Texto digital de Los dioses por el leal
Data de publicação: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los dioses por el leal. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/los-dioses-por-el-leal.
LOS DIOSES POR EL LEAL
Jornada primera
Pag. 1
Salen Belero privado del Rey Glauco, y Sileno Capitan y astrologo
No te engañes, amigo,
no te engañan las estrellas,
sino el que lee en ellas,
sinceramente te digo.
Que roba una hija de un rey,
finges en cosa agraviado,
mata el Príncipe a un privado,
desusada es fiera ley,
e indignando altamente
de Jove; ¡ay a ti, ciego!
Lo que sé
te digo sencillamente,
que aunque siempre me he ocupado
en el militar ejercicio
y el rey siempre en el oficio
de capitán me ha empleado,
con todo amor he servido
a la ciencia de los cielos,
y con algunos desvelos
supe lo que he descubrido:
que de tu alegre nacimiento
esta verdad infiero
de los astros, cuando miro
su influjo, y su movimiento.
Míralo, amigo mío,
e informarásme después,
hazlo para que des
crédito a este señor.
Sólo te quiero rogar
que no lo entienda hombre nacido,
que por mi medio has tenido
noticia de aqueste azar;
y en tanto el cielo despierta
tu prudente entendimiento.
Vase.
¿Mas si aqueste casamiento
fuese causa de mi muerte?
Que al fin temo ha de matar
por infanta, que de haber
días, que con quien ayer
tratamos de casar,
la gran hija de Iobante,
de vivos, la cual los cielos
me pronuncian, que son fatales,
¡oh, loco achaque semejante
de ser por fantasías
de su esposo Glauco, y fuerte,
contrapeso de mi muerte,
y cuchillo de mis días!
Jugada llevo la vida,
sino es que me anticipase
o estorbar que no se case,
o a ser antes homicida.
¿Mas a mi rey natural
tan alevosa traición?
¡Oh, villano corazón,
que osaste imaginar tal!
Pag. 2
Mas, al fin, rigurosamente,
por reglas de astrología,
que si él no muere, algún día
moriré yo infelizmente
a sus manos: no hay apenas
otro medio; y no es traición
que a un hombre su vejación
redima con las ajenas.
Mas sea lo, o no; ello es fuerza,
que, si quiero asegurar
mi vida, le he de matar,
pues así le atrasa la muerte.
Vase.
Sale el Rey Glauco y Eufrates.
¿De suerte, Eufrates, que a la corte
agrada
la elección que ayer hizo mi
Consejo?
Todos, generalmente, Señor,
sienten
que influyó ayer el Cielo en tu
Senado
prudencia peculiar; que al fin
Yobante
es poderoso Rey, y su hija bella
digna de que emparente un dios
con ella.
Huélgome que con gusto se reciba
el casamiento, que depende
mucho el acierto de empresas
semejantes
del aplauso común de los vasallos.
No solo con aplauso lo reciben,
mas casi están ya todos impacientes
de la tardanza; tanto es el deseo
que deste casamiento en todos veo.
Eufrates, tomaréis a vuestro cargo
esta embajada a vos, que así conviene
a mi servicio real.
Aceptando,
gran señor, para honrar a los criados,
que quiero más por mandamiento mío
ir por embajador al Rey Yobante,
que ser Hermes del dios Atlante.
El caduceo os preste sus talares
y su facundia.
Esperad los despachos, antes de ir,
con el Príncipe hablad, y desde luego
disponed vuestro viaje, pero haced
disimulado, porque nadie os niegue
pasaje por mi tierra.
Sea el Cielo
a mis felicidades tan propicio,
que me enseñe a cumplir con tu servicio.
Vanse, y salen Belero y Lauro.
Sobrino Glauco, ocasión
nos ofrece ahora el Cielo
para dar vado a mis ansias,
¿Cuál es, señor?
Está, habiendo
escarmentado el Rey Glauco
en el peligroso encuentro
que tuvo el Príncipe ayer
con aquel jabalí fiero,
que de poco le matara
—¡ojalá lo hubiera hecho!—,
se pusieron agora
peligro mis recelos;
temeroso pues el Rey
que su mucho atrevimiento
y un arrojarse del caballo
o le trujera muerto,
ansí su celo real ha ordenado,
que se traten los conciertos
del matrimonio, no salga
a pasar ásperos montes.
Mudo paso graves penas,
que no le alteran, pero
ellas, hechas freno al mar,
quieren poner grillos al viento,
que el Príncipe, como sabes,
todo el temerario vuelo
muestra; que sus altos bríos
irritan sus deseos.
Mil veces ha atropellado
con semejantes preceptos,
valiéndose de su industria
y ferocidad; y cierto
que esta vez (como otras muchas)
atropellará con ellos
secretamente; y pues a ti
te queda por compañero.
Lauro, la ocasión es grande,
aquí veré si es sincero
tu amor; pues podrás a solas
ejecutar mis intentos,
al fin que le he de matar,
si tú no lo haces; soy muerto,
como le veas solo.
¡Que te ciegas
de un fantástico desvelo!
Que porque en su fantasía
fabricó, quizá entre sueños,
que el Príncipe te mataba,
des a su quimera asenso,
y por solo el desconfiar del
sucesor al imperio,
no sabes tú que estos tales
aun no hoy están de asiento?
Aquí se vence la corona,
Si fuesen salvajes medios
menos trágicos. Hay más
que violar el casamiento.
Bien fuera; mas eso es ya
imposible, porque el Reyno
lo solicita; y liberales
reparte, y a lo que entiendo
el caso es que ha de morir.
¿Ay, por modo tan injusto?
Pues ¿de qué suerte?
¿De qué?
Falta en el mundo veneno
que lentamente consuma
los vitales movimientos?
Qué poco sabes. ¿No ves
que hay cien mil contravenenos
eficaces? Y pues doy
que no los haya: al menos
hay menos seguridad
en este que en los violentos.
Pues si quiero ejecutarlo
he de fiar mi secreto
o de un botiller infame
o de un bajo cocinero
o de otro indigno ministro
Pag. 3
Que por singular trofeo
de mi envidiada fortuna
tendrá el deseo asilo, luego
Al Rey. Al fin ello es fuerza
que los filos de tu acero
lo ejecuten, si te precias
de mi sangre.
Que me precio
tanto, señor, de tu sangre
que por defenderla quiero
derramar la del gran hijo
del Rey Glauco. Ello está hecho
que ha de morir a mis manos.
Alienten, Lauro, los Cielos
tan grande determinación.
Aliéntela el mismo infierno.
Salen el Príncipe, Criselo y Eudastes.
Señor, a lo que la fama
publica en el reino della,
la mujer más casta y bella
es Filicia.
De esa dama
oí un retrato este otro día,
y aunque tanta suavidad
me eleva, su honestidad
por rara me obligaría.
Ya es, señor, otra cosa
prudentísima a mi ver,
porque ha de ser la mujer,
a más que bella, virtuosa.
Pues por el tiempo verás
que la belleza gozada,
como a ver, cien mil enfada;
pero la virtud, jamás.
