帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El obstinado Sapricio y el revenido Nicéforo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-obstinado-sapricio-y-el-revenido-niceforo.
I
181
Ms. A. y
Obstinado Sapricio y Revenido Nicéforo
1629
Medel
Véase la letra de Rojas en la del Más bueno y el más malo
Parece de Rojas autógrafo.
No lo es autógrafo.
El obstinado Sapricio y el arrevenido Nicéforo. Comedia. Figuras: Sapricio, sacerdote. Porcio, criado suyo. Nicéforo. Tirso, su criado gracioso. Doña Clara. Isabel, su criada. Don Jaime, caballero. Don Sebastián, caballero. Valerio y Galo, emperadores romanos. Su presidente. Dos criados suyos. Doña Juana de Luna. El demonio. El ángel de la guarda. Dos músicos. Un verdugo. Jornada 1.ª
Salen Nicéforo y Sapricio y Tirso, criado.
Consolado queda el pobre
con aqueste beneficio.
Dios nos guarde del escribanillo.
Sois en virtud tan propicio
que no hay uno que no os sobre,
y gran caridad tenéis.
Siempre habéis sido mi maestro.
Yo pienso que saldréis diestro
en las cosas que emprendéis,
y el pobre que hemos honrado
y le hemos puesto caudal
era un hombre principal.
Pues ya es un desventurado.
¿Por qué, necio?
Porque sí.
¿Qué dices?
Esto que hablo,
y lo que pasa por mí.
Oigan, que mi queja entablo:
y es la nobleza en el pobre
como la luz encerrada...
que a naide sirve de nada,
y no hay mal que no le sobre,
y es un claro amanecer
que para a la noche en agua;
es como el agua en la fragua,
que mata para encender;
y es un gigante sin fuerza
que con el objeto y nombre
tiembla en velle cualquier hombre,
y un pimeneo le hace fuerza.
Pues no sabes bien cuán fiera
es la penuria en el grave
que a toda amargura sabe
y sabe a toda quimera;
pero si es en el mendigo
y comenzó en su niñez,
siempre le sirve abrigo
y de amparo alguna vez.
En el que se ha visto honrado
es con veneno el almíbar,
y una alcorza con acíbar,
y un hierro viejo dorado;
suena bien a los de lejos
la nobleza y el honor,
y pierde luego el valor
con la penuria a sus viejos;
y un tormento es insufrible,
y una carga tan pesada
que parece que no es nada
y al que la lleva imposible.
Y ansí, Nicéforo amigo,
es menester gran cuidado
de acudir al más honrado
primero que no al mendigo.
Sapricio, amigo y señor,
hágase, y sin que se note,
vos como sacerdote
y me enseñaréis con amor
lo que me conviene hacer
para acertar y no errar.
Eso habemos de mirar,
y eso tenemos de ver;
y pues que nuestra amistad
se funda en razón de bien,
gracias al Señor se den
que nos dio tal caridad.
Tiempo ha que somos amigos
y nos hemos ayudado
uno a otro con cuidado,
siempre amparando mendigos.
Siempre yo he tenido en vos
una íntima amistad,
y con mayor voluntad
que de hermano, vive Dios.
Y ansí, pienso, será cara
la cosa que me mandéis,
que en mí no la hallaréis
por aquesta amistad rara.
Y ora bien, ya hemos llegado
a mi casa, y pues es hora
de comer, hoy se mejora
con un huésped tan honrado;
honrar tenéis esta casa,
y mi mesa, si merezco,
y este favor yo os lo ofrezco
sin límite, duda o tasa.
Por Dios, yo me holgaré
si va a decir la verdad.
¡Qué hermosa necedad!
Vete de ahí.
Yo me iré.
Entremos, a fe mía.
Suplico a vuesa merced.
(Va a hablar Tirso, y atájale su señor con una acción.)
Reciba yo esta merced.
No diré, esta boca es mía.
Yo lo recibo y estimo,
señor, que no es cosa nueva.
Sois más que hermano, ni primo.
Pues den aquí con qué beba.
¿Hay locura semejante?
¡Quite de mis ojos, cuero!
De vergüenza rabio y muero.
El beber me era importante.
No nos cansemos, señor,
porque en mi casa esperando
estarán. Este favor
estimo.
¡Hola, Colando!
Saca de beber aquí,
y una caja fiambre en un vuelo.
Este es un vuelo del cielo.
Esto me viene por ti.
Y eternamente nos venga,
que será un venir divino
en una taza de vino
que mi persona mantenga.
Que no es menester,
ni es necesario, señor.
Antes hace buen calor,
y no es dañoso el beber.
Ya bajarán los criados
con la cantimplora y frío.
Por Dios y Santa María
que son del cielo criados.
Y que sale doña Clara
aclarando el mismo sol
con su sagrado arrebol.
Ella misma.
Cosa es clara.
¡Ay, celestial hermosura!
¿Quién se podrá defender
de tu supremo poder?
También viene mi ventura,
que es mi sagrada Isabel,
a quien adora mi pecho.
Alta señora, alto es hecho.
(Salen doña Clara y Sabel. Doña Clara con una caja, y en ella un cuchillo, e Isabel con la cantimplora y el jarro del vino.)
¡Ay, mi divina luz bella!
¡Ay de tu luz soberana,
que con el sacro reflejo
del que es divino espejo
ciega tu luz más humana!
Y que casi voy de caída,
a no mirar a su luz clara.
Dadnos luego la bebida.
Beba vos, doña Clara.
Señor, faltaron criados,
y ansí bajó mi persona.
Señor, tomad dos bocados.
No haré tal.
Yo sí, de bona.
Alto, pues si yo he de ser
el primero, venga a mí.
Yo fui el que aquesto pedí.
(Comen y beben.)
Echa luego de beber.
Y dale a Tirso de esa caja.
(Dánsela. Bebe.)
El cielo mi bien mejora,
venga aquesta cantimplora.
Y regalado ha estado el vino.
En el margen derecho hay unas líneas añadidas: moz / porq siempre pregonays buenas / ysa) cuando menos a gastado / tirso) soy mui vuestro aficionado / por) y sois del bino fiador
y la conserva extremada.
¡Ay, Isabel regalada,
que en ti miran sin tino!
Yo me holgara que fuera
una cosa de los cielos.
Aparte.
Y yo me abraso con celos,
pues Nicéforo se hiela;
que aun no osa mirar mi cara,
porque a otra debe adorar;
no puedo disimular
un sobrescrito en mi cara.
Señor, con vuestra licencia...
Tenéis lugar a mandar.
Ya se van, a mi pesar.
Vanse Nicéforo y Tirso.
Ten de mí, Isabel, clemencia.
Aparte.
Vanse Porcio e Isabel; detiene a Clara.
Ya Nicéforo se fue.
Recójelos todos arriba,
que mi desventura estriba
en una liviana fe.
Detente, Clara.
¿Qué quieres,
hermano mío y señor?
Aparte.
Ya anda en balanzas mi honor.
¿Que de vergüenza no mueras,
cómo, hermana, sin prudencia,
bajaste a dar la vïenda,
y sin darte yo licencia,
Pues pones dolos en mi vida,
No, pero fue indiscreción
contratar calidad,
y aun casi olió a liviandad
moverse sin ocasión;
y con tanto desenfado.
Aparte.
No acertaron aquí estar
los criados. ¡Qué pesar!
Siente mi espíritu helado.
No te vuelva a suceder,
Pierde, señor, el cuidado.
Aparte.
Ya el decoro le tendré doblado
Vase Clara haciendo reverencia.
y mostrar valor os afea.
Ya es temer de mi hermana.
Yo, no clara tal certeza
de su valor y nobleza,
la tuviera hoy por liviana.
La segunda columna presenta dos grandes tachones en aspa.
Y ha muchos días que siento
que a Nicéforo le mira
con ojos mansos, sin ira,
y hoy ha sido sin talento;
y puede ser que yo me engañe,
y Nicéforo inocente
esté de tal accidente,
y a ella su llaneza dañe.
Éntrase Sapricio y salen Galerio y Gallo, emperadores romanos, y el Supresidente con sus dos criados de acompañamiento y más si pudieren. Suenan chirimías.
¡Qué grande es la inobediencia
de los pérfidos cristianos!
A los dioses soberanos
nunca hicieron reverencia,
ni adoraron los villanos.
Y tienen un valor inmenso,
y que son mágicos pienso,
y con hechizos y engaños
nos hacen notables daños,
quemando a otros dioses incienso.
Aborrecen nuestros dioses,
niegan que son inmortales
y mueren en tantos males,
haciendo hechos atroces.
Con ánimos desleales.
Vaya el Presidente al punto,
discurra el imperio todo,
pase a Siria y véalo todo,
lleve nuestro poder junto,
y sea un Nerón en su modo.
Llegue a la grande ciudad
de Antioquía con brevedad,
sangriente en ella las manos;
dejen sus agüeros vanos
si dejasen su deidad.
Y dales tormentos horribles
con crudelísima mano,
muéstrate un Nerón tirano,
y a los que son invencibles,
te muestra más inhumano.
Harélo, inmenso señor,
y levantaré tu honor.
hasta el globo turquesado
y el pavimento estrellado
se elevará su amor,
y los dioses inmortales
por los sacros refugios
de zafiros y cristales
mirarán hoy sus porfías
en sus tormentos y males,
y rendirán a esas grandezas
sus obstinadas cabezas,
y a esas celestiales plantas
sus intenciones no santas
siendo santos tus procesos.
Pues lo que afirma el cristiano
cerca de su dios divino,
dice que es dios uno y trino.
¡Oh, qué juicio tan liviano
y qué errado camino!
Pues si son tres, ¿cómo es uno?
Y si es uno, ¿cómo es tres?
Notable ceguera es,
burlaráse de ello Juno
viendo el derecho al revés.
Nunca tal error se ha visto
como el que tienen con Cristo,
que dicen que el padre eterno
le engendró sin tiempo eterno
y que con él es un misto,
y que el espíritu santo
que de los dos es un tanto
y la tercera persona
es complemento y corona
del recíproco amor santo.
¿Y Cristo es el que es Dios y hombre?
¿En qué madre se engendró?
Una conseja que te asombre.
Diz que el padre sagrado
de una dama de gran nombre
y por obra milagrosa
la carne en ella tomó,
y sin mácula parió
la margarita preciosa
y que el mundo redimió,
y la llaman la Virgen María.
¡Qué debe ser una arpía,
y virgen dicen que fue!
Ellos lo tienen por fe,
y mueren en tal porfía.
Pues el espíritu santo
¿de quién tomó calidad
para llamarse deidad?
Del padre y hijo.
¡Qué espanto
y qué grande necedad!
Y luego es más antiguo el padre,
que los dos es cosa vana
si uno tomó carne humana
y encarnó en humana madre.
No hallo esta cuenta llana.
Y cuanto a la pluralidad
parece disparidad
en las tres sacras personas,
que con tal razón baldonas,
y ellos dicen que es deidad
y en la sustancia profunda,
y que es un secreto inmenso.
Y que es gran quimera pienso,
de donde grande mal aredunda
y mal terrible y intenso,
y de suerte que el hijo es
hombre y Dios de esta manera.
¡Oh, qué espantosa quimera
y qué ley tan al revés
de la santa y verdadera!
Y en efeto, ¿qué fin tuvo
en el mundo este malvado?
fue, señor, crucificado
porque predicó y mantuvo
ser hijo de Dios sagrado.
¿Y quién le dio la acerba muerte?
los judíos con rigor.
gente es de poco valor,
y la que es de menos fuerte;
pero él es un grande error,
porque si Dios fuera ese hombre
no digo darle la muerte,
mas tendrían a buena suerte
mirar a alguien que no asombre
en día tan robusto y fuerte;
y ansí llenos de caridad
que de enojo por el bien
común, estará muy bien
que vayas con brevedad
a hacerles tanto mal,
y lleva la gente que importe
de armas, y sal de la Corte,
y al protervo y obstinado
castiga como he mandado,
buscando a tal mal un corte.
y ponte luego en camino.
harélo, invicto monarca,
de cuanto el círculo abarca
del octavo cristalino,
de la tiara a la abarca.
vase el presidente y sus dos criados
y hagamos un sacrificio
que sea a los dioses propicio
por el dichoso suceso
de este mal o grave exceso,
para disipar tal vicio.
bien es ponerles asedio
en un error tan profundo,
y pues que estamos por medio
no se pierda todo el mundo
si le ponemos remedio.
Vanse los emperadores con su acompañamiento sonando música sale el demonio
y después que de aquel empíreo
coronado de topacios
y de zafiros preciosos
y de diamantes preclaros,
y después de la cumbre
de crisolitos jaspeados,
adornada en finas gemas
que en gemidos se han tornado,
y casi no he visto ni sé
que he visto en tiempos largos
amistad tan bien unida
ni amor tan en bien fundado
como el de el noble Sapricio
y de Nicéforo honrado,
los cuales son tan en uno
que es un corazón el de ambos,
y todo se funda en bien,
y haciendo bienes tan altos
que ya los cielos se admiran
y regocijan los santos,
y solo yo rabio y me admiro
mirando cómo he tardado
en esparcir mi veneno
con que inficiono al más santo,
y que hagan a mi despecho
estos dos bienes tan raros
dando remedios a miudos,
favoreciendo a otros tantos;
y siempre tratan de virtud
y siempre el comercio y trato
es debajo de razón,
de un bien que quedo admirado;
y ya ha buenos años que son
mi miserable presagio
ya no puedo sufrir
dolores que duelen tanto.
Alto, el fiero Asmodeo,
soy aquel que tiene a cargo
el fomentar la lujuria
con sus saynetes dorados;
por este camino pienso
en estos dos de quien hablo
meter cizaña y pesar
para aliviar mis cuidados.
Pondréle un fuego furioso
a doña Clara, que amando
está a Nicéforo el fuerte,
y pienso atizarlo tanto
que arda en voraces llamas
e inquiete al quieto su hermano.
Con tan grande desasosiego
que los dos amigos caros
sean opuestos verdaderos
y verdaderos contrarios,
y se aborrezcan de suerte
que sea diviso su trato
hasta la muerte enfadosa,
sin que vuelvan a ser gratos
en amistad buena o mala,
y ansí me veré vengado.
Encenderé el pecho frío
de Nicéforo en el claro
oriente de doña Clara,
y eclipsará mi nublado
las virtudes de los dos,
o de los tres, si me engaño.
Pues de mi original el mal
soy, y del mal seminario,
que si hubiese de contar
los daños que he causado
con la vil concupiscencia,
proceder fuera muy largo
y casi infinito fuera,
y ansí en silencio lo paso
por pasar presto a las obras,
que por comenzar me abraso.
Alto, doña Clara, alerta,
que a Asmodeo das tus brazos,
y has de ser mi culebrina
y un provechoso artillado
con que a Nicéforo el fuerte,
y a Sapricio el cauto,
he de batir y arruinar,
y la victoria cantando
me tienes de ver muy presto.
Presto voy bramando,
que si me deshizo Dios,
en su trasunto vengado
quedaré, y en su hechura
haciéndola mil pedazos,
borrando su limpia estampa,
pues él de ella me ha borrado.
(Vase el demonio y sale Nicéforo y Tirso)
¿Qué te pareció, señor,
que el celestial resplandor,
quedó doña Clara, te anoto,
y veíase leer, o en sus ojos,
te pone escrito su amor?
¿Que tan bien tú lo notaste?
Sin ser notorio lo noto,
y he notado el alboroto
y de aquel pecho aficionado,
y del tuyo tan remoto.
¿Qué quieres que haga? Es hermana
del amigo que más quiero,
y es amigo verdadero,
y una cosa tan liviana
no me está bien, ni lo quiero,
y me sería mal contado
poner tal caso en efeto.
y no guardar el respeto
a que yo estoy obligado
a un amigo tan perfeto.
¿Que es posible que no viste
como a diosa Helicona,
si te lo digo, perdona,
la bebida que bebiste?
Ella te trujo en persona
y muy bien lo pudo escusar,
mas de mí o ella disgustar
de darte gusto y placer.
Muy bien lo pude entender,
no lo quiero pensar.
Porque, a pesar de mi abuelo,
goces de esa edad dorada,
que adoro yo a la criada,
y clara será tu cielo,
y mi Isabel, la celada.
No es bien hacer tal agravio
a quien se fía de mí,
ni tal pronuncie tu labio.
Vuelve, señor, vuelve en ti,
que amándonos hay un resabio,
y porque el tan libre albedrío
pierde su valor y brío,
viendo a un ángel celestial,
y no repara en si es mal,
y un amor tan justo y pío.
Y ella, ¿no es la que te quiere?
Pues, ¿serás tan obstinado,
no adorar tanta beldad?
Y si de amores se muere,
ayudadla por caridad.
(Aparte.)
Echar la plática quiero
fuera con un cuento vano.
Tirso, si eres cortesano,
ahora preguntarte quiero
lo que me ha dicho un villano.
¿Qué te ha dicho?
Que tu nombre
no es el de Tirso.
Es verdad,
escucha mi mocedad
y, oyéndolo, no te asombre
el no tener claridad.
Yo me llamé Juan de Tiz,
y sirviendo a un caballero,
por gracia me llamó Tirz;
oyólo allí un lisonjero,
comenzólo a referir,
y vino a ser tan sin empacho
que hombre no hubo ni muchacho,
y esto es cierto y sin mentir,
que no me llamase Tirz.
Y por referirlo un gabacho,
a un recado me envió
mi amo un día caluroso,
y viniendo presuroso,
y Juan de Tiz, que al fin llegó
al postigo fervoroso,
y halló la puerta cerrada;
mas de mí fue golpeada,
y dicen: «¿quién es?», dije yo:
«ábranme luego, Tirso»,
y por ser mal pronunciado,
y esta razón a que voy,
que había de decir Tirsoy,
y en la sílaba postrera,
gente de adentro y de afuera
me aclamaron hasta hoy,
y viendo que no es posible
mudar nombre ni apellido
de el todo lo he consentido
y como fiesta movible
es portátil el sonido.
