Texto digital

Texto digital de Ser noble por fantasía y marqués de Madroñal (segunda jornada)

Data de publicação: 22 de agosto de 2026

Metadados da obra

Atribuição tradicional
Atribuição estilométrica
Não aponta nenhum autor Inconclusivo
Gênero
Comedia
Estado do texto
Transcripción automática de manuscrito
Procedência
El texto procede de la transcripción automática del manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de España, signatura MSS/14793.

Aviso

Pode incluir erros ou omissões. Se você tiver uma edição melhor, entre em contato conosco conosco para atualizações.

Licença

Este conteúdo é oferecido sob a licença Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilização permitida com citação; usos comerciais não são permitidos.

Licença Creative Commons CC BY-NC 4.0

Citação sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Ser noble por fantasía y marqués de Madroñal (segunda jornada). BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/ser-noble-por-fantasia-y-marques-de-madronal-segunda-jornada.

Primeira página da obra
Primeira página da obra
Última página da obra
Última página da obra

SER NOBLE POR FANTASÍA Y MARQUÉS DE MADROÑAL (SEGUNDA JORNADA)

Jornada segunda

Pag. 1

Caja, clarín y voces.

Voces.

¡Viva el césar Carlos Quinto,

invicto monarca nuestro!

Salen soldados, el duque de Alba con bastón de general, don Juan y Carlos Quinto, en su traje.

Carlos V.

Vasallos, mucho os estimo

vuestro amante, fino celo,

por cuya causa ostentando

lo leal de vuestros pechos,

me tributáis este día

aplausos, glorias y obsequios.

Duque.

Invicto español monarca,

rayo alemán, Marte excelso,

y, en fin, Carlos, cuyo nombre

es el más noble epíteto;

solo en vuestra real presencia

respiran fieles alientos

los españoles leales.

Dígalo ese breve centro

donde luego que llegasteis,

con finos afectos,

os tributó cada uno

un alma por digno feudo.

Carlos V.

¿Qué mucho, Alba generoso,

ostente yo mis reflejos

como sol vivos, cual alba

vais sus rayos esparciendo?

Pag. 2

Duque.

A tanto favor rendido,

vuestra heroica mano beso.

Carlos V.

Ea, llegad a mis brazos,

que así dignamente premio

a quien se sienta en los suyos

atlante fuerte, mi imperio,

ya que en tanto me asiste

en la jornada que llevo

dirigida a esta Sevilla,

donde desposarme intento

con Isabel, deidad bella.

Duque.

Por vuestro esclavo me ofrezco.

Carlos V.

Ahora decidme, don Juan,

pues lo sabréis por extremo,

¿qué gente incluye esta aldea?

Don Juan.

Señor, solo decir puedo

que los más de sus vecinos,

pues hay también caballeros,

dados a la agricultura

empleando todo su anhelo.

Carlos V.

Esos son de mis vasallos

los mejores, pues advierto

que los que en labor gastan,

no gastan en devaneos,

a ociosidad y nada

por pérdida de un pueblo.

¿Sabéis más?

Don Juan.

También, señor,

debo deciros por nuevo

de un hidalgo aquí existente

el capricho.

Carlos V.

Oírlo espero.

Don Juan.

Don Ginés se llama,

y aunque es corta, según creo,

su hacienda, toda la gasta

solo en criados, diciendo

que muestra tanta grandeza

por ser vuestro primo; y esto

lo prueba por una línea

que allá en su idea ha dispuesto.

Carlos V.

Don Juan, tan noble manía

al verla oírla deseo,

pues bien merecen honrarse

sus ilustres pensamientos.

Don Juan.

Yo, señor, en un sarao

verle fui, y discurriendo

que era su excelencia a quien

le visitaba, contento,

ufano y desvanecido,

tomó el asiento a mi sujeto,

y a una hermana que consigo

trae siempre, la impuso en medio.

Duque.

Pues me honro en su fantasía,

de que quejarme no tengo.

Don Juan.

Mas, señor, él es quien viene.

Carlos V.

Gusto me da el solo el verlo.

Salen los pajes, Beatriz y Bato con su trompetilla, y don Ginés, al bastidor.

Don Ginés.

¡Bato, ponte a mi lado,

pues me sirves de comento!

Pag. 3

Ubaldo.

Taón de jumento, también,

pues te aguanto y no te migo.

Beatriz.

Yo, por ver la faz regia,

estoy con longo deseo.

Don Ginés.

Digo, digo, aquesta es otra;

¿cuál de los dos que estoy viendo

será el Rey? Pues los dos tienen

excelentes ornamentos,

llego en fin el del bastón.

Llega al Duque y se turba.

Don Ginés.

Dadme, Señor... ¡Vive el cielo,

que me he entrado así, así

mi poquitico de miedo!

Dadle, pues, Señor, la mano

a don Ginés, vuestro deudo.

Duque.

Allí está su Majestad;

tributadle rendimientos,

y cese tu inadvertencia.

