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testo digitale di Qué habrá que no venza amor

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Qué habrá que no venza amor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/que-habra-que-no-venza-amor.

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QUÉ HABRÁ QUE NO VENZA AMOR

Jornada primera

Pag. 1

Vv. 445

Personas

Alexandro Príncipe de Parma

Aurora Princesa

El Príncipe de Urbino

Anarda Dama

El Duque de Ferrara

Lucinda

El Duque de Milán, Barbas

Riselo

Catarro Gracioso

Bolino segundo Gracioso

Músicos.

Acompañamiento.

Tocan un clarín, y dicen dentro.

Dentro.

El embozado vivas,

pues ninguno igualó su fuerza altiva.

Los vítores se lleven.

Salen el Príncipe de Urbino, y el Duque de Ferrara, con las capas por diferentes puertas, sin verse, como que han de torear.

Urbino.

Calla, vulgo villano, infame plebe;

que al que menos lo igualas,

en destrezas, valor, esfuerzo, y galas:

Ferrara.

¡Oh, plebe, qué acertado

anduvo, quien de monstruo el nombre ha dado,

a tu furor ardiente;

pues nadie a sosegarle es suficiente.

Pag. 2

Ferrara.

Hoy hidra a ser empiezas:

más de Alcides mi acero sus cabezas

arrojará a mis plantas,

aunque a nacer devuelvan otras tantas.

Urbino.

Pero en vano le ofendo,

¡cuando acredito cuanto estoy oyendo!

Si no es que, como lidio

con mi valor, le acredito la envidia;

mas siento que el honor quede ofendido,

diciendo que su esfuerzo solo ha sido

quien le adquirió la fama,

que tanto su valor y esfuerzo aclama,

y contra mí se una

lo adverso de mi suerte y mis fortunas.

Ferrara.

¡Ah, cielos! ¿Yo vencido

de un embozado aleve, que atrevido

en que le vean hoy solo repara,

por no atreverse a descubrir la cara,

para que así el recelo

prendas no entiendan que le negó el cielo?

Vuélvense.

Urbino.

¿Famoso duque?

Ferrara.

¿Príncipe de Urbino?

Urbino.

¿Pues no fue el intento y el destino

con que a Milán llegamos?

Ferrara.

En nuestras aventuras discurramos.

Solo por veros desde el Coso os sigo.

Urbino.

Pues yo solo buscaba a mi enemigo.

Ferrara.

¿Quién es?

Pag. 3

Urbino.

Casi; pero amor me ha dado el modo

cómo impedirle, bien que suyo, advierte.

Ferrara.

Pues ¿no me diréis cómo?

Urbino.

Desta suerte.

Al tiempo que el sol de Aurora

iba cumpliendo tres lustros

en que su belleza sola

competir con su luz pudo.

Y después que conoció

su padre el Duque, lo mucho

que le importaba buscalle

debido dueño: dispuso

el tratar su casamiento

por conveniencias, que hubo

(como si en logros de amor

más no se mirara al gusto)

con Alexandro Farnesio

Príncipe de Parma. Y se pudo

efectuar casamiento,

aunque ya sigue otro rumbo,

Aurora, y porque sepáis

el motivo del disgusto

con que se dejó el contrato

el que le sepáis procuro.

Aurora como discreta,

(porque solo en ella cupo

el ser discreta y ser hermosa

con admiración del mundo)

y más cuando no ignoráis,

a ser dada al estudio;

que su ser versado en letras

no quiere le asista alguno,

sabiendo que por poderes,

(razón de estado que juzgo

ocasión en la nobleza,

tan estraños infortunios)

como sabemos que siempre

el querer unir condujo

afectos de voluntad,

sin que preceda el discurso,

se ajustará el casamiento,

siendo bárbaro y no rudo;

querer que amor aunque ciego,

no vea el volcán que puso

el acierto en sus vigores,

y en su piedad es el triunfo;

no habiendo visto a Alexandro;

que como sabéis estuvo

en Flandes, desde su infancia

en el militar concurso.

Tuve en palacio por suerte

un pintor, a quien yo ocupo

en lances que se me ofrecen

en sacar copias de gusto.

Brindados de la ocasión,

de mi codicia al impulso,

de mis celos alentado

en lance tan oportuno

(perdone aquí mi grandeza

que en casos de amor no cupo

más que el saber que reparten

amor, e ingenio los triunfos)

ya del rigor a lo fiero,

ya del halago a lo astuto,

ya del interés al premio,

y del ruego a lo compuesto;

redujo al pintor que hiciese,

(y a obedecer se dispuso)

un retrato de Alexandro,

tan otro del dueño suyo

en lo fiero, y desairado,

en lo irritado, y sañudo,

en lo horrible, y lo disforme,

que más que hombre era bruto.

También le trajo que cuando

a Aurora se le condujo

al verse con él a solas

quedó sin vida del susto.

Recobróse del desmayo

con que a los bellos coturnos

de sus mejillas, volvieron

el clavel, y jazmín juntos;

sino ofendida al desaire

lloró triste su infortunio,

y disimuló queriendo,

mujer, que cuando hacer pudo,

de lo que llegó a mostrarse

fue, desatar luego el yugo

de dar la mano a Alexandro

de mis fortunas anuncio.

Por esta causa aunque fue

tan numeroso el concurso

de príncipes, que intentaron

este imposible por suyo,

no quiso hacer nuevo empeño;

porque de un desaire arguyo,

que al emendarse se añade

al primero, otro segundo.

Esta ha sido la ocasión,

porque la suerte dispuso,

que nos hallásemos solos

en Milán, donde procuro

con valor, cortejo, y galas

siguiendo diversos rumbos

apurar con el ingenio,

para cautivarla el gusto.

Solo dejo una esperanza

en ambos, tan inoportuno

duden, ver que Alexandro

(que es lo que yo más procuro)

juzga imposible esta empresa,

con que de los dos el uno

ha de ser el que dichoso,

Pag. 4

se corone con el triunfo. Ella ha de hacer la elección del dueño, según que juntos nos hicimos homenajes (conforme costumbre y uso) en tales lances, porque no vimos quejoso alguno. Ferra. Tan admirado atendí, y tan absorto os escucho, que porque vos lo afirmáis solamente, no lo dudo. Nuestro intento prosigamos, pues en el amor no supo temer vencer imposibles, a pesar de quien los puso. Pues probaremos vencellos. Solo en esto que procuro. Hasta vencer sus desdenes. Ferra. Plazos cautivarlos al gusto. Orbi. ¿Por qué ansí? Ferra. Porque con esto, Orbi. Gane el favor, Ferra. Alcance el triunfo, Orbi. De una ingrata a quien adoro. Ferra. De estos imposibles que busco. Vanse y salen Alexandro y Catarro, vistiéndose, con un retrato en la mano, y Música. Músi. Incauta mariposa, que te arrojas a las llamas, si no has de imitar al fénix, dime, ¿para qué te abrasas? Alexan. Veloz pensamiento mío, que tanto sol idolatras, que intentas o que presumes aunque más te abalanzas, no conoces que a ser vienes, cuando a tu luz te abalanzas, Él y Mús. incauta mariposa, que te arrojas a las llamas? Alexan. Sé que el fénix se renueva a incendios de su luz clara, con que mudando de forma, va renovando sus galas; mas cuando tanto imposible no esperan vencer mis ansias, Él y Mús. Si no has de imitar al fénix, dime, ¿para qué te abrasas? Alexan. De mis alas pluma, advierte, mas para qué, cuando hallas que el incendio te aborrece, que el ardor mismo te agravia; y así aunque de ti presumas que intentas, que te abalanzas, Él y Mús. Siendo airoso de tu pompa, no hay ceniza en que renazcas. Alex. Y acaso vienes a ser desvanecido en tus galas, que has de titularte espuma, arrojándote a las aguas? Y así las plumas recoge de tus presunciones altas: Él y Mús. No rondes más el peligro, mira que te quemas, basta. Alex. ¿Qué importa que en desvelo, como mariposa incauta, enamorados de luces a tornos ronde las llamas, si de ti el incendio burla, al paso que tú te abrasas? Él y Mús. Si no han de igualar sus luces a las que tú pierdes alas. Alex. Catarro, amigo. Catar. Señor. Alex. ¿Qué dices de mi desgracia? Catar. Laus tibi, Christe, si el evangelio dijiste, si epístola, Deo gratias. Alex. Dudo mi mal, aunque peno. Catar. El estar aquí no es bueno. Alex. ¿Cómo? Catar. Si estás con Catarro, ¿cómo quieres estar bueno? Alex. Para cuando a amaros vengo aqueste humor has guardado? Catar. No os vais a buscar prelado, señor, lo que yo me tengo. Alex. ¡Ay, Aurora! ¿Quién acertará a alabarte? Catar. ¿Qué? Alex. El espejo. Catar. Yo juzgué, que antes querías lavarte, mas ya que sois excusados, las causas para peinar, no te querrás ya quejar, mas, con tus manos lavadas. Y fueran delirios vanos el no hacer lo que te digo, cuando con este enemigo no es bien vengas a las manos; y aun de excusar de miedos que te pudieron causar no haber podido llegar a lo que ella es, con diez dedos. Y así, a tu pena funesta, fuerza la fiesta del intento, no es bien ni por pensamiento el querer guardar la fiesta. Alex. Dame... (¡Ay, tal ardor!) Catar. ¿Qué te he de dar? Alex. El sombrero. (¡Ay, Aurora, por quien muero!) Catar. Voto a Dios que está de atar. Bien a propósito fueras, el hombre que se alabó del que la cara se lavó, puesto ya la bigotera, y para que no se espante de extremos, locos, y vanos para lavarse las manos, se puso una vez los guantes: de este modo a lo que infiero, brevemente he de mirarte,

Pag. 5

Alejandro.

pues mucho antes de peinarte,

quieres ponerte el sombrero.

Alejandro.

¿Viste mayor hermosura

que aquesta del dueño mío?

Catarro.

No lo oyen, ¿con qué frío

le deja la calentura?

Alejandro.

¡Ay, dueño mío! ¡Ay, amor!

¡Qué mal premia mi cuidado!

Catarro.

¿En qué demonios has dado?

Di, ¿lo que tienes, señor?

¿Será pena, si penetras

no casarte, este cuidado?

Sabiendo que de casado

a cansado va una letra.

Disuadirte fue mi intento,

tan extraña necedad,

pues trae contra la verdad

siempre miedo al casamiento.

Y aun dijeras, qué sé yo,

aquel que en las arras da,

que es muy poco lo que va

siendo de novio a novio.

¿Será que estando ajustado

ahora falto a justas?

Y eso es otra cosa, ¿que

no poderlo ver pintado?

¿Será que por olvidarte

ese pelo te sacude?

¿Qué mucho que ella se mude

llegando tú a retratarte?

Da al diablo su ingenio vario,

cuando así a mudarse viene,

pues ves en eso que tiene

más mudanzas que un canario.

Vamos, señor, aguarda,

que aun en su trece se está

sabiendo por cierto, que

si es canario, no es gallarda.

¿Será que aplausos más grandes

buscando, a Flandes te vuelves,

adonde estuve resuelto,

que para ti no hay más Flandes?

Pero sea lo que fuere,

en ese abismo no des,

que todo esto no es

sino lo que Dios quisiere.

Alejandro.

Ya que de mi triste pena

saber quieres el tormento,

óyeme, Catarro, atento.

Catarro.

Dios os la depare buena.

Alejandro.

Que aunque el motivo acertaste,

ignoras un accidente,

que solo era suficiente

a las exenciones de contraste.

¿Estamos solos los dos?

Catarro.

Ya la música se fue.

Alejandro.

Pues oye atento.

Catarro.

Sí hará,

como no llegue la tos.

Alejandro.

Después que despreciado

se vio del sol de Aurora mi cuidado,

los conciertos del tálamo deshechos,

cuando empezaba a arder en nuestros pechos

de Himeneo la llama, en que creyera,

que en mi amor como fénix renaciera;

a Milán, como sabes, he venido

de rebozo, por no ser conocido

de esta ingrata, que así llegó a ofenderme

excusándole allí el susto de verme,

mas busqué sin el riesgo de ofendellos

ingenio y trazas cómo poder vellas.

Y así cuando el aurora

en campos de cristal néctares llora;

su amante el sol madruga,

y sus hermosos párpados enjuga

con cendales de luz y resplandores

(que a hielos el mismo cristal le causó ardores)

juzgando mi aprehensión que no saldría

Aurora a los torneos aquel día.