¿Y con Tirso te quedaste?
Y no te pese que fue un santo
muy famoso, y yo me espanto
como errando acertaste
a un blanco tan puro y santo.
¿Cómo se llamó tu padre?
Pardios, señor, no lo sé.
¿Pues no se lo oíste a tu madre?
Fraile puede ser, mercé.
Eso no es bien que te cuadre.
Y ella fue monja primero.
Esa es cosa incompatible.
Antes es cosa posible.
Date a entender, majadero.
Esta es verdad infalible:
y mi madre se revolvió
con mi padre y se empreñó,
y no sabiendo el misterio
la metió en un monasterio
mi abuelo, que lo ignoró.
Y pero viendo a la encerrada
relievada la barriga,
con la pegajosa liga,
y al fin que estaba preñada
y nací, Dios me bendiga,
y luego del recluso santo
envuelta en un negro manto
la enviaron a su casa,
y esto tal vez ahora pasa
sin morir naide de espanto.
Y mi padre, que era estudiante,
y al género había llegado,
al femenil ser arrimado,
y el masculino adelante
envió por delegado;
y casóse al fin con mi madre,
murió y metióse mi padre
en un monasterio santo.
Esta es de su vida un tanto,
mira si es bien que te cuadre,
y tú que era espurio pensaste.
¿Qué quieres? No es cosa nueva.
A muchos se ha hecho entrega
de los hijos.
Tente, baste,
que es cosa absurda y muy ciega.
Y estaba por preguntarte
de qué historia se deriva
ese nombre, o en qué estriba
un Nicéforo, en qué parte
hay hombre que tal escriba.
Y dale tu interpretación.
Vive Dios que no hay razón,
ni mala ni buena historia
que entienda tal pepitoria;
no entiendo yo qué intención
tuvieron tus santos padres
en tal nombrete llamar.
Acaba de interpretar.
Suelen delirar las madres,
y al tiempo del bautizar,
poner nombres exquisitos
viendo a los niños bonitos,
pero hablando en conclusión,
y a la de interpretación
ayúdenme los mosquitos.
Ni Céfiro debe ser,
acostar sin cenar,
ni ce, no hay que manducar,
ni ce, no quiero mujer,
ni ce, por no la guardar;
ni ce, no sé de dar cebada,
ni ce, a mula regalada,
ni ce, por no la cebar;
ni ce, a pie me quiero andar,
ni ce, mi bolsa me agrada.
El Céfiro dice: ¡fuera
el gastar superfluamente!,
Céforo, el hombre imprudente
que gasta de tal manera.
Necio estás e impertinente;
harto habremos ya bobeado.
Ya lo dejo si te enfado.
¿No ves que esperando está
Sapricio y nos buscará?
Ea, que ese nombre me agrada,
porque al fin, yendo a su casa,
en ella el sol refulgente
te transformará en su brasa;
parte luego diligente,
que mi corazón se abrasa
viendo a Isabel en las salas,
que en esta idea reposa,
y será mi mariposa
y se quemará las alas
en mi llama luminosa.
Alto, pues, que habemos de ir
a acomodar y a vestir
a un hidalgo pobre, honrado;
dejo agora ese cuidado
y a Clara empieza a servir.
Vanse los dos y sale doña Clara y Isabel en el jardín.
Esto que te he dicho, pasa;
tan ciega estás de afición,
mejor fuera ese corazón
y matad d'él esa brasa
con la prudencia y razón.
No sabes tú qué es amar,
pues hablas d'esa manera.
Que amor es una quimera
y un tempestuoso mar
que siempre borrascas espera,
es una herida amorosa,
que al que hiere no reposa,
y una brasa paliada
con su ceniza tapada,
y una pantera engañosa.
Una alcorza con veneno,
un vino suave y precioso,
que al principio es amoroso
y en metiéndolo en el seno
vuelve al paciente furioso.
Es un falso cocodrilo,
que del engaño es asilo,
y es...
Sea lo que fuere,
que aquel que con gusto muere
su vida cuelga de un hilo.
Si me quieres agradar,
sígueme en esta derrota,
y no te muestres devota,
que estoy sumida en un mar
que por puntos se alborota.
Arde, desespera en mí
un Etna y un Mongibelo,
un volcán que todo el suelo
abrasa y nace de mí,
ni si estoy en tierra o cielo.
Y Nicéforo está en mi idea,
él es el que la recrea,
es mi gloria y mi consuelo,
él es mi bien, es mi cielo,
y a quien mi alma desea.
Y él, queriendo disuadirme
a que deponga este intento,
huye de mí como el viento.
Pues, señora, pecho firme,
que soy de su pensamiento,
y digo que se emplea tan bien
que te doy el parabién
de querer a hombre tan bueno,
y que es piadoso veneno
el que tomas por tu sien.
Y salvas, señora, en conciencia
como dándola bebida
casi en tu misma presencia.
Digo: Tirso a la partida
ten de mí, Isabel, clemencia,
y clavando en mí los ojos,
casi que cayera de hinojos
por mirarse en estos míos,
y a fe que tenga muy píos.
Abrázanse.
Quitadme esos los enojos,
y en pago de ese favor,
recibid hoy del calor
porque es tanto el que me sobra
que para poner por obra
tal exceso, me dio amor;
y teniendo tu gusto aquí
tan conjunto con el mío
llorarás mi desvarío
y al tuyo diré que sí,
poniendo a mis alas brío.
Y ayúdame agora, pues,
en esta empresa que ves,
que si te digo verdad,
hallo gran dificultad,
temo me salga al revés.
Y traza de qué manera
y métase titulado
como valiente soldado
que no es razón que ansí muera
un corazón abrasado.
Y pues tú, señora, a do a misa
con violencia el suelo pisa,
y súbete a la ventana
porque no me salga vana
mi pretensión; parte a prisa,
y por que aquel cruel que adoro
vendrá a buscar tu favor,
y dirásle con amor
que le aguarda con decoro
por mitigar el calor.
Y en el jardín, en el cual
estaré yo contemplando
los pasos que viene dando,
y mi espíritu inmortal
muriendo le irá buscando;
y en viendo lo que viene aquí,
ven a favorecerme a mí,
que pienso con este engaño
remediar tan fuerte daño,
pues del todo me perdí.
No es mala traza, yo voy,
que también a mí me importa;
ese corazón me corta,
que tu centinela soy,
y a fe que no he de ser corta.
Vase Isabel, prosigue doña Clara.
Fuentes murmuradoras, cristalinas,
que entre esmeraldas verdes vais brotando
perlas y aljófar fino derramando;
crisólitos, topacios, cristales finos,
azucenas preciosas que, benignos,
vuestro candor ya miro avergonzando
claveles y mosquetas que trepando
vais entre murtas y arrayán vecinos,
lirio morado y jazmín hermoso.
junquillo blanco, verde y amarillo,
ayuda deis, con brío, a mi reposo;
y si os avergonzáis de solo oíllo,
mi asunto se dedica para el polo,
a cuyos aros el corazón humillo.
(Vase don Claro y sale Sapricio y Porcio).
Esta es la iglesia mayor,
ado pienso celebrar
misa en honra del Señor.
Y yo te pienso ayudar,
aunque indigno pecador.
La misa es cosa grandiosa.
Y tan santa y prodigiosa
que, si sus misterios graves
supieses bien, aunque sabes,
fuera tu suerte dichosa.
Y, en habiendo celebrado,
te ruego me los declares;
hazme este bien, no repares
en pedírtelo un criado.
Yo lo haré si lo acordares.
(Éntranse ambos y salen Nicéforo y Tirso).
La casa es esta, señor,
de Sapricio.
Ten valor,
aunque veas a doña Clara.
Esa es voluntad avara
e ingratitud al amor.
Yo haré cuanto pidiere,
por hablar a mi Isabel,
que, con su boca de miel,
mira cómo Tirso muere
y por su miel me da hiel.
Deja tanta hipocresía,
de la mala fantasía;
en una luz bella y clara
adora a tu doña Clara,
porque sin ella no hay día.
Llama ya, si has de llamar.
Ya llamo, Dios sea conmigo.
¡Ah de casa!
¿Tirso, amigo?
Ansina me has de nombrar,
mi amparo, mi luz, mi abrigo.
¿Adónde está tu señor,
mi bellísima Isabel?
En el jardín o vergel,
que por templar el calor
espera al pie de un laurel,
y aguardando a tu señor
está toda esta mañana.
¿Y tú puesta a la ventana,
con ese arrebol y amor,
dando una luz soberana?
En el jardín nos espera
el nobilísimo Sapricio.
Pues vamosle a hacer servicio
en tan fresca primavera,
a quien nos es tan propicio.
(Éntranse los dos y sale doña Clara, y el Demonio detrás. Vase Isabel).
Ea, doña Clara, haz fuerza
a la encogida vergüenza,
y con un ánimo y brío
toma este consejo mío,
y tu intento no se tuerza.
(Entran Nicéforo y Tirso).
¡Oh, Sapricio, mi señor!
Pero ¿a quién estoy hablando?
Yo debo de estar soñando.
Cupido, dadme favor,
si en vuestro mar voy nadando.
Hablando estáis ahora, ¡ah, Clara!,
y mi ventura está clara ,
si vos no la oscurecéis.
Mi señor, ¿no lo entendéis?
(Sale Isabel).
Ánimo, que Amor te ampara.
¡Ay, qué rayos soberanos!
miro en el rostro y las manos
de aqueste ángel celestial
a quien miro por mi mal
entre pensamientos vanos
besoos las manos, señora,
que bien se ve que la aurora
en este jardín se ofrece
quien ese favor merece
ya tu enfermedad mejora
adonde está vuestro hermano
mi honrado señor y amigo
no está aquí, hablad conmigo
mas sois ángel soberano
y en vos nunca hallé abrigo
con vuestra licencia quiero
irle a buscar
desespero
no desesperes, espera
platica un poco primero
que a un diamante haré yo cera
y no os vais, señor, por mi amor
que no puede ya tardar
presto vendrá mi señor
aquí se puede sentar
(Siéntanse Nicéforo y doña Clara, hablan a un lado Tirso y Isabel, y el demonio detrás de la peña.)
junto a esta fuente es mejor
y ella misma sea testigo
y su cristal murmurando
cómo me he estado quejando
(Aparte)
ésta se aclara conmigo
y claro me está abrasando
ora pues yo quiero hacer
que no entiendo a esta mujer
y esa queja será en vano
por tardarse vuestro hermano
él no me quiere entender
pues aclárate más, Clara
no seas en hablar avara
ni pierdas esta ocasión
entendisteis mi intención
entendida está y muy clara
que yo soy de vuestro hermano
no siempre puedo acudir
como conviene a os servir
dame, mi Isabel, la mano
si no, me verás morir
que te la quiero besar
y darle dos mil bocados
considero que están dados
y no te la quiero dar
aunque me des mil ducados
¡alto, vil concupiscencia!
que obra ya mi aguda ciencia
no os quiero tener confuso
esta palabra me puso
en la misma adolescencia
pues imagina que quiero
deciros esto a la clara
si esto agora se declara
yo llego al punto postrero
ea, que aquesos miedos se amparan
sabe, Nicéforo, mi amor,
que os le tengo
(Aparte)
ten temor
y vergüenza destas fuentes
que con sus claras corrientes
nos murmuran de tu honor
Y pues ya me he declarado
y espero vuestra respuesta,
no me la deis tan honesta
como de vos la he esperado,
que me tiene amor molesta.
No puedo creer que habláis
de veras.
Ya me da pena
lo mucho que os escusáis.
Digo que esta traza es buena,
como vos me favorezcáis.
No he de manchar el honor
de mi amigo y vuestro hermano,
si interesase el valor
de todo el linaje humano,
y muriese con rigor.
Pues mira cómo has de ser,
que ya me siento enfadada
por verme ansí despreciada,
y ese rigor ha de ser
hoy el fin de mi jornada.
Esa cruel ingratitud
es sobra ya de virtud,
y pues dais hoy en ser fuerte,
mañana veréis mi muerte
y en vos muy grande inquietud.
No alcanzáis a penetrar
qué es despreciar el valor
de una mujer de mi honor,
pues quiero os certificar
que me provocáis a rigor
y que si en él me resuelvo
y en odio el amor revuelvo,
que a vos y a mí venga mal,
por querer ser celestial,
si enturbio ese agua y la envuelvo.
Amenázale con muerte
si a tu gusto no se allana.
Deja presunción tan vana
y goza tan buena suerte,
no os arrepintáis mañana.
Yo acudiera, ¡vive Dios!,
si no temiera hoy a Dios,
a besar tan bella mano,
mas respeto a vuestro hermano,
al cual temo, y temo a Dios.
Y en esta vía, con Clara,
no adoro a aquesa beldad,
que es una llamarla deidad,
mi señora doña Clara,
valor de la calidad.
Si no hiciera división
esta tan justa ilusión
que comprende mi idea,
mi alma en vos se recrea
y soy segundo Endimión;
pero, previsto este daño
que es cierto ha de proceder,
y habemos de padecer,
es justo ahora un desengaño
con un señoril poder,
y ansí digo, excelsa prenda,
que fuera dar luz y senda
deste corazón que os ama,
si no remiro a la fama
y de Cupido la venda,
que ciego no lo ha puesto
en vuestros ojos agora.
Y en el alma, mi señora;
mas con un amor honesto
que os reverencia y adora.
¡Qué tan Josef queréis ser!
Pues no os quitaré la capa.
Quien de vuestro amor se escapa,
¿qué humano mal ha de ser
en el esférico mapa?
Porque tan rara hermosura
robará a toda criatura
las alas del corazón;
mal encubre mi afición
lo que la razón procura.
Pero al fin, por el respeto
de mi amigo y vuestro hermano,
os dejo de dar la mano.
Levántase Clara.
Pues yo os juro y os prometo
que os tengo de dar de mano,
y que os tiene de costar
la vida, o me ha de faltar
la mía en esta ocasión.
¡Qué terrible tentación!
Volveos, señora, a sentar,
que quiero dar mi disculpa.
Repórtate un poco, Clara.
No os mostréis feroz y avara.
Claro, esa disculpa es culpa
que traes escrita en la cara.
Y miedo tienes a mi hermano,
dándole yo aquesta mano;
y miedo tienes de Dios,
si en uno somos los dos;
eres soberbio y villano.
Y ansí me pienso vengar
de una ingratitud tan rara:
no me mires a la cara.
Vuélveme, reina, a mirar,
escucha un poco y repara,
y digo que ya soy tu esposo;
y que si he estado medroso
es por respetar tu hermano.
Dame esa valiente mano
que me ha de hacer dichoso.
Ya me tenéis de manera
que no quiero ni he querido.
De rodillas te la pido,
por ser la cosa primera
que pido a quien me he rendido.
Por veros humilde amante,
si sois en mi fe diamante,
la mano y el corazón
os entriego, y mi afición,
si sois en amar constante.
Dale la mano.
Yo la beso y la recibo,
y la llegaré a mis ojos;
y si es del amor despojos,
con aquesta mano escribo
una disculpa de enojos.
¡Oh, mano que me levanta
a un sol supremo que espanta
al más alto chapitel!
No me seas mano cruel,
si tu hermosura me encanta.
¡Viven Dios, que están ya asidos
de las manos a las manos!
¡Oh, qué gustos soberanos,
que bien emparejan unidos
por tan sabios cortesanos!
He yo sido el alcahuete.
¿Quién habla? ¡Jesús, la cruz!
Quiero hacer que el demonio
dé de aquesto testimonio.
Vase el demonio.
Voyme, si enseñáis tal luz.
Con este bien recibido
me siento ya resurgido,
pero la desgracia temo
de vuestro hermano, su extremo,
a quien hemos ofendido.
No os dé pena ni cuidado,
que yo os sacaré de todo.
Y vos sacadme del lodo,
y cuando esté bien enlodado.
A vuestro humor me acomodo.
Y pues ya os soy tan propicio,
y en todo os debo servir,
saldréisme esta noche a abrir,
que os quiero hacer un servicio.
Siéntolo como al morir,
que empiezo a conjeturar
la quiere música dar,
y suele en tal competencia
haber alguna pendencia
do no me quisiera hallar.
Ya sabéis vos el balcón
a do duerme doña Clara.
Sea do duerme, y seades clara
mi dicha y mi presunción
puesta en belleza tan rara.
Pues con esto a Dios, esposo.
Vase doña Clara.
El corazón temeroso
está de vuestra partida,
porque me dejo sin vida
puesto ese sol milagroso.
Vase Isabel.
Dadme vos licencia a mí,
que me voy con mi señora.
También vos os vais, traidora,
acuérdese, o ce de mí,
mire que Tirso la adora.
Tirso, ¿qué te ha parecido
de aquesto que ha sucedido?
Que aunque más te defendiste,
al fin como Saulo caíste.
Tales los medios han sido.
Mas quien busca la ocasión
y ama el peligro, es muy cierto
que ha de ser vencido o muerto.
Al fin tenías pasión.
Y un ciego amor encubierto.
Si en ti el corazón traías,
¿por qué no me lo decías?
Porque quería el corazón,
y no quería la razón.
¡Poco, al señor, buenos días!
Y pues ya tu corazón
se ha rendido a doña Clara,
mírate en una luz clara
y dile Criste leyson
a su hermano sin reparo.
Vanse Nicéforo y Tirso, y salen don Sebastián y don Jayme.
Por hoy ya hemos oído misa.
Sapricio la ha celebrado
con devoción y cuidado.
Con espacio y no de prisa.
Es un bienaventurado.
Por cierto que es maravilla
ver un alma tan sencilla,
y con cuánta reverencia
celebra, y con qué prudencia
gobierna el ara y capilla.
Ahí sale él y su criado;
retirémonos a un lado.
Retíranse, sale Sapricio y Porcio.