A don Juan.

Don Ginés.

Ya a su Excelencia le veo.

Quita allí; por ahora

solo a vuestra mano apelo.

Duque.

Su Majestad os espera.

A los dos.

Ubaldo.

El Rey es el que está en medio.

Llega al Rey y bésale la mano.

Don Ginés.

Me engañó el bastón: ¡ay tal!

Perdonad, Señor, el yerro.

Que, pues somos todos unos,

no es este mucho defecto.

Carlos V.

Alzad.

Abraza al rey.

Don Ginés.

¿Abrazad decís?

¡Qué dicha! y a hacerlo llego.

Duque.

Él tiene raro capricho.

Carlos V.

¡Vive Dios, que es Taragemos!

Beatriz.

Césare, Señor imperante,

voy a oscular si es que puedo

tu real, e ínclita mano.

Carlos V.

Alzad, señora, del suelo.

¿Y decís luego quién sois?

Beatriz.

Fraterna de mi fraterno

don Ginés, y una observante

de tus regales preceptos.

Ubaldo.

Dadme a mí, Señor, también,

cuando no la mano, un dedo.

Carlos V.

¿Quién sois?

Ubaldo.

El Vocabulario

de don Ginés, quien converso

con aquesta trompetilla,

me asiste su trompetero.

Carlos V.

¿Por qué causa?

Ubaldo.

Por ser sordo,

pero sordo tan tremendo,

que si pensáis decir "oye",

juzga que le han dicho berros;

pero con su sordera, solo

escucha el último acento,

si bien todo lo percibe

que yo le trompeteo.

Pag. 4

Duque.

¿Con que lo trocará todo?

Tirso.

¿Quién lo duda? Vaya un cuento:

en la cena la otra noche,

señores, mendrugo nuestro

fue, no más que yo en casa,

por su fama, aquí en todo

le servimos faisanes,

perdices y hubo huevo;

dijímosle si quería

por su plato postrero

un par o dos de cebollas,

y respondió muy ligero:

venga acá ese par de pollas,

me las tiraré al coleto.

Y así lo trueca, mas siempre

a su gusto aludiendo.

Beatriz.

Su aurícula está en clausura

y aun no es magno portento.

A don Ginés.

Carlos V.

No vi tal hombre en mi vida,

ahora voy al parentesco...

Decidme, ¿y sois mi pariente?

Don Ginés.

¿Qué me rente? Bueno es eso.

Mucho ha que estoy con los ojos

acá, aquí, acá, allí vueltos,

sin encontrar una silla;

y así, a Dios, que esté dispuesto,

él ya de marcha mayor,

para quien es primo vuestro.

Le detiene don Juan, que se quiere ir, y don Ginés.

Dándole al mismo tiempo un asiento al duque y otro a don Ginés.

Carlos V.

Don Juan, tenedle, que a todo

hoy darle gusto pretendo,

pues no se opone al decoro

y ministro de Venus,

traedme pues una silla luego.

Sacan la silla en que se sienta el César y el taburete en que se sienta don Ginés y otro al duque.

Duque.

Rara manía y chistosa.

Don Juan.

¡Qué en vano busco el sosiego!

Pues solo en un dueño ingrato

puede hallar su propio centro.

Tirso.

El conde se me figura

que irá con todo saliendo.

Beatriz.

¿Don Ginés ocupa el trono?

¿Y a dominación, a pelo?

Carlos V.

Ya, don Ginés, que he mirado

nuestra parentela quiero,

y ahora que os medís, cubríos.

Cúbrese con un sombrero muy grande.

Don Ginés.

¿Que me cubra? Lo acepto,

para gozar totalmente

de primo vuestro los fueros.

Ya lo ve, su majestad sabe que es de

perdón, y llámese su deudo.

Don Ginés.

Eso picaba más alto,

y porque creáis que es cierto

del honor que se me debe

ser vuestro pariente, pruebo

que pues que del diluvio

donde todos perecieron,

si no es Noé y su familia,

que en un arca hallaron puerto...

Pag. 5

Don Ginés.

bien sabéis, que de Noé

tuvo bastantes hijuelos

y después viendo que iban

como el aceite vendiendo

para poblar todo el mundo

para aquí y allí se fueron

juntamente con sus hijos

que eran ya de Noé nietos.

Los cuales en nuestra España

fundaron a breve tiempo

con que habiendo sus octavos

de uno en otro viniendo

más y al grado dos mil

poco más o poco menos

otros a fundar pasaron

a Alemania, en cuyo centro

nació Vuestra Majestad

a la generación ciento

mil, otras mil, digo ahora

en cuántas son no me meto,

a esto voy, aunque las ramas

algo distantes se ven,

el tronco es solo Noé,

nuestro retartarabuelo.

Luego si somos de un tronco,

ya muy bien probada dejo

nuestra cognación, y al caso

no hace que esté cerca o lejos,

que en finísimos parientes

lo demás importa un pelo.