A un jardín me fui, y un jardinero

(autor sin duda de dolor más fiero)

me recibió cortés, y yo fiado

de su cortejo, le fié el cuidado

de buscar algún medio con que viera

el sol que sigo en la florida esfera;

cuando él de mi desvelo enternecido

me dejó entre unas murtas escondido;

y en las flores que a Venus le debieron

fragante nácar con que más lucieron,

formando vegetales celosías,

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(bien ajustadas a las ansias mías) cuando Aurora salió (mi amor la alaba) pues el como se vio solo lo sabes. Salió a un balcón abierto (que sin duda alentó mi pensamiento) por más señas que al ver tantos primores con más aires, meciéronse las flores y porque así en su gala se instituyan, la saludaban como a reina suya: Vestida aun no del todo salió al balcón Aurora de este modo. Un cendal todo el cuello le ocultaba a quien el mismo sol pienso que alaba por evitarle pródigo el decoro quedaron sueltas las trenzas de oro dejando libres por mayor ventura por no eclipsar la luz de su hermosura, pues aun el sol con ser pródigo, y bello con ella solo partirá un cabello. Su blanca frente aliento de mis penas el candor usurpaban azucenas mas no di en el blanco, si reparo que al candor de estas flores la comparo pues que se mira en ella ser cenicientas si se advierten bella, y es error cuando Aurora se eterniza el ponella en la frente la ceniza, pues los jazmines en candor armiños sabemos, que con ella son muy niños. Sus ojos soles; mas daréles enojos En afirmar, que son soles sus ojos: que por hacer más gala de arreboles ojos suyos serían; si dos soles hubiera, pero fue más oportuno que en el cielo no hubiera más que uno llámenles cupidillos, no he mentido pues él se miró en ellos repetido y así al mirarlos en su luz tan bellos el mismo amor gustó de verse en ellos, y como atento en ambos se miraba dos formas suyas le dejó su aljaba y transformóles por quitar sospechas sus cejas arcos, sus pestañas flechas. Sus mejillas en nácar, y candor (¡mas cuando juzga un ciego de color!) solo dirá el más lince si se atreve que por despique, el nácar, y la nieve con pintura más bella los repara con que salió la competencia cara entre sí repicaban, y reñían que al paso, que cada uno pretendía el juzgar que en su rostro se debe al embutirse el nácar, y la nieve tan unidos quedaron: que uno en otro los dos se transformaron. Voz purpúreo clavel, que entre otros era el de mayor primor, porque no fuera a no ser en su gala primoroso tan feliz en su empleo tan dichoso

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Alejandro.

que apurando ya a su incendio el alma postro

subiera humos para darle en rostro,

entre la ceja, y el cendal traía

más presto que de ufano me decía,

cuando el labio bosquejes

no quiero que de mí jamás te quejes,

que asunto no te he dado,

si me ves en su labio equivocado.

¿No has visto cuando sube

de la tierra un vapor a hacerse nube,

que al sol le sigue, exhalación se opone,

como su ardor dispone

a encaminar reflejos por un lado

a pesar del vapor que le ha cegado

de manera que puesto frente a frente

procura su ambición más diligente?

Pues de esta forma, en fin, de esta manera

si su cielo mirara no luciera

sino encaminar lince allí el cuidado,

la atención y la vista por un lado.

Montes dos de alabastro en mucho cielo

llora era el uno, el otro Mongibelo,

por el cendal deshecho

ambos se vieron juntos y sospecho

que a otras esferas llegaran

si el volcán su incendio no apagaran.

En sus pechos que liquibas oculto fuego

solo se pudo ver nevado el fuego.

Marchito el jardín se advierte

que efímeras de olor lloró su muerte.

La causa busco, la intención se ignora

y advierto, que ausentándoles Auroras

la muerte ocasionó a su turba bella

pues vidas, y galas se les fue con ellas:

quede sin luz, sin alma y sin las vidas,

si la bella flor su luz no olvida.

Los sustos que en no verlas experimentas;

de que te admiras que su ausencia sientas

en pecho humano a su esplendor rendido

solo premiado con desdén, y olvido.

Catarro.

Digo que el remedio implica

a estos males de mi ajenos

pues en fin de los al menos

puedes ahorrar de Boticas.

Alejandro.

Mi muerte es cierta al partirme

y así el peligro no curas.

Catarro.

Muy linda partida es esa.

Alejandro.

No tienes que persuadirme.

Catarro.

Perece de Dios con la flema.

Alejandro.

¿Qué me he de ir?

Catarro.

Así lo fío.

Alejandro.

¿Sin ver más al dueño mío?

Catarro.

Cada loco con su tema.

Alejandro.

Vete pues que he de partir

pues no me puedes buscar.

Catarro.

Yo no purgo es de ordenar

si así no puedes salir.

Alejandro.

Parto sin volver a veros

porque no puedan decirme

que fue posible el partirme

cuando llegue a conoceros.

Sale Belisa de Gorrón

Belisa.

Noticia alguna no tiene

Señores que vengo, y voy,

el que no sabe que soy

una cosa que va, y viene.

Este es el Galán a quien

quiero meter en el fuego

sea en hora, yo llego

alumbreme Dios, con bien.

Alejandro.

¿Quién es?

Belisa.

Un su servidor.

Alejandro.

¿Qué buscáis?

Belisa.

Si que buscaba supieras

que me faltaban Señor;

ignorarlo es lo peor.

Alejandro.

¿Para quién es el papel?

Belisa.

Traígoles sin sobre escrito

¡ay Dios! que me precipito!. Ap.

Alejandro.

Pues cómo viene sin él?

Belisa.

Usted me ha de responder

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Belisa.

a lo que he de preguntar.

galán, ¿no salió a torear

Bolino.

con los Príncipes ayer?

Alejandro.

Sí salí.

Bolino.

¿Embozado?

pues señor, este me han dado

para que luego os le diese.

(Dale un bolsillo)

Alejandro.

Amor, bien será que cese

algún tanto mi cuidado.

No es bastante paga, esta

tomad.

Bolino.

Al cielo invoco.

Alejandro.

Esperad afuera un poco.

(Vase)

Bolino.

No he menester la respuesta.

(¡Cielos, cielos!)

Alejandro.

Ábrele: una dama de Palacio,

¿se apiadan de mis desvelos?

¿Tú adoras, quieres y amas?

¿Si estoy despierto o soñando?

¿Viose dicha más cumplida?

¡Que halle esperanza mi vida

cuando ya estaba espirando!

(Sale Catarro de camino)

Catarro.

Ya señor, a marchar,

a ver los caballos ven,

que han de servirnos muy bien,

pues que nos sabrán llevar.

Alejandro.

No parto ya.

Catarro.

Loco estás,

¿cómo, después de buscarlos?

Alejandro.

¿Pues tendré yo más que pagarlos?

Catarro.

Y como que tiene onzas.

Alejandro.

Ya tú sin razón empiezas.

Catarro.

Señor.

Alejandro.

Solo esto conviene.

(Vase)

Catarro.

Ven, le; yo pienso que tienes

todo el mal en la cabeza.

(Canta una mujer adentro)

Música.

Si el tormento tan fiero

de mi inmenso padecer,

que más no he de querer ver,

sino ver, lo que quiero.

(Salen Aurora y Lucinda)

Aurora.

Esa vihuela, Lucinda,

deja en ese cenador.

Lucinda.

Acabar fuera mejor

la letra que era muy linda.

Aurora.

Bien sabes encarecer.

Lucinda.

A más, mi atención me anima.

Aurora.

Di que me vea mi prima.

(Vase)

Lucinda.

Voy, señora, a obedecer.

Aurora.

Ya a solas hemos quedado,

pena que muerte me das,

y en mucho peligro estás,

pues estás tan de cuidado.

Un embozado,

te ocasionó el padecer,

¿pero cómo puede ser

en mi altivez y rigor?

¿Voces de amor

por el que no puedo ver,

amor dije? y son agravios

de mi mal, si se repara,

que como atrás a la cara,

a mí me salió a los labios;

pocos sabios

Aurora.

han de ser en mis enojos

los que viendo los despojos

que advierto, si lo desean

ya no vean

lo que se viene a los ojos.

Mas aquí.

(Sale Anarda)

Anarda.

¿Prima y señora?

¿no es lo que te escuché de amor?

Aurora.

¿Qué la diré?

Anarda.

¿Tan turbada?

Aurora.

Estoy sin mí.

Anarda.

¿Pues conmigo?

Aurora.

¿Qué he de hacer?

Anarda.

Vuelve en ti.

Aurora.

No será fácil.

Anarda.

La prima, suplícote,

si no quieres que mi afecto,

de ti muy quejoso esté.

No fíes dudar de tu afecto

si prima mía, entender

mi vanidad ofendida

de ti, sin saber de quién.

con que no se apure mi culpa.

Anarda.

¿Cómo culparse podré

en esta ocasión a ti,

si en los lances de querer

otras causas se perdieron,

acaso culpadas ser?

Influjo hay en las estrellas,

que aunque siempre libre estés,

el albedrío le inclinan

sin que le puedas vencer.

Aurora.

Solamente ese motivo

(perdone mi autoridad)

Aurora.

me pudiera volver

a decir cuando oculté,

ya sí, atiéndeme piadosa.

Anarda.

Dilo, que atenta estaré.

Aurora.

Después, bellísima Anarda,

que me dejaste, y después

que a esos dorados balcones

salí a la fiesta de ayer,

en dos taraceadas pías

en que el viento a la fiereza

pareció al querer jugarse,

pues al tocarlas se ve

que imitando a las demás,

parecían al correr,

que un Aquilón africano

las engendró a todas tres.

El postrer toro soltaron

en cuya tostada piel

pareció acabase el día,

sin llegarse a anochecer.

Acometióle el de Urbino,

y aunque supo mostrar bien

su valor y su destreza

dalle un desaire cruel,

pues que su caballo herido

naufragó en su bajel.

A socorrerle acudió

el de Mantua, que cortés

quiso feriarle una vida

tan veloz, que yo juzgué

que con el viento venía

en conservas de su ser.

Pag. 9

Ya desocupado el circo el embozado que fue quien en la gala y destreza a todos llegó a exceder visto de bronce con alas otra fiera esperó, a quien clavó tan diestro el rejón; que dejándole a sus pies, llevándose así el aplauso se retiraron; con que ya su valor reconozcan y a sus altas prendas den. Otras suertes hizo. ¡Ay, triste! Y la más sangrienta fue la que introdujo en mi pecho, triunfando de mi altivez. Galán surcaba en la arena mares tantas de clavel, que en sus ondas parecía otro animado bajel. Hasta que en el retirarse más veloz, dice tal vez; si no viste el timón allá de plumas lleva los pies. Anar. ¡Ay de mí! ¿quién infeliz Apar. hasta hoy más que yo fue? pues celosa antes que amante, por su desgracia se ve. Mas amor disimulemos, que quien me ofende ha de ser quien facilite el lograrme la dicha que no esperé. Auro. Pues ahora ¿te suspendes cuando más te es menester? Anar. Sí, Aurora, porque con eso en obligación te hube a mi lealtad, por cuanto, que la noticia me des, de tu mal discurrir el medio mejor, que puedes tener: pero, si no conceptúas quién el caballero fue ni a qué parte se ausentó, qué remedio puede haber para conocerle, cuando si se llega a conocer no siendo a tus prendas digno no podrás favorecer? Auro. Yo supongo, que si acaso este sujeto no es Príncipe de tanto empeño, muriendo desistiré. Anar. Pues ¿cómo puedes saberlo? Auro. Sí, Anarda, yo lo sabré: apenas salió del corro cuando desvelado envié un criado le siguiese. Anar. Ingenioso arbitrio fue. ¿Se logró su cuidado? Auro. Sí, Anarda. Anar. Ya el parabién te da amor. ¿Y después? Auro. Con que el criado le puso en las manos mi papel. Anar. Y ¿conoció de quién era? Auro. Hasta hoy no supo de quién. Anar. Pues en él, ¿qué le decías? Auro. Solo le decía en él una dama de Palacio os estima, y quiere bien. Anar. Su ingenio solo podía llegarle así a disponer pues así cuanto desea vino su amor a tener. Respira, respira amor que si con otras cruel fue el rigor de tus arpones conmigo piadoso fue. Vamos, que tu padre llega. Auro. Vamos, con que entenderé alivio? Anar. Sábelo el cielo. Auro. Así mi amor lograré. Anar. Así verás que te estimo. Auro. Así sus prendas veré. Anar. Amor alivios me pides. Apar. Auro. Dame amor el parabién. Apar. Anar. Pues allá a mi mal alivio. Apar. Auro. Pues aun mal remedio hallé. Vanse, y sale el Duque de Milán leyendo una carta, y Ríselo. Lee.No es fácil, que en tempestuosas satisfacciones templen lo sensible de un desaire el que el Príncipe ha padecido. Se satisfará en el tribunal de la campaña. El cielo prospere la vida de Vuestra Alteza. La Duquesa de Parma. Siendo tan cierto el desaire no puedo extrañar la queja mas aquí, Ríselo, importa valerse de la prudencia, que es sola la que estos lances con moderación los templa. ¿Hay hijos que haya engendrado ingrata correspondencia? Rísel. Señor, si en esta ocasión Vuestra Alteza da licencia un medio se me ofreció con que enmendarse pudiera en Aurora ese desaire, y en el Príncipe la queja. Duque. Toma discursos Ríselo medio que elegir se pueda a tiempo que la amenaza a manifestarse llega. Rísel. Mi parecer es, señor que, pues hasta hoy la Princesa no declaró los motivos que ocasionan su extrañeza le obligues a que los diga, que acaso serán quimeras. Duque. Dices bien, mas al tratarle Ríselo, en esta materia, aventuro mi decoro en caso que no obedezca. Rísel. Medien, señor, las caricias porque es cierto que si altera más se rendirá al halago que se vencerá a la fuerza. Duque. Pues id, Ríselo, al instante y decidle que me vea. Rísel. Mas ya sale. Sale Aurora.

