digitanler Text von Amanr sin fanvorecer | BITESO
Exanmen de anutoríansTEXOROBITESOZusanmmenfanssungen3D-NetzwerkZitierweise Weitere Informantionen
AuswirkungAPIAutomantische TrannskriptionenTeanmKontankt
DE Espanñol ESEnglish ENFrannçanis FRPortuguês PTItanlianno ITDeutsch DE中文 ZH日本語 JA한국어 KOРусский RUالعربية AR
  1. Stanrt
  2. /
  3. BITESO
  4. /
  5. Amanr sin fanvorecer
digitanler Text

digitanler Text von Amanr sin fanvorecer

Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

Metandanten der Arbeit

Werkdantensantz
Tranditionelle Zuschreibung
Román Montero de Espinosan
Stilometrie-Zuschreibung
Román Montero de Espinosan Sicher
Genre
Comedian
Textzustannd
Trannscripción anutomátican de mannuscrito
Herkunft
El texto procede de lan trannscripción anutomátican de un mannuscrito de lan BNE (signanturan MSS/15286).

Wanrnung

Kannn Fehler oder Auslanssungen enthanlten. Wenn Sie eine bessere Ausganbe hanben, kontanktieren Sie uns bitte bei uns für Updantes.

Lizenz

Dieser Inhanlt wird unter der Creantive Commons CC BY-NC 4.0-Lizenz anngeboten. Erlanubte Wiederverwendung nanch Vereinbanrung; Kommerzielle Nutzung nicht gestanttet.

Zitiervorschlang

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Amar sin favorecer. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/amar-sin-favorecer.

Erste Seite des Werks
Letzte Seite des Werks

AMAR SIN FAVORECER

Stanrt

Pang. 1

Mss 15286

Biblioteca Nacional de España

Pang. 2

V-181

Mss. 15286

Pang. 3

4.ª

Amar sin favorecer.

Comedia en 3 jornadas.

De don Román Montero.

Legº 19

Pang. 4

+

Amar sin favorecer

de don Román Montero

Pang. 5

Jornada primera

JHS María Joseph Amar sin favorecer Comedia de don Ramón Montero Representan Segismundo, príncipe de Transilvania = Alonso de Olmedo El duque Federico = Julián González El conde Arnesto = Pedro de la Rosa El rey de Dinamarca = Godoy Cosme, labrador viejo = Blas Papagayo = Osorio Lidaura = la señora María Quintero Irene = la señora Antonia Beatriz = la señora Francisca música pescadores berrueco acompañamiento

Jornada primera

Pang. 6

Salen Federico y Arnesto, y en llegando a la puerta que habrá, como de ciudad, en medio del teatro, detiene Arnesto a Federico.

Arnesto.

Desta ciudad, Federico,

esta es la puerta y la playa,

que en repetidas olas

bate el mar de Dinamarca;

es en la que el movimiento

del pie imprimirá mi estampa

al paso primero; entonces

(atended a mis palabras)

si el motivo que os impele

al silencio que os embarga,

después de haberme llamado

para que os siga, le causa

alguna queja aparente

de la amistad que consagra

mi inclinación a la vuestra

en las recíprocas aras,

entonces, otra vez digo

que os desengañéis: no basta

para no venir; yo debo

cautelar una desgracia

cuando no debo empeñarme,

amigo, en solicitarla;

y así, porque de la duda

antes que del umbral salga,

es menester que mováis

los labios y no las plantas.

Salen fuera.

Federico.

Como ya que en vos no es culpa

sospecha tan temeraria

que en solo estos lances tiene

ganó la desconfianza,

conde Arnesto, amigo ilustre,

tan intolerables ansias

en imágenes me tocan

a la idea desde el alma,

que en mi suspensión disponen

el motivo de la instancia

que me hacéis. Mas ya que solo

el cielo y el mar se hallan

testigos de que mis penas

con vuestra amistad descansan,

oigan lo que tienen puesto,

que los males que me acosan

Pang. 7

Federico.

el cielo me los permite

y el mar me los adelanta.

Ar.

El mar puede tener parte

en vos, riguroso.

Federico.

Tanta,

que como se junta al cielo

peligro yo en la borrasca.

Ar.

Pues, ¿cómo merezco el nombre

de confidente y me falta

esta noticia que admiro,

llegando a considerarla?

Federico.

Porque es de amor la noticia.

Ar.

Luego el amor se recata

de un amigo.

Federico.

Y no merece

amar el que le declara,

no habiendo empeño que sea

de la amistad circunstancia,

que publicar el afecto

cuando no importa a la dama,

al amigo, o al amante,

es licencia que desaira

al que oye y dice, pues queda

ociosa la confianza.

Aparte.

Ar.

Lición es que observo. ¡Ay, triste!

Federico, ya dilata

vuestra pasión el romper

la cárcel que no quebranta,

y vuestro argumento mismo

os convence, pues os llama

a esta función un empeño

de los tres que obligan; salgan

las penalidades donde

el alivio las aguarda.

Hablar hoy es conveniente,

como ha sido de importancia

callar ayer; discurramos

qué se ha de elegir mañana.

Federico.

No ignoráis que yo a mi prima

Irene galanteaba

en público.

Aparte.

Ar.

Mas tú ignoras,

que me arrancabas el alma.

Federico.

Sabéis que mezcló Irene

con indiferencia varia

las señas de agradecida

y las vislumbres de ingrata.

Pang. 8

Arnaldo.

Todo lo sé y reconozco,

que en vos esa mortal ansia

nace de los parasismos

que tenéis en la esperanza.

Federico.

¿Por quién?

Arnaldo.

Por Irene.

Federico.

Arnaldo,

adivinar a quien habla

lo que va a decir es culpa

común mas no cortesana.

Arnaldo.

Pues ¿no es Irene el hermoso

dueño de vuestra constancia?

Federico.

No, amigo, ni lo fue nunca.

(Aparte.)

Arnaldo.

Yo te levantaré estatuas,

fortuna, si de tu rueda

el curso inconstante paras.

Federico.

Atento escuchas mis penas,

y para recopilarlas

los paréntesis que hicimos

por anotaciones valgan.

A Irene serví ocultando

en publicidad incauta

con aquel fuego que, lucido

ardor, que alumbra y no abrasa,

otro volcán cuyo incendio

en cenizas me desata

el corazón, y no sale

del pecho su voraz llama.

¡Oh injusto juez, pues donde

animas es donde matas!

Diréis, siendo vuestra prima

tan hermosa, tan bizarra

y tan discreta, por qué

os declarasteis con falsa

voluntad; a que respondo

con dos razones, y entrambas

también litigan, que a un tiempo

si no me abonan me salvan.

La primera es que aunque sean

los méritos de una dama

tan grandes como en Irene

se reconocen, no bastan

para inclinar cuando opuestas

están las estrellas varias;

que la estimación es deuda

y la inclinación se paga

si está sin causal un hombre.

Pang. 9

Duque.

por ley divina y humana

de las deudas vive exento,

luego si en mí hay solo un alma

y esta pago a quien le toca

las demás deudas son francas;

demás que para que cese

el escrúpulo que atrasa

mi opinión en la cautela

con que juzgáis que miraba

a Irene, sabed que el caso

la descubrí con la clara

confidencia que permite

nuestra sangre y enterada

quedó de que sin la fuerza

con que las estrellas mandan,

el parentesco al cariño

le mueve, mas no le arrastra.

La segunda razón es

la que con más eficacia

arguye en mi favor, puesto

que la divina Lisaura

imposible a quien adoro

y princesa en Dinamarca

(ya lo dije, y si lo dije

sin culpa oirá la causa)

con voluntad tan constante

estima a Irene, que pasa

al blasón de ser amiga

desde el nombre de ser dama.

Doblemos aquí la hoja

en tanto que a desdoblarla

el suceso vuelve, y vamos

al apoyo que levanta

mis pensamientos, sin ser

la soberbia o la ignorancia

en la fábrica que erijo

material con que se labran.

Deudo soy del rey y deudo

que para que no se caiga

de su frente la corona

mi ser es, quien la apuntala

en la corte con la industria,

con la fuerza en la campaña,

regando las secas suertes

cuando auxiliar de Alemania

el campo quiebro, saliendo

Pang. 10

Federico.

granates, las esmeraldas,

dejando tantos rebeldes

cuyas sediciones varias

arrojaron las discordias

del pecho por las gargantas.

Pues, porque si soy quien sabe

el mundo y en Dinamarca

aborrecen el dominio

extranjero, cuando falta

sucesor de la corona

y lo será a quien la infanta

diere la mano, me niega

el Rey (después que a sus lamas

odian los augustos timbres

que mi valor las consagra)

este logro, cuyo premio

humilde pedí a sus plantas,

y no solo, mas yo estorbe

este desliz que amenaza

mis acentos, el estilo

por otra vereda vaya,

que si las quejas de un rey

discrepan de la templanza,

ni la piedad las admite

ni la justicia las basta,

para no hacer culpa fea

la razón desenfrenada,

y tiene el que se conoce

tenerla pero no darla,

que me niega el Rey os dije

a la princesa Lidaura,

y no os dije bien en parte,

que aunque en efecto es negarla

no concederla prudente,

el disfavor me disfraza

el Rey, pues fue la respuesta tal

que estima tanto a la infanta

que cede a su elección sola

el consorte que ha de darla

porque su arbitrio anticipe

lo que su obediencia aguarda.

Y luego, ¡ay de mí!, dispuso

que a diversas partes vayan

retratos de la princesa,

con que en mi ambición las alas

pierden el vuelo abatidas

de este susto que las aja.

Pang. 11

Federico.

desde aquí vuelvo a la hoja,

Arnesto, que está doblada.

Ya sabéis que a la Princesa

tantos méritos la envidian

que la corona es lo menos

que tiene de soberana.

Y en que tiene la corona

antes que llegue a heredarla,

no hay duda, pues Ricardo,

nuestro Rey, como se halla

tan amante de su hija,

solo el nombre de Monarca

conserva, el poder se encurva

y su dominio avasalla.

Para que pase por orden

la invención de Lidaura,

la súplica por decreto

y por justicia la gracia,

afable estima al que cumple

con su obligación; airada

se muestra con el que toma

sin el riesgo la venganza.

De ilustres acciones gusta

con opinión tan hidalga

que la nobleza adquirida

antepone a la heredada;

a la adulación opuesta

y de su guerra contraria,

quien la replica la sirve,

quien la celebra, la cansa.

En fin, para que su ejemplo

alumbre a quien de él se valga,

al desengaño se acerca,

de la lisonja se aparta.

Pues engaños y lisonjas

a mis rendimientos llama,

y me aborrece, juzgando

que a Irene galanteaba;

con que en mí la diligencia

ha parecido mudanza,

y su desdén me castiga

creyendo que desagravia

a Irene.

Arnesto.

¿Y no ha dicho Irene

la verdad?

Federico.

Sí, mas no basta,

que como tiene a mi prima

por tan atenta, la Infanta

Pang. 12

Federico.

entretiénese, que disimula

la vez que las desengaña.

Arnesto.

Ese mal tiene remedio.

(Amor, tu industria me valga).

Proseguid, que yo le he de ser,

de veneno igual, triaca.

Federico.

No entra bajel en el puerto

que, hasta ver quién desembarca,

por si es amante, no aferre

en mi corazón el ancla.

Y que surcan dos navíos

estas marítimas aguas

avisan las centinelas

que están en las atalayas;

y por ver quién llega os traigo

donde os doy cuenta de tantas

diferencias de rigores.

La vida me sobresaltan,

mas el que con mayor fuerza

mi corazón triste arranca,

mi delirio grave aumenta,

mi vital aliento pasma,

mi ser, a no ser, reduce,

Pang. 13

Federico.

los príncipes a los hombres

que muestran voluntad grata;

este en las manos le puse

de nuestro Rey, y la gracia

de su modestia, el buen aire

de su persona, la gala

de su perfección, y el brío

que en el lienzo se trasplanta

aficionó al Rey de suerte

que se le mostró a la Infanta

y le rindió a su belleza,

que no le desagradara;

aunque quedó indiferente

la voluntad con la estampa

que en las personas que tienen

el nombre solo de humanas

quien se libra del desprecio

más de lo que puede alcanza.

Del príncipe de Polonia

luego han llegado cartas

en que avisa que impelido

del retrato de Lidaura

se entrega al mar Segismundo,

(aquí el aliento me falta)

también por llegar más presto

a la ligera se embarca;

este es mi amigo, este ignora

los celos con que me abrasa,

este me ofende sin culpa,

este venero con causa,

este es quien me dio la vida

y este es quien me quita el alma.

Arnesto.

En penas que son tan grandes

es fuerza que os satisfaga

el favor de referirlas

procurando remediarlas.

Suena dentro ruido de perros de caza.

Uno.

¡To, to, ten abarcino!

Dos.

Que se suelta el braco.

Tres.

Aparta

el dogo.

Uno.

¡To, to!

Federico.

¿Qué es esto? El lazo a los dos desata.

Arnesto.

Aquí Papagayo viene.

Sale Papagayo de prisa.

Papagayo.

Gracias al cielo que alcanzan

a verte mis ojos.

Federico.

Dime,

¿qué estruendo es este?, ¿quién pasa,

Papagayo, con sabuesos

al monte?

Pang. 14

Papagayo.

El Rey que va a caza,

Federico.

y la Princesa,

Papagayo.

también,

con la música y las damas,

que en cuanto los cazadores,

para que su Alteza vaya,

la caza ponen presente

(que ya no hay bestia parada),

quiere su melancolía

divertir.

Arnesto.

Será doblarla,

que es de la música efecto

aumentar la pasión que halla

del género que la encuentra

en quien la escucha.

Papagayo.

Te engañas,

que si el que canta no es diestro,

él y los que escuchan varían.

Al irse le detiene.

Federico.

Prevénme presto un caballo,

iré donde va Lidaura,

que con la ocasión de verla

me disculpo de mirarla.

Arnesto.

Antes mi arbitrio logre

dos conveniencias que abraza

de una atención dos fortunas.

Tocan dentro.

Pang. 15

Papagayo.

Semejante.

Vase.

Lidaura.

El corazón me penetra

del proemio la crueldad

que noto.

Irene.

Pues...

Letra.

Al quererse ir los músicos, los detiene Lidaura.

Detiénelos al querer cantar.

Lidaura.

Espera.

Vuelve a empezarla.

Mas antes, Irene mía,

de mí por mí te dé cuenta,

que estar tú quejosa, aumenta

en mí la melancolía.

Irene.

Quejosa no, triste sí,

que como en todo me ajusto

a tu albedrío, su disgusto

resulta, señora, en mí.

Lidaura.

El dolor con que molesta

a mi corazón el cielo

me enoja más; mi desvelo

que le admito manifiesta,

y dice el tono en respuesta

de mi duda imaginaria:

Músicos.

Amor es pasión tan baja

que se muestra poderosa

en ser voluntad forzosa,

en ser fuerza voluntaria.

Lidaura.

Amor, ¿yo amor?, ¿qué es amor,

a quién, de quién, o por quién?

Ni examinan mi desdén

cuantos buscan mi favor;

pues desengáñeme Irene,

tu amistad constante, ahora

di, ¿qué es amor?

Irene.

Lo que ignora

al principio quien le tiene.

Lidaura.

¿Luego puede ser que en mí

haya lo que ignoro yo?

Irene.

¿Negarásme tu mal?

Lidaura.

No.

Irene.

¿Darásme respuesta?

Lidaura.

Sí.

Irene.

Pues da la causa a entender

del rigor que desconoces,

que yo y las métricas voces

te sabremos responder.

Lidaura.

La agradable perfección

de un retrato, por la vista,

sin que el alma lo resista,

entra a rendirme el corazón.

En él pongo una atención

con visos de extraordinaria,

mas luego soy mi contraria,

porque el afecto reprimo,

y aborrezco lo que estimo.

Música e Irene.

Amor es pasión tan baja...

Pang. 16

Lidaura.

Pues si de amor es el mal

que vence mi pecho ingrato

porque le usurpa el retrato

la fuerza al original,

a mí me rinde el fatal

origen de una ambiciosa

imagen, esta afrentosa

ira que sabe ejercer

mi estrella, que puede ser

que se muestra poderosa.

La música con Irene.

Lidaura.

La voz que esta copia veo

cómo me ofende y me agrada,

me procuro descuidada

por encubrir el deseo

de mi triunfo, y soy trofeo

juzgándome victoriosa

pues mi voluntad penosa

esta controversia triste

que padece, en que consiste

La música e Irene.

