> Дата публикации: 22 августа 2026 г.
Метаданные произведения
Предупреждение
Может содержать ошибки или упущения. Если у вас есть лучшая версия, пожалуйста, свяжитесь с нами. с нами для обновлений.
Лицензия
Этот контент предлагается по лицензии Cretive Commons CC BY-NC 4.0. Разрешено повторное использование по предварительной записи; коммерческое использование не разрешено.
< clss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" trget="_blnk" rel="noopener noreferrer" ri-lbel="См. подробную информацию о лицензии Cretive Commons CC BY-NC 4.0.">Рекомендуемая ссылка
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Amar sin favorecer. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/amar-sin-favorecer.
Mss 15286
Biblioteca Nacional de España
V-181
Mss. 15286
4.ª
Amar sin favorecer.
Comedia en 3 jornadas.
De don Román Montero.
Legº 19
+
Amar sin favorecer
de don Román Montero
Jornada primera
JHS María Joseph Amar sin favorecer Comedia de don Ramón Montero Representan Segismundo, príncipe de Transilvania = Alonso de Olmedo El duque Federico = Julián González El conde Arnesto = Pedro de la Rosa El rey de Dinamarca = Godoy Cosme, labrador viejo = Blas Papagayo = Osorio Lidaura = la señora María Quintero Irene = la señora Antonia Beatriz = la señora Francisca música pescadores berrueco acompañamiento
Salen Federico y Arnesto, y en llegando a la puerta que habrá, como de ciudad, en medio del teatro, detiene Arnesto a Federico.
Desta ciudad, Federico,
esta es la puerta y la playa,
que en repetidas olas
bate el mar de Dinamarca;
es en la que el movimiento
del pie imprimirá mi estampa
al paso primero; entonces
(atended a mis palabras)
si el motivo que os impele
al silencio que os embarga,
después de haberme llamado
para que os siga, le causa
alguna queja aparente
de la amistad que consagra
mi inclinación a la vuestra
en las recíprocas aras,
entonces, otra vez digo
que os desengañéis: no basta
para no venir; yo debo
cautelar una desgracia
cuando no debo empeñarme,
amigo, en solicitarla;
y así, porque de la duda
antes que del umbral salga,
es menester que mováis
los labios y no las plantas.
Salen fuera.
Como ya que en vos no es culpa
sospecha tan temeraria
que en solo estos lances tiene
ganó la desconfianza,
conde Arnesto, amigo ilustre,
tan intolerables ansias
en imágenes me tocan
a la idea desde el alma,
que en mi suspensión disponen
el motivo de la instancia
que me hacéis. Mas ya que solo
el cielo y el mar se hallan
testigos de que mis penas
con vuestra amistad descansan,
oigan lo que tienen puesto,
que los males que me acosan
el cielo me los permite
y el mar me los adelanta.
El mar puede tener parte
en vos, riguroso.
Tanta,
que como se junta al cielo
peligro yo en la borrasca.
Pues, ¿cómo merezco el nombre
de confidente y me falta
esta noticia que admiro,
llegando a considerarla?
Porque es de amor la noticia.
Luego el amor se recata
de un amigo.
Y no merece
amar el que le declara,
no habiendo empeño que sea
de la amistad circunstancia,
que publicar el afecto
cuando no importa a la dama,
al amigo, o al amante,
es licencia que desaira
al que oye y dice, pues queda
ociosa la confianza.
Aparte.
Lición es que observo. ¡Ay, triste!
Federico, ya dilata
vuestra pasión el romper
la cárcel que no quebranta,
y vuestro argumento mismo
os convence, pues os llama
a esta función un empeño
de los tres que obligan; salgan
las penalidades donde
el alivio las aguarda.
Hablar hoy es conveniente,
como ha sido de importancia
callar ayer; discurramos
qué se ha de elegir mañana.
No ignoráis que yo a mi prima
Irene galanteaba
en público.
Aparte.
Mas tú ignoras,
que me arrancabas el alma.
Sabéis que mezcló Irene
con indiferencia varia
las señas de agradecida
y las vislumbres de ingrata.
Todo lo sé y reconozco,
que en vos esa mortal ansia
nace de los parasismos
que tenéis en la esperanza.
¿Por quién?
Por Irene.
Arnaldo,
adivinar a quien habla
lo que va a decir es culpa
común mas no cortesana.
Pues ¿no es Irene el hermoso
dueño de vuestra constancia?
No, amigo, ni lo fue nunca.
(Aparte.)
Yo te levantaré estatuas,
fortuna, si de tu rueda
el curso inconstante paras.
Atento escuchas mis penas,
y para recopilarlas
los paréntesis que hicimos
por anotaciones valgan.
A Irene serví ocultando
en publicidad incauta
con aquel fuego que, lucido
ardor, que alumbra y no abrasa,
otro volcán cuyo incendio
en cenizas me desata
el corazón, y no sale
del pecho su voraz llama.
¡Oh injusto juez, pues donde
animas es donde matas!
Diréis, siendo vuestra prima
tan hermosa, tan bizarra
y tan discreta, por qué
os declarasteis con falsa
voluntad; a que respondo
con dos razones, y entrambas
también litigan, que a un tiempo
si no me abonan me salvan.
La primera es que aunque sean
los méritos de una dama
tan grandes como en Irene
se reconocen, no bastan
para inclinar cuando opuestas
están las estrellas varias;
que la estimación es deuda
y la inclinación se paga
si está sin causal un hombre.
por ley divina y humana
de las deudas vive exento,
luego si en mí hay solo un alma
y esta pago a quien le toca
las demás deudas son francas;
demás que para que cese
el escrúpulo que atrasa
mi opinión en la cautela
con que juzgáis que miraba
a Irene, sabed que el caso
la descubrí con la clara
confidencia que permite
nuestra sangre y enterada
quedó de que sin la fuerza
con que las estrellas mandan,
el parentesco al cariño
le mueve, mas no le arrastra.
La segunda razón es
la que con más eficacia
arguye en mi favor, puesto
que la divina Lisaura
imposible a quien adoro
y princesa en Dinamarca
(ya lo dije, y si lo dije
sin culpa oirá la causa)
con voluntad tan constante
estima a Irene, que pasa
al blasón de ser amiga
desde el nombre de ser dama.
Doblemos aquí la hoja
en tanto que a desdoblarla
el suceso vuelve, y vamos
al apoyo que levanta
mis pensamientos, sin ser
la soberbia o la ignorancia
en la fábrica que erijo
material con que se labran.
Deudo soy del rey y deudo
que para que no se caiga
de su frente la corona
mi ser es, quien la apuntala
en la corte con la industria,
con la fuerza en la campaña,
regando las secas suertes
cuando auxiliar de Alemania
el campo quiebro, saliendo
granates, las esmeraldas,
dejando tantos rebeldes
cuyas sediciones varias
arrojaron las discordias
del pecho por las gargantas.
Pues, porque si soy quien sabe
el mundo y en Dinamarca
aborrecen el dominio
extranjero, cuando falta
sucesor de la corona
y lo será a quien la infanta
diere la mano, me niega
el Rey (después que a sus lamas
odian los augustos timbres
que mi valor las consagra)
este logro, cuyo premio
humilde pedí a sus plantas,
y no solo, mas yo estorbe
este desliz que amenaza
mis acentos, el estilo
por otra vereda vaya,
que si las quejas de un rey
discrepan de la templanza,
ni la piedad las admite
ni la justicia las basta,
para no hacer culpa fea
la razón desenfrenada,
y tiene el que se conoce
tenerla pero no darla,
que me niega el Rey os dije
a la princesa Lidaura,
y no os dije bien en parte,
que aunque en efecto es negarla
no concederla prudente,
el disfavor me disfraza
el Rey, pues fue la respuesta tal
que estima tanto a la infanta
que cede a su elección sola
el consorte que ha de darla
porque su arbitrio anticipe
lo que su obediencia aguarda.
Y luego, ¡ay de mí!, dispuso
que a diversas partes vayan
retratos de la princesa,
con que en mi ambición las alas
pierden el vuelo abatidas
de este susto que las aja.
desde aquí vuelvo a la hoja,
Arnesto, que está doblada.
Ya sabéis que a la Princesa
tantos méritos la envidian
que la corona es lo menos
que tiene de soberana.
Y en que tiene la corona
antes que llegue a heredarla,
no hay duda, pues Ricardo,
nuestro Rey, como se halla
tan amante de su hija,
solo el nombre de Monarca
conserva, el poder se encurva
y su dominio avasalla.
Para que pase por orden
la invención de Lidaura,
la súplica por decreto
y por justicia la gracia,
afable estima al que cumple
con su obligación; airada
se muestra con el que toma
sin el riesgo la venganza.
De ilustres acciones gusta
con opinión tan hidalga
que la nobleza adquirida
antepone a la heredada;
a la adulación opuesta
y de su guerra contraria,
quien la replica la sirve,
quien la celebra, la cansa.
En fin, para que su ejemplo
alumbre a quien de él se valga,
al desengaño se acerca,
de la lisonja se aparta.
Pues engaños y lisonjas
a mis rendimientos llama,
y me aborrece, juzgando
que a Irene galanteaba;
con que en mí la diligencia
ha parecido mudanza,
y su desdén me castiga
creyendo que desagravia
a Irene.
¿Y no ha dicho Irene
la verdad?
Sí, mas no basta,
que como tiene a mi prima
por tan atenta, la Infanta
entretiénese, que disimula
la vez que las desengaña.
Ese mal tiene remedio.
(Amor, tu industria me valga).
Proseguid, que yo le he de ser,
de veneno igual, triaca.
No entra bajel en el puerto
que, hasta ver quién desembarca,
por si es amante, no aferre
en mi corazón el ancla.
Y que surcan dos navíos
estas marítimas aguas
avisan las centinelas
que están en las atalayas;
y por ver quién llega os traigo
donde os doy cuenta de tantas
diferencias de rigores.
La vida me sobresaltan,
mas el que con mayor fuerza
mi corazón triste arranca,
mi delirio grave aumenta,
mi vital aliento pasma,
mi ser, a no ser, reduce,
los príncipes a los hombres
que muestran voluntad grata;
este en las manos le puse
de nuestro Rey, y la gracia
de su modestia, el buen aire
de su persona, la gala
de su perfección, y el brío
que en el lienzo se trasplanta
aficionó al Rey de suerte
que se le mostró a la Infanta
y le rindió a su belleza,
que no le desagradara;
aunque quedó indiferente
la voluntad con la estampa
que en las personas que tienen
el nombre solo de humanas
quien se libra del desprecio
más de lo que puede alcanza.
Del príncipe de Polonia
luego han llegado cartas
en que avisa que impelido
del retrato de Lidaura
se entrega al mar Segismundo,
(aquí el aliento me falta)
también por llegar más presto
a la ligera se embarca;
este es mi amigo, este ignora
los celos con que me abrasa,
este me ofende sin culpa,
este venero con causa,
este es quien me dio la vida
y este es quien me quita el alma.
En penas que son tan grandes
es fuerza que os satisfaga
el favor de referirlas
procurando remediarlas.
Suena dentro ruido de perros de caza.
¡To, to, ten abarcino!
Que se suelta el braco.
Aparta
el dogo.
¡To, to!
¿Qué es esto? El lazo a los dos desata.
Aquí Papagayo viene.
Sale Papagayo de prisa.
Gracias al cielo que alcanzan
a verte mis ojos.
Dime,
¿qué estruendo es este?, ¿quién pasa,
Papagayo, con sabuesos
al monte?
El Rey que va a caza,
y la Princesa,
también,
con la música y las damas,
que en cuanto los cazadores,
para que su Alteza vaya,
la caza ponen presente
(que ya no hay bestia parada),
quiere su melancolía
divertir.
Será doblarla,
que es de la música efecto
aumentar la pasión que halla
del género que la encuentra
en quien la escucha.
Te engañas,
que si el que canta no es diestro,
él y los que escuchan varían.
Al irse le detiene.
Prevénme presto un caballo,
iré donde va Lidaura,
que con la ocasión de verla
me disculpo de mirarla.
Antes mi arbitrio logre
dos conveniencias que abraza
de una atención dos fortunas.
Tocan dentro.
Semejante.
Vase.
El corazón me penetra
del proemio la crueldad
que noto.
Pues...
Letra.
Al quererse ir los músicos, los detiene Lidaura.
Detiénelos al querer cantar.
Espera.
Vuelve a empezarla.
Mas antes, Irene mía,
de mí por mí te dé cuenta,
que estar tú quejosa, aumenta
en mí la melancolía.
Quejosa no, triste sí,
que como en todo me ajusto
a tu albedrío, su disgusto
resulta, señora, en mí.
El dolor con que molesta
a mi corazón el cielo
me enoja más; mi desvelo
que le admito manifiesta,
y dice el tono en respuesta
de mi duda imaginaria:
Amor es pasión tan baja
que se muestra poderosa
en ser voluntad forzosa,
en ser fuerza voluntaria.
Amor, ¿yo amor?, ¿qué es amor,
a quién, de quién, o por quién?
Ni examinan mi desdén
cuantos buscan mi favor;
pues desengáñeme Irene,
tu amistad constante, ahora
di, ¿qué es amor?
Lo que ignora
al principio quien le tiene.
¿Luego puede ser que en mí
haya lo que ignoro yo?
¿Negarásme tu mal?
No.
¿Darásme respuesta?
Sí.
Pues da la causa a entender
del rigor que desconoces,
que yo y las métricas voces
te sabremos responder.
La agradable perfección
de un retrato, por la vista,
sin que el alma lo resista,
entra a rendirme el corazón.
En él pongo una atención
con visos de extraordinaria,
mas luego soy mi contraria,
porque el afecto reprimo,
y aborrezco lo que estimo.
Amor es pasión tan baja...
Pues si de amor es el mal
que vence mi pecho ingrato
porque le usurpa el retrato
la fuerza al original,
a mí me rinde el fatal
origen de una ambiciosa
imagen, esta afrentosa
ira que sabe ejercer
mi estrella, que puede ser
que se muestra poderosa.
