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Texto digital de El martirio de Santa Lucía, virgen y mártir

Data de publicação: 22 de agosto de 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El martirio de Santa Lucía, virgen y mártir. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-martirio-de-santa-lucia.

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EL MARTIRIO DE SANTA LUCÍA, VIRGEN Y MÁRTIR

Jornada primera

Pag. 1

Empecé a componer el martirio de santa Lucía virgen y mártir, hoy miércoles en la noche, 15 de diciembre de 1632.

Son personas

santa Lucía Euticia su madre viuda santa Águeda, que hace de Ángel Pascasio prefecto Canisio su amigo Licerio su amigo don Albio galán Yuso su lacayo don Tello caballero un verdugo Perucho pastor Gine pastor un Autor, que hace de Juez hasta Águeda

Comedia de la gloriosa santa Lucía virgen y mártir

Salen Pascasio, Canisio, y Licerio, Pascasio con vara

Canisio.

Para bien de la justa presidencia

señor Pascasio

Licerio.

aquí Licerio amigo

os le da con la misma preeminencia

poniendo al cielo por mayor testigo

abrázalos

Pascasio.

oh amigos nobles, y a mi grado la clemencia

que han usado los dioses hoy conmigo

viendo vivos afectos vuestro arbitrio

si grato al cielo a vuestros pies respondo

ni Júpiter ni Venus me consienta

con quien muestra en mi abono tanto agrado

con que intentando mi honra vuestra alimenta

menor la gratitud que os he mostrado

paga y lealtad que fiel amor la alienta

por cuenta del favor que me habéis dado

cuando a do rigor deudor os quede

sé que en el alma aún a este cargo excede

viváis mil siglos viváis

Canisio.

Pascasio venturoso

pues el cargo que en Sicilia os asegura

solo en vos prelucía generoso

solo en vos se esmalta tal ventura

porque en lo liberal, en lo orgulloso

en lo culto, en lo sabio, en la cordura

Pag. 2

Pascasio.

cuando el celo mayor deudos ofende

y ninguno lo ejercita más lozano

ni con mayor violencia, aquesto llano

de Diocleciano y Maximiano, tales iguales

emperadores del Romano imperio

que por los dos me levanto a l'hemisferio

y aquí tiene dos fiadores muy leales

Canisio, acompañadme, y vos Licerio

que es justo a los que obligan, vasallos

con cargo noble, y lealtad, honrarlos

venid que a Zaragoza de Sicilia

dirige superior la empresa grata

y el cristianismo allí si se aniquila

ya Marte, no Dios, de honrralle trata

el alfange embotado no se afila

más, Dios nos libre, que forceje ingrata

por vida del gran Dios de Diocleciano

que ha de saber quién soy el más cristiano.

entra Euticia, viuda, y Lucía, doncella, Euticia como indispuesta

Lucía.

Euticia, madre.

Euticia.

Lucía.

¿De qué esta melancolía?

agora tanta tristeza,

hija, ¿de qué, hija, cuando empieza

la edad en flor que os recrea?

hoy como es bien sabido

como Zaragoza y vos

saben muy bien, pues ¿de qué

tan triste el semblante?

Lucía.

porque lo quiere mi Dios.

Madre, que afligida andáis

con ese sangriento flujo

ya cuatro años que estáis

Lucía.

tan mala que en mi dibujo

los dolores que pasáis

es verdad que penas y trañas

sienta

hija, no se engaña

en que siento mil dolores

Euticia.

hija, ¿pues qué, sin vigor y

quien nació de sus entrañas

Lucía.

mi madre tal padecer

y yo hija, tanto holgar

comer, dormir y beber

que amor lo podía llevar

sin venirse a enternecer.

Euticia.

Lucía, tu buen deseo

miro, pero a tal rodeo

no se le pone el atajo

con solo ver el trabajo

en que como ves me veo.

El remedio procurar

aver si puedo sanar

es lo que me suple, deja

por mi amor tan dulce queja

pues es el proprio atajar.

Lucía.

Madre amada, a don de voy

llama, y Dios dispuso hoy

del flujo de sangre, quita el daño

dando mil clamores.

Ay Ágata de mi Dios,

parece que oigo en vos

tantas penas y pesares

y son tan dulces y a pares

que vienen por los míos dos.

Euticia.

¿Cómo, Lucía?

Lucía.

Ay, señora,

que Ágata santa

mártir y virgen agora

tanto la fama discanta

que de amor su mármol llora.

Pag. 3

Euticia.

En Catania, esa ciudad

de Caragoca distante,

lo que sabe y por verdad,

está gloriosa, triunfante,

después de tanta crueldad.

Martirizóla el tirano

del presidente Quinciano,

virgen y mártir murió.

¡Ay, que aquí la invoco yo

con un sollozo cristiano!

Euticia.

¿Es la mártir del Santo pecho?

Lucía.

La que divinos pertrechos,

si alguno se le compone,

tan bien a Catania impone,

que labra dos mil provechos.

Euticia.

¡Dichosa mil veces ella,

que alcanzó tan dulce fin!

Lucía.

Y de los pobres estrella,

pues de mil males, en fin,

hallan remedio por ella.

Los cojos, los maltratados,

de pies y manos tullidos,

por ella son remediados,

por ella son socorridos,

¡que ansí tan bien empleados!

Euticia.