Música e Irene.

en ser voluntad forzosa.

Lidaura.

Aquí de mi heroico brío,

pero ¿quién ha de ayudarte

corazón, si está de parte

del contrario mi albedrío?

Mas cuando, quien es tan mío,

me dejas, y con fe tan varia

sigue la parte contraria

para deshacer su culpa

en que estriba la disculpa

La música e Irene.

Música e Irene.

en ser fuerza voluntaria.

Lidaura.

Idos a ese sitio ameno

de la soledad que abono

y estudiad en él el tono

de la tormenta, que es bueno.

Sabelde en el breve espacio

que os doy, para que yo tenga

cuando de la caza vuelva

divertimiento en palacio.

Vanse los músicos.

Irene.

Feliz mi atención te nombra.

Lidaura.

Luego es bien que deje en calma

a todo el poder de un alma

un cuerpo que para en sombra

cuando el amor no es bajeza.

Irene.

Tu opinión desacredito,

favorecer es delito.

Lidaura.

Amar es naturaleza.

Delito es.

Naturaleza es amor,

pues corazón procurar

amar sin favorecer.

Cantan dentro.

El cielo te recoge, el mar te encierra

náufrago bajel mío,

infelice navío,

la quilla, el buque rompe, toca, entierra.

Pang. 17

Música.

Amaina, amaina, amaina,

aferra, aferra.

Irene.

El tono asordan.

Dentro, a un lado, voces y música.

Música 1.

¡Ay de mí, que choca

la nave en el escollo!

Dentro, a otro lado, y música. Cada una de las dos damas, a diferentes puertas del vestuario.

Música 2.

¡Ay, que es la roca

sepulcro de la nave!

Lidaura.

Sin ninguna esperanza

corriendo está fortuna

allí un bajel.

Irene.

Y allí, con furia extraña,

otro es trofeo de la azul campaña.

Dentro por las dos puertas, a un lado y a otro, 1.ª y 2.ª música de una parte y de otra, representan y voces dentro.

Música 1.

Larga, larga la escota.

Música 2.

Al chafaldete.

Representado solo.

Música 1.

A la mesana.

Música 2.

Al árbol.

Representado solo.

Música 1.

Al trinquete.

Irene.

Hacen fiero

Lidaura.

estrago, el mar demuestra.

Dentro todos y música.

Música 1.

Ya sin jarcias zozobra la maestra.

Y representado.

Música.

El timón roto, ya...

Y representado, a cada lado.

Música.

Ya el timón roto...

Irene y Lidaura.

El aquilón embiste con el noto.

Representado.

Música.

Ya no hay remedio humano.

Cantado.

Música 2.

Yace el esfuerzo en vano.

Representado.

Música 1.

¡Cielo santo, piedad!

Cantado.

Música.

¡Ay, triste suerte!

Irene y Lidaura.

Entre el bajel y el puerto está la muerte.

Música 1.ª y 2.ª, todos los de adentro, cantado y representado.

Música 2.

El cielo te recoge.

Música 1.

El mar te encierra.

Música 2.

Náufrago bajel mío.

Música 1.

Infelice navío.

Música 2.

La quilla...

Música 1.

El buque...

Música 2.

Toca...

Música 1.

Y rompe en tierra.

Todos.

Amaina, amaina, amaina,

aferra, aferra.

Salen Cosme y Berrueco y otros pescadores, repartidos en las dos puertas que están las dos damas.

Cosme.

Sin que puedan, ¡ay, Dios!, ser socorridos,

a la vista del puerto, sumergidos

dos buques infelices

de Neptuno

feudo mísero son, y en cada uno

se anega tanta gente

que impide el monumento del tridente.

Viniendo a ellos entrambas.

Irene.

Amigos aldeanos,

sed compasivos ya que sois humanos.

Lidaura.

Pescadores amigos,

sed favorables ya que sois testigos.

Irene.

Vuestra chalupa al mar baje impelida,

por si puede salvarse alguna vida.

Lidaura.

Vuestra lástima acuda donde intenta

por si excusáis un logro a la tormenta.

Pang. 18

Cosme.

Compañeros, la infanta obedezcamos.

Todos.

Todos con gusto hacia el peligro vamos.

Irene.

Resolución gallarda.

Sale un criado.

Criado.

En la tela, que el rey te aguarda.

Lidaura.

Irene, ven.

Berrueco.

Allí zozobra un hombre.

Miran todos a la parte siniestra del tablado.

Cosme.

A socorrerle o a perdernos, ea,

que en una tabla con el mar pelea.

Irene.

El color demudaste.

Vase.

Lidaura.

No te asombre,

que el corazón me dice en cada salto

que en mí tiene disculpa el sobresalto.

Vanse las damas y los pescadores para donde miraron, y aparece a la parte derecha del teatro Beatriz en camisa y guardapiés, abrazada a un cofre bermejo, muy llena de agua, y echándola por la boca.

Llorando.

Beatriz.

Bueno es que sola yo tome el tormento

cuando todos se ahogan; no es bueno,

y fuera novedad muy mal mirada

no ser hoy como siempre desdichada;

pues una ola del mar

de furia llena,

desde un escollo me arrojó

en la arena,

y al cofre.

Que pensar que salí a nado

en un cofre

es pensar en lo excusado,

mas prefirióse, ¡ay Dios!, hoy la tristeza

al buen humor que en mí es naturaleza.

Cumplan las tristes lágrimas que lloro

con la muerte del príncipe Lidoro,

mi señor malogrado, a cuyo aliento

hoy sirve el mar de estorbo y monumento;

desde mi tierna edad, huérfana y pobre,

quedé en Polonia, y para que me sobre

cuanto puede abrazarse en el deseo,

tuve fortuna tal, que hizo en mi empleo,

de su clemencia el príncipe, adquirida

de mi despejo, con que introducida

a su divertimiento, es bien se arguya

que con mi gracia conquisté la suya,

y quedé en breve espacio

por sabandija alegre de palacio;

hoy feneció mi suerte en esta orilla,

ya queda sin remedio Beatricilla.

¡Qué tragedia pasó tan lastimosa!

¡Quién hay, Beatriz! mas vamos a otra cosa.

Porque estar hecha un agua desgobierna

mi honestidad, que así parezco tierna;

cuando al bajel abrió la mar airada,

a este cofre abrazada

estuve yo, tan falta de consejo,

que le favorecí siendo bermejo.

Del peligro me saca

Pang. 19

Lee.

Ábrele.

Mírale.

Saca cartas cerradas, y una abierta.

Muéstrale.

Beatriz.

oficiosa o clemente la resaca

y, ya que el choque abierto me le envía,

vamosle a visitar que es cortesía.

Veamos qué dice aquí por si es de cuenta.

Recámara del número 80.

Váyase cumpliendo. ¡Oh qué gran ropa!

Este es el cofre que venía en la popa.

Lidoro en las cosas más precisas:

aquí vestidos hay, aquí hay camisas;

aquí hay dos de diamantes aguiluchos,

aquí doblones a puños son muchos;

aquí hay papeles, estos vayan fuera,

porque yo nunca he sido papelera.

No busco más, mi aliento se restaura,

pero aquí está el retrato de Lidaura,

mas a mí qué me importa; si me importa,

o mi discurso su belleza acorta,

yo no puedo librarme

de los que el cofre han de querer robarme

si no me visto de hombre.

Del infante Lidoro usurpo el nombre,

este engañoso ardid dure y suceda

solo lo que en casarme tardar pueda.

Voces dentro.

Voces.

¡Viva el feliz que en la tormenta esquiva

tierra llegó a tomar!

Otros.

¡Mil años viva!

Beatriz.

¡Oh triste desventura!

¡Ampáreme en su centro esta espesura!

Señor cofre, perdone aqueste enfado.

Entra arrastrando el cofre y métese en la enramada. Salen Segismundo, ahogado, y un labrador con él, Cosme y otros pescadores, y Berrueco.

Cosme.

Pues bermejo es, ande arrastrado,

que no se ha escapado ninguna

persona, sino es vos, creo,

de entrambos bajeles.

Segismundo.

Gracias,

amigos, al cielo. Yo,

pues desnudo y derrotado

salí del mar, donde tengo

por vuestro amparo el vestido

y por vuestra ayuda el puerto.

Cosme.

¿Cómo es vuestro nombre?

A levantado Beatriz los zapatos que arrojó.

Segismundo.

Erasto.

Cosme.

Cosme, Salustio, y Fileno.

Mirad este sobrescrito

qué dice en él.

Acuden todos a un papel que saca Berrueco.

Berrueco.

Por el suelo

estuvo, y algunos papeles

desperdiciados, y entre ellos

esta carta.

Tómala Cosme.

Cosme.

¿Qué te asombra?

Aquí dice: A Ricaredo,

rey de Dinamarca. Mucha...

Pang. 20

Segismundo.

las demás, este es un pliego

a la princesa Lidaura.

Berrueco.

Aquí hay un camino hecho

como de cosa arrastrada

que deja señal sin hueco.

Cosme.

¿De quién será este descuido,

o quién habrá sido el dueño

de las cartas?

Segismundo.

Puede ser

que en ese papel abierto

haya luz de la noticia.

Cosme.

Bien decís, raro suceso.

¿Qué es lo que miro? Esta es carta

de nuestro rey Ricaredo

al príncipe de Polonia,

Lidoro.

Segismundo.

¡Válgame el cielo!

¿Dónde está la senda?

Berrueco.

Aquí.

Segismundo.

Pues por allá entrar pretendo,

al examen que me invita

más que el marítimo riesgo.

Al querer entrar por la arboleda, le detiene Cosme.

Cosme.

Aguardad, que ser podría,

por los indicios que vemos,

haber algunos ladrones

desvalijado un correo,

y sin armas es locura

el entrar, reconociendo

la señal que la valija

ha dejado cuando fueron

arrastrándola.

Hacen ruido en las ramas. Suena rumor.

Segismundo.

¡Ah de adentro!

Dentro.

Beatriz.

¿Quién llama adonde no hay puerta?

Segismundo.

Quien os busca, pretendiendo

saber quién sois.

Dentro.

Sale embelesada, viendo el retrato, y vestida de hombre.

Beatriz.

Tan curioso

parecéis como revuelto.

Segismundo.

¿Qué miro?

Cosme.

Gallardo joven.

1.

Gentil mozo.

Berrueco.

Buen mancebo.

Admíranse viéndola.

2.

Galán talle.

3.

Airoso garbo.

Beatriz.

¡Ay, Lidaura!

Segismundo.

Yo soy muerto.

Beatriz.

Ea, buena gente, habladme

con cariño y sin recelo.

Pang. 21

Aparte.

Aparte.

Berrueco.

enacarando lo abierto

despercudió lo grosero,

así podré yo acabar

conmigo el estilo regio

aquí, como a saber puede

un ahorcado con el credo.

Cosme.

Esta admiración nos causa

no tener conocimiento

de vos y ser vuestras partes

dignas de tanto respeto.

Berrueco.

Es verdad, mucho hombre soy,

y aunque lo soy, soy tan bueno

que con ser quien soy, soy más

llano de lo que parezco.

¿Habéis visto unos papeles

que dejé aquí?

Cosme.

Yo los tengo.

Tómalos.

Berrueco.

Estos son, los arrojé

desesperado, y ya vuelvo

con mortal ansia a buscarlos.

Cosme.

¿De qué nacen dos extremos

tan distintos?

Berrueco.

De que cuando

piadoso el mar con mi cuerpo

dio en ese escollo, al hundirse

el bajel triste en que vengo,

entendí que se había perdido

un retrato (de este enredo

me saque Dios con el cofre)

y con la cólera ciego

en las pajas le busco,

mas no hallándole, los dejo

y huyo, que estar no puede

en dos partes un acuerdo.

Halléle después, y cuando

sin las dos cartas me veo

(que han de darme a conocer

por Príncipe en este Reino

y por Príncipe Lidoro)

vine a recoger los pliegos.

Cosme.

¿Que el Príncipe sois?

Berrueco.

Seguro.

Cosme.

Alegres tus plantas beso.

Los pescadores.

Berrueco.

Llegar podéis,

todos vamos.

Aparte.

Aparte.

Aparte.

Segismundo.

Mi industria salga al encuentro

de mis desdichas y triunfe

de la fortuna el ingenio.

Pang. 22

Cosme.

Divertido está en la caza

el Rey; vuestro alojamiento

es en Palacio, venís

donde descanséis.

Beatriz.

No quiero.

Venga el Rey por mí si gusta

de que yo vaya a estar dentro

de Palacio, porque busco

casa con recogimiento.

Cosme.

Ve volando al monte, y gana

tú las albricias, Berrueco.

Vase.

Berrueco.

Voy.

Beatriz.

Por no dejar el cofre

aguardo este cumplimiento.

Hinca la rodilla.

Segismundo.

Dadme los pies.

Retírase.

Beatriz.

Yo los traje y son míos.

Segismundo.

No os entiendo.

Beatriz.

Es que los pedís de un modo

que parece que son vuestros.

Segismundo.

Vuestra fortuna y mi suerte

son tan hijas de un suceso

y de una ocasión, que ignoro

cuál de cuál da hoy ejemplo.

Beatriz.

Cómo que...

Cosme.

Y en una tabla

le vi escapar del violento

naufragio.

Ayúdale.

Beatriz.

Levantaos, hijo,

que somos (aunque diversos

tanto en la sangre) conformes,

y raros Juan para Pedro.

Y bien, ¿quién sois?

Segismundo.

Pobre hidalgo.

Beatriz.

Mejor fuera rico. ¿Sabréis

de dónde venís?

Segismundo.

De Italia.

Beatriz.

¿Nacisteis allá?

Segismundo.

En Viterbo.

Beatriz.

¿Dónde es el viaje?

Segismundo.

A esta corte.

Beatriz.

¿Cómo es el nombre?

Segismundo.

Laurencio.

Beatriz.

¿Qué oficio tenéis?

Segismundo.

Ninguno.

Beatriz.

Pues yo os haré dar doscientos.

Segismundo.

No es oficio el de soldado,

y pues lo soy, no le tengo.

Beatriz.

¿Pues no llaman oficial

al que tiene un cargo?

Pang. 23

Segismundo.

Es cierto,

mas lo que el oficial tiene

no es oficio, sino es puesto.

Aparte.

Beatriz.

En cuanto a Beatriz, un poco

me aficiona el soldadesco.

Segismundo.

De las guerras de Alemania

por un infeliz empeño

fue preciso retirarme,

y buscando en este Reino

donde ejercitar las armas

con favores del Imperio,

me sucedió este naufragio,

con que desnudo, extranjero

y desconocido, solo

a vuestra clemencia apelo;

en Dinamarca es forzoso

que para el servicio vuestro

se reciban hombres dignos

de honra igual, si es que merezco

que la piedad me introduzca

en el número de aquellos,

en mí tendréis un esclavo

hasta morir, cuyos yerros,

si se esculpen en mi rostro,

serán en mi suerte aciertos.

Aparte.

Beatriz.

Según me agradan sus partes,

yo juzgo que cargaremos

si Dios quiere con el cofre

y la media manta presto.

Desde este instante en mi casa

os quedad, donde os ofrezco

mi benevolencia.

Hinca la rodilla y besa la mano.

Segismundo.

Darme

la mano.

Beatriz.

Excusado es eso,

que vos os la iréis tomando

según sois en poco tiempo.

Cosme.

Valga Dios, tan piadosa

generosidad.

Aparte.

Beatriz.

Buen viejo.

Ello es menester que el cofre

se ponga en cobro.

Aparte.

Segismundo.

El intento

me salió bien, su fin sea

como el principio.

Beatriz.

Sabremos cómo es

vuestra gracia.

Cosme.

Cosme.

Beatriz.

Pues Cosme, ¿nos cae muy lejos

vuestro albergue?

Pang. 24

Cosme.

Aquí está un paso.

Beatriz.

¿En la playa?

Cosme.

Sí.

Beatriz.

Me alegro,

¿sois de fiar?

Cosme.

Oro molido.

Beatriz.

Id con Dios, que el mío es entero.

Cosme.

Pues también.

Aparte.

A Segismundo.

Beatriz.

Aquí es forzoso,

ya que no hay otro remedio,

valerme de este hombre. Amigo,

que un cofre me guardéis quiero,

que después os diré cómo,

cuándo y por dónde le tengo.

Ven tú a ponerte un vestido

que diga quién es el dueño

con quien privas.

Sale Berrueco.

Berrueco.

