testo digitale di El negro del Serafín
Data di pubblicazione: 22 agosto 2026
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- Rodrigo Pacheco Sicuro
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- Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El negro del Serafín. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-negro-del-serafin.
EL NEGRO DEL SERAFÍN
Pag. 1
el Divino Areopagita Dion. mi cuerpo noble matrona a ti viene, que le des en la tierra siete pies, pues que en el cielo corona el alma tiene subida, la sepultura en Paris goce el cuerpo mas feliz pues la tiene meresida, Fesc. no cesa aqueste, aun que muerto de hacer enbustes? Cog. no creo ser enbustes los que veo, su fe deue ser lo sierto, Cat. dadme los cuerpos señor porque redemirlos quiero, por todo cuanto dinero quisieredes: Fesc. mi furor vencio milagro tamaño, lleuad los cuerpos matrona, que la virtut os abona, y a ver visto vn desengaño, que esta fee, la venda quita al alma, pues la remedia, Cog. tiene aqui fin la comedia del divino Areopagita sub correcione sanctæ matris Ecclesiæ ~ ~ A continuación aparecen varias firmas (R.o Pacheco y Villegas repetido) y abecedarios como pruebas de pluma.
Comedia famosa de Don Rodrigo Pacheco
Al R.do Padre Antonio Pacheco, insigne Predicador de los clerigos Menores ~
Siempre tube deseos intimos nacidos del corazon de tener ocasion de mostrarme agradesido, y siendo la ingratitud el mayor mal que ay en los hombres, como yo tengo la experiencia temi, me no= tase V. P. de engrato a tanto beneficio; siendo yo (porque me presio deello) el mismo agradesimiento; y asi quiso mi ventura me viniese a la mano, este pequeño Don que le ofresco, que por humilde deue ser admetido de tanta generosidad; vn negro es= clauo, Hijo del Seraphin francisco ofresco a V. P. que el blanco fue de su orden Tercera de Penitencia, adonde resplandese (siendo negro) como el Sol entre las estrellas. el Don es chico, la voluntad grande, y como la deuda es mucha, siempre quedo con la obli= gacion deuida al bien hechor de mis necesidades, vn Vaso de Agua ofresco como al Grande Arta= xerses de Persia el pobre labrador; el no pago hasta recibir el pequeño presente, y yo he resebido antes de presentar, por donde considero el animo Real de su persona illustre, y los afetos que para conmigo reconosco, no deuidos a tanta humildad como la mia, a que reconosido, me mostrare en todas ocasio= nes del seruicio de V. P. que se ofrescan, cuya vida aumente el cielo, y a las dignidades que merese, tan insigne Predicador, Martes, Agosto 30 de 1641 - de V. P. R.da capellan Don Rodrigo Pacheco
Jornada primera
Pag. 2
[Página en blanco]
Jornada primera
Personas de ella
San Antonio negro
El virrey de Sicilia
El capitán
Dos soldados cristianos
Dos moros
Punzón lacayo
Un ángel que canta
Un demonio
Doña Juana virreina
Beatriz criada
Fátima turca
Aparece a un lado, en lo alto del tablado, una galera turquesca, y en ella estarán San Antonio negro y dos moros.
A de popa, seis galeras
apriesa caza nos dan.
Esas, sin duda, serán
de Secilia.
Bien ligeras
nos van gallardas entrando.
Embiste a tierra enemiga,
que esta me ha de ser amiga,
¿qué estás, piloto, dudando?
El ser cautivo.
El remedio
es el salvar nuestras vidas.
Matando, son bien perdidas.
De vivir, este es el medio:
A tierra, canalla infame,
embestid en esa playa,
ya que el arrais se desmaya.
Aparte.
Que aquesta tierra me inflame,
¿haberme en ella? No sé,
¡qué impulsos fuerzan el alma!
Al remo, que el viento calma,
canalla vil, y sin fe;
salta, pues, en esa arena
que tú harás gentil cautivo.
Alá me quiere aquí vivo,
gloria aquí será la pena.
En lo espeso de ese monte
podrás, señor, esconderte.
No hay aquí qué temer muerte,
que aguardo nuevo Faetonte.
Vanse, y al otro lado se mostrará otra galera de cristianos, y en ella un capitán y dos soldados.
En tierra embistió, ligera,
por escapar con la vida
el perro, que, conocida,
vio la ventaja.
Galera,
sin duda,
gentil cosario del mar.
Hoy vendrá todo a pagar,
pues con la tierra se escuda.
La presa es buena, cautivos
han menester las galeras,
suelen las nuestras, ligeras,
contra estos fieros nocivos
antes que gente de tierra
en ellos dé.
No podrán
tan presto, gran capitán,
que se abrigan con la sierra.
Bogad, canalla, que es tarde,
que la noche apriesa viene.
Ya la proa en tierra tiene
nuestra galera.
El cobarde
moro procura esconderse
en la maleza.
Saltemos,
y una embestida le demos.
Soldados, por no perderse,
sea el nombre San Antonio;
a ellos, que es noche obscura.
Aquella turca me apura.
Vamos, y dale al demonio.
Sale San Antonio negro.
Pag. 3
Noche tenebrosa y triste,
que en este silencio mudo,
me estás sirviendo de escudo
del cristiano que me embiste,
pues negro manto pusiste,
cubriendo del rubio sol
su más dorado arrebol,
esconde mi pequeñez,
para que diga después
que apurado en el crisol
de tu deidad, me escapé,
de un cautiverio importuno,
adonde el trabajo es uno,
y muchos faltar mi fe,
en esta mi gloria halle
al nacer, vivir en ella
gusta el alma, si no mella
mi voluntad el que puede
hacer, que en otra red quede
preso, y bien cautivo della;
¡ay, Argel, patria querida
de todo ya te perdí,
mi gloria se queda en ti,
mi pena, en no conocida
tierra, se aumenta, y anida,
presagios de un bien, o mal
la carne llama fatal,
el alma feliz le llama,
unos adora, otro desama
el cautiverio inmortal,
el temor pide a porfía
la libertad que desea,
el alma pide que sea
mi prisión, en que se fía
no lo entiendo, pues el día
que pierda mi libertad,
pierdo el honor, que es deidad
sobre todas soberana,
que le estimo, es cosa llana
y otra cosa es ceguedad,
¿qué piensa ganar el alma
con verme triste cautivo?
si soy muerto, estando vivo,
sin aliento y puesto en calma,
de cual llevara la palma
será juez mi deseo,
su sentencia a lo que veo
es rendirme, pero yo
no pienso tal, porque hallo
el honor, que es descanso,
de las galeras cristianas
toda la gente ha salido,
el rastro me habrán seguido
con pretensiones tiranas,
dar en sus manos villanas
será fuerza, pero aquí
donde el camino perdí,
pienso de todo ganarme,
si fortuna quiere darme
gozo igual al que en mí vi,
entre los ramos sombríos
destos árboles copados,
estaban bien ocupados
raros pensamientos míos,
turbulentos desvaríos
ocupan mi pensamiento,
todo aquí me da tormento,
pues me falta la esperanza
de libertad, que se alcanza
con valor, y nuevo aliento.
En una apariencia aparece un ángel, y todo lo que dice es cantando.
Huye tu dichosa suerte
pasajero, es imposible,
que el que gobierna tu vida
te quiere esclavo, y no libre.
Dulce voz desta montaña
si puedo escaparme, dime:
¿no es mejor que ser cautivo?
Ser cautivo, es bien felice.
¿Y ese bien en qué estará?
Solo aqueste bien consiste
en Cristo crucificado
que ha de ser tu solo timbre.
¿Es su ley muy rigurosa?
A quien no teme imposibles
es justa, suave y blanda
y hace santo en quien se imprime.
Aparece el Demonio en otra apariencia, y todo lo que dice es cantando.
Cosario del dulce ángel
en quien mi descanso vive,
no creas esta voz dulce
que es sirena, y siempre finge.
¿Qué quieres tú que baldonas
voz, que en mi pecho se imprime
tan blanda, dulce, y suave
que por ella el alma vive?
No le creas, que haré yo
que te escondas del que sigue
tus pisadas, porque quedes
de sus impías manos libre.
Dios te quiere, moro ilustre
por esclavo, el bien admite.
La libertad, y el honor
será bien tu valor mire.
Vanse los dos, y dice el santo.
La dulce voz a mi pecho
ha penetrado de suerte
que no temo ya la muerte
ni el verme cautivo hecho,
todo el temor me ha deshecho
que tenía en verme esclavo,
la bondad de Cristo alabo
pues quiere de mí servirse,
el temor puede rendirse
que ya deseo la S y clavo;
la otra voz me persuadía
a no creer tanto bien,
pero, ¿quién será, quién
me daría tanta osadía?
¿Mahoma a aqueste servía?
No, que es este vil, le confieso
entre fuego horrendo preso
que el alma me dice aquí
que era loco frenesí
seguir ley con tanto exceso;
Dios inmenso del cristiano
haced, que os conozca yo,
pues que tal bondad me halló
para bien tan soberano,
vuestro esclavo está muy llano
a reducir su fiereza
al gusto de tal grandeza
admitiendo el dulce yugo
de una ley, de que a vos plugo
gozase tanta bajeza;
llegue el cristiano, que luego
rendiré mi libertad
al yugo de tal deidad,
pues me abrazo en vivo fuego,
¿mucho tarda? ¿no sosiego?
¿hoy llegará? porque
descansase con su fe
el alma que le desea,
llegue, y rendido me vea,
y si no, le buscaré;
gente siento, él es sin duda,
que por el bosque camina,
buscando a quien determina
en esta soledad muda
mostrar, sin perro de ayuda
al que quiere ser cautivo
de un hombre Dios, muerto, y vivo
en quien el alma contempla,
que regala, ablanda, y templa
mi furor siempre nocivo;
De dentro el capitán, y soldados.
Danos, tú, divino Antonio,
al perro que aquí se esconde;
¡Qué lindo nombre, Señor,
aqueste será mi nombre!
Aunque es noche, buscad bien,
y cercad aquellos robles,
Algún demonio le encubre
él es duende, que no es hombre.
Llegad, soldados, que aquí
está un manso, ¿quién dispone
Pag. 4
Su voluntad al trabajo
de desdichas y aflicciones.
Salen el Capitán y soldados.
Date a prisión, moro fiero.
Si entendisteis mis razones,
veréis cruzados mis brazos.
Atad, no temáis, que un hombre
solo soy, y vosotros muchos,
que en mí no veréis acciones
que contradigan el gusto
del que rige todo el orbe.
Quedad, no le tratéis mal,
que pues humilde se pone
en nuestras manos, no es bien
que le tratéis con rigores.
¿Cómo te llamas?
Antonio.
Si eres moro, di tu nombre,
que ese nombre es de cristianos.
Y que rinde corazones
cuanto más mi fuerte brazo.
Vamos, pues, que tus razones
me han puesto en tal confusión
que no es mucho que me asombren.
Vaya el perro.
Ea, camine.
Señor, si así lo dispones,
mira que tu esclavo soy
y tú, todos mis amores.
Vanse.
Salen el Virrey, y la Virreyna Doña Juana, criada Beatriz y acompañamiento.
Del mar Mediterráneo la grandeza
y estar África enfrente, y tan conjunta,
aviva en los cosarios la braveza
a hacer a nuestras armas sombra y punta;
mas Dios suma bondad, que es suma alteza,
en quien se ve la fuerza toda junta,
podrá dar la victoria a nuestra gente
contra el moro cruel, siempre insolente.
No tarda el capitán con las galeras
que un mes ha que salió de aqueste puerto,
buena gente llevó, ellas veleras,
y así fío de Dios su bueno acierto.
Las malas nuevas siempre son ligeras,
porque si hubiera en ellas desconcierto,
la alada fama, más veloz que el viento,
publicara cruel su vencimiento.
No hay que temer, señor, vuestra es la suerte,
siempre vencido habéis al moro fiero,
en vuestro corazón osado y fuerte
redundará la gloria, y bien que espero;
que yo no temo naufragio, o dura muerte
en vuestra gente, no; que considero
que Dios la guía, y solo él hacer puede
que el sarraceno vil perdido quede.
En Dios estriba solo mi esperanza,
por aumentar su fe mueve mi brazo
el limpio acero; justa es la venganza,
y llegue de su fin el dulce plazo;
que en cuanto tenga vida y aliento alcanza
el pecho fuerte, libre de embarazo,
seré verdugo de su infame vida,
o la mía por Dios veré perdida.
Sale Punzón, lacayo.
Ya Punzón (gran señor) no piensa ahora
dar alguna punzada que atormente
tu pecho valeroso, que enamora
toda ralea de femínea gente.
¿Qué hay de nuevo, Punzón?
