帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Más poder tiene el amar que la gloria de inmortal. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/mas-poder-tiene-el-amar-que-la-gloria-de-inmortal.
Ulises
Calipso, Ninfa
Demofonte
Penélope
El Marqués de Repente
Coqueta, criada
Telémaco
Dirce, criada
Soldados
Sirenas
Pastores y Pastoras
Acompañamiento
Córrese la cortina y se descubre el Golfo de las Sirenas, con diferentes embarcaciones, y en una de ellas, que ha de cruzar de una parte a otra, se ven Ulises, el Marqués y marineros.
Espumosa Anfitrite,
a tus ondas se entrega
quien, milagro de amantes,
muestra en tus inconstancias la firmeza
En tus brazos Ulises / sacro laurel lleva / floreció entre rayos / que Troya redujeron a pavesas
En fuego y agua es uno
Ulises es triunfante
el que en tus brazos llevas
con el laurel, que supo
de Troya florecer entre pavesas.
Del fuego vine al agua
porque halle en ambas pruebas
Penélope divina
Salamandra, y escollo mi fineza.
Condúceme a sus aras
donde consagrar pueda
aun más que estos trofeos
de mi esclavitud dulce las cadenas.
Ulises, Rey de Ítaca, Señor mío,
demos fin a este andante desvarío.
Diez años porfiaste
por abrasar a Troya, y la quemaste:
(que quien tanto porfía
al Mundo quemara por vida mía)
hoy por ver a Penélope tu anhelo
insiste en vano, y lo resiste el Cielo.
Aria
El fuego inclemente mi amor probara
el mar inconstante mi firme, mi amante
fe combatiera;
Mas roca, y diamante mi pecho leal
no teme mudarse, ni al agua entibiarse,
ni al fuego acabar.
Dice muy bien, si cuando se encapricha
como tiene razón tuviera dicha.
Cantan las Sirenas lejos
Barquerola.
Amaina la vela veloz marinero:
no lleve envidioso tus glorias el viento.
Espera, y verás el Templo de Tetis,
que ofrece delicias, que glorias promete.
No huyas tu dicha, descansen los remos:
amaina la vela veloz marinero.
Recitado
Quién en aquel escollo
canta tan dulcemente,
que la roca enamora,
y la peña enternece,
mezclando con espanto
el duro risco con el dulce canto?
Sirenas más cerca.
Espera, y verás el Templo de Tetis,
que ofrece delicias, que glorias promete.
¡Ay de mí! ¿cuál será mi desventura
si aún es hoy mi enemiga la dulzura?
Sin duda que son estas las Sirenas
sus voces oigo de peligros llenas.
Huyamos. ¡Ay de mí! ya no es posible
pues Eolo inflexible
por allí nos conduce.
¡Ay, tal recelo!
¿de una armonía huyes que es del Cielo?
Vamos a ver el Templo de esta orilla:
mira que es grande cosa la Capilla.
Cerca las Sirenas.
No huyas tu dicha, descansen los remos:
amaina la vela, veloz marinero.
Ya perecimos, ¡ay amigos fieles!
a vil traición de monstruos tan crueles
y si a su voz no hay pecho que resista:
quién huirá los peligros de la vista.
Como va cantando el Aria con la cera del fanal de la nave irá tapando los oídos a los Compañeros: y ellos después le atan al mástil.
Aria.
La voz lisonjera, y el alma traidora
si blanda enamora, es para que muera
mi fe verdadera inmortal hasta aquí.
Negad las orejas al eco halagüeño:
prisiones elija quien huye su ceño,
y excuse el empeño el que quiere vivir.
¿Con cera las orejas nos defiendes?
bien se ve que lo entiendes:
y no son de este tiempo las Sirenas:
pues a sus voces de dulzura llenas
no eran puertas bastantes
las murallas de bronces y diamantes.
(Remando)
Al remo, al remo amigos
huir es la victoria,
donde el morir halaga
y el vencer aprisiona.
Si huir conviene, y la razón se inclina,
¿por qué quieres huir a la sordina?
