帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Las bodas de Rugero y Bradamante. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/las-bodas-de-rugero-y-bradamante.
Comedia de las bodas de Rugero y Bradamante. Figuras siguientes:
El emperador Carlo Magno
Roldán
Reinaldo
Rugero
Oliveros
Amón, padre de Bradamante
Dos cortesanos
Un alcaide
Dos guardas
Melisa, maga
Marfisa
Bradamante
León Augusto
Y Falea, criada
Cuatro soldados
Teodora
Dos criados suyos
Un criado de León
Primera jornada. Salen el emperador, Roldán, Reynaldos, Rugero, Amón, Marfisa y Bradamante.
No poco gusto y lustre, compañía,
verme en la corte en hora semejante
mirando tanta gala y bizarría
de hermosas damas, de uno y otro amante;
solo nos falta quien, cual este día
lo pide y quiere, un tanto se adelante,
y bullan fiestas de que ya hay deseo
de alguna justa fácil o torneo,
y rinda la del pariente y de...
hermana bella de mi flor debida
porque los veinte días festejada
que no ha de ser acaso, ni de priesa
y de Rugero la famosa espada,
hermano de la ínclita Marfisa;
gozan me en su favor los de esta corte
que ya he sentido su agudeza y corte.
A vuestra majestad suplico sea
el juego por agora diferido,
que a alguno no venimos de librea,
por lo que ya señor habrá sabido,
ni de mis sentires la idea
pues tanto como a todos le ha dolido
la muerte del famoso Brandimarte
que a todos ha cabido tanta parte;
amigo tan amigo donde estaba
el arte de las armas en su punto.
Ni yo suplico menos, que el de saba
famoso carlos por el mismo punto.
Ni yo, señor, que a Brandimarte honraba
como a señor y hermano, todo junto,
y el valor de su espada conocía
bien envidiada un tiempo de la mía.
Las bodas se harán más adelante
en honra del felice casamiento
de Rugero y mi hermana Bradamante
que ya retrata y tiene muy a cuento.
¿Cómo que será eso? (Empe) Amón está ignorante
de lo que el mundo sabe y es contento.
Bueno, por Dios, señor; ya no son nada,
pero mi hija tengo ya casada,
y cierra quien pretende lo contrario
que no es hija del mundo sino mía
mintiendo le dará lo necesario
quien trata su negocio en otra vía.
Que no salió de seso temerario
ni fue por ilusión de fantasía
tuyo señor el acordar nor dello
que ya está hecho por quien pudo hacello.
Quien si no yo presente le tenemos
digan si y no los que con Rugero
cuyo valor y prendas conocemos
trato delante tanto caballero.
Paso, señor, que todos entendemos
que el camino más cierto y verdadero
es que mi padre en tal negocio tenga
para que en debido efecto venga
y no por eso dejará de hacerse
visto que en ello la palabra he puesto
que no hay por dónde deba de atrás volverse.
Amiga Bradamante, ¿qué es aquesto?
Ello, señora, deben de entenderse
según el uno y otro presupuesto
de que yo nada entiendo aunque me toca.
Yo sé que tiene Amón razón muy poca.
Amón, ¿qué decís vos? (Amón) Señor, diría
que tengo hijo, y yo para mi muerte
de condición muy otra que la mía
pues huyen de su propia buena suerte;
yo tengo dada la palabra mía
a quien me la pidió con nudo fuerte
con que a ello obligue, y esta mi vida
en ver esta palabra ser cumplida,
y no porque a Rugero halle indigno
de serville con cosas de mi gusto
que es caballero y de mi al lado y dino
mas se funda a menos que en lo justo
mas ha de por medio costantino
y el príncipe león su hijo augusto
que nada perderé de su derecho.
Y o me normi palabra y botón hecho.
Paréceme estaría con Rugero
La hermosa Bradamante, bien casada
por ser con vos, sabéis, tal caballero,
aunque no tenga más de aquella espada.
De vuestra majestad aún más espero,
mas tiene a Amón, señor, su fe obligada,
y si de punto pierde, en no cumplillo,
será cierto querer contradecillo.
¡Ay!, ¿qué Rufjero habla, qué le mueve,
Marfisa bella, más que de cumplim[iento]?
Y hace Bradamante lo que debe,
que conocido está su buen intento.
Pues que el príncipe León puede en breve
hacer en Montalbán de oro el cimiento,
lo que Rufjero no podía, de cobre,
por ser, como será, de un hombre pobre.
Esa pobreza quiero y agradezco.
Y mi palabra, de León guardada,
y en la fe y en la honra de merezco...
Padre y señor, la mía fue antes dada.
Ésta es firmeza, hermano, agradezco,
y por mí te será muy bien pagada.
Adonde hay tal ingenio y tal prudencia,
muy poco hace al caso mi presencia.
Ni yo quiero enfadar ni ser pesado,
donde en esto puedo poco o nada.
Vase el Emperador y Rufjero.
Muy bien puede, señor, ir de agrado.
Y yo me voy, señora, desquitada,
que vuestro padre está determinado.
Y yo, señora, más determinada,
mal conocéis de amor, Marfisa mía.
Vase Marfisa.
No sé, por Dios, señor tío,
qué falta halláis en mujer,
quién de le tal caballero...
Hago su negocio mío,
y a las riquezas paráis,
que son bienes de fortuna.
Sobrino, cuenta ninguna
hago de lo que pensáis;
que bien podía Rufjero
con su buena diligencia
ganar más que por herencia
tiene el de Grecia heredero;
que conozco su valor,
más que se puede saber,
si se de satisfacer,
en lo primero, mi honor.
Pues por vida de quien soy,
que tengo de ver cumplida
la que a Rufjero, prometida,
de que otra vez se la dio;
y cuando no se me conceda,
haciendo lo que de aquí debo,
por tiro y intento que llevo
de efeto, como de rueda,
que tengo en muy poco o nada
mandar desde aquí ensillar
y a la Grecia no parar,
donde está esa fe obligada,
y a fuerza de robligalla.
Vete, arrogante y insolente.
Harélo muy fácilmente,
pues otro medio no se halla.
Vase Reynaldos.
Y notan bien lo hiciera,
pero entiendo que haréis,
señor, lo que hacer debéis,
por lo que de vos se espera;
y como más sea su gusto,
de Bradamante, mi prima,
en mi señor no se estima
más de un querer lo que es justo,
y mi padre lo conoce.
O lo podría conocer,
que si no lo quiere hacer,
que a su león se arreboce,
que me ha querido tener,
y le hemos de arrastrar,
y por cualquiera lugar
sacar los corazones.
Dejo, no sé decir nada.
Que ya yo sé todo el cuento
y no hay para mí encelamiento,
que entiendo toda celada;
miradme, prima, con ojos
que...
que haré buena la que se
grande obediencia promete,
señor, mi prima, Amón, y enojos.
Yo, enojos, nunca los quiero,
que yo las haya de dar,
que en mí no se ha de hallar
menos que un pecho de acero,
fácil a cualquier amor,
que os diera más gusto a vos.
Contentado me has, por Dios,
humilde y soberbia, hermosa.
Basta, señor don Roldán.
La humildad reniega en fuerza.
Cuando de mi justa fuerza
de que proceda el Galalón,
príncipe, a la que ser veis
por esta vez y carida,
donde no me lleve nada,
ni haya a nadie menester;
que Rufjero hallará
en Francia cuanto quisiere,
y si en mayor descuidare,
que de mí esperar podrá.
Todavía dais en esto.
Cómo queréis que no dé,
si de otra forma no sé
salir con mi presupuesto.
Pues, señor, veráse bien,
y a todos estos señores,
que son vuestros servidores,
que platicarán tan bien,
y Dios, que es el principal,
que ha de dar su voto en ello,
que para sin Dios hacello
no hay más que mirallo mal.
De Dios lo confío yo,
y en su voluntad lo dejo,
y de mi hijo me quejo,
porque sin Dios lo trató.
Antes muy con Dios estaba,
y con un siervo de Dios,
y otros pecadores dos,
que de este negocio trataba;
y aun son, os dijo primero,
de cuánto efeto sería
la felice compañía
de Bradamante y Rufjero.
Prima, entiendo que voy bien.
Con Dios decir que sería
sin esta voluntad mía,
y de Marfisa también.
Ahora dejemos lo estar.
Vamos, señor, adelante.
Yo me llevo a Bradamante,
que quiere a doña Alda hablar,
y allá os espero, señor,
para que cenéis conmigo,
y de eso es Dios testigo:
aconsejaros mejor.
Tentar quiero a vuestro padre.
Vaya en buena hora, do va,
que en llegando voy allá,
en cuanto hable a su madre.
Vase Amón.
Fuese, por Dios, apartelo
de vuestra conversación.
Ahora me da el corazón
de vuestro mal o buen celo.
Señor, para decir verdad,
en más estimo mi gusto
que el gran empeño de Augusto
y ir contra mi voluntad.
Y es que también llevo mal
el ausentarme de Francia,
teniendo por más ganancia
ser pobre en mi natural.
Porque veis bien a Rufjero.
Yo, señor, ni mal ni bien.
Ya me quisiera tan bien
alguna por quien yo muero;
por nuestro señor que estáis,
prima, muy corta conmigo...
Que no le quiero bien digo.
Si por ay le hallays
y si las señas os diese
del amor que le teneys,
las señas quedar podeys.
Podría ser que me riese
que sale sol con Marfisa
cuando la via encumbrada
del celido estimulada.
Que aquesto es cosa de risa
y aun deseo de probar
su fuerza de aquella fuerte
y allí le diera la muerte.
Volveos a desenojar
que aunque es lo que el cielo adura
de Marfisa antes la quiero.
Por ser manada de Rujero
que mi opinion asigura
que del caballo Frontino
puedo tan bien decir yo
que y pal caso le llevo
que es testigo fidedino
cuando en la casa de Alcina
estando Rujero preso
que perdiera de su seso
por dalle la medicina.
Digo que fue amor de paso
de lo cual yo no me acuerdo,
pero ¿de cuál hombre cuerdo
se dio la noticia acaso?
Porque en tiempo semejante
que es el punto en que me fundo
no estaba de ese en el mundo.
Pasó no más, Bradamante,
luego dais en mi locura.
No hago tal en verdad.
Yo os a pornía voluntad
dar devría vuestra ventura
que sacare de la corte
a Rujero, aunque es mi amigo,
como a vosotros su enemigo
el príncipe griego importa,
dando lugar que se haga
el tratado casamiento
con que Amón quede contento
y conseratís faga.
Pues ¿qué me decís de Rujero?
que el talle que veis de Francia
siendo de tanta importancia
en la corte un caballero...
Aunque le vea yo ver
en el valle de las uela.
Yo lo contrario os ruego.
Aun por ay callaré
¡oh prima!, que no hay negar
lo que a Rujero queréys.
Ni aun en amor me daréys
quien sepa disimular,
y ninguna más favor
me puede hacer que vos,
tras de que lo pido a Dios,
que sabe lo que es mejor.
Pues que estáis dudando
y recelando os de mí,
ya vamos de aquí
a la parada hablando.