Digo que en llegando a casa
declararé lo que pasa
en la misa con cuidado,
las ceremonias sagradas
deste santo sacrificio
declararé, y el oficio,
y a quién están dedicadas.
Hazme aqueste beneficio.
Oh, Sapricio, mi señor,
todo es tratar del amor
de Dios y de su ley santa.
Al fin, cual dichosa planta
dais fruto suave y olor.
Porcio quiere que le diga
los misterios soberanos
de la misa, cortesanos.
Dios se conserve y bendiga.
Oigámoslos como hermanos,
gocemos todos tal bien.
Vuesa merced dice bien,
esta es mi casa, y ansí
pienso declararlo aquí.
Aquí estaremos muy bien.
Y abajo aquí mi señora
doña Clara y Isabel,
que hay en el abismo ahora
y baja el segundo Luzbel,
y a quien fuere ansí cruel.
Éntranse todos, con que da fin la primera jornada.
Sale doña Juana de Luna sola, en hábito.
¡Ay, triste doña Juana,
y cómo el buen Nicéforo se ha olvidado!
Amóme muy de gana,
mas ya de todo punto me ha dejado;
mostróse firme amante,
y en su desprecio es ya duro diamante.
¡Ay, y honra, mi pobreza!
¿Queréis menguar honor de noble gente,
que abaja a tan bajeza
y enturbiáis su clarísimo corriente?
Aquesta me destierra
a mi padre, y a mí dio cruda guerra;
la hacienda perdimos,
por do en hábito estamos con un cargo,
y para mí fue un trance muy amargo,
que al superior cedimos
y Antioquía dejamos
y en hábito vinimos y moramos.
Mi nombre es doña Juana
de Luna, ya como ella variable.
Mi estrella fue vana,
pues que jamás me ha sido favorable.
Amóme un cortesano,
diome de esposo la palabra y mano.
De quince años pequeña
era mi edad cuando gocé mis años,
tenía yo mil dueñas,
con la riqueza que hermoseó mis daños.
Mas ya con la pobreza
me hallo sin las honras y riqueza.
Que Nicéforo no piense
que ha de quedar con mi honra y yo perdida.
que cuando no se piense
le he de pedir a precio de mi vida
yo haré que volvamos
a Antioquía y con presteza allá nos vamos
y escribiré a mi primo
Porcio, que sirve al noble sacerdote
Sapricio, a quien íntimo
este, le hará pagar costa y escote,
que es hombre de talento,
tiene valor y ser y entendimiento.
Y la edad me ha dado aviso,
y el amor, que a Nicéforo he cobrado,
que busque a mi Narciso
me incita y me lo manda con cuidado;
no piense que mi luna
ha de dejar menguante su fortuna;
y si está próspero y rico
y no se ha acordado de doña Juana,
teniendo a precio chico
el honor que quitó con tanta gana
mis nobles caballeros,
yo atropello su hacienda y su dinero.
Vase doña Juana y salen los dos emperadores, Galerio y Gallo, con acompañamiento.
Al fin los mozos dejaron
su Dios, de quien renegaron,
que el horror de los tormentos
nos dará un cuento de cuentos
de hombres que al fin se anegaron.
Es la crueldad cosa horrible,
la muerte cosa espantosa,
nuestra gente belicosa,
y alcanza todo imposible;
y una persuasión furiosa,
y aunque había padecido
tormentos a buen partido,
tuvieron que dar comida,
que el que con ello convida
nunca fue mal recibido.
Pues muéstreseles rigor
por su bien a los cristianos,
que ellos verán ser humanos
nuestros intentos y amor,
ni rigores tan inhumanos.
A la vid suelen cortar
los brazos y al cercenar
llora su parte perdida,
y es para la vid la vida
y un tan dichoso pesar;
y ansí a los ciegos cristianos
sucede en tal coyuntura,
que lloran por su ventura
y el dolor de nuestras manos,
que vuelve dulce su amargura.
Bien es buscarles tal bien
de paso ora con desdén,
teniendo de ellos dolor,
y el que parece rigor
lo hacerán ser su bien.
Al halcón suelen coger
siendo agreste e intratable,
y el trato le hace amable
y muda el agreste ser,
viéndose en quietud afable.
Y ansí el cristiano oprimido
llora con triste gemido,
mas reducido a quietud
conoce en sí gran salud
con un contento crecido.
Ya habrá nuestro presidente
llegado a la gran ciudad
de Antioquía con brevedad,
pues es hombre diligente.
Dar a nuestra majestad
y parte de lo que hay en ello.
Toda será una querella
de los opuestos cristianos,
a aceros tan soberanos
que en su hierro han de hacer mella.
Y que digan que es uno tres,
y que tres dioses es uno,
esto contradice a Juno.
Monstruo, escándalo es,
hacer a tres dioses uno.
Y como el otro sabio digo,
el cual dicho quedó fijo,
que en la piedra tropezó,
de escándalo y de espanto,
viendo tomar carne al hijo.
Y digo, ¿qué cosas son estas?
Siguen los buenos cristianos,
si ya no son inhumanos;
pero cosas como estas
arguyen hombres livianos.
Y siguen muy grandes errores.
Y hay muchos encantadores
en su absurda religión,
y ansí es bien sin dilación
y prosigan nuestros rigores.
(Vanse con su acompañamiento y sale Sapricio solo con un libro)
¡Válgame el cielo, y qué es lo que he soñado!
¡Sueño espantoso, horrible y de despecho!
Jesús, ¿qué pesadilla congojosa,
llena de confusión y de presagios?
¡Qué pena, qué tristeza ha infundido
en este corazón, que palpitando
con sus alas parece que huir quiere
de cosa tan tremenda y espantosa!
Soñé que vide a Cristo, rey del cielo,
que de mí se quejaba muy sentido,
y que yo adoraba falsos dioses.
Y que la reverencia que al Mesías
se debe como a dueño de las almas,
a Belcebú infame y a Cibeles
le daba con humilde acatamiento.
¡Rabio de pena y muero de tormento!
Y miente el infame sueño, y cual fiero,
lleno de fantasías detestables,
atribula e infama mi persona
en la caliginosa noche oscura,
de mi suerte cruel y baja estrella,
que amenaza mi espíritu y lo abisma.
¿Y yo tengo de adorar a mi Dios Cristo,
y yo negar la deidad trina e infalible?
Vuelvo a decir que miente dos mil veces
la infame pesadilla y pecado.
Ha sido para mi alma y mi consuelo,
lleno de enojo, rabio y me quejo al cielo:
¿Y yo renegar de vos, Jesús de mi alma?
¿Yo he de doblar a otro mi rodilla?
¿Yo he de pedir clemencia a otro que al Verbo?
Cuando yo de intento ofenda a Cristo,
entonces este ser y mi esencia,
y ánima, este cadáver vuelva al nada,
y a su aniquilación y caos primero,
de penas y de congojas rabio y muero.
Y yo creo firmemente en mi Dios Padre,
y creo firmemente en mi Dios Hijo,
y en el Espíritu Santo creo fielmente.
No son tres dioses, no, ni tal se entienda,
aunque son las personas tres distintas;
del Padre procedió y procede el Hijo,
y del amor recíproco de ambos,
y el Espíritu inmenso allí procede.
en la pluralidad de las personas
el complemento inmenso satisface
esto creo y creeré hasta la muerte
la de el alma es eterna y yo la temo
este sueño me enoja en él me quemo
y más porque me fatiga y me cansa
si es cierto que es autor de el pecado
que aquella sierpe antigua represento
para inquietar las almas de los justos
aunque yo no lo soy presumir puedo
que es ilusión de aquel aguijón santo
se llama Behemot cruel mentiroso
leviatán ardiente fulguroso
y quiero quietar mi espíritu y persona
pues que ya la estrella matutina
sale con los maitines la recreo
si viendo que a su luz el sacerdote
los recen y reverencia de el altísimo
desde aquel corredor ascender deseo
y contemplando el cielo estrellado
cubierto de doseles tan obscuros
que al terciopelo negro atrás se dejan
tachonados de chapas relucientes
yo comienzo a rezar pues aquel sueño
y ansí me desvelo si fue mi duelo
entrase y sale Niceforo y Tirso y dos músicos arrodelados
esta señor la calle es de tu diosa
aquí se han de cantar tan dulces letras
que en panal se conviertan los balcones
las paredes y tejas de esta casa
bien has dicho y recelo en esta calle
y si hubiere rondantes lo desvío
que no importa a la quietud de mi persona
ya las cosas son mosquitos zumbadores
y aun esos se defienden a su tiempo
piensas señor que es banda de pardillos
que en el nativo charco pesca el agua
huyendo a la muralla de sus ovas
de el pernicioso cuarto de ahorcado
y con la red mangosa vestir quiere
a aquellos corpecitos tan dorados
o quieres que pague aquí yo mis pecados
y no soy tan bravo como se parece
ni tan valiente y a un hombre solo
me atrevo a acometer si viene armado
quizá no lo vendrá y si lo viniere
pide favor que aquí estamos nosotros
entre tanto señor que sus mercedes llegan
me pueden haber dado en el zarpazo
un hurgonazo con que a mi mesnada
se den tan mala noche que sin ellos
se salga a pasear por estas calles
acaba ya gallina ten vergüenza
de quien te oye que a mí me la has causado
sí, ¡vive Dios!, que me siento ya ciscada la capa
y pleguete a Dios señor no consideras
que un pequeño taladro por el vientre
causa un efeto siempre espantoso
un estoque buido y una daga
causan temor mirándolos de veras
pues mira tu señor qué hará de males
piensas que has de venir aquí a la caza
habla que andan pláticas a poco
y al fin lo he de hacer quien es fiel cielo
que la respiración de el espinazo
quiero decir la punta o su remate
destila un cierto anhelito zumoso
que de pebete pasa a todo cabo
pero al fin tengo de ir que Jesús me valga
si vieres algo dilo y habla
Y yo me tendré el cuidado de llamarte.
Vase.
Y yo te lo creeré. Alto, señores,
muy bien pueden templar, no venga el alba
bordando de oro puro los tejados
y cubriendo de perlas los ganados.
Comienzan a templar y tañer, y sale arriba Saplicio con el Breviario y Porcio con una vela en un candelero, ponele en un bufete.
Pónmela luz más cerca al bufete,
que los maitines siempre a aquestas horas
se tienen de rezar, según buen orden.
Los de rezar ¿a qué el gallo cantó?
Pero, señor, escucha que en la calle
siento instrumentos y a nuestra puerta.
¡Válgame el cielo santo! A mis ventanas
parece que se arriman, santo cielo,
al balcón donde duerme doña Clara.
Han tirado una piedra a questa lumbre, mata al momento.
Ya está muerta.
Lo que yo he hecho para que abra el cielo
mi doña Clara y clarifique el mundo.
Sale Tirso.
Señor, señor.
¿Qué es lo que quieres?
Presto
apercibe el broquel y mete mano,
que armados vienen o a seis o a siete
con coletazos de ante jacarinos,
encima de jubones con mil ojos,
que a los de Argos parecen en ser muchos.
Con el furor que Júpiter despide
el fulminoso rayo penetrante
que en ceniza convierte el fuerte roble,
o en lo superior de su firmeza
hace el efeto breve y compendioso.
Pues ¿no a poco moviste los jubones?
Con el fulgor de un trueno o relámpago
que me envió de allí águilas o especies.
Mentira es, traición calificada,
mas con todo, hidalgos, aperciban
las espadas por si este verdad dice.
Mi espada y brazo tienes a tu lado.
La mía y mi persona te acompaña.
Espérate, señor, que, ¡vive el cielo!,
que es un poste que arrima en una esquina,
y que me acuerdo ya de haberle visto
pasando a mediodía por la calle.
A borrachos, bellacos, anfiteatros.
Vaya la música, hidalgos, vaya.
Se asienta el corazón y se desmaya.
Y, mi hijo Porcio, baja, sea presto,
y sin que daño pueda sucederte,
mira a ver si conoces de ellos uno,
y mira si la necia doña Clara
al balcón a salido, si con alguien
habla por mi deshonra y desventura.
Mi espada tomar quiero, y mi rodela,
y a cumplir tu mandado luego parto.
Vase.
La letra habla ya con doña Clara.
La dilación la hace cada avara.
Cantan y tañen, y escucha abajo Porcio, y arriba Saplicio hace alguna acción de sentimiento.
Claro de el cielo, que a claros
la noche obscura y serena,
sal a ver un alma en pena
que pena por ti a los claros.
Haz ese balcón oriente
con el candor soberano
de ese rostro más humano,
por una mano excelente;
y si con tu luz soberana
el caos hinches de hermosura,
dices a toda criatura
ser clara de la mañana.
Sin igual carbunclo precioso,
luces clara de los cielos,
yo soy Endimión con celos,
y Cintia tu rostro hermoso.
Bastó que con doña Clara
habla la letra traidora,
de mi honor deshonradora,
pues mi deshonra está clara.
Claramente a doña Clara
han nombrado en esta letra.
El corazón me penetra
letra en su boca tan clara.
Asómanse doña Clara e Isabel al balcón.
Desde el punto que os sentí,
el cuerpo perdió el sentido,
y el alma aplicó el oído,
que estaba en vos y no en mí.
¡Oh, celestial prenda amada!
si en uno somos los dos,
un alma somos por Dios,
y una entidad regalada.
Vive Dios, que ha salido
doña Clara, y que hablando
está, y mi señor rabiando,
y al amante ha conocido
en la habla y en el talle.
¡Oh, desvergüenza mayor!
¿qué aguarda ya mi furor
que no se arroja en la calle?
Nicéforo sin duda es,
que mal paga la amistad
a mi señor.
Si es verdad,
Sapricio, aquesto que ves.
Nicéforo es, vive el cielo,
traidor, hombre tan honrado,
más de que quedo espantado
si hubo traición en el cielo.
Han hablado en secreto Clara y Nicéforo.
Esto queda de esta suerte:
mañana en la noche escura
se gozará mi ventura.
Tendré dichosa suerte.
Efectos de loco siento
en el corazón turbado,
en este olfato enredado
que al pie no doy en tiento.
Habla, y en tono más bajo,
que nos podría suceder...
Ya acabo de enloquecer,
borracho, cuero, badajo.
Como Isabel no ha hablado...
Después la puedes hablar.
Antes no pienso aguardar,
por ver mi bien resguardado.
Ten este papel, la traza
escribo como podréis
entrar, como lo veréis.
¡Qué bella es la bella caza!
¿Queréis, mi bien, que prosigan
la música que deseo?
Vuestro gusto y mi trofeo.
Todo el cielo le maldigo.
Por cierto, si vos queréis,
canten, pasen delante.
Cuerpo de Dios, naide cante,
que presto llorar podréis.
¿Por qué, Tirso, estás llorando?
Porque veo un bulto estar
que le he visto menear,
y otro está arriba mirando.
(Vase.)
¡Ay triste! Mi hermano es,
desventurada es mi suerte.
¡Adiós!
Clara es mi muerte.
Mi doña Clara no es,
y aunque por el santo cielo
que hay gente en el corredor.
¡Hay más desdichado amor!
¡Hay mayor mal en el suelo!
Y recojámonos, señores.
Antes había de haber sido.
Poco se hubiere perdido.
Y al fin tienen los favores.
(Vanse todos y al irse cáesele el papel a Saplicio que le dio Clara.)
¿Viose mayor desvergüenza
de doña Clara, y mayor
alevosía de honor?
Como a mi honor hago fuerza.
¿Y qué te ha, señor, parecido?
Y abajo mi hijo espero.
No seré yo lo primero
que remata acometido.
(Sale Saplicio con un montante.)
A fiero golpe en mi honor,
¡que tal he visto y no muero!
Yo pienso que el mal postrero
me viene con tal deshonra,
y que haga mi hermana tal
que quería ser religiosa.
Es la mujer una cosa
muy semejante al metal;
y has de saber, mi señor,
que el metal es duro y fuerte
si el fuego en él no hace suerte,
mas si él le da su calor,
y toda aquella fortaleza
que un león contra sí admite,
con el fuego se derrite
y se exhala con presteza.
Y ansí la fuerte mujer,
mientras el fuego de amor
no le calienta el humor,
tiene honra y tiene ser;
mas si llega el voraz fuego
y hay quien fomente su lumbre,
el metal que está en la cumbre
líquido y corriente es luego.
También, Nicéforo traidor,
porque me andas de afrentar
y ansí mi honor agraviar.
¿Cuándo hay amor no hay honor?
Vengaré mi afrenta infame,
y para sacar su mancha
un puñal hará puerta ancha
por do su sangre derrame.
Con una rabia infinita
me vengará mi furor,
que la mancha del honor
solo con sangre se quita.
Y pero, ¿qué papel es ese
que en ese suelo está escrito?
A lo escrito me remito,
si no es cosa que te pese.
Sin duda se le cayó,
y es de aquella sucia arpía.
Quiero leerlo, afrenta mía,
pues para mí se escribió.
Puedeslo a la luna leer.
Lee.
Sí, que luna y letra es clara,
y mi deshonra es tan clara
que un ciego la puede leer;
claro está mi deshonor,
porque de una clara infame
una escuridad me enfame
la claridad de mi honor.
Quiérolo de priesa leer,
si me puedo reportar,
que la purga y el pesar
de una vez se han de beber.
¡Oh, fiero papel tirano!
¡Sambenito de mi honor!
¡De mis rigores, rigor!
Y escrito de infame mano.
¡Ráscale, haré mil pedazos!
Perezca él y quien le escribe,
pues tan claro en él describe
de tu honor la firma y lazos.
Antes espera, que quiero
dejalle otra vez caer,
que a buscalle han de volver,
y aquí mi venganza espero.
Pues si quies tomar venganza,
aguardemos la ocasión,
y al subir por el balcón
le travesaré una lanza.
Abrázale.
Dame, hijo, aquestos brazos,
que como a tal te he tenido;
en tu ser mi honra anido,
y será nido sin lazos.