¿Y en eso te entretenía

el pensamiento, Lucía?

Lucía.

Ay, madre, que yo la adoro

y, si por muerta la lloro,

su fama me enternecía.

Vanse.

Entra don Albio y Rufo lacayo.

Don Albio.

Amar a quien lo merece,

cuando es justa pretensión,

está tan puesto en razón

que, de no lo hacer, desmerece.

Aquí la ocasión me ofrece

la diosa, aunque al mediodía,

si en su beldad competía,

cede a su rara hermosura,

si en amar tengo ventura,

ninguna como Lucía.

Aquella faz agraciada,

cuyo esplendor hermoso afea,

la que, al mirarla, si es fea,

queda a su vista ilustrada;

que Aurora en toques rosada

la aventaja, y si es fantasía

pensar que el Rey del día,

él se afrente, ella se corra,

y que si el amor no se ahorra,

ninguna como Lucía.

Yo confieso que es total

retrato bien alabado,

y que a mí me ha cautivado

su belleza celestial;

pero lo más principal

que me roba hasta el alma mía,

y si bien su gracia también lo causa,

me rinde dulce despojo

sus ojos, que en los ojos

ninguna como Lucía.

Sale Rufo con una cesta de fruta y panecillos de leche y una bota de vino.

Rufo.

Mi don Albio.

Don Albio.

Rufo mío,

vengas con bien y en buena hora.

Rufo.

Ya traigo.

Don Albio.

¿Viste a la Aurora,

que es dueña de mi albedrío,

a Lucía?

Rufo.

Sí.

Don Albio.

Di.

Rufo.

Que no la he visto, señor,

mas traigo de qué comer.

Pag. 4

Rufo.

de la plaza y del mercado

un tan lindo enamorado,

que es de mi gusto el mayor.

Don Albio.

¿Quién?

Rufo.

El bello mandufante

que enamora, vive el cielo,

por Juno y Marte, a ello,

sino es Lucía arrogante,

que no hay hermosura delante.

Don Albio.

Señor, ¿qué es esto?

Rufo.

¿Y esto? Lo que es.

Don Albio.

Pues ¿cómo, por Apolo,

me dan grande aprieto, me das?

Dale un empujón.

Rufo.

De amor rematado estoy.

No hay seso, poco a poco.

Don Albio.

Pero pregunto: ¿la cesta

y bota qué han cometido,

que de coraje aturdido

les das tan mala respuesta?

¿No es Lucía hermosa?

Rufo.

Apuesta

que es la fruta del frutal.

Don Albio.

¿Qué dices, traidor?

Dale otro.

Rufo.

¿Hay cosa

cierta, que a esta se iguale?

Mire, don Albio, de que se sale

la bota, de que rebosa,

Don Albio.

y a tus golpes se derrama

el vino, golpe que tiendo.

Más que piensas.

¡Ay, jumento solo siendo!

Dime, Rufo, ¿no se llama

Lucía?

Rufo.

¿Quién?

Don Albio.

Una dama

a quien por extremo adoro.

Rufo.

Si Lucía, pese al moro,

muy celoso he de pagar?

Don Albio.

¿No es la mejor del lugar

y una joya, un tesoro?

Rufo.

Pero el queso y la camueza

mondados, si se repara,

tan mala tienen la cara

con tanta gala en la mesa.

Si es que de oírlo se pesa,

no se guarde el decoro,

mas advierte, los adoro,

que apenas los veo mondar,

cuando en mi mesa al quitar

son para Rufo un tesoro.

Arrípúzale.

Don Albio.

Pues el padre panecillo

y el gigote clarete,

que una gota en el retrete

alborota el gazgaznillo.

Toma prueba, buen traguillo.

Quítate allá, mentecato,

que a Lucía solo adoro.

Rufo.

Yo el comer vine la panza,

que pues quien siembra en tus salas

es para Rufo un tesoro.

Don Albio.

Transformado estoy contigo, en ti,

Lucía, solo en pensarte.

Rufo.

Ven a comer, que es cansarte.

No des en eso.

Don Albio.

¿En qué di?

Rufo.

En un amor frenesí.

Don Albio.

Frenético estoy, oh ciega,

que de amarla amor profesa,

que te tienen venidos antojos.

Rufo.

Ay, sol que imagino como su don.

Don Albio.

Ay, sol como la mesa.

Vase.

Entran Perucho y Gines pastores; Perucho con una muleta y pierna uncida, y Gines corcobado.

Pag. 5

Ginés.

por San Gil no este Ginés

que aunque gastéis diez mil doblas

que hace llamar los niños

al que de la pierna gorda

Perucho.

no sé que decir verdad

porque el cirujano agora

después de tantos remedios

dice que tengo tres costras

y si han de ser tan largas

como es costumbre ansí costa

yo mal curado y él rico

y mala salud gasta la bolsa

aquí en Sicilia pensaba

y en Zaragoza

abreviar con los achaques

y ay un abismo de costras

Ginés.

valga os Dios tened paciencia

ansí lloráis

Perucho.

pues me tocan

qué queréis Ginés que haga?

lo que yo con mi corcoba

que padezco, callo y sufro

a ser mi mal de forma

una merienda fiambre

que aunque pasen años y oras

siempre está de una suerte

pues el pecho aunque más coma

no le falta merma, no natila

mis penas volviera en glorias

mas un mal como una pierna

perpetuamente redonda

llena de ungüentos y parches

llena de podre y de costras

arrastrando de mí mismo

gastando sábanas rotas

vidas y dineros gastando

ábrele

Lucía.