Vanse y sale Rujero arrebozado de noche.
Seáis maldita eternamente,
fortuna varia y triste,
que tan mal correspondíste
con el gusto de la gente;
das a uno la riqueza
que no ha de della curar,
haces a otro ayunar
con mil prendas de nobleza.
Entra Oliveros.
Señor Rujero, ¿qué es esto?
Que, Oliveros, ¿has con gusto
que sea el príncipe augusto
a vuestro amor antepuesto?
Si lo permite su Dios,
¿cómo lo podré escusar,
de quien me habré de quejar
si discordamos los dos?
Y que a León, al fin, León,
ya quisto que gran renombre
y os tengo deudo el nombre,
y al talle la estimación...
Ora bien, esto dirá
no sea más que yo deseo.
Vase Oliveros.
Ya si el pensamiento veo
que mi negocio tendrá
y en que este príncipe muera,
mas hay quien es importante
para quien es Bradamante;
¿qué príncipe la quiera
que el amor muestra quién es,
en tener el pecho lleno
de un pensamiento tan bueno?
Pues busca tanto interés
el negocio, está en saber
si él sabe que Bradamante
tiene un Rujero amante
que la pueda merecer,
y más del que yo intento,
pues cuando más meresca,
no ha de un imperio se ofrezca.
Entran dos o tres, unos, y apartase Rujero.
Juega a los quinos Antón,
no hay culpa si con es dada,
que la quieren dar casada
con príncipe de valor.
Que un ríe y pobre mozo
y el día de hoy la probeta
es en yda por billeta
y aun en el más caballero.
¿A qué se atreve Macón?
Ya no vale de edad.
Yo lo confieso en verdad,
que el tener es de opinión.
Y Bradamante consiente
a darles su parecer ello
y por fuerza ha de hacello
que es hembra, aunque valiente.
Vanse los dos o trezianos.
Ha salido el punto de esto,
no se trata de otra cosa.
Salen Roldán y Reynaldos.
Será la ocasión forzosa
si me arrojo con el trecho.
Quiero a Reynaldos probar
y escucharles intento.
Que busque, busque mi padre Aymón
ocasión de me inquietar,
suya será, vive Dios,
aunque se pierda el respeto,
pues quiere en un efeto
que se quiebren cien cordos.
De esto del quererse bien,
primo, no se adivina nada;
sé que estaría bien casada
con Rujero, Reynal, y yo también
que no conozco aquí
lo que Rujero merece.
Mejor dijeras padece
a saber lo que hay en mí.
Pues, ¿qué pretendéis hacer?
Ir, Reynaldo, a mi padre
y consultar con mi madre
lo que en esto sea de hacer.
¿Qué responde a eso mi tía?
Está peor de ablandar
que si fuere a casar
con reyno de mesoría.
Ya lo podían ablandar
y mirar lo que es mejor.
Yo voy al emperador
por si le podré hablar.
Y yo hablaré con mi hermana.
A Bradamante de falda
que ahí queda con doña Alda
por estar con su yrmana.
Pues vámonos juntos.
Vamos.
Vanse Roldán y Reynaldos.
¡Amor, sufres y callas!
Pues yo pretendo hablallas,
por tantas pasiones vamos
de lo que ha pasado aquí,
me espanto en tiempo tan breve.
que nadie en París se mueve
que yo no trate de mí.
Que de Roldán no me espanto,
ni de Reynaldos, si hablan,
que al fin mi negocio entablan
que lo han procurado tanto.
Las ocho o las nueve han dado,
que es hora ya de cenar.
¡Ay, Palcán! O qué do hablar
para enviar un recado
a la ventana del huerto
desta casa de Roldán.
Y mal sino que estorban,
y aún sale en efeto cierto.
Cubrirme quiero, que salen,
no será Marfisa, y
que debe de estar aquí.
Salen a la ventana Bradamante, Marfisa y Palcán, y éntrense los dos, y Palcán.
Ahora los votos se igualan,
y si a mi hermano Rugero
faltare en Francia favor,
para con ese señor
verle casado no quiero.
Cuanto más que bastaría
el voto más importante,
que es el vuestro, Bradamante.
Basta ya un sobrar de brío.
Y Palcán, mata esa lumbre,
que nos verán de la calle,
que a alguno veo de talle
que nos dará pesadumbre.
Sentido me han, cubriréme.
Al lado de la ventana...
¿Qué demonio? ¡Está mi hermana!
Porfía, enojaréme.
Caballero, ¿hay por aquí
algún entretenimiento
que muda vuestro asiento?
Que no le muden de mí,
yo me voy.
Ya os conozco.
Cierto de ese caballero,
ha de ser, ah, Rugero,
que la pluma reconozco.
A gentil hombre asenor,
vuelva a ver de dónde no es él.
Permita el hado cruel
cualquier ultraje e invención.
Soy mujer hoy, y aquel
que el mundo por mí conoce,
a quien con no conoce
que no me conocen.
Y yo, hermosa Bradamante,
que, si no es en mi fortuna,
que tiene firmeza alguna
con un casar constante,
y como el cielo derrise
que mi presunción se baje,
y en cuanto duermen salvaje,
que duele ser semejante.
No quiero vuestras ternezas
suelto con el dolor
de tanta vuestra valor
tan bueno entre los buenos.
Porque le comprendéis do
lo que podré mal del
que es caro, la fiel
de mi sabida hacienda.
¡Ay, mi señora! ¿Y qué alma
ha de mezclar su deshora,
un poco lugar y hora,
para hablaros que quería?
Sí, señora, dáselo,
y, Palcán, vámonos de aquí.
Lo que al cielo de a...
lo que, y amida el cielo.
Vase.
Rugero, cual siempre fue,
tal en buena o mala suerte.
Os serví hasta la muerte
con el mismo amor y fe.
Y antes en el bien y mal,
y en la rueda de fortuna,
si verán mudanza alguna
que me conozcáis mudar.
Con pena o con firmeza,
que de mi entón... no ha sido,
nunca puede ser movido,
tal en vuestro amor estoy.
Y hago testigo a Dios,
de que la hacienda me enfada,
y otro empeño no me agrada,
sino el que no tenéis vos,
y ansí confiad, Rugero,
que en esta vuestra ciudad,
un muro hay de voluntad,
que no le rompe dinero.
No más amor con menos experiencia,
que dará eternamente esta efeción
un corazón que busca la clemencia,
viniendo ya del mal en el remedio,
con tal seguro llevar a paciencia
lo que señora con trajín de denso,
fortuna en mi provecho despusiere,
que ya no tengo por qué desespere.
Y ansí mi alma en tanto solo os pido,
os acordéis que amé en cuanto grado
la razón de que os amé habéis tenido,
y tengo, y ordenó mi duro estado,
que de otro amada nunca ha sido
su amor con tanta fuerza comprobado.
Ni aún creo tiene el mundo caballero
que os haya de servir como Rugero.
Que os satisfacéis con todo aquesto,
que en esta parte os tengo declarado.
Mi alma, no os quería ver molesto.
Más temo como como buen enamorado.
Pues desta duda os sacaré bien presto.
Que la hora que en palacio abrían era.
Y ve Palcán, llama mis criadas.
¿Cuál de criadas? (las que estuvieron apresadas).
Pide.
Vase Palcán y vuelve luego y digo.
A mostrar lo que él tengo en pensamiento.
¿Y adónde luego, Bradamante?
Aquí podréis, con mi...
Marfisa, ir a su hermana como el viento.
Y Palcán o quiere otros testigos
que os diga lo que hoy sacó y rento.
Delante todo el mundo, oíd, Marfisa,
que presto acabaré, y voy de prisa.
Nos vamos, Marfisa, ya de aquí adelante
tenéisme ya entendido, caballero.
Todo repara, hermosa Bradamante,
en vuestra voluntad, ni es de Rugero.
Todo repara en dicha de la amante.
Y luego valor y prendas considero.
Todo repara en vuestra buena andanza.
Y en que tengáis de mí más confianza.
Señora Bradamante, ya concluyo y espero.
Adiós, Rugero, mi... y hasta mañana.
No se repone caballero allá siquiera,
o por acá o por allá de mi hermana.
No, no, señor, ¿quién más que yo quisiera,
sería darlas la casa abierta y llana?
Catorce días que amor ni un padre tiene.
Y esto es lo que al negocio no conviene.
Ay podréis estar, hermana, hermano al paro.
Vanse y queda Rugero.
Paso se va de mi pasión amarga,
que de un contento solo saco ocaso.
Tras de una ausencia tan prolija y larga.
Y que tenga amor en este caso,
y el ser de mi justicia se recarga.
Pues sabéis en armas quién soy siempre,
y cuantas ocasiones he vencido.
Rebózase y pónese a un cabo, y salen Roldán y Reynaldos.
Bien está el emperador
en que negocie Rugero,
mas quisiere yo ser primero
de mi prima la exterior.
Que yo lo sé, y esto baste,
que su voluntad me allana;
pésame y pena, mi hermana,
de que a tal tiempo se gaste.
Y aun a todo el mundo pesa.
Salen Bradamante, Marfisa y Palca.
¿Quién va, quién sale de casa?
Mi señora, ¿qué pasa?
Salta Palca a su priesa.
Señoras, ¿dónde a tal hora?
Allá, hermano, os lo diré.
Algún secreto será.
¿Cuál Marfisa es, mi señora?
Acaso me hallé, señor,
con mi señora doña Alda.
Y ella viene, y Roldán no le falta.
Que cenaremos mejor,
vamos, que hacemos aquí.
Marfisa, ¿es Rugero aquel?
Señora, entiendo que es él.
Bien cierto tuve de mí
que todo estará muy bien.
Rugero mi bien pretende
y el príncipe lo ruega y atiende;
a mi voluntad también
yo la sabré igualar.
Dígalo, y en concluyendo.
Y vuestra jornada desmintiendo,
que se había de consolar.
Dígalo, y Reynaldos, ¿quién erais?
¿Qué del correr arrebozados?
¡Oh pobres enamorados,
siempre destos me reí!
Ánimo, señor Rugero,
todo es vuestro en mi conciencia.
Ánimo tengo y paciencia,
que soy muy buen caballero.
Vanse todos y queda Rugero.
Paciencia tengo sobrada,
ya fuerza habré de tenella,
si se ha de hacer con ella
tan toda esta jornada.
¿Aquí no hay más que hacer?
Dar, ricos, quiero elegir
para de mi mal huir,
que ajeno no puede ser.
Apártase a un lado y entra el emperador, y Oliveros y otros los más que pudieren.
Basta que está la corte alborotada
con este casamiento de Rugero,
y tiene la más gente aficionada
en verle tan humano caballero.
En darles lo que es suyo no ha sacado nada.
Si amor le da su fuerza, empe, de él espero
la intención resoluta para en dando,
rematar el negocio, acomodándolo.
Entra Bradamante y Marfisa, y Palca, y Roldán y Reynaldos.
Gente sube, emperador, mirad quién.
Es Bradamante y Marfisa.
El negocio va de prisa,
y a mí me parece bien.
