Naturaleza humana
Figura central del auto, presentada como reina y microcosmos del universo; recibe los dones de los Sentidos, cae por aceptar el fruto vedado y finalmente es curada por el remedio sacramental.
Francisco Antonio de Bances Candamo
Data di pubblicazione del riassunto: 18 giugno 2026
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Citazione suggerita
Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En un marco alegórico situado en la creación del mundo y en el Paraíso, el Sabio divino forma la Naturaleza humana, le da por ministros los cinco Sentidos y la somete al gobierno del Entendimiento, advirtiéndole del peligro del árbol prohibido. El Mágico y la Magia, actuando como demonio y sierpe, seducen a la Naturaleza en la espesura paradisíaca; los Sentidos se rebelan, el Entendimiento es expulsado y, al gustar la fruta vedada, toda la humanidad cae en enfermedad, ceguera, sordera y corrupción. Tras una larga espera medicinal en la que fracasan remedios veterotestamentarios, el Sabio baja como médico redentor y, mediante la hostia que encierra su carne y sangre bajo pan y vino, restaura en la Naturaleza y en los Sentidos la vida, la gracia y la salud.
La obra presenta alegóricamente la creación del mundo y, en especial, de la Naturaleza humana, concebida como imagen abreviada del universo. El Sabio soberano, figura divina, encomienda a la Providencia que ordene y haga obrar a los Sentidos, mientras la Naturaleza recibe de ellos dones y atributos: el Tacto le ofrece sedas y joyas, el Oído pendientes, la Vista un espejo, el Gusto colores y mieles, y el Olfato perfumes y guantes. El Entendimiento, situado como potencia rectora, explica a la Naturaleza el valor y función de los sentidos, subordinados en principio a la razón. El Sabio se declara “gran químico del mundo” y expone cómo separó, mezcló y ordenó los elementos en la creación del cosmos y del hombre, descrito como microcosmos en el que se reflejan potencias del alma, cielos, elementos y vida orgánica. Al mismo tiempo, advierte a la Naturaleza de dos árboles del Paraíso: uno de vida, destinado a conservarla, y otro de muerte, cuyo fruto, si se come contra el precepto divino, causará la ruina del alma y del cuerpo. La Naturaleza inicia entonces la posesión de su señorío sobre la creación, pero ya se insinúa el peligro de que los Sentidos quieran emanciparse del gobierno del Entendimiento.
En la segunda parte comparecen el Mágico y la Magia, figuras del demonio y de su ciencia engañosa, que se proponen contrariar la obra del Sabio por medio de la misma vía alegórica. Aprovechando que la Naturaleza se recrea en la hermosura del Paraíso, la Magia, bajo forma de sierpe y acompañada del Mágico disfrazado de extranjero y médico, se presenta ante ella. El Oído se deja seducir primero por la elocuencia de la Magia, y poco después la Vista, el Olfato, el Tacto y sobre todo el Gusto se inclinan hacia la fruta prohibida. El Entendimiento intenta resistir, recuerda el precepto y denuncia el engaño, pero la Naturaleza, molesta por su severidad, manda a los Sentidos que lo aparten violentamente; estos lo hieren, lo ciegan y lo arrastran. Libre ya de su freno, la Naturaleza permite al Gusto probar la manzana. El efecto es inmediato: sobreviene un temblor universal, el Gusto siente hiel y muerte, la Vista queda ciega, el Oído sordo, el Olfato corrompido, el Tacto dolorido y seco, y la propia Naturaleza cae desmayada, convertida en una máquina enferma y casi sepulcral. El Mágico retiene especialmente al Oído como prenda de su victoria, mientras el Entendimiento, al volver en sí tras la culpa, lamenta la caída y pide compasión al Sabio.
En la última parte, el Sabio escucha la súplica del Entendimiento y promete remedio, aunque no inmediato, porque la curación exige preparación y un tiempo providencial. La Naturaleza aparece enferma junto con los Sentidos, todos afectados por males físicos y espirituales que representan las consecuencias del pecado. La Providencia convoca entonces a varios médicos y figuras veterotestamentarias —Abrahán, Moisés, Salomón y Eliseo—, cada uno portador de remedios simbólicos: sangre del cordero, maná y vino, pan, agua, sal y óleo. Todos diagnostican la gravedad del mal y proponen medicinas parciales, pero al acercarse a la enferma quedan contagiados por su lepra, lo que muestra que ningún remedio anterior basta por sí solo. Finalmente aparece el propio Sabio vestido de encarnado como médico salvador y declara que la única cura eficaz consiste en dar a la Naturaleza su propia carne y su propia sangre, inmunes al veneno original, aunque escondidas sacramentalmente bajo las especies de pan y vino. La Providencia presenta la hostia como “breve blanca forma” en la que se concentra esa medicina de cuerpo y alma; la Naturaleza la recibe, recupera la salud y los Sentidos restauran sus facultades. El Entendimiento concluye que no hay contradicción entre fe y razón en este misterio, pues así como el pan y el vino se convierten naturalmente en carne y sangre al nutrir al hombre, el poder divino puede hacerlo de modo inmediato y perfecto. El auto termina afirmando que la naturaleza humana se crea, conserva y restaura “químicamente” por medios naturales elevados por la gracia, en clara exaltación eucarística.
