帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No hay contra la razón fuerza. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-hay-contra-la-razon-fuerza.
Comedia famosa.
Hay dos líneas de texto fuertemente tachadas e ilegibles.
Sello circular de la biblioteca.
No hay contra la razón fuerza.
Comedia Nueva
No hay contra la razón fuerza
Personas
Francelisa, reina de Hungría
Alexandro, rey de Albania
Leopoldo, su hermano
Laura, prima de la reina
Rodulfo Barba
Ricardo, capitán
Álvaro, caballero
Lucindo, caballero
Roquete, gracioso
Flora, criada de Laura.
Acompañamiento.
Dice dentro Roquete los versos siguientes.
¿Dónde vamos, señor, de monte en monte?
¿Vamos a visitar el horizonte?
¡Voto al río de Dios!
Salen Alexandro con botas y espuelas, y una escopeta en la mano, y Roquete su criado.
Calla, Roquete.
Que haya quien a servirte se sujete,
aquí buscar tu mal alivio intenta,
no era mejor parar en una venta
que en fin allí se vive como es llano,
aunque después desuellan a un cristiano,
y más si es calabrés el tal ventero.
Ya tus locuras escuchar no quiero.
Pues qué quieres que diga
cuando por ti me veo en tal fatiga,
cerca de ser vianda de animales
entre peñascos, robles y jarales.
Esos temores deja,
que presto tendrá fin tu justa queja,
pues ya de Hungría estamos
tan cerca que sus términos pisamos,
y aunque su tierra ignoro
vive en mi pecho su mayor tesoro.
No me dirás, señor, a qué venimos
y por qué a estas dos bestias, di, sufrimos,
osarios sempiternos
que potros pueden ser de los infiernos,
por qué aguantamos, di, tales chacotas,
que parecen agujas en lo angostas,
o monos con jaulillas,
pues también se componen de costillas,
y a un postillón eterno
que puede madrugar en el infierno,
sácame de una vez si eres servido
de tanta confusión.
Mucho en eso, y así por consolarte
parte de mis desdichas quiero darte,
pues eres fiel criado,
y si hasta aquí quien soy has ignorado,
escucha agora atento,
mi desdicha sabrás, sabrás mi intento.
Mi padre Segismundo,
de Albania rey, en hechos sin segundo,
de quien la fama escribe
en sus anales que aun muerto vive
para eterna memoria,
digno aplauso de su triunfo y gloria,
con Aurora, princesa
de la ilustre república albanesa,
casó, de quien el cielo
dos infantes le dio para consuelo
de su vejez, que somos yo y mi hermano.
Leopoldo, ese cruel, ese tirano,
que en Albania blasona,
y a mi pesar se ciñe la corona,
siendo el derecho mío,
sin atender su loco desvarío,
a que soy el primero,
y que el reino, por único heredero,
el laurel soberano
puso en mi frente, en fin, a que mi hermano,
soberbio y indignado,
solo de su ambición aconsejado,
los rebeldes convoca,
porque a tanto la envidia le provoca,
que aquesto del reinar tiene tal fuerza
que obliga muchas veces a que tuerza
el pecho más leal la sangre propia,
aunque después la acción parezca impropia;
prosigue sus intentos,
ayudan su traición los mal contentos,
pensión que por impía
puede llorar cualquiera monarquía,
que ninguna doquier se ha librado
de yugo tan pesado;
o ya porque la envidia,
que es la que de ordinario siempre lidia
en sus pechos impíos,
o porque sediciosos desvaríos
de su ambición les llama
a querer emprender eterna fama;
en fin, la plebe toda
asegura a mi hermano se acomoda,
o por mejor pagados,
que esto suele mover a los soldados,
y con industria y maña
puso treinta mil hombres en campaña,
con que Albania temió su orgullo fiero;
lo que enfrenar espero
sus pensamientos locos;
de los míos me valgo, mas son pocos,
que raras veces la razón defiende
el que ambicioso al interés atiende.
Siguieron mis banderas
diez mil almas infantes en hileras
y cuatro mil caballos,
tan briosos y sueltos que al mirallos
batallar parecía
que a cada cual el viento despedía.
Salgo, pues, con mi gente,
del más desesperado que valiente,
renovando su furia y sus pendones,
a formar empezó sus escuadrones;
toca a embestir, y preséntome luego
la batalla cruel a sangre y fuego;
en su favor la vil fortuna miro
al encuentro primero, y aunque aspiro
a esforzar mis soldados,
a muchos de ellos miro acobardados.
Y aun alguno de quien yo me fiaba
era el que entonces menos peleaba.
No pude allí saber su mal intento;
con mi voz les aliento,
y en vano lo procuro;
vuelvo a embestir valiente y mal seguro
de triunfos y blasones;
a breve rato vi mis escuadrones,
por una y otra parte,
rendirse a la invasión del fiero Marte.
En medio de horror tanto
tiende la noche fría el negro manto;
vi mi afrenta notoria,
mi enemigo aclamando la victoria.
«¡Viva Leopoldo, nuestro rey!», decían,
y aun los míos tal vez lo repetían
por reservar las vidas.
Lo que mis esperanzas vi perdidas
y en mi gente el estrago,
en mi furia y mi enojo me deshago.
Su campo se retira victorioso
a la ciudad. Y en lance tan penoso,
ninguno me acompaña,
solo quedo y herido en la campaña,
adonde pudo hacerme compañía
la muerte que piadosa me asistía,
porque de ver morir tantos, entiendo
que ella misma se fue compadeciendo.
Solo difunto toco,
al cielo clamo, y su favor invoco;
mi desdicha imagino,
mas el discurso entonces me previno
el peligro presente;
la acción más inhumana e imprudente
que los tiempos han visto
y a que una pena loca me conquistó:
a un cadáver apela
el valor para dar a mi cautela
principio, y el vestido
trueco con él por no ser conocido,
el rostro que primero
desfiguró la muerte, con mi acero
mil veces le pasé, con que difunto
otras tantas lo fue, solo en un punto,
puesto que a cada herida
sin vida pienso que rindió una vida.
Válgome de estos modos,
pongo el yerto cadáver entre todos,
dejándole de rey con las señales,
por excusar al reino tantos males,
hasta que quiera el cielo
a mis desdichas dar mejor consuelo.
A una aldea vecina
me retiro, y allí se determina
Mi valor a vivir secretamente,
mi muerte se publica, y en prenderme
mi hermano, ¡pena dura!
con mi muerte sus dichas asegura.
En ella vivo en traje de villano,
huyendo los rigores de mi hermano.
Tú me asistes en ella;
hasta aquí te he contado de mi estrella
la tragedia infeliz; oye el intento
con que a Hungría me trae mi pensamiento.
Cuando cetro tenía,
para hacer más feliz la gloria mía,
con Francelisa trato el casamiento,
Reina de Hungría, a cuyo gran portento
de hermosura y belleza están rendidos,
solo de imaginarla, mis sentidos.
No me ayudó mi estrella
para poder gozar su mano bella,
puesto que, tan esquiva,
la dicha me quitó, porque no viva.
A verla y a servirla solo vengo,
si es que en mi favor tengo
alguna vez a la fortuna airada,
que contra mí la he visto conjurada.
Encubriendo quién soy saber espero
si merezco su amor, porque no quiero
que piense, viendo la desdicha mía,
que la necesidad me trae a Hungría.
El nombre de Alejandro en Ludovico
he trocado también, que era público
en mi patria, y así, Roquete, fío
de tu secreto aquese intento mío,
hasta que el tiempo, que las cosas muda,
a mi suerte infeliz próspero acuda.
Tanto, señor, tu historia me lastima,
que a servirte desde hoy mi amor se anima
con fe tan verdadera,
que si por ti me viera
en un potro amarrado,
y al lado de un verdugo desalmado,
usando de su ciencia, estudio y arte,
y cercado por una y otra parte
de más gatos que tiene un refitorio,
no hablara más que monja en locutorio.
La vida no tuvieras
un instante, si a nadie descubrieras
quién soy, y así vive advertido
de todo lo que aquí te he referido.
Yo te prometo de guardar secreto.
Yo pagarte, Roquete, te prometo,
algún día, si acaso se mejora
mi suerte.
Y pues ahora,
¿qué hemos de hacer aquí sin que busquemos
algún cortijo donde descansemos?
porque a mis tropas pasan a cuchillo.
Allí, si no me engaño, hay un castillo
que ciñe de este monte lo eminente.
Vase.
Yo voy a ver si encuentro gente
que remedie mi mal.
Ve norabuena,
pues tu pena es distinta de mi pena.
De este monte la maleza,
mientras Roquete al castillo
llega, caminar pretendo,
porque un impulso ha movido
al deseo, sin saber
a qué fin mis pasos guio.
¡Qué peñascos tan disformes!
Parece que de sus quicios
o se arrojan o trastornan,
que, del tiempo envejecidos,
o el peso o la edad los rinde,
y aunque en su ser indivisos,
unos de otros se despiden
a buscar el precipicio.
Parece que inhabitables
por lo intrincado y prolijo
deben de ser estos montes,
según en ellos admiro
república de las fieras.
Será porque los zumbidos
se escuchan entre los robles,
si no me engaña el oído;
fiero y tenebroso albergue
de animales fugitivos,
en cuyas duras entrañas
halláis maternal abrigo,
decidme si humanas plantas
hollaron vuestro distrito,
porque extraño, si os contemplo,
aún más de lo que imagino,
a que no descubro una senda
por más que lo solicito;
mas por esta parte...
Dentro voces de cazadores.
¡Guarda el león!
¡Tírale, Silvio!
¡Huye, Flora!
¡Piedad, cielos!
De aquel encumbrado risco
un león baja rugiendo,
una mujer ha rendido.
Bruto, ya con esa boca,
ponzoñoso basilisco,
de fuego, hace que tu furia
no se logre.
Dispara desde el tablado, y así que disparó o al mesmo tiempo sale Francelisa corriendo en hábito de cazadora, con montera y plumas y un venablo, vea a Alexandro en diciendo estos versos y se suspende.
Vengativos,
a dos como rigurosos
contra mí.
Ya del peligro
estáis libre, no temáis.
¿Quién aquí de...?
Aparte.
¡Cielos divinos!
¡Qué peregrina hermosura!
Aparte.
¿Fuiste acaso...?
Aparte.
No ha salido
el aurora más hermosa,
ni el alba con más aliño.
Aparte.
Corrida estoy de que pueda
este hombre haber conocido
algún temor con mi pecho,
de imaginarlo me irrito.
Aparte.
De mirar su rostro bello
el alma se ha suspendido.
Perdóneme, Francelisa,
si a tanta beldad me rindo.
A él.
Aparte.
¿Quién eres, hombre, que aquí...
Al mirarle me arrepiento;
mas si la vida te debo,
a su valor no es preciso
que obre el agradecimiento.
Aparte.
¿Quién eres, bello prodigio,
que tan de repente matas?
Aparte.
Mas ¿cómo mi pecho altivo
a un vil impulso se rinde?
La majestad le quito
y decoro de la prudencia.
Aparte.
Ciego dios, tan de improviso
los corazones arrastras.
Aparte.
¿Qué he de hacer si al beneficio
debo ser agradecida,
y no pagarlo es delito?
¡Ay, efeto más estraño!
¿Quién eres, di, que has venido
a obligarme, cuando en mí
es el rigor tan esquivo
que me ofende de que presuma
ninguno que ha merecido
mi atención, y solo tú
más que todos has podido?
Aparte.
Sus bellos ojos arpones
son con que tira Cupido
al corazón duras flechas
con agradable artificio.
Aparte.
Aficionada a su talle
casi estoy; hombre, ¿qué hechizo,
o qué ignorado misterio
es este que traes contigo?
Aparte.
No fue Diana más bella.
Dime qué imán atractivo,
divina deidad, encierras,
que a tus aras me dedico.
Con él.
No darme por entendida
del favor es lo que elijo,
puesto que no sé quién eres
ni él a mí me ha conocido.
Obre pues la majestad.
Hombre, ¿cómo en este sitio
te atreves, sin que primero
castigue tu desatino?
Di quién eres.
No lo sé,
porque no hubiera cumplido
con mi amor si lo supiera
habiendo tus ojos visto.
¿A qué vienes?
A morir.
Pues, ¿de eso qué has conseguido?
La gloria de que me maten
aquesos rayos divinos.
¿Quién te trujo aquí?
Mi estrella.
¿Cómo está tan mal contigo?
Antes tan en mi favor
en mi vida la he tenido.
¿Sabes el riesgo en que estás?
Ya el corazón me lo ha dicho
desde que vi tu belleza.
¿Luego yo instrumento he sido
de tu mal?
Sí.
¿De qué modo?
Escucha y sabráslo.
Dilo.
¿No has visto cuando en la jaula
el hermoso jilguerillo
pacífico se gorjea
y en su canto divertido,
como nadie le alborota,
quiere recrear en sí mismo?
¿Y no has visto otro jilguero
llegar a ser su vecino,
el cual con dulce armonía
responde al que está cautivo,
y el ave a sus voces atento,
mirando al recién venido
se alborota y sobresalta,
y con las alas y el pico
batalla para romper
el enrejado castillo
embistiendo a todas partes?
