Constantino
Emperador romano y protagonista de la acción; vence en la guerra bajo el signo de la cruz, padece lepra, rechaza el sacrificio de inocentes y acaba convirtiéndose al cristianismo mediante el bautismo.
Pedro Calderón de la Barca
تاريخ نشر الملخص: 18 يونيو 2026
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Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En la Roma imperial, probablemente en tiempos de la victoria de Constantino sobre Majencio, la guerra exterior se presenta también como combate espiritual entre la Fe, la Culpa y la Idolatría. Tras ver en el cielo la señal de la cruz y vencer a su enemigo, Constantino cae en lepra, rechaza curarse con la sangre de niños inocentes y se deja mover por las súplicas de las madres y por una creciente apertura a la fe cristiana. La acción se desplaza del campo de batalla y la corte pagana al monte Soracto, donde Silvestre bautiza al emperador; así sana su cuerpo y su alma, entrega Roma a la Iglesia y culmina el triunfo de la cruz hallada por Elena.
La acción se abre en un contexto de guerra entre el emperador Constantino y su adversario pagano, identificado en la fábula histórica como Majencio y, en el plano alegórico, como figura del demonio o del pecado. Mientras Roma aparece amenazada y el pontífice Silvestre vive retirado en el monte Soracto con otros cristianos desterrados, una figura femenina alegórica, la Fe, sale en defensa del anciano pontífice y anuncia que la contienda militar tiene también un sentido espiritual. Ella interpreta prudentemente la historia como imagen del destino del hombre caído: Constantino representa al ser humano herido por la culpa, su enemigo encarna la fuerza adversa que lo somete, la Culpa acompaña esa caída y la Fe se ofrece como remedio. En medio de la batalla, Constantino, derrotado y aislado en el monte, escucha una voz que le dice que nadie puede valer al hombre más que él mismo con auxilio divino; entonces contempla en el cielo una cruz luminosa y recibe la inspiración de combatir bajo ese signo. Reagrupa a sus tropas y vuelve al combate haciendo que sus soldados invoquen la señal de la cruz, con lo que logra desbaratar a su enemigo, que retrocede aterrado ante la imagen celeste.
Tras la victoria, sin embargo, Constantino no se convierte de inmediato, pues la Idolatría procura atribuir el triunfo a Júpiter y lo conduce triunfalmente a su templo entre músicas, coronas y honores imperiales. En ese momento el emperador sufre de manera súbita una lepra espantosa que se le manifiesta en el pecho y en el rostro, y todos huyen de él. La Idolatría interpreta el mal como castigo y como ocasión para exigir el cumplimiento de un voto cruel: curarse con la sangre de niños inocentes sacrificados a los dioses. Se publica entonces un bando para registrar a toda la infancia del imperio, y varias escenas muestran el espanto de las madres, entre ellas una mujer cristiana enfrentada a su marido judío por la fe de su hijo. Cuando las madres acuden a suplicar misericordia, una figura femenina de gran autoridad moral, que se identifica por su función como madre común y remite a santa Elena aunque el pasaje no siempre la nombre con plena claridad, implora al emperador que no haga morir a muchos inocentes por salvar una sola vida culpable. Las súplicas conmueven a Constantino, que reconoce que no es justo que todos mueran por uno cuando uno murió por todos, revoca el sacrificio y prefiere afrontar la muerte antes que vivir manchado con sangre inocente. Esa decisión piadosa prepara el cambio interior del personaje.
A continuación, mientras Constantino cae postrado por la enfermedad, Pedro y Pablo impiden que las fuerzas del mal lo maten y se le aparecen en sueños para ordenarle que busque a Silvestre en Soracto y lave su lepra en la fuente del bautismo, pues ya no se cura con sangre sino con agua. Todavía la Culpa y la Idolatría intentan retenerlo, excitando la vanidad del pueblo y disputando con la Fe sobre el valor de la cruz hallada por Elena, pero Constantino persevera, sube al monte y se arroja humildemente a los pies de Silvestre pidiéndole la fe y el bautismo. Mientras la Fe debate con la Culpa el sentido providencial del madero de la cruz a lo largo de la historia de la salvación, Silvestre bautiza al emperador y este sana de la lepra corporal y espiritual. Curado ya, Constantino entrega al pontífice la púrpura, la corona y el cetro, transformados en insignias pontificales, concede Roma y su palacio a la sede de Pedro y recibe a su madre Elena, que llega gozosa por haber hallado el lignum crucis. El auto concluye con la exaltación de la Iglesia romana, de la cruz y de la Eucaristía, presentadas como culminación del triunfo de la fe sobre la culpa, la idolatría y la persecución.
