帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Ser noble por fantasía y marqués de Madroñal (segunda jornada). BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/ser-noble-por-fantasia-y-marques-de-madronal-segunda-jornada.
Caja, clarín y voces.
¡Viva el césar Carlos Quinto,
invicto monarca nuestro!
Salen soldados, el duque de Alba con bastón de general, don Juan y Carlos Quinto, en su traje.
Vasallos, mucho os estimo
vuestro amante, fino celo,
por cuya causa ostentando
lo leal de vuestros pechos,
me tributáis este día
aplausos, glorias y obsequios.
Invicto español monarca,
rayo alemán, Marte excelso,
y, en fin, Carlos, cuyo nombre
es el más noble epíteto;
solo en vuestra real presencia
respiran fieles alientos
los españoles leales.
Dígalo ese breve centro
donde luego que llegasteis,
con finos afectos,
os tributó cada uno
un alma por digno feudo.
¿Qué mucho, Alba generoso,
ostente yo mis reflejos
como sol vivos, cual alba
vais sus rayos esparciendo?
A tanto favor rendido,
vuestra heroica mano beso.
Ea, llegad a mis brazos,
que así dignamente premio
a quien se sienta en los suyos
atlante fuerte, mi imperio,
ya que en tanto me asiste
en la jornada que llevo
dirigida a esta Sevilla,
donde desposarme intento
con Isabel, deidad bella.
Por vuestro esclavo me ofrezco.
Ahora decidme, don Juan,
pues lo sabréis por extremo,
¿qué gente incluye esta aldea?
Señor, solo decir puedo
que los más de sus vecinos,
pues hay también caballeros,
dados a la agricultura
empleando todo su anhelo.
Esos son de mis vasallos
los mejores, pues advierto
que los que en labor gastan,
no gastan en devaneos,
a ociosidad y nada
por pérdida de un pueblo.
¿Sabéis más?
También, señor,
debo deciros por nuevo
de un hidalgo aquí existente
el capricho.
Oírlo espero.
Don Ginés se llama,
y aunque es corta, según creo,
su hacienda, toda la gasta
solo en criados, diciendo
que muestra tanta grandeza
por ser vuestro primo; y esto
lo prueba por una línea
que allá en su idea ha dispuesto.
Don Juan, tan noble manía
al verla oírla deseo,
pues bien merecen honrarse
sus ilustres pensamientos.
Yo, señor, en un sarao
verle fui, y discurriendo
que era su excelencia a quien
le visitaba, contento,
ufano y desvanecido,
tomó el asiento a mi sujeto,
y a una hermana que consigo
trae siempre, la impuso en medio.
Pues me honro en su fantasía,
de que quejarme no tengo.
Mas, señor, él es quien viene.
Gusto me da el solo el verlo.
Salen los pajes, Beatriz y Bato con su trompetilla, y don Ginés, al bastidor.
¡Bato, ponte a mi lado,
pues me sirves de comento!
Taón de jumento, también,
pues te aguanto y no te migo.
Yo, por ver la faz regia,
estoy con longo deseo.
Digo, digo, aquesta es otra;
¿cuál de los dos que estoy viendo
será el Rey? Pues los dos tienen
excelentes ornamentos,
llego en fin el del bastón.
Llega al Duque y se turba.
Dadme, Señor... ¡Vive el cielo,
que me he entrado así, así
mi poquitico de miedo!
Dadle, pues, Señor, la mano
a don Ginés, vuestro deudo.
Allí está su Majestad;
tributadle rendimientos,
y cese tu inadvertencia.
A don Juan.
Ya a su Excelencia le veo.
Quita allí; por ahora
solo a vuestra mano apelo.
Su Majestad os espera.
A los dos.
El Rey es el que está en medio.
Llega al Rey y bésale la mano.
Me engañó el bastón: ¡ay tal!
Perdonad, Señor, el yerro.
Que, pues somos todos unos,
no es este mucho defecto.
Alzad.
Abraza al rey.
¿Abrazad decís?
¡Qué dicha! y a hacerlo llego.
Él tiene raro capricho.
¡Vive Dios, que es Taragemos!
