帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Obrar contra su intención. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/obrar-contra-su-intencion.
Óyese dentro ruido de tempestad, y dicen:
Amaina.
Del mar la guerra
no cesa.
El bauprés se ha roto.
Arría de gavia.
El Noto
se aplaca ya.
Tierra, tierra.
Dentro.
Favor, cielos.
Dentro.
Feliz hombre,
mis brazos tienes aquí,
libre estás.
Salen los dos.
¿Quién eres, di?
Noble soy, este es mi nombre.
Mas pues emboscada espera
mi gente y ya al Rey diviso,
será ocultarme preciso,
quieran los cielos que muera.
Vase, y óyese dentro voces de mujeres
¡Fuego, fuego!
Su inclemencia
asusta.
El incendio crece,
dioses, el templo perece.
¡Socorro, cielos!
¡Clemencia!
Ya que la tierra pisamos,
corred, la llama apagad.
Vase.
¡Agua!
¡Fuego!
Himnos cantad
por si la Diosa aplacamos.
Canta una voz dentro
Divina Diana,
el enojo templa,
que bien puedes ser piadosa
sin dejar de ser severa.
Ya el incendio se apagó.
Cajas y clarines
¡Seguidle, matadle!
Dentro.
¡Ah, esquiva
suerte!
¡Muera!
¡Muera!
En el margen superior derecho aparecen tachados los versos: Ami.- viva. Rey.- ¿quién cielos me libra?
Sale Amintas con la espada en la mano y el Rey en los brazos, y Julio, y otros, y déjale en el tablado
Yo,
y pues libres estáis, mi gente,
hará mis triunfos mayores
matando a aquesos traidores;
seguidlos, mueran.
Van a entrar, y detiénelos el Rey.
Detente,
que aunque a esa vil forajida
canalla tu brío absorta
dejara, y muerta me importa
más que su muerte tu vida;
¿quién eres, joven, que osado
piadoso y cruel te acreditas,
pues veo que aquí me quitas
la vida que allí me has dado?
Que si agradecido apruebo
lo que tu valor obró,
mal podré quedarme yo
con la vida que te debo.
¿Quién eres? Que a lo que infiero
ni el rostro que miro en ti
ni el traje otra vez le vi,
dime, ¿si eres extranjero?
Extranjero soy y tanto
que el labio ni la voz yerra,
si dijere que esta tierra,
aunque pise, del quebranto
del mar salí, cuando luego
nuevo peligro se fragua;
pues si me libré del agua,
me arrojó el agua en el fuego,
que Venus, o Amor, consuma
mi pecho el alma temió,
mas, ¿qué mucho, si se vio
entre la llama y la espuma?
Socorrió el templo, y te embiste
tropa vil que te siguió;
mas no he de decirlo yo,
supuesto que tú lo viste.
Paso a Menfis, no codicio
premio de ti ni favor,
pues ya he logrado el mayor,
que es hacer un beneficio.
No aquí, generoso y cuerdo,
hoy mi obligación impidas,
porque cuando tú la olvidas
es cuando yo me la acuerdo,
que el irte suspendas pido,
que es dejarme desairado,
haberme visto obligado
y no verme agradecido.
Asegurado estar puedes
de que te he de obedecer,
que era sinrazón querer
que tú obligado me quedes,
y si este intento infiel
tuviera al servirte brioso,
fuera parecer piadoso,
pero fuera ser cruel.
El ver que tan unos son
tu ingenio y brío persuada
que a los filos de tu espada
se labró tu discreción.
Dime quién eres. Mas tente,
no lo digas, porque yo
veo que noble será
el que es discreto y valiente.
Que tú me digas te pido
quién eres, mas ya es ocioso
decir que eres poderoso,
pues te he visto perseguido.
Pues trato por justa ley
de satisfacerte hoy,
no he de callarte quién soy:
sabe, pues, que soy...
Dentro.
El rey... El riesgo está aquí.
Salen.
Lleguemos, danos tus pies.
¡Cielos! ¿Qué escucho? ¿El rey es?
¿Qué novedad siento en mí?
Siguiendo la saña dura
de aquel jabalí valiente,
dividido de mi gente
me hallé en aquesa espesura;
y con ardiente rigor,
con fiereza acelerada,
dio sobre mí una emboscada
guiada de algún traidor
cuyo cobarde ardimiento
juntó allí para este fin,
y a quien la caza y clarín
sirvió de aviso y aliento;
mas mi caballo al estruendo
la fuga emprende animoso,
y leal, no temeroso,
supo ser valiente huyendo.
Pero por más que ligero
en vez de correr volaba,
tropezó, y ya me alcanzaba
uno; y este caballero,
viendo mi vida perdida,
supo, diestro, su valor
quitársela allí al traidor
para darme a mí la vida.
Tu esfuerzo noble y osado
hizo este reino dichoso.
Yo soy solo el venturoso.
Digo, ¿y no es bien que merezca
mi valerosa aptitud
su poco de gratitud,
o cosa que lo parezca,
cuando, si mi amo hoy
fue un Julio César, sin mí
no lo fuera, porque si
él es César, Julio soy?
Bien puede ser que algo hicieras,
mas no lo llegué a advertir.
¿Había yo de reñir
de modo que tú lo vieras?
¿No sabes aun con quién tratas?
Yo, asno cuerdo y leal,
en secreto natural
no gusto de pataratas.
¿Si será? Mas ¡qué armoniosa
cadencia se oye!
Fervor
del sacerdote es, señor,
que en sus manos a la Diosa
trae, y las gracias le cantan
sus Ninfas por lo que ha obrado.
Yo soy el más obligado,
y ellas el culto adelantan;
ven conmigo, que fin luego
la ceremonia tendrá.
Cielos, ¿qué Deidad será
la que he librado del fuego?
Diana divina,
tus Ninfas tributan
admiraciones y gracias
a tu Deidad siempre Augusta,
pues supo juntar
piedad y hermosura.
Mientras cantan esto entra por una puerta el Rey, Amintas y los demás, y salen por otra parte los mismos, y poniéndose a un lado del tablado, salen Polivias, sacerdote, con la estatua de Diana en las manos, y detrás Ninfas con velas en los rostros; párase en medio del tablado, y cada Ninfa cuando canta su copla hará su reverencia al ídolo, y pasará.
Alta Deidad Soberana,
cuya piedad peregrina...
para hacerte más divina,
te quiso hacer más humana;
tu deidad es la más pura,
exenta y más singular.
Pues supo juntar
piedad y hermosura.
Dioses, ya vuestra porfía
mi sufrimiento ha apurado,
pues el templo que he librado
es el que a abrasar venía.
El fuego que al mármol
piadosa le excusa,
a los corazones
hermosa le muda.
Pues supo juntar
piedad y hermosura.
Aquí sin duda ha de ir
mi dueño. ¿Qué ha de haber
cendal que me estorbe el ver
y no me impida el morir?
En lugar del fuego,
el incienso ahúma,
para que el estrago
el culto le supla.
A quien juntar supo
piedad y hermosura.
Del fuego libre he salido,
y aquí, sin el ardor airado,
que pueda el fuego ha pagado
lo que no pudo encendido.
¡Qué mucho a la llama
el ardor destruya,
si del dios vendado
los arpones frustra,
la que juntar sabe
piedad y hermosura.
Van entrándose las ninfas y el sacerdote las sigue,
y ellas cantando, y él representando dicen con la músi-
ca los versos.
Diana divina,
tus ninfas tributan
admiraciones y gracias
a tu deidad siempre augusta,
pues supo juntar
piedad y hermosura.
Todos al templo sagrado
vamos a cumplir el voto,
que a mí aun más que lo devoto
me lleva lo enamorado;
tú en mis brazos siempre abrigo
y esperanza has de tener,
y en mi palacio has de ser,
más que mi huésped mi amigo.
Sin méritos, gran señor,
a honrarme tu agrado inclina.
¡Ay, Epidoris divina,
ya no puede más mi amor!
¿Libre de un riesgo sangriento
salí, y la muerte me das?
¿Quién creerá que hiera más
lo dulce que lo violento?
Vanse, y quedan Amintas y Julio.
Señor, ¿qué es esto? ¿He de ser
criado sin ejercicio?
¿He de tener yo el juicio
y tú el juicio has de perder?
Siendo tú Licas, de ti
sé que hoy Amintas te llamas.
que eres Rey de Creta, que amas,
mas no a qué veniste aquí,
y cuando del mar saliste
y al templo, y al Rey libró
tu brazo, ¿he de verte yo
en lugar de alegre triste?
Habla, no estés misterioso,
o vete a buscar criado
un poco más aseado
y un poco menos curioso;
porque yo no me acomodo
a tan muda suspensión.
Tú, Julio, tienes razón;
escucha, y sabráslo todo:
El gran Liridas, mi padre,
Monarca de Creta, cuya
memoria en mi tierno afecto
no menos que halaga asusta,
tuvo en mi madre Pratilis
a mí el primero, y segunda
nació mi hermana Epicharis,
beldad tal, que fue en la cuna
de su desgracia el primero
pronóstico su hermosura;
creció, y queriendo mi padre
casarla, cuerdo procura
elegir esposo en quien
méritos tales concurran,
que si el cariño de padre
que apartarla de sí rehúsa
tierno se quejare, pueda
ser su elección su disculpa.
Fue elegido el Rey de Siria,
joven gallardo, mas nunca
vivían conformes
el mérito y la fortuna.
Tenía entonces Siria guerra
con Creta, y sus Reyes juran
de no casar a sus hijos
con Rey enemigo; ¡injusta
ley! pues establece el odio
cuando la paz dificulta;
viendo a mi padre resuelto,
los vasallos le promulgan
la ley que le obsta, y le advierten
que en caso que no la cumpla,
la misma ley manda que
con potestad absoluta
le depongan y destierren,
depositándole en una
barquilla frágil en donde,
llevando a su hija, discurran
expuestos del mar y el aire
a la inconstancia y la furia.
Irritado, en fin, mi padre,
nada atiende, nada escucha;
y aunque está a tiempo la enmienda,
lo mira ya como injuria:
que mal hace quien su queja,
por más que parezca justa,
recusando a la razón,
con el furor la consulta.
Ejecutose la pena,
no sin contradicción mucha,
que si hay ley que la persuade,
hay piedad que la repugna.
Ya es escarmiento el que antes
fue en Creta Deidad Augusta,
y ya se ve su corona
aún más que su edad caduca.
Ya la más hermosa flor,
se mira marchita y mustia,
y aunque el cariño de todos
llanto y suspiros tributa,
si es que el llanto y los suspiros
son viento y agua, se frustra
la piedad, porque agua y viento
más es tempestad que ayuda.
Yo quedé de doce años,
entré a reinar, mas no adula
mi imaginación ver que,
para dignidad tan suma,
había de ser la impiedad
la que el trono me construya,
buscarlos por todo el orbe
sin que nada se descubra,
que el hado, a más de su vida,
también su muerte me oculta.
Mas deberán a los dioses
esas cenizas difuntas,
que el aire no las esparza,
que el fuego no las consuma,
que el mar no las pierda, si
la tierra no las sepulta,
que a nadie abrigo y descanso
falta en la postrera angustia,
pues al que sin urna yace
el cielo le sirve de urna.
Un pintor grande de Epiro,
de quien la fama divulga
los primores, llegó a Creta,
que su rey, que esposa busca,
le envió a aquestas provincias
donde más el sol madruga,
para que copiar procure
más que su primor, su industria,
las hermosuras de cuantas
princesas el Asia ilustran.
Apenas hubo llegado,
cuando de una calentura
agravado, en breves días
pasó del lecho a la tumba.
Cuatro retratos se hallaron
en su poder, que acumulan
más luces que todo el cielo
en tantas esferas juntas.
Entre todas las bellezas
que los colores dibujan,
una sobresale tanto,
tanto entre todas alumbra,
que, sin que ose competirla
alguna, de todas triunfa.
Miréla, Julio, y miréla
otra vez, miréla muchas,
y tan desde los principios
tanto mis sentidos turba,
que de comprenderla menos
tuvo el mirarla la culpa,
pues cuando la contemplaba,
creyó la vista confusa
ser sol que anima lo que era
un veneno que despulsa,
y que solo el ser veneno
su actividad disimula,
puesto que es el corazón
contra quien primero insulta,
porque, como a los sentidos
y potencias hacer juzga
la guerra para que sea
la victoria más segura;
el puesto del corazón
es el que primero ocupa,
mas ¿quién por la vista puede
herirme el pecho? Sin duda
que esta es herida de ciego,
que no ve lo que ejecuta,
pues hiere en el corazón
cuando a los ojos apunta.
