La obra se abre en Nápoles tras la muerte del rey. El pueblo y parte de la nobleza aclaman al Condestable, vencedor militar y principal sostén del reino, para que tome la corona. Sin embargo, él rechaza esa ambición y proclama como legítima soberana a Artemisa, hija heredera del monarca difunto, con lo que se presenta como modelo de lealtad política. En ese mismo contexto se expone el problema que altera la sucesión: el Príncipe de Salerno había sido preso por haber puesto sus ojos en Artemisa, y la sospecha de un posible matrimonio con un vasallo provoca resistencia entre los nobles napolitanos. Artemisa confiesa entonces que ama al príncipe y que fue ella quien favoreció su libertad; ante el peligro de tumulto, declara que o será reina con Salerno como esposo o renunciará a la corona. Cuando la tensión desemboca en violencia, la acción se desplaza a la costa de Posilipo, donde una dama de alta condición, identificada luego como la Duquesa de Montalto y esposa del Condestable, auxilia a un caballero perseguido sin saber inicialmente quién es. Ese fugitivo resulta ser el mismo Príncipe de Salerno, que queda deslumbrado por la hermosura y nobleza de su salvadora.
La situación política se resuelve de manera favorable para Artemisa y Salerno. El Condestable somete la revuelta, recupera el orden en Nápoles y hace entrar triunfalmente al príncipe, mientras llegan también la Duquesa y su padre. Artemisa y Salerno son reconocidos como reyes, y el Condestable aparece como el gran artífice de esa restauración, hasta el punto de entregar simbólicamente la corona que habría podido ceñirse él mismo. Pero, en el mismo momento en que todo parece quedar recompensado, nace el conflicto central de la obra: Salerno, ya rey por su matrimonio con Artemisa, descubre que la desconocida dama que le salvó la vida era la Duquesa de Montalto, esposa del hombre a quien debe el reino. A partir de ahí queda atrapado entre la obligación y el deseo. Intenta resistirse, pero termina declarando su pasión a la Duquesa, primero por medio del gracioso Ordoño y luego personalmente. La Duquesa rechaza con firmeza cualquier favor deshonroso y recuerda al rey que a ella le debe la vida, a su esposo la corona y a Artemisa su dignidad presente. Pese a ello, el rey insiste y llega a penetrar secretamente en la casa de los esposos. El Condestable sorprende indicios de esa intrusión, oye palabras equívocas y, confundido por la mezcla de apariencias, silencios y huidas, empieza a sospechar de la fidelidad de su mujer y a debatirse entre su obediencia al rey, su amor conyugal y la defensa del honor.
En la tercera jornada, los celos y el desconcierto se agravan. Artemisa, ya celosa del distanciamiento de su esposo, acaba sabiendo por la Duquesa que el rey la persigue deshonestamente y que incluso ha irrumpido en su aposento. Aunque dolida, la reina decide proteger al mismo tiempo el honor de la Duquesa y aclarar la verdad; para ello traza una prueba con llaves, mensajes y una cita fingida en la oscuridad. El rey acude creyendo que la Duquesa lo llama, mientras el Condestable, movido por nuevas sospechas, ronda el lugar y teme una traición definitiva. En la confusión nocturna, la Duquesa se mantiene firme, increpa al rey por su ingratitud y llega a empuñar una daga en defensa de su honra. El Condestable escucha sus palabras y comprende al fin que su esposa es inocente y que ha resistido con integridad. Descubierto el enredo, el rey reconoce públicamente su culpa, confiesa que su pasión por la Duquesa fue una mezcla de amor, hechizo y desvarío, y declara que ahora se siente vencido por la virtud de ella y por la lealtad del Condestable. Como reparación, cede al Condestable el principado de Salerno, que antes pertenecía a su propia dignidad, y restablece la concordia entre todos. La obra concluye así con la victoria del honor conyugal, la gratitud recuperada y la conversión de una pasión ilícita en reconocimiento político y moral.