Figura central del auto, presentada como reina y microcosmos del universo; recibe los dones de los Sentidos, cae por aceptar el fruto vedado y finalmente es curada por el remedio sacramental.
Representación divina del creador y redentor, llamado también gran químico del mundo; crea el cosmos y al hombre, advierte del peligro del árbol de la muerte y al final se ofrece como médico y remedio supremo.
Potencia principal del alma y consejero leal de la Naturaleza; intenta frenar a los Sentidos, es expulsado durante la caída y luego intercede ante el Sabio para alcanzar la curación.
Atributo o personificación del gobierno divino que ordena la acción de los Sentidos, convoca a los médicos y presenta finalmente la forma sacramental que cura a la Naturaleza.
Figura demoníaca, identificable con el ángel caído por sus propias palabras; se opone a la alegoría divina, maquina la caída de la Naturaleza y promueve el engaño del falso remedio.
Ciencia infernal asociada a la sierpe y subordinada al Mágico; seduce con palabras y venenos, apoya la transgresión y sirve de instrumento para corromper a la Naturaleza.
Sentido especialmente decisivo en la caída, por ser quien prueba primero el fruto prohibido y desencadena visiblemente el desastre corporal y moral.
Sentido que primero se deja cautivar por la persuasión de la Magia y queda luego como prenda del enemigo; su desvío y recuperación tienen gran importancia en la acción verbal del auto.
Sentido relevante tanto en la contemplación de la hermosura creada como en la seducción de la fruta; participa en la caída y queda ciega tras el pecado.
Sentido que al comienzo se presenta como fundamento de la vida corporal y más tarde sufre la ruina física producida por el veneno.
Sentido que contribuye a la seducción del fruto y después padece corrupción y lepra, integrándose en la enfermedad general de la Naturaleza.
Figura veterotestamentaria convocada como médico simbólico; propone el remedio de la sangre del cordero y anticipa el sacrificio redentor, aunque no basta por sí solo.
Médico alegórico que ofrece maná y vino, vinculados a la sal celeste y al alimento divino, como anuncio parcial del remedio definitivo.
Figura de la sabiduría que defiende el pan como alimento principal y como imagen del remedio perfecto que solo después se cumplirá plenamente.
Profeta-médico que aporta agua, sal y óleo como remedios de purificación y sanación, igualmente insuficientes ante la infección universal del pecado.
Espacio fundamental de la acción caída y de la prueba moral, donde la Naturaleza contempla la creación, escucha al tentador y come el fruto prohibido.
Marco cósmico general del auto, presentado como obra del Sabio y como gran laboratorio en el que se ordenan elementos, cielos, criaturas y el lugar del hombre.
Espacio alegórico y operativo donde actúan Entendimiento y Sentidos, se libra la lucha entre razón y apetitos y se manifiestan enfermedad, corrupción y restauración.
Lugar de aparición de Providencia, Sentidos, médicos veterotestamentarios y emblemas sacrificiales, que organiza visualmente la historia de la creación, la caída y la redención.
Espacio de la segunda mitad de la obra en el que la Naturaleza aparece postrada y donde se desarrollan la consulta médica y la espera del remedio salvador.
Lugar elevado desde el que el personaje divino gobierna la creación y del que desciende para intervenir providencialmente en la historia humana.
La acción muestra cómo la Naturaleza, apartándose del precepto divino y del consejo del Entendimiento, se deja llevar por los Sentidos y cae en muerte, enfermedad y desorden.
El desenlace afirma que la verdadera medicina del cuerpo y del alma es la carne y sangre del Sabio redentor, presentes bajo las especies de pan y vino y capaces de restaurar lo perdido.
El auto dramatiza el conflicto entre la razón que ordena y los sentidos que desean, mostrando que la ruina sobreviene cuando estos se rebelan contra su legítimo gobierno.
La obra enlaza creación, caída, figuras del Antiguo Testamento y redención final para mostrar que todo responde a un designio providencial orientado a salvar al hombre.
El Sabio explica la organización del mundo y el remedio sacramental mediante imágenes de mezcla, separación, destilación, quintaesencia y medicina, propias de la química antigua.
El Mágico y la Magia representan una ciencia pervertida que imita exteriormente el saber verdadero para inducir al error, la soberbia y la muerte.
La Naturaleza humana aparece compuesta de potencias, elementos y correspondencias cósmicas, de modo que resume en sí el orden entero del universo creado.
Los remedios anunciados por Abrahán, Moisés, Salomón y Eliseo poseen valor preparatorio y simbólico, pero resultan incapaces de sanar del todo la infección original sin la intervención directa del redentor.