en fin que le he de leer

como ya recelo el caso

anda mi amor tan escaso

que apenas le haré entender

leéla en voz

Villete.

pedir favores señora

el de menor a mayor

luqueza de inferior

que importuna el amor

a quien adora

mas quien adora

por valles y por rastrojos

pisa en vuestra ausencia abrojos

mirad cómo me tratáis

pues si aquí no os ablandáis

no han de sentir vuestros ojos

Rufo.

qué

Lucía.

por vida tuya

que te vayas por ay

Rufo.

no me vaya

tu amor por amor de mí

alguno de o en que concluya

Lucía.

seré tan gran cortesana

Rufo.

que como verás

yo creo

vase Lufo

queda Lucía sola

Lucía.

mis ojos siendo cristiana

han de causar un deseo

que dese peca tirana?

mis ojos dan ocasión

Pag. 6

Lucía.

para que a riesgo se ponga

mi conservada opinion

y un galan se componga

a semejante traycion

no dice la iglesia santa

si el ojo te escandaliza

y tal guerrila levanta

toma con el de rica

y de su asiento le despunta

pues aguardos vellos

que prendáis de los cabellos

veréis pues sois tan mirones

cumplidas obligaciones

y sabrán lo que ay en ellos

Vase

entran perucho sin muletas y sin mal en la pierna, y Gines todavia con su corcoba llorando

Ginés.

dichoso mil veces

perucho que habéis sanado

Perucho.

santa Agata lo a causado

doy las gracias a Dios

en su divina Capilla

las dos muletas colgué

aquel que sin mal se be

cuente tan gran maravilla

Ginés.

y yo tambien porque roba

el alma su santidad

mas perucho a la verdad

yo vuelvo con mi corcoba

bien parece que sois santo

y yo tan gran pecador

Perucho.

callad Gines que el Señor

por ella hara ya vuestro bando

que hasta agora no a querido

lo que vos deviades aver pedido

si es que as de aver consuelo

Ginés.

pues muy negado a conferir

juzguemos de esto los dos

que pues no quiere oir Dios

no os deve de convenir

ay Agata Madre mia

que mis afectos son doblados

Perucho.

no hableys esas palabradas

mas bolvamos otro dia

que sin duda esta en el cielo

que la importunemos mas

Ginés.

gentil enbiada me das

previas con tanto cuydado

Perucho.

ay Dios que mucho la pierna

como quiero y como mando

cuando buelva voy saltando

ay agata esposa tierna

de Dios que tal bien ha hecho

a un pobre tan afligido

Ginés.

pues que lo habéis merecido

mucho hacéis en hacer provecho

si a Zaragoza bolveis

yo no pienso acompañaros

Perucho.

Gines o quereis burlaros

o si con darme quereis

Ginés.

de corrido estoy ansí

dejadme a solas llorar

Perucho.

bolvamos de nuevo a entrar

a la capilla, por mi

Ginés.

vamos, mas yo merezco

lo que os la pierna alcanza

Perucho.

poned en Dios la esperanza

y sanidad en Agata y yo os lo ofrezco

Vase

entra Don Albio Euticia y don zello

Pag. 7

Don Jerónimo.

hasta hincarse de rodillas

dentro en su mismo aposento

y en fin su consentimiento

dirán sus rojas mejillas

en la sorda voluntad

y al parecer cortas grana

sino eran reses de grana

corales y es la verdad

no sé qué salida tenga

más de que don Jerónimo agora

supuesto que ansí la adora

con este sí se entretenga

por estos primeros días

y de cuenta al pariente

que como el caso es tan fresco

y ella estriba en su porfía

mañana a su tío dirá

que quiere ver su donzello

y estando ya más en ello

por mí se efetuará.

Don Jerónimo.

Cierto Euticia gallarda

en lealtad y condición

cuando ordena esta afición

que fin tan dichoso aguarda

menor valor y lealtad

debo a vuestra autoridad

el fin dichoso que espera

y por cierto

fiar de verle cumplido

acepto tan gran partido

sino lo despinta el modo

Vanse. Entra don Albio solo.

Pag. 8

En la página izquierda, tachado: Estas son para repartir entre los que quedaren después que sean repartidos los que tienen sus nombres

Don Albio.

Y esperar buen recibir,

muy bien se puede esperar;

mal recibir y tardar,

y esperar y morir,

de dos, una ha de venir.

¡Ojalá que yo lo sea!

Entibiecimiento de una edad,

para que en mi voluntad

mi gran celo se vea.

Y ya entre dudas alertas

hace entrar por estas puertas;

quiero ánimo, desconfianzas,

pues en dudosas tardanzas

las finas son las más ciertas.

Entra Rufo con dos platos, y ocultos unos ojos sangrientos.

Saca la espada.

Rufo.

¡Ay!, un presagio he tenido

de mal, de doblado efeto;

si alguien por traición se mete

aquí, pues es en secreto,

La respuesta viene aquí;

si mucho he tardado, perdona,

que no es suya la persona,

aunque tú la fayas, sí.

Don Albio.

Y parece que la cordura

me avisa; si son deidades,

si a mi fe se persuade,

descubre a toda ventura.

