testo digitale di El milagroso español
Data di pubblicazione: 22 agosto 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El milagroso español. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-milagroso-espanol.
EL MILAGROSO ESPAÑOL
Pag. 1
En esta corte, Carrera de San Jerónimo. La comedia del milagroso español (= el fabuloso rey de España Abido; figuran además en ella Hespero, su padre; Gorgoris, su abuelo; Hispan, Atlante, etc.) está escrita con habilidad e ingenio: su versificación, en diversidad de metros, es por lo general muy buena. Ofrece este Ms. la notable circunstancia de ser de tres letras diferentes. Empieza con una de poco diestra mano: concluye la 3.ª escena de la 1.ª jornada, y da principio a la 2.ª, otra más expedita: continúa luego la que comenzó, siguiendo hasta más de la mitad de la jornada 2.ª; donde aparecen siete escenas, y parte de otras dos, de una letra muy cursiva y galana; y por último, termina la 2.ª jornada y escribe toda la 3.ª íntegra, finalizando el drama, la propia mano que le empezó. Tanto el uno como el otro de los dos principales escribientes, cometieron groseras equivocaciones. Varias enmiendas que tiene son de la respectiva letra; excepto una en que al peor escribiente corrigió otro de sus compañeros. — Lleva el Ms. una hoja blanca entre la portada y la primera página.
Espero, caballero
Hispan, su amigo
El rey Gorgori
Sicano, su criado
Dos criados que no hablan
Libia, princesa
Glauco, alcaide
Reno, caballero
Liseno, pastor
Atlante, salteador
Dos compañeros suyos
Abido, salvaje
Dantiso, pastor
Dalisa, pastora
Dos otros monteros
Jornada primera
Pag. 2
Primera jornada. Suena ruido en el vestuario de espadas y salga Héspero, y puesto a la puerta con la suya desnuda, diga:
A mí, cobardes, vive el santo cielo,
que si emprendéis tan loco desvarío,
si viene en vuestra ayuda todo el suelo,
he de domar vuestro orgulloso brío.
Del rey para mi diestra fuerte apelo,
como a quien guarda ya el derecho mío:
no entréis, infames, detened el paso,
y agradeced que a todos no os abraso.
Volved a aqueste rey que os ha enviado
y podréis decirle de parte mía,
que si en alguna cosa le he agraviado,
no pretenda venganza de esta vía;
que antes el pecho ofreceré de grado
al duro azote y a la tierra fría,
que me deje prender por ningún caso,
y agradeced que a todos no os abraso.
Decidle que yo soy el fuerte Héspero,
descendiente por línea masculina
de aquel que siendo rey aquí primero,
y dio nombre a la tierra convecina,
que mire que no soy ningún pechero,
del vasallaje y estimación indigna,
y no hiciera de viles traspaso,
y agradeced que a todos no os abraso.
Tan malos sois para heredar su tierra,
tan indignos de ser su digno yerno,
tan cobardes a fuerza de la guerra,
tan flacos a peligros del invierno,
¿cuál más digno que yo su reino gobierna,
de Cádiz al cántabro moderno?
Todo esto le decid con pecho raso,
y agradeced que a todos no os abraso.
Fuertes sois ya, cobardes, ¿qué os eran
los fieros dichos de un airado Héspero,
que al parecer un monte deshicieran
y sacaran los vientos de su esfera.
Tan mal vuestros ligeros pies esperan
la dura execución de un alma fiera,
idos, pues me dais tan franco paso,
y agradeced que a todos no os abraso.
Y digo bien que si el rey esto advierte
y se atreve a mandar prenderme luego,
en lugar de la sangre dél saliere
un furioso volcán de horrendo fuego,
a ciego amor malhaya la primera
víctima que ofrecí a tus aras ciego,
pues creciendo en servirte cada paso,
menoscabé mi crédito y mi medro escaso.
Sale y vanse sus amigos.
¿Qué es esto, Héspero? ¡Ay, cuán terrible daño!
Cuéntame, caro amigo, tu suceso.
Estoy furioso, Ispán, estoy extraño
el alma se me arranca y pierdo el seso;
ya sabrás cómo ha poco más de un año
que en fe de nuestro amor limpio y exceso ,
mi princesa Libia desposada
de mí quedó en su cámara encerrada.
Apenas, pues, a luz hubo salido
de aquella estrecha cárcel el infante,
cuando del rey Gorgorís advertido,
de algún infame, necio ignorante;
de un sangriento puñal apercebido,
y la inocente Libia allí delante,
con el temor de la temprana muerte
el lado descubrió de nuestra suerte .
Pag. 3
manda el padre que luego sea cerrada
en una oscura torre a buen recado
y que con vigilancia sea guardada
porque purgue viviendo su pecado.
Pero temió algún caso desdichado
y en un papel de todo me ha avisado
rogándome que huya prestamente,
huya del fiero Rey el accidente.
Apenas el papel había leído
cuando vi mi persona rodeada
de número de gente que con ruido
corre a prenderme con soberbia airada;
doy dos pasos atrás y, a pie reñido,
la capa al brazo, firme con la espada,
haciendo piernas en aquel postigo
gallardo aguardo que entre el enemigo.
Diciendo en alta voz: "Canalla infame,
volved sin intentar hacerme afrenta,
si ya no queréis, tristes, que derrame
la sangre que en las vidas alimenta;
decid al Rey que preso no me llame
y que pida a mi brazo desto cuenta.
Volved, os digo, sin mover el paso,
y agradeced que a todos no os abraso".
Ansí liebre en los surcos escondida,
del sagaz cazador huye y espanta,
como de aquesta diestra tan temida
el menos presto de ellos se adelanta,
que en las blancas arenas esculpida
apenas deja la cobarde planta.
Este es el caso que mi bien acorta,
resta acudir ahora a lo que importa.
Dices bien, y si el oído no me miente,
por la calle, a mi casa encaminadas,
vienen escuadras de arrogante gente
y de instrumentos bélicos cargadas.
Pues, Hispano, salta presto, diligente,
al monte sube, sigue mis pisadas,
a quien en este paso que yo toco
os pudiera esperar, si andara un poco.
Vanse, y salen el Rey Gorgoris, y Sicano su criado, con gente de guerra.
Cerca de la casa luego,
porque no quiere entregarse,
antes que pueda escaparse,
pegad de furioso fuego;
no quede de rey insolente
ni de sus cosas memoria,
porque en su trágica historia
todo el común escarmiente.
¡Ah, vejez triste y cansada,
para mí tan importuna,
pues soy blanco de fortuna
donde da su mano airada!
Ya sé lo que es dicha buena
con el golpe deste día,
que en la mayor alegría
sucede la mayor pena.
¿En qué os detenéis, vasallos,
con ese que ofende arriba?
que cada credo que viva
se me hace una eternidad.
Dad a mi ciudad o puerto
pues que preso en el arribo,
y si no le prendéis vivo,
prendelde cobarde muerto.
Toda la casa he buscado
por darte, señor, contento,
desde cimiento a cimiento
y desde el suelo al tejado.
Pero en cuanto anduve y vi,
Hispano no ha parecido.
¿Qué dices?
Señor, que he oído...
Tristes nuevas para mí.
No es bien que nos detengamos.
Entren por tan peregrinos
a los severos caminos.
Hágase ansí, señor, vamos.
Vanse, y sale Libia a una ventana que se abra en una torre que está presa en una torre.
Cárcel triste y oscura,
adonde solo vive la memoria,
si en un infierno puede faltar gloria,
prestad gratas orejas
al ronco ruido de mis tristes quejas,
y vos, mi pensamiento,
dad las alas hacia aquella parte
donde tiene su asiento
el alma de quien no es posible aparte;
y dadle fiero vuelo,
diciendo, pues que goza de mi cielo,
de mi querido esposo,
si no es que cortó en flor su alegre vida
mi padre riguroso,
me traed nueva cierta y conocida,
que esa, mi bien, no es vana,
viviré en su memoria alegre y ufana.
Mas, ¡ay!, que desconfío,
en fe de mi desgracia, de su muerte
que el fiero padre mío
le habrá entregado a la furiosa muerte.
Pero no es verdad eso,
pues de su vida ausente yo no muero.
Que, como sea su alma
la que en la triste vida me sustenta,
haciendo en ella calma,
yo le había de seguir, a buena cuenta,
que es cosa nunca oída
que quede el cuerpo sin usar la vida,
y sin su fantasía,
el cielo conmovido la asegura,
por ordinaria vía,
no escapa de prisión cual esta oscura,
pues de nuestro amor justo
habrá formado el Rey proceso injusto.
Sale Glauco, a cuyo cargo está Libia, sin que ella le vea.
Desde aquí quiero mirar
en qué entiende la princesa;
todo es gemir y llorar.
Ya no tengo que penar.
Por perdida se confiesa,
y siento su pena tanto,
que aunque las leyes quebranto
del que me la dio en tenencia,
más quiero fe de clemencia
que ley de rigor y espanto.
Señora, ¿qué pena extraña
de ese modo te enajena?
Tu vista, Glauco, me daña;
es mi paciencia montaña,
a la que tengo no es pena.
Decidme, ¿de qué suerte
conmigo vienes a verte
contra el mandado del Rey?
¿Cómo quebranta su ley,
siendo rigurosa y fuerte?
Tu tormento, Libia hermosa,
lleva ansí mi pecho hidalgo,
que sin reparar en cosa
de aquesta ley rigurosa,
vengo a ver si mandas algo,
y harélo ansí cada día
por darte alguna alegría,
piadoso, y no inhumano,
que no quiero dar en tirano,
ni por esta, ni otra vía.
¡Oh, páguete, amigo, el cielo
la voluntad que has mostrado!
Pag. 4
nacida del impío cielo,
siento su gran desconsuelo.
Señora, en extremo grado;
dígale a mi padre fiero
que lo que ordenó de áspero,
¿ha le muerto, ha le prendido?
Dímelo, si lo has sabido.
Nada de eso es verdadero.
¿No? Pues dime, ¿adónde está?
Como es tanto su valor,
llegando a prenderle ya,
fuéranse todos de allá,
de mis brazos vencedor.
Mandó el Rey a sus criados
que le pasaran a espada:
le siguieron prestamente,
pero hase vuelto esta gente
sin hallarle, muy cansados.
Dado me has grande alegría
con esta dichosa nueva.
Fuera mucha dicha mía
saber aquella tregua,
y qué intento es el que lleva.
Solo porque más de veras
este contento tuvieras
y doblado regocijo.
¡Oh!, dime, Glauco, mi fijo,
¿hanle entregado a las fieras?
En aquel propio momento
que le mandó sacar el Rey,
ciego de furor violento,
puso en entero cumplimiento
aquella maldita ley.
¡Ay, inhumano y fiero padre,
que este nombre es bien te cuadre
junto con el de insolente!
Mirarás que lleva inocente
y si es fija tuya su madre,
el pecho le dio a mamar.
¿Cuál furia de ti corona,
que si en tu niño no perdona,
a quién habrá perdonar?
Llevó, pues, mi niño triunfante,
y de la pena ignorante
en la suma venturanza,
clamara justa venganza
de una crueldad semejante.
Aunque el niño clamara
y el Rey su celo disculpa
porque, mirando lo alta
de su sangre, antepondrá
a tan endiablada culpa.
Y cuando piadoso el cielo
vengar quiera el niño en duelo
en medio de aquel rigor,
llevado de propio amor,
intervendrá por su abuelo.
Señora, deja ese llanto,
y en semejante ocasión,
pues eres discreta y tanto,
en la fuerza del quebranto
valga tu discreción.
Mas ruido parece siento
en el primer aposento.
Queda a Dios hasta otro día.
Él vaya en tu compañía,
y pague tu buen intento.
Vase cada uno por su parte y sale el Rey y Sicano y gente de acompañamiento.
¡Que mi solicitud no haya bastado
para prender al alevoso! Héspero
que quede sin castigo tal desorden,
pues que menos pudiera un ciudadano
sin rentas y sin bienes de fortuna,
que pueda un Rey; tampoco, ¡vive el cielo!,
que soy indigno de esta real corona,
y de romper la venerada púrpura.
¡Oh Sicano!, manda que en voz pública,
en toda la comarca se eche un bando
donde prometo a quien, o muerto o vivo,
a ese perro me trujere cient talentos
de pura plata, sin mistión alguna,
que no es posible, si los dioses santos
no le han subido a su mansión magnífica,
que se pueda esconder acá en la tierra.
Cumpliráse, señor, tu mandamiento
del modo que lo tienes ordenado;
y apenas saldrá el sol por el oriente,
alegrando las cosas con su vista,
cuando de este pregón la fama alígera
despertará sospechas codiciosas
del premio inexorable que prometes.
Sale Reso y de rodillas diga.
Oye, señor, oirás un caso extraño.
Levántate y di, pues, sin detenerte.
Luego que dar la muerte me mandaste
a aquel recién nacido y triste infante,
que tu hija por poco prestó al mundo,
y irrevocable ley hice tu gusto;
apenas, pues, a los rabiosos perros
para que le comiesen le hube echado,
cuando, bajo el hocico halagüeños,
unos le lamen y otros le regalan,
de que yo quedé absorto grandemente.
Persuadiendo que de tu contento,
que no viviera más el mal nacido,
echéle luego a las furiosas perras
para que de colmillos diamantinos
le hiciesen en pedazos varios.
Pero tampoco aprovechó esto nada,
que el espacio de tiempo que allí estuve,
no solo no fue de ellos ofendido,
pero fue consolado y alimentado
como si fuera alguno de sus hijos.
No paré en esto solo, pero luego
le puse en la mitad de un gran camino,
por donde a la abundancia de ganado,
jumentos, yeguas, bueyes y camellos,
suelen pasar, para que al fin, pisándole,
destrozase sin remedio.
Mas fue también suceso milagroso,
que como si en los brazos del ama,
o en las blanduras de la tierna cuna,
o entre la fresca o colorada rosa
hubiera estado, tal le hallamos luego,
sin ninguna lesión, y él alegrándose,
y no queriendo más tentar los hados,
o quizás a los dioses que, clementes,
miran por la salud de aquel infante,
paré en la ejecución de tu mandado.
