帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los contrarios parecidos. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/los-contrarios-parecidos-desdicha-venturosa-y-confusa-ingalaterra.
Hol- (suelta)
Los contrarios parecidos =
Comedia en 3 jornadas -
Leg.º 29 S
C 43. Comedia de los contrarios parecidos, desdicha venturosa y confusa Ingalaterra. Año 1641 a 9 de diciembre.
Comedia de los contrarios parecidos, desdicha venturosa y confusa Ingalaterra. Acabose en nueve días del mes de diciembre de 1642.
1. 2. 3. El rey de Ingalaterra, don Enrique, viejo.
1. 2. 3. Don Beltrán, duque de Sufolcia, galán e hijo del rey don Pedro de Castilla.
1. 2. 3. Federico, marqués de Nordonico, galán, sobrino del rey don Enrique y primo de la infanta doña Inés.
1. 2. 3. Don Fernando, galán.
1. 2. 3. Don Dionís, viejo, padre de doña Elvira.
1. 2. Don Fadrique, viejo, conde y padre del marqués Federico.
3. Doña Inés, infanta, hija del rey don Enrique.
1. 2. 3. Doña Elvira, dama, hija de don Dionís.
1. Un caballero.
2. 3. Marcelo, salteador.
2. Dos salteadores, primero y segundo.
1. 2. 3. Gabote, lacayo y gracioso.
1. 2. 3. Guirigay, escudero gracioso y viejo.
1. 2. 3. Esperanza, criada y graciosa.
Suenen menestriles. Sale acompañamiento, don Fadrique, viejo, don Dionís, viejo, don Beltrán, duque, Federico, marqués galán, doña Inés, infanta, con sus damas, y el último de todos el rey don Enrique con calza y gorra. Siéntase el rey en un solio alto en medio del tablado bajo un dosel, y su silla sobre un tabladillo con gradas alfombrado y a los pies dos almohadas. A un lado del tablado un estrado, y en medio un tabladillo alto para la infanta todo alfombrado, y de almohadas, y a los dos lados las damas que le han acompañado, y al otro lado unos bancos llanos para sentarse los caballeros que han venido en el acompañamiento, a modo de un estamento de celebración de Cortes.
La ocasión que me mueve, caballeros,
a juntaros en Cortes desta suerte,
ha sido por guardar los justos fueros;
y antes que llegue la invencible muerte,
que ya de mi vejez está cercana,
mostraré en ampararos pecho fuerte.
En prueba desta verdad constante y llana
es el celo piadoso que he mostrado,
en aumentar mi reino y fe cristiana.
En esto solo puse mi cuidado,
satisfecho de verme obedecido
y de fieles vasallos respetado.
Mi padre, que esté en gloria, conocido
del húngaro, alemán, flamenco y tracio,
por sangre noble y por valor temido,
si el reino me deja y este palacio,
dándome el cetro y corona indina
labrada del jacinto y del topacio,
ya unida, y a obedecerme se encamina
Escocia, Ingalaterra, procurando
dar muestra de su intento y fe divina;
no quiere el cielo en esto, castigando
mis pecados tan graves, darme un hijo
que en mi vejez os vaya gobernando,
y pues que en todo me servís, colijo
que en esto y todo me daréis el gusto
que recibir de vuestro pecho elijo:
una hija me ha dado el cielo justo,
de todos estos reinos heredera,
si a todos no os parece que es injusto.
Esta es honrada, noble y verdadera
señora de estos reinos, y casada,
nos dará sucesor su edad primera.
Si os parece que es bien que le sea dada
la corona del reino sometida
debajo de este brazo y esta espada,
con vuestro gusto la razón se mida,
y en estas Cortes esto decretemos,
pues la ocasión y el tiempo nos convida.
Famoso don Enrique, ya sabemos
que fuera sin razón haber quitado
la corona a la infanta que tenemos;
suyo es el reino, suyo vuestro estado,
de mi parte la doy, lo que es tan tuyo,
si podemos decir que aquesto es dado.
Como van diciendo se levantan por su orden cada uno.
Es tal su fama y tal el valor suyo,
que cuanto dijo el duque don Fadrique
a lo menor que tienes lo atribuyo,
y bien es invencible, don Enrique,
que la hazaña famosa que hoy intentas
eternamente el mundo la publique.
No digas tal, que cierto nos afrentas
con ese trato tal y tal llaneza,
si ya por nuestra, rey, no dais la cuenta.
Dale marido igual a su nobleza,
elíjalo a su gusto, que yo gusto
de aquello que gustare más su alteza.
Si puede hacer un rey lo que es su gusto,
y por fuerza ha de ser obedecido,
tu alteza lo será en lo que es tan justo,
Bien puedes darle sin temor marido
elija lo mejor de Ingalaterra
que todo a su valor está vendido,
Tu hija es heredera de esta tierra
no puedes con razón desheredalla,
y quien tal imagina, cierto yerra.
Todos gustamos, Rey, de coronalla,
dale el cetro y corona merecida
y procura al momento de casalla.
Ha sido, caballeros, tan subida
esta merced, que quedaré obligado
en tanto que me diere el cielo vida,
y pues de todos queda confirmado
con juramento, es bien que se amplifique
como es en estos reinos tan usado.
Saquen un misal, y arrodíllanse todos descubiertos y juran por su orden.
En aqueste misal la mano aplique
vuestro pecho famoso, cuanto noble
y el intento propuesto justifique.
¿Juráis que sin maldad, ni trato doble
habéis de obedecer lo que tratamos
sin que malicia o interés os doble?
¿Juráislo, caballeros?
Sí, juramos.
¿Protestáis que ha de ser obedecida
en cuanto fuere justo?
Protestamos.
¿Prometéis, caballeros, que en su vida
habéis de ser leales?
Prometemos
según el tiempo y la razón lo pida.
Pues antes que su frente coronemos
será justo, vasallos, le sea dado
el marido que quiere que le demos.
Esta noche en palacio congregado
lo mejor de mis reinos a su gusto
elija lo que fuere más nombrado,
¿Gustáis, hija, de aquesto?
De eso gusto,
quien más tu Majestad fuere servido
que basta para sello, ser tan justo.
Pues quede el aparato apercebido
que en tal coronación hacer solemos
y que todos vengáis a honrarla pido.
Con tu valor, señor, nos honraremos.
Con esto fin a nuestras Cortes demos.
Suenan menestriles y vanse, llevando el Rey de la mano a la Infanta, y cada caballero acompañando a su dama, sirviéndolas de braceros.
Salen Don Fernando, galán, con Doña Elvira.
Detente, mujer cruel,
si mujer puedo llamarte
a un pecho amoroso, infiel.
Déjame.
No he de dejarte
hasta que te duelas de él.
Mira que te adoro y quiero.
Yo aborrezco a quien te trata,
Por tu dureza me muero,
Déjame.
No seas ingrata.
No me canses.
Pecho fiero,
bella doña Elvira ingrata,
hazme siquiera un favor,
pues que tu crueldad me mata
y a tanto llega que amor
de lástima lo dilata;
por ser último el favor,
de aquese pecho terrible
se ha de acabar el rigor.
¿Que es, don Fernando, posible
que me tienes tanto amor?
Prueba, manda, gusta, ordena,
pide, establece, procura,
deshaz, quebranta, enajena,
que será de tu hermosura
regalo en lugar de pena.
Aparte.
Dale la carta y abrázale a Fernando.
Pues una prueba he de hacer,
y tu lealtad he de ver.
¡Ay, cielo, cuán bien me viene!
Hoy el que mi pecho tiene
verdugo deste ha de ser.
Al marqués escrito había
esta carta, y no tenía
quien se la dese; ahora haré
que él en sus manos la dé
sin saber que es cosa mía.
Toma esta carta, Fernando,
y darásela al marqués,
si has de hacer lo que te mando,
que de una su dama es
a quien yo voy terciando.
Dale este abrazo también,
que saque por alambique
entre uno y otro desdén.
Tente, ingrata, no me aplique
envidia tanta este bien;
ya sé que al marqués adoras,
y por él me olvidas, sé.
¿Qué dices?
Lo que no ignoras.
¿Al marqués dices?
Aparte.
No hay fe
en tus palabras traidoras.
¿Que sea tu tercero quieres?
Haré lo que prometí,
y cuando hacer esto vieres
verás que hay amor en mí,
y en ti crueldad de mujeres.
Muchos por amor hicieron
cosas indignas de olvido;
Alcides hiló, y le fueron
las hebras medio escogido
por donde el premio le dieron.
Y no me admiro yo desto,
pues les vino a ser auxilio
el mandamiento molesto
que gozó su bien Virgilio
aunque colgado de un cesto.
Pero espantado me has
de tu liviano deporte,
pues un abrazo me das
que es, ingrata, el pasaporte
de penas que pesan más.
Y aun este mal nombre ha sido,
pues me lo has dado prestado,
y he de quedar en tu olvido,
de tu favor despojado
y de mil penas vestido.
Jamás mujer ha mandado
lo que me has mandado a mí,
que esto me tiene admirado,
pues que vengo a ser por ti,
de mi enemigo criado.
Y lo que mandas hacer,
si lo hiciere, no te asombre,
pues que se puede bien ver
que no seré el primer hombre,
mas tú la primer mujer.
Tente, espera.
No podré,
si no me detiene el cielo.
Quien te detendrá seré.
Soy furioso Mongibelo
que tus Alpes desharé.
Vase don Fernando.
Mal hice en haberle dado
este papel que le di,
que como está amartelado,
ha de negociar por sí
y ha de olvidar mi cuidado.
Sale Esperanza, fregona.
¿Qué haces, señora?
¡Oh, Esperanza!
No sé decirte qué hago,
que una loca confianza
me tiene tal, que deshago
cuanto ofrece mi esperanza.
¿Vino mi padre?
Ya vino,
y al punto se volvió a ir,
que dicen que al rey convino.
Y a mí me importa morir
si no hago lo que imagino.
Cómo morir, ¿estás loca?
¿Qué causa a tal te provoca?
Dime lo que ha sucedido,
que el fuego dentro encendido
se exhalará por la boca.
No me preguntes qué es
hasta que al dolor que ves
remedies.
Di la ocasión.
Basta sola una razón
de la boca del Marqués,
de aquel enemigo mío,
de aquel a quien quiero tanto,
que de su amor desconfío,
de aquel que al mar de mi llanto
niega su corriente y río.
Ya entiendo la picazón.
¡Oh, si le vieras pasar
en un caballo frisón,
tan galán que pudo dar
con que adornarse a Absalón!
Es verle así maravilla,
y al mismo caballo humilla
tremolando al aire plumas,
más blancas que las espumas
con que borda freno y silla.
Con tus razones me matas,
porque las suyas ingratas
pagan muy mal mi afición.
No le culpas con razón
y sin ella le maltratas.
Yo sé bien, sin alaballo
(y esto, aunque lo siento y callo),
que a tenernos por livianas
entrara por las ventanas
con plumas, gorra y caballo.
Y aun cuando mostrar quisiera
su pecho de un mármol duro,
no faltara una hechicera
que a fuerza de algún conjuro
más blando nos le trajera.
Es el verdadero hechizo
una voluntad que obliga,
un trato que satisfizo,
un no sé qué que nos liga
como nudo corredizo.
Ese don Fernando en mí
halla, y aun yo en el marqués;
este sí es hechizo, sí,
un no sabemos qué es,
que nos fuerza y rinde así.
Sale Garigay, escudero, con un rosario en la mano y un bulto debajo la capa.
Dete el cielo buenos días.
Démelos cual tú confías.
¿De dónde vienes?
Señora,
de la iglesia vengo agora
pasando estas cuentas mías.
Buen viejo, tus oraciones,
si con lágrimas las bañas,
estrellados pabellones
romperán.
Y aun las entrañas
del que come corazones.
Con lágrimas las bañé,
aunque a mis ojos le faltan
después que a esta edad llegué,
y así tomo las que saltan
de las plantas de Noé.
Tengo poco de divino
y la salud algo rota,
Ya tu oración adivino,
que es por lo menos de bota,
y tus lágrimas de vino.
Ese norte nos gobierna,
señora, en esta ocasión,
que falta virtud interna,
y, así, a legua de oración,
ando ciento de taberna.
Mas aunque de mí te rías,
sé que son pocos los días
que no te encomiende a Dios;
ruega de hoy más por las dos,
sabiendo estas cuentas mías.
En obligación te estoy,
si haces como dices tanto.
Nada mentiroso soy.
Pide que te den el manto.
¿Adónde vas?
(Vase doña Elvira.)
Fuera voy.
¡Ah, Esperancilla! ¡Ah, traidora!
Nunca te acuerdas de quien
sabes que te quiere bien,
deste viejo que te adora.
Si algo me trae, le querré,
porque si no, no hay hablar;
luego quiere por el dar.
Y él quiere porque le dé.
Pagados los dos estamos,
no hay amor sino escupís.
Ya, señor, murió Amadís.
Y con amor le enterramos.
El amor de hoy es honrado,
y dicen que es ginovés,
va al paso del interés,
que quien más da, es más amado,
y que se funda, verás,
solo en esas vivas llamas,
si consideras que damas
son lo mismo que da, más.
Puesto que el amor murió
y vive interés aquí,
con damas se trata así,
mas con las fregonas no.
Plateras decir podrás
a esas que fregonas llamas,
y aunque no lo sean las damas,
tampoco te darán más.
Pero un mozo dar podrá,
más que ciento con vejeces,
porque un mozo da dos veces,
y un viejo, dando, no da.
Mas deja filosofías
y dame lo que te pido,
ya sé lo traes escondido.
En vano sé que confías.
Contigo poco se medra,
no se apagará tu fragua.
(Vanse.)
Ni la tuya, que no da agua
un viejo, que al fin es piedra.
Salen don Beltrán, duque de Sulfolcia, con una carta, y Gabote, lacayo suyo.
Di, ¿que en palacio te dio
doña Inés la carta?
Sí,
que te la diese mandó.
Veré lo que dice aquí
la que mi pecho rindió.
Antes de habella leído
licencia me podrás dar,
si fueres, señor, servido,
que a España quiero tornar
por cosas que han sucedido.
Piensan aquestos ingleses
que somos los españoles
para sus haces y enveses
de sus libros facistoles,
y amparo de sus arneses.
No como, por Dios, turrones,
ni me los harán comer
con engañosas razones,
que soy hombre que sé hacer
tajadas a cien melones.
Mira a mi jubón sin puntos.
Juro por el cielo y tierra
que a dar mil ingleses juntos,
no los temo en paz o en guerra,
solo con que estén difuntos.
¿Qué ha sido, amigo Gabote?
¿Quién te ofendió? ¿Quién ha sido
ocasión de este alborote?
¿Quién puede haberme ofendido,
sino es este marquesote?
Este hinchado don Tonel,
y este en quien ha puesto Dios
igualdad tan sin nivel,
que a él le juzgan por vos
y a vos os juzgan por él.
El marqués de Nordovico,
este marqués Federico,
vuestro inglés competidor,
tan pobre de algún favor
cuanto de esperanzas rico.
Ya te entiendo, acaba, di
y pasa adelante el cuento.
Ese, pues, me ofendió así;
y si ofenderle consiento,
ha sido, señor, por ti.
Hicele una bonetada
doblando cabeza y pie,
y él, requiriendo la espada,
caló el sombrero y se fue;
mirome y no dijo nada.
Llegueme acaso admirado
a preguntalle a un criado
de los que detrás quedaba,
por qué ocasión se mostraba
el marqués así enojado.
