帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de San Juan en su Apocalipsis. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/san-juan-en-su-apocalipsis.
San Juan en su Apocalipsis =
Comedia en 3 jornadas =
Legajo 28
19
238
San Juan Prócoro Ideta Valerio Sorbete el Demonio dos sacerdotes Aurelio, embajador Adriano, emperador Drusiana Flavia Flora hombres asirios dos ángeles Apolonio músicos, acompañamiento
Ruido de tempestad y descúbrese el Demonio en un monstruo marino, junto a la orilla, con un tridente, y vese pasar una nave y en ella San Juan y los demás que fuesen saliendo.
Truenos.
Las infernales furias del abismo,
que estrechas en la cárcel de sí mismo,
para eterno tormento, se alimentan,
de los que su hospedaje vil aumentan;
y al imperio mío,
del vasto mar, tomando el señorío,
en sus undosos senos
con relámpagos, rayos, agua y truenos,
formen tal tempestad, funesta y grave,
hasta que a fondo caiga aquella nave;
tal confusión, horror, temor y espanto
que aún tiempo no les quede para el llanto:
y pues Bestia del mar sobre la espuma,
no sin causa me escribe sacra pluma,
llamando, doctas interpretaciones,
a las aguas del mar, tribulaciones;
en este horrible y espantoso bruto
que la Letea me da por atributo,
siendo infernal, marítimo piloto,
a fulminar comience el alboroto:
mas ya las aguas al impulso ardiente
de esta, si no guadaña, infiel tridente,
la nave precipitan:
ya el estruendo se atiende, todos gritan.
Cielos sagrados,
válganos tu piedad por desdichados.
Júpiter poderoso.
Neptuno piadoso.
Casta Diana,
tu deidad nos valga soberana.
Señor crucificado,
válganos solo tu poder sagrado.
Pasa la nave.
Y a mí por mi destino,
contra el agua me ampare solo el vino.
Ya al mar se arrojan, la tormenta crece;
raro es el que a la furia no perece,
y principal por quien mi rencor fragua
la tempestad, sepulcro haré del agua.
¡Ay, padre!, nado a diestro y a siniestro.
¡Adiós, mi compañero y mi maestro!
Al mar en fin cayó, y por varios modos
a unas tablas asidos salen todos,
y pues visible entre ellos hoy me miro,
logre el empeño a que envidioso aspiro.
Salen los dos soldados asidos de una tabla.
Gracias a los dioses sacros
que llegué a tocar la tierra.
Al gran Júpiter rendido
mi corazón se confiesa.
Sale el Demonio.
Y yo a mi propio valor
es justo se lo agradezca.
¡Oh, poderosa Diana,
quien tu piedad no celebra.
Gracias al crucificado
Dios por tan alta clemencia.
Gracias a esta tabla, pues
que me he escapado en ella.
Calla, blasfemo atrevido.
Ten la sacrílega lengua.
Suspende el acento torpe.
No prosigas más blasfemias.
¿No basta, vil extranjero,
que por tu causa padezca,
y por la de aquese Juan,
que en el mar ahogado queda,
nuestra vida el gran peligro
que nos puso la experiencia,
sino que ya que nos vemos
libres, tu locura vuelva
a irritar de nuestros dioses
la piedad que manifiestan?
Calla, pues ves que los cielos,
a la invocación suprema
de nuestras sacras deidades,
ostentaron su clemencia;
no pretendas que irritados,
al oír esa voz nueva
de ese Cristo que publicas,
con muy justa razón vuelvan
a permitir que el amago
en ejecución se vea.
Además, que tu locura
no discurre y considera,
qué poco la invocación
de esa deidad que voceas
puede, pues de todos cuantos
la nave, arrojó a la arena,
ninguno peligró, y solo
tu compañero se queda
por despojo de los mares
porque invocó en ofensa
de nuestros dioses al que es
ficción de vuestras ideas?
Y si acaso tú has salido
con ese a quien la cautela
de Juan, haya engañado,
es por permisión suprema
de nuestras deidades solo
porque sus prodigios veas.
¡Oh, ignorantes, y qué ciegos
vivís entre las tinieblas
de vuestra incredulidad;
pues del sol la luz eterna
no ha amanecido en vosotros!
Mirad que no es consecuencia
que porque padezca el justo
y el que es malo no padezca
es porque el bueno sea malo
y el que es bueno, malo sea
sino porque siempre suele
la altísima providencia
por ocultísimas causas
que lo humano no penetra
premiar al bueno en trabajos
y al malo con dichas premia
siendo, al fin de nuestra vida,
la más digna recompensa,
por los trabajos, las glorias,
y por las dichas, las penas.
Si a mi amado compañero
le sucedió la tragedia
que visteis, de mi opinión
es la más felice prueba
pues siendo al que más amó
el Dios que mi voz aprecia,
con el trabajo mayor
su afecto divino muestra:
Y si juzgáis engañados
de esa infidelidad ciega
que no puede mi gran Dios
sacarle de las estrechas
profundidades del mar,
sabed que su omnipotencia
se extiende a mayor prodigio
que este, pues sin resistencia
no quedará en toda el Asia
falso ídolo, que venera
vuestro error, ni templo alguno
en que rendís sus ofrendas
que no caigan destrozados
solo al nombre que confiesa
mi fe, de Dios uno, y trino,
en personas, sin que puedan
Detente no prosigas,
que no sufre mi impaciencia
que en ofensa de los dioses
animes tanto la ofensa:
Y vosotros, que ministros,
y jueces de su defensa
sois, por qué así permitís
que se ultraje su grandeza?
aguardáis a que introduzca
en Éfeso, aquesa secta,
que aun sin entenderla ellos
quieren que todos la entiendan?
a dónde está vuestro celo?
a dónde aquella obediencia
de defender el sagrado
respeto y la reverencia?
Ea, quitadle la vida.
Oiga el Diablo y cómo aprieta
Si no queréis que en vosotros
mayor castigo se vea.
Dice bien, y ya es delito
en nosotros, la clemencia.
No dice bien, valga el Diablo
el alma que así aconseja.
Calle, y suframos por Dios.
Por Dios vaya que padezca;
mas por un soplón no quiero
aunque andemos a la greña.
Qué hacéis?
aunque es siempre justa
la venganza, en quien se atreva
a profanar nuestros ritos
tengo a mejor se dé cuenta
al gobernador.
no es causa
que en su tribunal se vea
teniendo aquí la ocasión.
Si fuera, de otra materia
el delito estaba bien;
mas no siéndolo que mueran
es justo.
Valor mi Dios.
Pues miren como a mí llegan
que voto a Dios que a pedradas
no me ha de quedar cabeza.
antes que me den.
Sale el gobernador.
Qué es esto?
el tomarme la licencia
de responder no admiréis,
siendo el celo quien me alienta:
estos dos advenedizos
que veis, y otro que se queda
sepultado, entre las ondas
por borrascosa tormenta
del mar, a tierra saltamos,
y en vez de correspondencias
obsequiosas a los dioses,
no solo a infamar empiezan
de sus deidades el culto,
sino introduciendo nueva
ley, en aquestas provincias,
hacerse señores de ellas
solicitan; a que todos
irritados, en defensa
de nuestros ritos y patria
nos opusimos: en esta
ocasión llegasteis vos,
y pues que se halla la regia
facultad y señorío
en vuestra mano, del César;
castigad su atrevimiento
antes que su astucia pueda
con mágicas persuasiones
infestar toda esta tierra:
Para relator el diablo
vale tanto como pesa.
Antes, señor, que paséis
a obrar, según lo que alega
la emulación, atended,
porque Cristo nos enseña
que la inocencia inculpable
en casos de fe.
Ea, cesa,
que es preciso, acabe errando,
quien con errores comienza:
¿qué Cristo, ni qué ley es
la que sin más advertencia,
que decir que es ley de gracia
queréis que sea por fuerza?
Si usted no nos deja hablar
¿cómo ha de poder saberla?
¿Quién sois vos?
Señor, yo soy...
Acaba, dilo, ¿qué esperas?
Yo soy, señor...
Ya me irrito.
Soy...
¿Quién?
Nieto de mi abuela.
No os turbéis. ¿Cómo os llamáis?
Yo me llamo fray Soleta,
hijo de don Escarpín,
primo de doña Calzeta,
pariente de don Zapato,
hermano de doña Media,
descendiente de Chanclilla,
del origen de las suelas.
¿Y tú también de ese Dios
sigues la religión?
Etiam.
¿en latín me respondéis?
Quoque.
¿Y queréis abusar della?
Nequaquam.
Pues por los dioses
que he de hacer.
Requiem eternam.
que una hoguera enciendan
ascuas
y en ella ardiendo
pajuelas
a fuego lento.
castañas.
hechos pedazos
almendras.
entre aceite y pez
buñuelos
resina y plomo
camuesas.
os abrase
ni por lumbre
alta que en cenizas muertas
os deje el rigor, sirviendo
de escarmiento, a quien se atreva
a profanar de los dioses
el culto y la reverencia;
y porque en casos tan arduos
de religión es violencia
sin judiciales informes
resolver estas materias
en Éfeso entremos, donde
se averigüe, y en estrechas
prisiones los poned.
Tengo
por justa, esa diligencia,
que de nuestra vista temo
la magia los desaparezca.
¿Qué magia, ni qué demonio?
Asidos a una cadena
los traed.
¡No sé qué impulso
en mí siento de clemencia!
¿Somos perros?
Y aun peor.
Pues guárdese, no le muerda.
Tenga gran paciencia hermano.
No quiero tener paciencia.
Los martirios, son regalos,
a quien por Dios los tolera.
Yo solo llamo regalo
a una polla si está tierna.
Fíe de Dios que yo fío
salvará nuestra inocencia.
Por fiar, algunos pobres
andan tocando tabletas.
Ea vamos.
Así evito
de sus designios la empresa.
Ande aprisa.
Si me acosa
me habrá de llevar a cuestas.
Señor, mirad por nosotros
porque nuestra ley se extienda.
Permitid, Señor, que no
despedacen a Soleta.
Vanse.
Salen Valerio y Sorbete.
Sorbete, no hay sufrimiento,
para tan largo pesar,
y ansí trata de dejar,
que me ahogue el sentimiento.
Yo he discurrido un buen medio
para tu mal.
¿Di, a mí?
Sí.
¿Cómo puedes darle, di,
si el morir solo es remedio?
Otro.
¿Cuál es?
Galantear
a otra ninfa de Diana.
¿A otra que no sea Drusiana
Sorbete había de adorar?
Sí, pues siendo despreciada
por otra estoy por decir,
que ella se te ha de venir,
a las manos desatada.
En otra, pudiera ser
que ese caso sucediera,
pero en Drusiana es quimera.
Pues, ¿es ella más mujer?
porque en llegando a estas tretas
si es que de este ardid te vales,
todas las veras iguales
como cabos de agujetas.
Quien se extraña al vendimiento
menos fuerza hará al rigor.
El contrapunto de amor
le ha de hacer perder el tiento.
El fuego del corazón
siempre en su obsequio arderá.