¡Oh necio y no advertido ignorante!
¿Qué recado traes? ¿Faltaba un fuego,
o faltaba un puñal con que acaballe?
¿Quisi acaso tentar mi justa cólera,
quies que vengue el agravio? Gallardo
les hace en pensar que a un mal nacido
ande a favorecer con sus milagros.
Tornad luego con él, y al mar furioso,
para que entre sus olas sea anegado
y a sus hambrientos peces sea alimento,
le arroja, sin piedad y impertinente.
A hacerlo voy, perdona, Rey supremo,
que si este breve tiempo se ha perdido,
la ocasión de las manos no se ha ido.
Éntranse y queda Reso solo.
¿Qué furia es esta del Rey?
¿Qué deseo incorregible?
Pag. 5
basta que él está terrible,
y ansí cumpliré su ley;
porque, si no lo hago yo,
movido de compasión,
con la pena del talión
sin duda me pagará.
Perdonad, fruto inocente,
que fuerza es obedecer.
¡Maldiga Dios el poder,
si torna al hombre inclemente!
Sale Ispán solo.
¿Dónde tan furioso y ciego?
Tomóme, Ispán, de sesillo,
que, si atierra el cielo, al oíllo,
me enviara su justo fuego.
El Rey, de clemencia avaro,
me manda que vaya a echar
en medio el airado mar
de su hija al hijo caro,
y en la dura ejecución
desta abominable ley,
de una parte miro al Rey,
de otra parte a la razón;
esta, tan maldita traza,
dice que es un hecho injusto;
mas, luego, del Rey el gusto,
con la muerte me amenaza;
y, como su reino encierra
la mayor parte del suelo,
si obedezco al alto cielo,
es mi enemiga la tierra,
y, aunque es inhumanidad
que la mayor parte tuerza,
el cielo verá que es fuerza
y no propia voluntad.
Apruebo, Reso, tu intento,
que, en caso tan inhumano,
si interviniera la mano,
no interviniera el pensamiento.
Cumple tu perversa ley,
pues satisfaces, recelo,
con la voluntad al cielo
y con obras solo al Rey.
Y, con esto, vete a Dios.
Yo no voy sino a la furia
desta diabólica injuria.
¡Perdonadme, cielos vos!
Vase Reso y queda solo Ispán.
Sale Glauco.
¡Ah, lucero desdichado,
cómo nos das a entender
que el yerro de la mujer
es siempre más ponderado
y muchas maldades encierra!
Un hombre que nunca vistes,
y, en naciendo a estas tristes,
luego sea brasa la tierra
y el bien quisto nos asombre,
pues da en cualquier pensamiento
la mujer con buen intento
y con mal intento el hombre.
Este es el fuerte inhumano
donde la triste princesa
está por su padre presa;
quiero llamar, y no en vano,
que, con la traza ordenada,
mal las manos me han de andar
o la tengo de sacar
una noche disfrazada,
que el por el gusto desespero
es siempre de posponer
la honra, vida y poder,
como amigo verdadero.
Él sale, quiérole hablar.
Pues, Glauco...
Señor Ispán...
¿Cómo los negocios van?
¿Qué hay de nuevo en el lugar?
La princesa, ¿cómo está?
¿Vale bien en la prisión?
Quebrántame el corazón
ver cuán decaída va,
no en la pena corporal,
que, aunque grande, no exagero,
mas siente que de su espero
ni ha sabido bien ni mal.
Tanto amor le tiene, Glauco,
que yo no sabré decillo;
es su ausencia su cuchillo
y el no saber dél su llanto.
Pues dime cómo podría
por solo un momento hablalla,
solo para consolalla.
No sé si me atrevería
a cumplir tu pretensión,
pero con grande recato,
de que la consueles trato,
metiéndote en su prisión.
Dese ofrecimiento tuyo,
¡oh, Glauco!, vive el temor;
aseguro tu gran valor,
y también mi deuda arguyo.
Pues, Ispán, entra tras mí
adonde hablalla podrás;
y mira por dónde vas,
que está muy oscuro aquí.
Vanse y sale Héspero, vestido de rústico, y con él Liseno, pastor.
Tu buen término, Liseno,
y discreción me ha obligado
a que no haya reparado
en descubriros mi seno.
Pero mira por mi amor
que en el secreto y el trato
tengas siempre gran recato.
Como me deis, señor...
Y yo me había de correr
de encargarte este cuidado,
pero, en el más avisado,
suele un yerro suceder.
Pero, dejando esto aparte,
ruégote, amigo, que entienda
que en linaje y hacienda
puedas del mío ser parte.
A todo, respuesta doy
con dos razones que aplico:
en el linaje soy rico
y en hacienda pobre soy.
Solo este humilde gabán
es mi mayor atractivo;
de mi propio sudor vivo
y mantiéneme mi afán.
Es mi patria aquella parte
do, briosa, buscando asiento
de Henares al nacimiento,
de que el Iberia se parte,
cerca de aquella montaña
a quien dieron en renombre
Moncayo, tomando el nombre
de Caco, rey en España.
Allí me prestó la tierra...
Pag. 6
El cielo y mi suerte ayrada,
y como a cosa prestada
me da esta madrastra guerra.
Padres no los conocí,
poseyendo el nacimiento
de mi honrado pensamiento
ser honrados colegí;
y jamás puse cuidado
en buscar otra razón,
que el que hace su información
no es posible que sea honrado.
Adonde sobra el valor
al que de quien ama, ciego,
acude la sangre luego,
que es el testigo mejor,
desterrados envidiados
los potentados de aumento;
más vale un buen pensamiento
que mil blasones dorados;
mas lo que no aprehendo
me forzó que aquí viniese,
donde en pobreza viviere,
que es en fin vivir muriendo.
Aquí tengo mi gobierno,
mi dueño y propia tierra,
tengo mi paz y mi guerra,
tengo mi gloria y mi infierno.
A quien unos bellos ojos
son mi bien y mi mal,
mi pérdida y mi caudal,
mi contento y mis enojos.
Porque amor, cuya intención
es dar pena con contento,
dio alas al pensamiento
y grillos al corazón.
Que estás tan enamorado,
siento tu pena mortal
más del golpe que mi mal
tenga tal acompañado.
Hermosa es su pastora,
es en quien natura ciega
mostró toda su largueza,
compite con el aurora.
Es su oro su cabello,
sus ojos hermosos soles,
sus mejillas arreboles,
nieve su pecho y su cuello.
Sus cejas arcos triunfales,
la nariz en proporción,
y sus dientes perlas son,
y sus labios son corales.
Su semblante es un verano,
su disposición gentil,
su blanca mano marfil,
y es ella toda un humano.
Tanto la has encarecido
que no hay resto en el primor.
Duermes, ciego, que el amor
escucha con grato oído.
Es su libre pensamiento
del modo de la veleta,
que está al viento es subjeta,
y él se muda con el viento.
Es varia su condición:
en el hacer mal, estable;
y en el hacer bien, mudable;
y en todo camaleón.
Liviana en el prometer,
y pesada de cumplir,
ligera en dejarse asir,
y difícil de tener,
es en medio el hielo infierno,
en medio la gloria pena.
Al bien mala, y al mal buena,
y en fin es toda un invierno.
Entre mudable y bello,
variedad que a ella ofreces,
por aquesto la aborreces,
si la quieres por aquello.
Con diferente decoro
digo sus cosas, Héspero,
que por aquello la quiero,
y por esotro la adoro.
Que el amor en su ocasión
tal ceguera nos enclina
que lo que es patente falta
nos parece perfección.
Pero, dejado esto aparte
para ocasión más ociosa,
en esta que es tan forzosa,
¿qué es lo que quieres llamarte,
con que iré más encubierto
y en fin menos conocido?
¡Oh, qué bien has advertido!
Pues llamarásme Yliberto.
Pues con eso vamos luego,
porque ya el hermoso sol
entre uno y otro arrebol
deja al mundo de luz ciego.
Pues yo sé que el mayoral,
viendo tu término y trato,
entre todos los del ato
hará de ti gran caudal.
Vanse y sale Ispán, de noche.
Ora es esta acomodada
para ejecutar mi intento,
que es terrible atrevimiento,
pero, ¿qué digo?, no es nada;
que mientras por un amigo
derramando el pecho sangre
me acorta Átropos la estambre,
¿qué hago poco con él?, digo.
Favoreced, noche oscura,
con aqueste negro manto,
no más amiga de espanto,
abre puerta a mi ventura.
Tuve acertar de manera
cuando a Glaura hablaba aquí,
que desta torre imprimí
la llave en la blanda cera.
Y hecha con la brevedad
que el poco tiempo confiesa,
esta noche a la princesa
tengo de dar libertad.
Y cumplido aqueste intento,
préndame el rey homicida,
que bien venderé la vida
si compro ansí por el contento.
Quiero pues abrir la puerta,
que a la princesa advertí
de que me aguardase aquí
a esta que es ora cierta.
¿Estás aquí, hermosa Libia?
Ispán, sí.
Pues sal en tanto,
que esta noche el cielo santo
tu larga prisión alivia.
Ispán, tan piadoso oficio
no sé cómo satisfaga.
El mandar me será paga,
siempre conforme a el servicio.
Y escusando razones,
vámonos tras la ventura,
que no es esta coyuntura
de agradecer ocasiones.
Hágase y con brevedad,
noche madre del reparo,
este principio dé claro
ofrezca a tu ceguedad.
Pag. 7
Vanse y sale Sicano, medio desnudo, y muy alborotado.
Despierta, Glauco. ¿Qué es esto?
¡A de la guarda! ¡A, soldados!
¿Estáis en sueño embriagados?
A quien digo, ¡presto, presto!
Responde Glauco de adentro.
¿Quién da voces a tal hora?
Que se llevan la princesa.
Sale Glauco.
Baja presto. Aprisa, aprisa.
O, ¡cómo soñaba agora!
¿Qué dices, Sicano? Di.
Buen descuido, buen recato.
La princesa se ha soltado.
¿Qué dices? ¿Estás en ti?
Sí, que yo la vi llevar
con un hombre de la mano.
Estás soñando, Sicano.
¿Cómo se pudo soltar,
si está cerrado el postigo
y tengo la llave yo?
Digo que ella se soltó.
No canses, eres mi amigo,
que no lo puedo creer.
Pero, ¿qué papel cerrado
es este que aquí he topado?
Ábrele, que puede ser...
Apenas puedo leello,
como apenas amanece.
Libia en la firma se ofrece,
y es muy breve todo ello.
Lee el papel Glauco.
¡Brava y triste desventura!
Acudamos al remedio,
que podrá ser haya medio
para atajar su locura.
Sepa el rey esta traición.
Vamos a avisarle luego.
De este amor, ¡oh, diablo ciego!
Líbreme su sinrazón.
Vanse, y sale Libia e Ispán, que los traen presos unos salteadores, cuyo capitán era Atlante.
Soltad esa rica pieza,
que no es justo, ni es razón,
tenga nombre de prisión
la de la hermosa princesa;
que, aunque ya parezco enemigo,
juro, Libia, de no serlo,
y me forzó en vos hacerlo
que vuestro padre conmigo.
Esto creerse podrá
en la fe del admitiros,
y quien perdió por serviros,
de veras os servirá.
Debeos mucho a tanto amor,
pues tanto en esto llegue,
que de un señor rey deje,
y por vos soy salteador,
y tú, Ispán, de esto testigo,
puedes entender de mí,
que pues falto a la ley fui,
seré acá también amigo.
Atlante, pues ha querido
traernos el cielo aquí,
quiero que sepas de mí
la causa de haber venido.
Quien la infalible verdad
de su general promesa
asegura a la princesa,
y a mí la vieja amistad;
cuando el rey te desterró
paso amar terrible y duro,
quedé, Libia; más seguro
prenda esta; luego mando
estuvo en la cárcel fuerte
sin haber culpa tenido,
hasta que yo, en fin, movido
alivialla con mi muerte.
Aquesta noche pasada
al embarque determinando,
el mar de España pasando,
hacer a Italia jornada;
y pues venido habemos
a tus manos sin pensar,
este parece lugar
do seguros estaremos.
En todo veréis mejor
adelante, el tiempo andando.
Libia hermosa, voy mirando
de engañar a este traidor,
que, en la verdad os digo,
ni su honra ni mi vida
hallará buena salida
del poder del enemigo.
Quede la traza, y a posta,
que mejor te pareciere;
prueba, que ni derribiere
toda mi traza a costa.
Porque mi padre, informado
de la carta que dejé,
a dondequiera que esté,
me ha de buscar con cuidado.
Conviéneme asegurar
estos con buena razón
y gozar de la ocasión,
pues no me falta lugar.
Si mi palabra es abona,
juro a los cielos sagrados
seréis aquí tan honrados
como mi propia persona.
De eso, Atlante, estoy segura.
Con esto podremos irnos
primero que descubrimos.
Salga el Sol con su luz pura.
Vanse, y sale el Rey, Sicano y Glauco.
Hora es de hacer diligencia,
porque por este camino
pienso que el cielo divino
castiga tanta insolencia.
Vaya por donde quisiere,
sin que su traición me aflija,
nadie diga que es mi hija
quien miente quien tal dijere,
y mi maldad tan injusta
mi honor acaso manche,
en quien tan mal la guardó,
tome venganza justa.
Prended a Glauco al momento,
sin admitirle disculpa,
y como parte en la culpa,
será parte en el tormento.
Señor...
No repliques, no,
que es esta mi voluntad;
bien guardará una ciudad
quien un paso no guardó.
Llevalde luego a ese,
presto, quitadle de aquí,
y dadme las llaves a mí,
a ver si le guardaré.
Pag. 8
Proceso hace impertinente,
muy ordinario en señores,
que dejan los malhechores,
castigando al inocente.
Estaban los dos sentados
holgándose al pie de un roble,
y pagará el lobo pobre
la culpa de sus pecados.
Vanse, y sale Héspero.
Ligero tiempo, mucho habéis volado,
pero por mí tenéis tan poco hecho,
que, por ser elección en mi provecho,
aun a acabar la vida me he negado.
