientes y de la vigilancia de su padre. Un equívoco con varios papeles amorosos entregados durante las celebraciones desencadena celos entre don Ramiro y don Diego, que creen contar con el favor de Teresa y están a punto de batirse por su causa. El padre descubre los billetes ocultos en la manga de su hija y, aunque ella insiste en que los recibió por engaño y que su voluntad no está comprometida, interpreta el incidente como amenaza para el honor familiar. Para atajar el escándalo, decide casarla con don Ramiro, mientras Teresa manifiesta por primera vez con claridad que no desea matrimonio humano, sino entrar en religión. La reacción paterna oscila entre la burla y la incredulidad, pero la joven mantiene con firmeza su propósito espiritual en medio de una casa todavía dominada por los intereses familiares, el decoro social y las rivalidades amorosas.
La tensión aumenta cuando, ya avanzada la noche, don Ramiro y don Diego irrumpen en el aposento de Teresa, cada uno proclamándose su legítimo esposo. El padre los sorprende y, para salvar las apariencias, deja la decisión final en manos de la propia Teresa, siempre que el conflicto no trascienda y manche la opinión de la familia. Poco después, Teresa se retira al convento de la Encarnación para pedir consejo divino, mientras sus parientes y pretendientes aguardan su respuesta. Allí, tras una experiencia interior presentada en forma de voz sobrenatural, declara solemnemente que no elige ni a don Ramiro ni a don Diego, sino a Dios como verdadero esposo, y decide quedarse en la casa de la Virgen. La segunda jornada muestra ya a Teresa como religiosa, sometida a graves enfermedades, visiones y pruebas espirituales. Tras un trance cercano a la muerte, del que vuelve por especial misericordia divina, recibe licencia para fundar conventos de Carmelitas Descalzas y adopta el nombre de Teresa de Jesús. Aunque su confesor duda de sus revelaciones y le manda resistirlas por obediencia, la santa supera la prueba, ve confirmado su camino y emprende la reforma con pobreza, rigor y entera confianza en la ayuda sobrenatural.
La fundación del nuevo convento encuentra obstáculos materiales y humanos: falta dinero, la casa amenaza ruina y en la ciudad se alzan voces contrarias, alentadas en parte por antiguos enamorados y por el temor a una comunidad femenina pobre y observante. Sin embargo, Teresa persevera y la obra se concluye con auxilio que el texto presenta como providencial e incluso milagroso. Paralelamente, se encauzan varias historias secundarias: doña Juana queda unida a Juan del Valle, don Diego, tras salvarse milagrosamente de un disparo gracias a un paño manchado con la sangre de Teresa, se reconcilia con su rival y decide hacerse fraile descalzo. En la tercera jornada, Teresa repasa sus numerosas fundaciones por Castilla y Andalucía y llega finalmente a Alba, donde obra el milagro de resucitar al niño Gonzalo para consolar a su familia. Poco después, sintiendo cercana la muerte, se retira a su convento, recibe a sus allegados, les pide perdón y bendice a todos antes de expirar. Su tránsito se acompaña de signos extraordinarios —la visión de una paloma y un olor celestial— y el pueblo acude en masa a venerar el cuerpo de la fundadora, con lo que la comedia culmina en la consagración pública de su santidad.