Ya el Rey sabe

el venturoso portento

que a un Príncipe ha sucedido;

mas a qué Príncipe eso

no lo sabe, porque a mí

se me escapó del pergeño,

y como ignora el que vino

se fue a Palacio derecho

hasta saber si le toca

al huésped, recibimiento.

Aparte.

Beatriz.

Pues vete al punto a Palacio

en vistiéndote, Laurencio,

y pregunta solamente

sin escándalo ni estruendo

por el cuarto de Lidaura

sin que a nadie, ni por pienso,

digas mi estado o mi nombre,

porque yo te voy siguiendo

para entrarme de rondón,

que si el Rey, muy circunspecto,

hasta que sepa quién soy

no sale de cumplimientos,

hasta saber yo quién es

quiero ver solo a quien quiero.

Y lo que quiero es librarme

del castigo que merezco,

dejando todo mi embuste

a Lidaura descubierto,

por otra tal, ya que somos

las mujeres arrieros.

Cosme.

Señor, vamos, y venid

vosotros.

Pang. 25

Aparte.

Segismundo.

Piadoso cielo,

permitid que a Federico

encuentre, porque el secreto

de que yo soy Sigismundo

le encargue, con que mi aliento

se desahoga, pues logro

esta máxima que lleno.

Vase.

Aparte.

Berrueco.

Doblones, por redimir

la vejación de perder,

voy entrando muy en hondo,

pero la mano en su pecho

metan todos, y verán

los indecentes enredos

de que se vale cualquiera

para guardar su dinero.

Vanse todos.

Sale Lidaura y Irene, deteniéndola.

Irene.

Atiende a mi voz.

Lidaura.

Me enoja.

Irene.

Oye un consuelo.

Lidaura.

Me irrita.

Irene.

Tu pasión...

Lidaura.

Me precipita.

Irene.

Mi voluntad...

Lidaura.

Me congoja.

Irene.

Pues, ¿qué debo hacer?

Lidaura.

Dejarme,

porque es mi pesar tan firme

que, en queriendo persuadirme,

es mejor no acompañarme.

Aparte.

Irene.

Aun se me atreve un susto,

yo he postrado mi altivez;

y esta es la primera vez

que te obedezco sin gusto.

Hace una reverencia, y cuando se levanta el paño se entra de encuentro con el Rey.

Lidaura.

En mí puede haber temor,

y tan contra mi decoro,

que ya le tengo, y no ignoro

de dónde nace.

Sale el Rey.

Irene.

Señor.

Rey.

¿Dónde está Lidaura?

Irene.

Aquí.

Lidaura.

Vete,

pues a mi pesar

quejas al cielo he de dar.

Rey.

¿Lidaura?

Lidaura.

Mi padre.

Rey.

¡Ay de mí,

hija!

Lidaura.

Señor.

Rey.

Un tormento

me congoja tan extraño,

que tú me obligas al daño.

Lidaura.

¿Qué sientes?

Pang. 26

Rey.

Tu sentimiento,

Lidaura, el mal que padeces,

a tu cuarto me ha traído.

Lidaura.

Siempre me has favorecido.

Rey.

Y tú me desfavoreces.

¿Cómo es en ti, Infanta mía,

contagiosa la inquietud,

pues llega hasta mi salud

desde tu melancolía?

Después que de tu belleza

envié las copias, estás

tan disgustada, que más

llego a entender que es tristeza;

pues si en la tristeza no

se ignora la causa, di

qué mal conoces en ti,

que te desconozco yo.

Solo en el nombre soy Rey,

cedo en ti la Majestad,

la tuya es mi voluntad,

tu albedrío en mi corte es ley;

por quien te festeje envío,

a ti te encargo tu empleo,

tu matrimonio deseo,

por si ha de obrar tu albedrío.

Y no sé que sea razón

sintáis este proceder,

cuando niego a mi poder

lo que doy a tu elección.

Lidaura.

Pues ¿cómo tu singular

prudencia puede inferir

que yo tengo de sentir

lo que tengo de estimar?

Rey.

Hoy un Príncipe ha venido

y de mi opinión es prueba,

que cuando llegó esta nueva,

allí perdiste el sentido,

y así...

Sale Arnesto.

Arnesto.

Como lo ha mandado,

señor, Vuestra Majestad,

iba a ver si era verdad

que un Príncipe había llegado;

vi un extranjero que entró

cuando bajé la escalera,

y preguntándole si era

el Príncipe, se encubrió;

que otro está en el patio advierto,

y así el uno de los dos

será el Príncipe que a vos

os quiere hablar encubierto.

Rey.

Dad orden de que los dejen

entrar, sin que los impida

Pang. 27

Rey.

la guarda, y que esté advertida

de que a los demás despeje;

fuerza es irte a recibir,

hija, y puedes entender

que tu tristeza ha de ser

el mal de que he de morir.

Vase el Rey y Arnesto.

Al irse se halla a la puerta derecha del teatro con Segismundo embozado y ella vuelve.

Lidaura.

Vamos pues, y dude el mundo

el temor que en mí se emplea.

Llegue este Príncipe y sea,

el no sea Segismundo.

¿Quién será el que entra embozado?

Sin duda es el extranjero.

Segismundo.

Ya vi a Lidaura y ya muero.

Lidaura.

Que el cuarto del Rey ha errado;

volverme es bien.

Va saliendo, la sigue.

Segismundo.

¡Oh, qué airosa!

¿Cuándo, suelta el alma, veré...?

Lidaura.

Sí será, mas sea quien fuera,

pena mi culpa curiosa.

Segismundo.

Sí llegaré, donde advierto

que error descortés sería.

Lidaura.

Si en esta cuadra entraría

y si se habrá descubierto.

Segismundo.

Llegar quiero.

Lidaura.

Sin mí estoy.

Segismundo.

A decir.

Lidaura.

Llamar es justo.

Segismundo.

Que Lidaura...

Lidaura.

Aunque es augusto.

Segismundo.

Viene.

Lidaura.

Yo llamo.

Segismundo.

Yo voy.

Lidaura.

¡Hola!

Segismundo.

Señora.

Sale Arnesto y llegan juntos, pero Segismundo no donde le vea Lidaura.

Segismundo.

Perdido voy,

de mi pasión llevado.

Detiénese.

Lidaura.

A advertir a quien ha entrado

el error que ha cometido.

A Arnesto y vase.

Arnesto.

¿Adónde vais? ¿No inferís

la culpa que cometéis?

Segismundo.

Advertir quedo.

Arnesto.

¿Sabéis

a la dama que seguís?

Segismundo.

No.

Arnesto.

Pues dice que os advierta

el yerro que suplir quiso,

llegando tan sin aviso

al sagrado de esta puerta.

Segismundo.

Ese injusto documento

oyendo de mi valor...

Pang. 28

Segismundo.

De la dama era favor,

de vos es atrevimiento.

Arnesto.

Yo a la infanta obedecí,

y cuando...

Salen muy aprisa Federico y Papagayo.

Federico.

Él es, voto al mundo.

Papagayo.

¡Oh, príncipe Segismundo!

Federico.

Vuestra Alteza aquí...

Abrázale con respeto.

Segismundo.

Pues yo, ¿quién...

Túrbase.

Arnesto.

Disculparé

mi error. Consuelo, señores.

Segismundo.

¡Ay desdicha igual! No sé,

señores, con quién habláis.

Federico.

Llevad al Rey esta nueva.

Aparte le aprieta la mano a Federico.

Segismundo.

Aguardad.

Arnesto.

Al punto voy.

Segismundo.

Federico.

Aparte.

Federico.

Atento estoy.

Segismundo.

Mi antigua amistad ordena

el enviar ese criado

a llamar un extranjero

que en el patio queda.

Llega Federico a Papagayo y le envía.

Federico.

¡Ay, muero!

Segismundo.

Esto ha de ser.

Federico.

Ya le he enviado.

Segismundo.

Palabra, amigo, me dad

de no descubrir quién soy

a ninguno.

Federico.

Yo os la doy,

pero vuestra ceguedad

advierta que no hay quien dude

quién es que el retrato...

Segismundo.

Quedo,

porque yo al retrato puedo

parecerme y no ser pude.

Federico.

¿Qué pensará el Rey y el mundo

si niego lo que declaro?

Segismundo.

Decid que, sin el reparo,

os parecí Segismundo,

pero que en sola una parte;

porque, advirtiendo después

del rostro, las demás es

otra la voz, y otra el arte.

Aparte.

Federico.

Útil será para mí

su cautela, ¡vive Dios!

Pagadme con otra vos

esta palabra que os di.

Segismundo.

¿De qué la he de dar?

Federico.

De que

no os descubriréis sin darme...

Pang. 29

Federico.

noticia, y sin conformarme

yo con que lo hagáis.

Dale la mano.

Federico.

Empeño en ejecutar

lo que llegáis a pedir.

Segismundo.

Yo procuraré fingir.

Tocan clarín y salen por una puerta el Rey, la Infanta Irene y Arnesto, y por otra Papagayo y Beatriz.

Lidaura.

Yo sabré disimular.

Viendo al que mis ojos ven,

la tormenta queda en calma.

Beatriz.

Tiritando me está el alma.

Segismundo.

Los cielos favor me den.

Mirando a Segismundo, que estará junto a Beatriz.

Rey.

Señor, permitid que acuda

al naufragio que me admira.

Beatriz.

Yo no sé hacia dónde mira;

bizco es este rey, sin duda.

Aparte.

Va a abrazar a Segismundo y él se detiene, y admíranse todos.

Rey.

Con el susto; y pues los lazos

de la amistad no prohíbe,

en cuanto la voz percibe,

razón es hablen los brazos.

Segismundo.

Yo no aguardo ese favor

porque merecerle ignoro.

Rey.

Pues, ¿quién le aguarda?

Segismundo.

Lidoro,

el príncipe, mi señor.

Rey.

¿Quién es Lidoro?

Beatriz.

Yo soy.

Rey.

¿Y Segismundo?

Lidaura.

¿Qué es esto?

Arnesto.

¿Qué escucho?

Irene.

¿Qué miro?

Rey.

Arnesto.

Arnesto.

Como vos,

la nueva os doy

que Federico me dio.

Papagayo.

Aquí hay maula.

Rey.

Tan extraño yerro,

¿quién al desengaño

puede conducirle?

Federico.

Yo.

Juzgar que este gentilhombre

es Segismundo, conócese

en el retrato que hice.

Rey.

Es verdad.

Federico.

Pues no te asombre,

señor, cuando no hay certeza

que a tal símil se resista,

que yo a la primera vista

juzgase lo que tu alteza.

Pang. 30

Rey.

Luego no es él con efeto.

Federico.

Del cuerpo las proporciones,

la voz y cuantas acciones

diferencian un sujeto

lo dicen.

Aparte.

Arnesto.

Luego indecentes

han quedado en mi valor

las sumisiones.

A su amo.

Papagayo.

Señor,

mira que estoy donde mientes.

Aparte.

Berrueco.

En peligro estás, Beatriz.

Aparte.

Rey.

Sin juicio me tiene el caso.

Aparte.

Lidaura.

Le ha sucedido un acaso

a nadie tan infeliz.

A Beatriz.

Rey.

Vuestra Alteza me perdone

ya que en mi grosera culpa

este accidente es disculpa

con la novedad.

Dale las cartas.

Berrueco.

Abone

la verdad, señor, que os cuenta

ese caballero, que

un príncipe solo fue

quien salió de la tormenta,

y que yo soy; en las dos

cartas que os doy se percibe,

esta mi padre os escribe

y esta me escribió a vos.

Siéntanse.

Rey.

Sillas, venga a este palacio

vuestra Alteza en muy buen hora.

Berrueco.

Mi estilo burlesco sea.

Aparte.

Segismundo.

Quien con la infanta me ayude,

porque hoy príncipe me dude,

para que después me crea.

Lidaura.

Solo me faltaba ahora

un cumplimiento despacio.

Berrueco.

Bendígaos, Lidaura, Dios.

Lidaura.

Él os guarde.

Aparte.

Segismundo.

La respuesta

con desdén le ha vuelto.

Dale la carta.

Berrueco.

Esta

y yo somos para vos.

A Arnesto.

Irene.

Qué libre es el extranjero.

Arnesto.

Debe de ser ceremonia

que se acostumbra en Polonia.

Rey.

¿Cómo venís?

Pang. 31

Berrueco.

porque quiero.

Lidaura.

Que es Lidoro, persuadirme

no puede su necio estilo.

Aparte.

Berrueco.

Ya aquel pez tira del hilo,

caerá si el cebo está firme.

Aparte.

Rey.

Es loco, mas es capaz.

Papagayo.

Como yo será el consorte.

Berrueco.

Señor, yo no sé de corte,

soy príncipe montaraz;

como, la vez que la hay,

ningún pesar me embaraza,

y más quiero un día de caza

que cincuenta de cambray.

Federico.

Este hombre no está en su acuerdo.

Aparte.

Lidaura.

Estoy por desesperarme.

Berrueco.

Yo he menester declararme

a la princesa, o me pierdo.

Segismundo.

Paciencia, amor.

Lléganse Berrueco a ella.

Berrueco.

Reina mía,

cuando padre del lugar,

a solas la quiero hablar.

Levántanse.

Lidaura.

¡Vellaca cortesanía!

Rey.

¿Qué es esto?

Lidaura.

Un mal que no explico.

Perdonadme. Ven, Irene.

Vanse las damas.

Irene.

Poca competencia tiene

en Lidoro Federico.

Berrueco.

Pues ¿sin decir ora sus,

hay quien se vaya?

Rey.

Advertid

que no está buena. Venid

a vuestro cuarto.

Berrueco.

Jesús,

señor, vuestra alteza ahora

de lo que es razón excede.

Mejor es que yo me quede

con la infanta, mi señora.

Rey.

Ea, pasad.

Berrueco.

Es perder

tiempo.

Rey.

Señor.

Berrueco.

No he de ir.

Rey.

Ya no le puedo sufrir.

Pang. 32

Berrueco.

Mas, supuesto que ha de ser,

por lo menos cena habrá

esta noche, que en mí hay gana.

Rey.

¿Quién lo duda?

Berrueco.

Pues mañana

Dios dijo lo que será.

Rey.

Bueno.

A Federico.

Segismundo.

Deseo hablar con vos.

Berrueco.

Traedme a Cosme

al instante, Laurencio.

A Beatriz.

Segismundo.

Sí haré.

A Segismundo.

Federico.

Váyanse,

ninguno ha de haber.

Segismundo.

Adiós.

Jornada segunda

Pang. 33

+ Jornada segunda de Amar sin favorecer

Pang. 34

Sale Cosme con un vestido de mujer debajo del brazo y guardainfante.

Cosme.

Digo que un loco hace ciento,

y en el número de tantos

entro yo, pues que Lisardo

con el espíritu vano

que le culpan los atentos

y le disculpan los años,

me tiene en solos tres días

que ha que le hospeda Palacio,

y que me encargó su coche,

sin saber adónde traigo

la cabeza; que no quiere

dejarse ver en su cuarto

si no es de Laurencio y yo,

aunque le dio el Rey criados.

Ya amanece, y ya en el Parque,

a la puerta falsa me hallo

con el frío, y a la hora

que ayer me mandó, he llegado.

Orden de no llamar tengo,

pues siéntome aquí y aguardo.

Siéntase en el umbral de una puerta, y asómase Beatriz a una ventana que estará encima, y vuélvese a levantar Cosme.

Beatriz.

Cosme.

Cosme.

Señora.

Beatriz.

El vestido

de mujer, que te he encargado,

¿le traes?

Pang. 35

Cosme.

Sí; más hecho a ojo,

que como de tu tamaño

dijiste que era la dama

sin saber para ajustarlo

más patrón ni más medida,

el maestro temerario

cortó por adonde quiso,

al mercader pagué el hilo,

y esta es la cuenta del sastre.

Echa una colonia de la ventana, donde ata el vestido Cosme, y ella le sube.

Federico.

Mas que me besa las manos,

que los sastres en las cuentas

envían muchos recados.

¿Traes la mascarilla?

Cosme.

Sí.

Federico.

¿Te ha visto alguien?

Cosme.

Es temprano.

¿Quieres que le suba?

Federico.

No,

átale aquí, y entretanto

advierte lo que te digo.

Cosme.

Ya sé que esto he de callarlo,

y a Laurencio más que a todo.

Federico.

Así nos importa a entrambos:

a ti el premio o el castigo,

y a mí el gusto o el enfado.

Cosme.

Ahora tengo más que hacer.

Federico.