La música con Irene.
La voz que esta copia veo
cómo me ofende y me agrada,
me procuro descuidada
por encubrir el deseo
de mi triunfo, y soy trofeo
juzgándome victoriosa
pues mi voluntad penosa
esta controversia triste
que padece, en que consiste
La música e Irene.
en ser voluntad forzosa.
Aquí de mi heroico brío,
pero ¿quién ha de ayudarte
corazón, si está de parte
del contrario mi albedrío?
Mas cuando, quien es tan mío,
me dejas, y con fe tan varia
sigue la parte contraria
para deshacer su culpa
en que estriba la disculpa
La música e Irene.
en ser fuerza voluntaria.
Idos a ese sitio ameno
de la soledad que abono
y estudiad en él el tono
de la tormenta, que es bueno.
Sabelde en el breve espacio
que os doy, para que yo tenga
cuando de la caza vuelva
divertimiento en palacio.
Vanse los músicos.
Feliz mi atención te nombra.
Luego es bien que deje en calma
a todo el poder de un alma
un cuerpo que para en sombra
cuando el amor no es bajeza.
Tu opinión desacredito,
favorecer es delito.
Amar es naturaleza.
Delito es.
Naturaleza es amor,
pues corazón procurar
amar sin favorecer.
El cielo te recoge, el mar te encierra
náufrago bajel mío,
infelice navío,
la quilla, el buque rompe, toca, entierra.
Amaina, amaina, amaina,
aferra, aferra.
El tono asordan.
Dentro, a un lado, voces y música.
¡Ay de mí, que choca
la nave en el escollo!
Dentro, a otro lado, y música. Cada una de las dos damas, a diferentes puertas del vestuario.
¡Ay, que es la roca
sepulcro de la nave!
Sin ninguna esperanza
corriendo está fortuna
allí un bajel.
Y allí, con furia extraña,
otro es trofeo de la azul campaña.
Dentro por las dos puertas, a un lado y a otro, 1.ª y 2.ª música de una parte y de otra, representan y voces dentro.
Larga, larga la escota.
Al chafaldete.
Representado solo.
A la mesana.
Al árbol.
Representado solo.
Al trinquete.
Hacen fiero
estrago, el mar demuestra.
Dentro todos y música.
Ya sin jarcias zozobra la maestra.
Y representado.
El timón roto, ya...
Y representado, a cada lado.
Ya el timón roto...
El aquilón embiste con el noto.
Representado.
Ya no hay remedio humano.
Cantado.
Yace el esfuerzo en vano.
Representado.
¡Cielo santo, piedad!
Cantado.
¡Ay, triste suerte!
Entre el bajel y el puerto está la muerte.
Música 1.ª y 2.ª, todos los de adentro, cantado y representado.
El cielo te recoge.
El mar te encierra.
Náufrago bajel mío.
Infelice navío.
La quilla...
El buque...
Toca...
Y rompe en tierra.
Amaina, amaina, amaina,
aferra, aferra.
Salen Cosme y Berrueco y otros pescadores, repartidos en las dos puertas que están las dos damas.
Sin que puedan, ¡ay, Dios!, ser socorridos,
a la vista del puerto, sumergidos
dos buques infelices
de Neptuno
feudo mísero son, y en cada uno
se anega tanta gente
que impide el monumento del tridente.
Viniendo a ellos entrambas.
Amigos aldeanos,
sed compasivos ya que sois humanos.
Pescadores amigos,
sed favorables ya que sois testigos.
Vuestra chalupa al mar baje impelida,
por si puede salvarse alguna vida.
Vuestra lástima acuda donde intenta
por si excusáis un logro a la tormenta.
Compañeros, la infanta obedezcamos.
Todos con gusto hacia el peligro vamos.
Resolución gallarda.
Sale un criado.
En la tela, que el rey te aguarda.
Irene, ven.
Allí zozobra un hombre.
Miran todos a la parte siniestra del tablado.
A socorrerle o a perdernos, ea,
que en una tabla con el mar pelea.
El color demudaste.
Vase.
No te asombre,
que el corazón me dice en cada salto
que en mí tiene disculpa el sobresalto.
Vanse las damas y los pescadores para donde miraron, y aparece a la parte derecha del teatro Beatriz en camisa y guardapiés, abrazada a un cofre bermejo, muy llena de agua, y echándola por la boca.
Llorando.
Bueno es que sola yo tome el tormento
cuando todos se ahogan; no es bueno,
y fuera novedad muy mal mirada
no ser hoy como siempre desdichada;
pues una ola del mar
de furia llena,
desde un escollo me arrojó
en la arena,
y al cofre.
Que pensar que salí a nado
en un cofre
es pensar en lo excusado,
mas prefirióse, ¡ay Dios!, hoy la tristeza
al buen humor que en mí es naturaleza.
Cumplan las tristes lágrimas que lloro
con la muerte del príncipe Lidoro,
mi señor malogrado, a cuyo aliento
hoy sirve el mar de estorbo y monumento;
desde mi tierna edad, huérfana y pobre,
quedé en Polonia, y para que me sobre
cuanto puede abrazarse en el deseo,
tuve fortuna tal, que hizo en mi empleo,
de su clemencia el príncipe, adquirida
de mi despejo, con que introducida
a su divertimiento, es bien se arguya
que con mi gracia conquisté la suya,
y quedé en breve espacio
por sabandija alegre de palacio;
hoy feneció mi suerte en esta orilla,
ya queda sin remedio Beatricilla.
¡Qué tragedia pasó tan lastimosa!
¡Quién hay, Beatriz! mas vamos a otra cosa.
Porque estar hecha un agua desgobierna
mi honestidad, que así parezco tierna;
cuando al bajel abrió la mar airada,
a este cofre abrazada
estuve yo, tan falta de consejo,
que le favorecí siendo bermejo.
Del peligro me saca
Lee.
Ábrele.
Mírale.
Saca cartas cerradas, y una abierta.
Muéstrale.
oficiosa o clemente la resaca
y, ya que el choque abierto me le envía,
vamosle a visitar que es cortesía.
Veamos qué dice aquí por si es de cuenta.
Recámara del número 80.
Váyase cumpliendo. ¡Oh qué gran ropa!
Este es el cofre que venía en la popa.
Lidoro en las cosas más precisas:
aquí vestidos hay, aquí hay camisas;
aquí hay dos de diamantes aguiluchos,
aquí doblones a puños son muchos;
aquí hay papeles, estos vayan fuera,
porque yo nunca he sido papelera.
No busco más, mi aliento se restaura,
pero aquí está el retrato de Lidaura,
mas a mí qué me importa; si me importa,
o mi discurso su belleza acorta,
yo no puedo librarme
de los que el cofre han de querer robarme
si no me visto de hombre.
Del infante Lidoro usurpo el nombre,
este engañoso ardid dure y suceda
solo lo que en casarme tardar pueda.
Voces dentro.
¡Viva el feliz que en la tormenta esquiva
tierra llegó a tomar!
¡Mil años viva!
¡Oh triste desventura!
¡Ampáreme en su centro esta espesura!
Señor cofre, perdone aqueste enfado.
Entra arrastrando el cofre y métese en la enramada. Salen Segismundo, ahogado, y un labrador con él, Cosme y otros pescadores, y Berrueco.
Pues bermejo es, ande arrastrado,
que no se ha escapado ninguna
persona, sino es vos, creo,
de entrambos bajeles.
Gracias,
amigos, al cielo. Yo,
pues desnudo y derrotado
salí del mar, donde tengo
por vuestro amparo el vestido
y por vuestra ayuda el puerto.
¿Cómo es vuestro nombre?
A levantado Beatriz los zapatos que arrojó.
Erasto.
Cosme, Salustio, y Fileno.
Mirad este sobrescrito
qué dice en él.
Acuden todos a un papel que saca Berrueco.
Por el suelo
estuvo, y algunos papeles
desperdiciados, y entre ellos
esta carta.
Tómala Cosme.
¿Qué te asombra?
Aquí dice: A Ricaredo,
rey de Dinamarca. Mucha...
las demás, este es un pliego
a la princesa Lidaura.
Aquí hay un camino hecho
como de cosa arrastrada
que deja señal sin hueco.
¿De quién será este descuido,
o quién habrá sido el dueño
de las cartas?
Puede ser
que en ese papel abierto
haya luz de la noticia.
Bien decís, raro suceso.
¿Qué es lo que miro? Esta es carta
de nuestro rey Ricaredo
al príncipe de Polonia,
Lidoro.
¡Válgame el cielo!
¿Dónde está la senda?
Aquí.
Pues por allá entrar pretendo,
al examen que me invita
más que el marítimo riesgo.
Al querer entrar por la arboleda, le detiene Cosme.
Aguardad, que ser podría,
por los indicios que vemos,
haber algunos ladrones
desvalijado un correo,
y sin armas es locura
el entrar, reconociendo
la señal que la valija
ha dejado cuando fueron
arrastrándola.
Hacen ruido en las ramas. Suena rumor.
¡Ah de adentro!
Dentro.
¿Quién llama adonde no hay puerta?
Quien os busca, pretendiendo
saber quién sois.
Dentro.
Sale embelesada, viendo el retrato, y vestida de hombre.
Tan curioso
parecéis como revuelto.
¿Qué miro?
Gallardo joven.
Gentil mozo.
Buen mancebo.
Admíranse viéndola.
Galán talle.
Airoso garbo.
¡Ay, Lidaura!
Yo soy muerto.
Ea, buena gente, habladme
con cariño y sin recelo.
Aparte.
Aparte.
enacarando lo abierto
despercudió lo grosero,
así podré yo acabar
conmigo el estilo regio
aquí, como a saber puede
un ahorcado con el credo.
Esta admiración nos causa
no tener conocimiento
de vos y ser vuestras partes
dignas de tanto respeto.
Es verdad, mucho hombre soy,
y aunque lo soy, soy tan bueno
que con ser quien soy, soy más
llano de lo que parezco.
¿Habéis visto unos papeles
que dejé aquí?
Yo los tengo.
Tómalos.
Estos son, los arrojé
desesperado, y ya vuelvo
con mortal ansia a buscarlos.
¿De qué nacen dos extremos
tan distintos?
De que cuando
piadoso el mar con mi cuerpo
dio en ese escollo, al hundirse
el bajel triste en que vengo,
entendí que se había perdido
un retrato (de este enredo
me saque Dios con el cofre)
y con la cólera ciego
en las pajas le busco,
mas no hallándole, los dejo
y huyo, que estar no puede
en dos partes un acuerdo.
Halléle después, y cuando
sin las dos cartas me veo
(que han de darme a conocer
por Príncipe en este Reino
y por Príncipe Lidoro)
vine a recoger los pliegos.
¿Que el Príncipe sois?
Seguro.
Alegres tus plantas beso.
Los pescadores.
Llegar podéis,
todos vamos.
Aparte.
Aparte.
Aparte.
Mi industria salga al encuentro
de mis desdichas y triunfe
de la fortuna el ingenio.
Divertido está en la caza
el Rey; vuestro alojamiento
es en Palacio, venís
donde descanséis.
No quiero.
Venga el Rey por mí si gusta
de que yo vaya a estar dentro
de Palacio, porque busco
casa con recogimiento.
Ve volando al monte, y gana
tú las albricias, Berrueco.
Vase.
Voy.
Por no dejar el cofre
aguardo este cumplimiento.
Hinca la rodilla.
Dadme los pies.
Retírase.
Yo los traje y son míos.
No os entiendo.
Es que los pedís de un modo
que parece que son vuestros.
Vuestra fortuna y mi suerte
son tan hijas de un suceso
y de una ocasión, que ignoro
cuál de cuál da hoy ejemplo.
Cómo que...
Y en una tabla
le vi escapar del violento
naufragio.
Ayúdale.
Levantaos, hijo,
que somos (aunque diversos
tanto en la sangre) conformes,
y raros Juan para Pedro.
Y bien, ¿quién sois?
Pobre hidalgo.
Mejor fuera rico. ¿Sabréis
de dónde venís?
De Italia.
¿Nacisteis allá?
En Viterbo.
¿Dónde es el viaje?
A esta corte.
¿Cómo es el nombre?
Laurencio.
¿Qué oficio tenéis?
Ninguno.
Pues yo os haré dar doscientos.
No es oficio el de soldado,
y pues lo soy, no le tengo.
¿Pues no llaman oficial
al que tiene un cargo?
Es cierto,
mas lo que el oficial tiene
no es oficio, sino es puesto.
Aparte.
En cuanto a Beatriz, un poco
me aficiona el soldadesco.
De las guerras de Alemania
por un infeliz empeño
fue preciso retirarme,
y buscando en este Reino
donde ejercitar las armas
con favores del Imperio,
me sucedió este naufragio,
con que desnudo, extranjero
y desconocido, solo
a vuestra clemencia apelo;
en Dinamarca es forzoso
que para el servicio vuestro
se reciban hombres dignos
de honra igual, si es que merezco
que la piedad me introduzca
en el número de aquellos,
en mí tendréis un esclavo
hasta morir, cuyos yerros,
si se esculpen en mi rostro,
serán en mi suerte aciertos.
Aparte.
Según me agradan sus partes,
yo juzgo que cargaremos
si Dios quiere con el cofre
y la media manta presto.
Desde este instante en mi casa
os quedad, donde os ofrezco
mi benevolencia.
Hinca la rodilla y besa la mano.
Darme
la mano.
Excusado es eso,
que vos os la iréis tomando
según sois en poco tiempo.
Valga Dios, tan piadosa
generosidad.
Aparte.
Buen viejo.
Ello es menester que el cofre
se ponga en cobro.
Aparte.
El intento
me salió bien, su fin sea
como el principio.
Sabremos cómo es
vuestra gracia.
Cosme.
Pues Cosme, ¿nos cae muy lejos
vuestro albergue?
Aquí está un paso.
¿En la playa?
Sí.
Me alegro,
¿sois de fiar?
Oro molido.
Id con Dios, que el mío es entero.
