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Digittol text for Ltos bodtos de Rugero y Brtodtomtonte

Publication date: August 22, 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Las bodas de Rugero y Bradamante. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/las-bodas-de-rugero-y-bradamante.

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LAS BODAS DE RUGERO Y BRADAMANTE

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Ptog. 1

Comedia de las bodas de Rugero y Bradamante. Figuras siguientes:

Personas

El emperador Carlo Magno

Roldán

Reinaldo

Rugero

Oliveros

Amón, padre de Bradamante

Dos cortesanos

Un alcaide

Dos guardas

Melisa, maga

Marfisa

Bradamante

León Augusto

Y Falea, criada

Cuatro soldados

Teodora

Dos criados suyos

Un criado de León

Jornada primera

Ptog. 2

Primera jornada. Salen el emperador, Roldán, Reynaldos, Rugero, Amón, Marfisa y Bradamante.

Emperador.

No poco gusto y lustre, compañía,

verme en la corte en hora semejante

mirando tanta gala y bizarría

de hermosas damas, de uno y otro amante;

solo nos falta quien, cual este día

lo pide y quiere, un tanto se adelante,

y bullan fiestas de que ya hay deseo

de alguna justa fácil o torneo,

y rinda la del pariente y de...

hermana bella de mi flor debida

porque los veinte días festejada

que no ha de ser acaso, ni de priesa

y de Rugero la famosa espada,

hermano de la ínclita Marfisa;

gozan me en su favor los de esta corte

que ya he sentido su agudeza y corte.

Roldán.

A vuestra majestad suplico sea

el juego por agora diferido,

que a alguno no venimos de librea,

por lo que ya señor habrá sabido,

ni de mis sentires la idea

pues tanto como a todos le ha dolido

la muerte del famoso Brandimarte

que a todos ha cabido tanta parte;

amigo tan amigo donde estaba

el arte de las armas en su punto.

Rugero.

Ni yo suplico menos, que el de saba

famoso carlos por el mismo punto.

Marfisa.

Ni yo, señor, que a Brandimarte honraba

como a señor y hermano, todo junto,

y el valor de su espada conocía

bien envidiada un tiempo de la mía.

Reynaldos.

Las bodas se harán más adelante

en honra del felice casamiento

de Rugero y mi hermana Bradamante

que ya retrata y tiene muy a cuento.

Amón.

¿Cómo que será eso? (Empe) Amón está ignorante

de lo que el mundo sabe y es contento.

Amón.

Bueno, por Dios, señor; ya no son nada,

pero mi hija tengo ya casada,

y cierra quien pretende lo contrario

que no es hija del mundo sino mía

mintiendo le dará lo necesario

quien trata su negocio en otra vía.

Rugero.

Que no salió de seso temerario

ni fue por ilusión de fantasía

tuyo señor el acordar nor dello

que ya está hecho por quien pudo hacello.

Amón.

Quien si no yo presente le tenemos

digan si y no los que con Rugero

cuyo valor y prendas conocemos

trato delante tanto caballero.

Reynaldos.

Paso, señor, que todos entendemos

que el camino más cierto y verdadero

es que mi padre en tal negocio tenga

para que en debido efecto venga

y no por eso dejará de hacerse

visto que en ello la palabra he puesto

que no hay por dónde deba de atrás volverse.

Marfisa.

Amiga Bradamante, ¿qué es aquesto?

Bradamante.

Ello, señora, deben de entenderse

según el uno y otro presupuesto

de que yo nada entiendo aunque me toca.

Marfisa.

Yo sé que tiene Amón razón muy poca.

Emperador.

Amón, ¿qué decís vos? (Amón) Señor, diría

que tengo hijo, y yo para mi muerte

de condición muy otra que la mía

pues huyen de su propia buena suerte;

yo tengo dada la palabra mía

a quien me la pidió con nudo fuerte

con que a ello obligue, y esta mi vida

en ver esta palabra ser cumplida,

y no porque a Rugero halle indigno

de serville con cosas de mi gusto

que es caballero y de mi al lado y dino

mas se funda a menos que en lo justo

mas ha de por medio costantino

y el príncipe león su hijo augusto

que nada perderé de su derecho.

Amón.

Y o me normi palabra y botón hecho.

Emperador.

Paréceme estaría con Rugero

Ptog. 3

Emperador.

La hermosa Bradamante, bien casada

por ser con vos, sabéis, tal caballero,

aunque no tenga más de aquella espada.

Rugero.

De vuestra majestad aún más espero,

mas tiene a Amón, señor, su fe obligada,

y si de punto pierde, en no cumplillo,

será cierto querer contradecillo.

Bradamante.

¡Ay!, ¿qué Rufjero habla, qué le mueve,

Marfisa bella, más que de cumplim[iento]?

Y hace Bradamante lo que debe,

que conocido está su buen intento.

Emperador.

Pues que el príncipe León puede en breve

hacer en Montalbán de oro el cimiento,

lo que Rufjero no podía, de cobre,

por ser, como será, de un hombre pobre.

Reynaldos.

Esa pobreza quiero y agradezco.

Amón.

Y mi palabra, de León guardada,

y en la fe y en la honra de merezco...

Reynaldos.

Padre y señor, la mía fue antes dada.

Bradamante.

Ésta es firmeza, hermano, agradezco,

y por mí te será muy bien pagada.

Emperador.

Adonde hay tal ingenio y tal prudencia,

muy poco hace al caso mi presencia.

Rugero.

Ni yo quiero enfadar ni ser pesado,

donde en esto puedo poco o nada.

Vase el Emperador y Rufjero.

Reynaldos.

Muy bien puede, señor, ir de agrado.

Marfisa.

Y yo me voy, señora, desquitada,

que vuestro padre está determinado.

Bradamante.

Y yo, señora, más determinada,

mal conocéis de amor, Marfisa mía.

Vase Marfisa.

Roldán.

No sé, por Dios, señor tío,

qué falta halláis en mujer,

quién de le tal caballero...

Hago su negocio mío,

y a las riquezas paráis,

que son bienes de fortuna.

Amón.

Sobrino, cuenta ninguna

hago de lo que pensáis;

que bien podía Rufjero

con su buena diligencia

ganar más que por herencia

tiene el de Grecia heredero;

que conozco su valor,

más que se puede saber,

si se de satisfacer,

en lo primero, mi honor.

Reynaldos.

Pues por vida de quien soy,

que tengo de ver cumplida

la que a Rufjero, prometida,

de que otra vez se la dio;

y cuando no se me conceda,

haciendo lo que de aquí debo,

por tiro y intento que llevo

de efeto, como de rueda,

que tengo en muy poco o nada

mandar desde aquí ensillar

y a la Grecia no parar,

donde está esa fe obligada,

y a fuerza de robligalla.

Amón.

Vete, arrogante y insolente.

Reynaldos.

Harélo muy fácilmente,

pues otro medio no se halla.

Vase Reynaldos.

Roldán.

Y notan bien lo hiciera,

pero entiendo que haréis,

señor, lo que hacer debéis,

por lo que de vos se espera;

y como más sea su gusto,

de Bradamante, mi prima,

en mi señor no se estima

más de un querer lo que es justo,

y mi padre lo conoce.

O lo podría conocer,

que si no lo quiere hacer,

que a su león se arreboce,

que me ha querido tener,

y le hemos de arrastrar,

y por cualquiera lugar

sacar los corazones.

Bradamante.

Dejo, no sé decir nada.

Roldán.

Que ya yo sé todo el cuento

y no hay para mí encelamiento,

que entiendo toda celada;

miradme, prima, con ojos

que...

que haré buena la que se

grande obediencia promete,

señor, mi prima, Amón, y enojos.

Bradamante.

Yo, enojos, nunca los quiero,

que yo las haya de dar,

que en mí no se ha de hallar

menos que un pecho de acero,

fácil a cualquier amor,

que os diera más gusto a vos.

Roldán.

Contentado me has, por Dios,

humilde y soberbia, hermosa.

Bradamante.

Basta, señor don Roldán.

Roldán.

La humildad reniega en fuerza.

Amón.

Cuando de mi justa fuerza

de que proceda el Galalón,

príncipe, a la que ser veis

por esta vez y carida,

donde no me lleve nada,

ni haya a nadie menester;

que Rufjero hallará

en Francia cuanto quisiere,

y si en mayor descuidare,

que de mí esperar podrá.

Roldán.

Todavía dais en esto.

Amón.

Cómo queréis que no dé,

si de otra forma no sé

salir con mi presupuesto.

Roldán.

Pues, señor, veráse bien,

y a todos estos señores,

que son vuestros servidores,

que platicarán tan bien,

y Dios, que es el principal,

que ha de dar su voto en ello,

que para sin Dios hacello

no hay más que mirallo mal.

Amón.

De Dios lo confío yo,

y en su voluntad lo dejo,

y de mi hijo me quejo,

porque sin Dios lo trató.

Roldán.

Antes muy con Dios estaba,

y con un siervo de Dios,

y otros pecadores dos,

que de este negocio trataba;

y aun son, os dijo primero,

de cuánto efeto sería

la felice compañía

de Bradamante y Rufjero.

Prima, entiendo que voy bien.

Amón.

Con Dios decir que sería

sin esta voluntad mía,

y de Marfisa también.

Ahora dejemos lo estar.

Roldán.

Vamos, señor, adelante.

Yo me llevo a Bradamante,

que quiere a doña Alda hablar,

y allá os espero, señor,

para que cenéis conmigo,

y de eso es Dios testigo:

aconsejaros mejor.

Tentar quiero a vuestro padre.

Amón.

Vaya en buena hora, do va,

que en llegando voy allá,

en cuanto hable a su madre.

Vase Amón.

Roldán.

Fuese, por Dios, apartelo

de vuestra conversación.

Ahora me da el corazón

de vuestro mal o buen celo.

Bradamante.

Señor, para decir verdad,

en más estimo mi gusto

que el gran empeño de Augusto

y ir contra mi voluntad.

Y es que también llevo mal

el ausentarme de Francia,

teniendo por más ganancia

ser pobre en mi natural.

Roldán.

Porque veis bien a Rufjero.

Bradamante.

Yo, señor, ni mal ni bien.

Roldán.

Ya me quisiera tan bien

alguna por quien yo muero;

por nuestro señor que estáis,

prima, muy corta conmigo...

Ptog. 4

Bradamante.

Que no le quiero bien digo.

Roldán.

Si por ay le hallays

y si las señas os diese

del amor que le teneys,

Bradamante.

las señas quedar podeys.

Roldán.

Podría ser que me riese

que sale sol con Marfisa

cuando la via encumbrada

del celido estimulada.

Bradamante.

Que aquesto es cosa de risa

y aun deseo de probar

su fuerza de aquella fuerte

y allí le diera la muerte.

Roldán.

Volveos a desenojar

que aunque es lo que el cielo adura

Bradamante.

de Marfisa antes la quiero.

Roldán.

Por ser manada de Rujero

que mi opinion asigura

que del caballo Frontino

puedo tan bien decir yo

que y pal caso le llevo

que es testigo fidedino

cuando en la casa de Alcina

estando Rujero preso

que perdiera de su seso

por dalle la medicina.

Bradamante.

Digo que fue amor de paso

de lo cual yo no me acuerdo,

pero ¿de cuál hombre cuerdo

se dio la noticia acaso?

Porque en tiempo semejante

que es el punto en que me fundo

no estaba de ese en el mundo.

Roldán.

Pasó no más, Bradamante,

luego dais en mi locura.

Bradamante.

No hago tal en verdad.

Roldán.

Yo os a pornía voluntad

dar devría vuestra ventura

que sacare de la corte

a Rujero, aunque es mi amigo,

como a vosotros su enemigo

el príncipe griego importa,

dando lugar que se haga

el tratado casamiento

con que Amón quede contento

y conseratís faga.

Bradamante.

Pues ¿qué me decís de Rujero?

que el talle que veis de Francia

siendo de tanta importancia

en la corte un caballero...

Roldán.

Aunque le vea yo ver

en el valle de las uela.

Bradamante.

Yo lo contrario os ruego.

Roldán.

Aun por ay callaré

¡oh prima!, que no hay negar

lo que a Rujero queréys.

Bradamante.

