Texto digital de Los tres mayores imperios: el cielo, el mar y el abismo
Data de publicação: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los tres mayores imperios: el cielo, el mar y el abismo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/los-tres-mayores-imperios-el-cielo-el-mar-y-el-abismo.
LOS TRES MAYORES IMPERIOS: EL CIELO, EL MAR Y EL ABISMO
Pag. 10
Los tres mayores imperios: el cielo, el mar y el abismo
Interlocutores: Júpiter; Neptuno; Plutón; Saturno; Titán; Jápeto; Curetes; Nereidas; Opis; Juno; Amaltea; Anfitrite; Furias; Gigantes; Soldados de Jápeto; Soldados de Saturno; Curete; Zamudio; Brontes; Pastores; Cíclopes; Vientos; Delfín; Ninfas; Venus.
Jornada primera
Pag. 11
Jornada primera. Córrase una hermosa mutación de selva florida; y salieron por diferentes partes cantando y bailando en trajes de pastores: Júpiter con los curetes, Juno, Plutón con los cíclopes, y Amaltea, Neptuno con los pastores.
Gocemos del día,
juventud lozana.
No espere a mañana
jamás la alegría.
Pues que nos le envía
deidad soberana.
Gocemos del día,
juventud lozana.
No espere a mañana
jamás la alegría.
Pues que nos le envía
deidad soberana.
Gocemos del día,
juventud lozana.
Bailaron mientras esta repetición.
Hermosísima Amaltea,
a quien desea,
mi pecho rendido,
el aliento ofrezco,
que tuyo ha sido,
pues cifra temprana
tu vida la mía.
Gocemos del día,
juventud lozana.
Bailete.
Cíclopes míos famosos,
que valerosos,
en el gran Dicteo,
solo mi educación es vuestro empleo,
diga cada día
vuestra voz ufana.
No espere a mañana
jamás la alegría.
Baile.
Juno, celestial belleza,
en quien empieza
mi edad floreciente
a tributarte culto reverente,
pues del día gana tu luz la risa.
Pues que nos le envía
deidad soberana.
Bailan.
Gocemos del día, juventud lozana.
Júpiter joven hermoso.
Plutón brioso.
Neptuno valiente.
que borrando al olvido lo inclemente,
huís la inhumana paternal porfía.
Gocemos del día, juventud lozana, etc.
Éntranse todos bailando y cantando. Voces dentro y sale Curete.
¡Al monte, a la selva, al llano!
Antes que suelten el seso
de la común gritería,
(diciendo a un tiempo confuso
de esta parte los otros,
de aquesta parte los unos).
Pag. 12
¡Ataja!
¡Por la ladera!
¡Yo sola lograré el triunfo!
¡Amaina, amaina la vela!
Buscar a mi amo procuro,
no sea, que con aquesto,
venga el carrañón Saturno,
papa muchachos, caribe,
achupa chiquillos, brusco,
pues no hay en toda esta isla
de Creta (palacio suyo,
o corte fijada en medio
de los ámbitos del mundo)
niño de quien no sea el coco,
hombre de quien no sea el susto;
tanto, que aunque yo Curete
soy (que solo atiendo, y cuido
con los juglares curetes
que a Júpiter damos culto)
de divertirle con juegos,
zumbas, y bailes tumultuosos,
que siempre ha habido el oído,
desde el día que le hubo,
en oyéndole pisar
por estos montes incultos,
teme Júpiter, Plutón
tiembla, tirita Neptuno,
y cíclopes, y pastores,
y curetes todos juntos,
siendo Juno, y Amaltea
quien este miedo profundo
nos infunden, sin darme
razón de que sea susto,
que Saturno es muy amigo
de comer muchachos crudos.
Pero ¿a quién le cuento yo
estas lástimas? Si alguno
me viera manotear,
y hablar tanto tiempo a bulto,
conmigo mismo, sin duda
me diera digno atributo
de loco; mas discreción
que es en este tiempo, juzgo
decirme a mí mismo aquello
que quiero que entiendan muchos.
Se corrió el foro, y descubrió el mar y en él un barco en que viene Zamudio.
Acosta, acosta a la orilla.
¡Al valle, al valle profundo!
Mas de un pequeño bajel
nueva invención de Neptuno,
(que desde niño del mar
siempre ha sido fiel alumno)
un hombre salta a la orilla.
Sale Brontes.
Hacia aquí el rumor escucho.
Sale Zamudio del mar.
Beso la mano a la arena. ¡Curete!
¡Brontes! ¡Zamudio!
Amigo.
Abrázanse.
¿De dónde bueno?
Yo de donde malo y mucho
dije que vengo.
¿Pues cómo?
Pag. 13
Como desde el mismo punto
que acabó de fabricar
aquella artesa Neptuno,
que de ser en el mar tumba,
cada instante estuvo a un tumbo,
y desde el momento mismo
que me hizo entrar con algunos
en ella para probar
lo que sufre, o lo que sufro,
pasándome de pastor
a marinero, que el chulo
debe de pensar que aquella
es tan manso bruto mío;
nos sopló de tan buen aire
el viento, que en dos columpios,
tantas nubes en los ojos
tuvimos, que en un minuto,
solo mar, y cielo hacían
ver estrellas, y profundos;
pero un viejo conjeturando
nuestros ahogos futuros,
dijo: Yo entiendo la crónica,
de quien fue inventor Saturno,
aquella que venden ciegos,
y usan los que no ven mucho
(la astrología) y apenas
se vistió el cielo de luto,
(dejándole hecho una capa
el planeta boquirrubio)
mirándole prosiguió;
amigos dejad el susto,
que cerca tenemos tierra,
y a ella nos conduce el flujo
del mar, que ahora comienza;
y agarrando un tronco duro,
que al caballito de palo
es espuela, y freno junto;
(siguiendo al cielo el camino,
y tomando al mar el rumbo)
al monte Atlante nos lleva,
en tiempo tan oportuno,
que era cuando aquella estrella,
(que es de la aurora preludio)
salía de la espuma,
sufriendo el suave yugo
su carro (que una concha
formaba por veneras, en cuyo
seno estaba) dos palomas,
con recíprocos arrullos;
la cual (me dijo una ninfa,
de las que hablar suelen mucho)
se había formado (el día
que dio la muerte Saturno
a su padre el cielo) de
el caliente humor purpúreo
de sus injustas heridas,
que al mar colorado puso,
mezclándose con la blanca
espuma, que allí produjo,
en frutos a quien las palomas
en bien alternado curso,
Pag. 14
dieron calor, y sacaron
esta estrella, o ninfa al mundo,
que diz que se llama Venus.
¡Qué bravo embuste, Zamudio!
Yo por fábula lo supe,
pero vuelvo a mi discurso.
Llegamos al monte, pues,
(que apretando lo robusto,
tener a cuestas el cielo
diz que no le pesa mucho)
desembarcamos en él,
y dejando bien seguro
el bajel, a poco trecho
hermosa tropa descubro
de ninfas, entre las cuales
una estatua, pero mudo,
mejor que yo lo dirá
el matizado dibujo
de su retrato, que Venus
para mi amo Neptuno
me entregó, cuando al volvernos
la encontramos, pues a hurtos;
apenas de bastimento
el batel se llenó, y bandullo,
huimos la escarapela,
que Nereo y Doris juntos,
(padres de Anfitrite, que es
del retrato el bello asunto)
por la osadía de entrar
en el monte como a vulgos,
molernos mandaron luego,
pero Anfitrite nos tuvo
tanta lástima, que dando
este aviso nos condujo
al batel, donde ya Dora
dos mil regalos nos puso;
aquesta es mi historia, y aunque
piensen, que es fábula muchos.
No, ¿nos dirás qué es retrato?
Un parlero rostro mudo,
una voz muerta y viva,
un enigma os digo, y burlo;
¿Y no es razón que alguna ninfa
invento, como otro pudo
inventarla, y más teniendo
para ello poder infuso.
¿Veámosle?
Aqueso no.
Pues al parecer, yo me hurto
aquí de Plutón a fin
de saber quién el inculto
bosque fatiga, y daré
que es la reina Opis, a Juno,
y a Amaltea he de avisar.
Pues váyase cada uno
a buscar a su amo, y diga
que nos llaman allá juntos.
¡Al monte, al valle, a la selva!
Ya cayó en la red el bruto.
Salió Opis sola de cazadora, a lo romano.
Apartada de mi gente,
Pag. 15
mientras aplauden su triunfo,
en aqueste siempre ameno
florido valle fecundo,
retiro señalado, donde
(cuando tiempo, al tiempo hurto)
hallo tres amadas prendas,
que como pródigos busco;
a Amaltea, y Juno aguarde,
que el venatorio tumulto
ya habrá dado a sus oídos
de mi venida el anuncio.
y mientras llegan, oh tú,
bello formidable bruto,
(que siendo espejo del cielo,
amenaza eres del mundo),
mis tristes sollozos acallen los tuyos,
sea a tus bramidos mi suspiro arrullo.
Opis infeliz reina,
(triste esposa de Saturno)
te hable, admira lo que soy,
y sentirás lo que sufro.
qué importa [ilegible] por lo regio y lo augusto,
se toquen los rayos los más altos muros.
Descubrióse por el horizonte del mar una concha de nácar, en que venía Venus hasta la orilla, mientras el ocho, acompañada de cuatro nereidas, sobre delfines, y caracoles marinos.
De los cóncavos huecos,
palacios húmedos,
sale la bella hija del cielo Venus,
(que la labró la cuna de su sepulcro)
a escuchar tus lamentos,
a oír tus acentos,
desde el purpúreo
sonroseado nácar, que la produjo.
Salió Venus de la concha al teatro.
Opis singular,
belleza gentil,
y al viento sutil
no imprima en el mar.
Bien puedes fiar de mí tu pesar.
Oye, que salí
la primera vez
de la agua tez,
que me dio el vivir,
no quieras morir si puedes decir.
Quizá podrá hallar
si escucho tu voz
a tu pena atroz,
remedio que dar,
bien puedes fiar de mí tu pesar;
pues a aliviarte solo consuelo huyo.
De los cóncavos huecos, palacios húmedos,
sale la bella hija del cielo Venus,
que la labró la cuna de su sepulcro.
Hermosísimas nereidas,
bella deidad que produjo
el conchado de ese nácar,
no perla, sino carbunco.
Pag. 16
A escuchar mis lamentos,
a oír mis acentos,
desde el purpúreo
sonroseado nácar, que te produjo.
Escúchalos pues, atenta,
si a tu oído no disgusto,
con la pena de escucharlos,
sobre el rigor de ser muchos.
Opis de Saturno esposa,
ya dije, que era, y excuso
repetirte dignidades,
para contarte infortunios.
Púsose Opis el lienzo en los ojos, y mostrose Titán sin salir del bastidor.
Dividido de mi gente,
perdido el monte discurro.
Al otro lado Japeto sin salir.
Hacia este sitio me guían
suaves acentos confusos.
Pero, ¡Opis aquí!
¡Aquí Opis!
Con tan celestial concurso
de bellezas.
Con tan bello
coro de hermosuras, suyo
sin duda ha sido el acento.
De aquestas ramas oculto
veré qué intentan.
Entre estos
laureles me disimulo.
Quedáronse ocultos los dos.
Cóbrate Opis, y prosigue.
Pues atiende.
Ya te escucho.
Titán.
Cielos, ¿si me vio?
Ocúltase más.
Y Japeto.
No discurra,
porque me han nombrado.
Ocúltase más.
Hermanos
del inclemente Saturno,
desde el infelice día,
(si acaso día se pudo,
en que falleciendo el cielo,
que timbra todo el Olimpo,
pues a manos de tres hijos
parricidas, y perjuros,
por la ambición de reinar
cometieron tal insulto)
siendo Titán, y Japeto,
los aleves, que a Saturno
acompañaron a aqueste
nunca escuchado disturbio.
Desde este, pues, día, o noche,
(repita) que los tres juntos
cogieron de su traición
el avenenado fruto.
Toda Creta fue discordias,
divisiones, muertes, hurtos,
atrocidades, violencias,
impiedades; mas qué mucho,
que en reinando la injusticia,
solo es vasallo el insulto.