Que lo sabrá vuarce espero,
cuando, en parte que lo valga,
me respondió: «Por tercero
con una coroza salga
y en un asno caballero».
Quedéme, señor, turbado
y sin poder responder,
de afrentado y enojado,
que no acabo de entender
por qué este nombre me han dado.
¿Llamarme tercero a mí?
Por otro nombre alcahuete.
Yo, señor, ¿cuándo lo fui?
Lo que es llevar un billete
y dar una carta, sí;
hablar con una mujer,
solicitalla y hacer
que se acomode a tu gusto,
esto sí, señor, que es justo
con quien me da de comer.
La carta.
Cáesele la carta.
Deja aparte esos enojos
y dependencias te aparta
en tanto que leo la carta
del bello sol de mis ojos.
Loco de contento estoy;
que es cielo lo que veo y toco,
que yo hago al contento loco,
y de contento lo soy.
No pudo el cielo a mi pecho
dalle otro gusto y favor,
que, a ser el gusto mayor,
fuera el corazón estrecho.
En trances estoy que dudo
dar crédito al pensamiento,
porque me ahoga el contento
y el gusto me tiene mudo.
Pues ni imagino tal bien
ni doy alcance a tal gloria,
por no dar en la memoria
de un repentino desdén.
¡Ay, doña Inés de mis ojos,
que es cierto que he de gozarte
sin que a impidillo se aparte
la nube de tus enojos!
¿Que es posible que en mis manos
he de tener ese bien
y, sin temor del desdén
de mis antojos livianos,
¿Cómo, si es esto verdad,
no edificas en mi pecho
un alcázar que es estrecho
para tan grande beldad?
Y es bien que aquesto lo adviertas,
que en amorosos ensayos
saldrán de tu luz los rayos
por las ventanas y puertas.
¿Qué es esto? ¿No basta un poco?
¿Qué torres o qué edificio
son las nubes de tu juicio,
que te hacen volver tan loco?
Di, ¿procuras que saquemos,
pues que también se te emplea,
yo coroza y tú librea,
porque nos diferenciemos?
Déjame, Gabote amigo,
que estoy de contento loco,
y no estimes en tan poco
la gloria del bien que sigo.
Hoy gozaré, Gabotico,
corona y mujer tan bella,
aunque tan indigno della.
Tente allá, señor, pasito.
Mil abrazos he de darte,
pues tú la nueva trujiste
y mi paraninfo fuiste;
dame, que quiero abrazarte.
Que no me abraces te ruego,
mira el fin que nos promete,
no trueques la de alcahuete
por otra que sea de fuego.
Pero volviendo a mi cuento,
¿es verdad que rey serás?
¿Eso dudas?
¿Qué me harás,
si gozas de ese contento?
¿Tal preguntas? Loco eres;
manda a coces con tus pies,
que tuyo mi reino es,
y tú serás cuanto quisieres.
Ven esta noche a palacio
galán por mi casamiento;
haz regocijo y contento.
Será aqueso más de espacio.
Pero, ¿qué podré vestirme
sobre estas piernas descalzas,
sino es unas rotas calzas
cansadas ya de servirme,
riéndose por mil partes,
camisa y nalgas mostrando,
su talle pronosticando
más agujeros que no un martes?
No dejarás, por vestido,
ir adonde te he mandado.
Vístete luego el leonado;
Triste color, otro pido.
Pues ponte el bordado azul.
No tengo celos.
Pues ponte
el verde.
Es de Rodamonte.
Y el morado.
De Gazul.
Ponte el negro, ponte el blanco.
Ni el negro ni el blanco aguardo.
Ponte el columbino o pardo.
Ni soy honesto ni franco.
Viste, pues, el naranjado.
Mal color.
Y el amarillo.
Ni quiero vello ni oíllo.
Ponte el alegre encarnado,
y, si este no te acomoda,
y en aborrecelle das,
toma cuantos hallarás
en mi recámara toda:
las plumas, las capicholas,
los dorados martinetes,
los ayrones, los bonetes,
y las gorras españolas.
Aquel aderezo pajizo
es el de diversas libreas,
y, tras esto, quiero seas
hoy más mi caballerizo.
Beso tus pies obligado,
Alejandro sin segundo;
si das, sin tenello, un mundo,
teniendo, ¿qué hubieras dado?
A palacio iré esta noche,
pues que tan alto he subido;
mas di, ya que te has reído,
¿helo de ser de tu coche?
¿Qué dices? ¿Caballerizo
de mis coches puede haber?
Pues, ¿no, señor? Puedo ser,
por lo menos, cocherizo.
¡Oh, qué donosos cuidados!
De mis caballos lo eres.
Pues di, señor, cuáles quieres
que yo te tenga enjaezados:
¿el blanco, el castaño overo,
el pardo, rucio rodado,
el corredor, el manchado,
morcillo, andaluz ligero,
el bayo, el negro, el francés,
que un monte pesado allana,
o la yegua galiciana,
buen pelo y mejores pies?
Los que quieras enjaeza,
que gusto mucho de vellos,
cúbranles bandas los cuellos
y bozales la cabeza,
¿Qué jaeces?
Azul y oro,
o aquel encarnado y verde;
que es color azul, que pierde
la esperanza que yo adoro.
O tú puedes enjaezallos
a tu gusto y parecer,
que de hoy más tienen de ser
tuya mi hacienda y caballos.
Esa es merced muy subida,
mejor es tu lengua calle,
que corridas he de dalle
a mi fregona querida.
Vase Don Beltrán.
Muy mucho tarda la noche
para mi gusto y cuidado;
tenme luego aparejado
carrozas, hachas y coche.
Hoy de lacayo he subido,
que es un oficio tan bajo,
a otro de menor trabajo
y en estimación tenido;
y aunque es de los más honrados
me ha dado cierto pesar,
porque mal podré olvidar
aquellos gustos pasados.
No sé si me aplicaré
con gravedad a mandar,
mas quiérome pasear;
¡ola! "¿Qué manda vuarzé?"
El mayordomo entrará,
y quitaráse el sombrero,
y yo tieso y muy entero
le diré: Haceos allá.
¿Estáme este adrezo bien?
"No, señor". Traedme otro luego;
¿qué es del espejo?, ¿estáis ciego?
Quitadlo y otro me den.
No me toquéis con la mano,
quitaos allá, que soy tierno.
Traedme vestido de invierno,
y camisa de verano.
"¿Qué es lo que quiere comer
vuesa merced?" Ya no quiero
que me sirváis, majadero;
¿un señoría no ha de haber?
"Perdone, vueseñoría".
De un ave fénix asado
tomaré solo un bocado,
porque estoy malo, a fe mía.
Traed tortada de rosquillas
para abrirme el apetito,
y codornices de Egipto
con leche de las cabrillas.
Traedme vino blanco y viejo,
el de Noé lo será;
buscádmelo, y procurá
traer agua del mar Bermejo.
Melancólico me siento,
haced tañer y cantar;
quién esto puede aguardar
tiene un necio sufrimiento.
Si das licencia al Marqués,
entrará. No se remedia
mi tristeza; haya comedia
del Conde Partinuplés.
Sacad caballos, señor,
a la brida. Sí; esta noche
llevad a Palacio el coche,
que ya no enfada el calor.
¿Qué hora es? Sentido he dar
las dos; vamos a dormir.
¡Oh, qué bien lo sé fingir!
Gravedad puedo enseñar.
Sale Esperancilla con manto.
Aquí sale Esperancilla,
cuya fregatriz beldad
hace ya a mi gravedad
una apacible cosquilla.
Mi gravedad aquí empiece,
pues mi ser comienza aquí.
¿Qué es esto, Tabote? Di,
¿quién así te desvanece?
No me trate tan al trote,
un señoría y don me dé,
que Tobote me llamé,
y ya me llamo don Tabote.
Bueno es que venga yo aquí
con estas pesadas faldas,
y él me vuelva las espaldas.
¿Hay maldad tan grande?
Sí.
¡Qué tal!, dice el vellacón;
tras no verme ha cien mil días,
con estas bellaquerías
pagas mi dulce afición.
Pero así pagadas fuimos
las que en los hombres fiamos;
mostrencas, ¿con quién hablamos,
o en qué bodegón comimos?
Mostrenca, dijo el vellaco.
El lacayón atrevido,
el infame, el malnacido,
el cuero...
¿De quién?
De Baco.
Pero, mi vida, alma, di,
¿qué haces, que te desconozco?
¿Conócesme?
No conozco.
¿Hay maldad tan grande?
Sí.
Ahorcaréme si negocio
tan mal contigo, mi bien.
Acábese tu desdén,
veráse vuestro negocio.
Mas que a David le persiguió Saúl
me persigas a mí, vil Astarot,
y en mi daño levantes, cual Nembrot,
otra torre mayor que mi baúl.
Mas celosa me vea que Gacúl,
por otro poderoso Nemorot,
y como la mujer triste de Lot
pueda prestalle sal al mar azul.
De mi vida el concierto y el reloj
desbarate y acabe Belcebú,
sin que quede tan solo en él un boj,
si a pesar de tu gusto y aun de tú,
sin oírte decir más ax, ni ox,
no entrare por mi casa otro Habacú.
Embutido me vea yo de arroz
hasta la quinta esfera del corpaz,
y en guerra fiera, con amada paz
sin pruebas de su furia, que es atroz.
Desde Londres llevado a Badajoz,
o beber el aloque contumaz,
y mi trigo cortado en verde haz,
y en él, a ti rendida una coz.
Del tímido conejo a la perdiz,
de hoy más le sean sustento a mi altivez,
gastada y frecuentada con Ortiz.
Si de mujeres más de tu jaez,
aunque en ello aventure mi nariz,
se me diere una cáscara de nuez.
¿Que me aborrezcas así,
no mereciéndolo yo?
¿Quiéresme bien, dime?
No.
¿Hay maldad tan grande?
Sí.
Vanse.
Salen don Fernando y el marqués Federico.
Acaba, y di qué tienes, don Fernando,
no me tengas suspenso con tus dudas.
Con la razón, Federico, iré dudando,
si en mis confusas quejas no me ayudas;
sabrás qué quiero; irélo declarando,
pero temo decillo.
Ya te mudas,
prosigue, don Fernando, pues con ello,
que colgado me tienes de un cabello.
Sabrás que quiero a doña Elvira ingrata,
a doña Elvira quiero, y ella ha sido
la causa por quien muero, y quien me mata;
la luz de aquellos ojos me ha vendido,
porque veas la crueldad con que me trata
de su mano esta carta te he traído,
y en el alma un abrazo que promete
que seré por lo menos tu alcahuete.
Mandóme te la diese, ya la he dado,
recíbela, marqués, muy sin disgusto,
que tu tercero soy, y tu criado,
por ser de aquella ingrata propio gusto.
El abrazo he de darte que ha mandado,
los brazos cruza y toma.
Caso injusto;
ni sus abrazos quiero, ni sus cartas,
y con esta respuesta es bien que partas.
Si aquella celebrada Elena fuera,
o la noble Semíramis nombrada,
la constante Artemisa, aunque bebiera
ceniza del marido sepultada,
en el trance que estoy, no me moviera
con abrazo ni carta enamorada,
que estimo en más querer a quien yo quiero
que gozar de su mano un mundo entero.
Sabrás que quiero a doña Inés la infanta,
y seré por lo menos su marido
si corresponde a mi nobleza tanta,
aunque otro es don Fernando el más querido;
que esto me hace dudar, y algo me espanta,
pero considerando, amigo, que él ha sido
un mísero español, y yo su primo,
en más mi temor y voluntad estimo.
Muerta la infanta soy el heredero
de mi tío don Enrique valeroso,
y el otro aunque sea noble es extranjero,
que esto asegura el pecho temeroso,
aunque se dice aquí que es caballero
y príncipe de España generoso,
y que tuvo unas riñas con su padre
y a España deja, y a su amada madre.
A Ingalaterra vino, y con mi tío
la privanza que tiene fue de modo
que a Ingalaterra pone en su albedrío,
y duque de Sufolcia le hace y todo;
su Almirante también, cargo que fío
que no tiene otro tal el mundo, todo,
y de estos cargos tales endiosado
a doña Inés mi prima ha paseado.
Los dos competidores hemos sido
aunque en talle nos hemos conformado
tanto que a no llevar otro vestido
hubiéramos a muchos engañado.
Que es ese don Beltrán he conocido
por las señas y partes que has contado,
aquel que te parece, Marqués, tanto
que fue del reino y rey notable espanto.
El propio es que tú has dicho, y así quiero
que a doña Elvira goces sin estorbo.
Tus pies he de besar, que te prefiero
al que con solo un alfanje lo corvo
el mundo se juzga, e hizo heredero
desde el Tajo español al Indo corvo,
o como aquel que ensalzan sus hazañas
el Galo y Macedonio por extrañas.
Levanta, don Fernando, y no te humilles,
que es prueba de mi honor este deseo.
No te espantes, Marqués, ni maravilles
si en cosas tales como ves me empleo.
A los que ven mi amor podrás decilles,
pero ¿qué carta es esta que aquí veo?
Enséñala, veamos; mas detente,
¿Por qué ocasión?
Que sale hacia aquí gente.
Salen el Duque Don Beltrán, y Gabote.
Aquí fue donde la diste
y, aquí entiendo, se cayó,
según imagino yo,
bien guardada la tuviste.
¡Más que perdemos con ella:
tú el Reino, y yo aquel oficio
que ya me tiene sin juicio!
Mira qué ha sido el perdella,
y ya no es esto pasatiempo.
No hay cosa que me le quite.
Tengo temor no me cuite
esta gravedad sin tiempo.
No parece por aquí.
¿Qué es, Duque, lo que buscáis,
que tan cuidadoso andáis?
Un no sé qué que perdí.
¿Por tan poco te desvelas?
Es con muy justa razón,
pues que perdió una oración
para el dolor de las muelas;
por Santa Inés era dada
y por sus manos escrita.
¿Cuándo Santa Inés bendita
fue de muelas abogada?
Polonia quise contar,
mas esto no os dé fatiga,
que como es de Inés amiga
bien se la pudo prestar.
Pues eso solo os da pena,
mañana, Duque, os daré
una oración que yo sé
que es para el efecto buena.
Y cuando no os diere gusto,
otras os haré buscar.
No me da aqueso pesar
ni de eso tengo disgusto.
Pues no hallo lo que perdí,
volvámonos a Palacio.
Adiós, señores.
Vanse D. Beltrán y Gabote.
Despacio
nos veremos, Duque, ahí.
El pensamiento me ha dado
que es la carta que me he hallado
la que al Duque se perdió.
También eso propio yo
de la carta he sospechado.
Presto lo podemos ver,
al Duque es el sobrescrito
y acabo de conocer
que doña Inés se la ha escrito,
que esta es letra de mujer.
Por abrilla y leella muero,
y no me atrevo, pensando
en lo que saber espero,
mas por no vivir penando,
ni vella ni oílla quiero.
Que aunque es voluntad la llave
que en esta cerraja cabe
es bien que el pecho desfogue
porque si es bien no le ahogue,
y si es pesar no le acabe.
Pero, ¿qué puedo temer?
Abrilla quiero, y leer
lo que le dicen aquí,
leerela, pues que la abrí
y sabré qué puede ser.
Léela.
No sé, cielo, si es verdad
lo que oyeron mis oídos,
que quedaron sin sentidos
de sentir esta maldad.