Pag. 10

Duque.

¿Aurora?

Aurora.

¿Gran señor?

Aparte

Duque.

Denme los cielos paciencia,

que al ver una sin razón

ha de ser mucho el tenerla.

Aparte

Aurora.

Ya en su semblante he leído,

de mi muerte la sentencia;

mas la que vive sin alma

¿qué perderá aunque la pierda?

Duque.

Vos, hija mía, sabéis

lo mucho que me desvela

el darles debido empleo

a vuestra rara belleza,

pues lisonjeándoos el gusto,

hice tantas diligencias

para veros muy gustosa.

(¡O si mis ojos le vieran!)

Si bien acaso serán

el motivo de mi pena

las caricias que en mí vistes,

que aunque a veces las aprueba

en un padre la piedad,

puede también reprehenderlas

la razón, cuando se cobran

en desaires las finezas.

Algunos días había

que vos por elección vuestra

entre los Príncipes, que

a mereceros anhelan,

al de Parma resolvistes

dar la mano; y en fe de esa

resolución, se trató

con su madre la Duquesa.

Y cuando del Himeneo

fueron públicas las fiestas,

hallo que halagos de Venus

de Marte en horror se truecan.

La causa vos la sabéis,

Aurora; y así, quisieras

para poder enmendarla

si ha sido justa, saberlas

de vos mesma, o si ha sido

alguna vana quimera.

Jamás al Príncipe visteis;

ya lo sé; porque si fuera

este disgusto al mirarle,

me dierais por respuesta

que os habían parecido

muy desairadas sus prendas

(motivo que en vuestro genio

a nadie extrañar pudiera).

Si bien a tan débil causa

era fácil la respuesta;

pues cuando todos alaban

del Príncipe las grandezas,

el valor, la valentía,

la gala y lustre, era fuerza

motivar, dijera el vulgo,

que era vana intercadencia.

Esto supuesto, decidme,

¿qué aprovecha, qué aprovecha

tanta afición al estudio

de políticas diversas,

si la que es razón erráis

que el más vulgar no la yerra?

Para este fin solo intento

me digáis luego cuál sea

el motivo que tuvisteis

para mudanza tan nueva.

Y atended que el dilatarlo

puede ser causa muy cierta

de aventurar nuestro Estado,

vuestro lustre y mis grandezas;

para que así satisfagas

al Príncipe que se queja,

al mundo que lo censura,

a Italia que lo pondera,

a mi cuidado que lo teme,

al pundonor que lo afea,

al crédito que lo siente,

a mi palabra que quiebra,

y a vuestro honor, que es lo más.

Ya lo dije, y no me pesa.

Aparte

Aparte

Aurora.

Fuerte lance es este, Amor.

Inspiradme cómo pueda,

sin faltar a la atención

de un padre, alentar mi empresa.

Sea ficción del retrato

de Alejandro, o no lo sea,

no admito ya desengaños

cuando otra causa me lleva.

¡La causa que tengo, ay, cielos,

que aquí el callar me fuerza,

para impedir los conciertos

que adelantó Vuestra Alteza

con el de Parma! Señor,

no puedo decir cuál sea;

solo que una repugnancia

apenas libre me deja

la elección, para admitir

con él tantas conveniencias;

y así solamente os pido

que me deis alguna tregua,

que podrá ser, con el tiempo,

estas ilusiones venzas.

Duque.

¿Cómo es posible (decidme)

que plazo alguno os conceda?

Aurora.

Señor...

Duque.

No me repliquéis.

Ríselo, al paño.

Riselo.

Dicha ha sido el que se ofrezca

llegar en esta ocasión

para evitarles una pena.

Aparte

Duque.

Esto ha de ser, o por vida...

Aparte

Aurora.

O nunca el cielo lo quiera,

¡ay, embozado del alma!

Riselo.

Gran señor, a Vuestra Alteza

dos hombres quieren hablar.

Duque.

Decid que entren.

Aparte

Aurora.

Graves penas,

no sé qué me dice el alma,

que mi pretensión alientan.

Sale Alejandro vestido de camino, y Catarro.

Catarro.

El juicio tienes perdido.

Alejandro.

No hay amor que cuerdo sea.

Catarro.

No nos saquen por las pintas.

Alejandro.

Tus vanos temores deja.

Duque.

¿Qué es lo que pedís?

Pag. 11

Alejandro.

El Gran Duque de Florencia

me ocupaba en sus jardines,

pero como me aliviaba

a mi disgusto en una cuadra

el arte de una tarjeta,

me despidió. Fuime a Parma,

juzgando que estaba en ella

su Príncipe, a quien serví

en esta ocupación misma.

Supe cómo poco antes

para Flandes dio la vuelta;

y así vine a suplicar

quiera ocuparme su Alteza.

Aparte.

Duque.

Los jardines de Palacio

correrán por vuestra cuenta.

Venid conmigo, Riselo.

¡Que mi persuasión no venza

de una mujer la aprehensión!

Vanse.

Riselo.

No será fácil vencerlas.

Alejandro.

¡Sin aliento estoy, ay de mí!

Catarro.

Yo estoy con tos, y flaqueza.

Aparte.

Aurora.

No sé qué en este hombre advierto,

que aun la atención me lleva.

Que sirvió dijo a Alexandro,

él me dirá de sus prendas.

¡Al jardinero!

Alejandro.

¿Señoras?

¿Qué me manda Vuestra Alteza?

Catarro.

¿Qué te mandará un villano?

mas verás que no te dejas.

Aurora.

Decidme los primores

en esa ocupación vuestra.

Alejandro.

Sí, gran señora, mantengo

pequeñísimas dichas en ellas.

Aurora.

¿Cómo desgracias, y primor?

Alejandro.

Siguióme mala estrella.

Aurora.

¿Con que al Príncipe servisteis?

Alejandro.

Con invenciones diversas,

que se trazan en las mudas

(sirviéndome a mí de telas

mejor, que serví de nudo

a Arachnes en sus competencias)

transformaciones de amor

fueron todas mis ideas,

tanto, que yo aun me transformo

porque mis formas no ofendas.

A hacer las transformaciones

de Júpiter se ensayara

mi inclinación; pues a veces

formo un toro en que pudieras

robar otra vez a Europa

para gozar su belleza.

Formo de murtas una nube,

cuyas hojas macilentas,

cuando el Zéfiro las mueve

(al paso que se desvueltan)

la lluvia de oro retratan

con que a Dánae lisonjean.

Y así me valgo, señoras,

de estas formas, porque en ellas

de vos, Príncipes, logro afectos,

que con las propias perdieras.

Y también porque imposibles

(que sin esto no vencieras)

con transformarse el amor,

los vence, sin competencia.

Aparte.

Aurora.

Todo es enigma, el hombre

más disimula sus fuerzas.

Extraño en vos lo infelice,

porque es rara vuestra ciencia.

Alejandro.

No lo extrañéis.

Aurora.

¿Por qué no?

Alejandro.

Así lo quiso mi estrella.

Aurora.

¿Cómo no, en tan raro genio?

Alejandro.

Bien me estaba que lo fuera.

Aurora.

¿Con eso qué interesáis?

Alejandro.

Que acaso convalecierais.

Aurora.

¿Y en caso que mejorara?

Alejandro.

Lo que digo apetecieras.

Aurora.

¿Y en eso sois confiado?

Alejandro.

¿Por qué extrañáis que lo sea?

Aurora.

Porque es achaque de necios.

Alejandro.

¡Pluguiera al cielo lo fueras!

Aurora.

¿Pues qué interesáis en eso?

Alejandro.

El ser mis dichas más ciertas.

Aparte.

Aurora.

No he visto ingenio más raro.

Aparte.

Alejandro.

Ni yo mujer más discreta.

Aurora.

Me holgara de vuestro acierto.

Alejandro.

Solo agradaros quisiera.

Aurora.

No sé que sea muy fácil.

Alejandro.

¿Qué habrá que el amor no venza?

Jornada segunda

Pag. 12

Jornada segunda.

Salen Alexandro, y Catarro de jardineros.

Alejandro.

Si el temor no me embaraza

sabré si es suyo el papel.

Catarro.

En su traza, él

parece papel de estraza.

Alejandro.

¿Que embozado le obligara

y le ofendiera el retrato?

Catarro.

Si tu cara de barato

le das, se le ha de hacer cara.

Alejandro.

Sé que le ha de ser odiosa,

si en mi desprecio porfía.

Catarro.

Cara, si fuera la mía,

pero la tuya no es cosa.

Repara Alexandro en Aurora que se descubrirá en un jardín dormida.

Alejandro.

Mas si bien llego a advertir,

dormida está.

Catarro.

¡Y no le infama

que ha cobrado buena fama

y así se ha echado a dormir!

Alejandro.

Si despierta, ¡qué temor!

y así, ¿qué podré hacer?

Catarro.

Fingir.

Alejandro.

¿Quién sabe querer?

Catarro.

Y yo entender la flor.

Alejandro.

Cuando me llego a la esfera

de un sol, ¿no me ha de vencer?

Catarro.

Por eso es bueno traer

dobladas plumas, y sinceras.

Pag. 13

Alejandro.

Jardín florido, y cielo milagroso,

dichosa esfera en cuyo señorío

tan dormido se advierte un sol hermoso

para mejor triunfar de mi albedrío.

porque son del amor tan acertados

los tiros, que los logra a ojos cerrados!

Dime tirano Dios, siendo tan ciego,

cómo tan lince buscas mi cuidado?

mas si la causa a preguntarte llego

dirás, que ha sido en ti muy acertado

guardar los ojos tú, teniendo enojos

de quien dormida se llevó mis ojos.

Al cerrarlos verán que va anegando

las maravillas, que me está ocultando:

hermoso pabellón de estos jardines

a cuya sombra su beldad reposa

al cubrirse de cándidos jazmines

formando esta una nube artificiosa;

y en sus despojos al caer sus flores

nievas su frente cándidos albores.

Mas ay amor! que luego que despierte

del sueño, se han de ajar tantos primores,

y así quiero ausentarme, o triste suerte!

para que no perdáis hermosas flores

dichas que yo malogro en tanto empeño

que si las alcanzáis, no es mas que sueño.

Catarro.

A las pintoras españolas

se hacen mejores los sexos.

Alejandro.

Aun no tenían en bosquejos

la menor perfección solas.

quisieras que este papel

te dejáramos aquí.

Catarro.

Ea entrégamelo a mí

y vayas mi alma con él.

Lucinda se está quejando

diciendo que has excedido

al tiempo que has prometido.

Alejandro.

Pues cómo, cómo he de irme?

Catarro.

Cómo cómo? andando.

Alejandro.

Pues da el papel que ya espero.

Retírase al paño Alexandro

Catarro.

Eso es dar por el atajo.

Según me cuesta trabajo

papel, tú eres el primero.

Quedito quiero llegar

que mi peligro no es barro

pues si ha de darle catarro

es fácil estornudar.

Despierta Aurora, y túrbase Catarro.

Aurora.

Qué es esto? quién, ay de mí!

Catarro.

Yo, mas San Pantaleón.

Aurora.

Vos tenéis resolución

para haber llegado aquí?

decid quién sois?

Catarro.

Por ventura sélo yo?

Aurora.

Qué os turba?

Catarro.

Veros despierta.

Aurora.

Y eso es poco?

Catarro.

Cosa es cierta.

Aurora.

Cómo así?

Catarro.

Por sí, o por no.

Aurora.

Cómo habéis llegado?

Catarro.

Ansí.

Hace que se va

Aurora.

volved acá.

Catarro.

Para qué?

Aurora.

Sabéis vos quién soy?

Catarro.

No sé.

Aurora.

Sabéis dónde estáis?

Catarro.

Aquí.

Aurora.

Vos intentáis?

Catarro.

Ya no intento

apas

Aurora.

Agasajarle es mejor

que reprehenderle severa.

apas

Catarro.

Aunque más ciega durmiera

se despertara el olor.

Aurora.

Culpo a Lucinda que infiel

se descuidó, qué buscáis?

mirad que no me mintáis.

Catarro.

Tomad primero el papel.

Aurora.

Cierto no son los primeros

que habéis dado en esta vida.

Catarro.

Sí porque es cosa sabida

el hacer yo los terceros.

Aurora.

Quién os le dio?

Catarro.

Sí Señora.

Hace que se va

Aurora.

Esperad, esperad.

Catarro.

Volveré luego

Aurora.

Y no me dais,

apa

Catarro.

Ya prendió el fuego.

Aurora.

el retrato?

Catarro.

Andallo Aurora.

dale el retrato y vase

Aurora.

Ay inhumano papel

cuánto veneno has traído?

Cómo, o cuándo, me se ha ido.

Pag. 14

Llega al paño a mirarla, y del retrato, dice Alexandro.

Alejandro.