Sale Tappón
Vive el Sol que es bobo asaz,
vivir un príncipe ciego
a la enfadosa obediencia
de un melancólico viejo.
Que porque aguarde este día
pasa un jabalí corriendo
tres mil pasos de su hito,
Se le antoja que este preste
de sus colmillos horrendos,
que sin más ni más le entierre
cuatrocientos mil decretos,
para que no salga a caza.
El Príncipe se hace un necio,
si le obedece, si a fe,
que con alientos mancebos
que cansara a un papagayo
puede derribar un fresno
y al más bravo jabalí.
Por esto dijo un Griego
entre bella, o, virtuosa,
dejara la más hermosa,
solo a que virtuosa fuera.
Pero cuando a la beldad
virtud singular esmalta,
en una mujer sin falta
que es suma felicidad.
Esta dicha gozarás
tú en Filonoe, porque en ella
de virtuosa y de bella
un non plus ultra hallarás.
El gusto: ay cómo le sabe
a la nueva desearlo
tanto, y aun más que se pasme.
Pues para que surta a efecto
es forzoso que se aguarde
que el Príncipe con la desgracia
de Glauco; sea importante
que el Rey Jouante interponga
su autoridad en las paces.
Pues es fuerza que con Glauco
más que no el Rey Preto alcance.
Eudastes con su arbitrio
ha dado en lo que poco antes
pensaba: Sólo que yo
pasaba más adelante
imaginando si acaso
convendría que al instante
el Príncipe se partiese
a Creta para ampararse
de Jouante; que no duda
eficazmente sus partes
tomará, y pedirá al Rey Glauco
con su amistad obligalle
a que le vuelva en su gracia.
Bien me temo no lo ataje
como descrédito suyo
Preto, que empezó a amparalle.
Para esto se ha de hablar
al Rey Preto con tal arte
que él caiga en ello, sin de veras
que ello es consejo trazado.
Pues un cierto cauce
si le ponemos delante
que infiera su intercesión
hay muchas dificultades.
Vamos Criselo que fío
en el Dios altitonante
que como designio suyo
ha de lograr este lance.
Vanse
Sale el Príncipe retirándose de Estenobea, que le lleva asido con la una mano de la capa, y con la otra de la espada.
Déjame, Reina alevosa.
Aguarda, inhumana fiera.
Déjame, áspid infernal.
Mi bien, aguarda, te esperes,
no quieras desesperarme.
Si tú, señora, no quieres
que las leyes del hospedaje
quebrante con esta fuerza
contra el Rey...
Mi bien detente.
Pag. 4
¿Qué, he de detenerme? Deja.
Mátame antes que te partas
ablanda aquesta dureza.
Antes me verás tajado
que tal contra el Rey cometa.
La deja.
No podrás.
Pues con las prendas se queda.
Déjale la capa y espada y vase.
Ingrato, desconocido,
más bruto que los célebres,
que en las manos como sierpe
te enredas y ahogo me dejas.
Tronco duro, peña inmoble,
¿desta suerte te comportas
de haberte franqueado
lo más rico de mis prendas?
Pues, ¡vive el Sol!, que he de hacer,
villano, infame, que sientas
de una mujer el agravio
y de un agravio la fuerza.
Que si por respeto al Rey
mi hermosura menosprecias,
he de hacer que el mismo cielo
me vengue de aquesta afrenta.
¡Ah de mi guarda! ¿Qué hago?
¿No hay nadie que me defienda?
¡Hola, Crisaldo, Leoponto,
Artemisa, Dafne, Laura!
¡Venganza, Cielos, venganza
de un alevoso, que afrenta
deja por todo el lecho...
Entran Artemisa y Leoponto.
¿Qué es esto, señora?
Muerta
el fementido, el infame.
¿Qué es esto, señora?
Vuela,
llámame al punto aquí al Rey,
dile que volando venga
si viva me quiere hallar.
Vuelo como una saeta.
¿Qué es esto, señora mía?
Déjame, Artemisa, deja,
vengarme de un fementido
que así mi beldad desprecia,
que pues de mi amor no quiso
admitir las dulces flechas,
haré que sienta los rayos
del furor de Estenobea.
¿Qué es posible, mi señora,
que tan de quicio te tenga
el alma, que has echado
llamas que mortal alienta?
Déjame, Artemisa mía,
que pues guijarro se muestra,
haré que esos guijarros
lluevan sobre su cabeza.
¡Oh, traidor! ¡Oh, desleal!
¡Oh, falso, villano, que entiendes
lo que puede un cruel despecho
y lo que un agravio cuesta!
Entra el Rey con Leoponto.
¿Qué es esto?
¿Cómo que qué es esto?
Antes que de mí lo sepas
con este estoque desnudo
las entrañas me atraviesa.
Pero no me matéis, Cielos,
antes que mis manos mismas
tomen venganza cruel
del autor desta tragedia.
Aguarda, infame, alevoso,
ladrón mal nacido, espera;
que he de cobrar a bocados
el honor que te me llevas.
¿Qué es esto, Artemisa?
¡Ay,
señor, no sé lo que sea!
Solo sé que un hombre en cuerpo
salió por esta puerta,
y dando voces tras él
con esa espada la Reina.
¿Estenobea, qué tienes?
¿Qué es esto? Ya no me tengas
con la alteración y susto
el alma dada a sus penas.
Artemisa, y Leoponto,
salíos vosotros afuera.
Sálense los dos.
¿Quién te enoja?
Tú me enojas,
tú me agravias, tú me afrentas,
pues a no ser tan bueno
nunca afrentada me viera.
¿Cómo afrentada? ¿Qué dices?
¿Cómo, y de quién?
Las prendas
te lo dirán, y mis ojos
con un mar de amargas perlas.
¿De quién son estos despojos?
¿Que no los conoces?
Muestra.
Del Príncipe son, sin duda.
No son, sino de una fiera
más horrible que vio el mundo,
del monstruo donde se encierra
de la ira, de la tiranía
toda la brutal fiereza.
De un demonio revestido
de angelical apariencia.
Pag. 5
De una furia del infierno
y un infierno de mis penas.
Pues ¿cómo los ha causado?
Respóndale la vergüenza
que cubre el rostro.
¿Qué escucho?
Son fantasmas, son quimeras.
¿Duermo, velo, muero o vivo?
No es posible que esto sea.
¿Forzada mi leal esposa?
¿Desdorada mi diadema?
¿Dejar en la duda me deja?
¿De un mozo de tal nobleza?
Sin duda que estoy durmiendo.
Vase.
Durmiendo está quien no vela
por el honor de su casa
cuando un ladrón se lo lleva.
Duerme Preto, duerme Preto,
que no faltará quien vuelva
por el honor de tu esposa
ya que a ti no te despierta.
Vase.
¿Qué es esto, cielos, qué es esto?
Júpiter, ¿que así consientes
violar las sagradas leyes
del hospicio en tu presencia?
¿A qué propósito está
armada tu sagrada diestra
de ardientes dardos, fatales,
alevosos, y no vengas?