Cielo, ¿cómo puede ser
que, no siendo desta tierra,
goce a un hombre a Ingalaterra
y a un ángel tal por mujer?
Jamás lo consentiré,
y moriré en la demanda,
que a esto me obliga, y me manda
un ciego amor, y una fe.
Sobrino de Enrique soy
y primo de aquesta ingrata,
sabrá el mundo cuál me trata
y con la razón que voy.
Y aunque el Rey por enemigo
me tenga, he de procurar
que no se venga a casar
esta ingrata con su amigo,
y hasta estorbar sus intentos,
cuando aquesto se declare,
tendré al agua, al sol que pare,
y venceréme los vientos.
Si una palabra me das,
remedio darte prometo,
que a más me obliga en efeto
ese dolor con que estás.
¡Cómo una palabra! Pide
cuantas palabras quisieres,
si lo que te pido hicieres
y el casamiento se impide.
Pues pídote que me des
palabra de no querer
jamás por dama o mujer
a doña Elvira Marqués.
¿Esto pides? Que se impida;
prometo de no querella,
y aun no eso, pero no vella
en los días de mi vida;
de no pasar por su calle,
de no miralle a la cara,
de ser de la vista avara
que me ha negado su talle.
Cree lo que el pecho promete,
que haré cuanto me mandares,
y, cuando no la ablandares,
te serviré de alcahuete.
No quiero yo que tal seas,
seré lo que tú quisieres,
si aquesta merced me hicieres.
Yo haré lo que tú deseas,
una gracia me dio el cielo
que es contrahacer cualquier letra
y esta que así te penetra,
que he de contrahacer, recelo,
sígueme, que hoy he de hacer
con esto que haga
que el concierto se deshaga
y que no sea su mujer.
Vamos, que lo prometido
me tiene sin juicio y ser,
y tu valor he de hacer
que lo eternice el olvido.
Vanse.
Salen don Fadrique, viejo, conde y padre del marqués Federico, y don Dionís, viejo, padre de doña Elvira.
Ya, don Fadrique, entiendo que su alteza
nos aguarda en palacio con su corte.
Fiesta será de admiración al mundo
esta corona y casamiento incierto
que mi sobrina doña Inés espera.
¿Quién será el desposado?
Incierta cosa,
no se tiene noticia de su intento,
como ha de ser al gusto de la infanta.
No le viniera mal a Federico,
el marqués, vuestro hijo, ni aun a ella,
que primos sois los dos, y de un linaje,
y él no poco galán y caballero.
El cielo lo ha de hacer, aunque son pocas
las partes del marqués para este caso.
Sale un caballero.
Oh, conde valeroso, oh, caballeros,
el cielo os guarde y vuestra fama aumente.
¿Al casamiento?
Al casamiento vengo.
Y no poco galán.
¿Qué llamáis gala?
Ya no hay pobre escudero que no vista
su calza de obra, gorra y capichola;
no arrastro yo brocados como muchos
que sé que los arrastran en la corte.
¿Quién es este que viene?
El almirante,
el duque de Sufolcia.
A fe que viene
en extremo galán.
Eslo en extremo.
Librea costosa de morado y verde
a todos sus criados sé que ha dado.
Amor con esperanza tiene el duque,
que en color y vestidos nos la pinta.
Es engastar un Alejandro noble.
Salen el duque de Sufolcia muy galán y Davote muy a lo gracioso, con calza, cuera y gorra, y con plumas grave.
Galán venís, señor, por vida mía.
Si fue por afrentarme, yo lo acepto.
Y, ¿adónde estaba yo, que no me han visto?
Muy mucho quiere el duque a este criado.
Es de su tierra y muy gracioso en todo,
y aun al rey le entretiene algunas veces
y sirve de truhán y da mil gustos.
Su trato y discreción un mundo vale.
Hagámonos a un lado, que el rey sale.
Suena música, sale acompañamiento, saca el rey a la infanta muy de gala y hácenle cortesías, y sus damas, Vicarra.
¡Oh, valerosos ingleses!
¡Oh, invencibles caballeros,
temor de tantos guerreros
y amparo de mis arneses!
Hoy es el día en que he de daros
un rey que os dé sucesor,
que pueda con su valor,
con justa razón, honraros.
Ya mi vejez no permite
gobierno sin esperanza,
tan cerca de una mudanza
que vida y reino me quite.
Y así nombrará marido
que a todos gobernará,
y de Ubalia le dará
la princesa su apellido.
Príncipe será de Ubalia,
y de esta suerte los dos,
sirviendo al reino y a Dios,
daremos envidia a Italia.
Mis canas ayuda piden,
yo ayudaré como viejo
al príncipe con consejo,
que esos con mi edad se miden.
Y muerto yo, quedará
un rey que con experiencia
os gobierne, y con prudencia
cosas que el tiempo las da.
Esa merced aguardamos,
señor, que nos has de hacer.
Bien puedes, hija, escoger,
que a tu gusto lo dejamos.
Y mira la obligación
que a todo tu reino tienes
y que a ser su reina vienes
con justísima elección.
Escoge tú de mi corte
aquello que mejor fuere,
lo que a ti bien estuviere
y a mi corona le importe.
Da muestras de tu valor
en escogelle de modo
que dude tu reino todo
si es tu igual o si es mejor.
Y no te mueva pasión,
ni odio alguno en escoger,
pues has de ser su mujer
y él tu rey, en conclusión.
Esta merced que me has hecho
de modo, señor, la estimo,
que ya con valor me animo
a procurar su provecho.
Y, ya que escoger me dejas
haciendo mi gusto en todo,
yo lo escogeré de modo
que tú, señor, me aconsejas.
Y pues tienes conocido
al duque y a su valor,
con tu licencia, señor,
le nombro por mi marido.
Y, indigno de tanto bien,
quiero tus manos me des.
Y yo te pido los pies,
y es justo que se me den.
Tente, duque.
Has escogido
de modo que, si estuvieras
en mi pecho, no pudieras
escoger otro marido.
Pues, caballeros, ¿qué hacéis?
Decid.
Que goces, señor,
mil años tal sucesor.
Muchos años os gocéis.
Las manos os podéis dar,
príncipes, y vamos fuera,
que en la capilla os espera
quien os tiene de casar.
Soy tu esposo.
Y yo tu esposa.
(Vanse a dar las manos.)
Salen el marqués Federico, con una carta en la mano, y delante dos pajes con sendas hachas.
Tente, duque, y tú, señora.
Otro ítem más viene ahora
en ocasión tan donosa.
¿Qué quieres, marqués?
Señor,
impórtame lo que hago,
que con mi honor satisfago
y vuelvo por tu valor;
a solas hablarte quiero
delante el duque y la infanta.
Salíos fuera.
Esto me espanta.
Qué ha de ser esto no infiero.
Vanse todos, quedándose solamente el duque, la infanta, rey, marqués y Zabote.
Ya el tiempo, duque, ha llegado
en que he de decir verdades
sin que haya en dos amistades
algún odio disfrazado;
y pues que nos crio Dios
con un ser tan uniforme,
es bien que quede conforme
la amistad entre los dos.
¿Conoces, rey, esta letra?
(Dale la carta.)
Conozco, y sé de quién es,
y no sé qué tiene, pues
que el corazón me penetra.
Esta letra es de la infanta,
prosigue con tu razón.
Pues sosiega el corazón
si la turbación te espanta.
Como es frágil nuestro pecho
y es amor fuerte contrario
que a tan poquitos perdona
y rinde su fuerza a tantos,
rindióme amor a unos ojos
que llamara soberanos
por ser, en cuyos dos soles
vivo, muero y idolatro.
Solicitéla, servíla,
mi voluntad declarando,
aunque a costa de servicios
compré un favor de sus manos.
Y procurando agradalla
ordeno fiestas, saraos,
banquetes, cañas, torneos,
justas, de a pie y de caballo.
Paseo su calle de día,
de noche su puerta guardo,
hago cenas a sus damas,
solicito a sus criados.
Doy a mis pajes libreas,
sus propios colores saco,
con esto alcancé a gozalla
que ya en resolución hablo.
Por no cansar a tu Alteza
contando cuentos tan largos,
esta que digo es la infanta,
la cual, desque hube gozado,
pasadas mil ocasiones
que ella sabe y que yo callo,
esta carta me escribió
que yo por testigo traigo,
no de mi pretensión justa,
por estorbar vuestros daños.
Escribe, rey, te dé muerte,
para que los dos casados
de libres gustos gocemos
y el reino libre tengamos.
Procuré estorbar su intento,
e hice mucho, porque es llano
que mujer determinada
es un áspide pisado.
Aborrecióme por esto
y, tu indignación mostrando,
olvidóme, quiso al Duque
y hoy por su esposo ha nombrado.
Ella es mi esposa y no puede
dar al Duque pecho y mano;
no mi propio interés obliga,
obliga a hablar este caso.
Perdona mi libertad
y vos, Duque, perdonadlo,
que si procuro mi bien,
se remedia vuestro daño.
Lee la carta a solas el Rey muchas veces, haciendo señas de sentimiento.
¿Qué es posible, oh, malnacida,
hija perjura, hija ingrata,
contra un padre que te trata
como a la luz de su vida?
¿Cómo pudistes hacer
contra tu padre este mal?
Mas ¿cómo pregunto tal,
pues te basta ser mujer?
Señor.
No pienso escucharte.
Padre.
No imagino oírte,
bien puedes, ingrata, irte
y de mi cara apartarte.
¡Ah, caballeros!
Salen don Fadrique y don Dionís y todos los que puedan.
Señor.
Suspenderase este intento,
porque así convenir siento
a vuestro bien y a mi honor;
y vos, don Dionís, llevad
a Miraflor la Princesa,
presa luego.
¿Señor, presa?
Presa, Dionís, la llevad.
¿Que mis lágrimas no mueven
tu duro pecho cruel?
Aprendió del tuyo él,
¿no he mandado que la lleven?
Ya la llevo.
Llévala presa don Dionís.
¡Ay, injusticia,
¡ay, padre, al fin riguroso,
al cielo pido piadoso
que me dé de ti justicia!
Hija ingrata, hija he llamado,
no la conozco por tal,
que es el amor paternal
es vidrio que se ha quebrado.
¿Qué es esto? ¿Qué novedad?
Misterio el caso en sí encierra,
no se ha visto en Ingalaterra
caso igual.
Decís verdad.
Dejadlo, Eduardo, vos,
que el secreto saldrá a plazas.
En esto de ocultas trazas
tiene un Rey mucho de Dios.
Es el Marqués mi heredero
muerta la Princesa, y hoy,
viva ella, el drecho le doy
y que sea Príncipe quiero.
Conviene a mi reino así
y que solemnice el gusto
deste título tan justo
que de Príncipe le di;
hoy le tenéis de jurar
como a Príncipe de Obalia.
Del Gaditano a Tesalia
tu prudencia han de alabar.
Llámele a solas.
Marqués.
Señor.
Por ser fiel
he de darte mi corona,
que un pecho noble te abona,
mas tienes mi sangre en él.
Vamos, que han de coronarte
y hacer que seas mi heredero;
con esto premiarte quiero,
y a ti, ingrata, castigarte.
Besarte quiero los pies
por este infinito honor,
comunicad su valor.
A voces.
¡Viva el Marqués!
Vanse todos, exceptuados Don Beltrán, que queda a un lado del tablado, turbado, los ojos bajos, con una sabanilla, como que enjuga lágrimas, y Tabote al otro lado, turbado.
Mudo y sin lengua he quedado
en esta afrentosa mengua,
que tuvo el peso a la lengua
de este deshonor pesado;
no sé si es verdad que soy
aquel que yo un tiempo fui,
que yo me espanto de mí
viendo del modo que estoy.
He sido representante
y la comedia acabé,
cayó el cielo de mi fe
que vino a cansarse Atlante.
Esta, ingrata, la fe era
que me mostrabas tener;
mas eres, al fin, mujer,
y fue mi pecho de cera.
Vase Don Beltrán.
¿Qué es esto? ¿A do me han traído,
que me parece locura?
¿Fue a apadrinar, por ventura,
las lanzas que se han corrido?
¡Qué subida fue tan alta
esta que ahora subí!
Pero aquel que sube así,
más presto dicen que salta.
Fui como espuma privando,
y tal prisa en subir di,
que he tropezado, y caí,
y cuando menos, rodando.
¿No me valiera más ser
lacayo, que no este oficio?
Pues no tiene el Santo Oficio
en él que ver, ni que hacer.
¿Quién me mandó desear
ni otros oficios pedir,
que aquel tiene a do subir,
mas no tiene a do bajar?
Que si yo lacayo fuera
no cayera cual caí;
mas si lacayo nací,
también lacayo muriera.
Vase Gabote desnudando y diciendo.
Pero este en que hice riza,
no habrá a quien no desatine:
de caballerizo vine
a dar en caballeriza.
Afuera plumas de Milán traéticas,
correos de mi mal tan velocísimos;
afuera calzas, vengan balonísimos,
¡oh, mis calzas antiguas, aunque heréticas!
Afuera capichola y las gorréticas,
no quiero gorras, vengan sombrerísimos;
vamos a visitar bodegonísimos
y juntamente a las tabernas críticas.
La gravedad se quede, el garbo y énfasis,
tornemos otra vez a la porciúncula,
que no quiero volar cual voló Ícaro.
Que más quiero beber, estando en éxtasis,
a oír de mi fregona esta raciúncula.
Vaya con Dios y enhoramala el pícaro.
Fin de la primera jornada.
Contra fidem dictum, non est dictum.
Salen don Beltrán, duque de Sufolcia, de camino, con unas cartas en las manos, y detrás de él Gabote con botas y espuelas de camino.
Cual te dije, he recibido
desde el castillo esta carta,
y la verdad he sabido;
conviene, amigo, que parta
a trazar lo que he fingido.
Culpa mi crédito en ella
y disculpa su verdad,
que como verdad es bella,
y el sello de su maldad
estotra carta lo sella.
Que entre don Fernando y él
este enredo concertaron
por desconcertar con él
lo que dos almas trazaron
con un amor firme y fiel.
Salió el marqués con su intento
deshaciendo el casamiento
y quedando coronado,
y el propio heredero echado
de su lugar y su asiento.
Al fin, como la quería,
y por gozalla lo hacía,
esta carta le escribió
y ella al punto me la envió
con estotra que es la mía.
Pídele que si promete
que con él se casará,
aunque amor no le sujete,
que el enredo deshará
y todo cuanto le inquiete.
¡Mira qué rey, ah traidor!
Permita el cielo sagrado
que no goces con honor
la corona que has robado
a quien tiene tal valor.
Salen por un lado Federico galán con calza, y gorra, y Don Hernando.
¿Quién es el que voces da?
Repórtate, y no des voces,
mira que alguno lo oirá,
y cuéntame, así te goces,
qué intentas.
Óyeme ya.
Escuchan.
El Duque las da, escuchemos.
Al fin he determinado,
con industria la saquemos,
y en hábito disfrazado
a mi España la llevemos.
¿Y cómo lo harás?
Fingí
que a España quería tornarme
y al Rey licencia pedí,
¿Y diótela?
Como darme
con dificultad dio el sí,
pero al fin agradecido
del tiempo que le he servido
mucha riqueza me dio
y de nuevo me obligó
con todo lo recibido.
Diome esta firma también
en blanco con que me den
en su reino lo que pida,
y ella propia me convida
a que yo goce este bien.
¿Qué quieres, Gabote amigo?
Que con ella he de sacar
de la prisión a quien sigo
y a España la he de llevar
secretamente conmigo.