La gente mora
de aquesta vez humilla tu tridente,
que eres Neptuno tú del mar salado
y debe de ser el otro tu criado.
Siempre eres vencedor, nunca vencido.
¿Hay del capitán nuevas?
Allá viene,
según las muestras da, favorecido
de fortuna, que siempre en vencer tiene:
de banderas las mil trae vestido
todo el combés, y el árbol entretiene
el aire con pendón, que media luna
trae cuernos abajo.
Su fortuna
es grande, si mayor su fortaleza.
Y le tendrás por un segundo Marte.
Es de tanto valor, tanta grandeza
que al primero le excede en mucha parte.
Es capitán valiente.
Su nobleza,
junta con su valor, glorias reparte
a los soldados que gobierna altivos,
de su magnanimidad siempre cautivos.
Ya salta en tierra con gallarda pompa.
Venga, que es justo honrar a quien sus hechos
canta la fama con canora trompa
dejando al mar y tierra satisfechos.
Quien vidrios ha rompido, es bien que rompa
por parabienes de mil nobles pechos
como en Palermo, le saldrán de salva.
Al entrar en Palacio se haga salva.
Tiren.
Pag. 5
Tiran dos o tres mosquetes, tocan chirimías, y salen los soldados. Luego San Antonio vestido de moro, Fátima turca, y detrás el Capitán.
A los pies de Vueselencia,
como a mi más cierto asilo,
vengo alegre, con la palma
de vencedor, no vencido,
en ellos, príncipe ilustre,
gano muy más que recibo
de parabienes, ganados
de populares festivos.
Mis brazos, gran capitán,
solos son de aquestos dignos,
vos os lleváis los trabajos,
si yo llevo aplausos altivos.
Vueselencia, gran señora,
que de virtud sois archivo,
dad los pies a vuestro esclavo.
Seáis, capitán, bienvenido.
Los dos os lleváis la gloria
con los aplausos continuos
de las victorias, que Dios
nos da de estos berberiscos,
que tan católicos pechos
son del alto preferidos
a otros, que no mostraran
en su gran fe tantos bríos,
y así quiso que instrumento
fuese yo de estos condignos
hechos, que en los dos redundan
como en su primer principio,
y así quiso que venciese
para que lauros altivos
adornen las dos cabezas
que nos gobiernen mil siglos.
Yo fui mero ejecutor
con estos soldados míos
de vuestros justos mandatos
con que de honor participo,
de lo cual os daré cuenta
si me dais atento oído.
Decid, que alegre os escucho.
Relatad, que es gloria hoy oíros.
De aqueste puerto gentil
de nobleza y armas rico,
un mes habrá que salí
al ancho mar berberisco;
alegre en él me engolfé
con seis galeras, que afirmo
que son águilas en vuelo,
y en la fortaleza, riscos.
La africana tierra vi,
luego sus arenas piso,
y al moro ingrato burlando
sus aduares persigo;
fue próspera mi fortuna
porque cargué de cautivos
sin costarme alguna sangre,
vertiendo del enemigo
tanta cantidad, que arroyos
dieron color a los ríos
volviendo sus linfas puras
en un rojo color fino;
metí luego en las galeras
hombres, mujeres, y niños,
que temiendo el fino acero
humildes se dan rendidos;
gran cantidad de ganado
embarqué, que fuese alivio
y refresco de mi gente,
y de aquellos perros mismos;
en gran cantidad cargué
de alfombras, y de moriscos
tapices; oro africano
tienes seis cajones ricos.
Dimos al viento las velas,
y al agua los remos dimos,
casi besando la playa
los corchos cortando fuimos.
La negra noche cubierta
de tan negro manto vino,
que dio muestras de borrasca
que en el mar siempre hay peligro;
pero cuando sale el alba
salió con ceño tan lindo
que a los diáfanos campos
parece que vi floridos.
A una vista se vio luego
una galera, a que dimos
caza, casi todo el día
y a la tarde la rendimos;
era de Constantinopla
que para Argel su camino
traía, de donde alcanzo
ricas piezas, y cautivos,
entre los cuales hallé
este monstruo, aqueste abismo
de beldad, que le llevaban
a darle noble marido;
confieso que me admiré,
pues siempre tuve aprehendido
que en Europa solo había
aquestos monstruos divinos.
Ella es turca de nación,
en la belleza, es Narciso,
Lucrecia en la castidad,
en valor vence a Camilo,
pues en la mano el alfanje
de acero luciente, y limpio,
dio harto que hacer a todos
por ver su valor rendido,
que si Lucrecia romana
tuviera tan grandes bríos
nunca rendida se viera
del infame rey Tarquino.
Dimos la vuelta a Sicilia
y al ver nuestra patria vimos
una galera turquesca
que a corso andaba, y le dimos
caza, con las seis galeras,
lo que viendo el enemigo,
y que arruinar le podían
la fuerza de nuestros tiros,
fuese llegando hacia tierra,
y en ella todos de un brinco
saltan medrosos, y en montes
uno a uno se ha escondido;
nuestras galeras también
a fuerza de remos vivos,
vimos en la amiga playa
donde la gente registro,
y en tropas, de veinte en veinte,
los envié repartidos
por los montes, que buscasen
estos moros fugitivos;
yo, con otros, también fui,
que es bien que el capitán listo
acompañe a sus soldados,
en todos estos conflictos;
era de noche, y la luna
en menguante, que imagino
que fue menguante a tal tiempo,
por dar favor a los mismos
que la veneran copiados,
efectos del barbarismo
que profesan, pues que niegan
el debido culto a Cristo,
fuimos con la obscuridad
dando de ojos, y venimos
a puesto, donde los robles
hacen varios escondrijos,
y fue tal nuestra ventura
que con Roxán Mamá, dimos
asombro de nuestras costas
robador de nuestros nidos,
el mayor cosario que hoy
navega el mar, si bien quisto
de todos los desdichados
que se vieron sus cautivos;
como nos sintió tan cerca
nos salió luego al camino,
entregando su persona
con más que gallardo brío,
como no le conocía,
al cosario el nombre pido;
dice que se llama Antonio,
nombre nuestro, y no morisco,
el secreto que hay en esto
no lo sé, el que está vivo,
y presente, podrá darte
razón de lo referido.
La demás de nuestra gente
a los moros fugitivos
buscan, y hallados fueron
casi todos escondidos,
y luego al amanecer
velas hacia el puerto dimos,
y a tus pies señor llegamos
vencedores no vencidos.
Son vuestras felicidades
asombro de muchos siglos,
que puestos en sacra historia
darán envidia a los mismos
que tales hechos leyeren
redundando en mi apellido
la gloria del vencimiento
de vuestro brazo subido,
Pag. 6
Vos me honráis como quien puede.
(Aparte.)
¡Bella mujer! ¿Ya vencido
me tiene tanta beldad?
De libertad no hay resquicio.
Y tú, moro, ¿de dónde eres?
De Argel soy.
¿Y tu ejercicio?
Era robar mar y tierra
como cosario atrevido.
¿Cómo te llamas Antonio,
siendo tú moro nacido
en Berbería?
Mi nombre
es Rosán Mamí.
Yo fío
que me dirás la verdad
como noble y no cautivo.
Haces bien, que a tal persona
negarla fuera delicto.
Di, pues, lo que te pregunto.
No me notes de atrevido
si fuere largo en mi istoria.
Ya tengo atento el oído.
En las alegres orillas,
que sirven de freno de oro
a las bocas de cristal
del mar Atlante espumoso,
hacia donde espesos montes,
si atrevidos, temerosos,
quieren subir a los cielos
siendo del cielo despojos,
de donde de peña en peña
arroyuelos bulliciosos
se despeñan, dando aljófar
a los campos arenosos,
donde queda la bebida
al pajarillo medroso
que alivia un fuego ardiente
y al canto vuelve amoroso,
donde de mil ramos verdes
se adornan torcidos troncos,
primavera de los campos,
mauseolos del otoño,
donde tigres y leones
se dan muerte rigurosos
sobre cuál al corderillo
de su vientre hará despojo,
en cuyas playas se tocan
sobre sus arenas de oro
de cristal blancas espumas
dando envidia al gran Pactolo;
aquí, pues, está fundado
un lugar chico, frondoso,
que llaman Barca, a quien cercan
por tierra montes famosos.
Aquí nací, que mis padres
de Guinea o Monicongo
procedieron, y acetaron
la ley que profesa el moro.
Trasplantado fui en Argel,
adonde con valor toco
el acero que a mi brazo
glorias dio, que alcancé, mozo;
en bergantines salía,
que era honor andar en coso
pisando de aquestas costas
los más ocultos escollos;
en tierra salí mil veces,
asaltos di valerosos,
llevome pueblos enteros
y dellos ricos tesoros;
en el mar, cual viento vuelan
mis bergantines, quejosos
de no encontrar cada hora
vasos mil para mis robos;
rico me vi de cautivos
y mucho más con lloro
que en Argel hice, vendiendo
mis más que felices robos;
eche al mar cuatro galeras,
soldados saqué del zoco
con que di velas al viento,
y volando en él me engolfo;
cansada, pues, la fortuna,
(Alá lo dispuso todo)
una borrascosa noche
tres apartó, quedé solo,
a la costa de Secilia,
y ya de mi cuerpo mauseolo
me llegué, por aguardar
los tres vasos, querelloso
de mi fortuna o mi suerte;
mas faltome luego el soplo
que hinche velas, y derriben
las velas con blandos soplos,
cuando un día al alba vimos
seis galeras, y nosotros,
por escapar con las vidas
que nos devanaba Cloto,
en-
embestimos con la tierra,
y en riscos, bosques y sotos
escondidos esperamos
los tiempos más amorosos.
El capitán nos siguió;
sus soldados valerosos
en la amiga playa echó,
y aunque de noche, siguionos.
Entre robles escondido
me vio con valor, y notó
que este en mí nunca ha faltado
pues nunca me vi medroso;
recostado a un alto roble,
ya de fortuna despojo,
me quejé de sus contrastes,
y me vi más temeroso
cuando en una dulce voz
conocí que Alá, gozoso
de verme triste, me manda
me sujete al yugo todo
de la cruda esclavitud,
que por esclavo dichoso
me quiere del que murió
por dar vida al hombre loco.
Humillé la cerviz luego,
y como esclavo me pongo
en sus manos, que horadadas
dan glorias de eterno gozo.
Vide al alma tan alegre,
si el cuerpo tan temeroso,
que por no venir a tierra
me abracé de un seco tronco.
Luego otra voz me promete,
que me habló con bajo tono,
sacarme libre de allí,
porque no creyese al otro
que me quería cautivo.
Pero volviose amoroso
a mí, dijo: "Dios te quiere
por esclavo, aunque eres bronco".
Este consejo admití,
que me pareció más fondo,
y reprobé al que me dio
la segunda voz, y pongo
en orden mi llamamiento,
y así luego me dispongo
a rendir mi libertad
al que rige el alto globo,
que más quiero ser esclavo
de vuestro Dios, cuyo trono
son el sol, luna y estrellas,
manso y divino reposo,
que ser libre por quien pena
en oscuro calabozo,
por ingrato a quien le hizo
con poder eterno y solo.
Ya que sentí los soldados
en buscarme cuidadosos,
salí al camino a llamarlos
con ceño humilde, amoroso.
Cuando oí a una dama
ya cansado a San Antonio,
cuyo nombre me llenó
el alma y aliento todo,
y así luego en mí propuse
tomar nombre tan glorioso.
Cuando me confirmé esclavo
del que es todo mi tesoro,
al camino salí luego
y a tanta voz les respondo
que lleguen, que allí me tienen.
Vivo en Dios, al mundo un tonto.
Entregué mi libertad,
contento pero quejoso,
porque fue tan tarde, y luego
en su galera me arrojó.
A tu presencia he venido,
adonde, virrey dichoso,
pienso hallar favores altos,
y el bautismo, agua glorioso,
áspero, para que el alma,
ya llena de eterno gozo,
de todo se quede alegre,
contento el cuerpo medroso.
Grandes los misterios son
del que solamente puede
hacer de un lobo un cordero
y tratable una serpiente.
Dios te quiere para esclavo,
Rosán, cosario valiente,
porque en tales ejercicios
a los más humildes quiere;
y así, para que se cumpla
su voluntad y tu suerte,
del capitán eres ya
dueño noble y excelente,
Pag. 7
(Aparte)
Tus pies beso, gran señor,
por tal merced;
que se aumente
tu vida, le pido a Dios,
y mi baptismo aceleres.
Haced mostrar, capitán,
a Rosán, la fe que adquiere,
y, estando bien instruido,
haremos lo que pretende;
y vos, gallarda amazona,
¿queréis que el alma se empeñe
en tan divino subjeto
como en nuestra fe se emprende?