Y ya sabemos a la hora
que el traidor ha de venir
a su gusto y a morir,
si ya el morir le mejora.
Los dos bastamos a él,
y a un criado que consigo
trae este fiero enemigo
que amigo se finge fiel,
y con dos alabardas fuertes
haremos al cuerpo infame
que, envuelta en sangre, derrame
el alma vil con mil muertes.
Pues alto, deja el papel.
Deja caer el papel y vanse los dos, y sale Nicéforo y Tirso.
Ahí os arrojo, infame soga,
que alguno os tendrá por toga,
y habéis de ser su cordel.
¡Vive Dios, que se quedó
el papel de Doña Clara
en la calle!
¡Oye y repara!
que podría ser que no.
luna hace y noche clara.
¿Pues quieres volverle a buscar?
Tú lo tienes de hallar;
vuelve, y con presto, con él.
¿Con él presto, pues que de él
vesle acaso blanquear?
Hallarásle allí sin duda.
Aquí te espero arrimado.
Harto he ya ensudado,
y no iré allá sin ayuda.
Pues, ¿tanto pesa un papel?
Éste pesa más que un plomo;
¿quieres que me midan el lomo
o el cuello con un cordel?
Como de ver por el fiel, como,
¿y no viste dos embozados
que debían estar armados,
uno abajo y otro arriba?
Por Dios, que estás hecho criba,
y sombra es de los tejados,
y también quise yo pensar
lo mismo en aquel instante,
que el temor hace un gigante
de un pinemeo en tal lugar
y en una acción semejante,
pero es disparate cierto;
porque si hombre allí estuviera,
algún movimiento hiciera,
si acaso no estaba muerto
o respirara siquiera;
lo cierto es que fue temor
de la noche y el horror
y la sombra de la esquina.
Profetiza, ya adivino,
es mi alma, oye, señor,
y el gran Agustino dice
que fuerza de adivinanza
la fiel conjetura alcanza,
y no se lo contradice
si da cierta concomitancia;
y yo saco por conjeturas
que eran calladas figuras
los bultos que vi embozados,
aunque estaban muy callados.
Das en notable locura.
Y yo estoy cierto en que fue el miedo
de alguna sombra que viste.
Contaréte en eso un chiste
que a un valentón a pie quedo
le sucedió.
Tú lo viste.
Oí de a quien le sucedió,
y esto que cuento contó,
y el caso es que le dejaron,
y un enfermo le encargaron
que velase, y le veló,
y diole gana de orinar,
tomó su espada y salió
a un patio adonde orinó,
y ya que se volvía a entrar,
un bulto negro topó,
y parecióle un gran descuerzo,
tuvo miedo y cobró esfuerzo,
metió a la chapa la mano,
hirió siempre de a rebaño,
hecho de enojo un mostuerzo,
y diole un revés y le echó
más lejos de su persona;
mas luego, ¡cuál presta mona!
junto de él cuerpo le vio
y él se turbó y le baldona,
y cinco veces con la espada
le dio una gran cuchillada
arrojándole muy lejos,
y con los mismos reflejos
se venía tras la espada;
y por quitarse de trabajo
hizo una luz y miró,
y el bulto de quien temió
vido que era nuestro paje
Seco, que la removió;
y ansí agora podrá ser
que aquel perro te engañe
y venga todo a ser nada,
y que sea cosa soñada,
y cosa sin ser ni ser;
pero sea lo que fuere,
que solos no tengo de ir,
mas aspiro que a morir
que muy necio es el que se muere
por un necio presumir.
Y alto, pues, ambos volvamos
ante que amanezca.
Vamos,
que yendo juntos los dos
no temeré sino a Dios.
Y Dios quiera que volvamos.
Vanse, y salen don Jayme y don Sebastián, herreruelos.
¡Qué tuvo don Fernandillo!
Cincuenta y cinco ganó.
La mano le da el chiquillo
por dar a la otra de mano;
¡qué suave el unto amarillo!
Y más ventura que un venado
tiene aqueste afortunado.
Es muy propio de los tales
ser a Proserpina iguales
y del mundo el más juzgado;
y yo más me puse a jugar
con él, que bien me suceda.
Siempre la fortuna queda;
está en dar por mi pesar.
Siempre es tranquilla su rueda,
y grandes daños causa el juego
con un gran desasosiego,
como muestra la experiencia,
y al hombre de más paciencia
le pone en un vivo fuego.
Salen Nicéforo y Tirso arrodelados.
Aquí es ado se perdió
el papel de doña Clara.
Espera, señor, y repara,
que un cierto rumor sonó,
cosa que nos cueste caro;
y vive Dios que están dos bultos
en la calle arrebocados
y ambos arrodelados.
¡Por Dios, que es verdad, y juntos
hacia el balcón arrimados!
¿Y qué es aquesto, santos cielos?
Llueven ya sobre mí celos,
ya se me heló el corazón,
por estar junto al balcón
quien me atormenta en recelos.
Y vive Dios que he de embestir
si siento en mi deshonor
alguna cosa.
Señor,
mira que importa el sufrir,
sufrir y esperar el rigor,
y que siempre necio debes topar
en aquestos peloteros.
¡Ah, señores caballeros!
Aparte.
Señor, ¿quieres responder?
¿Quies que nos hagan harneros?
Y cuerpo de Dios, ¿sufres? Calla,
que vendrán de fina malla
armados como un reloj;
son pájaros que de un ¡hoj!
huirán de entrar en batalla.
Y por Cristo te pido y ruego
que te reportes un poco,
vete, señor, poco a poco,
aplaca esa furia y fuego,
que también yo me provoco;
y a hacer en esta ocasión
de los míos, atención
ten, y escucha con cautela,
si algún daño se desvela,
ya llegó mi perdición.
Pues pon atento el oído
a ver si hablan de Clara.
Clara a mi desdicha ha sido,
porque esta doña Clara
ha de ser oscurecido,
y ansí tú haz atención.
Bravo está mi corazón.
Aparte.
Y el mío de tal manera,
que pienso de una carrera
librarme de esta quistión.
Aquí doña Clara vive,
y aquí dora con su luz
estas calles que hacen cruz,
cuya beldad apercibe
del sol claro clara luz.
Por el cielo soberano,
que la nombró aquel tirano
de mi gloria y alegría.
No diréis que vuelo es mío,
ni pienses que meto mano;
A su efigie soberana,
ado el sol cada mañana
amanece y da arrebol
al reverberante sol
entre girones de grana.
Rabiando estoy, por el cielo,
viendo a mi cielo nombrar.
Yo me quiero ir a acostar,
y quede ahí al celo, ¡oh, cielo!
que ansí te has de bramar.
Mira que viene ya el alba,
haciendo a la tierra salva.
Vámonos, pues, a acostar,
que del perder el pesar
al sueño ofrece su calva.
Vanse Jayme y Sebastián y quedan Nicéforo y Tirso.
Y gracias a Dios que se fueron,
y en esta grande aflición
descansa mi corazón.
Y el papel no nos cogieron,
que es el bien de la ocasión.
Y que al fin topaste con él.
Vile blanquear en el suelo.
Pues yo vi de abierto el cielo
en que se fuesen sin él,
de Isabelilla arrecelo.
Y qué palabras me habló,
y es que el miedo lo estorbó.
¿De los dos has conocido
alguno?
Ya lo he entendido.
A dambos mi ingenio asió:
y uno es don Sebastián,
y otro don Jaime, su amigo;
yo de vista soy testigo
que los vi y vi su ademán,
y de jugar tienen afán.
Por Dios, que es buena la hora,
pues ya la victoria se ofrece.
Y a mí en mi alegría crece,
y tu dicha se mejora.
Allá leerás el papel,
gustando el nuevo escribir,
y vámonos a dormir,
si duerme un amante fiel,
aunque es más fiel el vivir.
Vamos, pues que bien has dicho,
y no haya más entredicho,
que te quiero gusto dar;
vámonos luego a acostar.
Y Sabelilla es mi capricho.
Vanse los dos y sale el Presidente con dos criados con varas de justicia.
Notable cosa es por cierto
el ver la gran fortaleza
del cristiano y su firmeza,
que grande es, y con qué acierto
pone todo su concierto
en una vana ambición,
con tan fuerte corazón,
como si los dioses santos
fomentaran sus encantos
con tan proterva opinión.
Lástima es ver los tormentos
que padecen y el valor
con que sufren el rigor
de los verdugos violentos;
los regalados alientos
que con su Dios comunican
parece que testifican
ser su Dios Dios soberano,
y que allí les da la mano,
como a voces notifican.
Confusión pone al más sabio
ver cómo dan bien por mal,
y cómo dan su caudal
al que les hace el agravio;
y no se mueve su labio
menos que para pedir
a su Dios un buen morir,
con un corazón valiente
con que admiran a la gente,
y al morir llaman vivir.
Confusión pone, si bien
y hondamente se mira,
y más es muy grande mentira
cuanto dicen.
Dices bien;
pero grande es el vaivén
en que a nuestros dioses ponen,
pues disipan y deponen
su saber, como se ve
que hizo Bartolomé
con Astaroch, que baldonen.
Y nuestros dioses, no me espanto,
pues no hacen milagro alguno,
Cibeles, Diana y Juno,
ni Apolo, aunque es más santo;
parece cosa de encanto,
siendo la diosa Cibeles
madre de los dioses fieles,
no dar claro testimonio
con obras contra el demonio
y contra tantos luzbeles.
No se trate de ello más,
que parece oposición
contra los dioses...
Quistión
digo que es, y me dirás...
Mucho en escudriñar das;
no des en algún error,
que no te valdrá el favor
que tienes con mi persona.
qué hombre, que a su Dios baldona,
es digno de gran rigor.
Ya nos vamos arrimando
de Antioquía a su ciudad,
y en Siria con brevedad
pienso yo entrar desmembrando.
Aprestad mi gente o bando,
tiemble a la voz todo el suelo,
que yo he de asir el cielo,
si ansí decirse permite;
no hay de mi rigor confite,
que soy el rayo Mongibelo.
Vanse todos y sale doña Clara y Isabel.
¡Qué confusión, qué disgusto
que siente mi corazón!
Notable es mi turbación.
¡Oh Dios, qué terrible susto,
y qué amarga muerte gusto
cada vez que veo a mi hermano!
Temblando estoy de su mano,
que es un Nerón fuerte y fiero
y un Trajano justiciero
y un cruel caballo sin mano.
No puedo creer que no es ruido
ni que hubo en el corredor
hombre alguno, que el temor
siempre en mujer hizo nido.
No es posible que haya sabido
nuestra libre liviandad,
pues no ha hecho novedad
aunque ya le hemos hablado.
Es hombre cauto y callado
y que prolonga vedad
al castigar este delito.
A su tiempo y ocasión.
No creas tal, que la pasión
es un claro sanbenito
que se ve en cualquier distrito,
y en la hoja de la cara
trae escrita muy a la clara
la traición el que es traidor
y la deuda el que es deudor,
y el odio contra el delito.
Y quizá yo me engañaré,
y tal quiera Dios que sea.
Eso mi alma desea,
y muy presto lo sabré,
que con Forcio me veré;
mas ya viene mi señor.
¡Ay Dios, qué terrible horror!
Ten ánimo, no te turbes,
porque tu maldad descubres
y te haces malhechor.
Entra Sapricio solo.
Un volcán traigo en el pecho
y un Mongibelo en su llama,
que a voces mi honra llama
a la acción de un fiero hecho.
Mi furor llega a lo estrecho
de mi furia arrebatada
contra esta desvergonzada.
Mas he de matar primero
a un traidor tan lisonjero,
como ella falsa y taimada;
y aquí he menester valor
y disimular la afrenta,
que esta vil pone a mi cuenta.
No faltará contador
que cuente su poco honor
y su infame muerte cuente.
Cualquier lengua es elocuente
para tratar de una honra,
y para contar deshonra
no hay ninguno que no cuente.
¿Qué hace aquí doña Clara?
Clara está mi desventura.
Anima el pecho y procura
que tu maldad no sea clara.
La fortuna vil avara
favorézcame el amor.
mi hermano, padre y señor
¿de qué se turba? porque
yo me turbo en que se ve
este es color del calor
Aparte.
Aparte.
que el color debe de ser
que zozobra de tu mengua
y es tan grande que a la lengua
aquel tan ligero ser
le quita, y el gran poder
que tiene en toda criatura
pues no ay honra y figura
que es de tan cruel falta
que al mas recio asalta
y aqui no habla, y lo procura
y las dos tienen de morir
pues son cómplices del daño
adonde se hace este engaño
que no lo puede fingir
aunque para mi es morir
dilatar mi enojo tanto
que soy de la furia un tanto
mas por matar al traydor
irreprimiré mi furor
que es trasunto del espanto
Y recogeos las dos a casa
que no están viendo doncellas
en el jardín, y en valles
tal bez desorden les pasa
esta es una oculta brasa
paliada con ceniza
que siempre el demonio atiza
hasta llegar a la cumbre
de la inmensa pesadumbre
que luzifer catequiza
no está enojado y es cierto
que desto no sabe nada
ay mi señora y mi amada
y que grandísimo acierto
nuestro daño está cubierto
Vámonos pues, ay clemencia
dadme pues señor licencia
Vanse las dos.
vos las teneys caminad,
que vuestro ermano el abad
ya os a dado la sentencia
Entróse Saplicio y sale el demonio.
El can que con la rabia muerde al dueño
y el toro que ofendido al amo mata
y el padre que al querido hijo maltrata
y por la trabesura le hace ceño
El mar que enbrabecido sorbe el leño
a quien lisongéo entre rizos plata
la bíbora que fue a su madre ingrata
y el peze que se traga al mas pequeño
Y todos son un trasunto y un bosquejo
de aqueste enojo fiero que me agravia
el can, el toro, el padre, el pez parejo
el mar furioso, la bíbora con sania
son a mí comparables y un espejo
a do miro mi honor con furia y rabia
ya va poniéndose en vien
este negocio que entablo
este es bayben que da el diablo
a dos hombres que en el vien
ya mostraron desden
y ya por mi yntercesion
sea obstinado el corazón
de sapricio sacerdote
a quien e de dar garrote
y a niceforo tizón
y a clara le boy trazando
una clara desventura
un obscura muerte dura
que se va precipitando
yo soy quien solicitando
ando la muerte de el alma
de unos y otros pongo calma
en los odios de estos dos
por hacerle mal a Dios
y salir con lauro y palma
parecerá que he dormido
pues no he parecido aquí
y es que nunca me vi a mí
el hombre que anda dormido
todo el mundo esté advertido
que sin sueño paso el día
y velo en la noche fría
al enfermo y al difunto
por ser mi mismo trasunto
todo hombre que en sí confía
yo voy a atizar el fuego
a Nicéforo fomentando
que a doña Clara está amando
con grande desasosiego
haréle que parta luego
pues la noche ya ha llegado
y animaré a su criado
que no ponga dilación
por medio su pretensión
que al fin está enamorado
vea que el infierno invoco
para esta insigne hazaña
ayúdeme mi compaña
que voy de contento loco
casi a mi ser me provoco
viéndome casi en la cumbre
de mi fulminosa lumbre
que fue candor algún día
de donde el vicio me desvía
por mi obstinada costumbre
Entrase el demonio y sale Nicéforo y Tirso solos.
ya escala baja cubierto
por que no nos sienta el suelo
pues iremos por el cielo
si el cielo nos da su puerta
aquí importa el ojo alerta
que aunque es ciego, vive Dios
que perezcamos los dos
como en ratonera de agua
no apagarán nuestra fragua
lo cual no permita Dios
y desechad miedo cobarde
ten ánimo y valentía
Sale el demonio.
todo el mundo en amor arde
ten valor en este alarde
que también a ti te importa
un cierto ánimo me exhorta
y aliento en esta ocasión
como algún quirieleisón
no me venga en edad corta
pero por qué he de temer
más que a un hombre ni del cielo
que he de hacer temblar el suelo
hombre eres que no mujer
claro se deja entender
que el género masculino
se halla en mí y no el femenino
pero vive el cielo santo
que pone terror y espanto
un gorguz a lo divino
este clérigo parece
testimonio a lo devoto
pero ya una vez remoto
en tales el furor crece
¿Qué temor se desvanece?
Desecha aquese temor,
y apocaráse tu amor
que de todo saldrás quieto.
Yo me pongo a un gran vaivén
por recibir un favor,
y por cierto que fuere
un b[u]e[n] día que habemos de ver
aunque vamos a morir.
Ese valor se requiere.
Todo el mundo considere
que si pierde la ocasión
queda ansia en el corazón.
El papel nos da la traza.
Vamos, que Phebo se baja.
Vanse Nicéforo y Tirso. Queda el Demonio.
De un liebre hice un león,
y yo me parto a disponer
aquellos dos homicidas
que acaben con cuatro vidas,
y si lo puedo hacer
me podré desvanecer
y estar de contento loco.
Y si al infierno convoco
al cielo pienso hacer guerra,
que es fácil la de la tierra,
la cual estimo en muy poco.
Vase el Demonio. Salen al balcón doña Clara y Sabel.
Hermosa y placentera noche obscura
cubierta de doseletes turquesados
tachonados de estrellas rutilantes,
que paliáis mis amores y locura
y ponéis el remedio a mis cuidados,
ya veis de hacer uno a dos amantes;
mirá que por instantes
espero en vuestros brazos favorecida
los que tién de darme ser y vida,
aunque es verdad que temo de mi hermano
su rigor inhumano,
mas imagino y tengo por muy cierto
que no sabe mi amor ni este concierto.
A grande atrevimiento nos ponemos,
pero el bien que se espera es muy grande.
Y grande es el contento que recibe
quien goza la ocasión en que nos vemos;
no ay de qué se espante de que se desmande
el que no vive en sí y en otro vive.
El niño ciego escribe
con la flecha en la banda de los ojos,
que enseña a padecer y dar enojos
mezclados con gran gusto y alegría.
Y es menester porfía
y un perezoso y largo sufrimiento.
