帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El martirio de Santa Lucía, virgen y mártir. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-martirio-de-santa-lucia.
Empecé a componer el martirio de santa Lucía virgen y mártir, hoy miércoles en la noche, 15 de diciembre de 1632.
Son personas
santa Lucía Euticia su madre viuda santa Águeda, que hace de Ángel Pascasio prefecto Canisio su amigo Licerio su amigo don Albio galán Yuso su lacayo don Tello caballero un verdugo Perucho pastor Gine pastor un Autor, que hace de Juez hasta Águeda
Comedia de la gloriosa santa Lucía virgen y mártir
Salen Pascasio, Canisio, y Licerio, Pascasio con vara
Para bien de la justa presidencia
señor Pascasio
aquí Licerio amigo
os le da con la misma preeminencia
poniendo al cielo por mayor testigo
abrázalos
oh amigos nobles, y a mi grado la clemencia
que han usado los dioses hoy conmigo
viendo vivos afectos vuestro arbitrio
si grato al cielo a vuestros pies respondo
ni Júpiter ni Venus me consienta
con quien muestra en mi abono tanto agrado
con que intentando mi honra vuestra alimenta
menor la gratitud que os he mostrado
paga y lealtad que fiel amor la alienta
por cuenta del favor que me habéis dado
cuando a do rigor deudor os quede
sé que en el alma aún a este cargo excede
viváis mil siglos viváis
Pascasio venturoso
pues el cargo que en Sicilia os asegura
solo en vos prelucía generoso
solo en vos se esmalta tal ventura
porque en lo liberal, en lo orgulloso
en lo culto, en lo sabio, en la cordura
cuando el celo mayor deudos ofende
y ninguno lo ejercita más lozano
ni con mayor violencia, aquesto llano
de Diocleciano y Maximiano, tales iguales
emperadores del Romano imperio
que por los dos me levanto a l'hemisferio
y aquí tiene dos fiadores muy leales
Canisio, acompañadme, y vos Licerio
que es justo a los que obligan, vasallos
con cargo noble, y lealtad, honrarlos
venid que a Zaragoza de Sicilia
dirige superior la empresa grata
y el cristianismo allí si se aniquila
ya Marte, no Dios, de honrralle trata
el alfange embotado no se afila
más, Dios nos libre, que forceje ingrata
por vida del gran Dios de Diocleciano
que ha de saber quién soy el más cristiano.
entra Euticia, viuda, y Lucía, doncella, Euticia como indispuesta
Euticia, madre.
Lucía.
¿De qué esta melancolía?
agora tanta tristeza,
hija, ¿de qué, hija, cuando empieza
la edad en flor que os recrea?
hoy como es bien sabido
como Zaragoza y vos
saben muy bien, pues ¿de qué
tan triste el semblante?
Sé
porque lo quiere mi Dios.
Madre, que afligida andáis
con ese sangriento flujo
ya cuatro años que estáis
tan mala que en mi dibujo
los dolores que pasáis
es verdad que penas y trañas
sienta
hija, no se engaña
en que siento mil dolores
hija, ¿pues qué, sin vigor y
quien nació de sus entrañas
mi madre tal padecer
y yo hija, tanto holgar
comer, dormir y beber
que amor lo podía llevar
sin venirse a enternecer.
Lucía, tu buen deseo
miro, pero a tal rodeo
no se le pone el atajo
con solo ver el trabajo
en que como ves me veo.
El remedio procurar
aver si puedo sanar
es lo que me suple, deja
por mi amor tan dulce queja
pues es el proprio atajar.
Madre amada, a don de voy
llama, y Dios dispuso hoy
del flujo de sangre, quita el daño
dando mil clamores.
Ay Ágata de mi Dios,
parece que oigo en vos
tantas penas y pesares
y son tan dulces y a pares
que vienen por los míos dos.
¿Cómo, Lucía?
Ay, señora,
que Ágata santa
mártir y virgen agora
tanto la fama discanta
que de amor su mármol llora.
En Catania, esa ciudad
de Caragoca distante,
lo que sabe y por verdad,
está gloriosa, triunfante,
después de tanta crueldad.
Martirizóla el tirano
del presidente Quinciano,
virgen y mártir murió.
¡Ay, que aquí la invoco yo
con un sollozo cristiano!
¿Es la mártir del Santo pecho?
La que divinos pertrechos,
si alguno se le compone,
tan bien a Catania impone,
que labra dos mil provechos.
¡Dichosa mil veces ella,
que alcanzó tan dulce fin!
Y de los pobres estrella,
pues de mil males, en fin,
hallan remedio por ella.
Los cojos, los maltratados,
de pies y manos tullidos,
por ella son remediados,
por ella son socorridos,
¡que ansí tan bien empleados!