¿Amor, no seas tirano

con un corazón rendido?

Ya el papel ha recibido

y ya le tiene en su mano.

Mas a esta parte se llega

y aquí está mi vida o muerte.

Aurora.

¿No ha sido mucho el perderte,

villano, si quedas ciego?

Fue descuido, o fue malicia

darles recuerdo a mi historia,

mas ¿qué importa la memoria

cuando falta la noticia

del que adoro? ¡Ay, infame acento,

que me hiciste pronunciar!

(mas ¿quién no ha de confesar

si es riguroso el tormento?)

Ya lo dije; que me ofusco

sola estoy, diga mi amor

que ha hallado el logro mayor

si he encontrado lo que busco.

Pero ¿cómo, mi deidad,

que fue quien en mi triunfo

tan ciego (¡ay Dios!) me obligó

a amar sin saber a quién?

Alejandro.

Indicios son infalibles

de lo que saber deseo,

con que bien claro se ve

que el amor vence imposible.

Rompe el retrato.

Aurora.

Yo, que este lance mirando

estoy así si le atiendo,

¿no he de decir que durmiendo

alcancé más que velando?

¡Mas, ay de mí!, que he notado

que acaso contra mí está

viendo lo mucho que va

de lo vivo a lo pintado;

si aun pintado recata

su firmeza, es bien constante

que tendrá poco de firme

quien tan presto se retrata.

¿Qué rumbo es este de amor?

¿Qué políticas o favor

retratársela a mi amor

no dejándose mirar?

Pero, ¡qué vana quimera

es esta, si se repara!

pues así no me obligara,

si por sí me mereciera.

Vil retrato, así verás

castigar tu alevosía.

Alejandro.

Como era la dicha mía

no ha podido durar más.

Aurora.

¡Mas, oh amor!, ¿cuánto contrasta

una quimera importuna?

Alejandro.

Para ver sus dudas, basta

el ser mujer la fortuna.

Aurora.

¿Que de tu dueño no alcance

noticias? ¿Quién me obligó,

di, a quererte?

Sale Alexandro.

Alejandro.

Yo, señora. ¡Fuerte lance!

Aurora.

¿Vos aquí? ¡A rigores de mi estrella

muerta soy!

Alejandro.

Digo, señora, que estoy

yo componiendo estas flores.

Aurora.

Pues, sin haberos hablado,

¿cómo me habéis respondido?

Alejandro.

Acaso, señora, ha sido.

Aparte.

Aurora.

Si acaso no me he escuchado.

(¿En qué estabais ocupado

sin mirarme divertido?)

Aparte.

Alejandro.

Ya la ocasión se ha ofrecido

de explicarla mi cuidado.

Un jazmín de una rosa

fue galán, y firme amante;

pretendíala constante,

y ella le admitió amorosa.

Fue la distancia forzosa

por no hallarse en un confín,

deseando en el jardín

los dos verse una mañana;

la rosa como una grana,

como una nieve el jazmín.

Aun no lograron el verse,

(ved si hubo pena mayor)

mas con todo les dio amor

modo de corresponderse.

Cuando empiezan a moverse

con el céfiro las flores,

son billetes sus ardores,

que con el viento se envían;

y así se correspondían

ausentes, en sus amores.

Viendo que por suerte avara

mas la ausencia persevera,

deseaban que crecieras

el arbitrio, y los arrancaras;

porque cuando las llevaras

sin poderse detener,

acaso pudiera ser

si ambos iban a parar

por suerte, a un mismo lugar

donde se pudieran ver.

Viendo ya que no sería

un medio suficiente,

descollábase a una fuente

que por entre ambos corría.

Con voces de dolor porfía

el jazmín, por darle aviso,

y tentando el medio indeciso

en correspondencia amorosa,

Eco se hizo la rosa,

y él en el agua Narciso.

No hubo fábulas, o quimeras

de cuantas fingió el amor

que con más fino primor

entre los dos no se hicieran.

Ser Leandro bien quisieran

entre las ondas, y escamas

del cristal, que aun no sus llamas

apagó, y como estuvieron

Píramo, y Tisbe, ambos fueron

mirándose por las ramas.

Atendía a los cristales...

Pag. 15

Alejandro.

La Rosa por si salías,

como que a ira venía

de nácar en sus corales,

con vuelos desiguales

recuperaba su recato;

pero atenta a poco rato

que le copiabas el cristal,

supliendo el original

los defectos del retrato.

Sufrió el desaire constante

sin cesar en su afición;

antes bien buscó ocasión

de mostrarse más amante.

Junto a un Laurel Gigante

de esmeraldas, fue a esconderse

con que así pudo entenderse

que mal le correspondías,

pues si ella le aborrecías,

por eso él no pudo verse.

Quejas el Jardín me daba

de permitirle su ausencia;

y así fui con diligencia

a mirar adónde estaba.

Siempre el Jazmín se ocultaba

y le vine a hallar ahora,

mírele que triste llora

y aun pienso, que me decía:

¿quién sintió la pena mía?

Yo dije, que yo, Señora.

Aurora.

¿Qué interesó en ocultarse

esa flor en su desprecio?

Alejandro.

Hacer aún con eso aprecio

de quien pudiera agraviarse.

Aurora.

¿Cómo si lo fue altivez

cuando rendirse fue justo?

Alejandro.

Como ahí le excusó el susto

de que le viera otra vez.

Aurora.

¿Y a qué, necio, eso consigas

en ocultarse qué adquiere?

Alejandro.

Verse cómo a otro le quieres,

ya que por sí no le obligas.

Aurora.

¿Os envío para ese fin

el de palomas, a quien no obligo?

Alejandro.

Yo por otro no lo digo,

dígolo por el Jazmín.

Aurora.

Sé que es ciega la pasión

y así le excusáis ahora.

Alejandro.

Cuando eso fuera, Señora,

débole aquesa atención.

Aurora.

Pagadla en agradecerla,

y no en decir que es galán.

Alejandro.

Por ventura lo dirán

otras que lleguen a verla.

Aurora.

Tendrán mal gusto,

no es poco

no apurarme el sufrimiento.

Alejandro.

Pues ¿qué intentáis?

Aurora.

Solo intento

dejaros por necio, y loco.

¡Ay embozada del alma!

Voy sin mí.

Vase.

Sale Catarro.

Catarro.

¿Fuese?

Alejandro.

Sí, y dejó

siempre en calma mis cuidados.

Catarro.

¿Pues qué fue?

Alejandro.

¿No la vistes?

Catarro.

Por mi mal.

Alejandro.

¿Por qué?

Catarro.

Porque aunque es tan liberal

sentirías que me dé.

Alejandro.

De este lance en que me vi,

son sus donaires ajenos.

Catarro.

¿Veinte leguas más, o menos,

cuánto estará ya de aquí?

Alejandro.

Ya tan lejos, que presumo

no verla ya, en mi desaire.

Catarro.

Eso es quejarse del aire.

Alejandro.

¿Y el irse?

Catarro.

La ida del humo.

Alejandro.

Calla, villano, o por vida

del sol, que adorar no ceso,

que de su partida en ti...

Catarro.

...fío;

es doblarme la partida.

Alejandro.

Puedes creerme, provoco

a furor, que solo en ti

vengaré; ¡no estoy en mí!

la pena me tiene loco.

Catarro.

No será fácil la cura;

pues aunque lo cura todo

el tiempo, fío de mal modo.

Alejandro.

¿Pues cómo di?

Catarro.

No locuras.

Alejandro.

Ven acá, que hallé un remedio

para el bien que no consigo.

Catarro.

A todo yo me obligo;

pero me encargo del medio.

Alejandro.

Puede traerme disgusto,

por alivio a mi desmayo.

Catarro.

El temer un mal ensayo

en este traje, es muy justo.

Alejandro.

¿Atreveraste a hallar modo

cómodo?

Catarro.

Cobre embarazos,

en asentando esa baza

desde luego voy a todo.

Alejandro.

Con eso mi intento abono.

Catarro.

En tan loca presunción

no ha de faltar un gorrón,

donde sobran las gorronas.

Vestido de Licenciado

su intención he de saber.

Alejandro.

Es forzoso.

Catarro.

No ha de ser,

de fuerza, sino de grado.

Alejandro.

Los pajes, como ya infieres,

ansí los quiere.

Catarro.

Mejor,

que de eso infiero, Señor;

que los busca Bachilleres.

Alejandro.

En decirme su cuidado,

ya sabes lo que intereso.

Pag. 16

Catarro.

Yo no nací para eso,

mas para esotro criado.

Alejandro.

A esta parte vuelve.

Catarro.

Malo.

Alejandro.

No acierto a irme.

Catarro.

Peor.

Alejandro.

¡Ay, dulce bien!

Catarro.

¡Ay, dolor!

Alejandro.

¡Ay, hermoso dueño!

Vanse.

Catarro.

¡Ay, palos!

Salen Anarda, Aurora y Lucinda, con un papel en la mano.

Anarda.

Recóbrate, prima mía,

del susto, y en el jardín

no hagas favor al jazmín

con agravio de la rosa.

Pues turbada tu hermosura

por accidentes se vio

que el nácar se retiró

y se quedó la blancura.

Aurora.

No extrañarás si me vi,

prima mía, de este modo.

Lucinda.

Verán vustedes si todo

no lloviere sobre mí.

Anarda.

Di, prima, ¿qué pena fiera,

tirana te desanima?

Lucinda.

Cuanto debiera la prima,

ha de pagar la tercera.

Anarda.

El llanto, por Dios, enjuga.

Aurora.

Espera allá fuera, infiel.

Anarda.

Retírate a aquel laurel.

Váyase.

Lucinda.

De la letra esta es la fuga.

dice Anarda.

Anarda.

¿Leíste el papel?

Aurora.

No, que no tuve lugar.

Anarda.

Sobrándote para amar,

pienso algún azar en él.

Lee Aurora.

Aurora.

"Veo premiadas mis fi-

nezas, mas les dais alas, sombras que me

ocultan tan cortas noticias, que no es bas-

tante errar el rumbo a tan di-

fícil empresa. No es mi mayor temor

el mereceros; mi recelo es el temor de

no agradaros. No faltaré esta no-

che del jardín, a las rejas más cer-

canas a la fuente de las Ninfas."

Aparte.

Anarda.

Cobarde se retrata,

amor me dé sufrimiento.

Aurora.

No sé si fue loco intento

el ver que así se recata.

Aparte.

Anarda.

Mal anima el corazón,

que ya un medio se le ofrece

a mi desdicha.

Aurora.

¿Te parece

que dé a sus penas atención?

Anarda.

No, prima.

Aurora.

Su fineza con desdén

se ha de pagar, con olvido.

Anarda.

Ya un medio se me ha ofrecido

con que podrás quedar bien.

Aurora.

¿No le dices?

Anarda.

Sí; y osadas

en la reja he de esperar,

donde me podré informar

de sus intentos, y así

yo sabré si te merece

triunfando de tus desdenes,

y sabrás con esto a quién

tu firme amor favorece.

Aurora.

Es tu ingenio sin igual.

Salen Bolinas, y Catarro de gorrones.

Bolino.

Logrará su pretensión:

mas pudo el capigorrón

haber dado memorial.

Catarro.

De acierto vino a ser,

mas no extraño me desmande

ignorando ser tan grande

licenciado el Bachiller.

Bolino.

Señoras, hablaros quería

este hombre.

Aurora.

¿En qué estudio?

Catarro.

En Picardía.

Anarda.

Bien lo dice su despejo.

Catarro.

No os asuste que ser ultraje

no, que ando en forma, y mi traje

que soy del Colegio Viejo.

Aurora.

¿Qué pretendéis?

Catarro.

Asistimos.

Aurora.

Jamás os vi.

Anarda.

Raro loco.

Catarro.

Yo no os conocí tampoco;

si solo para serviros.

Aurora.

¿Dónde estudiasteis?

Catarro.

En Fez.

Anarda.

¿En Fez?

pues ¿no es Berbería?

Catarro.

El que tuvo allá una tía

descendientes de Ajedrez.

Aurora.

Verle quisiera despacio;

que es hombre de raro humor.

Anarda.

Para eso serás mejor

el que se quede en Palacio.

Aurora.

¿Y es vuestro nombre?

Catarro.

El Bachiller Sacabuche.

Anarda.

Extraño nombre.

Aurora.

¿Y por qué

de aquesta suerte os llamáis?

Catarro.

Si de saberlo gustáis,

yo, señora, os lo diré.

Nací con tan mala maña

para que el saberlo os cuadre,

que le dio un parto a mi madre,

que le hizo echar las entrañas.

Importábale el callar

un secreto de cuidado,

y el antojo del preñado,

era antojo de cantar.

Un instrumento pedía

al parir, para este fin.

Liras no hubo, ni violín,

y pidió una chirimía.

No se halló en todo el confín

cuando más cantar deseaba,

y viendo que no se hallaba

dijo: tráiganme un clarín.

El que le llegó a fiar el secreto,

allí se halló;

y luego se receló

Pag. 17

Catarro.

que lo había de cantar.

Empezaron desde allí

los dolores, con espanto,

y me vi en peligro tanto,

que aquel día que nací.