Por eso es sumo y plácido el contento.
Salen Sapricio y Porcio con dos alabardas y rodelados.
Ea, valiente Porcio, agora es tiempo
de mostrar el valor de aquesos brazos;
mueran aquestos dos que me deshonran.
Presto veréis manchados los pedazos
de su traidora sangre fementida,
que con ella saldrán las manchas graves
de tu honra y tu casa todo junto.
Pues mi hijo se encubra, mas la persona
en aquese rincón yace obscura,
que ya ha llegado la hora que esperemos;
Nicéforo vendrá a topar su muerte;
primero que le dé, se le baja
bien alto por la escala, porque luego
que el golpe que en el suelo dé consigo
acabe de romper las ataduras,
que el alma desatada por los vientos
vaya a pagar su culpa con lamentos.
Encúbrense y salen Nicéforo y Tirso arrodelados.
Este es el balcón y oriente claro
a do el claro candor del cielo habita;
haz la seña que sabes, Tirso mío.
(Tira.)
Pues yo tiro la piedra al claro cielo
para que un ángel salga a ver quién llama.
Onde ha dado, y sus azules hierros
con los nuestros hicieron unísonos.
Pues ya espera a Diana, aqueste Adonis.
¿Sois mi farol, o mi Nicéforo bello?
Nicéforo soy, y el bello es lo que falta;
cinocéfalo y Nicéforo casi es uno,
y del cinocéfalo escribe el gran Pierio
que de nativitate ciégansele,
y mirando a la luna cobran vista;
vos sois quien me la da, que sois Diana,
y el cinocéfalo yo, que a veros vengo.
Dejaos, señor, de aquestas cortesías
y ata la escala o la trancadera.
Trato de cuerda parece quiere darte.
Ya está atada; tiradla a vuestro cielo.
Ya sube la que sube a mi ventura.
Ya la afirmo y la ato, y queda atada.
Subí, señor.
(Va subiendo.)
Al cielo de mi amada.
Aquí te aguardaré, y quiero entre tanto
hablar con Isabel y dalle parte
de cómo quiero armarla con mi cuerpo,
que quiero que luchemos cuerpo a cuerpo.
¡Vive el cielo, señor, que ha traspasado
el balcón el traidor, y en esta escala,
y más seguro es ir dentro; demos muerte
al criado que se queda en esta calle,
y muerto aqueste, morirá su amo
con más facilidad, y doña Clara,
y Isabel, la criada, y tras ellos,
para que todos cuatro se acompañen.
Pues mueran estos dos.
Al punto muera.
(Mete mano.)
¡Oh, cielo soberano, y quién me enviste
alabardas a mí! Deteneos, perros,
¿por qué queréis matar a un hombre solo
que no os deja quejoso? ¡Jesús, os amo!
De muerte me han herido, cielo santo,
ampara mi flaqueza con tu manto.
No acabes de matarle, un poco espera,
que me importa hablar con este aleve.
Ven acá, bellaco, falso, fementido,
¿quién os dio atrevimiento para hacerme
una deshonra tal, y alevosía?
No me acabéis de matar, que yo prometo
de deciros la verdad de este secreto.
Salen don Sebastián y don Jayme.
La voz sonó por aquí
de un hombre que se quejaba.
Hacia este lado sonaba.
Gente de armas se ve aquí.
Aquí la muerte me acaba.
¿A quién vive?
¿Quién lo pregunta?
Esta pistola que apunta.
No pretendáis estorbar
que acabemos de matar
a este hombre con otra punta.
Tal crueldad no ha de pasar.
Mis señores caballeros,
clemencia os pido por Dios.
Cesen ya los botes fieros
y perdonadle, por Dios.
No han de valer lisonjeros.
Qué importa al honor de un hombre
que este vil rabiando acabe
que han querido deshonrar
el honor más singular
que hoy en Antioquía se sabe
pues él sea favorecido
aquí de nuestro valor
y no a de morir señor
yo de merced os lo pido
yo os pido esa por favor
porque si este queda vivo
muere la honra de un altivo
y si es que él ha de vivir
él tiene aquí de morir
¡Por Dios, que sois vengativo!
Pues mira cómo ha de ser
que mientras esté yo aquí
no a de morir
¡Ay de mí!
que en tal pesar me he de ver
¿Quieres que le mate?
si
Pues ¿cómo ansí te alborotas?
¿Quieres que te eche dos pelotas
por el cuerpo, malcriado?
yo soy Tirso y el criado
de Niceforo que no soy
¿Tu señor?
Allá está con doña Clara
adonde su muerte está clara
¡Oh, qué terrible rigor!
¡Oh, infame fortuna avara!
Huye tú como pudieres
que te quiero dar la vida
si no la tienes perdida.
¡Ah, caballero! ¿Quién eres?
Quien con mil vidas convida
y si tú la quieres tener
me tienes de obedecer.
Vase Tirso.
Pues yo me quiero escapar
si es que puedo.
¡A mi pesar
aquesta infamia he de ver!
Nicéforo, sal por la puerta.
Sale Niceforo con la espada desnuda y su broquel.
Ya, señor, la tengo abierta
que desde luego he escuchado
este trágico cuidado
que honra y alma me despierta.
¿Y dase fuerza mayor
como aquí se hace a un noble?
Esta ya es afrenta doble
ya es más que perder honor.
Dios te vengue y la desdoble.
¿Adónde está doña Clara?
Por la puerta del jardín
pone de sus desdichas fin
si hay fin en muerte tan clara.
Para la mía es el fin.
Vanse todos y quedan Sapricio y Porcio.
Pues al punto de aquí vamos
y más no nos detengamos
y no os espantéis señor
que si buscáis vuestro honor,
honor y vida buscamos.
¡Oh, qué rabia y qué pasión!
Pues yo he de tomar venganza
y he de ejercer extrañeza
si arriesgo la salvación;
no ha de haber en mí mudanza.
Vamos, Porcio, que ya se hace
cómo vengarme podré,
mas primero he de dar muerte
a un traidor, que el hierro acierte
aquella infame sin fe.
Vanse. Da fin la segunda jornada.
Salen doña Clara y Isabel.
Como la tórtola triste que el marido
el rápido alcotán le ha arrebatado
y en su presencia misma se ha cebado
en el nectáreo cor de amor herido,
que con arrullo triste y con gemido
pretende resurgir al separado,
ansí mi corazón muere y padece
en la fatal tragedia que se ofrece.
¡Ay, Niceforo mío, caro esposo!
Y ¡qué caro os costó esta doña Clara!
Causa mi desventura y vuestra muerte clara,
con una obscuridad, y a mi reposo
veo en aqueste mar tempestuoso
adonde mi ventura es siempre avara,
sin duda murió allí mi esposo amado,
y con secreto cruel le han sepultado.
¡Ay, dolor que penetras mis sentidos!
Temo también murió, que es tan cierto
que nos buscará el ausente muerto,
mas en la parca fiera son sumidos
de conocer, responde a sus gemidos
que en cadáveres nunca se halló acierto.
¿Qué haremos, señora, en tan cruel suerte?
Lo más cierto ha de ser el darnos muerte.
Y en casa de mi prima Madalena
adonde nos recogieron a tal hora
estamos de presente, adonde llora
la señora viuda con más pena;
que cuando cortó Clotos la cadena
del aliento vital de aquel que adora,
tanto siente mi daño y su deshonra,
pues queremos morir que estar sin honra.
Por lo menos seguras de mi hermano
estaremos aquí con gran secreto;
has de saber el fin de este conceto
para librarnos de su fiera mano.
Enojado es Nerón, cruel y tirano,
trasunto dél y iniquo Bayaceto,
duróle un enojo hasta la muerte.
Aquel alma es vecina de tal suerte,
un mes haya pasado que no saben
de nosotros qué ha hecho la fortuna,
menos hemos sabido nueva alguna
de Nicéforo y Tirso ni onde caben;
los cielos con clemencia, pues que saben
adónde están, les dé buena fortuna.
Pero ¿quién es este hombre que hora veo?
¿es Tirso o es sueño mi deseo?
Entra Tirso, atada la cabeza, la espada por báculo, como convaleciente.
Ado están estos ninfos parnasinos
que de tantos trabajos me han cargado,
y el saber ado están tanto ha costado;
y en algunas cavernas campesinas
yacen entre regiones no divinas
y en el sulfúreo seno desusado.
Mas no son estos... ¡oh, santa doña Clara!
¿y cómo ya estáis a tantos casos?
Y tú, Isabel, la corona, mi consuelo,
eres en este mar tempestuoso.
¿Cómo no abrazas a tu herido esposo?
¿Qué dices? Esto que oigo es voz del cielo.
Ya me ves, Tirso mío, en este suelo.
De rodillas.
Yo te levantaré alegre y gozoso.
¿Eres Tirso? ¿Es posible que te veo,
u es fantástico iluso del deseo?
Una fantasma soy que vengo a verte
del otro mundo, que de allá do habito
tu vista y de Isabel hoy solicito;
si ya me intitulo bravo de la muerte,
escapóme mi dicha y buena suerte.
De aquel tu hermano cruel, fiero, incontento
es en su boto seno.
Y en tu memoria
óyeme en cortos versos nuestra historia.
Aquella noche dichosa
que tan sin dicha nos vino
para males y desgracias,
para ejercer maleficios,
aquel fausto que el día
se pensó en un clandestino,
cuando Nicéforo al cielo
trepó como un paraninfo,
cuando en cordífera escala
pasos a tu pasadizo,
y no fuera de Jacob
con espíritus divinos;
cuando a tu cielo subió,
y en el suelo quedó Tirso
lleno de temor y miedo,
haciendo oficio de amigo.
Apenas por el oriente
descubrió con el solsticio,
entró alumbrando tus salas
cuando luego, de improviso,
con dos fieras alabardas
fueron a porfía conmigo,
embistieron conmigo
diciendo: «Cruel enemigo,
muere al punto, porque os
viva con honra ofendido.»
Yo, embrazando mi broquel,
y esta hoja, que mi abrigo
ha sido en toda ocasión,
y ejercitando sus filos,
me defendí poquito,
mas al fin un bote recibo
de una aguda alabarda,
atravesó el falso postigo
cosiéndome de ambas nalgas,
que si fueran de tocino,
pudieran asar los jamones.
a los brazos cristalinos
de Proserpina, que estaba
mirando tan cruel destino;
y cayó Tirso en aquel suelo,
y de su nalgaje un río
de néctar rojo de sangre,
con que esmaltó el suelo frío.
Y por eso luego fue a tirarle
al cofre del pan mi primo
otra punta a riguroso,
cuando tu hermano le dijo:
«No le acabes de matar,
que quiero sea conocido,
y que diga la verdad,
quién me ofende y me ha ofendido».
En este tiempo el Señor,
que libró a aquellos tres niños
del horno de Babilonia,
a mí librarme ahora quiso.
Y fue que don Sebastián
y don Gómez su camino
llevaban del juego a su casa,
cuando oyeron mis gemidos;
y acudieron al rumor
y, viendo mis paroxismos,
movidos de caridad
defenderme allí han querido.
Mas el fiero sacerdote,
no mirando su peligro
de quedar irregular,
siempre mi muerte previno.
Y viendo su obstinación,
y viéndome a mí rendido,
aquellos dos caballeros
que del cielo serán dignos
sacaron dos pedreñales,
y alzando los dos gatillos
dijeron: «Al que pasare
el cuerpo de este tejado,
le han de pasar dos pelotas».
Y esto dicho con tal brío,
que se van ejecutando,
con que acobardó sus bríos.
Y finalmente me dejaron
con rabia y pesar crecido
de no me haber acabado,
pudiéndolo hacer conmigo.
Y dije quién eran los dos,
y que me llamaba Tirso,
y que estaba mi señor
con Tigre en tal ejercicio.
Y dijéronme que al momento
me fuese quieto por Tirso
la libertad deseada
y de mi cielo el camino.
Y arrastrando y medio rodando,
llegando a aquel suelo rubio,
me fui a casa de mi señor,
a donde fui socorrido.
Llamaron luego
los caballeros divinos,
y el que lo estaba escuchando
de la puerta abrió el postigo,
y por donde se arroja afuera
halló amigos y enemigos.
Líbranle de aquel daño
que el otro audaz dio,
y para darle cruda muerte,
como todos lo entendimos.
Y al fin le ponen en salvo,
y al fin en tal laberinto,
y yo he estado curando un mes
los gamones y mohíno
de verme entre tantos médicos
con dolores excesivos.
Y a tratar de mi señor,
ablandar el diamantino
pecho de Sapricio fiero,
mediando nobles y ricos.
Pero el tan obstinado,
tan cruel y endurecido,
como el mismo Lusifer
está y en furor metido;
y dice a quien mi señor
sabe adónde es vuestro ospicio,
por no dar nota a nadie
visitaros ha querido,
mas viendo que se dilata
de el casamiento el disinio,
te enbía a decir por mí
que se hará en tal prodigio.
Dile, Tirso, a tu señor
que a mi hermano hable él mismo,
acompañado de nobles,
que este es el mejor camino,
y que se quiere casar
conmigo, y que yo lo afirmo,
que se aplacará al momento.
Eso y mucho más le han dicho.
Pues dile que no se canse
ni se espante, que ofendido
esté de un trato villano,
aunque yo la culpa he sido;
y que el tiempo, que los casos
cura, pondrá en esto olvido,
como hace en las demás
partes, y dile aquesto, Tirso.
Ya voy, vennos a visitar.
Y yo iré y vendré en un proviso
y traerete mis recados,
que amor a amantes ha herido.
Adiós, bella doña Clara.
Vase haciendo ademanes Tirso.
Adiós, mi velado bien mío,
que yo siento este mal gage.
Con tu vista sano y lindo.
Recojámonos las dos,
que Dios, en quien yo confío,
ha de amansar a mi hermano
sabe ese pensamiento mío.
Vanse las dos y salen Saplicio y Porcio en el campo con una carta.
Fuera de la ciudad, señor, estamos,
aquí no nos oirá humana persona,
los arrabales de ella atrás dejamos.
Dime tu sentimiento, que contigo
me consuelo y mitigo el gran enojo
que tengo, y hablo al fin con un amigo.
Esto dice, señor, en esta carta,
a mi prima gozó en tiempos pasados
el estrupo que dieron concertar.
Siendo de tierna edad esta donzella,
el infame Nicéforo infamóla,
diziendo el falso casaría con ella.
Este secreto ha estado muy secreto,
como que fue mi tío a ser alcalde
con su familia a la ciudad de Veto.
Pero ya que bolvió de Antioquía intento,
y mi prima se siente deshonrada
con la edad y reconoce su afrenta,
pintándome, señor, sus sentimientos
la pobre doña Juana en esta carta,
que le dio la fe de casamiento,
y que le hables por mí en aquí me dice,
temiendo, como es rico, que no altere
el contrato que a mí en más me escandalize.
¡Ay confusión mayor, ni desventura,
que en el solio más alto de la pena
pueda mi nieve en mí oír mi amargura!
Ves aquí, señor, este malvado
ni con tu ilustre hermana casar puede,
ni puede de mi prima ser velado.
Matador es el infame de dos honras.
que lo menos costaba para honralle
si ya el honrarle no es dos mil deshonras,
¿y qué te parece, señor, que en esto hagamos,
que la rabia y dolor me tiene muerto,
viendo que no hay camino por do vamos?
Mi hijo y mi querido amigo Porcio,
no me mientes al falso, el fementido,
si no quieres que de ti haga divorcio;
y ni a aquella, separada de mi alma,
que inseparable siempre en ella estuvo,
me mientes, que su mengua hizo calma;
y a aquella inicua Jezabel infame
que en su lasciva carne hambrientos perros
pienso se cebarán cuando derrame;
y aquel tirano cruel, vengativo,
la sucia sangre que mi estirpe mancha;
no obstante que ahora yace fugitivo,
y no importa que la arpía venenosa
esté con tal secreto ahora escondida,
que el tiempo nos revela toda cosa,
y ella parecerá, poder, si puedo;
y el ansia que fulmina mis entrañas
es de mamar su sangre muy sin miedo.
Y no trato, amigo Porcio, de casarla,
casa a tu prima con Nicéforo fiero,
que aunque es tu vil mujer, yo he de matarla.
Harto mejor será si te parece,
señor, que demos muerte a todos cuatro,
porque nuestra deshonra ansí perece.
Y si como aquí lo hablas lo hicieres,
o me dieras la traza cómo o cuándo,
mi hijo, hermano, amigo en todo fueres.
Ora, señor, consuélate entre tanto,
que las horas mejora el santo cielo.
Tu hijo, me mitigas tanto cuanto;
pero ¿qué gente es esta que aquí viene?
Parece a mi enemigo y tu adversario.
A hablarte con gente ora previene.
¿Cómo podré hurtar de ahora el cuerpo,
que señorea el furor ya mi persona?
Ya estamos en batalla cuerpo a cuerpo.
Entran don Sebastián, don Jayme y Nicéforo y Tirso. Quiere irse Sapricio, detiénenle.
De rodillas.
Sacerdote del Señor,
que en esas sagradas manos
cada día le recibes,
y eres entre santos santo,
y perdona a quien te ha ofendido,
porque Dios haga otro tanto
con tu persona, pues él
al padre esto ha mandado;
y mira la satisfacción
que de mí quieres, que a ello salgo,
aunque sea contra mi honor;
mira si me habrá pesado.
¡Oh fiero, cruel enemigo,
¡voraz lobo, tigre hircano!
¿con alevosos ojos miraste
mi deshonra y mis agravios,
y lobo con piel de cordero,
cocodrilo que llorando
se finge para engañar,
pantera en trato doblado,
y que con color y hermosura
simples brutos engañando,
sirena que engañó a miles,
vil seminario de daño?
Y tanto monte de maldades,
hombre falsario y doblado,
deshonra de mi nobleza,
a quien destruyó tu trato,
y que estoy viendo de ante mí,
dame una espada, que aguardo,
que soy como el elefante,
que aunque se vea de edad cargado,
y cuando miren su presencia
al yrcana arremendado,
se le renueva la sangre
con furor desordenado.