Es porque los oídos
las puertas son del alma:
y si estas no se cierran,
la libertad naufraga.
¿Y qué misterio hallaste en la cera
para que nos sirviese de barrera?
Pues Dédalo sus alas
de cera fabrica,
de amor el laberinto
con cera he de huir yo.
Desde que a ensordecer nos redujimos,
ni a las Sirenas, ni aun a ti te oímos.
Quien entre el bien, y el mal
no sabe distinguir,
cierre el oído a todo,
si no intenta morir.
Pasamos de esta y vemos otra playa:
¡oh! quiera Baco que Sirenas no haya.
Pues otra tierra vemos
poned allá la proa:
al remo, al remo, amigos,
huir es la victoria.
Se acaban de entrar, y se muda el Teatro en Bosque donde se ve la Gruta de Calipso: y ella sale con Coqueta y Ninfas.
Recitado.
Aria.
Inquieta sombra que la fantasía
me asustaba agorera:
presagio del dolor, que influye fiera
alguna Estrella impía,
del blando sueño que feliz gozaba
la dulce suavidad me emponzoñaba.
¡Cielos! ¿si algún gran mal más que imagino?
¿qué riesgo puede haber en lo divino?
La tierra me obedece lisonjera:
El mar viene a mis plantas presuroso:
Y cuanto cruza el ámbito anchuroso
De Juno me adoró. ¿Mas qué sé yo?
que a una felicidad llamas altiva
asusta el no sé qué, que no comprende:
altera el qué será que no lo entiende:
y es inquietud mayor
el qué sé yo.
Ruido de mar.
Recitado.
Mas, ¡ay, dioses! ¡Neptuno embravecido,
nuevo susto a la vista, y al oído!
su agitación violenta
lo que pasa en el alma representa.
Dentro Ulises.
Piedad, dioses marinos,
dejad a un infeliz besar la orilla:
y en vuestro primer templo aquesta quilla
voto será de destrozados pinos.
Dentro el Marqués de Repente.
Piedad, gran Baco, y al lagar primero
en romería iré, si aquí no muero.
Mas, ¿qué es aquello? el mar ha derrotado
una mísera nave: y a la tierra
piadoso un tronco guía
a un triste pasajero. ¡Ay, suerte fiera!
Griego es el traje: y que es Ulises creo,
objeto de las iras de Nereo.
Joven, guía a esta playa deleitosa:
Calipso te asegura que es su diosa.
Sale Ulises y el Marqués de Repente.
A tus pies, bella Calipso,
escollo viviente de mar, y fortuna,
llega, quien viéndose en ellos
aun más que en las ondas, en dichas fluctúa.
Recitado.
(aparte)
Gallardo Ulises, levanta:
pues de tus hazañas la fama asegura,
que en mis generosidades
descanso mejor encuentres, que juzgas.
Ven: y quieran los dioses
que tu vista no esconda
el veneno. Mas, ¿qué
vana inquietud me asombra?
Vamos donde venere
Vamos donde conozcas
Señas de tus piedades
Efectos de tus glorias.
Lo que puede lo grande.
Lo que la fama logra.
a Dúo
Que el mérito sabe cambiar la desgracia,
cuando hay poder que lo que vale conozca.
Éntranse los dos y queda el Marqués, y Coqueta
Usted, señora ninfa, no se aleje.
Parece buen anzuelo.
Usted buen peje.
¿Qué viene usted aquí a ser, sino es Diana?
Soy una semi-ninfa.
Ay, que no es rana.
Diga su nombre, si es ninfa corriente:
y sabrá luego el mío muy de prado.
Yo Coqueta me llamo de pensado.
Pues yo Marqués me llamo de repente.
Mal agüero es Marqués tan repentino.
Que Coqueta no es bueno yo imagino.
Aria
Marqués de repente
te vean mis ojos,
que vivas con susto,
y mueras de un soplo.
Con tu facha súbita,
y aspecto diabólico
me asustas intrépido. Quítate allá, coco.
Aria.