Diez e insufribles años han pasado
después que amor me trujo a tanto estrecho,
y en todos diez no descubrió mi pecho
el venturoso fin de su cuidado.
Ingrato tiempo, dadme a mi señora,
pues no quisistes darme justamente
volvedme mi cuidado, amor, agora,
y el largo mal de dilación tan fuerte
restaurad con el premio de ser mía.
Salen Ispán, Glauco y Libia.
Dejando aquí en la tierra,
aunque faltando nos celo,
en el llano y en la sierra
somos émulos del cielo
y del suelo somos guerra.
Solo por vos, Libia hermosa,
esta vida tan odiosa
he llevado con amor,
y a falta de otra mejor
ha sido ansí forzosa
en este destierro estado.
Falta de toda alegría,
que mal no habemos pasado,
haciendo la noche día
y los desiertos poblado.
Las cuevas, casas suntuosas,
y ricas alfombras las losas,
y dulce mantenimiento
yerbas de poco sustento
y mil carnes asquerosas.
Y pues el cielo ha querido
que de vida tan terrible
nos hayamos divertido,
caminemos lo posible
en busca del bien perdido.
Esta gente en el vestido
son ladrones o lo han sido;
no es bien que de ellos me asconda,
quiero apercebir mi honda
por si acaso me han sentido.
Eso, Ispán, es lo que quiero,
que al lugar do le dejaste
vamos a buscar a Héspero,
gaste tanto tiempo, baste,
como a quien su ausencia muero.
Sigue por donde quisieres,
que por do Libia fuere,
por aquesa, oh buen Ispán,
mis plantas te seguirán
y moriré do murieres.
Que no menos que la vida
te debo, amparo sano,
después que en fiera caída
me sacaste por tu mano
de la prisión afligida.
¡Oh, cielos! ¿Qué es lo que veo?
¿Sueño o miente mi deseo?
¿No es este mi amigo Ispán?
¡Hola! Entended, Ispán,
que a un pastor visto creo.
¡Hola, pastor!
¡Caro amigo,
cómo vienes de esa suerte!
Héspero, el cielo enemigo
no pudiera consentir
que no os hable.
Lo mesmo digo.
Dame tus brazos dichosos
y recibe los hermosos
de Libia, tu antigua gloria.
Y tan nueva en mi memoria
como estos pasos gloriosos.
¡Ay, mi cuidado mortal!
No le aflija más desdén,
pues ve de gloria señal.
¿Cómo venís, Libia?
Bien.
¿Cómo así, que tenéis, Libia, bien?
¡Qué tan prolija jornada,
como de mí nunca andada,
y perdido todo el tino,
fueme mal con tal camino,
pero bien con tal posada!
Todo es, amor, regalado;
brava ceguera de amor.
Brava, que un hombre picado
por gozar solo un favor
no hace cuenta de un estado.
Héspero, ¿en qué te detienes?
¿Cómo tras mí no te vienes?
Después os daréis las palmas.
Encontráronse las almas
y danse mil parabienes.
A la nueva nunca oída
salieron de su centro,
danse la buena venida,
y hasta que tornen adentro
están los cuerpos sin vida.
Y pues a verse salieron
y las vidas suspendieron
ambas con conformes calmas,
dejad abrazar las almas,
que ha tanto que no se vieron.
Hace bravo requebrado.
Bien has, Ispán, advertido,
que este tiempo he esperado,
como a cuestas le he tenido,
por mil partes me ha quebrado.
Está bien, pero acudamos
a lo que trazar debamos
en esta nueva ocasión.
Que escuchen mi razón.
Todos juntos escuchamos.
Sabrás que aquel propio día
que partiéndote de mí
con más que humana osadía
prometiste traer aquí
libre a Libia, mi alegría,
con un pastor me encontré,
el cual con sincera fe
su cabaña me ofreció,
y aceptéle amigo yo,
y no poco le estimé.
Y dándome este vestido,
con el sayo de zagal,
todo este tiempo he vivido
guardando de un mayoral
las vacas por este ejido.
Y en tan sin ruido estado,
tan contento, regalado,
aunque le estiman por bajo,
que en premio de mi trabajo
este tiempo he pasado,
que el poderoso poder
aquí no tiene lugar,
y están medidos a su ser,
que no es menester ganar
para venir a perder.
Pag. 9
y mudado aqueste traje,
sin que fortuna os ultraje,
vestidos como pastores,
seréis aquí más señores
que no en vuestro linaje.
Digo que es estado bueno.
Con él mi cuidado alivio.
Es de mil contentos lleno.
Pues llámese Glaucio Libio,
Libia, Glauce, y Ispán, Tireno,
y porque se pague primero
que ya no me llamo Héspero,
y a caso no os descuidéis,
mirad que me llamaréis
de aquí adelante Icobero.
Jornada segunda
Pag. 10
Jornada segunda. Sale Atlante y sus compañeros huyendo de Ábido, el cual sale vestido de pieles de animal con un bastón.
Por lo que tienes de hombre el brazo fuerte
detén, si ya no quieres que te nombre
tigre, bestial ministro de la muerte.
Parad en eso, y nadie aquí os asombre,
y responded despacio a mi cuidado:
¿a quién llamaré tigre y a quién hombre?
Que yo, que en estos montes fui criado,
solo conozco un género de cosas;
yo creo que no soy diferenciado
del modo que me veis; a mis vellosas
salvo que yo derecho solo ando
y ellas con cuatro piernas espaciosas;
y estoyos espantado contemplando,
que nunca de este género ya creo
he visto alguno entre estos que yo mando;
y en traje que me veis, acá deseo
de contemplaros bien de bajo arriba.
Que vosotros no sois cosa nociva,
el instinto me dice, yo confieso,
que sois de las que viven allá arriba.
Prodigioso es, por Dios, este suceso.
¿Qué tal selvatiquez hay en el mundo?
Dádome habéis con veros gusto, exceso;
pues decidme, ¿hay como ese otro segundo
donde viváis vosotros, porque en irme
en una compañía ya me fundo?
Si despacio y atento quieres oírme,
daréte relación y luz entera
de lo que ignoras.
Puedes bien decirme.
Sabe que el ser tú y yo de esta manera,
de esta composición y este concierto,
es la mitad ser hombre y lo demás es fiera.
El hombre, pues, según aquí te advierto,
es capaz de razón, dotado de alma,
la cual ha de vivir después de muerto,
solo al hombre en el fin de aquesta calma
reduciendo al cielo en otra parte
del modo que ha vivido le dan palma.
Mas dinos, ¿qué cruel madre fue en criarte,
que, habiéndote enseñado tal rudeza,
aun entre fieras no hay diferenciarte?
Siempre ignoré de mi naturaleza,
solo sabré decirte, me ha criado
una de las que arguyes de fiereza;
entre ellas he vivido y he morado,
manteniéndome siempre aquel estado
que comiendo a comer me han enseñado.
Si de ese estado, que es en ti violento,
por serte innatural, dejas carnicerías,
entre nosotros vivirás contento.
Digo que os seguiré por una senda,
luego que haya entendido qué ejercicio
usáis, porque por él lo que es entienda.
Robar la gente, y el que no es propicio
a nuestras manos muere crudamente.
Robar su natural no es buen oficio,
Y si quieres seguirnos de esta gente,
serás caudillo fuerte y valeroso
a la que de ella hicieres obediente.
Digo que acepto el cargo por honroso.
Su fuerza inexorable me asegura
la inquietud, que es hombre valeroso.
Vamos, pues, donde llama la ventura,
guiados por ese monte y selva espesa,
y bajando después de su espesura,
haremos en el valle alguna presa.
Vanse, y salen Dantiso y Liseno, pastores.
Mucho me huelgo, Dantiso,
que ese casamiento se haga.
Quiérense bien, y él hace paga
de su pensamiento bueno.
Oí cómo ya han cantado;
por la fe que han tenido,
de su patria se han venido
a este otro despoblado.
Porque, saliendo preñada
Glauca, su padre furioso,
que es un hombre poderoso,
quiso darles muerte airada,
y, huyendo de su rigor,
vinieron a este lugar,
mas ya comienzan a entrar.
Hazte a ese lado, pastor.
Salen Ispán, Glauco, y Héspero, y Dalisa, a quien trae de la mano Ispán; y Libia.
¡Oh, famoso mayoral!
Bien vengas, oh, de la gala,
brava viene la zagala,
pero bravo es el zagal.
Es la madrina Dalisa,
sí, y el padrino Tireno.
Y a las bodas de Liseno,
que es una pena precisa.
Y a mi ventura declina,
y llévala el desatino
de no poder ser padrino
siendo Dalisa madrina.
¡Qué tirano, Amor, no harás,
pues en este triste paso
en vivos celos me abraso
de ceremonias no más!
Glauca, en prueba del afecto,
y nuestro primer abrazo,
hoy con otro eterno lazo
tanto amor confirmaré.
No porque piense con esto
hacerte bien más temible,
que a quien llegó a lo posible
imposible es tener esto;
y de manera lo siento,
siendo este amor sin compás,
que el poderos querer más
me causaba gran tormento.
Porque teniendo ocasión
de tan honrada mejora,
el guardarla para agora
arguyera imperfección.
Dadme aquesa por quien vivo,
que con tan propicia mano
todo lo que quiero gano.
Por mi señor os recibo.
Y pensad que aquesta fe
que en vos tanto se abalanza,
si con fuerzas no se alcanza,
con otra la alcanzaré.
No es este soberbio intento,
que en la fe se desvela
todo lo que quiere vuela
Pag. 11
con alas del pensamiento
gocéis dos mil largos años,
y el alto cielo preserve
ya que tanto amor os aumente,
aumente vuestros rebaños.
Veáis por estos oteros,
retozando y dando gritos,
mil manadas de cabritos
y otras tantas de corderos.
Una esperanza no vana
alcance por un nivel
de abejas la cera y miel,
de ovejas la leche y lana;
y más este gran caudal
para dejar en nación,
mil hijos de bendición
os dé el poder celestial.
Salen Ábido, Atlante sin que los vean.
Ábido, juntos están,
llega, sin mover el labio,
que hoy de aquel pasado agravio
tus manos me vengarán.
Los que las manos se dan
en prueba de su afición,
los dos desposados son,
causa de todo mi afán.
Él es noble caballero
y ella noble de manera
que de España es heredera;
mira si en balde la quiero.
Y aunque es igual su nobleza,
por no ser igual su estado,
huyendo del rey airado
viven en tanta bajeza.
Del rústico que prendí
ayer nunca tal prendiera,
ni sé el cómo y la manera
se tardaban, hoy aquí.
Pero si con mi deseo
tu fuerte diestra acomodas,
serán estas tristes bodas
las que dicen de Fineo.
Pues di, ¿qué piensas hacer?
Que Ábido, a pesar del mundo,
otro Alejandro segundo,
a robar hoy esta mujer.
Libio, bueno anda Tireno.
Tireno, bueno, por Dios,
consolémonos los dos.
Que con consuelo será bueno.
¿Qué quieren los santos cielos,
contra quien nada aprovecha,
que de ti tenga sospecha
y de ti, Tireno, celos?
Mira, para mi mal pausa,
si tal furia me persigue,
Camena, diosa, me rige,
siendo hoy él juntos causa.
Pues bien, ¿será que con prisa
los cojamos de repente?
¿Qué es esto, cielos?
Diligente,
digo que dejes la presa.
¿Y qué presa?
Mi mujer.
Si ya no quieres que mi mano
haga un castigo inhumano.
Yo quiero vérsele hacer.
Que si tú sirves a esa,
por fuerza o por afición,
primero de este bastón
probarás el grave peso,
y aquesa experiencia vana
muy cara te habrá salido.
Ayúdame, amigo Ábido,
que es su fuerza soberana.
Yo contra un hombre no juego
mi maza por bajos modos;
jugaréle contra todos,
si toman las armas luego.
Ayudad en tal furor,
nadie pastor se asconda.
Si me desciño mi honda,
yo mostraré mi valor.
Tente, furioso salvaje,
que son tus intentos locos.
Pésame que sois tan pocos,
siendo tanto mi coraje.
Tan presto huyes, cobarde.
Terrible su fuerza es.
Pastores, alto a los pies,
que no hay quien tal furia aguarde.
Vanse todos huyendo y quedan solos Ábido y Serpe y vanse a herir y no pueden.
Cielo piadoso y amigo,
¿quién me suspende la fuerza?
¿Quién hay que mi brazo tuerza,
cielo, qué es esto, enemigo?
Suspendido me ha este hombre,
no sé qué vi en su semblante.
No vi cosa semejante
ni que, cual este, me asombre.
Un contento no pensado
ha derramado en mi pecho.
De nuevo me has así fecho
que estoy viéndole elevado.
Quiero acometer, no diga
que de cobarde estoy quedo.
Porque no piense que es miedo
quiero dar a más fatiga.
Hombre triste, vente a mí,
probarás mi fuerza y brío.
Tú la de este brazo mío,
acomete firme aquí.
Que no pueda acometer,
confuso estoy en tal caso.
Que no pueda dar un paso,
no sé lo que puede ser.
Hombre, ¿sabes hechizar
qué fuerzas con un vocablo?
Por ventura, tú eres diablo
que no te dejas tocar.
Mal hago en tratalle mal,
a pedir perdón me allano.
Por el cielo soberano,
que no he visto cosa igual.
Cualquiera que vos, señor,
aunque el perdón no me cuadre,
confieso de caro padre,
perdona mi grande error.
Que, mirando, mi desdén,
temeroso el pecho advierte
que hago mal en ofenderte
y en sujetarme haces bien.
Deja la cólera ya
con que tu enojo pregonas,
que si tú no me perdonas,
¿quién, di, me perdonará?
Mira, señor, que me aflijo
en verte en esto dudar;
¿no me quieres perdonar
como quien perdona un hijo?
¡Válgame Dios, qué fantasmas
que nunca en ti habitaron!
Helado se ha el corazón
y el pensamiento se pasma.
Quiero asegurarme un poco
y mirar si duermo o velo.