Toma los platos D. Albio, y pónelos en el suelo.

Rufo.

Descúbrelos.

Don Albio.

¡El cielo me valga!

¡Júpiter! ¿Qué es tal visión?

¡Más que rayos de Dios son!

De tal mal, ¿qué bien que salga?

Rufo.

Ojos son.

Don Albio.

Si son de Lucía,

que como ciego tirano

ciego atado cuelgo vano,

con que lo mire me envía.

Espántase D. Albio y cae de rodillas mirando los ojos.

Rufo.

Salir de la idolatría

nos conviene.

Don Albio.

Sí saldré.

Rufo.

Cristiano te seguiré.

Vanse los dos.

Pag. 9

Don Albio.

Bendigan, querrá mi Dios,

más cuatro ojos que dos,

pues miro ya una fe.

Deseoso el mundo me saca,

mirando el instante y ora

los Dioses sin ser que adora,

cualquiera vn bronce, una estatua,

y avn afirman que se aplaca

su rigor si el delinquente

le rinde ofrenda clemente,

para pasar tal profundo

me ha de dar vn Dios sin segundo

de los ojos una puente.

La fe mi puente será,

pues la pasan y caminan

los que a la verdad se inclinan

e invencibles como ella están;

aquesta me dará el

de gloria seguro puerto,

si para hallarla mayor cierto

en el vaudal que en ella espacia,

con el jabón de la gracia,

darme dos ojos a Lucía.

Ciego y sin luz he vivido

en este mar proceloso

del mundo, si bien dudoso

de mi seguro partido;

mas ya tal luz me ha venido

por tan dichoso arcaduz,

por Lucía, que es mi luz;

para conseguir la palma,

Lucía, luz en el alma,

que adoro a Dios en la Cruz.

Lucía, dadme la mano,

que el que está ciego no ve,

y si dais para que ve,

para volverme cristiano,

no, yo he sido vn villano,

testigos son mis enojos,

pero aplacad los enojos

con Dios, que tanto podéis alcanzar,

ya que a tal luz no gustáis

que venga a dar más ojos.

En este alcázar fundado

del artífice divino

confieso al Dios uno y trino

por autor del criado;

él es el que me ha alumbrado

de las tinieblas más fieras,

con tanto amor, tantas veras,

que es imposible olvidarle,

ni ya don Albio negarle

con dos tan claras lumbreras.

Pag. 10

Don Albio.

no ver, no tendréis culpa,

pues me alumbran luces tantas,

que a escuras puestas mis plantas

aun a no mirar, fuera culpa;

dígole a Dios: mea culpa.

¡Oh, Lucía, pues en tal claridad y verdad! ayudad, a la mi piedad ayudad, pues me alumbra de manera, que el más ciego luz tuviera, ¡Oh, con tal claridad!

Don Albio.

Dulce Dios, no más enojos

por vuestra esposa Lucía,

pues hoy luce el alma mía,

y a mis honestos despojos

rogad por mí, bellos ojos,

que por ojos y tan bellos

que no haya Dios, juro en ellos,

tacha mis leyes profanas,

y abriendo en mí dos ventanas,

miro la gloria por ellos.

Don Albio.

Ojos, por mí desquiciados

de aquellas santas turquesas,

dadme luz en mil empresas,

pues a dar sois inclinados;

y si en Dios enamorados,

a los míos, o por tan niñas,

santo amor, que las aliñas

para el cielo, pecadores,

con tales, ¡oh Dios!, favores,

pues privó de dos niñas.

[Abrázale]

Don Albio.

Duermes, Rufo, dame abrazos,

porque cristiano soy.

Rufo.

Durmiendo estaba, mas voy,

que te aprieto en estos lazos,

Pag. 11

Don Albio.

no más aprieto, que hay brazos

de dos soles de clemencia

que aliviarán mi conciencia

Rufo.

del gran presente que me das

Don Albio.

mirarte

con ojos de penitencia.

Vase.

Entra Lucía sola con una medida de niñas o los ojos en un plato.

Lucía.

Y sin ojos miro mejor

vano mundo si se piensa,

pues reparando en la ofensa

que instaba contra el amor

de mi dulce Salvador,

hasta los ojos le di,

dádiva que le ofrecí

por darse a ti mi Señor;

y pues le ofrecí mis ojos

nunca jamás mejor vi.

Y cuanto más que el Tribunal celestial,

y un deudor y tan amante,

viendo el presente delante,

le obligan a ser liberal;

y él siendo tan principal

le obliga a ser liberal

más cuando menos halla en él premiallo.

Y en los príncipes y reyes

pagan con largueza un Rey vasallo

el buen servir del criado.

Tocan chirimías, aparece un Ángel en lo alto, y híncase de rodillas Lucía.

Ángel.

Lucía hermosa.

Lucía.

¡Ay Jesús!

¿Qué es esto, quién es, quién llama?

Ángel.

Un siervo del sacro Rey,

a quien adoras y convocas

pues ausente

Lucía.

¿Qué suceso es este?

Ángel.

Me mandan

que de su parte te diga

cuán acepta y cuán estimada

ante sus divinos ojos

ha sido la ofrenda sacra

de tus dos luceros.

Lucía.

¡Ay Señor!

¡Cuán de poquito le pagan

a los que a ellas merecen!