Aquí te queda esperando

a Laurencio, y di que aguarde

una mujer con cuidado,

que ha de venir en mi busca

con ella y grande recato;

ha de subir la escalera

principal, con que en entrando

en mi antecámara, luego

se ha de volver sin dar paso

más adelante, y dejarla,

esto se entiende, cerrando

tras sí la puerta, sin que haya

a la mujer preguntado

quién es, y sin que me vea

me avise, que así lo mando.

Cosme.

Y así le daré la orden.

Federico.

Pues Cosme, ya que sois cauto,

(A este le he de quitar una

sospecha con un engaño).

Sabed que en una tartana

el más perfecto milagro

de la hermosura me viene

desde Polonia buscando.

Y como yo no soy bobo,

y ella tiene amor, la saco

de vestir, por si la obliga

al retorno el agasajo,

que he visto a muchas mujeres

irse huyendo del regalo.

Cosme.

Pues ¿no fuera mejor...

Pang. 36

Beatriz.

Basta,

que ese es ya mucho lilao;

yo resuelvo desde arriba,

vos replicáis desde abajo,

y no es vuestro entendimiento

para consejos tan altos.

Cosme.

Muy bien decís.

Beatriz.

Ya está echada

la suerte, corran los dados;

con muchos azares pierdo,

mas con un encuentro gano.

Vase y siéntase en el mismo umbral Cosme.

Cosme.

Él es como una pimienta.

Sale Federico y Papagayo.

Federico.

Mira atento, Papagayo,

si está Laurencio en el patio.

Papagayo.

¿Qué Laurencio?

Federico.

Aquel criado

de Lidoro.

Papagayo.

Segismundo

querrás decir.

Federico.

Ya me canso

de tu malicia.

Papagayo.

Y yo, y todo,

de tu fuego; mano a mano

te tiras conmigo y paras

a envite más y doblado.

Federico.

Basta.

Papagayo.

Basta.

Federico.

Si a Laurencio

vieres, dile que le aguardo

junto a los álamos negros

de la fuente retirado,

de sus altezas y todo

el séquito cortesano,

a quien la estación del estío

convida a gozar del campo.

Papagayo.

El madrugar por la infanta

me tiene ya rematado

y derretido, yo y todo

la pretendo.

Federico.

¿Estás borracho?

Papagayo.

Pues no es quien me quita el sueño

quien me tiene enamorado.

Federico.

Ya parece que las damas

vienen.

Papagayo.

Pero muy despacio.

Federico.

Es objeción como suya.

Mirando adentro.

Papagayo.

Fuera impropio que los astros,

las que lucen como soles,

alargasen los pasos.

Mas ¿desde cuándo acá Arnesto

en servir se ha declarado

a Irene?

Federico.

Desde que yo

lo permito, es desde cuándo.

Papagayo.

Allí viene Segismundo,

digo, Laurencio.

Pang. 37

Federico.

Habla paso,

quédate y dispón que nadie

entienda que yo le llamo,

que te quitaré la vida.

Papagayo.

De un recatillo es barro,

no me martirices.

Vase.

Federico.

Vete.

Sale Segismundo por la parte por donde está Cosme; sale por en medio Irene, acompañada de Arnesto; al ir a hablar con Segismundo Papagayo, llega Cosme y él le detiene.

Papagayo.

¡Ay, que eres, por lo callado

y en público, Federico,

en secreto Diocleciano!

Cosme.

Bendito Dios, que has venido.

Papagayo.

Hacia allá voy.

Segismundo.

¿Qué hay, Cosme?

Papagayo.

Malo;

ya no puedo llegar hasta

que se aparte aquel villano.

Irene.

Y, pues en esta academia

en música, que ha trazado

el Rey para que a Lidaura

divierta el gustoso espacio

que duren las conclusiones

de amor, decid de qué bando

sois, qué opinión defendéis,

y con qué asunto.

A Cosme.

Segismundo.

Es estraño

Lidoro: a su dama quiere

tener dentro de palacio.

Cosme.

Escuchadme.

Papagayo.

Apaña el viejo.

Arnesto.

Yo, señora Irene, declaro

que es fino amor el que no

se oculta al objeto amado.

Irene.

Y Federico,

¿qué defiende?

Arnesto.

Que amor es más fino cuando

es aborrecido el que ama.

Irene.

Y Lidoro,

Arnesto.

que el más cauto

amor fue siempre el más fino.

Irene.

Argumentos disputados

serán.

Segismundo.

Digo que estaré

en este sitio aguardando

hasta que venga la dama.

Vase.

Cosme.

A Dios.

Al ir, se [ilegible] .

Papagayo.

Ya hay lugar.

Sale Beatriz de mujer con mascarilla, a Arnesto.

Beatriz.

Hidalgo.

Papagayo.

Ya no le hay.

Irene.

¿Quién con Laurencio

será la que miro hablando?

Segismundo.

Venid a donde Lidoro

os espera.

Beatriz.

Vamos.

Pang. 38

Vanse Segismundo, y Beatriz. Sale el Rey, Lidaura, y acompañamiento. Vase Papagayo por donde Segismundo, y Arnesto siguiendo a Papagayo.

Federico.

Vamos,

mas, ¡ay!, que Lidaura bien,

al noto de que me aparto,

ya se va, y hasta que lo

cite, no puedo llamarlo.

Arnesto.

Curiosa preguntó Irene

lo que debe mi cuidado

inquirir; iré siguiendo

aquel extranjero gamo.

Las damas salen con sombreros y muletillas.

Lidaura.

¿Cómo llegaste más presto,

Irene, a este sitio?

Irene.

El paso adelanté,

divertida,

sin hablar del agasajo

que te previene esta tarde

Su Majestad.

Rey.

Será un rato

a mi parecer gustoso,

que a tres ingenios he dado

tres asuntos, y han escrito

conformes en ser contrarios;

en la música están puestos;

las controversias llevando

cada opositor que cante

lo que defiende, y darás

introducción en la Academia,

porque dances tú, mas ya

es el Príncipe Lidoro.

Lidaura.

¿Cómo?

Rey.

Habiéndose encargado

de uno de los tres intentos,

dice que para cantarlo

nuestra música le sobra,

y que sin ningún ensayo

él tiene quien esta tarde

se sabe llevar los aplausos

con que el papel de la solfa

le remita, y se le he enviado.

A Lidaura.

Irene.

Sin duda será una dama

que Laurencio acompañando

fue desde aquí.

Lidaura.

Pues Laurencio,

entre demás de derrotado

y extranjero, ¿tener puede

introducción?

Irene.

No lo alcanzo.

Lidaura.

Yo sí; porque los indicios

no es posible que sean falsos.

Rey.

Añade Lidoro y dice

que él sabe que ha de estar malo

al principio de la fiesta,

porque se deshace en llanto.

Pang. 39

Berrueco.

oyendo cantar, y pide

que le den por escusado

ya su Laurencio licencia

de ir por él; y así, faltando,

con queja y achaque, ajusta

el cumplir, y quedar sano.

Lidaura.

Ya por descifrar la enigma

o la necedad, el plazo

de aquí a la tarde dejé,

que se concluya.

Rey.

Al descanso

me llama ya el ejercicio;

tú puedes irte a abrigarlo,

cuando quisieres, Lidaura.

Lidaura.

Guárdeos Dios mil años.

Rey.

Irene, los dos no somos

partícipes de su cuidado;

aquí el dolor de Lidaura

nos obliga.

Irene.

Sí.

Rey.

Pues vamos

a discurrir el remedio,

ya que no alcanza el daño.

Vanse los dos.

Lidaura.

Irene.

Irene.

Fue con tu padre.

Lidaura.

Pues dejadme sola.

Irene.

Extraño

efecto del guardar.

Vase.

Lidaura.

Viven

los cielos, que con vil trato

se mancomuna mi corte

contra mi juicio.

Cuchilladas dentro; un Capitán.

Capitán.

Mataldos,

si se resisten.

Dentro Papagayo.

Papagayo.

Teneos,

que es Segismundo.

Dentro Segismundo.

Segismundo.

Villano,

mientes.

Lidaura.

¡Ay Dios!

Sale Papagayo desbaratado, y se entra por donde se fue Federico, siempre duran las cuchilladas, hasta que salen.

Papagayo.

Federico.

Lidaura.

Hombre aguarda.

Papagayo.

Voy volando,

que matan a Segismundo

y a Arnesto.

Vase dentro.

Segismundo.

Jamás mi brazo

rindió la espada.

Salen peleando Segismundo y Arnesto con el Capitán y las guardias, y ellos les quitan las espadas; y Segismundo se pone la espada a los pies de Lidaura, y también Arnesto.

Capitán.

Teneos,

póngalos a la Princesa.

Segismundo.

Que es donde

mi noble acero consagro.

Arnesto.

Donde se ilustra el mío.

Pang. 40

Lidaura.

Capitán, contadme el caso.

Capitán.

Estaban los dos riñendo.

Sale Federico desatinado, arroja la capa en ambas manos al paño, saca la espada y detiénese de golpe viendo a Lidaura. Sale Papagayo.

Federico.

Sin hacerme pedazos,

como a quien el alma doy

por la amistad...

Lidaura.

Sosegaos.

Federico.

Estatua soy.

Segismundo.

Error truje.

Lidaura.

Indicio fiel.

Papagayo.

Gordo caldo.

Lidaura.

Rendid la espada.

Pone su espada donde las otras dos.

Federico.

No es fácil,

porque a vuestros pies la envaino.

Papagayo.

Aquel es un truhán delgado

que se cayó barajando.

Arnesto.

Yo encubriré el empeño.

Segismundo.

Descubrióme el sobresalto

de Federico.

Federico.

La industria

ha de enmendar el acaso.

Lidaura.

Templada está la razón

de mi poder, porque aguardo

la del delito; aunque ofenda

la inmunidad de Palacio,

proseguid vos.

Capitán.

Con gran furia

se estaban los dos tirando.

Llegué con la guarda y quise

desarmar a aqueste hidalgo,

que no conozco, y dejé

al Conde Arnesto debajo

de su palabra. Este tardó;

el yerro que, en breve espacio,

los que primero enemigos

vi, después confederados

contra mi puesto y mi gente,

hasta que a tus pies llegaron.

Lidaura.

Decidme vos el motivo

de vuestro disgusto.

Segismundo.

Al lado

estaba yo de una dama,

y en conocerla bizarro

Arnesto se empeñó; mas

curioso que cortesano

cansóme su diligencia,

y al verme cerca del cuarto

del Príncipe, mi señor,

dejé en él la dama y, dando

la queja a la demasía

de Arnesto, respondió airado.

Pang. 41

Arnesto.

lo bastante para hacerme

sin dilación su contrario.

Lidaura.

Para lo que no se sabe,

¿qué causa pudo obligaros?

Arnesto.

Dar ocasión de tenerla

por estar de antes picado

(oculte una verdad otra),

porque Irene quede en salvo.

El que encubriéndose el rostro

siguiéndoos iba los pasos

tres noches, a que Laurencio

quedó por vuestro mandado

a reprender su osadía,

y con más desembarazo

me dio la respuesta entonces

del que fuera necesario,

replicar quise; llegó

Federico, acreditando

que era Segismundo, y viendo

que es el duelo sin agravio,

con la sumisión debida

a Segismundo le hablo,

mas después que en la distancia

de ser Laurencio reparo,

callé con gana de hablar, y

porque me pareció el caso

poco para repetido

y mucho para dejado,

y tuve ocasión de darla,

logréla; llegó a turbarlo

el Capitán y a prendernos,

Laurencio negó irritado

la espada. Viendo que a mí

no me la piden, y el acto

de valor con que a la muerte

se dispuso temerario,

me obligó a que en su defensa

me opusiese a los soldados,

con que de entrambos el duelo

se ha vuelto culpa de entrambos.

Lidaura.

¿A vos, para qué con tan loca

destemplanza os vi tan falto

de prudencia?

Federico.

Porque viendo

Arnesto, a quien idolatro

con la amistad que escucho,

que le dan la muerte, infamo

mi sangre, si no me arrojo

a derramarla a su lado.

Pang. 42

Lidaura.

A Segismundo nombraban

también.

Federico.

Es que este villano,

como es necio, no hay quien pueda

reducirle al desengaño.

Lidaura.

¿Lo dirá por Laurencio?

Federico.

Sí, señora.

Al Capitán.

Lidaura.

No me espanto.

(¡Válgame el entendimiento,

si para mostrarlo valgo!)

A mi padre no deis cuenta

del suceso, retiraos

con la guarda.

Papagayo.

Un ángel eres.

Lidaura.

Y poned este lacayo

por embustero en la cárcel

luego, al punto.

Papagayo.

Eres un diablo.

A dos o tres soldados.

Capitán.

Traelde.

A los tres que las toman.

Lidaura.

Tomad vuestras armas.

Soldado 1.

Venid.

Agárranle.

Papagayo.

Afuera, pugamos.

Resístese.

Lidaura.

Así mi sospecha encubro.

Capitán.

Anden.

Soldado 2.

Téngase.

Lidaura.

Llevaldo.

Llévanlo el Capitán y los soldados.

Papagayo.

Anden y téngase, ¿es

cofadre de Jueves?

Soldado.

Vaya, embustero.

Papagayo.

Hombre, mira

que piensas que soy mi amo.

Lidaura.

Cuando la justicia tuerzo,

solo atenta a la piedad,

la pródiga autoridad

que me dio mi padre ejerzo;

y aunque las leyes oprimen

al valor, pues no es disculpa

ser el aire de la culpa

que tenéis, perdono el crimen.

A vos, Laurencio, una acción

noble os ha calificado;

vos honesto habéis buscado

despique en una ocasión;

y, ciego de la amistad,

vos, Federico, después

todo lo atropelláis; y pues

yo abono la ceguedad,

el pique y la acción pruebo,

que Laurencio por su fama

volvió, en volver que su dama

su valor demuestra Arnesto,

dando al designio un alcance.

Pang. 43

Rey.

y Federico se arroja

donde la noble congoja

de su amistad busca el trance.

En lo contrario anduvieran

Laurencio sin bizarría,

cobarde Arnesto sería,

Federico no cumpliera;

pues si entre acciones llanas

el premio que se hallara es crimen,

cualquiera que acude así

a su amigo o a su dama,

ocioso el castigo es,

y así reducir intento

a un solo agradecimiento

la culpa de todos tres.

Federico.

Rey.

Arnesto.

Permite.

Segismundo.

Consiente.

Los tres.

Que a tus plantas...

Aparte.

Rey.

Levantaos,

que esta generosidad

oculta un volcán ardiente.

Aparte.

Federico.

Amor, logra la ocasión

que te anima y te consuela.

Aparte.

Segismundo.

Celos, dadme una cautela

que descubra un corazón.

Lidaura.

Laurencio.

Segismundo.

Señora.

Lidaura.

¡Oh quién

supiera el contrato aleve

en el empeño que os mueve!

Estimo el riesgo y lo bien

que vuestra sangre os anima.

Aparte.

Federico.

Al pecho el mal se reduzca,

que aunque Laurencio le juzga,

por Segismundo le estima.

Segismundo.

De humilde sangre nací,

mas yo sé que aunque soy tal,

hay quien su sangre real

diera por la que hay en mí.

Lidaura.

¿Por qué razón?

Segismundo.

Atended.

Aparte.

A su interlocutor.

Lidaura.

¡Ay cielos, si algún indicio

resultase en beneficio

de mi sospecha!

Hablad.

Segismundo.

Sabed

que el príncipe mi señor,

ya que hay en mí parte alguna

que estiméis, en mi fortuna

debe envidiar el favor.

Luego a dar mi razón viene,

Pang. 44

Segismundo.

justa, aunque se juzgue necia,

pues lo envidioso se precia

en más de lo que se tiene.

Lidaura.

Si era el Príncipe error

en envidiaros, creed

que de mí a vos es merced

lo que juzgáis que es favor.

Ese nombre incompatible

lo desigual no consiente,

que la merced que se siente

el favor es imposible.

Segismundo.

Pues si adoro amante fiel,

¿no merecerá por sí

que lo que es merced en mí

llegue a ser favor en él?

Lidaura.

Muy poco me satisfago

de vuestra capacidad,

pues con vuestra necedad

pagáis la merced que os hago.

Venid, Arnesto, y veréis

si hablar a mi padre quiero.

Segismundo.

Ya sin aquel susto quedo.

Federico.

Corazón, no desmayéis;

Vanse Lidaura y Arnesto, recátanse.

Lidaura.

mi venganza verá el mundo

si el engaño verifico,

mas, ¡ay!, que si Federico

no miente, no es Segismundo.

Segismundo.

Yo os busco.

Federico.

Yo he menester

hablaros.