¿Y en eso te entretenía
el pensamiento, Lucía?
Ay, madre, que yo la adoro
y, si por muerta la lloro,
su fama me enternecía.
Vanse.
Entra don Albio y Rufo lacayo.
Amar a quien lo merece,
cuando es justa pretensión,
está tan puesto en razón
que, de no lo hacer, desmerece.
Aquí la ocasión me ofrece
la diosa, aunque al mediodía,
si en su beldad competía,
cede a su rara hermosura,
si en amar tengo ventura,
ninguna como Lucía.
Aquella faz agraciada,
cuyo esplendor hermoso afea,
la que, al mirarla, si es fea,
queda a su vista ilustrada;
que Aurora en toques rosada
la aventaja, y si es fantasía
pensar que el Rey del día,
él se afrente, ella se corra,
y que si el amor no se ahorra,
ninguna como Lucía.
Yo confieso que es total
retrato bien alabado,
y que a mí me ha cautivado
su belleza celestial;
pero lo más principal
que me roba hasta el alma mía,
y si bien su gracia también lo causa,
me rinde dulce despojo
sus ojos, que en los ojos
ninguna como Lucía.
Sale Rufo con una cesta de fruta y panecillos de leche y una bota de vino.
Mi don Albio.
Rufo mío,
vengas con bien y en buena hora.
Ya traigo.
¿Viste a la Aurora,
que es dueña de mi albedrío,
a Lucía?
Sí.
Di.
Que no la he visto, señor,
mas traigo de qué comer.
de la plaza y del mercado
un tan lindo enamorado,
que es de mi gusto el mayor.
¿Quién?
El bello mandufante
que enamora, vive el cielo,
por Juno y Marte, a ello,
sino es Lucía arrogante,
que no hay hermosura delante.
Señor, ¿qué es esto?
¿Y esto? Lo que es.
Pues ¿cómo, por Apolo,
me dan grande aprieto, me das?
Dale un empujón.
De amor rematado estoy.
No hay seso, poco a poco.
Pero pregunto: ¿la cesta
y bota qué han cometido,
que de coraje aturdido
les das tan mala respuesta?
¿No es Lucía hermosa?
Apuesta
que es la fruta del frutal.
¿Qué dices, traidor?
Dale otro.
¿Hay cosa
cierta, que a esta se iguale?
Mire, don Albio, de que se sale
la bota, de que rebosa,
y a tus golpes se derrama
el vino, golpe que tiendo.
Más que piensas.
¡Ay, jumento solo siendo!
Dime, Rufo, ¿no se llama
Lucía?
¿Quién?
Una dama
a quien por extremo adoro.
Si Lucía, pese al moro,
muy celoso he de pagar?
¿No es la mejor del lugar
y una joya, un tesoro?
Pero el queso y la camueza
mondados, si se repara,
tan mala tienen la cara
con tanta gala en la mesa.
Si es que de oírlo se pesa,
no se guarde el decoro,
mas advierte, los adoro,
que apenas los veo mondar,
cuando en mi mesa al quitar
son para Rufo un tesoro.
Arrípúzale.
Pues el padre panecillo
y el gigote clarete,
que una gota en el retrete
alborota el gazgaznillo.
Toma prueba, buen traguillo.
Quítate allá, mentecato,
que a Lucía solo adoro.
Yo el comer vine la panza,
que pues quien siembra en tus salas
es para Rufo un tesoro.
Transformado estoy contigo, en ti,
Lucía, solo en pensarte.
Ven a comer, que es cansarte.
No des en eso.
¿En qué di?
En un amor frenesí.
Frenético estoy, oh ciega,
que de amarla amor profesa,
que te tienen venidos antojos.
Ay, sol que imagino como su don.
Ay, sol como la mesa.
Vase.
Entran Perucho y Gines pastores; Perucho con una muleta y pierna uncida, y Gines corcobado.
por San Gil no este Ginés
que aunque gastéis diez mil doblas
que hace llamar los niños
al que de la pierna gorda
no sé que decir verdad
porque el cirujano agora
después de tantos remedios
dice que tengo tres costras
y si han de ser tan largas
como es costumbre ansí costa
yo mal curado y él rico
y mala salud gasta la bolsa
aquí en Sicilia pensaba
y en Zaragoza
abreviar con los achaques
y ay un abismo de costras
valga os Dios tened paciencia
ansí lloráis
pues me tocan
qué queréis Ginés que haga?