Pues así el corazón mío
en la jaula que es el pecho
estaba quieto al principio,
hasta que el jilguero amor
de tu belleza asistido...
Llegó al oír mi voz,
inquieto y despavorido,
batallando con las alas,
anda como el pajarillo
buscando para salida
algún pequeño resquicio;
mira si puedo decir,
en medio de este delirio,
que fuiste tú de mi mal
quien la ocasión me previno.
Aparte.
A Alejandro.
Parece que sus palabras
en mi pecho han infundido
un no sé qué, pero, tente,
presunción, que es desvarío
pensar que mi altivo pecho
tenga asomos de cariño.
Saber quién es, es forzoso.
¿Aún no me habéis respondido
a lo que os he preguntado?
Si explicarme no he sabido
en la respuesta, señora,
el alma podrá deciros
lo que no pudo la lengua,
quizá con mejor estilo.
Aparte.
Cortesano me parece,
no me descontenta el brío;
¡oh, permitiera al Cielo
que fuese lo que imagino!
Aparte.
¡Oh, si mi ventura fuera,
dulce imán de mis sentidos,
tanta que nacido hubieras
noble, como yo he nacido!
Aparte.
A Alejandro.
Salir de esta duda es fuerza.
Antes que llegue al peligro,
si vos no decís quién sois,
mal puedo yo permitirlo.
Como palabra me deis
de que habéis de hacer conmigo
lo mismo, os diré quién soy.
Aparte.
Yo os ofrezco hacer lo mismo.
Aunque me diga quién es,
en encubrirle determino
mi nombre y mi calidad.
Aparte.
El ocultarla es preciso,
mi calidad y mi nombre.
Aparte.
A Alejandro.
¡Qué mal el fuego resisto,
que ya en el pecho se enciende!
¿No proseguís?
Ya prosigo.
La ilustre Grecia es mi patria,
y mi nombre Ludovico,
yo, de desdichas tanto
como de blasones hijo,
los timbres de mi nobleza...
Con mi valor acredito
no porque pueda faltarme,
sino porque lo adquirido
es de más estimación
para los futuros siglos
que aquello que por herencia
nos previno
apenas la juventud
a tres lustros no cumplidos
empezaba.
Dentro dicen.
Por la falda
del monte bajar la vimos;
acudid todos.
Mi remedio es este.
¿Pero qué ruido
es aqueste?
Aparte.
No os altere,
a mala ocasión los míos
han llegado.
Salen Laura y Rodulfo con gente, todos de cazadores.
Vuestra alteza,
señora, los pies invictos
nos dé.
Prima.
Laura.
Aparte.
Cielos,
Francelisa es la que miro;
albricias al alma, que ya
es mayor el regocijo.
Aparte.
Ya no me puedo encubrir,
corta mi ventura ha sido
pues no sé quién es.
Huyendo
de la fiera te perdimos,
y aunque fue grande mi pena,
el hallarte buena estimo.
Aparte.
Diferente estoy que piensas;
qué impulso tan repetido
es aqueste que no puedo
casi usar de mi albedrío?
¿Quién es este forastero,
prima?
Aparte.
Seguir el camino
quiero que tengo tomado,
pues mi suerte no ha sabido
que a Ludovico le debo
la vida, y aunque es impío
el rigor para con él,
y aun para mí también, sigo
la ingratitud hasta ver
si merece Ludovico
mi cuidado, que después
tendrá premio su servicio:
aquí en el monte le hallé
cazando contra el edicto
que por ley se publicó,
en que ninguno atrevido
Aparte.
Este sagrado profane,
y pues su desdicha quiso
que en él la ley se ejecute,
a vos el cuidado fío,
Rodulfo, de su persona,
entre tanto que el castigo
a su atrevimiento doy;
quiero con este designio
asegurarle aquel amor
que presto me da arbitrios.
Aparte.
Mucho a mi suerte, señora,
debo estar agradecido,
pues lo que es rigor en vos,
en mí viene a ser alivio.
No darse por entendida,
del favor dudo el motivo
que pueda llevar amor,
ayuda el intento mío.
Desde que vi al forastero,
no sé qué efecto he sentido
en el pecho, que parece
que es amor lo que respiro.
Aparte.
El extranjero es galán.
Aparte.
¡Oh, si fuese bien nacido!
Aparte.
¡Oh, si el cielo en mis desdichas
se mostrara compasivo!
Aparte.
Después hablarte pretendo,
pues ella te ha remitido
al cuidado de mi padre.
Aparte.
Con qué de dudas vacilo.
Rodulfo.
¿Qué es lo que mandas?
Aparte.
Que con todos los ministros
que os asisten le llevéis
a la cárcel del castillo,
donde le tendréis en tanto
que otra cosa determino.
Aun lo que finjo parece
que el corazón me ha rendido.
¡Oh, qué fino amor empecé!
Plegue a Dios que acabe fino.
Harélo como lo ordenas,
vení, extranjero, conmigo.
Aparte.
Si ya me han muerto tus ojos,
en vano es el sacrificio.
Aparte.
No sé qué he visto en la reina
que parece que es fingido
este rigor. ¡Oh, qué presto,
recelos, os solicito!
Vanse la Reina y Laura por una parte y los hombres por otra, y salen Albano y Lucindo, caballeros.
Si con repetir la queja,
Lucindo, se remediara
nuestro mal, yo me quejara.
Aunque el dolor no me deja,
Albano amigo, a los dos
nos oprime un sentimiento,
y aunque es igual el tormento
yo lo siento más que vos;
porque si vos mal pagado
del rey os consideráis,
en obligación le estáis
con lo poco que os ha dado,
que vos no le habéis servido
en la guerra como yo,
donde todo el mundo vio
lo que a mi brazo ha debido,
hasta que de la corona
de Albania en tan duro empeño,
como sabéis, le hice dueño.
Tanto es lo que me apasiona
esta memoria y el ver
que así se llegue a olvidar
de mí, que a aqueste pesar
pienso que me ha de poner
en ocasión que le diga
cara a cara mi pasión.
Ya veo que la razón
a tal extremo os obliga,
y tanto llego a sentir
de vos, Lucindo, quejoso,
como el ver tan poderoso
al rey querernos herir
con rigores y aspereza
sin exceptuar persona.
Pues a fe que la corona
que le tiembla en la cabeza,
a quien le supo ayudar
con amistad verdadera
para que se la ciñera,
se la sabrá derribar.
Aguardad, que divertido
viene allí con un retrato;
retirémonos.
¡Ah, ingrato!
¡Ah, cruel!
¡Ah, fementido!
Retíranse los dos, y sale el rey Leopoldo hablando con un retrato.
Muda beldad, que a mi duda
clara satisfacción das,
mucho diciéndome estás
aunque te contemplo muda;
Para imaginarte acuda
amor a mi pensamiento,
que aunque suele desatento
obrar como sin razón,
al mirar tu perfección
obra con entendimiento.
En tu belleza imagino
cuál será el original,
pues siendo aquí artificial
tienes luces de divino.
A tu rostro peregrino
rinde el corazón la palma
del alma en tan dulce calma
a despojos de tus ojos,
o quién para más despojos
pudiera tener más alma.
Mucho el sentido divierte
Álvaro con la pintura.
Al imán de la hermosura
se rinde el pecho más fuerte.
Tus mejillas, si se advierte,
afrenta son del carmín,
como se viste un jazmín
de tan hermoso arrebol,
si pintada eres el sol,
serás viva un serafín.
Para copiarte el pintor,
parece que lisonjero
dio a tu beldad primero
atrevido el resplandor,
porque no pudo el primor
ni el arte, aunque obrase fiel,
en tus labios un clavel
con tanta gracia imprimir,
ni yo tengo de decir
que se le debe al pincel.
Si tus ojos son estrellas,
tampoco he de imaginar
que el pincel te pudo dar
la luz con que lucen ellas,
porque siendo aquí tan bellas
es evidente señal
que la causa principal
de salir tú tan perfecto
es que fuiste tú el objeto
de tu propio original.
Y a Francelisa rendido,
a tu mucha perfección,
dice amor lo más que sabe,
que es muy entendido amor,
mas allí Álvaro a Lucindo
están juntos estos dos.
Creo que de mí murmuran,
y no sé por qué razón
de Lucindo me recelo,
que aunque debo a su valor
y a su industria la corona,
en efecto fue traidor
con su rey, y el que una vez
a ser infame empezó
no ha de obrar conmigo menos
que con Alejandro obró;
mas disimular conviene
hasta dar a su intención
el castigo que merece.
Lucindo, Albano.
Señor.
¿Qué hacéis los dos retirados?
Como Su Alteza llegó
a esta cuadra divertido,
no fuera justa atención
hacer estorbo al discurso
cuando tan bien se empleó.
Yo confieso que suspensa
tuve la imaginación
en la beldad más divina,
en el prodigio mayor
que naturaleza pudo
formar a su imitación,
a sus luces soberanas
toda el alma se rindió,
porque solo a su hermosura
se le debe adoración.
Amor su culto le ofrece
como a deidad superior;
pues si Amor se ve rendido,
¿qué mucho me rinda yo?
Y para que no culpéis
mi amorosa presunción,
ved su belleza y decid
si tengo razón o no.
Enséñales el retrato.
Su hermosura es peregrina.
No vi mayor perfección.
Con justa causa os rendís.
No amarla fuera rigor.
¿Sabéis vos quién es su dueño?
Yo no discurro.
Ni vos,
Albano, ¿le conocéis?
Yo también dudando voy.
Pues yo, aunque no le conozco,
pudo saber mi afición
quién es el original
de esta bella emulación
que arrebata mis sentidos.
¿Quién es la que mereció
gozar tan rara belleza?
Al oriente de su sol
es Hungría, y Francelisa
su reina la que robó
con su copia mis sentidos;
mirad si la suspensión
es justa, cuando contemplo
su divino resplandor.
Es su fama esclarecida.
Ella es la que me abrasó.
¿Y qué intentas?
Ir a verla
para templar este ardor
que en amorosos deseos
el corazón atesoró.
¿Has de entrar públicamente?
No, Albano, que fuera error;
antes de saber primero
si la fama me mintió,
ya que el gusto se aventure,
faltar a la estimación.
Rodulfo, que de la reina
es deudo, y quien gobernó
a Hungría mientras la daban
la debida posesión,
solicita que me case
con ella, y aquesta unión
a Hungría no le está mal,
pues con eso se libró
de la marcial batería
con que Albania la oprimió.
En un tiempo él me asegura
de su reina la elección,
y así discurro al punto;
tengo de partir. Los dos
habéis de ir conmigo a Hungría.
De mí mismo embajador
con Francelisa he de ir,
y si la mano la doy,
como espero, será el mundo
para mi corto blasón.
Yo, señor, en mi sentir,
pienso que fuera mejor
que Vuestra Alteza de Albania
no se ausentara, pues hoy
aún se vive el sentimiento
de Alejandro, su señor,
en la memoria de aquellos
que fueron de su facción.
Aparte.
Este da en contradecirme.
Así templo mi rigor,
es que para su castigo
busco mejor ocasión;
pues ellos creen lo que dicen
si ya mi hermano murió.
Es verdad, mas como algunos
que fueron en tu favor
hoy se ven tan mal premiados...
¿Quién os mete en esto a vos?
Señor...
Yéndose.
Vase.
Vuestro atrevimiento
castigara, ¡vive Dios!,
a saber que lo que aquí
vuestra lengua pronunció
pudiera ser engendrado
de alguna vana ilusión;
y advertid, quien entendiera
que pudiera algún traidor
contra mí --que es contra mí
solo en la imaginación--
ofenderme inadvertido,
poco atento y sin temor,
por vida de Francelisa,
a quien di mi corazón,
que le hiciera más pedazos
que tiene átomos el sol.
Parece que en las razones,
aunque no se declaró
el rey, está sospechoso
de vos, Lucindo.
Estos son
efectos de su crueldad.
Gran pavor me causó
el oírle.
Pues a mí su amenaza me irrita
aún más que me atemoriza.
Vase.
Lucindo, mi amigo sois,
y mi deudo; prevenir
el riesgo nunca dañó,
y en el mudar de consejo,
cuando es cosa que al honor
importa tanto, es cordura
y lo demás es error.
Mal podré cuando me oprime
esta pena, este dolor,
esta ofensa, este tormento,
esta insufrible pasión
que fuera de mí me tiene.
Leopoldo, ¿no le debió
a mi industria la corona?
Alba, ¿no le aclamó
por su rey? Y de Alejandro,
¿no fui yo quien alteró
el ejército, y siguiendo
mis divisas a una voz...
¡Viva Leopoldo!, decían,
pues ¿cómo quien emprendió
una empresa tan difícil
no pone en ejecución
la muerte de este tirano
que con soberbia ambición
así paga mis servicios?
¿A qué aguarda mi valor?
Que segunda vez no toma
bastante satisfacción.
Muera, pues, Leopoldo, muera,
y puesto que me ofendió,
y que ingrato y desatento
a su palabra faltó,
yo haré que Albania le quite
la corona que le dio.