Señor, mira que se rinde
con humildad, y el retrato
es muy extraño, por Dios.
Por Dios, que sois un bestiano.
Por Dios os ruego y suplico
que me dejéis en extraños
tratos que han sido de cuerdas,
pues cuerdas, puestos en palos,
y fueron el fiero instrumento
con que de cuerda los tratos
han sido para mí unos;
pues sus cuerdas apretando
en los miembros de mi honra,
los hacen estar cantando
mis infamias y mis menguas,
por haber pasos sobrados;
y que torcedor me sirvieron
de aquellos escalos pasos,
y sus cuerdas en el potro
de la honra ansí me han tratado.
Señor, vuelve la espalda,
como otras veces, que hallo
ser éste el mejor remedio.
Medio es justo, santo y sano.
(Vase Sapricio)
Y Nicéforo abre los ojos,
que tienes mayores cargos
de lo que piensas; primero
las honras que has usurpado,
y de doña Juana de Luna
te aguarda que sea citado
para el tribunal supremo,
si un tiempo la has deshonrado.
(Vase Porcio)
Tirso, ¿viose obstinación mayor?
¿Viose más libre criado?
¿Viose mayor desventura?
¿Viose cómo estoy callando?
¿Y viose en mí tan paciencia?
¿Viose cómo fui borracho
en no dar al criado vil
vil muerte, al sucio tacaño?
¡Y vive Dios que vivo y muero,
y muero y vivo rabiando!
¿Y que es este un sufrimiento
que ya no es bueno, y es malo,
y que aun no le dejo hablar?
Está muy apasionado,
el tiempo le ha de aplacar.
Eso es cierto y no me engaño.
Ya aguarde a otra ocasión,
a mí le está aguardando;
que el hombre que tiene culpa
siempre es súbdito y esclavo.
Pues, mi Nicéforo, adiós.
Adiós, Nicéforo honrado.
Adiós, nobles caballeros.
(Vanse don Sebastián y don Jayme)
Vayan con Dios, Dios sea loado,
y que ansí nos atropellaron
y dos que sos asangrientos,
y dos que son los dos niños,
seremos seis en el caldo
de una olla de bondongo
que llaman mal cocinado,
adonde siempre se oponen
que son morcillas y callos.
¿Por qué los llamas opuestos?
Porque son negros y blancos,
y el blanco es opuesto al negro.
¿Sabes que son contrarios?
Y Aristóteles lo dice,
y pone este simulacro:
la noche que se opone al día,
aquel que vive en lo alto...
Que siempre andes de un humor,
y más cuando mis cuidados
y desventuras me aprietan.
¿Y yo gazmuno? ¿Gazpachos?
¿Acaso soy de bayeta?
Nací en cima de algún casco,
donde ahúman la vellón...
¿Piensas que soy piedra opalo
para no sentir las cosas?
Considero de el criado
cómo habló de doña Juana.
¿Qué Juana es ésta o qué Juano?
No le entendí por mi Dios bien,
y en las dos ando pensando
con que doña Juana tuve
amor desonesto y malo.
¿Y quién es este hombre que viene
con una carta en la mano?
Sale un Correo con una carta.
¿Quién es Nicéforo aquí?
Yo soy, ¿de quién sois criado?
Yo de mi misma persona,
aunque sirvo a todos cuantos
me dan portes por las cartas
que unos llevo y otros traigo.
Pues bien, ¿traéisme alguna carta?
Un ángel en traje humano
me dio aquesta para vos;
seis reales de porte aguardo.
¿De dónde es?
De la ciudad
que habéis por nombre andado.
Y no me detengáis, señor,
que voy un camino largo.
Toma el porte y vete luego.
Adiós, que agora me parto.
Vase el Correo.
Partid a Jesús por medio.
Ya en tomarla, un poco de miedo
me ha dado un sobresalto
el corazón, que es leal,
que ay aquí algún mal cifrado.
Carta.
Y dice ansí: Ya os acordáis:
Señor Nicéforo: sabed
cómo gozasteis mi cielo
en mi flor y verdes años,
y bien sabéis cómo palabra
me disteis, de mí gozando,
que érades mi dulce esposo;
ésta os pido suspirando;
y que como el tiempo ha hecho en mí
efeto en tiempo tan largo
con el uso de razón,
que de ella no huyáis aguardo.
y yo espero en vuestra nobleza
que gozaré en estos brazos
vuestra persona, mi esposo;
y si olvidáis mis abrazos
y me queréis burla hacer
por ser muy rico y muy alto,
pediré justicia a Dios,
que es quien venga los agravios,
y los buenos me han de ayudar,
caballeros y hidalgos,
porque a la inocencia humilde
siempre los buenos ampararon.
Y ansí hablo porque he oído
que otra cosa os da cuidado,
y no le tenéis de quién;
estáis para Dios casado
y presto me veré con vos.
que ya está todo aprestado
para hacer este viaje,
y mi padre está en el caso,
y no es para menos vuestra esposa
que os ama y os quiere tanto,
que no hay exageración
ni cosa a quien comparallo.
Vuestra doña Juana soy,
de luna no seáis nublado,
que queráis escurecer
mi honor, sino el sol dorado.
¿Qué es lo que dice, señor?
Muerto soy, ¡ay, cielo santo!
que congojas de la muerte
son estas que estoy gustando.
Esta es una doña Juana
de quien yo estaba olvidado,
hija de un hidalgo pobre
a quien yo ciego, mi daño,
y era de muy corta edad,
no pasando de quince años,
y era un querub en belleza
y un ángel en cuerpo humano.
Y por gozar de su hermosura
le di palabra y mano
de ser su esposo y marido.
A un hombre muy desdichado,
y la penuria, y infame que es
de nobles y de hidalgos
oprobrio, mengua y deshonra
a su pobre padre honrado,
le hizo mudar a efeto
a un oficio moderado
de alcaide de cierto fuerte,
adonde en algunos años
ha llegado a algún dinero,
según he sido informado,
y viene a darme la muerte,
que ya por puntos la aguardo.
¿Cómo has de cumplir con dos?
No aprietes más mis cuidados,
y más, que porción, Sapricio,
saben ya aqueste fracaso.
¡Grande mal y desventura!
Cierto vagido me ha dado
en la cabeza y los ojos,
la vista les va faltando,
y arrímate, Tirso, a mí.
Siéntase en una silla, desmáyase.
Vase Tirso.
Arrímate a este peñasco,
siéntate en esta piedra.
¡Por Dios, que se ha desmayado!
¡Ay, señor! Vuelve en tu seso,
porque mal es menearlo.
Quiero a la casa primera
ir por agua y traer un vaso.
Aparece arriba un hombre hincado de rodillas y otro con un alfanje que le quiere degollar. Canta el ángel con una guitarra lo que se sigue.
Cantando.
Oye, Níceforo amigo,
y mírate degollado,
y por que sea corta tu vida,
con lo que ves en este polo.
Habla dormido.
Yo soy el mismo Níceforo,
dice la letra en lo alto.
¡A Dios, que cuchillo fiero
que está mi cuello cortando!
Y velo, que su vida breve,
que es breve el tiempo volando,
pasa como pasa el sol
por el diáfano claro.
¿Que tan presto he de morir?
¿Que ya mi muerte ha apurado?
A aquel supremo poder
de mi gran Dios consagrado,
y dada está ya la sentencia,
y Dios de veros airado,
y cuando es definitiva
no hay apelación ni embargo.
Pues si no hay apelación,
y he de morir degollado,
a vuestra misericordia
apelo de mí, pecador.
Cúbrese la apariencia. Vase el ángel. Despierta Nicéforo. Todo lo que ha dicho el ángel ha de ser cantado. Entra Tirso.
Despierta.
¡Ay, Dios! ¡Qué presagio triste!
¡Qué triste y fiero presagio!
¿Qué es esto? Envuelto en mi muerte.
Ya te traigo agua, un vaso.
¿Para qué me traes agua?
¿Tan sediento me has hallado?
Para echártelo en el rostro,
que estuviste desmayado.
¡Ay, tristes que he visto en sueños!
¿Y a de sueños hace caso?
Caso es de Inquisición
creer en ellos, y es de flacos
y celebros soñar y ver
cosas que causan espanto.
Aparte.
Con un hombre espiritual
es esto a quien comunicallo;
y grande turbación me altera
y grandes son mis pecados,
y no tengo orden ni modo
de satisfacer por tantos.
Entra el demonio.
Pues con aqueste cordel
puedes dar carta de pago
a tus crueles acreedores.
¡Qué pensamiento tan malo!
El muy mal genio de afrentar
a Sapricio, y este cargo
de doña Juana me aflige.
A buscar voy a algún santo
y que me consuele y confiese.
Vase Nicéforo.
Yo voy a darte enfado.
Vase el demonio tras él.
Yo no entiendo a mi señor,
sin duda le tienta el diablo.
Vase Tirso y salen el presidente y dos criados con varas de justicia.
Y prever cosas muy pocas
en esta ciudad de Antioquía,
antes pienso que habrá copia
de prevertidos y locos.
Los más son hombres de inopia,
y muchos mendigos ha habido
que al caso han delinquido;
gente principal muy poca.
Con un semblante fingido,
y pues un hombre principal
me tenéis hoy de prender
y le deseo conocer,
aunque ha de ser por su mal
si no quiere obedecer
y el mandato de los reyes,
el cual tropella sus leyes.
Hazle ante ti parecer,
que tú le harás padecer,
o que obedezca a los reyes;
y dime es un hombre de veras,
sea quien fuere, luego al punto,
como es de un reo trasunto
en la prisión le pondrás.
Lleva gente y poder junto,
y sin que el vulgo lo note,
pues muy noble y sacerdote,
por evitar revolución,
que una vez puesto en prisión
le sujetará mi azote;
y viendo a los principales
revenirse los menores,
han de dejar sus errores
por evitar tantos males
viendo ejemplo en los mayores.
y porque viéndola excursión
que hacen de su profesión,
y anteponer nuestros dioses,
deponen hechos atroces
y de la grande extorsión.
¿Cómo se llama, pregunto?
Sapricio es su nombre propio,
y es sacerdote, aunque impropio,
porque si fuera un trasunto
de esperanza, non fuera propio.
Y ves aquí el sello real
con que llevas mi poder.
Pues yo parto a obedecer
tu mandamiento real
y a aquesta prisión hacer.
Vase el primer criado.
A esos pauperrombos locos,
ora sean muchos o pocos,
no les guardéis cortesía,
mueran en esta porfía,
pena hace cuerdos de locos.
Y en el ecúleo pondrás
al más obstinado y fuerte,
y dale allí cruda muerte,
que al quitarla le verás
que el librarse tiene a suerte.
Vanse los dos y salen doña Clara y Isabel.
¡Qué tan cruel y obstinado
está mi hermano y airado
contra Nicéforo mi esposo!
Para hombre tan religioso
está muy precipitado,
y cosas dice la ciudad
que da pena el escuchallos.
Yo pienso que tú los callas.
Callo alguna novedad
por no dar pena.
¿Qué callas?
Y no me escondas cosa alguna,
si contra mí la fortuna
viene ayrada, mélo di.
Entra Tirso.
¿Qué haces, mi señora, aquí,
a doña Juana de Luna la parte?
¡Ay, Tirso! ¿Cómo va, qué ay nuevo?
Ay tanto que ha de espantarte.
Dame pues de todo parte.
De todo no, no me atrevo,
que ay parte que al alma parte.
Pues parta el alma o la vida,
que la doy por bien partida
si es por amor de mi esposo.
Ay gran falta de reposo
para beber tal bebida.
Si es veneno azucarado
o purga amarga sin gusto,
dámela, pastor, con gusto,
la muerte en este bocado
tomaré en un breve susto,
y no me hagas penar
con tan notable pesar,
bien sé que el bien no es estable.
¡A fortuna variable
que nunca sabes parar!
¿Y conociste a doña Juana
de Luna que está en hábito?
¿No es la hija del prefeto
que fue en la ciudad de Adana?
Guárdame en todo secreto.
Esa misma.
Pues, ¿qué tiene?
Antes es cierto que viene.
Pues, ¿qué nos tiene de dar?
Un enfadoso pesar.
¿Y que a dartele solo viene?
¿Cómo ansí?
Como es esposa
de Nicéforo tu esposo.
¿Quién inquieta mi reposo?
¡Qué desdicha, mariposa,
que abrasó un fuego amoroso!
Y fue un vergel lleno de flor
y de azahar lleno de olor.
a quien en la cerradura
falses de la criatura
que era de quince su flor
y finalmente para fíos
los dos diz que están casados
y esto fue en tiempos pasados
póngase por medio Dios
que son cosas muy pesadas
y mi señora está de pena
que casi pierde el juicio
el cual sale ya de quicio
sin tener de poeta vena
perdona este maleficio
quítale a Tirso una daga para matarle
y grosero villano loco
cómo me tienes en poco
tal te atreves a decir
vive Dios que has de morir
verdad dicen niño y loco
y detén el fiero puñal
no ves que me estoy burlando
en esto que estoy hablando
ya sé que hablas por mi mal
y que me estás abrasando
y dime Isabel has oído
esto que Tirso ha fingido
sí señora cierto es todo
pues yo estoy puesto de lodo
y yo perderé el sentido
y cómo lo has de saber
mañana sábelo ahora
este negocio empeora
cae doña Clara desmayada
yo comienzo a enloquecer
muerta soy
tente mi señora
y vive Dios que cayó muerta
mi desventura está cierta
no es ni en tal verdad se diga
si ha de causar tal fatiga
todas veces no es cierta
Tirso y Isabel traen vaso de agua
para regar el cristal
de esta cara celestial
cara es la plata en tal fragua
y en el crisol tal metal
y en el crisol de su amor
esta cinta con dolor
y en dimión estoy llorando
un imposible dudando
si merece este favor
y ten meta mas allá dentro
veremos si vuelve en sí
métenla y salen los dos criados del presidente con bando justicia que llevan preso a Sapricio y Porcio detrás
cuándo ha de morir por mí
que hace y está en mi centro
y que gustase verla ansí
ministros de perdición
escuchadme una razón
en la cárcel la dirás
no hay que detenernos más
oíd oíd con atención
y que es un hombre que vale tanto
en aquesta gran ciudad
que de sobra calidad
pues vaya preso entretanto
pues qué es esta novedad
y por qué en prisión me ponéis
en la cárcel lo sabréis
mal sumad trato conoces
por no adorar a los dioses
es esta prisión que veis
y qué dioses, o qué locura
solo Cristo es verdadero
Dios y hombre y el cordero
que quita a toda criatura
aquel pecado primero
y solo Cristo tiene el ser
en el que se ha de creer
que tus dioses no son nada
más que carta traes firmada
para poderme prender.
Ves aquí el sello real
y el poder del presidente
que presto verá presente,
si adoras a Belial
has de ser libre y prudente.
A Belial y al Gacibeles
despreciaré con valor.
Pues a la cárcel señor,
por si término al fin como infieles.
Y a también le botemos.
Llévanle, métenle preso y entra Tirso, Porcio, Fragelo, y sale Nicéforo solo.
Con un santo religioso
comuniqué con reposo
aquel presagio bestial
que me saca de este siglo
tan confuso y temeroso,
y el sagitario infernal
me da diez mil tentaciones
con eficaces razones
y todo fundado en mal.
Con mil desesperaciones
y por orden de mi prelado,
con quien yo me he confesado,
he hecho mi testamento
con discreto fundamento.
A Dios me he dedicado,
y a doña Juana de Luna
mando doce mil ducados,
y pienso están bien mandados,
pues que ordena mi fortuna
que se acaben mis cuidados.
Y a mi ilustre doña Clara,
pues mi muerte está tan clara,
le mando cincuenta mil,
quisiera fueran cien mil,
y satisfacción no es cara.
Y a Tirso dos mil ducados
mando por el buen servicio
que me ha hecho y por propicio
y uno de mis más privados
que han estado en mi servicio.
Y lo demás en obras pías
a pesar de las arpías
del infierno se han mandado,
y en misas quedan fundado
que son mis queridas mías,
y a los mendigos les mando
vestidos y algún dinero,
y pues tan temprano muero
temprano quiero ir volando,
será cierto mensajero.
Entra Tirso y estádose escuchando.
¿Qué haces solo señor?
¿Dura todavía el temor
que a la parca fiera tienes?
Que ansí a repartir tus bienes
muestra ya tal valor,
y pienso que no ha escuchado
oído a tu testamento.
Deja ya ese pensamiento
que has de vivir coronado
un siglo con gran contento.
El sabio y discreto suele
ser señor de las estrellas,
de quien se forman querellas,
si de astro fuerte desvele
del bel papel de ellos,
rompe el sino miserable
no siendo tu variable
mas con prudencia y valor
reporta y mide señor
que el bien ni el mal no es estable.
Ah Tirso, tú no penetras
de esta saeta penetrante
la yerba que trae delante
ni aquellas fúnebres letras
con que ablanda mi diamante.
Y mi muerte es cierta, y ansí
quiero disponerme a mí
y rendir mi corazón
pidiendo nuevo perdón
a Sapricio que ofendí.
¿No sabes cómo está preso?
En el alma me ha pesado.
todo me lo han ya contado,
yo cometí tal exceso
que no debo ser perdonado;
por aquel inmenso Señor
me sentenció con rigor,
si es que ansí hablar se puede,
que, como todo lo puede,
pudo darme este temor;
y él, cuando a despertar
solo sé que mi conquista
anda ya puesta en la lista
como he de morir a vista,
porque mi muerte es prevista.
Don Sebastián y el señor
don Jayme vienen aquí.
Entran don Sebastián y don Jayme.
Muchos se duelen de mí
que son personas de honor
que siempre hicieron por mí.
Oh, mi Nicéforo honrado,
¿cómo estáis?