Pag. 17
Por cuya causa Titán,
y Japeto, (ya aquí anudo
lo que antes a decir iba)
viendo el reino tan confuso
en Saturno (como hermano
mayor) el laurel augusto
renuncian, reconociendo
el cruel daño importuno,
que a una monarquía causa
el reinar en ella muchos.
Pero con el más enorme
pacto, más cruel, e injusto,
que blandear pudiera
el tosco oído de un bruto,
lo invencible de un peñasco,
o de un tronco lo robusto.
Pues bruto, peñasco, y tronco,
piadoso, altivo, y fecundo,
halaga, guarece, vuelve
al hijuelo que produjo,
a la sierpe que apacienta,
al tierno ramo desnudo,
y este pacto manda, (¡ay triste!)
(que en vano impiedades culpo,
pues lo que un bruto no oyera,
yo sin fallecer pronuncio)
que si acaso sujetase
Saturno su afecto al yugo,
que enlaza dos voluntades,
en un dulce estrecho nudo;
de esta unión resultase
sucesión) fueran al punto,
los hijos varones muertos,
tan en el primer minuto
de su vida, que no había
de haber para el fiero asunto
de la impiedad (fluctuante
de un singular en otro, uno
viviente, otro muriendo,
aquel florido, este mustio)
más dilación, que la muerte
entre uno, y otro sepulcro.
Aceptó el infame trato,
la ceguedad con que algunos
creen que la vida que quitan
anhelen al vivir suyo,
cometiendo el homicidio,
para aprovechar el hurto,
como le persuadiera más
la violencia que el influjo.
Además, que le admitía,
el cruel contrato Saturno
fue, más para asegurarse
así, el ambicioso triunfo,
que no a Titán, ni a Japeto,
pues un día el cruel anuncio
del ambiguo dios Nereo,
(que en sus piélagos profundos
habita) escuchó, en el cual
le pronosticó temido,
que un hijo, había de quitarle
reino, y vida, y no fue mucho
que Saturno le creyera,
Pag. 18
Fue el ejemplar impío
él, de que pudiera ser
su delito su verdugo.
Aquí entra, pues, el infausto
tropel de mis infortunios,
en cuya causa ven mares,
(el suspiro, o el paroxismo
en el propio llanto) anego
al mismo tiempo que enjugo;
y dejando que se ignore,
de cómo este reino ocupo,
como la sangrienta mano
admito, como el sanudo
pecho abrazo, de quien solo
no esposo, enemigo juzgo.
porque el cruelísimo pacto
tener secreto dispuso;
solo diré (si es que del labio
no le entorpezca el recurso)
en tan cruel explicación,
¡quién tuviera acentos mudos!
que apenas le di a mi reino
aquel deseado fruto,
(que él esperó como dicha,
y yo aguardé como escudo)
en un tierno bello infante,
nueva quimera del mundo,
cuando en los crueles brazos
de su padre (que rehúyo
decirlo, si pude verlo)
el que creí que era arrullo,
fue estrago, pues aplicando
al labio el pequeño bulto;
lo que se hizo para halago,
ambicioso y iracundo,
bebiendo su propia sangre
aprovechó para insulto.
Rara impiedad inaudita,
pero si es mármol tan duro
que quiera imitarla, para
asombro de los futuros
siglos, solo me consuela,
el que no ha de haber ninguno,
que por fábula no tenga
tan imperfecto trasumpto.
Hasta aquí los sentimientos
de un perdido hijo difunto
escuchaste, pues admira
los pesares, que tres juntos,
me causan vivos asombros,
de aqueste monte inculto,
que mañosamente astuta
supe indultar del impuro
hambriento apetito torpe,
de humano licor purpúreo,
y enviando (cuando en un vientre
sufriera raro consumo)
entre aquel primer adorno,
de adonde a Júpiter hurto
un pequeño recental
que Amaltea me condujo,
ninfa, de quien he fiado
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tenermele siempre oculto.
Y entregando al inclemente
cruel el fingido bulto,
por saciar presto la ira
no tomó al manjar el gusto.
Del mismo modo también,
al tierno joven Neptuno,
maternalmente piadosa,
de la infausta muerte indulto;
mas con una diferencia,
en que de una vez apuro,
cuánto ciega una ambición
pues cogiéndome en lo inculto
deste monte (en quien me aplico
siempre, al venatorio estudio,
fatigando su maleza)
sola, aquel mal importuno,
o doloroso accidente,
no admirado por el uso,
porque en siendo común, pierde
el prodigio, el precio suyo,
mirando, que era varón,
el infeliz parto, acudo
al piadoso engaño, y siendo
que no halló viviente bruto
que finja ser el infante,
vi una piedra, disimulo,
entre los blancos cendales,
que de mi tocado hurto.
Ya aquí entra la admiración,
que extravagante procuro,
de aquel hambriento, ambicioso,
cuyo dictamen injusto,
pues cogiendo el embrión
fiero, el troglodita bruto,
sin extrañar la dureza
del manjar un pecho duro,
creyendo más, que a un infante
de un pedernal hijo suyo,
le trasladó a sus entrañas,
mas no me espanto, pues juzgo,
que solo a su semejante,
esta vez comerse pudo;
quedó pues el tierno niño
amparado de unos juncos,
donde le pudo encontrar
su mayor hermana Juno;
con la cual y sus pastores,
de su crianza descuido.
Plutón, prodigio tercero,
(que fue mi postrero fruto)
se libró de los atroces
cruelísimos impulsos,
(que ya no repetiré
para no hacer más importuno
al oído, lo que oyes,
al labio lo que pronuncio)
también con fingido engaño,
que a la explicación encubro,
baste saber, que fue tal
la brutalidad, que pudo
enlazar a vínculos
Pag. 20
un tan nunca usado absurdo,
que se cegó la razón,
con los condenados humos
de un ambicioso reinar,
sino es, que aunque tan injusto,
tal crueldad disculpó,
reconociendo tan sumo
sacrilegio antes de ser
ruina de lo que produjo,
cerraba los ojos para
no mirar su mismo insulto,
con que solamente el tacto
era caudillo del bulto.
Estos tres amados hijos,
Júpiter, Plutón, Neptuno,
de aquestos bosques encubren
los más helados, sus lustros.
Verás, que como a sentir
tantas penas me reduzco,
habiendo dado a estas tres
vidas, nuevo ser segundo;
y la causa de sentirlas,
es, ver con altivo orgullo,
a Júpiter aspirar
a regir esos supremos
palacios, vibrando rayos
desde sus diáfanos muros.
Ver en Plutón fabricar
armas, y forjar escudos
con los Cíclopes, sus tíos.
Lidiar fieras, domar brutos,
en Neptuno, y en los mares
hollar nunca usados rumbos,
con nueva embarcación
de quien inventor le juzgo.
Y en fin reconocer ya
en todos tres, ser alumnos
de la guerra, con que temo,
(pues no puede estar oculto
el que les diga quién son.
Porque secreto entre muchos
mal conservarse pudo)
una impiedad en Saturno,
en Japeto y en Titán
un alterado tumulto,
en mí un infausto castigo,
y en ellos un triste triunfo.
Mira, pues, si con razón
ardo, me hielo, y fluctúo
en el golfo de mi llanto, y
de mi aliento cruel brío,
en la nieve del temor,
en quien tiemblo, sudo, y sufro.
Salían de los bastidores Titán y Japeto.
Pues retroceda el mal que te atormenta.
Ni fluctúe, ni gima, arda, ni sienta
tu pecho generoso,
tu dictamen piadoso.
Que el que lo oyó
que aquel que pudo oírlo
sabrá callarlo.
Pag. 21
No sabrá decirlo.
Mas con la voz inquieta del clarín.
Pero el son de la trompeta.
Sabré explicar
dirá con ronco acento.
mi cruel pesar.
mi justo sentimiento.
Que para restaurar una corona,
y alegar el derecho, que me abona.
Pues para conquistar el soberano
laurel, que tiraniza un cruel hermano.
No es circunstancia, con que el brazo airado
acusar su piedad como delito.
Fuera mal juez en la crueldad que apruebo
tomar una clemencia por pretexto.
Solo gima el clarín.
Hable la trompa.
La piel sutil herida, el viento rompa.
Y diga muda pues.
Calle parlera.
Mi cruel ira.
Mi venganza fiera.
Amagan a irse.
Titán, Japeto, hermanos,
ya que los hados quieren (inhumanos)
que los dos sabidores
seáis de mis sucesos, con rigores
no alteréis el sosiego
en que se cifra descansa.
Y si mi ruego
en algo es poderoso,
a apacible reduzga lo brioso.
Qué hermoso persuadir.
Aparte.
Qué dulce ruego.
Aparte.
Su luz me abrasa.
Aparte.
En su candor me anego.
Aparte.
Y si pensáis que fundo mis temores
en mirarlos en armas superiores
a tres prendas queridas,
(a quien no hurto imperios, sino vidas)
ni Plutón, ni Neptuno,
ni Júpiter, sabrán de labio alguno
su noble nacimiento,
porque nunca conspire su ardimiento,
contra el laurel, que en ambos reverencio,
sea un silencio pago a otro silencio.
Mal su desvío traza
con lo cortés paliar a la amenaza.
Vano ha sido tu ruego,
cuando de esta beldad al dulce fuego,
mi pecho endurecido,
con dócil cera no sea convertido.
Persuadirme es en vano,
cuando de esta deidad el soberano
resplandor, que de luz el suelo baña
no convierte mi acero en débil caña.
Pues véase (nereidas) algún día
si lo que el llanto vence la armonía.
Nobles héroes generosos,
que os dais al rigor,
no tan sediciosos,
ni escandalosos,
Vivís del furor.
Sino piadosos.
Pag. 22
Vivís del furor.
Que es más valor
Venus, deidad soberana,
pueda convencer
la saña tirana,
que blasona ufana con tanto poder.
Y no inhumana.
Con tanto poder.
Quiera vencer.
Gozad de la paz amada
el tranquilo bien,
no vibre, no la espada,
en saña afilada, su agudo desdén.
Guarde envainada.
Su agudo desdén.
Que vibrar no es bien.
¿Además del de la vista,
tenías guardado este hechizo?
No mucho, que de sus ojos
le ha pasado a mis oídos.
¿Luego tú, Japeto, a aqueste
dulce acento te has rendido?
¿Luego tú, Titán, postraste
a este encanto tu albedrío?
¿Qué pesar es el que encubro
tan nuevo, y tan no entendido,
que siento, que siga otro
el dictamen que yo sigo?
Aparte.
¿Qué pena es la que padezco?
¡Qué confusamente envidio
un bien que imagino ajeno,
no siendo de otro, ni mío!
Aparte.
Este es martirio.
Es saña.
Es rencor.
Es ira.
Es cólera.
Es desvarío.
Es todo aquello, que callo.
Es todo lo que no digo.
¿Qué respondes a mi ruego?
¿Ha (por ventura) vencido
una vez en la hermosura,
más el canto, que el suspiro?
Qué diré, que si piadoso,
me muestro, a Japeto imito.
Aparte.
Que haré, que si reportado
me constituyo, a Titán sigo.
Aparte.
Es su designio mi pena.
Es mi pena su designio.
Pues en esto me resuelvo.
Solo a esto me determino.
Mas en riesgos de grosero
peligrará, quien ha visto
que vuestro precepto puede
tanto como vuestro hechizo.
Y así será la respuesta
que yo daros determino,
que ni a perturbar quietudes,
ni a alterar reinos aspiro.
Solo intenté de los hados,
contrastar los vaticinios,
pues si cautos predicen,
Pag. 23
que ha de dar a un tiempo mismo
un hijo suyo a Saturno
muerte, quitándole altivo
el reino, cobrando yo
sin violencia lo que es mío
la vida a Saturno doy,
cuando yo el reino le quito,
si le restauro, de Venus
será corto desperdicio.
Aparte desde «si le restauro». Cada rótulo aparte se conserva como límite editorial.
Cuánto más asegurado
le tendrá en nuestro dominio
que en el suyo, sin la altiva
amenaza del peligro;
si le conquisto, de Venus
será humilde sacrificio.
