帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Disimular es vencer. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/disimular-es-vencer.
Disimular es vencer. Comedia famosa De don Manuel Vidal Salvador. Personas. Ludovico, príncipe de Creta. Segismundo, príncipe de Tracia. Poliante, príncipe de Epiro. Lidoro, galán. Lisaura, duquesa de Calabria. Aurora, su hermana. Narcisa, dama. Nise, graciosa. Flora, dama. Clavela, dama. Girasol, gracioso. Fabio. Lidoro = Música.
Salen delante las damas con la música de las dos, que cantarán y detrás Auro- ra, y Lisaura; se vestirá el teatro con la fachada de un palacio, en el foro, en la mediación unas líneas de corre- dores de jardín con tiestos de flores y es- tatuas de mármol, y los otros bastidores de selva: Las estatuas serán de Ana- xarte, de Diana, de Dafne, de Aretu- sa con trofeos de Amor a sus pies.
Sello: Biblioteca Nacional, adquirida por el gobierno en 1863.
Cantan.
Pues ya de la beldad
es trofeo el amor,
sosiegue la luz en su mismo prodigio
y triunfe sin rayos el dulce esplendor.
Que siempre es mayor
el milagro que todos le creen
sin que le explique la acción o la voz.
Acordemente enlazáis,
al compás de la cadencia,
fragmentos de esclavitudes,
que son del amor cadena.
En esa apacible unión
donde el alma experimenta
tranquilas glorias que dicen
mucho más de lo que suenan.
(Que no se permite al brío
del valor de nuestra ciencia).
Hallo sin orden las armas
de amor, de suerte, que al verlas
sin la noticia del fuego
la ceniza las acuerda.
Ya son funestos despojos
que sagrado mármol besan,
bebiendo en la adoración
los temores de la ofrenda.
Ya aquellos que fueron yerros
dale el castigo, y los deja
hermosos, para el engaño,
feos, para la evidencia.
Ya ha cumplido nuestro garbo
el voto de la belleza
alterando de los siglos
la indigna correspondencia;
ya en eterno parasismo,
la llama de amor se asienta
ni sensitiva respira
ni trémula titubea.
Murió la deidad indigna
a quien dieron aras feas
o la obscuridad del ocio,
o el certamen de la flaqueza.
Murió; y plegue al soberano
cielo, de tantas estrellas,
que lucen sin el melindre
y brillan sin la apariencia
que no tenga vida, amén,
el rapaz, que se alimenta
de asustadas esperanzas,
y de posesiones necias.
Todo sea placer, todo
delicia, y aplauso sea
en bella tranquilidad.
Cantan.
Pues ya de la beldad
es trofeo el amor.
Siendo el sagrado intento
del trofeo consecuencia
sin que tenga el imposible,
imposible, que no venza
en su idea superior.
Cantan.
Sosiegue la luz en su mismo prodigio
y triunfe sin rayos el dulce esplendor.
Y siendo así, que vasallas
servidumbre verdadera,
sin que examinen el modo,
la maravilla confiesan;
bien será, que en sus obsequios
las atenciones defiendan
Cantan Flora y Claudia.
que siempre es mayor
el milagro que todos le creen
sin que le expliquen la acción, o la voz.
En este hermoso palacio,
fijo volumen de piedras,
que por frases tiene estatuas,
cristales tiene por letras;
viéndose en claras columnas
las bien trazadas empresas,
que Marte venció discreto
y tejió heroica Minerva;
en este admirable sitio
cuya fecunda floresta
fragancias de abril palpita,
primores de mayo alienta;
aquí, donde el mar Egeo
espumosamente acerca
laberintos de coral,
blancos enigmas de perlas;
viendo en la airosa bonanza
unidamente risueñas,
purpúreo desliz de espumas
nevado flujo de arenas;
retirada de mi corte
intento vivir; sin que esta
acción, quite a mi memoria
aquella especie primera
del gobierno, que en el alma
imprimen los que gobiernan;
que en un príncipe es tal vez
necesaria diligencia
descansar con el recreo
de la pesada tarea
del Estado; pues en tanto,
que el ánimo lisonjean
con la armoniosa delicia,
que ves en la naturaleza,
aprehende viva enseñanza
en la república amena,
persuadido a que en el vulgo
de tan afable obediencia,
donde camina el halago
a triunfar de la aspereza
con las armas del perfume;
si alguna planta soberbia
madruga a ambición florida
tierna, vanidad despierta,
hay cierzo que la castiga
cuando hay Céfiro, que premia
a la proporción humilde
de la angustiada terneza,
y conociendo el derecho
de la máxima, que prueba,
que no es negar el comando
el suspender la asistencia
por algún tiempo a fin solo
de cobrar mayores fuerzas,
para razones de Estado
que el tiempo y la ley enseñan;
aquí intento divertirme.
con la caza, porque vean
los príncipes, que discurren
las artes de la fineza,
(como si a lo artificioso,
mi natural se venciera)
que yo, acordando preceptos
de Diana vuelo diestra
flechas, que empulgan suspensos.
De la adulación suave,
que a sus cuidados confiesan;
(como si engaños nocivos
mi justo rigor creyera)
triunfaré, siempre constante
desvaneciendo su idea
porque antes, que sus delirios
mis contradicciones sepan,
encargando el pedernal
al poder de mi destreza
y afianzando la victoria
en la razón de quererla
ricos troncos, fieras que
responderán en la selva:
que es mi imperio el más glorioso;
pues apenas toque, apenas
llegue el pedernal al hierro
que llama industriosa acierta;
cuando golpe, fuego, estrago,
incendio, ruina y violencia
tan a un tiempo se produzcan
en la refracción severa,
que aun no se vea el amago
cuando el destrozo se vea;
y equivocando los oídos
y oídos, no se discierna
si son canoras las llamas
si son las plumas violentas
si son las fieras inmobles,
si son fuentes las peñas;
y que humo, ascenso, gemido,
vuelo, caída, fiereza,
Vesubio, fuga, suspiro,
declinación, eco, fuerza
concierten, unan, y mezclen
riscos, mares, aves, y fieras.
En este noble ejercicio
y el de la música tierna,
que con tanta propiedad
estudian Flora, y Laureta
disuadiré entretenida
la amorosa impertinencia
de Segismundo, y Poliarco
príncipes que desempeñan
con galas, y con festines
el fasto de su grandeza:
Mas mi condición le guarda
a sus acciones opuesta,
cuando ellos más empeñados
sus lucimientos afectan
más les aborrezco, y era
desaire, que entre las fiestas
y juegos, cada acción suya
la contemple como ajena;
sin que me obligue a dudarlo
el motivo de saberla,
que cuando lo soberano
desluce reverencia
no tiene el humano aliento,
modo de copiar su ciencia
sin que antes de ser imagen
como nube se disuelva
pareciendo desengaño
antes que altivez parezca
y sobrando a mi discurso
tanta majestad interna
que compone al corazón
del dosel de la modestia
dije que sin el peligro
de injustas frases groseras
de amor, sabré vencer
Oye.
Lisaura, escúchame atenta
suceso con que te admires,
y supuesto que me acuerdas
debe rigor castigado
la sobornada advertencia
aunque rompa a su discurso
el hilo, que en lindas hebras
devana, sin artificio
la voz de tu inteligencia
te referiré de un mudo
accidente, la dispuesta
claridad, donde se vio
tirana la contingencia,
cuando quiso esta mañana
beber el agua halagüeña
en búcaro de la rosa,
dulce grana soñolienta,
melindre en cáliz dorado,
en vaso de espina néctar,
cuando sacudiendo el viento
el manto de la tiniebla
subieron los arreboles,
y bajaron las estrellas,
siendo en igual movimiento
bien que en acciones diversas
las sombras, desmayos vivos
y las luces, vidas muertas;
entré en el jardín guiada
de la afición que me lleva
a la pompa floreciente,
donde cándidos esmaltes,
tuerce arroyuelos vegetales
lazos deshojados mezcla,
al susurro argumentoso
de nunca ociosas abejas,
que ocupando varios sitios
cuantas parecen, inquietas
que tal vez desde la rosa
corriendo a las azucenas,
con la púrpura, que chupan
la candidez ensangrientan;
y tal vez retrocediendo
al clavel de la mosqueta,
con los copos, que atesoran,
encendido el carmín nievan;
movía el aura apacible
las espumas lisonjeras
y en el blando movimiento
de la escarchada madeja
servía de adorno fácil
la esmeralda de las yerbas
por esta cuerda de plata
que amante el céfiro templa
sobre la cítara grave
de la olorosa vereda
donde es cada flor un eco,
cada ramo una cadencia,
cada tronco es arco verde,
traste duro es cada peña;
comencé a seguir, gustosa,
la cultura de una senda,
variable cinta de flores,
tan primorosa, tan bella,
que si, como dicen muchos,
hubiera amor, bien pudiera,
para ser lince, tejer
de esta cinta su venda.
Llegué por este distrito,
verde compás de violetas,
que, extendiéndose en estatua,
varios círculos gira
a lo último del segundo
jardín, por donde se eleva
aquella monstruosa roca,
cita estable destas selvas
que por oficios distintos
sus prodigios manifiesta.
Dígalo, al ver esmaltada
de lentiscos su diadema,
coronarse de aves dulces
el aire de la cimera.
Dígalo, al mirar su cuerpo
vestido de errantes hiedras,
trémulamente batir
racimos de frutas negras.
Dígalo el abrir su pecho
en una rústica cueva,
por donde el aire suspira,
por donde el risco bosteza.
