testo digitale di El mayor mágico el diablo
Data di pubblicazione: 22 agosto 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mayor mágico el diablo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-mayor-magico-el-diablo.
EL MAYOR MÁGICO EL DIABLO
Pag. 1
Don Félix de Guzmán
Doña Justa, hija de don Alonso
Don Sancho Herrera
Doña Juana, hermana de don Pedro
Don Pedro Gutiérrez
Florina, criada de Justa
Don Alonso Henríquez, barba
Roseta, criada de Juana
El demonio
Corregidor
Chufleta, gracioso
Ministros
Arnero, viejo
Cuatro ciegos
Jornada primera
Al ruido de tempestad se descubrirá una gruta lo más oscura que ser pueda, donde estará el demonio que dice lo siguiente:
Jornada primera
Pag. 2
Sale.
Estancia tenebrosa
en que la noche oscura,
(sin que conozca día)
nunca con luz, y siempre pavorosa
la lobreguez se ostenta en tu espesura,
permite a el ansia mía,
que salga de tu Abismo
(pues mi rencor no sale de sí mismo)
con ira, con desvelo,
a mover nueva Guerra, a todo el Cielo;
cuando con asechanzas, con furores
con penas, con rigores;
dilataré mi Imperio, sin segundo,
o quién pudiera, trastornar el Mundo,
y acabar de una vez, con los Mortales!
mas mis Ansias fatales
prevengan, su venganza
cuando, del triunfo, tengo la esperanza,
en esas Criaturas;
Ea, Abismo, Victorias, asegura,
con quien; pero pues ya la lid empieza,
principio dé a su engaño mi fiereza;
Salen D. Félix, y Chufleta apresurados con las espadas desnudas, en la mano.
Corre señor, si no quieres
que aquella maldita fiera
nos agarre, entre sus uñas.
No tanto amigo Chufleta
hoy me valgo de la fuga
que en estos lances, alienta;
cuanto porque ya a el ocaso
va el sol, y no hallamos senda,
por donde salir logremos.
a el Camino.
Suenan Instrumentos.
Bueno fuera
que sobre descaminados,
no encontrásemos vereda
para hallar, algún Camino.
pero ay! que Música es esta?
si habrá cerca algún poblado,
o las Lechuzas solfean,
porque ya viene la Noche.
En confusiones como estas
no sé Chufleta, que diga.
Yo sí, pues sin duda es selva
de D. Quijote encantado
de Amores de Dulcinea.
Calla y escucha.
Ya callo.
y callaré, aunque me mueran.
Pag. 3
Cantan dentro.
Al dueño que heroico
nos manda y gobierna,
y es árbitro noble
de monte y valles, de riscos y selvas;
tributen ofrendas
el prado con flores,
la fuente con perlas,
el viento con auras,
el ave cadencias.
En montes y en valles, en riscos y en selvas.
¡Ay, señor! ¿Qué dices de esto?
No sé qué decirte pueda
cuando más tengo remotas
noticias, qué sitio sea
aqueste en que nos hallamos;
como que tampoco sepa,
haciendo oscura la noche,
en lobreguez tan estrema,
seguir de este acento el norte.
¡Cuánto va que esta es culebra
de la fiera que nos sigue!
Señor, mira que se acerca,
que me come, que me engulle.
Sale el demonio acercándose a ellos.
Vana ilusión de la idea
que con ficciones pretendes
probar mi valor, en esta
cuanto lóbrega mansión,
cuanto inhabitable esfera,
quien eres ruego me digas,
pues aunque su dueño sea
el demonio, aun al demonio
en tal lance no temiera.
No dudo, joven gallardo,
de tu valor, pues que llegas
a penetrar de estos bosques
las enmarañadas greñas;
si por lances de fortuna,
cruel destino te lleva
peregrino de tu patria,
a buscar en las ajenas
tu asilo, seas bien venido
a domicilio en que tengas
quietud, alivio y descanso;
conociendo por mi ciencia
que algún empleo amoroso,
aunque con fortuna adversa,
es causa de tu desvelo;
pero lo haré de manera
que veas cuanto en tu empleo
le debes a mis finezas,
siendo tu amigo del alma.