Vime morir al retrato
con tal viveza, aunque muda,
que conocí que el amor,
con violencia o con astucia,
el alma que me quitaba
la pasaba a la pintura.
Rendime, mas no sé a quién,
pues para que nada induzgan
mis dudas en el retrato
no hay seña ni conjetura,
porque no hay más que unas letras
que solo Chipre pronuncian.
Al oráculo de Apolo
llego, y en el ara pura
del altar el holocausto
que ofrezco apenas ahúma,
cuando oigo que así responde
a mi obsequiosa pregunta:
Lograrás esa ignorada
beldad que hoy miras sañuda
cuando de Diana un templo
se encienda, abrase y destruya.
Apenas, pues, la deidad
estas voces articula,
cuando resuelvo partir
a Chipre, sin que presuma
que he de lograr la esperanza
que el Dios piadoso me anuncia;
que aquel que a deidades altas
su rendimiento vincula
no ha de esperar, y el que espera
lo mismo que adora injuria.
Embarquéme, pues, ansioso,
librando ya mi ventura
en si encontrase algún templo
de Diana, donde adusta
pudiese prender la llama
que llevo en el pecho oculta.
No se funda esta crueldad
en ira, en amor se funda,
¿quién creerá que un riesgo pueda
ser hijo de una ternura?
Tranquilo al principio el mar
feliz nuestra nave surca;
mas, cuando a vista del puerto
ya de los riesgos descuida,
embravecidas las olas
contra el buque se conjuran,
un cristalino tumulto
que forma un vulgo de espumas.
Las nubes al mar salado
el humor líquido chupan,
no bajan por él, que el agua
sube ella misma a ser lluvia;
las estrellas se oscurecen,
o temerosas, o astutas,
porque ocultando su luz
mejor del agua se encubran,
mas ya la industria no basta
Ya todo el cielo se inunda
y ya desde él al abismo
se ve distancia ninguna,
pero de esta turbación
la serenidad resulta,
que claro está que las olas,
puesto que al cielo se encumbran
de tan sagrada mansión,
de tan soberana altura,
han de bajar ya benignas
por más que irritadas suban.
Desembarcamos, y apenas
saco el pie de la chalupa,
cuando un vaivén en el agua
me derriba, y la profunda
estancia mido, mas cuando
el mismo mar me escupa,
acertó a asirme aquel joven
que estaba en la arena enjuta,
cuya piedad de las olas
la hipócrita saña burla.
Mas ¿quién creerá que los pasos
que dar nuestra planta estudia
hacia la seguridad
hacia el riesgo nos conduzcan?
Vimos arder ese templo,
y hacia sus llamas oscuras
nos arrojamos, que todos
la temeridad acusan;
y al vernos salir del agua
juzgan que en la hoguera turbia,
olvidando lo que abrasa,
buscábamos lo que enjuga.
Apenas socorro el templo
cuando de esa selva oculta,
herido y precipitado,
sale un joven, y tan juntas
la traición y la aspereza
del bosque contra él se aúnan,
que pude temer, al ver
tan aventurada fuga,
que lo que al golpe le falte
el precipicio lo supla.
Líbrele, pues es el Rey, sé
noticia que me conturba,
no sé por qué, mas es cierto
que no en vano me disgusta.
Supe también que era el templo
de Diana; ¡fuerte duda!,
pues la ruina que deseo
mi propia piedad la excusa,
para que de mis piedades
procedan mis desventuras.
Vengo a Pafos, que es de Chipre
metrópoli y corte suya,
y mudando el nombre intento
apurar lo que me apura,
buscando de este prodigio
que al pecho el sosiego hurta
el original; y en tanto
que halla ocasión oportuna
mi impaciencia, aunque padezca,
mi amor calle, pene y sufra,
que atropellar los acasos,
violentar las coyunturas
y forcejar con los hados
con ansia osada y robusta,
pereza es del sufrimiento,
que no es vigor de la lucha
y así mi deseo a la cárcel
del silencio se reduzca
que estos grillos a sus alas
quizá servirán de plumas.
Con razón debo admirar
tu pasión pues me hace creer
que nada hay que esté del ver
tan cerca como el cegar
ver el retrato codicio
nada en verle se aventura
porque quizá su locura
la disculpará mi juicio.
Saca un retrato
No aunque tan ciego a estar llega
mi amor el deseo resista
que así veré pues mi vista
no ve sino cuando ciega
tu atención a mirar llegue
esta admirable hermosura
Digo, ¿esto es cosa segura?
no sea que me la pegue
porque si mata de un zas
el mirarle no es buen medio
Sí mata pero el remedio
del morir es morir más
que es veneno que al que intenta
mirarle con vista ingrata
la primera vez le mata
pero después le alimenta
Enseña el retrato a Julio
¡Oh, prodigiosa mujer!
¡ay, ay, ay!
¿No es singular?
mírala
Mirando el retrato Julio, y suspirando
Besa el retrato
¿Qué he de mirar
si me ha muerto sin más ver?
mas ya el morir no es desgracia
a mi triste memoria,
que me asegura su gloria
quien mata con tanta gracia
ea temores inicuos
¿Qué hiciste?
Amables arrastros
donde tú diste de ojos
haber dado yo de hocicos
¿Villano al traslado fiel
del sol te atreves?
Pues no,
pues si no me atrevo yo
¿quieres que se atreva él?
Que así a las deidades trates
te has de morir a mis pies
¿Es posible que después
de haberme muerto me mates?
No esperes que libre salga
tu vida de mí
¡Hado ingrato!
¡San Júpiter, San retrato!
De sagrado te valga
que él solo mi saña fiera
templará
Bien hará amén
quien sabe templar también
Sale un criado
El rey mi señor te espera
y a que veas te convida
los sagrados ejercicios
Yo a Diana sacrificios
antes lo será mi vida
solo mi bien adorado
es de lo que buscar cuido
¡Ay de mí!, que así al descuido
se entró en mi pecho un cuidado.
Vanse, y salen Arístides y Perides.
¿En fin se libró el Rey?
Aquel joven gallardo
que en riesgo tan fatal allí previno
o su felicidad o su destino,
le libró de la muerte, pues es cierto
que a mis manos, señor, hubiera muerto,
si no le hubiera el joven con arrojos
hurtádole a mis manos y a mis ojos;
porque aunque yo al asombro lisonjero
del parche y del clarín corrí ligero,
llegó al socorro tan adelantado
que el Rey se vio antes libre que arriesgado;
pero, Arístides noble, no desmayes,
que, sin que tú en el Rey tu acero ensayes,
le daré muerte porque seas dichoso
de Chipre Rey y de su hermosa esposo.
Suenan instrumentos.
Tú, Perides, que sabes muy bien creo
que en mí no es ambición este deseo
sino amor, que a Tomiris soberana,
de Chipre infanta, y de su Rey hermana,
adoro, y en sus ojos ardo y muero;
y aunque del Rey soy primo y heredero,
no espero que la venza mi fineza,
si no pongo el laurel en mi cabeza,
pues despreciada mi atención no alcanza,
solo el verde laurel es mi esperanza.
En este templo de la Diosa Diana
asiste su belleza soberana,
pues aunque en Chipre Venus deidad pura
es la que logra adoración festiva,
este único templo han consagrado
sus Reyes a Diana, por si el hado
destina a alguna noble alta belleza
más que al dulce himeneo, a la pureza;
pero ya del templo acordes
se escuchan los instrumentos,
añadiendo su armonía
nuevo culto al culto mismo;
y así, desde aquí, podré,
retirado y encubierto,
ver de la bella Tomiris
más que la hermosura el ceño.
¡Ay de mí!, pues para mí
hasta el alivio es tormento.
Vuelven a tocar instrumentos. Salen por una parte el Rey Lidamas, Amintas, Julio, y acompañamiento, y por otra Tomiris, Epicharis, Ericina con velos en los rostros; y detrás el Sacerdote Polidoro, y delante Ninfa cantando.
Venid, moradores de Chipre, venid,
venid a ofrecer de Diana en el templo,
en cuyas aras de los corazones
se forma la hoguera en que ahúma el incienso.
Venid a ofrecer de Diana en el templo,
y el culto no traiga el defecto consigo,
que no es extinguible el ardor de un afecto.
Venid a ofrecer de Diana en el templo.
Hoy, gran Señor, que es el día
que Épafo dedica el nuevo
rito a la nueva deidad,
en quien están compitiendo
la pureza y la hermosura;
mas con tan igual denuedo
que el no declararse el triunfo
dejara a ambas el trofeo.
Hoy que se cumplen cien años
que estas aras erigieron
vuestros ascendientes nobles...
Aparte.
y estos mármoles que el tiempo
ha hecho más célebres por
reverentes que por tersos.
Triste memoria, no ahogues
la voz, pues hoy se cumplieron
doce años también que a Creta
dejé, y con mi hija expuesto
en una frágil barquilla
a ese voraz elemento
y inconstante, que en él nada
hay seguro sino el riesgo.
Aquí nos arrojó el hado
y aquí nos manda encubiertos
asistir, trocando el nombre
de Lísidas al que obtengo
de Polidoro, y mi hija
Epícaris, convirtiendo
el suyo en el de Epídotis,
pues ella, y yo en el destierro
del reino; mas esto baste,
que cada vez que me acuerdo
de Licas mi hijo, y de que
ausente de mí le tengo,
aún más que lo que no olvido
me mata lo que no veo.
Hoy, pues, se permite a todos
que al oráculo supremo
puedan consultar sus dudas
y él piadoso respondiendo,
acertar a la noticia
los más distantes sucesos;
todas las sacerdotisas
tienen el rostro cubierto
hasta que a sacrificar
empiecen; ellas, más luego
que al altar llegan postradas,
deben quitarse los velos;
pero ningún mortal puede
mientras se consulta al cielo
hablar con ellas, que, aun
quiera el más puro obsequio,
se prohíbe, pues fuera ahora
la adoración sacrilegio;
parezca en la ansia de todas
que es ambición el objeto,
y no llegue perezoso
a las aras el deseo,
porque la tardanza tiene
visos de arrepentimiento.
¡Ay, amigo Amintas! Cuánto
sobre desearla temo
la respuesta de la Diosa.
Mas ¿cómo a mi pensamiento
llega tan veloz el susto
si es tan perezoso el miedo?
Pero sin duda lo activo
de su presteza, que es, creo,
más que vigor de su orgullo,
fuerza de mi desaliento.
¿Qué diré yo, que a notar
culto a Diana resuelto,
aun para temer lo que oigo
bastante valor no tengo?
Yo, a una Deidad sacrificio,
cuando mi amor, mejor templo,
víctima mejor, mejor
altar a ídolo más bello.
ha consagrado pues el
de la deidad que venero
víctima el corazón, ara
el afecto, templo el pecho.
Pues yo, pajas, que también
a aquel retrato sujeto
me tienen entre él y mi amo
el Amor, y de celos muero;
¿celos dije? Qué mal dije,
que en este alcázar supremo
no hay celos, sino un linaje
tan extraño de tormento
que hace aplauso del dolor,
y el que no le aplaude es cierto
que empeorará su desdicha,
pues, en sintiendo, oyemos
que luego a los infelices
les dan nombre de groseros.
Aquel que está de tu hermano
al lado es el forastero
que con airosa osadía
del templo apagó el incendio.
Buen talle, gentil presencia,
y a tal garbo, y tan modesto,
para recomendación
le sobra todo su esfuerzo.
Que atento el Rey solicita
apurar del hado negro
las dudas, y aunque al descuido
todo su cuidado entregó,
temo que habla demasiado
mi disimulo violento,
¡oh, qué sensible, ay de mí,
es la inquietud del silencio!
Vase.
Supuesto que no he de entrar,
y desde aquí ver no puedo
más que nuevas ceguedades
que a pesar de mi deseo
hagan con sus sombras más
visibles mis sentimientos,
irme quiero, que mejor
ha de ser, según entiendo,
dejar de ver una vez
que estar tantas veces ciego.
Vuestra majestad, señor,
ha de empezar el primero,
y luego ha de retirarse;
que a su vista no quisieron
los dioses que los mortales
puedan adorar, temiendo
que era profanar el culto,
si por humanos respetos
intentase la lisonja
tiranizar el obsequio,
extraviando en la tierra
el ruego que sube al cielo.
Si yo el primero he de ser,
ya a postrarme al altar llego.
