digitanler Text von No hany contran lan ranzón fuerzan | BITESO
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digitanler Text von No hany contran lan ranzón fuerzan

Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

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Comedian
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No hay contra la razón fuerza. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-hay-contra-la-razon-fuerza.

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NO HAY CONTRA LA RAZÓN FUERZA

Stanrt

Pang. 1

Comedia famosa.

Hay dos líneas de texto fuertemente tachadas e ilegibles.

Sello circular de la biblioteca.

No hay contra la razón fuerza.

Jornada primera

Pang. 2

Comedia Nueva

No hay contra la razón fuerza

Personas

Personas

Francelisa, reina de Hungría

Alexandro, rey de Albania

Leopoldo, su hermano

Laura, prima de la reina

Rodulfo Barba

Ricardo, capitán

Álvaro, caballero

Lucindo, caballero

Roquete, gracioso

Flora, criada de Laura.

Acompañamiento.

Dice dentro Roquete los versos siguientes.

Roquete.

¿Dónde vamos, señor, de monte en monte?

¿Vamos a visitar el horizonte?

¡Voto al río de Dios!

Salen Alexandro con botas y espuelas, y una escopeta en la mano, y Roquete su criado.

Alexandro.

Calla, Roquete.

Pang. 3

Roquete.

Que haya quien a servirte se sujete,

aquí buscar tu mal alivio intenta,

no era mejor parar en una venta

que en fin allí se vive como es llano,

aunque después desuellan a un cristiano,

y más si es calabrés el tal ventero.

Alexandro.

Ya tus locuras escuchar no quiero.

Roquete.

Pues qué quieres que diga

cuando por ti me veo en tal fatiga,

cerca de ser vianda de animales

entre peñascos, robles y jarales.

Alexandro.

Esos temores deja,

que presto tendrá fin tu justa queja,

pues ya de Hungría estamos

tan cerca que sus términos pisamos,

y aunque su tierra ignoro

vive en mi pecho su mayor tesoro.

Roquete.

No me dirás, señor, a qué venimos

y por qué a estas dos bestias, di, sufrimos,

osarios sempiternos

que potros pueden ser de los infiernos,

por qué aguantamos, di, tales chacotas,

que parecen agujas en lo angostas,

o monos con jaulillas,

pues también se componen de costillas,

y a un postillón eterno

que puede madrugar en el infierno,

sácame de una vez si eres servido

de tanta confusión.

Alexandro.

Mucho en eso, y así por consolarte

parte de mis desdichas quiero darte,

pues eres fiel criado,

y si hasta aquí quien soy has ignorado,

escucha agora atento,

mi desdicha sabrás, sabrás mi intento.

Mi padre Segismundo,

de Albania rey, en hechos sin segundo,

de quien la fama escribe

en sus anales que aun muerto vive

para eterna memoria,

digno aplauso de su triunfo y gloria,

con Aurora, princesa

de la ilustre república albanesa,

casó, de quien el cielo

dos infantes le dio para consuelo

de su vejez, que somos yo y mi hermano.

Pang. 4

Alexandro.

Leopoldo, ese cruel, ese tirano,

que en Albania blasona,

y a mi pesar se ciñe la corona,

siendo el derecho mío,

sin atender su loco desvarío,

a que soy el primero,

y que el reino, por único heredero,

el laurel soberano

puso en mi frente, en fin, a que mi hermano,

soberbio y indignado,

solo de su ambición aconsejado,

los rebeldes convoca,

porque a tanto la envidia le provoca,

que aquesto del reinar tiene tal fuerza

que obliga muchas veces a que tuerza

el pecho más leal la sangre propia,

aunque después la acción parezca impropia;

prosigue sus intentos,

ayudan su traición los mal contentos,

pensión que por impía

puede llorar cualquiera monarquía,

que ninguna doquier se ha librado

de yugo tan pesado;

o ya porque la envidia,

que es la que de ordinario siempre lidia

en sus pechos impíos,

o porque sediciosos desvaríos

de su ambición les llama

a querer emprender eterna fama;

en fin, la plebe toda

asegura a mi hermano se acomoda,

o por mejor pagados,

que esto suele mover a los soldados,

y con industria y maña

puso treinta mil hombres en campaña,

con que Albania temió su orgullo fiero;

lo que enfrenar espero

sus pensamientos locos;

de los míos me valgo, mas son pocos,

que raras veces la razón defiende

el que ambicioso al interés atiende.

Siguieron mis banderas

diez mil almas infantes en hileras

y cuatro mil caballos,

tan briosos y sueltos que al mirallos

batallar parecía

que a cada cual el viento despedía.

Salgo, pues, con mi gente,

del más desesperado que valiente,

renovando su furia y sus pendones,

a formar empezó sus escuadrones;

toca a embestir, y preséntome luego

la batalla cruel a sangre y fuego;

en su favor la vil fortuna miro

al encuentro primero, y aunque aspiro

a esforzar mis soldados,

a muchos de ellos miro acobardados.

Pang. 5

Alexandro.

Y aun alguno de quien yo me fiaba

era el que entonces menos peleaba.

No pude allí saber su mal intento;

con mi voz les aliento,

y en vano lo procuro;

vuelvo a embestir valiente y mal seguro

de triunfos y blasones;

a breve rato vi mis escuadrones,

por una y otra parte,

rendirse a la invasión del fiero Marte.

En medio de horror tanto

tiende la noche fría el negro manto;

vi mi afrenta notoria,

mi enemigo aclamando la victoria.

«¡Viva Leopoldo, nuestro rey!», decían,

y aun los míos tal vez lo repetían

por reservar las vidas.

Lo que mis esperanzas vi perdidas

y en mi gente el estrago,

en mi furia y mi enojo me deshago.

Su campo se retira victorioso

a la ciudad. Y en lance tan penoso,

ninguno me acompaña,

solo quedo y herido en la campaña,

adonde pudo hacerme compañía

la muerte que piadosa me asistía,

porque de ver morir tantos, entiendo

que ella misma se fue compadeciendo.

Solo difunto toco,

al cielo clamo, y su favor invoco;

mi desdicha imagino,

mas el discurso entonces me previno

el peligro presente;

la acción más inhumana e imprudente

que los tiempos han visto

y a que una pena loca me conquistó:

a un cadáver apela

el valor para dar a mi cautela

principio, y el vestido

trueco con él por no ser conocido,

el rostro que primero

desfiguró la muerte, con mi acero

mil veces le pasé, con que difunto

otras tantas lo fue, solo en un punto,

puesto que a cada herida

sin vida pienso que rindió una vida.

Válgome de estos modos,

pongo el yerto cadáver entre todos,

dejándole de rey con las señales,

por excusar al reino tantos males,

hasta que quiera el cielo

a mis desdichas dar mejor consuelo.

A una aldea vecina

me retiro, y allí se determina

Pang. 6

Alexandro.

Mi valor a vivir secretamente,

mi muerte se publica, y en prenderme

mi hermano, ¡pena dura!

con mi muerte sus dichas asegura.

En ella vivo en traje de villano,

huyendo los rigores de mi hermano.

Tú me asistes en ella;

hasta aquí te he contado de mi estrella

la tragedia infeliz; oye el intento

con que a Hungría me trae mi pensamiento.

Cuando cetro tenía,

para hacer más feliz la gloria mía,

con Francelisa trato el casamiento,

Reina de Hungría, a cuyo gran portento

de hermosura y belleza están rendidos,

solo de imaginarla, mis sentidos.

No me ayudó mi estrella

para poder gozar su mano bella,

puesto que, tan esquiva,

la dicha me quitó, porque no viva.

A verla y a servirla solo vengo,

si es que en mi favor tengo

alguna vez a la fortuna airada,

que contra mí la he visto conjurada.

Encubriendo quién soy saber espero

si merezco su amor, porque no quiero

que piense, viendo la desdicha mía,

que la necesidad me trae a Hungría.

El nombre de Alejandro en Ludovico

he trocado también, que era público

en mi patria, y así, Roquete, fío

de tu secreto aquese intento mío,

hasta que el tiempo, que las cosas muda,

a mi suerte infeliz próspero acuda.

Roquete.

Tanto, señor, tu historia me lastima,

que a servirte desde hoy mi amor se anima

con fe tan verdadera,

que si por ti me viera

en un potro amarrado,

y al lado de un verdugo desalmado,

usando de su ciencia, estudio y arte,

y cercado por una y otra parte

de más gatos que tiene un refitorio,

no hablara más que monja en locutorio.

Alexandro.

La vida no tuvieras

un instante, si a nadie descubrieras

quién soy, y así vive advertido

de todo lo que aquí te he referido.

Roquete.

Yo te prometo de guardar secreto.

Alexandro.

Yo pagarte, Roquete, te prometo,

algún día, si acaso se mejora

mi suerte.

Roquete.

Y pues ahora,

¿qué hemos de hacer aquí sin que busquemos

algún cortijo donde descansemos?

Pang. 7

Roquete.

porque a mis tropas pasan a cuchillo.

Alexandro.

Allí, si no me engaño, hay un castillo

que ciñe de este monte lo eminente.

Vase.

Roquete.

Yo voy a ver si encuentro gente

que remedie mi mal.

Alexandro.

Ve norabuena,

pues tu pena es distinta de mi pena.

De este monte la maleza,

mientras Roquete al castillo

llega, caminar pretendo,

porque un impulso ha movido

al deseo, sin saber

a qué fin mis pasos guio.

¡Qué peñascos tan disformes!

Parece que de sus quicios

o se arrojan o trastornan,

que, del tiempo envejecidos,

o el peso o la edad los rinde,

y aunque en su ser indivisos,

unos de otros se despiden

a buscar el precipicio.

Parece que inhabitables

por lo intrincado y prolijo

deben de ser estos montes,

según en ellos admiro

república de las fieras.

Será porque los zumbidos

se escuchan entre los robles,

si no me engaña el oído;

fiero y tenebroso albergue

de animales fugitivos,

en cuyas duras entrañas

halláis maternal abrigo,

decidme si humanas plantas

hollaron vuestro distrito,

porque extraño, si os contemplo,

aún más de lo que imagino,

a que no descubro una senda

por más que lo solicito;

mas por esta parte...

Dentro voces de cazadores.

Dentro.

¡Guarda el león!

Flora.

¡Tírale, Silvio!

Dentro.

¡Huye, Flora!

Francelisa.

¡Piedad, cielos!

Alexandro.

De aquel encumbrado risco

un león baja rugiendo,

una mujer ha rendido.

Bruto, ya con esa boca,

ponzoñoso basilisco,

de fuego, hace que tu furia

no se logre.

Dispara desde el tablado, y así que disparó o al mesmo tiempo sale Francelisa corriendo en hábito de cazadora, con montera y plumas y un venablo, vea a Alexandro en diciendo estos versos y se suspende.

Pang. 8

Francelisa.

Vengativos,

a dos como rigurosos

contra mí.

Alexandro.

Ya del peligro

estáis libre, no temáis.

Francelisa.

¿Quién aquí de...?

Aparte.

Alexandro.

¡Cielos divinos!

¡Qué peregrina hermosura!

Aparte.

Francelisa.

¿Fuiste acaso...?

Aparte.

Alexandro.

No ha salido

el aurora más hermosa,

ni el alba con más aliño.

Aparte.

Francelisa.

Corrida estoy de que pueda

este hombre haber conocido

algún temor con mi pecho,

de imaginarlo me irrito.

Aparte.

Alexandro.

De mirar su rostro bello

el alma se ha suspendido.

Perdóneme, Francelisa,

si a tanta beldad me rindo.

A él.

Aparte.

Francelisa.

¿Quién eres, hombre, que aquí...

Al mirarle me arrepiento;

mas si la vida te debo,

a su valor no es preciso

que obre el agradecimiento.

Aparte.

Alexandro.

¿Quién eres, bello prodigio,

que tan de repente matas?

Aparte.

Francelisa.

Mas ¿cómo mi pecho altivo

a un vil impulso se rinde?

La majestad le quito

y decoro de la prudencia.

Aparte.

Alexandro.

Ciego dios, tan de improviso

los corazones arrastras.

Aparte.

Francelisa.

¿Qué he de hacer si al beneficio

debo ser agradecida,

y no pagarlo es delito?

¡Ay, efeto más estraño!

¿Quién eres, di, que has venido

a obligarme, cuando en mí

es el rigor tan esquivo

que me ofende de que presuma

ninguno que ha merecido

mi atención, y solo tú

más que todos has podido?

Aparte.

Alexandro.

Sus bellos ojos arpones

son con que tira Cupido

al corazón duras flechas

con agradable artificio.

Aparte.

Francelisa.

Aficionada a su talle

casi estoy; hombre, ¿qué hechizo,

o qué ignorado misterio

es este que traes contigo?

Aparte.

Alexandro.

No fue Diana más bella.

Dime qué imán atractivo,

divina deidad, encierras,

que a tus aras me dedico.

Pang. 9

Con él.

Francelisa.

No darme por entendida

del favor es lo que elijo,

puesto que no sé quién eres

ni él a mí me ha conocido.

Obre pues la majestad.

Hombre, ¿cómo en este sitio

te atreves, sin que primero

castigue tu desatino?

Di quién eres.

Alexandro.

No lo sé,

porque no hubiera cumplido

con mi amor si lo supiera

habiendo tus ojos visto.

Francelisa.

¿A qué vienes?

Alexandro.

A morir.

Francelisa.

Pues, ¿de eso qué has conseguido?

Alexandro.

La gloria de que me maten

aquesos rayos divinos.

Francelisa.

¿Quién te trujo aquí?

Alexandro.

Mi estrella.

Francelisa.

¿Cómo está tan mal contigo?

Alexandro.

Antes tan en mi favor

en mi vida la he tenido.

Francelisa.

¿Sabes el riesgo en que estás?

Alexandro.

Ya el corazón me lo ha dicho

desde que vi tu belleza.

Francelisa.

¿Luego yo instrumento he sido

de tu mal?

Alexandro.

Sí.

Francelisa.

¿De qué modo?

Alexandro.

Escucha y sabráslo.

Francelisa.

Dilo.

Alexandro.

¿No has visto cuando en la jaula

el hermoso jilguerillo

pacífico se gorjea

y en su canto divertido,

como nadie le alborota,

quiere recrear en sí mismo?

¿Y no has visto otro jilguero

llegar a ser su vecino,

el cual con dulce armonía

responde al que está cautivo,

y el ave a sus voces atento,

mirando al recién venido

se alborota y sobresalta,

y con las alas y el pico

batalla para romper

el enrejado castillo

embistiendo a todas partes?

Pues así el corazón mío

en la jaula que es el pecho

estaba quieto al principio,

hasta que el jilguero amor

de tu belleza asistido...

Pang. 10

Alexandro.

Llegó al oír mi voz,

inquieto y despavorido,

batallando con las alas,

anda como el pajarillo

buscando para salida

algún pequeño resquicio;

mira si puedo decir,

en medio de este delirio,

que fuiste tú de mi mal

quien la ocasión me previno.