Ni aun en amor me daréys

quien sepa disimular,

y ninguna más favor

me puede hacer que vos,

tras de que lo pido a Dios,

que sabe lo que es mejor.

Roldán.

Pues que estáis dudando

y recelando os de mí,

ya vamos de aquí

a la parada hablando.

Vanse y sale Rujero arrebozado de noche.

Rugero.

Seáis maldita eternamente,

fortuna varia y triste,

que tan mal correspondíste

con el gusto de la gente;

das a uno la riqueza

que no ha de della curar,

haces a otro ayunar

con mil prendas de nobleza.

Entra Oliveros.

Oliveros.

Señor Rujero, ¿qué es esto?

Rugero.

Que, Oliveros, ¿has con gusto

que sea el príncipe augusto

a vuestro amor antepuesto?

Rugero.

Si lo permite su Dios,

¿cómo lo podré escusar,

de quien me habré de quejar

si discordamos los dos?

Y que a León, al fin, León,

ya quisto que gran renombre

y os tengo deudo el nombre,

y al talle la estimación...

Oliveros.

Ora bien, esto dirá

no sea más que yo deseo.

Vase Oliveros.

Rugero.

Ya si el pensamiento veo

que mi negocio tendrá

y en que este príncipe muera,

mas hay quien es importante

para quien es Bradamante;

¿qué príncipe la quiera

que el amor muestra quién es,

en tener el pecho lleno

de un pensamiento tan bueno?

Pues busca tanto interés

el negocio, está en saber

si él sabe que Bradamante

tiene un Rujero amante

que la pueda merecer,

y más del que yo intento,

pues cuando más meresca,

no ha de un imperio se ofrezca.

Entran dos o tres, unos, y apartase Rujero.

1).

Juega a los quinos Antón,

no hay culpa si con es dada,

que la quieren dar casada

con príncipe de valor.

2).

Que un ríe y pobre mozo

y el día de hoy la probeta

es en yda por billeta

y aun en el más caballero.

Rugero.

¿A qué se atreve Macón?

2).

Ya no vale de edad.

Rugero.

Yo lo confieso en verdad,

que el tener es de opinión.

1).

Y Bradamante consiente

a darles su parecer ello

y por fuerza ha de hacello

que es hembra, aunque valiente.

Vanse los dos o trezianos.

Rugero.

Ha salido el punto de esto,

no se trata de otra cosa.

Salen Roldán y Reynaldos.

Reynaldos.

Será la ocasión forzosa

si me arrojo con el trecho.

Rugero.

Quiero a Reynaldos probar

y escucharles intento.

Reynaldos.

Que busque, busque mi padre Aymón

ocasión de me inquietar,

suya será, vive Dios,

aunque se pierda el respeto,

pues quiere en un efeto

que se quiebren cien cordos.

Roldán.

De esto del quererse bien,

primo, no se adivina nada;

sé que estaría bien casada

con Rujero, Reynal, y yo también

que no conozco aquí

lo que Rujero merece.

Rugero.

Mejor dijeras padece

a saber lo que hay en mí.

Roldán.

Pues, ¿qué pretendéis hacer?

Reynaldos.

Ir, Reynaldo, a mi padre

y consultar con mi madre

lo que en esto sea de hacer.

Roldán.

¿Qué responde a eso mi tía?

Reynaldos.

Está peor de ablandar

que si fuere a casar

con reyno de mesoría.

Rugero.

Ya lo podían ablandar

y mirar lo que es mejor.

Roldán.

Yo voy al emperador

por si le podré hablar.

Reynaldos.

Y yo hablaré con mi hermana.

Roldán.

A Bradamante de falda

que ahí queda con doña Alda

por estar con su yrmana.

Reynaldos.

Pues vámonos juntos.

Roldán.

Vamos.

Vanse Roldán y Reynaldos.

Rugero.

¡Amor, sufres y callas!

Pues yo pretendo hablallas,

por tantas pasiones vamos

de lo que ha pasado aquí,

me espanto en tiempo tan breve.

Ptog. 5

Palcán.

que nadie en París se mueve

que yo no trate de mí.

Que de Roldán no me espanto,

ni de Reynaldos, si hablan,

que al fin mi negocio entablan

que lo han procurado tanto.

Las ocho o las nueve han dado,

que es hora ya de cenar.

¡Ay, Palcán! O qué do hablar

para enviar un recado

a la ventana del huerto

desta casa de Roldán.

Y mal sino que estorban,

y aún sale en efeto cierto.

Cubrirme quiero, que salen,

no será Marfisa, y

que debe de estar aquí.

Salen a la ventana Bradamante, Marfisa y Palcán, y éntrense los dos, y Palcán.

Marfisa.

Ahora los votos se igualan,

y si a mi hermano Rugero

faltare en Francia favor,

para con ese señor

verle casado no quiero.

Cuanto más que bastaría

el voto más importante,

que es el vuestro, Bradamante.

Bradamante.

Basta ya un sobrar de brío.

Marfisa.

Y Palcán, mata esa lumbre,

que nos verán de la calle,

que a alguno veo de talle

que nos dará pesadumbre.

Rugero.

Sentido me han, cubriréme.

Al lado de la ventana...

¿Qué demonio? ¡Está mi hermana!

Marfisa.

Porfía, enojaréme.

Caballero, ¿hay por aquí

algún entretenimiento

que muda vuestro asiento?

Rugero.

Que no le muden de mí,

yo me voy.

Bradamante.

Ya os conozco.

Marfisa.

Cierto de ese caballero,

ha de ser, ah, Rugero,

que la pluma reconozco.

Bradamante.

A gentil hombre asenor,

vuelva a ver de dónde no es él.

Rugero.

Permita el hado cruel

cualquier ultraje e invención.

Soy mujer hoy, y aquel

que el mundo por mí conoce,

a quien con no conoce

que no me conocen.

Y yo, hermosa Bradamante,

que, si no es en mi fortuna,

que tiene firmeza alguna

con un casar constante,

y como el cielo derrise

que mi presunción se baje,

y en cuanto duermen salvaje,

que duele ser semejante.

No quiero vuestras ternezas

suelto con el dolor

de tanta vuestra valor

tan bueno entre los buenos.

Porque le comprendéis do

lo que podré mal del

que es caro, la fiel

de mi sabida hacienda.

Rugero.

¡Ay, mi señora! ¿Y qué alma

ha de mezclar su deshora,

un poco lugar y hora,

para hablaros que quería?

Marfisa.

Sí, señora, dáselo,

y, Palcán, vámonos de aquí.

Lo que al cielo de a...

lo que, y amida el cielo.

Vase.

Bradamante.

Rugero, cual siempre fue,

tal en buena o mala suerte.

Os serví hasta la muerte

con el mismo amor y fe.

Y antes en el bien y mal,

y en la rueda de fortuna,

si verán mudanza alguna

que me conozcáis mudar.

Con pena o con firmeza,

que de mi entón... no ha sido,

nunca puede ser movido,

tal en vuestro amor estoy.

Y hago testigo a Dios,

de que la hacienda me enfada,

y otro empeño no me agrada,

sino el que no tenéis vos,

y ansí confiad, Rugero,

que en esta vuestra ciudad,

un muro hay de voluntad,

que no le rompe dinero.

Rugero.

No más amor con menos experiencia,

que dará eternamente esta efeción

un corazón que busca la clemencia,

viniendo ya del mal en el remedio,

con tal seguro llevar a paciencia

lo que señora con trajín de denso,

fortuna en mi provecho despusiere,

que ya no tengo por qué desespere.

Y ansí mi alma en tanto solo os pido,

os acordéis que amé en cuanto grado

la razón de que os amé habéis tenido,

y tengo, y ordenó mi duro estado,

que de otro amada nunca ha sido

su amor con tanta fuerza comprobado.

Ni aún creo tiene el mundo caballero

que os haya de servir como Rugero.

Bradamante.

Que os satisfacéis con todo aquesto,

que en esta parte os tengo declarado.

Rugero.

Mi alma, no os quería ver molesto.

Más temo como como buen enamorado.

Bradamante.

Pues desta duda os sacaré bien presto.

Que la hora que en palacio abrían era.

Y ve Palcán, llama mis criadas.

Palcán.

¿Cuál de criadas? (las que estuvieron apresadas).

Pide.

Vase Palcán y vuelve luego y digo.

Palcán.

A mostrar lo que él tengo en pensamiento.

Rugero.

¿Y adónde luego, Bradamante?

Bradamante.

Aquí podréis, con mi...

Marfisa, ir a su hermana como el viento.

Palcán.

Y Palcán o quiere otros testigos

que os diga lo que hoy sacó y rento.

Delante todo el mundo, oíd, Marfisa,

que presto acabaré, y voy de prisa.

Nos vamos, Marfisa, ya de aquí adelante

tenéisme ya entendido, caballero.

Marfisa.

Todo repara, hermosa Bradamante,

en vuestra voluntad, ni es de Rugero.

Rugero.

Todo repara en dicha de la amante.

Bradamante.

Y luego valor y prendas considero.

Todo repara en vuestra buena andanza.

Y en que tengáis de mí más confianza.

Palcán.

Señora Bradamante, ya concluyo y espero.

Adiós, Rugero, mi... y hasta mañana.

Rugero.

No se repone caballero allá siquiera,

o por acá o por allá de mi hermana.

Bradamante.

No, no, señor, ¿quién más que yo quisiera,

sería darlas la casa abierta y llana?

Catorce días que amor ni un padre tiene.

Y esto es lo que al negocio no conviene.

Marfisa.

Ay podréis estar, hermana, hermano al paro.

Vanse y queda Rugero.

Rugero.

Paso se va de mi pasión amarga,

que de un contento solo saco ocaso.

Tras de una ausencia tan prolija y larga.

Y que tenga amor en este caso,

y el ser de mi justicia se recarga.

Pues sabéis en armas quién soy siempre,

y cuantas ocasiones he vencido.

Ptog. 6

Rebózase y pónese a un cabo, y salen Roldán y Reynaldos.

Roldán.

Bien está el emperador

en que negocie Rugero,

mas quisiere yo ser primero

de mi prima la exterior.

Reynaldos.

Que yo lo sé, y esto baste,

que su voluntad me allana;

pésame y pena, mi hermana,

de que a tal tiempo se gaste.

Y aun a todo el mundo pesa.

Salen Bradamante, Marfisa y Palca.

Roldán.

¿Quién va, quién sale de casa?

Palca.

Mi señora, ¿qué pasa?

Salta Palca a su priesa.

Reynaldos.

Señoras, ¿dónde a tal hora?

Bradamante.

Allá, hermano, os lo diré.

Roldán.

Algún secreto será.

¿Cuál Marfisa es, mi señora?

Marfisa.

Acaso me hallé, señor,

con mi señora doña Alda.

Reynaldos.

Y ella viene, y Roldán no le falta.

Que cenaremos mejor,

vamos, que hacemos aquí.

Bradamante.

Marfisa, ¿es Rugero aquel?

Marfisa.

Señora, entiendo que es él.

Bradamante.

Bien cierto tuve de mí

que todo estará muy bien.

Rugero mi bien pretende

y el príncipe lo ruega y atiende;

a mi voluntad también

yo la sabré igualar.

Dígalo, y en concluyendo.

Roldán.

Y vuestra jornada desmintiendo,

que se había de consolar.

Bradamante.

Dígalo, y Reynaldos, ¿quién erais?

¿Qué del correr arrebozados?

Marfisa.

¡Oh pobres enamorados,

siempre destos me reí!

Palca.

Ánimo, señor Rugero,

todo es vuestro en mi conciencia.

Rugero.

Ánimo tengo y paciencia,

que soy muy buen caballero.

Vanse todos y queda Rugero.

Rugero.

Paciencia tengo sobrada,

ya fuerza habré de tenella,

si se ha de hacer con ella

tan toda esta jornada.

¿Aquí no hay más que hacer?

Dar, ricos, quiero elegir

para de mi mal huir,

que ajeno no puede ser.

Apártase a un lado y entra el emperador, y Oliveros y otros los más que pudieren.

Emperador.

Basta que está la corte alborotada

con este casamiento de Rugero,

y tiene la más gente aficionada

en verle tan humano caballero.

Oliveros.

En darles lo que es suyo no ha sacado nada.