Emperador romano y protagonista de la acción; vence en la guerra bajo el signo de la cruz, padece lepra, rechaza el sacrificio de inocentes y acaba convirtiéndose al cristianismo mediante el bautismo.
Figura alegórica central que protege a Silvestre, interpreta el sentido espiritual de la historia y conduce a Constantino hacia la conversión y la salvación.
Pontífice cristiano refugiado en el monte Soracto; representa a la Iglesia perseguida y administra finalmente el bautismo a Constantino.
Figura alegórica adversa que procura mantener a Constantino en el paganismo, atribuye su victoria a Júpiter y promueve el sacrificio de niños para curar la lepra.
Figura alegórica unida al pecado del hombre; acompaña a los enemigos de la fe y combate simbólicamente contra la acción salvadora de la Fe.
Adversario histórico de Constantino en la batalla; en el auto queda además cargado de sentido alegórico como imagen del enemigo espiritual del hombre.
Madre de Constantino, ya cristiana según la obra; busca y halla la cruz de Cristo, y su aparición final confirma el triunfo providencial de la fe.
Apóstol que se aparece a Constantino en sueños y le ordena buscar el agua del bautismo; simboliza la autoridad apostólica de la Iglesia romana.
Apóstol que acompaña a Pedro en la escena onírica y refuerza el anuncio de que la lepra del pecado se cura ya con agua y no con sangre.
Personaje representativo del pueblo perseguido; su defensa del bautismo de su hijo y su dolor ante el edicto imperial encarnan el sufrimiento de las madres cristianas.
Centro político y religioso de la obra; allí se desarrolla la corte imperial, el triunfo pagano, la lepra de Constantino y la futura cesión de la ciudad a la Iglesia.
Lugar de refugio de Silvestre y de los cristianos desterrados; espacio de persecución primero y de conversión y revelación después.
Escenario de la lucha entre Constantino y Majencio, y también marco visible del combate alegórico entre fe, culpa e idolatría.
Espacio del culto pagano al que se intenta conducir la victoria de Constantino y donde se manifiesta la falsedad del triunfo atribuido a los dioses gentiles.
Ámbito del poder de Constantino, de la promulgación del edicto contra los niños y, al final, edificio que el emperador cede para servicio de la Iglesia.
Lugar decisivo donde Silvestre bautiza a Constantino y donde la lepra corporal y espiritual queda lavada por el agua sacramental.
La trama principal muestra el paso del emperador desde el paganismo y la superstición hasta la aceptación de la fe cristiana y del bautismo.
La cruz aparece primero como señal celeste que guía la batalla y después como centro de la historia de la redención, confirmado por el hallazgo de Elena.
La enfermedad corporal de Constantino funciona como imagen visible de la culpa interior y permite dramatizar la necesidad de una curación espiritual.
El auto condena la idea de sanar al culpable mediante la muerte de niños y opone a esa crueldad la piedad y el modelo del sacrificio de Cristo.
La obra culmina con la exaltación del pontificado de Silvestre, de Pedro y Pablo y de Roma como sede visible de la fe cristiana.
Silvestre y los fieles aparecen primero expulsados y escondidos, pero su constancia demuestra que la Iglesia puede ser combatida, no destruida.
Los acontecimientos históricos se presentan como figuras del combate moral del hombre entre culpa, idolatría, fe y libertad ayudada por la gracia.
Frente a los remedios sangrientos del paganismo, el bautismo se afirma como agua que limpia, sana y hace renacer al hombre.