Y así volviendo otra vez
a que el metal retorcido
promulgue en el vago viento,
no amenazas, sino avisos,
ya a saber si Saturno
se resuelve a los partidos
decentes, que propone el intento.
Aparte desde «si le conquisto» hasta «sacrificio».
Yo iré a lo mismo.
Sin que temas
sin que piense
yo tu furor.
Yo tu brío.
Por la venerada Venus.
Por el sacro lago Estigio,
que no sabrá de mí labio,
que no pronunciará el mío.
Que fue tu piedad tu culpa.
Que es su riesgo su delito.
Vanse.
Ay hermosísima Venus,
poco asegurada fío,
en que pueda en la ambición
caber cortesano estilo.
Y más cuando al inclemente
dictamen endurecido
de Saturno, vendría a ser
agravio cualquier partido,
que le pida su diadema
un ensangrentado filo.
Pues Opis divina, ya
llegó el tiempo en que es preciso
que quites a tu silencio
los mal remachados grillos.
Sepan tus hijos quién son,
aflojen su orgullo altivo.
Bien dices, bellas Nereydas,
por entre el verde distrito
surquen los campos de flores,
vuestros ecos atractivos.
Del laberinto en quien.
Canta.
Quien.
Quien.
Vive un lucero, una perla, una llama.
Llama.
Llama.
¿Quién llama?
¿Quién llama?
Pag. 24
Dos piedades, que oís, en el
En el.
En el.
No es bien que el rigor embosque.
Bosque.
Bosque.
En el bosque.
En el bosque.
No temáis pena cruel.
¿Quién llama en el bosque?
¿Quién llama en el bosque?
Venid presurosos, volad, y corred.
Corred.
Corred.
Salieron cantando las mismas tropas en la conformidad que empezaron la comedia.
¿Quién a un lucero llama?
¿Quién a una perla aclama?
¿Quién a una llama inflama?
Sin saber primero
que es solo Plutón la llama.
Neptuno solo la perla.
Júpiter el lucero.
Yo, que declararos quiero,
en este frondoso sitio
donde repetidas veces
a buscaros he venido,
que si sois llama, lucero,
y perla, será preciso,
que de luz, ondas, llamas,
de cielos, mares y abismos
os valgáis, en la invasión,
que os usurpa su dominio.
Ya es tiempo, hermosa Amaltea,
ya amada Juno es preciso,
que rompa nuestro silencio
la clausura del sigilo.
Fuertes Cíclopes valientes,
Curetes entretenidos,
cándidos, rudos pastores,
los tres jóvenes que han sido,
de vuestro amante cuidado,
tan finamente asistidos,
hijos del grande Saturno
son, que padre compasivo,
por no quebrantar un pacto,
aquí los tuvo escondidos,
fingiendo en crueles acciones,
increíbles homicidios.
Para animar su valor
a aquestas piedades finjo
en Saturno, y para que
no sea rencor el artificio,
que aunque de un padre se vean
los hijos más ofendidos,
no hay contra un padre razón,
que bien dijo, quien lo dijo.
Titán, y Japeto hermanos
de Saturno, si han sabido,
que a pesar de su ambición
vive el dicho impío.
Aparte marcado desde Para animar su valor hasta que bien dudo, que en lo dijo; se conserva como nota estructural sin convertirlo en verso.
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y irritando su valor,
contra vuestro padre unidos
intentan tiranizar
en un cetro tres dominios.
Pues vuestros tres esfuerzos,
contra tiranos motivos,
a cuyo fin que os valgáis
segunda vez os repito:
de los rayos de la esfera,
del mar en crueles vínculos,
de las furias del averno,
ya que vuestro genio ha sido,
del uno cielos, de otro mares,
y de otro lóbregos sitios.
¿Qué es lo que he escuchado?
¿Es verdad lo que oigo?
¿Qué he oído?
¿Qué decía yo bien, que están
nuestros amos [ilegible] ?
Ops, reina soberana,
que os viene a dar este aviso,
es la bella aurora que
nuestra luz ha producido.
Hermosa fragante llama.
Que fecunda a vuestro descuido.
En las flores el matiz.
Quedándose con el mismo.
Arda Creta a mis incendios.
Tiemble el Dicteo a mi brío.
Gima el mar a mis impulsos.
Ea, Curetes amigos,
de las armas inventores,
contraponed el bullicio
de festivos pasatiempos
en bélicos ejercicios,
porque tal vez pueda ser
lo belicoso festivo.
Vosotros, Cíclopes nobles,
del cielo y la tierra hijos:
edificad altas torres,
labrad fuertes edificios,
asilo de los triunfantes,
opresión de los vencidos.
Vaya en concertado son
de los pesados martillos,
labrad armas, forjad rayos,
defensivas y ofensivos.
Dejad los incultos valles
y los albergues pajizos,
también valientes zagales,
y dejando en sus apriscos
los ganados, del cayado,
el golpe, el susto del silbo,
de mis incultas campañas,
surcad los salados vidrios,
siendo en la nueva invención
de movibles edificios,
aquí el buque, timón,
el cayado, el silbo aviso.
Cuando inflamando los vientos
el bien amarrado lino,
registremos de los mares
los nunca hollados caminos.
Pag. 26
Ea, asombros de estos valles.
Ea, jóvenes invictos.
Prosigue, Ops, que aquí encaja
lindamente [ilegible] .
No dilatéis la defensa de vuestro padre.
A esa aspiro.
Esa intento.
Esa procuro,
y más si mi brazo animo
con la celestial belleza
que en ese retrato miro
de la divina Anfitrite,
que a tu piedad he debido.
Hermosa deidad de Venus.
A cuyo intento suspiro.
En cuya busca penetro.
A cuyo fin examino.
La azul esfera.
Los mares.
Yo los profundos abismos.
Voló Júpiter al cielo, Neptuno al mar, y Plutón se hundió por la boca de una gruta.
Hermosa Venus, ¿qué nuevo
portento es este que admiro?
Efecto es de la imperiosa
divinidad de tu hijo.
Quédate, Ops soberana,
que yo piadosa me obligo
a darles tres hermosuras,
cuando en sus reinos unidos
reinen todos tres.
¡Oh Venus, cuánto le debo a tu auxilio!
Volvióse Venus en la concha que vino, dando la vuelta al foro.
Pues en la concha del mar,
que muchos peces no han visto.
Esta es aquella que os dije
en aquel parlamento,
Hermosa Juno, Amaltea, a Creta.
Ya te seguimos.
Vanse.
Y nosotros a Plutón.
Vanse por la gruta.
Nosotros en su navío
seguiremos a Neptuno.
Vanse.
Pues ya todos han seguido
a sus amos, y no es fácil
el poder seguir yo al mío,
ni vosotros porque al cielo
es más difícil el camino,
que no al infierno ni al mar.
En el pequeño distrito
que puede haber desde este
tiempo, al tiempo en que atrevidos
a emprender otra jornada,
parezcan los tres chiquillos,
ha de servir de intermedio
nuestro zamudítico estilo,
pues dioses juglares somos,
que es lástima (pues dar quiero
el cuento aquesta ocasión)
que le quebremos el hilo,
y no sin causa, porque
servirá este regocijo,
Pag. 27
de aplaudir la nueva dicha,
en que a Júpiter invicto
nuestro amo todos miramos.
Tu dictamen admitimos.
Pues la jornada dio fin,
dando el entremés principio.
Empezaron sin entrarse el entremés.
Jornada segunda
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Jornada segunda.
Corrióse una mutación de un salón regio, lleno de espejos y bufetes, sobre los cuales estaban instrumentos de astrología, matemática y agricultura; y en el foro un dosel y un trono elevado en que estaba Saturno, y salieron por diferentes partes Titán y su hermano Japeto, y soldados.
Gran padre de las deidades.
Alto origen de los dioses.
Cuyo noble cognomento.
Cuyo sagrado renombre.
Te dan ajenos cuidados,
a pesar de tus rigores.
Te ennoblecen, aunque tus crueles
dictámenes te desdoren.
Porque te subiste al solio
para oírme, ¿no conoces,
que el oído, emponzoñado,
aún no escucha lo que oye.
Desciende del eminente
asiento a escuchar mis voces,
que a un rey le hace más sublime
lo que le muestra más dócil.
Decid, Titán y Japeto,
vuestro intento, sin que adornen
esas sofísticas quejas
a la razón de razones?
que extrañáis, que aqueste trono
me eleve, cuando conforme
vuestros hombros con atlantes
de la esfera en que me ponen,
[ilegible] a los míos
el peso de tanto móvil,
en quien no dejan de ser
afanes los esplendores,
pues dominando solos grandes
distritos de entrambos orbes,
enseñé sagrados ritos,
en estudiosas lecciones,
a mis gentes, y también
la alta ciencia, que antepone
previstos sucesos, que
se leen, y no se oyen
en esas llamas, que escriben
claras letras, mudas voces,
distribuyendo por el curso
de la magna luz en doce
meses lunares, el año,
en que cada mes se adorne
con veinte días, que prestan
reflejos a veinte noches,
gozando el curso del año
y las intercalaciones?
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¿No fertilicé los campos
con los fecundos primores
que encontró mi estudio, con
las no vistas invenciones
que dan a la agricultura
el estimado renombre?
Enseñando a los cretenses
su modo, porque se apoye
en mí que solo los reyes
deben ser agricultores.
Pues qué extraño profiero,
que traidoras intenciones,
me intenten a que desprecie
premios que me corresponden.
Mal a una piedad infamas.
No un noble intento perdones.
Cuando a tu provecho aspire.
¿De qué suerte?
Escucha.
Oye.
Ya sabes, grande Saturno.
Titán, no el tiempo malogres
con traer a la memoria
cansadas repeticiones:
lo que el gran Saturno sabe
no le acuerdes, que es mal orden
querer que el entendimiento
en memoria se transforme;
que no de una vil potencia
que no de una vil potencia
sea de ilustrar otra noble;
Hermano, que me perdones
te pido, pues te ejemplar
tu razón interpone.
Si acordar lo que sabe
es molestia, se conoce
que decirle lo que ignora,
será traición que valore
el fuero de un juramento
que a fama ciertos temores.
Y así, dejando noticias
sabidas, sin que se ignoren,
escucha, Japeto, cómo
a un mismo tiempo dispone
mi labio ostentar silencios
entre las declaraciones.
No ha de decirse así
solo, ese respecto noble;
y así alternativamente
nos expliquemos concordes,
sin que parezca que son
forzadas las altercaciones.
Bien dices; mas sea el que oiga
alternadas nuestras voces,
que solo somos en el silencio,
competidores.
La antiquísima deidad,
que en piélagos salobres
habita (el grande Nereo)
te predijo entre edad y sueños,
que un hijo tuyo te habría
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de despojar con baldones,
y salga de los imperios
que posees sin temores;
como si borrar pudieran
lo fatal las ambiciones.
Y habiéndose de cumplir
las siempre infalibles voces
del oráculo, es preciso
que un hijo tuyo despoje
tus sienes de la festiva
grama, que su frente adorne,
que traiciones heredadas,
ya son menos que traiciones.
Pues para que nunca llegue
de aquesta amenaza el golpe,
Pues los hados, y no yo,
el cruel contrato rompen,
de que a tu ira fallezcan
todos tus hijos varones,
porque a dos astros los vences
prudencias y no furores.
Siendo así, que sin piedad
hijos, aunque el cómo ignore
aquel repetido pacto,
solo a tus impulsos torpes,
(porque proponerte trazas,
no fue aconsejarte acciones).
Y siendo así (¡oh despecho!)
que para tenerlos no obsten
ni tus impías crueldades,
ni tus ancianos rigores,
pues siempre son infalibles
crueles ejecuciones.
Es bien que a mi mano vuelva
un cetro, que te propone
infausto triste despojo,
en las mismas posesiones.
Es bien que tu verde grama
mis nobles sienes corone,
que en ti ya son palideces,
los que en mí serán verdores.
Pero si grato no admites
mis justas proposiciones.
Mas si imprudente no abrazas
mis piedades siempre nobles,
se emplearán en violencias
los filos de las razones.
Apresurarán al hado
el movimiento del golpe.