¡El diablo que te creyera!
Señores, por aquí todo
está apestando a pajuelas.
Pag. 4
¿No me responde?
Suspenso,
sin saber cómo agradezca
tal favor; sin expresarse
esta vez se halla mi lengua.
Pero no sabré a quién debo,
señor, honra tan suprema,
que la goza, y duda el pecho.
Él representando, y cantando la música.
Por mí a responderte vuelva
de las sonorosas voces,
repetida la cadencia;
que voy.
El árbitro noble
de montes, y valles,
de prados, y selvas.
Amo mío, cuanto antes
salgamos de esta espesura.
Dices bien, obre el destino,
y lo que viniere, venga.
Pues ya que a venir conmigo
te determinas, en prueba
de mi amistad, te prometo
no faltarte en cuanto sea
de tu gusto; y que consigas
cuanto discurra tu idea;
y para que reconozcas
cuanto mi afecto interesa
en servirte; desde luego
haré, que imposibles veas,
en tu obsequio, ejecutados;
sígueme...
A Chufleta.
Que te obedezca
es preciso, ven conmigo...
En tanto que entran, y vuelven a salir se descubre el frontis de un palacio; en cuya fachada interior habrá una escalera suntuosa, lo más bien imitada que ser pueda, por la que subirán a su tiempo.
¡Ay, desdichado Chufleta!
Mucho será si con este
hombre el Diablo no te lleva.
¿Viste, Chufleta, en tu vida
otra fábrica, más bella?
Tanto me parece hermosa,
como tiene de soberbia.
Señor... o amigo, pues dudo
el trato que daros deba.
¿Qué soy, si porque agradecido
a tan heroicas finezas,
por dueño os aclame el alma?
El que solamente intenta.
Pag. 5
que logréis descanso ahora
de la fatiga, que es fuerza
tengáis de vuestro camino;
advirtiendo, que en la esfera
que estáis, no habrá pasatiempo,
sarao, delicia o fiesta
que no logréis, bien que alcanzo
(como os dije) por mi ciencia,
que de amor, algún empleo
feliz os desasosiega;
mas descansad, que os prometo
tomar a mi cargo, vuestras
fatigas, pues como propias
las miraré de manera,
que en todo os halléis servido.
Dejad señor, que os merezca
a vuestras plantas.
Qué hacéis?
Aparte.
Yo estoy a vuestras soletas
aunque huelen a sudor,
de azogado en mi conciencia.
Y estaré siempre apartado
de ti cuatrocientas leguas.
Hola....
Salen por cuatro escotillones, cuatro etíopes con hachas, quienes los acompañarán, cuando suban la escalera.
Señor.
San Cirilo
San Leme, Santa Coleta
aquesos, o son demonios
o flamencos de Guinea.
En la atención, el cuidado
el regalo, y la obediencia
asistid siempre a mi amigo
como a mi persona mesma.
Aunque en tan no visto caso,
suspendida, mi potencia
tengo, dejad, que os pregunte
qué clima es este? qué tierra
tan ignorada, de mí,
pues nunca de vos, ni de ella
tuve noticia?
Ni yo;
que truchimán de la legua
medio mundo, he caminado
desde Madrid, a Vallecas.
Suben.
Ya llegará tiempo en que
responda a la duda vuestra
de quien soy, y qué remoto
ignorado clima sea
en el que os halláis ahora;
nada hay Don Félix, que os mueva
a temor; venid.
Aparte.
Ya os sigo
no sé qué el alma recela
Pag. 6
No sé qué me está diciendo
saturnina mi mollera;
y ¿no veis? ¡y a los dos
dos mil demonios, nos llevan!