Césare, Señor imperante,
voy a oscular si es que puedo
tu real, e ínclita mano.
Alzad, señora, del suelo.
¿Y decís luego quién sois?
Fraterna de mi fraterno
don Ginés, y una observante
de tus regales preceptos.
Dadme a mí, Señor, también,
cuando no la mano, un dedo.
¿Quién sois?
El Vocabulario
de don Ginés, quien converso
con aquesta trompetilla,
me asiste su trompetero.
¿Por qué causa?
Por ser sordo,
pero sordo tan tremendo,
que si pensáis decir "oye",
juzga que le han dicho berros;
pero con su sordera, solo
escucha el último acento,
si bien todo lo percibe
que yo le trompeteo.
¿Con que lo trocará todo?
¿Quién lo duda? Vaya un cuento:
en la cena la otra noche,
señores, mendrugo nuestro
fue, no más que yo en casa,
por su fama, aquí en todo
le servimos faisanes,
perdices y hubo huevo;
dijímosle si quería
por su plato postrero
un par o dos de cebollas,
y respondió muy ligero:
venga acá ese par de pollas,
me las tiraré al coleto.
Y así lo trueca, mas siempre
a su gusto aludiendo.
Su aurícula está en clausura
y aun no es magno portento.
A don Ginés.
No vi tal hombre en mi vida,
ahora voy al parentesco...
Decidme, ¿y sois mi pariente?
¿Qué me rente? Bueno es eso.
Mucho ha que estoy con los ojos
acá, aquí, acá, allí vueltos,
sin encontrar una silla;
y así, a Dios, que esté dispuesto,
él ya de marcha mayor,
para quien es primo vuestro.
Le detiene don Juan, que se quiere ir, y don Ginés.
Dándole al mismo tiempo un asiento al duque y otro a don Ginés.
Don Juan, tenedle, que a todo
hoy darle gusto pretendo,
pues no se opone al decoro
y ministro de Venus,
traedme pues una silla luego.
Sacan la silla en que se sienta el César y el taburete en que se sienta don Ginés y otro al duque.
Rara manía y chistosa.
¡Qué en vano busco el sosiego!
Pues solo en un dueño ingrato
puede hallar su propio centro.
El conde se me figura
que irá con todo saliendo.
¿Don Ginés ocupa el trono?
¿Y a dominación, a pelo?
Ya, don Ginés, que he mirado
nuestra parentela quiero,
y ahora que os medís, cubríos.
Cúbrese con un sombrero muy grande.
¿Que me cubra? Lo acepto,
para gozar totalmente
de primo vuestro los fueros.
Ya lo ve, su majestad sabe que es de
perdón, y llámese su deudo.
Eso picaba más alto,
y porque creáis que es cierto
del honor que se me debe
ser vuestro pariente, pruebo
que pues que del diluvio
donde todos perecieron,
si no es Noé y su familia,
que en un arca hallaron puerto...
bien sabéis, que de Noé
tuvo bastantes hijuelos
y después viendo que iban
como el aceite vendiendo
para poblar todo el mundo
para aquí y allí se fueron
juntamente con sus hijos
que eran ya de Noé nietos.
Los cuales en nuestra España
fundaron a breve tiempo
con que habiendo sus octavos
de uno en otro viniendo
más y al grado dos mil
poco más o poco menos
otros a fundar pasaron
a Alemania, en cuyo centro
nació Vuestra Majestad
a la generación ciento
mil, otras mil, digo ahora
en cuántas son no me meto,
a esto voy, aunque las ramas
algo distantes se ven,
el tronco es solo Noé,
nuestro retartarabuelo.
Luego si somos de un tronco,
ya muy bien probada dejo
nuestra cognación, y al caso
no hace que esté cerca o lejos,
que en finísimos parientes
lo demás importa un pelo.
Por esa genealogía,
la parentela nos rige.
Traidora está la probanza.
Luego meditan que es dado.
Que somos consanguíneos
línea octava, grado tercio.
¿Qué molestas son?
Señor,
¿qué dices?
Mi parentesco
os da más noble interés.