Miren qué espantadiza, y remilgada
qué escrupulosa, pulcra, y delicada
la Señora Coqueta!
Yo diré lo que es ella: pues me aprieta.
Son las Coquetas comunes alhajas:
con todos el chiste: con todos la gracia:
de todos admiten el dicho, y requiebro:
y piensan con esto que a todos engañan.
Pero el que es diestro en las armas de amor,
aprecia lo mismo el favor, que la saña:
finge el temor: y disfruta el agrado:
y ella la boba se pica, y se clava!
Dejemos ya estos puntos delicados:
Venid a descansar, que estáis mojados
que mañana dirá lo que ello fuere.
Vamos, y allá saldrá lo que saliere.
Vanse.
Se muda el Theatro en Salón donde estará Penélope, Demofonte, y Criadas.
Recit.
Aria.
Llora Penélope.
Divina Penélope,
quién sino tu rigor, y tu hermosura
dos lustros sustentara
en mí tanto desprecio, y tal ternura?
Si un amor, que no admiten tus desdenes
a fuerza de belleza lo mantiene,
no te ofenda mi instancia fervorosa;
deja de ser ingrata, o ser hermosa.
Que si en oprobio de Venus
abrasó tu amante a Troya,
el hado ya se cumplió,
y a Ulises sacrificó
en Venganza de la Diosa.
Mi Reyno, y mi vida tienes
por recurso en tu congoja:
no expuesta, y sola ser quieras
el blanco de penas fieras
por una soñada Gloria.
(Cae)
¡Infelice de mí! Que es muerto Ulises.
Desdichada Penélope, no eclipses
de tus luces el bello firmamento.
¡Triste de mí! ¡Qué caro fingimiento!
Con tan costoso engaño
quise librarme de dolor tamaño.
Entre sí.
Levantada.
Aria.
Dioses, si el alma se arrancó violenta
¿dónde está Ulises, que de mí se ausenta?
Cerbero, Radamanto,
fieras sombras del reino del espanto,
¿dónde estoy, que no os veo?
¿Cómo a Ulises no encuentra mi deseo?
¿A qué mortal, cuando el morir se llega
el paso del Leteo se le niega?
Sin duda vive Ulises, pues vivo a tal dolor:
pues en tanta fineza no es posible,
sin alma estando él, tenerla yo.
Ya hubieran mis gemidos del Cocito feroz
la inexorable saña enternecido,
y visto en los Elíseos a mi amor.
No dudes de su muerte:
mejora en mí tu lamentable suerte.
¡Cielos! Este es engaño,
y excusar no podré mi mayor daño,
si no finjo creerle (¡qué tormento!)
oponiendo un engaño a un fingimiento.
Perdona, amor, pues todo es en tu abono:
bien puedes perdonar, pues yo perdono.
Seguidillas.
Resuélvete, señora, que la fortuna,
por agravio (si es grande) toma la duda.
Y sus favores
excesivo un desprecio vuelve en rigores.
No, señor, vuestro afecto, si es generoso,
de mi honor el esmero tenga por odio:
pues sola un alma
no puede sacrificio ser en dos aras.
Quien te amó, siendo ajena, sin esperanza,
no harás mucho si libre vuelves el alma.
Pues que merezco
por mayor sacrificio mayor el premio.
Recitativo.
Tan reciente la pena, ¿cómo es posible
que a otros lazos el alma se determine?
Deja que el tiempo
para nueva pintura prepare el lienzo.
Al Oráculo sacro de Diana,
siendo Sacerdotisa, ofrecí hacerle
una clámide rica, que yo misma
matizaré de perlas del Oriente;
haciendo voto que antes que la acabe
nunca resolvería en cosa grave.
Solo este plazo pido
con el llanto, el sollozo y el gemido.
Yo estoy ya tal, que aun viendo el nuevo engaño
no puedo resistir mi propio daño.
A dúo.
Seguidilla.
Porque las esperanzas, aunque fingidas,
como son las primeras, me dan la vida;
que al que no alcanza
es sabroso el engaño de la esperanza.