Pag. 12
que, no sin misterio, el cielo
de gozo me tiene loco.
¡Bruto espíritu, que sigues
ley indómita y costumbres,
qué mal tratas a los hombres,
porque a los hombres persigues!
Pudieras ser perdonado,
mas fiera, y tu humanidad,
que el ser tu capacidad
agravia más tu pecado.
Eres fiera en manera
quien acaso te la dio,
será hombre como yo,
o bruto como tú, fiera.
De tu ser varios hechos
y de tu forma colijo
que el que quiere a su hijo
no le da a mamar sus pechos.
Entrambas cosas concluyes
según tu naturaleza,
pues una arguye nobleza
y no sé la otra qué arguyes.
Huye de tan mal renombre,
pues que bien no se pondera:
ser para los hombres fiera,
y para las fieras hombre.
Y si de tan mal siniestro
no te apartas, mi rigor
hará en fin que este amor
entrañable que te muestro...
Confieso por estos labios
la fuerza de tus palabras,
pues más con ellas me labras
que con razones de sabios.
De lo que me has preguntado,
no sabré satisfacerte;
pero sabré obedecerte
en eso que me has mandado;
entre las fieras salí,
a ellas me tornaré
a ser entre fieras fiero;
sola una satisfacción
verdadera me remite,
y es que nunca supe bien
deste oficio de ladrón.
Si de Atlante seguí
aquel odioso ejercicio
fue porque lo mismo oficio
ser en hombres entendí.
Aunque siempre acá en el pecho
tuve un distinto evidente
de que el perseguir la gente
era negocio mal hecho.
Quédate, que yo me voy,
aunque para eterna gloria
te llevo acá en la memoria.
Vase Ábido, y queda Héspero.
Espantado y tierno estoy,
y no sé qué preciso hado
ni para quál grande intento
este nuevo acaecimiento
tan milagroso ha guardado.
Y quál procuran juntarnos
para vengar nuestra saña,
aquella violencia estraña
nos dejare menearnos.
Pero de aquesta señal
medita mi propio celo
que le quiere bien el cielo,
o a mí no me quiere mal.
Por otra parte me admira
ver cuán gran sujeción
efetos del cielo son,
que ver necesarios mira.
Queda suspenso y sale Libia.
Bueno para el camino, pero
adonde le iré a buscar,
pues no he dejado lugar
llano ni despeñadero;
mas no es este, ya le veo,
sin lisión alguna y vivo,
pero triste y pensativo,
saber qué tiene deseo.
Casi me da el temor helado
que, como a triste mujer,
me debe de aborrecer,
y siente verse a su lado.
Mas no me parece bien
esta causa que dél siento:
que agravio mi pensamiento
y el suyo bueno también.
Héspero, mi dulce gloria,
no responde, ¿qué aprovecha?
Cierta salió mi sospecha.
¡Triste boda a mi memoria!
Verdad es, mi dulce llama.
¡Ay, Libia! ¡Ay, hijo querido!
En tan ambiguo sentido
ya me ofende, ya me ama;
la memoria de su hijo
le aflige y le da cuidado.
¿No me oyes, esposo amado?
¿Quién llora? Porque me aflijo.
Aquí estás, Libia querida,
gracias se den dello a Dios.
Suspenso estaba por vos
dudando de vuestra vida,
y como a la vida mía
vuestra propia vida entabla,
habiendo perdido el habla
apenas os conocía.
Yo lo creo de esa suerte,
de vuestro amor soberano;
mas estás bueno, estás sano,
¿qué es de ese monstruo fuerte?
Que no es este monstruo, digo.
Pero sé que su afición
gran parte del corazón
yéndose, llevó consigo.
Confusión es esta brava,
de tristeza y alegría,
que hoy, cuando del mar oía,
mas con él acá quedaba.
Es lidia incontrastable,
pues cuando del monstruo huye,
aquí me quedé, igual bulle,
puesto a su furia espantable.
Mas no bien nos afirmamos
para habernos de ofender,
cuando, sin poderlo hacer,
ambas las armas dejamos.
Dos veces con furia impía
tentamos el brazo fuerte,
y entrambas, de aquella suerte,
a volvernos compelía;
y no sé con qué intención,
viendo aquella maravilla,
él, hincada una rodilla,
humilde pidió perdón.
Hízome grande regocijo
ver que humilde, en gran manera,
como si su padre fuera,
me trataba como a hijo.
Y con ánimo inocente
se partió de allí llorando,
aunque primero jurando
no hacer mal a la gente;
y yo le juro de veras
que le he cobrado afición.
Pag. 13
saltos me da el corazón
y revuelvo mil quimeras.
Pero lo que yo imagino
no puede en razón caber;
hidalgo bien puede ser,
mas no, no lleva camino.
Vamos, mi Libia querida,
al lugar do descansemos
y nuestra gente topemos.
Vamos, alma de mi vida.
Vanse y sale Liseno y Dalisa.
Liseno, por vida mía,
que no has tenido razón,
que aquella fue cortesía
y acto que convenía
en semejante ocasión.
Y hacer ansí me convino,
por ser ajeno el padrino.
¿Quién en esto general
hace lo, Liseno, mal?
Soy un hombre peregrino.
Hechizado en gran manera
me tiene aquesta mujer.
Esta verdad o quimera,
como si ora ciego fuera,
se la tengo de creer.
A vos, Dalisa, no más.
¿Qué satisfacción me das
para creello bastante?
¿Es la mujer más constante
que supe ni vi jamás?
Tiene mi amor verdadero.
Pues vuestro soy yo de orden.
No muchas veces, empero.
Como a prójimo te quiero.
Nunca me dijo qué bien.
De amor de que has hablado,
a todos es obligado,
mas que se me ha de mostrar
si es que me quieres amar,
digo que es demasiado.
No sabe mi condición,
a cuan poco se dispone,
porque a la más dura, aun
más ancho que un bodegón,
con esto solo me pone.
Con esta sola esperanza,
tanto mi amor se abalanza,
que por justo decir suela,
mi pérdida me consuela,
porque ninguna la alcanza.
Miren si rigor de amor,
las leyes bien a la letra,
y si guardo su rigor,
pues hago ufano favor
de lo que al alma penetra.
Liseno, muy tarde es ya,
y que mi padre vendrá,
temo perder mi vida.
En tan triste despedida,
¿quién, santo cielo, podrá?
Ya sé, Dalisa, que enfado.
¡Adiós!
¡Buena necedad!
Eres extraño y pesado.
Sigue mi fidelidad,
muy en fiel me he yo mostrado.
Vase Liseno y sale Ispán.
Lo que me cansa este necio,
que con el alma desprecio,
no lo puedo exagerar.
Tiempo, ventura y lugar
digo que no tiene precio.
De vos no sé qué es amor,
qué celos, ausencia o fe,
qué desdén o qué favor,
y sin sentir su rigor,
sé mejor el abecé.
Esta pastora ha pensado
que me mata su cuidado,
y como tiene buen talle,
como quien le halla en la calle,
su loco amor he tomado.
Hable menos, amigo,
en que ha caído la balanza,
¿eres acaso enemigo
que persigue la esperanza
con que furiosa te sigo?
Dos días se han de pasar
sin que me vengas a hablar.
Eres, a fe, descuidado.
Como amor no me ha picado,
tengo flema en el andar.
¿Qué dices?
Que de tormento
me es el no verte también,
que en todo mi contento,
como aquesto no lo siento,
ansí no lo digo bien.
Esto el vulgo contradice,
porque al amante infelice
o dice mal lo que bien siente,
mas esto no se consiente,
que quien bien quiere, bien dice.
Y ansí, yo en mi menosprecio,
como cosa innatural,
esta opinión la desprecio:
sentir bien y decir mal,
señales son de hombre necio.
Ese hablar me da sospecha.
Amor disparó su flecha,
y estando juntos los dos,
sino me he quedado bobo,
vive y de mí satisfecha.
Y si aquella mano avara,
con sangre de mi pecho,
una dureza tocara,
yo quedara satisfecho,
ya que libre no quedara.
Tan alto os habéis subido,
que no hay quien os comprenda.
Con esto le ha parecido
sin quien a decir que le entienda,
pues que yo no le he entendido.
Es, señora, un sentimiento
de mi voluntad perfecta;
mal haya yo si tal siento,
porque en esto soy poeta,
que cuando afirmo más, miento.
Éstos son los que en efeto
se meten en grande aprieto
por hablar a lo divino,
diciendo que es desatino
todo lo que no es conceto.
Quiérese Dalisa tanto,
que más de lo que exagero...
No dirás: miento cuanto.
Como a prójimo requiero.
No más, de tu amor me espanto,
y que burlas de mí creo.
Yo no, porque ya huyo,
contra quien hoy bien arguyo,
que siendo profano suyo,
ser más prójimo deseo.
Pag. 14
Mas dime, amiga, ¿es efeto
o de ser fantasma o sueño?
Lo que quisieres haré,
que eres mi bien y mi dueño.
Y seré tu dueño, a fe.
Salen Atlante y sus compañeros.
Aunque en faltar tan fuerte compañero
aflojó grande parte la esperanza
que prometía sacaros de cautiverio,
tengo de procurar tomar venganza
de aquel fingido amigo, o a la muerte
rendir el pecho, si esta no la alcanza.
El valeroso Héspero, que mi suerte
no pudo resistir el otro día
según era gallardo, diestro y fuerte.
Acobardó de suerte mi osadía,
que voy por todas partes con cuidado
no me encuentre con él, la dicha mía.
¿No es este que miro aquí arrimado?
Llamar pudiera triste mi ventura.
Ladrones son, a huir, que es acertado.
¡Huye, infame! aguarda, y tu locura
pagarás, traidor y fementido.
¡Ayúdame, Tireno, o muerte dura!
Pastora, no te aflijas, que es huido,
y si su agilidad no le valiera,
pagara su locura el atrevido.
Suplicote que aquesta mano fiera
abra este débil pecho por vengarte
deste a quien ha valido su carrera.
No imagines tal cosa, y de alegrarte
trata de aquí más, que juro por el cielo
de procurar tu gusto por mi parte.
Aunque un tan grande bien, a ninguno el cielo
puede satisfacer, habré de hacello.
En mirar su hermosura me desvelo,
y de aquella su prima el rostro bello,
después que vi el de aquesta milagro,
he podido en olvido suspendello.
No es posible que el cielo poderoso
acá tenga mujer más varia y mala,
ella es estrella y sino riguroso,
mirando estoy su talle, gracia y gala,
y mirándolo todo atentamente,
con mi solitario pensamiento iguala.
Posible es que mi pecho tal consiente,
no tal consentiré, pero ¿qué digo?
que más que esto me fuerza el accidente.
Digo que se consuele, dulce amigo,
le tomo como de su mano dado,
y que le estimo el cielo me es testigo.
¡Ay tal cosa, y qué presto se ha arrojado!
Y plega a descubrillo a la señora,
y por Dios, que quebró por lo delgado.
Pues cuando fiara más, que no el aurora
secándose tan presto con la causa,
la fe tornará en ceño al punto y hora;
y en recompensa de no ser tal carga,
tendrá sin mí un amparo verdadero,
y porque ya la escusa no se encarga,
vamos de aquí, Dalisa; creerlo todo quiero.
Vanse, y salen Ispán y Liseno.
Grandes cosas me has contado,
y enemigo, por cierto,
que con la una me ha muerto
y con la otra espantado.
Que Dalisa del ladrón
de ese modo fuese gustada.
Lo he sentido, casi nada
de enojos en comparación
de lo que, verdad, no excede.
Con qué ansia de veras,
que requiere y lo demás,
que ya inferirse desto puede.
Digo que entre sus brazos,
con regalados abrazos
y juntos boca con boca,
con buena y dulce fe
y con voluntad extraña,
mil veces entrañaría
cuanto ser pudo y goce.
Basta que de su mudanza,
más que de un furor de viento,
dar voces al sentimiento,
pues que no hay otra venganza.
Sale Glauco.
¡Oh amigos, Español y Liseno!
Parecéis bien suspensos.
Venid, Liseno, que de presto
me deis mi buena albricia.
Una cosa os contaré,
aunque sé, si la digo,
habiendo sido de amigo,
en ella os ofenderé.
Y pues cuando el sol hermoso
y a la bella aurora dejando,
salió alegre y alegrando
el ánimo más penoso,
debajo del alba, ya Lisa,
y desde un roble distante,
vi que estaba el fiero Atlante
abrazándose con Dalisa,
do hay amor, allí que asiste.
De ninguno el pecho frío,
que del dulce bien, Celio,
vela mi gloria y le dice,
ambas las manos trabadas,
cada cual su bien confiesa,
él la abraza, ella le besa
con palabras regaladas.
Viendo aquesta sinrazón,
creedme que a Atlante
fue la sangre de la cara
a cifrarse en el corazón.
El cual de aquel pasatiempo
estaba tal de cobarde,
que a llegar algo más tarde,
pudiera llegar a tiempo.
¿Qué tal hay, cielo santo?
A estar algo picadillo,
no escapara de sentillo
y riéndome tanto cuanto.
Pues de niño mal criado,
porque notéis lo que os hablo.
¡Vive Dios! buena moza,
y holgara verme a su lado.
Diferente es mi fuego,
entre veras y donaires,
pues con el mismo gentil aire
es mi ahincado fuego.
Agora vide, crüel, ingrata,
que es forzar a dar mi gusto,
y que no me parece justo
querer a quien me maltrata;
y a aborrecella me ofrezco,
concluyo el amor de aquí.
Pues no ha de quedar dormi-
do, desde luego la aborreces.
Pag. 15
Vanse y sale Libia huyendo de un león y tras ella Ábido.
Pues ¿qué? ¿No hay quien me socorra,
soldados míos, a los
enviándome algún dios
que esta bestia fiera corra,
y no con tanta desventura
aumentéis vuestra alabanza,
sabiendo de mis entrañas
mi temprana sepultura?
Bestia fiera y espantosa,
deja la presa gentil,
no me la eches a perder
en su sangre generosa.
¡Milagrosa confusión!
¿Y quién me dio tal ayuda?