Mas pues sin vengar mi agravio
tus azagayas sosiegan,
yo haré que sienta el infame
los rayos de mi braveza.
¿Mas he de manchar mi casa
con la sangre de las venas
de un huésped, a quien amparo
ofrecí contra la fuerza
de sus padres? Pero si él
cometió culpa tan fea
que manchó mi lecho, y trata
afrentando a Micenas
¿qué ley debo yo guardar
con quien leyes no venera?
Del hospedaje inviolable
muera el alevoso, muera.
Mas no me ciegue la furia,
si muere, mi misma afrenta
con esta muerte publico,
que ahora está secreta.
Pues ¿qué he de hacer? Si no muere
quedo con deshonra hecha;
si muere publico a voces
mi misma infamia; mas ea,
que ya camino descubro
cómo castigue esta ofensa
sin violar la ley de huésped,
ni que mi afrenta se sepa.
Cielos, hoy luces os pido
que a Licia envíe esta flecha,
donde Jobante se ampare
o con su padre interceda,
y aunque hasta ahora no viene
en que salga de mis tierras,
luego le quiero enviar
afuera, donde mis letras
en vez de decir favor
han de servir de sentencia
de muerte para que vengue
Jobante a su ofensa nueva.
Voy pues a trazar su muerte
y a procurar que no entienda
que yo sé su alevosía,
porque con las sospechas
no se recele de mí.
Callemos, que la paciencia
por Jobante te dará
la bien merecida pena.
Sale el Príncipe Crexipo.
Fortuna, siempre tan fiera
me mostrabas el semblante,
¿dime cómo en un instante
te muestras tan zahañera?
Cuando estaba en la mayor
esperanza de sosiego,
disparas contra mí el fuego
de la chispa del amor.
En la Reyna hay encendido
contra mí un volcán violento,
cuyos combates más siento
que los que hasta aquí he sentido.
Acabarán con mi vida
de una vez sus manos fieras,
y al amor no me expusieras
de una Reyna fementida.
Que más quisiera pasar
por la cruel muerte que el Rey
me condena, que faltar
del hospedaje a la ley.
¿Cuánto más que tal traición
a la Infanta había de hacer
que antes de ser mi mujer
admitiese otra afición?
¡Ah, del amor conyugal
viola los castos fueros,
y de amores lisonjeros
de una Reyna desleal!
Pag. 6
Arrójasele delante la capa y espada con que se había quedado la Reina.
Vase.
No permitáis, Cielos santos,
con una culpa tan fea,
por más que esta infiel Medea
cause desmayos y llantos.
Mas, ¿qué es esto? ¿No son estas
las plumas, que mi osadía
por escapar desta arpía
dejó en sus garras funestas?
¿No son estos los despojos
que en aquella tempestad,
para mi seguridad,
hice al mar de sus enojos?
¡Qué bonanza, qué bonanza,
que haberme las prendas dado,
es, que de mí se ha olvidado,
o que no busca venganza!
Que si vengar se quisiera,
con las prendas se quedara,
pues con ellas confirmara
cuanto a fingir requiriera.
Mas, pues las prendas ha vuelto
con que se pudo vengar,
sin duda que puedo estar
de aqueste cuidado absuelto.
Pero vive que es razón
en todo de aquí adelante,
que no estés solo un instante
seguro de su invasión.
Que a lo que puedo creer
sin duda aqueste callar,
ha sido para tornar
otra vez a acometer.
Dame, pues, favor, oh, alto
Júpiter; pues por ti espero
que, como vencí el primero,
venceré el segundo asalto.
Jornada segunda
Pag. 7
Sale el Rey Glauco, Sileno y Lauro.
Señor, si el suceso se viese
sin duda fue providencia
del Cielo, que a esta violencia
Bellero el alma rindiese.
No sé, amigos, qué me diga
si aquesta fue ordenación
de Jove, o disposición
de alguno destos enemigos.
De hado propicio, sin duda,
fue, pues fiel, noble ha acabado
y al Príncipe matado.
Señor, la verdad desnuda
te cuento: que aunque pasión
me coste por la otra parte,
mas para desengañarte
de la falsa información
que te hace el amor sobrado
que a mi infiel hijo reviste,
tan grande que se resiste
al del hijo muy amado,
te quise con claridad
dar del suceso noticia;
procedió de mi malicia
el celo de la verdad.
¿Pues es posible que aquel
do deposité mi amor,
me había de ser desleal,
pues por un vasallo infiel
entregas a mi hijo, de suerte
que del reino desterrado
anda asombro del estado
a la sombra de la muerte?
Siempre de padecer fui
señor, que para azar
de veras dejas pasar
el dolor con que te vi.
Que el alma ciega el exceso
de pasión, y en tal razón,
es la pronta ejecución
madastra del buen suceso.
¡Ay triste, por un error,
por vengar un desleal,
quede mi corona Real
privada de sucesor!
Cesa, señor, no desesperes,
que si licencia me das,
antes de mucho, verás
al Príncipe.
Si eso hicieres,
me restituyes la vida.
Pues, señor, pierde cuidado,
que a mí, como a su privado,
noticia de su partida
me dio.
¿Luego dónde está?
¿Sabes tú?
Señor, sí sé.
Y si quieres, partiré
para volvértelo acá.
Parte, Lauro, en el momento,
que si al Príncipe me das,
el lugar ocuparás
de Bellero.
Como el viento
parto, que en Argos está.
¿En Argos?
Allí encubierto
asiste, hasta saber de cierto,
señor, que pasado se ha
Pag. 8
el rigor de su justicia,
allá partí de secreto
para que no tenga pacto
de su persona noticia.
Parte, que en tu diligencia
todo buen suceso fío.
Vase.
Por que yerros de mi tío
enmendará mi obediencia.
Sale Eucrates y Crisolo.
¿Qué es posible, Crisolo, que el
Rey intente
en que muera el Príncipe Jobante?
Y aun tanto gusto de esto el Rey
tiene
desta resolución, que cada instan-
te
me avisa de lo mucho que con-
viene
que se ejecute al punto la...
El Dios tonante
sin duda con que ha hecho pro-
videncia,
esta vez asistió en su inteli-
gencia.
Lo que importa es que agora,
ni un momento,
la execución prorogues, que el Sor. Al-
varo nos aprieta, que el intento
escribe al Rey tan apretadamente
en abono del Príncipe, que siente
que al punto que la carta sepa y mire
no solo le dará a Jobante amparo,
mas aun le estimará por su hijo caro.
Hágalo el Cielo, que piadoso ampa-
ra
la inocencia: aunque a veces
lo permite: mas es porque más cla-
ra
del lóbrego nublado en que yace,
saque su divina cara; y
de esplendor pacífico ceñida
del nublado, triste, triunfante
el arco corone de Taumante.
Saldrá, saldrá sin duda vitoriosa
su gran virtud, de lo borrascoso seno
en que alteró su suerte procelosa
el mar salobre de su edad prime-
ra,
entre los dulces brazos de su espo-
sa
alegre aportará.
Entra un paje.
El Rey os espera,
señores, a los dos.