Señor, turbado,
en ver que el señor Sapricio
no me admite a su servicio
y está fiero y obstinado.
¿Y cómo está preso sabéis?
Ya lo he sabido, señor.
Vamos allá, por mi amor,
para que a él le habléis,
y nosotros con ser vos...
Y no os ponga en contingencia
y hacer esta diligencia,
que al fin, como está agraviado,
ha estado muy enojado;
mas ya es tiempo de clemencia,
porque al fin, con esta prisión,
estará más revenido,
más devoto y compungido
y más cerca de perdón
y de corazón rendido;
porque los trabajos quebrantan
al hombre más obstinado,
y al corazón más airado
sus pundonores espantan,
y hacen quisto al enojado.
Y pensado he eso mismo,
y para mí se eligió.
Vamos perdón pedille
con humildad y confesión;
mi corazón se rindió,
porque el ofensor es muy justo
que delante el ofendido
no solo esté arrepentido,
sino que allí se haga injusto
si gusto el delito ha sido.
Pues vamos, señor y amigo,
siempre yo en vos hallo abrigo.
Vanse los tres y queda Tirso.
Y vos siempre a la razón
halláis en toda ocasión,
que sois de ella muy su amigo.
Vase y sale doña Clara sola.
Y yo soy amigo también
de aplicar a la razón
un mediano cangilón,
que aunque sea un hombre de bien
siempre se ha de hacer razón.
Entra Isabel.
¿Qué novedad y qué recelo, celo?
¿Qué desventura en este lloro, lloro?
¿A dónde está de mi tesoro el oro?
A la benignidad del cielo apelo.
Levantóse mi asunto en vuelo al cielo,
con canto grave en el sonoro coro;
la imagen que adoro me adoro, adoro,
ya me pone en ella el cielo, celo.
Remedia, mi Señor, mi llanto, tanto;
no deje el alma separada el hada,
la castidad cadáver que en encanto, canto,
si tienes ya mujer velada, amada,
muero de celo santo con espanto;
mi honra queda por desechada, echada.
¿Qué haces sola, señora?
Que escuché tu voz sonora;
¿ya te han dicho la prisión
de mi señor? ¡Qué pasión!
¿Qué me estás diciendo agora?
Que está en la cárcel tu hermano.
¿En la cárcel? ¿Y por qué?
Porque de Cristo su fe
escuda, y lo soberano.
el hombre que se previene
para aquesta santa empresa
llega a comer a una mesa
que todos manjares tiene,
pero ¿quién me puede a mí
denunciar en tal estrecho
haber metido mi pecho
pues yo a ninguno ofendí?
Pienso que anda por aquí
Nicéforo, falso enemigo,
que como fue falso amigo
me pretende destruir,
y gusta, en vez de morir,
de adorar a quien yo persigo.
Entran don Sebastián y don Jayán y Nicéforo.
¡Oh, Sapricio, mi señor,
en el alma me ha pesado
de veros aprisionado!
¡Sírvase de vallo el señor!
Con él tenéis tal fervor
y tan grande caridad
que por él buena amistad
habéis de aceptar ya ver
que quien viene a padecer
por Dios, ha de perdonar.
Haga esta mitad,
y a Nicéforo de su parte
la otra mitad ha hecho,
pues con tan humilde pecho
el corazón se le parte;
quede su pesar aparte,
que es muy sin comparación,
y muévaos tanta afición,
y servíos de ser intento
que se acabe el casamiento
y cese tanta pasión.
De rodillas.
Mi señor, hermano, amigo,
que sabe el supremo cielo
cómo no hubo en este suelo
otro en quien yo tenga abrigo,
¿por qué traéis odio conmigo?
Mira qué satisfacción
Quieres de mi corazón
que aquí estoy a tu mandado
como bizarro soldado
para pedirte perdón,
y si en tu hermana te agravié
por mujer que la demando,
si en esto grosero ando,
dime tú lo que haré,
si merecerla no sé,
por ser de estirpe más alta,
y supliros esta falta
con tu bondad y valor,
y seros padre y señor;
que una falsa joya esmalta.
Pues sabe aquel rey supremo
que en lo interior de la honra
no he llegado a tu deshonra,
aunque repares en extremo.
De manías y furores me quemo,
oh, fiero, cruel enemigo,
pues fui yo mismo testigo
y te vi por estos ojos
hacerme tantos enojos
y quieres paliarte conmigo.
Advierte y mira, señor,
que no me diste lugar
para poderte agraviar
ni para manchar tu honor.
Ya me vuelvo oso fiero,
quítateme de delante,
que eres en maldad gigante
y un pigmeo en la virtud,
no me des más inquietud,
que haré un hecho que te espante.
Huye, ministro que nació
mordido de tu rigor,
porque te veo traidor
en las aguas de mi agravio;
no menees lengua o labio
para tu abono conmigo,
que eres mi cruel enemigo,
a quien abomino en todo,
y eres judío en su modo,
y en el tuyo un falso amigo;
y yo he visto tu maldad clara
y tu traidora fortuna,
a doña Juana de Luna
gozaste y a doña Clara,
de una amistad tan avara,
es razón que huya el cielo,
y que la abomine el suelo,
y todos le den de mano
a un trato falso, villano,
que siembra tal desconsuelo.
Entra Porcia.
En lo que toca a tu hermana,
su integridad no borré,
mas con ella casaré
y dotaré a doña Juana.
Esa pretensión es vana,
que en el mundo no hay dinero
para un honrado caballero
menor que con tu persona.
Esta maldad no se abona,
este es el dote que quiero;
y a mi prima deshonraste,
su linaje está afrentado,
y tú dos veces casado...
Sale Tirso.
No digáis más, eso baste.
Yo he de dar con todo al traste,
que habláis con mucho brío.
Vuelvo por el honor mío:
¡malhaya quien os dejó
con vida cuando os cogió!
Y quien se mostró tan pío.
Señor de mi corazón,
mira qué fin ha de haber,
que quiero satisfacer...
si hallo satisfacción
y no culpes mi intención
que es de volver por tu honra
y de soldar la deshonra
que por mí está tan quebrada
no quiero honra soldada
ni quiero quebrada honra
y que si es como el vidrio claro
que mancha ni cicatriz
no admite que sea infeliz
en su diáfano preclaro
que el golpe adverso y avaro
parecerá la costura
como en el cristal la rotura
y como la perla hermosa
entre inmundicia asquerosa
que el cerdón mezcla en basura
señor si por Dios perdonas
te has de parecer a Dios
perdóname ya por Dios
si mis maldades baldonas
mira que ilustres personas
te ruegan que a Dios parezcas
aunque en tu alma padezcas
y que padeces por él
como sacerdote fiel
no es bien que aquí desfallezcas
y tan mi enemigo parezco
en castigar la maldad
y en volver por la verdad
de lo que no desfallezco
a la venganza me ofrezco
de una traición obligado
yo pienso quedar vengado
aunque me ves en prisión
libre está mi corazón
y el tuyo está aprisionado
esa obstinación parece
a la de luzbel soberbio
y en esto plática abrevio
y ese valor escurece
y en Nicéforo resplandece
su nobleza y su bondad
pues con tan grande humildad
pidió y os pide perdón
y ese duro corazón
es de áspid su calidad
y qué calidad hay aquí
cuerpo de Dios con los dos
vámonos señor con Dios
hablas tú viéndome a mí
si no estuvieran aquí
mi señor y estos señores
yo probara mis rigores
afrenta grande del man
es reñir con un truhán
sin honra y sin pundonores
meten mano los dos y los demás como que reparan
cae muerto Porcio
huye Tirso y Nicéforo y don Sebastián y don Jayme y queda solo Sapricio con el muerto
mientes villano atrevido
y con la espada sabrás
si tendrás vida de hoy más
muerto soy
y yo perdido
métele y sale el alcayde de la cárcel
ay Porcio hijo querido
oyes quieres confesar
agora acaba de expirar
ay triste y qué de amargura
me viene en tal coyuntura
cuando es mayor mi pesar
el cuerpo quiero esconder
en este sótano escuro
que no estoy de esto seguro
pues con él me han de coger
testigo no puede haber
que defienda mi inocencia
pues no hay de nuestra pendencia
sino mis dos enemigos
y otros dos falsos amigos
el cielo me dé paciencia
Cierto rumor sonó aquí
y una voz con gran dolor.
¡Hola! ¿A Sapricio pena?
Sale Sapricio.
Poco aquesto nada aquí.
Alcaide, ¿búscasme a mí?
Sí, busco a quién se quejaba.
Yo era que suspiraba.
Pues mira que está el senado
y el presidente sentado
en el solio.
Fortuna brava.
Y vamos, que el juez os espera,
que quiere en justicia hablar.
Aparte.
Esta muerte he de negar.
Yo no, por la fe; mas pera,
vamos, señor, allá fuera,
que vienen por mí y por vos.
Pues vamos juntos los dos,
que en tal controversia tantas
apenas muevo las plantas
si ya no me ayuda Dios.
Vanse los dos y salen el presidente y sus dos criados y siéntase el presidente en un trono o silla.
Parezca ya en mi presencia
el cristiano, en cuya ausencia
su valor he exagerado
tanto que me ha cuidado
considerar su prudencia.
Ya viene, señor, aquí
con el alcaide a su lado.
Salen Sapricio y el alcaide.
Vos seáis muy bien llegado.
Aparte.
El bien sea para mí
y para vos el enfado.
Y decidme, ¿cómo os llamáis?
Sapricio es mi nombre propio.
Sapricio y sabio es lo propio;
y pues del sabio os preciáis,
no habéis de ser sabio impropio.
¿Y qué tenéis por ejercicio?
De sacerdote hago oficio.
¿Qué linaje?
Es el más noble
que hay en Antioquía.
Al doble
sois en mi afición propicio,
siendo sabio, honrado y noble;
y ansí soy de parecer
que un hombre discreto y sabio
no se haga tal agravio,
ni quiera su alma perder
en tan gran error y engaño.
Y dejemos yerros atroces
y adoremos a los dioses,
que es lástima y gran engaño
que el alma padezca daño.
Poco de mi Dios conoces,
y por que es el Dios verdadero
y no hay más Dios ni ha de haber...
Si empiezas en lo que crees,
yo empezaré a ser severo.
Sapricio, vuelve a tu ser
y mira bien que deseo
que salgas hoy con trofeo
de esta batalla de amor,
de dar al rey vencedor,
que lo ha de ser, según veo.
Y bien claro pienso es de ver,
defendiendo al trino y uno,
que Júpiter, Beles y Juno
no son dioses, ni han de ser,
porque su ser es ninguno.
Y no me he querido enojar,
y por tenerte respeto,
y de ti tan buen concepto,
que lo bueno has de asinar,
como tan sabio y discreto;
y me he hecho notable fuerza
esperando a que se tuerza
esa loca sinrazón,
porque la cuerda razón
hace asaz impiedad la fuerza.
Y dijiste que trino y uno
era tu Dios; dame cuenta
cómo es eso, porque afrenta
reciben Palas y Juno.
Pero yérranos la cuenta.
mi dios es trino y es cierto
que en esto que hablo acierto
y que siendo unos son tres
en tal blasfemia no des
porque es un gran desconcierto
y el padre eterno engendró
a Jesucristo su hijo
y de los dos procedió
el paracleto en quien fijo
mi esperanza y mi consuelo
que es el que le da a este suelo
y él le da la inspiración
al más frío corazón
y los auxilios del cielo
¿a dónde se fue a esconder
para ese hijo engendrar
tu dios padre?
a tu pesar
te tengo de responder
y me tienes de escuchar
en su sacro entendimiento
mi dios padre le engendró
sin tiempo que precedió
y de su sustancia y talento
pues tanto como él valió
tan eterno es como el padre
el cual engendró sin madre
en su inmensa eternidad
y en poder y majestad
es lo mismo que su padre
dios engendrado de dios
dice el glorioso agustino
dios que es verdad y camino
dios que es camino de dios
y dios que es de dios camino
pero tú si ves la diosa
deshonesta y monstruosa
que estaba siempre preñada
tan torpe y desvergonzada
como una insaciable osa
¿a dónde se iba a esconder
para en preñarse de tantos
dioses a quien llamáis santos
quien es quien no echa de ver
un error que engaña a tantos
que fue una pública ramera
madre de todos los dioses
que tú por tales conoces
una falsa lisonjera
tan falsa como sus dioses
¿hay desvergüenza mayor?
jueces en vista mi rigor
honor que tan mal mirado
tan libre y desvergonzado
en sustentar tal error
Entra un paje.
una gran novedad
hay en la cárcel, señor
que a todos causa temor
pues dila con brevedad
Aparte.
aquí es menester valor
a un hombre hallamos muerto
casi ha de ser lo no cierto
en la prisión de Sapricio
y era hombre de su servicio
pues él sin duda le ha muerto
y ansí por uno y por otro
es fuerza ya el castigallo
si es por la fe, sufro y callo
mas no callo y sufro el otro
de la muerte
esto hallo
yo no le maté, señor
pero matóle un traidor
enemigo de mi honra
que fomentó mi deshonra
siendo en ella secutor
pues ¿cómo no lo dijiste
y has estado tan callado?
tú mismo te has condenado
algo sé yo de este chiste
él sin duda le ha matado
porque yéndole a buscar
le acababa de matar
y le debió de esconder
y yo casi lo eché de ver
Aparte.
en su turbación habla
de Nicéforo, un criado,
le dio la muerte cruel
porque en el trato es infiel
y en el humor desalmado,
y tres que estaban con él
todos huyeron al punto,
grande mal me viene junto.
Todos son mis enemigos
y con un color de amigos
son de la maldad asunto.
¿En efeto contra ti
presumes que jurarán?
Aparte.
Sin duda que lo harán,
todo carga sobre mí.
Testigos no faltarán.
Ora bien, Sapricio amigo,
no quiero ser tu enemigo,
bien ves tu daño presente,
y que soy el presidente,
no te portes mal conmigo.
Esta muerte te perdono,
con tal que a los dioses santos
adores, y dejes encantos,
y te verás en mi trono
libre de temor y espantos.
Y deja ya esa hipocresía
y esa loca fantasía,
pues eres sacerdote
antes que el vulgo te note,
admite esta cortesía.
Que si quieres ejercer
tu oficio de polo a polo,
por sacerdote de Apolo
te tengo de establecer,
que es un cargo honroso y solo,
y haré que te hagan favores
los sacros emperadores;
mandarás un mundo entero,
mandarás honra y dinero,
que son riquezas mayores.
No tienes que te cansar,
que aunque me des diez mil muertes
y los tormentos más fuertes,
a Cristo no he de negar,
pues por él son buenas suertes.
Y fuera mejor, señor,
que dejases ese error
y adoraras al rey supremo;
haciendo aqueste estremo,
negociarás mejor.
Porque esos dioses que adoras
son oro y plata y metales,
y son falsos e infernales,
los orígenes que ignoras,
y seminario de males.
Levántase el presidente y éntrase solo.
Ya no se puede sufrir
tan afrentoso morir;
¡oh, maldad de sacerdote!
Denle trescientos azotes
con que deje de vivir.
Y si acaso no muriere,
átenlo a la cola de un potro,
a ver si allí será otro,
y pues él la muerte quiere,
atrás de un potro otro potro.
Vamos, fiero sacerdote,
que os ha de probar mi azote.
En estas manos crueles
has de bañar los cordeles.
Vaya, por Dios.
Vanse todos, llévanle a empujones, salen Nicéforo y doña Clara y don Juan.
Ande al trote.
Señora, no tuve culpa
en la muerte de tu primo,
como a mi Clara le estimo.
No hay a esta culpa disculpa.
y tu gran maldad estimo,
y ansí me querías burlar.
Ansí me querías dejar,
si soy tu esposa primero
que doña Clara.
Yo muero
con envidia, enojo y pesar.
Ya os he dicho mis temores,
lo que hay en mi testamento;
con eso muero contento.
Dan te la vida por horas,
qué intentos en el intento,
y quieres otra vez engañarme,
pues no he de dejar burlarme,
que te pienso perseguir
hasta hacerte morir,
o contigo he de casarme.
Que moriré es muy cierto,
y que os dejaré conformes
es más cierto.
¡Y más disformes!
Hombre que te finges muerto,
no con discursos muy informes.
(Aparte.)
(Aparte.)
(Gestos, hablando entre dientes.)
Qué poca seguridad
tengo en aquesta amistad
de doña Juana de Luna;
atropéllamela fortuna
con notable variedad.
Y en esta ocasión, señor,
he de perder la cabeza,
que ya vuestra ira empieza,
empieza vuestro rigor
que con mi vida tropieza.
Doña Juana me persigue,
y aquesta derrota sigue,
y, según veo su malicia,
ella ha hablado a la justicia
para que mi mal castigue.
Y pondrá demanda a su honra
y a la muerte de su primo,
de quien mucho me lastimo,
y el juez con ira y rigor
castigará el mal tan íntimo.
Y apretarme doña Clara,
pues de su hermano está clara
la persecución cruel,
y ansí de cuchillo y cordel
de mi vida se cobrará.
Pensáis que no se entendió lo
de Clara y de su marido,
y yo, el falso, mis parientes
vengarán mi honor perdido.
Y pienso que la justicia
castigará esa malicia
y de mi primo la muerte.
Si murió de dicha suerte,
cómo mi muerte codicia.
Pero, ¿qué rumor es este
que suena en aquesta casa?
El corazón se me abrasa
y allega mi amarga muerte.
Esta es justicia que pasa.
(Vase huyendo Nicéforo y sale Tirso
letigando con Isabel.)
Buena, la cruel homicida,
porque atropelló mi vida,
que tú a Porcio la quitaste,
a ti y a mí desplaziste
en tan mísera caída.
Y déjame, Isabel del alma,
que aquel fiero me afrentó
y de truhán me llamó,
y era verdugo de este alma,
que él era el que me mató.
Él fue el que al gañán al gaje
le hizo servir de paje
con un penacho de hierro,
y con gran rigor el perro
quería alabar mi linaje.