Humilde a tus pies me he echado,
como apacible perdón.
Bien fuera de perdonar,
aunque ando a mi despecho,
roja sangre dentro el pecho,
venganza no reclamara,
los que aquesta cueva encierra,
bienes derramo en el suelo,
porque no vengo, al vuelo,
vengativo de la tierra.
Valeroso salvaje,
que yo no sé de otro nombre,
salvaje, dime: ¿eres hombre
o de divino linaje?
Que aunque pareces mortal,
tus actos y valor son
muestra y firme opinión
de que seas celestial.
No sé yo esotro, a fe,
aunque no es bien tal mente ,
porque en perseguir los hombres
no es posible que hombre sea.
Salen Héspero y Dantiso.
¿Por dónde el fiero león
fue, tras mi esposa querida,
por esta senda seguida.
¡Ah, notable perdición!
¿A qué le viste, Dantiso?
Yo le vi.
¿Qué fiero y encarnizado
le acometió por un lado?
Pero, verle muerto aquí...
¡Gracias os demos, los dos
cielos! Oh, mi bien se encierra,
pues faltando de la tierra
nunca me faltasteis vos.
¡Cuán altamente ofendido
deste paso de la muerte,
oh amado salvaje fuerte,
por mi salvador te pido!
De tan alto beneficio
ningún favor se me haga,
que para mí es harta paga
reiterar mi servicio,
y ved si algo me mandáis,
porque me quiero partir.
Pues ande presto a inquirir,
¿Si en algo no me ocupáis?
Pues idos seguros, y a Dios,
y de feliz suceso,
que os tengo amor excesivo.
Ojalá que el Padre eterno os oiga.
Vase Ábido, solos los dos.
Embelesado con fiera
pasión, Dantiso, que esta
de que no le vea, me pesa;
holgara que un hijo fuera
el que vido, sé que me asegura
tener a naturaleza
ser tan duro de cerviz
como por una desventura .
Ya ido el monstro airado,
gracias a Dios que se fue,
en viéndome así, pasmé,
cual de rayo tocado.
Dantiso hace bien de asombrar,
que es hombre y a nadie agravia.
Mejor se le alabe y fama
al que ama como a los hombres.
Pues aqueso, clara Libia,
despacha, no te entristezas;
deja bien esa tristeza,
que este es tiempo de alegría.
Con tiempo de tanta gloria,
Dantiso, ay, por que me aflijo,
pues que me representa un hijo
ddeste Alarbus la memoria;
que este es hombre de manera,
el cual, sin conocer padre,
ni dulces pechos de madre,
le dio pecho alguna fiera;
y en la desventura fuerte
del hijo, por quien me duelo,
pluguiera al piadoso cielo
darle la vida de suerte.
Posible será aqueso todo,
pues cuando le desataron
las fieras le regalaron
sin dañarle en ningún modo;
y pero aquese tirano,
de mi muerte deseoso,
al hado, que en el mar furioso,
le echaron con duro alano,
donde crueles océanos
sin salvar la triste vida.
No hay razón que aquesto impida;
sin duda en el mar murió.
Vanse y sale Glauco.
Vida, no me dais contento,
y ya me canso de ser pastor;
que a un rústico señor
humilla su pensamiento,
en desgracias del rey vivo,
y para ganar su gracia,
en fe de ajenas desgracias,
a Alejandría me apercibo.
A Gorgoni partir quiero,
y pidiendo lo seguro
en sus manos, luego juro
poner a Linia y Héspero;
y bien sé que indignados los,
mas también que del castigo
viéndolo dicho, le ruego,
luego me perdonará.
Vase y salen Atlante y Dalisa.
Pag. 16
Porque tu boca firme ablanda,
ídolo, amor, di que te acepto.
Mas se endurece mi pecho
cuanto el tuyo más se ablanda.
¿Qué te acuso? Tanto amor.
Buena lisonja a mi enojo.
Vaya, digo, a de la hoja,
a quien le dio la primer flor,
y pague de su ignorancia
del no tener satisfacción;
sepa es propio de ladrón,
sin que le valga en fianza,
no trate para tornar
volver allá las espaldas,
que le cortaré las faldas
por vergonzoso lugar.
Vase Atlante.
Vete tirano enemigo,
pero aunque eres insolente,
yo confieso el mal atento,
que este es del cielo castigo;
pero ¿en qué me enajeno,
por verme dejada ansí?
dejé de hacer para mí
a mi señor Don Tireno.
Salen Ispán y Liseno.
Liseno amigo, a mí me parece
y importa que se busque con cuidado
que darte remedio se ofrece
porque tan sin pensar has faltado
mientras el sol su rostro resplandece
con diligencia y paso acelerado
dentro del valle vuelta a la redonda
que importa mucho no te nos esconda
y de la senda yo con diligencia
a ti en pos voy por la otra a buscalle
y cada cual del otro en competencia
apresure los pies por alcanzalle.
Yo parto luego pues con diligencia
y pondré gran cuidado a ir a topalle
y para hacerlo bien de mis rebaños
con dos robustos mozos me acompaño.
Vase Liseno.
Sin duda que este infame fementido,
rompiendo de amistad todo el derecho,
de su esperanza vana persuadido,
a la ciudad se vaya al rey derecho,
y para restaurar lo que ha perdido,
fiando de nuestra suerte satisfecho,
no quiero perder punto en seguillo,
pues que me importa tanto el impedirlo.
Gente suena, ¿quién será?
Tireno me ha parecido,
a coyuntura he venido
si no me ha olvidado ya.
¡Oh, qué buen encuentro a fe
para impedirme bastante;
quiero hacer del ignorante
que ninguna cosa sé.
Tireno dulce querido,
no poco ha de aliviarlo
pues trae tanto de consuelo
que se encuentre apercebido;
en este martirio esquivo
mis prisiones fueron dos,
el alma cautiva en vos,
solo el cuerpo acá está vivo;
y toparos es ado diestro,
que guíe esta maña,
que salgáis como alimaña
a encontrar el cuerpo vuestro,
y desta afición en prueba
aunque a dar el aviso
el pensamiento voló
imaginando tal nueva.
Ha de estar hombre avisado,
bien entruda la raposa;
dígame señora hermosa
dónde el amigo ha dejado.
Bien hace ladrón fiel
que ha venido de enseñar,
pues almas quiere matar
mientras mata cuerpos él.
Pues no señora concluyo
para que mi gusto entienda,
que yo no quiero ser prenda
de quien tiene tanto suyo.
Tireno, ¿quién te ha trocado?
No soy el trocado yo,
el que a mí me trocó
de un estado en otro estado.
Quien tal de tu amor creyera.
Es de sabio muy mal
al de querer un leal
una mujer bandolera;
ya yo sé que su recato
no ha podido bien llegada,
te quisieran ser rogada
de ti toda franca plata.
Vete a Dios por otra parte,
que la lástima que llevo
es un favor que te debo
lo que no es justo pagarte.
Vase Ispán.
Deste tan justo desdén
aquesta verdad se sigue:
no hay mal que no se castigue
y que no se premie bien;
mas lo que espanta en efeto
y más mi tormento inflama,
es ver que publica fama
lo que estaba tan secreto.
Hoy me parte, ingrato Tireno,
aunque tan mal me trataste,
pues en lo que tu faltaste
sé que sobraba a Liseno;
yo le daré posesión
de mis cinco cabras,
y sé que apetecerás
viendo tu buena intención.
Sale Liseno solo.
No parece en todo el valle
aunque una vuelta he dado.
No bien el mal ha llegado
cuando el bien sale a saltalle.
¿Qué fantasma o blanda espesa
es el que tengo delante?
Paréceme que es Atlante,
sino de Dalisa antojo.
Bien será darle un picón
con un ceño y un desdén.
Ahora quiero hablalla bien
por una breve ocasión.
Cual milagro soberano,
Dalisa, en mi ignorancia,
celebro en tan breve ausencia
de las manos del tirano;
dadmelo, que pues llevo
el premio, mi bien, de veros,
si alcanzaren mis aceros
pagaré lo que le debo;
mas castigo no puede ser
ni debo para pagar,
que si me ha de pesar
viéndoos muero de placer.
Pag. 17
Porque en gloria tan crecida
el alma, que no creyó
a ver si era ansí, salió,
quedando el cuerpo sin vida.
En el centro de mi fe
Liseno puesto se está,
Liseno no trata ya
de dejarme, iré a buena fe.
Todos tenemos un ceño.
Es tan grande mi locura
que mi amor y fe procura
sabiendo que tengo dueño.
Loco, con aquesto no te ves,
vete, antes que en este aprieto
de las manos un defeto
te hagan valer de los pies.
Desdén bravo, desdén fuerte,
a fe que viene extremada
mujer de la vida airada
que amenaza con la muerte.
Reírme, Dalisa, quiero
de verte tan sin sentido,
que todo lo aquí fingido
recibas por verdadero.
Es el tiempo gran maestro
de allanar dificultades,
es archivo de verdades,
y de mentiras siniestro.
Y si reparan, do miran,
su común velocidad,
con una sola verdad
se descubren mil mentiras.
Esta verdad fue arte fuerte
para ponerte en olvido,
y aunque mucho lo he sentido
sintiera más el quererte.
Basta, bien vengado estás.
Dame, amigo, aquesos brazos.
Antes los haré pedazos
que tú los goces jamás.
Hágase el negocio aparte,
pues desque de veras hablo.
Déjame, mujer del diablo,
que yo no quiero abrazarte.
Qué bien un desdén fingieras,
calla, que me enojaré.
Por Dios y mi santa fe
que lo digo muy de veras,
y porque con tu pecado
yo dé disculpa bastante,
cuanto has hecho con Atlante
me ha sido a mí revelado.
Yo con Atlante enemigo,
plegue al cielo, si le hablara,
porque esto confirmara,
que es ansí más de un testigo.
El cielo que no consiente
sin castigo algún insulto
lo que a todos era oculto
hizo a los ojos patente.
A mí, oh Dios ciego,
aunque fue mi veneno,
que fue primero Liseno,
y que Atlante segundo.
Con esto vete, camina,
que yo corrido me siento
de haber puesto el pensamiento
en quien a tantos se inclina.
Vase Liseno.
Todo el mundo me desprecia,
y es justo a mi parecer,
pues común me quiere hacer
como mujer flaca y necia.
Vase, y sale Héspero, y Ispán.
No estoy bien con que Glauco no parezca,
que él sin duda cansado de esta vida
al Rey se ha fiado en el seguro
de restaurar su bien con su pérdida.
No ha quedado en el monte ni en el valle
cañada, matorral, cueva, espesura
que no haya sido de los pies tocada,
buscando este perjuro. Si esto es cierto,
y aun hasta los lugares con vecinos
he llegado a informarme, si por dicha
me dieren rastro de él, y no le hallando,
mas siente, que Liseno es el que viene,
y podrá ser que traiga alguna nueva
si es que en buscarle puso diligencia.
Entra Liseno.
Oh Liseno, seáis todos bien hallados.
¿Qué nos dices de él?
Que aunque me he desvelado
con la solicitud a mí posible
todos estos lugares comarcanos
no he topado quien de él diga lo cierto
hasta que, ya que el sol caía al ocaso,
en los brazos se echa de su esposa
y decirse que saca de él con lástimas,
topando un caminante que venía
de despachar negocios de la corte
después que le hube dado de él las señas
me dijo como ayer le había topado
y preguntado la distancia y millas
que hay de llegar a la corte, le retraían,
de do se infiere que él sin duda alguna
lleva derecho a ella.
Y si es llano
acudir al remedio lo que importa
pues que nos ha cabido en el negocio
y el vivir con recato nos conviene
con esto vamos luego porque es tarde.
Ay mil cosas de nuevo que contaros,
apercebíos Liseno.
Y otras tantas
tengo yo que deciros.
Y es acaso
acerca de la otra.
De la mesma.
Despacio contaremos, no os cuento
que sin duda es un mesmo pensamiento.
Jornada tercera
Pag. 18
Jornada Tercera, salen el Rey,
y Glauco, y Sicano.
¿Y que eso es cierto, Glauco?
Fiel testigo
soy, sacra majestad, de lo que digo.
Yo os doy libertad por esa nueva
que aunque me dé tristeza su memoria
de lealtad he visto clara prueba
digna de estimación y eterna gloria
y en tanta pena un grande bien me lleva
que es diferencia, que si pensé la historia,
huelgo que andes, pero encelada,
y no de Atlante cual pensé robada.
Y con amor paterno ya me inclino
a perdonar su loco atrevimiento
que en fin, espero, es caballero digno
de gozar a mi hija en casamiento
pero no tratar de esto determino
tomen en sus miserias escarmiento
que el estado que tienen es de suerte
que más que vida alegre, me es su muerte.
Mas dejando esto aparte, yo querría
por aliviar en algo mis cuidados
Pag. 19
salir a hacer alguna montería
de los montigueros osos y venados.
Su Majestad, en eso ha de acertarlo.
Pues puedes prevenir a mis criados,
porque mañana, con la fresca aurora,
a la caza se salga, que es buen hora.
Haré, supremo rey, tu mandamiento,
mas mándame dar por cuántos días,
porque pueda juntar manjares con tiento,
no nos falten por esas alquerías.
Un mes tengo de holgar mi pensamiento
para acabar de echar melancolías.
Harás que se provea con cuidado
para todo este tiempo buen recado.
Vanse, y sale Dalisa.
Fortuna, bastante muestra
has hecho en tu mudanza
de tu poderosa diestra;
cánsate de ser siniestra
contra mi flaca esperanza.
Baste todo lo pasado,
y pues el cielo ha ordenado
que trueque mi ventura,
que tu rueda se asegura
con tu curso acelerado.
Sé que soy flaca mujer,
y que este mal no se aplaca,
mas tras tanto padecer
flaqueza me ha de valer,
pues que siempre he sido flaca.
Venido ha el rey a cazar
a nuestro pobre lugar,
y entre tanto cortesano
no ha de faltar un vano
a quien yo sepa engañar.
Sale Sicano y Reso.
¡Qué vengo cansado, juro!
Molido el oso me deja.
Murió, en fin.