Y dígalo... Pero aquí
poco segura mi lengua,
en vez de encontrar palabras
con los temores encuentra.
¡Oh, nunca, enemigo acaso,
prueba de mi aliento hicieras!
Viendo que la roca escupe
dos cristalinas sirenas,
de sediento labio hechizos,
armonías lisonjeras,
que en sonoro metro ajustan
la sombra que representan.
Reparé en unos fragmentos
de mármol, que el tiempo deja
para estudioso embeleco
de aquel que los interpreta;
y desenterrando un trozo
de la ambición de la arena,
que concibe las ruinas
para guardar las ofensas,
leí, que decía el mármol:
"Amor oculto". Y apenas
del accidente ofendida,
aunque no de la influencia,
se aseguraron mis ojos
de la noticia primera,
cuando al muerto basilisco,
que escupe el horror en letras,
pisé airada, o culpé esquiva,
porque no quedase seña
de la impresión maliciosa,
de la rasgada dureza;
y aunque ya había olvidado
este suceso (que es tema
de lo soberano hacer
olvido en sus conveniencias),
tú, con esas repugnancias,
hermana, otra vez le acuerdas;
y el referirle no es
porque los rigores temas
de amor, deidad fementida,
que los lozanos veneran;
sino para que conozcas,
Lisura, para que entiendas,
que son luces nuestras glorias,
que la esperanza es incierta,
que amor es mentira humilde,
y sus acciones son quimeras;
su dominio el más tirano,
sus leyes las más violentas,
y que sola la esquivez
vence, vive, triunfa y reina.
La esquivez triunfe de todos.
La crueldad hermosa venza.
Triunfe y reine mi rigor.
Viva nuestra majestad.
Cantan.
Pues ya de la beldad
es trofeo el amor.
Repiten.
Pues ya de la beldad
es trofeo el amor.
Sale Segismundo.
Sirenas artificiosas,
que para aumentar mis penas
os llamáis como sirenas,
desestimáis como hermosas,
no siempre tan rigurosas
estrenéis vuestro valor;
pues defiende mi dolor
a estudios de la crueldad
que es de vuestra beldad
trofeo humilde es amor.
Segismundo, vuestra fe,
cortés, discreta y gallarda
aunque en sus obsequios arda
víctima, permita que
para gloria superior...
Se niegue la luz en su mismo prodigio
y triunfe sin rayos el dulce esplendor.
Sale Poliarco.
Descansen las luces bellas
en este cielo divino,
sin que al humano camino
le dejen errantes huellas.
Sosieguen pues las estrellas;
no se enoje su primor,
templen el celeste ardor,
que contra amantes ensayos
fueran afectos los rayos,
donde es ira el esplendor.
Poliarco, para que acudas
al templo de nuestro ser
debes creer que el no ver
es la ciencia de tus dudas.
Pues no dudo
que siempre es mayor
el milagro que todos le creen
sin que le explique la acción o la voz.
es tan fiel mi pensamiento
mi adoración tan cortés
que afirmo sin interés
la ley del conocimiento,
aprehende mi entendimiento
las luces sin opinión,
la deidad sin distinción,
y en esta fe que os consagro
soy defensor del milagro,
mas no miro vuestra acción.
tu fe gloriosa he excedido
pues en mi atento cuidado
ni la vista ha deseado
ni esperó voces mi oído
con uno y otro sentido
humano, dejé de argüir
y afirmando del lucir
el perece trascender
creo haber visto sin ver
y haber oído sin oír.
tan discretos atendéis,
tan atentos discurrís,
que oís, como que no oís
y veis como que no veis.
Es noble vuestra razón
pues en este firmamento
afirma el entendimiento
lo que duda la aprehensión.
Cante
así Lisauro, cuán impropia
mi esperanza viene a ser
desde que llegué a perder
en la campaña tu copia.
Cante
ay Aurora tu extrañeza
empiece de amor el día
mas ay, que la tiranía
es rayo de la belleza.
La caza alegre convida.
El monte llama al empleo.
Cante
Sepulte el alma el deseo.
Cante
Oculte su amor mi vida.
Vea el monte mi valor.
Mis pasos la selva escuche.
Cante
Solo con mis penas luche.
Cante
Solo venza yo a mi amor.
Pues al bosque.
a la llanura
a la selva
a la ribera.
no quede con vida fiera
Vanse
Triunfe, y viva la hermosura.
Mutación de mar con naves lejanas
Por el Cayo de la brújula
que del siciliano seno
es término, salva puedes,
Sobre este esquife pequeño
arca inquieta de los mares
llegue de mi afán al puerto.
a tierra, a tierra.
dejadme
donde mi destino regio
me trae, tan sin privilegio
que más que camino vuelo.
Yo te sigo solamente
que soy Girasol, y tengo
en su misterioso rumbo
cifrados mis movimientos.
Volved al mar.
Buen pasaje.
Vira al mar, y arrea el Cartes
promontorio conocido
velozmente caminemos.
Salen el Príncipe, Ludovico y Girasol; el Príncipe con media máscara para disfrazar su ser.
Gracias al cielo que piso
tan dichosamente el suelo
donde una estrella adoraba
examen de mis alientos.
Tan feliz navegación
es milagro de tu imperio
cuyo poder misterioso,
ha avasallado sin riesgo
con más gracias, que no vio
héroe esclarecido griego.
Las sirenas, peces dulces
que templan sus instrumentos
al aire de las espumas
y al ut, re, mi, de los remos;
pues me acuerdo, que en un golfo
si es que de golfos me acuerdo,
cuando a las dichas camino
y atrás los peligros dejo,
apenas (qué digo apenas)
al punto (es mucho momento)
luego que (mal lo persuado
que tiene leguas un luego.)
Vieron tu rostro, que solo
de esta suerte le encarezco,
y con verle tuyo, escuso
a la pintura los lejos,
e intentar su imitación
fuera hacer pincel al cielo;
apenas, o a glorias suyas
podré defender, te vieron
vestido de tantos rayos,
como de merecimientos;
creyendo que había Apolo
dejado el celeste asiento,
buscando catre de escamas
haciendo cítara al leño
salva te cantaron, mas
de suerte se embebecieron
en el hechizo admirable
de tan claros pasajeros,
que olvidadas de sus voces,
que apartadas de sus ecos,
solamente iban templando
las cuerdas del embeleso,
con que solo se acordaban
de aquello que iban siguiendo
y tú entonces encontrando
por acaso un instrumento
en la nave, que también
cargan delicias los riesgos;
músico maravilloso
empezaste a tocar, siendo
cada diferencia, imán
de todos los elementos;
¡oh, quién supiera pintar!
(mas en vano lo pretendo
que para copiar milagros
arte, le faltó al ingenio)
quien pudiera referir
el dulce acompañamiento
de aquella cifra, que solo
pudo descifrar su genio
siendo caracteres vivos
los cristales de sus dedos.
Fue su armoniosa bonanza
primer móvil halagüeño
del fiero escamado coro,
que en bulliciosos remedos
envidiaba la dulzura
sin atender al concento:
impelidas las espumas
de la eficacia del metro,
de la inquietud se llevaban
por merecer el sosiego.
El viento unido a las voces
del acorde complemento
cargando con la dulzura
se encaminaba hacia el fuego,
y este fielmente informado
de tan vago mensajero,
descendía entre las luces
disimulando el incendio;
y juzgo que más apriesa
dimos en tierra.
No atiendo
a la pintura por ser
alabanza de mi pecho;
sino porque es en tu boca
tan primoroso el gracejo,
que le añade a mis penas
la gloria del sufrimiento.
¡Ay, peregrina Lisuara,
en cuyo retrato bello
beben mis ojos el fino
hechizo de tu bosquejo!
Desde la feliz victoria
que alcanzó mi heroico aliento
sin deberle a la fortuna
lo infalible del suceso;
y desde que a Segismundo,
príncipe de Tracia, un tiempo
vencí; siendo nuestras huestes
asombros del Lilibeo:
tengo esta copia, y en ella
cifrada mi vida tengo,
con que es realidad de amor
el color del fingimiento.
Señor, asentado ya
que dejas de Creta el reino,
de tu hermana Blanca bella
al cuidado; y suponiendo
que disfrazado, y oculto
te embarcaste, y que el secreto
sabe solamente Blanca,
y que estará persuadiendo
a tus vasallos, que tú
partiste a reino extranjero
a fin de empresa, que tiene
su máxima en el silencio;
porque gozando de Calabria
llegas al fértil terreno
con intento de obligar
a Lisaura único dueño
de las grandezas de Bricia,
viene príncipe encubierto,
ocultando su poder.
¿No sabes que en este tiempo
vence más el que más gasta
aunque gaste no teniendo?
Es tan alta mi razón,
que excede a su pensamiento,
y para que la conozcas
y la guardes en tu pecho,
advirtiendo que el callarla
será acción de mi precepto,
óyeme en breve.
Ya escucho.
Sabiendo mi amor, sabiendo
mi fe, que a Lisaura cansan
los públicos galanteos
deste príncipe, que son
clarín de su lucimiento,
y que cuanto afectan más
la vienen a obligar menos;
fundándose su hermosura
en aquel principio cierto,
que solo es adoración
lo que no llega a ser ruego,
y que víctimas con humo
son delitos con incienso;
yo quiero servir callando,
y cuando calle sirviendo,
sin afectación del culto,
sin vanidad del obsequio,
fiado en las advertidas
prendas de valor, e ingenio
probar, que en lo artificioso
de tan singulares medios
disimular es vencer.