Pues también.
Aparte.
A Segismundo.
Aquí es forzoso,
ya que no hay otro remedio,
valerme de este hombre. Amigo,
que un cofre me guardéis quiero,
que después os diré cómo,
cuándo y por dónde le tengo.
Ven tú a ponerte un vestido
que diga quién es el dueño
con quien privas.
Sale Berrueco.
Ya el Rey sabe
el venturoso portento
que a un Príncipe ha sucedido;
mas a qué Príncipe eso
no lo sabe, porque a mí
se me escapó del pergeño,
y como ignora el que vino
se fue a Palacio derecho
hasta saber si le toca
al huésped, recibimiento.
Aparte.
Pues vete al punto a Palacio
en vistiéndote, Laurencio,
y pregunta solamente
sin escándalo ni estruendo
por el cuarto de Lidaura
sin que a nadie, ni por pienso,
digas mi estado o mi nombre,
porque yo te voy siguiendo
para entrarme de rondón,
que si el Rey, muy circunspecto,
hasta que sepa quién soy
no sale de cumplimientos,
hasta saber yo quién es
quiero ver solo a quien quiero.
Y lo que quiero es librarme
del castigo que merezco,
dejando todo mi embuste
a Lidaura descubierto,
por otra tal, ya que somos
las mujeres arrieros.
Señor, vamos, y venid
vosotros.
Aparte.
Piadoso cielo,
permitid que a Federico
encuentre, porque el secreto
de que yo soy Sigismundo
le encargue, con que mi aliento
se desahoga, pues logro
esta máxima que lleno.
Vase.
Aparte.
Doblones, por redimir
la vejación de perder,
voy entrando muy en hondo,
pero la mano en su pecho
metan todos, y verán
los indecentes enredos
de que se vale cualquiera
para guardar su dinero.
Vanse todos.
Sale Lidaura y Irene, deteniéndola.
Atiende a mi voz.
Me enoja.
Oye un consuelo.
Me irrita.
Tu pasión...
Me precipita.
Mi voluntad...
Me congoja.
Pues, ¿qué debo hacer?
Dejarme,
porque es mi pesar tan firme
que, en queriendo persuadirme,
es mejor no acompañarme.
Aparte.
Aun se me atreve un susto,
yo he postrado mi altivez;
y esta es la primera vez
que te obedezco sin gusto.
Hace una reverencia, y cuando se levanta el paño se entra de encuentro con el Rey.
En mí puede haber temor,
y tan contra mi decoro,
que ya le tengo, y no ignoro
de dónde nace.
Sale el Rey.
Señor.
¿Dónde está Lidaura?
Aquí.
Vete,
pues a mi pesar
quejas al cielo he de dar.
¿Lidaura?
Mi padre.
¡Ay de mí,
hija!
Señor.
Un tormento
me congoja tan extraño,
que tú me obligas al daño.
¿Qué sientes?
Tu sentimiento,
Lidaura, el mal que padeces,
a tu cuarto me ha traído.
Siempre me has favorecido.
Y tú me desfavoreces.
¿Cómo es en ti, Infanta mía,
contagiosa la inquietud,
pues llega hasta mi salud
desde tu melancolía?
Después que de tu belleza
envié las copias, estás
tan disgustada, que más
llego a entender que es tristeza;
pues si en la tristeza no
se ignora la causa, di
qué mal conoces en ti,
que te desconozco yo.
Solo en el nombre soy Rey,
cedo en ti la Majestad,
la tuya es mi voluntad,
tu albedrío en mi corte es ley;
por quien te festeje envío,
a ti te encargo tu empleo,
tu matrimonio deseo,
por si ha de obrar tu albedrío.
Y no sé que sea razón
sintáis este proceder,
cuando niego a mi poder
lo que doy a tu elección.
Pues ¿cómo tu singular
prudencia puede inferir
que yo tengo de sentir
lo que tengo de estimar?
Hoy un Príncipe ha venido
y de mi opinión es prueba,
que cuando llegó esta nueva,
allí perdiste el sentido,
y así...
Sale Arnesto.
Como lo ha mandado,
señor, Vuestra Majestad,
iba a ver si era verdad
que un Príncipe había llegado;
vi un extranjero que entró
cuando bajé la escalera,
y preguntándole si era
el Príncipe, se encubrió;
que otro está en el patio advierto,
y así el uno de los dos
será el Príncipe que a vos
os quiere hablar encubierto.
Dad orden de que los dejen
entrar, sin que los impida
la guarda, y que esté advertida
de que a los demás despeje;
fuerza es irte a recibir,
hija, y puedes entender
que tu tristeza ha de ser
el mal de que he de morir.
Vase el Rey y Arnesto.
Al irse se halla a la puerta derecha del teatro con Segismundo embozado y ella vuelve.
Vamos pues, y dude el mundo
el temor que en mí se emplea.
Llegue este Príncipe y sea,
el no sea Segismundo.
¿Quién será el que entra embozado?
Sin duda es el extranjero.
Ya vi a Lidaura y ya muero.
Que el cuarto del Rey ha errado;
volverme es bien.
Va saliendo, la sigue.
¡Oh, qué airosa!
¿Cuándo, suelta el alma, veré...?
Sí será, mas sea quien fuera,
pena mi culpa curiosa.
Sí llegaré, donde advierto
que error descortés sería.
Si en esta cuadra entraría
y si se habrá descubierto.
Llegar quiero.
Sin mí estoy.
A decir.
Llamar es justo.
Que Lidaura...
Aunque es augusto.
Viene.
Yo llamo.
Yo voy.
¡Hola!
Señora.
Sale Arnesto y llegan juntos, pero Segismundo no donde le vea Lidaura.
Perdido voy,
de mi pasión llevado.
Detiénese.
A advertir a quien ha entrado
el error que ha cometido.
A Arnesto y vase.
¿Adónde vais? ¿No inferís
la culpa que cometéis?
Advertir quedo.
¿Sabéis
a la dama que seguís?
No.
Pues dice que os advierta
el yerro que suplir quiso,
llegando tan sin aviso
al sagrado de esta puerta.
Ese injusto documento
oyendo de mi valor...
De la dama era favor,
de vos es atrevimiento.
Yo a la infanta obedecí,
y cuando...
Salen muy aprisa Federico y Papagayo.
Él es, voto al mundo.
¡Oh, príncipe Segismundo!
Vuestra Alteza aquí...
Abrázale con respeto.
Pues yo, ¿quién...
Túrbase.
Disculparé
mi error. Consuelo, señores.
¡Ay desdicha igual! No sé,
señores, con quién habláis.
Llevad al Rey esta nueva.
Aparte le aprieta la mano a Federico.
Aguardad.
Al punto voy.
Federico.
Aparte.
Atento estoy.
Mi antigua amistad ordena
el enviar ese criado
a llamar un extranjero
que en el patio queda.
Llega Federico a Papagayo y le envía.
¡Ay, muero!
Esto ha de ser.
Ya le he enviado.
Palabra, amigo, me dad
de no descubrir quién soy
a ninguno.
Yo os la doy,
pero vuestra ceguedad
advierta que no hay quien dude
quién es que el retrato...
Quedo,
porque yo al retrato puedo
parecerme y no ser pude.
¿Qué pensará el Rey y el mundo
si niego lo que declaro?
Decid que, sin el reparo,
os parecí Segismundo,
pero que en sola una parte;
porque, advirtiendo después
del rostro, las demás es
otra la voz, y otra el arte.
Aparte.
Útil será para mí
su cautela, ¡vive Dios!
Pagadme con otra vos
esta palabra que os di.
¿De qué la he de dar?
De que
no os descubriréis sin darme...
noticia, y sin conformarme
yo con que lo hagáis.
Dale la mano.
Empeño en ejecutar
lo que llegáis a pedir.
Yo procuraré fingir.
Tocan clarín y salen por una puerta el Rey, la Infanta Irene y Arnesto, y por otra Papagayo y Beatriz.
Yo sabré disimular.
Viendo al que mis ojos ven,
la tormenta queda en calma.
Tiritando me está el alma.
Los cielos favor me den.
Mirando a Segismundo, que estará junto a Beatriz.
Señor, permitid que acuda
al naufragio que me admira.
Yo no sé hacia dónde mira;
bizco es este rey, sin duda.
Aparte.
Va a abrazar a Segismundo y él se detiene, y admíranse todos.
Con el susto; y pues los lazos
de la amistad no prohíbe,
en cuanto la voz percibe,
razón es hablen los brazos.
Yo no aguardo ese favor
porque merecerle ignoro.
Pues, ¿quién le aguarda?
Lidoro,
el príncipe, mi señor.
¿Quién es Lidoro?
Yo soy.
¿Y Segismundo?
¿Qué es esto?
¿Qué escucho?
¿Qué miro?
Arnesto.
Como vos,
la nueva os doy
que Federico me dio.
Aquí hay maula.
Tan extraño yerro,
¿quién al desengaño
puede conducirle?
Yo.
Juzgar que este gentilhombre
es Segismundo, conócese
en el retrato que hice.
Es verdad.
Pues no te asombre,
señor, cuando no hay certeza
que a tal símil se resista,
que yo a la primera vista
juzgase lo que tu alteza.
Luego no es él con efeto.
Del cuerpo las proporciones,
la voz y cuantas acciones
diferencian un sujeto
lo dicen.
Aparte.
Luego indecentes
han quedado en mi valor
las sumisiones.
A su amo.
Señor,
mira que estoy donde mientes.
Aparte.
En peligro estás, Beatriz.
Aparte.
Sin juicio me tiene el caso.
Aparte.
Le ha sucedido un acaso
a nadie tan infeliz.
A Beatriz.
Vuestra Alteza me perdone
ya que en mi grosera culpa
este accidente es disculpa
con la novedad.
Dale las cartas.
Abone
la verdad, señor, que os cuenta
ese caballero, que
un príncipe solo fue
quien salió de la tormenta,
y que yo soy; en las dos
cartas que os doy se percibe,
esta mi padre os escribe
y esta me escribió a vos.
Siéntanse.
Sillas, venga a este palacio
vuestra Alteza en muy buen hora.
Mi estilo burlesco sea.
Aparte.
Quien con la infanta me ayude,
porque hoy príncipe me dude,
para que después me crea.
Solo me faltaba ahora
un cumplimiento despacio.
Bendígaos, Lidaura, Dios.
Él os guarde.
Aparte.
La respuesta
con desdén le ha vuelto.
Dale la carta.
Esta
y yo somos para vos.
A Arnesto.
Qué libre es el extranjero.
Debe de ser ceremonia
que se acostumbra en Polonia.
¿Cómo venís?
porque quiero.
Que es Lidoro, persuadirme
no puede su necio estilo.
Aparte.
Ya aquel pez tira del hilo,
caerá si el cebo está firme.
Aparte.
Es loco, mas es capaz.
Como yo será el consorte.
Señor, yo no sé de corte,
soy príncipe montaraz;
como, la vez que la hay,
ningún pesar me embaraza,
y más quiero un día de caza
que cincuenta de cambray.
Este hombre no está en su acuerdo.
Aparte.
Estoy por desesperarme.
Yo he menester declararme
a la princesa, o me pierdo.
Paciencia, amor.
Lléganse Berrueco a ella.
Reina mía,
cuando padre del lugar,
a solas la quiero hablar.
Levántanse.
¡Vellaca cortesanía!
¿Qué es esto?
Un mal que no explico.
Perdonadme. Ven, Irene.
Vanse las damas.
Poca competencia tiene
en Lidoro Federico.
Pues ¿sin decir ora sus,
hay quien se vaya?
Advertid
que no está buena. Venid
a vuestro cuarto.
Jesús,
señor, vuestra alteza ahora
de lo que es razón excede.
Mejor es que yo me quede
con la infanta, mi señora.
Ea, pasad.
Es perder
tiempo.
Señor.
No he de ir.
Ya no le puedo sufrir.
Mas, supuesto que ha de ser,
por lo menos cena habrá
esta noche, que en mí hay gana.
¿Quién lo duda?
Pues mañana
Dios dijo lo que será.
Bueno.
A Federico.
Deseo hablar con vos.
Traedme a Cosme
al instante, Laurencio.
A Beatriz.
Sí haré.
A Segismundo.
Váyanse,
ninguno ha de haber.
Adiós.
+ Jornada segunda de Amar sin favorecer
Sale Cosme con un vestido de mujer debajo del brazo y guardainfante.
Digo que un loco hace ciento,
y en el número de tantos
entro yo, pues que Lisardo
con el espíritu vano
que le culpan los atentos
y le disculpan los años,
me tiene en solos tres días
que ha que le hospeda Palacio,
y que me encargó su coche,
sin saber adónde traigo
la cabeza; que no quiere
dejarse ver en su cuarto
si no es de Laurencio y yo,
aunque le dio el Rey criados.
Ya amanece, y ya en el Parque,
a la puerta falsa me hallo
con el frío, y a la hora
que ayer me mandó, he llegado.
Orden de no llamar tengo,
pues siéntome aquí y aguardo.
Siéntase en el umbral de una puerta, y asómase Beatriz a una ventana que estará encima, y vuélvese a levantar Cosme.
Cosme.
Señora.
El vestido
de mujer, que te he encargado,
¿le traes?
Sí; más hecho a ojo,
que como de tu tamaño
dijiste que era la dama
sin saber para ajustarlo
más patrón ni más medida,
el maestro temerario
cortó por adonde quiso,
al mercader pagué el hilo,
y esta es la cuenta del sastre.
Echa una colonia de la ventana, donde ata el vestido Cosme, y ella le sube.
Mas que me besa las manos,
que los sastres en las cuentas
envían muchos recados.
¿Traes la mascarilla?
Sí.
¿Te ha visto alguien?
Es temprano.
¿Quieres que le suba?
No,
átale aquí, y entretanto
advierte lo que te digo.
Ya sé que esto he de callarlo,
y a Laurencio más que a todo.
Así nos importa a entrambos:
a ti el premio o el castigo,
y a mí el gusto o el enfado.