lo que yo con mi corcoba
que padezco, callo y sufro
a ser mi mal de forma
una merienda fiambre
que aunque pasen años y oras
siempre está de una suerte
pues el pecho aunque más coma
no le falta merma, no natila
mis penas volviera en glorias
mas un mal como una pierna
perpetuamente redonda
llena de ungüentos y parches
llena de podre y de costras
arrastrando de mí mismo
gastando sábanas rotas
vidas y dineros gastando
ábrele
en fin que le he de leer
como ya recelo el caso
anda mi amor tan escaso
que apenas le haré entender
leéla en voz
pedir favores señora
el de menor a mayor
luqueza de inferior
que importuna el amor
a quien adora
mas quien adora
por valles y por rastrojos
pisa en vuestra ausencia abrojos
mirad cómo me tratáis
pues si aquí no os ablandáis
no han de sentir vuestros ojos
qué
por vida tuya
que te vayas por ay
no me vaya
tu amor por amor de mí
alguno de o en que concluya
seré tan gran cortesana
que como verás
yo creo
vase Lufo
queda Lucía sola
mis ojos siendo cristiana
han de causar un deseo
que dese peca tirana?
mis ojos dan ocasión
para que a riesgo se ponga
mi conservada opinion
y un galan se componga
a semejante traycion
no dice la iglesia santa
si el ojo te escandaliza
y tal guerrila levanta
toma con el de rica
y de su asiento le despunta
pues aguardos vellos
que prendáis de los cabellos
veréis pues sois tan mirones
cumplidas obligaciones
y sabrán lo que ay en ellos
Vase
entran perucho sin muletas y sin mal en la pierna, y Gines todavia con su corcoba llorando
dichoso mil veces
perucho que habéis sanado
santa Agata lo a causado
doy las gracias a Dios
en su divina Capilla
las dos muletas colgué
aquel que sin mal se be
cuente tan gran maravilla
y yo tambien porque roba
el alma su santidad
mas perucho a la verdad
yo vuelvo con mi corcoba
bien parece que sois santo
y yo tan gran pecador
callad Gines que el Señor
por ella hara ya vuestro bando
que hasta agora no a querido
lo que vos deviades aver pedido
si es que as de aver consuelo
pues muy negado a conferir
juzguemos de esto los dos
que pues no quiere oir Dios
no os deve de convenir
ay Agata Madre mia
que mis afectos son doblados
no hableys esas palabradas
mas bolvamos otro dia
que sin duda esta en el cielo
que la importunemos mas
gentil enbiada me das
previas con tanto cuydado
ay Dios que mucho la pierna
como quiero y como mando
cuando buelva voy saltando
ay agata esposa tierna
de Dios que tal bien ha hecho
a un pobre tan afligido
pues que lo habéis merecido
mucho hacéis en hacer provecho
si a Zaragoza bolveis
yo no pienso acompañaros
Gines o quereis burlaros
o si con darme quereis
de corrido estoy ansí
dejadme a solas llorar
bolvamos de nuevo a entrar
a la capilla, por mi
vamos, mas yo merezco
lo que os la pierna alcanza
poned en Dios la esperanza
y sanidad en Agata y yo os lo ofrezco
Vase
entra Don Albio Euticia y don zello
hasta hincarse de rodillas
dentro en su mismo aposento
y en fin su consentimiento
dirán sus rojas mejillas
en la sorda voluntad
y al parecer cortas grana
sino eran reses de grana
corales y es la verdad
no sé qué salida tenga
más de que don Jerónimo agora
supuesto que ansí la adora
con este sí se entretenga
por estos primeros días
y de cuenta al pariente
que como el caso es tan fresco
y ella estriba en su porfía
mañana a su tío dirá
que quiere ver su donzello
y estando ya más en ello
por mí se efetuará.
Cierto Euticia gallarda
en lealtad y condición
cuando ordena esta afición
que fin tan dichoso aguarda
menor valor y lealtad
debo a vuestra autoridad
el fin dichoso que espera
y por cierto
fiar de verle cumplido
acepto tan gran partido
sino lo despinta el modo
Vanse. Entra don Albio solo.
En la página izquierda, tachado: Estas son para repartir entre los que quedaren después que sean repartidos los que tienen sus nombres
Y esperar buen recibir,
muy bien se puede esperar;
mal recibir y tardar,
y esperar y morir,
de dos, una ha de venir.
¡Ojalá que yo lo sea!
Entibiecimiento de una edad,
para que en mi voluntad
mi gran celo se vea.
Y ya entre dudas alertas
hace entrar por estas puertas;
quiero ánimo, desconfianzas,
pues en dudosas tardanzas
las finas son las más ciertas.
Entra Rufo con dos platos, y ocultos unos ojos sangrientos.
Saca la espada.
¡Ay!, un presagio he tenido
de mal, de doblado efeto;
si alguien por traición se mete
aquí, pues es en secreto,
La respuesta viene aquí;
si mucho he tardado, perdona,
que no es suya la persona,
aunque tú la fayas, sí.