Ya a tus razones me venzo,
porque son tan poderosas,
que afirman a mi deseo,
que solo tú has de ganar,
con lo que todos perdieron.
Mas ¿no me dirás, señor,
por dónde sin senda iremos?
Sigue por esta enramada
de verdes sauces.
Dentro.
¡Un fiero
jabalí, hacia la ribera
se encamina!
¡Al bosque!
¡Al alto!
¡To, to, atajad a esta parte!
Pero adulador el viento
de venatorio concurso,
nos trae la industria en sus ecos.
Mas que dimos en Trinacria
en el páramo desierto,
donde la embustera Circe
da chocolate de ajenjos.
¡Al monte, al llano, a la selva!
Dentro.
¡Valedme, piadosos cielos,
contra una fiereza airada!
¿Qué escucho? Librarla intento,
que es mujer, según su voz,
mueven la acción de mi pecho.
Entran sacando la espada.
Vaya, tus fines seguir no puedo.
que en diciembre de marfil
dio flor, y el temor es cierzo;
ay de mí, si el jabalí
me encuentra, o si yo le encuentro,
qué será lo cierto, pues
soy cobarde, y él hambriento.
¿A dónde huiré?
Sale Llaura de caza con monterilla de plumas y arcabuz.
Si ese noble
a mi asistencia
se empeñó; qué
furioso un bruto.
Ay, Dios, este es el lance postrero
de todas mis aventuras,
señora, si yo, si el miedo,
nos perdimos, nos hallamos,
y el Príncipe, y yo, no acierto
a decirte, que mi amo
es ese que ves.
Ya veo
aquel joven que repara
de los marfiles sangrientos
el torbellino espumoso,
que valiente, que resuelto
le espera, le desafía,
y con garboso ardimiento
quitando a la ejecución
del desatino, del cuello
le cercenó la cabeza;
noble brazo, fuerte acero,
ya triunfante de su gloria
olvida este vencimiento;
ya con imperioso paso
viene llegando a este puesto.
Dime, ¿quién es este joven?
Yo estoy en notable aprieto.
Vuelve a salir Ludovico envainando la espada.
Girasol.
¿Vos sois Girasol?
¿Qué veo?
¿No es este el original
del retrato, que venero?
Cielos, si hay dulces encantos
permitidme el poseerlos.
Os turbasteis, ay de mí,
turbada de verle quedo,
no vi tan hermoso joven,
sino es ilusión creo,
que Príncipe de estas selvas
este es el galán de Venus.
Con tal atención se miran,
que según experimento
los dos en sus almas buscan
al amor por parentesco.
¿No me respondes? ¿No hablas?
Aparte.
Harto os respondo, supuesto,
que no miro de cobarde,
las luces que reverencio.
Si esta será la Duquesa
de Calabria.
Dentro Lidoro.
¡Oh, monteros,
llegad, que fue de este risco
tras su Alteza!
Verdadero es mi discurso, pues ya
me confirman lo que pienso
dichas a espacio, no sea
confusión el orden vuestro.
Dentro.
Sin duda triunfó del bruto
su alteza; pues aquí advierto
muerto el despojo.
Admirable fue vuestra acción.
No pretendo
decirla; y a no haber sido
vuestros divinos luceros
los que vieron el estrago,
y a mi valor influyeron,
le callara por humilde.
¿Qué escucho? ¿Que tan pequeño
fue este trofeo, que vos
le callarais?
Yo no tengo
por triunfo aquel que se sabe
por la voz del que le ha hecho.
¿Tan poco puede importaros
el que se sepa?
Yo entiendo,
que nunca sabré decirlo,
aunque estudie el proponerlo.
¡Bien califica su sangre
con tan nobles argumentos!
¡Qué valor tan cortesano!
¡Qué espíritu tan discreto!
Decidme, ¿quién sois?
Un noble
peregrino, que saliendo
a esta playa, cumplió el voto
en las aras de su templo.
¿Noble sois?
¿Cómo podré
negaros lo que concedo,
cuando con voces de humilde
explico acciones de atento?
En ese palacio os pido
que os quedéis, porque pretendo
agradeceros acción,
que calláis y que yo aprecio.
Si he de serviros sabré
que he de quedarme atendiendo,
pues honran la servidumbre
conocer el rendimiento.
Ya dimos en un palacio,
e imagino que hallaremos
para una comedia, todo
lo que se mande al ingenio.
Dentro.
¡Busquémosla todas, hola,
ah del bosque!
Seguid luego
mis pasos, mas con cuidado,
porque mi familia...
Quedo
con la advertencia de ir siempre
callando, y obedeciendo.
Amor, ¿qué es lo que averiguo?
Corazón, ¿qué es lo que temo?
Si es Lisaura, ¡qué más dicha!
Si es tan galán, ¡qué más riesgo!
¡Oh, acaso maravilloso!
¡Oh, dulcísimo embeleso!
¿Me vencéis?
Vos sois mi luz.
¿Me dejáis?
Os voy siguiendo.
Pues adiós.
El cielo os guarde.
Vase.
Quisiera guardar dos cielos.
¡Válgate Dios, por acaso
qué cuidados has dispuesto!
¡O válgame mi esquivez,
o sea como yo quiero!
Vase.
Disimular y vencer
es de mi amor argumento;
guarde el mismo Cupido,
que yo soy quien lo defiendo.
Vase.
Callar, que este es Ludovico
y es la obligación que tengo.
¡Plegue al cielo no me maten
los flatos de este secreto!
Sale Segismundo.
Tirana razón que nunca
a mi pena le concedes
una luz con que se alivie
la esperanza de entenderte.
Sale por otra parte Poliarco sin verse uno a otro.
Excelso sacro motivo
que a mi adoración previene
por rumbos de inapeable
intenciones de prudente.
Permite a mi ingenuidad,
noble precio, que liberte
el temor con que te sirve
quien motiva en lo que hierre.
Déjale a mi pensamiento
reflexión con que gobierne
en estado de servirte
el modo de obedecerte.
Árboles en cuyas ramas,
que son del abril pinceles,
retoca el aura apacible
ojos blancos, sombras verdes.
Flores de cuyas caricias,
en que el céfiro enmudece,
sedientos rayos atraen
la respiración que beben.
Decid a Laura.
A Aurora decidla.
Que pues no siente mis penas
que pues mis males
son lisonja de sus sienes
Me olvide sin la memoria
de aquello que olvidar quiere.
Me desprecie sin que estudie
la ciencia con que desprecie.
¡Ay, rigor!
¡Ay, tiranía!
¡Ay, crueldad!
¡Ay, dura suerte!
Troncos.
Flores.
Auras.
Aves.
Fieras.
Bosques.
Ríos.
Fuentes.
Decidme si amor.
Aquí veo a Poliarco, que viene
con afectos de imitarme
las ansias de suspenderme.
Aquí, emulando mis sustos,
Segismundo compadece
en un los dos castigos
en una expresión dos leyes.
¿Poliarco?
¿Segismundo?
Aunque mis penas crueles
en la escuela del desvío
no se explican, y se entienden.
Aunque mis pesares mudos
que candados de oro tienen
con la noticia que callan
su mismo silencio encienden.
Quiero que me atiendas.
Y tú me oirás después de atenderte.
(Aparte.)
Ya sabes cómo de Tracia
y la rica, suelo fértil
donde Palas teje espigas
donde Ceres dora mieses.
Porque en el primor confuso
del opulento tapete,
vellocinos peine el viento,
y granos los brutos siembren.
Dejé el reino sin dejarle;
pues hay razón que defiende
que queda el príncipe donde
queda el alma de sus leyes,
singularmente en el caso
que las leyes se obedecen
porque la razón las dicta
sin que el temor las esfuerce.
Vine a Calabria, traído
de una información valiente
que escribió en lámina de oro,
blando carmín, tierna nieve;
un retrato de Lisaura,
mas aquí el labio enmudece;
pues el Príncipe de Creta
(que no me acuerde
de su dicha...) en la victoria
que de un ejército ardiente
alcanzó en las sicilianas
playas, pudo merecerle
a un orden militar,
y aun a mí, que también suelen
celebrándose los triunfos
culparse los accidentes;
vi un retrato de Lisaura
y supuesto que le viere
no me arguya lo que quise,
o niégame lo que quieres;
o cómo miente en sus glorias
el que dice altivamente,
que no hay retratos, que sean
luces del amor perennes;
que esta ardiente hidropesía
de los ojos alimenten
siendo así, que los afectos
humanos, se animan siempre
por la acorde simpatía
de causas equivalentes,
que, contextamente responden
a las que internas suceden;
y siendo que es en su idea,
la pintura, un alma breve,
que insensiblemente llama
a la perfección que tiene;
no se dude, que la muda
armonía hermosa, suene
en los retiros del alma
y sus potencias despierte
con que en la opinión valida
de mis estudios corteses
donde se defiende todo
aquello, que no se aprehende
encendidos son los colores,
y flechas son los pinceles:
llegué, antes, que tú llegares
y vine antes, que vinieses
sin que en esta diligencia
más felicidad encuentre
que, el haberme anticipado
a la gloria de vencerme;
pues Laura siempre esquiva
como siempre hermosa, que este
afecto de despreciar
es de la beldad afeite.