Segismundo.

¿Adónde?

Federico.

Aquí.

Segismundo.

¿Está solo el parque?

Federico.

Sí.

Segismundo.

Vedlo mejor.

Vase Federico, abre una puerta Beatriz vestida de hombre, y que vuelve Federico, la vuelve a cerrar y se queda en ella entreabierta.

Federico.

Voylo a ver.

Beatriz.

Ya que el papel se entabló

de dama y miró a Laurencio,

voy, mas válgame el silencio,

que Federico llegó.

Segismundo.

¿Hay alguien?

Federico.

Solos estamos.

Segismundo.

Pues decid.

Federico.

Vos comenzad.

Segismundo.

Enhorabuena.

Federico.

Abreviad.

Beatriz.

Si los oyen, veamos.

Segismundo.

Quise desde que llegué

hablar sobre esto, advertid

Pang. 45

Federico.

No hubo testigo, proseguid,

Segismundo.

Berrueco.

Se pique.

Segismundo.

La palabra os he tomado

de callar quien soy.

Federico.

Y yo

os la tomé de que no

os descubriréis.

Segismundo.

La he dado

y saber deseo por qué

me la pedisteis a mí.

Federico.

De pedirme la que os di

dad razón y os lo diré.

Segismundo.

Del mar salí naufragando

y así en fortuna tan corta...

Federico.

Eso es público y no importa

que lo dejéis, adelante.

Segismundo.

No porque pobre me vía

que me disfrace entendáis,

que declarar donde estáis

el que soy, me enriquecía;

otro motivo me deja

en el estado que vivo.

Federico.

Pues declarad el motivo

y despediré la queja.

Segismundo.

Viendo a mi competidor,

Lidoro, me cubrió un yelo,

que quien sirve sin recelo

es loco o no tiene amor,

y atento solo al gravamen

que me puede disculpar

estoy con él por estar

introducido al examen;

(resquicio no hay que se abra

al daño que mi atención

ignore) esta es la ocasión

por que os tomé la palabra,

y antes que salga de aquí

ni oiga lo que os diré

me habéis de contar por qué

me la tomasteis a mí.

Federico.

No habrá razón que lo impida.

Segismundo.

Que yo proseguiré es llano.

Berrueco.

El vomitar es muy sano,

dicen que alarga la vida.

Federico.

Sabed que a la infanta adoro.

Segismundo.

¿Qué escucho, válgame Dios?

Federico.

Y más celoso de vos

que vos lo estáis de Lidoro.

Pang. 46

Federico.

en esto el romano fundó

la palabra.

Segismundo.

¡Ay caso igual!

Federico.

Porque a mi amor le está mal

que os declaréis, Segismundo.

Segismundo.

¿Y os halláis favorecido?

Federico.

Que calle es fuerza quien ama,

si es dichoso por la dama,

y por sí, si no lo ha sido.

Segismundo.

Sin duda en la antigüedad

del amor somos distantes.

Federico.

Pues a no ser mi amor antes,

no ofendiera la amistad.

Segismundo.

Este empeño entre los dos

nunca entendí que lo fuera.

Federico.

Pues a pensar que le hubiera,

os embarazárades vos.

Segismundo.

Luego en mi amistad

no es culpa el amor.

Federico.

Yo lo concedo.

Segismundo.

Ni de vos quejarme puedo.

Federico.

Nadie debe la disculpa.

Segismundo.

Esto es competencia igual.

Federico.

Ninguno al otro es ingrato.

Segismundo.

Yo el corazón di al retrato,

Federico.

yo el alma al original.

Segismundo.

Pues aconsejadme, amigo,

que he de gobernarme yo

por vuestro voto.

Federico.

Eso no,

yo a obedeceros me obligo.

Segismundo.

Mirad en qué os empeñáis.

Federico.

En todo cuanto mandéis.

Segismundo.

Mucho decís.

Federico.

Mas veréis

que con Federico habláis.

Segismundo.

Pues ya que me hacéis decir

y obedecer.

Federico.

Aunque muera.

Segismundo.

Yo si fuera vos, hiciera

lo que haré.

Federico.

¿Qué es?

Segismundo.

Proseguir;

que pues a mí os igualáis,

y la amistad nos da un ser,

lo que yo no puedo hacer

no quiero que vos lo hagáis.

Federico.

Vuestra ha de ser mi obediencia.

Segismundo.

Pues advertid que el concierto

se ajusta en que, descubierto

Pang. 47

Segismundo.

os he de hacer competencia,

que ese Príncipe Lidoro

es un rapaz ignorante,

indigno de ser amante

de la hermosura que adoro;

porque de simple o truhán

nos da evidente sospecha

su estilo.

Berrueco.

Que bien se echa de ver

que come mi pan.

Segismundo.

Y así, pues queda en los dos

la lid que se ha de vencer,

todo yo me he menester

para competir con vos.

Federico.

A tal favor no replico,

porque voy...

Berrueco.

...esto me agrada...

Federico.

...a preveniros la entrada

en público.

Segismundo.

Federico,

hasta mañana se aguarde

vuestra amistad generosa,

que la Academia es forzosa

ocupación esta tarde.

Federico.

Pues en tanto la librea

iré a sacar y escoger

los que se la han de poner.

Segismundo.

¡Oh, cuánto el alma desea

gratificar lo que os debe!

Federico.

Pues hacedme un beneficio.

Segismundo.

¿Cuál es?

Federico.

Sacar un indicio

contra mi opinión de aleve.

Segismundo.

¿Qué decís?

Federico.

Por justa ley

su noble crédito afea

el que (en lo que fuere sea)

habla con engaño al Rey;

y hasta que disculpéis vos

el yerro que cometí,

no daré fianza por mí

que sois Segismundo, adiós.

Segismundo.

Será preciso hasta entonces

que permanezca la fe

de mi palabra y la vuestra.

Vase Federico.

Federico.

Hasta que me disculpéis

vuestra palabra y la mía

están, Segismundo, en pie.

Pang. 48

Al querer irse se detiene porque sale Beatriz.

Federico.

No es tan cierto, uno se echará,

y aun se echará a perder.

Segismundo.

A disimular amor.

Federico.

Ingenio a convalecer

del susto con evacuar

el secreto.

Segismundo.

Señor.

Federico.

Ten,

que está de prisa la voz,

y te ha tomado la vez

la dama que hoy me trujiste;

vino a ensayar un papel

de solfa para esta tarde,

sábele ya, y tú has de ser

quien la lleve a introducir

en la música del Rey,

con la propia mascarilla

en aquel propio cancel

que la dejaste ha de hallar,

que, demás de ser mujer

que si la vieran cantando

se cansara su altivez,

la mascarilla es forzosa,

que como hay festín, y es

para que dance la Infanta,

todas la tendrán también.

Yo no estoy bueno y dispuse

cuando al festín me envíe

que tú vayas en mi nombre

con esta dama, y en él,

como embajador sentado,

pues al Príncipe él por él

representas.

Segismundo.

Pues, ¿no adviertes,

señor, qué falta has de hacer?

Federico.

Esa pregunta es tomaros

la mano, que yo pensé...

Segismundo.

Señor, la opinión ignoro

que quisisteis defender,

y no puedo.

Federico.

En poca agua

os ahogáis, tan poca que

es menos que la que beben

mil tudescos en un mes.

Vos, cuando os toque la tanda,

el amor cauto diréis

que es el más fino, probadlo

y si está bueno comed.

Segismundo.

¿Digo que he de ir en su nombre?

Pang. 49

Berrueco.

Yo, y todo en el tuyo iré,

y adiós, y no me veáis,

cuando la dama os lleve,

que hipocondrios me siento.

Segismundo.

Tu gusto he de obedecer

en todo.

Berrueco.

Claro está eso,

¿no es tan falso el oropel?

Segismundo.

¡Oh, cuánta dificultad

quedan, Amor, que vencer!

Berrueco.

Secreto, busca otro nombre,

que este voló, pues te sé.

Vanse. Tocan chirimías. Sale el Rey, Lidaura y Irene, y el capitán de la guarda; el Rey leyendo una carta.

Rey.

Cesen los instrumentos

que se tocan,

y a la fiesta convocan

hasta que tengan orden en contrario.

Lidaura.

¿Qué efecto puede ser el que tan vario

en mi padre prohíbe

que empiecen la Academia que apercibe?

Irene.

En cuanto puede, trata del examen

de su tristeza, y hoy con el dictamen

que te refiero, me llevó consigo

desde el parque, juzgándome testigo

de tu pena.

Lidaura.

Leyendo está sin gusto.

Rey.

Hija, esta carta me previene un susto.

Lidaura.

¿Qué dice, y cúya es, que tan violenta

se atreve a tu semblante?

Rey.

Escucha atenta:

Ladislao me la escribe,

tío de Segismundo, y según me

dudo, porque me da la norabuena

de que ya Segismundo (¡ay raza ajena!)

estará en Dinamarca con la propia

adoración en ti, que dio a tu copia,

porque ya se fió al mar.

Lidaura.

¿Qué hay que recelar?

Rey.

Saber que sumergidos dos bajeles

yacen a la inclemencia de Neptuno,

y puede ser del transilvano el uno,

pues el otro se sabe

que de Lidoro ha sido.

Lidaura.

Indicio es grave

de que ha tomado el nombre de Laurenio

Segismundo, con bárbaro silencio.

Irene.

Señor, ya te ha informado

quien la tormenta vio.

Pang. 50

Cosme.

que el mar airado

dos vidas perdonó,

y esta fortuna

repartió a la tierra cada una

en bajel diferente,

pues Laurencio se informe de la gente

que en el suyo venía, con que es llano

que cesa la apariencia.

Rey.

Si el transitano

ahora el discurso mi esperanza alienta,

hubiese perecido en la tormenta,

como Laurencio hubiera rescatado

tan infeliz suceso a mi cuidado;

no es posible: la fiesta se comience,

mas porque esta razón que me convence

quede sin el escrúpulo, conforme

estoy contigo; luego haré el informe.

Tocan las chirimías, y en tanto el Rey, y Lidaura, y Irene a la izquierda un poco desmentido el taburete. Federico al lado de la Infanta. En la misma forma junto a él la 1.ª música, a estotro lado Arnesto junto a Irene, y la 2.ª música junto a él. Y luego se sienta a la punta del teatro Segismundo con Beatriz 3.ª música, donde tendrá sus taburetes. Todas las damas salen con mascarillas, y las dos que estaban en el teatro se las ponen. Y estará detrás de la silla del Rey un cuatro, que empezará a cantar en cesando las chirimías.

Músicos.

Que las conclusiones de amor

por festejar a su alteza

un festín las introduce,

un certamen las convierte;

el que aborrecido ama,

el que publica su pena

y el que la encubre, disputan

cuál es la mayor fineza.

A Federico se elige

para la opinión primera,

mándase que la proponga,

pero no que la defienda.

Federico.

Que el aborrecido ama,

el más fino enamorado

a defender se ha obligado

aquí mi propio interesa.

La Osorio, 1.ª

Pues yo soy del propio sentir.

Salinas, 2.ª

Yo no.

La Osorio, 1.ª

Yo sí.

La Vecona, 3.ª

Yo no.

La Osorio, 1.ª

Yo sí,

y debe ser el adalid.

Salinas, 2.ª

Pues oír, ver y cantar.

La Vecona, 3.ª

Pues ver y cantar y oír.

Lidaura.

Con ansia estoy de saber

quién será la forastera.

Beatriz.

¡Cuándo ese poder, ay, cielo,

descubrirme a la princesa!

Rey.

La opinión segunda es

la que Arnesto manifiesta.

Pang. 51

Rey.

permitirle que la diga,

que la dispute se ruega.

Arnesto.

Que el que amando da daño

a quien adora, el destino

que le indigna, es el más fino

amante, mi fe juzgó.

Segunda.

Yo

lo defiendo hasta morir.

Tercera.

Yo no.

Segunda.

Yo sí.

Primera.

Yo no.

Segunda.

Yo sí,

y he de ser el adalid.

Tercera.

Pues oír, ver y cantar.

Primera.

Pues ver y cantar y oír.

Federico.

Sin declararme a la infanta

no he de salir desta pieza.

Lidaura.

No he de salir de este cuarto,

aquella mujer sin verla.

El Rey.

A Laurencio que Lidoro

toca la opinión tercera,

conceden que la declare

y Lisorián que la mantenga.

Segismundo.

Yo afirmo que no hay compás

para medir la mayor

fineza, que hay en amor,

como no hablar dél jamás.

Tercera.

Más

es, y yo lo he de argüir.

Primera.

Yo no.

Tercera.

Yo sí.

Segunda.

Yo no.

Tercera.

Yo sí,

y he de ser el adalid.

Primera.

Pues oír, ver y cantar.

Segunda.

Pues ver y cantar y oír.

(Los tres que están sentados y otros dos saldrán con Lidaura, Irene, y las tres músicas a hacer un lazo, que al hacerle han de reparar que queda decir dos versos Beatriz a Lidaura, y al deshacerle otros dos Lidaura a Beatriz; para esto dará lugar la música.)

El Rey.

Y a las tres proposiciones,

airoso el festín empiece,

para dejarle hasta cuando

los argumentos convenzan.

Federico.

Lidaura, advierto que

hablaros antes que me vaya, espera.

Lidaura.

Yo os daré lugar de verme

en cesando la academia.

El Rey.

Cada uno de los tres

concluya probando el tema,

y niegue a los otros dos

las opiniones que llevan.

Federico.

Nadie su amorosa llama

publica sin su interés.

Pang. 52

Primera.

y la que se oculta es

triunfo inútil de la dama

el que aborrecido ama

sacrifica su firmeza

al rigor de una belleza

en las aras del olvido

luego el que ama aborrecido

hace la mayor fineza

Segunda.

El que aborrecido

no se vence a sí

como sabe que vive muriendo

muere por vivir

Tercera.

Esa consecuencia

tiene de civil

el pensar que un amante que adora

no quiere morir

Segunda.

Yo digo que no

Primera.

Yo digo que sí,

Tercera.

Litigad proseguid

discretas canoras, constantes

veloces

Repitan

Todas.

que los duelos en música a voces

se han de concluir

Arnesto.

Quien no se declara vence

lo que usurpa a quien lo ignora

quien aborrecido adora

se venga, que amando ofende

solo es más fino el que atiende

a decir lo que en él alcanza

al dueño de su esperanza

pues en su amante inquietud

ni usurpa la esclavitud

ni es la esclavitud venganza

Tercera.

Del que se declara

el premio es el fin

y así solo se quiere el amante

que aspira a feliz

Segunda.

Quien dice su amor

no sabe fingir

y se entrega al objeto que adora

sin cautela vil

Tercera.

Yo digo que no

Segunda.

Yo digo que sí

Primera.

Litigad,

proseguid

discretas canoras, constantes

veloces

Repitan

Todas.

que los duelos en música a voces

se han de concluir

Pang. 53

Segismundo.

Amar, querer, y servir

sabe, quien sabe callar;

quien ama no sabe esperar,

quien sirve no sabe argüir,

quien quiere no sabe decir

qué quiere, luego se infama

el que aborrece la dama,

y el que dice su amor, pues

solo el que le oculta es

el que sirve, quiere, y ama.

Primera.

Muy de monjuelo

quiere presumir

el que pone al ardor que le abrasa

de yelo el barniz.

Tercera.

Amor que la paga

se atreve a pedir

si le falta en la guerra

ardid

dispone un motín.

Segunda.

Yo digo que no.

Tercera.

Yo digo que sí.

Segunda.

Litigios proseguid

discretas canoras, constantes,

veloces,

Repitan.

Músicos.

Que los duelos en música a voces

se han de concluir.

Vuelvan a danzar. En un encuentro de una mudanza hablan Lidaura y Beatriz, y a los que esto da lugar la música, y siempre prosigue hasta que Laurenzo, hecho la reverencia al Rey, los del sarao se levantan.

Rey.

Ya que sirviendo a Lidaura

ninguno sin premio queda,

a dar fin a la academia.

Beatriz.

Desde que entré aquí conozco

quién eres.

Lidaura.

Pues no me pierdas.

Rey.

En argumentos que apoyan

opiniones tan discretas,

la alabanza es la censura

y es la unión la competencia.

Adiós, Lidaura.

Lidaura.

Él te guarde.

Segismundo.

Vamos.

Rey.

Laurenzo.

Segismundo.

A que vuelva

aguarda.

A Beatriz.

Beatriz.

Sí haré.

Deje el paño a Beatriz y va donde está el Rey y vase con él y todos los hombres menos Beatriz y se quitan todas las mascarillas.