Entran los dichos y hacen su acatamiento.
Señoras, ¿hay algo nuevo
en que os pueda servir?
En mí no hay nuevo que decir
salvo hacer esto que debo.
Fueron mil trabajos todos;
siempre acudo a vuestra alteza
que nuestra naturaleza
dio, diré por varios modos.
Y a mí esto de las cosas pido
que una merced se me haga,
la cual mejor sabe, y paga
para en todo lo servido.
Demandadlo, os está llano,
pedid lo que os diere gusto,
nunca pediréis injusto,
aunque estuviera en mi mano.
Es, señor, lo que demando
que el que mi esposo ha de ser
me sepa en campo vencer
a mí y a él peleando;
que quiero tener marido
aun mejor que yo en efeto
para tenerle respeto
y que sea de mi servido.
Y si a mí toca el ganarme,
quien de mí se defendiere,
de sola yo sea quien fuere,
que a tanto quiero obligarme.
Por Dios, decís sinrazón,
y aun si pido se os conceda,
que no hay de sí que no pueda
pretender vuestra afición.
Mas ¿qué queréis que mande
en lo que, señor, se ofrezca?
No hay cosa que no merezca,
porque su valor es grande.
Vuelvo de lo que ha pedido,
gánela muy por la lanza;
quien della tiene esperanza
buscado ha nuevo ruido.
Su padrino quiero ser.
Y yo, invictísimo señor,
su madrina, de favor,
con que pretendo vencer.
A fuerza de vuestros bríos
del mundo podéis triunfar,
los cuales me habéis de dar
para unos y mil abrazos.
Ahora, idos a reposar.
Más propia para cenar.
Paso, en casa cenaremos,
hola, pida su recaudo.
Señor, a mi casa van,
y esto está de recaudo.
Pues id en buena hora a Dios,
que mañana volveremos.
Vanse.
Ahora conoceremos
d'esos pretensores dos.
Venga cada cual valiente,
gánela a fuerza de brazos.
Y si saliera desabrido,
presto tuviera combatiente.
Y quien tan dino de fama
soy como el emperador.
Y yo que tan merecedor
soy de los brazos desta dama.
Si por mis brazos lo habéis,
señor primo, vuestros son.
Pasó vuestro padre Amón;
suplícoos que le calléis,
que de saña viene lleno.
Sale Amón muy colérico.
¿Adónde está Bradamante?
Agradece a quien delante
tienes, que el respeto debo,
siendo yo ya informado
que en esta calle hoy...
Y pero pues vas contra mí,
y en pena de su pecado,
de aquí te quiero llevar
adonde nadie te vea,
hasta que vengado sea
de quien me quiere ultrajar.
Oh señor, que en el estáis,
Suplico que me calléis.
Y estas mis canas miréis,
que al fin, señor, la tenéys.
Acuala y dice Rugero que había estado atento a todo.
¡Vive el cielo, padre cruel,
que estaba por darte el pago!
Y si agora no lo hago,
es por usar mejor dél.
Vámonos, tira él, nosotros...
¿Cómo, que ansí le dejemos
y que tan poco podemos?
Vanse todos y queda Rugero.
Entra Fidelino.
¿Qué habéis de poder vosotros?
Yo lo habré de remediar,
con llevalle desta suerte,
dando al príncipe la muerte
que me la pretende dar.
¡Rugero, por Dios eterno,
de tomar luego un caballo
y de partirme a buscallo,
aunque esté dentro el infierno!
Que quitado de delante
este mi competidor,
podré negociar mejor
con Amón y Bradamante.
Y luego esta noche iré.
¿Estás ahí, Fidelino?
Señor, sí.
Ensilla a Frontino,
mas vamos, que yo lo haré.
Jornada segunda. Tocan cajas y sale el príncipe León y algunos de batalla.
¡Cómo, soldados, hay tan poca industria
en todo aqueste ejército, que en vano
se apropinicuó a batir un solo puente
en el río que defiende Nadio!
¿Qué veis, que a dos mil búlgaros puedan
reírse de nosotros a tal tiempo,
cuando mi padre nos está mirando?
¡Al arma, amigos, a las armas presto!
Y yo tomaré un leño y otro...
fagina y madera necesaria,
calando hasta la cinta por el agua,
porque tengáis en mí notable ejemplo.
Confiamos, no está el punto en eso,
sino que por la parte del contrario,
un solo caballero nos impide,
agora nuevamente aquí venido,
que así se arroja y mete por las armas
como si fuesen blandos, tiernos juncos
que orillas desta selva el vado cría.
Noticia tengo dese caballero.
Viene sobre un caballo furioso,
gallardo, soltador, recio: Frontino,
que hace bien su parte en la refriega;
armado viene de cintas y picado,
y para divisa un unicornio blanco,
en campo colorado... León, ya le viste,
y aun he estado mirando de propósito,
que de afición no poco me aprehenda,
aunque mis gentes viene destruyendo;
con él lo subator, y para siempre
tendré en memoria su famoso estrago.
Tocan adentro a recoger.
Pero ¿qué es esto? Tocan nuestras cajas
a recoger, a recoger, vamos de huida.
Sale un soldado con la espada desnuda.
¡Oh caso temerario! Agora acude,
que búlgaros publican ya victoria,
y el campo nuestro vuelve deshuido
a causa del valor de un caballero,
en cuyo rostro o ámbito él desmaya,
y en cuyo brazo, esa gallardía y fuego,
rudo, oh único hijo de la diosa,
famoso en el herir, espada y maza.
Ha muerto a Clodio, al capitán Arnesto,
y porque concluyamos, viene haciendo
en el resto que topa grande estrago.
Sale otro soldado herido, con una espada.
¡Válgame Dios, el cielo me reciba,
que un llanto extraño hallo acogimiento!
Perdido el campo y perdido todo.
A retirar, soldados, ¿veis las cajas,
que apenas se oyen por estar ya lejos,
y estando aquí esperando vuestras muertes?
Recógese, León, príncipe amigo,
que tu padre está puesto en gran cuidado,
pensando que ya faltes, león noble y espanto,
que no ha podido al fin calar el puente.
Juntando leño a leño y barca a barca,
al fin recesó muriendo mucha gente,
y el general de búlgaros, Bretano,
en el tropel primero dio el espíritu
a su Hacedor. Murieron también otros
de gran fama, de valor y prendas,
y ellos también murieran hasta uno,
un demonio no acude que invistiéndose
desbarata la banda de los nuestros,
que por un dios adoran todo el coto,
y a la fortuna bajo él protegían,
y la voz de victoria, puerto al labio,
acuden al favor los de su bando,
donde verás, señor, heridos unos,
y otros querer salvar la vida en vano,
y en las aguas su sangre sudor beben,
rindiendo al cielo las medrosas ánimas,
al efin, señor, el bien se ha trocado.
A retirarnos llama el bando y cajas,
vamos, señor, en qué nos dilatamos,
que más espacio del que el tiempo pide.
Vamos, Gergar..., que con esta vida
quiero añadir si ser pudiera a todos.
Quiere andar el soldado y no puede.
Andad, señor, que todos os seguimos,
vaya, y medios, no puedo andar un paso,
yo debo de tener el pie herido,
y con la pausa el frío le ha ocupado,
aquí será posible ser mi muerte.
Al fin, ya yo no puedo mover paso.
Vanse todos y queda el soldado herido, y entra Rugero colérico de la batalla.
¡Vive el Señor, cobarde y infame gente,
que al haberme arrojado del caballo,
que ha de ser para más perdición vuestra!
¡Tened, cielo, piedad del alma mía!
Perro, traidor, dime para qué quieres...
el que las riendas ambas me cortaste
y volar del caballo me hiciste,
que en tus sobreseñales te conozco.
El caballo me coges y no quieres
que aquí te acabe como no camines.
Bien fácilmente, y, ilustre caballero,
hiciera tu mandado si una herida,
que ha sido causa de que te esperase,
lugar me diera de poder servirte.
Y, ¿acaso has visto a León Augusto,
que en esta gran batalla se ha escondido,
si no lo hace la desdicha mía?
De aquí se fue, señor, en este punto,
obedeciendo el orden de su padre,
que a sobrado valor se ha puesto miedo
y cajas sin razón con que se mueve
sin llevar hecho agravio.
Las señas dél me da dese príncipe,
que del otro ya las he tenido.
Señor, lleva unas armas que al lado tuyas,
y en el escudo una divisa verde.
Ya entiendo, o la divisa es de esperanza.
Lleva en ella las lises de madama,
que es la dama francesa, según dicen.
Paso, no digas más, que es la de acara...
que a pie le he de seguir cuando el caballo
ya no pueda coger...
Remedio bendito,
que deste caballero me ha librado.
Muy mayor sujeción en el campo griego,
agora me iré y poco a poco,
que en boca del contrario oigo victoria.
Aun me podría ser bien necesaria
aquesa, cuan dudosa esté esperanza,
por ver de la fortuna su mudanza.
Salen los del bando contrario, búlgaros.
¡Victoria, amigos, victoria!
A búlgaros salgamos,
y la corona pongamos
al más digno de la gloria,
aquel ángel que ha venido
en nuestra ayuda y favor,
porque su industria y valor
más que un reino ha merecido.
Y pues murió el general
y rey nuestro en la batalla,
búsquese para alaballa
un otro tan principal,
y reine luego por mí,
que por los votos que hay
desde aquí el voto le doy,
como al otro se le di.
A todos nos está bien,
conviene que le busquemos,
para que le hallemos,
no de buscarnos el bien;
pero ¿adviertes el que pasa?
Sale Rugero y dice.
Que estéis, soldados, desconfiados,
y a tu valor obligados.
Que bando muy de tu casa
búlgaros somos y amigos
y despuestos servidores
de los que llamas menores,
no cual piensas enemigos.
Aquel griego levantado
sin justicia ni razón,
no con otra pretensión
que de tomar a Belgrado,
quisímosle defender,
y en vano se procurara,
si tus fuerzas nos faltaran
con que pudimos vencer.
Ansí vista la victoria
adquirida por ti,
nos pareció desde aquí
dar principio a tu memoria.
O cuán de espacio nos vamos.
Pregunténles qué hacer.
Queríamos te ofrecer
este reino donde estamos,
pues por ti se conservó,
y nuestro rey perdimos
en la batalla que hicimos,
Que al fin vuestro rey murió;
no poco habéis arriesgado.
Es lo que perdido habemos,
cuanto en vos ganaremos,
teniendo rey el estado.
No, no deis ensayo a eso,
que para rey no nací;
cuán bien que burláis de mí,
en esto que me ha tocado al paso.
Éstas son veras, señor,
las que agora se te ofrecen.
Confieso que lo parecen,
mas buscad otro señor;
que yo os quiero por amigos,
estimando la afición
que pagué en la ocasión
contra vuestros enemigos,
que fuera a vuestro buscar
con qué poder ofendellos,
pues busco al mejor dellos,
y en qué poderle enojar.
Seguid un buen intento
que aquí tenéis esta espada,
en cualquier tiempo obligada
con un firme pensamiento.