Sí, nos avisa,
que quiere, ya sin duda, que parta-
mos
al Japón solo.
¡Ay, desdichado de mí!
¿Dónde llevan mis pecados,
que para mozo de mula
me hazen ir con estos asnos?
¡Igual le fuera quedarse
en hora mala a mi amo
a ser alfiler con alma
de las bandas de bellacos,
que ir a buscar pericuelos
atrás, donde ya ay hartos
de racionales ratones,
irracionalísimos gatos!
¿Qué le devo yo a Corinto,
que quiera obligarme Braulo,
que por sus hijos colmados
vaya a despeñar zapatos?
Como correo de mal tiempo
me va la fortuna echando
ya de Argos a Corinto,
y ya de Corinto a Argos.
Y agora triste y mezquino
quiere que pase el gran lago
del mar. Y así fuera el mar
un lago de vino blanco.
Aunque fuera seis mil leguas
yo lo pasara nadando:
porque quando me cansara
de nadar, con un buen trago
cobrara nuevos alientos
y remara como un galgo.
Pero de agua, ¡vive el Rey,
que me ahogue al primer pozo!
Mas doy que por gran ventura
salga deste golfo claro
sin dejarme las tripas,
que será un grande milagro,
pero a fee que esté yo
donde no ay tocino rancio,
ni se asan mondonguillas,
ni se permiten borrachos:
y allá una taza de vino
dizen que vale un ducado,
y que para embriagarse uno
ha de gastar un ducado, jurado.
¡Ay, Japón, que oy he de dejar
los almacenes de regalos,
tus bodegones divinos,
tus ollas de buenos caldos!
A Dios, tabernas mías.
Pag. 9
Topón os deja llorando
de que ya no ha de servir
de tapón de vuestros jarros.
Cuando toméis las azumbres
del tinto, clarete, o blanco,
acordaos de que en comiendo
mi espíritu en vosotros paso.
Adiós, tiernas mondongueras,
en cuyas mesas cada año,
de contar dineros míos,
quedara impreso un gran rastro.
A mí me lleva a Licia
por testamento ordenando
algún mondongo que sea
ataúd de mis cuidados.
Adiós, dulces bodegones,
en cuyos bancos me alzaron
sobre corchos, de donde
más de dos veces roncando.
Adiós, bobas de la sota,
adiós, salchichas de Argos,
a quienes yo elegiría
del peso de los de a cuatro.
Llorad a vuestro corchete,
o ladrones, y a los tratos
que fuimos todos de consuno
ya de dos, ya de palos.
Adiós calles, adiós plazas,
adiós soberbios palacios,
adiós amigos del alma,
adiós redomas, y jarros.
Adiós unos, adiós otros,
adiós quintos, adiós tantos,
y si no queréis con Dios,
quedaos con todos los diablos.
Vase.
Jornada tercera
Pag. 10
Sale el Rey Jobante y Teodoro armado.
Teodoro, de tus manos
fío el suceso de esta horrible guerra,
que previene los insanos
ímpetus de este bárbaro, que altera
con su inculta milicia
la disciplina militar de Licia.
Vaya Polidarante a esto,
pruebe otra vez la furia de Jobante,
que yo hago que presto
enseñe escarmiento a Bracamante,
para que sus vitorias
hallen en ti un Caribdis de sus glorias.
Señor, bien puede el hado
implacable mostrarse a mis deseos,
y con semblante airado
faltarme la fortuna a mis trofeos,
pero no en este plazo,
faltar coraje al pecho, y fuerza al brazo.
Pues aunque me informara
el más cobarde espíritu del vulgo,
de un nuevo brío armado,
mi corazón medroso, el justo cielo,
solo esta vez propicio,
por hallarme empleado en tu servicio.
La jornada apresura,
Teodoro, y cuando ocupe la campaña,
acometer procura
de poder a poder, con furia extraña,
para que sus ardides
hallen la astucia inútil y baladí de Alcides.
Parto, pues, gran Jobante,
a obedecerte al punto.
Parte luego,
que contra Bracamante
estoy de saña y de coraje ciego.
Vase.
Parto, que el cielo amigo
me aliente.
Él vaya, capitán, contigo.
Que a aquesta inculta gente
borre el claro esplendor de mis vitorias,
que un bárbaro insolente
ponga a su corto peso de mis glorias.
Pag. 11
¡Oh fortuna, oh cruel diosa
de mi prosperidad, y envidiosa!
A cuatro generales,
flor de mi monarquía reverenciados,
y mis pendones reales
barrer la arena bárbara
rendidos,
a la fiera nobleza
del pardo, del hircánico fiero,
dejo.
Pues juro al dios radiante
que desta vez, o primero me humillará
el contrario arrogante,
que convoque el poder de todo Oriente,
a aventurar la vida o la corona,
cuanto cerca el mar cano,
y el sol dora.
Entra un paje
Señor, en este momento
llega un correo con aviso
de que a visitarte viene
el príncipe de Ponto.
¿Qué dices?
Que una jornada
de la ciudad, detenido
está, esperando licencia
para entrar.
¿Cuándo partió
el correo?
En este instante.
Dile, pues, que al punto mismo
le doy audiencia. Que el caso
en cuidado me ha metido.
Vase.
Sale el Príncipe, y Eucrates.
Eucrates, mucho tarda este correo.
Señor, no tarda, si a la legua mido
que diste a la ciudad una jornada,
que aunque lleve las plumas del deseo
no es posible que mida en ida y vuelta
camino de dos días, en dos horas.
¿Dos horas? Yo juzgara que pasaría
ya dos siglos.
El deseo
de llegar a la corte de Jouante
hace que se te antoje cada instante
un año.
Razón tienes, que un siglo
después que me salí del reino huyendo,
con los auspicios de entrar en esta corte,
para que su favor se me conceda
el rey Jouante, y que por mí interceda
con mi enojado padre.
Ten paciencia,
Señor, que ya propicio mira el cielo
la causa a que se ofrece el dulce plazo,
en que restituido a tu diadema
veas entre tus brazos a tu esposa
casta Diana, aflicta hermosa.
Entre tanto, Señor, es mejor que descanses
del trabajo del mar, en esta aldea
hasta tener aviso.
¿Que descanse
puedes asegurarme, de quien vive
entre tantos afanes? Mas no quiera
el cielo que desmaye mi esforzado
ánimo, en sus mayores apreturas,
que valor siento en mi alentado pecho
para oprimir sucesos más fatales,
si su favor los dioses inmortales
no me niegan.
Entra Criselo.
Señor, en este punto
ha llegado el correo con la licencia
de entrar en la ciudad, que con deseo
gozar espera tu real presencia.
¡Oh, Criselo! Los dioses piadosos
te remuneren esta alegre nueva,
que este fino diamante es corto premio.
Dale una sortija.
Vivas, Señor, mil siglos para honrarme.
No haya más dilación, que me consume
la tardanza; partamos al momento.
Señor, aguarda sólo media hora,
que llegue un escuadrón a acompañarte,
que como el enemigo anda furioso
por todas las campañas de este imperio,
para seguridad mandó Jouante
vengan para el resguardo mil caballos,
que te acompañen.
