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testo digitale di El nacimiento y vida de Judas

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El nacimiento y vida de Judas. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-nacimiento-y-vida-de-judas.

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EL NACIMIENTO Y VIDA DE JUDAS

Pag. 1

como el mundo y su malicia haga al hombre mortal y mandó que el hombre sea esclavo perpetuamente y que el alma en continente dél como a tal posea y el alma a la fe obediente Justicia. no hay aquí más que aguardar la audiencia aquí tiene cabo llegue cada una a tomar la posesión dese esclavo y comience a caminar Fin desta obra

Comedia undécima del nacimiento y vida de Judas. Entran las figuras siguientes: Cesareo, rey; la reina Clisa, su mujer; Serato, caballero; Celia y Claudia, damas; Tindoro, príncipe; Simón Hebreo y Zebedea, su mujer, padres de Judas; y Judas, Lucifer, Envidia, Ira, Codicia, Cristo, Nuestra Señora, Pilatos, Zenturio, Herodes, y Gábalo, y Zíbalo, Galileo, San Pedro, San Juan, San Felipe, San Andrés y Varón, criado del rey.

Jornada primera, en la cual salen el rey y la reina, y Serato y Varón, Celia y Claudia, damas.

Jornada primera

Pag. 2

Rey.

¡Ay, Reina!, habréis sabido

ser grande mi malicia y mi pecado,

pues nunca el cielo se ha dolido

de este rey miserable y desdichado;

llanamente se infiere a eterno olvido,

pues Dios de darme un hijo se ha olvidado,

porque si en mi dolor no me olvidara,

ni hijo ni contento me faltara.

Todo me falta, todo se me ausenta,

todo se esconde, todo mal me sigue;

ha mudado Dios estado con afrenta,

mirando con el afán que me persigue.

Caséme, habrá diez años por mi cuenta,

no me da Dios un hijo que mitigue

la sucesión del reino, de mi nombre.

¡Rey miserable, indigno de ser hombre!

Reina.

Que se queja el labrador, cansado,

agua a Dios por su consuelo,

dale tanta agua el cielo,

que se pierde el pan sembrado.

Pide mal el labrador,

pues que pide sin cordura,

que en los casos de ventura

sabe Dios qué es lo mejor.

El estéril pide un hijo

al cielo, y dásele el cielo;

nace el hijo, y nace el duelo,

y trae el hijo consigo

que pides, rey, al Señor,

si yo no lo sé pedir,

que en los casos por venir

sabe Dios qué es lo mejor.

Varón.

Y bien como reina habló.

Serato.

Habló como reina al fin.

Rey.

Sí, pues que habló el motín,

lo que hablando probó.

La verdad dijo con rigor,

y callo, pues también dijo:

que si ha de ser malo el hijo,

sabe Dios qué es lo mejor.

Y perdona por mi amor,

señora, si te enfadé;

yo perdí solo, y pequé.

Sabe Dios qué es lo mejor.

Reina.

Y aunque te cause dolor

faltarte a quien des tus bienes,

no le pidas más que tienes,

que él sabe lo que es mejor.

Con esto, rey y señor,

nos consolamos los dos;

que si el hijo no es de Dios,

él sabe lo que es mejor.

Vanse. Y sale Simón y Ceborea, padres de Judas, y sale preñada.

Pag. 3

Simón.

A un hombre que está en dolor,

sin hijos, gloria y placer,

no le diga su mujer:

«sabe Dios qué es lo mejor».

Zeborea.

Cesa, marido, el rumor,

pues vuestra gloria es llegada,

empero, aunque estoy preñada,

sabe Dios lo que es mejor.

Simón.

Testigo me es el Señor

que me deis negra vejez,

si me decís otra vez:

«sabe Dios lo que es mejor».

Sea lo mejor o peor,

salga a luz lo concebido,

quien ha de darme ruido,

sabe Dios lo que es mejor.

Zeborea.

Dormir quisiera, señor mío.

Simón.

Dama, en vuestro albedrío está el hacello,

que aunque aqueste descanso nos mitiga,

aquí podéis, amiga, recostaros,

yo gozaré en miraros bien dormida,

estaréis, mi querida, bella y linda,

tanto que amor se os rinda enamorado.

Zeborea.

Pues embebezca el sueño a mi cuidado.

Échase a dormir Zeborea en el estrado, y dice Simón.

Simón.

¡Qué alegre y qué dichoso fue aquel día

que desta compañía tan amada

hizo a mi cansada edad con regalo!

¿Quién puede ser tan malo y tan ajeno

que en estado tan bueno no sosiegue,

y con amor se entregue a una mujer

que si es la que ha de ser, no maltratada

del marido, y mirada ser devría,

hacen una armonía dulce y sancta?

Cuando el honor se planta en los casados,

los gozos son doblados y seguros,

que como fuertes muros se defienden,

allí que no se venden los contentos

a costa de tormentos y deshonra,

ni hay peligro en la honra, que el regalo

más justo que por malo os cause pena.

Cualquiera cosa es buena y permitida,

y el que sobra esta vida tan dichosa,

tira tras otra cosa sin recelo

de la que le dio el cielo descuidado,

y en el huerto vedado mete el seno.

Desde aquí le condeno y le maldigo,

indino totalmente deste nombre,

y la desventurada y vil mujer

que por este placer busca otro gusto,

por pago presto y justo pida al cielo

que no viva dos horas en el suelo;

mas cuando Dios ordena el casamiento,

¡qué vida, qué dulzura y qué contento!

Duerme la mujer desasosegadamente.

Simón.

Lindamente se le ha entrado

el sueño, según yo fío,

mas, ¡ay!, que duerme, y parece

que no duerme sin cuidado.

Pag. 4

Simón.

Testigo es Dios, que es de ver.

Visteis sueño tan penoso,

de verla estoy muy dudoso

si está loca esta mujer.

Habla durmiendo y soñando Zebedea.

Zeborea.

Hijo, hijo.

Simón.

¡Oh, trance esquivo!

No le has parido en buen hora,

y ya le tienes, señora,

en sueños despierto y vivo.

Zeborea.

Él es muerto, presto aquí.

¡Justicia, justicia!

Simón.

¡Oh, caso lamentable!

Gentil paso

para consolarme a mí.

Antes muerte que nacido

le lloras, triste mujer;

caro nos saldrá el placer

si nace con tal partido.

Mas, ¿qué digo? A Dios me empeño,

no es disparate y terror

tener tema, si el temor

nace del temor del sueño.

Con todo, no me asegura

su bullicio y mal sosiego;

por dormir ha entrado un fuego

que es de volverse en locura.

Llamárela, es Dios testigo,

que estoy confuso, y sospecho

que le será más provecho

verse despierta conmigo.

¡Hola! Llamo: Ze, Ze, Ze,

¡ah, señora! Basta ya

lo dormido.

Zeborea.

Bastará,

pues dormí y tan mal soñé.

¡Oh, sueño triste y pesado!

¡Oh, visión que no se ha oído!