No hay intento que seguir,
que el contrario Constantino
que a darnos la guerra vino,
no entiende sino en huir,
y se retira a su estado,
que ya en su casa estará.
Pues conviene me vaya allá,
si en campo no le he hallado.
Seguiremoste, señor.
No, no; señores, quedaos
y con la victoria holgaos,
que es el camino mejor.
El cielo te dé contento,
que aun nos lo das y has dado,
en que con nos te has mostrado
valeroso y de buen tiento.
Alto, de aquí caminemos
con la demás gente nuestra,
que pues fortuna es diestra
con su favor, venceremos.
Vanse y sale León, a gusto con un soldado, a quien pregunta por Rugero.
Entre las armas, Amor
solicita mi contento,
y en medio mi pensamiento
quiere andar a su sabor,
que me trae a la memoria
a mi amada Bradamante,
teniendo el pesar delante
de mi perdida victoria.
¡Reina del alma y mi vida!
¡Cuánto diera por tu espada
en la batalla pasada,
que sin ti ha sido perdida!
¡Diera por aquel famoso
que se ha encontrado conmigo,
si confrontara contigo
en trance tan peligroso,
aunque por lo que le quiero
ya me pesara de verte
opuesta a la buena suerte
de un tan bravo caballero!
Que es de tan grande valor,
cuanto en mi vida yo vi,
aunque para contra mí
desconfiad el mejor
cuando ha de ser aquel día
que para consuelo mío
se vea en el poder mío
por poderte llamar mía;
y yo tuyo, pues lo soy.
¡Hola, a ti digo, soldado!
Señor León, habéis caminado
por aquestas villas hoy.
Sí, señor, y aun en aquesta
dehesa, que es cierta arboleda,
un hombre alojado queda,
que a Grecia no poco cuesta.
¿Cómo soldado del bando contrario?
Que contra nosotros vino,
trae un caballo frontino,
belicoso y temerario,
y un unicornio por armas,
blanco en campo colorado,
en el escudo pintado,
y unas bien dobles armas.
¡O, cuánto en el alma siento!
¡Qué de caballeros agora
a la fementida Teodora
mi tía tiene su asiento!
Porque a su hijo le ha muerto,
y si lo alcanza a saber,
allí le han de conocer,
téngalo yo por cierto.
Y estimo yo al caballero
lo que se puede estimar;
y le quisiera avisar.
Pues yo seré el mensajero.
Que él os sabrá reconocer.
Pues ve, y di en el instante
que de ahí para adelante
si le pudieres ver...
Avisadme si le halláis,
que en el campo me hallaréis
si con recado volvéis
y por León preguntáis.
Yo traeré todo recado.
Vase el soldado.
Presto, y avisad después,
que del trabajo después
seréis bien galardonado.
Como que algo me importe,
pretendo yo al caballero,
mas, ¡ojalá un tal guerrero
yo le tuviese en mi corte!
Porque con él no riñera
por el mayor imposible,
y a esta gente incorregible
su merecido daría.
Quiero a mi padre acercarme,
que adentro se ha retirado
de su hacienda y estado,
y debe ya de buscarme.
Vase y sale Bradamante e Ipalca.
¿Qué te diera, Ipalca mía,
porque a la corte partieras
y alguna nueva trajeras
que fuera de mi alegría?
Cuanto y más desde el día primero,
que vivo sin mi Rugero
de quien ya querella tengo.
Pues pudiera haber venido
al descuido por aquí,
mas el ausencia, ¡ay de mí!,
es grande ocasión de olvido.
Y él me ha descuidado, cierto,
pues no me descuido yo
de las órdenes que él me dio
aunque en aqueste desierto.
Que en tan grande soledad
con la dulce fantasía
le acompaño noche y día
y hago toda amistad.
No debe estar descuidado
doquiera que está Rugero,
que es amante verdadero
y en mil ausencias probado.
Diole el acaso noticia
de su venida, señora,
para increpalle agora
del descuido y de malicia,
veo que tu padre Amón
te trujo a aqueste lugar,
por poder algo evitar
de su alta presunción,
de donde, señora, infiero
que a nadie cuenta daría
del lugar do te retira
que avisase a mi Rugero.
Cuanto y más que bien podrías
con irlo a la ciudad,
pues tienes comodidad
alguno de aquestos días.
Y si mi padre acudiese...
Finge que no te matase
cuando ausente te hallase,
cuando mucho te riñese.
Podríamosle fingir
que se hace una invención,
que es semejante, señora,
porque armada has de salir
que son tus profesiones.
Las armas disfrazaremos,
lo que por Rugero hacemos
con gran disimulación.
No soy, Ipalca, mal presta,
debo a mi padre obediencia,
y cuando haga esta ausencia,
y mi padre se recela,
¿dónde hallaré a Rugero,
y a su casa a buscalle,
y cuando acaso le halle
diré que por él me muero?
Y yo le tengo a buscar,
no conozco presupuesto,
es determino no honesto
de que yo no debo usar.
Vese, señora, en la ocasión
métase que es un travieso.
Yo no reparo en eso
cuando subiera afición.
Pues la afición me compele
a que la cosa no olvide
que puerta a él no permite
amor que de él me recele.
Que huyo de disgustalle
y en este tiempo, señora,
será felice la hora
en que la ocasión halle.
Y para cerrar proceso
y tener segundad
de toda su voluntad.
Y no la tienes sincera.
Seguridad grande, cierto,
mas es con este seguro
que por cielo y tierra juro
que le doy un pecho abierto
y una voluntad sincera
que nace del corazón
para que le ame y quiera.
Pero advierte que ruido
anda por esta arboleda,
no haya quien notarnos pueda
si acaso nos han oído.
Aquí adentro hay ruido de espadas y habla de dentro Roldán y Marfisa.
Poned mano, caballero,
que las palabras no son
de provecho en tal razón.
Eso mismo es lo que quiero.
De armas es la contienda.
Pues ve, y las armas apresta,
que la mi fortuna es esta
que el tiempo pasado enmienda.
Demos a la vida traza.
¿Y sobre qué te has de armar?
Sobre estos podrán asentar,
que son vestidos de caza,
si no hay necesidad
de armas, que poco importa,
sola mi espada, aunque es corta,
trae por la brevedad.
Pues, señora, voy por ella.
Contigo iré, vamos presto,
que me importa saber esto
por si hay alguna querella.
Vanse y salen Roldán y Marfisa embozados y las espadas desnudas.
Maravillosa invención
es aquesta, don Roldán,
los del castillo saldrán
hasta Urbio Amón,
y acudirá Bradamante
al alboroto y ruido.
Si ella lo hubiera sentido
ya estuviera aquí delante,
que en extremo es belicosa,
y para podelle hablar
ansina se ha de intentar,
que no nos cumple otra cosa.
Presto las armas tomemos,
al disimulo riñendo,
alguna cosa fingiendo,
porque la batalla hacemos.
Sale Bradamante con su espada y pónese en medio.
Paso, la batalla cese.
Dejaré el vivir primero.
Déjese, caballero.
o ventura cuando os dese
yo no soy de provecho
ni darte para esto ruella.
Siendo la vara a cavallero
terneyra a esotro derecho.
Alto, yo la he a sacar,
haceos, señor, a una parte.
Ni yo dejaré mi parte,
ni la batalla os daré.
Pues sed ambos para mí,
que aunque sea dicho loco
es para mí el mundo poco
en cualquier parte y aquí.
Pasad agora, donzella.
Mostrádmelo con la espada,
y quiero ir informada
desta pesadumbre en ella.
Esto quiero yo decir,
y el cómo y dónde la fundo,
porque como a uno del mundo
os tengo de conduir.
Dice aqueste cavallero
que tenéis aquí delante
que casará con Bradamante
con el que llaman Rujero,
porque dicen que es galán
y cavallero aunque pobre.
Yo digo así, que le sobre
el título que le dan,
y que tenga de valor
lo que agrade a Bradamante,
si es príncipe de Levante
León su competidor.
Y valiente, y es valiente
y belicoso Rujero.
Al uno y al otro quiero
satisfazer brevemente
si los rostros descubrís.
Eso no se puede hacer.
Agora dadme a entender,
para eso que decís
que pide primeramente
y requiere el casamiento.
Primero el consentimiento
de uno y otro contrahente.
Pues si gusta Bradamante
de complacer a Rujero...
Es León un majadero
en mostrarse tan amante,
y quien lo porfía más,
y me lo arruin que sé
que ni en León hay firmeza...
Ni la pueda havella jamás,
y esto probaré con vos,
que su valor defendéis.
¿Conmigo solo queréis?
Con vos y con ambos dos.
Pues certifico que en mí
halló, señora, un Roldán.
Con cuantos en Francia están...
¡O abre!... Pero, ¡ay Dios, qué vi!
Señor Roldán, ¿qué es aquesto?
¿Es manera de probarme?
Probarme y aventurarme
en daño tan manifiesto.
Hablad, señora, y honrad
a Marfisa, mi señora.
¡Oh dichosísima hora
de tanta felicidad!
Mi señora Bradamante,
quien nunca os pudo olvidar
a fuerza avré de buscar
con que teneros delante.
¿Supiste que estaba aquí?
A tiempo avemos venido,
sintiendo aqueste ruido,
para sacaros de aquí.
Astuto y notable hecho,
pues no está mi padre en casa,
que, a ver oído lo que pasa,
saltado huviera del seso.
Ansí, pues lugar ternemos
para podernos holgar
y del negocio tratar
que comunicado avemos.
Y fácilmente.
¿Hay algo de nuevo agora?
Que Marfisa, mi señora,
es en estremo mal paciente.
Como nunca tuvo amor
esta mi señora dama,
no conoce del que ama
la firmeza y valor.
Yo estoy de eso confiado,
y esta venida excusaba.
Pues yo lo probaré, cuñada,
de mi cuñada apoyado.
Beso a vuesa merced las manos
por el nombre que me da.
De cuñada claro está,
son estos los pasos llanos.
Agora basta lo argüido,
y, desque casi es llegada
la hora en que, por la espada,
avéis de tener marido,
¿qué me decís? ¿Os halléis
en la corte al tiempo puesto
que verá León muy presto
donde verle pretendéis?
Donde verle aun no quisiera,
sin reír, señor don Roldán.
Antes, si acá vinieran
muchas cosas aquel día,
y allí al fin le quiero ver,
para podelle mostrar
que no se puede forzar
mi voluntad y querer.
Y entre tanto que hay lugar
y mi padre se detiene,
vamos, que el castillo tiene
donde las podáis recrear.
Y luego os podréis partir
por dar a entender agora
a Marfisa, mi señora,
cómo la deseo servir.
(Vanse)
Sale Teodora, tía de León y traen sus criados preso a Rujero y guarda y alcaide.
Aquí me lo dejad aprisionado,
para que el agravio hecho a Constantino,
y que el edicto suyo a contrastado,
viniendo por el término que vino,
pague con un castigo tan malvado,
y traydor, que de otro nombre no eres dino,
pues de la prenda que querían mis ojos,
cruel, a mí me quitaste los despojos.