Sorda a las proposiciones
del senado, que pretende
que tome estado se indigna
de tal modo, de tal suerte
que aun no le deja a mi pecho
los alientos con que teme;
que es su aversión contra amor
tan poderosa, tan fuerte,
que si algo siente, es sentir
que en las prisiones crueles,
de amor, el silencio avive
los cuidados del que siente,
o supremas tiranías
o sagradas esquiveces,
que aun no queréis, que el que calla
muera de lo que padece,
es riesgo en vuestro descuido
el eco, que no se atiende
es peligro en vuestro hielo
la llama que no trasciende
es delito en lo infelice
morirse de no atreverse
el imposible no vive
fuera de lo dependiente.
Sin que para conservarse
necesite de exponerse?
Pues como de vuestras iras
hay ejemplares, que asusten
cuidados para el castigo,
faltándolos, que se arriesguen
suspended vuestra justicia,
que si hay quien rigor merece,
Corrientes imaginados,
atrevidos delincuentes,
dejad; mas perdona, amigo,
que de mi pasión me lleve,
excusando a tu atención
discursos más excelentes:
y más cuando las deidades
o nada quieren, o quieren,
que no estrague a los castigos
la pena del que los cuente.
Oigo pues que un forastero
noble, según me refieren,
y discreto, que son partes
las más dignas de saberse,
con primores de galán,
que lo es mucho (no se atreve
mi grandeza a imaginar
que sea mi opuesto, mas siente
el corazón unos sustos
que imaginados me vencen),
este galán peregrino
de quien el ingenio tiene
para efectos de envidiarle
la causa de conocerle,
libró del riesgo a Lisaura
cuando la fiera inclemente
siguió su beldad, siguiendo
el destino de su muerte;
a esto se añade el que todas,
y aun dice Aurora...
Suspende,
nombrándome a esa deidad,
el juicio, con que piense
que hay quien venturoso obliga,
cuando hay quien amante ofende;
bien sabes, que desde Cnido,
Reino mío, en que mantienen
sin el hado, y la fortuna,
derecho, y quietud las gentes;
pues torpe civilidad
contra oráculos fieles,
cuando hay razón, que regule
quieren hado, que gobierne.
Aunque los salobres vidrios
cuya inquietud transparente
sirve de desliz undoso
al pino que el viento mueve;
apure Nao al terreno
del flujo desobediente
sudando la brea, todo
el licor, que el leño bebe;
vine a este Reino, informado
solo de las esquiveces
de Aurora, y Lisaura; mira
cuánto a mi atención se debe;
pues siendo la fama voz
por quien se deja, o se emprende
el intento soberano,
hollando el inconveniente,
busqué el rigor, aparentando
la fama de sus desdenes;
raros caminos amor
a los humanos ofrece;
a unos, las crueldades guían,
a otros, los favores pierden;
cuál lleva al temor por norte,
y con este no se duerme;
cuál del gusto se acompaña,
y con el disgusto vuelve;
unos en el mayor riesgo
su mayor gloria establecen;
otros fundan su desdicha
en la dicha que poseen.
Dígalo Ulises triunfando
del engañoso deleite,
de las sirenas que halagan
y para el daño suspenden.
Dígalo Adonis, que en lazos
de una porción alegre,
que encadenaba las dichas
sin golpe de los vaivenes,
rompió el vínculo amoroso
al precepto desta suerte.
Llegué a Calabria, vi a Aurora
y tan indistintamente
fui a amarla, que podré,
sin que el rendimiento afecte,
dudar si amé su hermosura
antes que la conociere;
que hay tan altas perfecciones
que acaso de ver sucede
llevarse el entendimiento
de la razón de vencerse,
sin aguardar que la vista
los rayos experimente;
yo la idolatro constante;
ella esquiva me aborrece;
su altar, mi atención frecuenta;
su ingratitud la divierte;
el holocausto del voto
en ceniza se resuelve;
y todo en fin es morir;
ahora considera, advierte
que en caso que el peregrino
los favores mereciese
de Aurora (que en su crueldad
imposible es que se pruebe),
opuesto, airado, enemigo,
sabré dar muerte.
Sale Lisaura.
¿Qué muerte
es la que aquí previenes?
Presto habladme, respondedme.
Aparte.
¡Qué hubo de oír mis enojos,
aun antes que los dijese!
Aparte.
¡Si hay quien intentos castiga,
cómo hay quien iras intente!
Aparte.
¡Oh cómo imagina el alma,
alguna crueldad aleve
contra el noble forastero!
Mas yo sabré defenderle.
¿Qué os suspendéis?, ¿qué os turbáis?
¿Y quién no llegó a suspenderse
viendo fulminar a un cielo?
tantos rayos que parece
que aliviando los estragos
bellos, los amagos hieren?
¿Pues qué odio, qué enemistad
pronuncias?
Aquí advierte
con la fuerza del engaño
el cuidado de valerme.
Conociendo vuestra alteza
que en este alcázar no pueden
tener nombre los peligros
ni voces los contingentes,
creerá que no podrá haber
fuerzas tan perceptivas
que le quiten al sosiego
la felicidad que tiene;
esto supuesto, y que aquí
el amor no se comprende,
y que nunca fue el nombrarlo
costumbre de suponerle;
digo, que si por acaso
(que es imposible luciente)
en estas sacras esferas
el amor se introdujese,
yo le diera muerte.
Bien se disculpa, pues conviene
con la observancia precisa
la malicia indiferente.
Esa es razón, que sin otra
reflexión, ha de saberse;
mas debéis medir las voces
siquiera por lo que suenen.
Desta segunda advertencia
tendré el precepto presente.
Aparte.
¡Ay adorada enemiga!
¡Ay crueldad constante siempre!
¡Ay peregrino gallardo,
de cuya prenda valiente
sin la vana explicación
grandeza oculta se infiere!
Mas todos, por esta calle
de venerados laureles,
que no consintieron rayos,
por ser almas de esquiveces,
van llegando a los jardines
donde primorosamente
la música y los discursos
estudios del alma premien.
Salen todas las damas por una parte, y por otra Ludovico y Girasol.
El ingenio y la armonía
compitan en el jardín
porque enlace el entender
los primores del oír;
llegad, venid,
pues en dulce lid
será el proponer
para acorde escuchar, misterioso decir.
Llevando al compás el aura
sobre rasgos de claveles
cuantos ecos se oyen fieles
son obsequios de Laura.
La música en este día
ejecute sus primores,
cuando parecen las flores
blanduras de la armonía.
A Girasol.
Acuérdate de llamarme
Carlos y no Ludovico.
Es retórica mi pico,
y recelo equivocarme.
Pues cuidado y atención,
que importa mucho.
Di, pues, ¿por qué ha de ser Carlos?
Es nombre de mi corazón.
El músico diestro y fino
para este caso muy bien.
¿Quién es el músico?
¿Quién? Es Carlos, el peregrino.
Señora, yo no he estudiado
semejante habilidad.
No nos niegues la verdad
que nos dijo tu criado.
¿Cómo tus razones locas
a tal engaño adelantas?
Yo no las dije que cantas,
pero las dije que tocas.
Tu necedad corregida
advierta que nunca yo...
Aparte.
En todo disimulo
su idea tengo entendida.
Carlos, porque desengañe
la introducida aprehensión,
te pido en esta ocasión
que a la música acompañe
como sepas.
Ya traemos
instrumento, que ha pulsado
entre otros.
¿Quién te ha informado?
De Girasol lo sabemos.
Aparte.
Siempre a Carlos miro opuesto
sin alcanzar la razón.
Si conozco oposición
a morir estoy dispuesto.
Flora y Clavela, empezad
a cantar, porque entretanto
que durare vuestro canto
oigamos su habilidad.
Estará prevenido un clavicordio con su taburete donde se pondrá Ludovico empezando a tocar; y se irán sentando las damas y los príncipes en forma de academia, Flora y Clavela junto a Ludovico, que tocará antes que canten lo que quisiere para manifestar al- gún rasgo de su destreza y después ha- blará Lidaura.
¡Qué suavidad, qué destreza!
¡Qué suspensión, qué armonía!
¡Qué hechizo, qué melodía!
¡Qué unión, qué delicadeza!
Tal encanto nunca oí.
No escuché tal embeleso.
Qué me pasmo te confieso.
Yo quedo fuera de mí.
Canta.
En las selvas de Trinacria
Orfeo los riscos mueve
sacando de lo insensible
admiraciones oyentes.
Feliz quien llegue
a escuchar lo que obliga
con lo que hiere.
Canta.
La nieve que al Etna altivo
monstruo de llamas guarnece
al número de las voces
fogosa lengua desciende.
Feliz quien llegue
a escuchar lo que obliga
con lo que hiere.
Canta.
Los resabios que vomita
funesto el labio, terrestres
si espumas de fuego suben
bajan cenizas de nieve.
Feliz quien llegue
a escuchar lo que obliga
con lo que hiere.
Canta.
Las vegetales coronas
que rizan penachos verdes
a cada voz que reciben
muchas raíces desprenden.
Feliz quien llegue
a escuchar lo que obliga
con lo que hiere.
En la acorde suspensión
calma su ambición el viento
cuando se ha oído concento
que enfrenase a la ambición.
Mayor gloria que Anfión
Carlos lleva en sus acciones
pues sin las oposiciones
de fríos peñascos duros
si Anfión dio a Tebas muros
tú arrastras los corazones.
Ese tierno suspender,
ese blando prevenir,
con que logra el repetir
la gloria de detener,
es milagro de tu ser;
yo lo confieso, y lo creo;
pues si en el gallardo empleo
te oyera Orfeo, no hay duda
que como obediencia muda
te fuera siguiendo Orfeo.