Ahora tengo más que hacer.
Aquí te queda esperando
a Laurencio, y di que aguarde
una mujer con cuidado,
que ha de venir en mi busca
con ella y grande recato;
ha de subir la escalera
principal, con que en entrando
en mi antecámara, luego
se ha de volver sin dar paso
más adelante, y dejarla,
esto se entiende, cerrando
tras sí la puerta, sin que haya
a la mujer preguntado
quién es, y sin que me vea
me avise, que así lo mando.
Y así le daré la orden.
Pues Cosme, ya que sois cauto,
(A este le he de quitar una
sospecha con un engaño).
Sabed que en una tartana
el más perfecto milagro
de la hermosura me viene
desde Polonia buscando.
Y como yo no soy bobo,
y ella tiene amor, la saco
de vestir, por si la obliga
al retorno el agasajo,
que he visto a muchas mujeres
irse huyendo del regalo.
Pues ¿no fuera mejor...
Basta,
que ese es ya mucho lilao;
yo resuelvo desde arriba,
vos replicáis desde abajo,
y no es vuestro entendimiento
para consejos tan altos.
Muy bien decís.
Ya está echada
la suerte, corran los dados;
con muchos azares pierdo,
mas con un encuentro gano.
Vase y siéntase en el mismo umbral Cosme.
Él es como una pimienta.
Sale Federico y Papagayo.
Mira atento, Papagayo,
si está Laurencio en el patio.
¿Qué Laurencio?
Aquel criado
de Lidoro.
Segismundo
querrás decir.
Ya me canso
de tu malicia.
Y yo, y todo,
de tu fuego; mano a mano
te tiras conmigo y paras
a envite más y doblado.
Basta.
Basta.
Si a Laurencio
vieres, dile que le aguardo
junto a los álamos negros
de la fuente retirado,
de sus altezas y todo
el séquito cortesano,
a quien la estación del estío
convida a gozar del campo.
El madrugar por la infanta
me tiene ya rematado
y derretido, yo y todo
la pretendo.
¿Estás borracho?
Pues no es quien me quita el sueño
quien me tiene enamorado.
Ya parece que las damas
vienen.
Pero muy despacio.
Es objeción como suya.
Mirando adentro.
Fuera impropio que los astros,
las que lucen como soles,
alargasen los pasos.
Mas ¿desde cuándo acá Arnesto
en servir se ha declarado
a Irene?
Desde que yo
lo permito, es desde cuándo.
Allí viene Segismundo,
digo, Laurencio.
Habla paso,
quédate y dispón que nadie
entienda que yo le llamo,
que te quitaré la vida.
De un recatillo es barro,
no me martirices.
Vase.
Vete.
Sale Segismundo por la parte por donde está Cosme; sale por en medio Irene, acompañada de Arnesto; al ir a hablar con Segismundo Papagayo, llega Cosme y él le detiene.
¡Ay, que eres, por lo callado
y en público, Federico,
en secreto Diocleciano!
Bendito Dios, que has venido.
Hacia allá voy.
¿Qué hay, Cosme?
Malo;
ya no puedo llegar hasta
que se aparte aquel villano.
Y, pues en esta academia
en música, que ha trazado
el Rey para que a Lidaura
divierta el gustoso espacio
que duren las conclusiones
de amor, decid de qué bando
sois, qué opinión defendéis,
y con qué asunto.
A Cosme.
Es estraño
Lidoro: a su dama quiere
tener dentro de palacio.
Escuchadme.
Apaña el viejo.
Yo, señora Irene, declaro
que es fino amor el que no
se oculta al objeto amado.
Y Federico,
¿qué defiende?
Que amor es más fino cuando
es aborrecido el que ama.
Y Lidoro,
que el más cauto
amor fue siempre el más fino.
Argumentos disputados
serán.
Digo que estaré
en este sitio aguardando
hasta que venga la dama.
Vase.
A Dios.
Al ir, se [ilegible] .
Ya hay lugar.
Sale Beatriz de mujer con mascarilla, a Arnesto.
Hidalgo.
Ya no le hay.
¿Quién con Laurencio
será la que miro hablando?
Venid a donde Lidoro
os espera.
Vamos.
Vanse Segismundo, y Beatriz. Sale el Rey, Lidaura, y acompañamiento. Vase Papagayo por donde Segismundo, y Arnesto siguiendo a Papagayo.
Vamos,
mas, ¡ay!, que Lidaura bien,
al noto de que me aparto,
ya se va, y hasta que lo
cite, no puedo llamarlo.
Curiosa preguntó Irene
lo que debe mi cuidado
inquirir; iré siguiendo
aquel extranjero gamo.
Las damas salen con sombreros y muletillas.
¿Cómo llegaste más presto,
Irene, a este sitio?
El paso adelanté,
divertida,
sin hablar del agasajo
que te previene esta tarde
Su Majestad.
Será un rato
a mi parecer gustoso,
que a tres ingenios he dado
tres asuntos, y han escrito
conformes en ser contrarios;
en la música están puestos;
las controversias llevando
cada opositor que cante
lo que defiende, y darás
introducción en la Academia,
porque dances tú, mas ya
es el Príncipe Lidoro.
¿Cómo?
Habiéndose encargado
de uno de los tres intentos,
dice que para cantarlo
nuestra música le sobra,
y que sin ningún ensayo
él tiene quien esta tarde
se sabe llevar los aplausos
con que el papel de la solfa
le remita, y se le he enviado.
A Lidaura.
Sin duda será una dama
que Laurencio acompañando
fue desde aquí.
Pues Laurencio,
entre demás de derrotado
y extranjero, ¿tener puede
introducción?
No lo alcanzo.
Yo sí; porque los indicios
no es posible que sean falsos.
Añade Lidoro y dice
que él sabe que ha de estar malo
al principio de la fiesta,
porque se deshace en llanto.
oyendo cantar, y pide
que le den por escusado
ya su Laurencio licencia
de ir por él; y así, faltando,
con queja y achaque, ajusta
el cumplir, y quedar sano.
Ya por descifrar la enigma
o la necedad, el plazo
de aquí a la tarde dejé,
que se concluya.
Al descanso
me llama ya el ejercicio;
tú puedes irte a abrigarlo,
cuando quisieres, Lidaura.
Guárdeos Dios mil años.
Irene, los dos no somos
partícipes de su cuidado;
aquí el dolor de Lidaura
nos obliga.
Sí.
Pues vamos
a discurrir el remedio,
ya que no alcanza el daño.
Vanse los dos.
Irene.
Fue con tu padre.
Pues dejadme sola.
Extraño
efecto del guardar.
Vase.
Viven
los cielos, que con vil trato
se mancomuna mi corte
contra mi juicio.
Cuchilladas dentro; un Capitán.
Mataldos,
si se resisten.
Dentro Papagayo.
Teneos,
que es Segismundo.
Dentro Segismundo.
Villano,
mientes.
¡Ay Dios!
Sale Papagayo desbaratado, y se entra por donde se fue Federico, siempre duran las cuchilladas, hasta que salen.
Federico.
Hombre aguarda.
Voy volando,
que matan a Segismundo
y a Arnesto.
Vase dentro.
Jamás mi brazo
rindió la espada.
Salen peleando Segismundo y Arnesto con el Capitán y las guardias, y ellos les quitan las espadas; y Segismundo se pone la espada a los pies de Lidaura, y también Arnesto.
Teneos,
póngalos a la Princesa.
Que es donde
mi noble acero consagro.
Donde se ilustra el mío.
Capitán, contadme el caso.
Estaban los dos riñendo.
Sale Federico desatinado, arroja la capa en ambas manos al paño, saca la espada y detiénese de golpe viendo a Lidaura. Sale Papagayo.
Sin hacerme pedazos,
como a quien el alma doy
por la amistad...
Sosegaos.
Estatua soy.
Error truje.
Indicio fiel.
Gordo caldo.
Rendid la espada.
Pone su espada donde las otras dos.
No es fácil,
porque a vuestros pies la envaino.
Aquel es un truhán delgado
que se cayó barajando.
Yo encubriré el empeño.
Descubrióme el sobresalto
de Federico.
La industria
ha de enmendar el acaso.
Templada está la razón
de mi poder, porque aguardo
la del delito; aunque ofenda
la inmunidad de Palacio,
proseguid vos.
Con gran furia
se estaban los dos tirando.
Llegué con la guarda y quise
desarmar a aqueste hidalgo,
que no conozco, y dejé
al Conde Arnesto debajo
de su palabra. Este tardó;
el yerro que, en breve espacio,
los que primero enemigos
vi, después confederados
contra mi puesto y mi gente,
hasta que a tus pies llegaron.
Decidme vos el motivo
de vuestro disgusto.
Al lado
estaba yo de una dama,
y en conocerla bizarro
Arnesto se empeñó; mas
curioso que cortesano
cansóme su diligencia,
y al verme cerca del cuarto
del Príncipe, mi señor,
dejé en él la dama y, dando
la queja a la demasía
de Arnesto, respondió airado.
lo bastante para hacerme
sin dilación su contrario.
Para lo que no se sabe,
¿qué causa pudo obligaros?
Dar ocasión de tenerla
por estar de antes picado
(oculte una verdad otra),
porque Irene quede en salvo.
El que encubriéndose el rostro
siguiéndoos iba los pasos
tres noches, a que Laurencio
quedó por vuestro mandado
a reprender su osadía,
y con más desembarazo
me dio la respuesta entonces
del que fuera necesario,
replicar quise; llegó
Federico, acreditando
que era Segismundo, y viendo
que es el duelo sin agravio,
con la sumisión debida
a Segismundo le hablo,
mas después que en la distancia
de ser Laurencio reparo,
callé con gana de hablar, y
porque me pareció el caso
poco para repetido
y mucho para dejado,
y tuve ocasión de darla,
logréla; llegó a turbarlo
el Capitán y a prendernos,
Laurencio negó irritado
la espada. Viendo que a mí
no me la piden, y el acto
de valor con que a la muerte
se dispuso temerario,
me obligó a que en su defensa
me opusiese a los soldados,
con que de entrambos el duelo
se ha vuelto culpa de entrambos.
¿A vos, para qué con tan loca
destemplanza os vi tan falto
de prudencia?
Porque viendo
Arnesto, a quien idolatro
con la amistad que escucho,
que le dan la muerte, infamo
mi sangre, si no me arrojo
a derramarla a su lado.
A Segismundo nombraban
también.
Es que este villano,
como es necio, no hay quien pueda
reducirle al desengaño.
¿Lo dirá por Laurencio?
Sí, señora.
Al Capitán.
No me espanto.
(¡Válgame el entendimiento,
si para mostrarlo valgo!)
A mi padre no deis cuenta
del suceso, retiraos
con la guarda.
Un ángel eres.
Y poned este lacayo
por embustero en la cárcel
luego, al punto.
Eres un diablo.
A dos o tres soldados.
Traelde.
A los tres que las toman.
Tomad vuestras armas.
Venid.
Agárranle.
Afuera, pugamos.
Resístese.
Así mi sospecha encubro.
Anden.
Téngase.
Llevaldo.
Llévanlo el Capitán y los soldados.
Anden y téngase, ¿es
cofadre de Jueves?
Vaya, embustero.
Hombre, mira
que piensas que soy mi amo.
Cuando la justicia tuerzo,
solo atenta a la piedad,
la pródiga autoridad
que me dio mi padre ejerzo;
y aunque las leyes oprimen
al valor, pues no es disculpa
ser el aire de la culpa
que tenéis, perdono el crimen.
A vos, Laurencio, una acción
noble os ha calificado;
vos honesto habéis buscado
despique en una ocasión;
y, ciego de la amistad,
vos, Federico, después
todo lo atropelláis; y pues
yo abono la ceguedad,
el pique y la acción pruebo,
que Laurencio por su fama
volvió, en volver que su dama
su valor demuestra Arnesto,
dando al designio un alcance.
y Federico se arroja
donde la noble congoja
de su amistad busca el trance.
En lo contrario anduvieran
Laurencio sin bizarría,
cobarde Arnesto sería,
Federico no cumpliera;
pues si entre acciones llanas
el premio que se hallara es crimen,
cualquiera que acude así
a su amigo o a su dama,
ocioso el castigo es,
y así reducir intento
a un solo agradecimiento
la culpa de todos tres.
Rey.
Permite.
Consiente.
Que a tus plantas...
Aparte.
Levantaos,
que esta generosidad
oculta un volcán ardiente.
Aparte.
Amor, logra la ocasión
que te anima y te consuela.
Aparte.
Celos, dadme una cautela
que descubra un corazón.
Laurencio.
Señora.
¡Oh quién
supiera el contrato aleve
en el empeño que os mueve!
Estimo el riesgo y lo bien
que vuestra sangre os anima.
Aparte.
Al pecho el mal se reduzca,
que aunque Laurencio le juzga,
por Segismundo le estima.
De humilde sangre nací,
mas yo sé que aunque soy tal,
hay quien su sangre real
diera por la que hay en mí.
¿Por qué razón?
Atended.
Aparte.
A su interlocutor.
¡Ay cielos, si algún indicio
resultase en beneficio
de mi sospecha!
Hablad.
Sabed
que el príncipe mi señor,
ya que hay en mí parte alguna
que estiméis, en mi fortuna
debe envidiar el favor.
Luego a dar mi razón viene,
justa, aunque se juzgue necia,
pues lo envidioso se precia
en más de lo que se tiene.
Si era el Príncipe error
en envidiaros, creed
que de mí a vos es merced
lo que juzgáis que es favor.
Ese nombre incompatible
lo desigual no consiente,
que la merced que se siente
el favor es imposible.
Pues si adoro amante fiel,
¿no merecerá por sí
que lo que es merced en mí
llegue a ser favor en él?
Muy poco me satisfago
de vuestra capacidad,
pues con vuestra necedad
pagáis la merced que os hago.
Venid, Arnesto, y veréis
si hablar a mi padre quiero.
Ya sin aquel susto quedo.