Aparte.

A Alejandro.

Francelisa.

Parece que sus palabras

en mi pecho han infundido

un no sé qué, pero, tente,

presunción, que es desvarío

pensar que mi altivo pecho

tenga asomos de cariño.

Saber quién es, es forzoso.

¿Aún no me habéis respondido

a lo que os he preguntado?

Alexandro.

Si explicarme no he sabido

en la respuesta, señora,

el alma podrá deciros

lo que no pudo la lengua,

quizá con mejor estilo.

Aparte.

Francelisa.

Cortesano me parece,

no me descontenta el brío;

¡oh, permitiera al Cielo

que fuese lo que imagino!

Aparte.

Alexandro.

¡Oh, si mi ventura fuera,

dulce imán de mis sentidos,

tanta que nacido hubieras

noble, como yo he nacido!

Aparte.

A Alejandro.

Francelisa.

Salir de esta duda es fuerza.

Antes que llegue al peligro,

si vos no decís quién sois,

mal puedo yo permitirlo.

Alexandro.

Como palabra me deis

de que habéis de hacer conmigo

lo mismo, os diré quién soy.

Aparte.

Francelisa.

Yo os ofrezco hacer lo mismo.

Aunque me diga quién es,

en encubrirle determino

mi nombre y mi calidad.

Aparte.

Alexandro.

El ocultarla es preciso,

mi calidad y mi nombre.

Aparte.

A Alejandro.

Francelisa.

¡Qué mal el fuego resisto,

que ya en el pecho se enciende!

¿No proseguís?

Alexandro.

Ya prosigo.

La ilustre Grecia es mi patria,

y mi nombre Ludovico,

yo, de desdichas tanto

como de blasones hijo,

los timbres de mi nobleza...

Pang. 11

Alexandro.

Con mi valor acredito

no porque pueda faltarme,

sino porque lo adquirido

es de más estimación

para los futuros siglos

que aquello que por herencia

nos previno

apenas la juventud

a tres lustros no cumplidos

empezaba.

Dentro dicen.

Dentro.

Por la falda

del monte bajar la vimos;

acudid todos.

Francelisa.

Mi remedio es este.

Alexandro.

¿Pero qué ruido

es aqueste?

Aparte.

Francelisa.

No os altere,

a mala ocasión los míos

han llegado.

Salen Laura y Rodulfo con gente, todos de cazadores.

Rodulfo.

Vuestra alteza,

señora, los pies invictos

nos dé.

Laura.

Prima.

Francelisa.

Laura.

Aparte.

Alexandro.

Cielos,

Francelisa es la que miro;

albricias al alma, que ya

es mayor el regocijo.

Aparte.

Francelisa.

Ya no me puedo encubrir,

corta mi ventura ha sido

pues no sé quién es.

Laura.

Huyendo

de la fiera te perdimos,

y aunque fue grande mi pena,

el hallarte buena estimo.

Aparte.

Francelisa.

Diferente estoy que piensas;

qué impulso tan repetido

es aqueste que no puedo

casi usar de mi albedrío?

Laura.

¿Quién es este forastero,

prima?

Aparte.

Francelisa.

Seguir el camino

quiero que tengo tomado,

pues mi suerte no ha sabido

que a Ludovico le debo

la vida, y aunque es impío

el rigor para con él,

y aun para mí también, sigo

la ingratitud hasta ver

si merece Ludovico

mi cuidado, que después

tendrá premio su servicio:

aquí en el monte le hallé

cazando contra el edicto

que por ley se publicó,

en que ninguno atrevido

Pang. 12

Aparte.

Francelisa.

Este sagrado profane,

y pues su desdicha quiso

que en él la ley se ejecute,

a vos el cuidado fío,

Rodulfo, de su persona,

entre tanto que el castigo

a su atrevimiento doy;

quiero con este designio

asegurarle aquel amor

que presto me da arbitrios.

Aparte.

Alexandro.

Mucho a mi suerte, señora,

debo estar agradecido,

pues lo que es rigor en vos,

en mí viene a ser alivio.

No darse por entendida,

del favor dudo el motivo

que pueda llevar amor,

ayuda el intento mío.

Laura.

Desde que vi al forastero,

no sé qué efecto he sentido

en el pecho, que parece

que es amor lo que respiro.

Aparte.

Ricardo.

El extranjero es galán.

Aparte.

Francelisa.

¡Oh, si fuese bien nacido!

Aparte.

Alexandro.

¡Oh, si el cielo en mis desdichas

se mostrara compasivo!

Aparte.

Laura.

Después hablarte pretendo,

pues ella te ha remitido

al cuidado de mi padre.

Aparte.

Francelisa.

Con qué de dudas vacilo.

Rodulfo.

Rodulfo.

¿Qué es lo que mandas?

Aparte.

Francelisa.

Que con todos los ministros

que os asisten le llevéis

a la cárcel del castillo,

donde le tendréis en tanto

que otra cosa determino.

Aun lo que finjo parece

que el corazón me ha rendido.

¡Oh, qué fino amor empecé!

Plegue a Dios que acabe fino.

Rodulfo.

Harélo como lo ordenas,

vení, extranjero, conmigo.

Aparte.

Alexandro.

Si ya me han muerto tus ojos,

en vano es el sacrificio.

Aparte.

Laura.

No sé qué he visto en la reina

que parece que es fingido

este rigor. ¡Oh, qué presto,

recelos, os solicito!

Vanse la Reina y Laura por una parte y los hombres por otra, y salen Albano y Lucindo, caballeros.

Albano.

Si con repetir la queja,

Lucindo, se remediara

nuestro mal, yo me quejara.

Pang. 13

Lucindo.

Aunque el dolor no me deja,

Albano amigo, a los dos

nos oprime un sentimiento,

y aunque es igual el tormento

yo lo siento más que vos;

porque si vos mal pagado

del rey os consideráis,

en obligación le estáis

con lo poco que os ha dado,

que vos no le habéis servido

en la guerra como yo,

donde todo el mundo vio

lo que a mi brazo ha debido,

hasta que de la corona

de Albania en tan duro empeño,

como sabéis, le hice dueño.

Tanto es lo que me apasiona

esta memoria y el ver

que así se llegue a olvidar

de mí, que a aqueste pesar

pienso que me ha de poner

en ocasión que le diga

cara a cara mi pasión.

Albano.

Ya veo que la razón

a tal extremo os obliga,

y tanto llego a sentir

de vos, Lucindo, quejoso,

como el ver tan poderoso

al rey querernos herir

con rigores y aspereza

sin exceptuar persona.

Lucindo.

Pues a fe que la corona

que le tiembla en la cabeza,

a quien le supo ayudar

con amistad verdadera

para que se la ciñera,

se la sabrá derribar.

Albano.

Aguardad, que divertido

viene allí con un retrato;

retirémonos.

Lucindo.

¡Ah, ingrato!

Albano.

¡Ah, cruel!

Lucindo.

¡Ah, fementido!

Retíranse los dos, y sale el rey Leopoldo hablando con un retrato.

Leopoldo.

Muda beldad, que a mi duda

clara satisfacción das,

mucho diciéndome estás

aunque te contemplo muda;

Pang. 14

Leopoldo.

Para imaginarte acuda

amor a mi pensamiento,

que aunque suele desatento

obrar como sin razón,

al mirar tu perfección

obra con entendimiento.

En tu belleza imagino

cuál será el original,

pues siendo aquí artificial

tienes luces de divino.

A tu rostro peregrino

rinde el corazón la palma

del alma en tan dulce calma

a despojos de tus ojos,

o quién para más despojos

pudiera tener más alma.

Lucindo.

Mucho el sentido divierte

Álvaro con la pintura.

Álvaro.

Al imán de la hermosura

se rinde el pecho más fuerte.

Leopoldo.

Tus mejillas, si se advierte,

afrenta son del carmín,

como se viste un jazmín

de tan hermoso arrebol,

si pintada eres el sol,

serás viva un serafín.

Para copiarte el pintor,

parece que lisonjero

dio a tu beldad primero

atrevido el resplandor,

porque no pudo el primor

ni el arte, aunque obrase fiel,

en tus labios un clavel

con tanta gracia imprimir,

ni yo tengo de decir

que se le debe al pincel.

Si tus ojos son estrellas,

tampoco he de imaginar

que el pincel te pudo dar

la luz con que lucen ellas,

porque siendo aquí tan bellas

es evidente señal

que la causa principal

de salir tú tan perfecto

es que fuiste tú el objeto

de tu propio original.

Y a Francelisa rendido,

a tu mucha perfección,

dice amor lo más que sabe,

que es muy entendido amor,

mas allí Álvaro a Lucindo

Pang. 15

Leopoldo.

están juntos estos dos.

Creo que de mí murmuran,

y no sé por qué razón

de Lucindo me recelo,

que aunque debo a su valor

y a su industria la corona,

en efecto fue traidor

con su rey, y el que una vez

a ser infame empezó

no ha de obrar conmigo menos

que con Alejandro obró;

mas disimular conviene

hasta dar a su intención

el castigo que merece.

Lucindo, Albano.

Los dos.

Señor.

Leopoldo.

¿Qué hacéis los dos retirados?

Lucindo.

Como Su Alteza llegó

a esta cuadra divertido,

no fuera justa atención

hacer estorbo al discurso

cuando tan bien se empleó.

Leopoldo.

Yo confieso que suspensa

tuve la imaginación

en la beldad más divina,

en el prodigio mayor

que naturaleza pudo

formar a su imitación,

a sus luces soberanas

toda el alma se rindió,

porque solo a su hermosura

se le debe adoración.

Amor su culto le ofrece

como a deidad superior;

pues si Amor se ve rendido,

¿qué mucho me rinda yo?

Y para que no culpéis

mi amorosa presunción,

ved su belleza y decid

si tengo razón o no.

Enséñales el retrato.

Lucindo.

Su hermosura es peregrina.

Albano.

No vi mayor perfección.

Lucindo.

Con justa causa os rendís.

Albano.

No amarla fuera rigor.

Leopoldo.

¿Sabéis vos quién es su dueño?

Lucindo.

Yo no discurro.

Leopoldo.

Ni vos,

Albano, ¿le conocéis?

Albano.

Yo también dudando voy.

Pang. 16

Leopoldo.

Pues yo, aunque no le conozco,

pudo saber mi afición

quién es el original

de esta bella emulación

que arrebata mis sentidos.

Albano.

¿Quién es la que mereció

gozar tan rara belleza?

Leopoldo.

Al oriente de su sol

es Hungría, y Francelisa

su reina la que robó

con su copia mis sentidos;

mirad si la suspensión

es justa, cuando contemplo

su divino resplandor.

Albano.

Es su fama esclarecida.

Leopoldo.

Ella es la que me abrasó.

Lucindo.

¿Y qué intentas?

Leopoldo.

Ir a verla

para templar este ardor

que en amorosos deseos

el corazón atesoró.

Albano.

¿Has de entrar públicamente?

Leopoldo.

No, Albano, que fuera error;

antes de saber primero

si la fama me mintió,

ya que el gusto se aventure,

faltar a la estimación.

Rodulfo, que de la reina

es deudo, y quien gobernó

a Hungría mientras la daban

la debida posesión,

solicita que me case

con ella, y aquesta unión

a Hungría no le está mal,

pues con eso se libró

de la marcial batería

con que Albania la oprimió.

En un tiempo él me asegura

de su reina la elección,

y así discurro al punto;

tengo de partir. Los dos

habéis de ir conmigo a Hungría.

De mí mismo embajador

con Francelisa he de ir,

y si la mano la doy,

como espero, será el mundo

para mi corto blasón.

Lucindo.

Yo, señor, en mi sentir,

pienso que fuera mejor

que Vuestra Alteza de Albania

no se ausentara, pues hoy

aún se vive el sentimiento

de Alejandro, su señor,

en la memoria de aquellos

que fueron de su facción.

Pang. 17

Aparte.

Leopoldo.

Este da en contradecirme.

Así templo mi rigor,

es que para su castigo

busco mejor ocasión;

pues ellos creen lo que dicen

si ya mi hermano murió.

Lucindo.

Es verdad, mas como algunos

que fueron en tu favor

hoy se ven tan mal premiados...

Leopoldo.

¿Quién os mete en esto a vos?

Lucindo.

Señor...

Yéndose.

Vase.

Leopoldo.

Vuestro atrevimiento

castigara, ¡vive Dios!,

a saber que lo que aquí

vuestra lengua pronunció

pudiera ser engendrado

de alguna vana ilusión;

y advertid, quien entendiera

que pudiera algún traidor

contra mí --que es contra mí

solo en la imaginación--

ofenderme inadvertido,

poco atento y sin temor,

por vida de Francelisa,

a quien di mi corazón,

que le hiciera más pedazos

que tiene átomos el sol.

Albano.

Parece que en las razones,

aunque no se declaró

el rey, está sospechoso

de vos, Lucindo.

Lucindo.

Estos son

efectos de su crueldad.

Albano.

Gran pavor me causó

el oírle.

Lucindo.

Pues a mí su amenaza me irrita

aún más que me atemoriza.

Vase.

Albano.

Lucindo, mi amigo sois,

y mi deudo; prevenir

el riesgo nunca dañó,

y en el mudar de consejo,

cuando es cosa que al honor

importa tanto, es cordura

y lo demás es error.

Lucindo.

Mal podré cuando me oprime

esta pena, este dolor,

esta ofensa, este tormento,

esta insufrible pasión

que fuera de mí me tiene.

Leopoldo, ¿no le debió

a mi industria la corona?

Alba, ¿no le aclamó

por su rey? Y de Alejandro,

¿no fui yo quien alteró

el ejército, y siguiendo

mis divisas a una voz...

Pang. 18

Lucindo.

¡Viva Leopoldo!, decían,

pues ¿cómo quien emprendió

una empresa tan difícil

no pone en ejecución

la muerte de este tirano

que con soberbia ambición

así paga mis servicios?

¿A qué aguarda mi valor?

Que segunda vez no toma

bastante satisfacción.

Muera, pues, Leopoldo, muera,

y puesto que me ofendió,

y que ingrato y desatento

a su palabra faltó,

yo haré que Albania le quite

la corona que le dio.

Vase. Y sale Flora de cazadora, y Roquete tras ella.

Roquete.

Detente, ninfa de alcorza,

espera, bella zagala,

que, sin intento que me lleves,

triste me llevas el alma;

siguiéndote todo el día

vengo por estas montañas,

y fuera por tus ojuelos

hasta la sima de Cabra.

Flora.

Quizá, si me conociera,

esa fineza excusara.

Roquete.

¿Por qué?

Flora.

Porque soy el diablo.

Roquete.

Diablo con tan buena cara

a mi lado le quisiera

siempre, de muy buena gana.

Flora.

Parece algo socarrón

en las finezas que gasta.

Roquete.

No es sino que el que no tiene

no gasta más de palabras.

Flora.