¿Me hacéis marqués? Esto es bueno.
Como reconoce el agua,
expuesto es vuestro pecho
en sangre, pues hay mil lustros
con beneficio tan nuevo.
Don Ginés, no digáis tal.
¿Madroñal? Mas esto
pues me dais título en donde
fue mi noble nacimiento,
ya el Marqués de Madroñal
desde aquí a firmar comienzo.
¿Dónde es Madroñal, decidme?
Sí pues queréis saberlo
es una huerta a la cual
el Madroñal la pusieron
por llevar muchos madroños,
y yendo a viña allí a paseos
la madre de don Ginés
la cogió el parto tan presto
que allí mi amor nació,
mirad, pues, si es raro apunto.
El acaso es de admirar.
No es muy malo el patrio suelo.
Pero pues solo es de yedra,
darle el título pretendo;
don Ginés, ya sois marqués,
que mi amor, como a mi deudo,
favoreceros intenta.
La renta saberla espero.
¿La queréis para criados?
¿Mil ducados? Vaya pleito,
aunque no es mucho, es mucho traste
por la gente que tengo.
¿Cómo, es poco mil ducados?
Mis criados son cincuenta
y pasan de más de ochenta
los que traigo al retortero.
Yo de eso daré testimonio,
pues están siempre a mi aspecto.
Es verdad, porque están todos
rabiando de puro hambrientos.
Don Juan, ¿qué decís?
Que sois
de los nobles modelos.
A don Ginés.
Oíros me maravilla.
Maestro capilla tengo,
que en un señor como yo
lo primero es lo primero
y lo primero es tener
de música un regimiento
y para que la veáis
en vuestro aplauso prevengo
un paso de ópera, y el
cuando Orfeo al infierno
bajó a escribirle, aunque ahora
de inferni nulla est retentio.
Comiencen pues.
Ya espera vuestra majestad el festejo.
Pues vete, entra a llamarlos,
haz lo que he dicho luego.
Esto es que lleve a Violante
un papel de galanteo,
voy pues, ya he de andar por Dios
con mi golilla en floreo.
Vase.
Señor, ya a vuestro hermano
desde hoy ve en nuevos empleos.
Gracias hagamos al cielo,
y sobre todo laus Deo.
Parece que oye armonía.
Ya me llega el canto, oyes,
con la abundancia de ninfas
sedientas de sus acentos.
Salen 4 ninfas a lo gentil y cantan.
Corred, claras fuentes,
venid, flores bellas,
llegad, verdes prados,
oíd, mudas selvas,
que hoy Orfeo anima
con dulces cadencias
las fuentes, las flores,
los prados, las selvas.
En el margen superior izquierdo hay dos recuadros. Primer recuadro:
Su armónica lira
con dulce violencia
preste a lo insensible
la vital esencia.
Segundo recuadro:
Corred, pues, ya viene,
a ver, pues llega,
las fuentes, las flores,
los prados, las selvas.
Sale don Fernando, que hará a Orfeo a lo gentil, con tonelete y plumaje, y con una vihuela que tocará, cantando juntamente.
Recitado de violines.
Plantas, flores y troncos,
cuyo insensible ser ahora se admira
animado a los ecos de mi lira,
decid, pues sois testigos de mis males,
si los dioses celestes inmortales
a mi Eurídice bella
convirtieron en flor, rosa o estrella;
mas, ¿qué es lo que pregunto, si yo mismo
sé que habita la esfera del abismo?
Ya iré a llamar, intento,
con dulce, acorde y con suave acento,
a los dioses Plutón y Proserpina,
porque me den a mi Eurídice divina.
A del confuso caos, centro horrible,
mansión de una materia inextinguible,
a del abismo, en fin.
Entra en un suave recitado.
¿Quién del Leteo
llama audaz a las puertas?
Solo Orfeo.
¿Y qué intenta?
Por si a piedad obliga,
explique mi cadencia mi fatiga,
Arpa seria.
cual pajarillo que amante
se lamenta, gime y canta,
si el consorte le faltó.
[Separador]
Así, en dulzura acordada,
lloro en mi Eurídice amada
el bien que mi amor perdió.