Y parece que la cordura
me avisa; si son deidades,
si a mi fe se persuade,
descubre a toda ventura.
Toma los platos D. Albio, y pónelos en el suelo.
Descúbrelos.
¡El cielo me valga!
¡Júpiter! ¿Qué es tal visión?
¡Más que rayos de Dios son!
De tal mal, ¿qué bien que salga?
Ojos son.
Si son de Lucía,
que como ciego tirano
ciego atado cuelgo vano,
con que lo mire me envía.
Espántase D. Albio y cae de rodillas mirando los ojos.
Salir de la idolatría
nos conviene.
Sí saldré.
Cristiano te seguiré.
Vanse los dos.
Bendigan, querrá mi Dios,
más cuatro ojos que dos,
pues miro ya una fe.
Deseoso el mundo me saca,
mirando el instante y ora
los Dioses sin ser que adora,
cualquiera vn bronce, una estatua,
y avn afirman que se aplaca
su rigor si el delinquente
le rinde ofrenda clemente,
para pasar tal profundo
me ha de dar vn Dios sin segundo
de los ojos una puente.
La fe mi puente será,
pues la pasan y caminan
los que a la verdad se inclinan
e invencibles como ella están;
aquesta me dará el
de gloria seguro puerto,
si para hallarla mayor cierto
en el vaudal que en ella espacia,
con el jabón de la gracia,
darme dos ojos a Lucía.
Ciego y sin luz he vivido
en este mar proceloso
del mundo, si bien dudoso
de mi seguro partido;
mas ya tal luz me ha venido
por tan dichoso arcaduz,
por Lucía, que es mi luz;
para conseguir la palma,
Lucía, luz en el alma,
que adoro a Dios en la Cruz.
Lucía, dadme la mano,
que el que está ciego no ve,
y si dais para que ve,
para volverme cristiano,
no, yo he sido vn villano,
testigos son mis enojos,
pero aplacad los enojos
con Dios, que tanto podéis alcanzar,
ya que a tal luz no gustáis
que venga a dar más ojos.
En este alcázar fundado
del artífice divino
confieso al Dios uno y trino
por autor del criado;
él es el que me ha alumbrado
de las tinieblas más fieras,
con tanto amor, tantas veras,
que es imposible olvidarle,
ni ya don Albio negarle
con dos tan claras lumbreras.
no ver, no tendréis culpa,
pues me alumbran luces tantas,
que a escuras puestas mis plantas
aun a no mirar, fuera culpa;
dígole a Dios: mea culpa.
¡Oh, Lucía, pues en tal claridad y verdad! ayudad, a la mi piedad ayudad, pues me alumbra de manera, que el más ciego luz tuviera, ¡Oh, con tal claridad!
Dulce Dios, no más enojos
por vuestra esposa Lucía,
pues hoy luce el alma mía,
y a mis honestos despojos
rogad por mí, bellos ojos,
que por ojos y tan bellos
que no haya Dios, juro en ellos,
tacha mis leyes profanas,
y abriendo en mí dos ventanas,
miro la gloria por ellos.
Ojos, por mí desquiciados
de aquellas santas turquesas,
dadme luz en mil empresas,
pues a dar sois inclinados;
y si en Dios enamorados,
a los míos, o por tan niñas,
santo amor, que las aliñas
para el cielo, pecadores,
con tales, ¡oh Dios!, favores,
pues privó de dos niñas.
[Abrázale]
Duermes, Rufo, dame abrazos,
porque cristiano soy.
Durmiendo estaba, mas voy,
que te aprieto en estos lazos,
no más aprieto, que hay brazos
de dos soles de clemencia
que aliviarán mi conciencia
del gran presente que me das
mirarte
con ojos de penitencia.
Vase.
Entra Lucía sola con una medida de niñas o los ojos en un plato.
Y sin ojos miro mejor
vano mundo si se piensa,
pues reparando en la ofensa
que instaba contra el amor
de mi dulce Salvador,
hasta los ojos le di,
dádiva que le ofrecí
por darse a ti mi Señor;
y pues le ofrecí mis ojos
nunca jamás mejor vi.
Y cuanto más que el Tribunal celestial,
y un deudor y tan amante,
viendo el presente delante,
le obligan a ser liberal;
y él siendo tan principal
le obliga a ser liberal
más cuando menos halla en él premiallo.
Y en los príncipes y reyes
pagan con largueza un Rey vasallo
el buen servir del criado.
Tocan chirimías, aparece un Ángel en lo alto, y híncase de rodillas Lucía.
Lucía hermosa.
¡Ay Jesús!
¿Qué es esto, quién es, quién llama?
Un siervo del sacro Rey,
a quien adoras y convocas
pues ausente
¿Qué suceso es este?