Enamoradico y pobre,

a fe que es muy buena alhaja.

Roquete.

Pues, para el tiempo que corre,

¿te parece que es muy mala?

¿Quieres que enamore un necio

que tiene solo en su plata

puestos los cinco sentidos,

temiendo no se rebaja?

Más vale un pobre que, en fin,

que gasta lo que gana,

y cuando da, no suspira.

Flora.

A mí cualquiera me cansa,

porque no hay hombre a mi gusto.

Roquete.

Si solo con fieras tratas,

¿cómo le quieres hallar?

Pang. 19

Flora.

Yo no vivo en la montaña.

Roquete.

Luego, ¿no eres bandolera?

Flora.

No, que mi oficio es la caza.

Roquete.

No dices mal, que a ojo

andan a caza de gangas.

Flora.

¿Quién eres tú?

Roquete.

Un extranjero.

Flora.

Bien lo dice tu ignorancia,

pues te has entrado hasta aquí

sin saber lo que te aguarda.

Roquete.

Pues, ¿qué?

Flora.

Pena de la vida

tiene el que pone las plantas

en este vedado sitio.

Roquete.

Son los campos de Diana,

que porque Anteón la vio

cuando bañándose estaba,

en ciervo le transformó.

Flora.

No anduvo con él tirana.

Roquete.

Es verdad, que eso es lo menos

con que a nosotros nos pagan.

Flora.

En grande peligro estás

si aquí la reina te halla.

Roquete.

La reina... ¿Qué reina es esa?

Flora.

La de Hungría.

Roquete.

¡Santa Pascua!

Pues, ¿qué hace en el monte?

Flora.

Vino a cazar.

Roquete.

¡Qué desdichada

es mi estrella! Y la tal reina,

¿es de las que luego mandan

ejecutar la sentencia?

Flora.

Es una tigre de Hircania.

Roquete.

¡Pesar de quien me parió!

Aquí tu favor me valga,

que no estoy para morir

tan de sopetón.

Flora.

Aguarda,

que viene gente.

Roquete.

¿Es la reina?

Flora.

No.

Roquete.

Pues, ¿quién?

Flora.

Laura, mi ama.

Sale Laura como al principio.

Laura.

Deslucir quiso la reina

su amor, pero fue excusada

diligencia el encubrir

lo que sus ojos declaran.

Ya revocó la sentencia

y a Ludovico le manda

que en su servicio se quede.

No era mi suerte contraria

para mí si no tuviera

mi enemigo más ventaja:

no he podido hablarle a solas.

Pang. 20

Laura.

Porque un punto no se aparta

de su vista Francelisa,

que mal el pecho descansa

cuando amor y celos juntos

dan al corazón batalla.

Flora.

Señora.

Laura.

Flora, a buscarte venía.

Flora.

¿Qué es lo que mandas,

que a tu servicio me tienes?

Roquete.

Nuestra Laura, muy ingrata.

Laura.

¿Qué hacéis aquí?

Aparte.

Roquete.

Malo es esto.

Flora.

Con este extranjero estaba,

que por el monte perdido...

Roquete.

Sí, señora, mi desgracia

y un amo que Dios me dio,

me han puesto en desdicha tanta.

Laura.

¿A quién servís?

Roquete.

Yo, señora,

no tengo cosa aseñorada,

porque el amo a quien servía,

según en los pasos anda,

pienso que le habrá comido

y no es dudable, en la trampa

de este monte, alguna fiera.

Aparte.

Laura.

Este parece en la traza

criado de Ludovico.

Roquete.

Preguntaciones

de Alcalá,

pese a mi lengua, que ha de dar

cuenta con todos en tales ascuas.

Laura.

¿Ha mucho que le servís?

Roquete.

Agora catorce semanas,

poco más o poco menos.

Laura.

¿Y el señor cómo se llama?

Roquete.

Señora, Ludovico.

Laura.

¿Es persona de importancia?

Roquete.

Señora, buenas partes tiene,

pero las tiene enajenadas.

Laura.

¿Y a qué viene a Hungría?

Roquete.

¡Ay, tan preguntona!

Viene a una hermana,

la pobre, que huyó por ella.

Laura.

¿Para qué?

Roquete.

Para casarla.

Laura.

¿Es rica?

Roquete.

Más que un sol.

Laura.

Luego, la pobre...

Aparte.

Roquete.

A la cuarta

anda como yo en calzas.

¡Qué aguda que está Laura!

Que pregunta más que un sabio.

Todos son unas bestias.

Pang. 21

Laura.

¿Tú le ves a don Tristán?

Roquete.

De aquí de monte a la falda

le dejé.

Laura.

¿Queréisle ver?

Roquete.

Con tal, señora, tomara

primero con que mi tripa

de tanto mal se aliviara.

Laura.

¿Cómo os llamáis?

Aparte.

Roquete.

Yo, Roquete;

volvemos a la parada.

Laura.

Flora, llévale al castillo

y dale lo que le falta,

y vedme después.

Roquete.

De Dios,

gozando estancia, palabras.

Flora.

Venid.

Roquete.

Vamos, Flora hermosa,

flor que con la flor te paras.

Vanse los dos.

Laura.

¿A quién habrá sucedido

lo que a mí, que apenas llego

a tocar de amor la línea

cuando encuentro con los celos?

Vi a Ludovico, y llevóme

el atención, y el afecto

sujeta a la gozosa ruina;

pero ¿qué importa atención,

si no es de la ruina

tan conocidos venenos,

que no le queda a mi amor

más alivio que el tormento?

Sale Alexandro.

Alexandro.

A un precepto imaginado,

a la ira rendidamente,

¿qué hará Amor cuando encuentra

más que imaginó ideas?

Vi a Francelisa y quedé

sin vida, solo con fuego,

porque su belleza tiene

sobre los demás ingenios.

¡Oh, si mi estrella acabara,

cumpliendo lo cierto,

dieron en su hado aqueste

menos airado lucero!

Laura.

Mas, ¿es aquel Ludovico? Creo.

Pang. 22

Laura.

¡Ay de mí, que el alma gime

viendo mi esperanza vana!

Roquete.

Pardiez, que la tal señora

tiene una cara gallarda.

Flora.

Calla, necio.

Laura.

¿Quién está ahí?

Flora.

Señora, un hombre que andaba

perdido por este bosque.

Pang. 23

Flora.

que amor sin correspondencia

más que amor es vituperio.

Laura.

Si fuerais correspondido

no tuvierais amor.

Aparte.

Alexandro.

Pienso

que me obligara a querer,

aunque no muy satisfecho.

¡Qué mal su amor disimula!

Laura.

Pues aseguraros puedo,

Ludovico, que una dama

os mira bien.

Alexandro.

Yo lo creo,

pero de mí, mas la Reina

viene allí.

Laura.

¡Qué mal agüero

para mi amor!

Sale la Reina y Ricardo.

Francelisa.

A Rodulfo

decid, Ricardo, que luego

me he de volver a la corte.

Vase.

Ricardo.

Voy a avisarle.

Aparte.

Francelisa.

¿Qué es esto?

¿Con Laura está Ludovico?

Casi me abraso de celos,

mas disimular conviene.

Laura.

Laura.

Señora.

Aparte.

Francelisa.

Yo muero.

No estás mal entretenida,

mucho de tu bien me alegro.

Laura.

Yo, señora, Ludovico

llegó aquí estando yo.

Francelisa.

Bueno;

él llegó, y tú, me parece,

que así que llegó al momento

te querrías ir y que él

te detuvo a ti, ¿no es eso?

Es muy bueno, por mi vida.

Laura.

Yo, prima, a saber que en ello

pudiera ofenderte...

Francelisa.

Yo

ni me ofendo ni me dejo

de ofender, que a mí me toca,

pues a mi cargo te tengo,

mirar, Laura, por tu honor.

Ya os baste, que aqueste yerro

podré pasarle una vez,

y dos no te lo aconsejo;

porque oponerte a mi gusto

es bárbaro desacierto.

Aquesto quiero que entiendas,

no más; y vos, forastero...

Pang. 24

Francelisa.

sabed que para ser firme

habéis de estar tan sujeto

a las órdenes que os diere.

Yéndose.

Francelisa.

que no busquéis instrumento

para que con vuestra vida

Al margen derecho: mi indignación / ya en vuestra vida efeto

Francelisa.

dé a los demás escarmiento.

Laura, vamos, ven.

Laura.

ya yo te sigo.

Francelisa.

Anda delante, que temo

que te vuelva Ludovico

a detener, y en el pecho

llevo un áspid cruel.

Laura.

¡Ay, cielo, mi mal es cierto!

Vanse las dos.

Alexandro.

Celosa va Francelisa,

y aunque a mi suerte agradezco

el haber reconocido

su amor, su disgusto siento.

Fin de la primera Jornada.

Jornada segunda

Pang. 25

Jornada segunda.

Salen Alexandro y Roque, como en la corte.

Alexandro.

Como te he dicho, yo estaba

con Laura cuando la reina

llegó.

Roquete.

¿Y en fin, qué te dijo?

Alexandro.

Ella anduvo tan atenta

que aunque su pena encubrió,

bien me dio a entender su pena.

Roquete.

No es muy boba Francelisa.

Alexandro.

Es atenta como bella,

y a su sangre corresponde.

Roquete.

Si no me engañan las señas,

no la has parecido mal.

Alexandro.

Eso el corazón sospecha,

pero temo mi fortuna.

Roquete.

Hasta aquí, señor, va buena,

no hay cosa como apretar

antes que vuelva la armada,

y qué has de hacer, que la prima

según en lo que ella muestra

está tocada también.

Alexandro.

Ella en vano se desvela,

porque si de Francelisa

sola el alma se confiesa...

Pang. 26

Alexandro.

Mal podrá admitir de Laura

ni su amor ni sus finezas.

Roquete.

Rabiando está por saber

quién eres y de qué tierra,

qué calidad, qué costumbres,

qué condición y qué hacienda,

en qué tratas, a qué vienes,

si eres casado, si juegas,

si tienes amor y, en fin,

me tiene aquesta cabeza

como poeta moderno

cuando escribe una comedia.

Alexandro.

¿Y tú qué la has dicho?

Roquete.

Yo,

que eres hombre de anatema,

que estudias nigromancia,

que enamoras las estrellas,

que con Júpiter y Venus

tienes tu correspondencia,

que sueles alzar figura,

que eres natural de Grecia

y otras cosas que no cuento.

Alexandro.

Pues mira que no te metas

en decir, Roquete, más

hasta que la ocasión venga

en que pueda descubrirme.

Roquete.

Excusada es la advertencia.

Alexandro.

Hablemos en Francelisa.

Roquete.

Vaya muy en hora buena.

¿Qué te ha parecido?

Alexandro.

Bien.

Y también que te pudiera

decir, Roquete, que estoy

tan rendido a su belleza

que, a poder mi amor ser más,

tuviera por conveniencia

dejar de amar por amarla,

no quererla por quererla,

no rendirme por rendir

cada instante que la viera

la vida en cada sentido,

el alma en cada potencia.

Roquete.

¿Tan enamorado estás?

Alexandro.

Dime, ¿has visto primavera

que tan hermosa a los campos,

a las flores y a las selvas

haya como ella salido?

Roquete.

Pinturilla quieres, ea,

a pedir de boca viene.

Alexandro.

Oye un soneto que al verla

hice, estando en el jardín,

que, divertida y suspensa,

la hallé tocando el cristal.

Pang. 27

Alexandro.

De una fuente lisonjera

que rendida a su hermosura

pagaba tributo en perlas.

Sobre una alfombra de amaltea estaba

Venus al margen de una fuente fría;

con un jazmín tocaba y recogía

el líquido cristal que destilaba;

con hoja de nieve al verla, la aventajaba

el cristal que a la mano se venía,

y al tocarla corrido se volvía,

viendo que de un cristal a otro pasaba.

"No te vuelvas, cristal", dije, "envidioso,

que esas dichas no son para perderlas."

Y él, como arrepentido, vergonzoso,

quiso volver dichoso a merecerlas,

y por andar más fino y generoso,

lo que antes fue cristal convirtió en perlas.

Roquete.

Brevemente la has pintado,

por Dios, que eres gran poeta.

Alexandro.

Amor, Roquete, discurre

con elegancia.

Roquete.

Descierta

aquesta opinión, señor.

Pues, ¿lo consiente una bestia

desde que, a qué, tengo amor,

Séneca es niño de teta?

Alexandro.

¿Tú habías de tener amor?

Calla, loco.

Roquete.

Buena es esa.

Alexandro.

¿No más, tú qué has de saber?

Roquete.

Oye un cuento de a paleta.

Cierto prior de un convento

todos los días de fiesta

a jugar con sus amigos

se encerraba en una celda;

los coristas le acecharon

y vieron que a la primera

mano, dijo: "Yo soy hombre".

De ellos que estaban alerta,

por imitarle se fueron

a la postrema secreta

del convento, y como perros

paraban en quintos y sexta.

El maestro de novicios,

que andaba de centinela,

les halló jugando un día,

y dijo: "¡Qué desvergüenza!"

Pang. 28

Roquete.

en ésta hay tal desacato,

yo haré que el castigo sea

la satisfacción de aquesto,

divina d'ellos. Con modestia

le dijo: «Deogracias, padre,

dígame, si el prior juega,

¿qué mucho jueguen los frailes?»

Saca tú la consecuencia,

que aunque no es muy adecuado,

no es mucho lo que disuena.

Alexandro.

El discurso es como tuyo.

Roquete.

No me alabes la elocuencia,

hasta que oigas un soneto

con ciertas intercadencias

que hice a Flora, que también

tengo un poco de vena.

Para pintar tu belleza,

quisiera ser tan diestro como Apeles,

mas ya que no lo soy, no desconsueles,

que esto no quiere más de sutileza.

Voy copiándote pues pieza por pieza,

menos aquellas que tus arambeles

me embarazan el ver; tomo pinceles,

y voy desmenuzando tu cabeza.

De tu pelo hace Amor marañas mil,

de tus ojos ballestas con que tira,

de tu frente una llana de albañil;

tu nariz y tu boca, quien la mira,

dice que están sacadas a perfil,

si otra cosa te dicen, es mentira.

Alexandro.

¡Qué notable disparate!

Roquete.

No es esta la vez primera

que se premia mal a quien

esta facultad profesa;

mas allí con Laura viene

la Reina.

Alexandro.

Mucho me pesa

que venga con ella Laura.

Salen la Reina, Laura y Rodulfo con un pliego en la mano y gente de acompañamiento.

Rodulfo.

Lo que pide a Vuestra Alteza

el rey de Albania, es razón.

Francelisa.

No sé yo qué razón tenga,

Leopoldo, porque a casarme

nadie me puede hacer fuerza;

quiero, lo ha de hacer mi gusto.

Pang. 29

Francelisa.

con él nada se contenta.

Aparte.

Alexandro.

¿Qué efeto queréis, cielos?

Mi desdicha se concierta.