Desaparécese todo; y se muda el teatro en un cuarto de casa; con varias pinturas, y papeleras, taburetes, y mesa con libros, y papeles, y don Alonso en actitud de escribir, que dice lo siguiente:
Gracias a Dios, que he logrado
después de tantos azares,
de disgustos, y pesares
verme, desembarazado.
Todo por bien empleado
lo doy, pues no hay que me aflija
que de un viejo, es muy prolija
hija en casa, y por casar,
y si estado, ha de tomar
vaya a un convento, mi hija.
Una vez en religión
no le toca, a mi interés
inquirir, si es o no es
perfecta su vocación.
Bien sé que mi condición
injusta, a Justa atropella;
mas mi continua querella,
ha discurrido, que no
pudiendo, guardarla yo,
la guarde un convento a ella.
Darla clausura encerrada
no sé si con gusto queda,
en tanto, que Justa pueda
el hábito recibir;
así logro prevenir
remedio, a su genio altivo,
pues de la ocasión, la privo
de que otro estado eligiera,
y al menos, cuando se muera
qué importará, si lo vivo.
escribe hacia
Sale Arneta.
En la sala principal
que hacia la otra calle pasa;
se hallan don Pedro Gutiérrez
con doña Juana, su hermana;
que dicen, que de hablarte
les des licencia.
Prepara
luego, unas sillas, y que entren
en buen hora, a esta su casa
a honrarme, con sus favores.
A fe, que la doña Juana
tiene en la vista, mil pulgas
que me pican, y me abrasan. +
Pag. 7
Salen don Pedro Gutiérrez y doña Juana dados las manos, y Florina, criada.
Vuestros gustos, don Alonso,
permitid que se repartan
entre los que profesamos
amistad.
Cuantos alcanza
mi fortuna, son muy vuestros.
El motivo de que haya
de elegir mejor estado
mi querida Justa, es causa
de daros la enhorabuena
mi hermano y yo.
Con el alma
enhorabuena y visita
agradezco, y duplicadas
gracias os rinde mi afecto;
porque ya no hay circunstancia
que falte para mi gusto,
pues en vos, y en doña Juana,
aceptaciones merezco
de la elección acertada
de mi hija doña Justa.
Bien, que en condición tan varia
como la suya, ha podido
ya el halago o la amenaza
convencer su duro genio;
pero ya libre se halla
mi temor de tanto susto,
pues presto a tomar aguarda
hábito de religiosa;
si en la clausura a encerrarla
se anticipó mi desvelo.
Aparte.
¿Qué decís? Cielos, ¡qué ansia!
¿Luego no con gusto suyo
el estado, cosa es clara,
de religiosa pretende?
Aparte.
Que no me entendáis extraña
mi amistad, digo que ha sido
su gusto, en que anticipadas
sus alegrías se gocen,
siendo mi hija la causa
de vivir en la clausura.
Antes, ¡por Dios!, miente el alma,
que mi ambicioso designio
fue el motivo.
Vuestras canas
creo que habrán discurrido
mejor, aunque hay circunstancias
en que no siempre se acierta;
bien que a tan justa acertada
elección, no hallo reparo.
Ya la tendrá bien mirada
mi querida doña Justa.
Aparte a ella.
También, como tú, reparas.
Pag. 8
a Don Sancho, tu querido,
que en zaguán y esquina se halla
mirando al sol boquirrubio,
hecho por ti un papamoscas.
Calla, necia.
Bien está
que las verdades amargan.
Sentaos, amigo Don Pedro;
vos, señora Doña Juana,
tomad asiento.
Os suplico
que antes que más tarde se haga
nos deis licencia, pues tiene
que hacer mi querida hermana
precisa una diligencia.
Licencia de acompañarla
me tomaré, si gustáis.
Yo estimo la cortesana
atención vuestra.
No más,
Don Alonso, en vuestra casa;
os suplico que os quedéis.
Dejad, señor, que salga
hasta la escalera.
Sea lo que gustareis.
Aparte.
Vanse.
¡Ay! Ansia,
no vuelva a encontrar a Sancho.