Me mandan
que de su parte te diga
cuán acepta y cuán estimada
ante sus divinos ojos
ha sido la ofrenda sacra
de tus dos luceros.
¡Ay Señor!
¡Cuán de poquito le pagan
a los que a ellas merecen!
Los que mirando al alba
le dan el ser con que adorna
los montes, valles y playas;
como discreta y sagaz
suple de todo las faltas.
¿Qué dadiva tan pequeña
para quien le debe el alma,
el ser, la vida, la honra?
De sus dones y gracias,
y hasta el más mínimo aliento,
todo es poco, todo es nada.
Estimó Dios tu servicio
por caso con que gallarda
le hiciste tan real franqueza;
si bien te miran los que no te dan
el peligro de don Albio, los peligros
que en ti, tu honor y tu fama
se han revuelto.
con tan benignas entrañas
y a Dios estima sobre todo
le ha rendido su precepto,
si a mis defectos mirara.
Ángel, ¿qué será de mí?
Los humillados son misericordias santas,
agradece, alaba, bendigo.
A Dios alabanzas mil.
Advierte que te engañarás
en un acto tan sangriento,
si en tus impulsos no hallarás
fortaleza, porque Dios
a bien lo admitió y no manda
que el fiel se saque los ojos;
lo que quiere y le agrada
es que quite los afectos
que la conciencia le manchan,
que destierre los estorbos
que de Dios le apartan.
Ángel, la advertencia estimo.
Estima, y por tus pagas
de nuevo en su gracia adviertas
que te restituya con gala
los ojos mucho mejores.
Quítase Lucía el lienzo de los ojos.
¡Ay, ángel, qué vistas raras
son estas, ¡oh Dios galán!
Denle por ello mil gracias.
Mi alma en primer lugar,
luego en capillas sagradas
y a coros los serafines,
cielos, sol, estrellas altas.
Queda a Dios en paz.
Ángel.
Qué.
Levántase Lucía.
Aguarda,
pondré mi boca en las
en esas tus dignas plantas.
A Dios, queda a Dios, que voy ligero.
Vase.
Tocan chirimías y vase el Ángel, ciérrase la apariencia y queda Lucía sola.
Florestas de estas comarcas,
dulces fuentes cristalinas,
dadme el parabién ufanas
de este presente tan galán;
aves que estáis en las ramas,
cantando al cielo estrellado,
cantad mi dicha tan alta.
Entra Euticia como indispuesta.
Hija.
Señora.
¿Qué hacéis?
Lo que siempre, como mala:
gastar el tiempo gastando vecinas,
con el listón me apretaba
un poquillo este rodete.
No sabéis cómo me faltan
ya las fuerzas y los bríos,
porque este flujo me acaba.
Madre mía, ya por ver
cuán breve es la vida, os daba
envidia a aquellos consejos,
no porque prudencia os falta.
como hija que os cría
y os quiero tanto en el alma
cuando Dios sabe, y aun vos
pues conocéis mis palabras
¡Qué consuelos, mi Lucía,
que en muchas obras y santos
os ejercitáis de mucho!
¡Ay, Lucía, Dios os traiga
a mil coronas de gloria!
Que aunque en silencio reposan
los gozos que en veros siento,
no sois alivio de mis ansias,
¡ay, si yo estuviese buena!
Madre mía, haced jornada,
que yo con vos iremos
en la ciudad de Catania
a Ágata, mártir digna;
que pues maravillas tantas
obra Dios por tan gran sierva,
podrá ser que volváis sana.
¡Ay, Dios, tu salvador sumo!
Porque si de ahí escapa
mi salud, cierta es mi muerte.
Pues alto, señora, dad vos la traza,
y partamos luego.
Allá, si tú me acompañas,
espero entera salud,
pues los remedios no bastan.
Por estos fieros viudos
que a prender cristianos andan,
en la forma y el secreto
obran de ser de importancia.
Llévala de la mano. Entran Perucho y Ginés, y vanse.
En verdad que está mayor justa.
Yo, si el ojo no me engaña,
digo que está la corcoba
del modo que antes estaba.
Haciendo menos reparo,
¿no es razón para que haga
de estar mejor compostura?
Ay, Ágata, vos tan santa,
que pienso partir sin ella,
no permitáis que me vaya,
aunque os canse de prolijo,
sin un favor de esas aves.
La santa lo puede hacer,
pero
Pero di, si es mancada,
tendréis verdad.
Yo no,
pero
pelealla y matalla
ha de ser aunque valiente.
Ahora bien, con esta vara
medidla, y veréis, señor,
para otra vez cuando salga
lo que avéis de hallar de menos.
Pues, ¡válgame Dios!, la santa
avía de hacer milagritos,
estando siendo mayores de marca
los que en Catania pública dispensa.