Los que mirando al alba

le dan el ser con que adorna

los montes, valles y playas;

como discreta y sagaz

suple de todo las faltas.

¿Qué dadiva tan pequeña

para quien le debe el alma,

el ser, la vida, la honra?

De sus dones y gracias,

y hasta el más mínimo aliento,

todo es poco, todo es nada.

Ángel.

Estimó Dios tu servicio

por caso con que gallarda

le hiciste tan real franqueza;

si bien te miran los que no te dan

el peligro de don Albio, los peligros

que en ti, tu honor y tu fama

se han revuelto.

Pag. 12

Lucía.

con tan benignas entrañas

y a Dios estima sobre todo

le ha rendido su precepto,

si a mis defectos mirara.

Ángel, ¿qué será de mí?

Ángel.

Los humillados son misericordias santas,

agradece, alaba, bendigo.

Lucía.

A Dios alabanzas mil.

Ángel.

Advierte que te engañarás

en un acto tan sangriento,

si en tus impulsos no hallarás

fortaleza, porque Dios

a bien lo admitió y no manda

que el fiel se saque los ojos;

lo que quiere y le agrada

es que quite los afectos

que la conciencia le manchan,

que destierre los estorbos

que de Dios le apartan.

Lucía.

Ángel, la advertencia estimo.

Ángel.

Estima, y por tus pagas

de nuevo en su gracia adviertas

que te restituya con gala

los ojos mucho mejores.

Quítase Lucía el lienzo de los ojos.

Lucía.

¡Ay, ángel, qué vistas raras

son estas, ¡oh Dios galán!

Ángel.

Denle por ello mil gracias.

Lucía.

Mi alma en primer lugar,

luego en capillas sagradas

y a coros los serafines,

cielos, sol, estrellas altas.

Ángel.

Queda a Dios en paz.

Lucía.

Ángel.

Ángel.

Qué.

Levántase Lucía.

Lucía.

Aguarda,

pondré mi boca en las

en esas tus dignas plantas.

Ángel.

A Dios, queda a Dios, que voy ligero.

Vase.

Tocan chirimías y vase el Ángel, ciérrase la apariencia y queda Lucía sola.

Lucía.

Florestas de estas comarcas,

dulces fuentes cristalinas,

dadme el parabién ufanas

de este presente tan galán;

aves que estáis en las ramas,

cantando al cielo estrellado,

cantad mi dicha tan alta.

Entra Euticia como indispuesta.

Euticia.

Hija.

Lucía.

Señora.

Euticia.

¿Qué hacéis?

Lucía.

Lo que siempre, como mala:

gastar el tiempo gastando vecinas,

con el listón me apretaba

un poquillo este rodete.

Euticia.

No sabéis cómo me faltan

ya las fuerzas y los bríos,

porque este flujo me acaba.

Lucía.

Madre mía, ya por ver

cuán breve es la vida, os daba

envidia a aquellos consejos,

no porque prudencia os falta.

Pag. 13

Lucía.

como hija que os cría

y os quiero tanto en el alma

cuando Dios sabe, y aun vos

pues conocéis mis palabras

Euticia.

¡Qué consuelos, mi Lucía,

que en muchas obras y santos

os ejercitáis de mucho!

¡Ay, Lucía, Dios os traiga

a mil coronas de gloria!

Que aunque en silencio reposan

los gozos que en veros siento,

no sois alivio de mis ansias,

¡ay, si yo estuviese buena!

Lucía.

Madre mía, haced jornada,

que yo con vos iremos

en la ciudad de Catania

a Ágata, mártir digna;

que pues maravillas tantas

obra Dios por tan gran sierva,

podrá ser que volváis sana.

Euticia.

¡Ay, Dios, tu salvador sumo!

Porque si de ahí escapa

mi salud, cierta es mi muerte.

Lucía.

Pues alto, señora, dad vos la traza,

y partamos luego.

Euticia.

Allá, si tú me acompañas,

espero entera salud,

pues los remedios no bastan.

Lucía.

Por estos fieros viudos

que a prender cristianos andan,

en la forma y el secreto

obran de ser de importancia.

Llévala de la mano. Entran Perucho y Ginés, y vanse.

Ginés.

En verdad que está mayor justa.

Perucho.

Yo, si el ojo no me engaña,

digo que está la corcoba

del modo que antes estaba.

Ginés.

Haciendo menos reparo,

¿no es razón para que haga

de estar mejor compostura?

Ay, Ágata, vos tan santa,

que pienso partir sin ella,

no permitáis que me vaya,

aunque os canse de prolijo,

sin un favor de esas aves.

Perucho.

La santa lo puede hacer,

pero

Ginés.

Pero di, si es mancada,

tendréis verdad.

Perucho.

Yo no,

pero

Ginés.

pelealla y matalla

ha de ser aunque valiente.

Ahora bien, con esta vara

medidla, y veréis, señor,

para otra vez cuando salga

lo que avéis de hallar de menos.

Perucho.

Pues, ¡válgame Dios!, la santa

avía de hacer milagritos,

estando siendo mayores de marca

los que en Catania pública dispensa.

Y si la santa quiere que en mí haga

el milagro, sus alas andan cortas,

porque dos nóminas largas

son poco para su honor.

Ginés.

Esa es otra.

Perucho.

Y otra, y chanza.

Mide Perucho a Ginés la corcoba, y dale un palo.