Yo lo aseguro.
Yo quiero hacer mi conjuro,
si el lobo está en la conseja.
Halle contra crueldad
en vuestro pecho piedad,
y no tenéis las entrañas
más duras que estas montañas,
ni sois de su calidad;
si sabéis qué es sentimiento
y acudís al mal ajeno
como en el propio tormento,
y si es bueno vuestro intento
como el parecer es bueno,
si es propio oficio del hombre,
porque le cuadre este nombre,
las mujeres favorecer,
remediad a esta mujer
y su lástima os asombre.
Cuenta, amiga, tu cuidado,
que a la fe de caballero
juro ayudarte de grado.
Yo juro por lo jurado
de ser en eso el primero.
En aquella insigne parte
que por su última aventura
dio fin de Alcmena el hijo
al mundo con nihil ultra,
de una tan ilustre rama
como, dicen, fue la suya,
el cielo me prestó al suelo
para ejemplos de fortuna.
Predijeron mi desgracia
mil prodigiosas figuras;
mi madre murió del parto,
eclipsóse el sol y luna,
escondiéronse los astros,
y de las nubes escuras
llovió abundancia de sangre
en lugar de clara pluvia.
Cantaron endechas tristes
las agoreras nocturnas,
al blando ruido funesto
el búho con la lechuza,
en lugar de la partera.
Vieron que una sucia furia
entre ponzoña y culebras
me puso en la negra cuna.
Dijeron los adivinos
que estas trágicas figuras
de la casa de mi padre
total perdición anuncian;
que de su muerte violenta
será causa mi hermosura,
y, en fin, que he de pasar
un siglo de desventuras.
Pasáronse unos y otros
sin que lo dicho se cumpla,
hasta que, habiendo llegado
a edad de mujer madura,
a mi padre le parece
que será razón aguda,
para atajar los efectos
que de mi causa redundan,
la fábrica de una torre
en un desierto apresura,
remoto de humanas gentes,
poblado de bestias brutas,
para que quede encerrada
en esta cárcel oscura;
con cantidad de criados
me va acompañando a mula,
a menos de dos jornadas
saliendo de una espesura,
que los contrarios son muchos
y dale el cielo ayuda,
muere el viejo con congojas,
permitiendo mi ventura
que en las manos de la muerte
hallase vida, aunque cruda.
Con la presa juntamente
me llevan a su espelunca,
donde el principal de aquellos
con afición me asegura;
mas yo, teniendo ocasión,
busco traza cómo huya.
Ofrecióme la noche
con sus sombras coyuntura,
y solo y cuando el aurora,
ni bien blanca ni bien rubia,
por el dorado horizonte
sale tras la noche oscura,
entre cabañas humildes
que ramos y yerba cruzan,
donde se halla más contento
que en los tálamos de un fúcar;
cercada de simple gente,
que, siguiendo la natura,
no sabe qué ropas use,
me hallé cansada y confusa
de felpa, randa y brocado,
y con esta vestidura.
Pag. 20
me dieron unas cabrillas
como por riqueza suma.
He vivido algunos años
en esta rústica espesura,
donde en fe de mi desgracia
he visto desgracias muchas;
si en vosotros hay nobleza,
pesar de ver ansí una
que despojó a Calixto,
no se iguala a esto Lucrecia.
Has hecho tu largo cuento
con mi gusto, tanta mengua
y en mi pesar tanto aumento,
que es fuerza falte la lengua
donde sobra el sentimiento.
Y pues en mí tanto puede,
deja que fortuna ruede
por donde quisiere ir,
que el tiempo te ha de decir
lo que la lengua no puede.
Aunque siendo en favor tuyo
de todo lo dicho fío,
y más de Sicano arguyo,
el ofrecimiento suyo
le puedes tener por mío.
Y porque sepas por fama
lo que mi lengua derrama,
soy de hidalgo la ley,
que en el palacio del Rey
serás estimada dama.
Con nosotros puedes ir,
y dejado ese sayal,
te daremos qué vestir.
No tengo más que pedir
pues quedáis sin animal.
Por la fe de caballero,
Sicano, que ya me muero,
¿qué es lo que de esto ponderas?
Que me pesa de que quieras
a mujer que tanto quiero.
Vanse y salen Héspero, y Espani y Libia.
En fin, el Rey ha venido.
Es cierto, y en el lugar
hoy dicen tiene de entrar,
y ansí está muy prevenido.
Por eso mucho conviene
que andemos con más recato.
Mil trazas conmigo trato,
y ninguna a pelo viene.
Pero en el ínter que una
que por importante alabo,
procuro llegar al cabo
en que está nuestra fortuna.
Del Rey y la corte huiremos,
haciéndolo con tal traza,
que cuando él esté en la caza,
nosotros en casa estemos.
Y en esto con gran cuidado
en guardarnos ha de bastar,
y cuando se torne a casa
salirnos a despoblado.
Este me parece corte
con que podremos vivir.
En todo os he de seguir
como quien sigue su norte.
Salvo que tengo pensada,
cuando con nosotros den,
para salir dello bien,
una traza y estremada.
Tan estremada que temo
que llegándonos a ver
el Rey, hemos de perder
del cuerpo el mejor estremo.
Tanto ha de ser el rigor
en aquel caduco pecho,
que ya el tiempo no haya hecho
lo que no pudo el amor.
Entra Liseno.
Bravo aplauso y regocijo.
¿Y de qué es?, porque, Liseno,
eso preguntas, muy bueno,
y a la fama no escondijo.
Llega el Rey hoy a la aldea,
y como a propio señor
con invenciones su amor
cada cual mostrar desea.
Hay danzas de mil maneras,
de espadas, de zapateado,
de lazos y de toqueado,
y en la plaza hay dos galeras
que con artificio extraño
cargadas de municiones,
tremolando los pendones,
en el aire se hacen daño.
Las calles de yerba amena
están que no sé decillo,
de jazmín y de tomillo,
de yerba santa y verbena.
Fuentes de tanta belleza,
y tan sutil artificio,
que desmienten de su oficio
la madre naturaleza.
A trechos arcos triunfales,
cargados por mil maneras
de melones, uvas, peras,
que parezcan naturales.
Y con un canto divino
los ánimos admirando,
van delante el Rey tocando
la gaita y el tamborino.
Mas de lo que más me espanto,
como nunca vi tal cosa,
ver cierta dama hermosa,
y del galán gentil tanto;
y diome gana de reír
ver que entre ellas una enana,
que solo en el ir tan brava
dejaba de ser Dalisa.
Tanto se le parecía
y van del Rey al lado,
y valió muy en grado
que casi Rey parecía.
En fin, esto se ha acabado.
Pues habíame de volver
sin a caballo le ver,
pues vámonos al ganado.
Todo esto me causa pena,
espero el cielo, que es justo.
Pienso que a tanto disgusto
ha de dar salida buena.
Vanse y sale el Rey con Dantiso.
Pues bien, el pueblo, ¿qué pide?
Señor, una pensión
que con la mesma razón
sea justa, compasa y mide.
Y es que mientras que vengas
Pag. 21
Otra vez por montería,
todas sus gentes un día
salgan una gran caza,
y ha de ver limpiar la tierra
de unos crudos salteadores
que a nuestros humildes pastores
roban y hacen cruda guerra.
Aquel Atlante es uno
en la tierra tan sonado,
que ni nos deja ganado
ni aun pastor ninguno.
Es el segundo un demonio
que en la figura de un hombre,
no hay ánimo que no asombre,
y no es falso testimonio.
Luego que se apareció
gran estrago y daño hacía,
aunque ahora todavía
parece que se cansó.
No es, rey, exageración,
por estos ojos le vi
no muchos pasos de aquí
despedazar un león.
Dádome has a fe deseo
de ver a aqueste salvaje.
Es monstruoso personaje.
Como lo dices lo creo.
Glauco, luego, pues mañana,
que el sol salga a ver la tierra,
toda mi gente de guerra...
Que cerque la montaña,
no quede en ella rincón
donde con grande cuidado
de todos no sea buscado
el salvaje y el ladrón;
y mira que te apercibo,
haya en la prisión concierto,
todo Atlante vivo o muerto,
pero el salvaje traed vivo.
Haráse, rey, de ese modo
con grande puntualidad.
Y la misma brevedad
quiero que se guarde en todo.
Vanse y salen Reso y Sicano.
Júrote por Dios, Sicano,
que me quiere más que a ti.
Digo que me adora a mí
por el cielo soberano.
Por su boca ha confesado
que yo soy todo su bien.
Pues por su boca también
mil veces bien me ha llamado.
Vive Dios que a mí me quiere,
y que eso otro es falsedad.
Lo que yo digo es verdad,
y por Dios por mí se muere.
Y hablando con más juicio,
esto solo a mí es debido,
por haber más acudido
a cosas de su servicio,
y cuéstame mis ducados,
mira si es bien que me quiera.
Si va de aquesta manera,
muchos me tiene gastados;
y no es bien armar pendencia
por lo que es hacienda mía,
que a mí paréceme sería
sobre cuernos penitencia.
Aunque el mundo se atraviese,
de mi parte mía será.
El desposado soy ya,
será mía aunque te pese.
Y a quien da en tan grandes bríos,
y tal contra mí barrunta,
de aqueste diamante punta,
es razón que pruebe el brío.
Echan mano, y sale Dalisa y dama.
Quedito, señores, paso,
porque os matáis de esa suerte.
Solo tu mandado es fuerte
para atajarnos el paso.
Sabrás que esta mohína,
sin que venga muy de atrás,
sobre a cuál de los dos más
tu amorosa fe reina.
Que le quieres dice Reso,
y solo ha de ser su amigo;
yo también lo mesmo digo,
y verá aquí nuestro proceso.
En eso yo me prefiero,
de luego en viva presencia
dar la debida sentencia
quiero.
¿A quién Dalisa más requiere?
¿Es acaso hazaña honrada
que ande al vivo parecer
la honra de una mujer
a ganarse por la espada?
¿Soy fácil en tanta suerte,
y a mi castidad infiel,
que queréis me lleve aquel
que me ganare por fuerte?
Venga mi vestido pobre,
que no quiero más grandeza,
fálteme siempre riqueza,
con que la honra me sobre.
Para mi grande deshonra,
en remediarme adquiristes,
pues por el premio lo hicistes,
más que por mi veras honra.
Vase Dalisa.
¿Qué dices de aquesto, Reso?
Que anduvimos mal los dos,
y tiene razón por Dios.
La mesma verdad confieso.
Ya todo mi bien perdí.
Pues teniéndole en la mano,
«júrote por Dios, Sicano,
que me quiere más que a ti».
¡A cuánto en el alma hiere
verte, amor, la variedad!
«Lo que yo digo es verdad,
y por Dios por mí se muere».
«Si va de aquesta manera,
muchos tengo yo gastados».
«Si me cuesta mis ducados,
será mucho que me quiera».
«Que no es bien armar pendencia
por lo que es hacienda mía,
que a mí paréceme sería
sobre cuernos penitencia».
Sicano, aquesto dejado,
a pedilla perdón vamos,
y en lo que más procedamos
con término más honrado.
Vanse, y salen Glauco y otros algunos huyendo de Ábido, y éntrense diciendo:
Huye, que baja furioso.
Aguarda, aguarda, insolentes.
Pag. 22
Probaréis si sois valientes
en el brazo poderoso,
y fácil os alcanzaré;
y vengará aquesta impía
si no es que venganza propia
mi palabra no estimará.
Cazarme queréis con redes,
no sabéis que tengo brazos
para hacella mil pedazos
cuando fueran de paredes.
No es posible, Sileno,
aunque os parecéis a mí
por lo que habéis hecho aquí
seáis hombre como yo.
Bien es que de tal me asombre,
pues no vio ofender de veras
unas fieras a otras fieras
como hace un hombre a otro hombre.
De tan extraña injusticia,
una gran ventaja siento
aquí de conocimiento
y en los hombres de malicia.
Algo me siento cansado,
quiérome ir a reposar,
que entre fieras he de hallar
lo que me han hombres negado.
Vanse, y salen el Rey y Glauco.
¿Atlante se prendió?
Sí, señor, fácilmente,
pero al salvaje valiente
ninguna fuerza bastó,
que de cuatro puntapiés
y sin valerse de los brazos
hizo mil piezas los lazos
y asombráronnos después,
si los pies no nos valieran.
Extraño brazo y rigor.
Ya alcanzar los cree, señor,
que tus vasallos murieran.
Provee gente bastante
que a su furia ponga espanto,
y agora en el entretanto
esté a buen recado Atlante.
Señor, déjame el cuidado
que muy bien le guardaré.
Grande gana tengo, a fe,
de ver este mostro airado.
Pues iré a prevenir gente
para tornarle a buscar,
que ya he sabido el lugar
donde está ordinariamente.
Vanse, y sale Sicano.
Agora, Reso, verás
con una prueba gloriosa
esta forastera hermosa
cuál de los dos quiere más.
Díceme que se corrió
de que su amor publicase,
y que se desengañase
Sicano dél pretendió;
y que fingió aquel desdén
para deshacer cabeza,
que quitada la sospecha,
suceden las cosas bien;
y para satisfacción
ha trazado de manera
que en esta noche primera
yo goce de la ocasión.
Mas como está recogida
en palacio como dama,
donde no puede sin fama
ser mi persona admitida,
quiere que la saque afuera,
resuelve mi voluntad,
y por más seguridad
ha de ser desta manera.
Un manto me he de poner,
porque si nos topa Reso,
no imaginando el suceso,
piense que es otra mujer;
y ansí no nos llegue a hablar.
Y también dice que quiere
que hasta que yo hablar la oyere
siempre tengo de callar;
que si hablando mi deseo
sin haber más fundamento,
se me ha de volver en viento,
como con mirar Orfeo.
Y para bien tan crecido,
todo me parece poco;
de contento, Amor, voy loco,
a salir apercebido.
Vase, y sale Reso puesto un manto.
Genízaro enamorado,
pues tengo tan cerca el punto
en que mi bien todo junto
tengo de ver alcanzado,
hoy me mandó mi señora,
como si hoy me disfrazase,
y a esta puerta la aguardase
poco menos desta hora,
y que la podría llevar
adonde me señalaba,
con tal que, mientras callaba,
yo no le había de hablar.