¿A qué modo?
Estame atento,
escribiré aquí que manda
el Rey me la dé al momento,
y que con ella se ablanda
por darme gusto, y contento;
y vista una vez la firma
por Don Dionís, él la afirma,
que a Doña Inés ha de darme
sin ser bastante a inquietarme
el que mi daño confirma.
¿Qué te parece?
Señor,
que no te acortes las faldas
y que lo mires mejor,
antes que nuestras espaldas
hagan cueros de atambor.
¿No soy noble y heredero
de España? ¿Qué puede hacerme,
sabiendo ya que la quiero?
Señor, no quiero meterme
en cosas de tanto agüero.
Antes que tenga opinión
y de quién eres, noticia,
castigarán tu traición
y después de hecha justicia
vendránte a pedir perdón.
No tengas de eso temor,
haz que partan mis criados
como conviene a mi honor
y tendrásme aparejados
dos caballos de valor,
que por la posta hemos de ir
a la prisión en secreto,
que con ello has de salir.
Pondrélo luego en efeto
si quiero poder vivir.
Toma esta firma, y en ella
haz que escriba el secretario
lo que tu secreto sella
que hoy castigo a mi contrario
si gozo a la infanta bella.
No estoy sin algún temor,
de todo me he de encargar.
Eres Alcides de honor
que me ayudas a llevar
este cielo de mi amor.
Estimaré esas razones
con que mi bajeza cargas,
pues trocando obligaciones
de obligación me descargas
y me cargas de jubones.
Mas antes que te alborotes
llevaré la firma a trueque
que no me tires más motes,
y plegue a Dios no se trueque
el blanco en negros azotes.
Vanse.
Sale de donde escucharon.
¿Qué te parece, Fernando,
de esto que habemos oído?
Señor, hame parecido
que el diablo lo va ordenando.
Muy poco me satisface
este repentino estrago,
pues cuantos engaños hago
este duque los deshace.
Con la carta que escribí
este reino te hice dar
y cuanto entiendo ganar
al doble lo pierdo así.
¿Qué imagina hacer tu alteza?
Quiero, amigo, deshacer
lo que él imagina hacer
a costa de mi nobleza.
Haréle al duque matar
en el camino si puedo,
y con semejante enredo
podré a doña Inés gozar.
Harásme hacer un vestido
de camino, como aquel
que el duque lleva, que en él
fundo un enredo escogido,
porque imagino y me ofrezco
con él al mundo engañar,
y aun a doña Inés gozar,
pues tanto al duque parezco.
Secreto al castillo iré
una vez el duque muerto,
y con su propio concierto
a doña Inés gozaré,
que una vez ella gozada,
y muerto el competidor,
descubriré su valor
y, como ha sido culpada,
que, ajeno de otro remedio,
el rey me la habrá de dar
y me habrá de perdonar.
¿Qué te parece?
Buen medio,
ya sabes soy tu criado
y que te he guardado fe
y que jamás pararé
hasta que te vea casado;
y este pensamiento ha sido
en tan notable ocasión
que sin más información
saldrá como tú has querido.
Un salteador valeroso
en mi poder tengo preso
con un disforme proceso
por do el morir le es forzoso,
y, como tú le des vida,
al duque te matará.
Bien dices, tráemele acá,
que la ocasión me convida,
y el vestido haz que al momento
se haga.
Al momento iré,
y el salteador te traeré
y el vestido a tu contento.
Pero tienes olvidado
que a doña Elvira has de darme.
Deja ya de atormentarme
con diferente cuidado,
déjame una vez hacer
cosa que a mi bien le cuadre,
que, hecha, yo haré con su padre
que te la dé por mujer.
Sola esa palabra pido
que será pago a mi pecho
por las traiciones que he hecho
y por lo que te he servido,
Y tú verás cómo hago
lo que te prometo hacer,
que por solo una mujer
deste modo me deshago.
Vase don Fernando.
Si pudo un tierno amor y gusto tanto,
que a las aguas detuvo el movimiento,
y en un desierto monte un descontento
a tristeza le mueve con su llanto.
Si convierte a escuchar su tierno canto
a fieras sin razón y entendimiento,
y puede dar a un hombre atrevimiento
que baje hasta los reinos del espanto.
Si amor al más cobarde y más medroso
a hechos invencibles le convida,
¿en qué podré estribar y estar dudoso?
Mas pues tengo al amor la fe vendida,
animaréme a un hecho valeroso,
aunque aventure honor, hacienda y vida.
Sale Marcelo, salteador, como villano.
Tu secretario, señor,
aquí me manda venir,
si en algo puedo servir
daré muestras de mi honor.
¿Quién eres?
Sabrás de mí,
si me das atento oído,
quién soy hasta aquí, y he sido;
escúchame atento.
Di.
Ya habrás tenido noticia
del valeroso Marcelo,
famoso desde el Pirene
a los etíopes negros,
temido en Ingalaterra,
respetado en todo el suelo,
aquí por su gran nobleza,
y allí por sus altos hechos.
Fue del valeroso Enrique,
rey de los ingleses reinos,
capitán en paz y en guerra
contra enemigos guerreros.
Hizo a Ingalaterra noble
con la sangre de su pecho,
y a su rey famoso en ella,
enfrenando a mil soberbios.
Estimó el rey su valor,
dio a sus hazañas el premio,
mas la envidia que es común
cuando subido a uno vemos,
tuvo lugar de engendrarse
en un inglés caballero,
era pariente del rey,
dio el rey a su maldad crédito.
Levantole que intentaba
quitalle el poder y cetro,
y con dos testigos falsos
allanados con dinero,
Con fingida información
le condenaron por reo,
y porque se defendiese
según costumbre del reino,
dando un hombre en campo armado,
le dan treinta días de tiempo.
Ya el término era pasado,
sus amigos no salieron,
o movidos del temor,
o el testimonio creyendo.
Yo, viendo el mal de mi padre
(que mi padre fue en efeto),
no sé si por desventura
o deshonor suyo el sello,
mostréme en el campo armado
aunque rapaz y pequeño.
Espantóse Londres toda
de ver tal atrevimiento,
que era el contrario valiente,
yo sin fuerzas, y él muy diestro.
Señaláronnos batalla,
diéronnos el campo abierto;
peleamos, mas no pude
sufrir golpes, que era tierno;
quedé vencido en el campo,
quedando en él mi honor muerto,
y mi padre, por justicia,
sangre y nobleza vertiendo.
Salí afrentado de Londres,
haciendo en él juramento
de tomar del rey venganza;
y así lo puse en efeto.
Y con unos criados míos,
y otros a quien pago sueldo,
en la aspereza vivimos
robando a los pasajeros.
Mil veces he entrado en Londres
y rompiendo sus cimientos,
cargado de plata y oro,
a nuestra cueva volvemos.
Veinte años ha que ejercito
este oficio infame y fiero,
siendo de Londres tenido
por castigo de sus yerros;
y en este tiempo jamás
ha podido el rey prendernos,
aunque procuró, señor,
prenderme, como lo ha hecho.
Pero fortuna envidiosa,
o las mudanzas del tiempo,
que como al fin mudables
nuevas mudanzas hicieron,
y fue, señor, que a estas Cortes,
en que te dieron el cetro,
con este traje villano,
envidioso de honor vengo,
No hube bien entrado en Londres
cuando, conocido y preso,
delante del rey me traen
y solo la muerte espero.
Yo soy Marcelo, señor,
salteador y caballero,
y esta es mi triste tragedia
que tú oyes y yo cuento.
Si algo me quieres mandar,
mándame, rey, sin recelo,
advirtiendo que estaré
a cuanto quieras sujeto.
Tu desgracia me ha pesado,
por entender que eres noble,
que en estos se muestra al doble
de la fortuna el estado.
Y pues lo eres y discreto,
si lo que mandare hicieres
y señal cierta me dieres,
la vida te la prometo,
y no eso, mas hacienda
con que vivirás honrado.
Los pies te beso obligado;
hazme que tu gusto entienda.
¿Conoces al Almirante?
¿Al de Sufolcia, señor?
A ese propio.
Su valor
a conocerse es bastante.
Y cuando eso no bastara,
basta conocerte a ti,
que venerarán allí
simulacros de tu cara.
Conózcole.
Pues advierte
que haré lo que te prometo
si aquesta tarde en secreto
me das al Duque la muerte.
Para Miraflor se parte
con un lacayo no más;
en el camino podrás
a lo dicho aventurarte.
Que lo que te digo haré
con que me traigas señal
que le has muerto, y que sea tal
que se pueda darte fe.
No dudo en lo que has pedido,
la vida le quitaré
y la señal te traeré
si has de hacer lo prometido.
A fe de rey lo prometo.
Basta la fe prometida,
que por mi vida, su vida
he de quitar en efeto,
Yo parto secretamente.
No tengo más que encargarte.
A lo dicho parto.
Parte.
Parto a buscar a mi gente.
Vase.
¡Qué bien que queda trazado!
Con la muerte prometida,
pienso remediar mi vida,
y gozar lo deseado.
Sale don Hernando.
En tu recámara queda
el vestido, parte luego.
Yo parto, fortuna, ruego
que no se mude tu rueda.
Vase Fede.
¿Qué amor se le iguala al mío?
Confuso estoy y turbado,
que por amor he llegado
a dar en tal desvarío.
¿Que en tantas traiciones di
por este marqués infiel
porque, haciendo yo por él,
hiciesen algo por mí?
¿Qué dirán de mi nobleza
si acaso a entender se viene,
y más el rey, que me tiene
por símbolo de firmeza,
que quiera a una mujer tanto
que pierda mi honor por ella,
sin tener un favor della
de lo menor de su manto,
y que, creyendo alcanzalla,
espere un día, dos y tres,
y quedaréme después
en la calle y sin gozalla?
Amor tengo que es igual
al de mil Píramos necios,
pues después de mil desprecios
soy Rodamonte leal.
Pero lo hecho, ¿qué importa,
si la más grata mujer
nunca supo agradecer,
que es prueba que en todo es corta?
Y aunque ninguno se iguala
con el amor de mi pecho,
el premio de lo que he hecho
será enviarme noramala.
Nunca llegarán las bodas
que mi voluntad desea;
¡plegue al cielo que yo os vea,
mujeres, quemar a todas!
Pero aquí con su escudero
la veo venir, ¿qué querrá?
Salen doña Elvira tapada y Quirigay con ella.
Loca, amor me trae acá
a visitar al que quiero;
mas don Hernando está aquí,
dél sabré si puedo hablalle.
En el brío y en el talle,
señora, te conocí,
¿Tan conocida me tienes?
Eso dudas, si conozco,
y aun a mí me desconozco
con el descuido que vienes,
y es justo me desconozca
esa fe que me desalma,
pues teniéndote en el alma
no quieres que te conozca.
Estás inconstante, altiva,
tan al vivo dibujada,
que estando muerta, pintada,
no te diferencias viva,
y de modo me desalma
la luz de tales despojos,
que salen hasta los ojos
que son ventanas del alma.
Simulacros tengo en ellos
de tu celestial idea,
que al alma que te desea
no hay mayor gloria que vellos.
Mal haces en ocupar
tu pecho en lienzos pintados,
mas pensamientos pesados
bien es hacellos volar,
y si crecen cada día
no fuera malo el vendellos,
que ya ganaras con ellos
lo que pierde tu porfía,
y en pago fiel de tu amor,
aunque aventures perder,
pon tienda de mercader,
pues eres tan buen pintor.
Muy bien te burlas de mí,
pero perderé al vendellos,
pues que no he de hallar por ellos
lo que me cuestan de ti.
Cuéstame tu vista tanto
que cada vez que te veo
te rindo cuanto poseo,
que es de tu belleza el cuanto.
Soy Paris en desventura,
que, de tu belleza ciego,
abrasa a mi Troya el fuego
de tu divina hermosura;
y estás tan llena de palmas
que a piedra imán te prefiero,
pues si ella atrae el acero
tú atraes, señora, las almas.
Ser falso se echa de ver,
que si cual tú dices fuera,
la del rey también rindiera
que no la puedo atraer.
No pruebas en eso nada,
que contra la imán hay ley,
y el alma también del rey
está con piedras tocada.
¿Qué piedra es esa?
Es de amor,
con virtud tan excesiva,
que al alma que quieres priva
que se rinda a su valor.
¿Cómo amor tiene? ¡Ay de mí!
Con tu respuesta me has muerto.
Y yo también quedo muerto
viéndote morir a ti.
Mas porque veas mi afición,
porque su sinrazón veas,
sabrás eso que deseas,
que es harta satisfacción:
el Rey adora a la Infanta
y por gozalla se muere.
¿Que es posible que la quiere?
Vase Fernando.
Tanto es, que su amor espanta.
Y si quisieres saber
lo que el sentido te ofrece,
la Infanta al Rey aborrece,
y al Duque gusta querer;
yo te adoro, y tu afición
se las da, y huye de ti,
la Infanta te paga así,
¿qué de haber más confusión?
Y aun si más pruebas procuras,
hecho un segundo Sinón,
va esta noche a la prisión,
que es sello de sus venturas.
Con mil engaños se parte
para el castillo a do está,
y aun en él la gozará,
sin que a estorbarlo sean parte.
No te quiero más decir,
mas antes de aquí me iré,
que mi gloria sentiré
si tu pesar veo sentir.
¿Que es posible, oh fiero Rey,
tan mal tu afición me paga?
Mas yo haré que se deshaga
la firmeza de tu ley.
Los pasos te seguiré
en hábito disfrazado,
aunque pierda honor doblado
que he de ganar de tu fe.
Tu intento estorbar me fundo,
aunque aventure mi honor,
que es un celoso temor
más poderoso que el mundo.
Venid, acompañadme vos.
Deja, señora, ese enojo.
Vanse.
Tengo de quebralle un ojo,
aunque me quiebre los dos.
Sale Esperancilla.
¡Ay, celos, cuál me tenéis!
¡Ay, olvido, cuál me dejas!
Pero no tenéis orejas,
pues que mi mal no entendéis.
Dijo ayer a Guirigay
mi Gabote que hoy vendría,
y se ha pasado ya el día
y no ha parecido, ¡ay!
Y he quedado tan picada
de aquella vez que me habló,
que hoy me he de vengar, si yo
tengo pundonor de honrada.
Sale Guirigay.
¡Oh, Esperancica! ¿Qué haces?
¿Nunca te acuerdas de mí?
¡Oh, mi Guirigay! Aquí
habemos de hacer las paces.
Y para que veas mejor
que por gozarte me muero,
que seas mi marido quiero,
si gustas de ello, mi amor.
Diga, ¿dícelo de veras?
Si supieses cuál lo digo...
A nadie estimo en un higo
como tú solo me quieras.
No me lo diga, que, a fe,
es tal el gusto que siento
que cantaré de contento,
bailaré y aun saltaré.
Pues porque creas que es así,
finge que estás ya casado
conmigo, si aquel criado
viniere, que viene aquí.
¿Aquel lacayo gracioso?
El propio, te digo yo,
aquí en el zaguán quedó.
Y, a fe, que no es perezoso.
Pero ¿por qué he de fingillo?
Para desprecialle así,
que solo te quiero a ti.
En la jaula está ya el grillo.
Pues finge.
A fingir comienzo.
Sale Gabote por un lado.
Aquí mi Esperanza está...
¡Hola! Al momento tomá
aquella pieza de lienzo.
Las seis camisas me haced.
No haya ventana ni puerta,
porque si yo la hallo abierta
las cerrará una pared.