Nunca tan cobarde fui,
aunque mujer, que me empreñe
de nuevas leyes; la mía
tendré siempre hasta la muerte.
¿De dónde sois?
Es mi patria
la ciudad más rica y fuerte
que tiene toda la Europa
o que todo el mundo tiene.
¿Y cuál es?
Constantinopla.
¿Sois noble?
De noble gente
nací, aunque desdichada,
como lo muestra mi suerte.
¿Sentís mucho el ser cautiva?
Mi gran valor no consiente
a que tenga sentimiento,
porque la razón previene
al temor, en nobles pechos,
de quien ricos intereses
sacar pienso con la vida
porque mis disgustos temple.
Capitán, esta cautiva
con doña Joana se quede,
si vos consentís en ello.
¿Qué dueño más excelente
puede tener? Yo lo apruebo.
Ya, Fátima, dueño tienes,
la virreina es tu señora.
(Aparte)
Obedecer me conviene.
(Aparte)
¡Ay, beldad más peregrina!
Alma, dile lo que sientes,
pues por los ojos se entró
el niño Amor con sus redes.
Vamos, y descansaréis,
capitán, y las mercedes
que merecen vuestros hechos
a mi cargo están.
Mil veces
beso vuestros pies, señor.
Alma mía, lo que quieres
se pone en execución.
Alma, lo que tú mereces
tiene tu amor adquerido.
(Aparte)
Celosa, turca, me tienes.
Adiós, Argel, que a Dios solo
es justo que me gobierne.
Vanse todos, y queda Punzón, lacayo, y Beatriz.
Ya se llegó nuestra vez.
Pues, señor Punzón, ¿qué quiere?
¿Eso me dice vuarced?
Diga pues lo que pretende.
Que esta noche será bien
que vea esos ojos verdes
relucir como el candil
que en las tabernas se enciende.
No puede ser por ahora.
Pues, ¿por qué, cara de duende?
Porque no quiero, no hay más.
¿Y si don Punzón lo quiere?
¿Qué importa que quiera uno,
si Amor tiene pareceres
cada momento en su contra?
¿Luego tu parecer tienes
de no quererme?
Así es.
Pues adiós, que mil mujeres
a Punzón le están rogando.
Váyase, pues que le quieren.
No las quiero, porque a mí
enamorado me tiene
aquesta turca enturcada.
Ya le pican alfileres.
Yo la pediré al Virrey,
y con casarme me viene
a pedir todo de boca.
¿Con turca?
¿Qué le parece?
Con turca vive Mahoma
a pesar de quien me ofende
con tantas socarronerías.
Aguarda, Punzón, detente.
No quiero, pues me negaste
lo que es claro y evidente
que me debes; seré turco
si no lo remedia un viernes.
Acaba, que estoy burlando.
Pues que tú burlas me ofreces,
yo burlo también, fregona.
¿Esta noche pretendiente
me verás?
¿Es cierto?
Cierto.
¿Y adónde?
Adonde siempre
me has visto.
Pues adiós, niña,
y lo que creen las mujeres.
Vase Beatriz, y al querer entrar Punzón se encuentra con el Virrey, que le detiene.
¿Adónde con tanta priesa?
A buscar algún remedio
de cenar.
¿Y con qué medio?
Si se ofrece alguna empresa
desto que llaman rapante,
que quien vive descuidado
de querer, ni ser amado,
propia ventura de amante,
su travio entretenimiento
es procurar qué comer,
que esotro de una mujer
es todo, cual ellas, viento.
Dichoso tú, que te miras
libre de amor.
Para mí
solo entiendo que nací,
pero tú, ¿de qué suspiras?
¿qué tienes, señor? Que veo
en tu cara un no sé qué,
¿hay amor? Que en ti se ve
otro no sé qué deseo.
¡Ay, Punzón, en hora triste
a Fátima vi, pues muero
si su beldad considero,
y mi pecho se resiste;
y a toda fuerza se entró
por las niñas de mis ojos,
lleno todos mis despojos,
y cautivo me dejó!
¿Amores turcos tenemos?
¿No hay amor cristiano aquí?
Todo, desde que le vi,
es nada.
Pues ¿qué le haremos?
Hacer pienso mil finezas
hasta darle libertad.
Bueno por cierto, en verdad,
es eso aumentar tristezas,
porque estando libre ya,
como tan señora es,
cual liebre se irá por pies
y en su Argel parará;
cautiva libre es mejor;
habla, regala y pretende,
que este dar todo lo enciende,
y todo lo vence amor.
¿No le hablarás tú por mí?
¿Yo, señor? Es gran pecado
ser tercero.
El que es criado...
pero tómale esta rubí,
y aquese escrúpulo deja,
que el que sirve debe hacer
que el señor tenga placer,
y no que dél tenga queja.
Haré por ti despeñar
una piedra desde un monte,
haré puesto a tu horizonte
que no me vayas buscar,
haré...
Pues lo que has de hacer
es mostrar que solo adoro
un imposible, que es moro,
y un ángel vuelto mujer.
Por este corredor viene.
A qué buena ocasión llega;
pídele, promete y ruega
que a mi descanso conviene
ver rendido este imposible.
Solo me deja que haré
te quiera, o renegaré
de su condición terrible;
que ella viene contemplando
los campos y los jardines
desta ciudad, y sus fines
casi los voy alcanzando.
Niño amor, pues me venciste,
facilita un bien tan alto,
da en su libre pecho asalto
y sea tal, cual me le diste.
Vase, y sale Fátima, turca.
Pag. 8
Alegres arboledas, frescos prados,
que memorias formáis de un bien perdido,
no me niega otra cosa mi sentido
que verme en vos ya libre de cuidados.
Tiempos, que en otros tales son pasados
tienen mi corazón amortecido,
por ver que el bien que a mí me era debido
me robaron aprisa tristes Hados.
Vos campos, vestiréis nueva alegría
en dulce primavera, celebrada
de las aves, con blanda melodía:
Mas a mí, la tristeza acostumbrada
me vestirá de noche, el claro día,
porque, no es la de mí nunca vengada.
¿A dónde Fátima hermosa?
En este parque gentil
y en estos campos amenos
que esperan al verde abril,
contemplaba, porque en otros
contenta a veces me vi,
dando a las flores envidia
gusto, y gloria a mi jazmín,
hoy que cautiva, y sin él
vivo en pena, y muero en mí,
suerte que tan mala fue
cómo puede ser feliz,
la gloria de un bien que es libre
no se paga,
Eso es así;
¿pero qué te falta ahora?
El desear de cumplir
un deseo en mí frustrado,
un muy cuerdo frenesí,
un cuidado con descuido,
un buscar a quien perdí.
Si perdiste allá tus padres
al virrey tienes aquí,
que te adora de tal suerte,
y bien lo podré decir,
que si muriera su esposa
fueras tú solo el cenit
por donde el sol caminaba,
al desposorio gentil.
¿Sabes si quisiera yo?
No estando fuera de ti
claro está que lo aceptaras
sin poderlo diferir
¿para otro día, excelencia
te es poco? Virreina di,
de Sicilia, y luego ser
adorada de un Luis,
pero pues no puede ser
toma un consejo de mí,
libre luego te verás,
que más vale que el vivir
siempre esclava.
¿Qué es el consejo?
Que te dejases servir
deste mancebo excelente
que se muere ya por ti,
gozarás de libertad,
riquezas, que al femenil
ornato, son piedra imán
que un bronce pueden rendir,
ámale, dale favores,
sea solo tu jazmín
este mozo, que es bizarro
y no podrás resistir,
¡Por Alá santo, villano!
Si no pensara morir
presto, entre tantas desdichas
como crecen mil a mil,
que por aquella ventana
envuelto en ese mandil,
volar de suerte te hiciera
que no quedara de ti,
con los menudos pedazos
memoria que discurrir
si hombre fuiste, o si mujer
si animal bruto cerril,
quítateme de delante,
mas yo vengaré en mí
los cometidos agravios
de un lacayo sucio, y vil.
Sale la virreina Doña Juana.
¿Qué es esto, qué voces son
las que se han oído aquí?
A Fátima consolaba
y nunca quiso admitir
los consuelos, y consejos
que le daba.
¿Esto es así?
Nada preguntes señora
deja, déjame morir,
Ven conmigo, algún misterio
sin duda se encierra aquí. (Aparte.)
Sale el virrey.
Al bautismo de Rosán
nos vienen a prevenir,
vamos que es hora, Punzón
viénete luego tras mí.
Vase.
Vamos Fátima, que tú
a la tarde, en el jardín
me dirás lo que esto fue,
de celos no estoy en mí. (Aparte.)
Vase.
¡Oh, y empiezan mis desdichas
con un loco frenesí,
deste cristiano virrey!
Quisiera para sentir
tantos males, que vinieran
poco a poco, porque así
pierdo el sentido con tantos
y no los puedo sufrir
todos juntos, que a montones
vienen muertos por venir,
guardar el honor conviene,
y por él, es bien morir.
Vase, y salen el capitán, y San Antonio negro vestido de cristiano muy galán.
Rosán, el tiempo llegó
de ver cumplido el deseo
de tu alma, el nuevo empleo
alcanza, que deseó
vida nueva es necesario,
la mudanza de costumbres,
porque cual oro relumbres
y sirvas de rico erario
a Dios, que para su esclavo
te crio, buscó la tierra
que su fe, tan solo encierra,
sin alguno menoscabo,
hubo en ella muchos santos
que a Dios siempre le agradaron,
con la penitencia hallaron
frutos de eternos espantos,
fío en Dios que tú también
has de dar de ti tal cuenta
con la fe que te fomenta,
que serás la luz y el bien
de la tierra que pisamos,
y después de bautizado
por quitarme de un cuidado
y lo mejor escojamos
mira en qué te has de emplear,
que tu gusto he de seguir
forzoso es, que has de servir
mira en qué, puedes hablar,
De que el tiempo ya se llega
de nacer para mi Dios,
gracias le doy, mas a vos
debo tanto, que no llega
mi caudal, a merecer
obrar yo, para pagaros
la gloria que pienso daros
por darme tan nuevo ser,
Dios me crio para sí,
el instrumento sois vos,
con que doy gracias a Dios
y a vos que tal merecí,
la ocupación retirada
siempre es mejor, porque yo
pienso hallar, lo que perdió
vida tan encenagada
con vicios, como criado
entre berberiscos moros,
y pienso hallar mil tesoros
con guardar vuestro ganado,
allí me quiero emplear
si me dais señor licencia,
haré digna penitencia
para poderme salvar,
Pag. 9
Tu boca será medida
de tu gusto; el Virrey viene.
Humillar, Rosán, conviene
al recibir nueva vida.
Tocan chirimías. Salen acompañamiento de baptismo, el Virrey, Doña Juana, Beatriz, y Fátima turca.
Denme los pies vuecelencias,
Levantad, Rosán, ¿es hora?
Sí, señor.
Ya se mejora
vuestra suerte, y las clemencias
considerad, Rosán, fuerte,
de aquel que os rige y gobierna,
pues os da la vida eterna,
y os libra de eterna muerte;
vamos pues.
La mucha gente
no nos da mucho lugar
para podernos llegar
a la hora conveniente.
Vanse.
Jornada segunda
Pag. 10
Jornada Segunda.
Personas de ella.
San Antonio negro. El Capitán. Solimán turco. Una voz, de dentro.
El Virrey de Sicilia. Punzón lacayo. Blas pastor gracioso. Cuatro Ángeles que danzan.
Fátima turca. Doña Juana Virreina. Beatriz criada.
Sale San Antonio negro, como pastor.
Aunque tarde, ha llegado el desengaño,
y no es tarde, pues llega a percibirse,
larga es la vía, fuerza es el partirse
de tan engañado de un vivir extraño;
a percibir sutil, reparo al daño
aquel que apenas puede desasirse
de tanta vanidad, por eximirse
de lo dulce fatal de un fiero engaño.
Sobre las alas de los vientos vuela
el que del mundo le tocó el beleño,
y, hoy temeroso, vigilante, vela;
Dichoso yo, que del pesado sueño,
ya, ahora, recordé, pues me desuela
solo un amor, que fue, mi solo empeño.
Sale Blas, pastor gracioso.
¿Amanecemos? ¿Es hora ya?
Pues, ¿tan tarde se levanta?
¿Miren el perro? Me encanta
cómo manda: bueno está;
que no es bien que un negro mande
siendo perrazo cautivo,
que de rabia da motivo
que se coma un muy grande
pecado?
Tiene razón,
pero mire, soy mandado,
y fuera muy gran pecado,
y una especie de traición
no mirar por esta hacienda
que el amo me encomendó;
no vengo a mandarle yo,
solo él manda,
pues la prenda
me saca, si ahora salgo
de la choza, él es señor,
miren pues, qué pundonor
puede tener, si es un galgo;
deje eso, hermano mío,
llévese el ganado al pasto
que es tarde.