Diome mil satisfacciones
de aquel pasado desdén,
diciéndome, quiere bien
y otras mil tiernas razones.
Sale Sicano, puesto su manto.
Paréceme que la veo,
¡oh ventura y gloria extraña!
Si la vista no me engaña,
cumplido es ya mi deseo.
Quiero allegarme y tomarla
del brazo y llevarla luego.
De gozo voy casi ciego,
allégome y quiero hablarla.
Tómanse las manos y éntranse sin hablar, y sale Dalisa a una ventana.
Éste es el punto, sin duda,
en que mi justa venganza
anda muy en su balanza
y ya pide venganza aguda.
Aquí los quiero esperar,
que el áspide fiero tome,
adonde este arroyo corre;
dije me habían de llevar.
Pero si yo no me engaño,
estos son, por vida mía,
¡qué linda burla sería
si no hablasen en un año!
Pag. 23
Tornan a salir con sus mantos y asiéntanse, estando un poco sin hablar.
Que callan, la burla es cierta.
No es bueno; ¿qué da en callar?
La mañana ha de llegar
sin despertar esta muerta.
Seis horas ha. ¡Juro a Dios,
que esta mujer está muda!
Y enmudecido ha, sin duda.
¡Qué necios están los dos!
Primero lo dejaré,
si será bueno llamalla.
Tanto se detiene y calla,
que estoy en si la hablaré.
Esto es ya mucho tardar.
¡Ah, mi bien; ah, mi señora!
Alabada sea tal hora,
que habéis acertado a hablar.
Dadme mil dulces abrazos.
¿Quién es?
¿Es Sicano?
¿Es Reso?
¡Oh, qué donoso suceso!
Ya yo no quiero rebozar.
Por Dios, que es de extraño cuento.
La rabia me está abrasando.
Muy bien dijo quien hablando,
se me había de volver viento.
Reso, ¿quién te trujo aquí?
El diablo y esta mujer,
¿y a ti?
¿Quién había de ser
sino la mesma que a ti?
A estar aquí algún testigo,
bien nos pudieran quemar.
Tornan los dos a abrazar,
y apartallos me obligo.
¡Vive Dios, que esta ladrona...
Mira que a ser colérica,
cuando se le arranca,
una mujer es leona.
¿Pensáis que estaba olvidada
de aquel infelice día
que pusistes la honra mía
al arbitrio de la espada?
Conocedme por el nombre,
que aunque de fuerza rendida,
una mujer ofendida
mejor se venga que un hombre.
Quítase de la ventana Dalisa.
Doyte al diablo por mujer,
¿qué dirás de lo que pasa?
A quien nos da en qué entender.
De tales necias quimeras
pero hemosnos de vengar.
Que lo mejor es callar
y proceder como buenos.
Como quien tan mal nos trata;
es bien que antes que pase
ya ve, Reso, que la abrase
la furia infernal de Amata.
Deja aquestos embarazos
y vámonos, que ya es hora.
¡Ah, mi bien; ah, mi señora!
Dadme mil dulces abrazos.
Vanse, y sale Ábido.
Mientras que de los pintados pájaros,
en natural y contrapuesta música,
suspende el delicado y dulce cántico,
detiene el contrapunto en voz armónica,
el alabado ruiseñor que el ánimo
más rústico levanta y pone en éxtasi,
mientras que a solas el amado Céfiro
un murmullo hace en los hojosos árboles,
bastante a recrear un triste espíritu.
A la corriente de este arroyo frígido,
que nunca encalentaron rayos del Sirio,
por el amparo de este espléndido álamo,
quiero recrear el ánimo entregándole
a blando sueño por un breve término.
Échase a dormir, y sale Glauco con gente de montaña.
Durmiendo está, llegad con pasos fáciles,
quedamente, su furor no omitáis;
no sea de momento alzar válido,
y con el ramal mayor atándole,
llevaremos al rey la presa bárbara,
rendid este cuerpo fiero, Ábido, a los obstáculos ,
¡Cobardes! Que a un pecho magnánimo,
aun dormido prender con mano armígera...
Soltadme los brazos, luego acometedme,
y será el vencimiento más magnífico.
Atalde fuertemente por los muslos,
de manera que habiendo puesto límite
a su robusta fuerza y feroz ánimo,
le llevemos seguro y con estrépito,
de voces dando gracias al gran Júpiter,
y ofreciendo en sus aras tiernas víctimas.
Nunca veréis cumplido tal propósito,
porque estas ataduras serán frágiles
para impedir que del nudo gordiano
soltándome, pruebe el peso atlántico .
Soltad ahora, y con furor horrendo,
revuelva ya el bastón pesado y sólido.
Huyamos, pues, de su furor indómito.
¡Aguardad, aguardad, oh gente mísera!
Y veréis cómo aquesta diestra válida
os entrega a la muerte triste y pálida.
Vanse huyendo, y Ábido en su seguimiento, y sale Reso, Sicano, y Dalisa.
¿Esta es fuerza o voluntad?
No me persigáis, por Dios.
Primero, ¿a cuál de los dos
le tienes más voluntad?
¿Qué importa la que le diga,
si es fuerza y verdad no trato?
En no siendo bueno el trato,
morirás como enemiga.
Hacedlo, a quien diere gusto;
pero en esta buena duda,
tengo de ser mujer muda,
pues lo que pido es justo.
Y el mayor o menos daño
que con ambiguos favores,
caigamos, por tus amores,
de un engaño en otro engaño.
Yo no sé por Dios qué aguardes,
que infiera de tus encantos
que los que ayer fueron mantos
mañana serán albardas.
Dilo, que tanto nos toca,
y si luego no conoces,
mataréte.
Dando voces,
como si estuviera loca.
¿Qué dirás? Con embairse,
¡fementida, tu malicia!
¡Aquí del cielo, justicia!
¡Que me quieren dar la muerte!
Sale el Rey al ruido.
¿Qué ruido es este en palacio?
¡Ay, señor, grande maldad,
que de no estar tu majestad,
yo viviera poco espacio.
¿Era fuerza?
No, señor.
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Pero después de aqueso,
¿quién era?
Sicano.
Reso.
¿Quién era? ¿Tenía valor?
Por vida del rey, ¿qué trata
por... pero dilo, qué fue,
que yo lo remediaré,
no te detenga, arcana.
Sabe que Reso y Sicano
dicen que me quieren bien,
y fuérzanme. Diga a quién
de mi amor daré la mano.
Procuro lo rehusar
por lo que amo a mi honor,
esta es la causa, señor,
a que me quieren forzar.
¿Es ansí?
Sí, tiene razón.
Pues después que la rogáis,
decid, ¿qué es lo que intentáis?
Señor, gozar la ocasión.
¿Y tú qué dices a esto?
Que a cualquiera de los dos
que me entregáredes vos
daré de mi amor el resto.
Pero pues nobleza tengo,
ha de ser como a marido.
Eso, rey, es lo que quiero y pido.
Yo también en eso vengo.
Pues elige a tu placer,
pues tienes también en qué.
Término, rey, se me dé
para que lo pueda hacer.
Que mejor luego lo harás.
Sí, questa es buena ocasión.
Entre dos que buenos son
quiero escoger el que más,
y por mi alto quisiera
dilatallo algunos días.
Sale Glauco.
Ahora, pues que tú porfías,
hágase de esa manera.
Es imposible, señor,
el prender este salvaje,
que es terrible su coraje
y terrible su furor.
Con esta mujer me enrudece,
que es su talle de manera
que cual si la misma fiera
a Dalisa se parece.
De aqueste, Glauco, me admiro,
que en su talle y movimiento,
y en los mismos pensamientos,
la imagen de Libio miro.
¡Qué! ¿No hay a mi fuerza brazos?
Diose, señor, de questa suerte,
una maroma bien fuerte
hizo trescientos pedazos.
Por su cabeza un leño
recio, nudoso y pesado,
en la yerba verde echado,
rindió a las manos del sueño.
Llegamos toda la gente
y después que le amarramos
con la maroma, llegamos
a aquel con paso valiente.
Alegres en sumo modo
y pasmo viéndole asido,
cuando todo embravecido
sintió, y quebrólo todo,
y avanzando del suelo
aquella pesada maza,
nos siguió, dándonos caza,
desafiando el alto cielo.
Mas sus dioses soberanos
no se movieron tan fieros,
dándonos pies tan ligeros
para tan pesadas manos.
Ya, Glauco, te apartaría
que dudo tanta braveza,
que menos su fortaleza
que no mi cobardía.
Pero por esta no quede
de cumplirse mis deseos,
que parece caso feo
ver que un hombre tanto puede.
Y para esto sea pregonado
un pregón desta manera:
que trayéndome cualquiera
aquese salvaje vivo,
sin escetuar persona
que en esto a todos abono,
cualquier crimen le perdono
hecho contra mi corona.
Esa traza, rey, es tal
que mi prisión cierta ten,
porque yo tuviere en bien
lo que forzado hice mal.
Y espero con brevedad
yo mesmo a buscar iré,
y el remedio le diré
donde está mi libertad.
Y según es valeroso
y también su fuerza espesa,
si él no da fin a esta empresa,
su fin es dificultoso.
Y verá de aquesta hecha,
como premio recibida,
pues requiere mi venida
algún mal trato o sospecha.
Glauco, ya haces lo concertado,
y tú el escoger marido
después de tener cumplido
lo que aquí determinado.
Y mira que ya pasada
casi la parte mayor...
Vanse, y sale Héspero, y Ábido.
En este tiempo, señor,
el escogerle me agrada.
De veras lo has amado
que aunque mi gente enemiga
tantas veces te persiga
que hoy haya en ti confiado.
No eso me hace desvivir,
que lo que mi ley de cabra
es que sea a una palabra
que no debe cumplir.
Que a no dalla renuncia
si esta su fuerza tuviera
los que una vez se atrevieran
no se me atrevieran.
Y si huyeran de mi ciento
que para alcanzarlos, ciego,
llevara en las manos fuego,
y en los pies llevara viento.
Mas aunque tenga fiereza
cual de montesina cabra,
es firme mi palabra
que lo es su naturaleza.
Que se ofrezca más estraña
fiera de noble apellido,
el grifo mejor nacido
de cuantos engendra España.
Pag. 25
esta inclinación me altera,
y con ella también vuelo
a aquesta especie de cielo,
¡oh milagro de la tierra!
Entra Glauco.
¡Oh, cómo deseo topar
alguien que pueda informarme!
Pero por querer informarme,
aquí quisiera alguno hallar.
Pero, ¿qué me estoy cansando?
¿No es el que miro presente?
Y, si el ojo no me miente,
con el salvaje está hablando.
Cosa es nueva para mí,
mas ya podrá ser también
que quiera ordenar su bien
algún buen dios, por su bien;
nuevo os habrá parecido,
porque llego de rondar.
¿Tienes a darme la paz,
después de haberme vendido?
Eres aquel insolente
que, sin preceder injuria,
quisiste enfrenar mi furia
entre lides y entre gente,
para que me viese, solo,
que, si un ejército fuera
a quitárselo, él hiciera
sacrificio al mismo Apolo.
A Glauco, que bien te está
ese nombre de enemigo,
quien falta con un amigo,
dime, ¿con quién sobrará?
Muy bien tu lealtad se muestra
en tan no pensada ida,
pues, a mi costa subida,
solo por perder la vida,
quise, aunque fiado en el pregón,
pensaste atajar su daño,
quien fue cómplice en el llano,
no era digno de perdón.
Quien mostró flaqueza tanta
en el mal que menos era,
que intentara, si me viera,
con la soga a la garganta.
Pero no muevas el labio,
por quien fié de mi amistad,
la daré a tu falsedad
y será para mi agravio.
De la cólera en que cobras,
sale una regla derecha,
y es que una mala sospecha
deshace mil buenas obras.
Sin ninguna información
hallas para tal sentencia,
porque, más que mi inocencia,
ha de poder tu pasión.
Tu amistad es la que mal,
Héspero, prueba conmigo,
es razón que un firme amigo
piense de su amigo tal.
Porque en esto son perfetos,
aunque haga algún tiempo pausa,
no han de sospechar la causa
hasta venir los efectos.
Y en medio la operación,
creyendo que todo es antojos,
han de desmentir los ojos
y acreditar la opinión.
A lo que vengo, pues, digo;
y, si dudando lo afeas,
yo no vengo a que me creas,
sino a hacer obras de amigo.
De ver a aqueste salvaje
tiene el rey inmensa gana;
y, viendo no hay fuerza humana
que la suya no aventaje,
manda que luego pregone
que, llevándosele alguno,
no hay maleficio ninguno
que luego no le perdone.
Conociendo tu valor,
y que de oriente a poniente
no hay persona tan valiente
que lo pueda hacer mejor,
con gana de tu remedio,
vengo a darte de esto cuenta,
para que de tanta afrenta
salieses por este medio.
Pregunté al rey, si siente
al salvaje quiere velle;
no menos que para hacerle
gran capitán de su gente.
Porque en su opinión y fama,
se enamora de manera,
que, como si hijo fuera,
por él lágrimas derrama.
Mas pues que juntos los dos
estáis en tanta amistad,
este negocio tratad,
con esto, me voy a Dios.
Espera, Glauco ofendido,
principio de mi socorro,
porque, infinito, me corro
de ver que te has tan sentido.
Confieso que eres crisol,
según la muestra parece,
do la amistad resplandece
como envidia tanto el sol;
no culpes a la fe mía,
ni llames amigo malo,
porque el que está al pie del palo,
solo del cielo confía.
Pero del peligro exento,
sé que el haber escapado,
solo el cielo fue la causa
y tú solo el instrumento.
Gran prueba de tu valor,
pues creer no es cosa ajena,
que busco causa tan buena
el instrumento mejor.
Y tú, salvaje robusto,
¿qué dices de aquesto, di?
Que, pues tienes tanto en mí,
de mí haga a tu gusto ;
ya te dé su historia parte
que Atlante me contó.