(Aparte)
Con el afecto embestido
todo mi sosiego acaba,
cielos; pues no me bastaba
la pena de cuidadoso.
(Aparte)
Mi desdicha se afianza
en lo que reparo aquí;
qué más muerte para mí
que oír tan justa alabanza.
En esta egregia esfera
donde el sol puede copiar
los siglos, de iluminar
cuantos orbes reverbera,
mi mano no se atreviera
sin precepto superior
a tocar; que, en rigor,
la letra, que fiel comento
me dice en este instrumento
música enseña el amor.
Hace que lee en la tapa del clavicordio.
Aparte.
Él disimula de suerte,
que aun en todo lo que calla
mi entendimiento avasalla,
y sus razones me advierte:
música enseña el amor;
Carlos, te dice esa letra,
y aunque tu ingenio penetra
la dificultad mayor,
la comentarás mejor,
con tu juicio singular,
diciendo para ajustar
los rayos de nuestro ser,
que este es amor de saber
pero no ciencia de amar.
Milagro es de la deidad
que sea en celeste asiento
amor del entendimiento,
ciencia de la voluntad.
Con la unida majestad
de tan clara permanencia,
se asegura nuestra ciencia,
llegando a especificar
que amar la ciencia es amar
lo divino de la ciencia.
Aparte.
En la academia hoy intento
un problema proponer
para que se llegue a ver
la luz del entendimiento.
En caso de decidir,
no podrá disimular;
que no es capaz el callar
de un inmenso discurrir.
Por proponer dificulto
cuál de dos es más discreto,
aquel que callando dice,
o el que se explica diciendo.
La atenta capacidad,
que en más razones se funda,
con el respeto confunde
voces de la claridad.
Inmensa dificultad
tiene el hablar a un objeto
que solo atiende al respeto,
luego, a la luz venerando,
el que se explicare hablando
vendrá a ser el más discreto.
El que al silencio se aplica
poco puede merecer,
pues es dicha el entender
al que sin hablar se explica.
Nadie al que calla replica,
porque su muda intención
no llega a ser opinión,
y si entienden su verdad,
llámese felicidad,
no se diga discreción.
Aparte.
Que hubo de ser el problema
tan a mi intento ajustado,
¿Qué he de temer en lo hablado,
cuando en lo callado tema?
Mi amo tendrá la diadema,
pues calla para vencer.
Sin hablar pretendo hacer
mi inteligencia segura,
que lo más, si bien se apura,
es callar y defender.
¿Suspenso, Carlos, estás?
Libra tu discurso ahora.
Entre mis voces, señora,
ningún discurso hallarás.
Él a todos contradice,
lograr el laurel pretende;
pues con la razón que entiende
dice aquello que no dice.
Viendo a Carlos tan atento,
como advertida noté,
no se puede dudar que
calla con entendimiento.
Su opinión cada uno explique
en esta dificultad,
porque a la capacidad
no el silencio califique.
Carlos, a mi proponer
no te puedes resistir;
no acertará a discurrir
a no haber de obedecer.
Explicarse sin hablar
es un retórico ver,
que le enseña al conocer
los rayos de imaginar,
ver la luz y no cegar,
persuadir sin expresión,
y expresar sin persuasión
es discurrir obligando;
luego el que dice callando
habla con más discreción.
Quien va a decir y repara
en la atención superior,
solo habla con el temor,
y esto es lo más que declara.
El hablar con propiedad
a sacras inteligencias,
siempre ha tenido en las ciencias
la mayor dificultad.
El que se explica sin que hable
posible hace el imposible.
Pues se hace inteligible
la razón de inexplicable,
es concepto inimitable,
es único, es peregrino,
del cielo esta ciencia vino,
su práctica reverencio,
que enseñar con el silencio
es magisterio divino.
Su ingenio maravilloso
no deja qué replicar; venció Carlos.
A pesar de mi cuidado envidioso.
¡Su ingenio viva!
El laurel entre todos se ha llevado.
Ver su mérito premiado
en mí es envidia cruel.
(Aparte.)
Saber pretendo quién sea
aunque me cueste un desvelo,
que no es bien que dude el cielo
pues el que duda desea.
Un sarao compondréis esta noche.
Desde luego a disponerle me entrego.
El primero me veréis de todos.
(Aparte.)
Yo, disfrazado,
con galas, que he prevenido,
he de salir más lucido,
cuanto más disimulado.
Estos previenen grandeza,
cantar, silencio pregone
o el mérito le corone,
o no calle su fineza.
(Vase.)
Voy desde luego a bullir.
(Vase.)
Camino al punto a lucir.
(Aparte.)
(Vase.)
Yo solo voy a servir,
pues nada sé de danzar;
esto dejo prevenido
que importará en la ocasión,
no por otra prevención
para no ser conocido.
(Vase.)
Mi amo como tan discreto
galas y joyas previno
para este caso, e imagino
que me mandará un secreto.
Sale Fabio.
Señora, el senado envía
a Lidoro para hablarte.
Licencia tiene.
Llegad.
Sale Lidoro.
Dejad que mi labio estampe
donde con luz y sin huellas,
vuestro abril flores atrae.
¿Qué pedís?
Vuestro senado,
que de nobles y leales
se compone, porque sea
representación más grande,
dice que en el testamento
de vuestro glorioso padre
Federico, que ya habita
alcázar de eternidades,
encuentra disposiciones
que obligan y persuaden
a que vuestra alteza tome
estado, sin que dilate
de aquella disposición
el tiempo irrecuperable;
mayormente cuando asientan
que los príncipes, que trae
la fama, monstruo ruidoso,
que por plumas, ojos bate,
a venerar vuestro celo
y adorar vuestros altares,
no se quejan de cortes,
mas se asustan de cobardes,
cifrando en el imposible
el consuelo del desaire,
y haciéndose despreciados
de vuestro rigor constante,
pareciendo que ninguno
merece vuestras piedades,
puede ser que este desprecio
en odio funesto pare;
y desgobernando el orden
de los obsequios galantes,
que introdujo la atención
con la servidumbre suave
los que ahora son sacros cultos
que la buena ley reparte,
sean después amenaza,
o violencia militar;
y más en esta ocasión
cuando los de Creta saben
por presunción (que es la ciencia
de la milicia indomable)
que el príncipe Ludovico
hollando el cuello a los mares
con lo fijo de la quilla,
y con lo móvil del lastre
llegó a Calabria encubierto
y hay quien fiero persuade
que padece riesgo; pues
no ha podido encontrar nadie
seña del príncipe, y siendo
presunción tan detestable
y de tanto consiguiente;
puede Creta repararse
con armas contra nosotros
en ocasión que no es fácil,
cuando el ocio nos emplea
que la destreza nos guarde;
esto supuesto el senado
suplica atento que trate
vuestra alteza de elegir
de los dos príncipes...
(Aparte)
Baste para representación,
lo que parece, que trae
más fuerza, en lo reprehensible,
que no en lo representable;
yo quedo con el motivo
de explorar por varias partes
de los citados, si acaso
este príncipe se hallase
seña, o presunción, y en tanto
llegase a determinarme,
en una elección que tiene
opuestas dificultades
¡ay Carlos, no sé qué alivio
de dichas accidentales
siente el alma, que presumo
tienen luz de realidades!
En el sarao pretendo,
hallarle, verle, y hablarle
por ver si alguna noticia
en sus voces encontrase.
Venid todas a empezar
el sarao.
(Van con las damas.)
En este lance,
y con la nueva advertencia
del senado es bien repare
en Carlos; pues desde que
vive prendas admirables
imaginé que en lo digno
oculta grandeza cabe.
(Vase)
Pues me permite el festín
la industria de los disfraces
procuraré, que Narcisa
suprema beldad, que añade
a la perfección, que logra
(Vase.)
la razón de sus crueldades,
repare en la buena ley
de mi atención reparable.
Este oculto ludibrio
que ya a Carlos en la imagen
impresa en su corazón,
desde que quiso nombrarse
para el fin, más soberano
su esencia, en su semejante
a este príncipe famoso,
ahora es tiempo de pintarle
en un soliloquio; pues
deseo, por diferenciarme
de otros criados, hacer
diligencia de copiarle
porque es amo, y es señor
de acciones tan singulares
que es excepción de los que
mandan, solo, porque manden;
es su entendimiento; pero
quién me mete en el examen
de discreciones, que solo
con especies celestiales
dieron al conocimiento
la obligación de admirarle.
Su aliento es tan generoso
que el bruto más arrogante
en el movimiento acorde
de corbetas, y compases
a su mano se sujeta
sin que la rienda le mande,
cuando el pedernal ajusta
con valiente maridaje
del hombre, al polo valiente
de la vista, al penetrante
oriente, encendiendo fuego
de su mano los cristales;
cantan las aves muriendo
porque es razón que las aves
muriendo al rayo de un cielo
su dicha en su muerte canten:
es tan galán, tan hermoso,
pero pues Rosa aquí sale
daré en rostro mi pintura
con lo que ella me ayudare.
Sale Rosa.
Girasol.
Rosa, en quien puso
el mayo dulces esmaltes
contra riesgos de diciembre
y contra sustos del aire.
Girasol, en cuyo genio
primorosamente caben
las chanzas con gran juicio
y con gracia las verdades:
una espero que me digas.
Pero es fuerza que me pagues
el trabajo de decirla
con la pena de mirarme,
que es mi corona.
Sale Laura.