Descúbrese el altar de los sacrificios donde estará el ídolo ante quien se han de arrodillar los que fueren llegando a consultar el oráculo.
Venid, llegad, mortales,
al oráculo excelso,
donde sabe la pena
convertirse en consuelo,
pues suele el cuidado hacer en el susto
tránsito para el contento.
Bella, soberana diosa,
pues que tu deidad confieso
Dime si en amor seré
feliz, y cuando he de serlo.
Dichoso en amor serás,
pero este feliz suceso
tardará hasta que conozcas
otro Rey en este reino.
Otro Rey, cielos, ¿qué escucho?
¡Ay de mí, cielos! ¿Qué es esto?
¿Que otro Rey he de ver?
Sí.
¿Y a mí sin cetro?
No.
Cielos,
¿cómo el sí, y el no se ajustan?
Eso te lo dirá el tiempo.
Vase.
El tiempo, ¡ay de mí! pues en
vaticinio tan funesto,
si tengo más que esperar,
también más que temer tengo;
pero mal dije, el temor
se aliente, pues cuando espero
de mi adorado imposible
el incomparable empleo,
piérdase el reino, la vida
se pierda, cáigase el cielo,
que en Epidanis divina
reino, vida, y cielo tengo.
Y vos, generoso joven,
decidme, ¿sois extranjero?
Sí soy, que en mí solo es
natural el sentimiento.
¿No sois vos el que librasteis
del incendio aqueste templo?
Sí, y el que ya en los peligros
temerá siempre el vencerlos.
Con quien logró tal fortuna
propicios los hados fueron.
En nada para conmigo
se han mostrado tan adversos.
¿Por qué?
No lo sé, mas vos
disculpad mis devaneos,
que en potencias y sentidos
tanta turbación padezco,
que lo que sé olvido, y solo
de lo que ignoro me acuerdo.
Parece que de su pena
se hace ya parcial mi pecho.
Parece que en sus piedades
di algún paso hacia el consuelo.
Pues le escucho.
Pues le miro.
Con cariño.
Con respeto.
Puesto que extranjero sois,
habréis de ser el postrero
que al altar llegue.
Señor,
sacrificador yo tengo
también que sacrificar,
y así que nos concertemos
quisiera, porque después
no riñamos sobre el precio.
Aquí no hay precio, ignorante.
¿No? pues mejor, y más bueno,
decidlo, porque el mío
no es sacrificio casero,
es cosa muy soberana,
y un tan divino compuesto
que sus ingredientes son
ansia, cuidado, silencio.
respeto, desconfianza,
veneración, rendimiento
y otras cosas a este tono
que son todo mi desvelo;
porque unos ojos dormidos
traen los míos despiertos,
con que para mi cuidado
no hay descanso ni aun por sueño.
Llegad, que ya la Diosa
atiende.
Quítase el velo del rostro.
Temblando llego.
Misteriosa Deidad, pues
religioso mi deseo
se entrega a tu providencia,
¿tendrán mis penas remedio?
Sí, tendrán, mas tardará
hasta que veas primero
ofrecer tu propia sangre
por víctima en este templo.
¿Mi sangre víctima?
Sí.
¿Luego he de morir?
No.
Cielos,
¿cómo el sí y el no se ajustan?
Eso te lo dirá el tiempo.
¿El tiempo? Mal haya, amén,
mi fortuna, pues cierto
que no es dicha la esperada,
pues mientras que tarda el riesgo,
al punto que llega el susto
y así que pasa, tormento.
Vase.
Ea, Señora, llegad,
logre el altar vuestro obsequio.
Llega Tomiris al altar, quitándose el velo del rostro, y queda de espaldas a Amintas.
¡Ay de mí!, pues estos pasos
que doy hacia el ara siento
siendo de la turbación,
que parezcan del anhelo.
Deidad soberana, oh pura,
nada pido, nada ruego,
porque se profana el culto
si le acompaña el deseo.
Esa atención premiarán
los Dioses dándote un Reino,
cuando el Rey a quien más quieras
llegue al sacrificio expuesto.
¿El Rey que más quiera?
Sí.
¿Luego es mi hermano?
No.
Cielos,
¿cómo el sí y el no se ajustan?
Eso te lo dirá el tiempo.
Va volviéndose de cara a Amintas.
De ese lisonjero nada
saber quiero, pues más quiero
si el tiempo lo ha de decir,
ignorarlo que saberlo;
y así, otra vez a mis dudas
me vuelvo.
Dioses, ¿qué veo?
¡Ay de mí!, ¿qué es lo que miro?
Cielos, ¿qué es lo que estoy viendo?
Señores, que es ella misma,
no hay que dudar, esto es cierto,
que es de aquel bello retrato
retrato tan verdadero,
que solo el no hablar le falta,
como al verla me contengo,
atreveréme; si no...
corazón mío, teneos,
que si no os despeñarán
tus guardas; mas yo no entiendo
cómo entre tanta presura
es permitido el despeño.
¿y el extranjero no llega?
ya llegar podéis.
suspenso
Con la admiración la miro,
con la vista no me atrevo.
señor, los ojos del alma
para esta ocasión se han hecho.
decid que llegue, mirad
que está turbado de atento.
¿no llegáis?
Señor, partamos,
entre los dos, o lleguemos,
señores, yo he enloquecido,
de puro cuerdo que es cierto
que el juicio me ha quitado
la que el juicio me ha vuelto.
¿qué otra cosa es la hermosura
sino un tono lisonjero
que escuchan tiernos los ojos
con agradable silencio?
¿qué esperáis? llegad, o idos.
si en ir, y quedar, hay riesgo,
morir quiero peleando,
no quiero morir huyendo;
que ya que pierda la vida
perder la muerte no quiero,
bella deidad ignorada
hasta agora.
deteneos.
permitidme.
¿qué intentáis?
que pueda.
¿qué hacéis?
¿qué es esto?
de cuándo acá, persuadidas
de causa que no comprehendo,
mis piedades conspirar
contra mis iras supieron.
si hasta ahora, huésped la vista
fue del corazón, hoy creo
que es huésped ya el corazón
de los ojos, que, como ellos
gozan del original,
permitir no quiere el pecho
que esté en los ojos lo vivo
y en el corazón lo muerto;
perdonad.
no prosigáis.
que mi furor
que los cielos
no consiente
no permiten
que cobarde
que resuelto
disimule
publiquéis
mi dolor.
vuestro tormento.
Aparte
nada en callar aventuras,
háblame con el silencio,
que todo lo que no dices
es lo que mejor entiendo.
¡Ah, pese a mi cobardía!,
que el respeto más atento
respeto será en el nombre.
pero en la sustancia es miedo,
¡ay de mí, que ya no puede
con mi pena el sufrimiento!
Y así, señora...
Callad.
En busca de vuestros bellos
ojos...
Mirad que ofendéis
a los altos dioses.
Vengo...
pero ¿quién creyera hallarlos?
Temed.
Guiándome un ciego...
Señora...
Yo castigar
no puedo lo que no atiendo.
Guardas del templo...
Os cansáis
en vano.
Pues si mi celo
no puede con vos, podrá
hacer que no oiga los ecos
de esas humanas pasiones
la alta deidad que venero.
Ninfas del templo, cantad,
cantad, no ceséis, haciendo
que más que no la armonía
se oiga el ruido en el templo.
Venid, moradores de Chipre, venid,
venid a ofrecer de Diana ara.
Mal que esa deidad no me oiga,
que yo la atención pretendo
de mayor deidad.
Diana,
mucho vuestro enojo temo.
Si hablo, delinco; si callo,
este delito consiento,
que haya de ser delincuente
o cómplice mi silencio.
Mas si el cielo...
Si los dioses...
Ha querido...
Permitieron...
Que el remedio sea delito...
Que el delito sea remedio...
Yo moriré.
Vase.
Volveré
la espalda al riesgo, sintiendo
que al mejor tiempo el rigor
me falte, ¿qué es esto, cielos?,
pues solo llevo las iras
de las iras que no tengo.
Vase.
Así me dejas, tirana,
hermosa deidad, que has hecho
que si te llevas tus ojos
te queda mi pensamiento.
Ya te siguen mis suspiros,
no ofenderán tu respeto,
pues solo llevan lo puro
y aquí dejan lo violento.
Vase.
Dioses, ¿qué joven es este
que en vuestra presencia vemos
que deja ya los delitos
libres de los escarmientos?
Salen Ericina, y Julio.
Mi ama Tomiris me manda
que con destreza informarme
procure de este criado
quién es su amo, que sabe
valiente unas veces, y otras
aun más que valiente amante
obligar con sus aciertos
y vencer con sus piedades.
Y cierto que para que
pudieran todas amarle
es lástima que sea hombre
un hombre de tantas partes.
¿No acabamos?
Tiene prisa.
Pues trate usted de aguardarse.
¿Yo aguardar? Morir primero.
¿Por qué?
La respuesta es fácil.
Porque si el que aguarda espera
y la esperanza no cabe
en quien venera el respeto,
será grosero el que aguarde.
Y ¿no podremos saber,
ya que aquí acerté a encontrarle,
quién es su amo? ¿A qué viene?
Y ¿qué le obligó esta tarde
a no reparar, y hacer
extremos que, por tan grandes,
pudieran haber parado
en ellos sus ceguedades?
En el margen superior derecho de la plana izquierda se lee la palabra "OJO" en letras grandes.
Una tentación, señores,
demonio o mujer, ¿qué haces?
¿No sabes que en un rendido
es el secreto la parte
más esencial? Pues, ¿por qué,
siendo ley tan inviolable,
desaliñar mi secreto
quieren tus curiosidades?
Que tus secretos reserves
bien está, pero que calles
los ajenos, ¿por qué?
Eso
es verdad, fuerza me hace.
¡Ay de mí!, y esa carilla
me hace también; pero, tate,
ojos, porque si la miro,
no me atrevo a ser cobarde.
Y, en fin, aqueste extranjero
dicen que es un hombre grande.
Para ser grande, tener
un estado es lo bastante.
Y ¿qué intento o qué motivo
es el que a Chipre le trae?
El ajustar cierta deuda
que dudo pueda ajustarse,
pues, sin deber, paga, y siempre
deberá, por más que pague.
Y después que vio a Tomiris,
¿piensa partirse o quedarse?
Partirse y quedarse piensa;
pues, cuando intenta ausentarse,
quedan sus potencias, solo
el corazón se le parte.
¿Y tú?
¿Yo? ¡Ay, ojos bellidos,
bandoleros de azabache!
Mucho temo con vosotros
que el respeto se profane,
¡que de la fineza estén
tan cerca las falsedades!,
¡que sea atención querer mucho
y querer más sea culpable!
¿Y tú te partes también?
A mi amor, siendo tan grande,
¿partirse? No, dividiase,
le fuera más importante.
¿Tienes digno empleo?
Y cómo,
y de tan superior clase
que su dominio en mi pecho
es, y será, irrevocable;
pero hasme obligado tanto
que tendrás de hoy adelante,
ya que no la propiedad,
ausencias y enfermedades.
Yo lo acepto, mas no puedo
detenerme a pedir gajes,
porque el rey sale, y no quiero
que aquí contigo me halle.
Vase, y sale el Rey.
Julio.
Gran señor.
Amintas,
¿dónde está?
Nadie lo sabe,
pues está donde no está;
porque su pasión le trae
tan fuera de sí, que si
me mandares que le llame,
sabré dónde no estuviere
y allí será cierto hallarle.
Pues dile que aquí le espero.
Él deseará que le mandes.
Vase.
¡Ay de mí!, que mal sosiega
el corazón de un amante
en la llama indefectible,
de cuyo ardor insaciable
es el pecho que la guarda
aun más ruina que cárcel,
y cuando apagarla intenta,
cuanto yerra el que se vale
de la vista, pues con ella
cultiva lo que combate.
Sale Epicharis.
Habiendo sabido ahora,
señor, que en el templo entrasteis,
fuera faltar a lo mucho
que os debemos yo y mi padre
no valerme del permiso
que estos días que se abre
el templo tenemos todas
de poder hablar; no os cause
novedad una osadía
que atención debe llamarse,
y la atención y el decoro
no es incompatible, antes
vendrá a faltarse a sí misma
la que a lo que debe falte.
¿Era hora imposible, hermoso,
de que el cuidado lograse
la mayor dicha que advierte,
y de que adonde cobarde
o atento llegar no osa
el deseo, la vista alcance?