Y si la santa quiere que en mí haga
el milagro, sus alas andan cortas,
porque dos nóminas largas
son poco para su honor.
Esa es otra.
Y otra, y chanza.
Mide Perucho a Ginés la corcoba, y dale un palo.
ya os la mido
ola que di dos
ax, que me matan mis espaldas
llora
para que os valen deis
de cordoba ay varas y quarta
ya os estimo el no tenella
con tal golpe de dos varas
el gines rabia de envidia
de mi pierna
el es quien valia
pues que gines sois de alfenique
y si me baja la Agata
cuatro dedos la corcoba
y si gines se levanta
dos codos, sera bien hecho?
vuestra pasion os engaña
gines, asi os guarde Dios
a ora bien vuelvo a invocalla
y si Dios nos deja agora
a Zaragoza la patria
no volvemos
sea ansi
Dios me de paciencia
basta
gines otra vez
basta, mas Dios no desampara
Vase
entra Rufo solo con una cabeza de carnero vestido de un saco y un rosario por de artimaña
cielos otro mundo
parece aquese, que al bautismo adquiero
sali de aquel profundo
mar de pavor, cabeza de carnero
me han dado y no por mengua,
pues ay dos, ay sesos, carne, y lengua
Don Albio venturoso
pues encontraste un Albio tan valiente
que al bautismo dichoso
se merecio lavar en su corriente
y al cielo me endereza
que cabeza mejor, mas que cabeza
para ver vanidades
y a mis ojos son ojos, mas sin vista,
para notar crueldades
se cierren y a mi por ver otra conquista
al Alma la despojan
cabeza hermana vendireis los ojos
que solo seso tiene
el tiempo que adore Dios, despida
mas que ciego que anduve
que alcibar tan sin Dios era el regalo
llorare mis excesos
pues ya de cristiandad tengo otros sesos
como fragil seguia
de la carne los vicios, ceguera
de tanta idolatria
al fin vida de loco, si mal figura
y gallinas perdono, que ay carne
libro nuevo adviene
que yo y mi dueño hagamos desde agora
mas tanta virtud tiene
que asombra aun a los rayos de la aurora
y yo como sin mengua
dos ojos, un seso, carne, y lengua
Vase
entran euticia y lucia con rebozillos y sombrerillos
Estoy un poco de la cabeza
y estoy, deja, sosegada.
Aquí en el umbral sentada
espera teniendo paciencia necia
que Ágata bien sabrá,
señora, tu corazón.
Haz por mí, Lucía, oración.
Que poco, en ser mía, valdrá.
Pónese Lucía de rodillas, puestas las manos con un rosario, hacia otro lado.
Vese a Euticia como dormida.
Ágata de los misterios,
virgen y mártir del cielo,
por quien Dios por tus virtudes
honra millones de pueblos;
gran Patrona de Catania,
por donde veneran tu cuerpo
con veneración digna
de tus milagros y hechos;
tú que das pie a los cojos,
tú que das vista a los ciegos
y haces otras maravillas
que dan honor a este templo,
para mi madre te pido
salud corporal, de sus sienes,
pido bien, y a mí en el alma
de Dios perdón a mis hierros.
Tocan chirimías, aparécese santa Ágata rodeada de ángeles, ha de ser mujer con su cabellera, toca, guirnalda en la cabeza y palma en la mano.
Lucía, amada mía,
a quien tanto estimo y quiero,
y el Señor de los justos
mira con grato asiento.
Si tenéis necesidad, senil,
no es bien que mayor os fatigue,
ni a mí la ambición obligue,
pues sé lo que padecís,
y a Dios.
Cuán cristiana,
de ti tendremos memoria.
Vase.
De ti el cielo tanta gloria
que está en Dios soberana.
Vase.
Queda Lucía sola.
Soneto.
Si tengo de esposar con el esposo
que dice celestial y omnipotente,
rico, sabio, sagaz, Dios y clemente,
en cielo y tierra, liberal, glorioso,
manso, benigno, dulce, generoso,
amable, singular, santo, prudente,
hermoso, deleitable, refulgente,
humilde, vencedor, triunfante, honroso.
Las vistas le he dar, joyas y metales,
que se humilla al supremo señorío
deste cargo imperial y superna,
a mi talento y potestad iguales,
pues si ha de ser eterno y prolijo,
quiero ser Rey con cetro y sin corona.
Pobres, mostradles los talegos unos.
Vase.
Entran Ginés y Perucho que va y la lleva.
¿Qué os parece, y tan muy chica?
Ginés, la señora es mica.
puesto que Dios lo permita,
que no seamos rebeldes
a su santa voluntad.
¿Medístisla?
Cara y jeme.
Parece que está más alta.
Tristes los tristes sucesos,
pues que no mereces, tomas.