Yo solo basto
a llevarlo todo al río.
Llame a los dos compañeros
y mayoral dellos te hago.
Bota.
Eso sí, tome este trago
que le hará ver los luceros,
ya soy amo de los dos,
¡linda cosa es el mandar!
yo les voy luego a buscar,
quédese el perro con Dios.
Vase.
Señor, esta merced alta,
como es verme despreciado,
de vuestra mano ha llegado,
por ser bien que en vos se exalta;
perro soy desconocido,
pero ¿quién vio en un perro
caer en tan grande yerro
con su dueño conocido?
pero yo no conocía
el amo que me crio,
y así nunca el alma erró,
pues no supo qué se hacía;
ya, Señor, conozco en vos
el amor que me tenéis,
dadme gracia, y vos veréis
que esclavo tenéis, mi Dios;
gente en el cortijo siento,
salir quiero a ver quién es,
vana gloria es interés
que siempre se lleva el viento.
Vase, y sale Solimán turco, vestido a lo español.
Amor, el traje he mudado
para no ser conocido,
bien sé que vengo perdido
por lo que otro habrá ganado,
que tengo por imposible
siendo tan bella mi idea,
que el alma en ella se emplea,
que será lance terrible;
¡ay, amor, nunca yo viera
la causa de mi tormento,
porque a tanto sentimiento
mi corazón no viniera!
celos son los que atormentan
todos mis cinco sentidos,
ya los cuento por perdidos,
solo en mí fuerzas se aumentan,
¡pluguiera, Alá soberano,
que el sol que adoro, en el mar
su curso hiciera, por dar
fin, a un pensamiento vano!
mas no pudiera vivir,
porque tiene allá mi alma,
amor, en tan triste calma
¿no será mejor morir?
San Antonio, de dentro.
No, por cierto.
¿Quién será
el que responde que no?
Yo.
En el morir se halla
descanso.
No le hallará
quien sin Dios morir procura.
Si pena mi pensamiento
con terrible sentimiento
morir es bien.
Es locura.
Si mi esposa me dejó
por otro, bueno es morir.
Harto mejor es vivir.
¿Eres eco?
No.
Pues ¿quién?
Yo.
Sale el Santo a la puerta.
Solimán, no te atormente
tan temerario dolor,
seguro vive tu honor
por ser mujer excelente
tu chara esposa; no temas,
deja los celos adustos,
que aunque tendrás mil disgustos
entre tristezas extremas,
tú saldrás con la victoria
viendo puesta en libertad
a quien buscas, su lealtad
es sola digna de gloria;
¿Eres deidad soberana
que bajaste desde el cielo
a darme vida, y consuelo?
Esa temeridad vana
pagarás con penas vivas.
Dime quién eres.
Yo soy
un humilde esclavo hoy
con esperanzas altivas,
Pag. 11
tú me verás, Solimán,
cuando te aprieten más penas,
tus glorias en tiempo ajenas
allí propias te serán,
mi dictamen seguirás
en el fin destas quimeras,
tus penas se harán ligeras,
y cristiano morirás.
Vase.
Aguarda, profeta santo,
espera un poco, mas ¿quién
me conoce aquí?, ¿también
sabrá reducir mi llanto
a nueva y nueva alegría,
con que aliviando tristezas
venza de celos, bajezas,
mi valor, la cobardía?
Cerca estoy de la ciudad,
divino Alá soberano
poned vos en mí la mano
pues que sabéis la verdad
de mi amor, mi firme fe,
voces siento, cazadores
vuelan halcones, y azores,
a sus ecos seguiré
por preguntar el camino,
mas dos deidades se apean
que en cazar solo se emplean,
huir, será desatino,
hablaré, veré si son
de la corte, y nueva alguna
buscaré de mi fortuna,
y alivio a mi corazón,
hablando vienen las dos,
aquí retirarme quiero,
porque de su traje infiero
y del eco de su voz
que son personas de cuenta,
o Diosas de aqueste monte.
Fátima dentro.
Abrasa mucho Faetonte,
su calor en más se aumenta.
Salen Doña Juana, virreina, y Fátima, vestidas con aljubas de monte.
Siéntanse.
Por huir del sol los rayos
y gozar de las sombras más amenas
destos robles, olvidando penas,
que causan mil desmayos,
sentadas aguardemos
de amor, y ingratitud los dos extremos.
Siempre celosos miro
tus dos claveles, que le sirven muro
a perlas orientales, no seguro
el corazón, que admiro
triste siempre, y celoso
de quien vive de amar ausente esposo.
¿Viste la tortolilla
a quien un rayo, del primer figura
cortó su media vida en la espesura?
Ser nueva maravilla
en su viudez amarga
no admitiendo a su nido nueva carga.
Así pues, yo que viuda
cautiva, y sola, sin mi dulce prenda,
suspensa el alma, dando al llanto rienda,
quedando a veces muda,
el cuerpo sin sentido,
y el corazón en penas sumergido.
Me veo sin consuelo,
derribada por tierra mi esperanza,
no demuestre jamás al que se cansa
en mostrar su desvelo,
que solo es de mi esposo
el nido en mi viudez siempre amoroso.
Y así, vuestra excelencia
deje los celos, que es inmortal pena,
el alma se fatiga, y se encadena
si con mucha prudencia
no procura eximirse
de tan sutil ardor con divertirse.
Aparte.
¿Rara mujer?, si fuera
mi sol tan firme, el alma venerara
su memoria, y por Diosa le adorara,
mas ¡ay amor!, si viera
rendido el muro fuerte,
sin duda, que me diera cruda muerte.
De tu valor confío
la ilustre resistencia, mujer bella.
En tanto honor, y pundonor no mella
nueva fuerza de amor, ni nuevo brío,
porque de mí contemplo
que soy de castidad un nuevo templo.
Los árboles sombríos
que se mueven parece aquella parte...
Algún oso será, tira con arte
el venablo, y tus bríos
entre tanta aspereza,
gallardos muestren hoy su fortaleza.
Levántanse, y va para tirar el venablo, y descúbrese Solimán.
Tened, ¡oh Belona hermosa!,
la blanca mano, o tirad,
pero de tanta crueldad
el alma siempre amorosa
apela a vuestra piedad,
que en un sujeto divino,
de adorarle solo dino
la piedad es fuerza hallarse,
pero ¿quién puede escaparse
de valor tan peregrino,
que siempre ha sido cruel
la hermosura, es cosa cierta,
abrid en mi pecho puerta,
saldrá el alma más fiel
que mueve en verse liberta,
porque juró cautiverio
al más soberano imperio
de un ángel de nieve pura,
cuya divina hermosura
asombro es deste hemisferio;
Aparte.
¡Alá me valga!, sin duda
aquesta es imagen viva
de aquel bien que al alma aviva,
suspensa el alma, y muda
un nuevo gozo aperciba
con el objeto más raro,
del que es su cierto amparo.
Pag. 12
—Mas ¿cómo será posible,
en fortuna tan terrible,
ver sereno el cielo, y claro?
aparte.
Y ilusiones del deseo,
o fantásticas figuras,
sino vistas aventuras
son sin duda las que veo
entre verdes espesuras?
Pero ¿qué mucho? Si amor
me muestra en el cazador
la viva imagen de un bien
por quien vivo, y por quien
cesará tanto dolor.
Cazadora de este monte,
nuevo prodigio en la tierra,
¿cazáis almas en la sierra?
¿o prestáis al horizonte
luz, cual sol, que en vos se encierra?
Sois cazadora, Diana
que vuelta en figura humana
y en la imagen por quien vivo
se me muestra tanto al vivo
que estoy en gloria soberana.
¿Sois la misma a quien mi pecho
tiene al vivo retratado,
por quien todo desatado
en ceniza está deshecho
el corazón lastimado?
Sois, pues, la bella Deidad,
cuya gallarda beldad
me dio el ser, el gusto, y vida,
por quien el alma rendida
luz tiene en su ceguedad.
No neguéis, señora mía,
la que sois, pues en vos miro
un bien de que aquí me admiro,
y dadme nueva alegría
pues a tanta gloria aspiro.
Dejad, señor, por ahora
el saber quién soy, que ignora
vuestro espanto, la presencia
de aquesta ilustre excelencia,
que es virreina, y mi señora.
Y a tanto yerro advertido
piedad merece, y perdón
de quien solo su blasón
es clemencia; inadvertido
estuvo mi corazón;
vuestra ira, tiene en mí,
un esclavo.
aparte.
Ya perdí
todo el temor de mis celos.
aparte.
Levantad, y a mis recelos
se pierden de todo aquí.
¿De dónde sois?
Forastero
soy, señora.
¿De qué parte?
De hacia donde reina Marte.
¿Es España?
Sí, que es lucero
de toda militar arte.
Aparte.
Él se encubre.
¿A qué venís?
Soy mercader.
Bien decís,
comprar queréis, no vender.
Comprad, solo mercader,
pues por comprar os morís;
no faltará quien comprar
procure la margarita
que en el pecho deposita
vuestro amor, que es aspirar
a gloria que a mí se quita.
Tened valor, y paciencia
mostrando sagaz prudencia
en comprar lo que buscáis,
y nunca quién sois digáis;
porque una cierta excelencia,
en sabiendo que sois vos
quien buscáis su perla bella,
presto os dejará sin ella,
y sin la vida, que a dos
quiso prestaros para ella.
En palacio viviréis,
que será bien que allí estéis
como un Argos con cien ojos,
que aunque recibáis enojos,
nuestro mal, y bien veréis.
Por las palabras, señora,
equívocas que decís,
entiendo bien que vivís
con los temores que ahora
en el alma me imprimís,
temiendo este mal, temía,
pues robada mi alegría,
siendo cual lucero tan bella,
era cierta mi querella
pues tal fuerza padecía.
No hay que temer, Solimán,
que por vos miro, y por mí.
En vos gano, si perdí.
No habéis perdido, que están
mis temores siempre en sí;
abrazad a vuestra esposa
que es tan casta como hermosa,
y vamos, que nuestra gente
ya nos buscará impaciente.
El alma llevo celosa.
Vanse, y salen San Antonio y el Virrey.
Cazando, he talado el monte,
adonde fuera imposible
hallar de nuevo el camino
ni de un susto verme libre,
si acaso con este ejido
no dieran mis ojos linces,
por buscar remedio al mal
que me trae Antonio triste.
¿Cómo estáis?, ¿cómo en el monte
entre este ganado simple
os va?, ¿siendo cortesano?
Gloria a Dios, cómo resiste
prudencia a la vanidad,
y con ella el alma mide
aquel mal tiempo pasado,
y aqueste tiempo felice.
Me siento alegre, quejoso
de que tan tarde me siguen
felicidades que adoro,
y glorias que no se fingen,
quiero decir, que si fuera
desde niño al conseguirse
tanto bien, no hubiera gusto
en este estado sublime
de más gloria, porque el alma
mudas soledades pide,
para contemplar un Dios
todo inmenso, incomprensible.
Alegre vivo, y contento
con aqueste estado humilde
de pastor, que miro en él
una memoria apacible
de aquel buen pastor que fue
por el camino pasible,
su tierna oveja buscando
sin de la muerte eximirse.
De que estéis contento, Antonio,
se alegra el alma, ¿persiguen
los lobos vuestros ganados?
A las veces los mastines
hacen que huyendo se vayan,
mas un lobo me persigue
una oveja, cuyo talle
tengo bien por imposible
que otra tal la tierra vio
más bella, y más aprehensible
en lo que es tratar de huir
porque en todo no peligre.
¿Viste la corza en el monte
cuando los perros le siguen
que es más veloz que no el viento
por del perro escabullirse?
¿La blanca garza altanera
remontada, no le viste
huyendo al ligero halcón
que encarnizado le sigue,
una y otra que se escapan
burlando las trazas viles
del sagaz perro, o halcón
que su alcance, y pasos mide?
Así pues la tierna oveja
al lobo feroz, resiste,
huyendo cual corza, o garza
que hoy ha dado en perseguirle,
aquesta la guarda el alma
para tiempos más felices
con un mastín que a guardarla
solo quiero se dedique,
que si ahora están manchados
tiempo vendrá que se limpien
dellas manchas que contraen
desde su primer origen.
¿Adónde tenéis la oveja?
Presto vendrá.
¿No hay quien mire
si parece nuestra gente?
No esté vueselencia triste
que cerca vienen de aquí,
y de aquel cerro les vide
que a nosotros caminaban.
aparte.