Pues poblando la campaña,
mis formados escuadrones.
Pues asaltando la esfera
mis titanes vencedores.
Fundando inestables ciudades.
Moviendo montes y torres.
No contra tu débil brazo.
No contra tu esfuerzo inmóvil.
Contra el mar.
Contra los cielos.
Y el abismo.
Si se oponen.
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Si acaso unidos intentan
tu defensa a mis rigores,
serán crueles estragos,
en que abismo y mar zozobren.
Serán general asalto
de las diáfanas regiones,
poniendo para escalarlas
mil montes sobre mil montes.
Y así teme, y así evita.
La triste amenaza.
El golpe.
¿Qué intentas?
¿Qué determinas?
¿Qué resuelves?
¿Qué respondes?
Baja del trono Saturno.
El descender de mi
trono, sea respuesta, que os informe,
no de que quiero dejarle,
sino defenderle porque,
mal de dioses con objeciones
se conservan sus blasones.
Verdad es, que de los hados
me amenazan los rigores,
mas si son dioses infalibles
sus altas pronunciaciones.
¿Por qué pretendéis vosotros,
atrevidos y traidores,
que puedan las tiranías
más que las constelaciones?
Dudáis que mis crueles iras
serán impías y atroces
de borrar del pensamiento
vuestro, el ambición informe.
¿No sabéis, que soy el que
primero reina en el orbe,
apagando muchas luces,
por adquirir resplandores?
Pues qué amenazas son estas,
o necias proposiciones,
que pretextan la ambición
con piedades exteriores.
Arda Creta en nuevas iras,
en homicidas atroces,
en hurtos, en impiedades,
en crueles disensiones,
y veremos si sus quietos
apacibles moradores
admitir a lo discorde.
admitir a lo discorde.
Pues al arma.
Pues al arma.
Gima el parche.
Clame el bronce.
Y mis titanes repitan.
Y digan mis escuadrones.
Y mis vasallos pronuncien.
Unidamente discordes.
Arma, arma, guerra, guerra.
Éntranse sacando las espadas, y se muda el teatro en una mutación de peñascos, descubriéndose el mar por foro; y a este tiempo se
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Ve Júpiter en lo alto, sobre una águila, en un globo de luz, con el rayo en la mano, sonando truenos a lo lejos.
Júpiter baja a los senos,
vibrando su rayo audaz,
armado viene de truenos
solo para darnos paz.
Tiemble la tierra, del rayo forjado,
en lóbregas fraguas, y en cóncavos senos,
aturdan los truenos:
el valle, la selva, el monte, y el prado,
y todo agostado,
teman las flores, que arroje sobre ellas
la clara munición de las estrellas.
A un padre agraviado, defiende mi brío,
desde el asiento, que ya me prevengo,
supuesto, que tengo,
(juzgando lo suyo) hacerle más mío
y no porque envío
el rayo disforme, desde las esferas,
por altas son sus iras menos fieras.
El orbe registra, desde el eminente
alcázar de luces, que altivo defiendo,
desde aquí estoy viendo
la valerosa, e indómita gente,
que Titán valiente
gobierna, y Japeto altivo y osado,
y de Saturno el pueblo sosegado.
Mi hermano Neptuno, registra los mares,
acaudillando en su espuma escuadrones
de focas, tritones,
calzando de escamas ligeros talares,
pues si singulares,
su amor con su esfuerzo al brío compite,
que en el ardiente ya miro a Anfitrite.
Plutón en el reino del triste lamento,
las tres Euménides infernales furias,
que vengan injurias,
intenta, y que dejen su lóbrego asiento,
y Juno, en el viento
gobierna escuadrones de pluma ligeros.
helados Notos y dracones fieros.
Pues vientos, y mares, abismo, y cielo.
Contra escuadrones, y fuerte gigante
se visten constantes,
sean en vano traidores anhelos,
y sus desvelos.
dice Saturno, pues sobre la tierra
se escucha solamente.
Al arma, guerra.
Poco me asusta el horror de este acento,
pues Júpiter, Juno, Plutón, y Neptuno
serán cada uno,
que dominando un distinto elemento,
Juno horror del viento,
Neptuno, del agua, Plutón de la tierra,
y Júpiter del fuego.
Salen los cuatro gigantes, y Titán.
Al arma, guerra.
Ea titanes valientes,
ea soberbios jayantes,
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Dejad de ser una vez
del diáfano globo atlantes.
Sirvan nuestros invencibles
esfuerzos incomparables,
si siempre de mantenerle
ahora de derribarle.
Y más cuando ya trasciende
las vagas claridades
bello joven empuñando
voraz cetro fulminante.
Júpiter sin duda es,
sino mienten sus señales
de verle vibrando rayos,
y avasallando celajes.
El joven que valeroso
Saturno, a instancias de Opis,
se nos presenta arrogante;
y así esforzad briosos
vuestro soberbio dictamen,
arrancad de las entrañas
de la fértil común madre
esos invencibles hijos
soberbios, pero inmutables.
Ya te obedecemos.
Éntranse.
¿Cómo
mi valor sufre este ultraje?
Las pardas nubes su vientre rasguen,
y al contrario desplume funesta ave;
si él muere cantando, yo cantando mate.
Truenos.
Como Tifón valeroso,
como Encelado arrogante,
fuerte Fineo, Alcíneo
invencible, no arrancaís
ya ese aborto de la tierra
de sus enlazadas claves?
Ya a mi violencia le quita el centro.
Ya a mi coraje tiembla el orbe.
Y ya arrancado
sobre nuestros hombros yace el monte.
Salieron con el monte sobre los hombros.
Pues valerosos,
transferid de aquesta parte.
Mientras esta música ponen el monte en medio del teatro.
Giman los truenos, los vientos bramen,
y el relámpago sea para vengarme,
no del rayo aviso sí del rayo imagen.
Truenos.
Ya las esferas lamentan
roncos gemidos cobardes,
siendo esta vez sus estruendos
quejas, y no tempestades.
Ea subid, subid osados,
y desde su centro (arrogantes)
a Júpiter apresad.
No es el Pelión bastante
(sagrado monte), a franquearnos
las verdes de los astros.
Pues el monte Osa traed,
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que de aquí poco distante
se mira, altivo, y frondoso,
siendo el conseguirlo fácil,
a causa del terremoto,
que por el orbe se esparce,
a cuya violencia ya
se mueve lo más constante.
Y añadiendo al Pelión,
su inmensa pesadez grave,
monte sobre monte, puesto
con aquellos cristales,
quebrarán con la erizada
cimera de sus plumajes.
A emprenderlo.
A conseguirlo.
Éntranse.
Pues mientras vuelven afables,
he de ver si a mis razones
Júpiter se persuade.
Sube al monte.
Más que la ofenden mi vista aplauden,
las torres que se fundan tan en el aire;
pues el rayo hiere en lo inexpugnable.
Ilustre atrevido joven,
(ya que están menos distantes
de tu oído mis acentos,
de tu ruina mis crueldades),
desciende del alto solio,
que en vano posees antes
que sus inaccesibles escalas
profanen mis titanes,
sino es que quieras prudente
dar a entender (no arrogante)
que esta vez al enemigo
puente de montes le parece.
Será la puente que forma frágil,
ruina a las avenidas de los raudales,
pues mi altura vierte ardiente desate:
desciende, desciende al valle,
antes que rayo, relámpago, y trueno,
te asuste, te ciegue, y te abrase.
Pues ya mis intentos, buenos,
dirán con sana voz.
Júpiter baja a los senos,
vibrando su rayo audaz,
armado viene de truenos
solo para darnos paz.
Bájase del monte.
Ay de ti, presto verás
tu ruina, pues ya constantes,
sobre sus soberbios hombros
al Osa sagrado traen
mis titanes esforzados,
bien la voz acreditasteis,
que en cada brazo cien manos,
os juzga, fuertes jayantes.
Sacaron el otro monte y le pusieron sobre el primero.
Arriba, amigos.
Arriba.
Vuestro brío no desmaye,
hijos, que aquella agraviada
madre, de la divina sangre
del primer progenitor
de las supremas deidades;
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Enlazad con la intrincada
diadema, de verdes sauces
del Pelión las raíces,
que mal desprendidas trae
el Osa, más a disforme
monstruo de dos cuerpos hagan
tal unión (las dos soberbias
collados inexpugnables),
que han de recibir unidos
entrambos premios iguales;
el uno por lo que sufre,
y el otro por lo que alcanza.
Truenos.
Ya los cielos temerosos
se encogen, por no abollarse.
Pues a ellos, y no quede
celaje, sobre celaje, que conmigo.
No nos quite el lauro, cuando bastantes
somos para conquistarla.
Subieron los cuatro.
¿Pensáis aleves que es fácil?
Para agora son los truenos,
y los rayos fulminantes,
bajad veloces, a la
profunda concavidad,
adonde Plutón os dé
eterna, pesada cárcel.
Tira el rayo Júpiter, y hecho fuego todo el globo en que estaba, y se hundieron los montes, y los cuatro gigantes, sonando truenos, y viéndose relámpagos.
¡Qué horror!
¡Qué asombro!
¡Qué miedo!
¡Qué violencia!
Se encubrieron.
¡Qué desaire!
¡Esto sufro! ¡Esto consiento!
¿Qué aguardo? ¿Que ya (qué hacen
paso al abismo los mismos
montes que le hacían antes
a la esfera) no desciendo
a vengar aqueste ultraje?
Bajó Júpiter sobre el águila a las tablas, y apeándose de ella, voló el águila, y él detuvo a Titán, y cesó la tempestad.
Detente, que ya que ostenta
la esfera serenidades,
puesto que en ella castigos
(pero no rencores) caben.
Quiero, que pruebes mi brío
sin que mis suavidades
ni ejerciten sus horrores,
porque ni el cielo te espante,
ni el acento te suspenda
aquí en singular combate
cuerpo a cuerpo he de vencerte.
Ahora de ti he de vengarme.
Sacaron las espadas y al empezar a reñir, salieron Curete y sus tres compañeros armados con sus mantos, y metiose a lo romano.
Entreayuda los dioses
Pag. 39
Venimos con los vestidos,
que allá en las profundidades,
por vengarse de nosotros,
nos hizo un diablo de un sastre.
Muera Titán.
Deteneos,
porque no ha de decir nadie
que le vencí con ventaja.
Ahora en eso no repare.
Contra todos mi valor
será defensa bastante.
Deteneos.
Detiene a los Curetes.
Es en vano.
Ríndete, o muera.
Cobardes, primero será mi muerte.
Viva Júpiter.
El grande
Saturno decid que viva.
¡Viva Saturno!
Entráronse retirando a Titán, y por el otro lado salieron retirando a Saturno, Japeto y soldados.
Que en balde
aquestas aclamaciones
son desperdicios del aire.
Rinde el acero.
¿Qué intentas?
Admiro acción semejante,
sabiendo que aquesta nieve
con raras contrariedades
arde, y parece que hiela,
hiela y parece que arde,
aunque han roto tus escuadras
mis ya fugitivas haces,
por cuya causa de Opis
se oyen ecos lamentables.
¡Repetid!
No huyáis, campeones,
volved, volved al combate,
que en vuestro auxilio se pueblan
ya de saetas los aires.
Fue bajando una tramoya que cogía todo el claro del teatro, estando un cielo en que venían los cuatro vientos en sus cuatro ángulos sobre unas caras, en acción de arrojar viento fingido de bocas de jaras, viendo a parar el medio de la tramoya, donde venía Juno sobre un pavón, que se movía a todas partes, moviendo la cola y alas.
No por eso a mi valor
has vencido, y más si a darme
favor, ya los elementos
se me muestran favorables.
¿De qué suerte?
Cuando escuches
repetir al viento suave.
Vuelen, vuelen las saetas
que flechan violentos
los cuatro vientos.
El meridional que nubes dilata,
bostea relámpagos, lluvias desata.
El tramontana que fríos congela,
Pag. 40
seca los campos y los frutos hiela.
Pues aunque sea benigno el levante,
con negras nubes a la tierra espante.
Pues el poniente dispara los senos,
en que se oprimen con lluvias y truenos.