Rey.

Venid,

destorbarme una sospecha.

Beatriz.

Dispón que nos dejen solas.

Vanse todos menos las dos.

Lidaura.

Irene en mi cuarto espera.

Prodigio airoso, quien eres,

que con la voz me granjeas,

suspendida cuando cantas,

cuando no cantas, atenta.

Pang. 54

Descúbrese y asústase Lidaura.

Beatriz.

Soy quien hace quitar muchas

máscaras en su presencia,

y a las demás facilita,

señora, empezar por esta.

Lidaura.

¡Qué traición!

De rodillas.

Beatriz.

A los engaños

tal nombre no des,

ni pierdas tiempo

entregando a la duda

el que toca a la evidencia.

Lidaura.

¿Pues no eres Lidoro?

Beatriz.

No,

sino quien vio su tragedia

en el mar, y quien del mar

dio con un cofre en la arena,

donde hallé cartas, vestidos,

dineros, y cuanto alienta

a quien sin obligaciones

nace, para que pretenda

acompañar con embustes

su codicia, que a esto fuerzan

las prendas en la mujer

si no es la mujer de prendas.

Lidaura.

Como al fingirte Lidoro

tan otro tu estilo era...

Beatriz.

Porque príncipe dudara,

al que no serlo creyera.

Lidaura.

Levanta y prosigue.

Levántase.

Beatriz.

En cuanto

a que apele a tu clemencia

después que reconocí

de mi peligro la senda;

en cuanto a que ignoran todos

que soy mujer, y que piensa

Laurencio que de su amo

trujo la dama a la fiesta,

y en cuanto a que si importare

proseguir con la cautela

volveré a mi cuarto sin que

me descubran, aunque vuelva,

ni dificultades pongas,

ni argumentes la materia,

que a todo, en todo y por todo,

te dejará satisfecha

si no temiera que salgas

Pang. 55

Beatriz.

Laurencio, y con su presencia

me estorbe el asegurarte

que no es Laurencio.

Lidaura.

Pues deja lo demás,

y di quién es.

Beatriz.

Segismundo.

Aparte.

Lidaura.

¡Oh, qué violenta

saqué de mi valor

el alma una feliz nueva!

Beatriz.

El príncipe Segismundo

es Laurencio, y se cautela

celoso de mí, juzgando

que soy Lidoro. Mas piensa

ya en descubrirse creyendo

que aborrecerme tu esquiva

por mis locuras.

Lidaura.

Pues, ¿cómo

Federico, que desea

mi casamiento, le encubre?

Beatriz.

Porque en tu amistad

estrecha

el lazo de unas palabras

que se dieron, los conserva

competidores y amigos.

Lidaura.

¿Quién tan por menor

la cuenta te dio de [ilegible] ?

Beatriz.

Mi cuidado en la puerta

tan evidentes noticias

sacó de su conferencia.

Lidaura.

Mi presunción acredite

lo que está muy confuso;

mas con el justo resguardo

que debe hacer la prudencia,

¿cómo es tu nombre?

Beatriz.

Beatriz.

Lidaura.

Pues, Beatriz, la estratagema

que te disfraza no es tiempo

de que la ataje la enmienda;

prosigue sin replicarme,

que yo me obligo a que tengas

con el perdón de la culpa

el premio de la fineza.

Beatriz.

A tu poder me consagro.

Lidaura.

Forma daré de que puedas

verme.

Beatriz.

Y yo la doy ahora

de encubrirme de rostro.

Ábrese Beatriz, y sale Segismundo.

Lidaura.

Entra Segismundo,

amor, venganza

y ofrece correspondencia.

Pang. 56

Segismundo.

Venid, que estará Lidoro

aguardando, mas vuestra Alteza

perdone, que inadvertido llegué.

Lidaura.

Donde me enajena

de un enfado, que os llevéis

esta dama, que es muy necia.

Segismundo.

¿Por qué os cansa?

Lidaura.

No es posible

que quiera hablar descubierta.

Beatriz.

(También mi Lidaura tiene

su puntica de embustera.)

Segismundo.

El príncipe mi señor

orden de que no la vean

me dio, pero vuestro gusto

es antes, y así licencia

me dad para que la quite

la mascarilla.

Lidaura.

Es grosera

esa urbanidad, que cuando

consiga por vos el verla

le declaráis al dominio

que puede más la violencia.

Beatriz.

(Así han estado los fuegos

en la ceniza.)

Aparte.

Segismundo.

¡Qué atenta

es la deidad que idolatro!

Lidaura.

(Sin peligro una esperanza

el fuego descubre; toque

el eslabón en la piedra.)

Laurencio.

Segismundo.

Señora.

Lidaura.

¿Dio

el príncipe la respuesta

a mi padre que esperaba?

Admirado.

Segismundo.

¿De qué?

Lidaura.

Pues la confidencia

de valido no es bastante

para que con vos confiera

el príncipe los negocios

que más importan.

Segismundo.

(Ya tiembla

el corazón.) No me ha dicho

nada.

Lidaura.

Nunca lo creyera.

Segismundo.

¿Qué es el caso?

Lidaura.

El que no puedo

decir al que no le sepa,

porque la explicación halla

embarazo en la modestia.

Segismundo.

Luego, ¿os toca a vos?

Lidaura.

Se dice.

Segismundo.

Según eso, ¿será cerca

de casaros?

Pang. 57

Lidaura.

Puede ser.

(Aparte.)

Segismundo.

¡Cómo el pecho no revienta!

Pues ¿cómo el Rey hacer puede

a los que llamó, y no llegan,

ese desaire?

Lidaura.

Si tardan,

el desaire es del que espera.

Segismundo.

¡Cielos! ¿Cómo estoy adonde

por ausente me desprecian?

(Aparte.)

Lidaura.

Mi quietud es su tormento,

apriétese la mancuerda.

Segismundo.

Vos daréis el sí a Lisoro.

Lidaura.

Eso es lo que más desea

vuestra lealtad. ¡Oh, qué afecto

dais a quien os alimenta!

Segismundo.

¿De qué lo inferís?

Lidaura.

De que con la persuasivamen-

te, esta mañana os dedicó

Lisoro esa diligencia.

Segismundo.

Advertid...

Lidaura.

Ya estoy en eso.

Segismundo.

Que Lisoro...

Lidaura.

¿Quién lo niega?

Es galán; el transilvano

afirman que en la tormenta

murió, que es quien hacer pudo

al Príncipe competencia.

Segismundo.

¡Segismundo vive, y vive

el Cielo, que si más aguarda

este precipicio suyo,

desliz, mi palabra quiebra!

Lidaura.

Pues ¿de qué sabéis que vive

Segismundo?

Segismundo.

De que piensan

que en el bajel que yo vine

pereció; pero lo yerran,

y así vuestro padre ya

por mí satisfecho queda,

con que cesará el tratado

de vuestras bodas.

Lidaura.

No es cierta,

a mi parecer, Laurencio.

Segismundo.

¡Ay de mí!

Lidaura.

La consecuencia,

porque mi padre a Lisoro

segura inclinación muestra,

y yo tengo el albedrío

muy sujeto a la obediencia.

Segismundo.

¡Oh, tú, volumen de vidrio

que dos polos te encuadernan,

rompe sus fojas celestes,

y la azul máquina en tierra

caiga, para que, de golpe

pedazos las luces hechas,

se quiebre la infeliz mía!

Jornada tercera

Pang. 58

Berrueco.

entre las demás estrellas,

embocósela de puño

sobre la tetilla izquierda.

Segismundo.

Mas yo le opongo al temor

la dilación de la queja.

Berrueco.

Mas yo no estoy muy seguro

si toma conmigo el tema.

Segismundo.

Ea, paciencia y valor.

Berrueco.

Ea, temor y paciencia.

Segismundo.

Que mañana.

Berrueco.

Que esta noche.

Segismundo.

Sobre aviso.

Berrueco.

Sobre cena.

Segismundo.

Se ha de hacer.

Berrueco.

Se ha de notar.

Segismundo.

Con resolución.

Berrueco.

Con flema.

Segismundo.

Ambiciosa.

Berrueco.

Discursiva.

Segismundo.

Por ti basta.

Berrueco.

Por ti truena.

Segismundo.

Cuántas cosas.

Berrueco.

Cuántos puntos.

Segismundo.

Por fin.

Berrueco.

Por embustera.

Segismundo.

Me tocan del cielo al suelo.

Berrueco.

Me corren de oreja a oreja.

Fin

Sale Federico leyendo dos papeles y Papagayo.

Papagayo.

Pues ya que salí de la cárcel

(gracias al cielo y a Irene)

otra verdad en mi boca

no han de ver. Viva quien miente,

solo sí que al amo sirvo

por el decir de las gentes.

Voto, de tres le debo

o el que enojé que me lleven

o el que apuré que me vuelvan

o el que diga que me suelten,

dos letras por mi esclavo

gasta el amo más hereje

que porque se le conozcan

le hierra gruesa una ese

y por ti, cuando le ve

en prisión le hace la eme.

Federico.

Cielos, ¿qué es esto que miro

con señas tan diferentes,

que es indicio de la vida

la amenaza de la muerte?

¡Oh, cuánto que a Segismundo

comunique estos papeles

importa!

Sale Segismundo muy de prisa mirando al vestuario y cuando entra le detiene Federico.

Segismundo.

Sin que lo note

Pang. 59

Segismundo.

nadie ha de saber que eres

mujer.

Federico.

Amigo, esperad.

Segismundo.

No es posible detenerme.

Federico.

Que me dejéis no es posible.

Segismundo.

Hay un grande inconveniente

de amor en quedarme.

Federico.

De honra,

si no aguardáis, puede haber.

Segismundo.

¡A Papagayo!

Papagayo.

¿A Laurencio?

Mirando al vestuario.

Segismundo.

¿No ves hacia los vergeles

del parque una dama?

Papagayo.

Y cómo.

Segismundo.

A la que te digo atiende.

Papagayo.

¿No es aquella estrafalaria

tan justa que se conviene

en parecer pecadora,

a modo de penitente?

Segismundo.

Sí.

Papagayo.

Pues ¿qué hay?

Segismundo.

Síguela y mira

dónde va, y al punto vuelve

con el aviso.

Federico.

A ninguna

diligencia se desvele

su cuidado.

Vase Papagayo.

Papagayo.

Según mandan.

Es lástima que no te aten.

Segismundo.

Adonde el honor se nombra,

lugar el amor no tiene;

ya de la causa que tuve

cedí. Hablad en la que os mueve.

Federico.

Para hoy se ha publicado

la entrada vuestra, y ya tiene

Dinamarca esta noticia,

y todos mis confidentes,

que por Laurencio os conocen,

por Segismundo en el muelle

os han de admitir, viniendo

con vos a Palacio.

Segismundo.

Ese

el modo que habéis dispuesto

ha sido.

Federico.

Pues se me ofrece

un reparo que lo implica

todo.

Segismundo.

Decidle.

Federico.

Atendedme;

que aunque habemos discurrido

sobre esto otra vez, no siempre

la dificultad que es grande

a la primera se vence.

Pang. 60

Federico.

conocerá por quién soy,

el Rey, y reconocerme

a mí, no tanto la culpa

que cometí en oponerme

a la verdad, rostro a rostro,

es tan avieso, que pierde

mi crédito el apellido

de noble, y gana el de aleve.

Segismundo.

Ese escrúpulo consiste

en solo el instante breve

que hay de la vista a la voz.

Dáselos.

Federico.

Nuestro lance, que trasciende

de dar la disculpa y pedir

el perdón...

fuerza es que intente

adquirir su desengaño

el ruego, y para no dársele

vos, quedando yo en la gracia

suya, ved esos papeles

que su Majestad me envía.

Lee.

Segismundo.

Su firma en blanco está en este;

y dice aquí: Federico,

mi primo, es muy conveniente

a mi servicio que cuando

esta a vuestras manos llegue

las tropas de vuestro cargo

se junten, y sin perderse

ningún tiempo, marcharéis

a castigar los rebeldes

que en los confines del Norte

civiles discordias mueven.

Y porque en vos la modestia

no embarace que yo os premie

tan señalados servicios

como mi corona os debe,

os doy esa firma en blanco,

porque de que tal merced

hay, escribiendo una

(pues mi nombre os la mantiene),

os la decretéis vos mismo

sin que pedírmela os cueste.

Os hace el Rey (sin mi estorbo)

gran favor. (Cielos, valedme).

Federico.

Segismundo, si esta firma

aplico para valerme

del perdón, no es necesario

que nadie por mí se empeñe,

mas si de vuestra persona

me valgo para tenerle

Pang. 61

Federico.

puedo aplicar esta forma

al logro que amor pretende,

indeterminable dudo,

con afectos diferentes,

lo que debo hacer, y así

vuestra amistad me aconseje.

Segismundo.

En estos lances la duda

es ociosa, y exponerme

no es justo a que mi Rey

en mi inclinación tropiece;

mas por otra parte hallo

que en vos está tan presente

mi proceder, que no es prueba

de mi intención, y pues deben

las quejas para suplirse

procurar desvanecerse,

digo que pidáis la Infanta

en casamiento, y que deje

vuestra culpa a mi cuidado,

que el perdón la diligencie.

Federico.

¿Y si el Rey no lo presume?

Que mi atrevimiento fuese

tan grande como pedirle

a quien sé que me aborrece,

¿qué debe hacer?

Segismundo.

Ya, Federico,

de los límites excede

el rigor que usáis; yo debo

decir lo que el alma siente

(aunque es lo que siente el alma),

pero querer que remedie

la dificultad buscando

arbitrios que la moderen

es acabarme la vida

porque os ofrezca la muerte.

Federico.

Digo que fue inadvertencia,

perdonadme; y porque temple

otra plática el disgusto

que os causa lo indiferente

de mi dictamen, decidme,

¿a qué mujer impaciente

seguía vuestro cuidado?

Segismundo.

A la que en su cuarto tiene

Lidoro, porque salir

la he visto dos o tres veces

por los jardines del Parque,

y con tal recato vuelve

de donde va, que presumo

lo que no digo; que quede

Pang. 62

Segismundo.

lo que es lícito en la boca

ser en la voz inocente;

y así, hasta que Papagayo

venga, es preciso que espere

la razón que trae; en tanto,

resolved lo que os conviene,

que yo cuando me descubra

haré encarecidamente

la súplica que me toca,

por que a mi pesar se abrevie

vuestra dicha, en consiguiendo

el perdón de delincuente.

Federico.

¡Oh, cuánto siento la ofensa

que me permitís!

Segismundo.

¡Qué aleve

esta envidia, pues me exime

que de vuestro bien me alegre!

Federico.

Yo voy a elegirme un premio.

Segismundo.

Y yo a tener el que fuere.

Federico.

Porque...

Segismundo.

Porque de mis males

han de nacer vuestros bienes,

o al contrario...

Federico.

Competencia

injusta.

Segismundo.

Efectos crueles.

Federico.

No ha sucedido en el mundo

lo que a los dos nos sucede.

Segismundo.

Es afecto, quién sabe,

que no explican los que sienten.

Vanse.

Sale Papagayo y mira desde una reja hacia el vestuario, y sale por otra parte Irene.

Papagayo.

¡Vive Dios, que se ha embocado

en el cuarto de la infanta

la que seguí!

Irene.

¿Quién con tanta

osadía aquí se ha entrado?

Papagayo, ¿tú a esas rejas,

qué quieres?

Papagayo.

Disimular.

Las gracias te quiero dar,

porque no me des las quejas;

sus plantas, señora, beso,

pues tu intercesión ha sido

mi rescate.

Irene.

Yo he sentido

mucho que estuvieses preso.

Papagayo.

Dos días tuve de ayuno

en la cárcel.

Irene.

Fue rigor.

Papagayo.

Y si no es por mi señor...

Pang. 63

Papagayo.

Dile que no estoy vano,

quiéreme como a su hijo.

Irene.

Pues ¿cómo no habló por ti?

Papagayo.

Es muy modesto, y asín

ni aun una palabra dijo.

Irene.

Lo que Lidaura mandó

no lo creyera jamás,

Papagayo.

Papagayo.

No fue más

de porque hablé como payo,

mas a luz saldrá la maula

que sabemos yo y mi ayo.

Irene.

Sosiégate, Papagayo,

o volverás a la jaula,

vete, que estás mal aquí.

Papagayo.

No hay que replicar, te quedo,

voy a contar dónde queda

la tapada que seguí.

Vase Papagayo. Sale Arnesto.

Arnesto.