Cada vez me ofrezco yo
caro, salvaje, encontrarte;
con aquesto, Glauco amado,
tórnate, vete con Dios,
y trataremos los dos
de lo que queda ordenado.
A Libia y mi amigo Ispán,
les daré de todo cuenta,
que, esperando alguna afrenta,
con mil temores están;
y del día que rey ya,
primero te avisaré.
Ese día aguardaré.
Pag. 26
dentro de poco será.
Vanse y sale el Rey, Sicano y
Reso, y Dalisa.
En fin, ¿se ha de decir
o hay aquí otra pendencia?
Delante tu real presencia
su elección ha de decir.
Pues quiérome yo sentar.
Tu gusto agora añadir
en esto. Su elegir
es a mi gloria pesar.
Terrible contrariedad
consiste la lengua desta,
pues viene de su respuesta
mi salud o enfermedad,
o verde esperanza mía
tu dicha, si hoy florece.
¿En qué, por qué te enmudeces?
¿Determinas tu porfía?
Sabelo, pero primero,
pues esto no es demasiado,
que en negocio tan remirado
a más testigos quiero,
que aunque en estar tú conmigo
no hay que temer desta vez,
eres tú en esto juez
y no puedes ser testigo,
y ansí, en ello por bien ten
pues a razón no va ajeno,
que haya con juez tan bueno
buenos testigos también.
Terrible mujer por Dios.
No os espantéis que esto es justo.
En todo se haga tu gusto.
Traed testigos los dos.
Pero aguardad, gente suena,
podría ser los que codicias.
Entra Glauco.
Dame, señor, mis albricias.
Mándolas dar, buena nueva.
El salvaje está a la puerta,
y quien le trae.
No te asombres,
¿una mujer y dos hombres?
Pues dales entrada abierta.
Pues voy muy alegre, y juro
ante de entrar, Rey anciano,
que juren cierto a quien allano
den palabra de seguro.
Pues obra, ves, les perdono
con mi poder infinito
cualquier crimen o delito
y de todos los abono;
y de cumplir lo jurado
otra vez afirmo y digo,
el santo cielo, testigo,
y los que estáis a mi lado.
Pues yo los voy a llamar.
Suspended lo comenzado,
que habiendo el salvaje entrado
lo podré mejor acabar.
No sé tanta dilación
en qué acaso parará,
parece que vienen ya.
Salen Héspero e Ispán, Libia, Ábido y Glauco.
No hay que dudar del perdón.
Ves aquí viene, señor,
el salvaje y con él quien
tras tanto perdido bien
cobra tu gracia y amor,
y tras tan atroces agravios
formó mi arrepentimiento
señor, tanto sentimiento
que quedan cortos los labios,
y no, sino es el encubrir
del trabajo que he pasado,
sino de haber agraviado
a quien debía servir.
Yo soy juez y testigo,
y confieso tanto mal
que un perdón general
no es de entender conmigo.
Aunque, teniendo advertencia
a lo más en mi favor,
dado grande mi error,
fue mayor la penitencia.
Mas, si no es esta razón
concluyente en mi disculpa,
pondrá, señor, la culpa
causada de la afición,
y, si dudar se propicia
porque tu pena me aflija,
mira bien que fue tu hija
cómplice en el maleficio.
Y, ejecutando a despecho
la pena de sus azares,
sin sangre derramares,
sangre será de tu pecho,
ninguna ley le condena,
antes al justo se iguala
quien saca la sangre mala
por que no dañe la buena.
Pero yo en aqueste error,
cobrando luego la llave,
quiero que el amor acabe
lo que no pudo el temor.
A todos tres os perdono.
Bien os podéis levantar.
Los pies nos manda dar.
Una voluntad abono.
¡Oh salvaje valeroso!
a mí puedes acercarte
porque quiero contemplarte;
fiero eres, mas hermoso.
¡Oh terrible confusión!
que señales a pedazos
son las que miro en tus brazos,
pasmado se ha el corazón.
O mi vista mal divisa
o yo no sé conocer,
Héspero o está a mi ver
la pastora Dalisa.
Como a mí a mí me parece.
Y a mí, a fe mía, también.
Que estos me miren con su bien,
algún daño se me ofrece,
porque si me han conocido
descubren todo mi cuento.
Entre pesar y contento
un temor me ha suspendido.
¿En qué te admiras, en efecto,
que ansí mi vista te pasma?
Que, o es sueño o fantasma,
eres, salvaje, mi nieto.
¿Qué dices?
Que este salvaje
a quien mirando me admiro
por las señales que miro
es mi sangre y mi linaje;
que cuando aleve mandé
a la muerte le entregasen,
para que no me engañasen
con ellas le señalé.
Pag. 27
Reso, llegaste a mi lado.
¿Qué me mandas, rey?
Di, ¿qué hiciste
del niño que me dijiste,
en el mar habías echado?
Puedote, señor, jurar,
que aunque el celo me hizo guerra,
más de una milla de tierra
le arrojé dentro del mar.
Dímelo, que en piedad
antepondré a mi rigor.
Pártame un rayo, señor,
si no te trato verdad.
Puede que este sea mi nieto,
por las señales no hay duda,
pero, ¿quién dio la ayuda,
cielos, de tanto aprieto?
Si lo habéis leído,
vosotros decídmelo.
Cuando le conocí yo,
era ya hombre formado,
y de que esto sea verdad,
es Atlante buen testigo.
Pues Atlante venga aquí,
con él, con brevedad.
Vase Glauco por él.
De que él es, no hay que dudar,
pues tantas las señales son.
Gozo de mi corazón,
pues yo te quiero abrazar.
Que no sin causa movido,
a tu padre, como a padre,
y a mí tan bien como a madre,
respeto nos ha tenido.
A todos nos da los brazos,
que de contento estoy loco.
Hijo, que te miro y toco,
aprieta más los abrazos,
esperándolo por Dios,
es el que vemos extraño,
tanto bien de tanto daño.
Solo falta el de los dos.
Sale Glauco con Atlante.
Es ya llegada mi hora.
No temas, Atlante, de eso,
que del contado suceso,
quieren que des cuenta hoy.
Sabes a qué te he llamado.
Glauco, señor, me lo ha dicho,
mas en tal caso mi dicho
por ninguno es reputado.
Aunque hay imaginación,
un cierto rumbo me ofrece,
de quien aqueste parece,
tendrá su derivación.
Dilo, que palabra doy,
en la fe de rey ungido,
de, si no fuere fingido,
perdonar tus culpas hoy.
Diez y seis cumplidos años
ha, rey, sin faltar ninguno,
que una tarde, que ya el sol
dejaba sin luz al mundo,
en la playa de Valencia,
ajeno de todo gusto,
lloraba mis desventuras,
globo de agua el monstruo rudo,
cuando con clementes olas,
un niño solo y desnudo,
arrojaron en su margen,
sin lesión ni daño alguno.
Lleguéme cerca por velle,
y vi que el pequeño bulto
ciertas señales tenía.
Señas de algún hierro duro,
diome extraña pesadumbre,
no tener remedio alguno,
para que el pequeño infante,
llegase a varón maduro.
Presto una hermosa cierva
por allí sus pasos trujo,
que llegando sin miedo,
cerca del niño se puso.
Acaricióle, lamióle,
y no sé con qué discurso,
dióle luego en la boca,
el niño bebió y chupó.
A ver en qué paraba,
aquel celestial recurso,
siguióle paso a su cueva,
y con el amor que pudo,
tornó a dalle de mamar,
y yo al cielo coadyuvo.
Con suceso tan nuevo,
tornéme luego a mis hurtos,
sin haber tenido más
recurso o rastro alguno,
a poco más de dos años,
creció un poco más robusto,
que para un paso más seguro,
este salvaje en un monte,
así como está velludo,
no viendo más de mi gente,
descubierto el rostro suyo,
cuando con extraños juegos,
un roble nudoso y duro,
de vernos en esta forma,
se admira y menos sañudo,
nos pregunta lo que es hombre,
porque nunca vio ninguno,
de que se infiere, señor,
que entre animales y brutos
se ha criado y heredado
dellos este ser robusto.
Esto es verdad, por Apolo,
y si en ello soy perjuro,
del gran Júpiter un rayo
llégueme al centro profundo.
De modo que tu relación
satisfecho me ha dejado,
que el haberte perdonado
no es bastante galardón.
Quien me da de nuevo vida,
¿qué mayor bien puede darme?
También este ha de ayudarme,
para que vaya perdido.
Siempre de mí alivia el celo,
aunque un trofeo más me vi,
que tenía presumí
tal madre, padre y abuelo.
Pues que ya juntos os veis,
el suceso peregrino,
con que en esto determino,
juntos quiero que aprobéis.
Digo que ya aqueste cargo,
y inútil, cansado y viejo,
como en hombres de consejo,
en él espero descargo,
y desengañado, en efecto,
que juréis por reyes quiero,
a la princesa y a Héspero,
y por príncipe a mi nieto.
Y pues tantos merecimos,
antes que de aquí partáis,
me decid si lo juráis.
Todos, sí, juramos.
Yo el poder y real oficio.
Pag. 28
Acepto, estimando aquí
la merced, señor, que en ti,
y en vosotros el servicio;
y con amor y temor
tendréis, juro aquí presente,
tú, rey, un siervo obediente,
vosotros, justo señor.
Y también considerando
tu ingenio y cuán bien le empleas,
quiero, Héspero, que seas
igual conmigo en el mando;
mas porque en vuestros servicios
os lleve el buen galardón,
quiero luego, que es razón,
repartiros mis oficios.
A mi fiel amigo Ispán,
primero en todo lugar,
será de la tierra y mar
mi general capitán.
Glauco, cuya fe sin tasa
es digna de un alto pago,
grande de mi reino le hago
y mayordomo en mi casa;
más cabida que le he dado
el rey Aliá tiene Atlante;
quiero que para adelante
se le restaure su estado.
Yo en nombre de todos juntos
esa mano, señor, beso.
Hácense a una parte juntos.
Resta Sicano y Reso.
Para salir desta prisa,
segundo enredo he trazado.
Aunque hasta agora he callado,
conocedme por Dalisa.
Dalisa, cómo tan dama,
apenas os conocía.
Huelgo de veros, ama mía.
Mujer de muy buena fama.
¿Qué dices, Ispán, por Dios?
Digo que es esta una dama,
que sabe mi fe, mi ama,
que ninguno de los dos...
Tracamandana os ha hecho,
el diablo la enseñaría.
Pues, caballeros, la mía
más de una es esa.
Sicano, sea tu mujer,
que no la quiero, por Dios.
No, hermano, llévala vos,
que no la he de menester.
De aquesa nobleza en pago,
que de hasta agora no he recibido,
puedes ser mi marido,
que mi camarera te hago.
A Sicano.
Pues concluyo este suceso
dando de mujer la mano.
¿No la quiere Sicano?
Pues a...
No la quiere Reso.
¿Qué hay de nuevo?
No te asombres,
ni te venga cosa dura,
que hay más de uno aquí que jura
si eres mujer o eres hombre.
Descubierta es mi mentira,
perdida del todo soy.
Espantado del todo estoy.
Pues, sacre rey, ¿no te admira
que para el librarnos d'eso
agora nos acordamos
que entrambos a dos juramos
un voto de castidad?
Sale Liseno.
¿No os parece cosa llana
que es terrible desafuero
que se case un caballero
con una mujer villana?
Esto no cabe en razón,
y aunque lo niegues y basta,
que ni es tan noble ni casta
como tenéis relación.
De todo haré mil testigos.
Mira si será acertado
que tenga un marido honrado
quien tuvo tantos amigos.
Que más carta es certeza
en lo del linaje bueno,
pues ha llegado Liseno,
él dirá de su nobleza.
La fama de aquesta historia,
Rey supremo, me ha traído.
Seas, Liseno, bien venido,
que estás muy en mi memoria.
Favor extraordinario.
Nada en palabras me alargo,
y ansí quiero darte el cargo
de hacerte mi secretario,
y danos satisfacción
si esta Dalisa es señora.
Es, señor, una pastora
de humilde generación.
Esto todo es acabado,
perdida soy al remate.
De marido no se trate.
Quítole lo que le he dado.
¿Posible es que tanto engaño
cupiese en una mujer?
¡Triste! ¿Qué tengo de hacer,
cercada de tanto daño?
Porque no vayas perdida
a buscar más perdición,
yo te señalo ración
para que pases la vida.
Dalisa, a mi parecer,
esta culpa tuya fue.
Término, rey, se me dé
para que lo pueda hacer.
Pues ¿no quisiste primero
a mí? Pues agora a un lado,
que un negocio tan honrado
que haya más testigos quiero.
Ingrata, ¿por qué porfías?
Y ansí das en ser mísera.
Por mirallo bien quisiera
dilatallo algunos días.
En esto que oyendo estás,
Dalisa, tienen razón.
Entre dos que buenos son,
quiero escoger el que más.
Yo no quiero más venganza,
Dalisa, de su pecado.
Bravamente me he vengado.
Acabada mi esperanza.
Por no acertar a topar
una de tal pensamiento,
hago al cielo juramento
de en mi vida me casar.
En eso propio me fundo.
Yo en lo mesmo.
También yo.
Ni me caso.
Doy mi no.
No lo haré por todo el mundo.
Esto es hecho, vámonos,
rogando con limpio celo
que nos libre acá en el suelo
de tales hembras a Dios.
Es historia verdadera
que en España sucedió.
Pag. 29
Poco después que perdió
Troya su forma primera,
este rey, aunque guerrero,
fue en lo futuro remiso,
pues que casar se no quiso
para dejar heredero.
Y ansí faltando sus manos,
del reino, de forma extraña,
hubo de venir España
a poder de los romanos.
Pero fue entre aquellos reyes
su fama y su gloria sola,
porque a la gente española
sujetó a vivir con leyes.
Después saliendo a la sierra,
aun a bestias puso ley,
sujetó en el yugo y grey,
y enseñó a labrar la tierra.
Fue en España, en fin, un sol
que jamás se vio nublado,
y digno de ser llamado
el milagroso español.
FINIS.