FIN DE LA JORNADA PRIMERA.
Descúbrese la gruta donde estará Ulises, Calipso, Coqueta, el Marqués de Repente y Acompañamiento.
Recitativo.
Aria.
Siete años hace hoy, ingrato Ulises,
que a mi playa impelida
tu suerte de las ondas,
luchando con la muerte, halló la vida;
y siete ha, que mi afecto soberano
con tu desatención porfía en vano;
siendo a mi sentimiento
el no poder morir mayor tormento.
Sin duda Troya fue
modelo de mi mal;
en ella, traidor griego,
aprendiste del fuego
los pechos a abrasar.
Mas ya que me rendiste,
pudo tu vanidad
gozar de la victoria,
añadiendo a tu gloria
la dicha de inmortal.
303
¡Oh, qué cruel venganza
toma Venus en mí! Caber no pudo
igual dolor al mío. Siempre mis males
la rueda de Ixión vuelven sañudos;
de Sísifo el afán cruel repito;
de Tántalo las glorias solicito.
Señora, Diosa, Ninfa,
muévante mis desgracias tan fatales,
que solo ellas en mí son inmortales.
Si yo arbitrio tuviera,
no solo por tu esclavo me ofreciera
con premio tal; mas si inmortal me hallara,
por adorarte a ti el morir buscara.
Si un alma que no es mía te ofreciera,
de tu culto el altar necio burlara,
y el premio que me ofreces excesivo
con sacrílego intento profanara.
Mas pues soy de otro dueño, y tú eres Diosa,
premia un pecho leal que igual no halla;
y entre el ser inmortal, y no ser fino,
morir quiere, y que viva su constancia.
Raras cosas suceden a quien ama,
Coqueta, no seas tú como tu Ama.
No me prevengas tú, ni me lo avises,
que no temo que seas otro Ulises.
Mas ¿quién pensara, que
tu desestimación
a hacer hoy se arrojara
de una mortal a mi comparación?
Calipso, si eres Diosa,
también es Dios Amor;
y Dios que Dioses rinde:
pues tú experimentaste su rigor.
A dúo.
Es Dios, y Dios tirano,
que su gusto cifró
en burlar lo que amante
a su cruel imperio se rindió.
Fingieras: que en un Griego
no es nuevo el fingir, no:
y un dolor engañado
parece suavidad, aunque es dolor.
Para fingir prudente
Griego, y Ulises soy;
mas fingir a una Diosa
fuera ya sacrilegio, y no ficción.
A dúo.
Amor que no es leal
no puede ser amor
e injuria los altares
cuando es tan fementida la oblación.
Yo sigo el ejemplar de mis mayores
Yo me ausento, ¡ay Coqueta! adiós, no llores.
No te temo por fino, y por estable
sino por perdulario, y por variable.
Si otra inmortalidad fuera tu dote
Yo me endiosara en ti de bote en bote.
¿Qué dices, bestia? ¿yo marido eterno?
mi Diosedad parara en el infierno
y en esta pena eterna, de que se habla
en lugar de ser Diosa, fuera Diabla.
sino es que de Plutón la saña impía
por ser tan grande Cruz no la admitía.
A dúo, Marqués y Coqueta.
Aria
3 El fino querer
1 yerro es de entendidos
2 sendas de perdidos.
- El juicio vacila
la mente aniquila
líbreme Dios de él.
Querer más de moda
es que el alma toda
no ame de una vez:
fuerza reservada
por lo que de nada
puede suceder.
En fin Calipso, pues está en tu mano
no juntes lo divino a lo inhumano.
por ser leal de tu favor me privo
Con mi suerte mortal gustoso vivo.
Mas si a piedad mi fe no te provoca
precipítame luego de esa roca,
hazme blanco a tus flechas vengativas,
no en competencia con un triste vivas;
o permite ausentarme, o si no acaba
de vengar tu desprecio con la aljaba.
Seguidillas
Cielos, ¿por qué el destino
ha de hacer irrisión de lo divino?