Corazón, no desmayéis;
Vanse Lidaura y Arnesto, recátanse.
mi venganza verá el mundo
si el engaño verifico,
mas, ¡ay!, que si Federico
no miente, no es Segismundo.
Yo os busco.
Yo he menester
hablaros.
¿Adónde?
Aquí.
¿Está solo el parque?
Sí.
Vedlo mejor.
Vase Federico, abre una puerta Beatriz vestida de hombre, y que vuelve Federico, la vuelve a cerrar y se queda en ella entreabierta.
Voylo a ver.
Ya que el papel se entabló
de dama y miró a Laurencio,
voy, mas válgame el silencio,
que Federico llegó.
¿Hay alguien?
Solos estamos.
Pues decid.
Vos comenzad.
Enhorabuena.
Abreviad.
Si los oyen, veamos.
Quise desde que llegué
hablar sobre esto, advertid
No hubo testigo, proseguid,
Segismundo.
Se pique.
La palabra os he tomado
de callar quien soy.
Y yo
os la tomé de que no
os descubriréis.
La he dado
y saber deseo por qué
me la pedisteis a mí.
De pedirme la que os di
dad razón y os lo diré.
Del mar salí naufragando
y así en fortuna tan corta...
Eso es público y no importa
que lo dejéis, adelante.
No porque pobre me vía
que me disfrace entendáis,
que declarar donde estáis
el que soy, me enriquecía;
otro motivo me deja
en el estado que vivo.
Pues declarad el motivo
y despediré la queja.
Viendo a mi competidor,
Lidoro, me cubrió un yelo,
que quien sirve sin recelo
es loco o no tiene amor,
y atento solo al gravamen
que me puede disculpar
estoy con él por estar
introducido al examen;
(resquicio no hay que se abra
al daño que mi atención
ignore) esta es la ocasión
por que os tomé la palabra,
y antes que salga de aquí
ni oiga lo que os diré
me habéis de contar por qué
me la tomasteis a mí.
No habrá razón que lo impida.
Que yo proseguiré es llano.
El vomitar es muy sano,
dicen que alarga la vida.
Sabed que a la infanta adoro.
¿Qué escucho, válgame Dios?
Y más celoso de vos
que vos lo estáis de Lidoro.
en esto el romano fundó
la palabra.
¡Ay caso igual!
Porque a mi amor le está mal
que os declaréis, Segismundo.
¿Y os halláis favorecido?
Que calle es fuerza quien ama,
si es dichoso por la dama,
y por sí, si no lo ha sido.
Sin duda en la antigüedad
del amor somos distantes.
Pues a no ser mi amor antes,
no ofendiera la amistad.
Este empeño entre los dos
nunca entendí que lo fuera.
Pues a pensar que le hubiera,
os embarazárades vos.
Luego en mi amistad
no es culpa el amor.
Yo lo concedo.
Ni de vos quejarme puedo.
Nadie debe la disculpa.
Esto es competencia igual.
Ninguno al otro es ingrato.
Yo el corazón di al retrato,
yo el alma al original.
Pues aconsejadme, amigo,
que he de gobernarme yo
por vuestro voto.
Eso no,
yo a obedeceros me obligo.
Mirad en qué os empeñáis.
En todo cuanto mandéis.
Mucho decís.
Mas veréis
que con Federico habláis.
Pues ya que me hacéis decir
y obedecer.
Aunque muera.
Yo si fuera vos, hiciera
lo que haré.
¿Qué es?
Proseguir;
que pues a mí os igualáis,
y la amistad nos da un ser,
lo que yo no puedo hacer
no quiero que vos lo hagáis.
Vuestra ha de ser mi obediencia.
Pues advertid que el concierto
se ajusta en que, descubierto
os he de hacer competencia,
que ese Príncipe Lidoro
es un rapaz ignorante,
indigno de ser amante
de la hermosura que adoro;
porque de simple o truhán
nos da evidente sospecha
su estilo.
Que bien se echa de ver
que come mi pan.
Y así, pues queda en los dos
la lid que se ha de vencer,
todo yo me he menester
para competir con vos.
A tal favor no replico,
porque voy...
...esto me agrada...
...a preveniros la entrada
en público.
Federico,
hasta mañana se aguarde
vuestra amistad generosa,
que la Academia es forzosa
ocupación esta tarde.
Pues en tanto la librea
iré a sacar y escoger
los que se la han de poner.
¡Oh, cuánto el alma desea
gratificar lo que os debe!
Pues hacedme un beneficio.
¿Cuál es?
Sacar un indicio
contra mi opinión de aleve.
¿Qué decís?
Por justa ley
su noble crédito afea
el que (en lo que fuere sea)
habla con engaño al Rey;
y hasta que disculpéis vos
el yerro que cometí,
no daré fianza por mí
que sois Segismundo, adiós.
Será preciso hasta entonces
que permanezca la fe
de mi palabra y la vuestra.
Vase Federico.
Hasta que me disculpéis
vuestra palabra y la mía
están, Segismundo, en pie.
Al querer irse se detiene porque sale Beatriz.
No es tan cierto, uno se echará,
y aun se echará a perder.
A disimular amor.
Ingenio a convalecer
del susto con evacuar
el secreto.
Señor.
Ten,
que está de prisa la voz,
y te ha tomado la vez
la dama que hoy me trujiste;
vino a ensayar un papel
de solfa para esta tarde,
sábele ya, y tú has de ser
quien la lleve a introducir
en la música del Rey,
con la propia mascarilla
en aquel propio cancel
que la dejaste ha de hallar,
que, demás de ser mujer
que si la vieran cantando
se cansara su altivez,
la mascarilla es forzosa,
que como hay festín, y es
para que dance la Infanta,
todas la tendrán también.
Yo no estoy bueno y dispuse
cuando al festín me envíe
que tú vayas en mi nombre
con esta dama, y en él,
como embajador sentado,
pues al Príncipe él por él
representas.
Pues, ¿no adviertes,
señor, qué falta has de hacer?
Esa pregunta es tomaros
la mano, que yo pensé...
Señor, la opinión ignoro
que quisisteis defender,
y no puedo.
En poca agua
os ahogáis, tan poca que
es menos que la que beben
mil tudescos en un mes.
Vos, cuando os toque la tanda,
el amor cauto diréis
que es el más fino, probadlo
y si está bueno comed.
¿Digo que he de ir en su nombre?
Yo, y todo en el tuyo iré,
y adiós, y no me veáis,
cuando la dama os lleve,
que hipocondrios me siento.
Tu gusto he de obedecer
en todo.
Claro está eso,
¿no es tan falso el oropel?
¡Oh, cuánta dificultad
quedan, Amor, que vencer!
Secreto, busca otro nombre,
que este voló, pues te sé.
Vanse. Tocan chirimías. Sale el Rey, Lidaura y Irene, y el capitán de la guarda; el Rey leyendo una carta.
Cesen los instrumentos
que se tocan,
y a la fiesta convocan
hasta que tengan orden en contrario.
¿Qué efecto puede ser el que tan vario
en mi padre prohíbe
que empiecen la Academia que apercibe?
En cuanto puede, trata del examen
de su tristeza, y hoy con el dictamen
que te refiero, me llevó consigo
desde el parque, juzgándome testigo
de tu pena.
Leyendo está sin gusto.
Hija, esta carta me previene un susto.
¿Qué dice, y cúya es, que tan violenta
se atreve a tu semblante?
Escucha atenta:
Ladislao me la escribe,
tío de Segismundo, y según me
dudo, porque me da la norabuena
de que ya Segismundo (¡ay raza ajena!)
estará en Dinamarca con la propia
adoración en ti, que dio a tu copia,
porque ya se fió al mar.
¿Qué hay que recelar?
Saber que sumergidos dos bajeles
yacen a la inclemencia de Neptuno,
y puede ser del transilvano el uno,
pues el otro se sabe
que de Lidoro ha sido.
Indicio es grave
de que ha tomado el nombre de Laurenio
Segismundo, con bárbaro silencio.
Señor, ya te ha informado
quien la tormenta vio.
que el mar airado
dos vidas perdonó,
y esta fortuna
repartió a la tierra cada una
en bajel diferente,
pues Laurencio se informe de la gente
que en el suyo venía, con que es llano
que cesa la apariencia.
Si el transitano
ahora el discurso mi esperanza alienta,
hubiese perecido en la tormenta,
como Laurencio hubiera rescatado
tan infeliz suceso a mi cuidado;
no es posible: la fiesta se comience,
mas porque esta razón que me convence
quede sin el escrúpulo, conforme
estoy contigo; luego haré el informe.
Tocan las chirimías, y en tanto el Rey, y Lidaura, y Irene a la izquierda un poco desmentido el taburete. Federico al lado de la Infanta. En la misma forma junto a él la 1.ª música, a estotro lado Arnesto junto a Irene, y la 2.ª música junto a él. Y luego se sienta a la punta del teatro Segismundo con Beatriz 3.ª música, donde tendrá sus taburetes. Todas las damas salen con mascarillas, y las dos que estaban en el teatro se las ponen. Y estará detrás de la silla del Rey un cuatro, que empezará a cantar en cesando las chirimías.
Que las conclusiones de amor
por festejar a su alteza
un festín las introduce,
un certamen las convierte;
el que aborrecido ama,
el que publica su pena
y el que la encubre, disputan
cuál es la mayor fineza.
A Federico se elige
para la opinión primera,
mándase que la proponga,
pero no que la defienda.
Que el aborrecido ama,
el más fino enamorado
a defender se ha obligado
aquí mi propio interesa.
Pues yo soy del propio sentir.
Yo no.
Yo sí.
Yo no.
Yo sí,
y debe ser el adalid.
Pues oír, ver y cantar.
Pues ver y cantar y oír.
Con ansia estoy de saber
quién será la forastera.
¡Cuándo ese poder, ay, cielo,
descubrirme a la princesa!
La opinión segunda es
la que Arnesto manifiesta.
permitirle que la diga,
que la dispute se ruega.
Que el que amando da daño
a quien adora, el destino
que le indigna, es el más fino
amante, mi fe juzgó.
Yo
lo defiendo hasta morir.
Yo no.
Yo sí.
Yo no.
Yo sí,
y he de ser el adalid.
Pues oír, ver y cantar.
Pues ver y cantar y oír.
Sin declararme a la infanta
no he de salir desta pieza.
No he de salir de este cuarto,
aquella mujer sin verla.
A Laurencio que Lidoro
toca la opinión tercera,
conceden que la declare
y Lisorián que la mantenga.
Yo afirmo que no hay compás
para medir la mayor
fineza, que hay en amor,
como no hablar dél jamás.
Más
es, y yo lo he de argüir.
Yo no.
Yo sí.
Yo no.
Yo sí,
y he de ser el adalid.
Pues oír, ver y cantar.
Pues ver y cantar y oír.
(Los tres que están sentados y otros dos saldrán con Lidaura, Irene, y las tres músicas a hacer un lazo, que al hacerle han de reparar que queda decir dos versos Beatriz a Lidaura, y al deshacerle otros dos Lidaura a Beatriz; para esto dará lugar la música.)
Y a las tres proposiciones,
airoso el festín empiece,
para dejarle hasta cuando
los argumentos convenzan.
Lidaura, advierto que
hablaros antes que me vaya, espera.
Yo os daré lugar de verme
en cesando la academia.
Cada uno de los tres
concluya probando el tema,
y niegue a los otros dos
las opiniones que llevan.
Nadie su amorosa llama
publica sin su interés.
y la que se oculta es
triunfo inútil de la dama
el que aborrecido ama
sacrifica su firmeza
al rigor de una belleza
en las aras del olvido
luego el que ama aborrecido
hace la mayor fineza
El que aborrecido
no se vence a sí
como sabe que vive muriendo
muere por vivir
Esa consecuencia
tiene de civil
el pensar que un amante que adora
no quiere morir
Yo digo que no
Yo digo que sí,
Litigad proseguid
discretas canoras, constantes
veloces
Repitan
que los duelos en música a voces
se han de concluir
Quien no se declara vence
lo que usurpa a quien lo ignora
quien aborrecido adora
se venga, que amando ofende
solo es más fino el que atiende
a decir lo que en él alcanza
al dueño de su esperanza
pues en su amante inquietud
ni usurpa la esclavitud
ni es la esclavitud venganza
Del que se declara
el premio es el fin
y así solo se quiere el amante
que aspira a feliz
Quien dice su amor
no sabe fingir
y se entrega al objeto que adora
sin cautela vil
Yo digo que no
Yo digo que sí
Litigad,
proseguid
discretas canoras, constantes
veloces
Repitan
que los duelos en música a voces
se han de concluir
Amar, querer, y servir
sabe, quien sabe callar;
quien ama no sabe esperar,
quien sirve no sabe argüir,
quien quiere no sabe decir
qué quiere, luego se infama
el que aborrece la dama,
y el que dice su amor, pues
solo el que le oculta es
el que sirve, quiere, y ama.
Muy de monjuelo
quiere presumir
el que pone al ardor que le abrasa
de yelo el barniz.
Amor que la paga
se atreve a pedir
si le falta en la guerra
ardid
dispone un motín.
Yo digo que no.
Yo digo que sí.
Litigios proseguid
discretas canoras, constantes,
veloces,
Repitan.
Que los duelos en música a voces
se han de concluir.
Vuelvan a danzar. En un encuentro de una mudanza hablan Lidaura y Beatriz, y a los que esto da lugar la música, y siempre prosigue hasta que Laurenzo, hecho la reverencia al Rey, los del sarao se levantan.
Ya que sirviendo a Lidaura
ninguno sin premio queda,
a dar fin a la academia.
Desde que entré aquí conozco
quién eres.
Pues no me pierdas.
En argumentos que apoyan
opiniones tan discretas,
la alabanza es la censura
y es la unión la competencia.
Adiós, Lidaura.
Él te guarde.
Vamos.
Laurenzo.
A que vuelva
aguarda.
A Beatriz.
Sí haré.
Deje el paño a Beatriz y va donde está el Rey y vase con él y todos los hombres menos Beatriz y se quitan todas las mascarillas.
