La acción se abre con una alegoría en la que Humildad, presentada como pastora y figura amada, espera la venida de un pastor divino al que identifica con el «segundo David». Ese pastor es Cristo, que anuncia que bajará disfrazado de labrador y pastor para servir, padecer y rescatar al linaje humano. En un lenguaje de amor espiritual y nupcial, Humildad celebra la futura llegada del salvador a sus pobres cabañas, mientras Temor, también en figura pastoril, reconoce en él al pastor prometido por los profetas y recuerda que su misión será defender a Israel y a toda la humanidad de un león feroz que desde antiguo hace estragos. La obra enlaza así la imagen bíblica de David pastor con la de Cristo como nuevo pastor, rey y redentor, y anticipa que su combate no será solo histórico, sino universal y espiritual.
A continuación se precisa el peligro que amenaza a ese rebaño humano: el león infernal, identificado con el pecado original y con el poder de Luzbel sobre los descendientes de Adán. En este marco se inserta la escena de Joaquín y Ana, presentados como los padres de María. Cuando el león intenta acercarse a la casa de Joaquín para someter también a María a la ley común del pecado, el segundo David lo enfrenta y lo obliga a rendirse a los pies de una niña resplandeciente, en una representación de la preservación de María. La obra distingue expresamente entre la preservación de la Virgen y la santificación posterior del Bautista. Después, el conflicto adopta la forma del desafío de Goliat: Saúl y su ejército temen al gigante filisteo, que aquí representa al Mundo, a la Soberbia y, en último término, al demonio y al pecado. El joven David se ofrece a combatirlo, rechaza las armas reales y explica en clave cristológica su verdadera identidad: nacido en pobreza, hijo de madre en la tierra y de Padre en el cielo, destinado a vencer no con fuerza mundana, sino con los instrumentos de su pasión.
Antes del combate final, Humildad busca angustiada a su esposo divino y lamenta que vaya a exponerse a la muerte; entonces se descorre una visión en la que se muestran las verdaderas armas de David: la cruz como cayado, la honda tejida por el Amor y cinco piedras que remiten a las llagas y a la sangre redentora. Fortalecido por esa revelación, David sale al campo y responde a las blasfemias de Goliat, que enumera los pecados de la humanidad y desafía tanto a los hombres como al cielo. David declara que pelea en nombre de Dios, identifica su cayado con la cruz y derriba al gigante con la piedra de la honda, tras lo cual le corta la cabeza con su propia espada. El enemigo huye reconociendo al rey eterno que lo venció. En el desenlace, Jerusalén celebra el triunfo; Humildad presenta la cabeza del gigante y recibe de David la promesa cumplida de desposorio. Así, Cristo, como segundo David, libera al pueblo de Dios, vence al Mundo y al demonio y entra triunfante con su esposa alegórica en la Jerusalén santa.