Y como su antojo vano

fue cantar por un tenor,

como le apretó el dolor

empezó a cantar de plano.

Quiere la suerte de nueve

el del secreto, y de unas

no traigan la chirimía

que es nacido el sacabuche.

Anarda.

¡Extraño genio!

Aurora.

Extremado.

Catarro.

Con ese asombro he quedado.

Belisa.

Sí, pero fue por mal nombre.

Aurora.

¿Vuestras ciencias sin igual

vendrán a ser, a lo que escucho?

Catarro.

Hasta ahora no sé mucho

aunque en todo universal.

Aurora.

¿Sois filósofo?

Catarro.

Conocí

a Aristóteles, y sé,

que aunque yo no le alcancé,

tampoco él me alcanzó a mí.

Aurora.

¿Seréis médico?

Catarro.

Todos procuran

alabar, cuando he curado.

porque estando examinado

al instante salí ad curam.

Anarda.

¿Y músico?

Catarro.

Soy portento,

que aunque a tañer no me abato

si acaso me vienes a mano,

toco cualquier instrumento.

Aurora.

¿Poeta?

Catarro.

En eso puedo

con vos ser extremado:

en eso estoy ocupado,

mas no me metáis en enredo.

Aurora.

Notables ventajas os.

Anarda.

Vuestra ciencia es prodigiosa.

Catarro.

Aún me falta alguna cosa;

que la procuro saber.

Aurora.

En palacio os quedaréis,

vamos Primas.

(Aparte)

Anarda.

¡Atiende amor

en el empeño mayor!

(Vanse)

Catarro.

Sé bien que os sirvo veréis.

Belisa.

El parabién quiero darte

de tan debido hospedaje.

Catarro.

Seamos amigos, y encaja

la mano

(Aparte)

Belisa.

De mortero.

Catarro.

Muy amigos desde ayer

Beliño, hemos de quedar.

Belisa.

Fe y palabra te he de dar

con mi mano.

(Vanse)

Catarro.

De almirez.

Salen Alexandro, y el Príncipe de Urbino.

Urbino.

¿Amigo Celio?

Alejandro.

Señor,

¿qué hay en que os pueda servir?

Urbino.

En ayudarme a sentir.

(Aparte)

Alejandro.

Tuviera a felicidad

y a dicha, a mi fe no ajena

de tan rigurosas penas

poder sentir la mitad.

¡Qué verás, válgame el cielo!

(Aparte)

Urbino.

Mi pena te haré saber.

(Aparte)

Alejandro.

¿Si me llegó a conocer?

Urbino.

Con vos templo mi desvelo

y me admiras. ¡Vive Dios!

veros en un error de estado,

cuando todos han notado,

tanto que admirar en vos.

Alejandro.

Nace un hermoso raudal,

tan claro en su primer ver

que el mejor cristal podía

en él verse, como en él.

Crece vaporosas nubes,

y a poco rato se ve

casi anegar las estrellas

plata esperando a verter.

Perdió su lustre primero,

y su risueño correr,

con que le hizo en un punto

el vapor, mudar de ser.

Arroyo, arroyo nací

y mil aplausos gocé

y una nube oscureció

lo claro que fui al nacer.

Urbino.

Así más seguramente

de mi mal os daré cuenta.

Alejandro.

Mi obediencia escuchas atenta.

Urbino.

Pues oyes por qué te la cuente.

Ya Celio creo te consta

cómo vine desde Urbino

a Milán, con pretensión

de ver si acaso consigo

el triunfo de los rigores

de Aurora, tan raro hechizo,

que en lo mismo que me ofende

es con lo que más me obligo.

El de Ferrara, y yo solos

entre los que han concurrido

quedamos en el empeño

de idolatrar sus desvíos.

Procurando el obligarla

ya en el festín, ya en el circo;

con galas en los torneos,

con finezas, y cariños.

(medios todos que pudieran

doblar la cerviz de un risco,

hacer líquido un diamante,

al bronce hacerle de vidrio)

Sin que nada de esto baste

a triunfar de un albedrío

ni de un sexo tan extraño:

(no sé cómo lo repito)

que en las fábulas ni historias

otro como él no se ha visto,

pues funda solo en ser solo

los triunfos de su destino.

Pag. 18

Urbino.

tanto, que atendiendo a veces

a mi prolijo discurso

hallo, que Apolo de Dafne

aún fue más favorecido,

pues aunque pagó en desprecios

las ansias de sus suspiros,

se coronó de sus hojas

verde laurel; que así invicto

aun mesmo tiempo quedando

vencedor, siendo vencido.

Atendiendo, pues, que ves

sin premio un amor tan fino,

antes bien con nuevo agravio,

como si fueran delitos

recelos, amor me perdone

que no sé lo que me digo,

si acaso por otro amante,

aunque no le he conocido,

se ofende de mis finezas,

se agravia de mis cariños,

se resiste a mis halagos

y no atiende a mis suspiros.

Solo alentaron mis celos

ciertos confusos indicios

de que alabó la destreza

de cierto Alcides mentido,

que de un empeño triunfó

con mi desdoro en el circo.

Salió embozado, es verdad,

mas con mil recelos vino,

que fue Alejandro de Parma

que de su amor admitido

alguna vez por acaso

(que me importa el no decirlo)

le despreció, y él porfía

en sus locos desvaríos.

Será presunción, es cierto,

mas no faltó quien me dijo

que está en Milán, aunque siempre

receloso, y escondido.

Impórtame pues saber

si acaso Aurora le ha visto,

porque si le vio es muy cierto

que fue el llamarle preciso.

Si le habla es amparado

de las sombras, pues corrido

de su pasado desaire

va ocultando su destino.

Si le corresponde es cierto

que es por el ameno sitio

de estos jardines, que deben

a su desvelo su aliño.

Y así, aunque puedo fiarme

de criados y de amigos

para quedar satisfecho

en mis celos, no he querido

dar a otro mi cuidado;

y así, Celio, determino,

me introduzcas esta noche

por un oculto postigo

para que así con secreto,

sin ser de alguno sentido,

yo desmienta mis sospechas,

o me halle agradecido,

Aurora se compadezca,

logre mi amor sus cariños,

triunfando de quien me ofende,

o celoso, o vengativo.

Alejandro.

Ánimo, corazón, pues a

disimular es preciso,

tiempo habrá de mostrar fiero

lo irritado y vengativo.

Digo, señor, que las honras

que de tu alteza recibo,

en ofreceros ocasión

de que entiendan cuánto estimo

la ocasión de obedeceros;

en la lealtad de serviros

fiaréis, y así a mi cargo

ha de estar el asistiros.

Vase.

Urbino.

Y el premio de esa lealtad.

Celio, estarás siempre atento,

pues cuando la ocasión llegue

os daré de todo aviso.

Alejandro.

¿Si en tan apretado lance

amante alguno se ha visto?

dígalo quien de mi historia

ignorante no ha venido.

Para esta noche es el plazo,

que le tengo establecido

a mi dueño para hablarle

según le escribe, y al mismo

tiempo, en otro empeño

más engolfado me miro?

Sale el de Ferrara.

Ferrara.

Hacia esta parte

quedaba, según me han dicho

Celio, de cuya asistencia

en mi empeño necesito.

Pag. 19

Alejandro.

¿Gran Señor?

Ferrara.

Aquí os buscaba.

Aparte

Alejandro.

Toda mi vida es prodigios,

mi dicha mayor será,

saber, Señor, en qué os sirvo.

Ferrara.

El seguro que de vos

siempre mi pecho ha tenido,

me obligó a que me asistáis

en un empeño.

Alejandro.

Tan mío

le debo juzgar, que en él

me veréis como a vos mismo.

Ferrara.

Ya del empeño en que a Aurora

infelice no le obligo

trataba de desistir;

pero supuesto, es entendido

ya, que el intento sabéis

con que a Milán he venido

con los Príncipes, no es bien

se diga, que de él desisto.

Y así, por razón de estado

aunque idolatre su hechizo,

a mi pundonor le importa,

como veis, el proseguirlo.

Viendo pues, que el obligarla

hasta aquí no he conseguido

con galanteos, desde hoy

diferente rumbo sigo.

Pues pienso dándola celos

(mas no sé lo que me digo)

cuando en su desdén no es fácil

tener su efecto debido.

A Lisarda, su bella Prima,

es galantear mi designio,

con que puede ser que,

aunque sean

sus rigores más remisos.

Para este fin esta noche,

Celio, tengo prevenido

darle una música, en que

le explique a Amor mi cariño.

Y pues su cuarto a la parte

está del jardín florido

que corre por cuenta vuestra,

quise primero advertiros;

no solo el que no extrañéis

la novedad en el sitio,

sino que me hagáis espaldas;

puesto, que de vos me fío.

Alejandro.

¿Quién dirá, que a un nuevo empeño

me atajara, mis designios?

mas ya le debo a mi amor

medios para proseguirlos.

Mi obediencia, gran Señor,

siempre os responde.

Ferrara.

En todo, Celio,

me hallaréis agradecido.

Mas el Duque hacia esta parte,

se llegó ya, y es preciso

hablarle; idos, Celio.

Alejandro.

Esperaré vuestro aviso.

También sacaré a campaña

a otro, como al de Urbino;

mas ¿para qué es explicarlo,

si el suceso ha de decirlo?

Vase

Sale el Duque, y Riselo.

Duque.

¿Es notable confusión

Riselo, en la que me miro;

disfrazado, y en Milán

cuando en Flandes le imagino?

Riselo.

No hay que dudar que es engaño,

Señor, pues hubieran indicios

de tal novedad, más ciertos

que los que se han presumido.

Duque.

¿Mas el Príncipe?

Ferrara.

Dichoso

Gran Señor, sin duda he sido

en venir a estos jardines,

pues que ver he merecido

en ellos a Vuestra Alteza.

Duque.

Confieso que estoy corrido

Príncipe, de que en Milán

tanto os hayáis detenido.

Mas cuando de tan diversos

blasonáis, bien conocido

tendréis, que no es culpa mía.

Ferrara.

Siempre, Señor, lo acredito.

Duque.

¡Extraño genio el de Aurora!

y aunque al mirar ofendida

mi respeto, en su tardanza

no puedo haber reducido

a obligarle que eligiera

en vos, Señor, o el de Urbino

esposo, bien conocéis,

que violento un albedrío

trae, siempre en estas materias,

muchas desdichas consigo.

Durezas son, y faltan

y es bastante lo que os digo

para que así conozcáis,

que con razón, no me animo

a valerme de la fuerza;

cuando por libres albedríos

mayores triunfos le aguardan

al que adorarse rendido.

Ferrara.

Tan lejos de estar quejoso

de sus desdenes me miro,

que idolatro en sus rigores

esta dicha en que me fío.

Duque.

Sois galán, y respondéis

como quien tanto lo ha sido:

y pues ya cierra la noche,

bien podéis, si sois servido

Príncipe, honrar a Palacio.

Aparte

Ferrara.

El favor Señor estimo.

No podrá hallar ocasión

mejor para mi designio.

¿Ha sabido Vuestra Alteza,

si el de Parma ha proseguido

con su intento, en hacer guerra?

Duque.

Lo que por cierto he sabido

es, que aunque alistó su gente,

a campaña aún no ha salido:

mas a Palacio volvamos

que el que me tratéis, estimo

en esta materia, cuando

de consejo necesito.

Ferrara.

En todo me honráis, Señor.

Duque.

El favor yo lo recibo.

Vanse

Sale Anarda a unas rejas.

Pag. 20

Anarda.

¡Qué impaciente es el amor!

¡qué veloz, qué mal sufrido!

pues apenas dio lugar

al último paraxismo

de la luz, para salir

daqueste aplacado sitio

adonde espero lograr

mi amoroso desvarío.

Ya sin temor ni recelo

Aurora se ha recogido,

de que infiero que un amor

tiene mucho de dormido;

pues no le causa desvelos

en que tan confusa vivo,

que el menor reposo al alma

aún no se le ha permitido.

Suenan instrumentos.

Anarda.

Mas ya de los instrumentos

los acentos dan aviso

de que el dueño a quien adoro

ya habrá llegado a este sitio.

Cantan dentro.

Música.

¿Adónde vas, pensamiento

veloz, si el rumbo has perdido?

mira que buscas tu ciego

donde ignoras el peligro.

Sale Alexandro de galán.

Alejandro.

Ya, amor, no hay volver atrás

en tu empeñado desatino,

y así a morir, o vencer

con valor en los peligros.

Dicha ha sido el hallar medio

como a mis dos enemigos

se dieran a un mesmo tiempo

papeles de desafío.

Cumpliré en primer lugar

con lo que le he prometido

al dueño a quien idolatro,

y después volveré al sitio,

que a ambos tengo señalados.

Anarda.

Sin duda, es este que miro,

que otro no es posible sea.

Alejandro.

Ya llego, ¡qué mal me animo!

¿Sois vos, señora, el Aurora

a cuyo fulgor divino

merecieran traerme

a este cielo, que florido

en vez de astros vive flores

con que al cielo habrá excedido;

pues si esplendores no más,

en las estrellas se han visto,

esplendores, y fragancias

en luces de azahares miro.