Basta, señor, que he parido

dormida, y con qué cuidado.

Mas, gentil parto se ordena;

si sale cierto el agüero,

nacerá nuestro heredero

pero para darnos pena.

Simón.

¡Válgame Dios! ¿Cómo así?

Zeborea.

A mí me valga también,

y vuelva el parto en más bien

que el bien que soñando vi.

Soñé, señor, que paría

un hijo de esta preñez,

el más malo y más soez

que significar podría;

y que, por cierto, señor,

un demonio le llevaba

a un desierto y le colgaba

de un árbol como traidor.

Pag. 5

Zeborea.

Demás de esto, ¿qué seremos

por este de ruin ventura?

Si este es sueño o desventura

adelante lo veremos.

Por mí digo que dolor

no nos falta de esta vez;

y denos Dios la vejez

mejor que tengo el temor.

Simón.

El sueño cierto es pesado

pero si es cierto el recelo

acaso nos dará el cielo

más aviso en lo soñado.

Y cuando mi suerte quiera

que el sueño venga a seguiros,

lo que resta es preveniros

para que en naciendo muera.

Si nacer con ruin ventura

ha de llover sobre mí,

muera, y llueva sobre sí;

que esperarle es ruin cordura.

Zeborea.

Por mi fe, señor, que siento

aún más mal de lo soñado.

Simón.

Sin duda es algún pecado

pues os pone en tal tormento.

Yo me resuelvo de aquí

en que muera ese traidor.

Zeborea.

Ahora pues vamos señor,

que en mal punto concebí.

Aquí se entran.

Y sale Lucifer y la Envidia.

Lucifer.

Sabrá entendimiento.

Ya te he dicho de un Simón

y su mujer, y un zagal,

que porque nació en mal

quiere matarle en ficción.

Envidia.

Y al cabo esto...

Lucifer.

Pues consuelo

te está mudar el vestido

y seguir al que es nacido;

verás lo que ordena el cielo.

Envidia.

Y estoy bien.

Lucifer.

Envidia, sí.

Envidia.

¿Cómo se llama, y no más?

Lucifer.

Judas, por siempre jamás;

y con esto irás de aquí.

Y ahora, por ser tan pequeño,

bástale envidia al doncel.

Envidia.

Yo daré tal cuenta de él,

que no os salga cierto el sueño.

Lucifer.

Pues ve en paz, hija querida.

Envidia.

Poca paz podrá ir conmigo,

mas yo seré paz testigo

de te prosperar la vida.

Aquí se van. Y salen Simón

y su mujer con el niño en los brazos,

y la Envidia entra en casa de Simón, y

los demonios en el infierno.

Pag. 6

Simón.

De dos males el menor

dicen, señora mujer,

que debe el hombre escoger

por huir del mal mayor.

Si el sueño que os combatió

no me combatiera a mí,

jamás desterrara ansí

un hijo que Dios me dio.

Mas, visto el cuento que pasa,

testigo es Dios de Israel,

que me ha de dar el doncel

vivir seguro en mi casa.

Zeborea.

Señor, ¿tan linda cara

queréis echarme a perder?

Simón.

Negra se os hará, mujer,

si la cara os cuesta cara.

Y ahora dése al mal futuro

remedio, y callad conmigo,

que a fe nació este enemigo,

y aun no sé si estoy seguro.

Ven.

Envidia.

Señor.

Simón.

Toma, hermano,

este muchacho; mujer,

no me deis en qué entender,

pues resistirlo es en vano.

Aquí huye con él la mujer, y tómale por fuerza, y la Envidia ha de estar en traje de criado de Simón.

Y dice Zeborea.

Zeborea.

Hijo mío, ¿dónde vas?

Simón.

Señora, hacedme un placer,

que os vais y dejéis hacer,

pues esotro es por demás.

Zeborea.

Hijos por mal deseados,

¿quién os pide a Dios del cielo,

pues no nacéis en el suelo

más de para dar cuidados?

Vase Zeborea, dejando al niño.

Simón.

Ya te tengo dicho, hermano,

sin mentir el mal que pasa,

ha de volar desta casa

este infante por tu mano.

Si ha de quitarme el vivir,

viviendo mal vivirá,

si ha de en su vida estar

venir su padre a morir.

Que aunque sea grave el rigor,

pues que fue mi suerte esquiva,

mátale si quieres que viva,

y no me has de ser traidor.

Por ser padre será injusto

matarle yo por mi mano;

tú, que no sois padre ni hermano,

podrás matarle a tu gusto.

Tú le mata, o dale pena,

muera, y muera a tu placer,

pues su muerte basta ser

remedio del mal que enseña.

Pag. 7

Simón.

Con esto porque no asombre

a su ruin vida, a su ruin suerte,

parte, amigo, y dale muerte

donde se sienta su nombre.

Aquí se entra Simón.

Envidia.

Sentencia daba el doncel,

¿mas yo de matarle, yo?

Mátele el que le crió

que no tengo parte en él.

Mi Judas, perded cuidado,

que de aquesta vez muráis,

porque sabe Dios que estáis

para mayor mal guardado.

Solamente os pondré aquí,

y si os tiene en cuenta Dios,

Dios hará por mí y por vos,

y por vos solo sin mí.

Pone el niño en el suelo.

Envidia.

La provincia es apartada

de Jerusalén gran trecho,

hasta sosegar mi pecho

de mal pecho que está armada.

Si aqueste lugar conviene

a la ordenación del cielo,

aquí topará el mozuelo

aqueste tropel que viene.

Aquí entra la Reina

con las damas y sus criados

y un varón.

Reina.

¿Qué aprovecha, señor del alma mía,

tener reinos y haberes con cosijo,

pues roban mis pecados mi alegría?

¿Y qué sobra la ocasión del regocijo,

si falta la ocasión de haber consuelo,

que me puede sobrar sin haber hijo?

¿Y qué culpa cometí, criada del cielo,

que con tan duro azote me has herido,

que no me das un hijo en este suelo?

Si es culpa del Rey, también se ha oído

que cesas en llorándose el pecado.

Veisme aquí llorando, y el Rey rendido.

Varón.

Oh, Reina y señora, ¿no has notado

qué niño está tendido en la ribera,

hermoso como el sol, y bien tratado?

Reina.

¡Oh figura divina y verdadera!

¡Oh niño, el más hermoso que he vido!

Y quién fuera tu madre, y más no fuera.

Mas ¿qué digo? Galán, ¿habéis sabido

quién puso aquí este niño desechado

solo en aqueste páramo tendido?

Envidia.

Vuestra majestad sepa que el cuitado

debe de ser de pobre y triste gente,

pues juntos padre y madre le han negado.

Pues ando sin temor del mal presente,

vi una mujer y un hombre, andando huyó,

llorando con el niño amargamente.

Quedad con Dios, mi Judas y mi espejo.

Jornada segunda

Pag. 8

Envidia.

que por aqueste nombre sean llamado.

Le dejan y se van con mal consejo.

Por no le dejar solo le he guardado,

movido del dolor de su ruin suerte,

y esto, sabias señora, que ha pasado.