Rodulfo.

Vuestro padre, que Dios haya,

en su testamento ordena

que con el de Albania case

Vuestra Alteza, y por expresas

palabras también a mí

me mandó que lo pusiera

en ejecución al punto.

Francelisa.

No faltaré a la obediencia,

Rodulfo, aunque no me case.

Rodulfo.

¿Cómo?

Francelisa.

De aquesta manera:

con quien mi padre mandó

que yo me casase, era

con Alexandro, que entonces

de la corona albanesa

era dueño, y ya sabéis

que su hermano con cautela

del Reino le despojó

y que murió en la refriega,

de que Albania aun hoy en día

llorando está su tragedia.

Y pues aquesto es así,

Rodulfo, no estoy sujeta

a la cláusula por ley:

haced que vuelvan a verla,

y hallaréis que, según esto,

ni me obliga ni reserva.

Roquete.

¿Oyes aquello, señor?

Alexandro.

Sí, Roquete.

Roquete.

Pues a alerta.

Aparte.

Laura.

Allí Ludovico está,

y no me mira siquiera,

¡que no halle alivio mi pecho

para el mal que le atormenta!

Aparte.

Francelisa.

Allí he visto a Ludovico,

¡ay de mí!, el alma me lleva;

qué triste cosa es amar,

qué desasosiegos cuesta.

Roquete.

Ya te mira y se suspende.

Alexandro.

Y a el corazón la hace fiesta.

Aparte.

Rodulfo.

A aqueste griego sospecho

que le mira bien la Reina.

Aparte.

Laura.

Penas, idos poco a poco.

Aparte.

Francelisa.

Ansias, no andéis tan a prisa.

Rodulfo.

Aunque Vuestra Alteza tiene

en su favor lo que alega,

Pang. 30

Rodulfo.

Sin embargo, el rey no quiere

que el mismo derecho adquiera

Leopoldo.

Aparte.

Alexandro.

¡Ay de mí!, ¿qué escucho?

Todo un hielo por las venas

se ha entrado.

Francelisa.

El reino lo mira

poco atento a su prudencia.

Rodulfo.

No me espanto, que Leopoldo

es poderoso y, si llega

a saber, como es forzoso,

que Su Alteza le desprecia,

no dudo de que remita

a las armas esta ofensa.

Francelisa.

Cuando Leopoldo intentara

una acción tan poco cuerda,

vasallos tengo en Hungría

que mi persona defiendan;

y, cuando no, sola yo

a la campaña saliera,

y en mi valor y en mi pecho

hallara tal resistencia,

que mi cólera bastara

a castigar su soberbia.

Alexandro.

Y si faltara en Hungría

quien su orgullo resistiera,

que no dudo hubiera muchos

en defensa de la reina,

mi señora, que Dios guarde,

Hungría y el mundo viera

que con mi acero en campaña

si algún tirano quisiera

ofender soberbio y loco

a su persona o sus tierras,

¡vive Dios!, que solo yo

tomara tan por mi cuenta

el castigar su osadía.

Perdóneme Vuestra Alteza,

que la pasión me llevó.

Aparte.

Roquete.

Eso sí, para mi suegra.

Aparte.

Rodulfo.

¡Qué bárbaro atrevimiento!

No son vanas mis sospechas,

la reina le tiene amor,

porque, si no, no pudiera

un extranjero tomarse

tan atrevida licencia.

Remediar esto conviene.

Aparte.

Laura.

Qué bien de su amor da muestra.

Francelisa.

Yo os estimo, Ludovico,

la atención, que es muy vuestra.

Pang. 31

Aparte.

Francelisa.

Bien pagáis lo que debéis

al amor; detén la rienda,

no el afecto te despeñe.

Alexandro.

Señora, cuando no fuera

obligación tan precisa

poner en vuestra defensa

la vida por muchas causas,

debo hacer esta fineza,

porque de hacer lo contrario

con mi sangre no cumpliera.

Roquete.

Es mi amo muy atento.

Aparte.

Aparte.

Francelisa.

Cómo es posible que pueda,

dejar de ser bien nacida

quien tan bizarro se ostenta.

Sola esta duda me tiene

entre mis pasiones muerta.

Vuestro valor, lucido brío,

publica vuestra nobleza,

y porque podáis más bien

hacer vuestra fama eterna

de vuestro cuidado fío

(porque importa a mi grandeza)

el cuidado de mi reino.

Todo a vuestro cargo queda.

Mirar por él y por mí

pienso que el mundo le diera,

y aun fuera poco, si atiendo

a las ansias que me cercan.

Aparte.

Roquete.

Bien haya quien te parió.

Alexandro.

Solo mi silencio sea

quien a tan alto favor

como es justo lo agradezca.

Francelisa.

Alzad.

Alexandro.

Vuestra Alteza viva

los años que el fénix cuenta.

Aparte.

Rodulfo.

Dueño del reino le hace,

ya son claras evidencias

lo que fue sospecha solo.

Aparte.

Laura.

A favorecerle empieza,

por instantes va creciendo

de mis celos la tormenta.

Rodulfo.

Que Vuestra Alteza responda

a este pliego será fuerza.

Francelisa.

Responded, Rodulfo, vos,

y al rey le diréis que advierta

que si la ofensa sintiere,

y satisfacción desea,

que yo soy reina de Hungría

y que tengo en mis fronteras...

Pang. 32

Francelisa.

quien su soberbia castigue

y quien mis tierras defienda

Laura ven

Vanse las dos

Rodulfo.

Solo me aflige

lo que a este Reino le espera

Vase

Roquete.

Flora aguarda no te vayas

Flora.

Qué quieres que me detenga

si se va la Reyna

Roquete.

Escucha

saber que te quiero

Flora.

Piensa

que a mí se me da muy poco

Roquete.

Pues lo dices de veras

Flora.

Sí, que no te he de engañar

Vase

Roquete.

Pues cuidado con la cesta

porque si caes en mis manos

llevarás la penitencia

Alexandro.

Que no haya hallado mi suerte

una dicha cuando encuentra

con un pesar para cuando

Cielos es vuestra clemencia

Roquete.

Señor bueno va hasta aquí

cuidado y no perder pieza

que ya declara su amor

Alexandro.

Ay Roquete no hay certeza

en mi fortuna jamás

Roquete.

Pues qué es esto, agora tiemblas

no viniste a Hungría solo

a ser razón de la Reyna

no te ha parecido bien

no vas ya ganando tierra

no te hace dueño del Reino

ya te va abriendo la puerta

haz algo tú de tu parte

dila quién eres, qué esperas

al cielo miras, qué es esto

el demonio que te entienda

Habla

Alexandro.

Déjame Roquete

Roquete.

Hay más extraña quimera

que te ha sucedido, acaba

Alexandro.

Qué quieres que me suceda

más de lo que has escuchado

mi hermano pide a la Reyna

por su esposa y los de Hungría

quieren que a decírselo venga

no le ha bastado quitarme

el Reino sino que inventa

también quitarme la vida

Pang. 33

Alexandro.

y que mi estrella consienta

tal especie de rigores.

Roquete.

Pues dime, ¿eso te da pena?

Sóplaselo tú primero,

pues estás, señor, más cerca.

Alexandro.

¿Cómo, si soy desdichado?

Roquete.

Hablando, pese a mi abuela.

Alexandro.

Ya no puedo declararme,

porque mi vida se arriesga.

Roquete.

¿Cómo?

Alexandro.

Porque de mi hermano

temo la injusta fiereza.

Roquete.

¿Qué importa, si ella te quiere?

Alexandro.

Mi mayor desdicha es esta,

Roquete, porque si el Reino

aqueso a entender viniera,

contra mí se conjurara.

Roquete.

Habla pues, que tienes lengua,

dila que eres Alexandro;

reviéntese la postema,

dila que eres Rey de Albania.

Francesa al paño.

Francelisa.

Cielos, ¡qué enigma es aquesta!

Ludovico, Rey de Albania.

¿Si fue ilusión de la idea,

o prevención del deseo?

Alexandro.

Será vana diligencia,

porque no hay quien lo acredite.

Francelisa.

A salir vengo resuelta,

de esta duda escuchar quiero.

Roquete.

Vive Dios que no lo aciertas,

¿no la tienes amor?

Alexandro.

Sí.

Roquete.

Ella, di, ¿no te le muestra?

Alexandro.

Eso presumo.

Roquete.

Pues habla,

¿ha de entenderse por señas?

Alexandro.

Temo que ha de disgustarse.

Roquete.

Pues te falta una tercera,

échala tu confesor,

que es en tal caso la extrema.

Francelisa.

Sin duda que amor me tiene,

y el no declararse es prueba

de que no es su calidad

tanta como representa.

Roquete.

Juro a Dios, que eres Rey...

Alexandro.

Calla.

Pang. 34

Roquete.

Quien a detener pudiera,

si ganan de la bajeza...

Alexandro.

Roquete, ¿qué me atormentas?

Yo no puedo ser dichoso,

déxame sentir mis penas,

ya se acabó mi esperanza.

Roquete.

Pues, ¿qué has de hacer? Mas, la reyna

viene.

Alexandro.

¿Se nos ha escuchado?

Francelisa.

Ya me han visto.

Sale.

Roquete.

No te duermas,

ahora es tiempo, que a tus manos

viene como una cordera.

Francelisa.

Ludovico.

Alexandro.

Gran señora.

Francelisa.

Idos, Roquete, allá fuera.

Roquete.

Que me place, sí señor.

Saca fuerzas de flaqueza,

pues la tienes en la jaula.

Francelisa.

Idos pues.

Vase.

Roquete.

Si vuestra alteza

lo manda, es mucha razón

que Roquete la obedezca.

Francelisa.

Estamos solos.

Aparte.

Alexandro.

No veo

nadie que escucharnos pueda.

¿Qué intentará Francelisa?

Aparte.

Francelisa.

¡Oh, lo que amor atropella!

Aparte.

Alexandro.

La ocasión que deseaba

lograr, ya me desalienta.

¡Ay, suerte más infelice!

Aparte.

Francelisa.

¿De qué sirve mi grandeza

si padece el corazón?

Desate el amor la venda,

deponga la majestad,

el respeto y la prudencia.

Aparte.

Alexandro.

Al silencio he de entregarme,

aunque la ocasión me ofrezca.

Aparte.

Francelisa.

Salgamos de aqueste encanto.

Alexandro.

Padezca, mi alma, padezca.

Francelisa.

Ludovico, ¿qué tenéis?

¡Qué suspensión es la vuestra!

Cuando os doy cargo que todos

la dicha embidiaros puedan,

estáis imaginativo.

¿Qué puede haber que os suspenda?

Solo estáis conmigo, hablad,

no os ocupe la vergüenza,

bien podéis decirme a mí

ese dolor que os aqueja,

que puede ser que os aplique

remedio a vuestra dolencia.

Pang. 35

Alexandro.

Señora, mi mal procede

de calidad tan secreta

que, compadecerle yo,

pienso que no me atreviera

a decirle como él es.

Demás que locura fuera

pensar yo que se hubiera en mí

cosa que me diera pena

estando en vuestro servicio.

Aparte.

Francelisa.

En deslucirlo no yerra

vuestra atención, pero yo

casi casi presumiera

que el veros favorecida

causa en vos esa tristeza,

si no os halláis meritoria

de la dignidad suprema

que os he dado; no os aflija,

que si no es vuestra nobleza

capaz de cargo tan grande,

sabed que en ello dispensa

el poder: yo os haré noble.

Reina soy, aunque no quiera.

Le he de hacer que se declare.

Rodulfo y Laura al paño, cada una por su lado.

Rodulfo.

Siempre en secreto la Reina

con Ludovico, no en vano

el casamiento reprueba.

Laura.

Ludovico con mi prima

siempre a solas ; ¡oh, qué rigurosa

me dan muerte mis celos!

Aparte.

Alexandro.

No sé qué he de responderla;

si no la digo quién soy,

a mi amor hago la ofensa,

y si lo digo es preciso

que se ponga en contingencia

mi crédito y mi verdad;

con que mi ventura sea

asegurar lo primero;

siga el engaño su senda

hasta mejor ocasión.

Francelisa.

Dudando estáis la respuesta;

extraño es vuestro designio.

Alexandro.

Señora, cuando vos mesma

conocéis que mi persona

no es capaz de las finezas

o los favores que vos

Pang. 36

Alexandro.

Me hacéis que solo refiera,

parece que es excusado.

Francelisa.

En más confusión me deja

vuestra respuesta; qué mucho

que lo ignore, vuestras prendas

si vos, desagradecido,

dais motivo a que lo crea.

Alexandro.

No hacer gala del favor,

antes, señora, dijera

que era más estimación,

que quien al silencio entrega

solo el agradecimiento

siempre hace mayor la deuda.

Francelisa.

Sí, mas cuando los favores

son tan grandes que deleitan,

nunca el gusto se suspende

ni la vanidad se templa.

Alexandro.

Quien llega a desvanecerse

a la estimación se niega.

Francelisa.

Nunca ay desvanecimiento

si ay calidad.

Aparte.

Alexandro.

Mucho aprieta.

pero no he de declararme.

Francelisa.

No he visto tal resistencia.

Laura.

Qué es lo que intenta mi prima?

Edu.

Qué es lo que la Reina intenta?

Francelisa.

Ya que vuestra calidad

no queréis que yo la sepa,

vuestra pena no diréis?

que un doliente se consuela

con decir su mal, aunque

sepa que no le remedia.

Alexandro.

Confieso que alivio tiene

el que sus pasiones cuenta.

Francelisa.

Pues vos, ¿por qué lo calláis?

Alexandro.

Porque lo quiere mi estrella.

Francelisa.

¿Y no la podéis vencer?

Alexandro.

Es conmigo siempre adversa.

Francelisa.

Tal vez se suele mudar.

Alexandro.

Es constante en su carrera.

Francelisa.

¿No probaréis?

Alexandro.

No me atrevo,

que ay peligro en la experiencia.

Francelisa.

¿Quién lo estorba?

Alexandro.

Mi pasión,

que la lengua tiene presa.

Francelisa.

Romper el nudo.

Alexandro.

Es en vano.

Pang. 37

Alexandro.

que pasa a mayor dolencia

Francelisa.

Pues qué habéis de hacer

Alexandro.

morir,

sin decir mi mal

Francelisa.

es necia temeridad

Alexandro.

Pues oíd

lo que la Razón me enseña

Alexandro.

No atreverme a decir el mal que siento

parece que es rigor y tiranía,

mas es de calidad la pena mía

que casi tiene alivio en el tormento.

al enfermo que sediento

busca el alivio en una fuente fría

y aunque templa el ardor de su agonía

le vuelve a dar tormento su ardimiento

así mi corazón aunque padece

siente su mal como se ve oprimido

mas no quiere decir de qué adolece,

no porque ya el alivio no ha vencido

sino que está en aquello que apetece

su mal y su tormento prevenido.