Pag. 14

Perucho.

ya os la mido

Ginés.

ola que di dos

ax, que me matan mis espaldas

llora

Perucho.

para que os valen deis

de cordoba ay varas y quarta

Ginés.

ya os estimo el no tenella

con tal golpe de dos varas

Perucho.

el gines rabia de envidia

de mi pierna

Ginés.

el es quien valia

Perucho.

pues que gines sois de alfenique

Ginés.

y si me baja la Agata

cuatro dedos la corcoba

y si gines se levanta

dos codos, sera bien hecho?

Perucho.

vuestra pasion os engaña

gines, asi os guarde Dios

Ginés.

a ora bien vuelvo a invocalla

y si Dios nos deja agora

a Zaragoza la patria

no volvemos

Perucho.

sea ansi

Ginés.

Dios me de paciencia

Perucho.

basta

Ginés.

gines otra vez

basta, mas Dios no desampara

Vase

entra Rufo solo con una cabeza de carnero vestido de un saco y un rosario por de artimaña

Rufo.

cielos otro mundo

parece aquese, que al bautismo adquiero

sali de aquel profundo

mar de pavor, cabeza de carnero

me han dado y no por mengua,

pues ay dos, ay sesos, carne, y lengua

Rufo.

Don Albio venturoso

pues encontraste un Albio tan valiente

que al bautismo dichoso

se merecio lavar en su corriente

y al cielo me endereza

que cabeza mejor, mas que cabeza

para ver vanidades

y a mis ojos son ojos, mas sin vista,

para notar crueldades

se cierren y a mi por ver otra conquista

al Alma la despojan

cabeza hermana vendireis los ojos

que solo seso tiene

el tiempo que adore Dios, despida

mas que ciego que anduve

que alcibar tan sin Dios era el regalo

llorare mis excesos

pues ya de cristiandad tengo otros sesos

como fragil seguia

de la carne los vicios, ceguera

de tanta idolatria

al fin vida de loco, si mal figura

y gallinas perdono, que ay carne

libro nuevo adviene

que yo y mi dueño hagamos desde agora

mas tanta virtud tiene

que asombra aun a los rayos de la aurora

y yo como sin mengua

dos ojos, un seso, carne, y lengua

Vase

entran euticia y lucia con rebozillos y sombrerillos

Pag. 15

Euticia.

Estoy un poco de la cabeza

y estoy, deja, sosegada.

Lucía.

Aquí en el umbral sentada

espera teniendo paciencia necia

que Ágata bien sabrá,

señora, tu corazón.

Euticia.

Haz por mí, Lucía, oración.

Lucía.

Que poco, en ser mía, valdrá.

Pónese Lucía de rodillas, puestas las manos con un rosario, hacia otro lado.

Vese a Euticia como dormida.

Lucía.

Ágata de los misterios,

virgen y mártir del cielo,

por quien Dios por tus virtudes

honra millones de pueblos;

gran Patrona de Catania,

por donde veneran tu cuerpo

con veneración digna

de tus milagros y hechos;

tú que das pie a los cojos,

tú que das vista a los ciegos

y haces otras maravillas

que dan honor a este templo,

para mi madre te pido

salud corporal, de sus sienes,

pido bien, y a mí en el alma

de Dios perdón a mis hierros.

Tocan chirimías, aparécese santa Ágata rodeada de ángeles, ha de ser mujer con su cabellera, toca, guirnalda en la cabeza y palma en la mano.

Santa Águeda.

Lucía, amada mía,

a quien tanto estimo y quiero,

y el Señor de los justos

mira con grato asiento.

Lucía.

Si tenéis necesidad, senil,

no es bien que mayor os fatigue,

ni a mí la ambición obligue,

pues sé lo que padecís,

y a Dios.

Pobre 2.º.

Cuán cristiana,

de ti tendremos memoria.

Vase.

Pobre 1.º.

De ti el cielo tanta gloria

que está en Dios soberana.

Vase.

Queda Lucía sola.

Soneto.

Lucía.

Si tengo de esposar con el esposo

que dice celestial y omnipotente,

rico, sabio, sagaz, Dios y clemente,

en cielo y tierra, liberal, glorioso,

manso, benigno, dulce, generoso,

amable, singular, santo, prudente,

hermoso, deleitable, refulgente,

humilde, vencedor, triunfante, honroso.

Las vistas le he dar, joyas y metales,

que se humilla al supremo señorío

deste cargo imperial y superna,

a mi talento y potestad iguales,

pues si ha de ser eterno y prolijo,

quiero ser Rey con cetro y sin corona.

Pobres, mostradles los talegos unos.

Vase.

Entran Ginés y Perucho que va y la lleva.

Ginés.

¿Qué os parece, y tan muy chica?

Perucho.

Ginés, la señora es mica.

Pag. 16

Perucho.

puesto que Dios lo permita,

que no seamos rebeldes

a su santa voluntad.

Ginés.

¿Medístisla?

Perucho.

Cara y jeme.

Ginés.

Parece que está más alta.

Tristes los tristes sucesos,

pues que no mereces, tomas.

Perucho.

Nunca la soberbia adquiere

sino solo dar de hocicos bruces.

Diga Luzbel lo que tiene.

Ginés.

¿Soberbia en mí, cómo o cuándo?

Perucho.

