La acción se sitúa en la corte de Barcelona, donde la princesa Blanca debe escoger marido antes de cumplirse el plazo fijado en el testamento de su padre; si no lo hace, su tío don Guillén, gobernador del reino, podrá imponerle esposo, previsiblemente su propio hijo don Luis. Blanca, presionada por ese mandato y por los pretendientes que acuden a festejarla, confiesa a Fenisa el origen de su conflicto: en otro tiempo atendió con honestidad al príncipe de Bearne, pero don Guillén la acusó falsamente de haberle dado palabra secreta de matrimonio para despojarla de Cataluña. El príncipe desafió públicamente a los calumniadores, pero murió antes del combate; entonces Carlos, conde de Urgel, acudió a Barcelona para defender la inocencia de Blanca y consiguió que le restituyeran el estado. Desde ese momento Blanca se siente obligada hacia Carlos, aunque no puede afirmar con claridad que lo ame, mientras sigue pesando sobre ella el recuerdo del príncipe muerto y el rechazo a casarse con don Luis. La primera jornada presenta así una heroína cercada por la razón de Estado, la gratitud, el luto amoroso y la amenaza política de su tío.
Cuando Carlos, a pesar de la prohibición de entrar en Barcelona, logra ver a Blanca en secreto por jardines, galerías y fiestas nocturnas, ambos muestran afecto, pero su relación queda constantemente interrumpida por el peligro. Don Luis y Estela, hermana de este, también aman respectivamente a Blanca y a Carlos, y sus celos agravan la trama. En la segunda jornada Blanca empieza a rendirse a la constancia de Carlos y decide favorecerlo permitiéndole entrar de máscara en un sarao palaciego; sin embargo, Sancho, criado cómico de Carlos, provoca una confusión al trocar papeles. Estela intercepta una carta de Blanca para Carlos y, movida por los celos, prepara una trampa para que don Guillén crea culpable a Carlos. En el baile, las equivocaciones de embozos, señas y parejas hacen que Carlos dance con Estela creyendo acercarse a Blanca, mientras esta y don Luis quedan también envueltos en malentendidos. Cuando don Guillén irrumpe e interroga a Carlos, aparece un papel que parece demostrar que ha acudido llamado por Estela y no por Blanca; el peligro inmediato se desvía, pero el nuevo equívoco hiere profundamente a los amantes. Luego, otro cruce de cartas hace que Blanca crea que Carlos favorece a don Luis y que Carlos crea a su vez que Blanca escribe al rival, de modo que ambos se acusan sin poder probar del todo su inocencia. Aunque intentan separarse, continúan buscándose, y Blanca resume su situación afirmando que, entre sentir y esperar, ha de escoger del mal lo menos.
En la jornada final, la presión del plazo testamentario vuelve inaplazable la decisión de Blanca, mientras don Guillén intenta cerrar el cerco para obligarla a casarse con don Luis y conservar así el dominio político sobre Cataluña. Los enredos acumulados comienzan a deshacerse gracias a nuevas aclaraciones, a la intervención de los criados y a la evidencia de que muchas sospechas nacían de cartas interceptadas, mensajes mal transmitidos y fingimientos cortesanos. Blanca comprende que, aun entre riesgos y dudas, Carlos sigue siendo quien defendió su honor y su derecho, y que aceptar a don Luis supondría entregarse por completo a la ambición de su tío. Así, elige a Carlos como la opción menos dañosa y más justa, resolviendo a la vez su conflicto afectivo y el problema del gobierno. La conformidad final, arrancada de hecho a don Guillén, sanciona la unión de los amantes y convierte el criterio del mal menor en principio decisivo del desenlace.