Traidores sois vosotros, Teodora,
que habéis conmigo usado alevosía
con hospedarme con aplauso y fiesta,
y durmiendo al pie de hospedería,
y nueve hombres aleves y de mampuesta
en trueque de razón y cortesía.
Que si maté a tu hijo, fue bien muerto,
si fue de bueno a bueno en campo abierto.
¿Queréis que mate en campo cerrado,
mal muerto, por ganar de lo contrario?
O purgarás mi daño y tu pecado
con un castigo bien estraordinario.
Haz tu gusto, cruel, que asemeyado
muerte me es en el fiero necesario,
y sea con brevedad el darme muerte,
que está en la brevedad mi buena suerte.
Matarásme, traidor.
No aun digo tanto,
sino hacerte agravio, lo que pueda,
y no temo padecer el daño tanto,
que a semejante estremo género exceda,
que eres mujer que excedistes cuanto
de rigor y crueldad tener te queda.
Mucho hablas.
No quiero que hables,
o no debe de ser comunicable.
¿Pues comunicación querrás conmigo?
¿Con quién mejor comunicar podría
sino con un demonio, mi enemigo,
si en un infierno estoy donde no hay día?
¿Demonio te parezco?
Ángel mío.
Me querrás parecer fiera arpía,
vete de mi presencia y de mi lado,
que eres lo que demonio ha condenado.
Y yo me iré; requeriré esas prisiones.
Fía, señora, de que estaré seguro.
Traigan la dama dos o tres soldados.
Dejad una llave a mi mescalmuro,
y allí procurará con sus devociones
librarse, que por mi Dios le juro
que no tiene más término de vida
de cuanto la mañana sea venida.
Buen recado tenéis, señor, paciencia,
que en la culpa con tanto...
que a ella os entrego.
Grande insolencia.
Vosotros que sabéis si así convino.
Yo sé que en León se vio hoy más clemencia,
y de aquesta prisión se va huyendo.
¿Qué veis? ¡Ay, Dios, que aquí suena...
Tiempo vendrá que habléis de otra manera.
Vanse y queda Rugero aprisionado con las manos atadas atrás.
Tiempo, ven a que llore,
porque la fiera muerte
vuelva mi triste ser...
para dar tal...
que aqueste agravio veo,
pero yo merezco esta partida.
¡Ay, alma combatida
de mil contradicciones!
¡Ay, bella Fénix mía,
turbado veo el día,
que espero por fin de mis pasiones!
¡Ay, cómo, sin...
de aquesta muerte mía a las...
Sabráslo, yo lo fío,
que la sentencia es dada,
y el vivir tiene en la prisión clavada,
opuesto al albedrío
de una mujer airada,
que puede y que podrá salir con ello.
¡Sagrado del merecello!
A mí, ser o paciente,
cuán sin razón me quejo
de tu bella...
y de tener... brazo valiente.
Fiad a mi esperanza
que solo me consuela esta esperanza,
hasta en esto se extremaron
estos villanos conmigo.
Por este...
también las manos me ataron.
Y quiero, como pueda, al fin
buscar a esta cárcel desato,
hasta ver el cimiento
de aquesta gente...
Vase y sale León y el alcaide.
¿Y decid, alcaide, el preso
tenéisle a muy buen recado?
Señor, ¿cuál me habéis mandado
que en...
Conviene miréis por él,
que me da a mí contento.
¿Lo tenéis en qué asiento?
En la prisión más cruel.
En el cuarto más seguro,
donde a oscuras se encendía.
Muy bien a fe, que me temía...
en esa está seguro.
Seguro y guardado cierto.
Quiero ver dónde le tenéis,
porque no os desvanezcáis
de que está bello y muerto,
que es un... de rayo
de quien mi padre blasfema.
Ya, señor, allí de...
y escotadlo que...
Guía, que le quiero ver.
Muy en buen hora, señor.
Mata al alcaide León.
¡Ay, Dios!
El orden mejor
es este a mi parecer.
Yo fío que haya ocasión
de dar a este libertad,
cuyo valor y bondad
parece gran sinrazón.
Habla de dentro.
¿Quién habla o hace ruido?
Si se arrepientan, o a suerte
vienen a darme muerte
antes que haya amanecido.
Ah, caballero, ah, señor,
¿no me oís?
Sal de esa espelunca,
si tanta es la voluntad
que tenéis de mi dolor.
¿Cuánta pena habéis que tengo
de que la muerte se os dé?
Cuánta, decir no sabré,
que es lo que quiero y ya vengo.
A la tardanza, perdonad,
que el hierro me ha pesado.
Ese hierro me ha pesado,
más que a vos, digo en verdad,
que tengo bien conocida
y en experiencia el valor
de vuestro brazo, señor,
que de mi estima ha servido.
Y yo soy el mayor amigo
que en esta sazón tenéis,
y a quien no conoceréis
sido por vuestro enemigo.
¿Qué tenéis? ¿Y en resolución?
Dirélo, pues es muy justo:
yo digo el príncipe Augusto,
por otro nombre León.
A dicha espanta mi nombre.
Señor y príncipe...
pero, ¿quién os ofendió?
Teme como teme un hombre.
Pues, señor, aunque ofendido,
en el grado que decir,
esta prisión que tenéis
como a otro hombre me ha dolido.
Y nace de este dolor
una firme voluntad
de haceros amistad,
y de mi imperio, señor,
hállome tan venturoso
en lugar tan sin ventura,
que mi mal por tan segura
tal felicidad no oso.
Dadme, señor, esas manos.
Beso las manos que digo,
manos pido a mi enemigo,
secretos son soberanos.
Besar no, mas dárselas,
hasta que a la otra vida
haga una loma conocida
entre los dos y una fe.
Quisiera corresponder
a tan grande cortesía,
señor, con la diestra mía,
si yo lo pudiera hacer.
Mas como reo y culpado,
sin advertir su inocencia,
con nunca vista inclemencia
me la dejaron atada.
Pues yo la desataré,
por bien de tal interese.
Extraño favor es ese
que nunca pagar podré.
Con esta estará pagada;
esta toma, haciendo vuestras
y unánimes ambas diestras
en un amor y un estado.
¡Ah, extraña fuerza de amor!
Doyla, señor, y protesto
ese mismo presupuesto
con que obligáis mi favor;
y esta vida que me queda
gastaré en vuestro servicio
por tamaño beneficio,
como yo hacerlo pueda.
Ahora dejémoslo así,
y, tras daros libertad,
esas prisiones quitad:
no aleguéis que os fuerzo aquí.
Bien sé que a mi padre ofendo,
que no os pienso ser vengado
de la rota de Belgrado,
que agora le está doliendo;
pero advierte a la razón
que hay de hacer amistad
solo por vuestra bondad,
que me ha puesto obligación.
Ya me parece que estáis
como en efecto deseo;
agora que libre os veo,
quiero que luego salgáis,
y en lo demás proveeré
bien a vuestro gusto, cierto.
¿Qué es aquesto?
Un hombre muerto
que al entrar a vos maté.
Estas llaves me convienen
para vuestro menester.
Grande es, cielo, tu poder,
que estas cosas de ti vienen.
Ora a la puerta atended
y salid, señor, conmigo.
Basta que de mi enemigo
vengo a recibir merced.
Vanse. Salen dos guardas dando voces.
¿Qué es esto? ¡Guardé mal, el preso es ido!
¡Ah gente! ¡Ah de la cárcel! ¡Preso o presa!
¿Qué voces dais? Decid, ¿do está el alcaide?
Mas, ¿qué es aquesto donde tropezaste?
El mismo alcaide, que le siento muerto.
Debe de ser desgracia, [ilegible]
aqueste que nos da tal pesadumbre.
Adentro y fuera no parece el preso:
sin duda escapó y mató al alcaide,
que aquí parecen todas las prisiones.
Llamad apriesa: no salga Teodora
y de este caso sepa.
Agora duerme;
a la mañana, si saberlo quiere,
busque quien se lo diga, que el camino
desde aquí tomaré por mi contento,
do no pienso volver eternamente.
Yo lo mismo haré, y eso me cumple.
Metamos al alcaide más adentro:
porque se entienda dónde le mataron,
ajunto de la puerta le pongamos.
Pongámosle en buen hora y deslicémonos,
que poco a poco ya se viene el día.
Vanse y entra León y Rugero sin prisiones y sin armas.
Conviene agora, señor,
que de la ocasión gocemos
y de lo que hacer debemos
se mire qué es lo mejor.
Vuestras armas pediré,
que aquel vuestro huésped tiene,
y en esto y lo que conviene
todo el día gastaré.
Ya tengo dicho, señor,
que no podré regraciar,
ni en tiempo alguno pagar,
merced tan alta y favor.
Y yo os he dicho también
que no pretendo yo paga,
que harto bien se me paga
con que conozcáis el bien.
Sale la guarda primera.
¡Hola! ¿Dónde vas, Alberto?
Cubríos, que es conocido.
¡Oh, señor, que el preso es ido
y deja al alcaide muerto
y hace extremos Teodora,
como mujer afligida!
¿Do queda?
A tu padre.
Buen recado tiene agora,
ese cobro le pusieron.
Vete con Dios. ¿Dónde vas,
que tú en efecto huirás?
Soy de los que se durmieron.
Vase.
¿Si habrá sospecha de mí?
¿Cómo la puede haber?
¿Y agora qué pensáis hacer?
¿A Francia iréis?
Señor, sí.
¿De aquella corte sabéis
alguna cosa?
Allí estuve,
donde mil amigos tuve
que acaso conoceréis:
Reinaldos y don Roldán,
Oliver Danés [ilegible] .
¿Pero conocéis Amón?
Y a cuantos comen su pan.
¿Luego sabreisme decir
de su hija Bradamante?
Y con noticia bastante
de su espada y combatir.
Por su esfuerzo lo diréis,
que dicen que es un extremo.
Brava cosa; aquí la temo.
¿Vos por bella la teméis?
Témola en cuanto hermosa,
como hace cada cual,
que tal es mujer sin igual
en ser bella y belicosa.
No quiero decir mal de ella,
que es decir mal de lo bueno.
Veo que el mundo se ve lleno
de fama de esta doncella.
Y aun por eso erraría
quien de ella dijese mal.
¿Y en cuanto a ser principal?
De real genealogía
y, al fin, lo mejor de Francia.
Soberbia será.
Antes no,
pues que nunca lo mostró
en lo que era de importancia.
¿En qué, señor, por mi vida?
En que pudiendo casar
donde pudiera mandar,
que hay príncipe que la pida,
se contenta, como es fama,
con un pobre caballero
que dicen llaman Rugero;
debe ser porque la ama.
Que no oiga yo tal amor,
que dicen que es burla todo,
que a ser ansí de ese modo,
salvo el parecer mejor,
su padre no se atreviera
a darle fe y obligar
a quien no debía burlar,
que no es hombre comoquiera.
Decíase esto en la corte,
que en esotro no me meto.
Ninguna cosa os prometo
que, aunque saber más me importe,
por donde habréis de ser medido;
que porque sepáis, mancebo,
soy quien la dama y me atrevo,
que a mí me han prometido
que era la mía, por Dios.