Era hora de que a tus ojos
pueda, señora, quejarme
de que ardiendo el corazón
entre encendidos volcanes
sea el incendio que siente
el que alimentarle sabe,
y el que tú no sientes, sea
solamente el que le abrase.
Puede ser que en vuestras quejas
menos fundamento halle
mi conocimiento, pero
no trato de disculparme,
pues de que vos no os quejéis
podrá el decoro quejarse,
y no he de enmendar mi culpa
cometiendo otra más grande.
Pues si sabes que te adoro
ya que solicito, amante,
que de mi corona augusta
sean tus sienes esmalte;
si que eres de sangre real
lo dices aunque lo calles,
pues si te miro, en tus labios
veo siempre la mejor sangre;
¿por qué del decir no acabas,
pues ya a decirlo empezaste,
tus sucesos y quién eres,
para que con eso acabe
de declararme también
con mis vasallos, y te hablen
mis rendimientos vestidos
de más respectivo traje,
mejorando lo decente,
pues no pueden lo constante?
Aparte.
De todo lo que os he oído
responder debo a la parte
solo que entiendo que de mí.
Pues conozco al escucharle
que mis piedades sin duda
empiezan ya a desmandarse.
puesto que ya sus razones
encontraron mis piedades,
ya os dije, invicto Lidamas,
que a ese elemento inconstante
con vuestro padre os expuso
un acaso.
que los mares lastimados,
ambiciosos,
creyendo poder ser madre
de vuestra deidad su espuma,
nos hospedaron;
y afable
el golfo de sus peligros
forjó las seguridades,
y le debimos
que una nave
labre, y sean sus cristales
defensa de vuestra vida,
adorno de vuestra imagen.
que a Papho llegamos,
donde
luego al templo os consagrasteis,
yo por Ninfa de él,
y por
sacerdote vuestro padre;
que aquí Diana nos manda
detener.
o qué mal hace,
porque mal víctimas logran
tus celos que sus altares.
que asustados padecemos
la suspensión como cárcel,
ignorando
si es castigo
o premio, y así no hay que admirarse
que del gozo y de la pena
igual susto se contrae,
de ella esperando que llegue,
y de él temiendo que falte.
pues sabes lo que te escucho,
escucha lo que no sabes:
en el gran reino de Creta
nació, y nació rey
Sale Polivias
tu padre,
te escucha.
válgame el cielo,
que harán de estar mis pesares
al corazón tan atados
que, ni aun el más breve instante,
a los labios ni a la voz
se les permita asomarse.
a vuestras plantas, señor,
siempre que os veo.
abrazadme,
que el cariño que yo os tengo
no consiente otro hospedaje.
Salen Amintas, y Julio
vengo a saber, gran señor,
qué me mandas.
Julio aparte
De espaldas ha de estar con Polivias hablando Epicharis
que aunque otra cosa quería,
esto importa más: fiarte
quiero todo el corazón,
porque mis felicidades
tú las perficiones, pues
fuiste quien las empezaste.
yo adoro a esa Ninfa hermosa
que habla con Polivias, nadie
podrá con menos reparo
que tú hablarla de mi parte
y decirla.
mira, hija,
que se va ya haciendo tarde,
ve a prevenir el altar
para el sacrificio.
antes
que se vaya la diré.
lo que me ordenas.
Harásme
feliz, fortuna, a mi amor,
¿cuándo has de ser favorable?
Vase.
Aun está ahí Polivias, Julio.
Señor.
Pues yo iré a ayudarte
porque más presto...
Sale Tomiris.
Polivias, Epicharis, oíd aparte.
Luego volveré, señora,
por si tienes que mandarme.
Vase Epicharis, y ponese en su lugar Tomiris.
Aun se está ahí, y ¿has sabido
después, señor, que la hablaste,
quién es?
Solo sé que el nombre
es Tomiris.
¿Y apuraste
el hombre que te libró
quién era?
No pude olvidarme
cuando le debo la vida:
primo es del Rey, apartarme
es bien de que el beneficio
le deba a un hombre tan grande.
¿Y sabes cómo se llama?
Sí, Arístides.
Perdonadme
que voy a lo que os he dicho.
Vase.
Ya se fue.
Yo iré...
Vase a entrar Tomiris, y sin verla Amintas la detiene.
Escuchadme;
mas válgame el cielo, a quien
se opuso tanto la dicha,
que el no verte sea desdicha
y el verte lo sea también.
Amintas, que en mí el rigor
triunfe con mi cobardía,
es medrosa su osadía
y es valiente mi temor.
El Rey lo manda, y excita
mi pecho el dolor atroz,
mas, ¡ay de mí!, que a la voz
la enmudece ya la vista.
Ya hay otro competidor,
penas callar y sentir,
porque aquí no es el sufrir
fineza, sino primor.
Mas yo llego que el agravio
yo misma le diligencio;
si deseo hablar al silencio
lo que hago callar al labio;
tú me llamaste, y espero
saber lo que quieres.
No
lo sé ya, ¡ojalá que yo
olvidara lo que quiero!
¿Qué miras?
No sé.
Pues, ¡ay!
¿Qué temes?
No sé.
Pues ¿qué
sabes? Habla.
Mucho sé,
pues sé no saber de mí.
¡Oh, qué guerra tan tirana,
o la que hacen sus reflejos!
pues me matan desde lejos;
en fin, es guerra galana.
Tu amante a decirte envía
conmigo...
¿Qué has pronunciado?
¿Tú te atreves al sagrado?
¿A esto llamas osadía?
Esto es temer, no es osar,
y es, señora, si se advierte,
salir a buscar la muerte
que no me atrevo a esperar.
El rey (¡oh fiero tormento!)
dice (¡oh rigurosa ley!)
que te adora.
Si es el rey,
perdono el atrevimiento.
¡Ah, pese al hado enemigo!
Pues tan riguroso está,
¿cómo el castigo será
donde el perdón es castigo?
¿Pues esto oigo, mis gemidos
de mi vida hagan despojos?
¿Cómo consienten mis ojos
que me maten mis oídos?
Baste ya, Amintas, detente,
que no es bien que en tu pasión,
siendo tuya la ignorancia,
parezca mío el error.
Si el tuyo se persuade
a que yo de la atención
del rey puedo ser objeto,
ya que el grado superior
del trono ha adquirido sobre
mi rigor jurisdicción,
repara en que ni el rey puede
atenderme a mí, ni yo,
por mí y por mi vanidad,
el lugar y estimación
diera a la soberanía
que al rendimiento no doy.
Dime pues de qué ha nacido
la injusta equivocación
que, empezando en tu voz susto,
llega ya a mi oído horror.
¿Equivocación, señora?
¡Ay de mí! Pluguiera a Amor
que así fuera.
¿Y no es así?
No, señora.
¿Cómo no?
¿Cómo no la puede haber
en quien a mí me mandó
que te hablara?
¿Pues quién fue?
El rey mismo.
¡Ay tal furor!
Mira que eso no es posible.
¿No es posible? Pues si no
me crees dilo tú, Julio.
Ha de ser con juro a Dios,
porque juro a Dios que es cierto;
y cuando mi amo lo oyó,
el salto daba, y dio el brinco
porque del rey la pasión
mil saltos nos cuesta, y mil
sobresaltos a los dos.
Pues por más que tu porfía
pase a ser obstinación,
se engaña.
Pues, ¡ay!, ¿yo mismo
no oí que la adoración
del rey perdonabas?
Sí.
¿Luego cierto es?
Antes no,
porque a ser cierta la culpa
no fuera cierto el perdón.
¿Pues en qué consiste esta
misteriosa confusión?
No más de en que...
Sale Ericina.
el Rey tu hermano
pasa por el mirador
del templo
el acaso ha dicho
lo que el cuidado calló
su hermano? pues a qué dama
hablar el Rey me mandó?
que hagan los cielos que en todo
obre contra mi intención
mas cuando posible fuera
lo que tu engaño creyó
por qué has de sentirlo tú?
no es fácil dar la razón
porque el sentir no consiste
con razón, sino en dolor
pues escuchar ya no puedo
ni tu dolor ni tu voz
ignorando yo quién eres
y sabiendo tú quién soy
bien puedes, señora, oírme
sin riesgo de compasión
que el clamor de un infelice
aunque le atienda el rigor
se detiene en el oído
y no pasa al corazón
sabes tú que en este templo
ninguna humana pasión
se permite
sé que aquí
el rigor aseguro
ser respetado llamando
decoro a la sinrazón
no hay sinrazón cuando hay culpas
de osadía
no el baldón
des de osada a una osadía
que se esfuerza a ser temor
quién defiende ese error?
quién
defiende esotro
Canta.
yo
Canta.
yo
mas qué es lo que escucho, cielos
qué sonora suspensión
se oye en el aire
en el templo
es la armonía que se oyó
que hoy empieza el sacrificio
con la ingeniosa cuestión
de si el amor que es decente
debe permitirse o no
Diana mi razón defiende
el cielo oyó mi clamor
pues que le asiste
Canta.
yo
pues
a ampararla baja
Canta.
yo
Bajan por el aire, ocupan el tablado
yo defiendo
yo condeno
al Amor
a aquel Amor
que es su ceguedad
con vista
atención
desatención
aunque hace sentido unido
el acento de las dos,
presumo que dijo la una
Canta la Ninfa 1.ª y representa Tomiris
yo defiendo al Amor
cuya ceguedad
es toda atención
y también si es que distingo
la una entre la otra voz
me pareció que decía
Yo condeno al Amor
aquel cuya vista
es desatención.
Pues, oyes que una deidad
califica el superior
afecto, en quien misteriosa
divina transformación
hizo mérito el delito
y la locura razón.
Pues a otra deidad escuchas
que su voz acreditó
que nunca es pura la llama
que enciende la inclinación,
pues se oculta la pureza
entre la luz del ardor.
Di con ella.
Di con ella.
Yo defiendo al Amor,
cuya ceguedad
es toda atención.
Yo condeno al Amor,
aquel que con vista
es desatención.
Llama que disimulando el fuego
su actividad suspendió,
dejando de ser estrago
pasa a ser veneración.
Dice bien.
No dice bien,
pues que hizo aunque reprimió
lo voraz, si no reprime
lo ruidoso el esplendor.
Llama que con su luz quiere
disfrazar su rigor,
si no llega a ser delito
no deja de ser ficción.
Canta ninfa 2ª y representa Tomiris.
Dice bien.
No dice bien,
pues no finge el que intentó
adornar su rendimiento
con el traje del temor.
Bien puede amar quien supiere
hablar con tan muda voz,
que sin comprenderla el oído
la perciba el corazón.
No puede.
Sí puede, pues
no es faltar a la atención
dar voz a los ojos, que esto
no es culpa, sino primor.
No puede amar ni aun quien calla,
pues no es ofensa menor
el silencio, si el silencio
explica más la intención.
Sí puede.
No puede, pues
el que con la vista habló
quiere lo que calla, y la ofensa
consiste en la explicación.
Sí, pero ¿lo que el respeto
podrá culparlo el rigor?
No, pero ¿el que habla en cualquiera
idioma, no delinquió?
Sí, pero ¿será delito
hurtarle el ruido a la voz?
No, pero ¿en los ojos no hace
ruido la pronunciación?
Sí, pero ¿falta al silencio?
No, pero excusa el rumor.
Sí, pero aquel no atreverse...
No, pero...
No más, que no...
caben ya en vista, ni oído,
tu hermosura y discreción,
y ya al verte y al oírte
vencido el dios quedó;
que aunque tu razón persuade,
convence tu perfección,
mas quien la razón te niega
y a ese tiempo te dejó,
con tu hermosura te deja
con más eficaz razón.
Cantando y representando
Yo defiendo
yo condeno
al Amor,
a aquel Amor,
que es su ceguedad
con vista.
Atención.
Desatención.
Ya sobre el altar, señora,
la víctima está.
Desaparecen las ninfas
Ya voy.
Y tú, ignorado extranjero,
vete en paz, no vuelvas, no,
a mi presencia, a que sea
tu elocuente turbación
tu estudio de justo más
retórico que tu voz;
o haré que halles en mis ojos
nuevo peligro, o mayor,
que si irritados los miras
has de ver que no igualó
al rigor de una hermosura
la hermosura de un rigor.
Vase
¿Mayor peligro que el verte?
Mayor si irritada estoy.
Quien en tus ojos repara
no atiende a tu indignación.
Apartaré yo mis ojos.
Seguiré yo su esplendor.
Llevarelos,
No es capaz
de ceguedades el sol.