Suplo la desatención

de entrar adonde os ofrezco

decir que lo que merezco,

hermosa Irene, el perdón.

Irene.

Ya espero la novedad.

Arnesto.

Federico ha de tener

a Lidaura por mujer,

y tanta felicidad

consiste en vos.

Irene.

Pues de absorta

me sacad, ¿qué causa os mueve

a juzgarlo?

Arnesto.

Seré breve,

porque el tiempo nos importa.

Computando el Rey el tiempo

que ahora en la Infanta peligran,

con las pasiones del alma,

los instantes de la vida,

y viendo que oculta injuria

su fuerza a las medicinas

(porque el mal que huye el remedio,

el que no se comunica),

opone las conjeturas

al silencio, y averigua,

arguyendo la memoria

y el cuidado lince, el día

Pang. 64

Segismundo.

fijó en que de la Princesa

fue la pasión omitida

lince, y argos en su informe

han sido los que examina

que supo hacer la probanza

con dos testigos de vista

desde que entró Federico

en Dinamarca registra

Su Majestad, que en Lidaura

reina la melancolía

y acuérdase de que, entonces

Federico con altiva

presunción, aunque fundan

en la sangre que le anima

se la pidió, y él atento

al cariño de su hija

si no se la negó en duda

le dejó de conseguirla

dándole competidores

pues convocar determina

en Transilvania, y Polonia

dos Príncipes que la sirvan

Esta formal competencia

que dispuso el Rey consigna

atención porque Lidaura

consorte a su gusto elija

presume que ha sido el móvil

del dolor que deposita

en el alma aquel sujeto

que más que a la suya estima,

pues todo lo verosímil

de los efectos indica

que está amando a Federico

la Infanta; así lo confirma

el Rey con el fundamento

de que en esta ocasión misma

que a Federico su mano

le negó, dio las premisas

de intrínseca, después

vio que su dolor crecía

porque agregó al galanteo

dos Príncipes que compitan

y cuando ya de que el uno

llegaba tuvo noticia

Pang. 65

Segismundo.

la vio muerta en un desmayo,

con que atento verifica

su opinión el Rey, pues muestra

el mal de que se origina

en tres circunstancias todas

firmes y consecutivas.

Consultome este discurso,

y solo me le confía

para que, de él enterado,

le apruebe o le contradiga,

advirtiéndome que, habiendo

solicitado infinitas

veces saber de Lidaura

y de vos la causa fija

de su mal, solo responde

Lidaura que no la explica

porque la ignora; y vos nunca

le descifráis este enigma;

y que así, para que cese

la confusión que le irrita,

está resuelto a casarla

con quien juzga que la inclinan

los astros sin que se oponga

en el término de un día

la dilación al efecto,

ya que Lidaura le intima

siempre que es a su obediencia

solo a quien se sacrifica.

Pues yo, que con Federico

logro un alma con dos vidas

y una vida con dos almas,

porque es nuestra amistad fina

ejemplo de la moderna

y descrédito de la antigua,

atento a que reverdezcan

las esperanzas marchitas

del amigo que más quiero,

aunque sé que aborrecida

es su pasión de Lidaura,

dije al Rey que convenía

casarla con Federico;

y porque en la afirmativa

de su voluntad quedase

con aprobación la mía,

sabiendo que interesado

soy, por confidente y primo,

de mi amigo, os he citado

Pang. 66

Arnesto.

para establecer su dicha

el Rey os aguarda, Irene,

y como no desconfía

de mí, en tanto que le habláis

en un despacho que envía

a Federico, le ha puesto

una merced exquisita,

y es que le ofrece la gracia

en cualquiera que le pida,

creyendo, como es sin duda,

que pues anhela y suspira

por la Infanta, es imposible

que no aproveche la firma

en lo que le importa más,

y el Rey así justifica

el crédito de entregarla

al que empezó a resistirla.

El Rey, Irene, os aguarda;

solo en vuestra voz estriban

los triunfos de Federico,

que venciendo esta conquista

ha de afirmar la corona

de Dinamarca en su digna

frente, con que a vuestra sangre

regia púrpura matiza,

y de adonde se concluya

la conveniencia que os guía,

la voluntad que os conmueve

y la razón que os incita,

en tanto que a Federico

busco para que le diga

mi voz que solo en la vuestra

consiste el logro que aspira.

Quiere irse y detiénese.

Irene.

Aguardad.

Arnesto.

Ya sé que estáis

a mi acción agradecida,

mas por no perder el tiempo

me dilato las albricias.

Quiere volverse a ir y detiénese.

Irene.

Aguardad, que no hay amante,

sino es vos, que quede duda,

a quien ama hacer intente

fineza la grosería.

Arnesto.

Yo os olvido.

Irene.

Y pues qué acuerdo

tenéis de mí, que es indigna

memoria, con la Princesa

de ingrata me califica.

Pang. 67

Irene.

yo, por mi sangre, a mi sangre

he de hacer tanta ignominia

que la envilezca ilustrada,

o la ilustre envilecida;

yo he de pagar a Lidaura

con civil alevosía

los agasajos en culpas,

y en ofensas las caricias;

yo me admiro que quien yerra,

dando extremo a extremo, expira,

consecuencia que le agrada

el propio que le castiga,

y temo que, por favores,

habéis de tener las iras.

Arnesto.

No por faltarme respeto

en el pecho retraída

tengo mi voz delincuente,

sino porque es sola desdicha

horror que entre desiguales,

cuando el inferior porfía,

las réplicas al enojo

le agravan, no le mitigan.

Solo acordaros es fuerza

que os llama el Rey.

Irene.

No es noticia

esa que pude olvidarla,

y así sobra el repetirla.

Arnesto.

Conoced que la amistad

ha sido...

Irene.

La que os obliga

ya lo sé.

Arnesto.

Que el Rey se preste...

Irene.

Arnesto, de inadvertida

me excusan las prevenciones,

y molestan más que avisan.

Arnesto.

Pues...

Sale Lidaura y ve a los paños a Irene y a Beatriz, que se queda allí cubierta con manto.

Sale.

Lidaura.

¿Con quién estás, Irene?

Arnesto.

¡Ay de mí!

Irene.

Con quien me envía

a llamar su padre.

A Beatriz.

Lidaura.

Aguarda.

¿Dónde está?

Arnesto.

En la galería.

Irene.

Decid que voy al instante.

Arnesto.

Ya en mí es atención precisa

ocultar a Federico

el mal que le ha dicho.

Vase Arnesto.

Pang. 68

Llega al paño.

Caj.

Lidaura.

Beatriz.

Irene.

De Arnesto el delito,

en mi silencio se oprima,

que la amistad le disculpa,

si hay disculpa en la materia.

Sale con Beatriz Lidaura.

Lidaura.

Ya sabes que el secreto

que hay en las dos participa

Irene y que su asistencia

en la duración le afirma;

descubre el rostro y refiere

a mi atención como espía

discreta las conjeturas

que tu ingenio sutiliza.

Descúbrese.

Beatriz.

Estoy con algún recelo.

Lidaura.

¿De qué?

Muéstrala.

Beatriz.

De que cuando abría

la puerta falsa del parque,

cuya llave es la que miras,

un hombre vi y desde entonces

él no me perdió de vista

hasta que por los jardines

entré en tu cuarto.

Lidaura.

Sería

alguna guarda y no importa.

Fuera de que si se descifra

todo el engaño con que

del riesgo en que está se libra.

Beatriz.

Y quedo sin mi peligro

y con mi cofre.

Irene.

Sí, amiga.

Beatriz.

Pues allá va un envoltorio

de chismes, otro de cismas

y otro de sustos, agarre

su gana la rabadilla.

Irene.

Antes que empiece y en tanto

que escuchas a Beatricilla,

a saber lo que el Rey manda,

si gustas, es bien que asista,

porque puede ser que importe

la brevedad.

Vase Irene.

Lidaura.

Vuelve aprisa.

Beatriz.

Celos tiene Segismundo,

y como yo al pobre mozo

soy quien le pone iracundo,

tengo un miedo que poco.

Pang. 69

Papagayo.

muy bueno, que es muy profundo

este crïado me enfada,

y cuando así lo condeno,

no sé en conciencia jurada

cómo hay quien diga que es bueno

servirse de gente honrada;

a mano abierta le dio

que de la frente en el hueco

y tanto estruendo causó

el golpe, que con el eco

la cabeza me rompió;

el papel de mano ensaya,

y el de gato cuando toca

el ¡ay de mí!, o el ¡malhaya!,

que si se descoca, coca,

y si se desmaya, maya;

afuera de sobresaltos,

son brincos sus movimientos,

y pienso al verle dar saltos,

que va por sus pensamientos,

como los puso tan altos.

Beatriz.

Al fin vengo a que escondida

me tengas, porque en su airada

furia amenaza mi vida,

iracunda y elevada,

por no darme de vencida.

Lidaura.

Ya estoy de que el cuidado

en que se pone el crïado

no te diré más, y así

te puedes quedar aquí,

pues yo he de ser tu sagrado,

para que en tu artificiosa

novela el susto despene

tu corazón.

Beatriz.

Soy dichosa;

y de más a más conviene

que sepas que soy curiosa,

porque fíes a mi lealtad

el engaño que hasta hoy sigo.

Lidaura.

Tu pregunta es necedad,

que nadie logra conmigo

ninguna curiosidad.

Beatriz.

Pues cepos quedos se estén,

y te doy el parabién.

Pang. 70

Beatriz.

(por que tu fortuna alabes)

de que te asisto; ya sabes

que canto.

Lidaura.

Y que cantas bien.

Beatriz.

Pues yo jugaba una pieza

de la música en Polonia

con grandísima destreza,

y debe ser sutileza,

abrevia esta ceremonia.

Lidaura.

Cuál es?

Beatriz.

Lidoro tenía

un nicho en que me ponía,

oráculo me llamaban,

y a cuantos me preguntaban

en música respondía;

y así dispon que yo cante

de este modo, que imagino

darte gusto, y no te espante

que en música un desatino

se celebra cada instante.

Lidaura.

En la sala de la Audiencia

de estatuas diversos nichos

hay; en uno de la ciencia,

con que tus canoros dichos

responden, haré experiencia.

Beatriz.

Cuándo?

Lidaura.

Luego.

Beatriz.

Hasme poner

un traje de ostentación,

que la fortuna has de hacer,

y el adorno le da el ser

a la representación.

Lidaura.

Enhorabuena.

Sale Irene muy de prisa.

Irene.

Señora,

oye el atrevimiento, con que ahora

busque un arbitrio entre favor atento,

por que deje de ser atrevimiento.

Lidaura.

Muy grande es tu inquietud.

Irene.

La causa es mucha.

Beatriz.

Estorbo?

Irene.

Sí.

Beatriz.

Aquí espero.

Vase Beatriz.

Lidaura.

Dila.

Irene.

Escucha:

el Rey tu padre, ya desesperado

de que des tu pena a su ciudad,

ofendido, y quejoso...

Pang. 71

Aparte.

Irene.

de que al dejar a su elección tu esposo

con humildad tácita respondes

y tu elección en su obediencia escondes,

con un daño, un remedio te procura;

pues por no sé qué indicios conjetura,

(de Arnesto encubro el yerro que no explico),

que a Federico...

Lidaura.

¿A Federico?

Irene.

la inclinación te guía.

Lidaura.

¡Qué impropio en mi padre!, que, a fe mía,

Irene.

y tan resuelto estaba ya en casarte

esta noche con él, sin consultarte

su determinación, que, la experiencia

de que sabe remitirse a su obediencia,

que si no tiene hoy por evidente

que soy tu confidente,

y buscase conmigo descubierto

otra noticia más para el acierto

en darte a quien estimes, cosa es clara

que el bien de Federico efectuara;

mas yo, puesta a la mira

de que a casarse con su gusto aspira,

en sus disposiciones acredito

que la buena intención yerra infinito;

y le aseguro (aunque mi voz le asombre)

que es Federico el hombre

a quien más aborreces.

Lidaura.

¡Bien hayas tú mil veces!

Irene.

Pero no fue bastante

mi persuasión.

Lidaura.

Luego va adelante

con su designio.

Irene.

Fuera,

si yo el errado arbitrio no comprendiera.

Lidaura.

Prosigue, pues.

Irene.

Por última me dijo

que en su resolución estaría fijo;

si ya el que aborreces le nombrara,

el que estimas en más no asegurara,

porque pasión amante era, sin duda,

la que tu natural aflige y muda,

y que fuese el que fuese,

si por ser sangre igual te mereciese,

trataría al instante el casamiento,

y que si no, proseguirá su intento.

Pang. 72

Irene.

Considera en qué trance

la confusión me puso de este lance,

pues porque a Federico no le diera

su Real palabra, que inviolable fuera,

fue preciso nombrar...

Lidaura.

Calla y advierte

que vas a referirla injustamente,

que mi altivo dictamen acobarda,

cómo (¡Irene, ay de mí!) cómo no guarda

un secreto tu labio,

cuya publicidad es el agravio

mayor que puede introducir el mundo

contra mi ser, pues vano Segismundo,

de que mi industria amante le ha conseguido,

se ha de juzgar de mí favorecido,

y mantener pretende mi cuidado

el amor del favor tan separado

que admire al orbe el logro en mi desvelo;

que ya que hay en el cielo

astro luciente que mi mal dispone,

en mí hay obscura sombra que se opone

a su esplendor; la niebla se introduzca

en contra, y aunque el fuego al alma pase

queme como no luzca,

como no alumbre abrase,

que sus méritos dignos atropella

la que la luz no encubre de su estrella.

Irene.

Sin escucharme culpas de imprudente,

y lo que yo he dispuesto es diferente.

Lidaura.

Luego mi padre ahora

mi inclinación y a Segismundo ignora.

Irene.

Sí.

Lidaura.

Y el primer intento

de darme a Federico en casamiento

pasa adelante.

Irene.

No.

Lidaura.

Tuviste modo

para dejarle satisfecho.

Irene.

En todo.

Lidaura.

Qué astucia es el que callaste.

Irene.

Una quimera.

Lidaura.

Pues, cómo pudo ser.

Asústase Lidaura.

Irene.

De esta manera:

diciendo que a Lisoro es al que estimas,

con que de nuevo tu esperanza animas.

Lidaura.

Que suele errar una intención que es buena

has dicho, y es razón que se condena.

Pang. 73

Lidaura.

que tu buena intención y lo que emprende

te hizo errar, ofendiendo

de mi padre el decoro,

pues con él acreditas que es Lisoro

quien sabes que es Beatriz.

Irene.

Casarte fuera

mejor con Federico, o que supiera

que Segismundo ha sido el interbalo

de esa libre quietud.

Lidaura.

Todo era malo.

Irene.

Pues cuando todo lo infestó el veneno

lo menos malo debes llamar bueno,

y por lo que repito

muy bien hallada estoy con mi delito.

Lidaura.

¿Y no extrañó mi padre que un sujeto

tan incapaz pudiera ser objeto

de mi pasión?

Irene.

Absorto, helado y mudo

quedó, pero creyéndolo.

Lidaura.

Ser pudo,

que no hay quien el celeste influjo tuerza,

y es la razón vasalla de la fuerza.

Irene.

Después hizo el reparo de que había

antes de verte en ti melancolía,

a que le repliqué que la causaba

de Federico el odio que te daba.

Lidaura.

Al fin, ya te has dejado persuadir,

(en fe de que Beatriz no ha concluido

el papel de Lisoro) a que es muy justo

que logre yo el mal gusto.

Irene.

Tanto es de verte alegre su deseo

que contra su opinión viene en tu empleo.

Lidaura.

Pues a ver a Lisoro irá sin duda

mi padre, y Beatrizilla es bien que acuda

a su disfraz, y que en su cuarto entre,

para que, si la busca, allí la encuentre.

Vase.

Irene.

Voy a llamarla.

Lidaura.

Amor, tu aleve trato

destruya el pecho, pero no el recato,

hasta que el Transilvano se descubra,

permita el cielo que Beatriz se encubra,

porque mi esfuerzo admire Segismundo,

mi padre, Dinamarca, Europa, el mundo.

Sale Irene y Beatriz.

Beatriz.

¿Yo Lisoro otra vez?

Irene.

Así conviene.

Lidaura.

La réplica es error.

Beatriz.

Lidaura, Irene,

¿yo encerrarme en mi cuarto?

Lidaura.

¿En qué reparas?

Beatriz.

En que estoy con el Rey, que tú me amparas,

y no soy tan perdida, con serlo harto,

que deje un Rey y quiera más un cuarto.

Pang. 74

Lidaura.