¡Ay, amor!, ¿quién resistirse,
podrá, de tu grande ardor,
pues tan breve ausencia viste
Pag. 13
el alma de negro luto,
y el corazón se despide
del cuerpo más fatigado
que pudo hallarse, y pedirse
aquí en tus flechas de fuego
traidoras, contentas miden.
Sale Punzón, lacayo.
La Virreina, mi señora,
cansada ya, no prosigue
con la caza.
¿Llega?
Sí.
Ve, Punzón, que aguardo, dile.
No es menester, pues que viene.
¿Viene con ella aquel tigre?
Y más bella que el aurora.
¡Quién se viera, Punzón, libre
para poder adorarla!
La turca es un imposible
que nunca podrás vencer.
Por ser tal es más sublime.
Salen la Virreina, Fátima y Solimán.
Señor.
¿Mi doña Juana?
¿Cómo la caza no sigue
Vueseñoría?
Porque en ella
casi perdida me vide,
también, perdí do el efecto
que en la caza se consigue.
Claro está que ha de cansar
al más alegre, y más triste.
Vueseñoría, ¿adónde estuvo?
Como perdido, me vine
a dar con Antonio; llega,
la mano a mi esposa pide.
Seáis, señora, bien venida,
y esa pena se mitigue,
pues el remedio le vino
de las ansias que os afligen.
Éste es el profeta santo
que me habló cuando me incitan
al alma celos rabiosos
que mi corazón maldice.
Éste parece que entiende
el mal de que muero. Dime,
Antonio, ¿cómo en el monte,
en lugar tan solo vives?
Porque así lo quiere Dios,
para que no me fatiguen
cuidados que en la ciudad
podrán siempre divertirme.
¿Quién es aqueste galán?
Acaso, señor, le vide
en esta perdida caza.
Parecióme apacible,
y como solas nos vido,
cortesano, y apacible,
hasta aquí nos hizo escolta.
Y el alma por él ya vive.
¿De dónde sois?
Español,
Andaluz es el origen
de mi noble nacimiento.
Y, ¿cómo os llamáis?
Felice,
pues fui feliz en hallar
en aqueste monte insigne
todo cuanto el alma estima
de honor y nobleza timbre.
¿Qué hacéis en aquestos montes?
Desde la mar, señor, vine,
y en tierra un bajel me ha hecho.
Porque el honor no peligre
con mi tardanza, camino,
buscando a quien me persigue
en la gloria de mis hechos,
y mi honor no se aniquile.
No os entiendo.
Son, señor,
mis razones, convenibles
a los deseos que el alma
tiene de dichosos fines.
¿Queréis quedaros conmigo?
Es cierto que dividirme
no podré, porque ya mi suerte
es feliz; siendo infelice,
gano, señor, en serviros,
y así podréis prevenirme
en que os sirva.
Galán mozo,
su nobleza el modo dice.
¿Ir con nosotros podréis?
En palacio seré lince
en pender de vuestra boca,
y en mirar si mi honor vive.
Y, ¿cómo, Fátima bella,
en la caza os fue?
Revive
en ella el alma, por cuanto
todo mi descanso vide.
¿Mucho gustáis de la caza?
De hoy más no será posible
andar en ella con gusto
que no podré dividirme
del gusto de ser mirada
de un bien que solo fue firme.
Vamos luego a la ciudad,
pues la caza no se sigue,
que basta que vos gustéis,
y vuestro gusto se intime
para que no se prosiga.
¡Lo que una mujer consigue!
Cuánto puede, se declara,
dividir es imposible
de su pecho tan ciego amor.
No temáis, que el alma os dice
que nunca efecto tendrá
su lascivo amor; pues sigue
un imposible tan grande,
y es grande mar de imposibles.
¿Mi pensamiento entendió?
Pues que también me entendisteis,
no temáis, tened paciencia,
ya que penas os persiguen.
Adiós, Antonio, que es hora.
A Vueseñoría le guíe
y guarde, de que no intente
de acometer imposibles.
Vanse.
¿Sabéis quién soy?
Bien lo sé;
andad, y nunca se fíe
vuestro honor, de no ver todo.
Seré padre en todo un lince.
Vase, y queda el Santo solo.
Amo y Señor del alma,
que en el ser incomprensible
de vuestra grande piedad
no se remonta el humilde
ser, de aquesta pequeñez,
no es falta de amor, que vive
solo en vos, mas mi bajeza
no da lugar a que alivie
con coloquios soberanos
el corazón, que revive
solo con hablar con vos,
que sois de mi amor el timbre,
aunque del siglo me huí,
no falta quien me persigue
en las mudas soledades,
y mis venturas envidie,
¿qué haré, Señor, porque solo
dé al alma pasto apacible?
Una voz de dentro.
Sale al campo, en el trabajo
me gozarás como pides.
Ya voy, Señor, que dichoso
puedo llamarme, y felice,
pues gozaré de quien gozan
los alados serafines.
Vase, y salen el Capitán, y Blas pastor.
Muy bien venido, nuesamo.
Con mil deseos, Blas, vine
por verte, y por ver Antonio,
que allá no falta quien dice
algunas cosas, que entiendo
son falsedades terribles,
porque nunca me han faltado
del ganado los esquilmes
en abundancia, y aun más
de lo que otros tiempos vide
cuando otros destos ganados
tenían cuenta.
Ellos dicen
muy bien, y rebién, nuesamo,
porque este cuervo, y no cisne,
pariente de Lucifer,
nada ahorca, ni alfeñique,
es un tonto en cuanto es hombre,
y en cuanto borrico, mire,
éste sin duda nació
del primer que inventó tisne,
porque todo es Blas aquí;
Blas acullá, sin melindre.
Manda, como si yo fuera
negro, cual él, mozambique,
sí; ¡y él se queda en casa!
Todo es rezar, (lindo chiste)
piensa comerse a bocados
los santos que en el tabique
están pintados, mas yo
como mis ojos son linces
entiendo que es invención
por más que llore, y suspire,
sí...
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Si al campo va, de rodillas
el día se llena, y dis que
es bueno rezar, porque
así al diabro se resiste;
mas la hacienda lo padece,
porque el azada no riñe
con la tierra, y así entiendo
que hoy está la tierra virgen;
pues si llegáis al ganado,
yo lo trabajo, y me rinde
el cansancio de tal suerte
que el humor se me derrite;
cuando el ganado del pasto
viene, para que le quiten
la blanca leche que trae
porque sus hijos se críen,
redomado, y codicioso
de palo seis vasos hinche,
y a muchos destos bribones
que holgazanes por Dios piden
sin se le dar nunca nada,
y viendo que se lo viden
los pastores del ganado
traen, para que le esquilmen,
responde que dar limosna
es bueno, pues que reciben
sus amos bienes sin cuento
por uno que se la admite;
como mayoral eris, hecho
este blanco de alfeñique
no hace caso de nosotros
burla de lo que le dicen;
esta es la verdad de todo,
no son mentiras, ni chistes,
verdades son apuradas
vistas de mis ojos linces.
¿Y en qué parte ahora está?
Hacia las huertas le vide
caminar, azada al hombro
lleva, pero es muy fatible
que estará rezando ahora
hechos sus ojos, candiles
que exhalan fuego, que abrasa
las mosquetas y jazmines
que en las macetas respiran
un olor, que el alfeñique
no le iguala, no, con mucho
por más que sobre ello viden.
¿Vamos allá, Blas amigo?
Y verás si lo que dices
es verdad.
Por San Almendro
que he dicho lo que en él vide.
Vanse, y sale San Antonio con una azada al hombro.
Ya, Señor, en campo estoy,
pues me queréis en el campo,
vuestra ley en mí la estampo
tras la cual siguiendo os voy;
al cuerpo parte le doy
deste bien que el alma espera,
gocen hoy los dos siquiera
lo que el uno siempre goza,
y este gozo que rebosa,
el cuerpo también le adquiera;
¿vuestro esclavo soy, Señor?
¡Oh, qué venturoso esclavo,
a vuestra clemencia alabo
por tan divino favor!
Pagaré tan digno amor
con otro amor, pues no puede
dar Antonio a quien excede
al Espíritu más puro
sino así; pues aseguro
que por vuestro siempre quede;
Amor os puso en la Cruz,
y pues es de amor la llaga
amor, con amor se paga
que es soberano arcaduz
para alcanzar de la luz
que dar soléis a quien quiere
subir adonde se espere
hallar un amor soberano,
que quien le alcanza es muy llano
que eternamente no muere;
quiero en tierra las rodillas
deciros tiernos amores,
pues sois la flor de las flores,
contemplo en las maravillas
que allá en las ethéreas sillas
maravilla sois que espanta,
de quien cielo y tierra canta
que sois maravilla en tres,
que una sola Esencia es
que me agota, al docto encanta;
en el rojo clavel veo
a vuestra deidad vestida
de una librea, que anida
en sí, todo mi deseo,
amor se llevó el trofeo
de merced tan soberana,
pues nuestra bajeza humana
juntastes con la divina,
unidad fue peregrina,
noble es ya, siendo villana;
¿qué siento en mí? Traspasado
estoy ya, la azada dejo,
que me arrebata el reflejo
de mi dulce amor llagado,
y a mi bien, mi tierno amado
sube el alma, y va a buscaros,
dejalde, Señor, hallaros
pues que sube en vuestra busca,
que el mundo en nada le ofusca,
y así sube a enamoraros;
Quédase arrebatado, y va subiendo levantado de la tierra, y así se es- tará hasta su tiempo, y salen el Capitán, y Blas pastor.
Siento que la perdición
de mi hacienda llegue al cabo,
quien se fía de un esclavo
que todo pierda, es razón.
¿Qué puede hacer el carbón
encendido? Que abrasar,
cuanto se pudiere hallar
que se le llegue.
Fíe
mi hacienda con buena fe,
de quien me supo engañar.
¿Qué fe, nuestramo, tendrá
quien fue moro? Aquesto es llano
que de moro buen cristiano
nunca alguno se hallará.
¿Dónde este negro estará?
Que por aquí no parece.
Aparte.
Más de mil palos le diese
y me vengase, nuestramo.
Tanto en cólera me inflamo,
que si ahora yo le viese
triste muerte le daría.
Aparte.
Por San Cosme que le veo,
hoy cumpliré mi deseo.
Hacia dónde esta me guía,
si ello no es hechicería
lo que miro, un burro es cierto
que lo soy al descubierto.
¿Qué es?
En el aire se está,
que ni al suelo, o cielo va
ni parece vivo, o muerto.
Llegan al Santo.
Aparte.
Maravilla soberana
es lo que miran mis ojos,
parece que está de hinojos
en alguna tierra llana.
Y siendo criatura humana,
cómo por el aire sube
cual vapor, que en densa nube
se esconde; mas esto a mí,
que el mismo soy que esto vi,
el saberlo no me incumbe.
Aparte.
Válgate el diablo el negro,
¿haces del aire escalera?
Es oro su cabellera
si es, por vida de mi suegro,
de tal oro no me alegro
que eres mágico encantante,
si él vino acá de Levante
no es mucho que ello así sea,
que un moro se devanea
por hacer cosas que espante.
Retírate aquesa parte
veremos en qué esto para.
La hechicería es rara
es gran maestro desta arte,
yo temo que nos ensarte
a los dos como conejos,
y lleve nuestros pellejos
para hacer bolsas a Judas.
Verdades son que desnudas
son de su virtud reflejos;
Elevado.
¡Dichoso amor, que en amor
hallo dulce amor, tal paga,
si es de vuestro amor la llaga
Amor, que gloria mayor,
pienso amor con tal favor,
que es poco el alma, amor mío,
corra amor, corra ese río
de clemencia, Amor, que apura
tanto amor, porque segura
siga a vuestro amor con brío!
Salen cuatro ángeles, con azadas pequeñas al hombro, y van cavando un espacio y harán que cavan la tierra, y otros dos que toquen instrumentos, y el Demonio vendrá bajando en cuanto cantan, y vanse.
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Aparte.
¿Gran maravilla? Este es santo,
pues en cuanto orando está,
la tierra cavan acá
ángeles, con digno espanto;
esclavo, que es para tanto,
libre es ya, que no esclavo;
no quiero con S y clavo
un hombre donde Dios tiene
su morada; esto previene
Dios en mí, que en todo alabo.
Ya de tierra se levanta
con él. Disimular quiero.
Antonio, ¿ha rato que espero?
Aparte.
Dios en mí su gloria canta.
Mucho nuevamente me espanta
de vuestra venida aquí.
Dios os guarde. ¿Cómo a mí,
señor, venís a buscar?
Tengo contigo que hablar
en secreto.
Sea así.
Antonio, en mi opinión,
siempre fuiste buen esclavo,
tu servicio fiel alabo
de todo mi corazón.