Edu.

bien declara su cuidado

Rodulfo.

bien dice su sentimiento

(Aparte.)

Francelisa.

Luego vuestro mal de amor

procede a lo que yo entiendo

Muy bien lo puedo decir

pues yo también lo padezco

(Aparte.)

(Aparte.)

Alexandro.

Si vos queréis que lo diga

no culpéis mi atrevimiento

aunque no logre la dicha

sepa del dolor que muero

(Aparte.)

Francelisa.

Pues por qué queréis callarle

corazón mucho le aliento

(Aparte.)

Alexandro.

Porque en el silencio solo

pienso que está mi remedio

mal hago en no declararme

pues me descubre su pecho

Francelisa.

Remedio en callar no sé

que pueda ser de provecho

que aumentar la pena nunca

pudo servir de consuelo.

Alexandro.

Cuando en el pecho se encierra

el dolor solo en sí mismo

halla alivio que el decirle

tal vez suele ser veneno

Francelisa.

Escuchas que he de probar

en contra de ese argumento

no declarar el corazón su pena

es especie de rigor impío

Pang. 38

Francelisa.

Porque no llega a usar del albedrío

quien de su ser violento se enajena,

a eterno desconsuelo se condena

el que sediento llega al cristal frío,

y temiendo el ardor busca el desvío,

pues crece más en vez que se refrena.

Luego si aquel alivio que recibe

aunque breve le sirve de consuelo,

porque el rato que dichoso vive

tiene en su pecho un Mongibelo,

¿quién hay que al corazón tanto le prive

que alguna vez no diga su desvelo?

Laura.

Ella le alienta, le anima,

y a mí falta el sufrimiento.

Rodulfo.

Para que su amor le diga,

ella le está persuadiendo.

Alexandro.

No dudo que es evidente

razón, pero no la apruebo.

Francelisa.

¿Por qué?

Alexandro.

Porque en mi señora

tengo hecho aqueste concepto.

Aparte.

Francelisa.

O el sujeto que adoráis

no conocéis, o sois necio,

porque en le conocer,

poco allegado a deberos,

que si hay méritos en vos

decirla su pensamiento.

Aunque no fueseis su igual

no era mucho desacierto,

porque amor todo lo iguala.

Yo de mí sé que no puedo

hacer más.

Aparte.

Alexandro.

¿Qué es lo que escucho?

No sé por qué me detengo

y mis ansias no le digo.

Amor, la ocasión logremos,

que si tu imperio me das

yo con la fortuna tomo.

El callar mi amor, señora,

hasta aquí no ha sido yerro,

aunque el sujeto conozco.

Francelisa.

Pues, ¿qué ha sido?

Alexandro.

Que respeto

que se debe a su persona.

Francelisa.

Pues decís un argumento,

la conclusión que no sois

digno del merecimiento,

puesto que la calidad

de esa dama, como es cierto,

viene a ser más que la vuestra.

Pang. 39

Alexandro.

En calidad no la debo

cosa alguna; en lo demás

juzgo que no la merezco.

Francelisa.

¿Está ausente?

Alexandro.

No, señora.

Francelisa.

¿Adónde está?

Alexandro.

En vuestro Reino.

Francelisa.

¿Y no me diréis quién es?

Porque yo solo deseo

dar alivio a vuestras penas.

Alexandro.

Vos sola podéis hacerlo.

Francelisa.

Hablad, no tengáis temor.

Alexandro.

¡Ea, corazón, ya es tiempo,

puesto que de ello gustáis!

Rodulfo.

Salirle quiero al encuentro

antes que más se declare.

Laura.

No se ha de lograr su intento,

pues yo de celos me abraso.

Alexandro.

Escuchad.

Salen los dos a un tiempo: Rodulfo con el recado de escribir y Laura con un ramillete.

Rodulfo.

Aqueste pliego

es la respuesta, señora,

de Leopoldo.

Laura.

El jardinero

para ti trae estas flores.

Rodulfo.

Firme tu Alteza.

Aparte.

Francelisa.

¿Qué es esto?

A un tiempo los dos aquí;

esto tiene algún misterio.

Aparte.

Alexandro.

¡Que hubiesen de embarazarme

los dos! No sé qué sospecho.

Aparte.

Francelisa.

De enojo no estoy en mí.

Pesares, disimulemos.

¿Es aqueste el pliego?

Rodulfo.

Sí.

Aparte.

Francelisa.

Toda soy un Mongibelo.

Ludovico.

Alexandro.

Gran señora.

Rodulfo.

¿Qué intenta? Válgame el cielo.

Vase.

Francelisa.

Toma este pliego y venid,

que quiero con vuestro acuerdo

despacharle, y los demás

que lo fueren sucediendo

desde hoy. Y tú esas flores

vuélveselas, Laura, a su dueño,

porque para mí en tu mano

un áspid traen encubierto.

Pang. 40

Alexandro.

Cuando voy a declararme

con tan extraños efetos,

Laura, tu padre lo estorba,

alguna cautela infiero.

Vase tras la Reyna y quedan Rodulfo y Laura.

Rodulfo.

Laura.

Laura.

Señor.

Rodulfo.

No te vayas.

Laura.

¿Qué quieres?

Rodulfo.

Tengo que hablarte,

que, puesto que eres mi hija,

razón será que descanse

contigo.

Laura.

Pagas mi amor,

porque no fueras mi padre

si conmigo no partieras

los gustos y los pesares.

Rodulfo.

No sé, Laura, cómo empiece

a decirte ni a contarte

tanto número de penas

como al corazón combaten,

pero ya es fuerza, hija mía,

que de mi pecho se arranque,

que salga de una vez

este volcán que deshace

el corazón, o le tiene

oprimido en dura cárcel.

Sabrás que mi sentimiento,

Laura, se origina y nace

de dos razones: la una,

que es la menos tolerable,

es la que toca a este reino;

esotra no es menos grande,

pues toca al crédito mío,

una y otra tan iguales

para el sentir que no sé

si la vida han de costarme.

Y así, escucha si es que puedo,

sin que la pena me acabe,

o la pasión, o la ira

en tanto dolor quejarme.

Francelisa, nuestra Reyna,

por muerte del Rey, su padre,

quedó heredera del reino

de diez años no cabales;

y como la edad no era

Pang. 41

Rodulfo.

capaz de que se entregase

a los cuidados de un reino,

dispuso el rey por honrarme,

como a deudo más cercano,

que yo en el ínter cuidase

del reino y de Francelisa,

y que cuando la jurase

Hungría por reina suya,

hiciera que al mismo instante

con Alejandro de Albania

se casara. Ejecutarse

no pudo aqueste decreto

por lo que tú causa sabes;

el motivo que el rey tuvo,

o lo que pudo obligarle

a hacer este casamiento,

fue querer asegurarse

para conservar sus tierras,

que el albanés arrogante

con su ejército por ser

más copioso o más pujante,

cada día en los de Hungría

hería su corvo alfanje.

Por obviar estos daños,

trató con él de hacer paces

casándole con su hija.

Como la fortuna abate

el poder para que suba

uno cuando el otro cae,

a Alejandro derribó

para que se coronase

Leopoldo por rey de Albania.

Yo, que siempre vigilante

la quietud del reino miro,

que es lo que debo a mi sangre,

el amistad de Leopoldo

solicité por librarles

de aquella opinión antigua;

ofrecile, pues, casarle

con Francelisa, y al punto

me pidió que le enviase

un retrato de la reina,

y para haber de copiarle

de Albania vino un pintor

que él estimaba por grande.

Pang. 42

Rodulfo.

El cual con mi industria pudo

desde una reja que sale

al jardín donde la reina

suele bajar por las tardes,

ver su belleza seguro

de que nadie le notase.

Volvióse en fin, si bien yo

no pude después hablarle,

porque a un negocio del reino

me fue fuerza el ausentarme

de la corte algunos días,

hasta que el rey hablarme

pudo. Como ya tenía

de Francelisa la imagen

en su poder y en su pecho,

mostrándose tan amante

de su belleza, que a Hungría

ya desde Albania se parte

a verla, según me avisa.

Mira, Laura, si es bastante

esta pena, pues la reina,

hija, como lo escuchaste,

el casamiento resiste,

y la causa de excusarse,

aunque ella lo disimula,

es fácil de penetrarse,

pues desde que llegó a Hungría

aqueste griego arrogante,

tanto da en favorecerle,

en asistirle y honrarle,

que la majestad depone

y hace de su amor alarde,

sin atender Francelisa

que hay quien pueda disgustarse

de que con un extranjero

que no le conoce nadie

se empeñe tanto que llegue

en la corte a murmurarse.

Aquesto, Laura, quisiera,

pues eres cuerda, tomares

por tu cuenta, pues a ti

con más gusto ha de escucharte

que a mí, porque las mujeres,

hija, en casos semejantes,

unas con otras a solas

suelen más bien ajustarse.

Dirásla lo que la importa

Pang. 43

Rodulfo.

que con Leopoldo se case,

porque es rey y poderoso.

La desentía el desaire,

y una vez hecho el desprecio

no es fácil de remediarse.

Aparte.

Aparte.

Laura.

Señor, la reina es mujer

de condición tan notable,

que no quisiera ponerme

en tan apretado lance

con ella; pero por ti

venceré dificultades,

mejor dijera por mí.

Y puedes asegurarte

que de mi parte pondré

razones tan eficaces

para nuestro intento que,

si puedo lo haré, que aparte

la atención de Ludovico,

ojalá alcanzase.

Rodulfo.

De ti, Laura, el desempeño

fío, y ándate antes

que la reina te eche menos.

Vase.

Laura.

A Dios, señor.

Rodulfo.

Él te guarde;

bien quedaré con el rey

si a mi palabra faltase,

y con la seguridad

de que la mano ha de darle,

Francelisa a Hungría viene.

Sale Alexandro tomando algunos memoriales, y Roquete.

Alexandro.

Después haré que os despache

la reina, volvedme a ver.

Parte.

El cielo, señor, os guarde.

Aparte.

Rodulfo.

El griego a mi pesar viene,

despachando memoriales.

Que haga aquesto una mujer,

y se olvide de su sangre,

de envidia no estoy en mí.

Alexandro.

Rodulfo es aquel; hablarle

es fuerza, aunque su pesar

reconozco en su semblante.

Aparte.

Roquete.

Allí está el viejo, y parece

que está probando vinagre.

¡O lo que puede la envidia,

que aún no vuelva en cadáver!

Pang. 44

Alexandro.

Señor Rodulfo.

[Vuélvele las espaldas.]

Rodulfo.

Irme quiero.

Sin verle, por no irritarme.

Alexandro.

¿Las espaldas me volvéis?

Sin responderme, escuchadme,

que los hombres como yo

no sufren esos desaires.

Rodulfo.

Si os parece que lo es,

como vos decís, repare

vuestra loca presunción,

que habrá razón que lo mande.

Alexandro.

Yo no sé que la tengáis,

cualquiera que pensare...

Rodulfo.

Atended que habláis conmigo,

y no por que os agasaje

la reina, mal advertida,

sin ver el yerro que hace,

habéis de tomar más mano

de la que a vos os tocare.

[Aparte.]

Roquete.

¡Vive Dios, que esto va malo!

Mas que tenemos almagre,

o hubiese provocador

de conde, y este de Amurate.

Alexandro.

Ni la reina, mi señora,

puede errar en ocuparme

en su servicio, ni yo,

ya que hacéis que me declare,

desmerezco aquestas honras;

y si hubiera de premiarse

la voluntad por servicio,

no dude de que llegase

la que yo tengo en servir

a la reina que Dios guarde,

a ponerme en tal estado

que no pudiera igualarme

ninguno en todo su reino.

Rodulfo.

A atrevimiento tan grande

solo mi acero responde.

Roquete.

Aquí dio fin el romance.

Sacan las espadas, y dice la reina dentro.

Francelisa.

¡Ah de mi guarda, soldados!

¡Laurencio, Ricardo!

Roquete.

¡Zape!

La reina sale, por Dios,

que dimos con todo al traste.

Sale la reina, y Leonor.

Francelisa.

¿Qué es aquesto en mi palacio?

Pang. 45

Francelisa.

Este desacato pare,

como así los dos.

Aparte

Rodulfo.

Que hubiese

de venir a embarazarme.

Francelisa.

¿No me respondéis, Rodulfo?

Rodulfo.

Vuestra Alteza no se espante

de que así me descomponga,

cuando de accidentes tales

es la causa vuestra Alteza.

Aparte

Francelisa.

Ya conozco de qué nace

el disgusto de los dos:

de que a Ludobico ampare,

Rodulfo quejoso está.

¿Qué haré en tan nuevo linaje

de confusiones? Amor

me llama de aquesta parte,

y mi sangre por estotra;

ambos efectos iguales,

pero mi amor no es primero,

sí, que no fuera preciarme

de amante si yo le hiciera

a Ludobico el ultraje,

y mi sangre, ¿qué dirán

si castigar intentase

a mi sangre y reservase

al que se opone a mi sangre?

Con qué de dudas peleo,

pero no es razón que falte

a la ley ni a la justicia,

demás que el asegurarle

a Ludobico conviene

a mi amor, para quitarle

a Rodulfo la ocasión

de que pretenda vengarse;

primero es guardar su vida.

Aparte

Roquete.

¿Cuánto va que el rayo cae

sobre mi amo?

Alexandro.

Confusa

no acierta a determinarse.

Francelisa.

Esto ha de ser de esta suerte.

Ludobico.

Roquete.

Malo.

Francelisa.

Dale la espada

a Ricardo luego.

Alexandro.

Que a obedeceros me allane

es justo, pero mi acero

solo a vos he de entregarle.

Francelisa.

Dádmele a mí.

Aparte

Rodulfo.

Quiero ver ya

Alexandro.

Esta es mi espada.

Pang. 46

Francelisa.

Llevadle

a la torre de palacio.

Roquete.

Pegonos con la del martes.

Aparte.

Alexandro.

Si presa el alma me tienen,

y a tus ojos celestiales,

¿para qué son más prisiones?

Ricardo.

Vamos, Ludobico, llevanle.

Sol.

Ande,

también él.

Roquete.

Yo, ¿por qué causa?

Soldado.

Solo porque es un bergante.

Roquete.

Tú lo eres, vive Dios,

y cuantos descienden...

Soldado.

Calle,

y no me enoje.

Roquete.

Buste

tiene razón en agarrarse.

Llevanle.

Rodulfo.

Si con prenderle presumes

que mi ofensa satisfacer,

mayor castigo ha de ser

el que a mí me desagravie.

Francelisa.

Pues, ¿qué es lo que Ludobico

pudo hacer que os agraviase?

Rodulfo.

Con las alas que tu alteza

gusta a este griego de darle,

no dudo que al cetro aspire,

puesto que llega a arrojarse

a decir que él os merece,

y que no habrá quien le iguale

en todo el reino, y de aquesto

a vuestra alteza han de echarle

la culpa, pues lo permite;

y sepa que sus leales

vasallos hoy...