Pues yo, siendo Laura, sabré darte
un laurel de inteligencia
en mi primavera afable.
Linda razón, tierno estilo,
las dos señoritas traen
y pudiera yo llamarlas
si me hallara en otra parte,
estrellas con que el amor
perdiera sus ceguedades.
¿Qué queréis hablarme luego,
si ha de ser fuego el hablarme?
Dinos, ¿quién es Carlos?
Dentro instrumentos.
No es la tentación muy infante
es. Mas después lo sabréis;
pues ya damas y galanes
salen al sarao, y yo
también quiero disfrazarme.
Retíranse a una parte y salen con mascarillas y hachas, damas y galanes que danzarán con la música de dos en dos.
Al compás de los astros lucientes
mudanzas se formen
porque sea primera del día
la luz de la noche.
Toma de la mano a Lisaura.
Aunque no hallo la malicia
elección entre deidades,
pues pudieran ofenderse
solo con diferenciarse,
quiero apreciar del destino
los influjos especiales.
¡Qué proporción tan garbosa!
¡Qué generoso donaire!
Si es Carlos, que no le he visto
entre todos los que salen.
Danzan Ludovico y Lisaura mientras canta la música.
Disfrazar esplendores divinos
industria es conforme,
porque vistos, los rayos le dieran
incendio a los orbes.
La atención, que se oculta cobarde,
parece más noble
suponiendo a la luz del prodigio
secretos temores.
Aunque nubes recatan hermosas
claveles acordes,
cada acción representa en silencio
del alma las voces.
Quien habla con sus acciones
poco importa que no hable.
En la nieve del respeto
mi atención llegara a abrasarse.
¡Qué ejecución tan hidalga!
¡Qué destreza tan notable!
¡Qué movimientos tan justos!
¡Qué mudanzas tan estables!
¡Qué alma, qué cuerpo, qué garbo!
¡Qué brío, qué acción, qué talle!
Dejan de danzar Ludovico y Lisaura.
Disimulando he de hacer
el vencimiento más grande;
triunfe, pues, mi entendimiento,
como no ha triunfado nadie.
Toma de la mano a Aurora y danzan.
No elijo, si reverencio
la fortuna que me cabe.
¡Ay, Carlos!, ¿quién la razón
de tu silencio alcanzare?
Al compás de los astros lucientes
mudanzas se formen.
porque sea firmeza del día
la luz de la noche.
Toma de la mano a Narsisa y danzan.
Venus y Apolo en que
logro la dicha más grande.
quisiera encontrar a Carlos
por causa de preguntarle.
Disfrazar esplendores divinos
industria es conforme
porque vistos los rayos le dieran
incendios a los orbes.
Toma de la mano a la Nise y danzan.
Mi suerte no es conocida
para ser más admirable.
Dónde estará Girasol,
que no sigue mi cuidado.
La atención que se oculta cobarde
parece más noble,
suponiendo a la luz del prodigio
secretos temores.
Toma de la mano a Lucinda y danzan.
Si danza Nise conmigo
aprenderá a ser mudable.
Respétese mi esquivez
en lo vistoso del arte.
Aunque nubes recatan hermosa
claveles acordes,
cada acción representa en silencio
del alma las voces.
Dan fin con la música haci- endo sus lazos, y se acaba la Jor- nada repitiendo todos la letra.
Jardín. Salen Aurora, y Nise.
Aurora peregrina
de quien aprehende el alba matutina
viendo la claridad de tus dos soles
templadas luces, vivos arreboles,
qué cuidado, si puede ser cuidado
el que en tu pecho su prisión ha hallado;
o para no faltar a la etiqueta
qué enigma grave, qué razón secreta
permite tu juicio
que de alguna tristeza das indicio,
si mi amistad merece verdadera
saber la causa del dolor severa
que introducir quisiste
en cielo alegre, con industria triste,
explícame la pena rigurosa
que injustamente autorizaste hermosa.
Es verdad, bella Nise,
que ni pude querer, ni querer quise,
porque sin resistencia
fue la esquivez tan propia de mi esencia,
que solo supe de ella
para el desprecio conocer albedrío
porque en los corazones
donde son los efectos, perfecciones
el mayor imposible
es poderse llevar de lo posible
quedando la deidad, y la hermosura
tanto más libre, cuanto más segura,
Oh milagro del ser, que merecemos,
ni resistimos nada, ni queremos,
que en tan divinas altas proporciones,
la voluntad no tiene propensiones,
y en el sagrado imperio
no ha cabido sacrílego albedrío;
pues donde están los bienes sin mudanza
no tiene su ejercicio la esperanza.
Este principio, Nise, que supongo
y que como evidente le propongo
deja más temeroso mi discurso
y no queda recurso
para expresar sin vergonzosas voces
ansias crueles, que permito atroces
la deidad enemiga
que al esplendor de su quietud castiga,
por el fin soberano
de saber la crueldad de lo tirano
y de que no se ignore
el precioso motivo de quien llore
cuando del tema a suspirar se rige
divinamente su equidad aflige
sin que la voluntad el susto sienta:
y en tan dura tormenta,
donde la ciencia su cuchillo ofrece
solo el entendimiento es quien padece.
Esto supuesto, yo que he permitido
saber de Carlos lo que no he sabido;
que sus prendas famosas,
sus gallardas acciones generosas,
su entendimiento, su atención, su modo
manifiestan en todo
que nació con grandeza soberana,
y a esto también se añade que mi hermana
algunas veces siente,
el que ella no le honre solamente
quitando a Carlos el feliz cuidado
de que sepa tal vez, que yo le he honrado.
La noche del sarao he presumido
que fue Carlos, quien nadie ha conocido;
aquel que con Nisaura danzó airoso,
diestro, galán, lucido, primoroso.
Pues en todo se oculta,
sus gracias manifiestas dificulta;
haciendo su juicio, que dudemos
las mismas evidencias, que tenemos.
Esto supuesto, hoy, Nise, solicito
borrar este cuidado, que permito,
tú has de ser quien serene mi cuidado
procurando saber de su criado
con ruegos, y con arte,
quién es su dueño; y si en alguna parte
alcanzares saber de su grandeza,
no te detengas, busca a mi tristeza;
mas si noticias hallas enemigas,
calla la oscuridad, nada me digas.
(Aparte)
De tu pena el motivo penetrado,
buscaré a Girasol; mas a este lado,
por donde el pecho del jardín alienta
con el vivo perfume que alimenta,
va saliendo, noticias serán vanas
las que esperan tener las dos hermanas;
pues en curioso abismo
mi ama Lisura me mandó lo mismo.
Pues a Dios, Nise mía,
Y no hay secreto, estudia tu porfía,
que el secreto en el pecho de un criado
solo dura hasta haberle preguntado.
Vase.
Sale Girasol.
Nise, a cuyo resplandor
dice que el alma ha debido
un despertador risueño
de plumas y de capillos,
tú, por quien es Girasol
tan cortesano y tan fino
que aun te sigue en el rigor
y que es lo más, que se ha seguido.
Acuérdate que en el modo
de este argumento exquisito
que de comedia no tiene
lo más que otras han tenido,
y tiene todo lo más
que tiene lo más divino;
acuérdate que los dos,
aquí los graciosos fuimos;
y ya que el amor, que siempre
fue en las comedias precepto,
tanto que el amor al uso
por las comedias se dijo;
para otro sitio se guarde;
por no ser este sitio,
hablemos como graciosos,
y cumplamos el oficio
de mormurar, que este siempre
fue de criados efecto.
Aparte.
Para saber cuanto él sepa,
no es muy malo este principio.
Girasol girasolado,
tan asolado de giras,
que ni aun se dejan oír
las ruinas de tu pico:
hablemos un rato, y vayan
descubriéndose vestigios
que oculta en polvo el secreto,
que hay pocos secretos limpios
desde que halló la confianza
al amigo del amigo;
dime una verdad, y cree
que habiéndola sabido
diré que eres verdadero.
Aparte.
Porque una verdad has dicho.
¡Ay, Carlos, que de esta vez
vas a dar en ludibrio!
Tentaciones del secreto
muchísimas he tenido,
si escapo de esta podre,
en el templo de mi arbitrio
colgar mi lengua por tabla
del naufragio que he corrido;
¿qué dices, Nise, qué pides?
Que me digas, por motivo
de pagarme lo curioso,
a precio de lo sabido,
quién es Carlos, qué fortuna,
qué calidad y qué principio tiene.
Pregunta ansiosa, y de tu razón colijo
que para algún casamiento
se espera el informe mío.
No es sino curiosidad,
y cree que, en lo que te pido,
pudieras hacerme gracia
del gracioso desperdicio de tus palabras.
Señores, ¿cuándo en comedia se ha visto
que rehúse el gracioso,
con callar lo que le han dicho?
Pero ya queda mi ingenio
disculpado y defendido,
siendo esta comedia que
ha de ir por nuevo camino,
Vanse.
y ser única en el modo
de sus efectos distintos.
Ello va a mi sufrimiento,
he ido devanando el hilo
y juzgo que sin tardanza
se ha de acabar el ovillo.
A Carlos, ¡qué dulce nombre!
a mi amo, ¡que amo tan lindo!
Aparte.
Sale Ludovico.
Nise bella,
este secreto ha nacido
con estrella de durar
hasta matarme de ahíto.
Carlos galán, noble Carlos,
o a la ocasión he perdido
cuando parece que hacía
su efecto el madurativo.