Reina.

Pues lumbre de mis ojos, basta verte

para adorarte sin te haber parido,

y para dar el alma por quererte.

Si darme Dios un hijo no ha querido,

por hijo te recibo en mi regalo;

en aquesta ocasión serás tenido.

Serato.

Tendrálo el Rey por bueno, sin resbalo,

pues en efeto es bueno, oh, Reina mía,

que el amor de los pobres nunca es malo.

Reina.

Por príncipe y señor desde este día

habéis de ser servido, Judas mío,

y gozar de mi reino y monarquía.

Y vos, pues que quisistes serle pío,

también vendréis con él y de escudero

quiero que le sirváis con justo brío.

Con esto nos entremos, mi heredero,

mi Judas, mi señor, mi luz y abrigo,

sabrá el Rey lo que pasa y lo que quiero,

y gozará también de hoy más conmigo.

Aquí se salen.

Jornada Segunda, en la cual entran el Rey, Varon, y Sorato, caballeros. Cantan una letrilla.

Rey.

¿Habéis, señores, visto en cuál estremo

la Reina al huerfanillo ha regalado?

Cuando fuera su hijo dudo y temo

si pudiera quererle en tanto grado.

Sin duda que le tiene amor supremo

y yo quedo de aquí certificado

que el odio de mujeres y aficiones

no llega con gran parte el de varones.

Varón.

Pues, quizá, a ser regalo agradecido

dese ladrón famoso, peor que Caco,

cuando más regalado y más servido

gusta de ser más malo y más bellaco.

Por no afligir la Reina le he sufrido,

mas la maldad que tiene en aquel saco,

el Reino, entiendo, y solo Dios que es bueno,

nos libre del poder del hijo ajeno.

Sale Zelia corriendo, maltratada.

Zelia.

Eso pasa, traidor, a Dios me obligo

que se ha de saber del Rey lo que ha pasado.

Basta, Rey y señor, que este enemigo

que por hijo en tu reino has levantado,

me ha querido forzar, y es Dios testigo

que, si no se refrena este pecado,

que así ponga tus damas en afrenta,

como es verdad que el cielo nos sustenta.

Sale Claudia corriendo y desgreñada, y dice:

Claudia.

Si más aquí parare, pido al cielo

que con rigor de un rayo me destruya.

Pag. 9

Claudia.

No notas, Rey, las mañas del mozuelo

y en cuánto estima Judas la honra tuya,

él nos pondrá en un credo muy del duelo

si no que es que este cáncer se concluya,

y andándose de hoy a más malicia

Dios solo ponga miedo en su perfidia.

Rey.

No estaba muy descuidado

de ese cuento cuando entraste,

pues quejando me hallaste

del mal que sabéis que he hallado.

Ya la Reina está preñada,

y en pariendo, yo os señalo

que ha de ver el hombre malo

su privanza bien trocada.

Mas como nazca el que aguardo,

yo os doy nuevas del bastardo

que acabéis de topalle.

Serato y Varon salen corriendo las espadas desnudas.

Varón.

Si ha de acabarse a estocadas

cualquiera fiesta o deporte,

mandando Judas la corte

jamás faltarán cibadas.

Rey.

Pues, ¿qué ha sido?

Serato.

¿Qué ha sido?

Mándanos Judas jugar

y hanos querido matar

no más de porque ha perdido.

Rey.

¿De eso pasa?

Serato.

Aquesto pasa,

y el tiempo doy por testigo;

si quedare hombre contigo

estando aqueste en tu casa...

Rey.

Paciencia, que ya está escrito

lo que del doncel será

para la Reina que él va

por su camino precito.

Varón.

Antes sabrás que ha parido

en este momento.

Rey.

¿Qué?

Serato.

Un niño que no sabré

cómo mejor os le trayo.

Rey.

Nueva de eterna alegría

me ha dado, vamos por Dios,

que él ha fecho por vos

y por aquesta alma mía.

Aquí se entran, y sale Cristo, y nuestra Señora, y dos ángeles. Y dice Cristo:

Cristo.

Virgen y madre de Dios,

pues tal nombre merecistes,

oíd a aquel que paristes,

porque quiere hablar con vos.

Ya sabéis, mi dulce madre,

cómo os está revelado

que he de cumplir el mandado

del sumo y eterno padre,

Pag. 10

Cristo.

He callado, gran señora,

por hablar en coyuntura,

y el hablar tenía ventura,

y no es bien callar agora.

Avísoos antes del daño,

porque en mi muerte y camino

no digáis después que os vino

a mal tiempo el desengaño.

Desengañaos desde aquí,

porque no os espante el nombre,

que he de morir por el hombre,

como el hombre viva en mí.

Ya sabéis, madre, el amor

que tengo al hombre mortal,

y que me duele su mal

más que mi propio dolor.

A pregonar en Sión

la redención de Israel,

y juntar aquel tropel

de apóstoles mi pregón.

Y alcanzada esta victoria

por mis tormentos y cruz,

veréis, madre, a vuestra luz

lleno de paz y de gloria.

Harto os costará esta danza,

mas sufriréis por mi amor,

que sin trabajo y dolor

ninguna cosa se alcanza.

María.

Hijo y padre celestial,

llamáisme virgen y madre,

y queréis, mi hijo y padre,

que no sienta vuestro mal.

Pues, si no lo siento yo,

siendo mi hijo y mi Dios,

¿quién se ha de doler de vos,

dolor de la que os parió?

Sé que se ha de dejaros tal

aqueste mundo inoportuno,

que apenas hay o ninguno

que no sienta vuestro mal.

Y en decir que es fuerza yo

mi alma, viéndoos clavado

en una cruz, hijo amado,

dolor de la que os parió.

No, señor; si un Dios mortal

y enojado vuestro padre,

no pidáis a vuestra madre

que no sienta vuestro mal.

Que, si esclavo, os me atrevo

por hijo, y os veo morir,

por fuerza habré de decir:

dolor de la que os parió.

Cristo.

No más, madre, por mi amor,

cese la aflición que os muda,

que harto tiempo nos queda

de abrir la puerta al dolor.

Con este parto y trance,

lo que os dije que escogí,

y empezaré desde aquí

a manifestar la fe.

Pag. 11

aquí se van. y Entra Judas con la Envidia, vestida de galán, que va por su criado, y dice.

Judas.

Testigo es Dios del cielo,

que aunque me cueste el alma con la vida,

que ha de lastar mi duelo

con muerte, nunca oída,

quien a vivir tan triste me convida.

¿Has visto, Andromio amigo,

en qué acabó mi gloria y mi esperanza?

Nació este mi enemigo

para que mi pujanza

volviese en desventura y triste andanza.

Vime, señor, llamado,

querido de la reina, y tan querido;

la reina me ha olvidado,

y el rey me ha aborrecido,

solo por un traidor, por mal nacido.

Envidia.

Es hijo verdadero,

y ansí se ha de tener por propio hijo;

tú, espurio y extranjero,

como la reina dijo,

por fuerza ha de seguirte este castixo.