Vive el alto cielo,
que voy con tal deseo, que barrunto
que atropelle mi ardor a un mundo junto,
si oponerse quisiere a mi viaje.
Vamos, que no es razón que el solo miedo
nos haga aguardar más.
Aguarda sólo
un instante, que ya los pasos siento
descender la cuesta.
Vamos al momento,
y la nuestra disponga su partida,
para que cuando llegue la del Rey,
podamos despachado ya el bagaje
meternos sin tardanza en el viaje.
Vanse.
Sale Sapor bailando, y cantan: tintín tintín, tarondón.
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Repítelo dos tres veces, y luego parando dize las coplas siguientes, y al fin de ellas vuelve a bailar, repitiendo el estrivillo.
Sale Draulo con un palo.
No hay tal vida en el mundo
como la de Japón.
Sacase una tinaja
de sangre de Baco llena
fuile a brotar la vena,
sangréla con una paja
agora me sabe, y baja
de sangre el trago retintín.
Ay Dios, que me voy cayendo,
mas ya me voy levantando;
ay Dios, que me estoy helando,
mas ya me voy encendiendo;
no hay tal como andar bebiendo
y estender la pierna al sol. tintintín.
¿Qué es esto que se me rueda
la casa de arriba abajo,
y me hace andar cabizbajo
camino de la alameda?
No es esta buena vereda,
la de la viña es mejor. tintintín.
¿No se puede ya sufrir
lo de este grande borracho,
que esté aquí sin silla ni macho
siendo ya hora de partir?
¿Qué queréis, cara de zafir,
que aquí te estoy de rodillas?
Cógele de un brazo, y comienza a darle.
Villano, ¿agora te humillas?
Juro al gran Sardanápalo
que te he de hacer este palo
en los cascos mil astillas.
Ay, ay, ninfas del Parnaso,
santo Apolo, santo Baco,
aquí que me desataco,
ayudadme.
¿Es fuerte caso
que un villano a cada paso
se nos ha de emborrachar?
Procurarame enmendar.
Voto al sol que te haga rajas.
No me envíe a las tinajas
que el agua me ha de matar.
Y va le a dar, y asiérale Japón el palo.
Cuernos, estén dando prisa
para partir al instante,
y que se esté este farsante
haciendo del caso risa,
que me abrasa la camisa;
esto es ya estar rematado.
¿Quién ha de sacar de estado
a este infame? ¡Vive el cielo
que le desuelle!
¡Hola, abuelo!,
¿qué me acomete un lado?
¿Si sabe quién es Japón?
¿Él sabe quién fue mi padre,
y la bruja de mi madre?
Deja, villano ladrón.
¿Que él es ese don Pilón?
Déjale Draulo el palo.
Pues, ¿quién se ha de averiguar,
que si empieza a asomar
toda la cólera me agua?
Señor, no me nombre el agua,
que me hará desesperar.
Pues vamos, amigos,
que es hora ya de partir.
Ha me de dejar parir,
que estoy preñado de un hijo.
Vaya, pues, que yo le sigo.
Pues vamos.
Muy bien me estoy.
Vamos.
A fe de quien soy,
que le prometo de ir.
Pues comienza ya a caminar.
Digo que sí, que yo voy.
Aquello es ya por demás.
Vamos, Japón, si no a fe,
que si he de dejarte...
Por vida del dos y el as
no haya tal.
¿A qué aguardas,
si no vienes?
Vamos luego.
¿Cómo no tocan a tañer a fuego,
que me abrasan las entrañas?
A que me voy a correr cañas
con los caballos del fuego,
y desde luego muy
me pongo a ser un capón. tintintín.
Pag. 13
Empieza a bailar, hace pedazos la copla y luego da da de palos a Juan.
Éntranse los dos.
Sale Bracamonte armado con bastón de general y escudo, con algunos soldados armados.
Invencibles compañeros,
cuyo brazo infatigable
azote ha sido de Licia
y asombro del rey Jobante;
cuyos invictos pendones,
desafiando los aires,
de este país enemigo
siempre se hallan triunfantes.
En cuatro enormes encuentros
visteis cuatro generales
de Licia pagar tributo
al filo de vuestro alfanje.
Nunca en campaña enemiga
la fortuna formidable
al curso de vuestras glorias
tiró la rienda inconstante.
Antes a tantos trofeos
victoriales os añade
que no basta a numerarlos
Aritmética caracteres.
Y aun va la falta a la fama
que al verde encanto de Dafne
alientos para cantarlos
hojas para coronarles.
Lograd aquesta esperanza
en este forzoso lance
que con Teodoro os promete
no menos felicidades.
De gente de Licia, contra
su poder, a cuyas falanges
tantas veces han probado
vuestro valor con su ultraje.
Ya están vuestras cimitarras
tan cebadas de sus carnes
que impacientes, al ver que
no chupan su infame sangre,
Mostrad que siempre sois unos
en el ser inexpugnables,
que ellos mostrarán que siempre
son como bajos cobardes.
La victoria tan segura
doy ya por vuestra parte,
y el parabién anticipo
antes de que se alcance.
Sin hacer por qué, qué menos
puede un señor reportarse
de un ejército que asiste
al capitán Bracamonte?
Ya su presencia infunde
tanto ardor, tanto coraje
a su gente, que a su lado
muy lebrón es con él Marte.
Vamos, señor, a vencer,
que voto a Dios que mi alfanje
ya me está dando pellizcos
para que le desenvaine.
Juro a Dios Marte que el mío,
y el mío, con vaina y todo,
sale del talabarte.
Vamos pues, vamos, amigos,
partamos luego a buscarles,
que quien espera vencer
no ha de esperar que le hallen.
Vamos, que ya estoy mirando
cómo todo se añade
al número de los muertos.
Ea, ánimos constantes,
ya el enemigo aparece,
ya tiemblan sus estandartes,
ea, demos alarma, alarma,
muera el enemigo infame.
Suenan cajas, éntranse acome- tiendo, y por la otra parte salgan algunos soldados huyendo.
Huyamos, que nos perdemos,
que es Bracamonte un león.
Ea, amigos, esperemos.
Que los pies me den favor.
Sale Teodoro y otros fugitivos, y entre tanto óiganse al- gunos golpes dentro.
¿Dónde, dónde, soldados fugitivos,
dais la espalda a los ímpetus primeros
de estos, que solos con miraros vivos
mueren a la esperanza de venceros?
Pag. 14
¿Qué bajeza ocupó vuestros
ánimos? que rehusáis, ¡oh, fementidos!
que funda en vuestra infame cobardía
el bárbaro blasón de valentía.
Seréis la risa del valor troyano
cuyo acero, otras veces fulminante,
no paso dio de impulso humano,
rayos sí horrendos de deidad tonante.
¿Cómo ya desmayada vuestra mano
sufre que las vitorias que a Jobante
ella os ganó (esgrimiendo en lides tantas)
yacen en esta huyendo a vuestras plantas?