Carlos V.

Por esa genealogía,

la parentela nos rige.

Duque.

Traidora está la probanza.

Don B.

Luego meditan que es dado.

Beatriz.

Que somos consanguíneos

línea octava, grado tercio.

Don Juan.

¿Qué molestas son?

Don Ginés.

Señor,

¿qué dices?

Carlos V.

Mi parentesco

os da más noble interés.

Don Ginés.

¿Me hacéis marqués? Esto es bueno.

Como reconoce el agua,

expuesto es vuestro pecho

en sangre, pues hay mil lustros

con beneficio tan nuevo.

Carlos V.

Don Ginés, no digáis tal.

Don Ginés.

¿Madroñal? Mas esto

pues me dais título en donde

fue mi noble nacimiento,

ya el Marqués de Madroñal

desde aquí a firmar comienzo.

Carlos V.

¿Dónde es Madroñal, decidme?

Don B.

Sí pues queréis saberlo

es una huerta a la cual

el Madroñal la pusieron

por llevar muchos madroños,

y yendo a viña allí a paseos

la madre de don Ginés

Pag. 6

Don B.

la cogió el parto tan presto

que allí mi amor nació,

mirad, pues, si es raro apunto.

Carlos V.

El acaso es de admirar.

Duque.

No es muy malo el patrio suelo.

Carlos V.

Pero pues solo es de yedra,

darle el título pretendo;

don Ginés, ya sois marqués,

que mi amor, como a mi deudo,

favoreceros intenta.

Don Ginés.

La renta saberla espero.

Carlos V.

¿La queréis para criados?

Don Ginés.

¿Mil ducados? Vaya pleito,

aunque no es mucho, es mucho traste

por la gente que tengo.

Carlos V.

¿Cómo, es poco mil ducados?

Don Ginés.

Mis criados son cincuenta

y pasan de más de ochenta

los que traigo al retortero.

Beatriz.

Yo de eso daré testimonio,

pues están siempre a mi aspecto.

Don Ginés.

Es verdad, porque están todos

rabiando de puro hambrientos.

Duque.

Don Juan, ¿qué decís?

Don Juan.

Que sois

de los nobles modelos.

A don Ginés.

Carlos V.

Oíros me maravilla.

Don Ginés.

Maestro capilla tengo,

que en un señor como yo

lo primero es lo primero

y lo primero es tener

de música un regimiento

Don Ginés.

y para que la veáis

en vuestro aplauso prevengo

un paso de ópera, y el

cuando Orfeo al infierno

bajó a escribirle, aunque ahora

de inferni nulla est retentio.

Carlos V.

Comiencen pues.

Tolondrón.

Ya espera vuestra majestad el festejo.

Don Ginés.

Pues vete, entra a llamarlos,

haz lo que he dicho luego.

Tolondrón.

Esto es que lleve a Violante

un papel de galanteo,

voy pues, ya he de andar por Dios

con mi golilla en floreo.

Vase.

Carlos V.

Señor, ya a vuestro hermano

desde hoy ve en nuevos empleos.

Beatriz.

Gracias hagamos al cielo,

y sobre todo laus Deo.

Carlos V.

Parece que oye armonía.

Beatriz.

Ya me llega el canto, oyes,

con la abundancia de ninfas

sedientas de sus acentos.

Salen 4 ninfas a lo gentil y cantan.

Cantan.

Corred, claras fuentes,

venid, flores bellas,

llegad, verdes prados,

oíd, mudas selvas,

que hoy Orfeo anima

con dulces cadencias

las fuentes, las flores,

los prados, las selvas.

Pag. 7

En el margen superior izquierdo hay dos recuadros. Primer recuadro:

Isla.

Su armónica lira

con dulce violencia

preste a lo insensible

la vital esencia.

Segundo recuadro:

Todas.

Corred, pues, ya viene,

a ver, pues llega,

las fuentes, las flores,

los prados, las selvas.

Sale don Fernando, que hará a Orfeo a lo gentil, con tonelete y plumaje, y con una vihuela que tocará, cantando juntamente.

Recitado de violines.

Don Fernando.

Plantas, flores y troncos,

cuyo insensible ser ahora se admira

animado a los ecos de mi lira,

decid, pues sois testigos de mis males,

si los dioses celestes inmortales

a mi Eurídice bella

convirtieron en flor, rosa o estrella;

mas, ¿qué es lo que pregunto, si yo mismo

sé que habita la esfera del abismo?

Ya iré a llamar, intento,

con dulce, acorde y con suave acento,

a los dioses Plutón y Proserpina,

porque me den a mi Eurídice divina.

A del confuso caos, centro horrible,

mansión de una materia inextinguible,

a del abismo, en fin.

Entra en un suave recitado.

Voz.

¿Quién del Leteo

llama audaz a las puertas?

Don Fernando.

Solo Orfeo.

Voz.