Si él dura se quedará
hecho por fin un carbón.
No con tus chanzas me irrites
cuando estoy desesperado.
Como no mueras ahorcado
más que la vida te quites.
Y si ha de ser testimonio,
da primero.
Mejor diera,
en aflicción tan severa,
cuanto poseo al demonio.
Apolo me valga.
Sale el Demonio.
Amigo.
¿De cuándo acá?
Entre mis brazos
amor renueve los viejos lazos
de mi amistad; pues finjo
la cautela así ha de ser
en la forma que he tomado
de su amigo.
Ap.
Bien llegado
seáis donde, a merecer,
vuelvo de vuestra amistad
la dicha, oh noble Lucindo.
¿Quién será aqueste don Guindo?
¿Os causará novedad?
Sí, pues os tuve por muerto.
Ap.
Así se llegó a inferir
y por mí puedo decir
no siempre lo peor es cierto.
Mas de vuestro rostro infiero
que tenéis algún pesar.
Mi astucia, así ha de empezar.
Y tan cruel y severo
es que, aun siendo buen testigo
del mi semblante, os asiento
que no cabrá lo que siento
en todo lo que no digo.
¿Es de amor?
Ahí cojea.
Si mi amistad os merece,
el objeto que apetece
decir.
Ama por idea
a una ninfa de Diana.
Aún dura esa pretensión.
Sí amigo, mi adoración
se sacrifica a Drusiana;
sin poder de su altivez
con la súplica ni el ruego,
para este desasosiego
sacar más que una esquivez.
Para tan penosa calma
os ofrezco mi favor.
Alcahuete es el señor,
así Dios salve mi alma.
¿Qué decís?
Que lo que escucháis:
si queréis que facilite
vuestro empeño, no dudéis
que deje de conseguirle.
Si eso logro, vida y alma
y hacienda.
Nunca compite
interés a mi amistad:
otro empeño que consiste
en vos es lo que pretendo
me aseguréis.
Si me pide
imposibles vuestro ruego,
facilitaré imposibles.
Música.
Pues el caso lo dirá:
y vuestra amistad se fíe
de mi promesa.
Tocan.
Esperad,
que por aquestos jardines
parece que siento gente.
Y aún voces llegan a oírse
de música.
será el cielo,
por quien mi esperanza vive,
siempre en acecho; pues siendo
este retiro en que asiste,
cerca del templo a quien yo
hecho de su esfera lince
venero, porque tal vez
de ella sale a divertirse
suelo merecer mirarla,
aunque mi atención peligre,
en su desprecio.
Este hombre
tiene el ser de aleviste.
Pues para eso, si os parece
que yo haría, aquí me desvíe
a observar en sus acciones
efectos que me motiven
el modo con que más fácil,
se venza aqueste imposible,
lo haré.
Bien vuestro discurso
al acierto se dirige:
y cuidado, que no os vea
que será hacer más difícil
la empresa en su condición.
Vuestro recelo descuide
que no me verá, sea infierno
pues el cielo me permite
aquesta licencia, al arma.
Que todo esto se dirige
a persuadir a Valerio
que a este Procoro le quite
la vida.
Mirad que llegan.
Retírase.
Retírome y que os avise
estimad de que un favor
habéis de lograr.
Felice,
será desde aquí mi afecto,
si tal fortuna consigue.
Señor, este es hechicero
o brujo, y de él no te fíes.
Calla loco.
Ello dirá.
Oye que la voz repiten;
Sale Drusiana, Asteria, Flavia y más.
Que constante aquella rosa
al contacto se resiste
de groseras invasiones
que su castidad persiguen.
Qué bien en mi oído el eco
de esas voces se reciben
pues resulta la alabanza
en mí, de lo que a ella dice.
Cómo disuenan los ecos
en quien se mira infelice
amando, y sin esperanza,
de que este ardor se mitigue.
Proseguid y no salgáis
del intento.
Ya prosiguen.
Que amante un clavel ufano
la desecha, por si en lo humilde
de su rendimiento logra
la dicha de que le mire.
¿Eso es seguir el intento?
Pero aguardad.
Y nos fíe.
¿Quién está ahí?
Quien, si acaso,
porque su pesar alivie
busca en estas bellas flores
una que por más que brille
¡Ah, traidor!
Ea, callad,
antes que otra voz me irrite
lisonjera, y que...
Señora,
atrevimientos humildes
no es justo que vuestro ceño
con tanto rigor castigue.
¡Que esto mis celos consientan!
¡Cómo mi ira se reprime!
¿Conduce a esto la tonada?
Señora, el acaso...
¡Vive
Diana, a quien me consagro!
No ha sido más...
No me incite
vuestra malicia; dejad
la música.
Esto va a pique.
Y pues que tan atrevidos...
Sale D.no
Llégale unas flores al rostro
Aquí mi astucia evite
que anime más el desprecio;
pues haciéndome invisible
al contacto de estas flores
haré que se desanime
su aliento, y en el desmayo
logre el favor que previne.
Cae, y la tiene Valerio en los brazos
Idos de aquí, que si el cielo,
astros, esferas, ¡ay triste!,
pudieron poco mi aliento
predominar, no es posible
que ni ellos ni vos... ¿qué es esto,
que tanto el pecho me aflige?
Faltó el aliento a las voces:
¡ay de mí!
Ve aquí el melindre
de que usan todas.
Señora,
¿cómo es posible que eclipse
poca niebla todo el sol?
Aprisa vino, y rocíen
el rostro.
Vase Flora
Tirano aleve,
qué bien salen los ardides
de tu amor; goza ese instante
que la ocasión te permite.
Flora, trae un poco de agua.
Deja, Astiria, no me quites
esta dicha que aquí gozo.
aunque el susto la apadrine.
Sale Floro
Aquí está.
¡Ay de mí!
Ya ha vuelto.
Afuera, Asteria.
No desdice
a mi atención el respeto de aprecio;
perdonad, señora, si hice
necesidad la ocasión,
no porque lo desestime,
sí, por si aumenté la ofensa
que hacia vos puede inferirse.
Vase.
Bien está, vamos, Asteria.
Y a ese caballero dile
que jamás procure verme
antes que ninguno indicie
por malicia lo que no
ni aun por juicios se permite.
Vase.
¡Que no pueda haber logrado
dar al lacayo un envite!
¡Que se vaya la criada
sin pedirle un parce mihi!
Vase.
Ya habéis oído el recado;
no tengo que repetirle
sino que améis a quien tanto
vuestra adoración admite.
¡Ay de mí!, ¿que esto es amar?
Sale Deodato.
¡Valerio!
Ya es insufrible
mi pena.
No os pido albricias
del favor que conseguisteis.
Es verdad, mas la sentencia
de mi muerte bien disteis.
¿Y eso os acobarda?
¿Cómo
puedo dejar de afligirme?
¿No fiáis en mi palabra?
En ella mi amor subsiste.
Vos lograréis a Drusiana.
Vida y alma a vos se rinde
mi amistad.
Pero ha de ser...
¿Cómo?
Haciendo lo que dije.
Decidme, amigo, lo que es.
Vase.
Tiempo habrá de que me explique;
pero venid, lo sabréis.
Vase.
Ya os sigo.
Sale Isleta y Procolo.
Vase.
Y yo a echar un brindis
voy a la salud de que este
el diablo es, o a mí me pringuen.
¡Oh, soberano poder,
oh piedad siempre infinita,
mil gracias el bien repita
pues libres nos dejáis ver
de la tirana invasión!
Gracias sin comer no apruebo,
que esas gracias muy mal llevo,
padre de mi corazón.
En todo tiempo es debido
aqueste culto al Señor.
es verdad, pero mejor
es después de haber comido,
que esto es morir de mil modos,
que es tal mi hambre.
Calle, hermano,
que no puedo irme a la mano,
y me comeré los codos.
En el trabajo mayor
Dios acude.
Bien lo infiero,
pero ya de hambre me muero
y no es trabajo menor.
Pero en fin, ¿a qué venimos
a este sitio? ¿Nos volvemos
a embarcar o es a pescar?
No.
Pues, ¿a qué?
A ver si el cielo,
en la resaca del mar,
me descubre a mi maestro.
¡Ahora piensa en eso, cuando
se lo habrá zampado dentro
alguna ballena! Hermano,
tomemos soleta luego,
antes que el gobernador
se arrepienta de lo hecho;
y, pues que nos dejó libres,
al gato no le busquemos
cinco pies. Déjese ahora
de Juan.
Fío en Dios el verlo.
Y sobre aqueste peñasco,
que descubre el mar, asciendo
por si le hallo.
Buen viaje.
¿No sube, hermano?
No quiero,
que se me hace cuesta arriba.
Sube.
Pues aquí espere.
Ya espero.
Y mientras él sube y baja,
acá esta orilla me tiendo:
que, si los duelos con pan
menos son, tengo por cierto
que la hambre que me atormenta
durmiéndome será menos.
Bien está.
Tiéndese a dormir.
Mas mire, hermano,
que si cae, avise presto;
porque me quite de abajo,
no me magulle los huesos.
En cuanto de aquí registro,
nada alcanza mi deseo:
¡oh, supremo Dios, enviad
alivio a mi desconsuelo,
o permitid que descubra
a mi amado compañero!
¡Ah, del cristalino alcázar,
o del marítimo imperio,
en cuyo undoso edificio...
el águila sacra reprime su vuelo.
De las cóncavas peñas
o del mar oculto seno
en cuyo fondo zozobra
viviente bajel abortado del trueno.
Oíd, atended y obedientes al eco
que intiman sonoras
angélicas voces
obedeced al mandato supremo
rómpase la superficie
undosa del cristal terso
y a la tierra restituya
el robo que oculta en su lóbrego centro.
ábrese el mar y sale el santo en una concha vestido a lo galileo
Divídanse en sí las aguas
en dos partidos extremos
y en pirámides de plata
den a la orilla el tesoro encubierto.
Válgame tu gran poder
mi Dios, ¿qué es lo que contemplo?
¿no son espíritus sacros
los que al mar descender veo?
¿no se dividen las aguas?
esto encierra gran misterio.
Padre, déjeme comer
pues me cuesta mi dinero.
Ven, apóstol soberano,
porque el poder siempre eterno
previene de tus trabajos
el triunfo feliz que verás en el premio.
llega,
evangelista santo
llega a ser luz de aquestos pueblos
porque de su error las nieblas
se ahuyenten al ver tus lucientes incendios.
mientras baja Prócoro le sacan fuera del mar
¿O es ilusión de la vista
o apariencia del deseo
o a mi maestro sagrado
salir de las aguas veo?
Voy a la orilla a esperar
su persona, ¡qué portento!
Solo gran Dios y Señor,
sois capaz vos de vos mismo
de engrandecer el prodigio
siendo como es solo vuestro.
el mar me ocultó en su seno
me sacáis vivo, oh Señor,
¿quién penetra tus secretos?
Juan, solo este es un ensayo
de los trabajos inmensos
que te esperan, ten valor
en el sufrimiento de ellos.
En la tierra te dejamos
entra en Éfeso sin riesgo
y predica la doctrina
que te enseñó tu maestro.