Sacarelos, y no apure
mi razón tu sinrazón,
que aunque pese a mi hermosura
haré que aprenda el furor
a manejar el aljaba
y a disparar el arpón.
Y si el poder de mis ojos
a mi justa saña doy,
y al arco le hurta la flecha
mi ira, y no mi perfección,
menos activo mi acero
será, pero más atroz;
porque faltará a la herida
lo halagüeño del dolor.
¿Qué incendio es este que ignora
y padece el corazón?
Mas bien conocido está,
pues le desconozco yo.
Vase
Espera, imposible hermoso,
no hagas mi pena mayor
con tu ausencia, que tu amable
peregrina perfección
y es, siendo en la vista gozo,
en la memoria, dolor.
Vase
Espera, ingrata, y no huyas
con tanto impulso veloz,
con tanta agradable saña,
con tanto hermoso rigor,
con tanto donaire esquivo,
tanta flecha y tanto arpón.
Que aunque tú con estos tantos
convidaste, y quise yo,
es gran fullería ganarme
con tantos el corazón.
Vase.
Salen Arístides y Pericles.
Ya que en la ausencia del sol
y en su postrer paroxismo
luces el mar ha apagado
y el cielo las ha encendido,
amparado de la noche
lograr podré mi designio,
que no hay luz como las sombras
para alumbrar un delito.
Mira qué aventuras.
Nada
puedo aventurar, amigo,
que no peligra en lo osado
quien muere de lo remiso.
¿Arrimaste ya la escala
al templo?
Ya donde has dicho
queda.
Pues aquesta noche
he de ver bello prodigio,
si sabe ser más mañosa
la violencia que el cariño.
Tú, así que yo suba, quita
la escala, mas prevenido
estarás para volver
a ponerla si te aviso.
Salen Amintas y Julio, y quédanse al paño.
¿No ves, Julio, a aquellos hombres
que desde lejos seguimos,
que de puro cuidadosos
están los dos divertidos?
Quien tuviera sus cuidados,
mas no, que es mejor el mío.
Mucho hacia el templo se acercan,
atiende bien.
Es preciso
que a los galanes nos cuadra
lo curioso.
No hay peligro,
aunque voy sin mí, mas esto
no es turbación, es aviso,
que como apartar no puedo
de mí a Tomiris, y evito
con mi presencia su ceño
y su rigor, cuerdo elijo
ir yo sin mí para que
vaya Tomiris conmigo.
Vase.
Aunque con la oscuridad
lucha mi atención, distingo
mal sus pasos, pero, ¿ciegos,
o miente la vista, o miro
arrimada a la pared
del templo una escala?
Es fijo;
y por ella, ¡pian, pian!, sube
uno de los contenidos.
No sube, mientes, villano.
No sube, que ya ha subido.
¡Ay de mí!, ¿qué haré, romero?
Si le dejo, y si le sigo,
delinco, e importa menos
mi muerte que mi delito.
¿Qué haré, atención? ¿Huir? ¿Qué haré,
amor? ¿Llegar? A pie quedo
de la atención. Siempre que
la acompañare el cariño,
mas, como, estando Tomiris
dentro del templo divino,
y viendo que humana huella
profana tal mansión,
esto es pena, es rabia, es muerte,
Sí, mas tente, afecto mío;
no nombres celos, y para
explicar bien su martirio
cumpla el labio con callarlo,
que el dolor sabrá decirlo.
¡Ah, señor!, mas ya atrevido
va subiendo, arrojo raro,
que ya que nos cuesta caro
todo lo que se ha subido.
Otro viene; irme conviene,
que a mí se me da
tanto del que se va
como del que se viene.
Sale Perides.
Fuime para que pasasen
dos hombres que había aquí,
porque, reparando en mí,
la escala no divisasen.
Ahora quitarla quiero,
mas otro hombre se ha parado;
recataré mi cuidado
hablándole. ¡Ah, caballero!
De tragarme tiene talle.
¿En qué puede a usted servir?
¿Sabráisme acaso decir
si hay posada en esta calle?
Dejan escandalizadas
mis orejas sus razones.
Hombre, en la villa hay mesones;
solo en palacio hay posadas.
Así, si tener intenta
vida y alma resguardada,
guárdese de cualquier posada,
que roban más que en una venta.
Fuese. Dicha es no pequeña,
y pues se fue, quitaré
la escala y esperaré
que haga Arístides la seña.
vase, y sale Arístides
Todo hasta aquí es confusión,
todo es caos, todo es abismo,
pero las sacerdotisas
sin duda en los sacrificios
estarán, puesto que el sombra
y soledad cuanto piso.
Deidad soberana,
atiende a los himnos
con cuya armonía
el culto ha sabido
hacer que parezcan
diversión los ritos.
También su acento me guía
por este lóbrego sitio,
pues a la luz de su voz
se hacen ojos mis oídos;
hacia allí estará el altar,
acercarme determino,
que puesto que en esta caja
traigo el violento artificio
para que el fuego que oculta
siendo en el prender remiso
en cebándose su incendio
sea en el obrar activo,
le aplicaré a la materia
más dispuesta, y encendido
cuando se entreguen al sueño
se verá en un volcán mismo
tener mi inquietud remedio
y su sosiego peligro;
pero o me engaño, o allí
dispensa ya aquel resquicio
alguna luz, ¡qué de sed!
que los ojos, indecisos
aún no la han visto, pero
el deseo ya la ha visto.
Pone la cazuela detrás del paño.
y los ojos también esto
ya con el tacto distingo,
más que con la vista, que es
algún retirado nicho
que está detrás del altar;
que este es altar, aquí aplico
el prevenido compuesto,
y de la luz me retiro,
que aunque el delito cometo,
no quiero ver el delito.
Entra por una puerta, y sale por otra.
Sale Amintas.
Mal segura estancia es esta,
pues luz aquí no diviso.
¿Dónde me lleva, cielos,
tu rigor haciendo impío,
que aprendan de mi paciencia
ceguedades mis sentidos?
Por más que el tacto persuade,
ser mármoles los que piso,
parece que en lo ignorado
se desmiente lo vecino.
Sigo a aquel traidor aleve
que a profanar este sitio
entró, y no le encuentro, ¡ah cielos!
mis iras le han escondido,
pues ellas me ciegan más
que las sombras; iras, idos,
que no hacéis falta, pues para
vengarme de este enemigo
bastantes iras me quedan
donde queda mi cariño.
Ya la caja, en cuyo seno
se oculta el ardiente hechizo,
que puse al pie del altar,
presto obrará.
Mas, ¿qué he oído?
Este es el traidor, y esta
la traición. Dioses divinos,
si es más que el oído veloz
la vista, ¿cómo examino
que antes que al traidor mis ojos
ven la traición mis oídos?
Y pues que la ven observen
los pasos de sus designios.
Mía, Tomiris, será,
a pesar de mi destino.
Saca la espada.
¿Qué escucho? ¡Cielos, yo muero!
Mas quien creyera, hado impío,
que como para la vista
hay basiliscos nocivos,
pudiera haber también para
el oído basiliscos.
Mas, dolor mío, silencio,
y entendamos lo que oímos.
Aquí hay una caja puesta
al pie del altar; benignos
dioses, a Tomiris bella
librad de cualquier peligro.
Hay también aquí un aleve,
que... pero, ¿en vano porfío
que esto el dolor lo pronuncie?
Mejor lo dirá mi brío.
¡Muere, traidor!
¿Qué es aquesto?
¿Hombre aquí? ¡Muere, enemigo!
Aunque a los cielos te subas.
Aunque te esconda el abismo.
Mi ira.
Mi furor.
Mi saña.
Dentro del templo, ruido de espadas.
Acudid todos.
Abrid del templo divino
las puertas, y a socorrerle
entrad todos.
Dicha ha sido
que el Rey acertase a hallarse.
A la puerta.
Dentro.
¿Quién al digno
sagrado templo se atreve?
Salen Poliduras, el Rey, Tomiris, Epicharis, Ericina, y acompañamiento con luces.
¿Quién aquí? Pero, ¿qué miro!
¿Quién profana? Mas, ¿qué veo!
¿Quién se atreve? Mas, ¿qué he visto!
¡Válgame Dios!, ¡qué de cosas
aquí en un instante mismo
concurren para alumbrar
y confundir mis sentidos!
¡Cielos!, pues perdí a Tomiris,
ya en nada la vida estimo.
Sin duda a hablar a Epicharis
por mi Amintas ha venido.
Sin duda del Rey enviado
Amintas hablarme quiso.
Esto en un amante, más
que atrevimiento, es delirio.
¡Dioses!, ¿cómo así me asusta
de este joven el peligro?
Éste es Arístides, y éste
es a quien el beneficio
debo de darme la vida
al salir del mar; ¡ah, impíos
cielos!, pues tal vez os hace
más crueles lo benigno!
Éste es Amintas, a quien
socorrí, y aunque es mi amigo,
podrá no culparme a mí,
mas disculparse es preciso.
Muera Arístides, mas no;
honore a quien tanto he debido.
¿Quién su disculpa encontrara?
Mucho temo y mal resisto,
por ser piadosa con él,
ser rigurosa conmigo.
Yo, fiscal soy; de quien sea
abogado solicito;
pero paciencia, infelices
jóvenes, cuyo destino
fue con entrambos aun más
cruel que vuestro delito;
pena tenéis de la vida,
porque este sagrado sitio
violasteis, si no es que fue
de esta alevosía motivo
alguna piedad; mas, si
quedáis los dos convencidos,
mandan los Dioses que os cubra
la llama del sacrificio,
mas para purificaros
que no para consumiros.
La vida me deje, y si
culpándole se la quito,
no usurpo lo que es ajeno,
sino cobro lo que es mío.
Mi obligación y mi amor
compiten, mas no indeciso
debo estar, pues mi inocencia
acompaña a mi cariño.
Acompáñale también
este ardor, este encendido
volcán que fomenta el ver
que hay quien mira lo que miro,
quien adora lo que adoro,
quien se rinde a quien me rindo.
Aquí el sufrimiento falta,
que en los males más activos
no es tanto mal el tenerlos
como el no poder sufrirlos;
mas, ¿qué dudo?, esto ha de ser.
¿No os disculpáis?
Solo digo
que en mí nunca pudo haber
culpa.
Eso yo he de decirlo.
¡Ay de mí! Ahora declara
el suceso.
Rey invicto,
ninfas del templo sagrado,
noble anciano, que estos ritos
deben lo estable a tu ejemplo
aun mucho más que a su oficio:
yo solo el culpado fui,
yo el agresor, yo el castigo
merezco, que de esto solo
puede un infeliz ser digno.
¿Qué escucho? ¡Cielos! ¡Oh, ejemplo
de fineza nunca visto!
¡Oh, cuánto su culpa siento!
¡Cielos! ¿Cómo más me aflijo
de ver a Amintas culpado
que no al ídolo ofendido?
¿Cómo, si de su culpa puedo
librarle...?
Dioses divinos,
su muerte evitad, pues creo
que el joven no ha delinquido
y el ara más la profana
la inocencia que el delito.
No ha de ser, yo he de morir,
que ya que su ánimo invicto
en la desgracia me iguale,
no ha de excederme en el brío.
Dentro.
¡Muera el que ha violado el templo!
¿Cómo esta injuria permito?
No muera, tened, que yo solo
he de morir.
¿Qué motivo
te obliga a ser injusto, amigo?
Tu fineza, o mi destino.
¡Oh, gran rey! Dignos moradores
de Papho, yo solo he sido
el delincuente, y yo solo
fui quien merece el suplicio.
Dentro.
¡Muera, pues él se condena!
Tened, no muera. ¿Qué has dicho?
Que yo delinquí.
Os engaña,
que yo fui.
Es artificio
de su fineza, que yo...
No le creáis.
Pues ¿tú mismo
no sabes que estoy culpado?
Aparte.
Entrase.
No, y en aqueste litigio
yo lo seré más, si deseo
que tú seas el más fino.
Y si aun no me creéis a mí,
contra mí aclaros me obligo
de mi insulto, y su inocencia,
aún más evidente indicio.
Ahora es preciso valerme
de lo que a él propio le he oído.
Ya no tardará el efeto
del incendio prevenido,
y temo...
Vuelve a salir Amintas con la cazuela.
Déjala en el suelo.
Aparte.
Al pie del altar,
este compuesto nocivo
habrá de ser ruina
del templo. ¡Huid su maleficio!
No le miréis, porque es todo
veneno y basiliscos.