Venid,
destorbarme una sospecha.
Dispón que nos dejen solas.
Vanse todos menos las dos.
Irene en mi cuarto espera.
Prodigio airoso, quien eres,
que con la voz me granjeas,
suspendida cuando cantas,
cuando no cantas, atenta.
Descúbrese y asústase Lidaura.
Soy quien hace quitar muchas
máscaras en su presencia,
y a las demás facilita,
señora, empezar por esta.
¡Qué traición!
De rodillas.
A los engaños
tal nombre no des,
ni pierdas tiempo
entregando a la duda
el que toca a la evidencia.
¿Pues no eres Lidoro?
No,
sino quien vio su tragedia
en el mar, y quien del mar
dio con un cofre en la arena,
donde hallé cartas, vestidos,
dineros, y cuanto alienta
a quien sin obligaciones
nace, para que pretenda
acompañar con embustes
su codicia, que a esto fuerzan
las prendas en la mujer
si no es la mujer de prendas.
Como al fingirte Lidoro
tan otro tu estilo era...
Porque príncipe dudara,
al que no serlo creyera.
Levanta y prosigue.
Levántase.
En cuanto
a que apele a tu clemencia
después que reconocí
de mi peligro la senda;
en cuanto a que ignoran todos
que soy mujer, y que piensa
Laurencio que de su amo
trujo la dama a la fiesta,
y en cuanto a que si importare
proseguir con la cautela
volveré a mi cuarto sin que
me descubran, aunque vuelva,
ni dificultades pongas,
ni argumentes la materia,
que a todo, en todo y por todo,
te dejará satisfecha
si no temiera que salgas
Laurencio, y con su presencia
me estorbe el asegurarte
que no es Laurencio.
Pues deja lo demás,
y di quién es.
Segismundo.
Aparte.
¡Oh, qué violenta
saqué de mi valor
el alma una feliz nueva!
El príncipe Segismundo
es Laurencio, y se cautela
celoso de mí, juzgando
que soy Lidoro. Mas piensa
ya en descubrirse creyendo
que aborrecerme tu esquiva
por mis locuras.
Pues, ¿cómo
Federico, que desea
mi casamiento, le encubre?
Porque en tu amistad
estrecha
el lazo de unas palabras
que se dieron, los conserva
competidores y amigos.
¿Quién tan por menor
la cuenta te dio de [ilegible] ?
Mi cuidado en la puerta
tan evidentes noticias
sacó de su conferencia.
Mi presunción acredite
lo que está muy confuso;
mas con el justo resguardo
que debe hacer la prudencia,
¿cómo es tu nombre?
Beatriz.
Pues, Beatriz, la estratagema
que te disfraza no es tiempo
de que la ataje la enmienda;
prosigue sin replicarme,
que yo me obligo a que tengas
con el perdón de la culpa
el premio de la fineza.
A tu poder me consagro.
Forma daré de que puedas
verme.
Y yo la doy ahora
de encubrirme de rostro.
Ábrese Beatriz, y sale Segismundo.
Entra Segismundo,
amor, venganza
y ofrece correspondencia.
Venid, que estará Lidoro
aguardando, mas vuestra Alteza
perdone, que inadvertido llegué.
Donde me enajena
de un enfado, que os llevéis
esta dama, que es muy necia.
¿Por qué os cansa?
No es posible
que quiera hablar descubierta.
(También mi Lidaura tiene
su puntica de embustera.)
El príncipe mi señor
orden de que no la vean
me dio, pero vuestro gusto
es antes, y así licencia
me dad para que la quite
la mascarilla.
Es grosera
esa urbanidad, que cuando
consiga por vos el verla
le declaráis al dominio
que puede más la violencia.
(Así han estado los fuegos
en la ceniza.)
Aparte.
¡Qué atenta
es la deidad que idolatro!
(Sin peligro una esperanza
el fuego descubre; toque
el eslabón en la piedra.)
Laurencio.
Señora.
¿Dio
el príncipe la respuesta
a mi padre que esperaba?
Admirado.
¿De qué?
Pues la confidencia
de valido no es bastante
para que con vos confiera
el príncipe los negocios
que más importan.
(Ya tiembla
el corazón.) No me ha dicho
nada.
Nunca lo creyera.
¿Qué es el caso?
El que no puedo
decir al que no le sepa,
porque la explicación halla
embarazo en la modestia.
Luego, ¿os toca a vos?
Se dice.
Según eso, ¿será cerca
de casaros?
Puede ser.
(Aparte.)
¡Cómo el pecho no revienta!
Pues ¿cómo el Rey hacer puede
a los que llamó, y no llegan,
ese desaire?
Si tardan,
el desaire es del que espera.
¡Cielos! ¿Cómo estoy adonde
por ausente me desprecian?
(Aparte.)
Mi quietud es su tormento,
apriétese la mancuerda.
Vos daréis el sí a Lisoro.
Eso es lo que más desea
vuestra lealtad. ¡Oh, qué afecto
dais a quien os alimenta!
¿De qué lo inferís?
De que con la persuasivamen-
te, esta mañana os dedicó
Lisoro esa diligencia.
Advertid...
Ya estoy en eso.
Que Lisoro...
¿Quién lo niega?
Es galán; el transilvano
afirman que en la tormenta
murió, que es quien hacer pudo
al Príncipe competencia.
¡Segismundo vive, y vive
el Cielo, que si más aguarda
este precipicio suyo,
desliz, mi palabra quiebra!
Pues ¿de qué sabéis que vive
Segismundo?
De que piensan
que en el bajel que yo vine
pereció; pero lo yerran,
y así vuestro padre ya
por mí satisfecho queda,
con que cesará el tratado
de vuestras bodas.
No es cierta,
a mi parecer, Laurencio.
¡Ay de mí!
La consecuencia,
porque mi padre a Lisoro
segura inclinación muestra,
y yo tengo el albedrío
muy sujeto a la obediencia.
¡Oh, tú, volumen de vidrio
que dos polos te encuadernan,
rompe sus fojas celestes,
y la azul máquina en tierra
caiga, para que, de golpe
pedazos las luces hechas,
se quiebre la infeliz mía!
entre las demás estrellas,
embocósela de puño
sobre la tetilla izquierda.
Mas yo le opongo al temor
la dilación de la queja.
Mas yo no estoy muy seguro
si toma conmigo el tema.
Ea, paciencia y valor.
Ea, temor y paciencia.
Que mañana.
Que esta noche.
Sobre aviso.
Sobre cena.
Se ha de hacer.
Se ha de notar.
Con resolución.
Con flema.
Ambiciosa.
Discursiva.
Por ti basta.
Por ti truena.
Cuántas cosas.
Cuántos puntos.
Por fin.
Por embustera.
Me tocan del cielo al suelo.
Me corren de oreja a oreja.
Fin
Sale Federico leyendo dos papeles y Papagayo.
Pues ya que salí de la cárcel
(gracias al cielo y a Irene)
otra verdad en mi boca
no han de ver. Viva quien miente,
solo sí que al amo sirvo
por el decir de las gentes.
Voto, de tres le debo
o el que enojé que me lleven
o el que apuré que me vuelvan
o el que diga que me suelten,
dos letras por mi esclavo
gasta el amo más hereje
que porque se le conozcan
le hierra gruesa una ese
y por ti, cuando le ve
en prisión le hace la eme.
Cielos, ¿qué es esto que miro
con señas tan diferentes,
que es indicio de la vida
la amenaza de la muerte?
¡Oh, cuánto que a Segismundo
comunique estos papeles
importa!
Sale Segismundo muy de prisa mirando al vestuario y cuando entra le detiene Federico.
Sin que lo note
nadie ha de saber que eres
mujer.
Amigo, esperad.
No es posible detenerme.
Que me dejéis no es posible.
Hay un grande inconveniente
de amor en quedarme.
De honra,
si no aguardáis, puede haber.
¡A Papagayo!
¿A Laurencio?
Mirando al vestuario.
¿No ves hacia los vergeles
del parque una dama?
Y cómo.
A la que te digo atiende.
¿No es aquella estrafalaria
tan justa que se conviene
en parecer pecadora,
a modo de penitente?
Sí.
Pues ¿qué hay?
Síguela y mira
dónde va, y al punto vuelve
con el aviso.
A ninguna
diligencia se desvele
su cuidado.
Vase Papagayo.
Según mandan.
Es lástima que no te aten.
Adonde el honor se nombra,
lugar el amor no tiene;
ya de la causa que tuve
cedí. Hablad en la que os mueve.
Para hoy se ha publicado
la entrada vuestra, y ya tiene
Dinamarca esta noticia,
y todos mis confidentes,
que por Laurencio os conocen,
por Segismundo en el muelle
os han de admitir, viniendo
con vos a Palacio.
Ese
el modo que habéis dispuesto
ha sido.
Pues se me ofrece
un reparo que lo implica
todo.
Decidle.
Atendedme;
que aunque habemos discurrido
sobre esto otra vez, no siempre
la dificultad que es grande
a la primera se vence.
conocerá por quién soy,
el Rey, y reconocerme
a mí, no tanto la culpa
que cometí en oponerme
a la verdad, rostro a rostro,
es tan avieso, que pierde
mi crédito el apellido
de noble, y gana el de aleve.
Ese escrúpulo consiste
en solo el instante breve
que hay de la vista a la voz.
Dáselos.
Nuestro lance, que trasciende
de dar la disculpa y pedir
el perdón...
fuerza es que intente
adquirir su desengaño
el ruego, y para no dársele
vos, quedando yo en la gracia
suya, ved esos papeles
que su Majestad me envía.
Lee.
Su firma en blanco está en este;
y dice aquí: Federico,
mi primo, es muy conveniente
a mi servicio que cuando
esta a vuestras manos llegue
las tropas de vuestro cargo
se junten, y sin perderse
ningún tiempo, marcharéis
a castigar los rebeldes
que en los confines del Norte
civiles discordias mueven.
Y porque en vos la modestia
no embarace que yo os premie
tan señalados servicios
como mi corona os debe,
os doy esa firma en blanco,
porque de que tal merced
hay, escribiendo una
(pues mi nombre os la mantiene),
os la decretéis vos mismo
sin que pedírmela os cueste.
Os hace el Rey (sin mi estorbo)
gran favor. (Cielos, valedme).
Segismundo, si esta firma
aplico para valerme
del perdón, no es necesario
que nadie por mí se empeñe,
mas si de vuestra persona
me valgo para tenerle
puedo aplicar esta forma
al logro que amor pretende,
indeterminable dudo,
con afectos diferentes,
lo que debo hacer, y así
vuestra amistad me aconseje.
En estos lances la duda
es ociosa, y exponerme
no es justo a que mi Rey
en mi inclinación tropiece;
mas por otra parte hallo
que en vos está tan presente
mi proceder, que no es prueba
de mi intención, y pues deben
las quejas para suplirse
procurar desvanecerse,
digo que pidáis la Infanta
en casamiento, y que deje
vuestra culpa a mi cuidado,
que el perdón la diligencie.
¿Y si el Rey no lo presume?
Que mi atrevimiento fuese
tan grande como pedirle
a quien sé que me aborrece,
¿qué debe hacer?
Ya, Federico,
de los límites excede
el rigor que usáis; yo debo
decir lo que el alma siente
(aunque es lo que siente el alma),
pero querer que remedie
la dificultad buscando
arbitrios que la moderen
es acabarme la vida
porque os ofrezca la muerte.
Digo que fue inadvertencia,
perdonadme; y porque temple
otra plática el disgusto
que os causa lo indiferente
de mi dictamen, decidme,
¿a qué mujer impaciente
seguía vuestro cuidado?
A la que en su cuarto tiene
Lidoro, porque salir
la he visto dos o tres veces
por los jardines del Parque,
y con tal recato vuelve
de donde va, que presumo
lo que no digo; que quede
lo que es lícito en la boca
ser en la voz inocente;
y así, hasta que Papagayo
venga, es preciso que espere
la razón que trae; en tanto,
resolved lo que os conviene,
que yo cuando me descubra
haré encarecidamente
la súplica que me toca,
por que a mi pesar se abrevie
vuestra dicha, en consiguiendo
el perdón de delincuente.
¡Oh, cuánto siento la ofensa
que me permitís!
¡Qué aleve
esta envidia, pues me exime
que de vuestro bien me alegre!
Yo voy a elegirme un premio.
Y yo a tener el que fuere.
Porque...
Porque de mis males
han de nacer vuestros bienes,
o al contrario...
Competencia
injusta.
Efectos crueles.
No ha sucedido en el mundo
lo que a los dos nos sucede.
Es afecto, quién sabe,
que no explican los que sienten.
Vanse.
Sale Papagayo y mira desde una reja hacia el vestuario, y sale por otra parte Irene.
¡Vive Dios, que se ha embocado
en el cuarto de la infanta
la que seguí!
¿Quién con tanta
osadía aquí se ha entrado?
Papagayo, ¿tú a esas rejas,
qué quieres?
Disimular.
Las gracias te quiero dar,
porque no me des las quejas;
sus plantas, señora, beso,
pues tu intercesión ha sido
mi rescate.
Yo he sentido
mucho que estuvieses preso.
Dos días tuve de ayuno
en la cárcel.
Fue rigor.
Y si no es por mi señor...
Dile que no estoy vano,
quiéreme como a su hijo.
Pues ¿cómo no habló por ti?
Es muy modesto, y asín
ni aun una palabra dijo.
Lo que Lidaura mandó
no lo creyera jamás,
Papagayo.
No fue más
de porque hablé como payo,
mas a luz saldrá la maula
que sabemos yo y mi ayo.
Sosiégate, Papagayo,
o volverás a la jaula,
vete, que estás mal aquí.
No hay que replicar, te quedo,
voy a contar dónde queda
la tapada que seguí.
Vase Papagayo. Sale Arnesto.
Suplo la desatención
de entrar adonde os ofrezco
decir que lo que merezco,
hermosa Irene, el perdón.
Ya espero la novedad.