Recitado.
Piedad, pues, oh deidades infernales,
y pues pisa mi amor estos umbrales,
entregadme en Eurídice mi gloria.
Ya logra tu armonía esa violencia.
Sale Eurídice por la puerta contraria, a lo gentil.
Recitado.
¿Quién puede libertarme de esta suerte
de mansión y clausura que es tan fuerte,
donde por más tormento
ausencia de mi Orfeo gimo y siento?
Ya allí a mi dueño veo.
¿Quién, pues, librarme puede?
Amante Orfeo.
Abrázala. Don Fernando llega a ella con este último verso.
¡Ah, mi bien! ¡Qué alegría!
¡No puede caber la dicha mía!
Pues ella ya a mis brazos te traslada,
yo la celebro, Eurídice adorada.
Yo a mi Orfeo también, y a un instante
todo sea contento y todo gusto.
Ya cesó la tempestad
que tu ausencia fomentó.
Ya el sol de tu deidad
dulce bonanza anunció,
¡ay, mi Eurídice!
¡Ay, mi Orfeo!
Con tal gloria.
Tal trofeo.
Reine la serenidad.
Ven, mi bien, donde logremos
que en los más finos extremos.
Llega pues, Orfeo mío,
donde tuyo es mi albedrío.
Cual tu esclavo.
Cual tu amante.
Siempre fiel.
Siempre constante.
Viva nuestra voluntad.
Vanse abrazados.
Sigamos, ninfas,
de Orfeo sus huellas,
que es imán su lira
que a todas violenta,
siguió su armonía.
Corred pues, se alegran
las fuentes, las flores,
los prados, las selvas.
Vanse.
Aparte.
¡Bravo, bravo, víctor, víctor!
Acertado, bueno y rebueno;
el Vizcaíno se porta,
discurro que sobra el eco,
y así lo digo, aunque yo
ni lo oigo, ni lo entiendo.
Vive Dios que aqueste rato
me he divertido, y Rinaldo,
dale renta a don Ginés,
pues la gasta en tal empleo.
Es acción digna de vos.
Aparte.
¿Quién es este hombre, gran cielo?
Que en el valor y armonía
se manifiesta portento.
Pues sea quien se fuere,
en él vengaré mis celos.
En la meliflua cadencia
es muy perito el maestro.
¿Qué decís? ¿Os parece
me porto bien?
Con exceso;
y pues a Sevilla parto
a esperar mi invicto dueño,
vedme también en Sevilla.
¿Pues es maravilla? En el reino
saben todos que me porto
dando, sí, mas mosca menos.
¡Está muy bien humorado!
Vamos, duque de Alba excelso,
venid don Juan.
Mi obediencia halla en vos norte perfecto.
Vanse y dice don Juan al paño.
Yo a ver, iré avisando
lo que pretende Lupercio
finalizar, y las bodas.
váyame a dentrar primero...
Vase.
Hermana, ya soy marqués,
tratadme con más respeto.
Vase.
Benignos a don Ginés influyan
los astros del firmamento.
Vase diciendo los últimos versos. Sale Flora.
¡Qué huésped tan raro!
Que aun no nos ha permitido
ver al de Vargas, pues ahora
le dejó allá entretenido
resolviendo mil papeles,
porque a don Juan ha ofrecido
probarle (¡miren qué tonto!)
ser pobre, mas bien nacido,
antes que llegue mi ama.
Valga yo, por si ha venido
Caracol, con quien divierto
lo triste de este retiro
y habitación de fieras,
pues junto al campo vivimos.
Pero Uvate es el que viene,
y ciertamente me río
de ver que aun con ser tan viejo
me coque.
Sale al bastidor Uvate.
Señores míos,
¿quién creyera que a la vejez,
muy a alcahuete metido,
que así mi cara ilustro,
dando a tan lindo oficio
más florillas?
¿Qué hay, Uvate?
¡Ay, criada! Un papelillo
traigo aquí para tu ama
de don Ginés.
A este sitio vendrá presto
y dársele puedes.
Pues mientras, dime: ¿hay ojillos?