Cien podrán prender de ella;
si es Rugero quien se querella,
más la ha de llevar, ¿cómo vos?
Digo que lo creo ansí,
y que si eso se decía,
y agora otra cosa, le porfía
que la quiero yo para mí.
Veamos quién es aqueste
que aquí se ofrece; Ruy, correo,
¿debe ser a lo que creo?
Aquí dirán quién es este.
La carta de donde son,
buen hombre, los de León.
¿Hay alguna de importancia
para el Príncipe León?
Muchas hay de ya que son,
vuestra Alteza la vea.
¿Qué dirá en lo de mi amo?
¿Habéis respondido, mancebo?
tomad vos dos de campo,
den en buen hora los buenos,
es de Amón y de la corte.
Lee y quédese confuso. Y dala a Rugero.
A quien leéis lo que dice.
Señor, de qué os suspendéis,
qué pesadumbre hay en ella;
no sé, bien podéis leella,
que della lo entenderéis.
Lee Rugero.
«Poderoso príncipe, a tanta bajeza
en las obras que aun el Sol no atreve,
el ánimo inmutable no se mueve,
ni a que se atreve a la mano del tiempo.
Yo di la palabra a Vuestra Alteza,
el cumplimiento della doy por don,
las veras posibles al toque mi fe,
que no me la debíen llamar como
mujer que no conoce el valor debido;
a Carlos ha dado en no sé qué locura,
cada de solos disgustos y es que pide,
al Emperador que le hiciese merced
de mandar que no la diesen por esposo
sino a quien la rindiere peleando, y
sea visto ganalla quien desposado
se defendiere de ella dada cierta.
Ora están señalados los días y las
armas por el mismo Emperador que
es su padrino, y concedida la merced;
y a que yo no puedo remediarlo, solo
a Vuestra Alteza se ponga en consideración
mi voluntad y repruebe lo que
más conviene por lo que toca a mi honor.
De París, del mes de... de...
Amón.»
Basta que aquí dice Amón
que se ha de casar
con quien la sepa ganar
con la espada, con razón.
No entiendo tal proceder,
venir yo a la batalla
a rendilla, y se la calla,
que al fin es una mujer.
¿Teméisla acaso, señor?
Al menos no me atrevo,
por la flaqueza que llevo
de pelear con amor.
Y quien lo hacer podría,
haciéndome a mí merced,
hacedlo, señor, creed,
que no hay suerte que la mía
de adversa y contraria digo.
Ya yo ese lenguaje entiendo.
Digo, señor, que atendiendo
a que os tengo por amigo,
me atreveré a suplicaros:
hagáis por mí esta batalla
que señor a su detalla
podréis cual libre restaros;
y de mis armas armado
y divisa imperial
seréis, y en efecto tal,
cual yo lo tengo pensado,
que según se hizo ventura
y vos lo sabréis hacer,
no puedo el premio perder
de recelo de ser mi cura,
que habida la dama bella,
no hay más testigos que Dios,
quedáis muy... y vos
y quedarme yo con ella.
¿No sé si será acertado?
¿Hay duda alguna?
No dudo,
que por el tiempo que pudo
hacerme Dios obligado...
de que os obligo a que hagáis.
Que por serviros, señor,
pierdo el interés mayor
que de mi suerte pensáis.
Hacedme merced, no es grande.
Todo cuanto puede ser,
no puedo darme a entender,
mas con la fortuna y ande
y haré como mandáis,
de señor que yo iré
y la dama os rendiré
por el orden que me dais,
que a quien la vida me ha dado
no es mucho sirva en esto.
Por esa merced protesto
aun más de lo protestado.
Y vamos, porque se apreste
lo necesario al camino.
Por mi padre Constantino,
aunque dé enojo la hueste
y en efecto, por cobrar
vuestras armas y caballo.
No está la duda en cobrallo,
en la empresa está el dudar.
Jornada Tercera. Entra Roldán y Bradamante.
Muy contenta estaréis ya, Bradamante,
que a Beni de León a vuestra corte.
Vendrá agora rompiendo de arrogante,
como que la...
Se ha mostrado cierto muy amante.
En eso será bien que se reporte,
que no tengo paciencia en oyéndolo.
Es orgullo rico y pica de travieso;
doscientos caballeros puso en campo
de una librea, la mitad de verde,
y blancos los estantes, mas que el campo
la pureza notando que no pierde.
y su tienda riquísima del campo,
morada que su intento más acuerda,
mandó plantar adonde está alojado,
de mucho caballero acompañado.
Él viene aderezado por extremo,
y él es gentil hombre, holgaréis de vello.
Sea en el grado que pintáis supremo
su gentileza, su donaire y talle,
que de tal cosa toda nada temo,
pues no podéis conmigo acreditalle,
antes me mueve a cólera y a rabia
quien trata dello, y creo que me agravia.
Yo no os puedo agraviar, que es todo a jito
donde rey burla.
Ni de burla me agrada esto,
que al fin sois mi señor y os lo he propuesto.
Uso, señor, es de discreto y sabio,
mas pierdo la paciencia en tratar desto
de loar a León; me muerdo el labio,
que le aborrezco como a mi enemigo
y, cual borrasca, y el cielo me es testigo,
querría me ya ver con él en campo
para dalle a entender mi corrimiento,
y aun sin armas querría comenzarlo
según de fuerza y ánimo me siento,
y para conseguir esta jornada
con más pujanza, brío y ardimiento,
una merced os pido señalada,
y es, señor, que me deis aquesta espada.
Aquesta yo os la diere,
ojalá daros pudiera
este brazo, que os la diera
con el mismo amor y fe.
Veisla aquí, dadle el corte,
que metida en la ocasión,
y os fío que, al ser León,
al contrario no le importe.
Veamos qué filos tiene,
que con los desa bajada
estará bota y mellada,
lo que a mí no me conviene.
No hay otro acero en el mundo
de su temple, es cosa llana,
porque aquesa es Durindana,
en quien mis victorias fundo.
No es aquesta, mella saca.
Pues, con lo que resamella,
puesta en mi mano atropella,
y arnés, templada coraza,
no importa por vida mía.
Para mí podría importar,
que no sé tanto cortar
y aguda me importaría.
Llevadla, a mi cuenta,
que bástale solo el nombre
para que tiemble todo hombre
cuando sobre él asienta.
Yo la sabré aderezar.
Sabéis esa mella qué es,
que contra pieza de arnés
vuela rompiendo al cortar.
Con este hierro mordido,
dondequiera que encarne,
atormenta más la carne
del miserable herido.
Pues, en ver lo que pretendo,
quiero le hacer otra mella.
Riendo podéis hacella,
que a nos digo, riendo,
porque si en hacha y espada
en ella ordinario diere,
fío que no se ofendiere,
que no se ofende de nada.
Solo la Balisarda, aquella
que tiene agora Rufero,
hay, que a la de buen acero,
donde ambas sacaron mella
cuando se hizo esta prueba.
En la batalla pasada,
en la que está acabada,
cuya victoria la aprueba.
Ya me contenta, y por vuestra
me va contentando más.
No perdáis gloria jamás,
teniéndola en esta diestra.
Dadme una espada que lleve.
Una mía llevaréis,
vamos, y escogeréis
entre un ocho o nueve.
Vanse y entra Oliveros y Reynaldos.
Ya es llegado aqueste día
en que se da casamiento
a un dudoso casamiento
que esperado le tenía.
Rújanse bien a León.
Como no verná pujante,
si es príncipe de Levante
y hombre de tanta opinión.
Demos noticia a mi hermana
por si dello no ha sabido.
Sale Bradamante.
¿Quién, hermano, os ha venido?
León verná vuestro, Reynaldo, y mañana.
Y pide batalla luego.
Orgulloso viene agora.
Hágase muy en buen hora.
De la tardanza reniego.
¿Quién le ha avisado?
Carlos.
Buen hora da el emperador
con León, pues gran señor,
en visitarle y en vello.
Roldán lleva el mismo intento.
Agora partió de aquí
y según dél entendí
no lleva tal pensamiento,
que aunque le pedí esta espada...
Mostrádmela. Vuestra hermana,
por serviros, para mi mano
algo más acomodada.
Esta no es acomodada.
La mejor que tiene el suelo.
Esta es, y ansí la ordeno,
pues de un fino acero toda,
esta ha dado a don Roldán
la gloria de que blasona,
y tanta real corona
el título que le dan.
Mostrad la vuestra, Oliveros.
Es buena, querría llevar
una que sepa cortar
de muy gentiles aceros,
y que no desasegure,
ni carne que no cortase,
y que del golpe quitase
de sobre mí tanto peso.
Aquesta llevaré en breve,
que al fin es de don Roldán,
y las armas, ¿dónde están?
Entrad, mostraros las he.
Vanse y entra el Emperador y León, con gente de acompañamiento.
Quisiera daros, príncipe, mi casa
y regalaros como deudo mío,
que en esta tienda y campo mal se pasa,
y estaréis con mi estado y señorío.
Merced me hacéis, y lo tengo a grande gracia,
no poder vos servir a mi albedrío.
Tanta merced, señor, y tanta gracia,
y hábito, emperador, dentro en tu pecho,
quien estima la causa de tal gracia
no de otra forma que el valor y hecho.
Mas ya, hasta salir deste cuidado,
nada puedo cuidar en mi provecho,
y pues el cierto término es llegado,
te suplico, señor, mandes que agora
salga Bradamante al puesto señalado,
pues desde el punto que raya la aurora
hay día de batalla, hasta que a ella
(que tengo de ver en ella, o por señora
de su belleza, temo que con ella
podría deslumbrar mi vista acaso)
que a Bradamante rindiere de un paso.
Ello es, señor, un no pensado caso,
mas es mujer; podréis tener por cierto
que está luego rendida al primer paso.
Vamos, señor, que el campo tengo abierto,
meteremos la dama en la estacada.
y peleará el León, un vivo con un muerto.
Con mal podré salir de la jornada.
Vanse, y sale Rugero solo, con la espada en la mano.
Rugero soy, Rugero digo,
una causa llevo de fe,
que hoy he de ganar, mi dama,
para entregalla a un amigo.
Y soy quien, en la tormenta
de la batalla aplacada,
jura, clave con mi espada
sangre que en el alma sienta.
Soy un hombre que espero
dar de un golpe dos heridas,
para rematar dos vidas
de Bradamante y Rugero.
Y si en efecto quien
por lo que toca a un amigo
ha de batalla conmigo,
y tengo de hacella bien.
Soy a quien pone hoy sus brazos
esta fiera de su dama,
que a tantos hombres de fama
ha hecho hasta hoy pedazos.
Mas no lo permita Dios,
que espada tal intentéis,
que aunque las armas toquéis
de mi Bradamante a dos,
que muy mal os refrenáis;
una vez puesto en carrera,
que es para vos muy de cera
el acero que alabáis.
Entra un soldado con una espada.
¡Hola! ¿Qué dices, soldado?
Adónde, respóndeme, espera,
veamos qué espada es esa.
Ay, señor, la he comprado.