Yo no sé si es que en la caja
hay incendio o hay hechizo.
¿Quién vio tan extraño caso?
Sale fuego de la cazuela.
¿Quién vio tan raro prodigio?
Segunda vez hado injusto
al templo del fuego eximo,
más que propio ha sido siempre
del que infeliz ha nacido
obrar contra su intención.
En vano al cielo resisto,
y pues él quiere que viva,
yo, y muera Amintas, elijo,
aunque ofenda a mi decoro,
no oponerme a su destino;
que, en fin, viviendo lograr
podré otra vez mi designio.
Ilustre corte de Chipre,
todos podéis ser testigos
de que a este noble extranjero,
a costa de mi peligro,
intenté librar del riesgo.
Yo no sé si ha delinquido,
mas quien tiene infausta estrella
no ha menester más delito;
ni yo he menester más muerte,
pues cuando mejor libro
la vida, la que he ganado,
y el alma, la que he perdido.
Vase.
Amintas, el reino, el ser,
todo es tuyo, soy tu amigo.
Tu delito es reservado
a los Dioses, y es preciso
dejarte, que el verte estando
mi poder sin ejercicio,
es desairar mi fineza
mucho más que mi dominio;
ni aun a mi rara Epidoxis
mi turbación se ha atrevido.
Vase.
Yo también, pues con mi llanto
más te congojo que alivio,
y no quiero que en tu pena
sean cómplices mis gemidos.
Vase.
Sin duda te lisonjea
mi aflicción, pues has querido
con un cargo voluntario
hacer un dolor preciso.
En vano a preparar voy
la hoguera del sacrificio,
pues ha de apagar mi llanto
cuanta enciendan mis suspiros.
Vase.
También me voy, que no quiero
que creas que lo que al bies
callando está lo irritado,
lo dice lo compasivo.
Hace que se va, y detiénela él.
¿Así os vais?
¿Me detenéis?
Pues, ¿no es tiranía el iros
y dejar a un triste solo?
Pues los demás que se han ido,
¿no os dejaron solo?
No.
¿Cómo no, si a nadie miro?
Porque no hace soledad
quien compañía no hizo.
¿Sabéis que sois delincuente?
Sé, señora, que lo he dicho.
¿Decíslo y osáis hablarme?
Yo no os hablo, os sacrifico.
Deidad sois, víctima son
mis palabras, si el cuchillo
no veis. No escuchéis la voz;
mirad, ved el sacrificio,
que el oído oír no podrá
si le hace la vista ruido.
Cielos, mis sentidos todos
conspiran, y hacia el peligro
tropieza la vista en cuantos
pasos va dando el oído.
Mirad que no es libertad
la libertad que yo os rindo.
En conservando ese nombre
no es atención, es delito.
Al instante que se rinde
deja de ser albedrío.
Para que el mío lo sea
del vuestro no necesito,
que tienen menos poder
unidos dos albedríos.
Pues ¿dejará de ser triunfo
vencer aunque sea a un rendido?
¿Y dejaré de tener
riesgo aquel tiempo que lidio?
¿Qué riesgo si el entregaros
la libertad no resisto?
Más que a sujetar la vuestra
a conservar la mía aspiro,
porque considero que
triunfo me labra más digno
la libertad que conservo
que la libertad que quito.
En fin, ¿que no permitís
mi adoración?
Solo os digo
que el que hayáis de morir siento.
Pues yo que me mate afirmo
más presto que el mal que espero
el bien de que desconfío.
Mirad.
Ya ni aun mirar oso.
Venced.
Mal podrá un vencido.
Alentad.
Sin alma estoy.
Reparad.
Estoy sin juicio;
mirad vos.
¿Y mi decoro?
Venceos.
¿Y mi peligro?
Alentad.
¿Y mi temor?
Reparad.
¿Y el rigor mío?
Pues si no hay remedio, venga
la muerte, porque es preciso
que de un daño sin remedio
sea remedio el daño mismo.
Esperad.
Esto ha de ser.
¿Qué intentáis?
Mi precipicio.
Creed.
Que soy desdichado.
¿Y este llanto?
¡Oh nuevo hechizo!
Para el que te ve, veneno,
para el que te vierte, alivio;
empiezas dolor, prosigues
descanso, acabas martirio.
Sale Polinias.
Ya la cárcel destinada
para los que a los divinos
dioses ofenden espera.
No sus cadenas resisto,
que no teme las de preso
quien lleva las de cautivo.
¿Que en fin no hay remedio?
No.
¡Ay, infeliz!
Solo os pido
Nada dudéis.
que ese llanto
reservéis.
Ya está vertido.
Para cuando...
¿Para cuándo?
Sepáis que muero de fino.
Sabed vos...
¿Qué he de saber?
Que yo...
Decid.
Mal me explico.
Acabad,
que a lo que callo
debéis más que a lo que digo.
Pues ya la muerte no temo.
Ya la vida no codicio.
¡Qué hermosura!
¡Qué desgracia!
Muerto voy.
Mortal respiro.
Vanse.
Cielos, para ejemplo baste
el susto, baste el aviso,
no convirtáis en cenizas
al joven, aunque hayáis dicho
que de vuestro justo enojo
sabe ser siempre testigo
más fiel, y más permanente
el polvo que el edificio.
Salen Amintas y Julio.
¿Posible es, señor, que des
en tan grande desvarío?
En muriendo tú, amo mío,
¿qué haremos los dos después?
Si finezas por barbados
haces, no valdrán un real,
y quedarán sin caudal
todos los enamorados.
Si él te dio vida, y fruncida
Tomiris te mata, ingrata,
mátete la que te mata
mas no el que te da la vida.
Aquesto, Julio, ha de ser,
que fuera torpe ignorar,
a quien me supo obligar
no saber yo agradecer.
¿En las aras no reparas
que el quemarte contradice
a la amistad? Pues se dice
que el amigo hasta las aras.
Y de Arístides, ¿no ves
que gran fortuna no alcanza?
Nunca atiende a la esperanza
quien obra sin interés.
De todo el oro el valor
en mi animosa hidalguía
podrá ser posesión mía,
pero no mi poseedor.
De amigos es cosa nueva
el serlo en suerte tirana.
La prosperidad los gana
y la adversidad los prueba,
a más que yo a hacer no vengo
fineza alguna, pues soy
tan mal pagador que doy
una vida que no tengo.
Yo tampoco, que aunque reacio
defendí la mía, ya
ha muchos días que está
tomada para palacio.
Tu vida segura está
si tú la has de dar.
No mucho,
que a estas ninfas el más ducho
comprenderlas no podrá;
nunca su rigor limitan,
la vida a nadie permiten,
si se la dan no la admiten,
si no se la dan la quitan;
y pues de una misma herida
sin vida ambos nos hallamos,
¿qué esperamos, que no vamos
los dos a buscar la vida?
Mi pasión temo que impida
mi muerte, que aunque en mi amor
la herida causa el dolor,
el dolor cura la herida.
No es no vivir mi intención,
solo mi muerte procura,
si la causa su hermosura
que se deba a mi atención.
Pues tienes alma, señor,
para morir y perder
a Tomiris, que exceder
sabe del Mayo el primor,
que si él cada año, acaso,
una vez flores previene,
su pie, si acaso le tiene,
las produce a cada paso.
Viviendo con ansias tales
morir es mejor acuerdo,
pues con mi muerte no pierdo
otra cosa que mis males.
Si no la he de merecer,
morir es asegurar,
no pudiéndola ganar,
no poderla ya perder;
pero temo en esta acción
que el destino la impida,
quien solo acertó en su vida
a obrar contra su intención.
Sale Polinias.
Temiendo el castigo atroz,
vuelve mi tierno quebranto
a ver si elocuente el llanto
persuade más que la voz.
Que vuestra piedad uséis
con un delincuente admira,
pues dais a entender que la ira
de los dioses no teméis.
Poco temo su poder,
que quien cercano al morir
tiene menos que vivir
tendrá menos que temer,
a más de que mi intención
no delinque, que a su saña
no le desaira el castigo
quien procura su templanza;
no se opone a su poder
el que de tu enmienda trata,
ni pierde el respeto al rayo
quien con el laurel se abraza,
ni a sus hojas, porque aunque
parezca que se maltratan,
es temor que las venera
la osadía que las aja.
Tú has profanado dos veces
el templo: una, cuando blanda
tu pasión habló a Tomiris;
y otra, después, cuando entrabas
a abrasarle; y cree que no
enojó menos a Diana
verte tierno con sus ninfas
que irritado con sus aras.
Si postrado a su deidad
incienso a su altar consagras,
el mismo humo que ennegrece
el aire, tu culpa lava;
pero si cruel contigo
no te rindes a adorarla,
y a un irreverente error
le das nombre de constancia,
no te mata su castigo,
que tu obstinación te mata.
¿Yo confesar una injusta,
mentida, aleve, tirana
deidad? Eso era crecer
la culpa en vez de enmendarla,
porque no es mayor delito,
ya que deidades las llamas,
negar una verdadera
que confesar una falsa.
Defiende la vida.
A mí
no ha de servirme de nada,
que muerte como la mía
la vida no la restaura;
¿puedo merecer viviendo
a Tomiris?
No, que a la alta
deidad de Diana hermosa,
una vez ya consagrada,
no puede admitir esposo,
si no es que en el reino falta
la sucesión, o si no es
que el templo arruinado caiga;
y así no es de la elección
de Tomiris la unión blanda
de Himeneo, que esta pende
de la ruina o de la parca.
Mira cuál es mi fortuna,
que es imposible lograrla
si no me la facilita
el estrago o la guadaña.
Si al fuego tu vida entregas,
a quien adoras desairas,
pues haces que pueda tanto
como sus ojos la llama.
Si fueras de sangre real,
Amintas, no peligraras.
¿Por qué?
Porque a esos exime
la ley que a todos alcanza.
Cielos, ¿qué importa que pueda
librarme mi real prosapia
si después el no poder
ser de Tomiris me mata?
¿Que en fin has de morir?
Sí.
¿Y mi persuasión?
Me halaga.
¿Y mi pena?
Me lastima.
¿Y mi afecto?
Me avasalla.
¿Y mi llanto?
Me enternece.
¿Y aun no basta?
No, aun no basta,
porque ¿qué importa que puedan
tanto conmigo tus canas,
tu voz, tu pena, tu llanto,
si puede más mi desgracia?
Yo hallara obediencia si otro
de tus señas me escuchara,
que aunque las miro confusas
mi afecto me las retrata.
¿De mis señas? ¡Qué oigo!
Sí.
Di por qué.
No puedo.
Aguarda.
No porfíes si no quieres
que el pecho en incendios arda,
porque si este tierno llanto
que aquí mis mejillas baña
le traslado a la memoria
verás que la misma agua
que el rostro tierna humedece
cruel la memoria abrasa.
Vase.
¿Qué enigmas son estas, cielos,
que tanto me sobresaltan,
que aunque lo que dice asusta
me asusta más lo que calla?
Sale el Rey.
Porque mi agradecimiento
no perdone circunstancia,
vuelvo a procurar, Amintas,
librar tu vida que, aunque asaz
delinquido contra el cielo
donde mi poder no alcanza,
intenta mi persuasión
ver si puede suplir grata
la debilidad del cetro,
la fuerza de las palabras.
Señor, ¿vuestra majestad
busca a un preso? ¿No repara
cuán mal el trono y la culpa
se unen, y cuánta distancia
hay del que un reino sustenta
al que una cadena arrastra?
Yo he sabido, Amintas noble,
que quien me armó la emboscada
de que me libraste fue
Arístidas, cuya rabia
o cuya ambición desea
mi muerte, pero probanza
para el castigo no la hay;
mas si tú le acumularas
la culpa que a ti te imputas,
enmendaras tu desgracia,
nuevo laurel me tejías,
segunda vida me dabas,
¿Es posible, gran señor,
que así mi valor agravias,
así mi decoro injurias,
así mi nobleza ultrajas?
¿Yo por ti ni por mí había
de cometer una infamia?
¿Yo dar a entender que estimo
la vida más que la fama?
¿Y a esto das nombre de enmienda?
Mira, señor, que te engañas;
no enmienda el daño el que ciego
a otro daño mayor pasa,
que este tránsito no es
enmienda sino mudanza.
Razón tienes, mas la dicha
de una vida, la esperanza
de un bien, ¿no podrá dejar
menos teñida esa mancha?
No, porque ni el mal ni el bien
me altera, y si lo reparas
no menos el bien que el mal
turba, aflige, hiere y mata.