¡Fiero amor! que no libras las Deidades
ni de tus burlas ni de tus crueldades.
Pero ¿qué injusta es la queja mía?
si aquel infeliz día
que acogí al falso Griego
el Cielo me dio luego
presagios de mis males
con anuncios y agüeros tan fatales.
Vete, pues que mis rayos
te lo consienten;
porque ni tus cenizas
conmigo queden.
Ahora sí que de Diosa
muestras el timbre,
pues haces un dichoso
de un infelice.
Vete, que estoy cansada
de ser constante,
y un tono mismo siempre
no es agradable.
Ahora sí que eres Ninfa
de la Zarzuela,
que luce en las mudanzas
la ligereza.
Pues Neptuno a mi orilla
trajo tu buque,
de tu traición el peso
su espalda brume.
Ya de que soy escollo
tiene experiencia,
y en vano contra el pecho
sus olas quiebra.
Vete por esos mares
Marqués amigo
que yo pretendo andarme
por esos trigos.
Ya su imperio Neptuno
sabe declino
soy vasallo de Baco
y apelo al vino.
Vanse los dos.
Vaya libre el ingrato,
que a tal delito
sería darle aprecio
darle castigo.
¿Qué he hecho? ¿qué ignorante
la pena me obligó a dejarle libre?
Penara antes esclavo
de mi ofensa, y mi cólera insufrible.
Viera imposible el ver a la que ama:
y abrasárase el pérfido en mi llama.
Déjale ir, señora:
que yo me acuerdo ahora,
cuando daba gemidos muy ardientes
por ciertos pretendientes,
cuya instancia porfiada
su dama tiene ya desesperada.
Él pagará con celos
el no admitir favor tan de los cielos.
Vanse.
Pérfido Ulises, los mares
me venguen de tu impiedad:
las Harpías te horroricen:
las Furias te martiricen
porque sientas mi pesar.
Mas ¡ay! que si ya te amé,
y no te puedo olvidar,
yo me ahogaré en mi llanto
yo gemiré mi quebranto;
logra tu felicidad.
Se muda el Teatro en Salón con el estrado, y Bastidor de Penélope, y sale Ulises, y el Marqués con disfraz de Pastores y Dirce.
¿Tal dicha, señor mío?
¿tú en este traje? ¿es sueño? ¿o desvarío?
Industria fue importante
por deslumbrar la astucia vigilante
con que tanto alevoso
de Penélope inquieta el fiel reposo
por si posible fuera
conseguir su traición, que no me viera.
Así estaré, hasta el caso en que me avises:
y yo les dé a entender, que aún vive Ulises.
Pues déxame avisar a mi Señora.
No ha de ser eso, y pues que sale ahora
con Demofonte aleve,
déxame el gusto breve
de ver cómo mi fiel Esposa amada
doliente, temerosa, y fatigada
burla con industrioso fingimiento
de un poderoso el fiero atrevimiento.
Dirce, ¿cómo te va de pretendientes?
Doscientos hay en sal.
En todos mientes.
¿Por qué? ¿Hay desatención más estupenda?
A nadie dejas tú, que te pretenda.
Que salen: escondeos, no se advierta.
Sea cancel el hueco de esta puerta.
Se esconden, y sale Demofonte, y Penélope, que sin mirarle se pone en el bastidor: y queda Dirce.
Si aún no es cumplido el voto
que industriosas mis manos adelantan:
porque, Señor, renuevas
mi enojo, y mi dolor con las instancias?
Al paño.
¡Qué prudente! ¡Qué fina! ¡Qué modesta!
¡Ay de mí! ¿Cómo acabará esta fiesta?
Tirana, porque ya
para tanto engañar, no hay sufrimiento
y del fingido voto
mostró el ardid interesado el Cielo.
Ya cayó la tramoya: él ha sabido,
que por nunca acabar este vestido,
lo que borda de día,
de noche desbarata el Ama mía.
Y así, Señora, ya
que aunque tibias, me disteis esperanzas,
no burléis mis afectos,
que el fingimiento a tu beldad desaira.