Agradecido, Señor,
postrado en tierra confieso
los singulares favores
que indigno nunca merezco.
Maestro mío, en buen hora
lleguéis al felice puerto
donde encuentran mis suspiros
el más divino consuelo.
Llega, Procoro, a mis brazos,
que sabe Dios que te tengo
en mi corazón, pues supe
el peligroso suceso,
y a Dios pedí te asistiese.
Hermano, aún está durmiendo,
hermano.
¿Qué me hermanea?
¿No ve que agua estoy bebiendo?
Despierte, que está soñando.
Me deje estar en mi sueño.
Mire que Juan está aquí.
¡Ay tal! ¡Que Juan ni qué Pedro!
Dios se lo perdone, o yo,
la mala obra que me ha hecho,
pues a tiempo de empinar
la bota, me quitó el tiempo.
Mire a nuestro Juan, hermano.
¿A dónde está? Padre nuestro,
deme cuatro mil abrazos
y seis mil pares de besos.
Desvíese, bueno está.
¿Qué es desviarme? No quiero:
padre mío, padre amado.
Mas diga, ¿cómo está seco
el vestido, habiendo estado
en el agua?
Obras del cielo
son las que experimentamos.
Música
Solo yo no experimento
con qué mantener mi hambre,
que no sé cómo no he muerto.
¡Ay! Si supiera mi padre
lo que nos pasó...
Deje eso,
que bien informado estoy
de todo: pero ¿qué es esto?
Ruido de instrumentos y baile
Que se hacen dos mil pedazos
con músicos instrumentos,
cantando y bailando; ¡ay, padre!
¡Y qué cuadrilla de perros!
Huyamos.
No tema, hermano.
A este suntuoso templo
de Diana, van llegando.
Salen magistrados.
Pues aquí nos apartemos,
mientras llega la ocasión
de introducirme con ellos.
Salen todos, descúbrese el templo y en el altar una estatua que se divide en pedazos a su tiempo, sacan ofrendas y los sacerdotes dos braserillos adonde echan olor y ponen sobre el altar las ofrendas.
Córrese cortina.
Pues hoy es el día
que nuestra alegría
consagra a Diana,
deidad soberana,
debidos obsequios,
vaya de fiesta de baile y contento,
consagre el afecto y condigna alabanza,
la espiga, las aves, la aroma y incienso.
Ya es, Valerio, la ocasión
que emprendas mi desempeño,
pues el suceso te aviso,
y más sabiendo de nuevo
que Juan salió de las aguas.
No temas; pero ¿el objeto
de mi adoración no admiras?
Y del culto prosiguiendo,
mientras se hace la oblación
nuestra...
Echan olor y los demás de rodillas.
Ya os obedecemos.
Recibe, divina Diosa,
pues te aclamamos benigna y piadosa,
estos dones que ofrecemos,
que el rito anual obliga,
porque tu piedad prosiga
en atender nuestros ruegos.
Llegue a tu imagen el humo sagrado
que a impulso del fuego consagra el amor,
porque en fiel holocausto
se encienda en tu culto
y se queme en tu obsequio.
Sale San Juan.
¿Qué hacéis, bárbaros, infieles,
en vuestra ignorancia ciegos?
¿Qué hacéis? ¿A una fementida
estatua que es un bosquejo
del demonio, adoraciones
dais, engañados del mismo?
Ese rendimiento solo
se debe al Dios verdadero
cuya sagrada doctrina
y a predicaros vengo.
Este es Jesucristo, quien
dio la vida en un madero
por salvarnos; a él debéis
el más justo rendimiento,
la más digna adoración,
el más debido respeto,
el mayor crédito y fe:
no a un simulacro, que es hecho
por sugestión del demonio
que en vaticinios inciertos
os ciega con ilusiones,
engaños y fingimientos.
Arrojadle de esas aras
que obstinados le dais, siendo
solo el Dios que yo os predico
de esa veneración dueño.
Caiga en menudos pedazos
a la tierra.
Desatento,
atrevido, infiel, tirano,
loco, engañoso y blasfemo,
¿cómo el más festivo aplauso,
cómo el más digno festejo
embarazas de la Diosa,
incitando a su desprecio?
Mas ¿de qué sirven las voces
cuando al rigor de mi acero
puedo vengar el agravio
de la Diosa?
Deteneos;
que estando presente yo
es muy grande atrevimiento
que queráis vos castigar
lo que no os toca.
Es el celo
de mi religión.
Bien dice.
Pues cuando devéis hacerlo
vos nos da que sospechar
la omisión.
Ap.
Ap.
¡No sé qué afecto
resulta en mí este hombre!
Pero vamos al remedio;
en materias tan extrañas
no es bien entrar desde luego
con todo el rigor; sepamos
qué leyes, o qué preceptos,
y qué Dios es el que dice:
o quién hallará pretexto
para librarle.
Que Dios,
o que Cristo ha de ser, puesto
que afianza una verdad
en un falso fundamento:
que es el decir que murió
por el hombre.
Así es muy cierto,
porque la mayor fineza
se comprueba en el exceso
del amor; y ya que arguyes
oye, y responde a este ejemplo:
un señor que ama a un criado,
si de la muerte en el riesgo
le ve, ¿librarle no intenta
por el propio amor?
Concedo.
Y si el señor peligrase,
o muriese, que es lo mesmo,
por el criado, ¿faltaba
a ser quien es?
No os lo niego:
antes califica más
su grandeza.
Luego siendo,
como lo es, claramente,
de Dios criado el universo,
viendo que por una culpa
estaba a la muerte expuesto,
¿qué mucho que por librarle
perdiere por él la vida,
de cuyo símil infiero
que se acreditó de Dios
con esta fineza, puesto
que morir por lo criado,
fue echar de su amor el resto.
¡Oh divina ilustración
lo que obra en su entendimiento!
¿No ve, cómo, se han quedado?
para lo que ya matemos
que habiéndolos concluido
que no nos concluyan ellos.
¡Qué voces tan soberanas
que me han abrasado el pecho!
¡Qué eficacia tan no vista!
¡Que así me castigue el cielo!
No creáis tales engaños.
Aquí está el Diablo Cojuelo.
A Valerio.
Que todo es sofistería
y tú te pones a riesgo
de que pierdas a Drusiana
si él prosigue en sus enredos.
¿No respondéis?
La respuesta,
según leyes de estos reinos,
es que mueran apedreados,
y así todos las tomemos
porque paguen su delito.
Ea, idos todos a ellos.
Pónense de rodillas, y detrás de ellos.
Gran Dios, vuestra causa es esta,
dadnos, Señor, sufrimiento.
Amigos, tened la ira.
Es cumplir lo que debemos.
Dejad que yo los castigue.
Ustedes tiren derecho.
¡Oh, pese al infierno todo!
que del castigo el efecto
Tiran y vase cayendo la estatua a pedazos.
resulta contra Diana,
¿qué es lo que hacéis? Deteneos:
¿no veis que en el simulacro
dais los golpes, destruyendo
toda la sagrada efigie?
Aquí se cumplió el proverbio,
mala pedrada te den
por darle a otro.
¡Gran portento!
En el suelo está abatida.
No os suspendáis; repitiendo
segunda vez el castigo,
volved a tirar.
Truenos y rayos.
Sí, protervos,
subsistís en vuestro error,
otro asombro he de poneros;
gima la tierra a bramidos,
encubra el sol sus reflejos,
brame el mar, crujan los aires,
y al estallido de un trueno
descienda un rayo, que abrase
este sacrílego templo;
invocad vuestras deidades
a ver si os libran del riesgo,
como lo hará mi gran Dios,
a lo eficaz de mis ruegos.
Piedad, dioses soberanos.
No entienden sino hablan recio.
Advertid cómo no hacen
Sordos a vuestros llamamientos.
Ya nuestro error confesamos
y todos a tus pies puestos
suplicamos que a tu Dios
apiades.
De mí reniego,
que mal cumples tu palabra.
De cumplirla te prometo,
como tú cumplas la tuya.
Eso te lo dirá el tiempo.
Levantad, que de mi Dios
lograr el favor espero;
Señor, suspended la ira,
para que vea este pueblo
quién sois.
Cesa el terremoto
¡Grande maravilla!
Ya cesó todo el estruendo,
confesando que tu Dios
es solo el Dios verdadero.
¡Que esto sufra!
¿No advertís
que es encanto manifiesto?
No, que a este Dios confesamos.
Ese error yo no confieso,
y dándole al César cuenta
pondrá en tanto mal remedio;
¡oh, ingrata Drusiana, teme,
de mi volcán el incendio!
Tras ti voy, que este motivo
facilitará tu empeño.
Y yo, aunque no me den soga,
voy también tras el caldero.
No temo humanos rigores.
Nosotros defenderemos
tu causa y te suplicamos
que de tu ley los preceptos
nos enseñes.
¡Qué gran dicha!
Eso es lo que yo deseo.
¡Qué alegre va el corazón!
¡Qué confusos van mis celos!
Vamos, padre.
¡Oh, gran Dios!
Feliz yo que tal día veo.
Y feliz yo, que desde hoy
comeré, si es que lo tengo.
Fin de la primera jornada
Suena ruido de marina.
Pues ya a la orilla llegamos,
timonel, amaina.
Amaina,
y sobre el áncora surta
el bajel junto a la playa.
Amaina, amaina, y pues toca
a proas la verde estancia,
a ese bosque echad en tierra
a esos míseros, y salgan
a ser pasto de las fieras;
que así el gran César lo manda.
Que ardiendo esté en los infiernos,
amén, su cuerpo y su alma.
Y a ser horror y asombro
de esas confusas montañas,
y vuelva a surcar la nave.
Ya, ya.
Boga, canalla.
Sale San Juan y salen los tres.
Bendito seáis, vos, Señor,
digno de cuanta alabanza,
aire, agua, tierra, fuego,
esferas, sol, luna, plantas,
hombres, fieras, aves, peces,
y aquellas más elevadas
criaturas del Empíreo
pueden rendir a tus sacras
piedades, aunque ninguna
sea a tu deidad basta.
¡Oh, quién pudiera, Señor!...
explicarse con palabras.
¿No me dirán, padres míos,
por qué son aquesas gracias?
Por lo mucho que su amor
nos favorece y ampara.
Es muy linda gracia esa,
y si no, escúcheme y vaya
apuntando, a ver si es
gracia lo que hasta aquí nos pasa:
¿es gracia, padre, que aquellos
efesinos de mal alma
con rigor nos acusasen
al César, por cuya causa,
presos al pie de la letra
nos trajeron con gran guardia,
que nos plantaron en Roma,
y en una prisión nos plantan
para que echemos raíces
con poco pan y mucha agua?
¿Y es gracia, padre, que a él,
por ser de más importancia,
después de muchos azotes
que le dieron, le señalan
una tina con aceite
hirviendo, y allí le zampan
como si fuera buñuelo,
arenque, sardina o rana?