Anarda.

El sujeto habéis errado.

Aparte.

Alejandro.

Del acento lo colijo

¡ay hombre más desdichado!

mas, ¿cómo aquí?

Anarda.

Ya os le digo,

pero decidme quién sois.

Alejandro.

No me es posible el decirlo,

y así perdonad, señora,

si lo callo (¡qué mal finjo!),

lo que decir puedo solo

es, ser príncipe, que vino

de muy lejos, a mirarse

como otro amante Narciso

en los cristales de Aurora.

Anarda.

Pues, ¿cómo tan escondido

andáis, cuando el conoceros

importa?

Alejandro.

Era delito

señora, el manifestarme.

Anarda.

No alcanzo vuestros designios,

pero sabed, que yo soy

la dama, que habiendo visto,

vuestro valor, os llamó.

pero tendréis entendido,

que os merece aunque seáis

príncipe, como habéis dicho.

Si intentáis corresponder

señor, tan amante, y fino

aquí me podréis hablar.

Aparte.

Alejandro.

Mejor medio he discurrido

para alentar mi esperanza,

diré que sus luces sigo.

Sale Aurora, a otra reja.

Aurora.

Desde aquí puedo escuchar

al dueño de mi albedrío.

Anarda.

¿No respondéis?

Alejandro.

Ya, señora,

os hubiera respondido,

mas quise satisfaceros

mejor, del bien que consigo.

Aparte.

Anarda.

Alienta, amor, mi esperanza,

que aún no está todo perdido;

pues ahora, ¿qué decís?

Alejandro.

Solo intento persuadiros,

que mi amor no sigue a Aurora.

Aurora.

¡Qué escucho, cielos divinos!

Alejandro.

vuestras luces idolatro.

Anarda.

¿Cómo? ¿si no me habéis visto?

Aparte.

Alejandro.

Como les debí a los astros

el influir tan benignos,

¡qué mal acierto a fingir!

Aurora.

Astros impíos

fueron para mí, mal haya

mi suerte, que haya sufrido

mi desprecio; esto ha de ser,

así sus dichas impido.

¿Anarda?

Anarda.

¡Válgame el cielo!

idos, caballero, idos.

Aurora.

¿Anarda, prima?

Aparte.

Alejandro.

Ya conozco, de quién soy favorecido.

Anarda.

Aquí otra vez voy mortal.

Quítase de la reja, y pónese Aurora.

Alejandro.

¿Si es ilusión lo que miro?

Aurora.

¿No os vais?

Alejandro.

Tras vuestros ojos divinos.

Aurora.

Embozado, o sin embozo,

que en vuestro amor he advertido,

embozado andáis a Aurora,

y a mí me queréis, ¡qué digo!

Alejandro.

Vuestro sol solo idolatro,

sábelo el cielo divino,

que aunque dije que no había

vuestra beldad conocido...

Pag. 21

Alejandro.

fuerzo por averiguar,

si erais el sujeto mismo

que quiso favorecerme;

y pues sé que habéis vos sido,

la misma que algunas veces

habéis hablado conmigo

sin máscaras, aunque en disfraz,

temeroso, y indeciso

de enojaros.

Aurora.

No prosigáis.

Alejandro.

Os suplico.

Aurora.

Porque ya

está el desengaño visto.

Alejandro.

¿Tendréis piedad?

Aparte.

Vanse.

Aurora.

¡Qué mal mi pesar resisto!

¡Aguarda prima tirana!

¡A embozado fementido!

Sale el de Urbino.

Urbino.

¿Qué es lo que pasa por mí?

¿yo llamado a desafío

por un papel sin saber,

quién puede ser mi enemigo?

Sale el de Ferrara.

Ferrara.

En el lance en que me veo

he de perder el juicio,

por ignorar cuyo sea

arrojo tan atrevido.

Urbino.

Este puesto me señala.

Ferrara.

Éste es el lugar que dijo.

Urbino.

En que he de hallar mi contrario.

Ferrara.

¿Dónde hallaré a mi enemigo?

Urbino.

Pero allí entiendo, que aguarda.

Ferrara.

Mas que espera allí imagino.

Urbino.

Ya se llega.

Ferrara.

Yo me acerco.

Urbino.

¿Sois vos el que me dio aviso

de esperarme en este puesto?

Ferrara.

Soy quien pregunta lo mismo

que vos intentáis saber,

pues no sé de mi enemigo.

Urbino.

Mas ¿éste es el de Ferrara?

Ferrara.

¿No es el que veo el de Urbino?

Urbino.

Mas cielos ¿cómo ha faltado?

Ferrara.

¿Cómo faltar ha podido?

Urbino.

¿A un homenaje jurado?

Ferrara.

¿A una ley que ha establecido

en ambos?

Urbino.

Duque,

¿sois el que me ha conducido

a este puesto? ¿qué aguardáis?

Sacad el acero limpio,

aunque dudo si lo es tanto,

como hasta ahora lo ha sido.

Ferrara.

Esperad; que vive Dios,

que me detiene indeciso

el ignorar de este empeño

cuál pudo ser el motivo.

Urbino.

¿El del papel no es bastante?

Ferrara.

¿Yo a vos?

¿no veis, que es delirio

pensarlo, cuando avisado,

por un papel he salido?

Urbino.

Yo no sé más de que os hallo

donde busco a mi enemigo,

y así para serlo bastáis,

hallaros adonde os miro.

Ferrara.

Decís bien, que para serlo

la razón misma me aplico;

y bastáis para contrario

el veros en este sitio.

Urbino.

No culpéis mi fe, y palabras

y riñamos, que es preciso.

Ferrara.

Riñamos pues, pero antes

suponed en mí lo mismo.

Sacan las espadas, riñen, y sale Alexandro.

Alejandro.

No he podido llegar antes

aunque apresuré el camino.

Caballeros deteneos,

que soy quien ha conducido

vuestro valor, a este puesto,

y así es el duelo conmigo.

Urbino.

¿Con ambos? ¿qué desatino?

Ferrara.

¿Pues cómo? mal me reprimo.

Urbino.

Yo llegué al puesto el primero.

Ferrara.

Yo soy el más ofendido.

Urbino.

Vais retiraos, Duque.

Ferrara.

Bien Príncipe podéis iros.

Urbino.

Sea con quien fuere el duelo,

primero es el descubriros.

Ferrara.

Fuerza es primero saber

el contrario, con quien riño.

Alejandro.

Descubrirme no pretendo,

ni mi nombre he de deciros,

soy vuestro igual para el duelo,

y basta que yo lo afirmo.

Urbino.

¿Sois acaso el embozado,

que aplausos tiene adquiridos,

compitiendo a mi grandeza

arrogante, y presumido?

Alejandro.

El mismo soy.

Ferrara.

¿No acabaréis de decirlo?

reñid, que a mí me buscáis.

Urbino.

El pleito ya está vencido,

porque me llamó primero.

Ferrara.

El mayor agravio es mío.

Alejandro.

Todo no se satisface,

conque ambos a un tiempo

conmigo riñáis, porque

aún para más tengo bríos.

Urbino.

¡Ah, temerario arrojo!

éste ha de ser el castigo.

Ferrara.

No admiréis en este caso,

si ampararos solicito.

Riñen los dos con él, y suenan instrumentos, y pónese en medio

Ferrara.

Mas suspended los aceros,

que en el verde laberinto

de esos jardines me llaman.

de amor, lance más preciso.

Alejandro.

¡La cobardía reñid!

Pag. 22

Cantan adentro, y cesan de reñir.

Vánse.

Él y la música.

Jornada tercera. Salen, Alexandro, de Jardinero, y Catarro de Gorrón.

Vase Alexandro, y sale Beliñas, y detiene a Catarro.

Pag. 23

Boli. Averiguar ciertos chismes. Cata. Pues averigüelos, y vamos. Boli. Dicen, que en vuestro estilo, como un ladroncillo ha dado de coplas, le hizo a Lucinda ciertos versos, y lo ufano. Privale, que eso me place: ¿más coplas? No he llevarlo. Cata. Déjeme, si vivir quiere. Si morir, voy a les dando. Boli. ¿A mí amenazas tan vista? Cata. Voy mis agravios vengando. Sale Lucinda. Luci. Oigan, quedos, poetas celébérrimos, no han de reñir así, que es caso ilícito ofenderse con modos tan acérrimos a gorrones podridos, no les es lícito. Boli. Que me detuvo agradézcalo. Cata. Siempre sabré yo pagárselo, porque jamás fui tan rústico, como vuesa merced, señor zángano. Boli. Imaginas, que queriéndole ha de estar por cuatro cánticos que le compone a lo crítico, siendo sus versos mecánicos. Cata. No son, sino elegantísimos. Boli. Pues en otra parte cántelos. Cata. Canto con él, que es mi pífano. Boli. Ese sacabuches está vago. Luci. No vuelvan a reñir, óiganse, y pues saben que es mi plática en los festines magníficos los que de mi amor son Tántalos, el galantear como Hipólito a la que adoras con zafiros, si no le tienen, compónganle que en el tarro pueden dárselo. Boli. Yo los ofrezco coléricos. Cata. Y yo, suindos flemáticos. Boli. Así serán melancólicos. Cata. No serán, sino flemáticos. Sale Aurora. Auro. Anarda, ya mis enemigos, dados por los celos que ha causado en mi pecho, a este jardín salgo a buscar, ¡ay, tirano amor, que así me desvelas! Lucinda, ¿sabes acaso adónde mi prima está? Luci. Yo presumo que esperando está en esa clara fuente. Cata. Alégrome hayáis llegado, señoras, porque juzguéis una obrita, feliz parto de mi ingenio. Auro. ¿Cómo vuestro? Cata. A luz la saco: pues, a que la escuchen. Auro. ¿En qué metro? Luci. Será vario. Auro. ¿A qué asunto? Cata. A la hermosura de una que fue mi cuidado. Boli. Y será de cuatro pies. Luci. Así serán bien pasados. Auro. Serán de amante muy fino. Ca. Cata. Y de tiernos se han quebrado. Saca un papel largo, y lee. Aunque me tiene el exceso que te pinté mi locura no hará nada; pues sin eso ni con eso bien sabes es tu estatura bien pintada. No obstante, se me hará duro dejar tu pelo, que vas tan peinado; que aunque sea de maduro ninguno dirá que estás sazonado. De esa tu frente atrevida jamás me falta querella si madrugo; pues cuidando tanto de ella como siempre está plegada se te arruga. Pero ya puedes vivir con tus cejas sin puntillos entre esferas; porque si no hay de qué asir quién ha de trabar pelillos aunque quieras. Y en efecto a tanto obliga el mirarte, pestañear si te celan: que no hay quien luego no diga que gordas deben de ser pues se pelan? Aunque más llegues a advertir esos ojos que estoy viendo mal rompidos; de nada pueden servir, cosa bien extraña siendo entremetidos. No sé cómo no te estrechas de las tu nariz, Inés, decir nada; que por ser cosa tan mucha no hay quien diga que no es muy sonada. Aunque más sea tu cara en que se mira no des trecilla; pues si es dos caras es caras y yo sé que la tuya es mascarilla. Pincel, la boca dejad, que no hay quien pintar su modo hoy me mande; pues si vas a decir verdad es tu boca sobre todo cosa grande. Y pues de tus dientes bellos no hay quien pueda decir mal cara a caras; solamente diré de ellos, que son sin ser de cristal cosa clara.