Vase. Y sale Flora de cazadora, y Roquete tras ella.
Detente, ninfa de alcorza,
espera, bella zagala,
que, sin intento que me lleves,
triste me llevas el alma;
siguiéndote todo el día
vengo por estas montañas,
y fuera por tus ojuelos
hasta la sima de Cabra.
Quizá, si me conociera,
esa fineza excusara.
¿Por qué?
Porque soy el diablo.
Diablo con tan buena cara
a mi lado le quisiera
siempre, de muy buena gana.
Parece algo socarrón
en las finezas que gasta.
No es sino que el que no tiene
no gasta más de palabras.
Enamoradico y pobre,
a fe que es muy buena alhaja.
Pues, para el tiempo que corre,
¿te parece que es muy mala?
¿Quieres que enamore un necio
que tiene solo en su plata
puestos los cinco sentidos,
temiendo no se rebaja?
Más vale un pobre que, en fin,
que gasta lo que gana,
y cuando da, no suspira.
A mí cualquiera me cansa,
porque no hay hombre a mi gusto.
Si solo con fieras tratas,
¿cómo le quieres hallar?
Yo no vivo en la montaña.
Luego, ¿no eres bandolera?
No, que mi oficio es la caza.
No dices mal, que a ojo
andan a caza de gangas.
¿Quién eres tú?
Un extranjero.
Bien lo dice tu ignorancia,
pues te has entrado hasta aquí
sin saber lo que te aguarda.
Pues, ¿qué?
Pena de la vida
tiene el que pone las plantas
en este vedado sitio.
Son los campos de Diana,
que porque Anteón la vio
cuando bañándose estaba,
en ciervo le transformó.
No anduvo con él tirana.
Es verdad, que eso es lo menos
con que a nosotros nos pagan.
En grande peligro estás
si aquí la reina te halla.
La reina... ¿Qué reina es esa?
La de Hungría.
¡Santa Pascua!
Pues, ¿qué hace en el monte?
Vino a cazar.
¡Qué desdichada
es mi estrella! Y la tal reina,
¿es de las que luego mandan
ejecutar la sentencia?
Es una tigre de Hircania.
¡Pesar de quien me parió!
Aquí tu favor me valga,
que no estoy para morir
tan de sopetón.
Aguarda,
que viene gente.
¿Es la reina?
No.
Pues, ¿quién?
Laura, mi ama.
Sale Laura como al principio.
Deslucir quiso la reina
su amor, pero fue excusada
diligencia el encubrir
lo que sus ojos declaran.
Ya revocó la sentencia
y a Ludovico le manda
que en su servicio se quede.
No era mi suerte contraria
para mí si no tuviera
mi enemigo más ventaja:
no he podido hablarle a solas.
Porque un punto no se aparta
de su vista Francelisa,
que mal el pecho descansa
cuando amor y celos juntos
dan al corazón batalla.
Señora.
Flora, a buscarte venía.
¿Qué es lo que mandas,
que a tu servicio me tienes?
Nuestra Laura, muy ingrata.
¿Qué hacéis aquí?
Aparte.
Malo es esto.
Con este extranjero estaba,
que por el monte perdido...
Sí, señora, mi desgracia
y un amo que Dios me dio,
me han puesto en desdicha tanta.
¿A quién servís?
Yo, señora,
no tengo cosa aseñorada,
porque el amo a quien servía,
según en los pasos anda,
pienso que le habrá comido
y no es dudable, en la trampa
de este monte, alguna fiera.
Aparte.
Este parece en la traza
criado de Ludovico.
Preguntaciones
de Alcalá,
pese a mi lengua, que ha de dar
cuenta con todos en tales ascuas.
¿Ha mucho que le servís?
Agora catorce semanas,
poco más o poco menos.
¿Y el señor cómo se llama?
Señora, Ludovico.
¿Es persona de importancia?
Señora, buenas partes tiene,
pero las tiene enajenadas.
¿Y a qué viene a Hungría?
¡Ay, tan preguntona!
Viene a una hermana,
la pobre, que huyó por ella.
¿Para qué?
Para casarla.
¿Es rica?
Más que un sol.
Luego, la pobre...
Aparte.
A la cuarta
anda como yo en calzas.
¡Qué aguda que está Laura!
Que pregunta más que un sabio.
Todos son unas bestias.
¿Tú le ves a don Tristán?
De aquí de monte a la falda
le dejé.
¿Queréisle ver?
Con tal, señora, tomara
primero con que mi tripa
de tanto mal se aliviara.
¿Cómo os llamáis?
Aparte.
Yo, Roquete;
volvemos a la parada.
Flora, llévale al castillo
y dale lo que le falta,
y vedme después.
De Dios,
gozando estancia, palabras.
Venid.
Vamos, Flora hermosa,
flor que con la flor te paras.
Vanse los dos.
¿A quién habrá sucedido
lo que a mí, que apenas llego
a tocar de amor la línea
cuando encuentro con los celos?
Vi a Ludovico, y llevóme
el atención, y el afecto
sujeta a la gozosa ruina;
pero ¿qué importa atención,
si no es de la ruina
tan conocidos venenos,
que no le queda a mi amor
más alivio que el tormento?
Sale Alexandro.
A un precepto imaginado,
a la ira rendidamente,
¿qué hará Amor cuando encuentra
más que imaginó ideas?
Vi a Francelisa y quedé
sin vida, solo con fuego,
porque su belleza tiene
sobre los demás ingenios.
¡Oh, si mi estrella acabara,
cumpliendo lo cierto,
dieron en su hado aqueste
menos airado lucero!
Mas, ¿es aquel Ludovico? Creo.
¡Ay de mí, que el alma gime
viendo mi esperanza vana!
Pardiez, que la tal señora
tiene una cara gallarda.
Calla, necio.
¿Quién está ahí?
Señora, un hombre que andaba
perdido por este bosque.
que amor sin correspondencia
más que amor es vituperio.
Si fuerais correspondido
no tuvierais amor.
Aparte.
Pienso
que me obligara a querer,
aunque no muy satisfecho.
¡Qué mal su amor disimula!
Pues aseguraros puedo,
Ludovico, que una dama
os mira bien.
Yo lo creo,
pero de mí, mas la Reina
viene allí.
¡Qué mal agüero
para mi amor!
Sale la Reina y Ricardo.
A Rodulfo
decid, Ricardo, que luego
me he de volver a la corte.
Vase.
Voy a avisarle.
Aparte.
¿Qué es esto?
¿Con Laura está Ludovico?
Casi me abraso de celos,
mas disimular conviene.
Laura.
Señora.
Aparte.
Yo muero.
No estás mal entretenida,
mucho de tu bien me alegro.
Yo, señora, Ludovico
llegó aquí estando yo.
Bueno;
él llegó, y tú, me parece,
que así que llegó al momento
te querrías ir y que él
te detuvo a ti, ¿no es eso?
Es muy bueno, por mi vida.
Yo, prima, a saber que en ello
pudiera ofenderte...
Yo
ni me ofendo ni me dejo
de ofender, que a mí me toca,
pues a mi cargo te tengo,
mirar, Laura, por tu honor.
Ya os baste, que aqueste yerro
podré pasarle una vez,
y dos no te lo aconsejo;
porque oponerte a mi gusto
es bárbaro desacierto.
Aquesto quiero que entiendas,
no más; y vos, forastero...
sabed que para ser firme
habéis de estar tan sujeto
a las órdenes que os diere.
Yéndose.
que no busquéis instrumento
para que con vuestra vida
Al margen derecho: mi indignación / ya en vuestra vida efeto
dé a los demás escarmiento.
Laura, vamos, ven.
ya yo te sigo.
Anda delante, que temo
que te vuelva Ludovico
a detener, y en el pecho
llevo un áspid cruel.
¡Ay, cielo, mi mal es cierto!
Vanse las dos.
Celosa va Francelisa,
y aunque a mi suerte agradezco
el haber reconocido
su amor, su disgusto siento.
Fin de la primera Jornada.
Jornada segunda.
Salen Alexandro y Roque, como en la corte.
Como te he dicho, yo estaba
con Laura cuando la reina
llegó.
¿Y en fin, qué te dijo?
Ella anduvo tan atenta
que aunque su pena encubrió,
bien me dio a entender su pena.
No es muy boba Francelisa.
Es atenta como bella,
y a su sangre corresponde.
Si no me engañan las señas,
no la has parecido mal.
Eso el corazón sospecha,
pero temo mi fortuna.
Hasta aquí, señor, va buena,
no hay cosa como apretar
antes que vuelva la armada,
y qué has de hacer, que la prima
según en lo que ella muestra
está tocada también.
Ella en vano se desvela,
porque si de Francelisa
sola el alma se confiesa...
Mal podrá admitir de Laura
ni su amor ni sus finezas.
Rabiando está por saber
quién eres y de qué tierra,
qué calidad, qué costumbres,
qué condición y qué hacienda,
en qué tratas, a qué vienes,
si eres casado, si juegas,
si tienes amor y, en fin,
me tiene aquesta cabeza
como poeta moderno
cuando escribe una comedia.
¿Y tú qué la has dicho?
Yo,
que eres hombre de anatema,
que estudias nigromancia,
que enamoras las estrellas,
que con Júpiter y Venus
tienes tu correspondencia,
que sueles alzar figura,
que eres natural de Grecia
y otras cosas que no cuento.
Pues mira que no te metas
en decir, Roquete, más
hasta que la ocasión venga
en que pueda descubrirme.
Excusada es la advertencia.
Hablemos en Francelisa.
Vaya muy en hora buena.
¿Qué te ha parecido?
Bien.
Y también que te pudiera
decir, Roquete, que estoy
tan rendido a su belleza
que, a poder mi amor ser más,
tuviera por conveniencia
dejar de amar por amarla,
no quererla por quererla,
no rendirme por rendir
cada instante que la viera
la vida en cada sentido,
el alma en cada potencia.
¿Tan enamorado estás?
Dime, ¿has visto primavera
que tan hermosa a los campos,
a las flores y a las selvas
haya como ella salido?
Pinturilla quieres, ea,
a pedir de boca viene.
Oye un soneto que al verla
hice, estando en el jardín,
que, divertida y suspensa,
la hallé tocando el cristal.
De una fuente lisonjera
que rendida a su hermosura
pagaba tributo en perlas.
Sobre una alfombra de amaltea estaba
Venus al margen de una fuente fría;
con un jazmín tocaba y recogía
el líquido cristal que destilaba;
con hoja de nieve al verla, la aventajaba
el cristal que a la mano se venía,
y al tocarla corrido se volvía,
viendo que de un cristal a otro pasaba.
"No te vuelvas, cristal", dije, "envidioso,
que esas dichas no son para perderlas."
Y él, como arrepentido, vergonzoso,
quiso volver dichoso a merecerlas,
y por andar más fino y generoso,
lo que antes fue cristal convirtió en perlas.
Brevemente la has pintado,
por Dios, que eres gran poeta.
Amor, Roquete, discurre
con elegancia.
Descierta
aquesta opinión, señor.
Pues, ¿lo consiente una bestia
desde que, a qué, tengo amor,
Séneca es niño de teta?
¿Tú habías de tener amor?
Calla, loco.
Buena es esa.
¿No más, tú qué has de saber?
Oye un cuento de a paleta.
Cierto prior de un convento
todos los días de fiesta
a jugar con sus amigos
se encerraba en una celda;
los coristas le acecharon
y vieron que a la primera
mano, dijo: "Yo soy hombre".
De ellos que estaban alerta,
por imitarle se fueron
a la postrema secreta
del convento, y como perros
paraban en quintos y sexta.
El maestro de novicios,
que andaba de centinela,
les halló jugando un día,
y dijo: "¡Qué desvergüenza!"
en ésta hay tal desacato,
yo haré que el castigo sea
la satisfacción de aquesto,
divina d'ellos. Con modestia
le dijo: «Deogracias, padre,
dígame, si el prior juega,
¿qué mucho jueguen los frailes?»
Saca tú la consecuencia,
que aunque no es muy adecuado,
no es mucho lo que disuena.
El discurso es como tuyo.
No me alabes la elocuencia,
hasta que oigas un soneto
con ciertas intercadencias
que hice a Flora, que también
tengo un poco de vena.
Para pintar tu belleza,
quisiera ser tan diestro como Apeles,
mas ya que no lo soy, no desconsueles,
que esto no quiere más de sutileza.
Voy copiándote pues pieza por pieza,
menos aquellas que tus arambeles
me embarazan el ver; tomo pinceles,
y voy desmenuzando tu cabeza.
De tu pelo hace Amor marañas mil,
de tus ojos ballestas con que tira,
de tu frente una llana de albañil;
tu nariz y tu boca, quien la mira,
dice que están sacadas a perfil,
si otra cosa te dicen, es mentira.
¡Qué notable disparate!
No es esta la vez primera
que se premia mal a quien
esta facultad profesa;
mas allí con Laura viene
la Reina.
Mucho me pesa
que venga con ella Laura.
Salen la Reina, Laura y Rodulfo con un pliego en la mano y gente de acompañamiento.