Judas.

La envidia deste perro

me tiene de acabar, si no le acabo.

Envidia.

Tuviera por buen yerro,

pues tu temor es bravo,

que al mesmo que te acaba dirás cabo.

Y has visto que tu suerte

se acerca cuanto puede a gran caída;

véngate en dar la muerte,

y, pues que Dios te dio vida,

púrguese tu miseria con tu vida;

modérate siquiera,

que sabes ofender a quien te ofende.

Judas.

Él mesmo sale fuera,

y pues tan bien se ponde,

aquí verá en mi brazo el mal que atiende.

aquí sale Tindoro, príncipe.

Tindoro.

Judas, ¿dónde habéis estado,

que concerté ayer por vos

un juego, y testigo es Dios,

que habéis sin razón faltado?

Y no tanto por poneros

en juego que no es saber,

cuanto por tener lugar

y alguna ocasión de veros.

En efeto no os entiendo;

quiéroos bien, testigo es Dios,

y más que a mí mismo; y vos

parece que andáis huyendo.

Judas.

Ya, príncipe, habéis sentido

ser justo el mal que sentistes,

pues en naciendo me distes

causas de os llorar nacido.

Ya me ha olvidado por vos

nuestra madre, de quien fui

Pag. 12

Judas.

querido, y queréis de mí

que os quiera a pesar de nos?

Malquerer tenéis conmigo,

pues ¿qué queréis que me venga

mal, que me obliga a que os tenga

por capital enemigo?

Tindoro.

Pues cuitado, ¿en qué pequé

yo en nacer triste de vos?,

quejaos solamente a Dios,

pues que él la causa fue.

Como si Dios fue servido

de que yo naciese aquí,

tiene de purgarse en mí

la culpa de haber nacido.

Yo, ¿qué os hago? O ¿qué ocasión

otra de la que he contado,

desde que nací, os he dado

para que tengáis pasión?

Si os ha faltado el regalo,

no por mí, según se ofrece,

sino por vos, que parece

que halláis gusto de ser malo.

Con todo, Judas, me obligo

de ausentarme si gustáis,

solo porque no tengáis

el menor azar conmigo.

Y que a trueco de os dar contento,

aunque yo lo arriesgue todo,

todo lo echaré en un lodo

y no pararé un momento.

Tindoro.

Hijo soy solo engendrado,

vos bastardo y extranjero;

con todo, mi reino quiero,

mi bien, con vuestro cuidado.

Y vos lo gozad enhorabuena

y quede por vuestro a fe,

que ningún mal sentiré

tanto como vuestra pena.

Judas.

Y mi pena os causa dolor,

si es esa traición o buen celo,

iréis a dar cuenta al cielo

y aquí moriréis traidor.

Dale de puñaladas Judas a Tindoro.

Tindoro.

¡Ay!

Judas.

Si procuráis partida

falsa por hacerme momo,

partiréis, mas el camino

será para la otra vida.

Envidia.

Y como un Archiles lo acecho;

mas huye si quieres librarte,

y yo también por otra parte,

no nos cueste caro el hecho.

Aquí se salen, y entra el Rey con su gente.

Rey.

Y si no me engaña el sentido,

juraré que le vi entrar.

Pag. 13

Rey.

en este propio lugar,

junto con aquel perdido,

pues no serán sus pisadas

aquestas por mi dolor.

Miran todos el cuerpo.

Varón.

Muerto le tiene el traidor

con más de mil puñaladas.

Rey.

¿Qué me cuentas, Dios del cielo?

¿Es mi hijo?

Serato.

Señor, sí.

¡Oh, mísero, triste de mí!

Tendido en el duro suelo.

Rey.

Parcas, ¿cómo vais cortando

mis venas con tanta guerra?

Mi hijo muerto en la tierra,

y el alma a Dios cuenta dando.

Ahora bien, bajad al cuitado,

dará otro tiento a su madre,

pues le vio su triste padre

en su sangre revolcando.

Éntranse metiendo al príncipe muerto y sale Herodes con Bésalo y Gábalo.

Herodes.

No presuma un Pilatos, porque sea

de agrado de César, que mis gentes

ha de regir, su fama torpe y fea,

por ensalzar su nombre en los vivientes.

Si sabe que soy rey en Galilea,

¿para qué mete la mano en mis sirvientes?

Castigue noramala a sus hebreos,

y déjeme los tristes galileos.

Gábalo.

Es un atrevimiento el más extraño

que en un juez de Israel jamás se ha visto.

Ansina está en el pueblo el muy tacaño,

a Dios aborrecido, y no bien quisto.

Herodes.

Podrá esta vez hacerme aqueste daño,

que solo por el César no resisto;

mas, si al regosto vuelvo, a Dios le juro

que me lo ha de pagar el ruin perjuro.

Aquí sale Pilatos y Centurio, y traen solas las espadas desnudas.

Pilatos.

Menos palabras, rey, y más pujanza,

que no somos aquí tan mentecatos,

que aunque vuelva al regosto os falte lanza;

ni aun el mayor temor de vuestros tratos

será mejor saliros desta danza,

aunque seáis Herodes. Soy Pilatos,

y de un cosario a otro cuentos viles

solo pueden llevarse los barriles.

Herodes.

Pilatos, por ventura se ha metido

mi cuchillo en Sión, si habéis notado.

Pilatos.

Si es César el señor deste partido,

¿por qué se ha de ser de Herodes respetado?

Herodes.

Con aviso y cordura has respondido,

y haste con tu respuesta condenado;

que si lo que de César es baldío,

tú lo serás también en lo que es mío.

Pilatos.

Todo es de César.

Herodes.

Todo. A Dios me obligo,

que tengo de saber con mano armada

si tiene también brazo este enemigo.

Jornada tercera

Pag. 14

Herodes.

que escape de los filos de esta espada,

dará el rey miserable tal castigo

cuando osare esperar mi furia airada.

Aquí desenvainan y llegan los criados a tenerlos.

Gábalo.

Tente, señor, por Dios, que no es prudencia

buscar con los romanos diferencia.

Señor, por Dios te pido y te requiero

que partamos de aquí y allá se avenga.

Ya sabes que el imperio es agrio y fiero;

no hagas por do Roma a verte venga.

Herodes.

A César lo agradezca, el pordiosero,

que yo le diera el pago de su luenga.

Pilatos.

Ahora baja con Dios, que al temeroso

nunca falta un achaque muy donoso.

Vase Herodes, tachado: y centurión; añadido encima: Gabalo y Césalo y quédase Pilatos, y entra Judas.

Judas.

¡Oh furia! Jamás pensé

verme aquí más aquerido,

que todo me ha sucedido

mejor que decir sabré.

Yo llegué a puerto seguro

y, aunque vengan cuantos son,

puestos los pies en Sión

no hay que temer mal futuro.

Solo me resta entender

de buscar a quién servir,

pues no se puede vivir

en el mundo sin comer.

Albricias, todo se ordena

muy mejor que son mis tratos.

