Tras la muerte de Alberto de Austria, rey de Ungría, Bohemia y Trasilvania, su viuda Elisa queda embarazada y los magnates del reino deciden elegir como nuevo monarca a Uladislao, rey de Polonia y hermano de Casimiro, con la condición de que, si nace un hijo varón póstumo, este herede Ungría y Uladislao conserve después los otros reinos. Mientras se prepara la coronación, el noble y famoso capitán Juan Huniades, defensor de Trasilvania contra los turcos, acude a rendir obediencia y recibe gran honra, lo que despierta la envidia de Jorge Pogebracio. Poco después llega la noticia de que Elisa ha dado a luz un niño y, temiendo que Uladislao o sus partidarios puedan eliminarlo, ha huido a Alemania para ponerlo bajo la tutela del emperador Federico, llevándose además la corona sagrada. En una larga relación, Elisa explica al emperador cómo hizo jurar rey al niño en Alba Real, cómo ocultó la corona verdadera y cómo decide entregarle al pequeño para que lo proteja hasta que pueda recuperar sus derechos. Federico, aunque antes había deseado incorporar Ungría a sus estados, declara que no quiere apoderarse de un reino confiado a su tutela y promete amparar al «rey sin reino».
Entretanto, en Ungría Uladislao logra ser coronado de forma irregular con la corona del santo rey Esteban, retirada de su imagen por faltar la auténtica, y recompensa sobre todo a Juan Huniades y a sus hijos Ladislao y Matías, lo que acrecienta los resentimientos cortesanos. La reina Elisa, por su parte, rechaza casarse con Uladislao alegando que ya existe heredero legítimo y culpa al conde de Cilia de los desórdenes del reino; poco después muere de manera súbita tras una comida, en circunstancias que suscitan sospechas, aunque el texto no permite confirmar inequívocamente un crimen. El niño crece en la corte imperial bajo la vigilancia del ayo español Alberto, que le revela el peligro de seguir apartado de su reino y lo anima a huir. El emperador se niega a entregarlo a los húngaros, pues desea retener su influencia sobre Ungría; cuando el muchacho intenta escapar disfrazado de pastor, es capturado y Alberto es encarcelado. Mientras tanto, presionado por el papa y por varios príncipes cristianos, Uladislao rompe las treguas juradas con Amurates para reanudar la guerra contra el turco. Juan Huniades le advierte que quebrantar un juramento hecho sobre los Evangelios es falta gravísima, pero el rey desoye ese consejo, invade territorio otomano y acaba derrotado y muerto en batalla, castigo que la propia obra vincula a su perjurio.
Muerto Uladislao, Ungría queda de nuevo sin rey y Juan Huniades gobierna como virrey durante años, mientras Federico continúa reteniendo al joven heredero. Finalmente el muchacho obtiene su libertad y entra en posesión de su estado, honrando a Huniades por haber defendido el reino durante tanto tiempo. Sin embargo, la paz no dura. Ulrico, conde de Cilia, y Jorge Pogebracio conspiran para eliminar a los hijos de Huniades, Ladislao y Matías, cuya autoridad militar y prestigio amenazan sus aspiraciones. Rosimunda, hija de Jorge, interviene decisivamente al descubrir a Matías un papel en que se prepara el asesinato de los dos hermanos, y él le promete matrimonio en pago de su lealtad. La intriga desemboca en la muerte de Ulrico a manos de hombres de Ladislao y en un nuevo acceso de temor del joven rey, que, desconfiando de los Huniades, jura perdonarlos y luego incumple su palabra: manda prender a ambos, hace degollar públicamente a Ladislao y poco después muere él mismo, presa del remordimiento y del castigo divino que el drama vuelve a asociar con el quebrantamiento del juramento sacramental. En la confusión sucesoria que sigue, Matías permanece preso en casa de Jorge, pero los nobles húngaros lo eligen finalmente rey. Así concluye la trayectoria del «rey sin reino», mientras el trono pasa al hijo del gran defensor de Ungría.