Volviendo a decir
contrarios acentos,
que suenen contentos,
vibrando altivos alados cometas.
Vuelen, vuelen las saetas
que flechan violentos
los cuatro vientos.
Poco temeré el desaire
de un dudoso vencimiento,
si es vuestra amenaza viento,
y vuestros acentos aire.
Pues bien temer puedes
del aire el aliento;
si lo que los metales y tambores huecos,
el uno a su impulso, el otro a su aliento,
son partos de su diáfano cuerpo.
Con iras el noto, con sañas el cierzo,
el aquilón frío, el austro violento,
harán que no goces vos el refrigerio
del céfiro manso, ni el favonio quieto.
Y pues hoy se miran en cuatro elementos,
Neptuno ser agua, Júpiter ser fuego,
Plutón ser tierra, y ser Juno ser viento,
sus rigores teme, unidos y opuestos.
Sin duda Opis temerosa
de Titán, y de mí, a un tiempo
se ha valido de sus hijos
a costa de su secreto;
ea, valientes soldados,
por más que repita el eco...
Muera Titán, y Saturno viva.
¡Qué he escuchado!
A ellos.
Repetid también vosotros,
y consiga vuestro esfuerzo,
que muera Saturno.
Muera Saturno y viva Japeto.
Salió Opis, Amaltea y ninfas de compañía.
Dejando aquella victoria,
acudamos a este riesgo;
divertidas en mirar
de Titán el vencimiento.
A darte auxiliar socorro
no hemos venido más presto.
¿Quién a Titán ha vencido?
Tú lo sabrás a su tiempo.
¿Qué he escuchado? Más incita
mi valor este suceso;
pues aunque Titán se rinda,
aunque huracanes el viento
congele, y aunque te valga
ese escuadrón de luceros,
a pesar de todos, yo
de ti he de triunfar.
Japeto, mira que al contrario vence
el brazo, y no el pensamiento.
En vano tu esfuerzo animas
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ríndeme luego el acero;
pues ves la desigualdad
que hay del uno al otro esfuerzo.
Que acción semejante intentes
mucho me espanta, sabiendo
que si es tu pecho volcán
es el mío Mongibelo.
¿Qué aguardamos? Mueran.
Mueran.
Vientos, prevenid el ceño.
Pues rendiraste a mi brío.
Y repitan vuestros ecos.
Toca al arma.
Al arma toca.
Ea, auxiliares luceros.
Dieron una batalla alternando la música de los vientos, que disparaban flechas, y las cajas y clarines.
Vuelen, vuelen las saetas.
Que me abraso.
Que me hielo.
El aire me ciega.
Al arma. Fuerza.
Que flechan violentos.
¡Oh, iras, y qué rigurosos
se muestran!
Los cuatro vientos.
Prosigamos el alcance.
A ellos, Curetes, a ellos.
Entráronse riñendo y empezó la tramoya de los vientos a subir.
Flechad vuestras iras, y seguid ligeros,
obrando el castigo en el seguimiento,
aunque aquel que huye se abrasa a sí mismo,
a esos fugitivos cobardes diciendo:
Vuelen, vuelen las saetas,
que flechan violentos
los cuatro vientos.
Encubriose la tramoya, y apareció en el mar Neptuno sobre un delfín y Zamudio sobre un caimán.
Cese, cese el mar la violencia,
que es inclemencia
que quiera enojar
más el viento al mar.
Acabe ya de una vez
este señor pez
en la postrer ala
de darme cala.
Y pues miro zozobrada
toda mi armada,
al furor violento
de un no usado viento;
Y pues un caimán amigo
me trae consigo,
a ser en la calma
dos cuerpos y un alma.
Bese la dorada arena,
que al mar enfrena,
de Creta pisando
el terreno blando.
Salió en tierra.
No será bien que la deje
Pag. 42
solo le fuese,
pues pude salvarme
con encaimanarme.
Zamudeo amigo, no sé
por qué hoy riguroso el viento,
hecho, durmiendo sus iras,
con los cristalinos senos
tan contrario me ha mostrado,
que elevando montes crespos
de espuma, con que apagaba
las luces del firmamento,
haciendo chocar mis naves
ya en abismo, ya en luceros,
ha obligado a que las tropas
que convocaba mi esfuerzo
fugitivas se retiren
del bramido a los estruendos
a sus húmedas moradas;
y que en los cóncavos senos
mis secuaces, zozobrando,
procuren distantes puertos,
ya sobre débiles lanchas,
o mal seguros fragmentos;
agradeciendo el tomarle
yo, en cuenta al piadoso genio
con que cobra en armonía
el norte de sus ruegos,
ese ligero delfín.
No sé en fin con qué pretexto,
(vuelvo a decir) hoy se muestran
airados los cuatro vientos.
Yo sí que lo sé, pues fui,
por ser dócil, el primero
a quien hizo confesar
de la tormenta el tormento;
¿no te decía yo siempre
que anduvieses, señor, muy necio
en hacer vaso para agua,
pudiendo mejor hacerlo
para vino, y que jamás
me fueses tan sin provecho?
Sin duda aqueste es castigo
de los hados, pues muy bueno
en lugar de defender
a tu padre, un bobo hecho
te has estado en el monte Atlas,
y idolatrando el portento
de hermosura de Anfitrite,
a quien su padre Nereo
ha negado por esposa,
hasta que venza tu esfuerzo
a Japeto y a Titán;
pues sabidor del secreto
le hiciste de aquesta fuerza,
juzgándote tú heredero
de los reinos de Saturno;
y cuando quisiste atento
volver con toda tu armada
acá, a armársela con queso,
sin que valerte pudiera
todo el auxilio de Venus
que en el ardiente es tu estrecha
Pag. 43
en aqueste galanteo,
naves, focas y tritones,
sirenas y marineros,
como la sal en el agua
al punto se deshicieron.
Sin enlazar, que fue
de un soplo todo el suceso,
atenzome a mi caimán,
que fiel amigo del riesgo
me sacó aquí al fin de todo
a serviros por cercano.
Por aquí Titán se oculta.
Por esta parte Japeto se retira.
¡Qué he escuchado!
Salieron como huyendo por diferentes partes Titán y Japeto, y se encontraron sin reparar en Neptuno.
Aquí oculto, más que vio.
Aquí, que miro.
Ocúltate, procura.
Titán.
Japeto.
¿Los conocerás?
¿De dónde o cómo?
Pues somos hijos.
Escóndame lo fragoso de estos juncos.
Y a mí estos.
Escondiéronse.
¿Pues qué es esto?
Amotinarse toda la región del fuego,
fulminando contra mí
Júpiter su ardiente cetro.
Despertar para mi agravio
el Nilo rama del viento,
siendo en favor de Saturno
yo un arpón cada bostezo.
Sin duda por esta causa
el mar se alteró soberbio.
Y así que a mis titanes
Júpiter arrojó al centro.
Y pues son mis escuadrones
leves átomos del viento.
Supuesto que fuego y aire
nos han vencido, encontremos
voluntario precipicio.
Yo en el agua.
Yo en el centro.
Fuéronse a arrojar, y detuvo Neptuno a Japeto, y salió del centro un peñasco de fuego en que venían las tres Furias con antorchas encendidas, y en el puesto superior Plutón horrorosamente vestido a lo romano.
Suspende el airado impulso.
Suspende, suspende.
El impulso violento,
que no ha menester el lóbrego abismo
para su triunfo mirar tu despecho.
Plutón soy que del lóbrego abismo
a conseguir vengo,
envidioso de un triunfo, la gloria
de un vencimiento.
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Y para esto
te acompañan las tres Euménides.
Tisífone.
Megera.
Y Alecto.
Y si fuerzas ajenas me asisten
para este efecto,
aún no igualan la menor pavesa
de mis incendios.
Pero seremos
vengadoras de fieras injurias.
Con iras.
Castigos.
Tormentos.
Los Titanes en duras prisiones
oprimidos tengo
con montañas, pues fueron los montes
su atrevimiento.
Y están sobre ellos
el Paquino, el Etna, el Peloro y el Lilibeo.
Cese hermano la armonía,
no ilustre al furor el eco,
que contentos horrorosos
no dejan de ser contentos.
Saturno y Júpiter, que
a sus contrarios vencieron,
pues Neptuno agora y Plutón
acaben sus vencimientos,
a Japeto y a Titán
aquí presentes tenemos,
y pues dos a dos estamos,
brazo a brazo y cuerpo a cuerpo
concluyamos de una vez
nuestro comenzado duelo.
Oigan, oigan el muchacho.
Yo lo admito.
Yo lo acepto.
Vosotras horrendas Furias,
cuyo herrado cabello
encoge enroscado en
cada rizo un viborezno,
suspended la furia, y solo
sed tres luces que luceros
juzguen de nuestro combate
el triunfo o el rendimiento.
Oiga el diablo, ¿que también
hay luces en el infierno?
Pero ¿qué hago yo aquí, que
en mi caimán caballero
no me voy a darle cuenta
a Júpiter de todo esto?
Pues donde pelea un amo
no ha de hallarse un escudero.
Huye.
¿Qué respondéis, presumidos impíos?
¿Qué respondéis, fulminados impíos?
cantaremos al son de los aceros.
Sacan las espadas y pelean Neptuno y Japeto, Titán y Plutón.
Pues a la lid.
A la lid.
Aquí de mi agravio siento
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tomar venganza.
¡Oh si hallara
a mis ultrajes remedio!
Restaurar de mi descuido
así el delito pretendo.
Si vence a Titán mi espada,
aún más que Júpiter venzo.
Perdí el acero.
Se le cayeron las espadas.
La espada me faltó.
Cobrad aún tiempo,
que dura más a veces furor que los esfuerzos.
Que así Japeto te venza.
Valiente Titán, ¿qué es esto?
Yo volveré por mí mismo.
Pelean.
Yo me vengaré a mí mesmo.
Tropecé en una laja.
Caen ambos.
Caí también.
Alzad del suelo,
que no es falta de valor la sobra de movimiento.
Aquí están.
Lleguemos todos.
Salieron Saturno, Júpiter, Opis, Amaltea, Juno, Curetes, pastores, Zamadio, damas y soldados.
¿Quién ha vencido?
Teneos.
¿Quién en la lid vencedor ha sido?
Nadie, pues fueron
tan conformes los triunfos, que eran los rendimientos.
En esta postrera música se hundieron las Furias.
Ya que este segundo acaso
(mejor dijera portento)
segunda vez en mis manos
humillados os ha puesto,
Titán y Japeto, al punto
os tened por prisioneros.
Ya es vana la resistencia
a vista de tanto esfuerzo.
A dos torres a los dos los llevad.
Yo si más tengo
nuevas fábricas que mis
diestros Cíclopes han hecho,
(en cuyo afán retirados han estado)
en que tenerlos seguros y divertidos,
(en sus jardines amenos
y doradas galerías),
podréis, aunque prisioneros.
Pues allá los conducid.
Ay hermosísima Venus,
que en vano para desposo
tuyo procuraba un reino.
Ay Venus divina, cómo
mis contrarios me vencieron,
teniendo para animar
mi valor mi pensamiento.
Ea, venid.
De pesar no vivo.
De pena muero.
hacia la parte que boca
a Creta el apartado Egeo,
mirando al septentrión,
los edificios soberbios
se descuellan eminentes
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Y dos.
Fuéronse con los dos.
Ya te obedecemos.
Ya que asegurada miro
por vuestro arrogante esfuerzo,
¡oh jóvenes gallardos!,
la porción de mi imperio,
razón es que sepa a quién
tan noble fineza debo.
Pues hasta ahora no he podido
de vuestro labio saberlo: ¿quién sois?
Antes que descubran
su preclaro nacimiento,
rey del orbe has de firmarte.
Luego que sepa el buen viejo
que todos tres son sus hijos,
ha de saltar de contento.
Eso intentamos los tres.
Que sobre el rústico asiento
deste pequeño peñasco
nueva posesión tomemos
de altas luces, crespos mares,
verdes selvas, vagos vientos.
Ya el inculto trono ocupo
con mi esposa.
Siéntanse.
Pues el cetro de luces (que halla en la esfera
su defensa, y lucimiento)
porque mejor le gobiernes
a tu diestra mano ofrezco.
