La obra se abre con una acción alegórica de dimensión cósmica. La Vanidad humana baja a las tinieblas para incitar al Príncipe de las tinieblas a vengarse de Dios y del Hombre, criatura que ha sido elevada a ocupar el lugar perdido por los ángeles rebeldes. En ese discurso anuncia, además, un futuro triunfo de la humildad cristiana encarnado en un gran duque de Gandía llamado Francisco, señor poderoso que llegará a despreciar la vanidad del mundo y a alcanzar santidad; ese anuncio intensifica el deseo infernal de impedir que la humanidad llegue a tal perfección. A continuación aparece la Naturaleza humana, figurada como emperatriz y esposa del Paraíso, turbada por un sueño en que se le revela su condición mortal y la posibilidad de perder la gracia. El Paraíso intenta consolarla y le recuerda que la gracia es vida y la culpa es muerte, mientras el Hombre, su mayordomo mayor y administrador de la creación, organiza con los Tiempos del año festejos, dones y músicas para aliviar su tristeza en un jardín paradisíaco.
En ese espacio de armonía se desarrolla el primer asalto del mal. La Soberbia y la Vanidad intentan persuadir al Hombre para que abrace la majestad, la riqueza y el aplauso, pero él resiste y se esconde de tales sugestiones, afirmando su humildad y su conciencia de ser mortal. Derrotados por esa vía, los enemigos deciden atacar indirectamente por medio de la Naturaleza humana. Examinan los dones que traen los Tiempos —agua, flores, espigas y frutas— y reconocen en el agua, las flores y las espigas significados sagrados que les impiden envenenarlos; solo en la fruta de Otoño consiguen ocultar el veneno. Mezclados entre los servidores del jardín, ofrecen a la emperatriz una hermosa manzana. El Hombre le advierte con claridad que se trata de fruta vedada y le pide que recuerde el precepto, pero la Naturaleza humana, atraída por la belleza del fruto y molesta por la prevención de su mayordomo, lo come. De inmediato siente dentro de sí el fuego del veneno, se altera todo el orden de la creación y reconoce que ha perdido la gracia, que era su verdadera vida.
Consumada la caída, el Paraíso ordena que la Naturaleza humana sea expulsada y entregada a la tierra, pues ya no puede permanecer en sus palacios. Desde ese momento los Tiempos del año dejan de obedecer gratuitamente al Hombre y le anuncian que solo le darán sustento a costa de trabajo, sudor y fatiga. El Hombre carga sobre sus hombros un ataúd con el cadáver de su reina y recorre montes ásperos mientras una voz escondida le recuerda la desfiguración de la que fue hermosa emperatriz. Al abrir la caja ante la Tierra, ya no encuentra la antigua belleza, sino un esqueleto que le sirve de meditación sobre la corrupción del cuerpo y el estrago del pecado. Sin embargo, no cae en desesperación: afirma su esperanza en la omnipotencia de Dios, anuncia que una mujer futura vencerá a la serpiente y que otro árbol curará el daño causado por el árbol de la muerte. Cuando busca refugio, abraza un árbol que se transforma en cruz, signo ante el cual retrocede el enemigo. Entonces aparece la Religión sagrada, identifica ese refugio con la Iglesia y declara que de este Hombre descenderá quien, por su vida penitente y virtuosa, será columna de la Iglesia y merecerá templos, altares y urnas; así la alegoría enlaza la caída original con la futura figura del gran duque de Gandía, presentada como ejemplo de redención, penitencia y triunfo de la gracia.