¿Y qué intenta?

Don Fernando.

Por si a piedad obliga,

explique mi cadencia mi fatiga,

Arpa seria.

Don Fernando.

cual pajarillo que amante

se lamenta, gime y canta,

si el consorte le faltó.

[Separador]

Don Fernando.

Así, en dulzura acordada,

lloro en mi Eurídice amada

el bien que mi amor perdió.

Recitado.

Don Fernando.

Piedad, pues, oh deidades infernales,

y pues pisa mi amor estos umbrales,

entregadme en Eurídice mi gloria.

Voz.

Ya logra tu armonía esa violencia.

Sale Eurídice por la puerta contraria, a lo gentil.

Recitado.

Eurídice.

¿Quién puede libertarme de esta suerte

de mansión y clausura que es tan fuerte,

donde por más tormento

ausencia de mi Orfeo gimo y siento?

Don Fernando.

Ya allí a mi dueño veo.

Eurídice.

¿Quién, pues, librarme puede?

Don Fernando.

Amante Orfeo.

Abrázala. Don Fernando llega a ella con este último verso.

Eurídice.

¡Ah, mi bien! ¡Qué alegría!

¡No puede caber la dicha mía!

Don Fernando.

Pues ella ya a mis brazos te traslada,

yo la celebro, Eurídice adorada.

Eurídice.

Yo a mi Orfeo también, y a un instante

Los dos.

todo sea contento y todo gusto.

Pag. 8

Eurídice.

Ya cesó la tempestad

que tu ausencia fomentó.

Don Fernando.

Ya el sol de tu deidad

dulce bonanza anunció,

¡ay, mi Eurídice!

Eurídice.

¡Ay, mi Orfeo!

Don Fernando.

Con tal gloria.

Eurídice.

Tal trofeo.

Los dos.

Reine la serenidad.

Don Fernando.

Ven, mi bien, donde logremos

que en los más finos extremos.

Eurídice.

Llega pues, Orfeo mío,

donde tuyo es mi albedrío.

Don Fernando.

Cual tu esclavo.

Eurídice.

Cual tu amante.

Don Fernando.

Siempre fiel.

Eurídice.

Siempre constante.

Los dos.

Viva nuestra voluntad.

Vanse abrazados.

Ninfa 1.

Sigamos, ninfas,

de Orfeo sus huellas,

que es imán su lira

que a todas violenta,

siguió su armonía.

Todas.

Corred pues, se alegran

las fuentes, las flores,

los prados, las selvas.

Vanse.

Aparte.

Don Ginés.

¡Bravo, bravo, víctor, víctor!

Acertado, bueno y rebueno;

el Vizcaíno se porta,

discurro que sobra el eco,

y así lo digo, aunque yo

ni lo oigo, ni lo entiendo.

Carlos V.

Vive Dios que aqueste rato

me he divertido, y Rinaldo,

dale renta a don Ginés,

pues la gasta en tal empleo.

Duque.

Es acción digna de vos.

Aparte.

Don Juan.

¿Quién es este hombre, gran cielo?

Que en el valor y armonía

se manifiesta portento.

Pues sea quien se fuere,

en él vengaré mis celos.

Beatriz.

En la meliflua cadencia

es muy perito el maestro.

Don Ginés.

¿Qué decís? ¿Os parece

me porto bien?

Carlos V.

Con exceso;

y pues a Sevilla parto

a esperar mi invicto dueño,

vedme también en Sevilla.

Don Ginés.

¿Pues es maravilla? En el reino

saben todos que me porto

dando, sí, mas mosca menos.

Carlos V.

¡Está muy bien humorado!

Vamos, duque de Alba excelso,

venid don Juan.

Los dos.

Mi obediencia halla en vos norte perfecto.

Vanse y dice don Juan al paño.

Don Juan.

Yo a ver, iré avisando

lo que pretende Lupercio

finalizar, y las bodas.

Pag. 9

Don Juan.

váyame a dentrar primero...

Vase.

Don Ginés.

Hermana, ya soy marqués,

tratadme con más respeto.

Vase.

Beatriz.

Benignos a don Ginés influyan

los astros del firmamento.

Vase diciendo los últimos versos. Sale Flora.

Flora.

¡Qué huésped tan raro!

Que aun no nos ha permitido

ver al de Vargas, pues ahora

le dejó allá entretenido

resolviendo mil papeles,

porque a don Juan ha ofrecido

probarle (¡miren qué tonto!)

ser pobre, mas bien nacido,

antes que llegue mi ama.

Valga yo, por si ha venido

Caracol, con quien divierto

lo triste de este retiro

y habitación de fieras,

pues junto al campo vivimos.

Pero Uvate es el que viene,

y ciertamente me río

de ver que aun con ser tan viejo

me coque.

Sale al bastidor Uvate.

Uvate.

Señores míos,

¿quién creyera que a la vejez,

muy a alcahuete metido,

que así mi cara ilustro,

dando a tan lindo oficio

más florillas?