Vuelta, vuelta leones, al pertrecho,
que ya la furia última se [...]
hace lo que vosotros habéis he[cho]
No hay pensar, volved a la def[ensa]
vuelva, vuelva el ánimo y fu[ror]
a vuestro pecho
y vea el enemigo con su fiero [...]
vuestra frente ceñida de vi[ctoriosas]
hojas,
ya que os vio fugitivos las [...]
Vamos, señor, que a tu lado
habemos de dar la vida.
Vamos, pardiez, que la huida
es oprobio de un soldado.
Salen en esto batallando con Bracamonte y los suyos, algunos soldados de Teodoro, acuden de nuevo el a los que huían, hace retirar a los enemigos retirándose unas veces unos y otros otros, al fin hacen retirar a todos los de Teodoro y a él. Suena de dentro: ¡vitoria, vitoria por Bracamonte!
Mientras se pelea, óiganse cajas y pífanos.
Sale Bracamonte y soldados.
El campo, amigos, es vuestro.
Suyo, dije, lo es mejor,
pues mi invencible valor
ocasión del triunfo es nuestro.
Antes al vuestro atribuyo,
señor mío, la vitoria.
Vuestra, señor, es la gloria
y este triunfo solo es tuyo,
que al fin todo le cayó
al impulso de tu diestra.
Sin el favor de la vuestra
poco aprovechara yo.
Vamos a gozar del
despojo.
Juro a Dios
que fundo de aquesta vez
un censo de mil ducados.
Váyanse.
Sale Jobante con Criselo.
¿Queda el Príncipe en su guarda?
Ya en reposando,
pienso, señor, que estará,
que llegó un poco cansado.
Descanse, que a lo que veo
pocas veces de descanso
le quedan.
¿Cómo, señor?
Oye, Criselo, y veráslo,
y advierte que a tu lealtad
fío el suceso más alto
del Reino.
Dilo, y haz cuenta
que lo encomiendas a un mármol.
¿Sabes a qué fin mi hermano
este mozo me ha enviado?
Señor, para que le ampares
contra la furia de Glauco,
intercediendo por él.
Pues te engañas.
¿Que me engaño?
Lee esta carta y verás
cómo venís engañados.
Lee Criselo alto.
Para que el antiguo Hiponso, y nuevo,
Belerofonte (nombre que él se impuso
por la muerte de Belero) pierda, que es[ta]
carta de favor, no es sino cédula de su
muerte.
Pag. 15
por ella te pido, que se la des,
con la mayor presteza y secreto
posible, que pues yo tan poco ob-
servante de las leyes del hospe-
daje, conocí, ya con cierta certe-
za la infamia de mi leal lecho
con su alevosa sangre. Sabe
señor que se atrevió al honor
de Filenoa tu hija, y con
el menosprecio de mi corona,
hecho un borrón en mi honra
la afrenta es igualmente tuya
por ser su padre que mía por ser
su esposo. Y así a entrambos co-
mpete la venganza: a mí no me
conviene ejecutarla, parte
por no hacer público mi ag-
ravio: parte por no parecer que
infamemente me vengo de
los agravios paternos, con
la muerte de el Cliso que en mí
se amparaba. A ti no te pueden
faltar, buenos medios para
dársela sin ellos justos recelos.
Y así le entrego en tus manos pa-
purgues la infamia de nuestra
quitándole la vida.
¿Qué es esto que leo Cielos?
¿Qué es esto Júpiter Santo?
¿Qué te parece Criselo?
Gran Señor que estoy pasmado.
¿Parécete pues que debo
patrocinar con mi amparo
al oprobio de mi casa?
¿Parécete a ti buen pago
del hospedaje de Télebo,
y del amor con que he dado
la fe de darle a Filenoa?
Digo otra vez que pasmado
estoy. No sé qué decirme
sólo digo que no hallo,
si aqueste agravio es verdad,
castigos para este agravio.
Pues ¿qué muerte a este alevoso
se le puede dar?
El caso
es tal Señor que conviene
que se mire más despacio.
El cielo abrió este camino
para que presto veamos
castigado su delito
y nuestro agravio vengado.
Entra un soldado.
Dame gran Señor la muerte
antes que diga mi lengua
nuestra desgracia.
¿Qué dices?
acaba, que estoy con pena.
¿Queda el hijo de Télebo
vencido?
Y aun muerto queda
en el campo, por despojo
de la última fiereza.
¡Oh fortuna inexorable!
¡Oh cruel tigre, oh lobo hambriento
de mis desdichas!, ¡oh parcas
cómo no dais la tijera
al estambre de mi vida,
agora cuando mi diadema
ha de vacilar dudosa
en mi oprimida cabeza?
Acabad mi vida Cielos.
¿qué esperáis?
Señor sosiega
no muestres que un caso adverso
aflija esta grandeza.
Ármese en el mismo instante
toda la mayor potencia
de mi Reino, a ir a conocer
el remate desta Tragedia.
¿Qué me aconsejas Criselo?
acuda aquí tu prudencia,
que a mí el furor me ha robado
el consejo y la paciencia.
Señor si a un arbitrio mío
prestareis grata audiencia
podría ser que con un golpe
redimieseis dos afrentas.
Di luego qué dices presto.
Entretanto la licencia
me darás, para que vaya
a dar remedio, a una recia
herida con que escapé.
Salte ya de mi presencia.
Señor paréceme bien
que convoques con presteza
Pag. 16
el mayor poder de Licia
y que se emprenda la guerra
no como hasta aquí de burlas.
Sienta el Solimo de veras
su poder; que si se junta
quien le ha de hacer resistencia?
A este Príncipe Aleuso
el ejército encomienda
con orden de que al combate
con poca gente acometa.
Él como es alentado
y por salir con la empresa
tanto se entrará, que caiga
a manos de su violencia.
Y luego que este enemigo
fuese vencido, arremeta
a los demás de improviso
todo el poder de sus fuerzas.
No tardes a ejecutarlo
que con esta estratagema
de aquestos dos enemigos
tomarás venganza cierta
sin que de agravios se quejen
y a fin para que nadie entienda
que este ardid, sería mejor
que entretanto con sus letras
enviéis postas a Corinto
a rogar al Rey por ella,
que admita en su gracia a Lisi
que le robara esta fiera.
Vamos al punto Criseo
que el cielo rigió tu lengua
muera el Príncipe Aleuso
antes que el Solimo muera.
Vanse
Sale Japón con un lacayo asido de una zaranda, por cual le llevara
Deje, necio, obre el cielo,
que las narices le arruine.
Hermano, dejad, os ruego!
Lleve Bercebud su abuelo
qué ha de hacer? ha de soltar
o haré que sienta mi mano
voladora.
Vamos poco a poco, hermano.
Déjese de hermanear.
Lo que ha de hacer es al punto
dejar la criba, o haré
que le deje en un trance
con el rostro de difunto.
No os burléis, que es en vano
cansaros, hermano.
Amigo,
ya cien mil veces le digo
que no me llame su hermano.
Iría a su generación
él mi hermano? Oh, qué fiero,
que se estime como bueno,
sabe quién es Japón?