Bien que gracia fue salir
sin lesión de la fritada,
aunque por el coscorrón
el bulto les perdonara:
¿fue gracia que Domiciano
de cólera nos echara
de Roma, de pies y manos
liados como calabazas,
que en una nave nos entran
cien galeotes y nos traigan
dándonos de puntapiés,
de palos y bofetadas,
sin que dándonos todo esto
nos diesen de comer nada?
¿Y que en esta inculta isla
de Patmos nos arrojaran
para que cualquiera fiera,
aunque sea mujer, salga
y nos almuerce por sopa
o coma por empanada?
Cierto es gracia, padre mío,
dese mucha prisa a darlas,
que si nos hacen jigote
quedaremos, adiós gracias,
para embutir longaniza
o rellenar calabazas.
¿Un cristiano duda en eso?
Y aun dudará una cristiana;
porque yo no he visto, padre,
que por una garnatada
se vuelva un "Dios te lo pague",
sino muchas puñaladas:
y esto, padre, con nosotros
Juré de que ha sido infamia
dejarnos tratar así,
porque Dios también nos manda
defendernos, y desde hoy
cualquiera que me la haga
me la ha de pagar doblado.
¡Boto a Dios, caiga el que caiga!
Hermano, no escandalice.
Y, a Dios alabe.
Ea, basta.
Y advierta...
¿Qué he de advertir?
Que no peca de ignorancia:
déjeme pedir a Dios
por la segura bonanza
de la Iglesia.
Vase.
Pues en tanto
que en su trabajo descansa,
yo voy a descubrir tierra
por si acaso en ella halla
mi hambre para su ayuda
padre mío algunas malvas.
Y yo, pues rendido al sueño,
pensión de la vida humana,
me veo, por no inquietarle
haré de estos troncos cama.
Descúbrese un cielo y baja el ángel por medio hasta igualar con el santo.
Dulcísimo Jesús mío,
no ignora vuestra sagrada
ciencia los grandes trabajos
que padece vuestra amada
esposa la Iglesia, siendo
a un mismo tiempo acosada
del gentil y del hebreo,
con las sacrílegas armas
de idolatrías y errores,
de ley bárbara y mosaica;
no os pido, Señor, dispensa
de aquella firme palabra
que yendo a Jerusalén
os di de beber la amarga
copa del cruel martirio,
pues estoy con tal constancia
que mil vidas perderé
por defender la ley santa.
Cuidad de Éfeso, Señor,
que como tan tierna planta
necesita del rocío
de vuestra divina gracia;
no desmaye su labor
y sepa yo, si os agrada,
los estados que la Iglesia
tendrá hasta el fin que se aguarda.
Baja la elevación.
Discípulo amado
del mejor maestro,
oye, mira y repara,
que su amor te revela y adelanta
de siglos futuros efectos y causas;
oye, mira, repara y escribe
el Apocalipsis, que así Dios lo manda.
A tan dichoso favor
suspensa está toda el alma.
Este que ves ostentando embeleco
De plumas y gala
es de la Iglesia el estado primero,
que en candideces de luz soberana,
con las flechas de ejemplo y doctrina,
saldrá vencedora de lides contrarias.
Pasa una figura en un caballo blanco, adornada de plumas, arco y flecha.
Clarín.
¡Qué alegre tiempo, Señor,
el que vuestra Esposa alcanza!
Toca.
Este que miras aborto encendido
de su propia llama,
es de la Iglesia el estado segundo,
de cuya sacrílega, sangrienta espada
se verá de coral guarnecida
de mártires muchos que aflija su saña.
Caja y trompetas de guerra, y pasa en un caballo rojo otra figura con una espada ensangrentada, vestida de púrpura.
Sordina.
¡Oh, qué cruel confusión
la que a la Iglesia le aguarda!
Este que adviertes borrón del abismo,
con divisas varias,
es el tiempo en que en sectas distintas
la Iglesia ha de ser fuertemente acosada,
siendo un monstruo de la África horrible
quien con errores mayor peso le haga.
Suenan bocinas roncas y en un bruto negro sale una figura a lo africano, vestido de muchos colores y un peso en la mano.
Sordina y caja.
Dad, Señor, a vuestra Esposa
valor en tanta borrasca.
Este que atiendes horror de la vida,
imagen sin alma,
es la estación en que toda la Iglesia
será combatida con propias cizañas
y abominaciones de sus mismos hijos,
a quien con astucias dará el infierno armas.
Pasa un monstruo pálido sobre la muerte.
¡Qué dolor, cuando los hijos
a su madre así maltratan!
Esa meretriz que sobre el vestiglo
admiras sentada,
último estado será de la Iglesia;
mas ella lo diga, pues canta y encanta,
dando a beber la cicuta, engaños
en el disfraz de su copa dorada.
De este modo se pone el sol de color de sangre, se eclipsa la luna, y caen las estrellas como rayos, y oye la voz y encima una mujer con una copa dorada en la mano.
¿Basta el fin padecerá
vuestra Esposa amada?
¡Ah, de los orbes vivientes, en cuyo
magnífico alcázar
se busca el alivio,
se goza el descanso,
se encuentran las ansias,
seguid de mi voz el eco, que os llama;
lograréis si bebéis de esta copa
mejor posesión que la de otra esperanza.
Yo soy la deidad suprema
a quien tierra y mar consagran
en dignos obsequios tesoros que ocultan
y en cultos gustosos riquezas que guardan.
Quien bebiere el suave néctar
que en sí esta copa prepara,
será de los dueños, gozando en delicias,
sin susto y peligro, eternas distancias.
Ahora se caen las estrellas y los rayos.
En el margen derecho hay un texto añadido con una llamada que parece responder o continuar: "¡Ay de vosotros, el que / voz lisonjera / seguís, que os engaña, / pues irritada la eterna Suma / criando en incendios su justa / venganza, / termina al mundo por / su ira destruyendo / hombres no hay, aves no / quedan, ni plantas!"
Amado Juan, en paz queda
y te aviso que te faltan
que ver prodigios mayores
que para ti Dios los guarda.
¡Oh, felices de aquellos
por quien los cielos cantan
alegría, alegría, alegría,
honra, gloria, virtud y alabanza!
Sube el ángel y bajan los 4 celestes.
se rinda a Dios solo
por juicios tan altos
como él nos declara
alegría, alegría, alegría,
honra, gloria, virtud y alabanza.
Soberanos misterios,
pues en visiones tan claras
los cinco estados he visto
que tendrá su Iglesia Santa.
Al monte.
A la selva.
Al valle.
Y de que por aquella falda
de ese presuroso monte
se van encubriendo,
ataja.
Asustado.
¿Qué es esto, maestro mío?
No tema, ruido de caza
parece.
Sale Seleuco.
Ataje el demonio,
que tiene buenas navajas,
pues como una pluma vienen
hacia mí. Padre de mi alma,
favor, que hasta aquí se acercan
oliéndome las sandalias,
dos fieras.
Sosiegue, hermano,
y de eso poco se espanta.
¿Poco es? ¡Plegue a Dios!
¡Ay, ay, ay que ya me tragan!
Salen dos leones, uno con pan y otro con una cantarilla.
Maestro mío, si aquí
su virtud no nos ampara...
Arrodíllanse.
¿Qué es esto? El temor suspendan.
¿Cómo, tal desconfianza
tienen de la Providencia,
no ven que Dios nos regala?
En nombre de Cristo os mando
que a nadie ofendáis.
¡Qué mansas
se han puesto! A más que veo,
el uno pan y otro agua
traen. ¡Y a los pies se lo ponen!
¡Oh, qué buen par de criadas!
Tome, hermano, coma y dé
gracias a Dios.
Que se vayan
esos caballeros mande
y en comiendo daré gracias.
Por aquí se han encubierto.
Id, por si acaso se escapa
alguno.
Peor es esto,
pues por pesca nos dan caza.
¡A ellos!
Salen algunos con Silvio.
Mas, válgame Apolo.
Mejor es que el diablo os valga.
¿De qué es vuestra suspensión?
¿Quién sois, deidades sagradas?
Que aunque ese traje os desmiente,
la experiencia me declara
que sois deidades divinas;
pues viendo que a vuestras plantas
se humilla tanta fiereza,
no sois personas humanas.
A lo de santo me pongo
pues también entro en la danza.
Sombras somos, no deidades.
Padre, mire lo que habla,
paremos plaza de Dios,
que vale mucho esta plaza.
¿Está en su juicio?
Hombres somos,
digo otra vez, de la nada
formados, y aunque de barro
hechos a la semejanza
de Dios: hijos adoptivos
suyos, cuya sacrosanta
ley predico, aunque por ella
nos vemos, de la tirana
opresión tan perseguidos;
pues en esta isla manda
Domiciano que nos dejen;
pero mi Dios en su alta
providencia, nos socorre,
ministrando la vianda
estos brutos, que por su orden
la traen; y mi fe, humillada
a todos suplica que
libres del rigor se vayan,
que es injusto que esta deuda
no tenga piadosa paga:
vayan y en nombre de Dios
les mando que a nadie hagan
mal.
Vanse.
Asombro es cuanto miro.
Maravilla es soberana.
Hola, hermanitos, cuidado
que Soleta se lo manda.
Tan fuera de mí me tiene
este pasmo que obligada
se ve mi piedad desde hoy
a defenderos.
Por tantas
mercedes, Señor, humilde
me postro a tus pies.
Levanta,
joven, no desautorices
deidad que tanto recatas,
rindiéndome esos obsequios.
Ya os he dicho que engañada
está vuestra inteligencia,
que no soy Dios.
¡Ay, tal rabia!
Un poco, señor, hay de eso
y por vergüenza lo calla:
no es Dios, mas algo pariente.
Hermano, ¿qué es lo que habla?
Pues si no eres Dios, infiero
que el Dios que tu voz alaba
hará mayores prodigios
que tú.
Y es verdad tan clara,
cuando muestra la experiencia,
pues siendo Causa de causas,
lo visible y invisible,
cielos, tierra y cuanto alcanza
nuestra limitada ciencia
gobierna; a cuya sagrada
grandeza obediencias rinden,
siendo efectos que de nada
crió, y en su Providencia
todo lo mantiene.
aguarda,
que me hacen gran novedad
cosas que entre sí contrarias
parecen: y me ha excitado
un deseo acá en el alma
de conocer ese Dios:
y quisiera me explicaras
cuestión tan dificultosa:
mas venid conmigo a casa
donde descanséis y allí
alumbrarás mi ignorancia;
bien que recelo no sepa
el gobernador la causa
de vuestro destierro.
no
eso a usted se le dé nada
que todo lo hará un milagro
poco más o menos.
basta
hermano, y vuestros favores
pague el Cielo.
la esperanza
en él tengo, si por vos
mi deseo el logro alcanza:
vamos.
oh Señor supremo,
¡quién tus piedades no alaba!
ande, Padre, que ya voy
dando a la correa ensanchas.
Vanse.
Salen Amo., Valerio y Sorbete.
agradecido, oh Lurindo,
mi afecto se reconoce
pues por ti llego a lograr
tan singulares favores.
es agraviar mi amistad
pues atenta corresponde
a lo mucho que te debo
cuando por tus persuasiones,
de Éfeso, Juan, mi enemigo
salió, a quien ya los rigores
de Domiciano habrán muerto;
que aunque Drusiana, en sí esconde
el título de cristiana,
que engañada, a los errores
de Juan, recibió, no obstante
has de gozar sus dos soles.