Dale el rayo.
Yo de aquesta verde grama
tus nobles sienes rodeo,
siendo su círculo cifra
de lo que vale el imperio.
Corónale.
Pues los tesoros que encierra
ese undoso golfo inquieto,
te franquea este tridente
en sus líquidos [ilegible] .
Dásele.
Y de la vaga región
del aire, en rápido vuelo,
pondrá a tus plantas las aves
más nobles de su elemento.
Ya acordes y unidos los cuatro a un tiempo.
Juno en el aire,
Júpiter en el fuego,
Neptuno en el mar,
Plutón en el centro.
Te rinden vasallaje fino y atento.
Estos tres jóvenes nobles,
que, en fe de tu violento
estrago, para que fueran
atlantes de tus imperios,
tus hijos son, que amparados
en lo inculto del Dicteo
de cíclopes, y pastores,
y curetes, encubiertos
hasta hoy habían vivido,
hasta que quien son sabiendo
les hurtasen a tus sienes
el usurpado trofeo.
El cómo de tu rigor
los indulté, lo reservo
para mejor ocasión.
Llegad, y a las plantas puestos
de vuestro padre, rendid
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a su mano amante obsequio,
¿en qué os detenéis dichosos?
¿Cómo no llegáis?
¡Ay cielo!
Hados, ¿qué es lo que he escuchado?
Ya vuestra amenaza temo.
Pues me concedéis la dicha
para asegurarme el riesgo;
mas disimular es fuerza
este temeroso afecto.
Llegad, llegad a mis brazos,
que bien temí este suceso.
El primero yo a tus plantas
te pido la mano.
De rodillas.
¡Fieros destinos, que en ese joven
admiro, que al verle tiemblo!
Tomad.
Tu modestia admiro.
Al tomarle la mano se le enciende el rayo que tenía Saturno en ella.
Suspende el rayo violento,
hijo cruel no me mates,
apaga el voraz incendio,
¡oh ingrata, tirana Opi!
Para esto, para esto
reservaste de mi saña
este impío atrevimiento.
Huyendo de sus rigores
penetre el monte.
Vase.
¿Qué es esto, Júpiter?
Quiere el hado quebrantar así su ceño
y pues ya se ve cumplida
una crueldad sin un riesgo,
en su alcance vamos todos;
y más, y mil veces repito
viva Saturno, pues su hado
cruel se mira deshecho.
Que hoy a vista de una gloria
siempre remate un tormento.
Vase.
¡Viva Saturno, pues su hado
cruel se mira deshecho!
Plutón, ¿qué es lo que discurres deste acaso?
Mucho temo, que en su esfera lo elevado
no le transforme en soberbio.
Vase.
Rasga, ligero delfín,
al mar te abate, que al viento,
que a Nereo informe deste
venturoso vencimiento.
Al delfín en que vino.
Y que la mano me alcance
de Anfitrite, por quien muero.
Vase.
Cuando desta vez
Creta, un caos de portentos.
¡Viva Saturno, pues su hado
cruel se mira deshecho!
Sigamos la tropa.
Quién les mete a ustedes en eso,
sino fuera de parar
toda esta bulla en sosiego,
disponer algún sarao,
que servir pueda a dos tiempos,
luego como diversión,
y ahora como intermedio.
A los cíclopes importa avisar
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Yo me encomiendo
deso, pues que su residencia
en Creta está, voy por ellos.
Vase.
Pues dando fin la jornada
demos principio a un torneo.
Quédanse los cuatro curetes armados, y al son de clarines, y timbales (acordados con los instrumentos de violones, y clavicordios) salieron cuatro niños vestidos de bandoleros, sacando las chispas de pistolas, y la espada, y rodela de cada curete, y alternando clarines, y instrumentos, y al son de los clarines tira el paso y lidian con la espada, y rodela, y al son de los instrumentos danzan sin compás, alternando hasta rematar el torneo, tirándose con las pistolas a compás.
Jornada tercera
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Jornada tercera.
Volvióse a repetir la mutación de selva florida, viéndose su foro el mar, y salieron cantando y bailando ninfas, y Anfitrite, Venus, y sus náyades.
Venus hermosa y Anfitrite bella,
a aqueste ameno florido pensil,
vienen prestando a las flores que pisan
pompa fragante y alegre matiz.
Aves cantad.
Flores creced.
Fuentes reíd.
Término a Anfitrite, con quien cifra
el atlante sus tesoros así.
Oí sí, que en tus olas del azul zafir.
Y hasta ayer la espuma vi
con un suspirar, y con un gemir.
Ahí,
y a Neptuno el verso quedar, y sentir.
A comprehender vitorias, que ha de conseguir
que de ellas se vista el amante así.
Le vi,
ir surcando mares de llanto sutil.
Pero así que pudo tus [ilegible] sentir,
la pena crecer, al disminuir.
Que en fin
hacía a tus ojos no ver y sentir.
Cuando enfureciendo el mar la cerviz,
lo que sabio tiene bajaba rendí.
Al fin
tu ver un desmayo, y un suspiro oí.
Mas pues elevar pueden, no abatir
a Neptuno tronos que le han de aplaudir.
Venid,
las sonoras voces ninfas, y decid.
Venus hermosa, etcétera.
Venus, bellísimo asombro,
a quien supo producir
el mar en blancas espumas,
el cielo en rojos rubís,
desde aquel primer albor,
desde aquel primer abril,
en que empecé a amanecer,
en que empecé a vivir,
juntas habemos gozado
del tierno estado pueril;
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Con que advirtiendo, que a una alma
[ilegible]
(nuestra voluntad, que en dos
alientos funda un vivir).
Tratemos familiarmente
de un cierto afecto, que ni
le conozco, ni le extraño,
y si quiero definir su enigma,
en vano lo intento, dime Venus que en fin
juzgo, que su explicación
la trae de nacer de ti.
Aquí atrás llegó un día,
a aqueste ameno país,
pequeño buque, trayendo
gentes de alguno confín,
y procurando informarme
de quién son, logré oír,
(en mal limados acentos
a un rústico pastoril)
Neptuno gallardo joven,
que apenas llega a cumplir
tres lustros (sabio inventor
dese ligero leño,
del mar, que con blancas alas
bate el campo de zafir)
es nuestro dueño señora,
y osaba esbozar aquí,
que él pondera tu hermosura
tu cordura, sutil
ingenio, suave voz,
arte gallardo, gentil
destreza, (yo), y pregunto:
¿qué será? Vuelvo a decir;
proseguía estas noticias
con tal afecto, que di
a la atención de escuchar
más sentido, que el oír.
Y que será no admirar luego.
Repita otra vez, y mil,
al oír, el ver, estimando,
que no me quieran mentir
ingenio, armonía, esfuerzo,
destreza, y trato gentil;
supuesto, que a pocos días
de arribar al monte vi,
bella movible ciudad,
instable ameno jardín,
en que Neptuno venía.
Pues apenas acudí
con mis padres al puerto (para
averiguar, e inquirir
tan extraña novedad)
saltar en tierra le vi,
tan airoso, que el primero
fue (con casto ósculo civil)
a quien el nuestro al labio
no supo disminuir.
Aquí entra mi majadería,
¿qué será Venus en fin?
Bien que apenas a mis padres
informó de lo que allí,
Pag. 50
fue necesario (y molesto,
aquí fuera repetir)
cuando sin comunicarme,
sin haberme visto, sin
conocerme, de mi mano
aspira al logro feliz.
Declárame tú este enigma,
ya que tan necia nací,
que le supe proponer
y no le sé definir.
Si no te acuerdas de aquel día,
que en un ameno jardín
una ninfa tuya quiso
copiar al vario matiz
de las flores tu hermosura;
pues yo que atenta vi
(si estaban en tu belleza
primores para lucir).
La hermosa copia guardé,
para que viviese en mí,
y él es por quien al atlante
vino Neptuno.
Pues di: ¿cómo adquirió mi retrato?
Como aquel rústico, y
simple (puesto, que te hizo
del gozar por el oír).
Después que tú le amparaste,
al volverse a su país
(en su pequeño bajel)
me pudo encontrar a mí,
y oyéndole exagerar
a tu hermosura, y decir,
cómo pintaré a Neptuno
esta belleza, que vi,
esta piedad, que encontré,
esta perfección (que en fin
aunque rústico) él mirara,
no la merecía discurrir,
desprendiéndome del pecho
tu retrato (dije) así:
lleva a Creta este prodigio,
porque pueda introducir
aquesta nueva deidad
divina adoración allí.
Mucho debo a tu amistad.
Aparece en el mar un delfín, sobre el cual venía una mujer vertiendo agua de una concha.
Mas un ligero delfín
viene cortando de aquel
crespo ondeado zafir.
Señas nos hace.
Escuchad.
Pues correspondele.
Oíd.
Haciendo señas con los remos.
Llega a la orilla, llega,
tu [ilegible] di;
no seas esta vez
mudo pez,
sino canoro delfín.
Llega a la orilla, llega.
Pag. 51
Escuchad, oíd:
Neptuno me envía
(de la espuma fría
cortando el viril)
Venus de su parte,
a solo informarte,
que él ya a Japeto, ya a Titán venció.
Él y sus hermanos
a estos dos tiranos
(en distinta lid,
de rayos vibrando,
de mares, y vientos,
de furia del reino del triste gemir.)
A un tiempo vencieron
y a su padre dieron
el cetro feliz,
que de su lugar
quería arrancar
un bárbaro ciego insulto motín.
Avisa a Nereo,
como es su deseo,
solo requerir
a Anfitrite hermosa,
para su bella esposa,
siendo adorarla su más alto fin.
Mi padre, fiel mensajero,
te ha de responder; y así
prosigue el ligero curso
al monte, que en su país
le encontrarás, y vosotras
todas conmigo venid,
repitiendo en fiel aplauso,
la concertada festín.
Viva Venus que supo producir
un afecto, que de ella ha nacido,
y en mi pecho despierto
solo vive en mí.
Éntranse bailando.
Corrióse una mutación, que formaba un jardín de cuatro estancias, con un cenador, una arboleda con una fuente, una gruta, y unos jaulones llenos de aves, siendo foro, descubierto un palacio grande con sus puertas de bronce, y salieron por el jardín Opi, Juno, Amaltea, Júpiter, Plutón, Neptuno, Brontes, Curete y Zamudio, curetes, pastores, y cíclopes.
Ya que a mi solicitud,
toda Creta es alegría,
gozando desde aquel día
dichosa, y amable quietud.
Ya que Saturno ha alcanzado
(con su ciencia) que el destino
el daño que le previno
sin un riesgo ha quebrantado,
ya aquestos bellos jardines
(de tu hermano fabricados)
a nuestra vista, canciones,
bailes, músicas, festines,
para su divertimiento,
prevenga vuestra atención,
y la otra prevención.
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Dé más primor al intento.
Ya tengo avisado a todos,
que nadie diga que estamos
encubiertos; desto os damos.
Cada uno por varios modos,
busque festiva invención,
en que a Saturno divierta.
Y pues esa oculta puerta
nos da paso a esta mansión,
divididos, y distantes,
unos, de otros estaremos,
hasta que nos avisemos,
(por la acción de los semblantes)
de cuando hemos de salir.
[ilegible]
que sea el suyo placer.
La gracia que le di,
cada uno a su lugar.
Pues yo en aquel cenador,
que en fragante resplandor
estrellado está de nácar,
con mis curetes estar pretendo.
Mucho mejor,
que llevarme al cenador,
fuera llevarme a cenar.
Se escondió Júpiter y los curetes en el cenador.
Yo en esa verde sombría
arboleda me estaré,
donde a esta beldad le dé,
ver aquella fuente fría. Ven Zamudio.
Saca el retrato.
A la corriente
siempre se inclina mi amo,
¿qué importa ir adonde hay rama,
si me lleva donde hay fuente?
En aquella obscura gruta
ocultarme es preciso,
hasta que vea tu aviso
desde su habitación bruta. Ven Brontes.
Escóndense donde dicen.
Seguirte escojo,
que, pues que el son nos da,
haga bien la seña, que
no tenemos más que un ojo.