Flora.

¿Qué hay, Uvate?

Uvate.

¡Ay, criada! Un papelillo

traigo aquí para tu ama

de don Ginés.

Flora.

A este sitio vendrá presto

y dársele puedes.

Uvate.

Pues mientras, dime: ¿hay ojillos?

¿Cómo estamos de mi amor?

Flora.

Buenos, a escondidas y celo.

Uvate.

¡Cómo que gestos me haces!

Puédese ensanchar, bien mío,

y a bandadas las muchachas

andan tras este carrillo,

y por ti a todas las dejo

con una cuarta de vicio.

Flora.

¡Qué tanto me quieres!

Uvate.

Mira,

te quiero más, ¡ay, qué lindo!,

que una gata quiere un gato

cuando en el tiempo invernal

anda con el ñau, ñau,

dando por ella mil brincos;

pues yo en invierno y verano

estoy por ti de plomo.

Caracol al paño.

Caracol.

¡Sí, Flora! Mas Uvate,

con ella está blando, vive Cristo.

Si acaso la enamora,

le he de pegar cuatro chirlos.

Pag. 10

Flora.

Mucho me quieres, Ubate;

pero yo a ti...

Aparte.

Ubate.

Dilo, dilo,

ahora cae en el anzuelo.

Flora.

Te quisiera...

Ubate.

¿Cómo?

Flora.

Frito.

Ubate.

Con la leña de tus huesos

lleve el diablo tus cariños.

Caracol.

La muchacha es como loca.

Flora.

No obstante, yo me apercibo

mientras Caracol llegare

a darte un abrazo.

Ubate.

Lindo.

¡Ay, chicota, vaya, vaya,

que ya me entorpeciste!

Sale Caracol muy enfadado.

A Ubate.

Caracol.

Y yo me he despeñado

viendo como se ha avenido

con Flora de ese diablo,

pero en ti vengarme elijo.

Tome pues el señor Ubate

de a buen bocado, gran grito.

Dale con la espada.

Ubate.

¡Ay, que me mata!

Sale Violante.

Violante.

¿Qué es esto?

¿Quién fomenta tanto ruido?

Caracol.

Señora, acá Ubate, y yo...

Violante.

Baste, y dime, ¿qué motivo

tienes, Ubate?

Ubate.

Señora...

Ubate.

Ay, de don Ginés amoroso

que vos aquesta carta me dio.

Va a dársela.

Violante.

Calla, que me irrito

de oír solamente el nombre,

y pues saca el contenido,

sin duda expresiones necias

dile que mi pecho altivo

sabrá dar castigo justo

a su audacia, y atrevido

prosigue en... pero vete,

vuelve la carta, y lo dicho.

Aparte.

Ubate.

Así lo haré. ¡Vive Dios!

¡Qué tiene la niña humos!

¿Flora, y tú?

Flora.

Escarmenta, Ubate,

y ve a escardar cebollinos.

Ubate.

Vete tú con mil demonios,

que no me das a mí un pito.

Vase, y se le cae la carta.

Flora.

Ya se fue, mas el billete

se le dejó allí caído.

Yo lo levanto, que aun

el riesgo a Violante evito

si le hallara don Fernando,

don Juan o Lupercio mismo.

Levántalo sin que lo vea Violante y lo guarda.

Violante.

Caracol, ¿tú tan callado?

¿No sabes cuánto te estimo?

¿Cómo no llegas?

Habrá estado retirado.

Caracol.

Señora,

vi tu cielo enfurecido

y me temía algún rayo.

Pag. 11

Violante.

No se entiende eso contigo,

di, ¿dónde está mi Fernando?

Caracol.

De esa pregunta me admiro.

Violante.

¿Pues yo no?

Caracol.

Luego, ¿ignoras

que está en tu pecho escondido?

Flora.

¡Qué taimado caracol!

Violante.

¿Tan fino me ama?

Caracol.

Es tan fino, y si no

ha venido ya...

Violante.

¿Por qué es?

Caracol.

Porque no ha venido,

mas ele le aquí ya cerca.

Sale Don Fernando y se hablan.

Tachadura en el manuscrito.

Violante.

Solo con verte respiro.

¡Ay, mi Fernando!

Don Fernando.

¡Ay, mi dueño,

feliz quien ha merecido,

señora, tanta memoria

a precio de mi amor fino.

Violante.

No tan feliz, mi Fernando,

que nos cercan conflictos.

Don Fernando.

Pues, ¿cuáles, mi bien, se impiden?

¡A vil contrario destino!

Violante.

El remedio breve importa,

y así, no excuso el decirlo.

Mi padre, pues, esta noche

término me ha definido

para mi boda o mi muerte.

Mira, pues, en tal peligro,

aunque es mi amor tan constante,

que han de perderme.

Don Fernando.

¡Ay, Dios mío!

No hagamos a mi desgracia

que agora la tema. Expreso...