No se duda que tu prenda,
tu valor y tu juicio
en palacio se celebran,
y en tan soberano Olimpo
es justicia de premiarlo
el mérito de aplaudido.
Quien en su dicha descansa
nada ocupa su albedrío,
perdiendo, en lo presuntuoso,
la excelencia de lo digno.
El dichoso que sosiega
con lo blando del hechizo
no cree que es inconstancia
la violencia del destino.
Mas yo, Nise, que pretendo
en las dichas que recibo
hacer garboso el cuidado
con la fe de repetirlo;
cuando celebro la gloria
del aplauso con que vivo
hallo en mi desconfianza
la razón de mi castigo.
¡Qué discreto, qué cortés,
qué bizarro, qué entendido!
Mas pues Aurora y Livaura
aguardan luego mi aviso,
y yo siento el no saberlo
para poder referirlo,
fuerza es dejarle; adiós, Carlos,
que me espera en otro sitio Livaura.
Vase Nise.
El cielo te lleve a objeto tan peregrino,
mas si hacía, supe su influencia
resplandece en lo atractivo.
Girasol, déjame un rato,
que en el jardín determino
descansar con mi tristeza,
Vase.
que es el justo de un rendido.
Ya te obedezco, y protesto
que si por otro camino
hallare la atención
que de tu nombre he tenido
y llegase a confesarlo,
será por fuerza el decirlo.
Saca el retrato.
Muda representación
del original divino
en cuyas luces el sol
imita oriente más vivo.
Va caminando y reparando en las flores.
Siéntase poniendo el pie sobre el pedazo de mármol en que estará escrito Amor oculto.
Quede dormido con el retrato en la mano y sale Laura.
templada sombra en que el alma
el lucimiento ha aprendido
de adorar como quisiere
el silencio del olvido,
es tiempo, apacible copia,
es tiempo, retrato mío,
de poder decir mi amor
sin que sepan que lo digo.
Pero si acaso estas flores
que ha despertado el bullicio
desta fuente, la dijeren
a mi dueño: ¿mas qué he visto?
aquí un fragmento de mármol
que entre arena escondido
fue descubriendo sus letras
desta fuente al labio frío,
dice: Amor oculto. ¡Cielos,
qué acaso tan peregrino!
Duro corazón de hielo,
en donde el amor se ha escrito
sin duda para pisado,
más que para defendido;
sufre, que impresa en el tierno
de las flores incentivo
erizaste el cuello torpe
de tus caracteres limpios;
hollada de mi dolor
has de ser, pues has podido
decirme a mí como amante,
lo que yo amando no he dicho.
Y tu retrato, si acaso,
en las glorias que imagino,
el sueño me persuadiere
que sirven bien mis sentidos,
seas mi sagrado en tanto
que te adoro, con mi alivio.
Que en el jardín dejó a Carlos
Nise cuidadosa dijo;
y yo, que su rendimiento
aprecio como tan digno,
vengo a saber lo que quise
ignorar, por lo que él quiso
que para que las deidades
expliquen sus opresiones
permiten en lo imitado
la luz de lo atribuido,
y más cuando el corazón
que arde en el ciego abismo
de una duda, que se lleva
del estudio del designio,
viene a examinar si acaso
lo que el alma ha discurrido,
respecto de Carlos; pero
en esta parte le miro
vencido a un sueño; ¡qué grave
sería, pues le ha vencido!
Duerme, joven generoso,
descansa en fe de que asisto
al arte de tu silencio,
y al examen de tu olvido;
y si acaso alguna voz
de las que a tu sueño envío
mereciere la respuesta
que en mi aliento solicito,
respóndeme, aunque en las sombras
del sueño; pero, ¿qué he visto?
Cielos, mi copia en su mano
nuevas dudas averiguo;
y del jardín reparando
en el ameno distrito
en un mármol, leo: amor
oculto; y sobre él diviso
el pie de Carlos hollando
la explicación del delito.
Amor oculto y retrato
enseña Carlos dormido;
si sueña, explique su amor,
que no puede ser peligro
conceder con el engaño
lo que es menos concedido;
sino sueña, ¿cómo deja
que encuentren los rayos míos
honor, que aun imaginado
tiene letras de ofendido?
Mas de una vez apuremos
el sufrimiento, valido
de mi entendimiento, y sea
mi justicia, mi juicio.
Por otra parte
Aquí dice Girasol
que está Carlos; mas, ¿qué miro?
Lisaura atiende a su sueño,
ver pretendo sus designios.
Si le despierto, malogro
el sosiego de su indicio;
pues ya calla de empeñado
lo que dice de advertido.
Si esta opresión consiento,
algún desaire permito,
fabricando contingencias
en la fragua del martirio.
Descanse con el cuidado
de que duerme en este sitio,
que de esta suerte es obsequio
la decencia de dormido.
No duerma, cuando es posible
a los sagrados oídos
llegar voz, que venza el sueño
a modo de beneficio.
Mas despierte a mi advertencia.
Pero responda a mi aviso.
¡Carlos!
¡Carlos!
Aparte
¿Aquí Aurora?
ardientes iras respiro.
Levántase como despertando.
¿Quién me llama? Pero, ¡cielos!
sin duda el retrato han visto,
presumiendo en lo que callo
aun más de lo que no digo.
Señoras, si en mi respeto
descuido este sueño ha sido,
castígueme la ignorancia
que es el más atroz castigo.
Por si acaso no vio Aurora
mi retrato, determino,
callar hasta otra ocasión;
que ahora bastante motivo
me da el mármol, para hacer
culpable su desvarío.
Carlos, en cuya atención
todos han reconocido
el rigor más estudioso,
con el modo más benigno,
no te culpamos el sueño,
que es pensión con que nacimos
los vivientes, para dar
treguas al trabajo esquivo;
sí, pues lo que te culpamos,
lo que en ese mármol vimos,
que yo no quiero leer
y tú sin duda has leído;
¿cómo desde el claustro helado
de este hidrópico suspiro,
que por boca de las flores,
bebe dulzuras de vidrio?
¿Cómo desde el arenoso
caduco inestable edificio,
donde asoman las ruinas
a pedazos, derruidos,
sacaste ese mármol fiero,
insensible basilisco,
que a poder introducir
de amor el blando peligro
se atreviera a disponernos,
la eficacia de rendirnos.
¡Cómo descubre amor
oculto, y si has pretendido
callarle, manifestando,
la industria de no decirlo!
Castiga tu atrevimiento,
por celo, que en este olimpo
como verdad se castiga
el sueño del atrevido.
(Aparte.)
El mármol, que yo encontré
halló Carlos en el sitio.
Si hay acasos misteriosos
éste sin duda lo ha sido.
Castigas, Lisaura bella,
de un acaso la verdad,
y no sé qué tu deidad
pueda culparme en mi estrella.
Ese mármol en que sella
amor su oculto interés,
ese enigma, que aquí ves
ser uno de tus despojos,
fue peligro de mis ojos
y trofeo de mis pies.
Yo que nunca dificulto
las leyes de venerar,
por sendas del adorar
encontré al amor oculto;
sentí del riesgo el insulto.
Y juzgando, que podía,
sentir la violencia fría,
que en llamas se equivocaba,
con los ojos la pisaba
y con los pies la leía.
¡Qué razón tan soberana!
Qué admirable discreción.
En pública oposición
de esa noticia tan vana
se hará examen.
¿Mas qué es esto?
Qué rumor desordenado se oye.
Sale Fabio.
Señora, que el senado,
hoy, obediente, ha dispuesto,
instado de la nobleza,
segunda vez proponer
cuán importante ha de ser
que tome estado tu alteza.
Prudentes son las razones;
los motivos, declarados;
muchos príncipes llamados
de tus altas perfecciones;
y como los contradices
con tu claro entendimiento,
dicen que son infelices,
un torneo te disponen,
y con evidencia creo
que en el público torneo
a todo opuesto se oponen.
Mas ellos lo explicarán,
instados de sus desvelos.
Ay, Carlos, quieran los cielos
que tú llegues donde van
las honras que yo te envío,
que de esta suerte podría
verme tuya, siendo mía,
y ser tuyo, siendo mío.
El cielo, Carlos, testigo
dé, con tan nobles apodos,
que seas para con todos
lo que eres para conmigo.
Éste sin duda ha de ser
el caso en que me declare.
Salen Segismundo y Poliarco.
Todo mi aliento me ampara.
Aparte.
Anímame mi poder.
Viendo, señora, que afirman
que el príncipe Ludovico
(mi rabia en Carlos explico)
falta de Creta, y confirman
que en Calabria disfrazado
está, a fin de conseguir
lo que él había de decir
después de verse retado;
aguardamos tu licencia,
para fijar el cartel de desafío.
Aparte.
Por él verás que sin resistencia
viene a esta voz obediente,
porque es príncipe de brío
y a un público desafío
llega presto el que es valiente.
A Carlos mi enojo mira.
Aparte.
Si la fortuna me llama
a un asunto de la fama,
qué más gloria.
Cuando aspira mi respeto a conocer
y quien sea Carlos, facilito
la licencia, yo os permito
llamar, retar, y poner
el cartel públicamente,
con tal que aquí me advirtáis,
qué defendéis, qué retáis?
Yo que tu beldad luciente
de Venus la perfección,
y que nadie la ha igualado.
Yo que tu ingenio ha cifrado
divina la discreción.
Pues publíquese el torneo,
llegue a saberse el valor.
Corónese el vencedor.
Celebre el mundo el trofeo.
A servir, a merecer.
A obedecer, a agradar.
La hermosura ha de triunfar.