Pag. 24

son aunque más te ofendieras tus manos (Dios me es testigo) medios vanos, porque yo al Diablo me diera antes que venir contigo a las manos. Quien puede su pie medir aunque lo llegue a alcanzar fácilmente, mas de él nada he de decir aunque de él pudiera hablar largamente. Auro. Bien enojarse podrá al mirarse, se le advierto, pintar así. Luci. ¿Y más si le pareciese? Cata. Sí por cierto. Como a ti. Quir. ¿En mi cara este pesar? Boli. Yo el agravio vengaré. Cata. Oigan ustedes porque se servirá de cantar. Tocan dentro instrumentos y salen el Duque, Anarda, Urbino, y Ferrante. Auro. A prevenir el festín los Príncipes, y mi Padre llegan ya, como si en él se aliviaran mis pesares. Duq. De las dichas que consigues parabienes puedes darte Auroras; pues a tu cielo hoy consigues, que consagren los Príncipes el afecto, que en demostraciones tales ostentan, para que veas cuánto llegan a mostrarse. Hoy cumples años, y así ingeniosos como amantes, con un festín esta noche solicitan obligarte. Ana. De tantas glorias, señor, el parabién puedo darme; pues sobra el que vuestras sean, para que puedan honrarme. Urbi. Mil siglos gocéis, señora; Ferra. Gozad por muchas edades; Urbi. Los años que celebráis, Ferra. Sean del fénix imagen. Auro. El silencio solamente es quien pudiera explicarse en lo mucho, que agradezco apa. (vamos escondiendo pesares) tan grandes demostraciones que aunque no es justo cobrarlas en pechos tan generosos; el no acertar a obligarles, o mi desgracia, o mi estrella árbitra de mi dictamen, mi estimación, no consiente que llegue hoy a confesarle. Duq. Como aceleró la noche su vuelo en negros celajes de sombras, que en negras plumas las alas llegó a calzarles, no más de para que fuesen infaustas, y dichas iguales los acordes instrumentos llaman con voces suaves al sarao, con que ya a tiempo Auroras, deis a lograrles. Urbi. No es justo que se detenga. Ferra. No es razón que se dilate. Urbi. Pues en el dándole celos, apa. Ferra. Pues en el con despreciarles, apa. Urbi. Me vengarán sus rigores. apa. Ferra. Su desdén ha de vengarme. apa. Auro. El obedecer es justo apa. amor de mí te apiades: pues todos sin el que adoro han de ser para matarme. Vanse, y sale Boliña, y Carazo, con libreas ridículas, mascarillas, y con luces y se pondrán a las esquinas del tablado. Boli. Alúmbrele Dios con bien a mi amo, con su dictamen pues ya saben todos, que no podemos alumbrarle. Cara. Por si hablar puede a Lucinda elegí el mudar de traje y la intención, no es sincera si por esta luz que arde. Empiezan los músicos a cantar. Musi. A los años de Aurora horas sin medida, que le asista Cupido pido en la fiesta. Salen chirimías, y el de Urbino con máscaras, y en acabar de hacer la mudanza se dirán. Canta la música. Cuando al retrato atienda tienda las alas, el amor, que cobarde apa. arde en su gala. Urbi. Ofendido estará el sol señora, pues le reduces a esa máscara las luces de ese flamante arrebol. Auro. Aunque estimar el favor debiera aquí mi grandeza; pudieras en otra belleza adquirir premio mayor. Dice la música, y salen Alexandro y Anarda a hacer mudanza. Musi. Dióle el sol en despojos ojos tan graves; que luces por tan bellos ellos repartan. Alex. Rigor, y piedad ha sido, si celebro mi ventura; el ver que vuestras hermosuras sus luces haya impedido. Piedad: pues ha prevenido el no abrasarme en su esfera: y rigor: porque manifiesta

Pag. 25

dichos abrasarme en su ardor, para que así en el mi amor, como fénix renacieras.

Cantan, y sale el de Ferrara, y Lucinda.

Hacen mudanzas, y Alexandre buscará el lado de Aurora.

Aparte

Urbino a Anarda.

Aparte

Aparte

Al decir estos versos cáesele la mascarilla a Alexandro, y le ve Aurora.

Vase

Vase

Músicos, y cantando representan.

Vase

Vase

Vase la música, y quedan Catarro, y Alexandro.

Vanse

Salen Aurora, y Lucinda con luz.

Vase

Pag. 26

Tocan clarines, y sale Riselo de caza.

Aurora.

tanto lo que me ofendiste;

sino viera que me hiciste

de un ingrato ser tercera.

¿Yo contra mí? ¡Oh cruel rigor!

¿solicitando su dicha?

Y yo a buscar mi desdicha,

¿puede haber pena mayor?

¿Yo a tenderle? ¿yo escucharle?

¿Cómo de mí no se venga

furor que obliga a que tenga

vida, para pronunciarle.

Que tan galán se ocultara

de sí mismo receloso?

pero cuando un alevoso,

no escondió su doble cara!

Nadie ignorará que es

traición en un homicida;

feriar galán una vida,

para quitalla después.

Riselo.

Estas las señas señora

de partir a caza al monte

A cuyo verde horizonte

vuestras bellas luces dora.

Alejandro.

Ya dichoso una vez ocupo el monte

de donde se descubre el horizonte,

adonde miras mi cuidado ahora

Si se divisa la mejor Aurora;

que entre rojos, y cándidos albores

luces feriando va a las bellas flores.

Y a las ha llegado a ver, y onas ufanas

si no gustáis de ir en coche,

servirá Atlante una pía

cuya piel dibujó el día

con las sombras de la noche;

y dirán al ver su arrebol;

que como en verte se goza,

se soltó de su carroza,

por servir a mejor sol.

Aurora.

Decidme, ¿no podrá ser,

quedarme?

Riselo.

¡Pena insufrible!

¿Eso cómo es ya posible,

llegándolo a disponer

vuestro Padre?

Aurora.

A morir

iré con mi pasión.

Riselo.

Notable es su confusión

Aurora.

Vamos celos a sentir

cuanto me hacéis padecer!

Riselo.

El festejo se dirige

a aliviar cuanto te aflige.

Vanse y sale Alexandro con bem- blo, vestido como salió en el sarao

Aurora.

Muy difícil ha de ser.

Alejandro.

Entre ondas de olor mares de grana

surca veloz, en una hermosa pía

animado bajel en que va el día.

Dentro.

Atajad aquel bruto desbocado,

que lleva asía aquel risco despeñado.

Alejandro.

Suspende el curso ardiente bruto fiero,

a los brillantes rayos de mi acero.

El destino detén adonde anhelas,

que parece no corres sino vuelas,

sirviéndote tus pies de alas, y plumas

matizadas de cándidas espumas.

Sale Alexandro con Aurora en los brazos.

Aurora.

¡Paras indómito bruto, piedad cielo!

Alejandro.

Suspended el hermoso los recelos

de peligrar, si mi valor espera

el ser de tanta luz dichosa esfera.

Pues elevado Cisne hecho pedazos

el Cielo todo se dejó en mis brazos;

para que dichas logre sin recelo

siendo en el monte Atlante de ese Cielo.

Aurora.

¿Quién eres hombre? ¡Ay Dios!

Alejandro.

¡Válgame el cielo! Señora, Aurora, vos,

apas

Aurora.

¿Cómo inhumano

ha podido conmigo ser tirano?

sombra, ilusión, asombro, hechizo,

si por ti eres tan cruel, di ¿quién te hizo

conmigo tan piadoso? si homicida

siendo hasta aquí, te debo nueva vida?

Alejandro.

Cuando Señora yo fui riguroso

Pag. 27

Alejandro.

Con quien debo ser más venturoso?

Aparte.

Aurora.

Callas; mas cómo amor ser ha podido

traidor conmigo? cuando le he debido

la vida, a un valor?

Alejandro.

Sin ofenderos

el adoraros moriré sin veros.

Hace que se va.

Aurora.

Pues ya se ausenta a quien debí la vida?

No volvéis?

Alejandro.

Vive tan rendida

la vida, señora, del que os ama,

que vuelve a obedecer.

Aurora.

Quién os llama?

Alejandro.

No volvéis? oyeron mis cuidados.

Aurora.

Qué importa si llamaba a mis criados?

Alejandro.

Perdonad, que juzgaba el ser dichoso.

Hace que se va.

Vase.

Aurora.

Mas esperad, oh lance riguroso!

qué destino a este monte os ha traído?

Alejandro.

El alcanzar el bien no merecido.

Aurora.

Qué bien tiene una muerte prevenida?

Alejandro.

Pues fue poco, señora, daros vida?

Aurora.

Ignoro quién seáis, aunque no ignoro

en vuestro oculto intento mi desdoro.

Alejandro.

Yo ofenderos, señora? yo tirano?

Adentro voces.

Dentro.

Ya libres del peligro ocupa el llano.

Aurora.

Mas los príncipes llegan.

Alejandro.

No he juzgado

inconveniente haberos encontrado.

Aurora.

Entre esas peñas, no sé lo que me digo.

Alejandro.

Ya os entiendo, señora, y si consigo

obligaros, así he de obedeceros,

aunque el mayor peligro está en no veros.

Vase y al retirar le cae un papel y le coge Auro.

Aurora.

Mas un papel allí se le ha caído,

no sé si dicha, o si desgracia ha sido;

levantaréle aunque he recelado,

me ha de quitar la vida, que me ha dado.

Salen Anarda y los príncipes con venablos.

Urbino.

Desgracia fue dichosa haberme hallado

ausente del peligro; en que han notado

señoras a vuestra Alteza, pues al veros,

no llegara con vida a socorreros.

Ferrara.

Un jabalí seguía en la maleza,

cuando supe, señoras; que vuestra Alteza

peligrabais en el bruto devorado;

por eso a socorreros no he llegado.

Anarda.

El parabién me doy, primas, y señoras,

de ver sin riesgo la mejor Aurora.

Aparte.

Aparte.

Aurora.

Pretendo agradecer; y más me irrita;

que no pudiera leer el sobre escrito?

Siempre mi estimación agradecida

a ese afecto estará como la vida.

Primos, que os he debido en mi cuidado

no habiendo en tanto riesgo peligrado.

a no decirlo por ahora atiendo

cuando el bruto veloz iba corriendo

le herí con el venablo.

Urbino.

Raro acierto.

Aurora.

Y la vida me dio, quedando muerto.

Anarda.

En morir a tus manos fue dichoso.

Ferrara.

Otro vendría a ser más venturoso.

Urbino.

Si gustáis, que la caza se prosiga

Pag. 28

Urbino.

por ese valle con menor fatiga

la destreza veréis de quien adora

la luz con que ese sol los campos dora.

Aurora.

Con el susto no es fácil detenerme,

y así a la corte trato de volverme

hoy con mi prima; sola me acompaña.

Anarda.

Agradezco finezas tan extrañas.

Apa.

Aurora.

¡Ay, cruel! ¡Ay, tirana! ¡Ay, traidora!

Apa.

Anarda.

De cierto mi traición no sabe Aurora.

Urbino.

Aunque abrasado entre sus llamas mueras,

Faetón de su carroza ser quisieras;

mas siento que he quedado poco airoso.

Ferrara.

Con su desdén, ¿quién puede ser dichoso?

Vanse todos, y sale Alexandro, y Catarro.

Catarro.

¡Yo hallarte entre esos riscos! Caso extraño:

¿das en anacoreta, o ermitaño?

aunque no extrañaré el yermo te cuadre;

pues en él te estarías como un padre.

Alejandro.

Aunque feliz, como te dije, he sido;

entre esas matas siento haber perdido

el pliego que de Parma me escribían.

Catarro.

A no poderlas hoy tener guardadas

le hizo el estar contigo mal halladas,

detendremos a buscarlas, aunque ciego

procurando el traerlas hoy a pliego.

Mas, ¿en qué han de parar tus pretensiones?

Alejandro.

En este estado están, ¿di qué dispones?

Catarro.

Lo que tenías ahora discurrido,

era, el hacerte embajador fingido

de Flandes, para verla, con intento,

de volver a tratar el casamiento.

Vase.

Alejandro.

Dices bien, luego parto.

Catarro.

Aqueso es bueno

al instante le dio en el calca trueno.

Vase, y sale Aurora con un pliego en la mano.

Aurora.

Ya tiempo hallé para ver

a solas, gracias al cielo

desengaños, que han de darme

alivio, en lo que padezco.

Ya vi el sobrescrito, y dice

A Alexandro Farnesio

Príncipe de Parma, excusa

bastante, para que al verlo

no me admire, no me asombre

un acaso, o un suceso,

que cuanto más le reparo

ni le alcanzo, ni le entiendo.

Al paño Anarda.

Anarda.

En alas de mis temores,

y en plumas de mis recelos

por atender a mi prima

siguiendo sus pasos vengo.

Aurora.

Vamos al espacio cuidados

y este caso averigüemos,

de quien mi dicha o desgracia

dependen, a lo que infiero.

¿A qué fin, a qué motivo

pudo tener este pliego

aquel a quien tan galán

toda mi vida le debo?

¿si el Príncipe le enviaba?

pero no, que le hallé abierto.

Anarda.

Aunque sus acentos oigo

no concibo sus acentos.

Aurora.

¿Si acaso por otras causas

se le pudo dar él mismo?

mas no, que dice Milán

dando a entender que su dueño

está en la corte, ¿es quimera?

¿es esto ilusión? ¿es sueño?

Anarda.

Del de Parma, que su amante

antes fue, tratar le arriendo.

dice así:

Aurora.

Veré si de tantas dudas

puedo salir con leerlo.

ya no es posible

que pueda estar encubierto,

señor, aunque se procure

de vuestro amor el exceso

Anarda.

Ya me toca más al alma

todo cuanto va leyendo;

¿en Milán estar oculto

el de Parma? no lo creo.

lee.

Aurora.

De un confidente he sabido,

que en el rebozado prisionero

Pag. 29

Aurora.

que a la Princesa le envió

hubo traición, ¡y piedad cielos!

porque alistáis contra mí

tantos rigores, que temo,

que no acabaré con vida

de pronunciar, lo que quiero.

Prosigue

Aurora.

Ya en su Alteza procures

que le veas, que con eso

la traición averiguada

se podrá saber del dueño.

¿Tanto rigor contra un alma

sin culpa entre vidas riesgos?

Aurora.

No sea de mí embozado,

que lo demás no le temo.

Aurora.

¡Mal haya mísera suerte,

que estuviese aborreciendo

a quien tan constante adoro

por quien vivo, y por quien muero!

Aurora.

Con esto divertiréis

tan estraño sentimiento.

Sale Anarda.

Anarda.

¿Prima, Aurora?

(aparte)

Aurora.