Al paño, Don Juan.

Don Juan.

Pues oigan el desacato,

dará suplicio este aviso.

Resuelto, señora Violante,

¿no habla allí con mi enemigo?

¡Óigame, cielos, qué rabia!

Don Fernando.

Y así, en tal lance, ¿qué arbitrio

será, mi bien, conveniente?

Caracol.

¡Cuerpo de Cristo conmigo!

Llévatela a Tetuán.

Violante.

Fernando, el mejor partido

es la ausencia de mi padre,

y así, en nada estés remiso.

Don Juan.

¡Ingrata! Presto en tu muerte

burlaré yo tus designios.

Don Fernando.

¿Que, en fin, eso determinas?

Violante.

Sí, ya es tuyo, mal o bien,

mi honor, mi vida y mi fama;

y pues los brazos que ofrecí

fueron en otra ocasión

con mi mano, agora lo afirmo.

Dale la mano.

Don Fernando.

Pues con tal favor, venid.

Sale Don Juan y saca la espada.

Pag. 12

Don Juan.

Espera que antes un rato

con tu muerte satisfecho

te daré justo castigo

deste agravio y juntamente

cobraré el favor perdido

en tu poder.

Riñen.

Don Fernando.

Deste modo

pues conmigo solicito

te he de dar muerte.

Sale Lupercio con una carta en la mano.

A don Fernando.

Lupercio.

Tened,

don Juan y tú, atrevido

en tu casa estos espumos.

Los dos.

Nada, a Dios, nada.

Riñen.

Violante.

De mi padre voy huyendo.

Cielos, ¿dónde hallaré alivio?

Vase.

Flora.

Pues yo huyo de Caracol,

que estará hecho un basilisco.

Vase.

Voz dentro.

¡Entrad, que se matan!

Sale don Ginés muy furioso con espada.

Don Ginés.

Teneos, voto a Cristo,

que si os movéis, ni una pizca

os he de hacer mil añicos.

Anda entre ellos metiendo paz. Ellos estarán riñendo siempre.

Enseña una carta y al guardarla se le cae.

Vase.

Lupercio.

Pues don Ginés ha llegado

y el lance podrá impedir,

yo tras Violante me parto,

a la cual en vano aspiro

casarla según quería,

que hoy a casa he sabido

por este papel que es noble,

y voy a decírselo,

voy pues; y mientras, la hallo,

guardaré el papel.

Don Fernando.

¡Que no acabe con tu vida!

Don Juan.

Son mis celos más activos.

Don Ginés.

¿No os tenéis?

Los dos.

Vos, don Ginés,

servir podréis de padrino.

Don Ginés.

¿Cómo, gorrino? ¿A gorrinos...?

Vosotros sois los gorrinos.

¡Ah de mi guarda, ah, soldados!

Aparte.

Caracol.

Don Ginés ya perdió el juicio,

pero allí, al irse Lupercio,

un papel se le cayó.

Voy a leerlo.

Don Ginés.

¿Yo reñir? ¡Ay, Jesús mío!

Dentro.

Beatriz.

¡Ay de mí, no hay quien me auxilie!

Don Fernando.

Acabemos. ¡Ah! mas, ¿qué he oído?

Allí Beatriz peligra,

según del eco he inferido.

Don Juan.

Don Fernando, suspensión

haced, pues ahora es preciso

librar a esta dama,

que nuestro duelo ya indeciso,

ocasión habrá muy breve

para poder definirlo.

Vase.

Don Fernando.

Yo también iré.

Don Ginés.

Escuchad.

Pag. 13

Don Ginés.

no matéis, mi vizcaíno,

cuidado, que yo os lo mando,

y temed si me amohíno.

Don Juan.

Voy a buscar a Lupercio,

que después yo daré arbitrio

para vengar mis ofensas.

¡De todo un Etna respiro!

Vase.

Don Ginés.

Ya ha puesto a pique su furia,

pues temiendo de mis bríos

repuso en más que de paso.

Ahora, Ubarte, dime, y...

ya que aquella Violante

tomar mi carta no quiso,

¿dónde la tienes?

Ubarte.

Aquí.

Búscala y no la encuentra.

Ubarte.

Mas, ¡por Dios, que la he perdido!,

pues yo con ella aquí vine

tan solo.

Sale don Fernando con Beatriz en los brazos.

Don Fernando.

Bello prodigio,

alienta, que ya aquel bruto

cobardemente remiso

te concedió huyendo el lauro.

Velo don Ginés.

Don Ginés.

¿Está este, el vizcaíno,

con Beatriz?

Ubarte.

La ha librado

de un jabalí.

Don Ginés.

Di, borrico,

que siendo jabalí humano

no tendrá esotros colmillos

para presa tan divina.

Ubarte.

Verdad. Cierto es eso.

Vuelve Beatriz.

Beatriz.

¡El Agnus Dei qui tollis

me influya con sus auxilios!