El mal cuando se apresura
y el bien cuando se retarda,
mas muestra más hidalguía
del bien que del mal la saña,
que el mal para obrar se acerca
y el bien para herir se aparta.
Si tanto tu honor estimas,
fuerza es para vivir que hagas
a Diana sacrificios;
pesa ahora en una balanza
el baldón y el culto, y mira
cuál siente más tu constancia,
ver profanado tu honor
o esa deidad venerada.
Ni uno ni otro medio admito,
que a la deidad que me agravia
adorarla, más que culto,
parece miedo, y aunque abra
camino el temor al logro
de vencer esta batalla,
más que victoria es ultraje
el triunfo que el miedo gana.
Pues ¿qué resuelves?
Morir.
¿Y mi amistad?
Venerarla.
¿Y mi peligro?
Sentirle.
¿Y tu vida?
Despreciarla.
¿Y mi cuidado?
Me asusta.
¿Y mi fineza?
Me pasma.
¿Y mi ruego?
Me confunde.
¿Y aun no basta?
No, aun no basta;
pues ¿qué importa que al oírte,
hacia el ruego, hacia la grata
fineza, amistad, cuidado,
tierna mi voluntad vaya,
si, para que no prosiga,
cruel mi memoria me arrastra?
Pues, Amintas generoso,
supuesto que a tan contraria
suerte no hay remedio, y sabes
que el oráculo de Diana
predijo que yo a otro rey
vería en Chipre, y que mi hermana
también vería al sacrificio
que un opuesto al Rey que más ama,
estos anuncios mi muerte
bastantemente declaran;
acreedor de mi vida eres,
y pues no puedo pagarla,
contigo morir espero,
que no fuera acción hidalga
quedarme con lo que no
puede pagar mi obligada
estimación, y aunque es cierto
que mi muerte no restaura
la tuya, es cierto también
que esta vida, que si falta
a ninguno ha de servirnos,
a entrambos nos satisfaga.
Vase.
Fuese el Rey, y o yo me engaño,
o por allí ahora pasa
la hermosísima Tomiris,
que como esta cárcel saca
ventanas al templo, puedo
admirar belleza tanta.
Música lleva de ninfas,
que festivas la acompañan,
aunque rendidas la sirven.
Las tiene el empleo tan vanas,
que su misma vanidad
su rendimiento declara;
desde esa reja de afuera
podré mejor acecharla.
Vase.
Entra por una puerta, y sale por otra
Señores, el hombre está
fuera de sí, y lo que habla
no se le entiende; mas no
es mucho que juntos vayan
con la pepita en la lengua
los cascos de calabaza.
Allí va Ericina; quiero
ver si es que puedo llamarla,
pues si he de decir verdad
esta ojinegra muchacha
con adrezo de azabache
me da fieras estocadas,
y para que de la herida
pueda mi pecho hacer gala,
con la punta entra hasta la
guarnición de sus pestañas.
aquí los que no están presos
pueden salir, digo, a hidalga.
Sale Ericina.
Señor Julio, ¿qué es aquesto?
¿también está preso?
¡Ah, ingrata!
pues tú mis prisiones dudas.
Bien haces que puerta franca
me das con eso y podré
decirte con voces claras
mil locuras, y aunque exceda,
no podrás de mis palabras
ver los yerros, puesto que en
mis cadenas no reparas.
Pues ¿qué tenemos? ¿Qué quieres?
Dime para qué me llamas.
¿Qué quiero? Que a tu hermosura
me rindo en cuerpo y en alma.
No dudé que te rendías
desde que vi la llamada,
y ¿habrá capitulaciones?
¿Para qué, si no te casas?
Ni aquí puede haberlas, pues
tu entendimiento agraviara
si al oírte no me rindiera
a discreción.
¡Ay, qué gracia!
Mucho tu cara me cuesta.
¿Mucho? Di, ¿cuánto?
¡Ay, qué cara!
Sale Perides.
Aquí dijo que vendría
¡Atrevida, o taimada!
¿Hombre aquí? Habrá pepitoria
de orejas y de gargantas.
Perides entró, ¡tú seas
bien venido, estoy turbada!
No muy bien venido cuando
con ese hombrecillo habla,
y conmigo no hay ceremonias,
pues nada sufro, Deo gracias.
No hagamos esto pendencia,
y agradezca usted...
¿Qué garla?
A un voto...
¿Qué voto?
Que hice
de no reñir por mi dama,
que si no...
¿Qué hiciera?
Hacerle
ahora de muy buena gana,
que no pueda vencer yo esta
condición endemoniada.
¿De ese pícaro hacer caso?
Usted me honra.
¿De un fayanca?
¡Gran favor!
¿De un vil?
Lo estimo.
¿De un gallina?
Andallo, pavas.
Sin duda que me ha tratado
usted, pues así me trata.
¿Llegó a más de esto en su vida?
Sí, señor.
¿Ha de mirarla?
No, señor.
¿Y aunque la encuentre?
Sí, señor.
¿No hablar palabra?
No, señor.
Y porque vea
cuánta es mi piedad, si guarda
lo que le intima mi voz,
podrá irse noramala.
Cierto que esta cortesía
no hay cosa con qué pagarla,
válgame Dios lo que obliga
cualquiera que así agasaja.
Vase.
Si la maldita no suelto
antes que él, yo soy volada;
¿así se habla en mi presencia?
¿Somos, digo, en esta casa,
verduleras, que, si no,
nacen, viven en las malvas?
Si aquí intenta hacerse hombre,
sepa que no ha de hacer baza,
y si con trampa intentare
ganar, se irá con la trampa;
y sepa que a las mujeres
como yo, no se les habla
ni con entonada voz,
ni con voz desentonada.
Vase.
Vive Dios, que la he temido,
chispas hecha que me abrasan,
que, como el ardor de su ira
ha ido cebando la llama,
ya en la lumbre de sus ojos,
cuanto se miran son ascuas.
Vase.
Salen Tomiris, Epicharis, Ericina y Ninfas.
Ojos, no miréis, llorad,
que disculpa no es
del que al tierno llanto
no le conocéis.
Pues los ojos supieron llorar
primero que ver.
Proseguid, que mientras huésped
la voz del oído es,
lo que este padece, deja
la vista de padecer;
pero ¡qué mal de mis ojos
el llanto apartar podré!
Pues los ojos supieron llorar
primero que ver.
Aparte.
No así al dolor, gran señora,
entrada en tu pecho des,
que apenas entra en él cuando
luego se hace dueño de él;
dígalo yo, que obligada
de la adoración cortés
del Rey, más que no la vista,
sabe el corazón que es Rey.
Pues la ley que al delincuente
condena, manda también
que le hablen y persuadan
todos, por si puede ser
capaz de enmienda su culpa;
a mi presencia traed
a ese infeliz extranjero,
y si le libro fiel
la vida, dirán que pude
merecer más el laurel
cuando se la restituí
que cuando se la quité;
entra, Ericina, a llamarle.
Vase.
Ya te voy a obedecer.
Vosotras, más retiradas,
la música no dejéis,
que, mezclados suave acento
y cruel llanto, hemos de ver
si es que puede lo suave
desfigurar lo cruel.
Pues yo también, retirada,
con la música estaré,
sin que a compasión tan justa
se niegue mi pena; pues
¡ay, memoria que atormenta,
cuando hay ojos que no ven!
Vanse Epicharis y las ninfas, y sale Amintas.
Señora, vos...
Esperad,
que si vais a agradecer
mi piedad, no es piedad, que esto
solo es cumplir con la ley
que manda que al que los dioses
condenan a padecer
se procure que, rendido,
satisfaga al cielo, que
estima más una enmienda
que un castigo; porque ve
que da más ejemplo el llanto
que la sangre. Llegad, creed
que para el cielo, más noble,
mejor sacrificio es
ardor de incienso piadoso
que humo de llama cruel.
Mucho vuestra voz convence,
pero ya os dije otra vez
que estudiaron vuestros ojos
mejor retórica; pues
con más claro y suave estilo
Saben los dos convencer,
yo procuro combatir
mi pena, cuya altivez
con mi oposición mejora
su vencimiento, porque
como me fatiga tanto
el lidiar, y no vencer,
consigue con su victoria
mi desaliento también.
No busque en la resistencia
alivios el padecer,
que resistirse al dolor
nuevo, y mayor dolor es;
llorad, pues sabéis
que es el agua del llanto quien templa
la llama más bien.
Qué oráculo misterioso
ha acertado a responder
tan uniforme conmigo,
y ahora solo he visto que
de la voz de un infelice
sea el cielo eco fiel.
No de vuestro error guiado
o del afecto, cerréis
los ojos a la razón,
al brío, al triunfo, al laurel;
mirad que el morir no siempre
es constancia, porque quien
por no padecer padece
más teme que osa, que aunque
el riesgo mayor elige
del menor teme el poder,
y se rinde a él porque no
se atreve a lidiar con él.
Si decís que mi hermosura
os ciega, y llegáis a creer
que es aquesta ceguedad
vuestro mayor interés,
apartad de mis piedades
los ojos, y a mi desdén
los volved, y si aun no basta,
oídme, no me miréis,
porque levante el oído
lo que hizo la vista caer.
Hermosísima Tomiris,
cuya tirana esquivez
de todas las voluntades
se hizo amar, se hace temer;
yo os vi, no os vi, que un retrato
fue lo que vi, y adoré,
con el sol qué hará el que admira
la luz del amanecer.
Por buscaros he dejado
qué sé yo lo que dejé,
que el uso de la memoria
pasó a los ojos que os ven;
ni por vos ni por mí puede
ser con vos feliz mi fe,
por mí porque no os merezco,
por vos porque no queréis;
lo que intentáis no es librar
mi vida, sino querer
que el oficio de la llama
le ejerza vuestro desdén;
si podéis ser tan hermosa
sin ser cruel, para qué
permitís ese atributo
que alguna vez puede hacer
mal visto a vuestra deidad,
pues todos los triunfos que
logre ella podrá la envidia
atribuírselos a él;
aunque el fuego me consuma
parte en mi muerte tendréis,
que, pues en la llama hay
luz y crueldad, moriréis
deslumbrado y abrasado;
y así, señora, podéis,
tomando vos lo lucido,
dejarla a ella lo cruel.
Quien muere por no morir
a ambas muertes deja bien,
pues si de una el poder teme
de otra acredita el poder;
no el triunfo dudéis,
pues no es menos victoria obligar
a huir que vencer.
¿Que, en fin, mi razón no basta
para que el furor templéis?
Cuando os miro, no os escucho,
que fuera error descortés
gastar el tiempo en oír
que puedo emplear en ver.
Si afirmáis que el ser felice
consiste en verme, ¿por qué
decís que os falta la dicha
si delante la tenéis?
Ir delante la fortuna
no igual beneficio es,
porque al dichoso es guiarle
y al desdichado huir de él.
¿De manera que a morir
resuelto estáis?
No apliquéis
a mi flaqueza la culpa
que tiene vuestro poder.
¡Cielos, qué es esto, ay de mí!
Pues por más que procuré
la quietud del corazón
por la vista defender,
aplicando a ella el cuidado
del oído me olvidé,
y creo que las piedades
se me han entrado por él,
ya que nada mi razón
pueda, mi ruego...
Tened,
que al ruego no le conozco
y de esto no me culpéis,
que una obediencia fiel debe
al ruego desconocer.
Pues si la razón ni el ruego
no os convencen, no podréis
disputar con mi hermosura.
Para morir sí podré;
la hermosura es el peor medio
que pudisteis escoger,
pues con ella me quitáis
la vida que defendéis.
¿Que ni razón, ni hermosura,
ni ruego no han de valer
para con vos?
No, señora.
Pues yo más fuerza daré
a mi ruego, mi hermosura
y mi razón.
¿Cómo podréis?
Llora Tomiris.
Con este llanto que añade
más eficacia a los tres,
y pues ya en el pecho siento
un nuevo volcán arder,
socorredme aprisa, el agua.
Ojos, llorad, pues sabéis
que es el agua del llanto quien templa
la llama más bien.
Esto es, señora, añadir
un nuevo veneno que
embelece los sentidos
y que aviva el padecer.
Yo huyo de vuestra hermosura,
pero esta fuga creed
que es respeto, que es constancia,
que es valor, que atención es,
y aunque huyendo yo en la llama muera...
No el triunfo dudéis,
que no es menos victoria obligar
a huir que vencer.
¿Por qué morir?
Porque no
os puedo yo merecer.