Quisiera la más ruin,
de menos valor y estima.
¿Queréisla hacer de esgrima?
Quiérola para ese fin.
¿Cuánto os costó?
Seis reales.
Veis aquí un doblón por ella.
Digo, si queréis vendella,
para comprar cuatro tales.
¡Mas que el diablo se la lleve,
fuera la cruz que lleve,
que otra espada compraré
con que mi ventura pruebe!
Y aun con que puedo engañar
a otro tal como vos.
Id, amigo, andad con Dios.
Que tendré mejor comprar,
esta basta, que con esta
no puedo al fin ofender,
y puédela entretener,
si pudiere entre tenella;
que aunque el filo me da pena,
que tengo el brazo pesado,
y alguna vez descuidado
podrá cortar como buena.
Pero podréla embotar,
porque no ofenda aquel brazo
que ya con más de un abrazo
me ha sabido regalar.
No sé si la hora es hoy,
y creo León me espera;
quiero hacer de manera
que nada pierda por mí.
Sale el Emperador, y algunos de acompañamiento, y súbese a un estrado, y siéntase, y dice.
¿Cómo no viene León
a hacer esta batalla?
Pues rendida y sujeta halla
nos muestra tanta afición.
¿Ha entrado ya Bradamante?
Ahora llega, señor,
con aquel brío y valor
que suele, y más adelante.
Entra Bradamante, Marfisa, Roldán, Reynaldos; con casaca parda, desenvuelta y armada.
Ánimo, prima, deello,
Ánimo tengo sobrado,
que este es un León pintado,
que me avergüenza temello.
Reportaos al pelear,
y no os engañe el deseo;
gastad en buen empleo
el cual habéis de guardar.
El pulso firme en la espada,
no os hará que el enemigo,
que suele haber su castigo
quien cae desmayada;
mirad que la espada mía
no me la hagáis cobarde;
que a la contraria aguarde
en la mano helada y fría.
Miraréis lo que libró,
señor don Roldán; condeno
este aviso por no bueno,
el tiempo me avisará.
Y el saber que estáis delante
me pondrá todo furor.
Estimo aquese favor,
mi señora Bradamante.
Y yo he dicho a mi hermana,
lo que a León conviene hacer;
basta mi amor, no vencer,
que en el morir más se gana.
No se hable más en este,
que mi contrario es llegado.
Ved qué bien acompañado.
Y viene, a que me apuesto,
triste, y qué poco galán.
Viniendo para morir,
¿cómo había de venir?
¿La seña no nos harán?
Ya me parece han venido,
señales pueden hacer.
No, no, que de una mujer
no he de ser, Rugero, vencido,
porque no se atribuya
mi poco esfuerzo al amor:
entretenerla es mejor,
que ella al fin se cansará.
Tocan las cajas y empiezan a esgrimirse, y Rugero solo se repara.
Conmigo gastar, de ando,
príncipe, ¿destemonos?
Que a la mitad del escudo
ansí se ha de ir retrayendo?
A puros golpes dada
¿no ha de parar? ¿Qué pensáis?
De la artería que usáis
no se me agrada de nada.
Cierto que tiene valor
el Príncipe, y que es muy hombre.
El León hace a su nombre,
y pelean con amor,
que no en burlas de amante.
Qué duro contrario, ¡cielo!
De esta batalla recelo,
que cansa ya Bradamante.
Descansa, amores, no más,
como del amor, que es cierto,
que en ningún golpe no acierto
lo que no pensé jamás.
Espero a quien me parió,
¿tal tengo de ver aquí?
Murmurando están de mí,
y que es un hombre a quien yo
mal socorrí; de ora aqueste
golpe me hará vengada,
y a mi cara no me ha dado,
no dará un golpe que preste.
Aqueste viene del cielo.
¡Cobardía, Brada, y arrienda
las armas, veis, hoy!
A rozados por el suelo.
Acabada es la batalla,
y quedó ya Bradamante
por el que tiene delante,
lleguemos a consolalla.
Agora vino a faltarme
esfuerzo y valor a mí.
Mi alma fue para mí,
que a mí has podido obrarme.
Espántome de mi espada
que no ha sabido cortar.
Excusado es afanar
en la empresa comenzada.
Vase Rugero con las cajas y quedan los demás.
Basta, hermosa Bradamante,
que León se ha defendido
cuán a su salvo ha podido,
y con esfuerzo bastante.
No hay quien no le dé la gloria
por su honorable valor.
Sea quien fuere, es señor,
y triunfe de mi victoria,
que otra batalla le queda
de mayor dificultad;
y es, ganar mi voluntad
para que ganar me pueda.
León, ¿qué responde a eso?
¿Qué tiene de responder?
Que forzada no he de ser,
ya que ansí me he descompuesto.
Con esto vuelve a su tienda.
Responde de aqueso León,
que no pretende forzalla,
sino servilla y amalla
hasta ganar su afición,
y que no pretende más.
Él ha hecho gran hacienda.
Hala hecho por demás.
Agora vamos a palacio,
donde de mí habréis
que allí más lugar tendréis
para tratallo despacio.
Vanse y sale Rugero y León solos.
¡Ay de mí!, el premio ganado,
honras más da él por ello,
y aun a mi gozo desello,
que con su alma he comprado.
Por la merced que me hacéis
podéis mi imperio tomad,
señor, esa voluntad
que en otro, ya lo tenéis.
¿Venís herido, señor?
Si hiere el alma, no hay herida
en mí agora conocida
que de contallo es dolor,
un poco cansado vengo.
Pues en mi tienda hay lugar
para poderos cansar;
en tanto, señor, que vengo,
dadme la sobreseñal
y el escudo, por mi amor,
por disimular mejor
el secreto principal.
Pedid y destituiré
lo que tengo ajeno, luego.
Reposad un poco, os ruego,
que muy presto volveré.
Vase León y queda Rugero solo.
¿A quién me podré quejar
si yo mismo me perdí,
peleando para mí?
A mí me habré de culpar,
de mí tomaré venganza,
pues de mí tomar la debo;
mas adonde el viaje llevo,
a descansar a la estancia,
a descansar y dormir,
como quien pretende el ocio,
acabado su negocio,
no sé qué viaje guíe.
Tomaré la de la muerte,
fuera la más segura,
que de mi corta ventura
nunca espere mejor suerte.
¡Ay, Bradamante enemiga!
Que no lo pudiste ver,
pues me quitó el merecer
que la contraria estrella
y el cielo de que pendía
tan grande mérito en mí,
haciéndome indino de ti,
cedido a quien te merecía;
que aunque la suerte era buena
de que verte merecer,
no es virtud emprender
suerte con mujer ajena.
Que quiero ser virtuoso,
y queda con Dios del cielo,
vivas llena de consuelo
con tu dulce amado esposo;
que no te veré en mi vida
y al desierto me voy,
porque sea desde hoy
mi desgracia conocida.
Vase y sale Bradamante sola.
¡Ay, Rugero!, ¿dónde eres ido?
Puede ser que te has apurado,
o no hayas el pregón acaso oído,
y a nadie oyes sino a ti callado.
Mas si lo oyeres, sé que ha parecido
haber al yantes que solo aquí llegado,
pero si aqueste griego caballero
te ha vencido por venir primero,
alcanza de don Carlos gran enojo,
menos fuerte que tú fuese vencido,
pensando que tú fueras este uno
contra quien no valió ánimo ninguno.
Mas mi ruina ansí lo ha bien pagado,
pues se ha visto por cosa muy probada
no hacer esta gente un lance bravo.
Si soy presa por no haber salido,
a ser el menos vencer a este malvado,
no me parece justo ni debido
de obedecer a Carlos el mandado.
Digan de mí cuánta inconstancia creo,
que es de lo prometido me he mudado.
Mas no soy la segunda ni primera
que ha visto mudable mi ligero.
Basta que con guardar la campana,
mas que me obligo a errar a la que ando.
que vos sabéis cómo estoy
y con vuestro hermano casada.
Y así estáis obligada
a tenerme por quien soy,
y veis al emperador
que yo os doy llana licencia
para hablar en su presencia,
que ya deseo por su amor.
Huelgome de conocer
esa voluntad, señora,
porque iré a palacio agora
a decir mi parecer.
Hablando desenfadado,
al más pintado que fuere,
si allí me contradijere,
congrüiré con la espada.
Y venid, que me parece
que aquí lo dilataremos,
pues tal ocasión tenemos,
que en este tiempo se ofrece.
Vanse y entra León y un criado.
¿Posible es que no ha venido
mi caballero a la tienda?
Ya no quede a que esto entienda
del ver que se me ha escondido.
Que así se me desparezca
en tan poco espacio y trecho,
cuanto tanto bien me ha hecho
y antes que se lo agradezca.
¿Que no le vistes vosotros?
Dicen que subió a caballo.
Mas iremos a buscallo
si es servido vuestra...
Y luego habéis de partir
y unos por otros iré,
y mi parte buscaré,
que me importará el vivir.
Entra Melisa maga y vase el criado.
¡Príncipe León!
Mujer, levanta.
De qué vienes, qué has andado, o qué has sabido.
Ínclito señor, que a vuestra...
de mi necesidad que me atormenta.
De tantas leguas que pensé, a la planta
hasta que ya el deseo me...
De cabellos a atado con que exp...
Dar hoy la vida a un noble...
Es el mejor que agora ciñe espada
quien traéis al cuidado y su acom...
ruge. La gentileza estremada,
su valeroso esfuerzo y su crianza,
por una cortesía del Jurada
está a la muerte ya sin esperanza.
Y como yo he sabido por mi ciencia,
tiene el remedio solo en tu presencia.
Sin duda debe ser el que no es
que no quiere mostrarme un...
¡Oh, qué pesar tomaré! Vuela allá
si yo le puedo dar salud alguna.
Podréis, señor, sin duda remediarle,
que medicina no hay otra ninguna.
Pues al remedio camina delante
y cuídase a lo que es más importante.
Vanse y sale Rugero solo.
Hagamos cuenta, triste pensamiento,
del tiempo que quisimos fabricar,
habéis faltado con algún contento.
Del mismo tiempo del amortiguamiento
de mostrar vida a uno y a otro amante,
que al mundo contenta y pujante.
En este yermo donde he venido
de las felicidades que ofendí,
armas que algún tiempo glorioso
quedad a Dios. Ahora aquí de favor quedo
en este monte que está despoblado,
donde a la muerte vengo y donde muero.
Que del proceso poco he relatado.
Hasta este punto desde el día primero
conozco lo que soy y digo en mi mano
que en otro pasaría lo que no es en vano.
Al fin, si de lo que me ingrato os pago,
quedad a Dios, pero venid conmigo,
que bien a lo que os debo satisfago.
Y os pongo en las entrañas de un amigo.
Pero, ¿qué es esto? ¿Dónde estoy? Hago,
teniendo a quien mi propio es mi enemigo,
como dél, y de mí ya no me vengo
si voluntad de que se muera tengo.
Mas ¿cómo yo osaré poner la mano
en cosa que ha querido a Bradamante?