Lo que pide a Vuestra Alteza
el rey de Albania, es razón.
No sé yo qué razón tenga,
Leopoldo, porque a casarme
nadie me puede hacer fuerza;
quiero, lo ha de hacer mi gusto.
con él nada se contenta.
Aparte.
¿Qué efeto queréis, cielos?
Mi desdicha se concierta.
Vuestro padre, que Dios haya,
en su testamento ordena
que con el de Albania case
Vuestra Alteza, y por expresas
palabras también a mí
me mandó que lo pusiera
en ejecución al punto.
No faltaré a la obediencia,
Rodulfo, aunque no me case.
¿Cómo?
De aquesta manera:
con quien mi padre mandó
que yo me casase, era
con Alexandro, que entonces
de la corona albanesa
era dueño, y ya sabéis
que su hermano con cautela
del Reino le despojó
y que murió en la refriega,
de que Albania aun hoy en día
llorando está su tragedia.
Y pues aquesto es así,
Rodulfo, no estoy sujeta
a la cláusula por ley:
haced que vuelvan a verla,
y hallaréis que, según esto,
ni me obliga ni reserva.
¿Oyes aquello, señor?
Sí, Roquete.
Pues a alerta.
Aparte.
Allí Ludovico está,
y no me mira siquiera,
¡que no halle alivio mi pecho
para el mal que le atormenta!
Aparte.
Allí he visto a Ludovico,
¡ay de mí!, el alma me lleva;
qué triste cosa es amar,
qué desasosiegos cuesta.
Ya te mira y se suspende.
Y a el corazón la hace fiesta.
Aparte.
A aqueste griego sospecho
que le mira bien la Reina.
Aparte.
Penas, idos poco a poco.
Aparte.
Ansias, no andéis tan a prisa.
Aunque Vuestra Alteza tiene
en su favor lo que alega,
Sin embargo, el rey no quiere
que el mismo derecho adquiera
Leopoldo.
Aparte.
¡Ay de mí!, ¿qué escucho?
Todo un hielo por las venas
se ha entrado.
El reino lo mira
poco atento a su prudencia.
No me espanto, que Leopoldo
es poderoso y, si llega
a saber, como es forzoso,
que Su Alteza le desprecia,
no dudo de que remita
a las armas esta ofensa.
Cuando Leopoldo intentara
una acción tan poco cuerda,
vasallos tengo en Hungría
que mi persona defiendan;
y, cuando no, sola yo
a la campaña saliera,
y en mi valor y en mi pecho
hallara tal resistencia,
que mi cólera bastara
a castigar su soberbia.
Y si faltara en Hungría
quien su orgullo resistiera,
que no dudo hubiera muchos
en defensa de la reina,
mi señora, que Dios guarde,
Hungría y el mundo viera
que con mi acero en campaña
si algún tirano quisiera
ofender soberbio y loco
a su persona o sus tierras,
¡vive Dios!, que solo yo
tomara tan por mi cuenta
el castigar su osadía.
Perdóneme Vuestra Alteza,
que la pasión me llevó.
Aparte.
Eso sí, para mi suegra.
Aparte.
¡Qué bárbaro atrevimiento!
No son vanas mis sospechas,
la reina le tiene amor,
porque, si no, no pudiera
un extranjero tomarse
tan atrevida licencia.
Remediar esto conviene.
Aparte.
Qué bien de su amor da muestra.
Yo os estimo, Ludovico,
la atención, que es muy vuestra.
Aparte.
Bien pagáis lo que debéis
al amor; detén la rienda,
no el afecto te despeñe.
Señora, cuando no fuera
obligación tan precisa
poner en vuestra defensa
la vida por muchas causas,
debo hacer esta fineza,
porque de hacer lo contrario
con mi sangre no cumpliera.
Es mi amo muy atento.
Aparte.
Aparte.
Cómo es posible que pueda,
dejar de ser bien nacida
quien tan bizarro se ostenta.
Sola esta duda me tiene
entre mis pasiones muerta.
Vuestro valor, lucido brío,
publica vuestra nobleza,
y porque podáis más bien
hacer vuestra fama eterna
de vuestro cuidado fío
(porque importa a mi grandeza)
el cuidado de mi reino.
Todo a vuestro cargo queda.
Mirar por él y por mí
pienso que el mundo le diera,
y aun fuera poco, si atiendo
a las ansias que me cercan.
Aparte.
Bien haya quien te parió.
Solo mi silencio sea
quien a tan alto favor
como es justo lo agradezca.
Alzad.
Vuestra Alteza viva
los años que el fénix cuenta.
Aparte.
Dueño del reino le hace,
ya son claras evidencias
lo que fue sospecha solo.
Aparte.
A favorecerle empieza,
por instantes va creciendo
de mis celos la tormenta.
Que Vuestra Alteza responda
a este pliego será fuerza.
Responded, Rodulfo, vos,
y al rey le diréis que advierta
que si la ofensa sintiere,
y satisfacción desea,
que yo soy reina de Hungría
y que tengo en mis fronteras...
quien su soberbia castigue
y quien mis tierras defienda
Laura ven
Vanse las dos
Solo me aflige
lo que a este Reino le espera
Vase
Flora aguarda no te vayas
Qué quieres que me detenga
si se va la Reyna
Escucha
saber que te quiero
Piensa
que a mí se me da muy poco
Pues lo dices de veras
Sí, que no te he de engañar
Vase
Pues cuidado con la cesta
porque si caes en mis manos
llevarás la penitencia
Que no haya hallado mi suerte
una dicha cuando encuentra
con un pesar para cuando
Cielos es vuestra clemencia
Señor bueno va hasta aquí
cuidado y no perder pieza
que ya declara su amor
Ay Roquete no hay certeza
en mi fortuna jamás
Pues qué es esto, agora tiemblas
no viniste a Hungría solo
a ser razón de la Reyna
no te ha parecido bien
no vas ya ganando tierra
no te hace dueño del Reino
ya te va abriendo la puerta
haz algo tú de tu parte
dila quién eres, qué esperas
al cielo miras, qué es esto
el demonio que te entienda
Habla
Déjame Roquete
Hay más extraña quimera
que te ha sucedido, acaba
Qué quieres que me suceda
más de lo que has escuchado
mi hermano pide a la Reyna
por su esposa y los de Hungría
quieren que a decírselo venga
no le ha bastado quitarme
el Reino sino que inventa
también quitarme la vida
y que mi estrella consienta
tal especie de rigores.
Pues dime, ¿eso te da pena?
Sóplaselo tú primero,
pues estás, señor, más cerca.
¿Cómo, si soy desdichado?
Hablando, pese a mi abuela.
Ya no puedo declararme,
porque mi vida se arriesga.
¿Cómo?
Porque de mi hermano
temo la injusta fiereza.
¿Qué importa, si ella te quiere?
Mi mayor desdicha es esta,
Roquete, porque si el Reino
aqueso a entender viniera,
contra mí se conjurara.
Habla pues, que tienes lengua,
dila que eres Alexandro;
reviéntese la postema,
dila que eres Rey de Albania.
Francesa al paño.
Cielos, ¡qué enigma es aquesta!
Ludovico, Rey de Albania.
¿Si fue ilusión de la idea,
o prevención del deseo?
Será vana diligencia,
porque no hay quien lo acredite.
A salir vengo resuelta,
de esta duda escuchar quiero.
Vive Dios que no lo aciertas,
¿no la tienes amor?
Sí.
Ella, di, ¿no te le muestra?
Eso presumo.
Pues habla,
¿ha de entenderse por señas?
Temo que ha de disgustarse.
Pues te falta una tercera,
échala tu confesor,
que es en tal caso la extrema.
Sin duda que amor me tiene,
y el no declararse es prueba
de que no es su calidad
tanta como representa.
Juro a Dios, que eres Rey...
Calla.
Quien a detener pudiera,
si ganan de la bajeza...
Roquete, ¿qué me atormentas?
Yo no puedo ser dichoso,
déxame sentir mis penas,
ya se acabó mi esperanza.
Pues, ¿qué has de hacer? Mas, la reyna
viene.
¿Se nos ha escuchado?
Ya me han visto.
Sale.
No te duermas,
ahora es tiempo, que a tus manos
viene como una cordera.
Ludovico.
Gran señora.
Idos, Roquete, allá fuera.
Que me place, sí señor.
Saca fuerzas de flaqueza,
pues la tienes en la jaula.
Idos pues.
Vase.
Si vuestra alteza
lo manda, es mucha razón
que Roquete la obedezca.
Estamos solos.
Aparte.
No veo
nadie que escucharnos pueda.
¿Qué intentará Francelisa?
Aparte.
¡Oh, lo que amor atropella!
Aparte.
La ocasión que deseaba
lograr, ya me desalienta.
¡Ay, suerte más infelice!
Aparte.
¿De qué sirve mi grandeza
si padece el corazón?
Desate el amor la venda,
deponga la majestad,
el respeto y la prudencia.
Aparte.
Al silencio he de entregarme,
aunque la ocasión me ofrezca.
Aparte.
Salgamos de aqueste encanto.
Padezca, mi alma, padezca.
Ludovico, ¿qué tenéis?
¡Qué suspensión es la vuestra!
Cuando os doy cargo que todos
la dicha embidiaros puedan,
estáis imaginativo.
¿Qué puede haber que os suspenda?
Solo estáis conmigo, hablad,
no os ocupe la vergüenza,
bien podéis decirme a mí
ese dolor que os aqueja,
que puede ser que os aplique
remedio a vuestra dolencia.
Señora, mi mal procede
de calidad tan secreta
que, compadecerle yo,
pienso que no me atreviera
a decirle como él es.
Demás que locura fuera
pensar yo que se hubiera en mí
cosa que me diera pena
estando en vuestro servicio.
Aparte.
En deslucirlo no yerra
vuestra atención, pero yo
casi casi presumiera
que el veros favorecida
causa en vos esa tristeza,
si no os halláis meritoria
de la dignidad suprema
que os he dado; no os aflija,
que si no es vuestra nobleza
capaz de cargo tan grande,
sabed que en ello dispensa
el poder: yo os haré noble.
Reina soy, aunque no quiera.
Le he de hacer que se declare.
Rodulfo y Laura al paño, cada una por su lado.
Siempre en secreto la Reina
con Ludovico, no en vano
el casamiento reprueba.
Ludovico con mi prima
siempre a solas ; ¡oh, qué rigurosa
me dan muerte mis celos!
Aparte.
No sé qué he de responderla;
si no la digo quién soy,
a mi amor hago la ofensa,
y si lo digo es preciso
que se ponga en contingencia
mi crédito y mi verdad;
con que mi ventura sea
asegurar lo primero;
siga el engaño su senda
hasta mejor ocasión.
Dudando estáis la respuesta;
extraño es vuestro designio.
Señora, cuando vos mesma
conocéis que mi persona
no es capaz de las finezas
o los favores que vos
Me hacéis que solo refiera,
parece que es excusado.
En más confusión me deja
vuestra respuesta; qué mucho
que lo ignore, vuestras prendas
si vos, desagradecido,
dais motivo a que lo crea.
No hacer gala del favor,
antes, señora, dijera
que era más estimación,
que quien al silencio entrega
solo el agradecimiento
siempre hace mayor la deuda.
Sí, mas cuando los favores
son tan grandes que deleitan,
nunca el gusto se suspende
ni la vanidad se templa.
Quien llega a desvanecerse
a la estimación se niega.
Nunca ay desvanecimiento
si ay calidad.
Aparte.
Mucho aprieta.
pero no he de declararme.
No he visto tal resistencia.
Qué es lo que intenta mi prima?
Qué es lo que la Reina intenta?
Ya que vuestra calidad
no queréis que yo la sepa,
vuestra pena no diréis?
que un doliente se consuela
con decir su mal, aunque
sepa que no le remedia.
Confieso que alivio tiene
el que sus pasiones cuenta.
Pues vos, ¿por qué lo calláis?
Porque lo quiere mi estrella.
¿Y no la podéis vencer?
Es conmigo siempre adversa.
Tal vez se suele mudar.
Es constante en su carrera.
¿No probaréis?
No me atrevo,
que ay peligro en la experiencia.
¿Quién lo estorba?
Mi pasión,
que la lengua tiene presa.
Romper el nudo.
Es en vano.
que pasa a mayor dolencia
Pues qué habéis de hacer
morir,
sin decir mi mal
es necia temeridad
Pues oíd
lo que la Razón me enseña
No atreverme a decir el mal que siento
parece que es rigor y tiranía,
mas es de calidad la pena mía
que casi tiene alivio en el tormento.
al enfermo que sediento
busca el alivio en una fuente fría
y aunque templa el ardor de su agonía
le vuelve a dar tormento su ardimiento
así mi corazón aunque padece
siente su mal como se ve oprimido
mas no quiere decir de qué adolece,
no porque ya el alivio no ha vencido
sino que está en aquello que apetece
su mal y su tormento prevenido.
bien declara su cuidado
bien dice su sentimiento
(Aparte.)
Luego vuestro mal de amor
procede a lo que yo entiendo
Muy bien lo puedo decir
pues yo también lo padezco
(Aparte.)