Quiero pues, en conclusión,
de hoy más, que tú libre seas;
bien sé que no lo deseas,
pero no quiero tener
esclavo que podrá ser
un santo. Bien lo peleas
con la oración, pues aquí
he visto grandezas tantas,
que si te miro, me espantas,
si te hablo, veo en ti
lo que no conozco en mí,
que es tu grande santidad.
Deja el campo, en la ciudad
quiero que asistas, porque
des la luz que le negué,
y alientes su ceguedad.
La libertad que me ofreces
estimo dentro en mi alma;
dello te lleves la palma
tú mismo, pues lo mereces.
Dame confusión que vieses
lo que calla tu cordura,
en tan cautiva criatura;
pero Dios que aquesto ordena
sabe bien cuánta es mi pena,
porque viste mi ventura.
Dispón, capitán, de mí,
porque a todo estoy dispuesto;
perdonad si os fui molesto
en no trabajar aquí.
Como yo debía, en ti
padre Antonio siempre tuve
esclavo, con quien estuve
contento. Padre, en mirar
por mi hacienda y aumentar
supo, como a padre incumbe.
Blas, Antonio va conmigo
a la ciudad, haced vos
en la hacienda lo que Dios
hacía por él conmigo.
Vase.
Vaya con Dios el amigo
negro, más que no el tizón,
haré por mi condición,
señor, con este ganado
lo que veréis; Dios loado,
con bien llano corazón.
Blas, adiós.
Vase.
Y con él vaya
su perra abuela, mastín,
presto allá verá su fin,
y el amo le tendrá a raya.
Señor, el alma se ensaya
para serviros de nuevo;
nuevo gusto, mi Dios, llevo,
pues solo he de ser esclavo
vuestro ya, de que os alabo,
aunque gracias siempre os debo.
Vase, y salen el Virrey y Solimán solos.
Félix, vuestro entendimiento,
la capacidad que miro
en sujeto tan gallardo,
me haría desconocido
si mis penas os callase,
si las ansias que contino
abrazando están mi pecho
no os dijese, cuánto al vivo
las padezco, pues mi suerte,
que me viese preso quiso
del sujeto más hermoso
que de Berbería vino
a poner fuego a Sicilia,
como el Mongibelo altivo,
que en dar fuego no descansa
desde un siglo en otro siglo.
Así fue Fátima bella,
en beldad monstruo divino,
cuyos dos ojos son fuego
que matan cual basilisco;
enamoróme de suerte
que de todo me he perdido;
el alma vive sin gusto,
y el corazón sin alivio.
Es cruel cuanto es hermosa,
hermosa cuanto contino
para cautivarme el alma,
para rendir mi albedrío.
Si le hablo, es tigre airado;
si lloro, es un cocodrilo;
es, si le toco, serpiente;
basilisco, si le miro.
Padece el alma tormentos
tan crueles, que escondidos
en mis venas, procuran
añadir fuego al pabilo.
Solo un remedio me queda
para mi tormento esquivo,
cesar de tanta crueldad
mudando su fiero estilo;
y es, que tú, si bien me quieres
(bien creo que es desatino),
procures vencer a un monstruo
en piel de oveja escondido.
Mi remedio está en tu mano,
vengo a ti como a mi asilo,
huyendo de quien procura
dar a tanto amor castigo.
No dudes, Félix, que el tiempo
dará muestras en ti mismo
que nunca ingrato seré
a tan grande beneficio.
Ya fortuna me ha mostrado
lo amargo de su cuchillo,
y en mi garganta, cruel
hadado, el siento a su filo;
apretado el pecho siento,
el corazón prevenido
tenía tan gran desdicha
como la que hoy por mí vino,
pero la prudencia aquí
solamente hará su oficio,
que si le entrego a los celos,
harán algún desatino.
¿Qué dices, Félix?
Señor,
siento verte tan vencido
del amor, y no conviene
dar consejo al que es prodigio
de letras, de entendimiento,
sino procurar alivio
a tu mal; este a mi cuenta
le tomo yo, pues convino
a los dos, el declararte
al que es criado, es amigo
que ha de procurar tu bien,
y también procuro el mío.
Déjame, que si la suerte
me es favorable, yo fío
que los dos tendremos gusto
en este fuerte litigio.
Quédate a Dios.
Él te guarde.
Vase.
Amor, si de este conflicto
salgo vencedor, te haré
del corazón sacrificios.
En tanto que mi tormento
pone a mi garganta el filo
de la espada de los celos,
homicidas de sí mismos;
preguntar quiero al amor
por qué en tanto desatino,
como paso en verdes años,
vivo y muero, y nunca vivo;
cual pasajero navego
por mar de celos altivo,
en donde nunca hay bonanza,
mas siempre tormentas sigo;
entre peñascos desnudos
de todo consuelo, vino
mi pobre bajel a dar;
mirad qué refugio amigo,
en naufragio tan extraño
donde corre honor peligro.
Solo el remedio que siento
es el morir sin juicio,
porque no sentiré males
que causar puede el bajío
en que diere el triste honor
forzado del mar nocivo;
mas antes que tanto daño
pase el infausto navío,
rayos me abrasen, pues pago
a los celos tal subsidio.
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Sale Fátima sola.
Suspenso miro a mi esposo,
y a veces con dar suspiros
dice: «¡Alivios!» Efectos son
de celos, que es mal prolijo,
Sale Solimán.
¿Prenda querida?
Como suspenso te miro
hoy más que nunca, ¿hay de nuevo
cosas, que humillen tus bríos?
¡Ay tantas! que unas con otras
se atropellan, y al bajío
de mi honor a parar van
como en el mar, para el río,
el virrey se declaró
Fátima bella, conmigo,
y quiere, que tercero sea
de su amor, loco y lascivo;
mira ahora cómo el alma
estará; viendo que fía
el honor, de una mujer
de quien pienso ser marido.
Si no entendiera que estás
con los celos, sin juicio,
en tu presencia mi muerte
fin diera a tus desvaríos,
cuando ausente de mí estabas
¿no domeñaron mis bríos
los ruegos y persuasiones
de sus amores lascivos?
Y ahora que estás presente
de mi honor echas juicios,
que por temerarios son,
de honor fieros enemigos,
anda, que verte no quiero
que quien duda de sí mismo
siendo otro yo, de su honor
no es bueno para marido,
quédate, que a morir voy,
porque haciendo sacrificio
de mi vida al Dios de amor,
conocerás que ese río
que a la mar a parar va,
nunca podrá ser unido
a sus aguas, si por dulce
el honor trae consigo.
Aguarda mi bien, ¡mi esposa!
Quédate pues, entre el abismo
de los celos que procuras,
que mi honor llevo conmigo.
Vase.
Helado el pecho triste
el corazón revuelto con temores,
a quien solo resiste
la prudencia mayor, que entre mayores
aflicciones, compone,
lo que el celo bastardo descompone;
quedo sin alma, mía,
mas solo en ti el valor vive presente,
pues toda mi alegría
se ha llevado cruel, vana corriente
de celos poderosos
infames siempre sí, por cautelosos.
La pena me consume,
como a la vela el fuego, porque veo
que no hay glorias que sume,
sino solas desdichas que poseo,
pues miro amor que tuve
deshecho ya del sol, cual densa nube;
mas en tanta tormenta
espera el alma ver dulce bonanza,
amor que le fomenta
en mi pecho consagra la esperanza,
con que remedios espero
de un infierno de celos, crudo, y fiero.
Vase.
Jornada tercera
Pag. 17
Salen Doña Juana virreina y Solimán turco, solos.
Esto, señora, ha pasado.
¿Qué tan temeraria fue?
Y más con quien tanta fe
en todo tiempo ha guardado,
que solo en un desdichado
pudo la desdicha hacer
que lo que no es, venga a ser,
y así temo que corrida,
o que se quite la vida,
o dé en fácil mujer.
No temas, no, Solimán
porque en su valor contemplo
que es hoy sola y sin ejemplo
de las que en Palermo están,
estos enojos se irán
acabando, a la porfía,
que pretende la osadía
del que a mí me descompone,
el alma es justo le abone
pues sabe su bizarría,
ella viene, apártate,
yo compondré tu disgusto,
porque a mí me quita el gusto
ver dividir tanta fe,
si ella falta, pagaré
tu disgusto con la vida,
que si enojada se anida
con la causa de mi pena,
es cierto que me condena
a tormento de por vida.
Sale Fátima.
En la gran sala, señora,
te aguarda cierta visita,
Llega, el enojo te quita
y hablarás a quien te adora;
El honor que en mí atesora
la nobleza donde vengo,
clama la razón que tengo
de sentir desprecio tanto,
y así solo con el llanto
mi desventura entretengo;
la razón, por mí pleitea,
y por él, la sinrazón,
que es vana la presunción
del que en los celos se emplea,
él sabe bien que desea
el alma a tal bien unirse
sin que pueda desasirse,
y que en los dos sea uno
el querer, porque ninguno
pueda el yugo sacudirse;
mi valor no tiene par,
porque soy mujer tan fuerte
que solamente la muerte
podrá, señora, apartar
alma, que le quiso dar
en su boda posesión,
y así, su vana pasión
es temeraria, y cruel,
pues pone por un nivel
sus celos, y mi razón.
El alma que atribulada
Fátima bella, se vio,
la ocasión a mí me dio
recelando el ver manchada
honra, que es tan estimada
y más en propia mujer
que fue la ocasión de hacer
los extremos que habéis visto,
porque el honor anda listo
y todo lo quiere oler,
vi, que el virrey persevera
en mandar intenté yo
Pag. 18
Manchar el honor que dio
al ser a mi primavera,
él me puso en la carrera
porque perdiese este ser,
mi culpa es de un bien querer.
Y así, mi bien, no querráis
mi muerte, pues me la dais
ante tiempo a conocer.
Vuestro honor celo, que es mío,
y en mirar por él me empleo,
porque solo honor deseo
después de vos, de quien fío
que sabréis guardar con brío
lo que a los dos nos conviene.
Quien tanta nobleza tiene
sabrá guardarle, que yo
soy fénix sola, que no
a los dichos contraviene.
No haya más, daos la mano
y cesen vuestras querellas.
Las mujeres, que son bellas,
tienen el pecho inhumano.
El hombre, como es villano
en su proceder, entiende
que de él una mujer pende,
con que a la razón le daña.
La mujer, mi bien, engaña
con lo mismo que pretende.
Llega, Fátima.
Señora,
no mandes tal.
Llega, pues,
porque ahora soy juez
que en vos su gusto atesora;
cada cual al otro adora,
y entre los dos hay razón.
A ti te mueve pasión
de celos, a ti el honor
que guardas con tu valor,
huyendo de la ocasión.
En lo público te harás
tercero del que procura
rendir con vana locura
a quien tú el alma das.
A ti conviene de hoy más
dar aliento al pobre esposo,
por no verle más celoso,
defendiendo tu persona
de quien tanto se apasiona,
efectos de un poderoso;
¿haréis lo que digo?
Sí.
Pues, adiós.
Vase Doña Juana.
Guárdete el cielo.
Querida esposa, consuelo
del que solo mira en ti
el contento que perdí
entre desdichas que lloro,
vuelve en ti, porque te adoro,
pues solo mi vida vive
en tu amor, de quien recibe
la gloria de tal tesoro.
¿Qué haré con este tirano
que robar quiere mi honor?
Esta desdicha es mayor
que el cautiverio inhumano.
El honor es soberano
bien, adonde se atesora
una alma que solo adora
en tu beldad, prenda mía,
que eres sola la alegría
en quien de contino mora.
En el fracaso presente,
dulce esposo, la prudencia
hará que tengas paciencia
con el mandato insolente
de un amor tan inclemente.
Él me habla, sí, a mí me deja
con él, que esta riña es vieja.
Mi honor sabrá sacudirse,
quizá vendrá a persuadirse,
o a parar su amor en queja.
En ti vive mi esperanza.
En ti mi remedio vive.
El alma por ti recibe.
Por ti espero haber bonanza.
¿Quién de amor tal gloria alcanza?
¿Quién de amor podrá eximirse?
¿Quién de su presencia irse?
Por ti vivo, y por ti muero.
Por ti solamente espero
ver al Virrey y reprimirse.
¿Me querrás?
Hasta morir.
¿Me olvidarás?
No es posible.
¿Serás firme?
Es infalible.
¿Y tú, mi bien?
El vivir
en tu gracia es esculpir
de nuevo otro nuevo amor.
¿Qué más gloria?
En el honor
estará fija mi fe.
¿Mañana, dónde hallaré
mi vida?
En el corredor.
Vanse.
Vase y sale San Antonio negro, vestido como donado de San Francisco, con hábito y manto.
Con la mudanza de vida
fue bien mudar el pellejo,
la carne, que en mí se anida,
dio repudio al hombre viejo,
y en el nuevo hallo acogida.