Si amor le da su fuerza, empe, de él espero

la intención resoluta para en dando,

rematar el negocio, acomodándolo.

Entra Bradamante y Marfisa, y Palca, y Roldán y Reynaldos.

Oliveros.

Gente sube, emperador, mirad quién.

Es Bradamante y Marfisa.

Emperador.

El negocio va de prisa,

y a mí me parece bien.

Entran los dichos y hacen su acatamiento.

Emperador.

Señoras, ¿hay algo nuevo

en que os pueda servir?

Bradamante.

En mí no hay nuevo que decir

salvo hacer esto que debo.

Fueron mil trabajos todos;

siempre acudo a vuestra alteza

que nuestra naturaleza

dio, diré por varios modos.

Y a mí esto de las cosas pido

que una merced se me haga,

la cual mejor sabe, y paga

para en todo lo servido.

Emperador.

Demandadlo, os está llano,

pedid lo que os diere gusto,

nunca pediréis injusto,

aunque estuviera en mi mano.

Bradamante.

Es, señor, lo que demando

que el que mi esposo ha de ser

me sepa en campo vencer

a mí y a él peleando;

que quiero tener marido

aun mejor que yo en efeto

para tenerle respeto

y que sea de mi servido.

Y si a mí toca el ganarme,

quien de mí se defendiere,

de sola yo sea quien fuere,

que a tanto quiero obligarme.

Emperador.

Por Dios, decís sinrazón,

y aun si pido se os conceda,

que no hay de sí que no pueda

pretender vuestra afición.

Mas ¿qué queréis que mande

en lo que, señor, se ofrezca?

Bradamante.

No hay cosa que no merezca,

porque su valor es grande.

Reynaldos.

Vuelvo de lo que ha pedido,

gánela muy por la lanza;

quien della tiene esperanza

buscado ha nuevo ruido.

Emperador.

Su padrino quiero ser.

Marfisa.

Y yo, invictísimo señor,

su madrina, de favor,

con que pretendo vencer.

Emperador.

A fuerza de vuestros bríos

del mundo podéis triunfar,

los cuales me habéis de dar

para unos y mil abrazos.

Emperador.

Ahora, idos a reposar.

Roldán.

Más propia para cenar.

Emperador.

Paso, en casa cenaremos,

hola, pida su recaudo.

Roldán.

Señor, a mi casa van,

y esto está de recaudo.

Emperador.

Pues id en buena hora a Dios,

que mañana volveremos.

Vanse.

Marfisa.

Ahora conoceremos

d'esos pretensores dos.

Venga cada cual valiente,

gánela a fuerza de brazos.

Reynaldos.

Y si saliera desabrido,

presto tuviera combatiente.

Marfisa.

Y quien tan dino de fama

soy como el emperador.

Roldán.

Y yo que tan merecedor

soy de los brazos desta dama.

Bradamante.

Si por mis brazos lo habéis,

señor primo, vuestros son.

Roldán.

Pasó vuestro padre Amón;

suplícoos que le calléis,

que de saña viene lleno.

Sale Amón muy colérico.

Amón.

¿Adónde está Bradamante?

Agradece a quien delante

tienes, que el respeto debo,

siendo yo ya informado

que en esta calle hoy...

Y pero pues vas contra mí,

y en pena de su pecado,

de aquí te quiero llevar

adonde nadie te vea,

hasta que vengado sea

de quien me quiere ultrajar.

Roldán.

Oh señor, que en el estáis,

Amón.

Suplico que me calléis.

Roldán.

Y estas mis canas miréis,

que al fin, señor, la tenéys.

Ptog. 7

Acuala y dice Rugero que había estado atento a todo.

Rugero.

¡Vive el cielo, padre cruel,

que estaba por darte el pago!

Y si agora no lo hago,

es por usar mejor dél.

Marfisa.

Vámonos, tira él, nosotros...

Roldán.

¿Cómo, que ansí le dejemos

y que tan poco podemos?

Vanse todos y queda Rugero.

Entra Fidelino.

Rugero.

¿Qué habéis de poder vosotros?

Yo lo habré de remediar,

con llevalle desta suerte,

dando al príncipe la muerte

que me la pretende dar.

¡Rugero, por Dios eterno,

de tomar luego un caballo

y de partirme a buscallo,

aunque esté dentro el infierno!

Que quitado de delante

este mi competidor,

podré negociar mejor

con Amón y Bradamante.

Y luego esta noche iré.

¿Estás ahí, Fidelino?

Fidelino.

Señor, sí.

Rugero.

Ensilla a Frontino,

mas vamos, que yo lo haré.

Jornada segunda

Ptog. 8

Jornada segunda. Tocan cajas y sale el príncipe León y algunos de batalla.

León.

¡Cómo, soldados, hay tan poca industria

en todo aqueste ejército, que en vano

se apropinicuó a batir un solo puente

en el río que defiende Nadio!

¿Qué veis, que a dos mil búlgaros puedan

reírse de nosotros a tal tiempo,

cuando mi padre nos está mirando?

¡Al arma, amigos, a las armas presto!

Y yo tomaré un leño y otro...

fagina y madera necesaria,

calando hasta la cinta por el agua,

porque tengáis en mí notable ejemplo.

Soldado 1.

Confiamos, no está el punto en eso,

sino que por la parte del contrario,

un solo caballero nos impide,

agora nuevamente aquí venido,

que así se arroja y mete por las armas

como si fuesen blandos, tiernos juncos

que orillas desta selva el vado cría.

León.

Noticia tengo dese caballero.

Soldado 2.

Viene sobre un caballo furioso,

gallardo, soltador, recio: Frontino,

que hace bien su parte en la refriega;

armado viene de cintas y picado,

y para divisa un unicornio blanco,

en campo colorado... León, ya le viste,

y aun he estado mirando de propósito,

que de afición no poco me aprehenda,

aunque mis gentes viene destruyendo;

con él lo subator, y para siempre

tendré en memoria su famoso estrago.

Tocan adentro a recoger.

León.

Pero ¿qué es esto? Tocan nuestras cajas

a recoger, a recoger, vamos de huida.

Sale un soldado con la espada desnuda.

Soldado 3.

¡Oh caso temerario! Agora acude,

que búlgaros publican ya victoria,

y el campo nuestro vuelve deshuido

a causa del valor de un caballero,

en cuyo rostro o ámbito él desmaya,

y en cuyo brazo, esa gallardía y fuego,

rudo, oh único hijo de la diosa,

famoso en el herir, espada y maza.

Ha muerto a Clodio, al capitán Arnesto,

y porque concluyamos, viene haciendo

en el resto que topa grande estrago.

Sale otro soldado herido, con una espada.

Soldado 2.

¡Válgame Dios, el cielo me reciba,

que un llanto extraño hallo acogimiento!

Perdido el campo y perdido todo.

A retirar, soldados, ¿veis las cajas,

que apenas se oyen por estar ya lejos,

y estando aquí esperando vuestras muertes?

Recógese, León, príncipe amigo,

que tu padre está puesto en gran cuidado,

pensando que ya faltes, león noble y espanto,

que no ha podido al fin calar el puente.

Soldado 3.

Juntando leño a leño y barca a barca,

al fin recesó muriendo mucha gente,

y el general de búlgaros, Bretano,

en el tropel primero dio el espíritu

a su Hacedor. Murieron también otros

de gran fama, de valor y prendas,

y ellos también murieran hasta uno,

un demonio no acude que invistiéndose

desbarata la banda de los nuestros,

que por un dios adoran todo el coto,

y a la fortuna bajo él protegían,

y la voz de victoria, puerto al labio,

acuden al favor los de su bando,

donde verás, señor, heridos unos,

y otros querer salvar la vida en vano,

y en las aguas su sangre sudor beben,

rindiendo al cielo las medrosas ánimas,

al efin, señor, el bien se ha trocado.

A retirarnos llama el bando y cajas,

vamos, señor, en qué nos dilatamos,

que más espacio del que el tiempo pide.

León.

Vamos, Gergar..., que con esta vida

quiero añadir si ser pudiera a todos.

Quiere andar el soldado y no puede.

Soldado 3.

Andad, señor, que todos os seguimos,

vaya, y medios, no puedo andar un paso,

yo debo de tener el pie herido,

y con la pausa el frío le ha ocupado,

aquí será posible ser mi muerte.

Al fin, ya yo no puedo mover paso.

Vanse todos y queda el soldado herido, y entra Rugero colérico de la batalla.

Rugero.

¡Vive el Señor, cobarde y infame gente,

que al haberme arrojado del caballo,

que ha de ser para más perdición vuestra!

Soldado 3.

¡Tened, cielo, piedad del alma mía!

Rugero.

Perro, traidor, dime para qué quieres...

el que las riendas ambas me cortaste

y volar del caballo me hiciste,

que en tus sobreseñales te conozco.

El caballo me coges y no quieres

que aquí te acabe como no camines.

Soldado 3.

Bien fácilmente, y, ilustre caballero,

hiciera tu mandado si una herida,

que ha sido causa de que te esperase,

lugar me diera de poder servirte.

Rugero.

Y, ¿acaso has visto a León Augusto,

que en esta gran batalla se ha escondido,

si no lo hace la desdicha mía?

Soldado 3.

De aquí se fue, señor, en este punto,

obedeciendo el orden de su padre,

que a sobrado valor se ha puesto miedo

y cajas sin razón con que se mueve

sin llevar hecho agravio.

Rugero.

Las señas dél me da dese príncipe,

que del otro ya las he tenido.

Soldado 3.

Señor, lleva unas armas que al lado tuyas,

y en el escudo una divisa verde.

Rugero.

Ya entiendo, o la divisa es de esperanza.

Soldado 3.

Lleva en ella las lises de madama,

que es la dama francesa, según dicen.

Rugero.

Paso, no digas más, que es la de acara...

que a pie le he de seguir cuando el caballo

ya no pueda coger...

Soldado 3.

Remedio bendito,

que deste caballero me ha librado.

Muy mayor sujeción en el campo griego,

agora me iré y poco a poco,

que en boca del contrario oigo victoria.

Ptog. 9

Soldado 3.

Aun me podría ser bien necesaria

aquesa, cuan dudosa esté esperanza,

por ver de la fortuna su mudanza.

Salen los del bando contrario, búlgaros.

Soldado 1.

¡Victoria, amigos, victoria!

A búlgaros salgamos,

y la corona pongamos

al más digno de la gloria,

aquel ángel que ha venido

en nuestra ayuda y favor,

porque su industria y valor

más que un reino ha merecido.

Soldado 2.

Y pues murió el general

y rey nuestro en la batalla,

búsquese para alaballa

un otro tan principal,

y reine luego por mí,

que por los votos que hay

desde aquí el voto le doy,

como al otro se le di.

Soldado 3.

A todos nos está bien,

conviene que le busquemos,

para que le hallemos,

no de buscarnos el bien;

pero ¿adviertes el que pasa?

Sale Rugero y dice.

Rugero.

Que estéis, soldados, desconfiados,

y a tu valor obligados.

Soldado 2.

Que bando muy de tu casa

búlgaros somos y amigos

y despuestos servidores

de los que llamas menores,

no cual piensas enemigos.

Soldado 3.

Aquel griego levantado

sin justicia ni razón,

no con otra pretensión

que de tomar a Belgrado,

quisímosle defender,

y en vano se procurara,

si tus fuerzas nos faltaran

con que pudimos vencer.

Ansí vista la victoria

adquirida por ti,

nos pareció desde aquí

dar principio a tu memoria.

Rugero.

O cuán de espacio nos vamos.

Pregunténles qué hacer.

Soldado 1.

Queríamos te ofrecer

este reino donde estamos,

pues por ti se conservó,

y nuestro rey perdimos

en la batalla que hicimos,

Rugero.

Que al fin vuestro rey murió;

no poco habéis arriesgado.

Soldado 2.

Es lo que perdido habemos,

cuanto en vos ganaremos,

teniendo rey el estado.

Rugero.

No, no deis ensayo a eso,

que para rey no nací;

cuán bien que burláis de mí,

en esto que me ha tocado al paso.

Soldado 1.

Éstas son veras, señor,

las que agora se te ofrecen.

Rugero.