Judas.

Este debe ser Pilatos,

de quien tan bien mal se suena,

y para tener favor

según mi suerte y mi brío,

a nadie puedo servir

que me pueda estar mejor.

Dios te salve.

Pilatos.

Y salve a ti.

¿Qué es lo que buscas, di, amigo?

Judas.

Señor, asentar contigo,

si te quieres servir de mí.

Pilatos.

Y ¿de dónde sois, hombre amargo,

que te juzgo sin sosiego?

Judas.

Si me admites, sabrás luego

mi vida, aunque aquesto es largo.

Pilatos.

Yo te admito, pues te ofreces,

a manifestar tu duelo,

aunque con algún recelo,

que mal hombre me pareces.

Judas.

Malo soy, señor, mas vamos,

que adentro sabrás mi fin,

y, aunque malo, plega a Dios

bien poco mal nos llevamos.

Aquí se van todos.

Jornada tercera, en la cual entra Lucifer y la Ira y la Envidia, en hábito de galanes.

Pag. 15

Lucifer.

Envidia jamás hicieras

en ese jardín mundano

hazaña ni gusto humano

con que tanto bien me dieras;

y tras aquesta victoria

hacer asiento el tirano

con Pilatos el romano,

es gloria sobre otra gloria.

Porque como es entonado

el mozo, soberbio y loco,

verná Judas poco a poco

a dar al mesmo pecado.

Y, Ira, pues tan bien se asienta

tu furia en aquel traidor,

muda el traje y por mi amor

que me le tengas en cuenta.

Ya veis lo que Envidia ha hecho,

si no quieres quedarte atrás,

no hagas menos, sino más,

que no han de negarte el hecho.

Ira.

Descuida, padre y señor,

que quien envidia mató,

matará, en llegando yo,

pues nadie por mí es mejor.

Y en efeto se echará

en aqueste mundo el resto,

que la mano que hace un jesto

doscientos estos hará.

Entra la Ira en casa de Pilatos.

Lucifer.

Estoy por mi mal metido

en envidia en esta conquista,

que no menos me contrista

que el cuento de aquel perdido.

Como está tan celebrado

ese Jesús en Sión,

aun dado el corazón,

si es este, sí, el que está esperado,

hallo el pueblo tan diviso,

tan diviso y tan confuso,

que la condición y el uso

se encuentran en un proviso.

Dios es, dice quien sanó;

quien lo mira con ruin ojo,

llámale Dios por antojo,

contra él, que Dios le llamó.

Y yo, cuitado, por saber

como a quien tanto le va,

dígole aquí y acullá,

y no le puedo entender.

Y miro que cansa y padece,

júzgole ser hombre aquí;

resucita un muerto allí,

y allí ser Dios me parece.

Y comoquiera que esto sea,

quiero que partáis también

y deis en Jerusalén

sobre esa gente hebrea,

y ponga el pueblo del todo

que cuando muerte le dé...

Pag. 16

Lucifer.

con algo me quedaré,

si no es bien quedar con todo;

y pues la ocasión convida,

parte, Envidia, desde aquí,

Envidia.

anímese el pueblo ansí,

que quedará sin la vida.

Vase la Codicia a Jerusalén y Lucifer al infierno. Salen los padres de Judas, Simón Lebreo y Ceborea su mujer.

Simón.

Tuve un hijo amado, esquivo,

mas, ¿en qué le culparé?

En nada, pues le engendré

y le maté estando vivo.

¡Oh, mi contento y mi gloria!

¡Oh, mi Judas, y mi alegría!

¡Cómo la memoria mía

se atormenta en esta historia!

Por un sueño te excluí,

mas en pena de este empeño

vuélvase mi gloria en sueño,

pues en sueño se perdí.

Zeborea.

Yo, que por mi mal soñé,

tendré la aflicción doblada,

no porque soñé cuitada,

sino porque no callé,

que cuando el sueño callara,

ni el niño Judas muriera,

ni del sueño se siguiera

vida tan penosa y cara.

Ya no presta el buen consejo,

sino de serme mohíno,

pues el consejo nos vino

después que se fue el conejo.

Salta Judas por una ventana de la casa de su padre con unas manzanas en las manos.

Simón.

Mas, ¿qué digo, mujer mía?

¿No escucháis el mal que pasa?

Escalado me han la casa,

por el Señor que nos guía.

¡Oh, traidor, justicia aquí!

Del huerto sale el malvado

con mi fruta.

Judas.

Viejo honrado,

¿habéis de tratarme ansí?

Simón.

¿Llevasme, ladrón sandío,

mi hacienda sin más fe,

y no os da gusto que dé

voces sobre lo que es mío?

A Dios pediré castigo,

cuando no le haya en la tierra.

Judas.

Ansí, pues en esta guerra

no librarás bien conmigo.

Tomad, porque vais al cielo,

no más de a quejar de mí.

Pag. 17

Simón.

Pontes, ayudadme aquí,

que me dan muerte, ¡oh, cielos!

Aquí mata Judas a su padre a estocadas.

Zeborea.

¡Oh, traidor! Dios te persiga,

que muerto me has el marido.

Ira.

Un suceso has hecho escogido,

digno que por tal se diga;

ahora te aparta y aguija,

cuenta a Pilatos tu grima,

que el que a buen árbol se arrima,

buena sombra le cobija.

Vase la Ira al infierno.

Zeborea.

No me otorgue vida el cielo,

ni alcance de Dios perdón,

sino clamare en Sión

hasta que se hunda el suelo.

Y que una maldad tan crecida

no ha de pasar en olvido,

pues me quedo sin marido

y el marido sin la vida.

Sale Pilatos y dice.

Pilatos.

Por Dios, que es caso pesado

el gobernar, el lozano,

jaque, que en su suerte cae

por mandar y haber mandado.

Y el ser señor, mi vivir,

vivir el hombre con tono,

pues que llega al entono,

Pilatos.

vida que llega al morir.

Zeborea.

Justicia, señor.

Pilatos.

¿Qué pasa?

Zeborea.

Justicia, señor, te pido,

que me han muerto a mi marido,

Pontes, de tu propia casa.

Pilatos.

¿Y qué me cuentas?

Zeborea.

Pasa ansí:

veisle allí queda, el cordero,

el cuerpo hecho un harnero,

muerto delante de mí.

Pilatos.

¿Y dices que el homicida

mora en mi casa, señora?

Zeborea.

En tu propia casa mora

el que le dejó sin vida.

Pilatos.

Y esto no quies que me asombre,

¡fortuna, qué me has trabado!

¿Cómo se llama el criado?

Dime si sabes su nombre.

Zeborea.

El nombre, señor, no sé,

que jamás su nombre oí,

mas salga el mancebo aquí,

que yo le conoceré.

Pilatos.

Llamadlos.

Paje.

Señor.

Pilatos.

Por ventura,

¿es aqueste el que ofendió?

Zeborea.

No, mi señor, este no,

otro me puso en tristura.

Pag. 18

Pilatos.