¡Esto solo

les faltaban a mis celos!

¿Anarda? Sin vida estoy;

pero amor disimulemos.

Anarda.

De una estraña novedad

a darte noticia vengo.

Aurora.

¿No la dices? ¡Ah tirana!

Anarda.

Que los Príncipes salieron

de Milán a recibir

a un Conde de quien por cierto

dicen, es embajador

de el de Parma con intento,

de que se vuelva a tratar

otra vez el casamiento.

Y así di si el pésame,

o parabién darte puedo.

Aurora.

Son excesos de mi fineza;

mas como, ¿darme parabién puedes

de la dicha, que otra alcanza?

el aviso te agradezco.

Tocan un clarín.

Anarda.

Este, de que llegan ya

es el aviso más cierto.

Aurora.

Importa que no nos vean.

Anarda.

Pues en el Jardín podemos

esperar, hasta saber

del embajador su intento.

Vanse.

Aurora.

No hay más saber de que siempre

de mis dichas me recelo.

Vanse, y salen el Duque, los Príncipes,

y Alexandro de gala, y acompaña-

miento.

Duque.

En estas demostraciones

solo veis el afecto

vos señorías, con que

se le dedica el cortejo.

(aparte)

Urbino.

Aunque en un competidor

tan poderoso, y excelso

siempre puedo recelarme

perder la dicha que espero;

no obstante los parabienes

os daré, Conde, de veros

en Milán. En este hombre

todas mis desgracias temo.

(aparte)

Ferrara.

Al homenaje jurado

ya Conde faltar no puedo,

y aunque todo es en mi daño

la [...] ofrezco.

el engaño del de Vrbino

se ha de descubrir recelo.

(aparte)

Alejandro.

No sé cuál de los dos

el que la traición me ha hecho,

los honores que recibo

a mi cuenta tendrán siempre

mi dueño el agradecerlos.

Duque.

Vosías pueden venir

a descansar, que ya es tiempo

hasta darle cuenta a Aurora

de el de Parma los intentos.

Alejandro.

El obedecer me toca.

Duque.

Vamos pues sin detenernos.

Vanse, y detiene el de Ferrara

al de Vrbino.

Ferrara.

¿Príncipe?

Urbino.

¿Duque?

Ferrara.

Esperad,

que tengo ciertos recelos,

que este hombre no conocido,

y el de Parma es manifiesto,

y si en la ocasión prosigue,

desvanece nuestro intento.

Urbino.

Qué importa que se averigüe

siendo de amor el empeño

adonde se traen consigo

disculpa, los desaciertos

Sale Alexandro al paño. 31

Alejandro.

Solos los dos han quedado,

y desde aquí oculto intento

saber, quien la causa ha sido

de engaño tan manifiesto.

Sale a la otra parte del paño Aurora

Aurora.

Desde aquí intento escuchar;

pues el tiempo me dio tiempo,

si alivio hallaré, ¡ay de mí!

en los males que padezco.

Urbino.

En caso que mi designio

llegue el de Parma a saberlo;

como troqué su retrato,

por facilitar mi intento

dándose por ofendido;

en ese caso prevengo

las armas, a quien remito

mis triunfos.

Alejandro.

¡Qué escucho cielos!

El de Vrbino es mi enemigo.

Aurora.

El de Vrbino es quien me ha muerto.

Vanse

Ferrara.

Decís bien, ese dictamen

es Príncipe, el que yo apruebo.

Venza el rigor con las armas

lo que con amor no venzo.

Alejandro.

A los dos les daré muerte.

Aurora.

Vengaré mi agravio en ellos.

Salen Alexandro, y Aurora, y se encuen-

tran.

Alejandro.

Cómo tenéis fue posible

Pag. 30

Aurora.

¿Los rigores sufriendo?

¿Que cuando

tan claro mi agravio ves?

Alejandro.

Pero vos, señora, como

sin vidas, siendo...

Aurora.

¿Mas cómo vos fementido?

¡Soy de hielo!

Alejandro.

A vista de un desengaño,

en abono de mi intento

extraño, ¿qué me culpáis?

Aurora.

Solamente en mis desprecios

os halla firme mi fe,

cuando os busco más atento,

y tirano engañoso...

Alejandro.

¿Yo no amaros? ¿Yo ofenderos?

¿Yo fingir? ¿Yo no adoraros?

Atended.

Aurora.

Ya nada atiendo,

agravios no merecidos

aun de quien sin conoceros

(y aun ofendida, que es más)

os ama,

quiero a lo menos.

Alejandro.

Ved que siempre...

Aurora.

¡A ingrato dueño!

Alejandro.

Os idolatro.

Aurora.

¡A engañoso!

Alejandro.

Pues, por veros...

Aurora.

Nada os creo.

Alejandro.

¿Mis finezas?

Aurora.

Son engaños.

Alejandro.

¿Mi obligación?

Aurora.

Ya no es tiempo.

Alejandro.

Mi amor que vence...

Aurora.

A tirano.

Alejandro.

¿Imposibles?

Aurora.

Son desprecios.

Túrbanse.

Vase furioso.

Alejandro.

Pues a mi rigor desde hoy,

si me condenáis, apelo,

y así huiré de vuestros ojos.

Aurora.

¿Alejandro?

Alejandro.

¿Qué he escuchado?

Aurora.

Deteneos.

Alejandro.

Ya, ya no es posible.

Sale Catarro al paño.

Catarro.

No, sino que vos.

Aurora.

¿Pues qué teméis?

¿Respondedme?

Alejandro.

Quedar ciego.

Aurora.

Vedme nomás.

Catarro.

¡Ay, qué tierno!

Aurora.

¿No hay disculpa?

Alejandro.

Es ya sin tiempo.

Aurora.

¿No habéis vencido?

Catarro.

¡Ay, qué lindo!

Alejandro.

En vos es cierto.

Aurora.

¿Imposibles?

Alejandro.

En mí es claro.

Catarro.

En mí es perro.

Aurora.

¿Pues no es rigor?

Alejandro.

A ese apelo.

Aurora.

¿Y mi ofensa?

Alejandro.

No es ya agravio.

Aurora.

¿Y mi furor?

Alejandro.

No le temo.

Aurora.

¿Cómo me dejáis?

Alejandro.

Sin vida.

Aurora.

Yo me parto sin aliento.

Alejandro.

¿En fin os vais?

Aurora.

Sí, penando.

Alejandro.

¿Cómo me olvidáis?

Aurora.

Muriendo.

Vanse cada uno por su puerta y dice Catarro.

Catarro.

Así, así, pese a la ingrata;

que eso sacas de mi perro,

si en emperrar solamente

nuestras ganancias tenemos.

Sale el Príncipe de Urbino de noche.

Urbino.

En busca de mi enemigo,

ese embozado soberbio,

salgo estas noches a este sitio

con la ocasión del festejo,

que al contorno de palacio

se le hace a Aurora, y es cierto

no faltará, pues osado

no ha de huir la cara al riesgo.

¡Quién será, válgame Dios!

Por los lances discurriendo

quiero ir, si es que un celoso

halla de discurrir tiempo.

En los toros embozado

salió atrevido y soberbio,

y con desaire en el circo

nos dejó, conque es lo cierto

es más de lo que parece,

el que busca los empeños

en los festines entró,

y en el sarao encubierto,

y era preciso tener

en Anarda, o Aurora empleo.

¡Qué hacías valeroso

a los dos, a un mismo tiempo;

salir al puesto aplazado,

venir con ambos revuelto!

¡Quién será, válgame Dios!

En mil dudas estoy puesto,

si será este embajador

el de Parma, pues sabemos

está ausente de la corte,

y está en Milán encubierto.

Bien puede ser, pero pasos

hacia esotra parte siento.

Sale Anarda al paño.

Anarda.

Vengo tras mi prima Aurora

de las noches en el silencio,

que habrá salido al jardín

de sus años al festejo;

mas un hombre veo allí

¡si es el embozado, cielos!

Retirada quiero estar

hasta averiguar mis celos.

Aurora a la reja.

Aurora.

Véngome tras mi enemiga

por si a mi mentido dueño

viene a buscar, ofendida

en alas de mi deseo.

Mas allí le veo ya...

Pag. 31

amor ayuda mi intento, que fingiendo ser Anarda saldré de tanto tormento. ¿Sois el embozado acaso, que a pesar del negro velo de las sombras más lucís, cuando entre horrores os veo? Urbi. ¡Santo Cielo! ¿Qué escucho? Aparte. ¡Viva estatua soy de yelo! Conque al embozado Aurora favorece, y yo, supuesto no me conoce, saldré de una vez de mil recelos. ¿Quién pudiera ser, señora, quien de esa aurora reflejos aguardara, sino es yo? Sale Alexandro. Alex. Pues de la noche, el silencio me acompaña, he de aguardar en el señalado puesto, a mis enemigos, para que mi ardiente acero, tome la justa venganza de tan fementidos pechos. Mas a este lado parece, si no es ilusión, le veo. Urbi. Parece que a esta parte se viene un hombre; teneos y el puesto desocupad. Alex. No será posible hacerlo. Urbi. ¿Cómo no? De esta manera. Saca la espada. Alex. Caballero, deteneos; ¿sois el Príncipe de Urbino? Urbi. Jamás mi nombre deniego. Alex. Pues riñamos, porque yo vine a proseguiros el duelo. Urbi. Esperad; porque un acaso. Alex. El honor es lo primero; porque ofendido tenéis, sino a mí, a mi propio dueño. Urbi. ¿No sois vos el embozado? Alex. Ese soy, que a tomar vengo satisfacción, con la vida de ese fementido pecho. Urbi. Pues vuestro dueño ¿quién es? Alex. Ya lo sabréis de mi acero. Sabed vos allá en vos mismo lo que hicisteis; que con eso, os responderéis a vos, y sabréis quién es mi dueño. Auro. Todo enigma es lo que escucho. Anar. ¡Aquí una desdicha temo! Auro. ¿Cómo podré remediarlo? Anar. Avisar al Duque intento. Riñen, y sale el de Ferrara. Alex. Ya duras mucho, cobarde. Urbi. ¿Que no te mata, mi aliento? Ferra. ¡Suspended tanto valor, mas que es el de Urbino, cielos! Alex. ¿Sois el de Ferrara? Ferra. El mismo. Alex. Pues ahora de los dos, vengado quedar pretendo. Riñen, y salen todos con luz. Auro. ¡Bravo valor! Urbi. No vi más terrible encuentro. Duq. Príncipes, Conde, ¿qué es esto? Auro. Suspéndeme vuestra voz. Urbi. Detiéneme vuestro acento. Ferra. A su lado estoy señor matales, dales a ellos. Duq. ¿Qué es la discordia? Decidme. Auro. ¡Muerta estoy! Ferra. ¡Sin alma quedo! Alex. Yo porque asombre mi agravio a quien me ofendió soberbio (que para asombrarles basta que yo ofendido me sienta) y porque más os admire soy Alexandro Farnesio, que al ver por una traición de algún fementido pecho, que cauteloso intentó impedir el casamiento de Aurora, con un retrato, que le envió ambicioso, y ciego al mirarle, tan horrible desvío de los conciertos. Yo por vencer imposibles, que amor no pudo vencerlos, en Palacio me introduje en traje de Jardinero fingiendo siempre que estaba en Flandes, para este intento. Concurrí osado en el coso, valeroso en los torneos, más galán que en los festines embozado, y encubierto. Auro. Y el que le debí en la caza la vida, en tan grande riesgo; dejando al bruto sin vida al impulso de su acero. Y al partirse cortesano vi que se le cayó este pliego, testimonio de que es el gran Príncipe Farnesio. Alex. Siendo pues quien me ofendió alguno que me está oyendo, con él vengaré mi agravio; que si en Aurora no venzo el imposible mayor, quedaré así satisfecho. Urbi. ¡Sin mi ser estoy escuchando! Aparte. Anar. ¡Aquí empezó mi tormento! Aparte. Auro. ¡Aquí empezaron mis dichas! Aparte. Ferra. ¡Sin mí estoy, aunque le atiendo! Duq. En mis brazos V. Alteza de esas finezas el premio ha de hallar, y en los de Aurora el más deseado empleo. Auro. Esta es mi mano segura de que fundó mal mis celos. Alex. Y yo en ellas, gran Señora, muchas vidas os ofrezco; que si de rebozo os quise, os adoro descubierto. Urbi. Y yo que me perdonéis os suplico.

Pag. 32

Aurora.

Yo lo intercedo,

y os doy la mano de Arnarda.

Urbino.

Mucha dicha logro en eso.

Ferrara.

Y porque aquí no padezcas

con desaire alguno quedo:

cumpliendo hoy el homenaje,

que juré, estoy satisfecho.

Catarro.

Y ¿a cuál de las dos cuñadas

eliges en casamiento?

Lucinda.

Digo que es mi voluntad

a Catarra, aunque es molesto

Bolino.

Bien tendrás, que el estornudo

con el catarro, te ofrezco.

Catarro.

Conque se ve claramente

para su mayor trofeo,

que habrá que no venza amor

perdonando nuestros yerros.

Finis coronat opus.