Pues si todo el mal me sobra...
Si me falta todo el bien...
Si solo el llanto es alivio...
Si el no llorar, padecer...
A mis ojos,
a mis ojos,
les diré una y otra vez:
Ojos, no miréis, llorad,
que disculpa no es
que al tierno llanto
no le conocéis,
pues los ojos supieron llorar
primero que ver.
Vanse, y salen Arístides y Perides.
Pues que ya el Rey mi intención
ha sospechado, y pues ya
capaz mi pasión no está
de tan larga suspensión
ni el cielo a casar destina
al dueño que el pecho asalta
si el Rey su hermano no falta
o el templo no se arruina,
nada hay ya que discurrir,
que puesto que a mi pesar
al Rey no pude matar,
el templo he de destruir.
Señor, ya que te abalanza
tanto tu ciega pasión
a la desesperación,
fíale algo a la esperanza.
La esperanza viene a ser
dicha cruel y fingida,
pues acortando la vida
eterniza el padecer.
Y pues ardo en llamas ciego
en nada he de reparar,
y el fuego ha de restaurar
lo que ha consumido el fuego.
Abrasado ha de caer
el templo, deshecho y roto,
y así, libre ya del voto,
podrá Tomiris tener...
elección.
Tu cruel pasión
mucho tu pecho domina.
Más riesgo hay que en la ruina,
sin duda, en la dilación;
¿está todo prevenido?
Como lo mandaste está
dispuesto.
Hoy Chipre verá
que supe; pero, ¿qué ruido
se oye?
Voces dentro.
Del fuego al tormento
traen ya desde la prisión
a Amintas.
Buena ocasión
es para lograr mi intento,
y pues no es bien suspender
el incendio que intentamos,
ni que aquí nos vean, vamos,
cielos, a morir o vencer.
Vanse, y salen el Rey, Polivias, Tomiris,
Epícaris, Ericina, ninfas y acompañamiento,
y el Rey se sienta a un lado en una silla,
y al otro las mujeres en almohadas,
y Polivias se queda en medio en pie.
Aparte.
Hoy, señor, que la Justicia
del cielo que nunca erró,
aunque logre mucho aplauso,
merece igual compasión
hoy que ha de morir Amintas;
sin duda como el dolor
no cabe ya en todo el pecho,
busca lugar en la voz;
que asistáis mandan los Dioses,
que un Rey que la protección
del cielo ha logrado, debe
ser siempre su protector;
ya está la hoguera encendida,
y en ordenándolo vos,
saldrá el delincuente para
que se publique el pregón.
¿Qué he de ver morir a Amintas?
Mal Rey, mal amigo soy,
pues no sé dar una vida
a quien a mí me la dio.
Si llega al suplicio haré
ver que, a quien mi obligación
no pudo con una vida,
con una muerte pagó.
¡Ay de mí!, que en mis sentidos
padezco tal turbación
que mi dolor más parece
embeleco que dolor.
Si ya no hay remedio, haced
todo lo que os toca a vos,
porque el mal, cuando se espera,
le aumenta la dilación.
Dioses, ¿qué queréis de mí?
Cielos, piedad.
Muerta estoy.
Entra Polivias, y saca de la mano a
Amintas, y sale también Julio.
Aparte.
Salid, infelice joven,
que ya vuestro fin llegó,
y el mío también.
Qué poco
temo ya ningún rigor.
que pues he visto a Tomiris,
no a morir, a vivir voy.
Digo, ¿y a mí han de quemarme?
Señor sacrificador,
que yo no tengo delito
más del de querer a dos,
y si por esto se quema,
se encarecerá el carbón.
A Amintas.
A una ninfa.
Arrodillaos ante el ara,
decid lo que os toca a vos.
Arrodíllase Amintas delante del altar, que ha de descubrirse, y levántase una de las Ninfas y canta.
Atended, escuchad, oíd el pregón,
porque a noticia de todos
es bien que llegue mi voz,
oíd el pregón.
Esta es la justicia que
manda hacer el cielo hoy
a este hombre en quien más castiga
la piedad que no el rigor,
oíd el pregón.
Su pasión y alevosía
violaron el templo, y no
ardió porque se vio antes
la llama en su corazón,
oíd el pregón.
Si fuere de sangre real
libre queda, y si su error
le enmendare con el culto
templará a quien irritó,
oíd el pregón,
mas si no, ha de ser ceniza,
cuyo ineficaz calor
dará para el escarmiento
más luz que su llama dio.
Atended, escuchad, oíd el pregón,
porque a noticia de todos
es bien que llegue mi voz,
oíd el pregón.
Pone en pie a Amintas.
Cumpliendo ahora con mi oficio
debo preguntaros yo,
¿oís los cargos que os hacen?
Sí, oigo.
¿La declaración
que contra vos habéis hecho
la ratificáis?
No soy
capaz yo de desdecirme.
¿Intentáis pedir perdón
a los Dioses ofreciendo
incienso a Diana?
No.
¿Hay alguno, ciudadanos,
de Paphos que el claro honor
de real sangre sepa que
tiene este infeliz?
Señor...
Si no callas, a mis manos
has de morir, vive Dios.
¿Sabéis algo?
Si se dice,
mucho, sé muchísimo.
Decid pues.
Poquito a poco,
no me apriete, en conclusión,
fuego de Dios, que se me echa,
guarda Pablo, como Amor
le tiene ya derretido,
quiere morir chicharrón.
¿No acabáis?
Por no alabar
no acabo.
Hablad.
Porque yo,
aunque no he visto su sangre,
conozco muy bien su humor.
Pónele un velo en el rostro, y siéntale en un escaño.
Pues ni vuestro culto os libra
ni la noticia os libró,
ya el velo al rostro os aplico
que os quitaré después yo,
cuando al rey digáis hacer
la postrera inclinación.
¡Qué lástima!
¡Qué desdicha!
¡Qué congoja!
¡Qué dolor!
¿Qué importa, cielos injustos,
que falte a mi vista el sol,
cuando saben el camino
los ojos del corazón?
Es preciso ya que muera.
Ya el plazo último llegó.
Pues primero...
Levántase Tomiris y todas. Óyese un clarín. Levántase el rey.
¿Qué intentáis?
Veréis.
¿Qué suave rumor
de clarín el aire ocupa?
Aparte.
Cegóme mi turbación,
mas valdréme del acaso
que así tiempo al tiempo doy;
decía yo que primero
veáis que nueva ocasión
anima el sonoro bronce.
Sale un criado.
De Creta un embajador
desembarcó, y a la puerta
del templo espera ya.
¡Ay, Dios!
¿Qué escucho?
Dile que entre.
¿Quién se halló en tal confusión?
Sale el embajador, y acompañamiento.
Cielos, ¿aqueste no es Lisias?
A tus plantas, gran señor,
me postro.
Di qué motivo
tu venida ocasionó.
Invicto, y grande Lidamas,
cuyo agradable valor
supo adquirirse no menos
respecto que adoración.
Lisias que es de Creta rey
ha ya meses que dejó
su corte y aunque se ignora
su rumbo o navegación
dicen que a Chipre ha venido
y así su reino, señor,
te suplica que si acaso
a estas costas aportó
permitas buscarle pues
si le halla cobrarán hoy
sus vasallos el consuelo,
su corona el esplendor.
Mucho siento que su rey
no parezca, y ya que no
puedo darte la noticia
no niego la permisión.
pero esperar es preciso
a que dé fin el rigor
de la justicia a esta tierna
y lamentable función.
Tu obediencia es ley, mas, cielos,
la vista no me engañó,
Lísidas, mi anciano Rey,
y la infanta su hija, son
los que miro.
Ahora al Rey
le has de postrar.
Quítale el velo de la cara, y llévale hacia el Rey, y el embajador se le arrodilla a Amintas.
Gran Señor,
vuestra majestad...
¿Qué escucho?
¿Qué oigo?
Albricias, corazón.
¡Qué dicha!
¡Qué bien!
¡Qué gozo!
¡Qué alegría!
Sin mí estoy.
¿De qué me sirve esta vida
si ha de faltar la mejor?
¿Que en fin este es vuestro Rey?
Sí, señor.
Gustoso os doy
los brazos, pero corrido
de mi ingrata obligación.
Estos lazos aseguran
nueva unión entre los dos.
Dad licencia que a otro Rey
reconozca.
Es ilusión.
no, que este es Lísidas, y es
padre del Rey, mi señor,
y de la infanta Epicharis,
ignorados hasta hoy.
Abrázale.
Arrodíllase a su padre.
A vos la mano, y a Licas
los brazos a un tiempo doy.
Ahora sí que es la vida
de mayor estimación.
¡Hijo!
Abraza a su hermana.
¡Padre! ¿Hermana mía?
¡Qué de veces me avisó
pronóstico cierto el susto
esta dichosa ilusión!
Aparte.
¿Que es Epicharis de Licas
hermana?
Albricias, amor.
Que Amintas vive, y es Rey,
qué dicha, más que aflicción.
Si dais licencia, a Tomiris
hablaré.
Si permisión
me dais, hablaré a Epicharis,
voy sin mí.
Sin alma estoy.
Hablan a una parte Amintas y Tomiris, y a otra el Rey, y Epicharis, y en medio Polinices y el embajador.
Bien creeréis que es mi alegría
como fue antes mi dolor.
Bien creeréis que vida, y Reino
si son míos, vuestros son.
Si yo pudiera elegir...
No prosigáis, que el rigor
que lo que podéis conmigo
diese muerte al corazón,
y ahora lo que no podéis
le da otra muerte mayor.
¿Sabéis que es incompatible
con el voto la elección?
¡Oh, qué tirano es el rito!
¡Qué hace infelice mi amor!
¿Que sin vos he de irme?
Sí.
¿Y que no hay remedio?
No,
creed
¿Qué?
Que si algún día
Hablad.
¿Puedo elegir yo?
¿Qué haréis?
No lo sé.
Decidlo.
Eso no, entendedlo vos.
¿Y ahora?
Es preciso quedarme.
¿Y irme yo?
Sí, ¡qué rigor!
¡Qué ansia!
¡Qué pena!
¡Qué muerte!
Pues adiós, Licas.
Adiós.
Apártanse de hablar todos.
Mas decidme, ¿por qué oculto
vos, y fugitivo vais
en mi Corte?
Dentro.
¡Fuego, fuego!
¡Qué ira!
¡Qué incendio!
¡Qué horror!
turba el aire,
puebla el viento
de esta ardiente confusión.
Dentro.
El templo peligra,
El templo arde,
¡Huid del fuego atroz!
¡Que me quemo!
¡Que me abraso!
¡Piedad!
¡Socorro!
¡Favor!
ya va faltando a la llama
materia.
ya desquició
el ardor los capiteles.
ya hasta el mármol se incendió.
ya la estatua de Diana
padece.
ya con pavor
la miro caer.
ya el jaspe,
y el bronce cenizas son.
ya cayó todo.
ya el fuego
hasta de él saca triunfo.
Sale Perides.
Oíd el más triste caso,
y el de mayor compasión.
Yendo a socorrer el templo,
Arístidas tropezó
en la llama, y al instante
lo hizo pavesas su ardor;
sin duda ha querido el cielo
dar castigo a su traición.
El cielo es justo, y no deja
nunca con vida a un traidor.
Y pues arruinado el templo
libre del voto quedó
cualquiera sacerdotisa,
y se ve cumplido hoy.
el oráculo que dijo
que sería feliz yo
cuando viese en este reino
a otro rey.
Y el que anunció
que yo lo sería cuando
un templo a Diana el furor
destruyese.
Y el que a mí
la dicha me prometió
cuando al rey que más quisiese
viese en el ara.
Y favor
ofreció a mi suerte cuando
mi sangre en víctima yo
viese consagrar.
Y todo
salió cierto.
Se cumplió.
Dejando para después
la noticia y relación,
Lisidas, de este suceso,
rendido pido a los dos
permitan que de Epicharis
logre yo la perfección.
Y yo, señor, estimando
que a todos este favor
nos hagáis, pido también
que deis vuestra permisión
para que Tomiris sea
dueño de Creta.
Ella y yo
quedamos deudos siempre.
Feliz soy.
Dichosa soy.
Danse las manos el rey y Epicharis, y Amintas y Tomiris.
Y pues no es bien que el criado
cuando se casa el señor
se case él, tendrá aquí fin
Obrar contra su intención.
Fin de la comedia Obrar contra su intención, de don Antonio de Mendoza y Cardona, marqués de Castelnovo. Año de 1687.