Y pues fue servido Dios
y este bien me quiso hacer
que vos seáis mi mujer.
Haya paz entre los dos.
Aquel lacayo atrevido
no me venga más aquí.
Aparte.
Esto lo dice por mí.
Hola, no tengamos ruido,
que cogeré de un garrote
si yo le hallo otra vez,
y amansaré su altivez.
Aparte.
¡Oh, desdichado Jabote!
Vase Quirino.
Yo me voy, y no haya más.
Y yo a trabajar me voy.
¿No me has visto que aquí estoy?
Dime, ingrata, ¿adónde vas?
¡Infame, injusta, ladrona!
¿Que es cierto que te has casado
con un viejo chamuscado,
con más papos que una mona?
¡Vive Dios, que he de matarte!
Que basta lo que sufrimos.
¿En qué bodegón comimos?
Aparte.
¿Bodegón me dijo?
Poco mi cólera teme.
Piensa que me desconozco.
¿Conocesme?
No conozco.
Mire que me voy, iréme.
Que se vaya.
Dime, gaifa,
que quieras a ese viejón,
y de un mozo hecho un Sansón
no se te dé una acufaifa.
Di la verdad, ¿haste casado?
Ya yo lo estoy y contenta,
sin temor que me arrepienta,
que tengo marido honrado;
de mi viejo no blasfeme.
¿Que he de poder escucharte
que le defiendas?
Mire que me voy, iréme.
Aparte.
Que se vaya.
Saca una lista de papel.
¡Ay, viejo injusto!
No lo puedo soportar;
vive Dios, lo he de matar
por ser cosas de tu gusto.
Pero mejor es, cruel,
pues es cierto te has casado,
me pagues lo que te he dado
y confiesa este arancel.
Soy contenta.
Dice así.
Seis varas de trencaderas,
estas fueron las primeras
que yo por mi mal te di.
Unos botines.
Y bien.
Y los lazos.
Eso no.
Dos medidas que pidió
del glorioso San Guillén.
Un bacín que le he comprado.
¿Cuándo tal compraste?, di.
Y aun puedo enseñar aquí
hartos cascos dél, quebrado,
no me lo niegues, Coquilla,
que porque tú los tocaste
los cascos quebrados
baste,
que me los eche en la capilla,
mas seis onzas que le pido
de carne, que me quitó
de un mordisco que me dio
por cierto celo fingido,
Pues la carne he de pagar,
no digo que tal me dé,
mas todo lo que gasté
en lo que tardé a curar.
Acabo,
ya han acabado.
pues ha de pagarme así
el vestido que le di
no estoy a tal obligado,
manda la ley que en un mes
si se rompen no los pague
yo haré que estas leyes trague,
ley castellana esta es,
y para Castilla apelo
no hay apelación aquí
y los puños que le di
no ha de pagallos,
dirélo.
Hurtólos un ladrón bobo
y pues él me los hurtó
pierda ella, y pierda yo,
eso niego,
probo, probo,
Sea esto así, mas el pan,
los pichones, el tocino,
los jarros llenos de vino,
qué se han hecho, en dónde están,
las gallinas que le di,
el queso de leche lleno,
tiempo bueno, tiempo bueno,
quién te me apartó de mí,
También que se acuerde es justo
de las jarras de aceitunas,
esas fueron en ayunas,
para galopear el gusto,
fue de mayor importancia
lo que te di, sin malicia,
pedirélo por justicia
aunque se amotine Francia,
Vaya a pedillo, eso tome,
no pararé hasta acabarte
pues que te has casado.
Aparte,
mire que me voy. Iréme.
Vanse.
Sale el Marqués Federico con un vestido de ca- mino como el del Duque Don Beltrán, y con botas y espuelas.
Fue la traza del vestido
tan propiamente sacada
que no diferenció en nada
del Duque, medio escogido,
y aun es tanto que me admiro
pues que mirándome así
a Federico veo en mí,
y a Don Beltrán en él miro,
Vase.
Conmigo mismo me enojo
viendo al Duque que está en mí,
y para vengarme así
contra mí ponzoña arrojo,
y cual perro que mordió,
yo que me vengo a dañar
sus pelos vengo a tomar
que son lo mismo que yo.
Soy rinoceronte duro
que cuando me veo mortal
aunque en mí mismo está el mal
conmigo mismo le curo.
Por aquesta parte viene
gente, y pues ignoro quiénes,
voyme, y volveré después
que esto por ahora conviene.
Salen don Fernando y Quirigay.
Di, amigo, lo que ha pasado,
que el secreto callaré,
y si gustares pondré
en los labios un candado.
Pues has de saber, señor,
que en disfrazado vestido
doña Elvira se ha salido
aventurando su honor.
Dijo que gozar pensaba
deste modo al que quería,
que ya perdido tenía,
y así cobralle intentaba.
Adonde fue no he sabido,
pero mandome callallo.
¡Que escucho tal sin matallo!
Cierra esa boca, atrevido.
Cierra esa boca maldita
que fue causa en mi memoria
de aquella maldita gloria
que, más que me da, me quita.
Vete de aquí antes que pase
el fuego destos ensayos
y antes que arroje mil rayos
y con alguno te abrase.
Vete, píldora dorada,
que el oro al gusto ofreciste,
y por reparo me diste
esta acíbar preparada.
Vete antes que obre en mi pecho
la camisa de tu engaño,
y a mí me pagues el daño
cual loco en el mar deshecho.
¿Cómo contra mí te opones
siendo ya tu serafín?
Por Dios que es donoso el fin
para tantas prevenciones.
Aparte.
Yo me voy con tu licencia,
él queda loco acabado;
mas de loco a enamorado
hay muy poca diferencia.
Vase Guirojo.
Vase.
Vete por un siglo eterno
a un ignoto promontorio,
cielo de este Purgatorio,
Purgatorio de este Infierno.
Pero ¿con quién me he enojado?
¿contra quién furor arrojo,
si es la causa de este enojo
un hombre en quien me he fiado,
el Marqués a quien subí
hasta rey desde Marqués
y a quien he puesto, a sus pies,
por subirle, sobre mí?
Este rey cuya bajeza
en mí se verá mejor,
pues por aumentar su honor
disminuí mi nobleza.
De este pues soy engañado;
él la tiene en su poder,
no en hábito de mujer,
pero en otro disfrazado;
la mujer es que contó
que ya gozaba, y quería;
no es sospecha de fantasía
que de él lo he sabido yo.
Pero yo me vengaré
de aquella sangre bastarda,
que a quien tan mala fe guarda
pecado es guardarle fe.
Al rey contaré su engaño
y el enredo que forjé
contra la Infanta, que sé
que será no poco daño.
Que aunque le subí tan alto
y nombre de Rey reciba,
fue subirle tan arriba
porque fuese más el salto.
Y no tienes que oponerte,
loco, contra mi poder;
que quien te ha sabido hacer
tan bien sabrá deshacerte.
Salen el rey, Don Fadrique, y Don Dionís de camino.
Luego que vi tu carta
obedeciendo en todo tu mandado,
con diligencia rara
a Londres he llegado,
dejando la prisión a buen recado.
En ella queda presa
como mandaste, doña Inés la infanta.
Por cierto, injusta empresa
que siendo su honra tanta
sujeta venga al yerro la garganta.
Aquí, señor, me tienes;
declárame, si gustas, lo que mandas,
si solo me previenes,
señor, que te ablandas,
o por dar a su cuerpo tristes andas.
Ya, vasallo famoso,
el tiempo es este en que podré pagarte
el pecho valeroso;
podrás aparejarte,
que con mi sangre propia quiero honrarte.
La virtud conocida
de aquesa hija que te ha dado el cielo
a honrarla me convida,
por dar algún consuelo
al que cubre su honor manchado velo.
Y así casarla quiero
con Federico, mi sobrino amado,
porque nos dé heredero
de tu linaje honrado
con el de mi nobleza acompañado.
Para reina te pido
a doña Elvira hermosa, que merece
desde el Ganges al polo,
ado el Frisón perece,
y el tributo de amomo que ofrece.
Tus pies famosos beso,
ilustre don Enrique valeroso,
e indigno me confieso
del don tan generoso
que me ofrece tu brazo victorioso.
Yo hablaré a doña Elvira,
dándole parte de esa gloria extraña,
que de oírse retira,
pasada la montaña,
en una fortaleza que el mar baña.
Hanme dicho que ha estado
algo indispuesta, y a ella se ha partido,
a aplacar el cuidado
que el pecho ha recibido
cansado de los males que ha tenido.
Sale el Duque con calza y gorra y arrodíllasele al Rey.
Si previenes primero
perdona tu sobrino, daré cuenta
de un caso que prefiero
a la maldad violenta
de Josef, de Susana y su afrenta,
Dame, rey, la palabra,
pues que soy tu sangre, aunque ofendida,
si es tu gusto que abra
la boca fementida,
indigna deste honor y desta vida.
Sale don Fernando y arrodíllase.
Si perdón me concedes
y das a mis palabras dulce oído,
salir del daño puedes
en que hasta aquí metido
has vivido, engañado y persuadido.
Muy turbado me tiene
la turbación que en vuestro rostro veo.
Si por ventura viene
este vil con deseo
de levantarme algún engaño feo,
si quién soy ha entendido
e intenta con el rey ahora enredarme,
pésame haber venido.
Temor me da aclararme,
que temo que procura este engañarme.
Aclarad vuestro intento,
la causa pronunciad que así os altera.
Pésome atrevimiento.
¡Oh, si yo no viniera,
cuánto mejor y más honrado fuera!
¿No acabáis de decillo?
¿Qué es esto, di, sobrino? ¿Qué es, Hernando?
Mi pensamiento humillo,
irélo declarando
aunque vaya cayendo y levantando.
Ajeno de temores
diré la causa que me altera tanto;
que no temo a traidores
ni me admiro cuanto
del temor que he tenido; así me espanto.
Tu hija, rey famoso...
Tu hija, rey ilustre, es muy honrada.
Su pecho es virtuoso.
Sin razón es culpada,
y yo lo defenderé con esta espada.
Acuséla sin culpa
por estorbar del duque el casamiento.
Mi pecho la disculpa
y su perdón intento,
si das crédito, rey, a lo que cuento.
¿Que es posible tal cosa?
¡Mal haya mi castigo riguroso!
Perdonad, hija hermosa,
y el pecho generoso
entre en Londres triunfando victorioso.
estoy por castigaros
y dividir del cuerpo la cabeza,
mas quiero perdonaros
mostrando mi nobleza,
que por castigo os basta esa vileza.
Partid, Dionís, al punto,
y a doña Inés traed con regocijo,
y vaya con vos junto
Fernando, que colijo
que al cielo en castigalla así le aflijo.
Aparte
La corona te vuelvo
que me diste, señor, injustamente,
y en tu clemencia envuelvo
la maldad insolente
contra esta pobre víctima inocente.
¡Oh, qué bien se deshace
del villano Marqués la injusta traza
y todo cuanto hace,
pues que ha salido a plaza
el intento que tuvo y lo que traza!
Aparte
De nuevo estoy metido
en otra confusión que me sujeta,
que en vez de haber salido
estotra más me inquieta,
que el laberinto entiendo que es de Creta.
¿Qué puede haber causado
que diese de su propio engaño parte?
O, rey, quedar vengado,
y tú por otra parte
has podido de mí también vengarte.
Yo me parto al momento,
mi corte toda vaya a acompañarte;
celébrese el contento.
Ya puedes alegrarte.
Extraño enredo ha sido; amigo, parte.
Vanse.
Aparte
Engaño es extremado,
por sobrino del rey contarme puedo,
pues mi talle ha engañado;
turbado y loco quedo.
¿Viose mayor enredo?
Hay más enredo.
Vanse.
Salen Marcelo como salteador con un pedreñal en las manos, y una máscara, y dos salteadores con él con máscaras.
Como ciego pisando sus pirámides
sin muestras de temor, con pecho indómito,
en hábito y vestido de hombre rústico
me cogieron en redes como a pájaro,
metiéronme con yerro en fuertes cárceles
tratándome como si fuera un bárbaro,
mas el cielo piadoso en este tránsito
Por orden de su rey me ha dado méritos
para librarme de la cárcel hórrida.
La muerte me conviene deste Hipólito.
Aquí nos tienes, capitán benévolo;
muera ese duque con mi espada tímida.
Como morir, no quede en este orbículo
una gota de su sangre ilícita,
a matalle me atrevo sin obstáculo.
No puedo responderte de colérico.
Ya he conocido, amigos, vuestros ánimos;
las caras os cubrid con estas máscaras,
y, a quien tirare yo este tiro esférico,
vierta vuestro valor su sangre cálida.
Mas gente viene, retiraos a un lado,
y, en haceros la seña, a lo trazado.
Pónense las máscaras, retíranse a un lado, y salen el Marqués de Camino y Fabote.
Los caballos dejo atados
en aquel árbol de enfrente.
Bebamos en esta fuente,
que venimos fatigados.
Mejor es que nos sentemos.
Dices bien, siéntate, acaba.
Siéntanse.
¡Por Dios, que es el hambre brava
que los dos juntos traemos!
Tú, en esa amorosa mengua,
y yo en comer, que estoy rabiando,
de modo que me está hablando
el estómago sin lengua.
¿Quieres beber?
A los grillos,
o a tu lebrel, o mastín.
Que blanco de San Martín,
o que aloque de Burguillos,
ese licor a tu fragua
será harto importante luego,
que quien tiene tanto fuego
bien ha menester el agua.
Pero a mí, que estoy vacío,
mortandad y peste fuera;
pues si una gota bebiera
creyera quedarme frío.
Sale doña Elvira en hábito de hombre, con espada y daga, por un lado.
Desde Londres he seguido
en este traje a este ingrato,
de cuyo amoroso trato
traigo el corazón herido;
los vanos enredos veo
que por la Infanta ha trazado,
veo su pecho amartelado
y su amoroso deseo;
y sé que para engañalla
trae consigo este criado
del Duque a quien ella ha amado,
y a quien deseo gozalla.
¡Ay, hombres, cuán inconstantes
con nosotras os mostráis,
cómo nos amarteláis
con enredos semejantes!
¿Quién dará crédito y palma
a vuestra afición tan loca,
pues que afirmáis con la boca
lo que negáis con el alma?
Allí pasan el calor,
mirarélos desde aquí.
¿Cuándo llegaremos, di,
a tu dulce miraflor?
Dos leguas que faltan, creo,
presto podemos llegar.
Aparte
Al Duque podréis mirar,
que es a quien va este correo.
Dispárale Marcelo al Duque, yerra el golpe, espántase el Marqués y Gabote; acuden a las espadas los salteadores y el Marqués.
¡Jesús!
¡Oh, potencia eterna!
¡Oh, Martín, ayúdame
por el farol que adoré
de vuestra santa taberna!
Pues que el tiro no valió,
a las espaldas, amigos.
Echa mano Federico
Perdido soy, enemigos.
¡Echad mano como yo!
Vase Gabote
Lo mejor será huir
y no dar que hacer a ruines,
que Héctor a dos polvorines
no pudiera resistir.
¿Qué es esto, fieros vaivenes?
Conviene mostrar valor,
no tengas de estos temor
pues que a mi lado me tienes.
Doña Elvira arranca la espada y pónese a su lado; acuchíllanse, hieren al Marqués, cae en el suelo, cógenle la capa y huyen todos.
Muerto soy.
La capa coge.
Cogíla.
Vanse huyendo
Paren las manos.