Se levanta.
¿Yo esperanzas? ¿Qué dices, fementido?
Mientes. ¡Mas ay de mí! Yo me he perdido.
¡Dioses, qué mal tan fiero son los celos!
Si aun sin temerlos matan sus desvelos.
Valedme, Apolo, Júpiter, Diana.
Le va a asir la mano, y ella le desvía con violencia.
Ya no te han de valer, fiera, tirana,
que si mi amor hasta hoy burlaste en vano,
hoy sabré yo pagarme de tu mano.
Atrevido, villano: Ulises mío,
¿dónde estás?
Vuelve a llegar.
El llamarle es desvarío,
mía has de ser por fin.
Quítale la espada.
¿Que me detengo,
si a Ulises en el alma yo le tengo?
Ulises quitará tu infame vida:
y mi cólera justa embravecida,
de su amor animada,
te hará dejarla con tu propia espada.
¿Qué vas a hacer?
Matarte.
Que así trates...
Sale Ulises.
Echa la espada al suelo, y Demofonte la levanta.
Déjale, Penélope; no le mates;
que sería lisonja a este tirano
el suave instrumento de tu mano.
¿Quién eres, atrevido
pastor, que a mi presencia así has venido?
Ulises soy, que quise con mis ojos
ver el bárbaro fin de tus antojos.
¿Tú aquí? ¡Traición! ¡Hola, guardia! Áyax, Dión, Teseo.
¿Tú aquí, mi bien? Lo miro, y no lo creo.
Salen Soldados.
Aquí la guardia está, que mueve al arma
tu campo todo junto.
Quitad la vida a Ulises luego al punto.
Es para eso tu poder muy flaco.
Avisa a mis Pastores, Telémaco,
que yo con ellos, y tu esfuerzo extraño,
los lobos echaré de mi rebaño.
Sale Telémaco, y Pastores con armas ocultas.
Tu hijo, y tus Pastores de tu parte
solo el orden esperan de vengarte.
Tachado: Con sobrado valor sabrán
Se ponen en fila los Pastores con Telémaco, y Ulises, y de otra parte otros tantos Soldados con Demofonte.
¡Viva el gran Demofonte, y Creta altiva!
¡Viva Ulises valiente! ¡Ítaca viva!
Mientras la primera parte del Aria se dan la batalla, cesan mientras se canta la otra mitad: y cuando vuelven a la primera vuelve la batalla retirándose los Soldados y Demofonte hasta entrarse, y los Pastores siguiendo, y detrás las Damas.
Aria a cuatro, en confusión.
Ahora veréis, cobardes,
Batalla.
mi venganza sangrienta,
quitando aleves vidas,
gargantas fementidas,
y vengando sacrílegas ofensas.
Ciudadanos de Ítaca,
Pastores de estas selvas,
de quien por ser leal
ser no quiso inmortal,
la voz seguid, venid a las banderas.
Dentro Soldados.
El alcance seguid con firme anhelo.
Dentro Demofonte.
Mi soberbia altivez castigó el Cielo.
Salen Ulises, Penélope, Telémaco, El Marqués de Repente, Dirce, Pastores y Pastoras coronados de flores.
Ven, dueño mío, a gozar
el triunfo que tus vasallos
a tus glorias dedican,
siendo el ara mis brazos.
(Abrázanse.)
Tanto poder ha tenido
en mi pecho el adoraros,
que en sola mi firmeza
la inmortalidad hallo.
Ya tus pastores llegan
a celebrar el gozo en que hoy se anegan.
Se forman los pastores y pastoras, y cántase la primera copla para empezar el baile, y la última para acabarle con la ópera.
Minué.
Viva el que fue honor de la Grecia,
viva el que a Troya valiente rindió.
Logre de Héctor el triunfo invencible,
que a lo imposible su gloria extendió.
Rinda el amor su cetro imperioso
al que su astucia constante venció,
y de lo fino colmando la gloria
dio la victoria a la hazaña mayor.
FIN.