Que sentirá la ofensa a mi cercano
su presencia que tengo aquí delante
abrazados en este fértil llano
que muero al fin, y requiere adelante
que muera más que viva, y desespere
en el estado que el amor le diere.
Esperarme amor ir en esta tierra
que la sangre y dolor van su parte.
Llegan Melisa y León.
Aquí, señor, aqueste monte encierra
del valor y nobleza la más parte.
Que el dolor y el amor le hacen guerra.
No respires, que quiero saber parte
de lo que dices para remediarle
ya que he venido aquí para aviarle.
¡Alma cruel, salid, salid agora!
Que antes quisiera hubiera desvalido
en el pecho de aquella retadora
donde fui del león favorecido
el que de mi tía Teodora.
Oí hablar, si no miente el sentido,
de que mi honra más allá llegaba
que ya mortales son tales extremos.
Ah señor, qué pesadumbre es ésta.
Levantaos por mi vida, yo no lo consiento.
De aquesta su pesadumbre que os molesta
que bien ha de su remedio en su tormento.
¡Ah! Príncipe y señor, ya poco cuesta
de esta vida que os ofrezco...
Aquí no estamos
para dejar morir a un enemigo,
cuanto más a un tan leal amigo.
¿Qué es esto, caballeros?
¿Es un mal grave?
O por mejor decir melancolía.
Suplícoos, señor, no se os agrave
decirme la ocasión de vuestra agonía.
Que mal en este mundo no se sabe
que no tenga remedio, y no debías
desesperar y abandonar tus días.
Que a mí me celas, a ti has querido
tu pena con saber que soy tu amigo.
Y amigo tan a tiempo recibido
que lo que cuesta, en tu amistad lo digo.
Pues que si d'esta causa sublimada
de serte mortalísimo enemigo
creer debieras que tan cara prenda
rescatara con vida y con hacienda.
Y no te pone a descubrirme el pecho
donde el dolor te aprieta gravemente.
Que si palabra, y obra, y todo el resto
deja ver mi valor astuto y fuerte,
quieres que ponga, desde aquí protesto
ponello, y esta vida juntamente.
No tengas con tal amigo tanto estrecho,
que buen celo por ti no se te ha hecho.
Príncipe mío, cuando tú supieras
quién soy, aunque de ello no quisieras
decirme que tu tiempo perdieras,
holgaras de lo hablado, de que muera.
Sabrás que soy aquel que tan mal quieres
y soy quien mil reyes en ti han manera,
soy, te digo, Rugero, que bravo y fiero...
De tal suerte salí por dar remedio
porque no fuese tuya Bradamante
viendo que en tu favor amor propone
desvelos, embarazos y detiene
mas como es de mi honra el combate
ya hubo ocasión que me declare
tu cortesía delante se me pone
y esta me dice no con el diarte
mas deja de ser mío por amante
pues Rugero me rogaste no sabiendo
ser yo Ruger que esta batalla hiciere
la cual hice no menos que sintiendo
que esta alma de este cuerpo se partiere
si ya te satisface baste yendo
no quise mi querer si le yo fuere
ya es la dama saltará al albedrío
que tu gusto me place más que el mío.
Mas Rugero de ella y privado
lose de su vida que ahora vivo
que antes sin vida quiero ir dejado
que no sin Bradamante quedo vivo
cuanto más que no puedo ser ligado
con ella en matrimonio Rugerbivo
ella es mi esposa aunque a quien se lo debe
salvo si dos maridos tener puede.
Si aquel día Ruger yo era primera
que vine bravo mi real rompiendo
aunque te desamaba no viera
ser tú Rugero como agora entiendo
su virtud ansí mismo me prendiera
cual me prendió tu nombre no habiendo
porque esta voluntad que es de mi parte
tuviera su poder en cualquier parte
cual nombre de Ruger si no se diase
que yo no prieva que erraste Rugero
no dudo más que ya delante pase
tal odio ni lo pienso ni lo quiero
y si antes que de prisiones dejase
supiera el nombre tuyo verdadero
lo mismo allí hiciera aquella hora
que pienso en tu favor hacer agora.
Pues, si hiciera entonces todo aquello
que agora haré, no siéndote obligado,
¿cuánto más debo agora agradecello,
para de ingratitud no ser notado?
Pues tu querer, sin yo negar querello,
negar quisiste, y tanto bien me has dado.
Yo te lo vuelvo y gusto más de dallo
que de tu mano, por merced, tomallo.
A ti más que no a mí conviene, cierto,
la que casi por mí ha sido adorada,
que no por verla de otro fuera muerto,
cual fueras tú si un poco me [ilegible] .
No quiero que tal muerte y desconcierto
procures, que me cuesta a mí [ilegible] ,
y sea tu mujer porque concluya
la que en efecto tienes por tan tuya.
¡Oh, ánimo y bondad de fama dino!
Solo me duele no haberme hallado
de este tu mal al que diera medicina,
y el remedio que agora se ha buscado.
Pero Melisa, porque más aína
lleguemos a este fin tan deseado,
con su ciencia hará que en un momento
lleguemos a la corte por el viento.
Eso haré, señor, de buena gana.
El cuidado y trabajo os agradezco,
Melisa mía, tras la paga llana
que para en corte desde aquí os ofrezco.
El tiempo aquí se gasta y no se gana,
por lo que de palabras aborrezco.
Tenéis muy gran razón.
Melisa, vamos.
Tomad, señor, las armas y partamos.
Éntrase y sale Carlos, Roldán, Marfisa y Bradamante y otros de acompañamiento, y dice Marfisa.
el secreto y interior
que aqueste negocio tiene
Bradamante es casada
ya con Rugero mi hermano
tocado a hubo ya otra mano
con la ceremonia usada
y ella lo á de confesar
que esta señora delante
con la prueba bastante
conmigo se á de restar
porque en la razón me fundo
y ella más su honor ampara
no se funda en otra cosa
aunque pese a todo el mundo.
Que de el a aquesto a razón
que se a cautela contra mí
y en de elló para mí
que se tienen afición
y es deshonra muy ruin
que a Rugero se la demos.
De esa honra faltaremos
cuando de esto se demuestra.
Razón de su dicho bien
y me parece que es justo
que a Rugero se dé gusto
y al príncipe León también
adonde no puede ser dada
aunque el bien se contente
y es León que justamente
la a donado por la espada.
De eso no sabré tratar.
Ay está Bradamante
diga y hable por su amante.
Ella no tiene qué hablar
pues ay quien hablarla oy do
que el Rugero su marido
y callando concedió
y yo le bi tomar la mano
Digo que puede ser bien
mas quiero saber tanbién
si antes fue de ser cristiano
que si era moro no puede
preceder el casamiento
ni en que se haga consiento
pues la ley no lo concede.
Era entonces muy cristiano
de que daremos testigos.
Los que me son más amigos
esos me van a la mano
pues si porque no vale
valga por su majestad
que apuesto su autoridad
veamos de aquí qué sale
que reina está y ha puesto
en condición de batalla
y con supo ganalla
con León manifiesto.
Como se le puede dar
licencia que es sin razón
Pide el príncipe León
la licencia para entrar.
Entre que libre la tiene.
Sabed Marfisa señora
que quiero hacer agora
lo que a todos nos conviene.
Y qué es que quiero concluir
con este príncipe loco.
Bámonos muy poco a poco
porque ay mucho que advertir
quiérole como a enemigo.
entra León y Rugero armado y cubierto el rostro
¿Quién es el disimulado?
No sé si quien viene armado
es quien peleo conmigo.
Si la palabra y condición y apuesta,
y el ínclito Emperador guardar se debe,
según el tiempo, no otra cosa resta
sino que el que ganó el premio se lleve.
Yo nunca lo gané, ni a mí me cuesta
lo que al que está presente en mí me mueve:
el interés, que es grande, de la dama,
que es el afán y interés de gran fama.
Yo soy León, por otro nombre Augusto,
el que conmigo viene un caballero
que con aquestas armas, por mi gusto,
rindió la dama como buen guerrero.
Él la pretende y pide lo que es justo,
pues la ganó, y ansí como tercero
suplico a su grandeza se le entregue,
y el premio no se le frustre ni se niegue.
¿Qué encantamiento es este o qué aventura?
Que no es León quien hizo la batalla,
no sé qué buen consuelo en mi ventura
más fía de la afición que amagandalla.
La dama, en cuanto a eso, está segura,
príncipe amigo, para el ganalla
ya pudo con la fuerza de su esfuerzo,
que yo de lo que es justo nada tuerzo.
Aquí están muchos deudos de la dama,
y su padre está aquí, y la dama junto;
que ella prometió, según es fama,
haga como quisiere en este punto.
El caballero la ha ganado y llama,
y no es de menor calidad y punto
que cuantos hasta aquí la han pretendido.
Querría más le hubiese él servido.
Si no está aquí Rugero, que entienda,
con sumir ser aquel que aquí es venido,
quizá por no tener quien la defienda,
sin pleito la haya y sea su marido.
Yo, que su hermana soy, de esta contienda
tomo contra cualquiera son brenada,
que diga que ha derecho a Bradamante
o meterse en esto Rugero delante.
Descúbrele a Rugero el príncipe León.
Aquí tenemos quien nos dé respuesta,
la que en efecto a todos más conviene,
que para semejanza de esta fiesta
le he traído y sacado de mi tienda.
Oh, amado hermano, que venido eres,
dado me habéis de tanta culpa enmienda.
Besa a Rugero que se hinca delante.
Ay, cielo, que aquesto más hay de vida.
Oh, soberano bien, ¿quién es Rugero?
Criado humilde soy de tu grandeza,
Emperador, yo soy amigo verdadero,
que estimo tanto extremo de nobleza.
Pues pedimos de este caballero,
sírvenos de ir de dos por tu grandeza.
Llegad todos, amigos, ya abrazalde,
y con las veras que soléis amalde.
Agora quiero rematar con todo,
veamos lo que dice Bradamante.
Yo, señor, con tu gusto me acomodo,
y con la voluntad de su amante.
Así se ha de hacer de aqueste modo.
Llega agora Amón aquí delante,
que quiere recibáis por su hijo
a quien abra, si ya ha conquistado.
Yo, señor, le tengo recibido,
y agora le recibo con tal prenda.
Las bodas se acaban, si es que ser bien,
agora vaya de aquí la nueva.
Váyase en buen hora, que conocido
sea de todos que Roldán la lleva,
según parece a su aposento agora,
y con ella Marfisa, mi señora.
Quiero decir también aquí a Rugero,
como una nueva de balgaria bien,
en que le dan aquel estado entero,
que el Rey falto, León y el del Rugero dino,
y en lo que toca al casamiento quiero
ser de vuestros amores de padrino.
Pues por lo que me toca de esta gloria,
quiero dar fin a esta mi historia.
A Rugero, gran príncipe, loando
brío, valores, fuerza y valentía,
que ya la fama llevará volando
por toda la terrestre monarquía,
solo perdón me concedáis, demando,
perdón, pues que la culpa no fue mía,
que me disculpe el amor.
Yo seré fianza,
disculpa, mi señora Bradamante.
Finis.