él mi hermano? por Faetonte,
que más estimara ser
hermano de Lucifer
o del barquero Caronte.
Él mi hermano? Juro al sol
que si un hermano pensara
tener de tan mala cara
que me hiciera caracol.
De do saca el mala pro
que segunda vez parió
mi gran madre, siendo yo
única luz de sus ojos?
Dejaos de chocarrerías,
y soltad ya esta zaranda.
Oh, qué linda garabanda.
Oh, qué gracias, ea, soltad.
Pues decidme por qué ley
la ración habéis de dar
primero a vuestro bestial
que yo al caballo del Rey?
No así, que tanto vale
el macho de mi señor
como el caballo mejor
del suyo, aunque al viento iguale.
Agora busca razón
porque he de dar yo primero,
la razón es porque quiero;
y porque yo soy Japón.
A otra caballeriza
me allego. Juro al Dios Momo
que a coces le muela un lomo,
y a puñadas las encías,
valedor que él dio suelto.
Tomad, llevadla con Dios.
Eso sí, que si no, de tal -
Por vida del menescal,
no hay quien se avenga con vos.
Sin duda que algún diablo
a palacio os ha traído,
Pag. 17
Os diré que habéis corrido
y os abrazáis con el sable.
Sale Crisel.
¡Hola, lacayo!
Señor.
Ya yo
me voy,
que si no sabe mis mañas
una vara medir los entierros.
Vase.
Sacristán soy
algunos postres, que encerráis,
a embarcarse ha de partir.
Voyte, señor, a servir.
Haz que al momento te mates.
Vanse.
Sale Lauro defendiéndose de Bracamonte, y sus soldados.
Ríndete, mancebo, al punto,
o probarás mi rigor.
No permite mi valor
que llegue, si no es difunto,
a vuestro poder.
Pues muera
a matarle, y se envíe
a que le coma Jobante.
El siguiente texto, hasta "a que te coma Jobante.", se encuentra tachado en el original.
Fin del texto tachado.
Mira que no soy de Lidia,
que yo de Corinto soy,
que bien a vista me voy
confirmando en tu malicia.
¿Instinto? ¿y qué buscaréis
en los infaustos parajes
guaridas de salvajes
tigres, y de osos graves?
A la corte de Jobante
a un negocio de importancia
caminaba, y la ignorancia
de los caminos errante
por aquestas soledades
me ha llevado todo el día:
y son conmigo muy despacio
todas esas falsidades.
Sale el Príncipe armado con escudo en el brazo, y espada en la cinta, con un bastón de general en la mano, y tras él algunos Soldados.
Oye, fuerte Bracamonte,
no aguces filos sangrientos
nunca ha embotado el destral
de tanto enemigo muerto.
A cuyo bravo impulso
Austro adusto, o fatal cierzo,
secos de la flor del cielo
los más lozanos renuevos.
Y a quien cinco capitanes
rinden su lastimoso fuero;
y, de tu bélico esfuerzo.
O ya enfrenar la corriente
de los Tracios alteros,
que con su rápido curso
inunda este augusto imperio,
llego a tu feroz presencia.
Que aunque con estos pasmos miedo
infunde en mí nuevos bríos
y de los tuyos desprecios,
saca ese alfanje alevoso
a cuyos golpes gimieron
tantas gargantas, que atroces
dan combate al Justo Cielo.
¿Qué es esto, Júpiter santo?
¿Duermo yo, o estoy despierto?
el príncipe de Corinto
es este invicto guerrero.
¿Qué miras? ¿qué te suspendes?
¿no, o sois vos, extranjeros,
a quien de tus mortandades,
Pag. 18
lastiman las tristes quejas,
turbó mi fiera saña, y nada
siempre te contemplo, que si
el vuelo
puede abatir la fortuna
a tus felices lauros.
Bien parece, mozo, o joven,
por lo que ignoro, mi asombro
que eres huésped, con la audacia
que esgrimes ese acero
y a cuerpos que mi brazo
sembró este enemigo suelo
de lamentables despojos
de aquel adalid severo:
¿cómo mancebo atrevido,
sin experiencia, o con menos
valor, afrentas el mío
con desafíos burlescos?
No se dignará mi alfange
de vengar tu atrevimiento
sin saber antes quién eres.
Pues no repares en eso,
soy Príncipe de Corinto,
soy el que poco ha un tiempo
socorrió a Belerofonte.
Pues engañado mozuelo,
para que de tu arrogancia
el desengaño funesto
veas, quiero que des principio
a mi furioso denuedo.
Meten mano, en prendiéndose Biamante y Belerofonte, y desatándose ayuda a la vitoria.
Agora, infames, villanos,
vengaré yo mis denuestos.
Ríndete, engañado mozo.
Has de rendir tú primero
la espada, o el alma.
¡Ay,
que me has pasado el pecho!
Éntranse riñendo. Óyense dentro algunas voces, y vitoria. Y luego sale el Príncipe con algunos soldados enemigos presos, entretanto suenen cajas.
Señor, que a Biamante, de orgullo
el fiero opresor, rendiste,
más glorioso has alcanzado
que alcanzaron los tiempos.
Dad a Júpiter las glorias,
que de su alcázar excelso
rayos infundió sin duda
a los filos de mi acero.
Mientras el conde Biamante queda en su sangre revuelto, reconoce a su Capitán el que a sus pies se tira.
¡Oh, cielos!
¿Eres Lauso?
Soy, Señor,
tu esclavo, soy el que debe
a tu valor cien mil vidas.
¿Qué peregrinos sucesos
a estos páramos te traen?
A este, Señor, el deseo
de buscarte condujo a mí,
a mí, que ya el hado fiero
amansó su indignación.
¿Qué dices, Lauso?
Que el Rey,
y tu padre, arrepentido
de los rigores primeros,
me enviaron a buscarte.
Salí a tus descubrimientos,
y disimulando entre
la gran corte de Licia,
cuando ya estaba sin ira,
partime con tu seguimiento,
y de una borrasca echado
a estos incultos desiertos,
di en cautiverio en las manos
de los salvajes sangrientos:
y cuando ya me juzgaba
víctima de sus flecheros,
tú, a quien sin duda los dioses
reservan para remedio
de oprimidas inocencias,
llegaste a romper los hierros
de mis cadenas: quitando
el asombro de este imperio,
el azote de sus súbditos,
y la peste de sus pueblos.
¡Oh, gran Príncipe, gozad
las glorias de los vencimientos,
y desañublad los ojos
de tu padre!
¡Ay dioses, qué es esto!
¿Tanta prosperidad junta
en un punto? Oh, Lauso temo
no suceda a tanto gozo
algún remate funesto.
Deje esa imaginación,
que ya a los tristes enojos
dio fin la suerte invidiosa.
Quiera el cielo sea así, Dios supremo.
Pag. 19
Señor, tiempo es ya se junte
con este ejército entero
esta escuadra, por si acaso
el enemigo sangriento
revuelve contra nosotros.
Vamos, que vive el dios fiero,
que he de botar de las sienes
su orgulloso atrevimiento.
Vanse.
Salen Glauco y Eucrates.