A tan dichoso sayal
en el mundo, sin igual
me entregué, el que procura
dar a mi locura, cura,
y remedio a tanto mal.
De vos, serafín humano,
solo monstruo de humildad,
aguardo me deis la mano,
que aunque sois tanta deidad,
por humilde soberano
no despreciaréis a quien,
solo estima por su bien,
ser hijo, ser vuestro esclavo.
Óyeme, pues que os alabo,
cual hijo al padre, que es bien.
La gran silla que perdió
el ángel por culpa ciega,
con mayor gloria se os dio,
pues su soberbia no llega
do vuestra humildad llegó;
que esta en vos fue tan subida,
que a ser, Francisco, partida
con todos los que cayeron,
la soberbia que tuvieron
fuera de humildad vencida.
De la llaga del costado
la gloria se lleva Dios,
abriéndola vos, pasado,
por daros en cambio a vos
la de cinco que le han dado;
y en aquesto que aumentasteis,
más fiel siervo os mostrasteis
que cuantos Dios envió,
pues con las mismas que os dio
las cinco de Dios ganasteis.
Ruega por el maleficio
(Cristo en cruz) del pueblo ciego,
vos sin cruz tomáis su oficio,
y alcanza al fin vuestro ruego
premio de su sacrificio.
Y si Dios ha perdonado
por Cristo, al pueblo engañado,
por vos al pueblo engañoso,
allá cuando más piadoso,
y acá cuando más airado:
Cristo por bien de Israel
quiso en martirio morir,
y a vos os reservó de él,
fue, que hacíais en vivir
fruto, como en morir él;
por lo cual vivos os pusieron
las sacras llagas que fueron
de Cristo, muerte y victoria,
que vivo os dieron la gloria,
que a él sin morir no dieron.
Él os dio el martirio a vos,
y con tan alto renombre
que uno solo es de los dos,
a vos martiriza el hombre
y a vos, santo, el mismo Dios.
Ambos mártires quedáis
sin que vos lo que él sintáis,
y fue, porque Cristo vido
que basta haberlo sufrido
para que vos lo sufráis;
por vos el clavo cruel
la carne de Dios tenía,
y la vuestra es tan fiel,
que clavos de carne cría
para enclavaros por él;
lo que en Dios divinidad,
hace en vos humanidad,
porque está con Dios tan una,
que lo que Cristo repugna
tomáis vos por voluntad;
y aun os parecéis de suerte
en el pobre nacimiento,
en la vida, y en la muerte,
de que os adorara, siento,
si la fe no me lo advierte;
porque desnudos los dos
Cristo se parece a vos,
y vos parecéis a Cristo,
de tal suerte que se ha visto
vos en Cristo, y Cristo en vos.
Vuestro soy, corresponded
al amor de padre, que
soy hijo, Francisco, ved,
Pag. 19
Hijo soy vuestro por fe,
por tal, padre, me tened,
y mostrad si me admitís
en el pecho que vestís
de divino rosicler,
porque venga a conocer
gran padre, que me asistís.
En una tramoya, aparecerá San Francisco, y él se pone de rodillas.
¿Antonio?
¿Quién sois, señor?
Francisco soy.
Si la fe
de mi amado el Redentor
no me enseña, el alma halla
turbada con tal favor,
que viendo el retrato vivo
del que soy dulce cautivo,
en rojo carmín deshecho,
se alegra todo mi pecho,
pues le estoy mirando al vivo;
pero la fe que confiesa
en él, divina deidad,
viéndoos a vos, no tropieza
porque vuestra humanidad
no viste con tal grandeza;
y aunque ese rojo carmín
os señala serafín,
Cristo solo accidental,
fuisteis, Francisco, mortal,
e inmortal, el que es sin fin.
Padre y señor, ya me veis
del pobre sayal vestido,
de que vestida tenéis
la familia, que ha subido
al bien que la pretendéis,
solo falta me admitáis
por hijo en ella, pues dais
lo que os sobra, al que es tan pobre,
para Antonio temor sobre,
pues ya de rico os preciáis.
Por hijo, Antonio, te admito,
que para tal te crio
el que fue siempre infinito,
y al tercer orden te dio
entre quien contento habito,
en ella profesarás,
y al mundo tal luz darás
que oscura harás la del sol.
Ella será mi crisol.
En ella te apurarás.
Con la penitencia viva,
que es orden de penitencia,
donde a la soberbia altiva
de Luzbel, tanta excelencia
de humildad, hará reciba
contumaz, tanto tormento,
que no alcance el pensamiento
a poder penetrar tal,
que es este fuego inmortal
y vive en él muy de asiento.
¿Cuándo llegará aquel día,
padre y señor, en que goce
de siempre eterna alegría,
y mi vejez se remoce?
Antonio, larga es tu vía,
porque quiere Dios mostrar
al mundo, que puede dar
un negro, que el blanco sea
del que solo amar desea,
y a tanto pueda aspirar.
Vase.
Empezad, alma, de nuevo,
pues tanta gloria os vestís,
ved lo que a Francisco debo,
que si de él os revestís,
y a su cruz contrito llevo,
soldado de su milicia
me hizo aquel Sol de justicia
de Francisco capitán,
que es su alférez, a quien van
siguiendo otros con codicia;
alma, pues marchar conviene
debajo de tal bandera,
mostrad que soldado tiene
en este negro, que espera
besar su carmín perenne;
a buscar voy sus menores
que en el cielo son mayores,
porque al orden me reciban,
para que contentos vivan
cuerpo y alma en sus rigores.
Vase.
Vase, y salen Solimán, y Fátima.
Los celos inmortales
al alma siempre oprimen,
y nunca les redimen
sus ojos celestiales,
con que la pena viva
en mí se aumenta, y vuelve más esquiva.
Aquesos claros soles
que dan luz a mi pecho,
en ceniza deshecho
vuelvan sus arreboles,
efectos de la envidia
con que abrasado eternamente lidia.
Aquesa media luna
émulo de la nieve,
mejillas, que en relieve
rosas formó fortuna,
son negras a mis ojos
y solo el verte, en mí causan enojos.
Aquese coral puro
que finas perlas guarda,
mirarle me acobarda
por no vivir seguro
de un todo poderoso
cautivo de un amor libidinoso.
Yo muero si te miro,
si no te miro muero,
si ausente, verte espero,
temeroso suspiro,
y cuando llego a verte
mirando estoy la causa de mi muerte.
Efectos son, esposa,
de los rabiosos celos,
que bastaban recelos,
la pena rabiosa,
a dar fin a quien muere
sin nunca morir, no, pues vivir quiere.
Este tirano injusto
rabia de amor, y piensa
que el corazón dispensa
a darle todo gusto,
engaño de quien vive
de fatal esperanza, en que revive.
Pag. 20
forzado me ha traído
a persuadirte ahora,
que mires que te adorna
con pecho enriquecido
de lascivos amores,
cuyos lazos serán despares rigores.
Esto me aflige, y veo
que al fin de mis trabajos,
no hallo, esposa, atajos,
ni el gusto que deseo,
pues todo son tormentos,
remate, y fin de nobles pensamientos.
Tus penas rigurosas,
tus ansias, y afliciones,
enojos, y pasiones,
al alma temerosas,
siempre en cobardes pechos,
hacen sus muestras, sus fatales hechos.
Esos celos bastardos
hijos de amor tirano,
en pecho soberano
siempre al entrar son tardos,
mas de tu cobardía
nunca otra cosa espera mi osadía.
¿Sabes quién soy? Pues mira,
viste al sol que procura
la peña más segura,
cuando los cielos gira,
pasar de parte a parte
con el rayo que al mundo luz reparte.
Y ella burlando altiva
la fuerza de sus rayos,
sin causarle desmayos,
mas su dureza aviva,
porque del sol la fuerza
a resistirle con vigor le es fuerza.
Así cual viva peña,
resistiré con gloria
al sol, que la victoria
contra razón te enseña,
y al golpe de sus rayos
mi fortaleza causará desmayos.
Y así, querido esposo,
vive con esperanza,
que la desconfianza
en pecho valeroso
es cobardía clara,
porque el honor mi fortaleza ampara.
Corra el tiempo, que presto
podremos alcanzarle,
hoy, es fuerza taparle
la boca, y a lo propuesto
acudir, prometiendo
lo que no pienso, ni cumplir entiendo.
De tu soberano brío,
de tu grande fortaleza,
de mi honor pende la alteza
con que del santo Alá fío
dará descanso a mis penas,
y gloria en tanto tormento,
esposo, vive contento,
que esas ansias son ajenas
de tan ilustre sujeto.
Sale al paño Punzón acaso.
Solimán, y Fátima están
juntos los dos, ¡sí estarán,
hablando del grande aprieto
en que esta turca ha metido
al virrey! Lindo alcahuete
en su amor el virrey mete,
un dedo le tiene asido,
a la mano de allí pasa,
él conquista para sí,
él la abraza, aquesto sí
voy a contar lo que pasa.
Vase.
¿Eres todo mi descanso?
Tú mi gloria en tantas penas.
Tú, quien siempre me encadenas
y por quien el gusto alcanzo.
Otro abrazo quiero darte.
Otro lazo es más mi bien.
¡Qué gloria!
¡Qué dulce bien!
Nunca amor los dos aparte.
Al tiempo que se abrazan, entra el Virrey, y Punzón.
Infame, desconocido,
¿de aquesta suerte se trata
la fe que debe un criado,
a quien levanta de nada,
tirano del bien que adoro?
Víbora que al nacer mata
a quien la vida le dio,
con ingratitud extraña,
venenoso cocodrilo,
de quien fijé confianza,
que palabras de un traidor
es vil animal que engaña,
tú, que habías de mirar
por la prenda que me abraza,
tú me ofendes, tú procuras
siendo un vil, cosa tan alta,
vete, infame, no me veas,
no me mires a la cara,
que no te quito la vida
por no ensuciar mi espada
en sangre tan vil.
¿Señor?
No respondas, porque el alma
me dice, que un Sinón griego
he trasplantado a mi casa,
que me abrasará la Troya
en quien puse la esperanza
de gozar felicidades.
Oye sola una palabra.
Vete, y no me veas más.
Aparte.
Aquestas glorias alcanza,
amor, quien de ti confía.
Vase.
La turca le salió cara;
Pag. 21
Vete, Punzón, a la puerta
y mira que nadie entre,
déjame con esta ingrata.
Goza de esta vez, y calla.
Vase.
Estrella, cuya luz resplandeciente
eclipsa la del sol, más clara, y pura,
divino rostro, angélica figura,
preciosa perla, más que las de Oriente,
tu noble condición, ¿cómo consiente
que seas tan cruel, áspera, y dura?
pues llevas la ventaja en hermosura
difieras la de llevar en ser clemente,
que no es bien, que en Seraphico sujeto
se cifre crueldad tan perniciosa,
ni el ser dura cual Progne, o cual Medea:
que en tanta perfeción, es imperfeto,
y si eres tan cruel por ser hermosa,
pluguiera a Dios que fueras algo fea;
vuelve, mi bien, esos ojos,
mira que te adora el alma
con afectos amorosos,
con ansias que amar inflaman,
no seas tan rigurosa
porque tus desdenes bastan
a matar al más subido,
aunque dan vida, si matan,
tú reinas sola en mi pecho
porque eres sola adorada,
en ti vivo, y por ti muero,
en ti mis glorias se esmaltan,
muestra, mi bien, esa mano
que aunque es toda nieve helada
por ser tuya, es fuego ardiente
que todo me enciende y abrasa,
no huyas, detén el paso,
que aunque a la Grecia te vayas,
te he de seguir como fiera
que una alma lleva robada.
No te canses, déjame,
no me persigas, que enfada
un señor atrevimiento
un amar sin esperanza,
tú no la puedes tener
porque el honor de casada
es vidrio, que si se quiebra
el sol darle no se alcanza,
yo lo soy con noble esposo,
y su presencia me guarda
de suerte, que es todo un Argos
al honor que le maltratas.
¿Y dónde tu esposo está?
El corazón le retrata
dentro en mí, porque le espera
con fe viva, mi esperanza.
Tú no le verás jamás.
Todos los días el alma
le está mirando contenta
viendo de amor justa paga.
También la mía te adora.
Yo le aborrezco a la clara.
¿No eres mía?
Tu cautiva,
pero no para tu dama.
Ya que el amor no ha podido
rendir aspereza tanta
se rendirá con la fuerza.
No podrás, que en la batalla
que me ofreces, el honor
sabrá resistir la mancha
porque no llegue al vestido
el lodo de tal infamia.
Yo rendiré tu dureza.
Mi honor a resistir basta
tu pasión libidinosa
y no se sienta tu falta.