Y, a gentes.

Paje.

Señor.

Pilatos.

Pues, loco,

he de desengañarme aquí,

y este por amor de mí

es el que hizo el mal.

Zeborea.

Tampoco,

y otro fue el traidor que digo.

Pilatos.

Pues no pierdas la esperanza,

que ni perderás venganza,

ni el delincuente castigo.

Y, pero porque no inficione,

quitaréis los dos de allí

el difunto.

Paje.

Tenedle aquí.

Vaya, el que Dios perdone.

Métenle adentro.

Pilatos.

Y en confusión y cuidado

me has puesto, señora honrada,

que tengo yo en mi posada

tan mal hombre por cuñado.

Y no es posible.

Zeborea.

¿No es posible

me dices, triste de mí?

Lo que por mis ojos vi

quieres hacerme imposible.

Y llama quien dentro quedó.

Pilatos.

Demonios.

Judas.

Ya voy, señor.

Zeborea.

Es demonio el malhechor,

pues a su nombre acudió.

Y veis aquí, señor, mi duelo.

Veis aquí quien me robó

todo el bien que Dios me dio

sobre la forma del suelo.

Pilatos.

Y, ¿qué es esto, señor galán?

Judas.

Será

negocio menos que nada,

y esta cuenta, dama honrada,

pudiera quedarse allá.

Y ser yo el malhechor bastara

para encubrir esta falta,

mas todo falta a quien falta

la vergüenza de la cara.

Y no hay vergüenza, es Dios testigo,

porque si vergüenza tuviera

la vergüenza le impidiera

desvergonzarse conmigo.

Y él hace solo un pecado,

halló que culpase aquí.

Zeborea.

¡Qué traidor!

Judas.

Morir sin ti

el marido que has llorado.

Y por que amor tan alevoso

sufre mal, a mi entender,

quedar viuda la mujer

si el marido no está vivo.

Y acabaráse el ruido.

Pag. 19

Pilatos.

Como Pilatos gustara

que mi puñal te dejara

tal como dejó al marido.

Zeborea.

Dios de divino consuelo,

si ser es Dios, y Dios tan justo,

como a un hombre tan injusto

no le hundes, Dios del cielo.

Todo lo permito a ti,

Señor, pues tienes el cielo,

de justo, quita del suelo,

al que no fue justo a mí.

Pilatos.

Siempre entendí ser buen medio

contra el mal que ya está hecho,

como dicen, ruego o pecho

cuando el mal es sin remedio.

Mira, no hay remedio aquí,

pues aunque este triste muera,

por ningún medio se espera

cobrar lo perdido aquí.

Miro también que ha comido

mi pan, aunque sea pecado,

y que al fin pierdo el criado

como perdiste el marido.

Visto el cuento desta suerte,

quisiera, dama escogida,

que te consolara en vida

éste a quien busca la muerte.

Cásate con él, señora,

que, perdiendo los enojos,

se te irán entrambos ojos

tras el que te indigna agora.

Con mirar al fin que fue

tu desastre y desconsuelo,

y esto te será en el suelo

darte al justo como fue,

que en morir no se acaba

el fuego en que estás metida,

ni vuelve a la muerte la vida

el que con su mujer paga.

Aquesto entendido ansí,

sobre aquesto entenderás

que en ningún hombre ternás

tanto favor como en mí.

Si lo miras sin cobrijo,

tú dirás, si no estás loca:

«Vínome a pedir de boca

lo que Pilatos me dijo».

En efeto, es mi esperanza

éste supla el que has perdido,

que si perdiste marido,

marido también se alcanza.

Zeborea.

Trama, señor, me parece

digna de llamarse trama.

Pilatos.

La trama es muy justa, dama,

pues la trama en bien se ofrece.

Digo que el cuento se acabe,

pues ningún cuento es tan breve,

y la intención que me mueve,

Dios de los cielos lo sabe.

Pag. 20

Zeborea.

ya sabes que has pedido

un sí de harto dolor

pues yo te le doy señor

harás lo que seas servido

sacarás por esta cuenta

si en ella parar quisieres

lo que somos las mujeres

mas de todo soy contenta

Pilatos.

y tu hermano qué has sentido

Judas.

que tengo señor cotejo

más disposición de viejo

que edad para ser marido

Pilatos.

y no lo piensas hacer

Judas.

hágolo con harto afán

como a hombre que le dan

la picota por mujer

pero melindre mocico

no ha de haber entre los dos

siquiera que venga Dios

a tener manso el borrico

tras de esta vergüenza y rara

codicia maña y presteza

mucho seso en la cabeza

y poca pringue en la cara

quiero también que se mida

en el pasto aunque trabaje

con la ruin vida y mal traje

que de esto ha de ser servida

y demás de serme fiel

ha de gustar desde aquí

si otro me matare a mí

de no se casar con él

y esto es porque si traspase

su remedio en otro alguno

y que no venga así a uno

quien la descasó y la case

si ansí quiere con gran gozo

puede cumplir lo tratado

o buscar mejor bocado

si no le contenta el mozo

Zeborea.

hacedlo como has querido

despedirme de afliciones

forzosas son las razones

para cuadrarme el marido

Pilatos.

todo señora es sabor

yo fío por el doncel

que presto pierda con él

la queja del viejo amor

yo he de ser aquí el padrino

padrino galán parado

pues a mí solo ha tocado

remediar el mal que vino

y antes tengo de ordenar

bodas de tanto placer

que no haya bodas que ver

ni más placer que contar

Jornada cuarta

Pag. 21

Pilatos.

Y tú calla y ten cuidado

de dar gusto a quien padece.

Judas.

Vejezuela me parece,

pero pase por testado,

y al fin como el auto es viejo

bondad suple al menester,

y bueno es tomar mujer

que me pueda dar consejo.

Y con esto vamos de aquí,

yo parto a casar con Menga,

casar de caseras venga

como dicen sobre mí.

Aquí se van y habrá entremés.

Jornada Cuarta. En la cual salen Judas con Zeborea su mujer y su madre.

Judas.

Señora, mal me cuadraba

cuando este tu matrimonio

puso en plática el demonio

burlar del mal que intentaba.

Y fuera mejor partido,

pues ha parecido tan malo,

haceros aquel regalo

que hice a vuestro marido.

Y porque vivir no es vivir

si al vivir falta el contento,

pues el vivir es tormento

que no hay más triste morir.

Y habré al fin de confesar

ser verdad por mí esperado

que amigos reconciliados

jamás se pueden tragar.

Y vos estáis mal con mi suerte

porque os di muerte a marido,

¿cómo yo he de ser querido

si me codiciáis la muerte?

Zeborea.

Y Dios del cielo me es testigo

y ayúdeme el mismo Dios

si cosa que toca a vos

me causa el dolor que digo.

Y otro pesar se me ha dado

en mi alma tan pesado

que basta a darme cuidado,

aunque me dé el muerto pena.

Judas.

Y si esa pena venga en mí

doblada, si es del cielo

vida de un crudo anzuelo,

si no os declaráis aquí.