Con mi hermano, acompañada,
para que a mi amor no sea
mi suerte siempre contraria...
Sale Doña Justa y ha de haber unas vistas imitadas a las de los conventos de monjas, que miran a la calle.
¿Qué me quieres, pensamiento?
¿Cuántos afanes están
lidiando siempre contigo,
que conmigo han de acabar?
Ciega pasión, ¿hasta cuándo
enfurecido el volcán
de tu incendio, así en mi pecho
amoroso, ha de durar?
¡Ay, Félix! Ya no es posible
verte, ni quererte ya,
pues muerta yace viviendo,
forzada, mi voluntad.
Pero, ¿qué digo, pues contra
a ti me olvido? A pesar
de una continua fineza,
de un siempre fino adorar,
de un querer siempre constante,
y de un amoroso afán,
mas, ¡ay!, pensamiento mío,
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Al irse a echar por la ventana sale por ella el Demonio, quien la detiene.
¿Adónde volando vas,
Ícaro al sol, sin que veas
que te puedes despeñar?
Vuelve pues, vuélvete presto,
repara en qué estado está
la infeliz Justa, entregada
al rigor de una crueldad.
Mas ya no tiene remedio,
fuerza es al vaso apurar,
de una vez, todo el veneno;
y pues que sin voluntad
encerrada en tal clausura,
para no verte jamás,
ingrato Félix, estoy.
De una vez he de lograr,
de ti y de mí, la venganza,
cuando tan lejos estás
de oír mis tristes suspiros;
y muera yo de adorar
a un cobarde dueño ingrato.
Muera también para dar
el gusto a un padre cruel;
y en tan nunca visto mal,
sin remedio para mí,
sea el único acabar
a manos de mi desdicha;
y pues me ofrece fatal
caída aquesta ventana,
de ella me he de despeñar;
para que acabe mi vida
y muera por ser leal.
Aparte.
Tente, mujer, advierte,
mira lo que ejecutas,
que si la vida acabas
consigues nada, y todo lo aventuras.
(¡Oh, pese a mí! que pudiendo...
lograrla en tanta angustia
desesperada, el cielo
hoy me la quita, para hacerla suya).
¡Ay de mí! ¿Cómo, cuando,
hombre, yo estoy confusa
sin verte; yo estoy muerta,
ansí has podido entrar en la clausura?
Aparte.
Como quien más te adora
quiere que atento acuda
para tu alivio, pronto;
¡oh, si ansí se lograsen mis astucias!
¿Pues quién a mí me quiere?
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Pues ¿cómo tuvo duda,
cuando Félix tu amante
para librarte, nada dificulta?
Sobresaltado el pecho
ni aun ahora, alienta.
Sosiégate.
Es en vano.
Atiéndeme.
Ya atiendo.
Pues escucha.
No ignoras, hermosa Justa,
que venenosos los celos
áspides son, que atormentan
introducidos, al pecho.
Dígalo Félix, tu amante,
pues cuando fino y atento
era adorando tus luces
girasol, de sus reflejos,
no faltó vapor al aire
que empañase el candor terso
entre tú y él; mas no para
deslucir amor tan tierno.
Dejo aparte las fatigas
de tu padre, los desvelos
para estorbar cuidadoso,
que nunca tener efeto
pudieron, vuestras firmezas.
y vamos, a que violento
el acero, de don Félix,
dio la muerte, a el que soberbio
de tu singular belleza,
pretendía, ser el dueño.
Y discreto, recelando
la venganza, de sus deudos
fue preciso retirarse,
cuando tu padre temiendo
el deshonor de su casa
con halagos lisonjero,
con amenazas, furioso,
te obligó, a que desde luego
dijeses; como querías
ser monja, en este convento.