Veamos cómo resiste
esa condición tirana.
La tuya, tirano injusto,
no es noble, mas es villana.
Asíense a los brazos los dos.
Yo venceré.
No podrás,
que tu fuerza se acobarda.
¡Alá santo, soberano!
No hay, falsa, tirana, ingrata.
A este tiempo entra la Virreina Doña Juana, Beatriz criada, Solimán, y Punzón lacayo.
Quita, villano.
Señora.
Sois vos una gentil guarda.
¿Majadero, pues a mí?
Entré pues la fregonaza.
Señor, ¿qué es esto? ¿Pues vos
probáis fuerzas con la esclava?
¿Con una cautiva así?
A grandes extremos pasan
estos públicos amores
tan murmurados en plazas,
que a más desdichas vinieran
a no ser la turca honrada;
¿vos sois virrey de Secilia?
No por cierto, pues no bastan
del oficio obligaciones
para acciones desgarradas;
ya pienso celar mi vida
pues que va tan a la clara
el amor libidinoso
de una turca vil esclava,
y ya pienso celar su honor
porque en él, el mío entabla
el consuelo del vivir,
el descanso de mi alma.
Anda, vete a tu aposento,
y mira que dél no salgas,
que te costará la vida.
¡Ay, bella y querida Fátima!
Aparte.
A cumplir voy tu mandato.
Al pasar habla con Solimán.
El honor, a tu honor guarda, este,
que antes perderé la vida
que admitir otro en el alma.
Vase.
Aparte.
¡Ay dulce esposa, quién viera
pues la vida se me acaba
la libertad de tu honor!
Villano, ¿cómo, no basta
que mandé que no me vieses
ni estuvieses en mi casa,
cómo estás en mi presencia?
Bueno está, para que salga
de Palacio, un hombre honrado
es necesario más causa,
y si él quiso hacer la vuestra
¿qué culpa tiene?
Dejarla
me conviene gran señor,
que las acciones honradas
cumpliendo lo que mandaste
de aquesta suerte se pagan.
Aparte.
Precipitáronme celos
que son contrarios del alma,
confuso, y corrido voy.
Vase.
Él perdió ocasión bizarra.
Félix, en tal ocasión
con más prudencia se tratan
los negocios que os importan,
Félix, no tanto a la clara
porque os echáis a perder.
Mi desdicha fue la causa
de la tragedia presente.
Dios ponga a tanto mal pausa.
Vase.
Honor, si salgo con vida
del enredo que me enlaza,
pienso colgar en tu templo
las glorias de mi esperanza.
Vase.
Pag. 22
¿Qué dice vuesa merced
a tantas, cuál un desgracias?
¿Qué es loco quien tiene amor?
Loco soy, pues me desalma
un amor tan derretido,
que a la gente lusitana
toda amor, y toda cebo,
le llevo cien mil ventajas.
¿Y quién es, por vida suya,
la fregona que le entabla
ese corazón de piedra?
De cebo, dirá la maya,
¿para qué quiere saberlo?
Para darle cierta vaya
a propósito de dueño.
Pues dísela a sí, que basta
ser ella la que espeluza
todo el corazón, y al alma
parece que la deshace
como a la lana la carda;
yo muero sin tener medio
de un amor que descalabra,
y solo, Beatriz, por ti
fin diera a una calabaza
rellena.
¿De qué?
De un tinto,
que me pusiera la cara
como al dios Baco la vi,
blanca, azul y colorada.
¿Y con ese amor hay celos?
No, que soy de buena casta,
haya, amiga, qué comer
y ella venga, entre y salga.
Víctor, Punzón, tuya soy.
Venga pues en hora mala,
que adonde tantos pasean
bien podré pasar la plaza.
Vanse, y salen San Antonio y el Capitán.
¿Por qué quieres, padre mío,
hacerme tan grande afrenta?
Mi casa fue siempre tuya,
y siempre tuya mi hacienda;
¿cómo me dejas ahora,
y un hospital aposenta
la estrella que quiso el cielo
fuese de Siria estrella?
Si enfermo te sientes, padre,
mi casa tienes, que es mella
de mi honor que Antonio vaya
a curarse fuera de ella;
medicamentos tendrás,
todo el regalo que quieras,
mi voluntad sobre todo,
del pecho la puerta abierta.
El alma estima, señor,
la merced de tus ofertas,
de un negro no merecidas,
gusano vil de la tierra.
Si me voy al hospital,
es por ver al que se encierra,
siendo tan grande, pequeño,
(y que los cielos gobierna)
en un círculo redondo,
Hostia viva sempiterna;
el Pan que a los serafines
y a los hombres nos sustenta.
Con los pobres morir quiero,
porque quiere Dios que muera
entre los pobres el pobre
del orden de penitencia.
Lo que os suplico, señor,
es que al Virrey y Virreina
diréis que muero, y que luego
en el hospital me vean;
para consuelo del alma
Félix y Fátima vengan,
que quiere dar el Señor
dos hijos más a su Iglesia.
Id con Dios, que es hora ya
que un accidente me aprieta
y mañana a estas horas
daré de mi vida cuenta.
Hágase pues que gustáis.
Dios, señor, es quien gobierna
mis acciones.
Adiós, padre,
ya se esconde nuestra estrella.
A buscaros voy, mi Dios,
entre los pobres, que espera
recibir favor el alma
de tan divina clemencia;
contento voy por morir
como tan pobre en la tierra
en un hospital de pobres,
ricos con vuestra presencia.
Alma mía, tal favor
recibe alegre y contenta,
porque es justo que te alegres
en los bienes que te esperan.
Vase, y sale Solimán, empuñada la espada, y el Virrey tras él con la espada desnuda, la Virreina deteniéndole, y tras ella Fátima, Beatriz y Punzón.
Detened, señor, la espada
y cese tanto furor.
Ha de ver de mi rigor
su locura mal premiada,
que a la persona sagrada
de un virrey no ha de oponerse.
¡Oh, quién muerta ya se viese
por acabar con la vida!
¡Ay de mi prenda querida!
¿Quién de tanto mal saliese?
Saca la espada, villano,
para que sepas que soy
el que la muerte te doy,
como a tan falso tirano;
con mi brazo soberano,
regido de la razón,
pasaré tu corazón
para ejemplo de otros tales,
pues solo en los desleales
vive siempre la traición.
Nunca en mí traición se vio,
traidor solo he sido a mí,
leal a tu mandato fui,
con que el corazón perdió
el gusto que al alma dio
un tiempo glorias que hallé,
casi en vida de la fe
que a mí solo se debía;
pero con la vista mía
muerta ceniza alienta.
Si tú procuras mi muerte
la vida yo te procuro,
vive de todo seguro
que a mí me alienta mi suerte;
tu pasión, señor, divierte,
porque en mí siempre hallarás
quien procura lo que estás
con afectos deseando,
porque en mi negocio ando,
que es dar a tu pecho paz.
Saca la espada.
Mi mano
para su señor no empuña
espada, no, que una uña
bastará siendo villano
a romper pecho que en vano
darme la muerte procura.
Daré cura a tu locura
con tu muerte.
No podrás,
que la razón puede más.
Esa nada te asegura.
Anda el Virrey tras él con la espada, y él le va hurtando las vueltas, poniéndose de por medio la Virreina y Fátima.
Beatriz, di, ¿por qué no sales
a apaciguar la pendencia?
Del cobarde a su excelencia
le acuden solo leales.
¿Y tú no lo eres?
Los tales
como tú, que de alcahuetes
le servís, salgan.
Mosquetes.
No te canses.
Con tu muerte
tendrá descanso mi suerte.
En vano trance te metes.
Sale el Capitán, y mete mano a la espada y se pone en medio.
Pag. 23
¿Gran señor, vuestra excelencia
desnuda su fuerte acero?
¿saber contra quién espero
es vuestra justa pendencia?
No fue nada; la prudencia
es lo que me vale aquí,
que el honor que miro en mí
veo que se va perdiendo;
Capitán, a lo que entiendo,
no soy lo que un tiempo fui;
hoy casi perdí, daréos
la memoria de quien soy,
al traste confuso doy
con el gusto que deseo;
la gloria de mis trofeos
un cuervo me la arrebata,
que en su pecho se dilata
con que el sentido se ofusca,
y airada mi espada busca
al traidor que en él me mata;
¿a qué venís?, ¿qué queréis?
El negro santo, señor,
os suplica, pues favor
tan grande siempre le hacéis,
que en el hospital le deis
audiencia, porque quiere,
ya que allí contento muere,
despedirse.
Vamos luego,
señora, porque tal ruego
es mandato, del que adquiere
la virtud que en él se imprime.
Admira su santidad
en toda aquesta ciudad
con los vicios que reprime.
Es bien que tal santo estime
toda Sicilia.
Muriendo,
me parece que estoy viendo
de sus milagros la gloria.
Él se lleva la victoria.
Es gran santo, a lo que entiendo.
Fátima y Félix también
pide que llevéis con vos.
Aparte.
Vayan pues también los dos,
con un traidor mi desdén.
¿Quién podrá sufrir, por bien,
en quien el alma se mira,
quiera gozar el que tira
sueldo mío? Daré muerte
a quien mi gusto pervierte.
El Virrey tierno suspira.
Vamos de aquí todos juntos.
Aparte.
El alma me dice aquí,
que el contento que perdí
presto cobraré.
Aparte.
Por puntos
me dice el alma que juntos
nos veremos.
Aparte.
Ya mi suerte
con tan presurosa muerte
quiere aumentar mi contento.
Aparte.
Otro es mi pensamiento,
no sé quién me le divierte.
Vanse todos, y córrese una cortina y en una cama pobre estará sentado el Santo.
Jesús del alma, la muerte
me amenaza, y solo vos
dulce, me la hacéis, mi Dios,
y venturosa mi suerte;
nada de vos me divierte
que sois solo mi bien sumo,
con lo cual, Señor, presumo
me acudiréis en el trance,
porque no haga el fiero lance
el que vive en fuego y humo;
siendo moro, fui cristiano:
por vuestra grande clemencia,
si bien, poca penitencia
hizo este cuerpo tirano;
anduvo como villano
en mostrarse tan ingrato;
gozar quiere del barato
de vuestra sangre, Señor,
dad al alma este favor,
y goce del aparato
de ese cielo, cuya vista
solo el mirarla recrea,
el alma que le desea
hoy se opone a la conquista,
ella es lerda y poco lista,
si vos no le dais la mano
no podrá gozar, que es llano
lo que guardáis a los justos,
goce pues de tantos gustos
daréis como soberano.
Salen el Virrey, Doña Juana, Capitán, Solimán, Fátima, Beatriz, Punzón, a acompañar, y se sentarán los dos, en dos sillas.
Padre Antonio, ya tenéis
al Virrey vuestro hijo aquí,
ved padre lo que mandáis,
que luego lo haré cumplir.
Sentaos, señor, que presto
veréis de mi vida el fin,
y vos también mi señora
os podéis sentar allí;
grande Virrey de Sicilia,
cuyos hechos, son perfil
de aquellos grandes blasones
heredados más de mil
años acá, que gozáis
la nobleza que enjerir
pudisteis con otras casas,
dando nobleza que hoy;
bien os acordáis señor
cuando cautivo, perdí
la libertad, y gané
la fe por quien vivo; fui
la mejora de mi vida,
la gracia, de quien huí
siendo bárbaro cosario
tirano, soberbio, y vil;
con la sangre del cordero
que se derramó por mí,
recobré nuevos talentos
con que empleando, me fui
al campo, multipliqué
ganancia, que ha de salir
al tiempo que dé la cuenta,
a que presto dará fin
el que murió por el hombre
siendo Dios; porque morir
convenía, porque entrase
a ser nuevo querubín;
hízome Dios mil mercedes,
en el campo, y dende allí
me sacó, porque viniese
en la ciudad a morir;
yo muero, señor, pues muero
aquí os quiero descubrir
un secreto, que escondido
os estuvo, porque al fin
convenía que estuviese
hasta este tiempo, que así
dispone mi Dios las cosas,
convenientes al que allí
vive triste, y congojado
Félix digo, porque aquí
el nombre de Solimán
ha de perder, porque así
lo quiere Dios; este pues
es el esposo gentil
de Fátima; cuyo nombre
perderá, que es nombre vil;
Félix le vino a buscar
que turco le conocí
cuando viviendo en Argel
blasones ganó cien mil;
cristianos serán los dos
porque Dios lo quiere así,
que ganar quiere dos almas
pues las supo redimir;
son nobles, son otomanos
y os podéis, señor, servir
de Félix, dándole renta
para que pueda vivir.
La culpa de lo pasado
vos la tenéis en seguir
vuestro dictamen cruel,
porque lo fue para mí;