Vanse.
El ingenio ha de vencer.
Vase.
Yo disimulando intento
uno y otro defender,
y con el disfraz hacer
más garboso el vencimiento.
Salen Narcisa, y Flora, Lucinda, Rosa, y Laura, y Nive. En jardín.
En este hibleo, que fértil
lirios de Mayo explica,
con índices de azucenas
y lazos de clavelinas,
En este verde descanso,
catre del aura benigna,
donde carmines bosteza
y candideces respira.
Aquí donde los jilgueros
sus gorgeos multiplican,
creciendo en las diferencias
el gusto de la armonía.
Aquí divertir podemos
de la etiqueta precisa
el estudio inapeable
que la deidad autoriza.
Y ya que a nuestra asistencia
la diversión se permita,
sin que pueda ser descuido
el agrado de admitirla,
pregunto, para razón
de una alegre academia:
si por imposible amor
hubiera amor, ¿qué sería?
Esa pregunta es impropia
del sitio.
¿Por qué, Narcisa?
Por ser pregunta de amor.
Nada tu razón me incita,
pues la pregunta le nombra,
cuando le imposibilita.
Discurramos por las flores,
que en su fragrante armonía
no hay afectos, que supongan
influencias sensitivas.
Dices bien; y en claro metro
tierna la música diga:
Preguntar de amor la ciencia
donde es imposible amor,
es hacer soberano el discurso
y asegurar la divina razón.
El buscar la semejanza
al que siempre se negó,
es mirar del ingenio las luces
y disuadir de la llama, el horror.
Dado, pues, el imposible,
digo que el amor se explica
en el Narciso, que tuvo
tan amante simpatía,
que en el amado, y amante
fueron una cosa misma.
Explicar puede el Narciso
la amorosa propensión
pues creyó la beldad de su sombra
y la verdad de su forma olvidó.
Yo digo que es el jacinto,
pues en sus hojas publica
vegetable sentimiento
de transformación nociva.
Bien podrá ser el jacinto
de amor representación
con el ay, que enmudece su aliento
al respirar su apacible dolor.
La rosa es amor, que infunde
su fragrancia peregrina
por medio de sus arpones,
pues no falta quien afirma
que es el olor más suave,
cuantas son más sus espinas.
Dibujar puede la rosa
de amor la aljaba, pues son
para herir las espinas, arpones
pluma sutil su purpúreo primor.
Yo digo, que es la azucena,
pues cuando tierna se inclina
su influjo de oro esparce
sobre las flores que mira.
Bien, vendrá de la azucena,
la hermosura al ciego Dios,
siendo así, que es la cinta de nieve
para vendar, al que es lince de amor.
Yo digo, que es el clavel
cuya hermosa valentía
prevalece entre las flores
de suerte, que aunque compita
con los incendios del sol,
y con la inclemencia fría
del cierzo es flecha encarnada
que arco de esmeralda vibra.
Imitar debe al clavel,
Cupido en su presunción,
que el vencer con hermoso cuidado
es afectar con terneza el valor.
Es maravilla el amor
que ajena solicita
con el perezoso afán
de su inconstancia dormida
salir al tierno teatro
de los ensayos del día
cuando muere vergonzosa
sin memoria de que viva.
Descifrar la maravilla
puede de amor la ilusión,
que el nacer, para flor inconstante
y el morir, para firme rigor.
Ya que en los dulces ejemplos
de vidas vegetativas,
discurrimos el engaño
de la amante tiranía,
que en lo menos verdadero
el ingenio especifica,
razones que la razón
deja, tal vez, que las finja;
en lo racional pregunto
si hubiere amor, ¿quién sería?
Carlos.
Parece misterio responder todas unidas.
Y es que son tantas sus prendas,
tan acordes, tan divinas,
que en la razón de admirarlas
una es la voz de decirlas.
Es que su gracia, su ingenio,
su atención, su bizarría,
si pudiera haber amor,
fueran su ciencia precisa.
Qué bien decís; mas Lidoro
hacia esta parte encamina
sus pasos; callad las voces
de amor, que aunque son fingidas,
puede arriesgarse a creerlas
el que ciego llegue a oírlas.
Sale Lidoro.
Aparte.
Ídolo sacro, de luces,
de cuya esfera lucida
es llave el sol, y la aurora
puerta de diamantes fija,
¿cómo dejáis la asistencia
de la primer jerarquía,
cuando el aura y la aurora
esperan ya prevenidas
del primoroso torneo
que publicó la hidalguía
la gallarda ejecución?
Ay, bellísima Narcisa,
en cuyo culto fue siempre
mi estrella su luz esquiva.
Yo llegué a avisaros como
quien obedece, y avisa.
Aparte.
Vamos todas a la fiesta.
Pero el cuidado me guía
a saber de Giraldo
la pretendida noticia.
Vamos a lograr la tarde
con nuestra asistencia misma.
Vanse.
Narcisa, en quien el rigor
es consonancia atractiva
que suena en lo más ilustre
de las atenciones finas,
esgrime de tu esquivez
las armas nunca vencidas,
porque con mi muerte.
No; has de morir a mis iras,
porque no creas muriendo
que he de ser causa de tu dicha.
¿Aun me niegas la crueldad?
Sí, porque cuando suspiras,
castigándote cruel,
te premiara compasiva.
A mi gloria en adorarte;
Dentro instrumentos.
Yo no excuso que me sirvas;
pero te mando que calles
la pensión con que te alivias.
Mas, adiós; que ya parece,
según el aire lo indica,
que los príncipes famosos
y al palenque se encaminan.
Vase.
Siguiendo tu ingratitud,
que mis obsequios desvía,
coronará mi sosiego
el laurel de mi fatiga.
(Vase.)
(Saldrán las damas al son de instrumentos, y se pondrán en su sitio Lisaura, Aurora y las otras.)
La ejecución más diestra,
premiada ha de quedar en la palestra,
siendo el mayor laurel de sus blasones
la grandeza de nuestras atenciones.
El pecho más valiente
de vívida luz corona su frente,
y sin horror de intrépidos desmayos
triunfará con las armas de los rayos.
O quien acá los viere,
o quien su ser en su valor supiere.
Si en y ilustre esfera
Carlos igual a mi grandeza fuera.
(Al son de instrumentos saldrá Segismundo con su Padrino, que será Fabio, y vara de tornear; hará sus levas, y cortesía a Lisaura y sus damas, y se pondrá a otra parte de la valla.)
Con el arte cumplió, y con la destreza.
Podrá desempeñar a la belleza.
Mi gloria se asegura
porque siempre ha vencido la hermosura.
(Instrumentos, y sale Poliarco con su Padrino, que será Lidoro haciendo sus levas.)
Lucir pretende en el bizarro empleo.
Alma parece, que le dio el torneo.
No quedaré vencido
defendiendo al ingenio defendido.
(Instrumentos, y sale Ludovico con gala muy vistosa; armado con peto, y empresa en la celada, por Padrino traerá a Girasol.)
Si a su grandeza mi atención aplico,
este aventurero es Ludovico.
Según vibra la lanza que sujeta,
este es sin duda el Príncipe de Creta.
¡Qué garbo, qué esplendor, qué gentileza!
A Marte le ha copiado la grandeza.
¡Qué gala, qué compás, qué movimiento!
De Adonis ha cifrado el lucimiento.
¡Si fuese Carlos, cielos,
o qué dichosos fueran mis desvelos!
Con mi valor defiendo
que es el disimular estar venciendo.
Contra el aventurero
sin la fortuna, vencerá mi acero.
Esta victoria tengo afianzada,
en la dura influencia de mi espada.
(Batallan Ludovico, y Segismundo, y al último lance caerá en el suelo.)
En lo frágil de la arena
faltó el terreno a mis pies;
¿quién eres tú, que venciste
la fuerza de mi altivez?
Ahora se descubre.
Soy Ludovico de Creta,
príncipe a cuyo poder
sujeta Marte su acero
y rinde Palas su arnés.
¡Cielos!, ¿si sueño mi dicha?
¡Ay de mí, si esto soñé!
Desde hoy, príncipe, elijo gozo.
¿Iguala deidad?
Ludovico.
¿Cómo puedes, sin información fiel
de que es Ludovico, darle la mano?
Saca el retrato de Lisaura.
Porque sabré, enseñando este retrato,
vencerte segunda vez
como allá en el Lilibeo
adonde te le quité.
Yo soy testigo de todo
lo que aquí me han de creer.
Ya es fuerza que yo confiese
la verdad, que examiné,
y para reciprocar
nuestra amistad esta vez,
te pido a Blanca, tu hermana,
de cuyas prendas noté
los avisos de la fama.
Dale la mano a Lisaura.
Así llego a establecer
mi sosiego y mi fortuna.
Tuya es Blanca, y ya probé
que en soberanas empresas
disimular es vencer.
Tu idea fue la más alta.
Aurora, la mano dé a Poliarco.
Esa es fortuna
que no puedo merecer,
sin que ella me haga dichoso.
Pues ya imposible miré a Ludovico,
mi mano es esta.
Ya sin vaivén soy feliz.
Narcisa bella,
si quieres corresponder a mi fineza.
Yo admito tu atención.
¡Qué mayor bien!
Fabio y Lucinda se casen.
Gusto es el obedecer.
En bodas universales
es justo, Nise, también,
que de Girasol te acuerdes.
Tuya soy y lo seré.
Diciendo, según se infiere
de este argumento corto,
que en soberanas empresas
disimular es vencer.
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