Nunca la soberbia adquiere
sino solo dar de hocicos bruces.
Diga Luzbel lo que tiene.
¿Soberbia en mí, cómo o cuándo?
Ya os he dicho muchas veces
que la envidia os hace cosas
si la soberbia no os vence.
Partamos a Zaragoza
como vinimos, alegres,
y a Dios dejemos la causa.
Partamos, mas ¿quién supiere
que en tan santa romería
hemos gastado dos meses
y me vuelvo como antes?
¿Quién sospechara de amante
que Ágata sana
cojos, mancos, y dolientes
y solo a mí me ha dejado?
Sospechara si es prudente
que andáis con esa loba,
que sana no te conviene,
mas por sus justos juicios
mas a quien no se atreve.
En fin que os volvéis sano.
Eso ya se vio, que
Créame
que vuelvo de mala gana,
porque en viéndome la gente
tan vaya, no hay tal niño.
Temo me han de dar siempre
carne monda, y
pues más mi loba crece,
no porfío más con vos,
porque conozco que llueven
maderuelos a mis espaldas,
que de seguro os defiende.
Ágata con Dios quedado,
a Dios, Catania la fértil.
Ágata no me repares,
mas mal mi culpa merece.
Vanse.
Entra Euticia sola llorando.
Lucía de mi Dios, yo bien quise
como a ti, doncella, no enojara
que contigo el amor se declarara
y la lealtad el corazón venciese
mas si permisión es que se pise
Pascasio presidente, cosa rara
que el mismo Apolo a su tremenda vara
se asombre con rigor, llueva y granice
¡ay Lucía!, mis llantos son doblados
pues soy sin ti dos veces ya viuda
y por ir contigo, yo me pierdo
¡ay hija de mi vida y mi cuidado!
vuelve a verme, Dios me ayuda
pues es padre de todos, santo y cuerdo
a pasar sentir este encargo tales
lloro y digo que nuevo mal me asalte
Entra Pascacio, Canisio, el verdugo que trae a Lucía las manos atadas atrás, y con ella donzellas, y algunas guardas de acompañamiento con alabardas.
Al gran señor Pascacio
donzellas en estos amagos
que donaros muy de nuevo
Cierra traydora los labios.
¿Al presidente respondes?
¡Eso importa!
Esposo santo,
aquí vuestro auxilio imploro,
contra traydores tan varios,
vuestro favor, Jesús mío.
Ofreced sacrificio a los altos
dioses, hermosa Lucía.
Obedeced a Pascacio
si pretendéis libertad.
Un sacrificio muy grato
tengo hecho a mi poder,
pues quedan mis remedios
con lo más de mi hacienda
y si más diere en faltando
he de ofrecerle mi vida
con mil divinos aplausos
¿Y ese Dios a quien adoráis
es aquel de los cristianos
que murió en Jerusalén?
Ese mismo que aquí entráis.
¿Pues cómo se compadece
morir y ser Dios?
Bien claro,
pues carne humana tomó
por redimir los agravios
del hombre, en Adán dispuestos,
comió del fruto vedado
y pecando él, a Dios
nos vino a dejar esclavos
de la culpa, en fin vio
nuestra desgracia y aunque basto,
viose en un pesebre humilde
llorar de su amor cautivo
niño del tierno llorando
quien nos viera era un pasmo
verse envuelto en humildes paños
y en un pesebre, en Belén,
o mi Dios, o infante sacro,
Muchas razones sueltas.
Para tal rapaza, cuando
se vio responder tan libre
y moza de tan tiernos años.
Jesuchristo por su boca
dijo en su evangelio santo
que al justo daría razones
y su Espíritu santo
delante de los jueces.
¿Luego el Espíritu Santo
está en ti?
Morada habita
en los que le admiten castos,
pues son su templo precioso.
Pues yo quiero ver si alcanzo
a sacarle de tu pecho,
al lupanar al momento enviadla,
llevadla.
Y a la casa deshonesta,
si allí mis intentos castos
por fuerza fueren rendidos,
de dos palmas son mis lauros:
uno de la castidad,
otro del injusto agravio.
Si mofas son las obras,
¿qué me detengo, qué aguardo?
Llevadla por fuerza todos.
Asen todos de ella, menos el Pascasio, y está Lucía inmóvil.
No hay moverla, más que a un mármol.
Parece roca.
Más bronce.
Dime, Lucía, ¿qué es esto?
¿Inmóvil hechicería?
Dios, que omnipotente y santo,
pesa más que cielo y tierra,
y como asiste en mi amparo,
que es en balde lo que hacéis.
Aguardad, que de este basto
bueyes echad las maromas.
Miran adentro.
Sale el verdugo de dentro, una maroma, y pónela a Lucía por el cuerpo.
Su cuerpo vil te he atado.
