La obra se abre en la corte de Castilla y León, donde la infanta doña Blanca, hermana del rey don Sancho el Deseado, vive melancólica porque ama en secreto al conde don Pero Vélez, privado principal del monarca, famoso por su valor militar, su cortesía y su prudencia. Animada por su criada Elvira, Blanca se atreve a reconocer ese amor, mientras el propio rey, ignorando la pasión de su hermana, encomia al conde y proyecta para Blanca un matrimonio político con el príncipe de Navarra. Cuando don Pero entrega a la infanta el retrato de ese posible esposo, los celos dominan la escena, pero después la conversación entre ambos revela que el conde ama a una dama de palacio demasiado alta para él. Blanca, fingiendo hablar como consejera, le anima a proseguir ese amor y a confiar en su éxito, con lo que el conde cree haber sido entendido y le entrega un papel amoroso. Sin embargo, Blanca, por cautela o por temor a comprometerse abiertamente, rechaza el escrito con dureza, y el conde queda confundido entre la esperanza y el desengaño. En paralelo se insinúan otras tensiones cortesanas: doña Leonor se siente comprometida en su fama por rumores sobre el conde; don Nuño, tío de don Pero, desea casarlo; y el gracioso Martín introduce una visión satírica de la vida palaciega.
En la segunda jornada se enreda la intriga con sospechas, celos y equívocos. Doña Leonor aclara al conde que se ha ofendido porque se ha divulgado que le hace favores, y el rey, que parece interesado en ella, muestra celos y desconfianza. Al mismo tiempo, Blanca vigila al conde a través de Martín y teme que la dama amada sea precisamente doña Leonor. Cuando el conde encuentra a la infanta dormida, se atreve a besarle la mano y, al despertar ella, ambos mantienen un diálogo ambiguo en el que Blanca provoca los celos del conde al mencionar a don Manrique y a doña Leonor. Un papel de desafío enviado por Manrique al conde cae en manos del rey, que interpreta el lance como producto de la envidia contra su privado; lejos de castigar a don Pero, lo colma de nuevas mercedes y humilla a Manrique. Poco después se descubre que doña Leonor había sembrado parte de la discordia, y Manrique se reconcilia con el conde. Entretanto, Blanca, movida por celos y deseo, favorece a Manrique solo para atormentar a don Pero; el conde cree entonces que la infanta es mudable y la reprende con osadía por su supuesta inconstancia. Esa crisis desemboca por fin en una declaración más directa: Blanca le hace ver que lo ama de veras, que sus desdenes eran pruebas o disfraces, y ambos sellan una reconciliación amorosa que promete convertir los celos en paz.
La tercera jornada sitúa la acción en el ambiente festivo de la víspera de San Juan, durante la celebración del cumpleaños del rey en Burgos. Don Pero alcanza aún mayores honores y, de forma generosa, obtiene el perdón y el ascenso de don Manrique; pero en la fiesta un romance cantado sobre unos amores incestuosos entre una infanta y el conde de Saldaña sirve como alusión transparente a la relación secreta entre Blanca y el conde. Manrique aprovecha ese momento para revelar al rey que toda Castilla murmura ya del trato amoroso entre su hermana y su privado. Don Sancho, herido en su honor y en su autoridad, resuelve castigar a los amantes. Tras nuevas señales inquietantes y presagios, sorprende de noche al conde cuando desciende de la estancia de Blanca por una escala; lo prende, la encierra a ella y ordena públicamente la ejecución de don Pero. En prisión, el conde alterna entereza, desvarío y lucidez mientras la ciudad se conmueve por su suerte. Finalmente, el enorme apoyo popular al preso y la dificultad de castigar sin agravar más el escándalo llevan al rey a mudar de decisión: libera al conde, le da la mano de Blanca y lo honra todavía más con el Infantado y título de marqués. También dispone otros enlaces y recompensas cortesanas, con lo que la amenaza trágica se transforma en desenlace de restauración política, matrimonial y pública.