Ya os he dicho muchas veces

que la envidia os hace cosas

si la soberbia no os vence.

Partamos a Zaragoza

como vinimos, alegres,

y a Dios dejemos la causa.

Ginés.

Partamos, mas ¿quién supiere

que en tan santa romería

hemos gastado dos meses

y me vuelvo como antes?

¿Quién sospechara de amante

que Ágata sana

cojos, mancos, y dolientes

y solo a mí me ha dejado?

Perucho.

Sospechara si es prudente

que andáis con esa loba,

que sana no te conviene,

mas por sus justos juicios

mas a quien no se atreve.

Ginés.

En fin que os volvéis sano.

Perucho.

Eso ya se vio, que

Ginés.

Créame

que vuelvo de mala gana,

porque en viéndome la gente

tan vaya, no hay tal niño.

Temo me han de dar siempre

carne monda, y

pues más mi loba crece,

no porfío más con vos,

porque conozco que llueven

maderuelos a mis espaldas,

que de seguro os defiende.

Perucho.

Ágata con Dios quedado,

a Dios, Catania la fértil.

Ginés.

Ágata no me repares,

mas mal mi culpa merece.

Vanse.

Entra Euticia sola llorando.

Euticia.

Lucía de mi Dios, yo bien quise

como a ti, doncella, no enojara

que contigo el amor se declarara

y la lealtad el corazón venciese

mas si permisión es que se pise

Pascasio presidente, cosa rara

que el mismo Apolo a su tremenda vara

se asombre con rigor, llueva y granice

¡ay Lucía!, mis llantos son doblados

pues soy sin ti dos veces ya viuda

y por ir contigo, yo me pierdo

¡ay hija de mi vida y mi cuidado!

vuelve a verme, Dios me ayuda

pues es padre de todos, santo y cuerdo

a pasar sentir este encargo tales

lloro y digo que nuevo mal me asalte

Pag. 17

Entra Pascacio, Canisio, el verdugo que trae a Lucía las manos atadas atrás, y con ella donzellas, y algunas guardas de acompañamiento con alabardas.

Doncellas.

Al gran señor Pascacio

donzellas en estos amagos

que donaros muy de nuevo

Lucía.

Cierra traydora los labios.

Pascasio.

¿Al presidente respondes?

Canisio.

¡Eso importa!

Lucía.

Esposo santo,

aquí vuestro auxilio imploro,

contra traydores tan varios,

vuestro favor, Jesús mío.

Pascasio.

Ofreced sacrificio a los altos

dioses, hermosa Lucía.

Canisio.

Obedeced a Pascacio

si pretendéis libertad.

Lucía.

Un sacrificio muy grato

tengo hecho a mi poder,

pues quedan mis remedios

con lo más de mi hacienda

y si más diere en faltando

he de ofrecerle mi vida

con mil divinos aplausos

Pascasio.

¿Y ese Dios a quien adoráis

es aquel de los cristianos

que murió en Jerusalén?

Lucía.

Ese mismo que aquí entráis.

Pascasio.

¿Pues cómo se compadece

morir y ser Dios?

Lucía.

Bien claro,

pues carne humana tomó

por redimir los agravios

del hombre, en Adán dispuestos,

comió del fruto vedado

y pecando él, a Dios

nos vino a dejar esclavos

de la culpa, en fin vio

nuestra desgracia y aunque basto,

viose en un pesebre humilde

llorar de su amor cautivo

niño del tierno llorando

quien nos viera era un pasmo

verse envuelto en humildes paños

y en un pesebre, en Belén,

o mi Dios, o infante sacro,

Pascasio.

Muchas razones sueltas.

Canisio.

Para tal rapaza, cuando

se vio responder tan libre

y moza de tan tiernos años.

Lucía.

Jesuchristo por su boca

dijo en su evangelio santo

que al justo daría razones

y su Espíritu santo

delante de los jueces.

Pascasio.

¿Luego el Espíritu Santo

está en ti?

Lucía.

Morada habita

en los que le admiten castos,

pues son su templo precioso.

Pascasio.

Pues yo quiero ver si alcanzo

a sacarle de tu pecho,

al lupanar al momento enviadla,

llevadla.

Pag. 18

Lucía.

Y a la casa deshonesta,

si allí mis intentos castos

por fuerza fueren rendidos,

de dos palmas son mis lauros:

uno de la castidad,

otro del injusto agravio.

Pascasio.

Si mofas son las obras,

¿qué me detengo, qué aguardo?

Llevadla por fuerza todos.

Asen todos de ella, menos el Pascasio, y está Lucía inmóvil.

Guardas.

No hay moverla, más que a un mármol.

Canisio.

Parece roca.

Pascasio.

Más bronce.

Dime, Lucía, ¿qué es esto?

¿Inmóvil hechicería?

Lucía.

Dios, que omnipotente y santo,

pesa más que cielo y tierra,

y como asiste en mi amparo,

que es en balde lo que hacéis.

Pascasio.

Aguardad, que de este basto

bueyes echad las maromas.

Miran adentro.

Sale el verdugo de dentro, una maroma, y pónela a Lucía por el cuerpo.

Verdugo.

Su cuerpo vil te he atado.

Pascasio.

Tirad.

En voz.

Canisio.

¡Aguija, pardillo!

¡a Garrucho!

que es menealla

menear la antigua torre

de Babilonia.

Miran adentro.