Confieso que lo parecen,

mas buscad otro señor;

que yo os quiero por amigos,

estimando la afición

que pagué en la ocasión

contra vuestros enemigos,

que fuera a vuestro buscar

con qué poder ofendellos,

pues busco al mejor dellos,

y en qué poderle enojar.

Seguid un buen intento

que aquí tenéis esta espada,

en cualquier tiempo obligada

con un firme pensamiento.

Soldado 2.

No hay intento que seguir,

que el contrario Constantino

que a darnos la guerra vino,

no entiende sino en huir,

y se retira a su estado,

que ya en su casa estará.

Rugero.

Pues conviene me vaya allá,

si en campo no le he hallado.

Soldado 2.

Seguiremoste, señor.

Rugero.

No, no; señores, quedaos

y con la victoria holgaos,

que es el camino mejor.

Soldado 1.

El cielo te dé contento,

que aun nos lo das y has dado,

en que con nos te has mostrado

valeroso y de buen tiento.

Alto, de aquí caminemos

con la demás gente nuestra,

que pues fortuna es diestra

con su favor, venceremos.

Vanse y sale León, a gusto con un soldado, a quien pregunta por Rugero.

León.

Entre las armas, Amor

solicita mi contento,

y en medio mi pensamiento

quiere andar a su sabor,

que me trae a la memoria

a mi amada Bradamante,

teniendo el pesar delante

de mi perdida victoria.

¡Reina del alma y mi vida!

¡Cuánto diera por tu espada

en la batalla pasada,

que sin ti ha sido perdida!

¡Diera por aquel famoso

que se ha encontrado conmigo,

si confrontara contigo

en trance tan peligroso,

aunque por lo que le quiero

ya me pesara de verte

opuesta a la buena suerte

de un tan bravo caballero!

Que es de tan grande valor,

cuanto en mi vida yo vi,

aunque para contra mí

desconfiad el mejor

cuando ha de ser aquel día

que para consuelo mío

se vea en el poder mío

por poderte llamar mía;

y yo tuyo, pues lo soy.

¡Hola, a ti digo, soldado!

Soldado.

Señor León, habéis caminado

por aquestas villas hoy.

Soldado 2.

Sí, señor, y aun en aquesta

dehesa, que es cierta arboleda,

un hombre alojado queda,

que a Grecia no poco cuesta.

León.

¿Cómo soldado del bando contrario?

Que contra nosotros vino,

trae un caballo frontino,

belicoso y temerario,

y un unicornio por armas,

blanco en campo colorado,

en el escudo pintado,

y unas bien dobles armas.

¡O, cuánto en el alma siento!

¡Qué de caballeros agora

a la fementida Teodora

mi tía tiene su asiento!

Porque a su hijo le ha muerto,

y si lo alcanza a saber,

allí le han de conocer,

téngalo yo por cierto.

Y estimo yo al caballero

lo que se puede estimar;

y le quisiera avisar.

Soldado.

Pues yo seré el mensajero.

Que él os sabrá reconocer.

León.

Pues ve, y di en el instante

que de ahí para adelante

si le pudieres ver...

Ptog. 10

León.

Avisadme si le halláis,

que en el campo me hallaréis

si con recado volvéis

y por León preguntáis.

Soldado.

Yo traeré todo recado.

Vase el soldado.

León.

Presto, y avisad después,

que del trabajo después

seréis bien galardonado.

Como que algo me importe,

pretendo yo al caballero,

mas, ¡ojalá un tal guerrero

yo le tuviese en mi corte!

Porque con él no riñera

por el mayor imposible,

y a esta gente incorregible

su merecido daría.

Quiero a mi padre acercarme,

que adentro se ha retirado

de su hacienda y estado,

y debe ya de buscarme.

Vase y sale Bradamante e Ipalca.

Bradamante.

¿Qué te diera, Ipalca mía,

porque a la corte partieras

y alguna nueva trajeras

que fuera de mi alegría?

Ipalca.

Cuanto y más desde el día primero,

que vivo sin mi Rugero

de quien ya querella tengo.

Pues pudiera haber venido

al descuido por aquí,

mas el ausencia, ¡ay de mí!,

es grande ocasión de olvido.

Y él me ha descuidado, cierto,

pues no me descuido yo

de las órdenes que él me dio

aunque en aqueste desierto.

Que en tan grande soledad

con la dulce fantasía

le acompaño noche y día

y hago toda amistad.

Ipalca.

No debe estar descuidado

doquiera que está Rugero,

que es amante verdadero

y en mil ausencias probado.

Diole el acaso noticia

de su venida, señora,

para increpalle agora

del descuido y de malicia,

veo que tu padre Amón

te trujo a aqueste lugar,

por poder algo evitar

de su alta presunción,

de donde, señora, infiero

que a nadie cuenta daría

del lugar do te retira

que avisase a mi Rugero.

Cuanto y más que bien podrías

con irlo a la ciudad,

pues tienes comodidad

alguno de aquestos días.

Bradamante.

Y si mi padre acudiese...

Ipalca.

Finge que no te matase

cuando ausente te hallase,

cuando mucho te riñese.

Podríamosle fingir

que se hace una invención,

que es semejante, señora,

porque armada has de salir

que son tus profesiones.

Las armas disfrazaremos,

lo que por Rugero hacemos

con gran disimulación.

Bradamante.

No soy, Ipalca, mal presta,

debo a mi padre obediencia,

y cuando haga esta ausencia,

y mi padre se recela,

¿dónde hallaré a Rugero,

y a su casa a buscalle,

y cuando acaso le halle

diré que por él me muero?

Ipalca.

Y yo le tengo a buscar,

no conozco presupuesto,

es determino no honesto

de que yo no debo usar.

Vese, señora, en la ocasión

métase que es un travieso.

Ipalca.

Yo no reparo en eso

cuando subiera afición.

Bradamante.

Pues la afición me compele

a que la cosa no olvide

que puerta a él no permite

amor que de él me recele.

Que huyo de disgustalle

y en este tiempo, señora,

será felice la hora

en que la ocasión halle.

Y para cerrar proceso

y tener segundad

de toda su voluntad.

Ipalca.

Y no la tienes sincera.

Bradamante.

Seguridad grande, cierto,

mas es con este seguro

que por cielo y tierra juro

que le doy un pecho abierto

y una voluntad sincera

que nace del corazón

para que le ame y quiera.

Pero advierte que ruido

anda por esta arboleda,

no haya quien notarnos pueda

si acaso nos han oído.

Aquí adentro hay ruido de espadas y habla de dentro Roldán y Marfisa.

Roldán.

Poned mano, caballero,

que las palabras no son

de provecho en tal razón.

Marfisa.

Eso mismo es lo que quiero.

Ipalca.

De armas es la contienda.

Bradamante.

Pues ve, y las armas apresta,

que la mi fortuna es esta

que el tiempo pasado enmienda.

Demos a la vida traza.

Ipalca.

¿Y sobre qué te has de armar?

Bradamante.

Sobre estos podrán asentar,

que son vestidos de caza,

si no hay necesidad

de armas, que poco importa,

sola mi espada, aunque es corta,

trae por la brevedad.

Ipalca.

Pues, señora, voy por ella.

Bradamante.

Contigo iré, vamos presto,

que me importa saber esto

por si hay alguna querella.

Vanse y salen Roldán y Marfisa embozados y las espadas desnudas.

Marfisa.

Maravillosa invención

es aquesta, don Roldán,

los del castillo saldrán

hasta Urbio Amón,

y acudirá Bradamante

al alboroto y ruido.

Roldán.

Si ella lo hubiera sentido

ya estuviera aquí delante,

que en extremo es belicosa,

y para podelle hablar

ansina se ha de intentar,

que no nos cumple otra cosa.

Presto las armas tomemos,

al disimulo riñendo,

alguna cosa fingiendo,

porque la batalla hacemos.

Sale Bradamante con su espada y pónese en medio.

Bradamante.

Paso, la batalla cese.

Roldán.

Dejaré el vivir primero.

Bradamante.

Déjese, caballero.

Ptog. 11

Bradamante.

o ventura cuando os dese

yo no soy de provecho

ni darte para esto ruella.

Roldán.

Siendo la vara a cavallero

terneyra a esotro derecho.

Bradamante.

Alto, yo la he a sacar,

haceos, señor, a una parte.

Marfisa.

Ni yo dejaré mi parte,

ni la batalla os daré.

Bradamante.

Pues sed ambos para mí,

que aunque sea dicho loco

es para mí el mundo poco

en cualquier parte y aquí.

Roldán.

Pasad agora, donzella.

Bradamante.

Mostrádmelo con la espada,

y quiero ir informada

desta pesadumbre en ella.

Roldán.

Esto quiero yo decir,

y el cómo y dónde la fundo,

porque como a uno del mundo

os tengo de conduir.

Dice aqueste cavallero

que tenéis aquí delante

que casará con Bradamante

con el que llaman Rujero,

porque dicen que es galán

y cavallero aunque pobre.

Yo digo así, que le sobre

el título que le dan,

y que tenga de valor

lo que agrade a Bradamante,

si es príncipe de Levante

León su competidor.

Y valiente, y es valiente

y belicoso Rujero.

Bradamante.

Al uno y al otro quiero

satisfazer brevemente

si los rostros descubrís.

Roldán.

Eso no se puede hacer.

Bradamante.

Agora dadme a entender,

para eso que decís

que pide primeramente

y requiere el casamiento.

Roldán.

Primero el consentimiento

de uno y otro contrahente.

Bradamante.

Pues si gusta Bradamante

de complacer a Rujero...

Marfisa.

Es León un majadero

en mostrarse tan amante,

y quien lo porfía más,

y me lo arruin que sé

que ni en León hay firmeza...

Bradamante.

Ni la pueda havella jamás,

y esto probaré con vos,

que su valor defendéis.

Roldán.

¿Conmigo solo queréis?

Bradamante.

Con vos y con ambos dos.

Roldán.

Pues certifico que en mí

halló, señora, un Roldán.

Bradamante.

Con cuantos en Francia están...

¡O abre!... Pero, ¡ay Dios, qué vi!

Señor Roldán, ¿qué es aquesto?

¿Es manera de probarme?

Roldán.

Probarme y aventurarme

en daño tan manifiesto.

Hablad, señora, y honrad

a Marfisa, mi señora.

Bradamante.

¡Oh dichosísima hora

de tanta felicidad!

Marfisa.

Mi señora Bradamante,

quien nunca os pudo olvidar

a fuerza avré de buscar

con que teneros delante.

Bradamante.

¿Supiste que estaba aquí?

Marfisa.

A tiempo avemos venido,

sintiendo aqueste ruido,

para sacaros de aquí.

Bradamante.

Astuto y notable hecho,

pues no está mi padre en casa,

que, a ver oído lo que pasa,

saltado huviera del seso.

Roldán.

Ansí, pues lugar ternemos

para podernos holgar

y del negocio tratar

que comunicado avemos.

Bradamante.

Y fácilmente.

¿Hay algo de nuevo agora?

Roldán.

Que Marfisa, mi señora,

es en estremo mal paciente.

Bradamante.

Como nunca tuvo amor

esta mi señora dama,

no conoce del que ama

la firmeza y valor.

Roldán.

Yo estoy de eso confiado,

y esta venida excusaba.

Marfisa.

Pues yo lo probaré, cuñada,

de mi cuñada apoyado.

Bradamante.

Beso a vuesa merced las manos

por el nombre que me da.

Marfisa.

De cuñada claro está,

son estos los pasos llanos.

Roldán.

Agora basta lo argüido,

y, desque casi es llegada

la hora en que, por la espada,

avéis de tener marido,

¿qué me decís? ¿Os halléis

en la corte al tiempo puesto

que verá León muy presto

donde verle pretendéis?

Marfisa.

Donde verle aun no quisiera,

sin reír, señor don Roldán.

Bradamante.

Antes, si acá vinieran

muchas cosas aquel día,

y allí al fin le quiero ver,

para podelle mostrar

que no se puede forzar

mi voluntad y querer.

Y entre tanto que hay lugar

y mi padre se detiene,

vamos, que el castillo tiene

donde las podáis recrear.

Y luego os podréis partir

por dar a entender agora

a Marfisa, mi señora,

cómo la deseo servir.

(Vanse)

Sale Teodora, tía de León y traen sus criados preso a Rujero y guarda y alcaide.