Y si queréis hablar podréis

hablar y vivir hablando,

o morir, o iros callando

do por vuestro mal sabréis.

Zeborea.

Habéis de saber, mi amor,

que del varón que murió

tuve un hijo que me dio

causa de dar dolor.

Pag. 22

Zeborea.

acaso estando preñada,

vile en sueños tan malino

que no sé de adónde vino

visión tan triste y pesada.

Soñé, al fin, que el concebido

venía a ser, sin intervalo,

el hombre más duro y malo

que hubiese de hombres nacido;

y que aun su padre mismo

mostraría a su vez tal,

que le resultase en mal

ser padre de aqueste abismo.

Y nació por mal de su madre,

o porque el sueño se ordenó;

sumióse y, al fin, se echó

de casa su propio padre.

En lo que paró el cuitado

no lo sé, mas lo más cierto,

de si es muerto o si no es muerto,

nunca más dél se ha sonado.

Faltó tras el hijo el padre,

mas, aunque este término exijo,

no lloro al padre, y al hijo

llórole por ser su madre.

Veis aquí, señor, te dije

del dolor que me has pedido;

piensas que lloro al marido,

y es solo el hijo el que aflige.

Judas.

Y el tiempo que atrás pasó,

¿no lo sabéis dende a atrás?

Zeborea.

Veintiséis años nomás

ha que el caso sucedió.

Judas.

Otra cosa, y no os dé pena

ni preguntar con cuidado:

¿no llevó nombre el cuitado

que murió por culpa ajena?

Zeborea.

Con nombre partió el chiquito,

para si alguno le hallase,

hallase el nombre al cuello escripto,

si el nombre saber quisiese.

Judas.

Pues porque se acaben dudas

del nombre, y también del hombre,

decidme: ¿y cuál fue el nombre

del inocente?

Zeborea.

Fue Judas.

Judas.

¡Santo Dios! Judas me dijo.

¡Esfuérzame, Eterno Padre!

Sabed, pobre y triste madre,

que soy vuestro propio hijo.

¡Oh caso que no sea oído!

¡Oh hijo tal como yo!

¡Hijo que al padre mató,

otro que yo no es nacido!

Zeborea.

¿Qué dices, triste de mí?

Judas.

Digo que me acabe el cielo,

pues en el valle del suelo

para tanto mal nací.

Pag. 23

Judas.

¡Ay desgracia tan crecida,

que diese muerte a mi padre,

y durmiese con mi madre,

por no me quedar sin vida!

¡Faltara esta vida esquiva,

que cuando el vivir faltara,

con la muerte se excusara

culpa de que tanto viva!

Zeborea.

¿Estás, señor, satisfecho

ser hijo, como has contado?

Judas.

Hijo soy, desventurado,

tal amor mi mal ha hecho.

¿No me echasteis?

Zeborea.

Pasa ansí.

Judas.

¿Cómo me llamastes?

Zeborea.

Judas.

Judas.

Hijo soy vuestro, sin duda.

¡Desventurado de mí!

¡Desventurado y perdido,

hombre de infeliz manera!

¡Hombre tal que más quisiera,

la vida, no haber nacido!

¿Adónde irás, sin ventura,

lleno de culpas mortales?

Pues no me muestran los males

parte que sea segura.

¿Hay tal pena para mí?

¿Llega aquí el poder de Dios?

Decídmelo, madre, vos,

que estoy dando el alma aquí.

Zeborea.

Sí llega, que no es con tasa

su poder, y al fin se allega,

y no solamente llega,

sino que sin cuento pasa.

Toda culpa queda atrás.

Judas.

Esta es grande en gran manera.

Zeborea.

Cuando mayor culpa fuera,

hijo, la clemencia es más.

Y pues que ya no se excusa

lo sido, que no haya sido,

paciencia por Dios te pido

ahora que el demonio acusa,

que aunque el vicio sea más ciego,

si con la clemencia topa,

es como un poco de estopa

puesta en la espesura del fuego.

Presta a acudir al perdón

ya que sucedió el vaivén;

pues está presente el bien,

y tu remedio en Sión.

Ya, hijo, habrás entendido

lo que de Jesús se cuenta,

y cómo se tiene cuenta,

la clemencia cuánta ha sido.

Ya viste que perdonó

la adúltera el otro día,

y que perdonó a María

como sus culpas lloró.

Pag. 24

Zeborea.

Daste bienes sin compás,

estando inclinado al bien,

llámale hijo también

si con celo a Dios te das.

Esto me cuadra y me aplaze,

la culpa pide castigo,

perdona esto que digo

al que penitencia hace.

Judas.

Ahora pues vamos los dos,

antes que en mal se entienda,

que aquel que yerra y se enmienda

no puede faltarle Dios.

Aquí se entran. Y toma Judas hábito de apóstol, y sale Cristo, y su madre, y los apóstoles.

Cristo.

Hombre, cuando erraste tú,

tuvieres, toma otro estado,

que el que en Dios llora el pecado

no puede faltarle Dios.

María.

Siempre, hijo, hallo en vos

clemencia donde se infiere

que sois Dios, y al que en vos fiare

no puede faltarle Dios.

San Juan.

Y no porque si el bien de nos

está en vos, y de vos viene,

al que por Dios y vos os tiene

no puede faltarle Dios.

San Pedro.

Madre y hijo sois los dos,

de un Cristo, hijo y tal madre,

que al que por vos llama al Padre

no puede faltarle Dios.

San Andrés.

Claro está que siendo vos

Dios, y hijo de Dios vivo,

el que en vos pone el motivo

no puede faltarle Dios.

San Felipe.

Y no falta do estáis los dos

porque sois de Dios la fuerza,

el que en Dios por vos se esfuerza

no puede faltarle Dios.

Sale Judas y su madre.

Judas.

Madre, quede Dios con vos.

Zeborea.

Ve con Dios, y entiende, amigo,

que el que pide a Dios su abrigo

no puede faltarle Dios.

Éntrase la madre de Judas.

Judas.

A gentil tiempo salí,

como mi intención le cuadre.

Cristo.

Si entendieseis, Virgen madre,

quién es el que viene aquí.

Judas.

Vengo.

Cristo.

¿Venís?

Judas.

Vengo, digo,

a servirte, gran Señor.

Cristo.

En buena hora, pecador,

pero ¿a qué veniste, amigo?

Pag. 25

Desvíase Cristo un poco y dice:

Cristo.

¿A qué veniste, cuitado,

a qué veniste, mezquino?

¿Quién te puso en el camino

de tu muerte y triste estado?

¿A qué veniste, perdido,

a ver el mal que se espera?

Dijeras: "Mejor me fuera

ni venir ni haber nacido".

Amigo, quiero admitirte,

pues lloras el mal pasado.

Aquí vuelve Cristo el rostro a Judas y hácele Judas a Cristo una reverencia y dice:

Judas.

Esa clemencia me ha dado

grande ocasión de servirte.

María.

Como tengas bueno el seso,

todo es bueno el que parí,

y ansí se espera de ti

que vienes a ser de bueno.