Y me dijo que era cruel,
y que me había de matar,
y ansí no tengo pesar
de ser hoy su san Miguel,
si él me había de derribar.
Y cuenta un discreto que un día
enredos hubo a porfía,
y uno a otro, porque ofendes,
dijo: \"yo os he de comer\".
Quedole en la fantasía,
y con un notable temor
estaba amenazado de otros,
pero aconsejole un sabio:
antes que este haga agravio,
adelántese, señor,
y si es que os ha de comer,
almuérzale tú primero.
Clava el blanco en el terrero,
y ansí no podrá perder,
si fuiste mejor puntero.
Y símbolo es de mi desdicha,
lo cual tengo a buena dicha,
que si él me había de matar,
yo le viniese a pescar.
Ya mi disculpa está dicha.
¿Quién es aqueste hombre fiero
que trata ansí de venganza?
Ay, es una buena lanza,
hombre él de poco dinero,
aunque de gran confianza,
y no quiero decir quién es.
Doña Juana es la que ves.
¿Esta es mi señora doña Juana,
prima de Porcio? Pues vana
sale su suerte al revés.
Y no sepa esta mujercita
quién es Tirso, el matador
de su primo. ¡A Dios, gamos!
Vive Jesús, que es bonita
y que tiene pundonor.
quejase sapricio en la / prision dentro
por vos padezco señor
este soberbio hedor
ay dios mi hermano se queja
la voz suena por la reja
sale el alcaide
ya es demasiador rigor
alcaide a quien dan tormento
a sapricio sacerdote
an dado un infinito azote
pero viendo su talento
el judas escariote
le mando luego arrastrar
a la cola de un rocín
viendo su valor al fin
sin querer prebaricar
y que a dios tiene por fin
temiendo el cruel presidente
echar en una letina
que de ynmundicias es mina
a donde esta ahora al presente
y es el crisol que le afina
ay mi hermano mi señor
y que terrible rigor
se echa en vuestra persona
un infame que os baldona
no atendiendo a vuestro honor
vamos le al momento a ver
y si nos an de dejar
yo fiare que nos den lugar
que obstinado estaba ayer
oy tendra de ello pesar
entran se todos y sale niceforo / solo
sin duda anda la justicia
para prender mi persona
mi maldad la desabona
y la aprueba mi malicia
para cazar me ay cudicia
y si a sapricio me condena
ha de ser mas grabe mi pena
en este trance tan fiero
a donde he de padecer
sin cabeza y en cadena
y al uso o lamisimo
quiere suceder por mi
porque yo lo siento en mi
y tiembla me el corazón
conpuncion y contricion
me ynporta tener ahora
y baler me de el aurora
que es maria soberana
de quien todo el bien nos mana
y nuestra suerte mejora
pero eterno y sacro padre
todas las razones de sapricio
es cosa en vuestro servicio
sirve a vos o a vuestra madre
dad me razón y me cuadre
que pierda el que vicio enprende
que no quiere perdonar
y quiere ser perdonado
sin ser de su bicio letrado
quien se pudiera acordar
que cristo nuestro señor
perdono a aquellos sayones
que le dieron bofetones
con afrenta y con rigor
sufrio lo el sumo señor
y por ellos ruego al padre
no los persiguio la madre
con dalle su yjo dolor
y en el pater noster santo
nos dice aquel rey supremo
aquella sentencia temo
y me causa asombro y espanto
que perdonemos en tanto
a nuestros deudores todos
por mil maneras y modos
y que con eso perdonemos
y el rey el perdon tendremos
ansi ciento y mil pecados
muchos tormentos le an dado
y segun se be por suerte
le tienen de dar la muerte
y a de ser degollado
ya estara mui quebrantado
y es tienpo de perdonar
si se tiene de salvar
que el hombre que no perdona
pierde de dios la corona
y pierde aquel bien sin par
quiero me yra ver con el
y humilde mi corazón
le pedire otro perdon
y otros mil si no basta el
no quiera dios que luzbel
padezca en pro de lucifero
mas parezca aquel cordero
que un ydolo ynfernalo
el cual del mundo quito
los pecados del primero
vase y sale sapricio con una / soga y los dos criados de / el presidente
que no dejasses entrar
a mi hermana en la prision
para mi consolación
no es tienpo de consolar
lo que ynporta es aprestar
el oydo a la sentencia
y aparejar la paciencia
por que ya boy a la muerte
llegue mi dichosa suerte
pues escucha y dame audencia
sentencia
a sapricio presuitero que me
nos precia los mandatos de los
enperadores balerio y gallo
y no quiere sacrificar a los dio
ses ynmortales profesando
la ley de los cristianos man
damos que sea degollado en
el campo aures año 260 yn
perando balerio y gallo
en Roma y en antioquia
de siria en
el presidente
ya as oydo la sentencia
y ves tu muerte presente
en mi puede el presidente
mas en el alma la esencia
de aquella ymensa potencia
y ansi no me espantara
pues al cielo me yra
y con notable paciencia
pues tenla y sal de esta audiencia
vamos y me prebendre
a las miserias del presidente
manda que salga sapricio
para el lugar del sulpicio
que quiere hallar se presente
con gran concurso de jente
mira que pena aguarda
seguro lo as y se tarda
vamos no nos detengamos
por cierto señores vamos
no espere tanto la guarda
llebanle y ban se todos / y sale niceforo solo
dicho me an que sacan ya
a sapricio a darle muerte
a que benturosa suerte
quien tal vien merecerá
la griteria suena ya
por aqui an de benir
yo me quiero apercibir
para alcanzar su perdón
con humilde corazón,
y él lo hará, que es amoroso.
Ya suena el pregón, ya viene
la gente y toda la guarda
del presidente, que aguarda
en el lugar que conviene
a do la muerte previene
al mártir santo de Cristo
que tiene este bien previsto.
Sacan a Sapricio con una soga, dos alabarderos, un verdugo, el alcaide y los criados del presidente con varas de justicia; detrás sale pregonando el verdugo.
Esta justicia, señores,
hacen los emperadores
porque este hombre adora a Cristo.
(De rodillas)
Y valeroso sacerdote,
mártir de Cristo sagrado,
que te asigna para el cielo
a do estás predestinado,
ab eterno sin principio
previó Dios tus trabajos
por do te predestinó
para dar ejemplo a tantos.
Valeroso vencedor
que de los tormentos largos
y de los plomos a los niños
del común incendio bravo.
Agora es tiempo, señor,
que hagas el hecho más alto
y venzas al enemigo
mayor que el cruel tirano
a que está nuestro apetito
que es nuestro fiero adversario
y el que nos turba el alma
y el que a tantos ha condenado.
Vence, señor, tu persona
y perdóname el agravio
que contra ti cometí,
pues vas a ser coronado
de la mano del Señor.
Llega a él, cual cristal claro,
sin mancha alguna de culpa,
pues por Cristo has perdonado.
Fiero, cruel enemigo,
acuerda de los agravios
que hoy a mi honra le debes,
y aquel inocente santo
que por tu culpa murió,
que en el tribunal sagrado
clama su sangre sin culpa
como la de Abel preclaro.
No pares en mi presencia,
que pones horror y espanto
al alma, que de las carnes
palpita por dar un salto.
Prosigan ya los ministros
de la justicia, que en vano
me persuades al perdón,
que soy Sapricio agraviado.
Espera, señor, espera,
que es tu peligro muy claro;
porque si no me perdonas
no puedes ser perdonado
según palabra de Dios,
que en el Paternóster santo
nos lo enseña el Redentor
si lo miras con cuidado.
No te hablaré más palabra,
camina, ministro malo.
¿Qué pides a aqueste loco,
a aqueste de seso falto?
Y él no va agora a la muerte,
no muere aqueste malvado.
Por los dioses, que lo es,
bien que te puede hacer daño.
La causa por que yo lloro
y el pedir perdón con llanto,
bien sabe Dios por lo que es.
(Entra el demonio.)
Y también lo sabe el diablo.
No le perdones, camina,
que Dios no te obliga a tanto;
júzgame a tus enemigos.
Alto, a caminar, hermanos.
Entran todos con él; salen doña Clara, doña Juana e Isabel.
¡Ay, desaventurada suerte!
Este es el triste teatro
adonde han de degollar
a mi santo y caro hermano,
y no me le dejaron ver
en la cárcel en el campo;
le tengo de ver morir
para doblar mis cuidados.
¡Honorable compasión!
Que por bueno, honrado y sabio
quiten a un hombre la vida.
Vida quitan mudando.
(Sale Tirso solo.)
Rebozado y encubierto
salgo a ver este teatro,
adonde tiene de morir
Sapricio, santo obstinado.
(Sale el presidente y un paje.)
Sube, señor, en el solio,
que vienen con él cristianos
y se llega mucha gente.
Pues subo a ver lo que mando.
(Sube en el trono. Entran todos con él como primero; salió Lictor con aquella gente y Nicéforo, y el pregonero pregonando.)
Ésta es la justicia fiera
que el presidente aguardando
está en el supremo asiento.
Y en otro está ya sentado.
Ya te ves, Sapricio amigo,
en el conflicto más arduo
que pudo tu desventura
ponerte, si no me engaño.
No empieces a persuadirme,
que el persuadirme es en vano,
pues no he de prevaricar
y adorar dioses tan malos.
¿Hay mayor atrevimiento
ni hombre más determinado?
Derribalde la cabeza
de aqueste hombro ruindano.
(De rodillas.)
Detente un poco, señor,
que quiero hablar a mi hermano.
Por el Cristo que me perdone,
mártir de Jesús sagrado,
y mira que vas a la gloria
ado con palma y con lauro
has de gozar del Señor
y de aquel bien soberano.
No te puedo perdonar,
Mientes, que esto está en tu mano.
Pero a ti no te perdono
porque no seas perdonado;
desvíate de mis ojos,
que estoy al último paso
y no quiero tropezar
en quien me hizo males tantos.
Pues híncate de rodillas
para que seas degollado.
¿Por qué me queréis matar?
eso dice un hombre sano
y porque no adoro los dioses
y desprecio los mandatos
de los dos enperadores
pues detene la cruel mano
que de la suya mi dios
como fiera me ha dejado
y digo que desde aquí
ofrezco a los dioses sacros
ese santo sacrificio
y de Cristo consagrado
y digo que niego y reniego
pues me dejó de su mano
por tu culpa te dejó
en todo he sido culpado
oh hermano por el Señor
y por su corona y clavos
que tan gran maldad no emprendas
no te canses cruel tirano
que Dios me desamparó
y ya no hay ningún amparo
saca un Cristo pequeño
entran don Sebastián y don Jayme
mírale en aquesta Cruz
de pies y manos clavado
que con los brazos abiertos
te quiere dar mil abrazos
mira de el sagrado pecho
el soberano costado
abierto que a voces dice
que su sangre te ha comprado
mira estos pies venerables
que anduvieron tantos pasos
por remedio de los nuestros
perdonando los pasados
pídele misericordia
que es clemente padre santo
y apenas lo habrás pedido
cuando él te habrá perdonado
veamos esta tragedia
que Nicéforo predicando
está a Sapricio suspuesto
que ya le habrá perdonado
y si está en el paso postrero
fuerza es que sea bramando
y que envidia su amigo
y a el más amigo al diablo
señor agora es el tiempo
en que tiempo al tiempo dando
aproveches este tiempo
que pasa con largo paso
mira que hay gloria y infierno
y que el infierno es amargo
y que Dios es justo juez
no quieras ser condenado
no reniegues de el Señor
que cielo y tierra ha criado
ni adores los falsos dioses
que sin volver a pecado
y cual otro pródigo vuelve
a este paternal abrazo
que matará otra ternera
porque un buen hijo caro
mira que su majestad
la muerte del obstinado
no quiere pero que gima
y que llore su pecado
y él a quien, Señor, pequé
pequé, Señor soberano
y si una vez te negué
te confieso mil y cuatro
mira que hay cielo y infierno
Dios y gloria y que Dios bravo
no le podrás aplacar
y pues que agora está manso
y con los brazos abiertos
quiere ser tu amigo caro
pues tan caro le costaste
que su sangre le ha costado
y no se pierda por tu culpa
ni seas a tu Dios ingrato
ni pierdas lo que ganaste
con los tormentos pasados
que lo que de presente ves
pasará presto y de paso
y alcanza ya la victoria
que ya casi la has ganado
mira que hay gloria y infierno
y un Dios que aunque manso es bravo
y que ansí como es clemente
es recto muy por el cabo
ea, Sapricio señor,
ea, sacerdote santo,
que en esas manos sagradas
tuviste a Dios consagrado
vuelve en ti, que aún es tiempo,
y perdona mi pecado
que a no aquesto el Señor
a ti te habrá perdonado.
no pases más adelante
que me das pena y enfado
que perdonarte no quiero
ni quiero ser perdonado
de su mano me dejo
ese Dios crucificado
que ya no es mío ni quiero
que él de sí me ha arrojado
y digo que reniego de él
y el sacrificio que aguardo
desde aquí a los falsos dioses
se le ofrezco en holocausto.
pues a Jesucristo niegas
y yo le confieso y le abrazo
y desde luego me ofrezco
al martirio soberano.
Presidente, a Cristo adoro
y yo soy, señores, cristiano
y si tuviera mil vidas
desde aquí se las consagro
y como víctima humilde
a mi Dios en holocausto
me sacrifico y presento
como ofrenda por tu mano.
pues cortadle la cabeza
y a Sapricio dejad sano
porque algún día el escarmiento
y apague aquí su pecado.
¡Qué tragedia es la que miro!
¡Qué miro en este teatro!
pasmado estoy, vive el cielo.
¡Oh, secretos soberanos!
Pues ¿cómo mi esposo muere?
¡Ay, ánimo mal extraño!
¡Y que osó publicar a Cristo!
¡Y le confesó de llano!
híncate, pues, de rodillas.
Abraza al verdugo.
sí haré, querido hermano,
mas primero me has de dar
para abrazarte los brazos,
que quiero por mi consuelo
para morir consolado
abrazar la cruz primero
de mi Dios crucificado,
que quiero imitar mi rey
y ansí viéndome en tus brazos
me considero en la cruz
adonde fue crucificado.
agora puedes cortar
mi cuello, y agora hallo
Cumplida aquella visión
que vide en aquel desmayo,
en mí se cumple tan bien
aquel sueño tan pesado
en que me vi renegar
de ese tu Dios humanado.
De rodillas.
Pues alto, amigo, divide
con ese alfanje afilado
mi cabeza de los hombros,
para que el alma volando
parta a la celestial cumbre.
Pues perdona, hombre esforzado,
que ansí se parte del cuerpo
alma y cabeza.
Córtale la cabeza y cae muerto.
Verbum caro.
Ya dividió de los hombros
aquel espejo preclaro
adonde yo me miraba.
Suena música.
Ya el pabellón turquesado
se rompe, y se ha abierto el cielo,
y ya va su alma volando.
Los ángeles la reciben
y Cristo la ha coronado,
y ya se cierran las cortinas
de diamantes y brocados,
y ya los clarines sonoros
callaron y han cesado.
¿Qué perdí? Tan grande bien.
Por esta arpía que aguardo,
que pues ya no aguardo el cielo,
bien es que me aguarde el diablo.
Ya aquí estoy para llevarte.
Quita al criado, toma una daga del cinto para matar a Clara.
Pues perdona, adelantado,
que en aqueste puñal
a esta fiera doy el pago,
pues por su ocasión me veo
obstinado y condenado
según justicia de Dios,
de quien no quiero su amparo.
¡Ay, señora, que viene
a darte muerte tu hermano!
¡Favorecedme, señores!
Cae Sapricio al ir a dar a Clara y métese la daga por el cuerpo.
Pero caigo desmayado,
y va envainado el puñal
por el corazón ingrato.
¡Válgate el cielo, Sapricio!
Los dioses te den amparo.
Presto le dé amparo yo,
adonde le esperan tantos.
Muere.
¡Rabia y furor, que muero!
¡Rabiando y desesperado,
con el dolor más acerbo
que pensar puede hombre humano!
¡Venga el demonio, que espero!
¿Cómo ya no me ha llevado?
Que pues que Dios me dejó,
yo también gusto en dejallo.
Sale.
Pues alto, sal, Belcebú,
llevemos a este malvado
y a do está otro sacerdote,
que fue Judas el falsario,
para el infierno cruel.
Ansí se premia y da pago
al que se deja llevar
de un corazón obstinado.
Ábrese el tablado y métenselo disparando cohetes.
¡Válgame Dios, qué estampido!
¡Y qué desdichado hermano!
Yo me voy a un monasterio.
Yo pienso hacer otro tanto,
pues que en el cielo mi esposo
está de Dios coronado,
y quiero vivir de tal suerte
que a la mesa venga a su lado
Pues yo os quiero acompañar.
yo a las Tebaidas me parto
a hacer la penitencia
que piden mis pecados
partid vosotros al punto
y esta hacienda, confiscando,
la meted al fisco real
quedo en buena paz pasmado
mirando esta obstinación
Y Dios nos tenga de su mano
y abramos todos los ojos
para ver con ojos claros
que Dios perdonó y perdona
las injurias y pecados
y un hombre así lo ofendido
jamás perdona aceptado
adonde se cumple el verbo
de Cristo crucificado
la sentencia adonde dice
a todo hombre y fiel cristiano
que de la misma manera
que a su deudor y contrario
perdonare, de esa suerte
él ha de ser perdonado.
Esta historia verdadera
en el Flos sanctorum santo
de los varones ilustres
está escrita con espanto
en el folio veintisiete;
se le da nombre de santo
y de mártir a Nicéforo
a quien Dios ha coronado.
Y aquí, senado, se acaba
Sapricio, fiero obstinado,
y el revenido Nicéforo.
Finis y ha dicho como honrado debajo de la corrección de la santa madre iglesia de Roma 1644 y a honra de Dios y de su bendita madre