Y en tanto que prevenía
para el día los festejos,
que en tales casos, se estilan
tomó, por seguro medio,
que de seglar estuvieses,
bien que sabiendo su intento
por don Félix; no ha perdido
la esperanza de que el tiempo
mejorará, su fortuna
y más, cuando un verdadero
amigo, que bien le quiere;
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Como noble y caballero
le asiste en cuanto desea,
desde que un día perdiendo
la senda en un bosque, fue
de un terrible animal fiero
seguido, a tiempo que ufano
a su domicilio mismo
le llevó, donde le tiene
de huésped; mas su desvelo
amoroso (como siempre)
vive en ti como en su centro.
Dispuso que yo viniese
buscando algún modo o medio
de verte o hablarte, cuando
las ventanas advirtiendo
de esas vistas, y que yo
(soy para saltos ligero),
llegar pude a tiempo que
sin mirar en tu despeño
te arrojabas, cuando yo
pude evitar este riesgo.
Y así, hermosa doña Justa,
premia a don Félix, extremos
de amor admite en ofrenda,
sus amantes rendimientos,
paga la fe más constante
en el más heroico pecho;
que lo que alienta esperando
es cuanto vive muriendo.
Hombre, ilusión o fantasma,
que con lo que estás diciendo
vas cada instante aumentando
nuevas dudas a mi pecho.
¿Cómo es posible? (¡Qué pena!)
que Félix (¡Qué sentimiento!)
se acuerde (¡Muero de pena!)
de mi amor. (¡Toda soy celo!)
Cuando tardo en las finezas,
cuando tibio en los afectos,
sin expresión en el labio,
sin acción en el aliento,
se ha mostrado, vil amante,
ingrato y mal caballero,
dando lugar que mi padre
cumpla ambicioso el deseo
de impedir tantas finezas,
de estorbar tantos afectos
en los dos comunicados
a costa de tantos riesgos.
Vete y dile a ese engañoso
amante que el escarmiento,
a pesar de mis suspiros,
siempre conmigo le tengo;
que no creo sus lisonjas
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cuando ya seguro puerto
en su sagrado, me ofrece
la clausura del convento.
Vete, ¿a qué esperas, qué aguardas?
A decir, que esos extremos
de rencor, no los merece,
don Félix tu amante tierno.
Vase.
Vete, o romperán mis voces
de aquesta esfera el silencio.
Pero huir medio es seguro;
No será seguro medio;
ea, espíritus impuros
pueblen la esfera del viento
bastardas sombras; la noche
usurpe sus lucimientos
a el día, y en torbellinos
de obscuros vapores densos,
todo sea horror, estrago,
ansia, suspiro, y lamento;
porque en tempestad furiosa,
tema el mundo, admire el cielo,
de mis furias, las venganzas,
de mis iras, el trofeo;
a Félix, y a su criado,
me conducid, a este puesto
para ser de Justa ruina,
los que juzgo vencimientos;
Bajan en una nube como abrazados, Félix, y Chuflera, con obscuridad.
¿Qué es esto, divinos cielos?
Amo de mi alma, ¿qué es esto?
o me llevan los demonios
o voy a ser en un vuelo
tordo de algún campanario.
Con la obscuridad, no vemos
en qué sitio nos hallamos.
Yo puedo decir lo mismo,
pues como estamos, a obscuras
lleve el diablo lo que veo.
Calla, loco.
Cuerdo callo.
Mas vive Dios, que de miedo
se sahúman mis calzones,
y que no huelen a incienso.
Con mil confusiones lucho
cuando sin luz, solo tiento
unas paredes desnudas;
Se acerca al Demonio, que le agarra y pega.
Yo solo por aquí huelo
una cosa necesaria.
¡Ay Señor, san Nicodemus!
¡Que me agarran, que me cogen!
¡Que me pegan, que me han muerto!
¡Señor, que aquí andan los diablos!
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Calla, loco, o vive el cielo
que te mate...
Bien matado
estoy de todos los miedos.
Ven acá, ¿hasta en este instante
no estábamos en el bello
alcázar, entretenidos
con el noble caballero
que es dueño de su homenaje?