Teodora.

Aquí me lo dejad aprisionado,

para que el agravio hecho a Constantino,

y que el edicto suyo a contrastado,

viniendo por el término que vino,

pague con un castigo tan malvado,

y traydor, que de otro nombre no eres dino,

pues de la prenda que querían mis ojos,

cruel, a mí me quitaste los despojos.

Rugero.

Traidores sois vosotros, Teodora,

que habéis conmigo usado alevosía

con hospedarme con aplauso y fiesta,

y durmiendo al pie de hospedería,

y nueve hombres aleves y de mampuesta

en trueque de razón y cortesía.

Que si maté a tu hijo, fue bien muerto,

si fue de bueno a bueno en campo abierto.

Teodora.

¿Queréis que mate en campo cerrado,

mal muerto, por ganar de lo contrario?

O purgarás mi daño y tu pecado

con un castigo bien estraordinario.

Rugero.

Haz tu gusto, cruel, que asemeyado

muerte me es en el fiero necesario,

y sea con brevedad el darme muerte,

que está en la brevedad mi buena suerte.

Teodora.

Matarásme, traidor.

Rugero.

No aun digo tanto,

sino hacerte agravio, lo que pueda,

y no temo padecer el daño tanto,

que a semejante estremo género exceda,

que eres mujer que excedistes cuanto

de rigor y crueldad tener te queda.

Teodora.

Mucho hablas.

Rugero.

No quiero que hables,

o no debe de ser comunicable.

Teodora.

¿Pues comunicación querrás conmigo?

Rugero.

¿Con quién mejor comunicar podría

sino con un demonio, mi enemigo,

si en un infierno estoy donde no hay día?

Teodora.

¿Demonio te parezco?

Rugero.

Ángel mío.

Ptog. 12

Teodora.

Me querrás parecer fiera arpía,

vete de mi presencia y de mi lado,

que eres lo que demonio ha condenado.

Y yo me iré; requeriré esas prisiones.

Alcaide.

Fía, señora, de que estaré seguro.

Traigan la dama dos o tres soldados.

Guarda 1.

Dejad una llave a mi mescalmuro,

y allí procurará con sus devociones

librarse, que por mi Dios le juro

que no tiene más término de vida

de cuanto la mañana sea venida.

Guarda 2.

Buen recado tenéis, señor, paciencia,

que en la culpa con tanto...

que a ella os entrego.

Guarda 1.

Grande insolencia.

Alcaide.

Vosotros que sabéis si así convino.

Guarda 2.

Yo sé que en León se vio hoy más clemencia,

y de aquesta prisión se va huyendo.

Rugero.

¿Qué veis? ¡Ay, Dios, que aquí suena...

Alcaide.

Tiempo vendrá que habléis de otra manera.

Vanse y queda Rugero aprisionado con las manos atadas atrás.

Rugero.

Tiempo, ven a que llore,

porque la fiera muerte

vuelva mi triste ser...

para dar tal...

que aqueste agravio veo,

pero yo merezco esta partida.

¡Ay, alma combatida

de mil contradicciones!

¡Ay, bella Fénix mía,

turbado veo el día,

que espero por fin de mis pasiones!

¡Ay, cómo, sin...

de aquesta muerte mía a las...

Sabráslo, yo lo fío,

que la sentencia es dada,

y el vivir tiene en la prisión clavada,

opuesto al albedrío

de una mujer airada,

que puede y que podrá salir con ello.

¡Sagrado del merecello!

A mí, ser o paciente,

cuán sin razón me quejo

de tu bella...

y de tener... brazo valiente.

Fiad a mi esperanza

que solo me consuela esta esperanza,

hasta en esto se extremaron

estos villanos conmigo.

Por este...

también las manos me ataron.

Y quiero, como pueda, al fin

buscar a esta cárcel desato,

hasta ver el cimiento

de aquesta gente...

Vase y sale León y el alcaide.

León.

¿Y decid, alcaide, el preso

tenéisle a muy buen recado?

Alcaide.

Señor, ¿cuál me habéis mandado

que en...

León.

Conviene miréis por él,

que me da a mí contento.

¿Lo tenéis en qué asiento?

Alcaide.

En la prisión más cruel.

En el cuarto más seguro,

donde a oscuras se encendía.

León.

Muy bien a fe, que me temía...

en esa está seguro.

Alcaide.

Seguro y guardado cierto.

León.

Quiero ver dónde le tenéis,

porque no os desvanezcáis

de que está bello y muerto,

que es un... de rayo

de quien mi padre blasfema.

Alcaide.

Ya, señor, allí de...

y escotadlo que...

León.

Guía, que le quiero ver.

Alcaide.

Muy en buen hora, señor.

Mata al alcaide León.

Alcaide.

¡Ay, Dios!

León.

El orden mejor

es este a mi parecer.

Yo fío que haya ocasión

de dar a este libertad,

cuyo valor y bondad

parece gran sinrazón.

Habla de dentro.

Rugero.

¿Quién habla o hace ruido?

Si se arrepientan, o a suerte

vienen a darme muerte

antes que haya amanecido.

León.

Ah, caballero, ah, señor,

¿no me oís?

Rugero.

Sal de esa espelunca,

si tanta es la voluntad

que tenéis de mi dolor.

León.

¿Cuánta pena habéis que tengo

de que la muerte se os dé?

Rugero.

Cuánta, decir no sabré,

que es lo que quiero y ya vengo.

A la tardanza, perdonad,

que el hierro me ha pesado.

León.

Ese hierro me ha pesado,

más que a vos, digo en verdad,

que tengo bien conocida

y en experiencia el valor

de vuestro brazo, señor,

que de mi estima ha servido.

Y yo soy el mayor amigo

que en esta sazón tenéis,

y a quien no conoceréis

sido por vuestro enemigo.

Rugero.

¿Qué tenéis? ¿Y en resolución?

León.

Dirélo, pues es muy justo:

yo digo el príncipe Augusto,

por otro nombre León.

A dicha espanta mi nombre.

Rugero.

Señor y príncipe...

pero, ¿quién os ofendió?

Teme como teme un hombre.

León.

Pues, señor, aunque ofendido,

en el grado que decir,

esta prisión que tenéis

como a otro hombre me ha dolido.

Y nace de este dolor

una firme voluntad

de haceros amistad,

y de mi imperio, señor,

hállome tan venturoso

en lugar tan sin ventura,

que mi mal por tan segura

tal felicidad no oso.

Dadme, señor, esas manos.

Rugero.

Beso las manos que digo,

manos pido a mi enemigo,

secretos son soberanos.

León.

Besar no, mas dárselas,

hasta que a la otra vida

haga una loma conocida

entre los dos y una fe.

Rugero.

Quisiera corresponder

a tan grande cortesía,

señor, con la diestra mía,

si yo lo pudiera hacer.

Mas como reo y culpado,

sin advertir su inocencia,

con nunca vista inclemencia

me la dejaron atada.

León.

Pues yo la desataré,

por bien de tal interese.

Rugero.

Extraño favor es ese

que nunca pagar podré.

León.

Con esta estará pagada;

esta toma, haciendo vuestras

Ptog. 13

León.

y unánimes ambas diestras

en un amor y un estado.

Rugero.

¡Ah, extraña fuerza de amor!

Doyla, señor, y protesto

ese mismo presupuesto

con que obligáis mi favor;

y esta vida que me queda

gastaré en vuestro servicio

por tamaño beneficio,

como yo hacerlo pueda.

León.

Ahora dejémoslo así,

y, tras daros libertad,

esas prisiones quitad:

no aleguéis que os fuerzo aquí.

Bien sé que a mi padre ofendo,

que no os pienso ser vengado

de la rota de Belgrado,

que agora le está doliendo;

pero advierte a la razón

que hay de hacer amistad

solo por vuestra bondad,

que me ha puesto obligación.

Ya me parece que estáis

como en efecto deseo;

agora que libre os veo,

quiero que luego salgáis,

y en lo demás proveeré

bien a vuestro gusto, cierto.

Rugero.

¿Qué es aquesto?

León.

Un hombre muerto

que al entrar a vos maté.

Estas llaves me convienen

para vuestro menester.

Rugero.

Grande es, cielo, tu poder,

que estas cosas de ti vienen.

León.

Ora a la puerta atended

y salid, señor, conmigo.

Rugero.

Basta que de mi enemigo

vengo a recibir merced.

Vanse. Salen dos guardas dando voces.

Guarda 1.

¿Qué es esto? ¡Guardé mal, el preso es ido!

¡Ah gente! ¡Ah de la cárcel! ¡Preso o presa!

Guarda 2.

¿Qué voces dais? Decid, ¿do está el alcaide?

Mas, ¿qué es aquesto donde tropezaste?

Guarda 1.

El mismo alcaide, que le siento muerto.

Guarda 2.

Debe de ser desgracia, [ilegible]

aqueste que nos da tal pesadumbre.

Guarda 1.

Adentro y fuera no parece el preso:

sin duda escapó y mató al alcaide,

que aquí parecen todas las prisiones.

Llamad apriesa: no salga Teodora

y de este caso sepa.

Guarda 2.

Agora duerme;

a la mañana, si saberlo quiere,

busque quien se lo diga, que el camino

desde aquí tomaré por mi contento,

do no pienso volver eternamente.

Guarda 1.

Yo lo mismo haré, y eso me cumple.

Metamos al alcaide más adentro:

porque se entienda dónde le mataron,

ajunto de la puerta le pongamos.

Guarda 2.

Pongámosle en buen hora y deslicémonos,

que poco a poco ya se viene el día.

Vanse y entra León y Rugero sin prisiones y sin armas.

León.

Conviene agora, señor,

que de la ocasión gocemos

y de lo que hacer debemos

se mire qué es lo mejor.

Vuestras armas pediré,

que aquel vuestro huésped tiene,

y en esto y lo que conviene

todo el día gastaré.

Rugero.

Ya tengo dicho, señor,

que no podré regraciar,

ni en tiempo alguno pagar,

merced tan alta y favor.

León.

Y yo os he dicho también

que no pretendo yo paga,

que harto bien se me paga

con que conozcáis el bien.

Sale la guarda primera.

León.

¡Hola! ¿Dónde vas, Alberto?

Cubríos, que es conocido.

Guarda 1.

¡Oh, señor, que el preso es ido

y deja al alcaide muerto

y hace extremos Teodora,

como mujer afligida!

León.

¿Do queda?

Guarda 1.

A tu padre.

León.

Buen recado tiene agora,

ese cobro le pusieron.

Vete con Dios. ¿Dónde vas,

que tú en efecto huirás?

Guarda 1.

Soy de los que se durmieron.

Vase.

León.

¿Si habrá sospecha de mí?

Rugero.

¿Cómo la puede haber?

León.

¿Y agora qué pensáis hacer?

¿A Francia iréis?

Rugero.

Señor, sí.

León.

¿De aquella corte sabéis

alguna cosa?

Rugero.

Allí estuve,

donde mil amigos tuve

que acaso conoceréis:

Reinaldos y don Roldán,

Oliver Danés [ilegible] .

León.

¿Pero conocéis Amón?

Rugero.

Y a cuantos comen su pan.

León.

¿Luego sabreisme decir

de su hija Bradamante?

Rugero.

Y con noticia bastante

de su espada y combatir.

León.

Por su esfuerzo lo diréis,

que dicen que es un extremo.

Rugero.

Brava cosa; aquí la temo.

León.

¿Vos por bella la teméis?

Rugero.

Témola en cuanto hermosa,

como hace cada cual,

que tal es mujer sin igual

en ser bella y belicosa.

No quiero decir mal de ella,

que es decir mal de lo bueno.

León.

Veo que el mundo se ve lleno

de fama de esta doncella.

Rugero.

Y aun por eso erraría

quien de ella dijese mal.

León.

¿Y en cuanto a ser principal?

Rugero.

De real genealogía

y, al fin, lo mejor de Francia.

León.

Soberbia será.

Rugero.

Antes no,

pues que nunca lo mostró

en lo que era de importancia.

León.

¿En qué, señor, por mi vida?

Rugero.

En que pudiendo casar

donde pudiera mandar,

que hay príncipe que la pida,

se contenta, como es fama,

con un pobre caballero

que dicen llaman Rugero;

debe ser porque la ama.