Federico ha de tener
a Lidaura por mujer,
y tanta felicidad
consiste en vos.
Pues de absorta
me sacad, ¿qué causa os mueve
a juzgarlo?
Seré breve,
porque el tiempo nos importa.
Computando el Rey el tiempo
que ahora en la Infanta peligran,
con las pasiones del alma,
los instantes de la vida,
y viendo que oculta injuria
su fuerza a las medicinas
(porque el mal que huye el remedio,
el que no se comunica),
opone las conjeturas
al silencio, y averigua,
arguyendo la memoria
y el cuidado lince, el día
fijó en que de la Princesa
fue la pasión omitida
lince, y argos en su informe
han sido los que examina
que supo hacer la probanza
con dos testigos de vista
desde que entró Federico
en Dinamarca registra
Su Majestad, que en Lidaura
reina la melancolía
y acuérdase de que, entonces
Federico con altiva
presunción, aunque fundan
en la sangre que le anima
se la pidió, y él atento
al cariño de su hija
si no se la negó en duda
le dejó de conseguirla
dándole competidores
pues convocar determina
en Transilvania, y Polonia
dos Príncipes que la sirvan
Esta formal competencia
que dispuso el Rey consigna
atención porque Lidaura
consorte a su gusto elija
presume que ha sido el móvil
del dolor que deposita
en el alma aquel sujeto
que más que a la suya estima,
pues todo lo verosímil
de los efectos indica
que está amando a Federico
la Infanta; así lo confirma
el Rey con el fundamento
de que en esta ocasión misma
que a Federico su mano
le negó, dio las premisas
de intrínseca, después
vio que su dolor crecía
porque agregó al galanteo
dos Príncipes que compitan
y cuando ya de que el uno
llegaba tuvo noticia
la vio muerta en un desmayo,
con que atento verifica
su opinión el Rey, pues muestra
el mal de que se origina
en tres circunstancias todas
firmes y consecutivas.
Consultome este discurso,
y solo me le confía
para que, de él enterado,
le apruebe o le contradiga,
advirtiéndome que, habiendo
solicitado infinitas
veces saber de Lidaura
y de vos la causa fija
de su mal, solo responde
Lidaura que no la explica
porque la ignora; y vos nunca
le descifráis este enigma;
y que así, para que cese
la confusión que le irrita,
está resuelto a casarla
con quien juzga que la inclinan
los astros sin que se oponga
en el término de un día
la dilación al efecto,
ya que Lidaura le intima
siempre que es a su obediencia
solo a quien se sacrifica.
Pues yo, que con Federico
logro un alma con dos vidas
y una vida con dos almas,
porque es nuestra amistad fina
ejemplo de la moderna
y descrédito de la antigua,
atento a que reverdezcan
las esperanzas marchitas
del amigo que más quiero,
aunque sé que aborrecida
es su pasión de Lidaura,
dije al Rey que convenía
casarla con Federico;
y porque en la afirmativa
de su voluntad quedase
con aprobación la mía,
sabiendo que interesado
soy, por confidente y primo,
de mi amigo, os he citado
para establecer su dicha
el Rey os aguarda, Irene,
y como no desconfía
de mí, en tanto que le habláis
en un despacho que envía
a Federico, le ha puesto
una merced exquisita,
y es que le ofrece la gracia
en cualquiera que le pida,
creyendo, como es sin duda,
que pues anhela y suspira
por la Infanta, es imposible
que no aproveche la firma
en lo que le importa más,
y el Rey así justifica
el crédito de entregarla
al que empezó a resistirla.
El Rey, Irene, os aguarda;
solo en vuestra voz estriban
los triunfos de Federico,
que venciendo esta conquista
ha de afirmar la corona
de Dinamarca en su digna
frente, con que a vuestra sangre
regia púrpura matiza,
y de adonde se concluya
la conveniencia que os guía,
la voluntad que os conmueve
y la razón que os incita,
en tanto que a Federico
busco para que le diga
mi voz que solo en la vuestra
consiste el logro que aspira.
Quiere irse y detiénese.
Aguardad.
Ya sé que estáis
a mi acción agradecida,
mas por no perder el tiempo
me dilato las albricias.
Quiere volverse a ir y detiénese.
Aguardad, que no hay amante,
sino es vos, que quede duda,
a quien ama hacer intente
fineza la grosería.
Yo os olvido.
Y pues qué acuerdo
tenéis de mí, que es indigna
memoria, con la Princesa
de ingrata me califica.
yo, por mi sangre, a mi sangre
he de hacer tanta ignominia
que la envilezca ilustrada,
o la ilustre envilecida;
yo he de pagar a Lidaura
con civil alevosía
los agasajos en culpas,
y en ofensas las caricias;
yo me admiro que quien yerra,
dando extremo a extremo, expira,
consecuencia que le agrada
el propio que le castiga,
y temo que, por favores,
habéis de tener las iras.
No por faltarme respeto
en el pecho retraída
tengo mi voz delincuente,
sino porque es sola desdicha
horror que entre desiguales,
cuando el inferior porfía,
las réplicas al enojo
le agravan, no le mitigan.
Solo acordaros es fuerza
que os llama el Rey.
No es noticia
esa que pude olvidarla,
y así sobra el repetirla.
Conoced que la amistad
ha sido...
La que os obliga
ya lo sé.
Que el Rey se preste...
Arnesto, de inadvertida
me excusan las prevenciones,
y molestan más que avisan.
Pues...
Sale Lidaura y ve a los paños a Irene y a Beatriz, que se queda allí cubierta con manto.
Sale.
¿Con quién estás, Irene?
¡Ay de mí!
Con quien me envía
a llamar su padre.
A Beatriz.
Aguarda.
¿Dónde está?
En la galería.
Decid que voy al instante.
Ya en mí es atención precisa
ocultar a Federico
el mal que le ha dicho.
Vase Arnesto.
Llega al paño.
Caj.
Beatriz.
De Arnesto el delito,
en mi silencio se oprima,
que la amistad le disculpa,
si hay disculpa en la materia.
Sale con Beatriz Lidaura.
Ya sabes que el secreto
que hay en las dos participa
Irene y que su asistencia
en la duración le afirma;
descubre el rostro y refiere
a mi atención como espía
discreta las conjeturas
que tu ingenio sutiliza.
Descúbrese.
Estoy con algún recelo.
¿De qué?
Muéstrala.
De que cuando abría
la puerta falsa del parque,
cuya llave es la que miras,
un hombre vi y desde entonces
él no me perdió de vista
hasta que por los jardines
entré en tu cuarto.
Sería
alguna guarda y no importa.
Fuera de que si se descifra
todo el engaño con que
del riesgo en que está se libra.
Y quedo sin mi peligro
y con mi cofre.
Sí, amiga.
Pues allá va un envoltorio
de chismes, otro de cismas
y otro de sustos, agarre
su gana la rabadilla.
Antes que empiece y en tanto
que escuchas a Beatricilla,
a saber lo que el Rey manda,
si gustas, es bien que asista,
porque puede ser que importe
la brevedad.
Vase Irene.
Vuelve aprisa.
Celos tiene Segismundo,
y como yo al pobre mozo
soy quien le pone iracundo,
tengo un miedo que poco.
muy bueno, que es muy profundo
este crïado me enfada,
y cuando así lo condeno,
no sé en conciencia jurada
cómo hay quien diga que es bueno
servirse de gente honrada;
a mano abierta le dio
que de la frente en el hueco
y tanto estruendo causó
el golpe, que con el eco
la cabeza me rompió;
el papel de mano ensaya,
y el de gato cuando toca
el ¡ay de mí!, o el ¡malhaya!,
que si se descoca, coca,
y si se desmaya, maya;
afuera de sobresaltos,
son brincos sus movimientos,
y pienso al verle dar saltos,
que va por sus pensamientos,
como los puso tan altos.
Al fin vengo a que escondida
me tengas, porque en su airada
furia amenaza mi vida,
iracunda y elevada,
por no darme de vencida.
Ya estoy de que el cuidado
en que se pone el crïado
no te diré más, y así
te puedes quedar aquí,
pues yo he de ser tu sagrado,
para que en tu artificiosa
novela el susto despene
tu corazón.
Soy dichosa;
y de más a más conviene
que sepas que soy curiosa,
porque fíes a mi lealtad
el engaño que hasta hoy sigo.
Tu pregunta es necedad,
que nadie logra conmigo
ninguna curiosidad.
Pues cepos quedos se estén,
y te doy el parabién.
(por que tu fortuna alabes)
de que te asisto; ya sabes
que canto.
Y que cantas bien.
Pues yo jugaba una pieza
de la música en Polonia
con grandísima destreza,
y debe ser sutileza,
abrevia esta ceremonia.
Cuál es?
Lidoro tenía
un nicho en que me ponía,
oráculo me llamaban,
y a cuantos me preguntaban
en música respondía;
y así dispon que yo cante
de este modo, que imagino
darte gusto, y no te espante
que en música un desatino
se celebra cada instante.
En la sala de la Audiencia
de estatuas diversos nichos
hay; en uno de la ciencia,
con que tus canoros dichos
responden, haré experiencia.
Cuándo?
Luego.
Hasme poner
un traje de ostentación,
que la fortuna has de hacer,
y el adorno le da el ser
a la representación.
Enhorabuena.
Sale Irene muy de prisa.
Señora,
oye el atrevimiento, con que ahora
busque un arbitrio entre favor atento,
por que deje de ser atrevimiento.
Muy grande es tu inquietud.
La causa es mucha.
Estorbo?
Sí.
Aquí espero.
Vase Beatriz.
Dila.
Escucha:
el Rey tu padre, ya desesperado
de que des tu pena a su ciudad,
ofendido, y quejoso...
Aparte.
de que al dejar a su elección tu esposo
con humildad tácita respondes
y tu elección en su obediencia escondes,
con un daño, un remedio te procura;
pues por no sé qué indicios conjetura,
(de Arnesto encubro el yerro que no explico),
que a Federico...
¿A Federico?
la inclinación te guía.
¡Qué impropio en mi padre!, que, a fe mía,
y tan resuelto estaba ya en casarte
esta noche con él, sin consultarte
su determinación, que, la experiencia
de que sabe remitirse a su obediencia,
que si no tiene hoy por evidente
que soy tu confidente,
y buscase conmigo descubierto
otra noticia más para el acierto
en darte a quien estimes, cosa es clara
que el bien de Federico efectuara;
mas yo, puesta a la mira
de que a casarse con su gusto aspira,
en sus disposiciones acredito
que la buena intención yerra infinito;
y le aseguro (aunque mi voz le asombre)
que es Federico el hombre
a quien más aborreces.
¡Bien hayas tú mil veces!
Pero no fue bastante
mi persuasión.
Luego va adelante
con su designio.
Fuera,
si yo el errado arbitrio no comprendiera.
Prosigue, pues.
Por última me dijo
que en su resolución estaría fijo;
si ya el que aborreces le nombrara,
el que estimas en más no asegurara,
porque pasión amante era, sin duda,
la que tu natural aflige y muda,
y que fuese el que fuese,
si por ser sangre igual te mereciese,
trataría al instante el casamiento,
y que si no, proseguirá su intento.
Considera en qué trance
la confusión me puso de este lance,
pues porque a Federico no le diera
su Real palabra, que inviolable fuera,
fue preciso nombrar...
Calla y advierte
que vas a referirla injustamente,
que mi altivo dictamen acobarda,
cómo (¡Irene, ay de mí!) cómo no guarda
un secreto tu labio,
cuya publicidad es el agravio
mayor que puede introducir el mundo
contra mi ser, pues vano Segismundo,
de que mi industria amante le ha conseguido,
se ha de juzgar de mí favorecido,
y mantener pretende mi cuidado
el amor del favor tan separado
que admire al orbe el logro en mi desvelo;
que ya que hay en el cielo
astro luciente que mi mal dispone,
en mí hay obscura sombra que se opone
a su esplendor; la niebla se introduzca
en contra, y aunque el fuego al alma pase
queme como no luzca,
como no alumbre abrase,
que sus méritos dignos atropella
la que la luz no encubre de su estrella.
Sin escucharme culpas de imprudente,
y lo que yo he dispuesto es diferente.
Luego mi padre ahora
mi inclinación y a Segismundo ignora.
Sí.
Y el primer intento
de darme a Federico en casamiento
pasa adelante.
No.
Tuviste modo
para dejarle satisfecho.
En todo.
Qué astucia es el que callaste.
Una quimera.
Pues, cómo pudo ser.
Asústase Lidaura.
De esta manera:
diciendo que a Lisoro es al que estimas,
con que de nuevo tu esperanza animas.
Que suele errar una intención que es buena
has dicho, y es razón que se condena.
que tu buena intención y lo que emprende
te hizo errar, ofendiendo
de mi padre el decoro,
pues con él acreditas que es Lisoro
quien sabes que es Beatriz.
Casarte fuera
mejor con Federico, o que supiera
que Segismundo ha sido el interbalo
de esa libre quietud.
Todo era malo.
Pues cuando todo lo infestó el veneno
lo menos malo debes llamar bueno,
y por lo que repito
muy bien hallada estoy con mi delito.
¿Y no extrañó mi padre que un sujeto
tan incapaz pudiera ser objeto
de mi pasión?
Absorto, helado y mudo
quedó, pero creyéndolo.
Ser pudo,
que no hay quien el celeste influjo tuerza,
y es la razón vasalla de la fuerza.
Después hizo el reparo de que había
antes de verte en ti melancolía,
a que le repliqué que la causaba
de Federico el odio que te daba.
Al fin, ya te has dejado persuadir,
(en fe de que Beatriz no ha concluido
el papel de Lisoro) a que es muy justo
que logre yo el mal gusto.
Tanto es de verte alegre su deseo
que contra su opinión viene en tu empleo.
Pues a ver a Lisoro irá sin duda
mi padre, y Beatrizilla es bien que acuda
a su disfraz, y que en su cuarto entre,
para que, si la busca, allí la encuentre.
Vase.
Voy a llamarla.