Es verdad, pero me han hecho
tanta burla, que parece
que él es un grande hechicero;
o que hay duende en su casa.
Pues me dijo, bien me acuerdo,
era maestro en la ciencia.
Éste será algún enredo
de los suyos.
¡Quién pudiera
decirle en el lance estrecho,
en que estoy!
Félix, amigo.
Echa la mano a la espada.
¿Quién va? ¿Quién es?
Cepos quedos.
Quien a todo trance tuyo,
es hoy, y quien ha dispuesto
lance, en que ufano, y alegre
logres todos tus deseos.
Es el dueño a quien sigo.
Y soy tu amigo y tu dueño;
no te mueva, oye y calla.
Seré un mármol en silencio.
Por la parte donde está Félix, sale Justa poco a poco, y dice.
Tropieza con Félix y se desmaya.
Si es el remedio de un triste
la soledad, y a mi pecho
al retiro de las vistas
viene buscando el remedio;
¿cómo es posible que hubiese
tan arriesgado y soberbio
hombre, que escalar osase
las murallas del convento?
Y como de mi memoria,
no se aparta aquel veneno
suave de sus palabras,
explicándome lo tierno,
y constante con que Félix
me adoraba, con extremo,
¡ay, Félix!, y ¡quién pudiera
pagarte tantos excesos
de amor! Mas ¿quién está aquí?
¡Valedme, divinos cielos!
¡Ay, Dios! La voz es de Justa.
Si no engaña a mi deseo
la ilusión; mas no, que es el alma
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ha introducido su incendio
niño Amor, porque en su llama
todo lo abrasarme siento;
¡ay, a mí, que me abraso!
¡ay, a mí, que me quemo!
y al contacto de sus brazos
es un volcán cuanto aliento;
sin que el aire de un suspiro
logre apagar tanto fuego;
amigo, a las singulares
finezas que te confieso
haz apresurar el día,
por ver el hermoso objeto
de mi amada, noble Justa.
Don Félix, ya te obedezco.
En la lontananza se descubrirá una playa de mar, y en su horizonte, saliendo el sol; en medio una concha vistosa con dos asientos; y a los lados cuatro nin- fas, sobre cuatro delfines, todo con la mayor propiedad posible.
Ya al desplegar los dorados,
brillantes rayos de Febo,
con otro sol, en mis brazos
más venturoso me veo.
Mas, ¿cómo alienta mi vida
si está mi bien sin aliento?
¿Justa mía?
Vuelva.
¿Quién, mas cómo?...
Estoy aquí, ¿qué estoy viendo?
¡Qué admiración, o qué asombro,
qué ilusión, qué sombra o sueño
es la que contemplo, absorta!
¿No estaba ahora en el estrecho
de la gruta? ¿Cómo ahora
en otro espacio me veo?
¡Ay, adorada hermosura,
esto es mostrar el afecto
del amor con que te adoro!
¡Ay, Félix, si es verdad esto,
mucho te deben mis ansias!
¡Ay, Chufleta, cómo creo
que esto es marchar con tu amo
poco a poco a los infiernos!
A este caballero amigo
todos los favores debo
que miras.
Pues a mi alcázar,
porque no se pierda tiempo,
vamos.
¿Por dónde nos llevas?
Por el mar, en ese bello
volante, que es en sus ondas
concha de la mejor Venus;
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siendo de parar la seña
cuando dicen los acentos;
Llega la concha a la orilla, y entre tanto, que toman asiento, Félix y Juturna, tirándose poco a poco, canta la música.
A surcar, a surcar
en las ondas, amantes deseos.
A surcar, a surcar en bonanzas,
placeres contentos.
Formen la salva
clarines, guerreros,
llevando las auras
sonoros, los ecos.
Ruidosos Tritones
los formen, obsequios
por ver en sus mares
heroicos sus dueños.
Festivas Nereidas
los rindan, a un tiempo
alegres, del golfo
mayores festejos.
Así cuanto incluye
el mar en su centro
tribute en tesoros,
festivo y risueño.