Y a un mismo tiempo inducirla,
a que ese carácter, borre
del alma.
aquesta es la calle
y dificulto por donde
se facilite la empresa.
Reja.
sino me muelen a coces
harto será, que su tío
la cela de día y noche.
para las grandes empresas
se hicieron los corazones
atrevidos.
Dices bien.
Pues reparo por si hay golpes.
Esta reja es de su casa:
Así es; ¿mas qué dispones?
Que entres por ella.
¿Es verdad?
Por imposible me pones
el triunfo, si en lo que mandas
consiste, el que yo la logre.
Arranca la reja.
No, fíate de mi palabra,
preciso será que obre
con fineza y con valor:
y porque nada te estorbe
yo quitaré el embarazo.
¡Oigan, el diablo del hombre!
La reja arrancó de cuajo.
¡Gran valor!
Ya sin temores
puedes entrar.
Este es brujo
o si no, luego me ahorquen.
¿Qué te admira?
En cada planta
parece que tengo un monte.
¿Desmayas?
No es desmayar,
sino: ¿pero qué propone
la idea teniendo ya
la ocasión de que la goce?
¿no entráis?
Entran.
Sí, mas con cuidado
por si acaso el ruido se oye.
Entrase.
Éntrome allá también yo,
porque en tales ocasiones,
suele haber a río revuelto
ganancia de pescadores.
Sale Drusiana y Flora con luz.
Dame esa luz, Flora, y vete.
Córrese la cortina.
Señora, ¿qué tanto lloras
por ese Juan?
Vete y calla.
Obedezco.
Corre la cortina, vese el altar de nuestra señora de la concepción.
¡Qué razones
pudiera, Dios mío, hallar
en tan tristes aflicciones
que de consuelo sirvieran!
Pues habiendo sido el móvil
Juan, de que yo os conociere,
por tiranas invasiones
me hallo sin él y acosada
de las locas persuasiones
de Valerio, a quien yo siempre
aborrezco; mas al norte
acudo de mi defensa,
porque su favor implore.
Dulcísima María, mar de gracia,
desde tu ser primero limpia y pura,
esperanza feliz, vida y dulzura,
libre de aquella original desgracia;
en tu patrocinio amparo y eficacia
invoco en este valle de amargura;
en solo esta piedad vivo segura
de la tirana y desbocada audacia;
Pues llegó a veneraros mi deseo
y sois Virgen purísima María
mi castidad (señora hermosa y bella)
os consagro por único trofeo
sed (reina y madre) de mi acierto guía
pues sois del pecador luciente estrella.
Salen Don Octavio y Valerio.
Qué te suspende?
No sé,
que el aliento inmóvil
me tiene que casi usurpa
el uso de mis acciones.
Quien dice que tiene amor
se acobarda así? no enojes
las deidades.
Mal me animo.
Ni así la ocasión malogres.
Ya se resolvió el amor.
Al paño.
Aquí espero por si importe.
La sala está sola; doy
otro paso a mis temores:
pero qué veo! oh felice
quien logra sus resplandores:
humillada está en la tierra
pues que deidad reconoce
mayor que la suya, enojo
me causa que así se postre:
mas allí diviso un lienzo
que en matizados colores
una efigie representa:
válganme todos los dioses!
si al original la imagen
en él todo corresponde,
digo que tiene razón
en rendirle adoraciones
porque al ver.
Quién está ahí?
Mortal estoy.
No os asombre
que solo un perdido amante
como yo.
No se desboque,
vuestro atrevimiento vil,
que infiel, desatento y torpe
intenta empañar del sol
los más puros esplendores.
Vos en mi cuarto? Qué indulto
para una acción tan enorme
os pudo dar el permiso
de profanar la más noble
clausura? El más fiel recato,
sino el de vuestras traiciones!
Qué desordenado afecto
hijo de viles pasiones
os precipita? Ignoráis
de mi sangre los blasones?
Qué fiera al ver en su especie
que a su porfía no responde
no reprime de su orgullo
el desbocado desorden?
Pero qué mucho, ay pesar!,
que en vos esto no se abone
pues suele haber en los brutos
lo que no se halla en los hombres:
idos de aquí y advertid
(antes que nadie lo note)
que soy risco, que soy peña,
que soy escollo, soy monte,
soy pedernal, soy madero
diamante, mármol y bronce,
que aunque el cincel y el buril
con artificio los rompe
no labrará en mi fineza
la astucia de vuestros golpes.
Tened, que ya que he sufrido
tantos indignos baldones,
de vos habéis de escuchar
más nobles satisfacciones.
No os atiendo.
Permitid
a mi pasión, no se arroje
a que grosera la fuerza
haga lo que un amor noble
no consigue.
¿Cómo así?
¡Atrevido!
No deis voces,
que ni aun el cielo podrá
libraros de mis furores.
¿Cómo no, idólatra infiel?
Ahora verás si me oye:
Calla, ingrata.
Virgen pura,
valedme.
Ya te socorre
su favor.
¿Qué voz es esta
que suspende mis acciones?
¡Ay de mí! Lucindo, amigo,
ayúdame.
No me nombres,
que no puedo, porque tienes
contrarios más superiores.
¡Aguarda, pícaro!
Espera,
demonio.
¿A mí con flores,
sabiendo que no las gasto?
Sale Sorbete huyendo, y Flora detrás con un palo.
¡Ay, que me matan, señores!
¿Qué es esto?
¡Ay! que no es nada.
Mi amo así, Dios me perdone.
¡Asteria, Drusiana, Flora!
¿Dónde estáis? Nadie responde.
Esta puerta abrid.
Señora,
¿qué es esto?
No te alborotes,
abre; Virgen sacrosanta,
mi honor por tu cuenta corre.
Salen Aurelio, Asteria y criados.
¿Qué ruido es este, Drusiana?
Antes que yo te lo informe,
repara en ese traidor
de Valerio.
¿Qué es lo que oyen
¡Mis ansias!
¿Qué es lo que dices?
Que Dios castigó su torpe
atrevimiento.
Y al ruin
del criado.
No alborote,
vuestro ánimo, una desgracia;
pues uno y otro a mis voces
volverán en sí: Valerio
levántate y no te acosen
fantásticas amenazas;
y más cuando te socorre
mi patrocinio.
Levántase.
Obedezco.
Y yo, aunque a mí no me nombres.
¿Cómo traidor atrevido
los sagrados fueros rompes
de mi honor? Muere a mis manos.
A mucho tu error se opone
cuando yo le amparo.
Tío y señor.
No mis rigores
suspendáis.
No ofende nunca
quien pretende como noble.
No deis motivo, señor,
a que contra mi honor tome
cuerpo el escándalo; y,
para que Dios me perdone,
hago omisión del agravio.
Yo no, que hasta que le abolle,
al lacayo, la cabeza,
no he de parar.
Cañamones.
El ruego tuyo me obliga;
y vos, si otra vez torpe
repetís vuestra osadía,
en Roma hay César.
No apoye
en esa seguridad
vuestra venganza, que entonces
avisaré al mismo César
que veneráis los errores
de esa ley nueva.
Qué bien
a mi gusto le respondes.
Y veremos en tal caso
a quién su justicia oye:
vamos Lucindo; a Drusiana
lo que causan tus rigores.
¡Oh, cómo, hasta aquí mi astucia
seguros triunfos pone!
Vanse.
Adiós, señora, y repare
cómo da...
Vase.
Bien lo conoce.
Ven, sobrina, porque sepa
el caso y en él se tome
mejor consejo.
Señor,
dejarlo es lo más conforme:
¡Qué feliz soy, cuando alcanzo!
Vase.
tan celestiales favores.
Que a vista del desengaño
esta pasión no se borre.
Vase.
Contenta voy con haberle
hecho muy lindos chichones.
Salen el gobernador, Silvio y un Sacerdote.
Señor Silvio, mucho extraño
de vuestra grande lealtad
que por una novedad
os reduzcáis a un engaño.
En mi obligación ignoro
el cargo que se me hace.
Esta carta satisface
de vuestra acción el desdoro:
y a más de estar informado
aunque nunca pueda ser
se debe muy bien creer
habiéndomela enviado
el sacro Apolonio.
Injusto
será el cargo, no teniendo
noticia de él.
Ya os entiendo.
Yo os sacaré de ese susto:
¿qué hombres son los que tenéis
en vuestra casa escondidos?
Ocultos no, recogidos
de mi gran piedad diréis.
De cualquier modo que sea
arriesgáis vuestra opinión.
Vase.
Lo que es en mí compasión
no es delito: y porque vea
vuestro informe, la verdad,
los traeré aquí.
La justicia,
señor, contra su malicia
obre con severidad.
Salen los 4.
Aquí están.
Dios nos defienda
de aqueste nuevo Pilatos.
Hombre protervo y terrible
al sacro Imperio romano,
¿cómo tu engaño repite
con ritos nuevos y falsos?
O deja la ley que sigues,
o prevénte a los más raros
tormentos que la crueldad
hasta hoy ha imaginado.
Cierto, señor, que si juzgas
que me asusto o me acobardo
a tus amenazas, creé
que en eso estás engañado;
porque faltarán tormentos
a tu riguroso brazo
y me sobrará valor
para poder tolerarlos,
primero que de mi Dios
la ley deje.
¡Temerario!
¿Qué pronuncias?
¿No lo ha oído?
¿Se lo ha de decir cantado?
Calle, y donde está el maestro
no hable él.
Siquiera, hermano,
que si es maestro yo estoy
de bachiller graduado.
¿No te reduces?
Señores,
en puntos tan delicados
como los de religión
es menester gran cuidado,
porque si una vez se yerra
es difícil enmendarlo:
mi ley es la más segura,
y porque veáis si alcanzo
el motivo, ese Apolonio
que con ficciones y encantos
os engaña, del demonio
es un oráculo falso
de quien está poseído.
Y para ver sus engaños
¿queréis que le haga venir
a mis plantas humillado
y que os confiese ser cierta
la ley que os he predicado?
¿Y eres tú bastante a eso?
¿Y podrás ejecutarlo?
Sí.
Pues con eso aseguras
lo que incrédulos negamos.
¡O, si su Dios permitiera
que lograse triunfo tanto!
Prócoro.
Pues, maestro mío.
Vaya luego y traiga atado
de este cíngulo a Apolonio,
que a orillas del mar sentado
le hallará.
Vase.
Obedezco al punto.
Vase.
Vaya por él como un gamo.
Aqueste diablo...
Toca.
Error es el permitirlo
pues no ha de poder lograrlo.
¿Qué es eso?
Un hombre que llevan
al suplicio.
Van por el veneno.
Pues al paso
salid y traed aquí
el tósigo, que es usado
castigo a los delincuentes.
¿Para qué?
Dirálo el caso.