¿Cómo estamos de mi amor?
Buenos, a escondidas y celo.
¡Cómo que gestos me haces!
Puédese ensanchar, bien mío,
y a bandadas las muchachas
andan tras este carrillo,
y por ti a todas las dejo
con una cuarta de vicio.
¡Qué tanto me quieres!
Mira,
te quiero más, ¡ay, qué lindo!,
que una gata quiere un gato
cuando en el tiempo invernal
anda con el ñau, ñau,
dando por ella mil brincos;
pues yo en invierno y verano
estoy por ti de plomo.
Caracol al paño.
¡Sí, Flora! Mas Uvate,
con ella está blando, vive Cristo.
Si acaso la enamora,
le he de pegar cuatro chirlos.
Mucho me quieres, Ubate;
pero yo a ti...
Aparte.
Dilo, dilo,
ahora cae en el anzuelo.
Te quisiera...
¿Cómo?
Frito.
Con la leña de tus huesos
lleve el diablo tus cariños.
La muchacha es como loca.
No obstante, yo me apercibo
mientras Caracol llegare
a darte un abrazo.
Lindo.
¡Ay, chicota, vaya, vaya,
que ya me entorpeciste!
Sale Caracol muy enfadado.
A Ubate.
Y yo me he despeñado
viendo como se ha avenido
con Flora de ese diablo,
pero en ti vengarme elijo.
Tome pues el señor Ubate
de a buen bocado, gran grito.
Dale con la espada.
¡Ay, que me mata!
Sale Violante.
¿Qué es esto?
¿Quién fomenta tanto ruido?
Señora, acá Ubate, y yo...
Baste, y dime, ¿qué motivo
tienes, Ubate?
Señora...
Ay, de don Ginés amoroso
que vos aquesta carta me dio.
Va a dársela.
Calla, que me irrito
de oír solamente el nombre,
y pues saca el contenido,
sin duda expresiones necias
dile que mi pecho altivo
sabrá dar castigo justo
a su audacia, y atrevido
prosigue en... pero vete,
vuelve la carta, y lo dicho.
Aparte.
Así lo haré. ¡Vive Dios!
¡Qué tiene la niña humos!
¿Flora, y tú?
Escarmenta, Ubate,
y ve a escardar cebollinos.
Vete tú con mil demonios,
que no me das a mí un pito.
Vase, y se le cae la carta.
Ya se fue, mas el billete
se le dejó allí caído.
Yo lo levanto, que aun
el riesgo a Violante evito
si le hallara don Fernando,
don Juan o Lupercio mismo.
Levántalo sin que lo vea Violante y lo guarda.
Caracol, ¿tú tan callado?
¿No sabes cuánto te estimo?
¿Cómo no llegas?
Habrá estado retirado.
Señora,
vi tu cielo enfurecido
y me temía algún rayo.
No se entiende eso contigo,
di, ¿dónde está mi Fernando?
De esa pregunta me admiro.
¿Pues yo no?
Luego, ¿ignoras
que está en tu pecho escondido?
¡Qué taimado caracol!
¿Tan fino me ama?
Es tan fino, y si no
ha venido ya...
¿Por qué es?
Porque no ha venido,
mas ele le aquí ya cerca.
Sale Don Fernando y se hablan.
Tachadura en el manuscrito.
Solo con verte respiro.
¡Ay, mi Fernando!
¡Ay, mi dueño,
feliz quien ha merecido,
señora, tanta memoria
a precio de mi amor fino.
No tan feliz, mi Fernando,
que nos cercan conflictos.
Pues, ¿cuáles, mi bien, se impiden?
¡A vil contrario destino!
El remedio breve importa,
y así, no excuso el decirlo.
Mi padre, pues, esta noche
término me ha definido
para mi boda o mi muerte.
Mira, pues, en tal peligro,
aunque es mi amor tan constante,
que han de perderme.
¡Ay, Dios mío!
No hagamos a mi desgracia
que agora la tema. Expreso...
Al paño, Don Juan.
Pues oigan el desacato,
dará suplicio este aviso.
Resuelto, señora Violante,
¿no habla allí con mi enemigo?