Eso sí, huid, villanos,
antes que un rayo os arroje.
¿Qué es esto que vine a hacer,
pues que sirvió de tan poco
que con este traje loco
mostré al fin que era mujer?
¿Estás muerto?
No lo estoy,
pero mal herido sí.
¿Quién eres, amigo, di?
Un pobre soldado soy.
Aunque me diste la vida,
más estimara la muerte
por no sentir desta suerte
ver esta ocasión perdida.
¡Ojalá que por mi cuello
su espada hubiera escondido,
que siento el haberme herido
por lo que pierdo con ello!
Que a Miraflor me partía
a gozar una mujer,
y herirme ha sido perder
la ocasión que se ofrecía.
¿Quiéresla mucho?
Es amor
que de seso me desvía.
Aparte
¡Qué mujer en hombre fía
siendo un ingrato, un traidor!
¿Y ella es hermosa?
Es locura
preguntar lo que preguntas,
porque las del mundo juntas
no igualan con su hermosura.
¡Quién oye tal! ¡Cielo! Y di,
¿quiérete?
¿Qué me faltara
si la que digo me amara?
No hay cosa que olvide así.
¿Tienes quien te quiera bien?
Una tengo, y yo la olvido.
Bien pagas que te ha querido.
¡Que la lleve el diablo, amén!
Aparte
¡Qué bien me pagas, traidor!
Pues vivo quedado has,
dime, señor, ¿no podrás
ir a gozar su favor?
Estoy herido, y la herida
no deja de darme pena,
y, aunque el amor me enajena,
es bien procurar la vida.
Yo soy, amigo, el Marqués
de Nodorvico, y Rey soy
de Ingalaterra, aunque voy
en el traje que me ves.
Toma esta cadena y sello,
y si a Ingalaterra vas,
por ella sé que verás
lo que has ganado por ello.
Ve allá y pregunta por mí,
que yo pagaré a tu pecho
la buena obra que has hecho
sin saber por quién, aquí.
Allá en Londres me hallarás,
que de aquí parto a curarme.
No tienes más que obligarme,
que en obligación me estás.
Suenan voces de adentro y es Gabote.
¡Ay de mí!
Dar voces siento.
Hacia esta parte las dan.
Los salteadores serán.
Dices bien, escucha atento.
¿Quién le ha puesto en tal trabajo
a un inocente español,
colgado desnudo al sol,
hecho un tímido espantajo?
Pero, ¿quién me puso en tal,
sino este puto de amor,
en donde estás, mi señor,
que no te duele mi mal?
Este que habemos oído,
es sin duda mi criado
Gabote.
(De adentro)
¿Quién me ha llamado,
quién aquí me ha conocido?
¿En dónde estás,
mi señor?
En lo alto de este monte,
y si me has de ver, disponte
a suspirar de dolor;
verás en este trabajo
un Sebastián, aunque estriba
que él lo fue cabeza arriba,
yo lo soy cabeza abajo.
Muy justo será llorar
con tantas penas...
Corren una cortina y vese Gabote en camisa colgado de un árbol cabeza abajo.
Miradlas,
cortadas todas las faldas
por vergonzoso lugar.
La burla ha sido pesada.
¿Dónde fuiste, que bien medras?
Desátalo.
Fui a buscar unas piedras
en que amolara mi espada,
que de la vaina jamás
salió desde aquella lid
que tuvieron con el Cid
los hijos de Fierabrás.
Llegaron unos ladrones
los cuales me desnudaron,
y en este pino me ataron
sin escuchar mis razones.
Pero di por dónde van,
que cortando su pellejo
haré de él un mar Bermejo,
y de su sangre un Jordán.
Malo estoy, de aquí partamos
a donde puedan curarme.
Den las gracias por librarme.
¿Dónde vas?
A Londres vamos.
Queda con Dios.
Con él iré,
y no tengas en olvido
aquello que has prometido.
Vendráslo a pedir.
Sí haré.
Vamos, y te llevarán
en peso mis brazos fieros;
iremos como romeros,
no nos conozca Galbán.
Vanse.
No fue mala mi venida,
pues pude en esta ocasión
con el alma, y corazón
dar a mi marqués la vida.
A Londres se vuelve, iré
a Londres, pues se impidió
sin que lo impidiese yo
el mal que temía mi fe.
Vanse y dase fin a la jornada segunda.
Ha de haber en tu deidad...
¿Dónde huyes
de quien te quiere gozar?
Huyo por no tropezar
en tus envidiosos fuegos;
deja que a sombra me acoja,
porque no me mate el sol.
Yo soy amante español
y no envidioso extranjero;
detente, aguarda, repara.
Como si tú fueras lince,
conoces a quien te ampara,
que tu ceguera declara.
No huyas de mí, divina,
pues que ya mi amor te inclina.
No es amor, que es un engaño
que hace agravio a mi honor
cuando te muestras amador
y te finges para mi daño;
que ya conozco tu intento,
y sé que me has de matar
si me dejo conquistar
de tu fingido tormento.
Si yo te adoro, homicida
de mis glorias y mi vida,
¿por qué me has de aborrecer
si te llego a conocer?
Que yo no te quiero ver,
ni te has de alabar
de que rindes a tu amor
mujer que defiende su honor,
y así lo has de pagar
con perder la esperanza
de que jamás alcanzas
más que desvíos y rigor,
porque soy de tal valor
que nunca me has de gozar,
porque me sabré guardar,
y adiós, que me voy de aquí.
Salen acompañamiento, don Hernando, don Dionís, todos de camino, la infanta muy bizarra con sombrero y capotillo, y el rey la saca de la mano muy galán.
En los últimos enojos
eres fin de mi memoria,
eres mi gusto, mi gloria,
eres la luz de mis ojos.
No tengo vida sin ti,
para vivir basta verte,
porque te quiero de suerte
que más te quiero que a mí.
No me muestres tanto amor,
porque el alma que te adora
de gozo y contento llora,
que es como niño, señor.
Ni me enternezca tu fragua,
que estos rendidos despojos
te ofrecerán por los ojos
un Nilo furioso de agua.
No me pidas, hija, así
lo que me pide tu ruego,
que son centellas del fuego
deste amor que asiste en mí.
Y es bien, porque no me ahogue
la gloria en que me consumo,
que salga al menos el humo
con que mi amor se desfogue.
Más que te quise, te quiero,
porque este eclipse que hubo
mi amor de padre detuvo
del primer punto al postrero.
Pero de modo ha crecido
que este eclipse declarado,
cuanto detenido ha estado,
tanto su curso ha corrido.
La corona que te di,
y que te vine a quitar,
hoy te la vuelvo a entregar
con el amor que hay en mí.
Y a ti, don Dionís, es justo
que te ampare y satisfaga,
y que te demos la paga
que tú gustas, y yo gusto.
El casamiento tratado
con tu hija, y mi sobrino,
llegará a efecto, imagino,
el sí de su parte dado;
y pues no pudo ser reina
por el enredo sabido,
yo haré que sea su marido
segundo del rey que reina;
los títulos que tenía
el duque que a España fue,
a su hija le daré
por la dote y deuda mía;
y en darme, sobrino, el sí,
haremos el casamiento.
Arrodíllase.
Dame tus pies al momento.
Levantaos ya.
Aparte.
¡Ay de mí!
¿Cómo que el duque se ha ido?
¡Ah, ingrato de poca fe!
Al cielo me quejaré
de la mucha que he tenido.
¿Qué dices, hija?
Que es justo
lo que tu pecho imagina,
y que seré la madrina
si fuere, señor, tu gusto.
Escucha de adentro.
De adentro.
¿Qué es esto, cielo, que he oído?
Tantas penas, males tantos,
pero seré a estos encantos
como es el áspid dormido.
Sale don Beltrán, duque.
He sabido tu venida
y los pies vengo a besarte.
Los brazos gusto de darte.
¡Ay, doña Inés de mi vida!
¿Qué dices?
Que me perdones,
que sin culpa te culpé;
tu Duque soy.
Aparte
Bien, a fe,
no es menester que te abones.
No es bueno que este traidor
engañarme otra vez quiere.
Aparte
Su vista el alma me hiere.
Aparte
¡Ay, simulacro de amor!
Tanto a mi Duque parece
que, si no los conociera,
ser el que adoro creyera,
aquel que un mundo merece.
Aparte
¡Hay tal, que me ha conocido,
y que mirándome está,
y lo disimula ya!
Éste es enredo escogido.
Bien es que sepas, Marqués,
cómo te tengo casado,
con mujer rica y de estado,
y falta que el sí me des.
Ella es prenda de valor,
hermosa, noble y discreta,
con padre que la sujeta
igual tuyo, y aun mejor.
Aparte
¡Cielo! ¿Qué es esto que he oído?
¡Qué confusión que me espanta!
Si es, por ventura, la infanta,
de quien he de ser marido,
mas, ¿qué dudo? Ella será;
daré el sí y callaré,
y, cuando casado esté,
que soy el Duque sabrá.
Por si viene acá el Marqués,
que no sé do puede estar...
Colijo en verte dudar
que estás confuso.
Eso es.
Acaba de responder.
¡Oh, si no le diese el sí!
Sujeto te estoy a ti;
yo la quiero por mujer.
Ese sí de ti esperaba.
Que la quiere por mujer;
que presto se echa de ver
lo que dél imaginaba.
Al punto a avisarla parto;
voy de contento lleno.
No es de tu valor ajeno.
Poco valgo.
Vales harto.
Aparte
Quien acaba de entender
esto que aquí veo trazar,
bueno es que la va a llamar,
y él la tiene en su poder.
Salen el Marqués Federico y Gabote de camino.
Deme tu alteza esos pies.
Oh, Duque, seáis bien venido.
Este es mi Duque querido.
Aparte
Gabote con el Marqués.
Desta vez perdido soy,
que mi enredo se deshace,
mas fuerza el traje me hace,
en fingir de nuevo doy.
No soy sino tu sobrino,
¿tan presto me desconoces?
¿Qué dices?
¿No me conoces?
O estás loco o desatino.
Ya das en nuevas locuras,
no te basta la pasada,
mas con esta que es pesada
que nos chamusquen procuras.
Aparte
¿Qué es esto, cielo, que miro?
Aquí el Duque, allí la Infanta.
¿Qué es, Duque, lo que te espanta?
De lo que dices me admiro,
no soy sino tu sobrino,
que estuve ausente, y ya vengo.
Luego dos sobrinos tengo.
O estás loco o desatino.
¿Qué enredo es este?
¡Qué engaño
este es!
Aparte
¡Ay tal enredo!
Sin entendimiento quedo.
Ello ha de parar en daño.
¿Quién es mi sobrino?
Yo.
¿A quién di mi reino?
A mí.
¿Cómo puede ser?
Así.
¿Cuál es de los dos?
Yo.
Yo,
yo solo soy tu sobrino.
¿Puede haber mayor enredo?
Sin entendimiento quedo.
O estás loco o desatino.
Cansado de oírlos estoy,
ven, hija, y descansarás.
Federico, engañado señor vas,
confusa quedo.
Vanse la Infanta y el rey.
Y lo voy.
Bien mi negocio se entabla.
Tan grande enredo me espanta.
Aparte.
¿Qué es esto? ¿El Duque y la Infanta
quien mi engaño desentabla?
No pararé hasta sabello.
Aparte.
Vanse.
Ni aun han de parar, ¡por Dios!
hasta azotar a los dos
desde la planta al cabello.
Salen Esperanza y Guirigay, escudero.
¿Burlaste acaso de mí?
¿Qué fin tu intención alcanza?
Porque tan falsa esperanza
nunca en mi vida la vi.
Dime si este casamiento
se tiene de efectuar.
Muy bien será declarar,
Guirigay, mi pensamiento;
ya sabes que yo he querido
a Jabote.
Ya lo sé.
Y ya de su amor me aparté
y puse su fe en olvido.
No quiero conversación
con hombre que es tan inquieto,
más quiero un viejo discreto
que un mozuelo valentón.
No quiero en mi casa fieros,
allá con gente del trato;
más estimo tu zapato
que a Jabote sus dineros.
Habíale palabra dado
que me casaría con él,
y por apartarme dél,
fingí que me había casado.
Creí yo que se enojara
y que los vientos bebiera
al punto que lo supiera,
y que a los dos nos matara.
Mas luego que lo entendió,
no sé si de enojo fue,
rompió la palabra y fe
que mi corazón le dio.
Declaróme que se holgaba,
y dijo que si lo hacía,
cien ducados me daría,
y la palabra soltaba.
Y por si burlarme quiere
antes que nos desposemos,
será justo que tracemos
lo que mejor estuviere.
Esta carta le darás,
que en ella el dinero pido,
y, si no ha sido fingido,
testigo de ello serás.
Que si la palabra suelta,
casada estoy ya contigo,
y servirás de testigo
si hubiere alguna revuelta.
Dale la carta y tómala Quirigay.
Dámela, que dices bien,
y yo le voy a buscar.
Mas él viene a este lugar,
si bien mis ojos le ven.
Éntrate, que hablalle quiero.
Escóndese.
Aquí escondida estaré.
Háblale.
Y le pediré
el sobredicho dinero.
Sale Jabote.
Hace Quirigay muchas cortesías.
¡Ah, un siglo que no he venido
a ver mi Esperanza, cielos,
cuánto pueden unos celos!
¡Ellos me han enflaquecido!
Como es la esperanza verde,
y yo sin verde quedé,
no es mucho, más flaco esté
que suele un rocín sin verde.
¡Ay, amorosas pendencias!
Las de su merced...
Y la suya.
Mil veces digo...
Concluya,
basten tantas reverencias.
Esta carta, mi señor,
traigo a su merced.
¿Es mía?
Dale la carta.
Esperanza se la envía,
déesela el cielo mejor.
Lee el sobrescrito.
Leeréla, que a fe es sutil
el modo de cerradura.
«Esperanza, sin ventura,
a su lacayo gentil».
¡Gentil! ¡Ay, tal disparate!
Cristiano soy y seré,
y si ella no tiene fe,
de la mía no se trate.
Gentil, dice, ¿hay tal razón?
el bellaco que tal fuere,
sin duda alguna que quiere
llevarme a la Inquisición.
Abre la carta y la lee.
Y aun es, cual de su mano, la poética.
(Aparte.)
Que me hayan engañado, ¡ay, tan gran lástima!
¡Ah, mujeres, traidoras, vanas, frágiles,
¿quién a vuestras razones da algún crédito?
De la muerte que espero estoy muy tímido.
¿Qué murmura vuarce, mi señor Cángurrio?
Vuélvase acá, y deme aquesa espátula,
que le tengo de hacer tajadas líquido.
(Aparte.)
¡Ay, miedo bufarrón! ¡Ay, mi ventrículo!
Sin jarabe, ni purga de agárico,
sin casia preparada, o cañafístola,
se vacía como agua, muy intrépido,
¡señor, misericordia!
¡Común barbero,
con un Ulises griego, ¡vive el único!,
que tengo de matarte sin más réplica!
Mira qué muerte quieres, dilo súbito.
Yo ninguna, señor.
Caso ridículo,
degollaréte.
No, porque es cosa áspera.
Ahogaréte.
Tampoco, que hay peligro;
mas déjame, que voy por una sábana,
servirá de mortaja en este tránsito.
Detente, que eres muerto.
Sacúdele de palos.
¡Cielo empíreo!
Sale Esperanza de donde se escondió.