Pascasio.

Pues mando

que en este cóncavo sitio,

de este contorno, llegando

alrededor pez y leña,

la den fuego a los dos lados;

que si libra del fuego,

porque ya ven,

una espada le atraviese

por el cuello,

sin tardarlo.

Canisio.

Haráse como lo ordenas.

Verdugo.

Porque mueran los bravos

ímpetus de esta

ciega a los propios y extraños,

si mis aceros vibráis

o no parten su duro cuello,

yo se lo cortaré, pero

aguardo.

Lucía.

¡Ay Jesús, qué bien os veo,

pues por amante gallardo,

me distis dos nuevos ojos,

con que os miro por ser claros!

Vanse, y llevan a Lucía.

Entran Perucho y Ginés.

Ginés.

Que a tal ocasión llegamos,

y aun dicen que fuerte sufre

mil vituperios bastardos.

Perucho.

Vamos los dos, que de ronda

a ver en qué para el caso,

que es una santa mujer.

Ginés.

Y fiero verla cuando

la diesen a muerte, al martirio

se han de ver prodigios varios.

Perucho.

Bien dicen que no da Dios

un dulce sin punta de agrio.

Volvamos a Zaragoza,

gozosos y alborozados,

y al primer paso,

nos olvide el cansancio.

Pag. 19

Entra Rufo descalzo con unas malvas, y unas lentejas en un plato

Siéntase a mondarlas

Rufo.

Si de las culpas dan quejas

la verdad y la razón,

Rufo, mondad sin pasión

las malvas y las lentejas.

Las lentejas ya son mías,

don Albio quiere las malvas;

a fe que han de andar las calvas

sin trones ni fantasías.

¿Qué os parece, cuerpo vil,

a los que traen los pelados?

Traen tantos nabos asados,

tanta escarola y perejil,

tanta hierba, tanto cardo,

de noche, tarde y mañana;

a fe que agora sí gana

la salsa de San Bernardo.

Antiyer comí un mendrugo

más duro que un pedernal,

remojado en agua, ¡ay tal!

después de tanto besugo.

Tanta trucha, tanto pez,

mas responde, cuerpo injusto,

que me engañe con el gusto

no más engaños de esta vez.

Entra don Albio alborotado y llorando

Don Albio.

¡Rufo de los ojos míos!

Si vieseis lo que hay de nuevo

Rufo.

¿Hase quebrado algún huevo?

Don Albio.

Que braman los castos bríos

de Lucía.

Rufo.

¿Cómo ansí?

Don Albio.

Llévanla a degollar,

yo mismo la vi sacar,

y al punto me ensordecí.

Rufo.

¿Quieres que vamos a verla?

Disfracémonos los dos.

Don Albio.

Que es una de Dios

una esmeralda, una perla.

Rufo.

Y si por nuestra ventura

la viésemos al morir,

llegaréme a despedir.

Don Albio.

Daremos la sepultura.

Rufo.

Vamos muy enhorabuena,

mas ponte los zapatos,

que de las guijas a ratos

tengo los pies de arena.

Don Albio.

Tan castos os penitentes,

que apenas puedo dar paso,

si en Dios los favores sientes.

Vase

Pag. 20

— entran los dos pobres, Ginés y Perucho, llorando y pónense de rodillas a los dos.

Pobre 1.º.

Madre nuestra, ¿qué es aquesto?

Pobre 2.º.

Madre, ¿qué ansias crecidas

muestras?

Lucía.

Morir, hermanos.

Perucho.

¡Ay, cielos, y qué desdicha!

Ginés.

En perder tan gran prenda,

el corazón se hace agua.

— entran D. Albio y Rufo disfrazados llorando, don Albio con su pañizuelo y hace lo mismo.

— bésanle la mano

Don Albio.

Lucía de mis entrañas.

Rufo.

Señora mía,

Don Albio.

Don Albio que ofendía, don Albio.

Lucía.

Rufo, penitencia y vida buena.

Pobres.

Señora que vais al cielo

pues nos olvidan

los ricos, de tanto pobre.

Lucía.

Ya, cielos, ya se anima

con mi martirio y mi sangre y con mi muerte

mi Jesús, con que pronostica

que presto tendrá la Iglesia

nueva paz, que en breve de días

morirán los que la infaman.

Jesús, en tus manos dignas y pías

Ginés.

¡Ay, que se muere!

muere en sus brazos

Lucía.

Te encomiendo

mi espíritu.

Don Albio.

Dio la vida.

Saque entrando por los cielos.

Pag. 21

Pobre 1.º.

La goza en eternas sillas

logrados bien, tiernos años

Pobre 2.º.

cumplirá la profecía

que los justos que en Dios mueren

hablan verdades divinas.

Rufo.

Juntos a enterrarla vamos.

Don Albio.

Mis ojos tiernos suspiran

entierro la demos

con mil guirnaldas floridas.

Perucho.

Por mi abogada la escojo.

Ginés.

Por mi patrona la envidia

Catania, y gran flor para Italia.

Rufo.

Yo por norte.

Don Albio.

Y por amparo

todos los fieles la elijan

pues es Lucía abogada

de los ojos y la vista.

Llévanla honesta y devotamente y vanse todos

Por un capellán de su Majestad en 21 de diciembre de mil y seiscientos y treinta y dos, día de Santo Tomás. Laus Deo.