(Aparte.)
Si vos queréis que lo diga
no culpéis mi atrevimiento
aunque no logre la dicha
sepa del dolor que muero
(Aparte.)
Pues por qué queréis callarle
corazón mucho le aliento
(Aparte.)
Porque en el silencio solo
pienso que está mi remedio
mal hago en no declararme
pues me descubre su pecho
Remedio en callar no sé
que pueda ser de provecho
que aumentar la pena nunca
pudo servir de consuelo.
Cuando en el pecho se encierra
el dolor solo en sí mismo
halla alivio que el decirle
tal vez suele ser veneno
Escuchas que he de probar
en contra de ese argumento
no declarar el corazón su pena
es especie de rigor impío
Porque no llega a usar del albedrío
quien de su ser violento se enajena,
a eterno desconsuelo se condena
el que sediento llega al cristal frío,
y temiendo el ardor busca el desvío,
pues crece más en vez que se refrena.
Luego si aquel alivio que recibe
aunque breve le sirve de consuelo,
porque el rato que dichoso vive
tiene en su pecho un Mongibelo,
¿quién hay que al corazón tanto le prive
que alguna vez no diga su desvelo?
Ella le alienta, le anima,
y a mí falta el sufrimiento.
Para que su amor le diga,
ella le está persuadiendo.
No dudo que es evidente
razón, pero no la apruebo.
¿Por qué?
Porque en mi señora
tengo hecho aqueste concepto.
Aparte.
O el sujeto que adoráis
no conocéis, o sois necio,
porque en le conocer,
poco allegado a deberos,
que si hay méritos en vos
decirla su pensamiento.
Aunque no fueseis su igual
no era mucho desacierto,
porque amor todo lo iguala.
Yo de mí sé que no puedo
hacer más.
Aparte.
¿Qué es lo que escucho?
No sé por qué me detengo
y mis ansias no le digo.
Amor, la ocasión logremos,
que si tu imperio me das
yo con la fortuna tomo.
El callar mi amor, señora,
hasta aquí no ha sido yerro,
aunque el sujeto conozco.
Pues, ¿qué ha sido?
Que respeto
que se debe a su persona.
Pues decís un argumento,
la conclusión que no sois
digno del merecimiento,
puesto que la calidad
de esa dama, como es cierto,
viene a ser más que la vuestra.
En calidad no la debo
cosa alguna; en lo demás
juzgo que no la merezco.
¿Está ausente?
No, señora.
¿Adónde está?
En vuestro Reino.
¿Y no me diréis quién es?
Porque yo solo deseo
dar alivio a vuestras penas.
Vos sola podéis hacerlo.
Hablad, no tengáis temor.
¡Ea, corazón, ya es tiempo,
puesto que de ello gustáis!
Salirle quiero al encuentro
antes que más se declare.
No se ha de lograr su intento,
pues yo de celos me abraso.
Escuchad.
Salen los dos a un tiempo: Rodulfo con el recado de escribir y Laura con un ramillete.
Aqueste pliego
es la respuesta, señora,
de Leopoldo.
El jardinero
para ti trae estas flores.
Firme tu Alteza.
Aparte.
¿Qué es esto?
A un tiempo los dos aquí;
esto tiene algún misterio.
Aparte.
¡Que hubiesen de embarazarme
los dos! No sé qué sospecho.
Aparte.
De enojo no estoy en mí.
Pesares, disimulemos.
¿Es aqueste el pliego?
Sí.
Aparte.
Toda soy un Mongibelo.
Ludovico.
Gran señora.
¿Qué intenta? Válgame el cielo.
Vase.
Toma este pliego y venid,
que quiero con vuestro acuerdo
despacharle, y los demás
que lo fueren sucediendo
desde hoy. Y tú esas flores
vuélveselas, Laura, a su dueño,
porque para mí en tu mano
un áspid traen encubierto.
Cuando voy a declararme
con tan extraños efetos,
Laura, tu padre lo estorba,
alguna cautela infiero.
Vase tras la Reyna y quedan Rodulfo y Laura.
Laura.
Señor.
No te vayas.
¿Qué quieres?
Tengo que hablarte,
que, puesto que eres mi hija,
razón será que descanse
contigo.
Pagas mi amor,
porque no fueras mi padre
si conmigo no partieras
los gustos y los pesares.
No sé, Laura, cómo empiece
a decirte ni a contarte
tanto número de penas
como al corazón combaten,
pero ya es fuerza, hija mía,
que de mi pecho se arranque,
que salga de una vez
este volcán que deshace
el corazón, o le tiene
oprimido en dura cárcel.
Sabrás que mi sentimiento,
Laura, se origina y nace
de dos razones: la una,
que es la menos tolerable,
es la que toca a este reino;
esotra no es menos grande,
pues toca al crédito mío,
una y otra tan iguales
para el sentir que no sé
si la vida han de costarme.
Y así, escucha si es que puedo,
sin que la pena me acabe,
o la pasión, o la ira
en tanto dolor quejarme.
Francelisa, nuestra Reyna,
por muerte del Rey, su padre,
quedó heredera del reino
de diez años no cabales;
y como la edad no era
capaz de que se entregase
a los cuidados de un reino,
dispuso el rey por honrarme,
como a deudo más cercano,
que yo en el ínter cuidase
del reino y de Francelisa,
y que cuando la jurase
Hungría por reina suya,
hiciera que al mismo instante
con Alejandro de Albania
se casara. Ejecutarse
no pudo aqueste decreto
por lo que tú causa sabes;
el motivo que el rey tuvo,
o lo que pudo obligarle
a hacer este casamiento,
fue querer asegurarse
para conservar sus tierras,
que el albanés arrogante
con su ejército por ser
más copioso o más pujante,
cada día en los de Hungría
hería su corvo alfanje.
Por obviar estos daños,
trató con él de hacer paces
casándole con su hija.
Como la fortuna abate
el poder para que suba
uno cuando el otro cae,
a Alejandro derribó
para que se coronase
Leopoldo por rey de Albania.
Yo, que siempre vigilante
la quietud del reino miro,
que es lo que debo a mi sangre,
el amistad de Leopoldo
solicité por librarles
de aquella opinión antigua;
ofrecile, pues, casarle
con Francelisa, y al punto
me pidió que le enviase
un retrato de la reina,
y para haber de copiarle
de Albania vino un pintor
que él estimaba por grande.
El cual con mi industria pudo
desde una reja que sale
al jardín donde la reina
suele bajar por las tardes,
ver su belleza seguro
de que nadie le notase.
Volvióse en fin, si bien yo
no pude después hablarle,
porque a un negocio del reino
me fue fuerza el ausentarme
de la corte algunos días,
hasta que el rey hablarme
pudo. Como ya tenía
de Francelisa la imagen
en su poder y en su pecho,
mostrándose tan amante
de su belleza, que a Hungría
ya desde Albania se parte
a verla, según me avisa.
Mira, Laura, si es bastante
esta pena, pues la reina,
hija, como lo escuchaste,
el casamiento resiste,
y la causa de excusarse,
aunque ella lo disimula,
es fácil de penetrarse,
pues desde que llegó a Hungría
aqueste griego arrogante,
tanto da en favorecerle,
en asistirle y honrarle,
que la majestad depone
y hace de su amor alarde,
sin atender Francelisa
que hay quien pueda disgustarse
de que con un extranjero
que no le conoce nadie
se empeñe tanto que llegue
en la corte a murmurarse.
Aquesto, Laura, quisiera,
pues eres cuerda, tomares
por tu cuenta, pues a ti
con más gusto ha de escucharte
que a mí, porque las mujeres,
hija, en casos semejantes,
unas con otras a solas
suelen más bien ajustarse.
Dirásla lo que la importa
que con Leopoldo se case,
porque es rey y poderoso.
La desentía el desaire,
y una vez hecho el desprecio
no es fácil de remediarse.
Aparte.
Aparte.
Señor, la reina es mujer
de condición tan notable,
que no quisiera ponerme
en tan apretado lance
con ella; pero por ti
venceré dificultades,
mejor dijera por mí.
Y puedes asegurarte
que de mi parte pondré
razones tan eficaces
para nuestro intento que,
si puedo lo haré, que aparte
la atención de Ludovico,
ojalá alcanzase.
De ti, Laura, el desempeño
fío, y ándate antes
que la reina te eche menos.
Vase.
A Dios, señor.
Él te guarde;
bien quedaré con el rey
si a mi palabra faltase,
y con la seguridad
de que la mano ha de darle,
Francelisa a Hungría viene.
Sale Alexandro tomando algunos memoriales, y Roquete.
Después haré que os despache
la reina, volvedme a ver.
El cielo, señor, os guarde.
Aparte.
El griego a mi pesar viene,
despachando memoriales.
Que haga aquesto una mujer,
y se olvide de su sangre,
de envidia no estoy en mí.
Rodulfo es aquel; hablarle
es fuerza, aunque su pesar
reconozco en su semblante.
Aparte.
Allí está el viejo, y parece
que está probando vinagre.
¡O lo que puede la envidia,
que aún no vuelva en cadáver!
Señor Rodulfo.
[Vuélvele las espaldas.]
Irme quiero.
Sin verle, por no irritarme.
¿Las espaldas me volvéis?
Sin responderme, escuchadme,
que los hombres como yo
no sufren esos desaires.
Si os parece que lo es,
como vos decís, repare
vuestra loca presunción,
que habrá razón que lo mande.
Yo no sé que la tengáis,
cualquiera que pensare...
Atended que habláis conmigo,
y no por que os agasaje
la reina, mal advertida,
sin ver el yerro que hace,
habéis de tomar más mano
de la que a vos os tocare.
[Aparte.]
¡Vive Dios, que esto va malo!
Mas que tenemos almagre,
o hubiese provocador
de conde, y este de Amurate.
Ni la reina, mi señora,
puede errar en ocuparme
en su servicio, ni yo,
ya que hacéis que me declare,
desmerezco aquestas honras;
y si hubiera de premiarse
la voluntad por servicio,
no dude de que llegase
la que yo tengo en servir
a la reina que Dios guarde,
a ponerme en tal estado
que no pudiera igualarme
ninguno en todo su reino.
A atrevimiento tan grande
solo mi acero responde.
Aquí dio fin el romance.
Sacan las espadas, y dice la reina dentro.
¡Ah de mi guarda, soldados!
¡Laurencio, Ricardo!
¡Zape!
La reina sale, por Dios,
que dimos con todo al traste.
Sale la reina, y Leonor.
¿Qué es aquesto en mi palacio?
Este desacato pare,
como así los dos.
Aparte
Que hubiese
de venir a embarazarme.
¿No me respondéis, Rodulfo?
Vuestra Alteza no se espante
de que así me descomponga,
cuando de accidentes tales
es la causa vuestra Alteza.
Aparte
Ya conozco de qué nace
el disgusto de los dos:
de que a Ludobico ampare,
Rodulfo quejoso está.
¿Qué haré en tan nuevo linaje
de confusiones? Amor
me llama de aquesta parte,
y mi sangre por estotra;
ambos efectos iguales,
pero mi amor no es primero,
sí, que no fuera preciarme
de amante si yo le hiciera
a Ludobico el ultraje,
y mi sangre, ¿qué dirán
si castigar intentase
a mi sangre y reservase
al que se opone a mi sangre?
Con qué de dudas peleo,
pero no es razón que falte
a la ley ni a la justicia,
demás que el asegurarle
a Ludobico conviene
a mi amor, para quitarle
a Rodulfo la ocasión
de que pretenda vengarse;
primero es guardar su vida.
Aparte
¿Cuánto va que el rayo cae
sobre mi amo?
Confusa
no acierta a determinarse.
Esto ha de ser de esta suerte.
Ludobico.
Malo.
Dale la espada
a Ricardo luego.
Que a obedeceros me allane
es justo, pero mi acero
solo a vos he de entregarle.
Dádmele a mí.
Aparte
Quiero ver ya
Esta es mi espada.
Llevadle
a la torre de palacio.
Pegonos con la del martes.
Aparte.
Si presa el alma me tienen,
y a tus ojos celestiales,
¿para qué son más prisiones?
Vamos, Ludobico, llevanle.
Ande,
también él.
Yo, ¿por qué causa?
Solo porque es un bergante.
Tú lo eres, vive Dios,
y cuantos descienden...
Calle,
y no me enoje.
Buste
tiene razón en agarrarse.
Llevanle.
Si con prenderle presumes
que mi ofensa satisfacer,
mayor castigo ha de ser
el que a mí me desagravie.
Pues, ¿qué es lo que Ludobico
pudo hacer que os agraviase?
Con las alas que tu alteza
gusta a este griego de darle,
no dudo que al cetro aspire,
puesto que llega a arrojarse
a decir que él os merece,
y que no habrá quien le iguale
en todo el reino, y de aquesto
a vuestra alteza han de echarle
la culpa, pues lo permite;
y sepa que sus leales
vasallos hoy...