Francelisa.

Callad,

que vuestras temeridades

ya pasan a demasías;

y es fuerza que os desengañe:

que si la edad os disculpa,

sabed que podré cansarme

de vuestras impertinencias;

y si porque gobernasteis

mi reino y por ser mi deudo

queréis a mí gobernarme,

advertid que es otro tiempo,

y que desde aquí adelante

solo habéis de obedecer

todo cuanto os ordenare.

Pang. 47

Francelisa.

En vuestra presunción

fuere contra mi dictamen,

como hasta aquí, no dudéis

que mi rigor os alcance.

Rodulfo.

Señora...

Yéndose.

Vase.

Francelisa.

Basta, Rodulfo,

no tenéis que replicarme;

en vuestro cuarto os estad

hasta que otra cosa mande.

No salgáis un punto de él

si no queréis enojarme.

Vase.

Rodulfo.

Vanos salen mis intentos,

que así una mujer me trate;

venganza pide este agravio,

morirá el ciego cobarde.

Fin de la segunda jornada.

Jornada tercera

Pang. 48

Jornada Tercera.

Sale Flora con dos bujías y recado de escribir, que pondrá sobre un bufete en que ha de haber una silla.

Flora.

A esta cuadra me mandó

mi ama que la trujese

el recado de escribir.

Testigos serán ustedes,

cómo las luces, papel,

tintero y demás adherentes

para el caso necesarios,

pongo sobre este bufete.

Y ahora, ¿qué hemos de hacer,

Flora, entre tanto que viene

tu señora? Murmurar,

pues el lance lo requiere.

Empecemos por mi ama.

Vaya pues. ¿Qué te parece

de su amor? Que una locura,

porque mujer que se mete

en tener amor a un hombre

que la paga con desdenes...

Pang. 49

Flora.

que quiere en otra parte,

yo no sé lo que pretende;

el tal Ludovico es hombre

que por su talle merece

que cualquier dama le estime,

mas yo había de ponerme

a querer hombre que mira

otra, y que a mí me desprecie.

Antes ciega que tal vea,

ella hará mal si lo hiciere;

de la prisión le sacó,

y aunque piensa que la debe

Ludovico esta fineza,

engáñase la inocente,

que hacerlo luego la reina

porque ella se lo pidiese,

tiene su poco de maña

y su mucho, si se advierte,

que no es tan boba la niña

para que vencer se deje,

si no pudiera obligarla

lo mucho que ella le quiere.

¿Y qué diremos del viejo?

Flora.

Peor está que un triste

con las cosas de la reina;

yo no sé qué me sospecho

de lo que he visto estos días;

que, ¿qué con secreto tiene

en su cuarto el tal Astolfo

ocultos tres albañiles?

Que esto es lo más que he podido

averiguar de un sirviente

que los asiste; y mi ama

y el viejo andan diligentes,

todo es hablar en secreto;

no quisiera que saliese

de este parto algún tarro;

mas mi ama es esta, quede

la obra medio cortada,

que por ahora conviene,

que después se acabará,

pues hay paño suficiente.

Sale Laura.

Laura.

Trújete, Flora, el recado

de encubrir...

Flora.

Aquí le tienes.

Pang. 50

Laura.

¡Oh! ¿Mi corazón hallará

alivio en dolor tan fuerte?

Dame, Flora, en qué sentarme.

Flora.

Mucho en verte me entristece

con esas melancolías.

Siéntase.

Laura.

¡Ay, Flora, si tú supieses

todo lo que al pecho oprime,

todo lo que el alma siente!

Con más razón me ayudarás

a sentir, ley evidente,

que ninguno siente el mal

como aquel que le padece.

Quiero escribir a este ingrato

por ver si de mí se duele,

que, como está el corazón

por todas partes doliente,

juzga que ha de remediarse

con todo lo que apetece.

Escribe y sale el Rey Leopoldo embozado por parte que la ha de coger de cara.

Leopoldo.

Aunque falte a la palabra

que a Rodulfo di, se atreve

mi osado pecho a romper

todos los inconvenientes,

por si puedo ver la Reina;

hasta su mismo retrete

me he de entrar; pero, ¿qué miro?

¿No es la que estoy viendo? Dame

albricias, amor, que ya

la mayor dicha me ofrece.

Flora.

Un hombre se ha entrado aquí,

embozado, y me parece

de los que Rodulfo hospeda.

Aparte.

Leopoldo.

Los sentidos se suspenden,

contemplando en su belleza;

la aurora cuando amanece

no iguala a su resplandor,

el sol la luz oscurece

al ver de su hermoso rostro

los rayos resplandecientes.

Divina deidad la juzgo,

¡oh, feliz yo mil veces!,

que aun más que lo imaginado...

Pang. 51

Leopoldo.

hallo en su beldad presente;

Laura.

ya lo más que el corazón

puede declarar va en este

papel.

Levántase, ve al rey, túrbase.

Aparte

Laura.

¡Ay de mí! mas, ¿quién

está aquí? Cielos, valedme,

que este es Leopoldo de Albania.

Leopoldo.

Quien sin alma llegó a verte,

quien sin vida respiraba,

quien llegó a punto de muerte,

quien como ciego vivía,

hasta que mi feliz suerte

me trujo a que vos, señora,

de nuevo vida me dieseis,

que sin vos era mi pecho

un volcán de fuego ardiente,

un abismo de desdichas,

y un mar de sirtes crueles...

Flora.

Cuánto va que el albanés

pagar la posada quiere.

Aparte

Laura.

Sin duda que por la reina

me ha tenido; no, que tiene

el retrato de mi prima,

con que engañarse no puede.

Solo aquesto me faltaba.

Leopoldo.

Señora, si no merece

respuesta quien mereció

adorar de vuestro oriente

el sol que abrasarme pudo

antes de llegar a verle,

merezca que lo sepáis,

porque mi amor no consiente

a vista de tanta luz

sombras que ofenderle pueden.

Laura.

Vuestra alteza viene errado,

y no es mucho que se ciegue

el que, como lo confiesa,

tan rendido llegó a verse;

vuelva a recobrarse, y no

tanto a la pasión se entregue,

que pierda el conocimiento

cuando debiera tenerle.

Estas finezas, señor,

vuestra alteza las emplee

en la que en su pecho lleve.

Pang. 52

Laura.

y por quien a Hungría viene

desde Albania, porque en mí

esos favores corteses

ni tienen lugar, ni es bien

que conmigo los frecuente.

Leopoldo.

Advertid que no os entiendo.

Mirad que Amor, aunque crece

en mi pecho como es niño

y no está diestro en las leyes

del desprecio, temeroso

busca a donde esconderse.

Vos sois la que habéis vivido

y vivís tan solamente

en mi pecho y en mi alma,

que porque no me alterase

Amor, desde el mismo instante

que vi los rayos lucientes

de vuestros soles divinos.

Laura.

Vuestra alteza no se empeñe

en ocios, devaneos,

y esos hipérboles deje

para quien le tengo dicho

que yo no he de responderle,

porque otra pena me aflige

y otro cuidado me vence.

Y con esto, vuestra vida

el cielo, señor, aumente,

los deje gozar el dueño

los años que cuenta el Fénix.

Detiénela.

Leopoldo.

Aguardad.

Vase.

Laura.

No me detenga

vuestra alteza, que conviene

el irme por muchas causas

que obligan a que me ausente.

Vase.

Leopoldo.

Yo no os he de dejar, menos

que satisfecha no quede

vuestra duda; toda el alma

en vivo fuego se enciende.

Flora.

Aqueste es el rey de Albania,

más mal hay del que parece;

el demonio anda sutil,

mi ama va como cohete,

quiero ir tras ella por ver

lo que de aquesto sucede.

Levanta las luces y vase, y sale Francelisa por otra puerta.

Pang. 53

Francelisa.

Supuesto que estamos solos,

amor, a cuentas entremos,

si es que puede haber en vos

cuenta, razón o concierto.

Sepamos, pues eres dios

que dilata tu imperio

tanto que todos te pagan

por naturaleza el feudo.

¿Cómo a quien llega rendida

a tu capitolio regio

piadoso no le recibes,

sino que antes justiciero

sin admitir el descargo

pones de muerte el decreto?

Di, ¿no ha de haber de personas

distinción, sino que fiero

a todos has de igualar?

De tus rigores me quejo,

pues ejecutas en mí

de las leyes el derecho;

a pocas vueltas me hiciste

confesar en el tormento.

¿Qué hemos de hacer, corazón?

¿Público vuestro desvelo,

declarada vuestra pena,

sin averiguar primero

si merece Ludovico

mi mano? Terrible yerro;

mas no, que si mereció

tener lugar en mi pecho,

¿por qué no ha de merecer

saber que vivo muriendo?

Sépalo, pues que es en todo

obras, amor, como ciego;

a ti te podrán culpar,

pues yo por ti me gobierno.

Sale Flora con un papel.

Flora.

A buscar a Ludovico

de muy mala gana vengo

para darle este papel;

bien sé que no es de provecho

para maldita la cosa,

aunque anda buscando medios

mi ama para traerle

a su amor.

Pang. 54

Ve a la reina y trábase.

Flora.

¡Ay, San Alejo!

Con la reina he tropezado.

Francelisa.

¿Dónde vas, Flora?

Aparte.

Flora.

¡Aquí es ello!

Haré que guarde el papel.

Francelisa.

¿De qué te recatas?

Flora.

Yo, señora, no sé...

Francelisa.

¿Qué es eso

que ocultas?

Flora.

¡Triste de mí!

Francelisa.

Aguarda a ver.

Flora.

¡San Anselmo,

aquí dio fin la trama ya!

Quítale el papel.

Francelisa.

¿Qué papel es este?

Flora.

Pienso

que es una oración del alma

que de continuo la rezo.

Aparte.

Francelisa.

«Laura escribe a Ludovico».

¡Ay, mayor atrevimiento!

Aparte.

Flora.

Temblando como azogada

estoy.

Francelisa.

Anda, vete.

Vase.

Flora.

Bueno,

no he negociado muy mal,

con bravo despacho vuelvo.

Francelisa.

¿Qué es esto que por mí pasa?

Corazón, ¿estamos buenos?

¿Que a Ludovico le escriba

Laura? ¿Cómo lo consiento

y no castigo esta ofensa

que consta a mí? Pero quiero

leer el papel, si es que puede

caber en mi sufrimiento.

Lee Francelisa para sí y sale Alexandro.

Alexandro.

Ya que Francelisa, atenta

a lo que debe a mi pecho

el suyo, me declaró

sin atender a respetos

que infunde la majestad,

a verla a su cuarto vengo,

porque solo con su vista

tiene mi corazón aliento.

Mas allí está, y divertida

parece que está leyendo

un papel. Quiero llegar.

Pang. 55

Mírele.

Alexandro.

Porque cuanto me detengo

en gozar de su belleza,

parece que vivo menos.

Señora, y a la tardanza,

mi amor, como es tan inmensa,

parece que me acusaba,

y que no lo erraba, creo,

porque como vive en vos

y os tiene a vos por objeto,

fuera ingratitud en mí

negarme al conocimiento.

Sin mirarle.

Francelisa.

Que mientan así los hombres,

y que lo permita el cielo.

¡Ah, traidor, sin vida estoy!

Alexandro.

Reina y señora, ¿qué es esto?

¿Vos triste, y con vida yo?

¿Vos el semblante con ceño?

El cielo sin resplandor,

sin luz aquestos luceros,

decidme, ¿quién ocasiona

tan impensados efectos?

No se diga que pudisteis

tener vos un pensamiento,

un asomo de disgusto,

un instante de tormento,

sin que yo primero tenga

la dicha de padecerlo.

Aparte.

Francelisa.

No sé cómo no le digo,

con el dolor que padezco,

que es un traidor, un villano.

Mas, válgame el sufrimiento,

¿qué se puede hallar en quien

toda es rabia y todo celos?

Alexandro.

Señora, mirad que el alma,

como vive en vos atento,

con furias desazonada

da muestra del sentimiento;

sepa yo la causa.

Dale el papel.

Francelisa.

Vos

tenéis razón, y os prometo

que solo a vos la dijera.

Ved ese papel y, luego

que le hayáis visto, por él

veréis la causa que tengo.

Alexandro.

"Para mí", dice, y la firma

es de Laura.

Francelisa.

Ya lo veo.

"Para vos", dice el papel,

y no parece el primero.

Pang. 56

Aparte.

Alexandro.

Que quiera Laura quitarme,

la ventura que poseo.

Quítaselo con alguna cólera.

Francelisa.

Leelde, pues, ¿qué os suspende?

Y si no queréis hacerlo,

soltad, que yo lo leeré,

y darás por los ojos hierro.

Mirándole.

Lee Francisca.

Señor, pues sois de mi vida

cierto que empieza a ser dueño,

Alexandro.

¡Ay, suerte más infeliz!

Mírale.

Lee Francisca.

el universal remedio,

y sin vos el corazón

padece tormento eterno.

Jesús, y lo que padece,

por vos, aqueste sujeto.

Alexandro.

Yo, señora, no...

Francelisa.

Aguardad,

porque falta lo más tierno.

Mírale y vuelve a leer.

Lee Francisca.

Advertid que no es razón

que haya de vivir muriendo,

la que os hizo, siendo libre,

de la vida y alma dueño.

Lee Francisca.

A la beldad de la Reina

Lee Francisca.

os tiene rendido y preso;

sabed que tiene en palacio

al Rey de Albania encubierto,

y que vuestra pretensión

es en vano, es todo viento.

Alexandro.

¡Cielos, mi hermano en Hungría!

Aparte.

Francelisa.

Don Gil fue el instrumento,

que a aquestos impulsos mueve.

Y pues, ¿qué decís a esto?

Alexandro.

Señora, el cielo me falte,

si he tenido pensamiento

de ofenderos en mi vida

con Laura...

Yéndose poco a poco y dale el papel.

Francelisa.

¿Para qué es eso,

si lo que os acreditáis

está el papel desmintiendo?

Esto no puede faltar.

Laura, que baje luego, luego,

a consolar esta dama.

Que uno ha de estar padeciendo

por vos, cuando está su vida

solo en que la deis consuelo.

Pang. 57

Francelisa.

Los hombres principales

y que blasonan de serlo,

como vos, no han de faltar

a tan precisos empeños.

A doña no la hagáis penar,

porque es lástima.

Vuelve.

Alexandro.

Teneos,

señora, que antes que os vayáis

tengo de satisfaceros.

Vuelve a hacer que se va.

Francelisa.

¿Qué habéis de satisfacerme,

si sois un mal caballero,

ingrato, desconocido,

tirano, aleve, grosero?

Si mi pecho os descubrí

por obligarme del vuestro,

¿qué más fineza, decid,

pude hacer por vos? Y en medio

de este favor, vos, ingrato,

malográis tan gran trofeo.