¡Óigame, cielos, qué rabia!
Y así, en tal lance, ¿qué arbitrio
será, mi bien, conveniente?
¡Cuerpo de Cristo conmigo!
Llévatela a Tetuán.
Fernando, el mejor partido
es la ausencia de mi padre,
y así, en nada estés remiso.
¡Ingrata! Presto en tu muerte
burlaré yo tus designios.
¿Que, en fin, eso determinas?
Sí, ya es tuyo, mal o bien,
mi honor, mi vida y mi fama;
y pues los brazos que ofrecí
fueron en otra ocasión
con mi mano, agora lo afirmo.
Dale la mano.
Pues con tal favor, venid.
Sale Don Juan y saca la espada.
Espera que antes un rato
con tu muerte satisfecho
te daré justo castigo
deste agravio y juntamente
cobraré el favor perdido
en tu poder.
Riñen.
Deste modo
pues conmigo solicito
te he de dar muerte.
Sale Lupercio con una carta en la mano.
A don Fernando.
Tened,
don Juan y tú, atrevido
en tu casa estos espumos.
Nada, a Dios, nada.
Riñen.
De mi padre voy huyendo.
Cielos, ¿dónde hallaré alivio?
Vase.
Pues yo huyo de Caracol,
que estará hecho un basilisco.
Vase.
¡Entrad, que se matan!
Sale don Ginés muy furioso con espada.
Teneos, voto a Cristo,
que si os movéis, ni una pizca
os he de hacer mil añicos.
Anda entre ellos metiendo paz. Ellos estarán riñendo siempre.
Enseña una carta y al guardarla se le cae.
Vase.
Pues don Ginés ha llegado
y el lance podrá impedir,
yo tras Violante me parto,
a la cual en vano aspiro
casarla según quería,
que hoy a casa he sabido
por este papel que es noble,
y voy a decírselo,
voy pues; y mientras, la hallo,
guardaré el papel.
¡Que no acabe con tu vida!
Son mis celos más activos.
¿No os tenéis?
Vos, don Ginés,
servir podréis de padrino.
¿Cómo, gorrino? ¿A gorrinos...?
Vosotros sois los gorrinos.
¡Ah de mi guarda, ah, soldados!
Aparte.
Don Ginés ya perdió el juicio,
pero allí, al irse Lupercio,
un papel se le cayó.
Voy a leerlo.
¿Yo reñir? ¡Ay, Jesús mío!
Dentro.
¡Ay de mí, no hay quien me auxilie!
Acabemos. ¡Ah! mas, ¿qué he oído?
Allí Beatriz peligra,
según del eco he inferido.
Don Fernando, suspensión
haced, pues ahora es preciso
librar a esta dama,
que nuestro duelo ya indeciso,
ocasión habrá muy breve
para poder definirlo.
Vase.
Yo también iré.
Escuchad.
no matéis, mi vizcaíno,
cuidado, que yo os lo mando,
y temed si me amohíno.
Voy a buscar a Lupercio,
que después yo daré arbitrio
para vengar mis ofensas.
¡De todo un Etna respiro!
Vase.
Ya ha puesto a pique su furia,
pues temiendo de mis bríos
repuso en más que de paso.
Ahora, Ubarte, dime, y...
ya que aquella Violante
tomar mi carta no quiso,
¿dónde la tienes?
Aquí.
Búscala y no la encuentra.
Mas, ¡por Dios, que la he perdido!,
pues yo con ella aquí vine
tan solo.
Sale don Fernando con Beatriz en los brazos.
Bello prodigio,
alienta, que ya aquel bruto
cobardemente remiso
te concedió huyendo el lauro.
Velo don Ginés.
¿Está este, el vizcaíno,
con Beatriz?
La ha librado
de un jabalí.
Di, borrico,
que siendo jabalí humano
no tendrá esotros colmillos
para presa tan divina.
Verdad. Cierto es eso.
Vuelve Beatriz.
¡El Agnus Dei qui tollis
me influya con sus auxilios!
Hermana, ¿explica qué es esto?