Callad,
que vuestras temeridades
ya pasan a demasías;
y es fuerza que os desengañe:
que si la edad os disculpa,
sabed que podré cansarme
de vuestras impertinencias;
y si porque gobernasteis
mi reino y por ser mi deudo
queréis a mí gobernarme,
advertid que es otro tiempo,
y que desde aquí adelante
solo habéis de obedecer
todo cuanto os ordenare.
En vuestra presunción
fuere contra mi dictamen,
como hasta aquí, no dudéis
que mi rigor os alcance.
Señora...
Yéndose.
Vase.
Basta, Rodulfo,
no tenéis que replicarme;
en vuestro cuarto os estad
hasta que otra cosa mande.
No salgáis un punto de él
si no queréis enojarme.
Vase.
Vanos salen mis intentos,
que así una mujer me trate;
venganza pide este agravio,
morirá el ciego cobarde.
Fin de la segunda jornada.
Jornada Tercera.
Sale Flora con dos bujías y recado de escribir, que pondrá sobre un bufete en que ha de haber una silla.
A esta cuadra me mandó
mi ama que la trujese
el recado de escribir.
Testigos serán ustedes,
cómo las luces, papel,
tintero y demás adherentes
para el caso necesarios,
pongo sobre este bufete.
Y ahora, ¿qué hemos de hacer,
Flora, entre tanto que viene
tu señora? Murmurar,
pues el lance lo requiere.
Empecemos por mi ama.
Vaya pues. ¿Qué te parece
de su amor? Que una locura,
porque mujer que se mete
en tener amor a un hombre
que la paga con desdenes...
que quiere en otra parte,
yo no sé lo que pretende;
el tal Ludovico es hombre
que por su talle merece
que cualquier dama le estime,
mas yo había de ponerme
a querer hombre que mira
otra, y que a mí me desprecie.
Antes ciega que tal vea,
ella hará mal si lo hiciere;
de la prisión le sacó,
y aunque piensa que la debe
Ludovico esta fineza,
engáñase la inocente,
que hacerlo luego la reina
porque ella se lo pidiese,
tiene su poco de maña
y su mucho, si se advierte,
que no es tan boba la niña
para que vencer se deje,
si no pudiera obligarla
lo mucho que ella le quiere.
¿Y qué diremos del viejo?
Peor está que un triste
con las cosas de la reina;
yo no sé qué me sospecho
de lo que he visto estos días;
que, ¿qué con secreto tiene
en su cuarto el tal Astolfo
ocultos tres albañiles?
Que esto es lo más que he podido
averiguar de un sirviente
que los asiste; y mi ama
y el viejo andan diligentes,
todo es hablar en secreto;
no quisiera que saliese
de este parto algún tarro;
mas mi ama es esta, quede
la obra medio cortada,
que por ahora conviene,
que después se acabará,
pues hay paño suficiente.
Sale Laura.
Trújete, Flora, el recado
de encubrir...
Aquí le tienes.
¡Oh! ¿Mi corazón hallará
alivio en dolor tan fuerte?
Dame, Flora, en qué sentarme.
Mucho en verte me entristece
con esas melancolías.
Siéntase.
¡Ay, Flora, si tú supieses
todo lo que al pecho oprime,
todo lo que el alma siente!
Con más razón me ayudarás
a sentir, ley evidente,
que ninguno siente el mal
como aquel que le padece.
Quiero escribir a este ingrato
por ver si de mí se duele,
que, como está el corazón
por todas partes doliente,
juzga que ha de remediarse
con todo lo que apetece.
Escribe y sale el Rey Leopoldo embozado por parte que la ha de coger de cara.
Aunque falte a la palabra
que a Rodulfo di, se atreve
mi osado pecho a romper
todos los inconvenientes,
por si puedo ver la Reina;
hasta su mismo retrete
me he de entrar; pero, ¿qué miro?
¿No es la que estoy viendo? Dame
albricias, amor, que ya
la mayor dicha me ofrece.
Un hombre se ha entrado aquí,
embozado, y me parece
de los que Rodulfo hospeda.
Aparte.
Los sentidos se suspenden,
contemplando en su belleza;
la aurora cuando amanece
no iguala a su resplandor,
el sol la luz oscurece
al ver de su hermoso rostro
los rayos resplandecientes.
Divina deidad la juzgo,
¡oh, feliz yo mil veces!,
que aun más que lo imaginado...
hallo en su beldad presente;
ya lo más que el corazón
puede declarar va en este
papel.
Levántase, ve al rey, túrbase.
Aparte
¡Ay de mí! mas, ¿quién
está aquí? Cielos, valedme,
que este es Leopoldo de Albania.
Quien sin alma llegó a verte,
quien sin vida respiraba,
quien llegó a punto de muerte,
quien como ciego vivía,
hasta que mi feliz suerte
me trujo a que vos, señora,
de nuevo vida me dieseis,
que sin vos era mi pecho
un volcán de fuego ardiente,
un abismo de desdichas,
y un mar de sirtes crueles...
Cuánto va que el albanés
pagar la posada quiere.
Aparte
Sin duda que por la reina
me ha tenido; no, que tiene
el retrato de mi prima,
con que engañarse no puede.
Solo aquesto me faltaba.
Señora, si no merece
respuesta quien mereció
adorar de vuestro oriente
el sol que abrasarme pudo
antes de llegar a verle,
merezca que lo sepáis,
porque mi amor no consiente
a vista de tanta luz
sombras que ofenderle pueden.
Vuestra alteza viene errado,
y no es mucho que se ciegue
el que, como lo confiesa,
tan rendido llegó a verse;
vuelva a recobrarse, y no
tanto a la pasión se entregue,
que pierda el conocimiento
cuando debiera tenerle.
Estas finezas, señor,
vuestra alteza las emplee
en la que en su pecho lleve.
y por quien a Hungría viene
desde Albania, porque en mí
esos favores corteses
ni tienen lugar, ni es bien
que conmigo los frecuente.
Advertid que no os entiendo.
Mirad que Amor, aunque crece
en mi pecho como es niño
y no está diestro en las leyes
del desprecio, temeroso
busca a donde esconderse.
Vos sois la que habéis vivido
y vivís tan solamente
en mi pecho y en mi alma,
que porque no me alterase
Amor, desde el mismo instante
que vi los rayos lucientes
de vuestros soles divinos.
Vuestra alteza no se empeñe
en ocios, devaneos,
y esos hipérboles deje
para quien le tengo dicho
que yo no he de responderle,
porque otra pena me aflige
y otro cuidado me vence.
Y con esto, vuestra vida
el cielo, señor, aumente,
los deje gozar el dueño
los años que cuenta el Fénix.
Detiénela.
Aguardad.
Vase.
No me detenga
vuestra alteza, que conviene
el irme por muchas causas
que obligan a que me ausente.
Vase.
Yo no os he de dejar, menos
que satisfecha no quede
vuestra duda; toda el alma
en vivo fuego se enciende.
Aqueste es el rey de Albania,
más mal hay del que parece;
el demonio anda sutil,
mi ama va como cohete,
quiero ir tras ella por ver
lo que de aquesto sucede.
Levanta las luces y vase, y sale Francelisa por otra puerta.
Supuesto que estamos solos,
amor, a cuentas entremos,
si es que puede haber en vos
cuenta, razón o concierto.
Sepamos, pues eres dios
que dilata tu imperio
tanto que todos te pagan
por naturaleza el feudo.
¿Cómo a quien llega rendida
a tu capitolio regio
piadoso no le recibes,
sino que antes justiciero
sin admitir el descargo
pones de muerte el decreto?
Di, ¿no ha de haber de personas
distinción, sino que fiero
a todos has de igualar?
De tus rigores me quejo,
pues ejecutas en mí
de las leyes el derecho;
a pocas vueltas me hiciste
confesar en el tormento.
¿Qué hemos de hacer, corazón?
¿Público vuestro desvelo,
declarada vuestra pena,
sin averiguar primero
si merece Ludovico
mi mano? Terrible yerro;
mas no, que si mereció
tener lugar en mi pecho,
¿por qué no ha de merecer
saber que vivo muriendo?
Sépalo, pues que es en todo
obras, amor, como ciego;
a ti te podrán culpar,
pues yo por ti me gobierno.
Sale Flora con un papel.
A buscar a Ludovico
de muy mala gana vengo
para darle este papel;
bien sé que no es de provecho
para maldita la cosa,
aunque anda buscando medios
mi ama para traerle
a su amor.
Ve a la reina y trábase.
¡Ay, San Alejo!
Con la reina he tropezado.
¿Dónde vas, Flora?
Aparte.
¡Aquí es ello!
Haré que guarde el papel.
¿De qué te recatas?
Yo, señora, no sé...
¿Qué es eso
que ocultas?
¡Triste de mí!
Aguarda a ver.
¡San Anselmo,
aquí dio fin la trama ya!
Quítale el papel.
¿Qué papel es este?
Pienso
que es una oración del alma
que de continuo la rezo.
Aparte.
«Laura escribe a Ludovico».
¡Ay, mayor atrevimiento!
Aparte.
Temblando como azogada
estoy.
Anda, vete.
Vase.
Bueno,
no he negociado muy mal,
con bravo despacho vuelvo.
¿Qué es esto que por mí pasa?
Corazón, ¿estamos buenos?
¿Que a Ludovico le escriba
Laura? ¿Cómo lo consiento
y no castigo esta ofensa
que consta a mí? Pero quiero
leer el papel, si es que puede
caber en mi sufrimiento.
Lee Francelisa para sí y sale Alexandro.
Ya que Francelisa, atenta
a lo que debe a mi pecho
el suyo, me declaró
sin atender a respetos
que infunde la majestad,
a verla a su cuarto vengo,
porque solo con su vista
tiene mi corazón aliento.
Mas allí está, y divertida
parece que está leyendo
un papel. Quiero llegar.
Mírele.
Porque cuanto me detengo
en gozar de su belleza,
parece que vivo menos.
Señora, y a la tardanza,
mi amor, como es tan inmensa,
parece que me acusaba,
y que no lo erraba, creo,
porque como vive en vos
y os tiene a vos por objeto,
fuera ingratitud en mí
negarme al conocimiento.
Sin mirarle.
Que mientan así los hombres,
y que lo permita el cielo.
¡Ah, traidor, sin vida estoy!
Reina y señora, ¿qué es esto?
¿Vos triste, y con vida yo?
¿Vos el semblante con ceño?
El cielo sin resplandor,
sin luz aquestos luceros,
decidme, ¿quién ocasiona
tan impensados efectos?
No se diga que pudisteis
tener vos un pensamiento,
un asomo de disgusto,
un instante de tormento,
sin que yo primero tenga
la dicha de padecerlo.
Aparte.
No sé cómo no le digo,
con el dolor que padezco,
que es un traidor, un villano.
Mas, válgame el sufrimiento,
¿qué se puede hallar en quien
toda es rabia y todo celos?
Señora, mirad que el alma,
como vive en vos atento,
con furias desazonada
da muestra del sentimiento;
sepa yo la causa.
Dale el papel.
Vos
tenéis razón, y os prometo
que solo a vos la dijera.
Ved ese papel y, luego
que le hayáis visto, por él
veréis la causa que tengo.
"Para mí", dice, y la firma
es de Laura.
Ya lo veo.
"Para vos", dice el papel,
y no parece el primero.
Aparte.
Que quiera Laura quitarme,
la ventura que poseo.
Quítaselo con alguna cólera.
Leelde, pues, ¿qué os suspende?
Y si no queréis hacerlo,
soltad, que yo lo leeré,
y darás por los ojos hierro.
Mirándole.
Señor, pues sois de mi vida
cierto que empieza a ser dueño,
¡Ay, suerte más infeliz!
Mírale.
el universal remedio,
y sin vos el corazón
padece tormento eterno.
Jesús, y lo que padece,
por vos, aqueste sujeto.
Yo, señora, no...
Aguardad,
porque falta lo más tierno.
Mírale y vuelve a leer.
Advertid que no es razón
que haya de vivir muriendo,
la que os hizo, siendo libre,
de la vida y alma dueño.
A la beldad de la Reina
os tiene rendido y preso;
sabed que tiene en palacio
al Rey de Albania encubierto,
y que vuestra pretensión
es en vano, es todo viento.
¡Cielos, mi hermano en Hungría!
Aparte.
Don Gil fue el instrumento,
que a aquestos impulsos mueve.
Y pues, ¿qué decís a esto?
Señora, el cielo me falte,
si he tenido pensamiento
de ofenderos en mi vida
con Laura...
Yéndose poco a poco y dale el papel.
¿Para qué es eso,
si lo que os acreditáis
está el papel desmintiendo?
Esto no puede faltar.
Laura, que baje luego, luego,
a consolar esta dama.
Que uno ha de estar padeciendo
por vos, cuando está su vida
solo en que la deis consuelo.
Los hombres principales
y que blasonan de serlo,
como vos, no han de faltar
a tan precisos empeños.
A doña no la hagáis penar,
porque es lástima.
Vuelve.
Teneos,
señora, que antes que os vayáis
tengo de satisfaceros.
Vuelve a hacer que se va.
¿Qué habéis de satisfacerme,
si sois un mal caballero,
ingrato, desconocido,
tirano, aleve, grosero?