Escóndense.
Yo, señora, y Amaltea,
allí donde dulces aves
entonan ecos suaves,
estaremos.
Así sea.
Ya a los violentos cerrojos
dio Saturno la fuerza,
de la prisión miro abierta.
Pues de aquí nos retiramos.
Escóndense.
Salieron por la puerta del palacio los dos Saturnos quedándose a ella: Titán, Saturno, y Japeto.
Ya Saturno, y sus hermanos
salen; ¡oh qué feliz soy,
cuando mirándose los dos,
con afectos tan humanos!
En quietud mis reinos miro,
todas sus glorias poseo,
Pag. 53
Seguro mis hijos veo,
ya sin zozobra respiro.
Escóndese Opis cerca de los tres, que bajaron hablando en secreto hasta el monte.
Aunque el venero al rey
parecido haya clemencia,
de mi ceño no caigáis,
no es nada de mi soberbia.
Si con iras nuevas pruebo
estas generosas huellas,
harta mi venganza nunca
bastantemente [ilegible] .
¿Quién oyera lo que hablan!
¡Quién escucharlos pudiera!
Imposible es el oírlos.
Mucho, Amaltea, te alejan.
Algún gran daño imagino.
Saturno en vano recela.
Pues atended a mis breves
razones, que aunque parezca
que quiera alargar discursos,
solo intento anudar hebras.
Luego que a aquesta prisión
os envié, fue una peña
mi rústico trono, adonde
me juraron la obediencia
Júpiter, Plutón, Neptuno,
esos tres jóvenes, esas
tres amenazas, que el hado
me fulmina en sus cometas.
Pues apenas mis dos ojos,
sobornado de la negra
imaginación, me dio noticia
de cómo mis hijos eran,
sin agraviarme disparar
contra deidad la esfera,
y que, siendo tributante
Jove, el primero a mi diestra,
en dos partidos se viese;
pero luego que molesta
es esa exquisita noticia.
Sí, de que pudimos saberlo
de algunos soldados, que
de guardia salen y entran
en aquesta prisión.
Pues escuchad una tan nueva
que apenas mi pensamiento
he querido que la sepa.
Viendo al confuso tumulto
alternar las lisonjeras
voces, que a un tiempo discurrieron
aquello mismo que acuerdan,
de mi temerosa fuga
fue suspensión la prudencia,
con cuyo inquieto sosiego
fingió presto mi cautela
que para contrastar del hado
los decretos era fuerza
que mi fuga pareciese
circunstancia, y no flaqueza.
Pag. 54
Aseguré a mis vasallos,
Júpiter rendido intenta
probar que fue aquella llama
más aplauso que violencia.
Finjo que la astrología
con mudas voces me enseña
que ya cesó de mi influjo
el amenaza sangrienta.
Con esto Ops se asegura,
y desvelos me profesan
mis tres enemigos hijos,
con bailes, músicas, fiestas,
que presto intento cambiar
en susto, llanto y tristeza.
Para cuyo fin me valgo
de vosotros contra mí, mas
razón, que siendo piedad
os escuché como queja,
el día que comenzó
vuestra altiva competencia.
No admití vuestra razón
entonces, y ahora concuerdan
vuestro dictamen y el mío,
pues vedme a las armas vuestras.
caí rendido, y después,
los mismos que me amedrentan
ser instrumento de que
corona y cetro posea;
es querer sin duda el hado
volver a unir con violenta
astucia las circunstancias
que piden sus influencias.
Pues mueran estas tres causas
de mis asombros, mueran, mueran,
que en mi cruel apetito
aún dura la saña hambrienta.
Y no extrañéis mi crueldad,
porque en mi condición fiera
cuando se nace a rigor,
es solo naturaleza.
Los tres impíos se logran
en un golpe tres ofensas;
del modo ha de ser, oíd,
que aún no quiero que lo sepan
las aves, fuentes y flores,
ni luceros, que en su lengua
ave y antorcha murmuran,
la flor y el lucero alientan.
Estuvieron hablando en secreto los tres mientras los varios que se siguen.
Helada apenas respiro.
No sé lo que Ops espera.
Mucho ha tardado Ops en avisarnos.
La arenga del viejo lo habrá causado,
que como de él está cerca
le habrá oído, y en su consejo
está la mayor que acecha.
¿Cómo Ops no nos ayuda?
Aún no percibo la seña.
Eso me respondéis, cuando
Pag. 55
pensó encontrar mi soberbia
en vosotros retratada
la imagen de mis fierezas?
Si yo a manos de un rigor
muero, ¿qué esperanza os queda
de no mirar repetida
en vosotros la tragedia?
Yo te había de ayudar
a una tiranía tan nueva,
que concebida en tu idea,
monstruo de dos cabezas,
no sé si es más cruel por lo
ingrata que lo sangrienta.
Yo había de ir contra aquellos
que con valerosa diestra
a su padre defendieron
a pesar de sus ofensas?
No es digno de mi valor,
que aunque del contrario sean,
son dignas de estas las acciones
nobles, venzan o no venzan.
Que no porque contra el cielo
te ayudamos, es bien quieras
que me acuerde la traición
la crueldad, y no la enmienda.
Pues yo bastaré cobarde a intentarlo.
Sale Opis.
Ten la lengua,
ingrato monstruo del siglo,
que te infamas y te conquistas.
Ya salió Ops.
Ya ha salido.
Cuidado.
Estemos alerta.
Tus insultos, impiedades,
tus tramas encubiertas
he escuchado, y saber dar
vida a tus amadas prendas,
como aquel fatal hechizo
supo estorbar mi cautela,
venciendo tus ambiciones
con tan débil resistencia,
como es un recién nacido
fruto, un engaño, una piedra,
y aquella misma prisión.
Vuelve la cabeza hacia arriba.
Ya Ops volvió la cabeza.
Si la vamos.
Ya nos avisa.
Ya nos miró.
Pues ¿qué intentas Ops atrevida?
Que...
Salieron de golpe los tres, hechos con viento y bajando.
Vaya de bailes,
de músicas y fiestas,
y al grande Saturno aplauso prevenga
el sol en su alcázar, el agua en su esfera,
el pez en el mar, el bruto en la tierra.
Vaya de baile, de música y fiesta.
Si antes un rayo ciñó su diestra,
ahora un laurel la adorne y defienda.
Diole un laurel.
Y en vez de tridente otra rama bella
de coral le rinda colores diversos.
Vaya de baile, de música y fiesta.
Pag. 56
Fragante guirnalda este día florezca
en la dura frente que anima y no vela.
Este breve globo
del aire hecho esfera,
tributarias plantas sus aves diversas.
Pone un globo a los pies y a cada uno diverso ave.
Y los tamborinos, flautas y babosas,
que le ensordezcan donde le diviertan.
Vaya de baile, etcétera.
Bailaron todo este rato.
¿Qué es lo que pasa por mí?
¿Es ilusión de la idea
este repentino acaso?
¿Qué novedad es esta?
No lo ves, tratar tus hijos
de divertir la tristeza
de tus hermanos, y dar
a tu piedad norabuena.
Yo de mi parte agradezco
su fina atención, que fuera
perdonarme el rendimiento,
no aplaudirles la fineza.
Mucho su rumbo estimo,
aunque su dolor mis penas,
que son las desgracias [ilegible] ,
fueran las desgracias penas.
Corrido estoy del suceso;
que aquel que contra su estrella
camina, se rinde y no anda,
se fatiga y nunca llega.
Un tempestuoso mar
me contemplo, a quien inquieta
el viento de mi ambición,
de mis deseos las crespas
inconstantes olas, siendo
mi dicha espuma ligera,
y mi desgracia (por firme)
duro escollo, fija peña.
Mis ignorancias los bancos
peligrosos, y las fieras
monstruosidades que en sí
el amargo seno engendra,
mis afectuosas costumbres;
el flujo y reflujo, el tema
de alterados pensamientos,
en quien la memoria encuentra
la ancha playa, donde es
la imaginación la arena,
la voluntad la corriente,
y las pasiones diversas
el golfo; pues ya es razón
que de la cruel tormenta
que estoy padeciendo, el puerto
el entendimiento sea.
¿Qué te suspendes, señor?
El baile y música vuelva.
Consultando está impiedades. Aparte.
Discurriendo estará ofensas. Aparte.
Volvieron al baile, y Saturno en medio los interrumpía con sus varios sin cesar la música.
Vaya de baile, de música y fiesta.
Cesad.
Pag. 57
Y al grande Saturno.
Que es bien.
Aplausos prevenga.
No llega.
El sol en su alcázar.
Ni cante.
El ave en su esfera.
Ni salte.
El pez en el mar.
Ni corra.
El bruto en la tierra.
Hasta que admirando en mí
una transformación nueva,
luzga el sol, el ave cante,
salte el pez, corra la fiera.
Ya otras vuestras atenciones tienes.
Y como si fueran
tus palabras graciadas,
prevenimos las orejas.
Oíd venturosos cretenses.
Fue bajando poco a poco una hermosa nube, y en ella una estrella resplandeciente, en que venía Venus, y bajó hasta la mitad del claro, y cantaba allí su copla.
¿Mas qué resplandor intenta
atajarme las palabras
con prontas luces ligeras?
¿Quién el día resplandece?
Añade desde la esfera.
Bella iluminada nube
se desprende, o se descuelga
del celeste pavimento.
Y sobre su alta cimera
bello lucero encamina,
hermosa deidad sustenta.
La divina Venus es.
¡Qué dicha!
¡Qué beldad!
Esta es Venus, ¿qué querrá?
Hacernos ver las estrellas.
Bella ninfa de Cipria,
que su armonía descienda
del alto trono.
Moved las sonoras cadencias.
Descended, descended astro del alba,
y venid a infundir alegría
al regio Saturno,
que luce diurno
del sol la majestad.
Descended, descended.
Ya florece el suelo
la hija del mar,
y si me quiso bajar
de esta nube al cielo,
es que por sus poros arcaduces
se quieren sorber golfos, bebió luces.
Neptuno dichoso,
ya ha llegado el fin
en que embarque al delfín
al monte Atlante frondoso,
Pag. 58
Y grato te concede el gran Nereo
alto premio, a que anhela tu deseo.
Con su hija bella,
sobre el grande Egeo,
para que logres su empleo,
las ondas líquidas huella,
y tocan (resonando los tritones
con retóricas trompas) sus canciones.
Parte diligente
a tan alto honor,
será entre vuestra loor
cetro de vidrio el tridente,
porque Saturno quiere, y oye entero,
que del mar te corone de laurel fiero.
Para que mejor lo diga,
pues paréntesis ha sido
de mi empezado discurso
tu dulce métrico estilo,
yo a tus piedades atento
segunda haré de respeto.
Descended, descended astro del día,
y venid a infundir alegría
al regio Saturno,
que luce diurno
del sol la majestad;
descended, descended.
Con esta música se acabó la nube, y desprendiose un rayo de la estrella, bajó Venus al teatro.
Oíd venturosos cretenses,
con mayor causa repito,
y oye tú siendo de tanta,
novedad bello testigo.
Yo que fui de la crueldad
tirano monstruo nocivo,
no sabiendo si nací
para fiera o para risco;
no solo a Neptuno doy
el gobierno cristalino,
pero en Júpiter renuncio,
en Plutón depongo (a un mismo
tiempo) de centro y leyes
el imperio y el dominio;
con que he de rendir un día
mi breve caduco brío
a lo débil del aliento,
y a lo fuerte del destino,
quiero entregar el descanso
(si es descanso el que es martirio)
el corto tiempo en que espero,
quizá muerto, o morir vivo,
retirándome al angosto
reino de Italia, que elijo
para mi puerto; y así,
porque se vea que aspiro
a que no imiten discordias
de sus hermanos, divido
en otros tres los tres reinos,
en que halla la luz principio,
en que mitigue su carrera,
en que oscurezca sus visos;
siendo del oriente dueño
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Júpiter, de los distritos
del mediodía Neptuno;
del occidente sombrío
Plutón; estando estos tres
ámbitos del mundo unidos
(hasta ahora descubiertos)
el cielo, el mar y el abismo.