Vaya, que si no has de oírlo,
por acá, por ti, lo haremos
los que de sordos nos hacemos.
Vaya pues la narración
deste grave fortuito,
o pues que mandas, como es mi rito,
me fui a deambular sola un poquito,
porque la comestión ya desmedida,
o alimento vitalicio, no me impida;
tomando, pues, la vía salí al campo,
y allí con rumbos fui a espaciarme al campo,
cuando advierto un aspecto extremado,
con cuanto el numen sacro ha producido
en las silvas nativas de la tierra
que son las flores que en su claustro encierra.
A este tiempo, mi ánima temblosa,
veo hacia mí, mi fronte titubea,
venir un... un... (timeo el cognominarle),
un jabalí, por su facie indicante.
ocultando, pues, luego membra,
y hacia mi oculos sus colmillos tira,
que eran tan magnos, porque bien se crea,
como animal de especie gigantea;
yo, que estaba temiendo a me en calva,
pues me caen a féminas hacen bruto, salva,
traspuso y ha de venir muy soflamero
a darme un pábulo a su vientre fiero;
entonces vociferó grandemente,
que me solfeante al continente,
me auxilió con valor el más profundo,
y el animal se fue muy tremebundo.
Con esto yo doy y afirmo por ahora,
si bien, pues, de mi vita soy deudora,
en aras de mi amor exorbitante,
et iterum sere vacui pecante.
Obligación, señora, es lo que he hecho,
y así estoy de la duda satisfecho.
De cuanto ha dicho apenas me he cuidado;
bástame saber, en fin, que la ha librado
mi famulo bizarro y el vizcaíno.
Estudiar es preciso un calepino
para entender su lengua endemoniada.
De su chacharola no entiendo yo nada.
Hermana, yo me voy poquito a poco
a cuidar de mi casa, a la cual toco,
que estará alborotada con mi ausencia.
Esperándote voy; con tu licencia.
Comparte bien, pues, ya te despidas
con quien sé que te hacen la mamola,
con que cuando con él despacio elijo,
sé que el vizcaíno es muy buen hijo.
Vase.
¡Está bien! Mas si la pega ruego,
verás si es un buen hijo o buen mondongo.
Vamos por de Cristo...
Tropecé con la carta, ¡vive Cristo!
Pues yo aquí la perdí, ¡ay, tal enredo!
Ya a don Ginés con esto darla puedo.
Alza la carta que cayó al suelo. Vase.
Que, en fin, por mi probecita,
debo a vos el libertarme
de aquel perículo espanto.
Señora, cumplí en tal lance
con la ley de caballero.
E que te digo que me place,
ahora bien, domine mío,
yo siempre te quise afable,
pero ahora este contingente
hace a mi amor un gigante,
y así, omitiendo equívocos,
con que me saques de ayes,
el séptimo sacramento,
in facie eclesie, al instante,
solemnicemos, callando, quedando
con identificación grande.
Volavit domina mea,
por qué clamitas cantanti?
aspira a mi favor connubio,
y así no te la guisan, pescadillo.
Malamente yo no penetro
lo intrincado de esas frases.
Lo mismo a mí me sucede
con tu ladino lenguaje.
En mí es hábito existente
desde mi primera infancia.
¿Dadme ahora vos responsión?
A don Fernando.
Di que has de casarte
con ella y dala papilla.
¿Quieres que así a mi Violante
ofenda?
Yo no, la ofendas
como los niños hacen,
esto va de mentirillas.
En fin, solo por librarme
desta mujer porfiada,
haré ficción semejante.
¿De qué dubitáis?
Señora,
¿cómo de esposo llamarme puedo?
Todo el amor
lo supera.
Aquí no es fácil.
Violante al paño.
Pues quedo aquí, mi Fernando,
resuelta vengo a buscarte
por ir con él: pero hablando
con Beatriz está, pararé
y oigamos.
Ya mi consorte
sois, y podéis imperarme,
que yo quedo por la ancila
y vos por el dominante.
Aparte.
Señora, a tal favor grato
os tributa vasallaje
mi amor, que os aclama dueño,
miente mi labio infame,
que a Violante solo adoro.