Tirad.
En voz.
¡Aguija, pardillo!
¡a Garrucho!
que es menealla
menear la antigua torre
de Babilonia.
Miran adentro.
Pues mando
que en este cóncavo sitio,
de este contorno, llegando
alrededor pez y leña,
la den fuego a los dos lados;
que si libra del fuego,
porque ya ven,
una espada le atraviese
por el cuello,
sin tardarlo.
Haráse como lo ordenas.
Porque mueran los bravos
ímpetus de esta
ciega a los propios y extraños,
si mis aceros vibráis
o no parten su duro cuello,
yo se lo cortaré, pero
aguardo.
¡Ay Jesús, qué bien os veo,
pues por amante gallardo,
me distis dos nuevos ojos,
con que os miro por ser claros!
Vanse, y llevan a Lucía.
Entran Perucho y Ginés.
Que a tal ocasión llegamos,
y aun dicen que fuerte sufre
mil vituperios bastardos.
Vamos los dos, que de ronda
a ver en qué para el caso,
que es una santa mujer.
Y fiero verla cuando
la diesen a muerte, al martirio
se han de ver prodigios varios.
Bien dicen que no da Dios
un dulce sin punta de agrio.
Volvamos a Zaragoza,
gozosos y alborozados,
y al primer paso,
nos olvide el cansancio.
Entra Rufo descalzo con unas malvas, y unas lentejas en un plato
Siéntase a mondarlas
Si de las culpas dan quejas
la verdad y la razón,
Rufo, mondad sin pasión
las malvas y las lentejas.
Las lentejas ya son mías,
don Albio quiere las malvas;
a fe que han de andar las calvas
sin trones ni fantasías.
¿Qué os parece, cuerpo vil,
a los que traen los pelados?
Traen tantos nabos asados,
tanta escarola y perejil,
tanta hierba, tanto cardo,
de noche, tarde y mañana;
a fe que agora sí gana
la salsa de San Bernardo.
Antiyer comí un mendrugo
más duro que un pedernal,
remojado en agua, ¡ay tal!
después de tanto besugo.
Tanta trucha, tanto pez,
mas responde, cuerpo injusto,
que me engañe con el gusto
no más engaños de esta vez.
Entra don Albio alborotado y llorando
¡Rufo de los ojos míos!
Si vieseis lo que hay de nuevo
¿Hase quebrado algún huevo?
Que braman los castos bríos
de Lucía.
¿Cómo ansí?
Llévanla a degollar,
yo mismo la vi sacar,
y al punto me ensordecí.
¿Quieres que vamos a verla?
Disfracémonos los dos.
Que es una de Dios
una esmeralda, una perla.
Y si por nuestra ventura
la viésemos al morir,
llegaréme a despedir.
Daremos la sepultura.
Vamos muy enhorabuena,
mas ponte los zapatos,
que de las guijas a ratos
tengo los pies de arena.
Tan castos os penitentes,
que apenas puedo dar paso,
si en Dios los favores sientes.
Vase
— entran los dos pobres, Ginés y Perucho, llorando y pónense de rodillas a los dos.
Madre nuestra, ¿qué es aquesto?
Madre, ¿qué ansias crecidas
muestras?
Morir, hermanos.
¡Ay, cielos, y qué desdicha!
En perder tan gran prenda,
el corazón se hace agua.
— entran D. Albio y Rufo disfrazados llorando, don Albio con su pañizuelo y hace lo mismo.
— bésanle la mano
Lucía de mis entrañas.
Señora mía,
Don Albio que ofendía, don Albio.
Rufo, penitencia y vida buena.
Señora que vais al cielo
pues nos olvidan
los ricos, de tanto pobre.
Ya, cielos, ya se anima
con mi martirio y mi sangre y con mi muerte
mi Jesús, con que pronostica
que presto tendrá la Iglesia
nueva paz, que en breve de días
morirán los que la infaman.
Jesús, en tus manos dignas y pías
¡Ay, que se muere!
muere en sus brazos
Te encomiendo
mi espíritu.
Dio la vida.
Saque entrando por los cielos.
La goza en eternas sillas
logrados bien, tiernos años
cumplirá la profecía
que los justos que en Dios mueren
hablan verdades divinas.
Juntos a enterrarla vamos.
Mis ojos tiernos suspiran
entierro la demos
con mil guirnaldas floridas.
Por mi abogada la escojo.
Por mi patrona la envidia
Catania, y gran flor para Italia.
Yo por norte.
Y por amparo
todos los fieles la elijan
pues es Lucía abogada
de los ojos y la vista.
Llévanla honesta y devotamente y vanse todos
Por un capellán de su Majestad en 21 de diciembre de mil y seiscientos y treinta y dos, día de Santo Tomás. Laus Deo.