Por vida de Francelisa,

que soy yo, que de no haber

querido (pero mi lengua

freno, porque lo confieso),

que diera con vuestra vida

y con la que os hace dueño

de la suya a mi pesar,

a todos tal escarmiento,

que los amantes ingratos

tomarán en vos ejemplo.

Alexandro.

Si no escucháis mis verdades,

que es lo que llego a deciros...

Francelisa.

¿Qué verdades, si sois falso,

inconstante y desatento?

Alexandro.

Las que acreditan mi fe.

Francelisa.

¿Para qué queréis poneros

a dorar una maldad

con el daño manifiesto?

Alexandro.

De mi parte la inocencia

está la ofensa sintiendo.

Francelisa.

¿De manera que inocente

estáis con lo que estáis viendo?

Alexandro.

Sabe el cielo que es verdad,

y si un instante, un momento

os he ofendido con Laura,

ni con persona en nuestro reino,

que contra mí se conjure

y que un desatado incendio...

Pang. 58

Rompe el papel.

Alexandro.

Rayos sobre mí fulmine

la vaga región del fuego,

y caigan como pedazos.

Aqueste vil instrumento

que mi desdicha concierta,

por el aire va derecho

a buscar la tierra, donde

sirva de monumento,

donde anide yo a la furia,

en que, cenizas envuelto,

la tierra me dé sepulcro

allá en sus cóncavos senos.

No os he ofendido en mi vida.

Francelisa.

Tened, no hagáis tal exceso,

que el rigor no merece

el dueño, tan gran desprecio;

sin embargo, poco a poco

pienso que le voy creyendo;

apuremos más el caso.

Si en vos no hay culpa, ¿a qué efecto

Laura os escribe un papel

tan fino y con tanto aseo?

Eso, si vos no la dierais

lugar, yo no he de creerlo,

porque, ¿qué dama se arroja

a tan loco desacierto,

sin que el galán no la dé

la permisión para hacerlo?

Aquí, ¿qué hay que responder?

Alexandro.

Esa consecuencia niego,

porque, ¿qué importa que yo

os quiera a vos como os quiero,

si vos no correspondéis,

o por aborrecimiento,

o porque las estrellas vuestras

y las mías no se unieron?

Luego, si hay contradicción

en los dos, el argumento

es claro, y no será bien

que haya de estar yo sujeto

a pagar como decís

culpa en que yo no tropiezo.

Francelisa.

Luego, ¿vos no la queréis?

Alexandro.

Con el alma la aborrezco.

Francelisa.

Aún no quedo satisfecha.

Alexandro.

¿Dónde, que no os ofendo?

Francelisa.

No acierta bien el decir

lo contrario.

Alexandro.

Por lo menos

Pang. 59

Alexandro.

Ya que vos no me creáis,

yo quedo bien satisfecho

de que me debéis a mí

más que yo a vos.

Francelisa.

No lo entiendo.

Alexandro.

Mirad lo que dice Laura.

Francelisa.

Es industria de sus celos.

Alexandro.

¿Qué industria, si le tenéis,

como ella dice, encubierto

al rey de Albania?

Aparte.

Francelisa.

Es verdad;

prueba también el veneno

de los celos como yo.

Alexandro.

No tiene duda que es cierto.

Francelisa.

Yo me casaré con él.

Alexandro.

Eso es lo que yo deseo.

Francelisa.

¿Luego adoráis a mi prima?

Alexandro.

A vos solamente quiero.

Francelisa.

¿Pues para qué deseáis

lo que os está mal?

Alexandro.

Ya es tiempo

de que a luz salga, señora,

la verdad que en el silencio

ha vivido tantos días

oculta, no sin misterio.

Yo soy, señora, Alexandro,

el purísimo heredero

de Albania, a quien aclamaron

por su rey y por su dueño

los albaneses, y así,

mirad agora, si siendo

el rey yo como lo soy,

ha de ser mal...

Aparte.

Francelisa.

Deteneos.

¿Es verdad lo que decís?

El corazón da mil vuelcos

con el placer, como el alma.

¡Ay Dios! Me estaba diciendo,

si bien con algún embozo,

desde que le vi, lo mismo.

En fin, ¿que sois Alexandro

y no Ludovico?

Alexandro.

Es cierto.

Francelisa.

Pues si Alexandro murió

en la guerra, ¿cómo puedo

asegurar que lo sois?

Alexandro.

Fue prevención del ingenio.

Pang. 60

Alexandro.

Para asegurar la vida

viéndome en tan grande aprieto,

y más despacio sabréis

de mi fortuna el suceso.

Francelisa.

No sé si crédito os dé.

Alexandro.

¿Por qué?

Francelisa.

Porque tengo miedo.

Alexandro.

¿De qué?

Francelisa.

De que me engañéis

como hasta aquí lo habéis hecho.

Alexandro.

Mi amor ansí lo dispuso.

Francelisa.

No elegís mal, solo apunto

que si obligado os hallabais

de mi prima, fuera yerro

malograr tantos favores

por hacerme a mí imperfeto.

Alexandro.

Aun no estáis desengañada.

Francelisa.

¿Yo? ¿Cómo podré creerlo

si ella misma lo confiesa?

Alexandro.

¿Qué importa, si yo lo niego?

Francelisa.

Quien no procura librarse,

cuando está a la vista el fuego.

Alexandro.

Pues si la verdad no vale

ya para con vos, ¿qué espero?

Vuelva mi engaño a seguir

la senda otra vez de nuevo.

Ludovico soy, señora,

no Alejandro, solo quiero

saber que pude adoraros

y que pude mereceros;

que vine por vos a Hungría,

que os di el alma antes de veros,

que os entregué mi albedrío,

que no queréis conocerlo,

que la vida me debéis,

que me pagáis con desprecios,

que mi estrella lo permite,

que contrastarla no puedo,

que ya me estorba la vida,

que de vos me voy huyendo

adonde, en tanto que llega

de la parca el golpe fiero,

me queje de mí y de vos,

al mundo, a la tierra, al cielo;

de mí, porque os he querido,

y porque infeliz os pierdo,

de vos, porque no queréis.

Pang. 61

Alexandro.

llegar al conocimiento

de mí, porque a tantos golpes

de la fortuna no he muerto;

de vos, porque sois la causa

de mi pena y mi tormento;

y de mí, en fin, porque al ver

que de mi amor verdadero

dudando estáis, por quitarle

a mi fe tan gran trofeo,

no me arranco el corazón

para que conozca el vuestro

lo mucho que le debéis;

mas ya en vano lo pretendo,

que es estragar la lealtad

solicitar el aprecio,

gozar, sin que os embarace

mi cariño ni el desvelo,

en el amor de Leopoldo

felicidades sin cuento.

Vos le tenéis en palacio,

el reino lo está pidiendo,

vos es fuerza que lo hagáis;

yo morir antes de verlo.

Y plegue al cielo, señora,

que de mi muerte primero

que goce vuestra belleza

ese tirano soberbio,

que a vuestros oídos llegue

el aviso, pues con eso

se acabarán tantas penas

como en el alma...

Francelisa.

¿Qué es esto,

señor, esposo, Alejandro?

Mas, ¿qué digo?, si no miento.

No tan presto os arrojéis,

no, señor, tantos extremos.

Vos sois dueño de mi vida,

solamente no tan presto

vuestro pecho desconfíe;

vuestra es mi vida y mi reino,

ya no toméis disgusto,

mi rey, mi señor.

Alexandro.

¿Es cierto,

señora, lo que decís?

Francelisa.

Primero los rayos bellos

de esta antorcha luminosa

que enciende el ardiente Febo

negara la luz al día

Pang. 62

Francelisa.

que falte a lo que os ofrezco.

Alexandro.

No sé si crédito os dé.

Francelisa.

Venganza tomáis, hacedlo

enhorabuena, señor;

alábame a mí de escarmiento.

Alexandro.

Vuelva a respirar el alma,

puesto que a vivir empiezo;

¿seréis mía?

Francelisa.

¿Quién lo duda?

Alexandro.

¿Pagaréis mi fe?

Francelisa.

Eso intento.

Alexandro.

¿Y Leopoldo?

Francelisa.

Poco importa.

Alexandro.

Miraldo bien.

Yéndose hacia el paño poco a poco.

Francelisa.

Bien lo veo.

Alexandro.

¿Del reino?

Francelisa.

No os dé cuidado,

que eso a mi cargo lo dejo.

Alexandro.

¿Qué intentáis?

Francelisa.

Daros mi mano.

Alexandro.

¿Y si lo estorba?

Francelisa.

Teniendo

vuestra persona a mi lado,

no se ha de oponer el reino.

Alexandro.

Pues hasta la ejecución

no se descubra el secreto.

Francelisa.

Dices bien, siga la industria

el engaño hasta su tiempo.

Alexandro.

Pues al empeño, señora.

Francelisa.

Pues, Alejandro, al empeño;

mi vida es vuestra.

Alexandro.

La mía

solo en vos tiene su centro.

Francelisa.

¡Feliz yo que tal escucho!

Alexandro.

¡Feliz yo que he de ser vuestro!

Vanse cada uno por su puerta y salen Albano y Lucindo.

Albano.

Ya tengo entendido el modo,

y no me asusto conmigo.

Lucindo.

Este griego, como os digo,

es tan parecido en todo

a Alejandro, que os prometo

que si muerto no le viera,

que era Alejandro dijera.

Es hombre altivo y discreto,

y de él se podrá fiar

lo que mi industria previene.

Pang. 63

Lucindo.

Ofendido el Rey me tiene,

yo le tengo de matar;

a Ludovico he de hacer

que publique, amigo Albano,

que es Alejandro su hermano,

la corona ha de tener

de Albania, y de mi asistido

sin que puedan conocerle

el reino ha de obedecerle,

y en habiendo conseguido

mi venganza, despojarle

del reino; pues convocados

tengo todos mis soldados,

y si importare, matarle.

Con que tener determino

la corona, haciendo eterno

mi nombre, puesto que el reino

me ayuda a lo que imagino.

Albano.

Lucindo, el caso requiere

más espacio y más consejo.

Lucindo.

A la ejecución lo dejo,

y venga lo que viniere.

Albano.

Vos intentáis

una temeraria acción,

yo no soy de esa opinión,

plegue a Dios que bien salgáis.

Lucindo.

¿Os vais?

Albano.

Sí, amigo.

Lucindo.

El secreto

os encargo; adiós.

Aparte.

Vase.

Albano.

Sí haré;

yo no puedo estorbarle

su mal fundado concepto.

Pónese detrás de la cortina, y salen

el Rey Leopoldo y Rodulfo.

Lucindo.

Acábese de una vez

este cruel sentimiento;

mas hacia allí ruido siento,

y si no me engaño, es

Leopoldo, que viene hablando

con Rodulfo; dicha ha sido;

desde aquí pienso escondido

saber lo que van tratando.

Leopoldo.

La queja que de vos tengo,

Pang. 64

Respuesta Rodulfo

Rodulfo.

Atienda

vuestra alteza y no se ofenda,

que a satisfacerle vengo.

Sale Alexandro al paño.

Alexandro.

A Rodulfo vi pasar

con un hombre que no pude

conocerle. Siempre acude

el indicio a sospechar

lo peor. Descanso llano,

pues lo considero en mí.

Sabré quién es, mas aquí

están. Pero no es mi hermano

este. Si alguna traición

entre los dos imagino,

escucharlos determino;

no lograrán su intención.

Aparte.

Lucindo.

Lo que confieren los dos

no lo pude prevenir.

Leopoldo.

Si vos me hicisteis venir,

la culpa será de vos,

que la Reina, no colijo

tuviese parte en el hecho;

pues llegando satisfecho

de mi ciego amor, me dijo

que por ella no venía,

aunque a ser cosa clara

que a ser ansí no extrañara

lo mucho que me debía.

Demás que me dio a entender,

aunque es tan discreta y bella,

que otro dueño vive en ella.

Mirad si puedo tener

de vos la queja en rigor.

Alexandro.

Rodulfo la causa ha sido

de todo lo sucedido.

Rodulfo.

Conociendo eso, señor,

y que la Reina, ignorante

de lo que con vos ha tratado,

tenía, puso el cuidado

y amor en un arrogante

griego que a Hungría llegó,

y en su servicio le tiene,

por quien mi industria previene

Pang. 65

Rodulfo.

Mañana hacer lo que no

imaginé, por cumplir

la palabra que os he dado.

El reino está convocado,

mañana habéis de ceñir

la corona, y la belleza

de la reina gozaréis;

de vuestra parte veréis

de la plebe y la nobleza

la mayor parte; entrarán

de mi valor asistidos,

todos están prevenidos,

la muerte al traidor darán;

aunque la reina lo impida,

vos a la vista estaréis,

para que el triunfo logréis,

y yo el quitarle la vida.

Aparte.

Alexandro.

No será, pues quiso el cielo

que yo lo llegue a saber.

Aparte.

Lucindo.

Logrado no se ha de ver

su intento.

Rodulfo.

Al punto que el velo

corra de la noche fría,

el alba, y de su arrebol

rayos desplegando el sol,

salga a festejar el día,

el palacio ha de cubrir

de tantas armas y gente,

que tenga por conveniente

Francelisa el elegir

lo que el reino la pidiere;

con que cumplido tendré

lo que os ofreció mi fe,

y porque el caso requiere

brevedad, voy a poner

por obra lo que os refiero.

Leopoldo.

Pues en vuestro cuarto espero.

Rodulfo.

Venza la industria al poder.

Vanse y sale Alexandro.

Alexandro.

Poner remedio es preciso

a tan infame traición,

no permite dilación

el caso; daré el aviso

a la reina.

Vase a ir por el otro lado y sale Lucindo.

Pang. 66

Lucindo.

Ya se han ido.

Ludovico es aquel,

declararéme con él.

En busca vuestra he venido,

Ludovico, que con vos

tengo un negocio.

Vuelve. Aparte.

Alexandro.

Decid,

¿qué queréis? Pero ¿qué vi?

¿Lucindo es? ¡Válgame Dios!

Este traidor fue instrumento

de mi desdicha. Pasmado

me tiene el verle.

Aparte.

Lucindo.

Un traslado

es de Alejandro. Oíd atento,

lo sé, que hay dos poderosos

que contra vos indignados,

en injuria conjurados,

están de vos envidiosos

para quitaros la vida,

y aviso con brevedad.

Yo os tengo a vos voluntad,

y la infamia conocida

del riesgo os ha de librar.

Mi industria, como sospecho

que hay valor en vuestro pecho...

Aparte.

Alexandro.

¿Y vos llegáis a dudar?

El mundo es corto distrito

para el valor que hay en mí,

sabré su intención, y así

castigaré su delito.

Lucindo.

Si queréis vivir seguro

habéis de guardar secreto.

Alexandro.

Yo guardaros le prometo,

y de hacerlo al cielo juro.

Lucindo.