León.

Que no oiga yo tal amor,

que dicen que es burla todo,

que a ser ansí de ese modo,

salvo el parecer mejor,

su padre no se atreviera

a darle fe y obligar

a quien no debía burlar,

que no es hombre comoquiera.

Ptog. 14

Rugero.

Decíase esto en la corte,

que en esotro no me meto.

León.

Ninguna cosa os prometo

que, aunque saber más me importe,

por donde habréis de ser medido;

que porque sepáis, mancebo,

soy quien la dama y me atrevo,

que a mí me han prometido

que era la mía, por Dios.

Cien podrán prender de ella;

si es Rugero quien se querella,

más la ha de llevar, ¿cómo vos?

Rugero.

Digo que lo creo ansí,

y que si eso se decía,

y agora otra cosa, le porfía

que la quiero yo para mí.

Veamos quién es aqueste

que aquí se ofrece; Ruy, correo,

¿debe ser a lo que creo?

León.

Aquí dirán quién es este.

Ruy.

La carta de donde son,

buen hombre, los de León.

León.

¿Hay alguna de importancia

para el Príncipe León?

Correo.

Muchas hay de ya que son,

vuestra Alteza la vea.

León.

¿Qué dirá en lo de mi amo?

Correo.

¿Habéis respondido, mancebo?

tomad vos dos de campo,

den en buen hora los buenos,

es de Amón y de la corte.

Lee y quédese confuso. Y dala a Rugero.

León.

A quien leéis lo que dice.

Rugero.

Señor, de qué os suspendéis,

qué pesadumbre hay en ella;

no sé, bien podéis leella,

que della lo entenderéis.

Lee Rugero.

Rugero.

«Poderoso príncipe, a tanta bajeza

en las obras que aun el Sol no atreve,

el ánimo inmutable no se mueve,

ni a que se atreve a la mano del tiempo.

Yo di la palabra a Vuestra Alteza,

el cumplimiento della doy por don,

las veras posibles al toque mi fe,

que no me la debíen llamar como

mujer que no conoce el valor debido;

a Carlos ha dado en no sé qué locura,

cada de solos disgustos y es que pide,

al Emperador que le hiciese merced

de mandar que no la diesen por esposo

sino a quien la rindiere peleando, y

sea visto ganalla quien desposado

se defendiere de ella dada cierta.

Ora están señalados los días y las

armas por el mismo Emperador que

es su padrino, y concedida la merced;

y a que yo no puedo remediarlo, solo

a Vuestra Alteza se ponga en consideración

mi voluntad y repruebe lo que

más conviene por lo que toca a mi honor.

De París, del mes de... de...

Amón.»

Rugero.

Basta que aquí dice Amón

que se ha de casar

con quien la sepa ganar

con la espada, con razón.

No entiendo tal proceder,

venir yo a la batalla

a rendilla, y se la calla,

que al fin es una mujer.

¿Teméisla acaso, señor?

León.

Al menos no me atrevo,

por la flaqueza que llevo

de pelear con amor.

Y quien lo hacer podría,

haciéndome a mí merced,

hacedlo, señor, creed,

que no hay suerte que la mía

de adversa y contraria digo.

Rugero.

Ya yo ese lenguaje entiendo.

Digo, señor, que atendiendo

a que os tengo por amigo,

me atreveré a suplicaros:

hagáis por mí esta batalla

que señor a su detalla

podréis cual libre restaros;

y de mis armas armado

y divisa imperial

seréis, y en efecto tal,

cual yo lo tengo pensado,

que según se hizo ventura

y vos lo sabréis hacer,

no puedo el premio perder

de recelo de ser mi cura,

que habida la dama bella,

no hay más testigos que Dios,

quedáis muy... y vos

y quedarme yo con ella.

¿No sé si será acertado?

León.

¿Hay duda alguna?

Rugero.

No dudo,

que por el tiempo que pudo

hacerme Dios obligado...

León.

de que os obligo a que hagáis.

Rugero.

Que por serviros, señor,

pierdo el interés mayor

que de mi suerte pensáis.

León.

Hacedme merced, no es grande.

Rugero.

Todo cuanto puede ser,

no puedo darme a entender,

mas con la fortuna y ande

y haré como mandáis,

de señor que yo iré

y la dama os rendiré

por el orden que me dais,

que a quien la vida me ha dado

no es mucho sirva en esto.

León.

Por esa merced protesto

aun más de lo protestado.

Y vamos, porque se apreste

lo necesario al camino.

Rugero.

Por mi padre Constantino,

aunque dé enojo la hueste

y en efecto, por cobrar

vuestras armas y caballo.

León.

No está la duda en cobrallo,

en la empresa está el dudar.

Jornada tercera

Ptog. 15

Jornada Tercera. Entra Roldán y Bradamante.

Roldán.

Muy contenta estaréis ya, Bradamante,

que a Beni de León a vuestra corte.

Bradamante.

Vendrá agora rompiendo de arrogante,

como que la...

Roldán.

Se ha mostrado cierto muy amante.

Bradamante.

En eso será bien que se reporte,

que no tengo paciencia en oyéndolo.

Roldán.

Es orgullo rico y pica de travieso;

doscientos caballeros puso en campo

de una librea, la mitad de verde,

y blancos los estantes, mas que el campo

la pureza notando que no pierde.

Ptog. 16

Roldán.

y su tienda riquísima del campo,

morada que su intento más acuerda,

mandó plantar adonde está alojado,

de mucho caballero acompañado.

Él viene aderezado por extremo,

y él es gentil hombre, holgaréis de vello.

Bradamante.

Sea en el grado que pintáis supremo

su gentileza, su donaire y talle,

que de tal cosa toda nada temo,

pues no podéis conmigo acreditalle,

antes me mueve a cólera y a rabia

quien trata dello, y creo que me agravia.

Roldán.

Yo no os puedo agraviar, que es todo a jito

donde rey burla.

Bradamante.

Ni de burla me agrada esto,

que al fin sois mi señor y os lo he propuesto.

Uso, señor, es de discreto y sabio,

mas pierdo la paciencia en tratar desto

de loar a León; me muerdo el labio,

que le aborrezco como a mi enemigo

y, cual borrasca, y el cielo me es testigo,

querría me ya ver con él en campo

para dalle a entender mi corrimiento,

y aun sin armas querría comenzarlo

según de fuerza y ánimo me siento,

y para conseguir esta jornada

con más pujanza, brío y ardimiento,

una merced os pido señalada,

y es, señor, que me deis aquesta espada.

Roldán.

Aquesta yo os la diere,

ojalá daros pudiera

este brazo, que os la diera

con el mismo amor y fe.

Veisla aquí, dadle el corte,

que metida en la ocasión,

y os fío que, al ser León,

al contrario no le importe.

Bradamante.

Veamos qué filos tiene,

que con los desa bajada

estará bota y mellada,

lo que a mí no me conviene.

Roldán.

No hay otro acero en el mundo

de su temple, es cosa llana,

porque aquesa es Durindana,

en quien mis victorias fundo.

Bradamante.

No es aquesta, mella saca.

Roldán.

Pues, con lo que resamella,

puesta en mi mano atropella,

y arnés, templada coraza,

no importa por vida mía.

Bradamante.

Para mí podría importar,

que no sé tanto cortar

y aguda me importaría.

Roldán.

Llevadla, a mi cuenta,

que bástale solo el nombre

para que tiemble todo hombre

cuando sobre él asienta.

Bradamante.

Yo la sabré aderezar.

Roldán.

Sabéis esa mella qué es,

que contra pieza de arnés

vuela rompiendo al cortar.

Con este hierro mordido,

dondequiera que encarne,

atormenta más la carne

del miserable herido.

Bradamante.

Pues, en ver lo que pretendo,

quiero le hacer otra mella.

Roldán.

Riendo podéis hacella,

que a nos digo, riendo,

porque si en hacha y espada

en ella ordinario diere,

fío que no se ofendiere,

que no se ofende de nada.

Solo la Balisarda, aquella

que tiene agora Rufero,

hay, que a la de buen acero,

donde ambas sacaron mella

Bradamante.

cuando se hizo esta prueba.

Roldán.

En la batalla pasada,

en la que está acabada,

cuya victoria la aprueba.

Bradamante.

Ya me contenta, y por vuestra

me va contentando más.

Roldán.

No perdáis gloria jamás,

teniéndola en esta diestra.

Dadme una espada que lleve.

Bradamante.

Una mía llevaréis,

vamos, y escogeréis

entre un ocho o nueve.

Vanse y entra Oliveros y Reynaldos.

Oliveros.

Ya es llegado aqueste día

en que se da casamiento

a un dudoso casamiento

que esperado le tenía.

Rújanse bien a León.

Reynaldos.

Como no verná pujante,

si es príncipe de Levante

y hombre de tanta opinión.

Demos noticia a mi hermana

por si dello no ha sabido.

Sale Bradamante.

Bradamante.

¿Quién, hermano, os ha venido?

Reynaldos.

León verná vuestro, Reynaldo, y mañana.

Bradamante.

Y pide batalla luego.

Reynaldos.

Orgulloso viene agora.

Bradamante.

Hágase muy en buen hora.

Reynaldos.

De la tardanza reniego.

Bradamante.

¿Quién le ha avisado?

Reynaldos.

Carlos.

Bradamante.

Buen hora da el emperador

con León, pues gran señor,

en visitarle y en vello.

Oliveros.

Roldán lleva el mismo intento.

Bradamante.

Agora partió de aquí

y según dél entendí

no lleva tal pensamiento,

que aunque le pedí esta espada...

Mostrádmela. Vuestra hermana,

por serviros, para mi mano

algo más acomodada.

Reynaldos.

Esta no es acomodada.

Bradamante.

La mejor que tiene el suelo.

Reynaldos.

Esta es, y ansí la ordeno,

pues de un fino acero toda,

esta ha dado a don Roldán

la gloria de que blasona,

y tanta real corona

el título que le dan.

Bradamante.

Mostrad la vuestra, Oliveros.

Es buena, querría llevar

una que sepa cortar

de muy gentiles aceros,

y que no desasegure,

ni carne que no cortase,

y que del golpe quitase

de sobre mí tanto peso.

Oliveros.

Aquesta llevaré en breve,

que al fin es de don Roldán,

y las armas, ¿dónde están?

Bradamante.

Entrad, mostraros las he.

Vanse y entra el Emperador y León, con gente de acompañamiento.

Emperador.

Quisiera daros, príncipe, mi casa

y regalaros como deudo mío,

que en esta tienda y campo mal se pasa,

y estaréis con mi estado y señorío.

Merced me hacéis, y lo tengo a grande gracia,

no poder vos servir a mi albedrío.

León.

Tanta merced, señor, y tanta gracia,

y hábito, emperador, dentro en tu pecho,

quien estima la causa de tal gracia

no de otra forma que el valor y hecho.

Mas ya, hasta salir deste cuidado,

nada puedo cuidar en mi provecho,

y pues el cierto término es llegado,

te suplico, señor, mandes que agora

salga Bradamante al puesto señalado,

pues desde el punto que raya la aurora

hay día de batalla, hasta que a ella

(que tengo de ver en ella, o por señora

de su belleza, temo que con ella

podría deslumbrar mi vista acaso)

que a Bradamante rindiere de un paso.

Emperador.

Ello es, señor, un no pensado caso,

mas es mujer; podréis tener por cierto

que está luego rendida al primer paso.

Vamos, señor, que el campo tengo abierto,

meteremos la dama en la estacada.

Ptog. 17

Emperador.

y peleará el León, un vivo con un muerto.

Con mal podré salir de la jornada.

Vanse, y sale Rugero solo, con la espada en la mano.

Rugero.

Rugero soy, Rugero digo,

una causa llevo de fe,

que hoy he de ganar, mi dama,

para entregalla a un amigo.

Y soy quien, en la tormenta

de la batalla aplacada,

jura, clave con mi espada

sangre que en el alma sienta.

Soy un hombre que espero

dar de un golpe dos heridas,

para rematar dos vidas

de Bradamante y Rugero.

Y si en efecto quien

por lo que toca a un amigo

ha de batalla conmigo,

y tengo de hacella bien.