Don Ginés.

Hermana, ¿explica qué es esto?

Ubarte.

Vaya, que si no has de oírlo,

por acá, por ti, lo haremos

los que de sordos nos hacemos.

Beatriz.

Vaya pues la narración

deste grave fortuito,

o pues que mandas, como es mi rito,

me fui a deambular sola un poquito,

porque la comestión ya desmedida,

o alimento vitalicio, no me impida;

tomando, pues, la vía salí al campo,

y allí con rumbos fui a espaciarme al campo,

cuando advierto un aspecto extremado,

con cuanto el numen sacro ha producido

en las silvas nativas de la tierra

que son las flores que en su claustro encierra.

A este tiempo, mi ánima temblosa,

veo hacia mí, mi fronte titubea,

venir un... un... (timeo el cognominarle),

un jabalí, por su facie indicante.

Pag. 14

Beatriz.

ocultando, pues, luego membra,

y hacia mi oculos sus colmillos tira,

que eran tan magnos, porque bien se crea,

como animal de especie gigantea;

yo, que estaba temiendo a me en calva,

pues me caen a féminas hacen bruto, salva,

traspuso y ha de venir muy soflamero

a darme un pábulo a su vientre fiero;

entonces vociferó grandemente,

que me solfeante al continente,

me auxilió con valor el más profundo,

y el animal se fue muy tremebundo.

Con esto yo doy y afirmo por ahora,

si bien, pues, de mi vita soy deudora,

en aras de mi amor exorbitante,

et iterum sere vacui pecante.

Don Fernando.

Obligación, señora, es lo que he hecho,

y así estoy de la duda satisfecho.

Don Ginés.

De cuanto ha dicho apenas me he cuidado;

bástame saber, en fin, que la ha librado

mi famulo bizarro y el vizcaíno.

Caracol.

Estudiar es preciso un calepino

para entender su lengua endemoniada.

Voto.

De su chacharola no entiendo yo nada.

Don Ginés.

Hermana, yo me voy poquito a poco

a cuidar de mi casa, a la cual toco,

que estará alborotada con mi ausencia.

Esperándote voy; con tu licencia.

Comparte bien, pues, ya te despidas

con quien sé que te hacen la mamola,

con que cuando con él despacio elijo,

sé que el vizcaíno es muy buen hijo.

Vase.

Voto.

¡Está bien! Mas si la pega ruego,

verás si es un buen hijo o buen mondongo.

Vamos por de Cristo...

Tropecé con la carta, ¡vive Cristo!

Pues yo aquí la perdí, ¡ay, tal enredo!

Ya a don Ginés con esto darla puedo.

Alza la carta que cayó al suelo. Vase.

Beatriz.

Que, en fin, por mi probecita,

debo a vos el libertarme

de aquel perículo espanto.

Don Fernando.

Señora, cumplí en tal lance

con la ley de caballero.

Beatriz.

E que te digo que me place,

ahora bien, domine mío,

yo siempre te quise afable,

pero ahora este contingente

hace a mi amor un gigante,

y así, omitiendo equívocos,

con que me saques de ayes,

el séptimo sacramento,

in facie eclesie, al instante,

solemnicemos, callando, quedando

con identificación grande.

Caracol.

Volavit domina mea,

por qué clamitas cantanti?

Pag. 15

Caracol.

aspira a mi favor connubio,

y así no te la guisan, pescadillo.

Beatriz.

Malamente yo no penetro

lo intrincado de esas frases.

Caracol.

Lo mismo a mí me sucede

con tu ladino lenguaje.

Beatriz.

En mí es hábito existente

desde mi primera infancia.

¿Dadme ahora vos responsión?

A don Fernando.

Caracol.

Di que has de casarte

con ella y dala papilla.

Don Fernando.

¿Quieres que así a mi Violante

ofenda?

Caracol.

Yo no, la ofendas

como los niños hacen,

esto va de mentirillas.

Don Fernando.

En fin, solo por librarme

desta mujer porfiada,

haré ficción semejante.

Beatriz.

¿De qué dubitáis?

Don Fernando.

Señora,

¿cómo de esposo llamarme puedo?

Beatriz.

Todo el amor

lo supera.

Don Fernando.

Aquí no es fácil.

Violante al paño.

Violante.

Pues quedo aquí, mi Fernando,

resuelta vengo a buscarte

por ir con él: pero hablando

con Beatriz está, pararé

y oigamos.

Beatriz.

Ya mi consorte

sois, y podéis imperarme,

que yo quedo por la ancila

y vos por el dominante.

Aparte.

Don Fernando.

Señora, a tal favor grato

os tributa vasallaje

mi amor, que os aclama dueño,

miente mi labio infame,

que a Violante solo adoro.

Violante.

¿Esto escucho? ¡Qué coraje!

¡Ay ingrato, mal caballero!

¡Y aleve, fementido amante!

Beatriz.