Ya sabéis que en este reino
por las leyes, es usado
en todas estas provincias
dar castigo envenenado
a los reos, y pues tú
te muestras con saber tanto
de tu Dios, has de beberle.
Examen es arriesgado.
Sale Silvio.
Aquí está el tósigo.
Pues
dásele a ese confiado
en su Dios, si tanto puede,
veamos prodigio tan raro.
Conozcamos su poder.
Mi maestro dijo: "Si acaso
os dieren algún veneno,
nunca os causará algún daño
en fe de cuya palabra",
y porque desengañados
quedéis, le bebo en su nombre.
Oíd, ciegos, obstinados
del demonio, que es el más
para vuestros desengaños.
¡Gran prodigio!
¡Admiración
extraña!
¡Admirable caso!
X Solo = tomo conociendo de ti el origen / deste asombro, y lo demás = el cura escribano / de locuras y muy gratos, y que escribe asombros mas limpios / Y el Reino = Zis = Y asombros =
Obra humana no es aquésta.
Así es verdad.
¡Arre, diablo! Ya está el diablo aquí.
¿Qué me persigues,
Galileo?
Yo te mando
que en nombre de Jesucristo
vengas.
¡Si, mas que cojo un palo!
Ya voy, aunque a mi pesar.
Que se me hace pesado.
Sacan a Apolonio.
Ya en tu presencia me tienes,
y a tus pies estoy postrado.
¿Qué me quieres?
Que a mi voz,
rebelde espíritu infausto,
en el nombre poderoso
del Padre, del Hijo y Santo
espíritu, tres personas
y un solo Dios a quien amo,
salgas de esta criatura
y te vayas desterrado
a los profundos abismos,
dejándole bueno y salvo.
Bueno
Aunque a pesar del infierno
obedezco tu mandato.
Tiro
¡Padre, el infierno se suelta!
Sin duda muerto ha quedado.
Os engañáis, que está vivo.
Apolonio, yo te llamo.
Levántate.
Juan divino,
discípulo el más amado
de tan benigno maestro,
en buen hora seas llegado
a estas provincias a dar
luz a nuestro ciego engaño.
Bautízame.
¡Raro asombro!
¡Suspenso estoy y admirado!
¡Qué novedad, Apolonio,
es la que en ti estoy mirando!
La que el Dios omnipotente
en mí, piadoso, ha causado;
pues si he vivido hasta ahora
a unos y otros engañando,
fue por estar poseído
del demonio, pero cuando
por virtud de Juan me libro,
iré a todos publicando
que solo hay un Dios supremo
y que los demás son falsos,
id en paz. Y para efecto
de que pueda bautizaros
es menester instruiros
en la fe.
Estamos ya satisfechos
y el bautismo te pedimos
en fe de prolijas ansias.
Así lo esperamos.
Vanse.
Maestro mío, ¡qué dichas
son las que estamos gozando!
Misericordias de Dios
son todas.
Mas sin embargo,
padre, ¿no pudiera darme
facultad de cuando en cuando
para que un milagro hiciera
que nos sirva para gastos?
Calle y no se haga tan simple,
y retírese entretanto
que el Señor me comunica
ciertos misterios.
Ya lo hago.
Venga, hermano, a ver si puedo
con mi virtud hacer algo
de provecho.
Ya le han dicho
que sea modesto y callado.
Vanse.
Ya, Señor, que vuestro ángel
me lo ha prevenido, aguardo
el orden porque obedezca
vuestro divino mandato.
Cantan.
Águila soberana cuyo vuelo sagrado
llegó a tocar del sol los más ocultos rayos.
Me atiende a los ecos divinos
que íntima mi labio
y previene al mayor desempeño
que Dios de ti fía por ser tan sagrado.
Ya el vuelo de tu pluma,
Juan dichoso, ha llegado,
pues por boca de Cristo
el evangelio extenderán tus rasgos.
Escribe, coronista
y evangelista santo,
el mejor testimonio
de que nació el Mesías soberano.
Descúbrese un pedazo de cielo y en él un niño con túnica, y bajan los ángeles por los lados, y de los pies del niño desciende un águila que trae en el pico un tintero, en una mano pluma y en otra papel, hasta donde está Juan, que toma lo dicho y escribe.
Siendo precepto, Dios mío,
no tardo en ejecutarlo.
In principio erat Verbum.
En el principio era el Verbo.
Et Verbum erat apud Deum.
Y el Verbo estaba con Dios.
Et Deus erat Verbum.
Y Dios era el Verbo mismo.
Et omnia per ipsum facta sunt.
Y por él todo se crio.
En el principio era el Verbo,
y el Verbo estaba con Dios,
y Dios era el Verbo mismo,
y por él todo se crio.
Prosigue, Juan.
Ya prosigo
misterio tan superior.
Vase al cielo el águila.
Et Verbum caro factum est.
Y el Verbo se hizo hombre.
Et habitavit in nobis,
y entre nosotros vivió.
Esta es, Juan, la principal,
Prosigue y a Éfeso vuelve,
que así lo manda el Señor.
Volviendo en mayor aplauso
a repetir nuestra voz.
Sube toda la tramoya con la música y águila.
En el principio, etc.
¡Qué gracias, Señor divino,
te rinde mi corazón!
Sale Sele.
¡Ah, padre mío! ¡Ah, maestro!
Deme uno, tres y dos
abrazos por una nueva.
¿Qué trae?
Que ya se llevó
el demonio a Domiciano.
Pero todos de montón
salen con esta noticia;
ya de haber mucha función.
Santo evangelista, ya
seguro podéis desde hoy
estar, pues que Domiciano
es muerto, y por elección
es el piadoso Nerva
quien entra en la posesión,
revocando cuanto hizo
tu tirano antecesor.
Todo lo dispone el cielo,
pues así tendré ocasión
de ir a Éfeso, de donde
soy, aunque indigno, pastor
de aquel rebaño.
Pues ¿cómo
queréis darnos tal dolor?
No os aflijáis, hijos míos,
que no os faltará mi amor;
y pues hoy el evangelio
mi maestro me dictó,
vamos, os le explicaré,
con cuya santa instrucción
daré a todos el bautismo,
y luego que llegue yo
a Éfeso, os enviaré
obispo, que con mayor
celo os explique la ley
de mi maestro y mi Dios.
Vamos, que de ti esperamos
muy repetido el favor.
¡Qué dichas tan bien logradas!
¡Qué felicidad, Señor!
¿Como la que gozo habrá,
cuando vuestra religión
se vaya dilatando tanto
sin tirana oposición?
Ahora sí que fray Seleta
hablará gordo desde hoy.
Jornada 3ª de San Juan
Sale el Demonio
Reniego de mí mismo,
y de todas las furias del abismo,
y del fuego reniego
pues no me acaba de abrasar el fuego.
Mi imperio aniquilado,
rendido mi valor y despreciado,
¿para qué me permite el cielo injusto,
que eterno viva en inmortal disgusto?
Y en fin ¿para qué el cielo
permite mi desvelo
que use de los efectos de mis furias
si por triunfos consigo más injurias?
¿Qué mayor testimonio
de mi afrenta que ver en Apolonio,
mi engaño descubierto?
¿Qué desprecio más cierto
que mi enemigo Juan verse aplaudido
y en Patmos, yo, de todos abatido?
Y con sus instrucciones
usurpando a mi altar veneraciones,
dando horror al abismo,
no hay quien se excuse al agua del bautismo,
erigiendo, a su ejemplo,
un templo y otro, destruyendo el templo
de oráculos y estatuas que a mi bulto,
en cultos diferentes daban culto.
Ya no hay a qué aspirar, ¡oh, vil tormento!
pero ¿cómo desmaya mi ardimiento?
Hasta el fin no he de ver el desengaño
intentando a mi astucia nuevo daño.
Valerio, que creído
está de mis astucias, ha venido;
y aunque es muerta Drusiana,
la acción más horrorosa y inhumana
ejecutar le haré, que quepa en hombre,
aunque el horror del mismo horror se asombre,
por ver si de este modo
algo consigo sin perderlo todo.
Él viene hacia su casa,
y entre tanto que sepa lo que pasa,
oculto aquí he de estar, o si mi ira
logra el afecto a que rabioso aspira.
Sorbete y Valerio.
¿Que antes de llegar a casa,
solamente por manía,
vengas tan desatentado
dando por estas esquinas?
¿Qué dijera de mi amor
viendo que correspondía
a la obligación de amante
tan desatento?
Diría:
nos fuéramos a comer,
y que por cosa perdida
dejaras a esta mujer,
porque es grande bobería
porfiar sin acertar;
y que vuelva la justicia
a desterrarnos, si no es
que nos echan a las minas
del azogue. Vuelve en ti.
A no haber en mi ceniza
de su incendio, bien dijeras;
pero estando en mí tan viva
su imagen, he de seguir
el curso de mis fatigas.
Cuenta, señor, con los cursos,
no te quedes en las guías;
¿pero no ves que cerrada
la casa está, y no se mira
puerta ni ventana abierta?
¡Oh, qué bien aquí venía
aquel amigo que sabe
quitar rejas de pastilla!
¡No sé qué recela el alma!
Como no sea paliza,
recele lo que quisiere.
Con temor se determina
el ánimo a preguntar.
Antes que nadie le diga
la novedad, al encuentro
le salgo.
Despacha aprisa.
¡Valerio!
¿Amigo?
Aquí estaba
escondida esta malilla.
Ahora supe que llegasteis
y no detuve la dicha
de merecer vuestros brazos.
Para mí son de alegría
el favor que alcanzo en ellos.
¿Que volvéis a la porfía?
Hasta vencer.
Yo os dijera
antes que el susto os aflija...
Aguarda, sí, que vienen,
si no me engaña la vista,
Asiria y Flora.
¡Qué mal encuentro!
Salen Asiria y Flora.
Pues tomar lías,
que temo que me floree
esta Flora.
Él se retira.
A señor Valerio.
Envite
te hace, quiere ser oída.
¿Llamáis, señora?
Sí llamo
por daros la bienvenida.
Yo el favor os agradezco
según debo hacer.
Qué tibia
es la respuesta.
No admiro
en vos la descortesía
cuando tengo la experiencia
de tan groseras premisas:
ni imaginéis que hay en mí
por donde infiera atrevida
vuestra sospecha villana
motivo, ni causa indigna,
que pueda acordar finezas
de vuestra pasión fingida:
que el cariño es una cosa
y es otra la cortesía:
bien sé que no me buscáis,
ni mi enojo solicita
que lo hagáis, que mal se esfuerza
esta pasión que en mí lidia.
Nace la fuente en el prado
y lo trasparente guía
más a una flor que a otra flor,
el fuego a su centro aspira,
el ave vuela en su esfera,
a las delicias se inclina
amor: respondan por mí
fuente, fuego, ave y delicias.
Sois atrevido y grosero:
y aunque en el concepto implica
fuego, ave, delicia, y fuente,
por hallarse en sí distintas,
en el efecto a una voz:
mis agravios no averiguan
el cómo son tan contrarias
básteme solo que os diga
cuán en vano vuestro afecto
siguió su necia porfía
y hoy con mayor experiencia
en vos se imposibilita
el logro; cuando Drusiana
goza sin susto y fatiga
vida mejor pues triunfó
de vos perdiendo la vida.