Basta la furia, detén el brazo rígido,
no te vengues con muerte, que es gran lástima;
pero dame, mi amor, los brazos plácidos,
y en fe de casamiento sin obstáculo,
la mano de marido, y sírvate
Guirigay de testigo.
¡Oh, gloria délfica!
De mis bienes y males receptáculo,
la mano deposito en tu depósito.
Adentro entremos.
Al antiguo pósito.
Vanse los dos de las manos, haciendo gestos a Guirigay.
¿Quién me hizo en la vejez
meterme con este amor?
Mas quedo ya del error
tan negro como una pez.
Vine en vez de desposado,
engañado y engreído,
y vuelvo ya arrepentido,
cornudo y apaleado.
Huiré como de arcabuz
del amor y sus dobleces;
¿amor yo? Jesús, mil veces,
de lejos le haré la cruz.
Vase.
Salen doña Elvira y don Dionis, su padre.
Dame, hija mía, esos brazos,
y ¿cómo te va? Me di,
¿cómo me puede ir a mí
si gozo de estos abrazos?
Después que a Miraflor fuiste,
tanto tu ausencia sentí,
que enferma luego caí,
cual imagino entendiste;
y por poder aliviar
mi enfermedad y tristeza,
me fui a la fortaleza
que combate con el mar,
que para melancolía
y pertinaces cuidados
no hay remedio como prados
y ver correr el agua fría.
Supe allí que habías venido
y sus contentos dejé,
mas cuando a Londres llegué
hallé ya que te habías ido.
El rey me mandó partir
porque importaba a su intento,
pero ya vengo de asiento,
y albricias te he de pedir.
Por tu vista las prometo
que lo demás no me importa.
De cumplimientos acorta,
descubriréte un secreto.
¿Qué es, padre?
Que estás casada.
¿Con quién, señor?
Por lo menos,
con uno de los más buenos
que en Londres ciñen espada.
Ya que quedaste sin madre
en tan tierna edad, es bien,
muerto yo, te quede quien
sea marido, y sea padre.
¿Puedes decirme quién es?
De mi servicio obligado
el Rey la dote te ha dado,
y por marido al Marqués.
¿Qué es posible?
Sí, al momento,
te adorna, ponte gallarda,
que el Rey en palacio aguarda
para hacer el casamiento.
Loca de contento estoy,
lo que me mandas haré.
Premio es igual a tu fe.
Tu humilde criada soy.
Vanse.
Sale el Marqués, solo.
Todo el enredo he sabido
de la suerte que ha pasado
y cómo el Duque engañado
desengañarse ha querido.
Sé cómo al Rey le contó
su vida, mi poca fe,
el enredo que forjé
fingiéndose que era yo.
Y cómo el Rey ha sacado
de la prisión a la Infanta
y en pago de pena tanta
la corona me ha quitado.
Todo lo sé e imagino
vengarme con lo que traza,
que es una escogida traza
para el fin a do camino.
Fingiré que el Duque soy,
pues me viene tan a pelo,
confirmando su recelo
y el modelo con que voy.
Que Doña Inés, engañada,
ha de premiar a mi fe,
porque al Duque quiere, y sé
que está confusa y turbada.
Sale ilegible Gabote
¡Oh, mi señor!
¿Qué hay, Gabote?
No puedo darte razón,
que es tanta la confusión
que cuanto veo es alborote.
¿Qué quimera o fantasía
en el marqués te ha trocado?
¿Hate Ovidio transformado
con Circe y su hechicería?
Todo ha sido por burlarme,
el engaño desharé.
Aquí sale el rey.
Aparte.
A fe,
a mi engaño he de tornarme.
Salen la Infanta, el rey y el Duque.
Paró vuestra confusión.
Tu sobrino soy, ¿qué dudas?
Verdades son, rey, desnudas;
el marqués tiene razón,
ya no quiero disfrazarme,
el Duque soy, que he querido
con este traje fingido
para alegraros, burlarme.
Supe aquesto en el camino
y desde la mar he vuelto,
con esta burla resuelto
de fingirme tu sobrino.
Mas basta la confusión
de tu Ingalaterra loca.
Con cualquier causa, aunque poca,
tienen bastante ocasión.
Dame tus brazos, que quedo
de la burla muy contento.
No tengo merecimiento.
¿No es extremado el enredo?
También yo quiero abrazarte,
que es buena la burla, a fe.
Cada día os engañaré
si a esto son las burlas parte.
¿Cómo que le abrace, cielo?
¿Cómo lo sufro y no arrojo
un rayo envuelto en enojo
que abrase todo este suelo?
Pero, ¿de qué me he enojado,
si tan engañada va,
que el abrazo que le da,
en mi nombre se lo ha dado?
Venía el sobrescrito a mí
y el nombre se trocó,
de suerte que gozo yo,
lo que ha gozado por mí,
y el rey me tiene casado
con ella, a lo que imagino.
Fingiré ser tu sobrino
hasta que me la haya dado;
después me aclararé,
los nombres trocaremos
que es mal que así nos burlemos
en cosas que son de fe.
De tu venida me he holgado,
y de la burla reído.
El engaño es escogido.
El enredo es extremado.
Salen doña Elvira con manto, y escudero, y don Dionís.
Aquí le mando a tu Alteza
lo que me mandó traer.
Es tu hija, y es mujer,
con hermosura, y nobleza.
Ya tienes, Marqués, sabido
como te tengo casado,
hasta la palabra has dado,
y de ella has de ser marido,
¿qué me dices?
¡Ay de mí,
burlóme la confianza!
Acaba.
(Aparte)
¡Ay, cruel esperanza,
lograda tan mal en mí!
¿Que es posible que le he dado
la palabra de casarme,
y que dejo de matarme?
¡Ay amor desatinado!
¿No respondes?
(Aparte)
¿Qué diré?
¿Quién vio enredo desta suerte,
que yo me diese la muerte
creyendo vivir mi fe?
¿Qué dudas? Responde, pues.
Callando te desengaño;
baste, señor, el engaño,
que yo no soy el Marqués:
el Duque soy, y he fingido
ser el Marqués que importaba.
¿Quién vio confusión tan brava?
¿Quién vio enredo tan subido?
¿Qué es esto que no lo entiendo?
¿Qué confusión esta es?
¿Que niegas ser el marqués?
Decir la verdad pretendo,
el duque soy.
¿Quién vio tal?
Y tú, ¿quién eres?
Ya he dicho que el duque.
Pon entredicho
que lo serás, por tu mal.
¿Quién es el duque?
Yo.
Yo.
¿Qué decís?
Los dos juntos.
La verdad digo.
La verdad digo.
Vuestra confusión maldigo.
¿Quién tales enredos vio?
Ve, don Dionís, a tu casa
hasta que esto se declare.
Al cielo ruego que pare
la confusión que te abrasa.
Vamos, hija.
Aparte.
Loca voy,
mas la traza desharé.
Ni sé quién fui, ni quién soy.
Vanse don Dionís y doña Elvira.
Por mi corona real,
que si el engaño entendiera
a los dos la muerte os diera
antes que sufriera tal.
Dejad enredos y engaños
y no amotinéis mi corte,
que pondrá mi espada el corte
fin de vuestros desengaños.
Basta tanta confusión
antes que lo dicho haga.
Su alteza se satisfaga
que tengo mucha razón,
el duque soy.
Esa flor
conmigo, marqués, no es buena.
Por la Santa Madalena,
que es el duque mi señor.
Gabote, ¿no me conoces?
¿Yo a él? ¿De cuándo acá?
¿qué dices?
Dicho está ya,
no conozco, no dé voces.
Sale Mauricio con una banda en la cara y la capa del marqués.
¿Adónde está Federico?
Ya Federico acabó.
¿qué pides?
Aparte.
A él busco yo,
hice pobre, y vine rico.
Su tío soy, si algo quisieres,
pide que por él lo haré.
Descubriréme y diré
cuanto preguntar quisieres.
Mas, ¿no es este que aquí veo?
Aparte.
No es ninguno del que ves,
el salteador este es.
Saber qué quiere deseo.
Yo soy Mauricio, señor,
un salteador valeroso,
de cuyo pecho famoso
tienen tus reinos temor.
Habrá un mes que me prendieron,
procurándome la muerte,
y en un calabozo fuerte
con prisiones me pusieron.
Mandóme sacar de allí
Federico, tu sobrino,
porque hiciese un caso digno
de fama, que diré aquí,
y fue que me prometió
que la vida me daría
si a dar muerte me atrevía
a un hombre que él me mandó.
Este es el duque que digo,
tu almirante, y tu privado,
a quien yo la muerte he dado,
cual lo dirá este testigo;
esta capa le quité
que de camino traía,
y con esta espada mía
muerto, señor, le dejé,
pues que tu sobrino era
y hice lo que él me mandó,
libre de hoy más quedo yo
sin temer la muerte fiera.
¿Qué dices? ¿A mí me has muerto?
Vivo estoy, rey y señor.
Otra confusión mayor,
¿quién oyó tal desconcierto?
¿Que has muerto al duque?
Señor,
esta capa lo dirá.
Tu Alteza de mí sabrá
cómo miente este traidor,
cuando de aquí me partí
él con otros dos llegó,
y verdad es que me hirió
y que me matara allí.
Pero deparome el cielo
un hombre en el trance fuerte
que me libró de la muerte
ya cuando estaba en el suelo.
Verdad es la capa mía
que a fuerza me la quitó
y esta herida que me dio
en la cabeza me fía.
No es bueno que le mande
dar muerte, al Duque y a mí
me acometió y ahora aquí
pide la paga le dé.
¿Cómo ha podido eso ser
si de Londres no he salido?
Que es quien a mi amo ha herido
acabo de conocer.
Villano, no nos trabuques,
que mi amo dice verdad,
y eso que dices, maldad,
si el cielo no pare Duques.
Señor, la muerte le di
y testigos le daré.
Prendelde, hasta que los dé,
y se sepa si es así,
salir deste engaño quiero.
Préndenle.
Gusto de estar en prisión,
que yo daré información
si es el caso verdadero.
Dos días de tiempo os doy
a los dos, en que probéis
quién sois, porque no inquietéis
mi corte, mas desde hoy.
Y cuando en estos dos días
no lo probéis por entero,
que della salgáis quiero,
dando fin vuestras porfías.
Y porque priesa me da
mi corte, hija, y es justo,
pide marido a tu gusto,
que tu voluntad se hará.
Pide, Doña Inés, marido,
que es donde tu bien consiste.
Aquel que una vez me diste,
que otra vez me des te pido.
Al Duque me diste, y quiero
que al Duque otra vez me des.
Postrado estoy a tus pies.
Aquí estoy.
¡Ay, caso fiero!
¿Cómo te lo puedo dar
si aqueste enredo no sé?
Hasta el día aguardaré
que se tiene de aclarar.
Entonces yo lo prometo.
Esta palabra te pido.
Vamos, que lo prometido
pondré sin duda en efeto.
Vanse todos, excepto Federico y Gabote.
¡Ay, si pudiese alcanzar
esto que mi fe desea!
¿Cómo haré, amigo, que crea
que no le quiero engañar?
Eso no se te dé nada,
ni tienes de qué temer,
que pruebas no ha menester
la verdad, que ella es probada.
¿Tú eres el duque?
Sí.
¿No lo sabes tú mejor?
Pues probarte a ti es error,
que ella te probará a ti.
Tantos engaños has hecho,
como solo a ellos aspiras,
que te afean más las mentiras
que la verdad de tu pecho.
Vamos, que me importa ir,
que solo en un bien me fundo.
No hallarás bien en el mundo,
si das, señor, en mentir.
Vanse.
Salen el duque y don Hernando.
Ten compasión deste pecho
celoso y enamorado,
deste pecho despreciado
y en fuentes de agua deshecho.
Ten compasión destos ojos,
que en agua dan el tributo
a la tierra en negro luto
y al cielo en dos mil enojos.
Y cuando esto que resisto
lástima no te haya dado,
tenla, que estoy despreciado,
si despreciado te has visto.
Pide, don Hernando, pide,
que tu voluntad haré;
qué pides dime, o quién fue
el que esa gloria te impide.
¿Quién me la puede impedir
sino eres tú?
Di, ¿estás loco?
¿Yo te la impido, ni toco?
¿Cómo eso puedes decir?
No me niegues la verdad
que tú propio has confesado;
sin fe, marqués, has ganado
lo que perdió mi bondad.
Yo sé bien que a doña Elvira
la tienes en tu poder.
No te acabo de entender
y esta confusión me admira.
Di lo que te tiene así,
que por la fe de quien soy,
mi fe y palabra te doy
de darte el remedio aquí.
Das con tu esperanza alas
para volar a mis penas,
que son las palabras buenas,
pero son las obras malas.
Tienes el alma apartada
de la boca, y se confirma,
pues que de aquello que afirma
no concede el alma nada.
Eres figura que dista,
herida de estos reflejos;
tienes muy buenos los lejos,
pero bellaca la vista.
Si procuras que mi historia
refresque con vivo llanto,
basta lo que lloro y canto
este caso en mi memoria.
No quieras con dulce estilo,
pues que sé tu desconcierto,
después, marqués, que me has muerto,
llorar como el cocodrilo.
O acábame de matar,
o dame vida del todo;
no me tengas de este modo,
que será hacerme penar.
Ni sé qué dices ni entiendo
por qué me culpas así.
No es esto culparte a ti,
mas que te enmiendes pretendo.
¿No me prometiste dar
por mujer a doña Elvira?
¿Cómo tu fe se retira
y me la quieres negar?
En tu poder he sabido
que la tuviste y ahora,
como tu pecho la adora,
aguarda ser su marido.
Por tu nobleza y mi amor,
por tu padre y por los dos,
por tu cielo, por tu Dios,
por tu fe, por tu valor,
por aquella a quien quisiste
un tiempo, y así adoraste,
por la leche que mamaste,
por la patria en que naciste,
por el honor heredado
y que ese pecho recibe,
por lo que vive y no vive,
señor, en cuanto hay criado,
te pido que no te cases
con esa que adoro y quiero,
y si has de hacerlo primero,
con esta espada me pases.
No dudes en esto, cierto;
si a mis penas te acomodas,
que me verás en tus bodas,
por regocijarte, muerto.
Y cuando no te bastare
mi muerte prodigiosa,
no quede en el mundo rosa
que contra ti no se aclare;
y cuando quisieres bien,
tan ajeno de esperanza,
tengas la vana privanza
que muerte fiera te den.
Nunca goces un favor
como yo no lo he gozado,
y a un diamante, a un pecho helado
te dé por sujeto amor;
y cuando más te quisiere,
te dé olvido por tributo,
y adorne tu casa el luto
que adorna cuando uno muere.
No se goce esa mujer
que contra mí se declara,
la tierra se muestre avara
del bien que te puede hacer.
Castíguete el Cielo eterno
con deshonor, muerte, abismo,
y ten celos de ti mismo,
que es en el mundo un infierno.
aparte.
Aquí consiste mi bien,
si este me sabe abonar
procuraréle engañar,
ayúdeme el Cielo, amén.
Tu sentimiento ha podido
hacer en mí tal efeto,
que desde aquí te prometo
que no seré su marido.
Mas será con condición
que afirmes que el Duque soy.
Esa palabra te doy,
Marqués de mi corazón.
aparte.
Bueno es que busco testigos
para probar la verdad.
Y vuelven en amistad
los mayores enemigos.
Que prometes que con ella
no te casarás jamás.
Como casar, no verás
esta mano con la de ella,
si dices que el Duque soy.
El Duque eres, y has de sello,
y yo moriré por ello
si es verdad que honrado soy.