Ea, sufficit; y ahora

por primicia es donante

la amplexión de estos dos lazos

por indicio de esponsales.

Al abrazarse, dentro don Ginés.

Don Ginés.

Vamos, Beatriz, despacha,

que estoy harto de esperarte.

Beatriz.

Mas ya llama mi fraterno,

y pues posesión palpable

y residuum de mis bienes

tomarás mañana. Vale.

Vase.

Y al seguirla don Fernando, sale al paño Violante.

Don Fernando.

Señora, esperad, que yo

solo voy.

Pag. 16

Violante.

El que constante

contra amor, como a su dueño,

la tributa vasallaje...

Don Fernando.

¡Violante, yo...!

¡Mal año!

Caracol.

Vino, por cierto, a buen lance.

Violante.

¿Es este, amante alevoso,

es este, dueño inconstante,

el amor con que me adoras?

¿La fe que en ti pudo hallarse?

¿Tan presto de enojo sabio,

viendo tan infiel trocarse

por una vana hermosura

lo rudo de aqueste traje?

Don Fernando.

Yo, Violante, siempre fui...

Violante.

Ya lo sé, ingrato, mudable,

traidor, alevoso, engañoso;

y en fin, por que yo admirarme

llegue al más sublime estado

y cual debo, de tratarte:

gozad, señor don Fernando,

en muchas prosperidades,

de Beatriz la hermosura,

con los bienes de los grandes

que tienen su fantasía;

y pues ya por vengarme

en don Juan, a mí me espera

lazo con más calidades,

lograd el vuestro, por que

lo mismo haré de mi parte.

Don Fernando.

Mi dulce prenda adorada,

cruel, sé a mí más afable.

Violante.

¿Cómo podrá, nuestro dueño,

tu albedrío intentar darme?

Caracol.

Aquesto es desanimarse;

juzgarase en bien tomarse.

Don Fernando.

Mira bien que una ficción

no es causa digna y bastante

a tu enojo.

Violante.

No es ficción

hablar con afectos tales.

Caracol.

Señor, llórele algún repingo

y se ablandará al instante.

Dentro lloran.

Don Fernando.

Mi bien,

advierte que solo

vive mi amor en...

Flora.

¡Violante!

Don Fernando.

Ya por mí volvió el acaso,

aunque el modo harto extrañe.

Violante.

Nunca se puede hacer caso

de lo que el acaso hace.

Pag. 17

Flora.

Señora,

ya muy benigno

pretende tu padre hablarte,

por lo cual te he llamado

mientras él anda en tu alcance.

Don Juan se marchó también.

Aparte a Violante.

Aparte.

Violante.

Ya es mi suerte más afable.

Y siendo así a Don Fernando,

aun por escarmentarle,

vamos, Flora, allá,

intento gozar mis felicidades.

Hace que van.

Don Fernando.

Mirad bien.

Violante.

Nada hay que mire.

Don Fernando.

Huyo.

Violante.

Cansarós en balde.

Don Fernando.

Quedad con Dios.

Violante.

Id con Dios, que yo intento

así imitarte.

Se va Caracol y Don Fernando hacia una puerta, y Violante y Flora hacia otra.

Don Fernando.

¿Se va Caracol?

Caracol.

Se va,

mas ella vendrá a rogarte.

Violante.

¿Flora, se va?

Flora.

Sí, señora.

Don Fernando.

Poder resistir no es dable.

Vuelve.

370

Don Fernando.

¿Violante?

Violante.

¿Qué me mandáis?

Don Fernando.

¿Que no bastan a aplacarte

mis ansias tan amorosas?

Violante.

Bastarán a acreditarse

de finas.

Don Fernando.

Mi bien, no dudes

que lo son.

Violante.

Solo eso cabe

con Beatriz.

Don Fernando.

La aborrezco.

Violante.

¿Luego me adoráis?

Don Fernando.

Constante.

Violante.

¿Quién lo afirma?

Don Fernando.

Mi cariño.

Violante.

Pues te llega aparte,

y yo quiero creer esta vez.

Don Fernando.

¿Qué, mi bien?

Violante.

Las amistades

con mis brazos. Por ahora

sea igual, rico y mudable.

Don Fernando.

Qué dicha, ya eternamente

te ofrezco solo adorarte.

Violante.

Yo a porfía a Don Juan le dejo.

Don Fernando.

Yo a Beatriz por amarte.

Los dos.

Pues de nuestro amor tan fino

Pag. 18

Los dos.

la fama en el orbe cante.

Violante.

Que yo en mi Fernando vivo.

Don Fernando.

Que yo vivo en mi Violante.

Los dos.

Y que amor esto publica

por sentencia inviolable.

Vanse por diversas puertas.

Flora.

Caracol, ¿y tú?

Caracol.

Hija mía, vete

a buscar a tu abade,

que por mí se lave y unte.

Flora.

Anda con trescientos diablos.

Dase fin a la segunda jornada.