Soy a quien pone hoy sus brazos

esta fiera de su dama,

que a tantos hombres de fama

ha hecho hasta hoy pedazos.

Mas no lo permita Dios,

que espada tal intentéis,

que aunque las armas toquéis

de mi Bradamante a dos,

que muy mal os refrenáis;

una vez puesto en carrera,

que es para vos muy de cera

el acero que alabáis.

Entra un soldado con una espada.

Rugero.

¡Hola! ¿Qué dices, soldado?

Adónde, respóndeme, espera,

veamos qué espada es esa.

Soldado.

Ay, señor, la he comprado.

Rugero.

Quisiera la más ruin,

de menos valor y estima.

Soldado.

¿Queréisla hacer de esgrima?

Rugero.

Quiérola para ese fin.

¿Cuánto os costó?

Soldado.

Seis reales.

Rugero.

Veis aquí un doblón por ella.

Digo, si queréis vendella,

para comprar cuatro tales.

Soldado.

¡Mas que el diablo se la lleve,

fuera la cruz que lleve,

que otra espada compraré

con que mi ventura pruebe!

Y aun con que puedo engañar

a otro tal como vos.

Rugero.

Id, amigo, andad con Dios.

Que tendré mejor comprar,

esta basta, que con esta

no puedo al fin ofender,

y puédela entretener,

si pudiere entre tenella;

que aunque el filo me da pena,

que tengo el brazo pesado,

y alguna vez descuidado

podrá cortar como buena.

Pero podréla embotar,

porque no ofenda aquel brazo

que ya con más de un abrazo

me ha sabido regalar.

No sé si la hora es hoy,

y creo León me espera;

quiero hacer de manera

que nada pierda por mí.

Sale el Emperador, y algunos de acompañamiento, y súbese a un estrado, y siéntase, y dice.

Oliveros.

¿Cómo no viene León

a hacer esta batalla?

Pues rendida y sujeta halla

nos muestra tanta afición.

¿Ha entrado ya Bradamante?

Ahora llega, señor,

con aquel brío y valor

que suele, y más adelante.

Entra Bradamante, Marfisa, Roldán, Reynaldos; con casaca parda, desenvuelta y armada.

Roldán.

Ánimo, prima, deello,

Bradamante.

Ánimo tengo sobrado,

que este es un León pintado,

que me avergüenza temello.

Roldán.

Reportaos al pelear,

y no os engañe el deseo;

gastad en buen empleo

el cual habéis de guardar.

El pulso firme en la espada,

no os hará que el enemigo,

que suele haber su castigo

quien cae desmayada;

mirad que la espada mía

no me la hagáis cobarde;

que a la contraria aguarde

en la mano helada y fría.

Marfisa.

Miraréis lo que libró,

señor don Roldán; condeno

este aviso por no bueno,

el tiempo me avisará.

Bradamante.

Y el saber que estáis delante

me pondrá todo furor.

Roldán.

Estimo aquese favor,

mi señora Bradamante.

Reynaldos.

Y yo he dicho a mi hermana,

lo que a León conviene hacer;

basta mi amor, no vencer,

que en el morir más se gana.

Bradamante.

No se hable más en este,

que mi contrario es llegado.

Roldán.

Ved qué bien acompañado.

Reynaldos.

Y viene, a que me apuesto,

triste, y qué poco galán.

Bradamante.

Viniendo para morir,

¿cómo había de venir?

¿La seña no nos harán?

Emperador.

Ya me parece han venido,

señales pueden hacer.

Rugero.

No, no, que de una mujer

no he de ser, Rugero, vencido,

porque no se atribuya

mi poco esfuerzo al amor:

entretenerla es mejor,

que ella al fin se cansará.

Tocan las cajas y empiezan a esgrimirse, y Rugero solo se repara.

Bradamante.

Conmigo gastar, de ando,

príncipe, ¿destemonos?

Que a la mitad del escudo

ansí se ha de ir retrayendo?

A puros golpes dada

¿no ha de parar? ¿Qué pensáis?

De la artería que usáis

no se me agrada de nada.

Emperador.

Cierto que tiene valor

el Príncipe, y que es muy hombre.

Oliveros.

El León hace a su nombre,

y pelean con amor,

que no en burlas de amante.

Bradamante.

Qué duro contrario, ¡cielo!

Roldán.

De esta batalla recelo,

que cansa ya Bradamante.

Rugero.

Descansa, amores, no más,

como del amor, que es cierto,

que en ningún golpe no acierto

lo que no pensé jamás.

Reynaldos.

Espero a quien me parió,

¿tal tengo de ver aquí?

Bradamante.

Murmurando están de mí,

y que es un hombre a quien yo

mal socorrí; de ora aqueste

golpe me hará vengada,

y a mi cara no me ha dado,

no dará un golpe que preste.

Aqueste viene del cielo.

Oliveros.

¡Cobardía, Brada, y arrienda

las armas, veis, hoy!

Ptog. 18

Emperador.

A rozados por el suelo.

Acabada es la batalla,

y quedó ya Bradamante

por el que tiene delante,

lleguemos a consolalla.

Bradamante.

Agora vino a faltarme

esfuerzo y valor a mí.

Rugero.

Mi alma fue para mí,

que a mí has podido obrarme.

Roldán.

Espántome de mi espada

que no ha sabido cortar.

Reynaldos.

Excusado es afanar

en la empresa comenzada.

Vase Rugero con las cajas y quedan los demás.

Emperador.

Basta, hermosa Bradamante,

que León se ha defendido

cuán a su salvo ha podido,

y con esfuerzo bastante.

No hay quien no le dé la gloria

por su honorable valor.

Bradamante.

Sea quien fuere, es señor,

y triunfe de mi victoria,

que otra batalla le queda

de mayor dificultad;

y es, ganar mi voluntad

para que ganar me pueda.

Emperador.

León, ¿qué responde a eso?

Bradamante.

¿Qué tiene de responder?

Que forzada no he de ser,

ya que ansí me he descompuesto.

Con esto vuelve a su tienda.

Oliveros.

Responde de aqueso León,

que no pretende forzalla,

sino servilla y amalla

hasta ganar su afición,

y que no pretende más.

Emperador.

Él ha hecho gran hacienda.

Bradamante.

Hala hecho por demás.

Emperador.

Agora vamos a palacio,

donde de mí habréis

que allí más lugar tendréis

para tratallo despacio.

Vanse y sale Rugero y León solos.

Rugero.

¡Ay de mí!, el premio ganado,

honras más da él por ello,

y aun a mi gozo desello,

que con su alma he comprado.

León.

Por la merced que me hacéis

podéis mi imperio tomad,

señor, esa voluntad

que en otro, ya lo tenéis.

¿Venís herido, señor?

Rugero.

Si hiere el alma, no hay herida

en mí agora conocida

que de contallo es dolor,

un poco cansado vengo.

León.

Pues en mi tienda hay lugar

para poderos cansar;

en tanto, señor, que vengo,

dadme la sobreseñal

y el escudo, por mi amor,

por disimular mejor

el secreto principal.

Rugero.

Pedid y destituiré

lo que tengo ajeno, luego.

León.

Reposad un poco, os ruego,

que muy presto volveré.

Vase León y queda Rugero solo.

Rugero.

¿A quién me podré quejar

si yo mismo me perdí,

peleando para mí?

A mí me habré de culpar,

de mí tomaré venganza,

pues de mí tomar la debo;

mas adonde el viaje llevo,

a descansar a la estancia,

a descansar y dormir,

como quien pretende el ocio,

acabado su negocio,

no sé qué viaje guíe.

Tomaré la de la muerte,

fuera la más segura,

que de mi corta ventura

nunca espere mejor suerte.

¡Ay, Bradamante enemiga!

Que no lo pudiste ver,

pues me quitó el merecer

que la contraria estrella

y el cielo de que pendía

tan grande mérito en mí,

haciéndome indino de ti,

cedido a quien te merecía;

que aunque la suerte era buena

de que verte merecer,

no es virtud emprender

suerte con mujer ajena.

Que quiero ser virtuoso,

y queda con Dios del cielo,

vivas llena de consuelo

con tu dulce amado esposo;

que no te veré en mi vida

y al desierto me voy,

porque sea desde hoy

mi desgracia conocida.

Vase y sale Bradamante sola.

Bradamante.

¡Ay, Rugero!, ¿dónde eres ido?

Puede ser que te has apurado,

o no hayas el pregón acaso oído,

y a nadie oyes sino a ti callado.

Mas si lo oyeres, sé que ha parecido

haber al yantes que solo aquí llegado,

pero si aqueste griego caballero

te ha vencido por venir primero,

alcanza de don Carlos gran enojo,

menos fuerte que tú fuese vencido,

pensando que tú fueras este uno

contra quien no valió ánimo ninguno.

Mas mi ruina ansí lo ha bien pagado,

pues se ha visto por cosa muy probada

no hacer esta gente un lance bravo.

Si soy presa por no haber salido,

a ser el menos vencer a este malvado,

no me parece justo ni debido

de obedecer a Carlos el mandado.

Digan de mí cuánta inconstancia creo,

que es de lo prometido me he mudado.

Mas no soy la segunda ni primera

que ha visto mudable mi ligero.

Basta que con guardar la campana,

mas que me obligo a errar a la que ando.

Ptog. 19

Bradamante.

que vos sabéis cómo estoy

y con vuestro hermano casada.

Y así estáis obligada

a tenerme por quien soy,

y veis al emperador

que yo os doy llana licencia

para hablar en su presencia,

que ya deseo por su amor.

Marfisa.

Huelgome de conocer

esa voluntad, señora,

porque iré a palacio agora

a decir mi parecer.

Hablando desenfadado,

al más pintado que fuere,

si allí me contradijere,

congrüiré con la espada.

Y venid, que me parece

que aquí lo dilataremos,

pues tal ocasión tenemos,

que en este tiempo se ofrece.

Vanse y entra León y un criado.

León.

¿Posible es que no ha venido

mi caballero a la tienda?

Ya no quede a que esto entienda

del ver que se me ha escondido.

Que así se me desparezca

en tan poco espacio y trecho,

cuanto tanto bien me ha hecho

y antes que se lo agradezca.

¿Que no le vistes vosotros?

Criado.

Dicen que subió a caballo.

Mas iremos a buscallo

si es servido vuestra...

León.

Y luego habéis de partir

y unos por otros iré,

y mi parte buscaré,

que me importará el vivir.

Entra Melisa maga y vase el criado.

Melisa.

¡Príncipe León!

León.

Mujer, levanta.

De qué vienes, qué has andado, o qué has sabido.

Melisa.

Ínclito señor, que a vuestra...

de mi necesidad que me atormenta.

De tantas leguas que pensé, a la planta

hasta que ya el deseo me...

De cabellos a atado con que exp...

Dar hoy la vida a un noble...

Es el mejor que agora ciñe espada

quien traéis al cuidado y su acom...

ruge. La gentileza estremada,

su valeroso esfuerzo y su crianza,

por una cortesía del Jurada

está a la muerte ya sin esperanza.

Y como yo he sabido por mi ciencia,

tiene el remedio solo en tu presencia.

León.

Sin duda debe ser el que no es

que no quiere mostrarme un...

¡Oh, qué pesar tomaré! Vuela allá

si yo le puedo dar salud alguna.

Melisa.

Podréis, señor, sin duda remediarle,

que medicina no hay otra ninguna.

León.

Pues al remedio camina delante

y cuídase a lo que es más importante.

Vanse y sale Rugero solo.

Rugero.

Hagamos cuenta, triste pensamiento,

del tiempo que quisimos fabricar,

habéis faltado con algún contento.

Del mismo tiempo del amortiguamiento

de mostrar vida a uno y a otro amante,

que al mundo contenta y pujante.

En este yermo donde he venido

de las felicidades que ofendí,

armas que algún tiempo glorioso

quedad a Dios. Ahora aquí de favor quedo

en este monte que está despoblado,

donde a la muerte vengo y donde muero.

Que del proceso poco he relatado.

Hasta este punto desde el día primero

conozco lo que soy y digo en mi mano

que en otro pasaría lo que no es en vano.

Al fin, si de lo que me ingrato os pago,

quedad a Dios, pero venid conmigo,

que bien a lo que os debo satisfago.

Y os pongo en las entrañas de un amigo.