Quedas en esto.
Lealtad
guardaré por Doña Elvira.
Entiendes decir mentira
y afirmarás la verdad.
Vanse.
Salen el Marqués, y Mauricio con grillos.
Si sabes lo que puede un buen amigo,
y extremo de amistad se halla en mi pecho
que basta para serlo ser tan noble
como a voces publica Ingalaterra,
no procures hacerme daño alguno,
pues tanto bien de hacerlo te resulta.
Deja aparte testigos y probanza,
que son, sin entenderte, tu cuchillo,
confiesa la verdad de aquella muerte,
no digas que me has muerto, pues que vivo,
y sabes que es engaño lo que afirmas.
¿De qué sirven, señor, esos enredos?
Al Duque le di muerte, y es lo cierto;
testigos traigo hallados en el caso
y probada la muerte por justicia,
la vida pediré pues se me debe,
la libertad, hacienda y otras cosas
por las cuales me puse en tal peligro;
si al Duque le parece. Si procuras
engañar, con tratarle, al Rey y corte,
por mi ocasión no pienses engañarlos.
Donoso está el enredo; porque entiendas
que procuro tu bien en avisarte,
por ser mi propio bien el tuyo mismo,
escucha atento y la verdad entiende.
Sabrás que el Rey, Mauricio, te desama,
y tu muerte procura, y castigarte
desea, para hacerlo, alguna causa;
si pruebas que me has muerto con testigos,
también daré testigos que es engaño,
y no serán comprados con dinero,
cuales esos son que jurarán tu muerte.
Has de darme la cabeza, o darme el cuerpo,
que de otro modo en vano es tu probanza;
y si, así como digo, no lo pruebas,
el Rey de la palabra queda libre
y la vida te quita en esta plaza,
cuanto más, que si pruebas con testigos,
con enredos, embustes y marañas,
la muerte que no hiciste, por lo propio
jurado tiene el Duque de darte muerte.
Justicia habrá en el mundo si lo pruebo
que le obligue a cumplir la palabra
que su sobrino el Príncipe me ha dado.
No hay justicia en el mundo que tal mande,
pues es la causa y el mandado injusto;
ni el Rey puede mandarlo, y si lo manda,
bien puede el sucesor no obedecerlo,
ni el vasallo servirle en este caso;
y si le sirve queda condenado
por matador, y deben darle muerte.
Y así que por doquiera te destruyes.
Muy bien dices, señor, mas ¿cómo puedo
de la muerte que temo así librarme?
Estame atento, y te daré una traza.
con que te libres de la muerte fiera
y sanes sin pasión, que no me diste
la muerte que aseguras que me has dado;
herísteme, es verdad, pero curome
un mísero villano en una aldea
en donde herido estuve, y encubierto
confirma que es verdad lo que te digo,
pues es verdad, y sin mentir en nada,
que solo aqueso resta para darte
la vida que me pides y procuras,
pues has de saber también, que si lo haces
espero ser el Rey de aquestos reinos,
y deshacer y hacer en cuanto mandes.
Seguro puedes ir que te prometo
que sin recelo haré lo que me mandas.
En eso estriba, amigo, mi bien todo,
y la vida que pides si lo haces,
muy bien queda trazado el nuevo enredo
para probar de llano ser el Duque,
y cuando no probare lo que intento,
estorbaré que el Duque no se case,
aunque de Londres salga desterrado,
¿quedas en esto?
Y queda confirmado.
Vanse.
Salen don Dionís, el Duque con un criado, don Fernando, la Infanta y acompañamiento delante, y el Rey.
Hoy habéis de dar probado
con viva satisfacción,
quién es desta confusión
el motivo reprobado.
Hoy he de saber quién es
sin hacerme que caduque,
cuál de los dos es el Duque,
y cuál también el Marqués,
o, por mi corona os juro
que os tengo de castigar
que así imagino aplacar
del pueblo el motín perjuro;
dad vuestras informaciones
y baste ya lo pasado
porque me tenéis cansado
con diferentes traiciones.
Qué información te he de dar
siendo verdad lo que digo,
pero aquí traigo un testigo
que se te podrá informar,
este don Fernando es
noble, principal y rico
que conoce a Federico
y es bien crédito le des,
él, lo que pasa dirá.
Pues, cual digo, lo sabe,
de un caballero tan grave
el menor sí bastará.
¿Qué sabes, Fernando?
Sé,
que es el Duque don Beltrán,
cual sus partes te dirán,
y por ello moriré.
Lo demás es, rey, enredo;
la verdad se te declara,
que, a no serlo, no afirmara
lo que afirmar también puedo.
Creer puedes que el Duque es,
y estos engaños pasados
han sido, señor, trazados
por tu sobrino el Marqués.
Dame, invicto Enrique, fe,
pues no hay quien me contradiga,
y cuando alguno lo diga,
yo se lo defenderé.
Aparte
¿No está bueno el fingimiento?
¿Qué te ha parecido, di?
Que finges muy bien así,
¿quién vio más donoso cuento?
El decirlo tú bastara,
si no consistiera en más;
que con ese sí que das,
se probara y reprobara.
Pero resta que el contrario
su información también dé,
porque a los dos demos fe
por el camino ordinario.
Salen el Marqués y Gabote.
A dar información vengo,
con mil verdades desnudas,
asombrado de tus dudas,
sabiendo que razón tengo.
Basten engaños pasados,
¿de qué sirven los testigos,
si lo dicen mis amigos,
y confiesan mis criados?
Y aun en tal razón me fundo,
que en esta atrevida mengua
a mi enemigo da lengua,
para que lo pruebe el mundo.
Ese salteador valiente
que hasta aquí te había engañado,
la verdad ha confesado,
y a voces dice que miente;
y cuando esto no bastare,
al cielo doy por testigo,
que ve la verdad que digo,
y pido que la declare.
¿Tan poco merezco yo,
que crédito no merezco?
Pero aunque sin él me ofrezco
rendir a quien te engañó;
costumbre es, rey, muy usada,
lo que verdad no ha probado,
defenderse en campo armado
con el valor de una espada.
Y ya que no se ha probado,
con tu licencia, señor,
defenderá mi valor
que soy del duque criado,
y si desigual le es
por ser humilde mi ensayo,
no el marqués, salga un lacayo,
salgan dos, o salgan tres.
Que en las civiles batallas
soy un Héctor, vive Dios,
salga uno, salgan dos.
¿Por qué, Gabote, no callas?
Descálzase y le tira un zapato.
Soy español montañés.
Tomad en prendas, villanos,
ya que no guante de manos,
este que es guante de pies.
Sale Marcelo con prisiones.
Que me traigan he pedido
aquí, que deseaba hablarte,
que quiero desengañarte
de un enredo que he fingido.
Ya sabes que te conté
que a don Beltrán muerto había
y que señal te traía
para que me dieses fe.
Pues no des crédito a nada,
que fue, rey, traza fingida
por solo salvar la vida
que es de todos deseada.
Verdad es, le acometí,
como el duque te dirá,
y señal desto será
la herida que yo le di.
Si un hombre no le ayudara
que a la pendencia llegó,
sé cierto, señor, que yo
sin remedio le acabara.
Pero dejéle en el suelo
y la capa le quité,
y vine como se ve;
si es verdad, dígalo el cielo.
En confusión estoy puesto.
¿Quién vio mayor confusión?
Igual es la información
para declararnos esto.
No os entiendo.
Arrodíllase.
Ni yo menos,
que loca y sin juicio quedo.
¿De quién nació tanto enredo
en dos nobles y tan buenos?
Desdichado casamiento
este ha sido que intenté,
pues desde entonces no sé
qué cosa es tener contento.
Señor, no quiero corona,
que ese es divino misterio;
solo quiero un monasterio,
pues es lo que más me abona.
No quiero ser reina, no,
solo pido un pobre velo
pues que aquí agraviaré al cielo,
y allí serviréle yo.
Ten lástima de mis ojos
que hoy hace tres años justos
que su regalo es disgustos,
y sus gustos son enojos.
Señor, ten piedad de mí,
no consientas que lo haga,
que me pasaré esta daga
si no lo mandas así;
yo soy tu duque, señora,
tu duque soy, no me mates.
Reina, infanta, no maltrates
al que te quiere, y adora.
Señor, detenla, por Dios,
no concedas lo que pide.
Vuestra confusión me impide
que no os entiendo a los dos.
¿Quién vio tan gran confusión?
¿Quién tantos enredos vio?
Quisiera tener aquí yo,
un juicio de Salomón.
Concédeme lo que pido
pues tan desdichada soy.
Déjame que tome hoy,
el velo que te he pedido,
monja quiero ser, señor.
Hija, no tengo heredero,
y es tanto lo que te quiero
que moriré de dolor.
¡Ay, hija tan desdichada!
¡Ay, padre tan desgraciado!
¡Ay, hombre más desdichado!
¡Ay, ocasión más pesada!
¿Quién es el duque?
Yo soy;
ten lástima de este pecho
en un mar de agua deshecho.
Mira del modo que estoy,
yo soy el duque.
¡Ay, amor!
¡Ay, confusión!
¡Ay, abismo!
¡Ay, desgracias!
¡Ay de mí mismo!
¡Ay, pena, ay, rabia, ay, dolor!
Sale Doña Elvira en hábito de hombre con la cadena.
Aparte.
A muy buena ocasión llego
si diré bien que he llegado,
cuando está el pecho abrasado
con este volcán de fuego.
El enredo desharé
si lo basta a deshacer.
una celosa mujer
y una cadena de fe.
¿Adónde está tu señor?
Presente está, ¿no le ves?
Guárdete el cielo, marqués...
Príncipe diré mejor.
Mi señor, ves aquí el hombre
que te libró de la muerte.
Aparte
Mas quisiera nunca verte.
Es, aunque mozo, de nombre.
Aparte
Perdido soy, ya se aclara
mi traición. Seas mal venido.
Si me tienes conocido
y no te engañó la cara,
toma esta cadena y sello
que allá en el monte me diste.
Aparte
Basta ya lo que dijiste,
pues me perdiste con ello.
En él fijadas las armas
de Ubalia verás, señor.
Es mozo de gran valor,
con todos puede hacer armas.
Allá la vida me diste,
cuando, amigo, me ayudaste,
y aquí con esto manchaste
la merced que allá me hiciste.
Baste el enredo que ves,
baste, rey, la confusión,
que, sin que me des perdón,
confieso ser el marqués.
Por querer bien a la infanta
esta confusión urdí,
que no solamente a ti,
pero a tu reino le espanta.
¿Que es posible?
Extraña cosa.
Por habello confesado
quedas de mí perdonado.
Dame tus pies, prima hermosa.
Mis brazos, primo, te doy.
Loco de contento quedo,
pues que se acabó el enredo
y sabéis todos quién soy.
Fui hasta aquí tu enemigo,
pero ya dame los brazos.
Abrázanse.
Ya te enlazo con mis lazos;
de hoy más me ten por amigo.
¿Luego tú el príncipe has sido
a quien yo herí? Caso extraño.
Perdona, que del engaño
tu talle la causa ha sido.
¿Pues luego no eras el Duque?
Verdad es que no lo era.
Arrodíllase.
¿Que es posible? ¡Afuera, afuera,
antes que el mundo trabuque!
Reniego de tu vil trato
y de tu falso entredicho,
desdígome de lo dicho
y cálzome mi zapato.
Mi señor, perdón te pido,
pues como falso criado,
no tres, mas mil te he negado,
y mi engaño he defendido.
Con mucha culpa me hallo,
mas basta mi confesión,
y pido me des perdón
pues que no ha cantado el gallo.
Yo te perdono, levanta,
del contento loco estoy.
Yo, y todo turbado voy
con lo que a todos espanta.
¿Cómo no eras el Marqués?
El Duque soy.
Caso extraño,
gracioso ha sido el engaño,
dame, señor, esos pies.
Los celos que había tenido
pienso que son ilusiones,
pues tras tantas confusiones
veo el engaño en que he vivido.
Ahora sin temor podré
gozar a mi doña Elvira.
Tu fingimiento me admira.
Después te lo contaré.
Dale, hija, al Duque la mano.
El alma y mano daré.
Premio es igual a mi fe,
pues gano tanto.
Yo gano.
Ya, don Fernando, he cumplido
aquello que prometí,
¿estás contento?
Yo sí,
que ya el engaño he sabido.
Pues lo que encubierto tuve
bien será que lo descubra,
y que a mi sol no le cubra
de nuevo engaño la nube.
Hijo de don Pedro soy,
rey ilustre de Castilla,
heredero de su silla,
adonde llamado voy,
Con mi padre algo enojado
vine donde me veis, cierto,
y sé que mi padre es muerto
y sé que su reino he heredado,
allá con mi esposa iré.
Aunque desdichada he sido,
dichosa con tal marido
de hoy adelante seré.
No dice tu ser mentira,
aunque encubierta esté más;
tú, marqués, te casarás
hoy propio con doña Elvira.
¿Qué es esto, cielo, que he oído?
Señor, no le des el sí,
que me das la muerte a mí
si das el sí de marido.
Acuérdate, pues lo viste,
lo que por ti vine a hacer,
y dámela por mujer,
pues ya me lo prometiste.
Prometíte que lo hiciera
si con la infanta casara,
y si esa gloria alcanzara
no dudes que lo cumpliera.
Pero, pues tan mal se labra
mi intento en su pecho bello,
ya que no he alcanzado aquello,
libre queda mi palabra.
Busca tú por otros modos,
que yo tomo lo que hallo
y pues merezco alcanzallo,
bien es remediarnos todos;
yo la quiero por mujer,
y soy muy dichoso en ello.
Aparte.
Colgado estoy de un cabello,
pero, ¿ya qué puedo hacer?
Tome el mundo ejemplo en mí,
guardando lealtad en todo,
que a un traidor de cualquier modo
le dan la paga que a mí.
Dos deudas es bien concluya,
pide la tuya primero.
Que me des en pago quiero,
señor, esa mano tuya;
doña Elvira soy, que así,
por don Hernando sabido,
donde ibas te he seguido,
favoreciéndote allí.
¡Oh, mala hija!
Detente,
que en ella ya no hay que ver,
pues sabes que es mi mujer.
Callo, pues que se consiente,
Mi mano te doy de esposo.
Y yo te la doy de esposa,
que no hay mujer más dichosa,
ni hay hombre menos dichoso.
Vase Fernando.
Con licencia, el rey, mi tío,
yo te perdono la vida.
Licencia te es concedida.
Tuyo es el ser, y honor mío.
Señor, pues gozas en paz
el reino, memento mei;
caballerico de un rey
fui un tiempo, aunque en agraz;
serelo ahora en vida.
Sí.
Guarde Dios tu majestad,
ya vuelvo a mi gravedad
y vuelvo a salir de mí.
Pero ¿cómo podrá ser
que Esperanza en conclusión
es mi mujer, y sin don
no puede ser mi mujer?
O concédeme un buleto
para casarme y dejalla,
o procura, rey, de honralla.
Nobles os hago y lo aceto.
Siempre tuve confïanza
de verme honrado por ti;
ya soy noble, y lo es por mí
mi señora doña Esperanza.
Vamos y coronaremos
al Duque por su valor,
que con tan buen sucesor
contentos es bien que estemos.
Ya los grandes prevenidos
para serviros han llegado.
Acabando aquí, senado,
los contrarios parecidos
y confusa Ingalaterra,
con desdicha venturosa
de la historia más grandiosa
que en los anales se encierra.