Si mi pecho os descubrí
por obligarme del vuestro,
¿qué más fineza, decid,
pude hacer por vos? Y en medio
de este favor, vos, ingrato,
malográis tan gran trofeo.
Por vida de Francelisa,
que soy yo, que de no haber
querido (pero mi lengua
freno, porque lo confieso),
que diera con vuestra vida
y con la que os hace dueño
de la suya a mi pesar,
a todos tal escarmiento,
que los amantes ingratos
tomarán en vos ejemplo.
Si no escucháis mis verdades,
que es lo que llego a deciros...
¿Qué verdades, si sois falso,
inconstante y desatento?
Las que acreditan mi fe.
¿Para qué queréis poneros
a dorar una maldad
con el daño manifiesto?
De mi parte la inocencia
está la ofensa sintiendo.
¿De manera que inocente
estáis con lo que estáis viendo?
Sabe el cielo que es verdad,
y si un instante, un momento
os he ofendido con Laura,
ni con persona en nuestro reino,
que contra mí se conjure
y que un desatado incendio...
Rompe el papel.
Rayos sobre mí fulmine
la vaga región del fuego,
y caigan como pedazos.
Aqueste vil instrumento
que mi desdicha concierta,
por el aire va derecho
a buscar la tierra, donde
sirva de monumento,
donde anide yo a la furia,
en que, cenizas envuelto,
la tierra me dé sepulcro
allá en sus cóncavos senos.
No os he ofendido en mi vida.
Tened, no hagáis tal exceso,
que el rigor no merece
el dueño, tan gran desprecio;
sin embargo, poco a poco
pienso que le voy creyendo;
apuremos más el caso.
Si en vos no hay culpa, ¿a qué efecto
Laura os escribe un papel
tan fino y con tanto aseo?
Eso, si vos no la dierais
lugar, yo no he de creerlo,
porque, ¿qué dama se arroja
a tan loco desacierto,
sin que el galán no la dé
la permisión para hacerlo?
Aquí, ¿qué hay que responder?
Esa consecuencia niego,
porque, ¿qué importa que yo
os quiera a vos como os quiero,
si vos no correspondéis,
o por aborrecimiento,
o porque las estrellas vuestras
y las mías no se unieron?
Luego, si hay contradicción
en los dos, el argumento
es claro, y no será bien
que haya de estar yo sujeto
a pagar como decís
culpa en que yo no tropiezo.
Luego, ¿vos no la queréis?
Con el alma la aborrezco.
Aún no quedo satisfecha.
¿Dónde, que no os ofendo?
No acierta bien el decir
lo contrario.
Por lo menos
Ya que vos no me creáis,
yo quedo bien satisfecho
de que me debéis a mí
más que yo a vos.
No lo entiendo.
Mirad lo que dice Laura.
Es industria de sus celos.
¿Qué industria, si le tenéis,
como ella dice, encubierto
al rey de Albania?
Aparte.
Es verdad;
prueba también el veneno
de los celos como yo.
No tiene duda que es cierto.
Yo me casaré con él.
Eso es lo que yo deseo.
¿Luego adoráis a mi prima?
A vos solamente quiero.
¿Pues para qué deseáis
lo que os está mal?
Ya es tiempo
de que a luz salga, señora,
la verdad que en el silencio
ha vivido tantos días
oculta, no sin misterio.
Yo soy, señora, Alexandro,
el purísimo heredero
de Albania, a quien aclamaron
por su rey y por su dueño
los albaneses, y así,
mirad agora, si siendo
el rey yo como lo soy,
ha de ser mal...
Aparte.
Deteneos.
¿Es verdad lo que decís?
El corazón da mil vuelcos
con el placer, como el alma.
¡Ay Dios! Me estaba diciendo,
si bien con algún embozo,
desde que le vi, lo mismo.
En fin, ¿que sois Alexandro
y no Ludovico?
Es cierto.
Pues si Alexandro murió
en la guerra, ¿cómo puedo
asegurar que lo sois?
Fue prevención del ingenio.
Para asegurar la vida
viéndome en tan grande aprieto,
y más despacio sabréis
de mi fortuna el suceso.
No sé si crédito os dé.
¿Por qué?
Porque tengo miedo.
¿De qué?
De que me engañéis
como hasta aquí lo habéis hecho.
Mi amor ansí lo dispuso.
No elegís mal, solo apunto
que si obligado os hallabais
de mi prima, fuera yerro
malograr tantos favores
por hacerme a mí imperfeto.
Aun no estáis desengañada.
¿Yo? ¿Cómo podré creerlo
si ella misma lo confiesa?
¿Qué importa, si yo lo niego?
Quien no procura librarse,
cuando está a la vista el fuego.
Pues si la verdad no vale
ya para con vos, ¿qué espero?
Vuelva mi engaño a seguir
la senda otra vez de nuevo.
Ludovico soy, señora,
no Alejandro, solo quiero
saber que pude adoraros
y que pude mereceros;
que vine por vos a Hungría,
que os di el alma antes de veros,
que os entregué mi albedrío,
que no queréis conocerlo,
que la vida me debéis,
que me pagáis con desprecios,
que mi estrella lo permite,
que contrastarla no puedo,
que ya me estorba la vida,
que de vos me voy huyendo
adonde, en tanto que llega
de la parca el golpe fiero,
me queje de mí y de vos,
al mundo, a la tierra, al cielo;
de mí, porque os he querido,
y porque infeliz os pierdo,
de vos, porque no queréis.
llegar al conocimiento
de mí, porque a tantos golpes
de la fortuna no he muerto;
de vos, porque sois la causa
de mi pena y mi tormento;
y de mí, en fin, porque al ver
que de mi amor verdadero
dudando estáis, por quitarle
a mi fe tan gran trofeo,
no me arranco el corazón
para que conozca el vuestro
lo mucho que le debéis;
mas ya en vano lo pretendo,
que es estragar la lealtad
solicitar el aprecio,
gozar, sin que os embarace
mi cariño ni el desvelo,
en el amor de Leopoldo
felicidades sin cuento.
Vos le tenéis en palacio,
el reino lo está pidiendo,
vos es fuerza que lo hagáis;
yo morir antes de verlo.
Y plegue al cielo, señora,
que de mi muerte primero
que goce vuestra belleza
ese tirano soberbio,
que a vuestros oídos llegue
el aviso, pues con eso
se acabarán tantas penas
como en el alma...
¿Qué es esto,
señor, esposo, Alejandro?
Mas, ¿qué digo?, si no miento.
No tan presto os arrojéis,
no, señor, tantos extremos.
Vos sois dueño de mi vida,
solamente no tan presto
vuestro pecho desconfíe;
vuestra es mi vida y mi reino,
ya no toméis disgusto,
mi rey, mi señor.
¿Es cierto,
señora, lo que decís?
Primero los rayos bellos
de esta antorcha luminosa
que enciende el ardiente Febo
negara la luz al día
que falte a lo que os ofrezco.
No sé si crédito os dé.
Venganza tomáis, hacedlo
enhorabuena, señor;
alábame a mí de escarmiento.
Vuelva a respirar el alma,
puesto que a vivir empiezo;
¿seréis mía?
¿Quién lo duda?
¿Pagaréis mi fe?
Eso intento.
¿Y Leopoldo?
Poco importa.
Miraldo bien.
Yéndose hacia el paño poco a poco.
Bien lo veo.
¿Del reino?
No os dé cuidado,
que eso a mi cargo lo dejo.
¿Qué intentáis?
Daros mi mano.
¿Y si lo estorba?
Teniendo
vuestra persona a mi lado,
no se ha de oponer el reino.
Pues hasta la ejecución
no se descubra el secreto.
Dices bien, siga la industria
el engaño hasta su tiempo.
Pues al empeño, señora.
Pues, Alejandro, al empeño;
mi vida es vuestra.
La mía
solo en vos tiene su centro.
¡Feliz yo que tal escucho!
¡Feliz yo que he de ser vuestro!
Vanse cada uno por su puerta y salen Albano y Lucindo.
Ya tengo entendido el modo,
y no me asusto conmigo.
Este griego, como os digo,
es tan parecido en todo
a Alejandro, que os prometo
que si muerto no le viera,
que era Alejandro dijera.
Es hombre altivo y discreto,
y de él se podrá fiar
lo que mi industria previene.
Ofendido el Rey me tiene,
yo le tengo de matar;
a Ludovico he de hacer
que publique, amigo Albano,
que es Alejandro su hermano,
la corona ha de tener
de Albania, y de mi asistido
sin que puedan conocerle
el reino ha de obedecerle,
y en habiendo conseguido
mi venganza, despojarle
del reino; pues convocados
tengo todos mis soldados,
y si importare, matarle.
Con que tener determino
la corona, haciendo eterno
mi nombre, puesto que el reino
me ayuda a lo que imagino.
Lucindo, el caso requiere
más espacio y más consejo.
A la ejecución lo dejo,
y venga lo que viniere.
Vos intentáis
una temeraria acción,
yo no soy de esa opinión,
plegue a Dios que bien salgáis.
¿Os vais?
Sí, amigo.
El secreto
os encargo; adiós.
Aparte.
Vase.
Sí haré;
yo no puedo estorbarle
su mal fundado concepto.
Pónese detrás de la cortina, y salen
el Rey Leopoldo y Rodulfo.
Acábese de una vez
este cruel sentimiento;
mas hacia allí ruido siento,
y si no me engaño, es
Leopoldo, que viene hablando
con Rodulfo; dicha ha sido;
desde aquí pienso escondido
saber lo que van tratando.
La queja que de vos tengo,
Respuesta Rodulfo
Atienda
vuestra alteza y no se ofenda,
que a satisfacerle vengo.
Sale Alexandro al paño.
A Rodulfo vi pasar
con un hombre que no pude
conocerle. Siempre acude
el indicio a sospechar
lo peor. Descanso llano,
pues lo considero en mí.
Sabré quién es, mas aquí
están. Pero no es mi hermano
este. Si alguna traición
entre los dos imagino,
escucharlos determino;
no lograrán su intención.
Aparte.
Lo que confieren los dos
no lo pude prevenir.
Si vos me hicisteis venir,
la culpa será de vos,
que la Reina, no colijo
tuviese parte en el hecho;
pues llegando satisfecho
de mi ciego amor, me dijo
que por ella no venía,
aunque a ser cosa clara
que a ser ansí no extrañara
lo mucho que me debía.
Demás que me dio a entender,
aunque es tan discreta y bella,
que otro dueño vive en ella.
Mirad si puedo tener
de vos la queja en rigor.
Rodulfo la causa ha sido
de todo lo sucedido.
Conociendo eso, señor,
y que la Reina, ignorante
de lo que con vos ha tratado,
tenía, puso el cuidado
y amor en un arrogante
griego que a Hungría llegó,
y en su servicio le tiene,
por quien mi industria previene
Mañana hacer lo que no
imaginé, por cumplir
la palabra que os he dado.
El reino está convocado,
mañana habéis de ceñir
la corona, y la belleza
de la reina gozaréis;
de vuestra parte veréis
de la plebe y la nobleza
la mayor parte; entrarán
de mi valor asistidos,
todos están prevenidos,
la muerte al traidor darán;
aunque la reina lo impida,
vos a la vista estaréis,
para que el triunfo logréis,
y yo el quitarle la vida.
Aparte.
No será, pues quiso el cielo
que yo lo llegue a saber.
Aparte.
Logrado no se ha de ver
su intento.
Al punto que el velo
corra de la noche fría,
el alba, y de su arrebol
rayos desplegando el sol,
salga a festejar el día,
el palacio ha de cubrir
de tantas armas y gente,
que tenga por conveniente
Francelisa el elegir
lo que el reino la pidiere;
con que cumplido tendré
lo que os ofreció mi fe,
y porque el caso requiere
brevedad, voy a poner
por obra lo que os refiero.
Pues en vuestro cuarto espero.
Venza la industria al poder.
Vanse y sale Alexandro.
Poner remedio es preciso
a tan infame traición,
no permite dilación
el caso; daré el aviso
a la reina.
Vase a ir por el otro lado y sale Lucindo.
Ya se han ido.
Ludovico es aquel,
declararéme con él.
En busca vuestra he venido,
Ludovico, que con vos
tengo un negocio.
Vuelve. Aparte.
Decid,
¿qué queréis? Pero ¿qué vi?
¿Lucindo es? ¡Válgame Dios!
Este traidor fue instrumento
de mi desdicha. Pasmado
me tiene el verle.
Aparte.
Un traslado
es de Alejandro. Oíd atento,
lo sé, que hay dos poderosos
que contra vos indignados,
en injuria conjurados,
están de vos envidiosos
para quitaros la vida,
y aviso con brevedad.
Yo os tengo a vos voluntad,
y la infamia conocida
del riesgo os ha de librar.
Mi industria, como sospecho
que hay valor en vuestro pecho...
Aparte.
¿Y vos llegáis a dudar?
El mundo es corto distrito
para el valor que hay en mí,
sabré su intención, y así
castigaré su delito.
Si queréis vivir seguro
habéis de guardar secreto.
Yo guardaros le prometo,
y de hacerlo al cielo juro.