Requiem eternam.
¿Qué habláis?
Lo que oye. Y por la noticia
y de la mano que viene
bien puede darnos albricias.
No extraño en vuestra venganza
que se precie de homicida
contra mí pues solo, vos,
con tan rigurosa herida
habéis procurado darme
muerte en la noticia misma;
mortal estoy.
Vase.
Vamos fuera
y de consuelo le sirva
para tanto sentimiento
fuente, fuego, ave y delicia.
Cuidado señor Sorbete,
no me le den por bebida.
Yo me libraré bien de eso;
señor, dile algunas misas
En la esquina superior derecha del segundo folio aparece el número 4 tachado y el 39 debajo
a Drusiana.
Calla, infame.
¡Ay de mí!
¡Ay de mis mejillas!
¿Pues tengo la culpa yo
de que muera?
No me digas
nada, que vivan los dioses
que en ti se venguen mis iras.
Sosegaos.
No hay descanso;
¿cómo es posible, ay desdicha,
que quepa en mi sentimiento
valor, para que resista
tanto dolor? Cielos santos,
¿ha sido acaso de envidia
porque no gozara el mundo
de su hermosura divina?
¿O fue porque, ay infelice,
que no sé lo que me diga?
Yo muero, ay tirana suerte
¡cómo tan cruel me castigas!
Pero si Drusiana ha muerto
¿de qué me sirve la vida?
Yo mismo...
¿Qué es lo que hacéis?
Aquí es preciso que impida
su muerte, porque me importa
que para otro empeño viva.
¿Estáis sin juicio?
Dejadme
morir.
Antes, señor, mira
que me debes cuatro años
de ración.
Que así os aflija
noticia que es tan incierta?
Qué decís? El alma respira:
pues no ha muerto?
No y sí.
Cómo
esos extremos afirmas?
Siendo entrambos verdaderos
por las eficacias mías.
De qué forma?
De esta suerte:
tendrás valor?
Él me anima.
A intentar.
No lo pronuncies.
Un arrojo?
Es cobardía
lo contrario, dilo, acaba
no me retardes la dicha.
Aunque dicen que Drusiana
ha muerto, es una fingida
simulación de los dioses,
pues viendo no conseguías
su hermosura, y que de Juan,
con engaños persuadida,
apostató de su culto,
indignada su justicia
por ti en favor, y por ella
en venganza, a repetidas
súplicas que yo les hice
conseguí de su benigna
piedad que un grande accidente
la diese, del cual vencida
se quedó, al parecer muerta,
pero en lo interior muy viva.
Viendo, suyo, que no
bastaron las medicinas,
a recobrar lo viviente
la llevan, y en una pira
de alabastro, en esa iglesia
con llanto la depositan:
de su muerte asegurados
los suyos: luego me avisan
los dioses, que te dé cuenta
porque falta solo un día
a la ficción y esta noche
se cumple. Y pues que la dicha
os ha traído a tal tiempo
en que en la suspensión misma
la gocéis, y que después
recobrada no resista
la amante correspondencia,
logra el gusto, sin que impida
horror, tu amoroso impulso,
de más que si resucita
del letargo y se halla sola,
ya veis y cuánto peligra
entonces, pues el espanto
la congoja y la fatiga
dará más infausto efeto
que la suspensión fingida.
Y pues a mi gran valor
sabes que se facilita
todo, allanando las puertas
conseguirá tu osadía
el triunfo que tanto anhelan
tus amorosas porfías.
Los demonios se lo lleven
si no es todo una mentira.
Aunque incrédula pudiera
dificultar mi osadía
el efeto, es tal mi amor,
y más cuando tú lo afirmas,
que aun más desesperación
sufriera por conseguirla.
Vénguese así mi rencor
con injuria tan indigna
como hecha a Dios, y en su templo
objeto que tanto estima.
Pues al empeño lucido.
No dudes que yo te asista
hasta triunfar, que le importa
a mi amistad lo consigas.
Música. Tocan instrumentos.
Yo me escapo, que con muertos
no me meto yo en mi vida.
Pero ¿qué alboroto es este?
El que Juan vuelve a esta isla
a proseguir sus engaños
y todos con alegría
le salen a recibir.
Este hombre me atemoriza;
mas como consiga el logro,
yo te prometo en albricias
que de efeto salga Juan
y de todas sus provincias.
Vase.
Y yo me saldré con que
no me quiebren las costillas.
Vase.
Al son de la música, salen Juan, Prócoro, Metodio, Aurelio, Artimia, Flora y sacerdotes y acompañamiento.
Bendito sea el que viene
en el nombre del Señor.
Basta, y ese digno elogio
solo se le debe a Dios.
Juan, cuando a Dios conocemos
únicamente por vos,
preciso es que la alegría
se muestre en la aclamación.
Y si es Dios tan admirable
en sus santos, es razón
que siendo vos santo, os demos
aquesta veneración.
Y por último es cumplir
toda nuestra obligación.
Siendo de tan nobles pechos,
las admito, oh gran Señor,
permitid que estos obsequios
cedan en tu sacro honor.
Y pues el cielo, piadoso,
nos comunica el favor,
de gozar vuestra presencia,
la enhorabuena, mi amor,
os da, de la bienvenida.
Mucho estimo esa atención.
Todos decimos lo mismo,
y danos tu bendición.
La de mi Dios os alcance;
mas una cosa, señor,
extraño.
Muy bien la infiero.
Y es que en aquesta ocasión
falte Drusiana; ¿qué es esto,
lloráis?
Fuerza es que el dolor,
amado Juan, salga al rostro.
¿Pues qué ha sido?
Ya murió.
¿Qué decís?
De un accidente
tan impensado, que no
dio lugar a los remedios.
¿Estando en el mundo yo
se dejó morir? ¿No pudo
enviar un postillón
por un milagro?
El Seleta
me parece gran bufón.
¿Hermano, no callará?
Dígame, señor doctor,
¿hace milagros?
Señora
bachillera, ¿por qué no?
Porque no es cara de santo
la suya de santurrón,
vaya.
Aun por eso las moscas
se me vienen al olor.
Señor, no os desconsoléis,
que no sé qué inspiración
tengo, de que habéis de ver
a Drusiana.
¡Que el traidor
de Valerio no parezca!
¡Que en ti dure la pasión
de un hombre que es tan protervo!
Sin duda es constelación
de mi estrella.
Apóstol santo,
pues que tanto mereció
en hospedaros mi casa,
venid, que la prevención
os aguarda con cariño,
que a poder ser la mayor,
no excediendo a vuestro gusto
la dispusiera mi amor.
Id en paz, que yo os estimo
esa piadosa atención,
que yo ofrezco ir a buscaros.
Sin duda hay revelación.
Vaya, Prócoro.
Obedezco,
y vuelva a decir la voz:
Bendito sea el que viene, etc.
Quédese, hermano Seleta.
Pues, ¿qué quiere? Aquí hay sermón.
Que se esté conmigo mientras
al Señor gracias le doy
y él en oración se esté.
Yo no sé más oración
sino la del Padrenuestro,
y en llegando a dádnosle hoy,
el pan nuestro, si no lo hay,
no paso al perdónanos.
Retírese hacia ese lado
y esté con gran devoción.
Arrímase a un lado. Siéntase y saca comida. Baja un ángel y el Santo de rodillas.
Sí haré, y pues tengo en la manga
con qué entretenerme doy
principio, con un codillo
que una devota me dio.
Ya, amado maestro mío,
que la dicha se cumplió
de verme en Éfeso, ¿cuándo
será la ocasión
de gozar de vuestra vista?
Pues que la fe con ardor
se ha afianzado en los fieles.
Qué duro está el picarón,
a ver si con este baño
se le ablanda el corazón.
El ángel en el iris de colores.
De apóstol dichoso,
y dame atención
que el Cielo corresponde
a lo fervoroso de tu petición.
Bien sabes que ofreciste
el cáliz de aflicción
beber por tu maestro
y que este caso hasta ahora no llegó.
Es verdad y estoy dispuesto
a gustarle con valor.
No es ocasión ahora
hasta que otra ocasión
llegue y esta será
de los tiempos en la última estación.
Allí estarás gozando
más dichosa mansión,
y ahora al templo acude,
verás las maravillas de tu Dios.
De apóstol dichoso. Baja.
Espera, alado prodigio,
aguarda, divina voz,
mas ¿qué me detengo? Al punto
al templo obediente voy.
Hermano.
¿Qué me hermanea?
Levántese.
¿Qué hay función?
Venga conmigo.
Acabando.
estaba ahora la oración,
y llegaba al no nos dejes
caer en la tentación.
Sígame.
Vanse.
Pues ande a espacio,
porque tengo opilación.
Sale Demonio.
Dentro estamos de la iglesia.
Nota marginal: Salen Valerio, el Do. Ysobete
Falta el que ahora me enseñe
el túmulo donde yace.
Córrase la cortina.
Este es, que sobre sí tiene
esta piedra de alabastro.
Pues dificultosamente
dudo que aun los dos podamos
levantarla.
Córrase la cortina. Levanta la losa.
No os altere,
que al impulso de mi brazo
haré que el mármol se eleve.
Gran valor.
Llega a mirarla.
No sé, ¡ay de mí!, cómo llegue,
que el aliento desmayado
me acobarda y estremece.
¿Qué dudas?
Hielo soy todo.
Vase.
¿En aquesta ocasión temes?
Para lograrla yo, entre tanto
estorbaré que alguien entre.
Baja un ángel.
¡Que así el valor se acobarde!
Mas cuando a su vista tiene
el encanto de mi amor,
¡qué mal hay que me recele!
Llego. ¡Qué hermosa que está!
Divino sol, luz ardiente,
que aunque te ves extinguida
estás más resplandeciente.
Bien se conoce que vives,
pues mi esperanza no muere,
que a morir tú, es imposible,
Drusiana, que yo viviese.
¿Qué accidente tan cruel
pudo a tu cielo oponerse?
Mas si del cielo fue industria,
piadoso fue el accidente.
Permite, dueño adorado,
que esta ligadura quiebre,
porque sin tanto embarazo
libre merezca...
¡Detente,
sacrílego, infiel, tirano,
idólatra, vil! Suspende
tu mano alevosa, y no
a una esposa de Dios llegues,
que siempre la castidad
de aqueste modo defiende.
¡Ay de mí! Justo castigo
mi atrevimiento merece.
¡Oh, pese a toda mi furia,
y a todo el infierno pese,
que así a los cielos impidan!
mis triunfos!
y tú rebelde
espíritu no te vayas.
De ira rabio, ¿qué pretendes?
que castigue tu astucia
Juan, y que todos presentes
se cautelen a tu engaño.
¿no basta, que Dios me afrente,
sino que un hombre también
que tanto mi odio aborrece?
Helado a tanto prodigio
apenas puedo moverme.
La puerta está abierta, entremos
a ver qué ruido es aqueste
que en el templo se ha escuchado.
que irme de aquí no me dejes.
no.