Pues sabed como a Leopoldo,

que hoy en Albania gobierna

por la muerte de su hermano,

le dieron la insignia regia

las razones que movieron

para que el cetro le dieran,

y a Alejandro le quitaran

la vida; aquí no hacen fuerza

para nuestro intento. Yo,

que fui del bando cabeza

y que en el trono le puse,

negándose a aquesta deuda...

Pang. 67

Lucindo.

no solo no me la paga,

sino que ofendido muestra

estar de mí, despreciando

con rigores y aspereza

mi persona. Con que vos,

si me ayudáis a esta empresa,

verá el mundo cómo tomo

satisfacción de mi ofensa.

Y aunque sois, Ludovico,

en el valor y la presencia

tan parecido a Alexandro

que parece que una misma

estrella influyó en los dos,

la misma naturaleza,

yo os he de hacer rey de Albania,

yo haré que os den la obediencia.

Diréis que sois Alexandro,

que su muerte no fue cierta.

Diré yo que por huir

de Leopoldo la violencia,

de extranjero habéis vivido

retirado en una aldea.

Yo le he de quitar la vida.

Esta noche Uriel intenta

el daros la muerte a vos,

porque dice que la reina

os tiene amor, y gozar

seguro de su belleza,

ayudado de Rodulfo;

no será, pues mi cautela

ha dispuesto que por vos

su traición quede deshecha,

pues con su muerte en Albania

infinitas cosas cesan:

en mí esta fiera pasión

que el corazón me atormenta;

en vos la seguridad

de gozar la mano bella

de Franzelira, y en fin,

seréis la augusta diadema

de Albania, con que podréis

hacer vuestra fama eterna.

Aparte.

Alexandro.

Ya el cielo me ayuda, puesto

que me descubre y revela

la maldad que contra mí

este aleve pecho encierra.

Pang. 68

Alexandro.

¡Ah, traidor, cómo has venido

por tan impensada senda

a pagar tu culpa, ajeno

del castigo que te espera!

No te librarás de mí.

No sé cómo os agradezca,

caballero, aunque no sé

vuestro nombre, la fineza

que conmigo usáis en darme

la vida, que es la primera

obligación a que siempre

debe atender quien se precia

de agradecido, y después

la gloria de que me vea

en dignidad, que soñada

aun parece que deleita.

Y en el agradecimiento

será el correr por mi cuenta

el asistiros y dar

con mis manos muerte fiera

a Leopoldo, porque quede

vuestra pasión satisfecha.

Enrique.

¿Tendréis valor?

Alexandro.

No dudéis

de mi mayor empresa.

Enrique.

Pues esta noche ha de ser,

que a vos os importa.

Alexandro.

Sea

luego al punto, si queréis.

Enrique.

Gente viene, y no quisiera

que con vos hablarme viesen.

Hace que abre.

Alexandro.

No decís mal, pues aquesta

puerta es de mi cuarto, en él

entrad porque no os vean

conmigo; yo volveré.

En yéndose, entrad, que abierta

tenéis la puerta.

Enrique.

Mirad que deis al punto la vuelta.

Entra por una puerta que ha de haber, y cierra Alexandro.

Alexandro.

Sí haré, mas cuando te llame

ha de ser para que viertas

a las manos de un verdugo

la sangre vil de tus venas.

Vuelvo a cerrar y a abrir.

Voy a Evangelina bella.

Pang. 69

Alexandro.

que en la tardanza hay peligro,

mi causa el cielo defienda.

Vase y sale Flora y Roquete, como asombrados.

Roquete.

¿Dónde me llevas ansí?

Flora.

¡Ay, Roquete! gran tormenta

ha de haber aquesta noche,

según lo dicen las señas.

El palacio está confuso,

unos salen y otros entran,

y a mí me tiene el temor

con más miedo que vergüenza.

Roquete.

No sé cuándo la has tenido.

Flora.

Esa es enfermedad vieja

en las damas de palacio.

Roquete.

Luego, ¿por dama te cuentas?

Flora.

Sí, que hasta agora la edad

aún no me deja ser dueña.

Roquete.

Eso, unas y otras lo hacen.

Flora.

Es verdad, mas yo querría

el velo antes que las tocas.

Roquete.

Mejor ciegues que tal veas.

Flora.

Pues a ti, ¿qué te va en eso?

Roquete.

Es por si acaso me deja

Dios de su mano y me caso

contigo.

Flora.

No te dé pena,

que de aquí allá hay mucho.

Roquete.

¿Cuánto?

Flora.

Tanto como que lo quiera.

Roquete.

O tú querrás, pero vamos

a tu miedo, ¿qué recelas?

Flora.

¡Ay, Roquete! grandes cosas;

la ciudad anda revuelta,

mi amo pienso que quiere

que todo el reino se pierda,

tu amo está en gran peligro,

la reina quieren que sea

de Leopoldo, el rey de Albania,

y si lo intentase piensa

que ha de llover sobre el pobre

Ludovico.

Roquete.

Yo dijera

que aqueste viejo es Herodes,

pues persigue la inocencia.

Flora.

Mi ama por otra parte...

Pang. 70

Flora.

anda sembrando su seta,

como quiere a tu señor.

Ay, que ya pienso que llegan,

no te apartes de mí.

Roquete.

Flora,

vamos a la azotea,

estaremos más seguros.

Retíranse los dos, y salen

Francelisa y Ricardo.

Francelisa.

¿Tenéis, Ricardo, dispuesta

la guarda en mi cuarto?

Ricardo.

Todo como lo mandó su alteza,

señora, está prevenido.

Francelisa.

Bien está.

Flora.

Ves, la reina

anda lista.

Roquete.

Pues veamos

en lo que para la fiesta.

Salen por otra puerta el Rey,

Leopoldo y Albano.

Albano.

Si por su cuenta lo toma

el reino, es fuerza quiera

vuestra alteza el elegido;

Leopoldo.

No dudo que serlo pueda,

Albano.

Albano.

Porque no logre

Lucindo lo que intenta,

no me he de apartar un punto

de Leopoldo.

Leopoldo.

Pero, aquella,

si no me engaño, parece

Laura. Albano, ¿conocéisla

vos?

Albano.

No, señor.

Francelisa.

El rey es,

el que está allí, no me pesa,

y pues no me ha conocido,

veré el designio que lleva.

Flora.

Oye, aquellos dos son

de los que Rodulfo hospeda,

con la reina han encontrado.

Roquete.

Yo sé que de vuelta y media

los ponga, si los ha visto.

Albano.

Has de hablarla.

Vuelve las espaldas.

Leopoldo.

No quisiera.

Pang. 71

(Aparte.)

Francelisa.

Parece que se retira

bien de su intento da muestra;

llegaré a hablarle, señor,

extraño que vuestra alteza

se recate, así no estando

su persona tan segura

en palacio.

Leopoldo.

Laura hermosa,

recato en mí no os parezca

lo que viene a ser respeto.

Flora.

Por Laura tiene a la reina.

Roquete.

Es que anda el hombre asombrado

y con la noche tropieza.

(Aparte.)

Francelisa.

Por mi prima me ha tenido.

¡Qué confusiones son estas!

Hablaréle como Laura,

pues que me tiene por ella.

Si a hablar vuestra alteza viene

a Francelisa, haga cuenta

que con la reina ha encontrado,

porque somos una mesma,

y lo que ella ha de decir

cuando a vuestra alteza vea,

se lo quiero decir yo.

De tomarme esta licencia

es excusarle otra base

a vuestra alteza, y entienda

que lo que pretende hacer

no es digno de su grandeza;

que a las damas no se obliga

ni se pretende por fuerza,

que amor con imperio nunca

llegó a tener preeminencia;

y vuestra alteza, sin duda,

no está diestro en las materias

de amor; finezas obligan,

no rigores y aspereza.

Que en los que...

(Dicen dentro.)

Dentro.

¡Viva Leopoldo,

rey de Albania!

Flora.

¡Santa Tecla!

Dentro.

¡Viva Leopoldo de Albania,

y quien lo estorbare muera!

Roquete.

Ya se empieza la invención.

Francelisa.

¿Quién es traidor que altera

mi reino de aquesta suerte?

Pang. 72

Salen Rodulfo, Laura y toda la compañía.

Rodulfo.

Señor, si vuestra alteza

no sosiega sus vasallos,

si a su petición se niega,

el reino se ha de perder.

Leopoldo.

¿Qué es esto? ¿Cuál es la reina,

Rodulfo?

Rodulfo.

La que estáis viendo.

Leopoldo.

Pues, ¿cómo? Traición es vuestra,

que el retrato que me enviasteis,

a quien rendí mis potencias,

es de Laura.

Rodulfo.

¿Cómo?

Enseña el retrato.

Leopoldo.

Vedle.

¿No es de Laura?

Rodulfo.

Cosa es cierta.

¡Ay, suceso más extraño!

Empuña la daga.

Leopoldo.

Como un engaño se intenta

conmigo, en que el castigo...

Rodulfo.

Vuestra alteza se detenga,

porque en el caso no tengo

parte, y cuando la tuviera,

Laura, señor, es mi hija.

Francelisa.

Esto averiguado será

de vuestra alteza

la pretensión, sin que puedan

alegar derecho alguno;

quisiera bien que prudencia,

mi mano guiando, uniendo,

a mi prima Leonor sea.

Leopoldo.

Yo por vos solo he venido,

y aunque mi corazón sienta

el apartarse de Laura,

con vos el tormento templa.

Francelisa.

Con facilidad se muestra,

vuestra alteza, que observa

que no es común quien le mueve,

pues el que...

Leopoldo.

La conveniencia.

Carlos.

Y supuesto que conoce

cuán difícil es la empresa,

no le ataje la pasión;

posea a Laura enhorabuena,

que pues la razón lo pide,

no hay contra la razón fuerza.

Laura.

No me está bien que mi prima

haga tanta resistencia.

Pang. 73

Flora.

Bobas cosas vamos viendo.

Roquete.

Calla, Flerida, que mal quedan.

Leopoldo.

Vuestra Alteza escuche al Reino,

no os neguéis a vuestro vasallo,

Dentro.

Dentro.

¡Salga de Albania nuestro Rey!

¡Dele la mano su Alteza!

Larez.

Que pido para los dos,

que asista el de Albania Rey.

Dentro.

Dentro.

Eso pedimos.

Francelisa.

Yo lo haré; ninguno pierda

la esperanza, que a tal voz,

y estruendo que un Rey atienda,

al punto asiste. Para los

reinos preste de tan grave

política; porque todos

vean que se desatenta

vuestro ruego; solamente,

uso de aquesta manera,

cumpla con lo que pedí

para Albania, vuestra Reina.

Corre una cortina y véase de descubrir a Alexandro sentado en una silla, debajo de un dosel. Estén en pie dos del Consejo, dándole todos las obediencias.

Leopoldo.

¿Quién?

Francelisa.

Aqueste es Alexandro

de Albania, con quien ordenan

mi padre quiere me case.

Aparte.

Leopoldo.

¿Es ilusión, es idea,

que miro, mi hermano es cielo,

mas muero si no es lo cierto.

Aparte.

Álvaro.

¡Mi bien y válgame Dios!

Rodulfo.

¿Quién vio confusión más nueva?

Laura.

Aquí dio fin mi esperanza.

Flora.

No ha visto más loca fiesta,

trama fiera el Rey.

Roquete.

Sí, Flora,

que asustado está aquí en conserva.

Alexandro.

Vasallos de Hungría nobles,

a quien se debe acatar,

al Macedón, ya habéis

el miedo, Reinos, depongan,

oíd, que Alexandro os habla;

a este a quien dio la altiva

corona de Albania, aun juzgo

no por suerte, por herencia,

sí como la de mi hermano

quien os manda en esta Reina,

hoy a quien habéis de ver,

y abrazos para que fuera

feliz hoy en una gracia

de su idea en esta Princesa.

¿No es esto lo que pedís,

pues parece que obedecen?

Pang. 74

Alexandro.

vuelva, Reina, y de mi parte,

la que os tengo, y os lo ruego

que respondáis.

A Leopoldo.

Dentro.

Nunca se da satisfecha

desea.

Laura.

A quien bien es como hermana,

no tenéis de qué temerla.

Dentro.

Alexandro es nuestro Rey;

dele la mano su Alteza.

Y dánsela.

Alexandro.

Esta es mi mano, señora,

Laura.

siempre la mía fue vuestra.

Leopoldo.

¡Vive el cielo, ha castigado

mi amor, a traición y miedo,

por grande; y mi fe a su pie aguarda

el perdón, mi hermano!

Alexandro.

Llega

a mis brazos, que mi pecho,

no es traición, mas cautelas;

si en él puso la envidia

sin más causa que la furia

de un corazón que gobiernan

afectos y locuras, tan feas,

crueldad como el despojarme

del reino y de su grandeza,

hoy has de hallar, en el mío,

no crueldad, sino clemencia.

Y así la mano de esposo

darás a Laura, y con ella,

pues adoras su hermosura,

permito que Albania vuelva

a donde estuvo; posee

el reino sólo en tenencia;

advierte que si esta vez

de mi piedad te aprovechas,

que puede ser, si la vuelves

a otra vez que no la tenga.

Leopoldo.

Una y mil veces mis plantas

vuelvo a besar,

Roquete.

Mucho beba,

él dará coz como suele.

Leopoldo.

Señora, mi mano es esta;

con ella os doy el alma

en bien, tan dichosa entrega,

así que vieron mis ojos

la luz de vuestra belleza

conservó, sólo imaginada,

no dudó mi amor de hacerlas.

Laura.

Señor, siendo vuestra esclava,

corresponderé a la deuda

que elijo, ya que me hacéis

feliz, sin que lo merezca.

Alexandro.

Rodulfo, ¿cómo a mis brazos

no llegáis?

Rodulfo.

Señor, si dispensa

la misma tardanza las voces,

Pang. 75

Rodulfo.

¿Qué podrá decir la lengua,

más que a besarme acudáis?

Alexandro.

Alegraos, que vuestra prudencia

es de mayor premio digna.

Leopoldo.

En viendo asomos de la buena

nueva, criado.

Cri.

Ya, señor, como mandaste,

yaciendo en la prisión queda.

Alexandro.

Tráele presto, que el traidor

pagará con su cabeza.

Francelisa.

Decid que viva en compaña

de un ingrato y de una fiera.

Alexandro.

Decid que viva en sus glorias,

solo Francelisa bella.

Dentro.

¡Alejandro y Francelisa vivan!

Roquete.

¡Vivan en hora buena!

Y ¿qué hacemos con lo que resta?

Alexandro.

Doy tres mil ducados de renta

para casar con Flora.

Roquete.

Carlos,

con condición que no sean

en vellón ni catorcenas.

Alexandro.

¿Por qué?

Roquete.

Porque... Porque estos

a diez por ciento se casan;

y no vendrá bien la cuenta.

Alexandro.

Y sea donde quisieren,

y aquí dé fin la comedia,

que adonde hay tanta razón,

no hay contra la razón, fuerza.

Hay una rúbrica y un sello de la Biblioteca Nacional.

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