Desde agora te le entrego;

trata como siervo fiel,

que le procura Israel

darle muerte a sangre y fuego.

Judas.

Suyo soy, y pues me di

por suyo, aunque polvo y lodo,

si le falta el mundo todo,

no valdrá menos por mí.

Cristo.

La bolsa me dad que quiero,

pues se ofrece con pureza,

hacerle de mi pobreza

mayordomo y limosnero.

Saca una bolsa San Felipe del seno y échasela a Judas al cuello. Cristo tachado

Cristo.

Este es el cambio y tesoro

de los pobres, y esto os digo,

que tengáis en cuenta, amigo,

por amor de aquel que adoro;

y ninguno se llegue a ti

que no vuelva consolado,

pues este consuelo es dado

solo a ti, y luego a mí;

y esta merced y regalo

te doy por hacer favor.

Judas.

Favores son, mi Señor,

indignos del hombre malo,

pero portamos cordero,

cual creo Rey de vida,

tu voluntad sea cumplida,

si me entregas el dinero.

Aquí se entran. Y sale Lucifer y la Codicia.

Lucifer.

Codicia.

Codicia.

Ya voy, señor.

Pag. 26

Lucifer.

¿Veis qué pasa?

Codicia.

No lo he visto.

Lucifer.

Que en el colegio de Cristo

se ha entrado aquel traidor.

Codicia.

¿Es posible?

Lucifer.

Pasa ansí,

y temo que el compañero

es amigo del dinero,

por una razón que oí.

Ya sabes, Codicia hermana,

la victoria que alcanzaron

tus hermanos, pues ganaron

en razón, el alma insana

de Envidia. También mató

un príncipe sin consuelo,

porque le ha quito del suelo

al padre que le engendró.

Por ti, si haces por mí,

quisiera aplacar sus truenos,

y entiendo que puedes menos

que los que fueron de aquí.

Codicia.

Menos no, que no me enojo

de menos suerte y valor.

Ahora bien, yo voy, señor,

que basta guiñarme el ojo.

Lucifer.

Pues mira, que esperaré

buenas nuevas desde aquí.

Codicia.

Espera, que desde aquí

verás si te tengo fe.

Aquí entra la Codicia por donde entró Cristo.

Lucifer.

¡Oh, Codicia, en quien se encierra

el bien que en mi reino mora!

¡Quién te viese ser señora

del infiel que está en la tierra!

Siempre alcanzaste victoria,

Codicia, mas ya el sentido,

que ninguno se ha ofrecido

que te diese tanta gloria.

Oh, Codicia, no seas fría,

éntrate y ponle calor,

no se te vaya el traidor,

tócale, que el alma es mía.

Vesla, viene a trance estrecho.

¿A do bueno vas, Codicia?

Entra la Codicia y Judas.

Codicia.

A vengar una injusticia,

la mayor que Dios me asestó.

Dame el dinero y comida,

a mi cargo el Dios fingido,

ya se ha en una unción perdido

más que cobraré en mi vida.

Ungióse por mis pecados,

quedó perdido en Yndia.

Pag. 27

Codicia.

un ungüento que valía

más de trescientos ducados.

Lucifer.

Ahora, ¿dónde vas, Codicia?

Codicia.

A vender este tacaño,

que un agravio tan extraño

no se ha de quedar sin justicia.

Aquí se entra la Codicia por otra puerta, y atravesará Judas por el tablado, y la Codicia irá tras él, y dice Lucifer:

Lucifer.

Buena vas, Codicia mía,

anda, que de aquese modo

Judas quedará con lodo,

y con bien sin porfía.

¡Oh, rabia y cáncer del suelo!

¡Oh, furia y veneno esquivo!

A vender va el nombre altivo,

todo el gozo y bien del suelo.

¡Ay, quién compre al heredero

de aquel inefable Padre!

Cómprele su triste madre,

y dé el alma por dinero.

Que si se vende, yo arguyo

que aunque se desnude el manto,

que le querrá por el tanto,

pues que por el tanto es suyo.

¡Ay, Virgen!, ¡ay, quién dé más!

¡Ay, quién puje!, no seáis corta,

pues sabéis lo que os importa

no vivir sin él jamás.

Ya vuelve por tierra el pecho.

¿Dónde vuelves, mi dulzura?

Codicia.

Voy a otorgar la escritura,

que el concierto está ya hecho.

Lucifer.

¿En cuánto le diste?

Codicia.

En treinta.

Lucifer.

Barato le diste, hermana.

Codicia.

Como le vendí con gana,

no pude sacar a venta.

Va con él por otra parte.

Lucifer.

¡Viéronse cuentos tan fieros!

¡Ay, tos!, ¿que llegue a esta tos,

que venda el hombre a su Dios

por solos treinta dineros!

Ahora, pues, anda, pecado,

síguele hasta que caiga,

que si el traidor no desmaya,

yo le doy por condenado.

No puede el traidor fingido

escapar del mal que toco,

no porque el precio es muy poco,

y de gran precio el vendido.

No supistes, Virgen, vos,

de aquel remate y desprecio,

que por diferente precio

Pag. 28

Lucifer.

¿Comprar habéis vuestro Dios?

Sin duda es notable engaño,

clamad, y húndase el suelo,

que si es comprado, es del cielo,

es incomportable el daño.

Vuelve con él la Codicia.

Lucifer.

Veis, le vuelve el descreído.

¿Qué camino es este ?

Codicia.

Vamos a Getsemaní,

a que se prenda el vendido.

Lucifer.

Pues, ¿do queda el pueblo infiel?

Codicia.

Atrás vienen los tiranos;

ya sé que, si cae en sus manos,

qué pueden doblar por él.

Vanse por otra parte.

Lucifer.

¡Qué estaciones tan bravosas!

Gran suerte ha de ser la mía,

si no me mata este día

el contento destas cosas.

Hombre que a su Dios vendió

y tan obstinado está,

sé que no le salvará

el mismo Dios que negó.

Que, puesto que amor le yncita,

esta culpa es tan soez,

que ha de olvidarse otra vez

de su clemencia infinita.

Judas.

¡Ay de mí, desventurado!

Sangre de justo he vendido;

¿qué haré, que me he perdido?

¡Con esto estaré pagado!

¿Qué haré, triste de mí?

¿Qué haré? Valdría llorar;

quiero el dinero tornar,

si hallo el remedio allí.

Lucifer.

No me quiero descuidar,

vo a ayudar con mi poder;

porque siempre es menester

al mayor temor osar,

y sin género de remedio

ha dado fin el cuitado;

que de un árbol sea colgado

y reventado por medio.

Solicitud me ha valido;

salido he con mi yntención;

pues que trabuqué al garzón

por donde fuese perdido.

Yo me voy, pues ya se ha dado

fin a lo que pretendía;

ya salí con mi porfía,

y el miserable, burlado.

Y esto tengo por oficio,

después que caí del cielo,

ocuparme acá en el suelo

en semejante ejercicio.