Pero, ¿qué es esto? ¿Dónde estoy? Hago,

teniendo a quien mi propio es mi enemigo,

como dél, y de mí ya no me vengo

si voluntad de que se muera tengo.

Mas ¿cómo yo osaré poner la mano

en cosa que ha querido a Bradamante?

Que sentirá la ofensa a mi cercano

su presencia que tengo aquí delante

abrazados en este fértil llano

que muero al fin, y requiere adelante

que muera más que viva, y desespere

en el estado que el amor le diere.

Esperarme amor ir en esta tierra

que la sangre y dolor van su parte.

Llegan Melisa y León.

Melisa.

Aquí, señor, aqueste monte encierra

del valor y nobleza la más parte.

Que el dolor y el amor le hacen guerra.

León.

No respires, que quiero saber parte

de lo que dices para remediarle

ya que he venido aquí para aviarle.

¡Alma cruel, salid, salid agora!

Que antes quisiera hubiera desvalido

en el pecho de aquella retadora

donde fui del león favorecido

el que de mi tía Teodora.

Oí hablar, si no miente el sentido,

de que mi honra más allá llegaba

que ya mortales son tales extremos.

León.

Ah señor, qué pesadumbre es ésta.

Levantaos por mi vida, yo no lo consiento.

De aquesta su pesadumbre que os molesta

que bien ha de su remedio en su tormento.

Rugero.

¡Ah! Príncipe y señor, ya poco cuesta

de esta vida que os ofrezco...

León.

Aquí no estamos

para dejar morir a un enemigo,

cuanto más a un tan leal amigo.

Rugero.

¿Qué es esto, caballeros?

León.

¿Es un mal grave?

O por mejor decir melancolía.

Suplícoos, señor, no se os agrave

decirme la ocasión de vuestra agonía.

Que mal en este mundo no se sabe

que no tenga remedio, y no debías

desesperar y abandonar tus días.

Que a mí me celas, a ti has querido

tu pena con saber que soy tu amigo.

Y amigo tan a tiempo recibido

que lo que cuesta, en tu amistad lo digo.

Pues que si d'esta causa sublimada

de serte mortalísimo enemigo

creer debieras que tan cara prenda

rescatara con vida y con hacienda.

Y no te pone a descubrirme el pecho

donde el dolor te aprieta gravemente.

Que si palabra, y obra, y todo el resto

deja ver mi valor astuto y fuerte,

quieres que ponga, desde aquí protesto

ponello, y esta vida juntamente.

No tengas con tal amigo tanto estrecho,

que buen celo por ti no se te ha hecho.

Rugero.

Príncipe mío, cuando tú supieras

quién soy, aunque de ello no quisieras

decirme que tu tiempo perdieras,

holgaras de lo hablado, de que muera.

Sabrás que soy aquel que tan mal quieres

y soy quien mil reyes en ti han manera,

soy, te digo, Rugero, que bravo y fiero...

Ptog. 20

León.

De tal suerte salí por dar remedio

porque no fuese tuya Bradamante

viendo que en tu favor amor propone

desvelos, embarazos y detiene

mas como es de mi honra el combate

ya hubo ocasión que me declare

tu cortesía delante se me pone

y esta me dice no con el diarte

mas deja de ser mío por amante

pues Rugero me rogaste no sabiendo

ser yo Ruger que esta batalla hiciere

la cual hice no menos que sintiendo

que esta alma de este cuerpo se partiere

si ya te satisface baste yendo

no quise mi querer si le yo fuere

ya es la dama saltará al albedrío

que tu gusto me place más que el mío.

Rugero.

Mas Rugero de ella y privado

lose de su vida que ahora vivo

que antes sin vida quiero ir dejado

que no sin Bradamante quedo vivo

cuanto más que no puedo ser ligado

con ella en matrimonio Rugerbivo

ella es mi esposa aunque a quien se lo debe

salvo si dos maridos tener puede.

León.

Si aquel día Ruger yo era primera

que vine bravo mi real rompiendo

aunque te desamaba no viera

ser tú Rugero como agora entiendo

su virtud ansí mismo me prendiera

cual me prendió tu nombre no habiendo

porque esta voluntad que es de mi parte

tuviera su poder en cualquier parte

cual nombre de Ruger si no se diase

que yo no prieva que erraste Rugero

no dudo más que ya delante pase

tal odio ni lo pienso ni lo quiero

y si antes que de prisiones dejase

supiera el nombre tuyo verdadero

León.

lo mismo allí hiciera aquella hora

que pienso en tu favor hacer agora.

Pues, si hiciera entonces todo aquello

que agora haré, no siéndote obligado,

¿cuánto más debo agora agradecello,

para de ingratitud no ser notado?

Pues tu querer, sin yo negar querello,

negar quisiste, y tanto bien me has dado.

Yo te lo vuelvo y gusto más de dallo

que de tu mano, por merced, tomallo.

A ti más que no a mí conviene, cierto,

la que casi por mí ha sido adorada,

que no por verla de otro fuera muerto,

cual fueras tú si un poco me [ilegible] .

No quiero que tal muerte y desconcierto

procures, que me cuesta a mí [ilegible] ,

y sea tu mujer porque concluya

la que en efecto tienes por tan tuya.

Rugero.

¡Oh, ánimo y bondad de fama dino!

León.

Solo me duele no haberme hallado

de este tu mal al que diera medicina,

y el remedio que agora se ha buscado.

Pero Melisa, porque más aína

lleguemos a este fin tan deseado,

con su ciencia hará que en un momento

lleguemos a la corte por el viento.

Melisa.

Eso haré, señor, de buena gana.

Rugero.

El cuidado y trabajo os agradezco,

Melisa mía, tras la paga llana

que para en corte desde aquí os ofrezco.

León.

El tiempo aquí se gasta y no se gana,

por lo que de palabras aborrezco.

Melisa.

Tenéis muy gran razón.

Rugero.

Melisa, vamos.

León.

Tomad, señor, las armas y partamos.

Éntrase y sale Carlos, Roldán, Marfisa y Bradamante y otros de acompañamiento, y dice Marfisa.

Marfisa.

el secreto y interior

que aqueste negocio tiene

Bradamante es casada

ya con Rugero mi hermano

tocado a hubo ya otra mano

con la ceremonia usada

y ella lo á de confesar

que esta señora delante

con la prueba bastante

conmigo se á de restar

porque en la razón me fundo

y ella más su honor ampara

no se funda en otra cosa

aunque pese a todo el mundo.

Emperador.

Que de el a aquesto a razón

que se a cautela contra mí

y en de elló para mí

que se tienen afición

y es deshonra muy ruin

que a Rugero se la demos.

Amón.

De esa honra faltaremos

cuando de esto se demuestra.

Roldán.

Razón de su dicho bien

y me parece que es justo

que a Rugero se dé gusto

y al príncipe León también

adonde no puede ser dada

aunque el bien se contente

y es León que justamente

la a donado por la espada.

Emperador.

De eso no sabré tratar.

Roldán.

Ay está Bradamante

diga y hable por su amante.

Marfisa.

Ella no tiene qué hablar

pues ay quien hablarla oy do

que el Rugero su marido

y callando concedió

Marfisa.

y yo le bi tomar la mano

Amón.

Digo que puede ser bien

mas quiero saber tanbién

si antes fue de ser cristiano

que si era moro no puede

preceder el casamiento

ni en que se haga consiento

pues la ley no lo concede.

Roldán.

Era entonces muy cristiano

de que daremos testigos.

Amón.

Los que me son más amigos

esos me van a la mano

pues si porque no vale

valga por su majestad

que apuesto su autoridad

veamos de aquí qué sale

que reina está y ha puesto

en condición de batalla

y con supo ganalla

con León manifiesto.

Marfisa.

Como se le puede dar

licencia que es sin razón

Criado.

Pide el príncipe León

la licencia para entrar.

Emperador.

Entre que libre la tiene.

Bradamante.

Sabed Marfisa señora

que quiero hacer agora

lo que a todos nos conviene.

Marfisa.

Y qué es que quiero concluir

con este príncipe loco.

Bradamante.

Bámonos muy poco a poco

porque ay mucho que advertir

quiérole como a enemigo.

entra León y Rugero armado y cubierto el rostro

Marfisa.

¿Quién es el disimulado?

Bradamante.

No sé si quien viene armado

es quien peleo conmigo.

Ptog. 21

León.

Si la palabra y condición y apuesta,

y el ínclito Emperador guardar se debe,

según el tiempo, no otra cosa resta

sino que el que ganó el premio se lleve.

Yo nunca lo gané, ni a mí me cuesta

lo que al que está presente en mí me mueve:

el interés, que es grande, de la dama,

que es el afán y interés de gran fama.

Yo soy León, por otro nombre Augusto,

el que conmigo viene un caballero

que con aquestas armas, por mi gusto,

rindió la dama como buen guerrero.

Él la pretende y pide lo que es justo,

pues la ganó, y ansí como tercero

suplico a su grandeza se le entregue,

y el premio no se le frustre ni se niegue.

Emperador.

¿Qué encantamiento es este o qué aventura?

Bradamante.

Que no es León quien hizo la batalla,

no sé qué buen consuelo en mi ventura

más fía de la afición que amagandalla.

Emperador.

La dama, en cuanto a eso, está segura,

príncipe amigo, para el ganalla

ya pudo con la fuerza de su esfuerzo,

que yo de lo que es justo nada tuerzo.

Aquí están muchos deudos de la dama,

y su padre está aquí, y la dama junto;

que ella prometió, según es fama,

haga como quisiere en este punto.

León.

El caballero la ha ganado y llama,

y no es de menor calidad y punto

que cuantos hasta aquí la han pretendido.

Roldán.

Querría más le hubiese él servido.

Si no está aquí Rugero, que entienda,

con sumir ser aquel que aquí es venido,

quizá por no tener quien la defienda,

sin pleito la haya y sea su marido.

Yo, que su hermana soy, de esta contienda

tomo contra cualquiera son brenada,

que diga que ha derecho a Bradamante

o meterse en esto Rugero delante.

Descúbrele a Rugero el príncipe León.

León.

Aquí tenemos quien nos dé respuesta,

la que en efecto a todos más conviene,

que para semejanza de esta fiesta

le he traído y sacado de mi tienda.

Marfisa.

Oh, amado hermano, que venido eres,

dado me habéis de tanta culpa enmienda.

Besa a Rugero que se hinca delante.

Bradamante.

Ay, cielo, que aquesto más hay de vida.

Emperador.

Oh, soberano bien, ¿quién es Rugero?

Rugero.

Criado humilde soy de tu grandeza,

Emperador, yo soy amigo verdadero,

que estimo tanto extremo de nobleza.

Roldán.

Pues pedimos de este caballero,

sírvenos de ir de dos por tu grandeza.

Emperador.

Llegad todos, amigos, ya abrazalde,

y con las veras que soléis amalde.

Agora quiero rematar con todo,

veamos lo que dice Bradamante.

Bradamante.

Yo, señor, con tu gusto me acomodo,

y con la voluntad de su amante.

Emperador.

Así se ha de hacer de aqueste modo.

Llega agora Amón aquí delante,

que quiere recibáis por su hijo

a quien abra, si ya ha conquistado.

Amón.

Yo, señor, le tengo recibido,

y agora le recibo con tal prenda.

Roldán.

Las bodas se acaban, si es que ser bien,

agora vaya de aquí la nueva.

Emperador.

Váyase en buen hora, que conocido

sea de todos que Roldán la lleva,

según parece a su aposento agora,

y con ella Marfisa, mi señora.

Emperador.

Quiero decir también aquí a Rugero,

como una nueva de balgaria bien,

en que le dan aquel estado entero,

que el Rey falto, León y el del Rugero dino,

y en lo que toca al casamiento quiero

ser de vuestros amores de padrino.

Bradamante.

Pues por lo que me toca de esta gloria,

quiero dar fin a esta mi historia.

A. R.

A Rugero, gran príncipe, loando

brío, valores, fuerza y valentía,

que ya la fama llevará volando

por toda la terrestre monarquía,

solo perdón me concedáis, demando,

perdón, pues que la culpa no fue mía,

que me disculpe el amor.

León.

Yo seré fianza,

disculpa, mi señora Bradamante.

Finis.

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