Mi pleito se ha de ver.

Berrueco.

Hermoso fruto.

Lidaura.

Y puedes peligrar.

Berrueco.

Juez de Cristo.

Lidaura.

Si no te enmiendas.

Berrueco.

Necio temerario.

Lidaura.

¿Dónde te buscas?

Berrueco.

Es cierto.

Lidaura.

Innecesario.

Berrueco.

Pues convenga lo que conviniere,

me lleven mil demonios si de allá fuere.

Lidaura.

Mira que...

Berrueco.

Si te enojas es locura,

que ha sido juramento de tahúr,

yo iré, mas no me he de volver.

Lidaura.

Advierto

en qué estilo se ha de hablar.

Berrueco.

Sigue el asunto

de fingirte incapaz.

Lidaura.

Porque mi arenga

en la opinión de simple me mantenga.

¿No es verdad?

Berrueco.

Así importa a mis desvelos.

Segismundo a los paños.

Segismundo.

Allí está la mujer, viven los cielos.

Cubriéndose.

Berrueco.

Vete y voyme.

Vanse Lidaura y Irene.

Lidaura.

Esperanza, no seáis locas,

pues huyo lo que quisiéron gozar.

Recatándose.

Segismundo.

Sabréis, es aún que lo impida el mundo.

Berrueco.

¡Ay de mí, que procura seguirme!

Sale.

Segismundo.

Valedme, a mi cuidado.

Vanse corriendo.

Berrueco.

Sea mi velocidad y mi sagrado.

Síguela.

Segismundo.

No te valdrán los pies.

Sale Beatriz.

Berrueco.

A mí mal cierra

el paso aquel jazmín que cayó en tierra.

Llega a abrir con la llave que mostró.

Segismundo en su rama tropezando.

Beatriz.

Esta mi puerta es.

La puerta sale Segismundo, y cuando llega donde el conde se intercepte el golpe que se... acabe.

Segismundo.

Mas no acabe la hora que padece

la pérdida total de todo el goce,

por la principal puerta y de esta

el centro

del cuarto, aunque me salgan a la enconada,

más imposible que asomos visibles,

pero cuando el valor halló imposibles.

Vase y sale el Rey, Federico y Arnesto acompañándolos.

Rey.

¿Cuándo partiréis?

Federico.

Mañana;

pero os he de pedir antes...

Pang. 75

Aparte.

Rey.

que la firma que me disteis

una merced, que es bastante

para que en el mundo cuantos

méritos hay no la igualen.

Porque a Lidaura pidiese,

de liberal hice alarde,

juzgando, ¡ay cielos!, que estaban

conformes sus voluntades.

Arnesto.

Arnesto.

Señor.

Rey.

Haced

que a Lisoro le den parte

de que aquí estoy para verle.

Sale Segismundo.

Segismundo.

Sin que los límites pase

de mi obligación, pues debo

por mi palabra ocultarme,

he de saber...

Quiere entrar, y detiénele Arnesto.

Arnesto.

Señor Laurencio.

Segismundo.

¿Qué mandáis?

Arnesto.

El Rey hablarle

quiere al Príncipe, avisad

que está esperando.

Vuélvese Segismundo. Aparte.

Éntrase y vuelve a salir, y tras él Beatriz vestida de hombre. Hace una reverencia y parece entonces Beatriz.

Segismundo.

Este lance

acaba con mi ser; que esto

es como la Infanta sabe,

y lo dice, con Lisoro

la quiere casar su padre,

y sin duda (¡ay triste!) viene

a este efecto; pues aguarde

otra ocasión el deseo

de ver la mujer, y ataje

este peligro que alcanzo

con ir volviendo al instante

para decir que está fuera

el Príncipe, porque es fácil

que si estorbo su visita

la fuerza de mis pesares

tome otra forma, supuesto

que me descubrió esta tarde.

Rey.

¿Han avisado a Lisoro?

Arnesto.

Ya fue Laurencio y ya sale.

Rey.

¿Qué hace el Príncipe, Laurencio?

Segismundo.

No está en palacio.

Cosme.

¡Qué salvaje!

En falso adivináis

como el pronóstico de Cádiz.

Rey.

¿Por qué negáis a vuestro amo?

Segismundo.

Yo entendí...

Pang. 76

Beatriz.

fue un disparate.

Laurencio, basta que yo os pida

prestado, no hay que negarme.

Al acompañamiento. Llegan sillas.

Quédanse Segismundo y Federico juntos al paño. Vanse los demás.

Rey.

Despejad, que hablar os tengo.

Beatriz.

Sillas, no quede aquí nadie.

Federico.

Quedaré donde los oiga.

Segismundo.

Donde los oiga he de estarme.

Rey.

Atento os he menester.

Beatriz.

Tanto lo estaré, que cabe,

como un gato a los ratones,

como un mirón a los naipes.

Rey.

Atropellando y venciendo

del mar los peligros grandes,

venisteis enamorado

de Lidaura.

Beatriz.

Dios lo sane.

Rey.

Pues fineza tan heroica

y voluntad tan constante,

a quien vuestra sangre tiene,

paga quien tiene mi sangre,

y así esta noche la infanta

os dará la mano.

Beatriz.

Pase.

Federico.

¡Que esto escuche!

Mira hacia adonde están los dos que escuchan.

Segismundo.

¡Que esto sufra!

Beatriz.

Yo le voto a san Marte,

y si no me tengo a nones,

chocará, señor, a pares.

Segismundo.

Federico, si os asustan,

es preciso declararme.

Federico.

Yo os lo concedo y os libro

de vuestra obligación antes.

Beatriz.

Señor, a tan generosa

oferta, a tan principales

demostraciones, y a tantas

vencidas dificultades,

solo con un imposible...

Rey.

¿Cuál es?

Beatriz.

Casarme.

Rey.

¿Es imposible casaros?

¡Cómo sufro este desaire!

Mueve la silla el Rey, y también Beatriz, con miedo.

Beatriz.

Ahora quisiera yo estar

ahogada, para no ahogarme.

Segismundo.

Vuelve a vivir, esperanza.

Federico.

Tormento, vuelve a templarte.

Rey.

¿Casaros es imposible?

Beatriz.

Primero que yo me case

con un sapo, que dé en la boca...

Rey.

¿Dónde...

Pang. 77

Berrueco.

desde el Nilo al Ganjes,

y desde un pobre a un aplaudí-

gen, que es más distante.

Rey.

Das la razón. ¡Vive el cielo

que porque en Lidaura falte

la desdicha de tenerle

por esposo, aunque me canse

su agravio, dudo si debo

ofenderle o abrasarle!

Berrueco.

Señor, cuando en un escollo

(¡tópela!) dio con mi nave

la borrasca, yo conmigo

di en un voto de ser fraile,

y lo he de ser luego al punto.

Aquí no hay iní ni aní,

que a lo más, más, si Dios quiere,

cantaré misa esta tarde.

Levántanse enojados. Aparte.

Rey.

Corrido, más que irritado, estoy.

Berrueco.

Veamos cómo se sale

un corazón de una tripa,

pues yo no he de comutarme

al voto, no, no, porque

sin hijos quiero ser padre.

Federico.

Id, Segismundo, a volver

en público mis parciales

para acompañarle. Quedan

donde sabéis.

Segismundo.

No dilate

esta ocasión mi fortuna,

aquí esperad.

Vase Segismundo.

Federico.

Haced antes que toque,

porque la nueva

dé yo al Rey de que llegasteis.

Rey.

Estravagante es del voto

la devoción.

Berrueco.

Ya se sabe

que en Dinamarca es cualquiera

devoción estravagante.

Rey.

Vuestra Alteza cuando fuere

servido puede embarcarse,

que sin aquel principuto

que esté en mi palacio...

Berrueco.

Nadie,

sino es yo, desde que hay mar,

se ha embarcado con mal aire,

mas no digo más.

Tocan trompetas y timbales y sale Federico.

Federico.

Señor,

los estruendos militares

Pang. 78

Federico.

avisan que Segismundo

ha llegado.

Rey.

No te engañes

como la otra vez.

Vase Federico, despidiéndose.

Federico.

Castigas,

pues, a mi honor grande.

Rey.

Vuestra Alteza se disponga.

Berrueco.

Luego iré a reconciliarme.

Rey.

Digo a partir.

Berrueco.

Me cautiva

el agasajo.

Rey.

Repare que es muy mozo.

Berrueco.

Falta es que os pesa a vos

de que os falte.

Rey.

Extraño sois.

Berrueco.

Nací lejos.

Rey.

Y en fin.

Berrueco.

Ponga y descanse.

Rey.

Tened el discurso verde.

Berrueco.

Es la color de mi madre.

Vase el Rey.

Rey.

Guarde Dios a Vuestra Alteza,

de atenderle quedo inútil.

Berrueco.

De miedo estoy trasudando,

Dios a Vuestra Alteza guarde.

Vanse, tocan y sale Lidaura.

Berrueco.

Voy a desentoldarme.

Lidaura.

Estas bélicas señales

dicen a mi corazón

que llega el aventurero

cerca del mantenedor.

El padrino que le asiste

es el que más temo, ¡ay, Dios!,

qué defensa tendré cuando

va con él mi inclinación.

Descubierto viene, o que

muestra en la valla el valor,

pues para entrar en la liza

la celada se quitó.

Segura está de su parte

la victoria, superior

es la fuerza de los hados

a mi poder, pero no,

que si juzgo que mi albedrío

libre tiene sujeción,

independiente de mí

niego con bárbaro error

todas las prerrogativas

que el cielo me concedió,

y agrego para formar

un oprobio a mi blasón.

Pang. 79

Lidaura.

lo vil de la ingratitud

o lo infame el temor.

Mas ¿para qué me aprovecho

de esta consideración,

si a Segismundo soy de mí

sin violencia (suerte atroz)?

Ay, qué pronuncio, pues mal

o sería la turbación

si sabe mi pensamiento,

que no me excuso al dolor,

si no me puedo negar

lo que conozco. Si estoy

conmigo sola, descanse

el alma, y pues tengo amor

por consultármele a mí,

escandalíceme yo.

Amor tengo, pero vive

mi prudente obstinación,

que no ha de salir del pecho

ni al semblante ni a la voz,

aunque aventure al que estimo

y aunque pierda la ocasión

de vivir (ya que no vive

quien vive sin lo que ama),

atenta a la establecida

ley de aquella obligación

que tienen (o no tener deben)

las mujeres como yo.

Amar es naturaleza,

dijo Irene, y añadió:

favorecer es delito;

acuerdo fue, no lición,

que nunca pude ignorar

los preceptos del honor,

y así aunque muestre el disfraz

del Príncipe la afición

que ostenta, fui a sentir

por sentirme ser humano,

y aunque de ingrata parezca

mi fe la injusta opinión,

por cuya causa las vidas

aventuremos los dos;

si es que ha de llegar el fin,

vendrá separación,

o mi padre lo disponga

con el dominio, o si no

antes nos una la muerte

que nos conforme el favor.

Pang. 80

Sale Irene.

Irene.

Ya ha vuelto Beatriz.

Tocan.

Lidaura.

Pues hazla

que el traje que me pidió

se ponga, que descubrirla

pretendo con su invención,

y que cuando a la Fortuna

escuche que nombro yo

desde el nicho de la estatua

entone su diestra voz.

Vase Irene y vuelve a salir detrás de todas las damas, que salen por una puerta y todos los hombres por otra.

Rey.

Para contarte el suceso

que me ha ofendido hasta hoy

templo mi enojo, porque

destemple su admiración.

Segismundo era Laurencio.

Papagayo.

Mira qué justa prisión

mandaste hacer, lleve el diablo

el alma que te engañó,

y quien le sirviere más.

Lidaura.

¿Que Segismundo sois vos?

Segismundo.

Sí, señora.

Lidaura.

Y el disfraz,

quien lo duda, sería por

la justa desconfianza

de vuestros méritos, ¿no?

Segismundo.

Sí, señora.

Lidaura.

Estratagema

es muy usada de amor,

y donde no hay novedad,

me cansa la imitación.

Segismundo.

Advertid...

Lidaura.

Esta es audiencia

de mi padre.

Segismundo.

Muerto soy.

Rey.

Federico, en la cautela

de que Segismundo vio,

sois tan culpado...

Segismundo.

Esperad,

y ya que el justo rigor

de Lidaura, que común

ha condenado mi acción,

absolved a Federico

del crimen.

Federico.

Mucho mejor

es que, hablando yo por mí,

excuse la intercesión;

yo confieso aquel delito

que el decoro os injurió,

mas vos también confesad

que hoy me hacéis tan gran

favor.

Pang. 81

Segismundo.

que le dejáis a mi arbitrio

de vuestra majestad, la elección.

Rey.

Es la verdad.

Arnesto.

A Lidaura

le previene esta ocasión

Irene.

su intento, porque

Segismundo.

aquí viene mi competidor.

Muestra un papel.

Federico.

La hermosura que idolatra

mi atrevido corazón,

siendo blanco de las flechas

que tira el violento dios,

todos lo saben, y en todos

los que más lo saben son

Lidaura, pues me aborrece,

pues me la negasteis vos,

y pues que por los servicios

que esperáis de mi valor

premiáis los hechos con tan

regia forma, será acción

indiscreta, no valerme

de su amparo en la más

conveniente que me puede

dictar la imaginación.

Vuestra majestad, solo ofrece

un premio, yo aspiro a dos,

al perdón de mi delito,

y al buen logro de mi amor;

pues si uno solo ha de ser

el que otorgáis, el perdón

pido, y cumplo de esta suerte

con los tres y con mi honor:

con vos, pues quedáis sin cargo

de honrar al que os ofendió;

con Lidaura, pues la dejo

sin susto en mi pretensión;

con Segismundo, pues vive

sin el celoso temor;

y conmigo, pues acudo

a lo que más importó,

porque nada importa más

que prevenir la ocasión

de un reo, para que el Rey

imite en lo más a Dios.

Échale los brazos.

Rey.

Nunca en sangre tal faltaron

los hijos del esplendor.

Lidaura.

Suerte feliz.

Arnesto.

Lance heroico.

Irene.

Grande amistad.

Pang. 82

Rey.

de noble acción,

digna de que la celebre

con envidia mi valor.

Aparte.

Lidaura.

Y a esto de que Beatriz

publique lo que encubrió

Federico, a la fortuna

agradezco vuestro aviso.

Canta dentro.

Beatriz.

No era muy loco que quiso

o la mejor o ninguna.

Federico.

¿Qué es esto?

Rey.

¿Qué voz sonora

a la tuya interrumpió?

Aparte.

Segismundo.

De la música que oíste

con Lidoro, es esta voz.

Lidaura.

Quien canta es una mujer,

que, por tener buen humor

y porque divierta el mío,

la recibí.

Arnesto.

¡Vive Dios,

que la que entró en la Academia

oculta me pareció!

Rey.

A mí también.

Lidaura.

Es la misma,

y alhaja de estimación.

Rey.

Prosiga, y descubierta

los acentos que empezó.

Tiran los dos cortina.

Lidaura.

Si queréis verla, corred

esa cortina los dos.

Federico.

¿Quién es mujer tan feliz?

Segismundo.

¿Quién es cisne tan canoro?

Canta y después baja.

Beatriz.

En la sombra de Lidoro,

la fortuna de Beatriz.

Rey.

¿Cómo?

Arnesto.

¿Dónde?

Federico.

¿Cuándo?

Segismundo.

¿Quién?

Baja Beatriz.

Lidaura.

Cese vuestra confusión

con saber

que no ignoraba quién sois,

ni el disfraz de esta mujer,

ni que Lidoro murió

en la tormenta; y supuesto

que obliga a la admiración

esta novedad, la causa

diré más despacio yo,

pero lo que más en breve

diré será la razón

de haber mandado a Beatriz.

Nanvigantion

Exanmen de anutoríansTEXOROBITESOAuswirkung

Informantion

APIZitierweiseAutomantische Trannskriptionen

Diese Website wurde mit der Hanuptfinannzierung entwickelt von:

Thanl-IA · Pantrimonio teantranl áureo: Inteligencian Artificianl y Fotogranfían Espectranl

Leitung: Sònian Boandans

Mit ergänzender Unterstützung von:

Prolope · Grupo de investiganción sobre Lope de Vegan

Leitung: Sònian Boandans und Gonzanlo Pontón

Istane · Impresos sueltos del teantro anntiguo espanñol

Leitung: Alejanndran Ullan Lorenzo

© 2026 ETSO | Inhanltslizenzen und Dantenschutz | Webentwicklung: Danvid Merino Recanlde