Amor, tu aleve trato
destruya el pecho, pero no el recato,
hasta que el Transilvano se descubra,
permita el cielo que Beatriz se encubra,
porque mi esfuerzo admire Segismundo,
mi padre, Dinamarca, Europa, el mundo.
Sale Irene y Beatriz.
¿Yo Lisoro otra vez?
Así conviene.
La réplica es error.
Lidaura, Irene,
¿yo encerrarme en mi cuarto?
¿En qué reparas?
En que estoy con el Rey, que tú me amparas,
y no soy tan perdida, con serlo harto,
que deje un Rey y quiera más un cuarto.
Mi pleito se ha de ver.
Hermoso fruto.
Y puedes peligrar.
Juez de Cristo.
Si no te enmiendas.
Necio temerario.
¿Dónde te buscas?
Es cierto.
Innecesario.
Pues convenga lo que conviniere,
me lleven mil demonios si de allá fuere.
Mira que...
Si te enojas es locura,
que ha sido juramento de tahúr,
yo iré, mas no me he de volver.
Advierto
en qué estilo se ha de hablar.
Sigue el asunto
de fingirte incapaz.
Porque mi arenga
en la opinión de simple me mantenga.
¿No es verdad?
Así importa a mis desvelos.
Segismundo a los paños.
Allí está la mujer, viven los cielos.
Cubriéndose.
Vete y voyme.
Vanse Lidaura y Irene.
Esperanza, no seáis locas,
pues huyo lo que quisiéron gozar.
Recatándose.
Sabréis, es aún que lo impida el mundo.
¡Ay de mí, que procura seguirme!
Sale.
Valedme, a mi cuidado.
Vanse corriendo.
Sea mi velocidad y mi sagrado.
Síguela.
No te valdrán los pies.
Sale Beatriz.
A mí mal cierra
el paso aquel jazmín que cayó en tierra.
Llega a abrir con la llave que mostró.
Segismundo en su rama tropezando.
Esta mi puerta es.
La puerta sale Segismundo, y cuando llega donde el conde se intercepte el golpe que se... acabe.
Mas no acabe la hora que padece
la pérdida total de todo el goce,
por la principal puerta y de esta
el centro
del cuarto, aunque me salgan a la enconada,
más imposible que asomos visibles,
pero cuando el valor halló imposibles.
Vase y sale el Rey, Federico y Arnesto acompañándolos.
¿Cuándo partiréis?
Mañana;
pero os he de pedir antes...
Aparte.
que la firma que me disteis
una merced, que es bastante
para que en el mundo cuantos
méritos hay no la igualen.
Porque a Lidaura pidiese,
de liberal hice alarde,
juzgando, ¡ay cielos!, que estaban
conformes sus voluntades.
Arnesto.
Señor.
Haced
que a Lisoro le den parte
de que aquí estoy para verle.
Sale Segismundo.
Sin que los límites pase
de mi obligación, pues debo
por mi palabra ocultarme,
he de saber...
Quiere entrar, y detiénele Arnesto.
Señor Laurencio.
¿Qué mandáis?
El Rey hablarle
quiere al Príncipe, avisad
que está esperando.
Vuélvese Segismundo. Aparte.
Éntrase y vuelve a salir, y tras él Beatriz vestida de hombre. Hace una reverencia y parece entonces Beatriz.
Este lance
acaba con mi ser; que esto
es como la Infanta sabe,
y lo dice, con Lisoro
la quiere casar su padre,
y sin duda (¡ay triste!) viene
a este efecto; pues aguarde
otra ocasión el deseo
de ver la mujer, y ataje
este peligro que alcanzo
con ir volviendo al instante
para decir que está fuera
el Príncipe, porque es fácil
que si estorbo su visita
la fuerza de mis pesares
tome otra forma, supuesto
que me descubrió esta tarde.
¿Han avisado a Lisoro?
Ya fue Laurencio y ya sale.
¿Qué hace el Príncipe, Laurencio?
No está en palacio.
¡Qué salvaje!
En falso adivináis
como el pronóstico de Cádiz.
¿Por qué negáis a vuestro amo?
Yo entendí...
fue un disparate.
Laurencio, basta que yo os pida
prestado, no hay que negarme.
Al acompañamiento. Llegan sillas.
Quédanse Segismundo y Federico juntos al paño. Vanse los demás.
Despejad, que hablar os tengo.
Sillas, no quede aquí nadie.
Quedaré donde los oiga.
Donde los oiga he de estarme.
Atento os he menester.
Tanto lo estaré, que cabe,
como un gato a los ratones,
como un mirón a los naipes.
Atropellando y venciendo
del mar los peligros grandes,
venisteis enamorado
de Lidaura.
Dios lo sane.
Pues fineza tan heroica
y voluntad tan constante,
a quien vuestra sangre tiene,
paga quien tiene mi sangre,
y así esta noche la infanta
os dará la mano.
Pase.
¡Que esto escuche!
Mira hacia adonde están los dos que escuchan.
¡Que esto sufra!
Yo le voto a san Marte,
y si no me tengo a nones,
chocará, señor, a pares.
Federico, si os asustan,
es preciso declararme.
Yo os lo concedo y os libro
de vuestra obligación antes.
Señor, a tan generosa
oferta, a tan principales
demostraciones, y a tantas
vencidas dificultades,
solo con un imposible...
¿Cuál es?
Casarme.
¿Es imposible casaros?
¡Cómo sufro este desaire!
Mueve la silla el Rey, y también Beatriz, con miedo.
Ahora quisiera yo estar
ahogada, para no ahogarme.
Vuelve a vivir, esperanza.
Tormento, vuelve a templarte.
¿Casaros es imposible?
Primero que yo me case
con un sapo, que dé en la boca...
¿Dónde...
desde el Nilo al Ganjes,
y desde un pobre a un aplaudí-
gen, que es más distante.
Das la razón. ¡Vive el cielo
que porque en Lidaura falte
la desdicha de tenerle
por esposo, aunque me canse
su agravio, dudo si debo
ofenderle o abrasarle!
Señor, cuando en un escollo
(¡tópela!) dio con mi nave
la borrasca, yo conmigo
di en un voto de ser fraile,
y lo he de ser luego al punto.
Aquí no hay iní ni aní,
que a lo más, más, si Dios quiere,
cantaré misa esta tarde.
Levántanse enojados. Aparte.
Corrido, más que irritado, estoy.
Veamos cómo se sale
un corazón de una tripa,
pues yo no he de comutarme
al voto, no, no, porque
sin hijos quiero ser padre.
Id, Segismundo, a volver
en público mis parciales
para acompañarle. Quedan
donde sabéis.
No dilate
esta ocasión mi fortuna,
aquí esperad.
Vase Segismundo.
Haced antes que toque,
porque la nueva
dé yo al Rey de que llegasteis.
Estravagante es del voto
la devoción.
Ya se sabe
que en Dinamarca es cualquiera
devoción estravagante.
Vuestra Alteza cuando fuere
servido puede embarcarse,
que sin aquel principuto
que esté en mi palacio...
Nadie,
sino es yo, desde que hay mar,
se ha embarcado con mal aire,
mas no digo más.
Tocan trompetas y timbales y sale Federico.
Señor,
los estruendos militares
avisan que Segismundo
ha llegado.
No te engañes
como la otra vez.
Vase Federico, despidiéndose.
Castigas,
pues, a mi honor grande.
Vuestra Alteza se disponga.
Luego iré a reconciliarme.
Digo a partir.
Me cautiva
el agasajo.
Repare que es muy mozo.
Falta es que os pesa a vos
de que os falte.
Extraño sois.
Nací lejos.
Y en fin.
Ponga y descanse.
Tened el discurso verde.
Es la color de mi madre.
Vase el Rey.
Guarde Dios a Vuestra Alteza,
de atenderle quedo inútil.
De miedo estoy trasudando,
Dios a Vuestra Alteza guarde.
Vanse, tocan y sale Lidaura.
Voy a desentoldarme.
Estas bélicas señales
dicen a mi corazón
que llega el aventurero
cerca del mantenedor.
El padrino que le asiste
es el que más temo, ¡ay, Dios!,
qué defensa tendré cuando
va con él mi inclinación.
Descubierto viene, o que
muestra en la valla el valor,
pues para entrar en la liza
la celada se quitó.
Segura está de su parte
la victoria, superior
es la fuerza de los hados
a mi poder, pero no,
que si juzgo que mi albedrío
libre tiene sujeción,
independiente de mí
niego con bárbaro error
todas las prerrogativas
que el cielo me concedió,
y agrego para formar
un oprobio a mi blasón.
lo vil de la ingratitud
o lo infame el temor.
Mas ¿para qué me aprovecho
de esta consideración,
si a Segismundo soy de mí
sin violencia (suerte atroz)?
Ay, qué pronuncio, pues mal
o sería la turbación
si sabe mi pensamiento,
que no me excuso al dolor,
si no me puedo negar
lo que conozco. Si estoy
conmigo sola, descanse
el alma, y pues tengo amor
por consultármele a mí,
escandalíceme yo.
Amor tengo, pero vive
mi prudente obstinación,
que no ha de salir del pecho
ni al semblante ni a la voz,
aunque aventure al que estimo
y aunque pierda la ocasión
de vivir (ya que no vive
quien vive sin lo que ama),
atenta a la establecida
ley de aquella obligación
que tienen (o no tener deben)
las mujeres como yo.
Amar es naturaleza,
dijo Irene, y añadió:
favorecer es delito;
acuerdo fue, no lición,
que nunca pude ignorar
los preceptos del honor,
y así aunque muestre el disfraz
del Príncipe la afición
que ostenta, fui a sentir
por sentirme ser humano,
y aunque de ingrata parezca
mi fe la injusta opinión,
por cuya causa las vidas
aventuremos los dos;
si es que ha de llegar el fin,
vendrá separación,
o mi padre lo disponga
con el dominio, o si no
antes nos una la muerte
que nos conforme el favor.
Sale Irene.
Ya ha vuelto Beatriz.
Tocan.
Pues hazla
que el traje que me pidió
se ponga, que descubrirla
pretendo con su invención,
y que cuando a la Fortuna
escuche que nombro yo
desde el nicho de la estatua
entone su diestra voz.
Vase Irene y vuelve a salir detrás de todas las damas, que salen por una puerta y todos los hombres por otra.
Para contarte el suceso
que me ha ofendido hasta hoy
templo mi enojo, porque
destemple su admiración.
Segismundo era Laurencio.
Mira qué justa prisión
mandaste hacer, lleve el diablo
el alma que te engañó,
y quien le sirviere más.
¿Que Segismundo sois vos?
Sí, señora.
Y el disfraz,
quien lo duda, sería por
la justa desconfianza
de vuestros méritos, ¿no?
Sí, señora.
Estratagema
es muy usada de amor,
y donde no hay novedad,
me cansa la imitación.
Advertid...
Esta es audiencia
de mi padre.
Muerto soy.
Federico, en la cautela
de que Segismundo vio,
sois tan culpado...
Esperad,
y ya que el justo rigor
de Lidaura, que común
ha condenado mi acción,
absolved a Federico
del crimen.
Mucho mejor
es que, hablando yo por mí,
excuse la intercesión;
yo confieso aquel delito
que el decoro os injurió,
mas vos también confesad
que hoy me hacéis tan gran
favor.
que le dejáis a mi arbitrio
de vuestra majestad, la elección.
Es la verdad.
A Lidaura
le previene esta ocasión
su intento, porque
aquí viene mi competidor.
Muestra un papel.
La hermosura que idolatra
mi atrevido corazón,
siendo blanco de las flechas
que tira el violento dios,
todos lo saben, y en todos
los que más lo saben son
Lidaura, pues me aborrece,
pues me la negasteis vos,
y pues que por los servicios
que esperáis de mi valor
premiáis los hechos con tan
regia forma, será acción
indiscreta, no valerme
de su amparo en la más
conveniente que me puede
dictar la imaginación.
Vuestra majestad, solo ofrece
un premio, yo aspiro a dos,
al perdón de mi delito,
y al buen logro de mi amor;
pues si uno solo ha de ser
el que otorgáis, el perdón
pido, y cumplo de esta suerte
con los tres y con mi honor:
con vos, pues quedáis sin cargo
de honrar al que os ofendió;
con Lidaura, pues la dejo
sin susto en mi pretensión;
con Segismundo, pues vive
sin el celoso temor;
y conmigo, pues acudo
a lo que más importó,
porque nada importa más
que prevenir la ocasión
de un reo, para que el Rey
imite en lo más a Dios.
Échale los brazos.
Nunca en sangre tal faltaron
los hijos del esplendor.
Suerte feliz.
Lance heroico.
Grande amistad.
de noble acción,
digna de que la celebre
con envidia mi valor.
Aparte.
Y a esto de que Beatriz
publique lo que encubrió
Federico, a la fortuna
agradezco vuestro aviso.
Canta dentro.
No era muy loco que quiso
o la mejor o ninguna.
¿Qué es esto?
¿Qué voz sonora
a la tuya interrumpió?
Aparte.
De la música que oíste
con Lidoro, es esta voz.
Quien canta es una mujer,
que, por tener buen humor
y porque divierta el mío,
la recibí.
¡Vive Dios,
que la que entró en la Academia
oculta me pareció!
A mí también.
Es la misma,
y alhaja de estimación.
Prosiga, y descubierta
los acentos que empezó.
Tiran los dos cortina.
Si queréis verla, corred
esa cortina los dos.
¿Quién es mujer tan feliz?
¿Quién es cisne tan canoro?
Canta y después baja.
En la sombra de Lidoro,
la fortuna de Beatriz.
¿Cómo?
¿Dónde?
¿Cuándo?
¿Quién?
Baja Beatriz.
Cese vuestra confusión
con saber
que no ignoraba quién sois,
ni el disfraz de esta mujer,
ni que Lidoro murió
en la tormenta; y supuesto
que obliga a la admiración
esta novedad, la causa
diré más despacio yo,
pero lo que más en breve
diré será la razón
de haber mandado a Beatriz.