Pide, Eucrates, mercedes;
que aunque pidas
la mitad de Corinto,
desde luego la vinculo
por tuya; que es po-
sible
¿que vives? que hallas amparo
a mi hijo amado
en Jobante?
Señor, por
merced mía
tengo yo de ver que al Príncipe
perdones,
que con su gracia se admita
hoy en tu reino.
¿Cómo en mi reino? Desde luego
cedo
a la corona Real; y asaz au-
quiero que seas desde hoy
Rey y público de mi augusto im-
perio, a pesar del fatal rigor del
hado.
¿Ves hoy tan señor aqueste
logrado y dichoso deseo?
Vuelve, Eucrates, alivi-
ada cara,
concluir felizmente el caso,
y antes que esta traza fiera
vea oculto mi daño generoso
entre los lazos de engaño.
¡Oh, cómo plegue al Cielo, corone
de tus opimos frutos, que mi
su casta leal eternice prole!
Mas para que el suceso a los dos
iguale las deidades del Olimpo,
antes que partas para el Templo
acude a venerar con mis preces
los Dioses del Parnaso Sagrado;
o por los ruegos de las Musas, favo-
r en el oráculo de Febo
para el nuevo monarca solicita.
Es justo que así se haga; y a fe llego
creyendo que me despachas; y confío
el suceso al invicto albedrío.
Mi senado al instante se convoque
para abonar mi intento; que abonado,
luego te puedes dar por despachado.
Vanse.
Sale Jobante y Criselo.
No por su muerte, infaustísimo
sacrificio dio el Cielo. ¿Que es posible
que tantos fieles adalides nuestros
hayan pagado parias a la espada
del fiero Bracamonte; y que este
Príncipe torpe y alevoso quede
exento de su ley, y atendido,
al que a tantos leones ha vencido?
Señor, secretos son del alta mente
de la deidad suprema, investigables
al humano discurso; pero deja
ya esa imaginación; y el vencimiento
del indomable Selímo, al brioso
pecho real, pues ves absuelto al fin
del infeliz pavor, con que oprimía
el Selímo su innata valentía.
¿A qué contento puede dar albergue
un ánimo llagado con la afrenta
y ultraje; entretanto que la causa
vive triunfante, y de castigo exenta?
Señor, vive contento ahora, y goza
de esta insigne victoria la alegría,
que no te faltarán para vengarte
peligros en tu reino, en que algún día
expuesto, veas yerta su alevosía.
Ahora te conviene recibirle
con festivos aplausos; que contento
es bien le celes tu fatal intento.
Entra el Príncipe acom- pañado, y quedándose el acompañamiento llega al Rey.
Dé, Señor, los pies a dos cabezas,
a la mía, que humilde se arrodilla,
Pag. 20
gala de diamante que cortada
a tu planta real queda humillada.
Mis brazos acudid, y esa cabeza
que humillasteis, hacia mi persona
redimida por vos del invencible
abismo, que tirano la usurpara
por la ley de su gusto y de su espada.
Siempre en favor de vos me oye el cielo.
Antes cualquier favor tengo por corto
empleado en honras vuestras,
hazañas.
Dueños de grandes hechos, gran Jobante,
al ofrecer con que le hacéis celo.
A la recompensa el justo cielo.
Entra un paje.
Señor, en este punto un correo
llega
de los campos de Pátara, que pide
audiencia sin tardanza, porque
importa
a tu servicio real su diligencia.
Decid que para entrar tiene licencia.
Vase el paje.
Qué puede ser la novedad de Licia
si se altera de forzado el fiero.
No quedo yo con fuerzas que
a referirte voy con turbación.
Entra el correo.
A tus pies vengo a pedir
que remedies las campañas
de Pátara.
De qué daño?
De una peste que la tala.
Cómo peste?
De una peste
de furia, de una parca,
que a furor sacrifica
cuanto por los campos halla.
De un aborto de sus montes,
de una furiosa alimaña
que con cuerpo de bruto encierra
de alguna llama en el alma.
Del león cabeza y pecho
al vientre de ligero cabra,
remate de sierpe cruel
su monstruoso cuerpo fragua.
En ella el hado inhumano
de estragos toda la saña
de los avernos destila
de las selvas de Catiara.
Los dientes fieros afila
y armas fieras envaina.
De la Parca son tijeras,
de la muerte son guadañas.
En toda su letal fiereza
no hay poder en Licia que haga
fuerza a su rostro severo,
ni resistencia a sus armas.
Los dardos, las jabalinas,
los chuzos, las cimitarras,
desprecia en la herida
y fuerte los despedaza.
Cuantos a caza de gloria
salieron para matarla,
entre sus garras el arco
les flecha la muerte ingrata.
Y por fin, sus quietos cotos
las pataras campañas
tan desiertas de habitantes
cuanto de horrores pobladas.
Da modo con que remedies
aquesta fatal desgracia
acude, di, donde las vidas
de sus provincias naufragan.
Qué es posible que en mis reinos,
que con tantas provincias faltas
para domarla valor,
o para cogerla trazas?
Señor, quién se ha de atrever
si la experiencia declara
que cuantos lo han intentado
son víctima de sus garras?
Pues no se ha de hallar remedio?
Cómo puede haber, Jobante,
Con algún singular premio
solicitar esta hazaña.
Bien dices, pues por mi vida
juro al que de esta fiera brava
libre mi reino oprimido
le premie con la más cara
prenda mía que es Filonce.
Gran Señor, a la demanda
acudo; pues para mí
yo pretendo el cielo gane.
Y así para merecerla
dame licencia que vaya
a ser Hércules de Licia.
Pag. 21
animado de esta esperanza.
¡Oh, Príncipe!, premie el Cielo
tan bien fortunada audacia,
con que de mi imperio eres
único amparo; probado
en el último monstruo, se
ensaye tu invicta espada;
y así, pues sabes el camino
de domar monstruos, ampara
este reino, que algún día
para tus sienes sacra
corona.
Ya estoy, señor,
impaciente de tardanza,
échame tu bendición,
que yo parto.
El Cielo parta
contigo.
Vamos, Corebo,
a gran lance te abalanzas.
Vase el Príncipe, soldados, y Corebo, quedan Criselo y Jobante.
Ha sido disposición,
gran señor, sin duda aquesta
del alto cielo; pues de esta
purga su indignación.
¿Quién duda que de una fiera,
que es más fiera furia, cual
de su vista más fatal
que al primer encuentro muera?
Quien tal nunca imaginara,
que de un peligro escapado
viera en otro, do el malvado
su alevosía pagara.
Al fin dispónelo el Cielo,
que aunque tarda, al fin castiga
los pecados; con que obliga
su justa cólera el suelo.
Salen Clío y Calíope.
Iam summi rector spatium
confecit Olimpi,
Pronaque lucenti glomerat ro-
tatu.
Placato ferus Phlegon.
Iam prato inuehit
dirigere currus, eciam langues-
centibus
exhausti dedite amnis, (ve iam)
ministro
Omnis et in flore tempus.
m-
pridiem
nota tib Clio.
que fixo
vertice summo.