Pues sabed como a Leopoldo,
que hoy en Albania gobierna
por la muerte de su hermano,
le dieron la insignia regia
las razones que movieron
para que el cetro le dieran,
y a Alejandro le quitaran
la vida; aquí no hacen fuerza
para nuestro intento. Yo,
que fui del bando cabeza
y que en el trono le puse,
negándose a aquesta deuda...
no solo no me la paga,
sino que ofendido muestra
estar de mí, despreciando
con rigores y aspereza
mi persona. Con que vos,
si me ayudáis a esta empresa,
verá el mundo cómo tomo
satisfacción de mi ofensa.
Y aunque sois, Ludovico,
en el valor y la presencia
tan parecido a Alexandro
que parece que una misma
estrella influyó en los dos,
la misma naturaleza,
yo os he de hacer rey de Albania,
yo haré que os den la obediencia.
Diréis que sois Alexandro,
que su muerte no fue cierta.
Diré yo que por huir
de Leopoldo la violencia,
de extranjero habéis vivido
retirado en una aldea.
Yo le he de quitar la vida.
Esta noche Uriel intenta
el daros la muerte a vos,
porque dice que la reina
os tiene amor, y gozar
seguro de su belleza,
ayudado de Rodulfo;
no será, pues mi cautela
ha dispuesto que por vos
su traición quede deshecha,
pues con su muerte en Albania
infinitas cosas cesan:
en mí esta fiera pasión
que el corazón me atormenta;
en vos la seguridad
de gozar la mano bella
de Franzelira, y en fin,
seréis la augusta diadema
de Albania, con que podréis
hacer vuestra fama eterna.
Aparte.
Ya el cielo me ayuda, puesto
que me descubre y revela
la maldad que contra mí
este aleve pecho encierra.
¡Ah, traidor, cómo has venido
por tan impensada senda
a pagar tu culpa, ajeno
del castigo que te espera!
No te librarás de mí.
No sé cómo os agradezca,
caballero, aunque no sé
vuestro nombre, la fineza
que conmigo usáis en darme
la vida, que es la primera
obligación a que siempre
debe atender quien se precia
de agradecido, y después
la gloria de que me vea
en dignidad, que soñada
aun parece que deleita.
Y en el agradecimiento
será el correr por mi cuenta
el asistiros y dar
con mis manos muerte fiera
a Leopoldo, porque quede
vuestra pasión satisfecha.
¿Tendréis valor?
No dudéis
de mi mayor empresa.
Pues esta noche ha de ser,
que a vos os importa.
Sea
luego al punto, si queréis.
Gente viene, y no quisiera
que con vos hablarme viesen.
Hace que abre.
No decís mal, pues aquesta
puerta es de mi cuarto, en él
entrad porque no os vean
conmigo; yo volveré.
En yéndose, entrad, que abierta
tenéis la puerta.
Mirad que deis al punto la vuelta.
Entra por una puerta que ha de haber, y cierra Alexandro.
Sí haré, mas cuando te llame
ha de ser para que viertas
a las manos de un verdugo
la sangre vil de tus venas.
Vuelvo a cerrar y a abrir.
Voy a Evangelina bella.
que en la tardanza hay peligro,
mi causa el cielo defienda.
Vase y sale Flora y Roquete, como asombrados.
¿Dónde me llevas ansí?
¡Ay, Roquete! gran tormenta
ha de haber aquesta noche,
según lo dicen las señas.
El palacio está confuso,
unos salen y otros entran,
y a mí me tiene el temor
con más miedo que vergüenza.
No sé cuándo la has tenido.
Esa es enfermedad vieja
en las damas de palacio.
Luego, ¿por dama te cuentas?
Sí, que hasta agora la edad
aún no me deja ser dueña.
Eso, unas y otras lo hacen.
Es verdad, mas yo querría
el velo antes que las tocas.
Mejor ciegues que tal veas.
Pues a ti, ¿qué te va en eso?
Es por si acaso me deja
Dios de su mano y me caso
contigo.
No te dé pena,
que de aquí allá hay mucho.
¿Cuánto?
Tanto como que lo quiera.
O tú querrás, pero vamos
a tu miedo, ¿qué recelas?
¡Ay, Roquete! grandes cosas;
la ciudad anda revuelta,
mi amo pienso que quiere
que todo el reino se pierda,
tu amo está en gran peligro,
la reina quieren que sea
de Leopoldo, el rey de Albania,
y si lo intentase piensa
que ha de llover sobre el pobre
Ludovico.
Yo dijera
que aqueste viejo es Herodes,
pues persigue la inocencia.
Mi ama por otra parte...
anda sembrando su seta,
como quiere a tu señor.
Ay, que ya pienso que llegan,
no te apartes de mí.
Flora,
vamos a la azotea,
estaremos más seguros.
Retíranse los dos, y salen
Francelisa y Ricardo.
¿Tenéis, Ricardo, dispuesta
la guarda en mi cuarto?
Todo como lo mandó su alteza,
señora, está prevenido.
Bien está.
Ves, la reina
anda lista.
Pues veamos
en lo que para la fiesta.
Salen por otra puerta el Rey,
Leopoldo y Albano.
Si por su cuenta lo toma
el reino, es fuerza quiera
vuestra alteza el elegido;
No dudo que serlo pueda,
Albano.
Porque no logre
Lucindo lo que intenta,
no me he de apartar un punto
de Leopoldo.
Pero, aquella,
si no me engaño, parece
Laura. Albano, ¿conocéisla
vos?
No, señor.
El rey es,
el que está allí, no me pesa,
y pues no me ha conocido,
veré el designio que lleva.
Oye, aquellos dos son
de los que Rodulfo hospeda,
con la reina han encontrado.
Yo sé que de vuelta y media
los ponga, si los ha visto.
Has de hablarla.
Vuelve las espaldas.
No quisiera.
(Aparte.)
Parece que se retira
bien de su intento da muestra;
llegaré a hablarle, señor,
extraño que vuestra alteza
se recate, así no estando
su persona tan segura
en palacio.
Laura hermosa,
recato en mí no os parezca
lo que viene a ser respeto.
Por Laura tiene a la reina.
Es que anda el hombre asombrado
y con la noche tropieza.
(Aparte.)
Por mi prima me ha tenido.
¡Qué confusiones son estas!
Hablaréle como Laura,
pues que me tiene por ella.
Si a hablar vuestra alteza viene
a Francelisa, haga cuenta
que con la reina ha encontrado,
porque somos una mesma,
y lo que ella ha de decir
cuando a vuestra alteza vea,
se lo quiero decir yo.
De tomarme esta licencia
es excusarle otra base
a vuestra alteza, y entienda
que lo que pretende hacer
no es digno de su grandeza;
que a las damas no se obliga
ni se pretende por fuerza,
que amor con imperio nunca
llegó a tener preeminencia;
y vuestra alteza, sin duda,
no está diestro en las materias
de amor; finezas obligan,
no rigores y aspereza.
Que en los que...
(Dicen dentro.)
¡Viva Leopoldo,
rey de Albania!
¡Santa Tecla!
¡Viva Leopoldo de Albania,
y quien lo estorbare muera!
Ya se empieza la invención.
¿Quién es traidor que altera
mi reino de aquesta suerte?
Salen Rodulfo, Laura y toda la compañía.
Señor, si vuestra alteza
no sosiega sus vasallos,
si a su petición se niega,
el reino se ha de perder.
¿Qué es esto? ¿Cuál es la reina,
Rodulfo?
La que estáis viendo.
Pues, ¿cómo? Traición es vuestra,
que el retrato que me enviasteis,
a quien rendí mis potencias,
es de Laura.
¿Cómo?
Enseña el retrato.
Vedle.
¿No es de Laura?
Cosa es cierta.
¡Ay, suceso más extraño!
Empuña la daga.
Como un engaño se intenta
conmigo, en que el castigo...
Vuestra alteza se detenga,
porque en el caso no tengo
parte, y cuando la tuviera,
Laura, señor, es mi hija.
Esto averiguado será
de vuestra alteza
la pretensión, sin que puedan
alegar derecho alguno;
quisiera bien que prudencia,
mi mano guiando, uniendo,
a mi prima Leonor sea.
Yo por vos solo he venido,
y aunque mi corazón sienta
el apartarse de Laura,
con vos el tormento templa.
Con facilidad se muestra,
vuestra alteza, que observa
que no es común quien le mueve,
pues el que...
La conveniencia.
Y supuesto que conoce
cuán difícil es la empresa,
no le ataje la pasión;
posea a Laura enhorabuena,
que pues la razón lo pide,
no hay contra la razón fuerza.
No me está bien que mi prima
haga tanta resistencia.
Bobas cosas vamos viendo.
Calla, Flerida, que mal quedan.
Vuestra Alteza escuche al Reino,
no os neguéis a vuestro vasallo,
Dentro.
¡Salga de Albania nuestro Rey!
¡Dele la mano su Alteza!
Que pido para los dos,
que asista el de Albania Rey.
Dentro.
Eso pedimos.
Yo lo haré; ninguno pierda
la esperanza, que a tal voz,
y estruendo que un Rey atienda,
al punto asiste. Para los
reinos preste de tan grave
política; porque todos
vean que se desatenta
vuestro ruego; solamente,
uso de aquesta manera,
cumpla con lo que pedí
para Albania, vuestra Reina.
Corre una cortina y véase de descubrir a Alexandro sentado en una silla, debajo de un dosel. Estén en pie dos del Consejo, dándole todos las obediencias.
¿Quién?
Aqueste es Alexandro
de Albania, con quien ordenan
mi padre quiere me case.
Aparte.
¿Es ilusión, es idea,
que miro, mi hermano es cielo,
mas muero si no es lo cierto.
Aparte.
¡Mi bien y válgame Dios!
¿Quién vio confusión más nueva?
Aquí dio fin mi esperanza.
No ha visto más loca fiesta,
trama fiera el Rey.
Sí, Flora,
que asustado está aquí en conserva.
Vasallos de Hungría nobles,
a quien se debe acatar,
al Macedón, ya habéis
el miedo, Reinos, depongan,
oíd, que Alexandro os habla;
a este a quien dio la altiva
corona de Albania, aun juzgo
no por suerte, por herencia,
sí como la de mi hermano
quien os manda en esta Reina,
hoy a quien habéis de ver,
y abrazos para que fuera
feliz hoy en una gracia
de su idea en esta Princesa.
¿No es esto lo que pedís,
pues parece que obedecen?
vuelva, Reina, y de mi parte,
la que os tengo, y os lo ruego
que respondáis.
A Leopoldo.
Nunca se da satisfecha
desea.
A quien bien es como hermana,
no tenéis de qué temerla.
Alexandro es nuestro Rey;
dele la mano su Alteza.
Y dánsela.
Esta es mi mano, señora,
siempre la mía fue vuestra.
¡Vive el cielo, ha castigado
mi amor, a traición y miedo,
por grande; y mi fe a su pie aguarda
el perdón, mi hermano!
Llega
a mis brazos, que mi pecho,
no es traición, mas cautelas;
si en él puso la envidia
sin más causa que la furia
de un corazón que gobiernan
afectos y locuras, tan feas,
crueldad como el despojarme
del reino y de su grandeza,
hoy has de hallar, en el mío,
no crueldad, sino clemencia.
Y así la mano de esposo
darás a Laura, y con ella,
pues adoras su hermosura,
permito que Albania vuelva
a donde estuvo; posee
el reino sólo en tenencia;
advierte que si esta vez
de mi piedad te aprovechas,
que puede ser, si la vuelves
a otra vez que no la tenga.
Una y mil veces mis plantas
vuelvo a besar,
Mucho beba,
él dará coz como suele.
Señora, mi mano es esta;
con ella os doy el alma
en bien, tan dichosa entrega,
así que vieron mis ojos
la luz de vuestra belleza
conservó, sólo imaginada,
no dudó mi amor de hacerlas.
Señor, siendo vuestra esclava,
corresponderé a la deuda
que elijo, ya que me hacéis
feliz, sin que lo merezca.
Rodulfo, ¿cómo a mis brazos
no llegáis?
Señor, si dispensa
la misma tardanza las voces,
¿Qué podrá decir la lengua,
más que a besarme acudáis?
Alegraos, que vuestra prudencia
es de mayor premio digna.
En viendo asomos de la buena
nueva, criado.
Ya, señor, como mandaste,
yaciendo en la prisión queda.
Tráele presto, que el traidor
pagará con su cabeza.
Decid que viva en compaña
de un ingrato y de una fiera.
Decid que viva en sus glorias,
solo Francelisa bella.
¡Alejandro y Francelisa vivan!
¡Vivan en hora buena!
Y ¿qué hacemos con lo que resta?
Doy tres mil ducados de renta
para casar con Flora.
Carlos,
con condición que no sean
en vellón ni catorcenas.
¿Por qué?
Porque... Porque estos
a diez por ciento se casan;
y no vendrá bien la cuenta.
Y sea donde quisieren,
y aquí dé fin la comedia,
que adonde hay tanta razón,
no hay contra la razón, fuerza.
Hay una rúbrica y un sello de la Biblioteca Nacional.