Salen todos.
Ay, padre de mi alma,
que los muertos arremeten
unos con otros; ¡ay padre!
uno, dos, tres, cinco, siete.
no dé voces.
Gran prodigio.
Señor Dios Omnipotente,
descubridme este secreto.
Valerio, estatua parece.
allí está abierto un sepulcro.
escapar los muertos quieren.
Juan.
Señor, maestro mío.
Vase.
haz que este prodigio cuenten,
Valerio y Drusiana, Juan.
Y ese que miras presente
es el común enemigo;
de parte de Dios le puedes
castigar; apercebido
está, que el cielo previene
tu traslación donde vivas
mientras otro tiempo llegue.
Bendito seas, Señor,
pues tanto me favoreces.
Si los muertos hablan, padre,
me moriré de repente.
En nombre de Dios, Drusiana,
vuelve a la vida, obedece.
asombro es cuanto se mira.
Pues ¿cómo así llego a verme
en un sepulcro metida?
¿qué, sobrina, te suspende?
llega a mis brazos, ya a Juan
tu nueva vida agradece
pues él la alcanzó con Dios.
no a sus brazos solamente
sino a sus pies.
Levantad.
Prima, justo es que celebre
tanta dicha.
¡ay, ama mía!
un abrazo no me niegues.
Habla Valerio, que solo
falta que el suceso cuentes.
Que esto sufra mi soberbia
con tal desprecio.
Obedece
mi acento Juan soberano.
El hombre soy más aleve,
más ingrato, más cruel,
desbocado y más rebelde,
que dio la naturaleza
a luz en cuanto contiene:
inducido del demonio
solicité ciegamente
a Drusiana, y no encontrando
ardides con que pudiese
conseguir el triunfo, supe
que murió; y pude atreverme
por los engaños del mismo,
que supuso falsamente
a lograrla en el sepulcro;
arrojo el más insolente
que ha cometido hombre infiel;
y allanando fácilmente
la entrada al templo, aún no toco
los ya difuntos claveles
cuando una voz me amenaza,
un horror me desfallece,
un terremoto me asusta
y una suspensión me vence:
quedé helado, sin sentido,
y viendo que a tu voz vuelve
mi ser a su mismo estado,
a tus pies humildemente
pido que de Dios alcances
que me perdone y concede
a mi súplica, el bautismo
que desprecié tantas veces,
por sugestión del demonio;
haciendo públicamente
confesión de mis delitos,
y a un mismo tiempo confiese
que solo hay un Dios y este es
el que vive y reina siempre.
Llega, Valerio, a mis brazos,
y en nombre de Dios te ofrece
mi amor, el perdón que pides
y el bautismo y juntamente
el que seas sacerdote
en Pathmos.
Que aquesto esperen
mis furias.
Pide a Drusiana
perdón.
Aunque se avergüence
mi delito, a sus pies puesto
lo pido.
Si se ennoblece
la virtud con la humildad,
mayor alabanza adquieres:
yo te perdono sin más
motivo que Dios y el verte
a nuestra ley reducido.
Y a vos de la misma suerte
os suplico.
Levantad,
que ya mi enojo fenece
vista tan noble mudanza.
Y tú, envenenada sierpe,
que, en engaños y ficciones,
no hay maldades que no intentes,
cómo tú al poder de Dios
te opones, cómo pretendes
de sus esposas ajar
la flor más resplandeciente:
si del cuerpo de Apolonio
te saqué, loco, rebelde,
cómo con nuevos ardides
infame veneno viertes:
confiesa que solo un Dios
hay y que a este se le debe
el culto y la reverencia.
¡Que a esto el cielo me sujete!
¿No rabiarás?
Déjame,
hombre, que de ti me ausente.
Haz lo que te mando.
Aguarda
que le plante dos cachetes;
acabe el perro.
¿Que así
me injurien y vituperen?
Yo confieso a mi pesar
que es uno Dios solamente
y su ley es la segura.
Pues luego al instante vete
a tus eternos castigos
sin que causes el más leve
daño ni asombro.
Húndese.
Lidiaré,
mas pues en mí permanece
el permiso superior,
yo haré que de mí se acuerde
su Iglesia en tiempos futuros,
ya que hoy triunfa en los presentes.
Anda con dos mil demonios:
escapó como un cohete.
Que siempre a aqueste demonio
le tuve por alcahuete.
Gracias a Dios demos todos,
pues tanto nos favorece.
A su gran misericordia
las repetimos mil veces.
Y yo otra vez ratifico
el voto que hice solemne
de castidad.
Y también yo
pues que ninguno me quiere.
A vista de este prodigio
ya mi amor mudó de suerte.
Vamos, apóstol sagrado.
Idos mientras amanece,
y volved, que tengo a todos
que advertiros.
Obedece
nuestro amor.
Vanse.
Dichoso tiempo
el que alcanzan los fieles.
Digo, padre.
¿Qué pregunta?
¿Esta noche no se duerme?
Cuando vela Dios, hermano,
es justo que todos velen.
Padre, por tiempo de Pascua
no hay velaciones.
Ea, deje
chanzas; Prócoro.
Señor.
Sepáis que es conveniente
prevenirme.
¿Que hay viaje?
El último que ha de hacerse
en esta vida es el mío.
¡Ay, padre
mío, se muere!
Dios me llama para sí.
¿Y no puede responderle
desde acá?
No, que más cerca
una mansión me previene.
¿Y no habrá para los dos?
¡Quiere callar!
¿Quién le mete
en eso?
Vase.
En fin, maestro amado,
¿os ausentáis tan en breve?
En el margen superior derecho aparece el número 13 y debajo 48. Hay un dibujo de una cruz en el margen derecho.
No lograréis, tiranos,
que vivo me veáis en vuestras manos,
porque mi brazo fuerte
se entregará primero a infame muerte.
¿Qué es eso, hermano?
Sale Eugenio y dos siguiéndole.
Un hombre a quien le tiene
la justicia sitiado y aquí viene:
corra, hijo, sin tiento,
y en san Juan se retraiga.
Ese es mi intento.
Amigos, deteneos.
¡Miren y qué escuadrón de fariseos!
Ténganse, digo, hay mayor treta,
miren que se lo manda fray Soleta.
¿Qué es esto?
Ser este hombre sedicioso,
ha muerto a un hombre y es ladrón famoso.
¿No sois Eugenio vos?
Soy ese mismo.
¿No os di yo, el sacramento del bautismo?
Sí.
¿Y procedéis con usos inhumanos?
Pues qué, ¿no son ladrones los cristianos?
Licencia nos daréis que le llevemos
ante el gobernador que orden tenemos
preso o muerto de darle.
Yo os suplico
os detengáis un poco.
No replico,
que ya a este sitio llega.
Juan piadoso,
favorecedme en caso tan penoso.
No temáis.
Salen todos.
Aunque vuelve mi obediencia,
divino Juan, a estar en tu asistencia,
me adelantó el rumor que se ha escuchado
y deseo saber si es del cuidado
vuestro alguna defensa.
No señor, antes es que de una ofensa
remitáis el castigo,
pues basta que este hombre, este enemigo,
para que de su error perdonado
quede.
Aunque del estoy muy informado,
por ser casi infinitos
de su atrevida mano los delitos,
siendo vos quien le ampara,
mi obediencia en serviros no repara.
Nunca de vuestra piedad
dudó, señor, mi cariño:
y pues Dios os ha librado
de un evidente peligro,
es fuerza, Eugenio, que a Dios
seáis muy agradecido;
enmendaos, y sabed
que en vos tiene prevenido
un ministro suyo Dios.
Sed, Eugenio, buen ministro.
Perdón a su majestad
de mis ofensas le pido.
Sí, hijos míos, y pues todos
a ocasión habéis venido
de que mi separación
veáis, porque despedidos
de mí, en todos se conserve
el amor que os he advertido,
sabed que llegó la hora
de salir de aqueste siglo
porque lo dispone Dios
así, por sus altos juicios.
Y antes que me ausente quiero,
como maestro instruiros:
que subsistáis en la fe
es lo primero que os pido.
hasta verter vuestra sangre;
que de la Iglesia los ritos
defendáis como que es
esposa de Jesucristo:
que haya paz entre vosotros
y sobre todo, hijos míos,
que os améis unos a otros;
no haya, entre vosotros mismos,
odios, venganzas, rencores;
perdonad al enemigo
como Dios los perdonó
de que yo soy fiel testigo:
no contra el próximo obréis
descubriendo sus delitos
(que este es odio declarado)
aunque haya justos motivos:
si el prójimo ha obrado mal,
corregilde como amigos,
y si no se enmienda, a Dios
toca solo su castigo:
obre por sí la justicia,
no se anden buscando indicios
de que por unos padezcan
otros: del pobre afligido
no tengáis, no, complacencia,
que este es odio conocido:
la caridad y el amor
son del cielo polos fijos,
amaos de corazón,
esto por último os digo;
pues amándoos unos a otros
tendréis a Dios muy propicio.
Padre, ¿es posible que siempre
esté clamando al oído
con este amor?
No lo extrañe,
que es este amor tan preciso
como precepto de Dios,
y si este se ve cumplido
basta solo, que aunque todos
sean preceptos divinos,
estos se cifran en dos,
que es el uno primitivo:
amar a Dios, luego al
próximo como a sí mismo:
y por último, pues llega
la hora, estad convenidos
con la voluntad de Dios:
no os aflijáis.
Padre mío,
así se va sin decir
agua va.
Señor divino,
mi espíritu os encomiendo.
Quedo como un pajarito.
Hombres, fieras, aves,
fuentes, valles y riscos,
venid, alabad al Altísimo.
Vase el Santo elevando y al mismo tiempo se descubre la tramoya en que vienen dos ángeles y un niño que viene en lo alto. Sube el Santo hasta el segundo vestuario donde se abre un paraíso en que está el Señor.
A incorporarse con el Niño y se cubra todo.
pues y en su amado
sustenta amoroso
su ardiente cariño,
venid, alabad al Altísimo
y oíd de su voz el eco divino.
Suaves voces se atienden.
Este es discípulo mío,
que quiero que persevere
así mientras venga el día del juicio.
Va subiendo poco a poco.
Ven, sabio evangelista,
y entra en el paraíso,
donde Elías y Enoc
te esperan a que seas fiel testigo.
La ley natural uno,
que comenzó al principio,
defenderá, y el otro
la escrita, y tú la ley de Jesucristo.
Entra al lugar sagrado,
llega al ameno sitio
donde estés hasta tanto
que llegue el juicio y venga el Antecristo.
Volviendo la alabanza
a repetir en himnos,
gloria a Dios en sus santos
para siempre por siglos de los siglos.
Cúbrese todo.
¡Escapó, en fin!
¡Qué tristeza!
¡Qué aflicción!
Todos sentimos
su ausencia.
Y con razón,
pues en él hemos perdido
tanto bien.
Pues que no hay más,
y el santo se nos ha ido,
demos fin a la comedia,
si es que bien ha parecido
San Juan en su Apocalipsis
y tránsito al Paraíso.