¿Esto escucho? ¡Qué coraje!
¡Ay ingrato, mal caballero!
¡Y aleve, fementido amante!
Ea, sufficit; y ahora
por primicia es donante
la amplexión de estos dos lazos
por indicio de esponsales.
Al abrazarse, dentro don Ginés.
Vamos, Beatriz, despacha,
que estoy harto de esperarte.
Mas ya llama mi fraterno,
y pues posesión palpable
y residuum de mis bienes
tomarás mañana. Vale.
Vase.
Y al seguirla don Fernando, sale al paño Violante.
Señora, esperad, que yo
solo voy.
El que constante
contra amor, como a su dueño,
la tributa vasallaje...
¡Violante, yo...!
¡Mal año!
Vino, por cierto, a buen lance.
¿Es este, amante alevoso,
es este, dueño inconstante,
el amor con que me adoras?
¿La fe que en ti pudo hallarse?
¿Tan presto de enojo sabio,
viendo tan infiel trocarse
por una vana hermosura
lo rudo de aqueste traje?
Yo, Violante, siempre fui...
Ya lo sé, ingrato, mudable,
traidor, alevoso, engañoso;
y en fin, por que yo admirarme
llegue al más sublime estado
y cual debo, de tratarte:
gozad, señor don Fernando,
en muchas prosperidades,
de Beatriz la hermosura,
con los bienes de los grandes
que tienen su fantasía;
y pues ya por vengarme
en don Juan, a mí me espera
lazo con más calidades,
lograd el vuestro, por que
lo mismo haré de mi parte.
Mi dulce prenda adorada,
cruel, sé a mí más afable.
¿Cómo podrá, nuestro dueño,
tu albedrío intentar darme?
Aquesto es desanimarse;
juzgarase en bien tomarse.
Mira bien que una ficción
no es causa digna y bastante
a tu enojo.
No es ficción
hablar con afectos tales.
Señor, llórele algún repingo
y se ablandará al instante.
Dentro lloran.
Mi bien,
advierte que solo
vive mi amor en...
¡Violante!
Ya por mí volvió el acaso,
aunque el modo harto extrañe.
Nunca se puede hacer caso
de lo que el acaso hace.
Señora,
ya muy benigno
pretende tu padre hablarte,
por lo cual te he llamado
mientras él anda en tu alcance.
Don Juan se marchó también.
Aparte a Violante.
Aparte.
Ya es mi suerte más afable.
Y siendo así a Don Fernando,
aun por escarmentarle,
vamos, Flora, allá,
intento gozar mis felicidades.
Hace que van.
Mirad bien.
Nada hay que mire.
Huyo.
Cansarós en balde.
Quedad con Dios.
Id con Dios, que yo intento
así imitarte.
Se va Caracol y Don Fernando hacia una puerta, y Violante y Flora hacia otra.
¿Se va Caracol?
Se va,
mas ella vendrá a rogarte.
¿Flora, se va?
Sí, señora.
Poder resistir no es dable.
Vuelve.
370
¿Violante?
¿Qué me mandáis?
¿Que no bastan a aplacarte
mis ansias tan amorosas?
Bastarán a acreditarse
de finas.
Mi bien, no dudes
que lo son.
Solo eso cabe
con Beatriz.
La aborrezco.
¿Luego me adoráis?
Constante.
¿Quién lo afirma?
Mi cariño.
Pues te llega aparte,
y yo quiero creer esta vez.
¿Qué, mi bien?
Las amistades
con mis brazos. Por ahora
sea igual, rico y mudable.
Qué dicha, ya eternamente
te ofrezco solo adorarte.
Yo a porfía a Don Juan le dejo.
Yo a Beatriz por amarte.
Pues de nuestro amor tan fino
la fama en el orbe cante.
Que yo en mi Fernando vivo.
Que yo vivo en mi Violante.
Y que amor esto publica
por sentencia inviolable.
Vanse por diversas puertas.
Caracol, ¿y tú?
Hija mía, vete
a buscar a tu abade,
que por mí se lave y unte.
Anda con trescientos diablos.
Dase fin a la segunda jornada.