De tus plantas besamos, por
favores tan excesivos.
Solo a un pecho de diamante
ablandaran beneficios.
Retrocedió su crueldad.
Torció al rigor el camino.
De esta vez Júpiter me hace
de la puerta del sol mismo portero.
Y a mí Neptuno de las mareas caudillo.
A mí Plutón del infierno
me dará el bodegoncillo.
Sabio prudente Saturno
(pues nadie más sabio ha sido,
ni más prudente que el que
supo vencerse a él mismo),
ya que ignoras, pues verás
el cierto modo e invicto,
(pues mi nacimiento hubo
de costarte un homicidio)
si la palabra cumples,
quiero, a Opis, de que a tus hijos
daría dignas esposas
cuando gozasen invictos
sus imperios; y pues ya
Neptuno lo ha merecido,
de su esposa alcanzar
el empleo solicito.
Pero de Plutón en vano
lo intento, ya que antevino
que habría de lograrle más
un robo que no un arbitrio.
¿Cómo? ¿Cómo? ¿Sin casarte
te quieres dejar? ¡Qué lindo!
Para Júpiter yo tengo
bella deidad, de quien fío
que ha de aplaudir la elección.
¿Qué es lo que escucho? Aparte.
¿Qué oigo? ¿Si por ella lo dirá?
Mas que por ella lo dijo.
¿De qué beldad me hará dueño? Aparte.
No dilate el decirlo.
Como sea de mi mano
la esposa que solicito
darle, uniéndose igualdad
de su estirpe esclarecido,
¿estaréis contentos?
Sí.
¿Qué más claro ha de decirlo?
Ella a sí propia se eligió.
Ea, acabe de sacudillo.
Pues yo...
¡Qué pena! Aparte.
¡Qué ira! Aparte.
A la hermosa Juno elijo
para su divina esposa.
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Ya volví en mí.
Aparte.
Ya respiro.
Aparte.
¿Con su hermana?
Calla, necio, que además de ser estilo,
esto en nuestros reinos tiene
dispensación de Virgilio,
buleto de Ovidio y consentimiento
de Plinio.
Que siendo tu hija, y siendo
razón que de los distritos
del orbe goce también
el heredado dominio,
siendo esposa del gran Jove,
se logrará a un tiempo mismo
del tálamo la igualdad
y el premio distributivo.
Solo tú, discreta Venus,
cuerda hubieras discurrido
tan acertada unión.
Eso entrambos han de decirlo.
¡Que se casen, y Plutón
se quede hecho un Dominguillo!
¿Qué dices, Juno?
Señora.
No hay que empezar a hacer mimos,
que su marido ha de ser,
aunque se vuelva cuclillo.
¿Y tú, Jove?
Que de tanta dicha no me juzgo digno.
No puedo llevar a cuestas
bodas de golpe zumbido.
Hermano del diablo, ahora
ignoras cómo es estilo
en estas bodas hacerlas
conveniencias y no cariños?
Repetid que viva Juno, y Júpiter.
Dos mil siglos Júpiter y Juno vivan.
¿A qué esperas?
Aparte.
Yo me animo.
Aparte.
Hablaron Titán y Japeto al oído a Saturno lo siguiente.
Hermano, en tan grande aplauso
solo una merced te pido.
Saturno, en tanta alegría
solo un favor te suplico
me concedas.
¿Qué pretendes?
A Titán.
¿Qué quieres?
A Japeto.
Que persuadas
la hermosa mano de Venus
me consigas.
Que benigno
de Venus la hermosa mano
me procures.
Qué bien veo,
Aparte.
en otra ocasión como esta
un nunca imaginado cisco;
que el premio que me pedís
no es premio para partido,
pero yo procuraré
igualaros al servicio.
Ea, señor, ¿a qué aguarda
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nuestro alegre regocijo,
que no puebla las regiones
de dulces ecos festivos?
Bien ha dicho.
Suspended por un rato los motivos
justos de vuestra alegría;
hermosa Venus, a un mismo
tiempo Titán y Japeto
igualmente me han pedido
que mis ruegos interponga
para que el premio divino
de tu mano favorezca
al que de él fuere más digno.
Plutón sin casarse, ¿y
casarse también los tíos?
Suponiendo que Titán
y Japeto han merecido
mi belleza, que lo que
la lisonja mentir quiso
en mí, no será razón
que en dos sujetos tan dignos
tenga a uno quejoso, por
tener a otro agradecido.
Pues cásate con Plutón,
y quedaremos a un mismo
tiempo, él contento, tú ufana,
Saturno bien, y igualitos
Titán y Japeto, y yo premiado
por el arbitrio.
Solo Plutón ha de ser
¡Qué tormento!
¡Qué martirio!
De mí premiado.
¿Qué oigo?
Cuando logre...
No respiro.
que consiga una violencia
lo que no puede un cariño.
¿De qué suerte, hermosa Venus?
Decírtelo solicito
en mejor ocasión.
Pues
ahora te vendrás conmigo,
porque no es razón que tanto
bien me tengas suspendido.
Bella Juno, a las esferas.
Anfitrite, da camino
por las sendas de cristal
a las campañas de vidrio.
Volaron Juno y Júpiter, Plutón y Venus, y Neptuno solo.
Volaron los tres a un tiempo.
Quien se cayó, voto, amigo.
Salgamos a las orillas
del Egeo cristalino.
Vamos todos. Amaltea,
sígueme.
Ya te seguimos.
Éntranse todos menos Titán y Japeto.
Igual han quedado los dos.
Miren, y qué par de hocicos.
Yo iré a que me den el premio
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de mi industria.
¡Cruel!
¡Impío!
Agarran a Brontes.
Borrón del averno.
Feo lunar del triste Cocito.
¿Más que ahora le dan el premio
del bien que ha discurrido?
No se puede perder esto,
Zamudio.
¿Qué vengativo
intentáis?
Que de mis iras
seas leve desperdicio.
Que a mis manos mueras.
Pues, ¿no sabré por qué delito?
Por osado.
Por aleve.
Y por arbitrista.
Amigos, socorredme.
Aquesto es machacar en hierro frío.
De celos muero.
De envidia rabio.
Quiérese Brontes escapar.
No huyas, enemigo.
Que aqueste fuego atices.
No huyo yo, que a ser testigo
de mi muerte.
Del cruel triste fin que solicito.
Acechemos, que nosotros
no corremos peligro.
Crueles áspides del alma
¿de qué suerte habéis mordido
el corazón, que es el golpe
nueva vida del martirio?
Fiera envidia, ¿de qué modo
es tu veneno nocivo,
que cuando embidiando muero
me muero por lo que envidio?
Ea, impíos sentimientos,
¿cuánto durará el gemido
en un pecho donde es
la respiración suspiro?
Ea, implacables ardores,
que el pecho habéis encendido,
¿cuándo dejaréis de ser
fénix de vosotros mismos?
En cruel fiera me transforme
mi dolor; esto suplico
a tu deidad, grande Jove,
sea mi llanto rugido.
En enroscada serpiente,
o venenoso vestiglo,
me convierte, Jove, adonde
sean mis sollozos silbos.
Mas ya siento destrozar
el aliento.
De improviso
me cubro de un mortal hielo.
Ya toco...
Ya averiguo...
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que de mi ruego obligado...
que en mi dolor conmovido...
Jove permite...
Concede Júpiter...
para mi alivio,
que vean que un celoso siempre
en bruto sea convertido.
Hundiéronse los dos y salieron de la tierra un león y una sierpe, que acometieron a Brontes.
¿Cómo? ¿Aquestas zaragüelas
eran estos zarapitos?
Huye, Bronte.
Huye, Zamudio.
Corre, Curete.
Eso pido.
Entráronse huyendo, y a un mismo tiempo fue subiendo de debajo del teatro un globo terrestre; siendo el mar su esfera, en donde venían Neptuno y Anfitrite en sus tronos marinos, acompañados de dioses marinos, peces y nereidas; y se iba desgajando del techo un hermoso templo diáfano de porcelana, en perspectiva de columnas y arcos; y en su remate venían sentados Juno y Júpiter; y así que el globo y templo estaban en sus topes, se abría el globo y en su centro se veía una perspectiva...
... de infierno, en donde estaban en su solio Plutón y Venus, acompañados de las furias y ministros infernales.
En la azul esfera.
En los cristalinos
golfos del Egeo.
En el negro abismo.
Alegres los astros.
Los dioses marinos.
De quietas las furias.
Repitan unidos,
que tres supremas deidades
gozan por eternos siglos
los tres mayores imperios
de cielos, mares y abismos.
Muévanse los ejes.
Los campos de vidrio
alternen constantes.
Demuestre el Cocito.
Derramando estrellas.
Duplicando visos.
Festivo lo triste.
Y digan unidos,
que abismos, mares y cielos,
alegres, claros, benignos,
coloquen en sus regiones
árboles, peces y signos.
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Salieron todos, y mientras esta música paró, se descubrió todo el teatro.
Ya en los tres grandes imperios
posesión toman mis hijos,
y aunque ahora tan elevados,
nunca de mí más bien vistos.
Ya parece que del centro
al cielo subió el abismo,
de cuyo esférico globo
es el mar bello recinto.
Y del cielo se desprende
diáfano azul edificio,
fundando en vagos cristales
arquitectura de vidrio.
Salieron Brontes, Curete y Zamudio.
Ya aquí estamos en sagrado.
Curete, de gran peligro
escapamos.
Hola, esto está hecho un paraíso.
Zamudio, aquí servir puede
el festejo prevenido
del jardín.
Ya están pastores
y cíclopes advertidos.
Escuchad, que ya repite
otra vez el dulce ruido,
que confusamente se oye
en cielos, mares y abismos
de las sonoras deidades
de alegres monstruos marinos,
de furias ahora apacibles,
en dulce obsequio festivo.
Ahora se descubrió el infierno abriéndose el globo.
En la azul esfera.
En los cristalinos, etc.
Pues esto he llegado a ver,
¿qué más gloria solicito?
Opis, bella es Anfitrite.
¡Qué portento!
¡Qué prodigio!
Que el cielo se viene abajo.
Que el mar salió de su quicio.
Que hasta el infierno es hermoso.
Gran Saturno, padre mío,
ya a mi diestra te prevengo
claro asiento diamantino,
donde séptimo planeta
luzcas triste, alumbres tibio.
Y en pago de mi crianza
a Amaltea solicito,
que en el cielo resplandezca
claro benévolo signo.
Que a Japeto y a Titán,
a sus ruegos compasivo,
en dos impacientes fieras
del Oeteo he convertido.
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Mucho a tu fineza debo.
Mucho tu atención estimo.
Plutón, este negro solio
que ocupo, solo le hizo
para Proserpina, bello
asombro, en quien anticipo
que en los reinos del averno
reinará solo contigo.
Opis, partamos a Italia.
Adiós, amados prodigios.
Ninfas repetid alegres.
Tritones decid festivos.
Furias pronunciad contentas.
Viva Saturno, pues quiso
vencer lo más invencible
venciéndose él a sí mismo.
Repite el ocho: Viva Saturno, pues quiso, etc.
Astros pronunciad brillantes.
Golfos decid cristalinos.
Llamas pronunciad lucientes.
Viva Opis, bello prodigio,
que supo a sus hijos darles
dos vidas y tres dominios.
Repite el ocho: Viva Opis, etc.
Pues ninfas.
Tritones.
Furias.
Astros.
Golfos.
Llamas.
Signos,
ahora en más dignos aplausos
suaves...
Repitan unidos
que tres regias majestades
gocen por eternos siglos,
Carlos, Luisa y Mariana,
sus dilatados dominios.
Nadie se vaya, que puesto
que tenemos prevenido
a estas bodas un festejo,
los cíclopes y diablillos,
unidos con los pastores,
a las tres deidades pido
le vean, porque tomemos
de la fiesta finiquito.
Quedose todo el teatro descubierto, y se dio principio a un bailete entre cuatro cíclopes, cuatro pastores y cuatro diablillos, que a los sones alegres franceses danzaron, sacando los cíclopes yunques y martillos, en que golpeaban a compás en distintas plantas; y fenecido este bailete se echó la cortina, y feneció la fiesta.