Gozándose en dulce,
feliz himeneo,
el día que amantes
coronen su afecto.
A surcar, a surcar, en las ondas,
amantes deseos.
Canta.
Representa.
¡Ah, señor! ¿A mí me dejas?
Mira que solo me quedo
con el señor don Atáxico.
Llévame por tu cochero,
y no me pagues, hacienda,
que cantado te lo ruego.
Señor Gómez Arias,
duélete de mí,
que soy pobre Chufleta,
y nunca, en tal me vi.
¡Ah, señor, a esotra puerta!
Pues ¿qué quieres?
Ir siguiendo,
aventuras de mi amo,
don Quijote.
Traigan luego,
su rocín, a Sancho Panza;
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Bajan un borrico al tablado.
¡Ay de mí, que es lo que veo!
Ea, sube en él al punto,
o, si no, a el instante mismo
haré que te hagan pedazos
dos dragones...
Sube en el borrico.
Ya obedezco.
Pero, señor don Mágico,
¿a dónde he de ir?
A el infierno...
Sube.
¡Que me llevan los demonios!
Ea, espíritus, ya tengo
por mías dos criaturas;
¡oh, no permitan los cielos
que sienta el demonio ruinas,
los que él imagina trofeos!
Húndese por un escotillón, de el que subirá fuego en bajando, y se da fin a la primera jornada.
Jornada segunda
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Salen Justa, Félix y Chufleta.
¿Es posible, Justa hermosa,
adorada prenda mía,
que suspicaz de mi afecto,
ni ruegos, de mi caricia,
hayan logrado que solo
un instante a mis fatigas
den alivio tus dos soles
serenos siquiera un día?
¿Qué has notado en mis cariños?
¿Qué en mis finezas rendidas?
¿Qué en mis ansias amorosas?
¿Qué en mis expresiones finas?
Si en ti vive mi esperanza,
si en ti mi aliento respira,
¿qué mucho, querida esposa,
qué mucho, Justa divina,
que sienta, cuando tú sientes,
y suspire, si suspiras?
Como a cítara, que acorde
si igual instrumento aplican,
aunque se toque uno solo
suena en los dos la armonía,
así en nuestros corazones,
(cuando uno siente la herida)
como los templó igualmente
amor, si a tocarle aspira,
se verá ser en entrambos
una la cadencia misma.
Y así, suspende tu llanto,
cese tu melancolía,
porque de pesar no muera,
al verte sentir fatigas;
Pag. 18
afanes, ansias, llantos;
con que en pena tan crecida,
padezco, lo que padezco
y vivo, de lo que animas;
Tiene mi amo, mil razones
es bueno señora mía
que coma, pavos rellenos
cuando sois de, pajaritas.
que tiene coche, aunque vaya
a pasearse a Berbería;
zapato, bordado, y
su brial, con cadenilla;
su basquiña de timbal
sin la penosa, fatiga
de haber de lidiar, con sastres;
y ¿está mal contentadiza?
Yo sé, que hay en la cazuela
más de cuatro señoritas;
que tomarán a dos manos
el pasar tan buena vida;
¡Ay, Félix, querido dueño!
tantas, en mi pecho lidian
confusiones, que me alteran;
sustos, que me atemorizan
pensamientos, que me asaltan
dudas, que me mortifican
sobresaltos, que me cercan;
que ya la razón delira
sin más razón, que temer,
la razón de su desdicha;
Confieso, que a tu, fineza
como a esposo, que te estima
Como a dueño, que te quiere
siempre, estará agradecida,
el alma; pero que deje
de considerar, la ruina
de mi honor, entre los varios
discursos, que un pueblo, alista;
de la falta de un convento
de una mujer conocida;
Y el mal ejemplo, que he dado
a cuantos en él habitan;
es un dogal, que me ahoga
es una llama, que activa
¡ay, Félix! a fuego lento
me va quitando la vida;
Por otra parte, temiendo
la cólera vengativa
de mi padre; en el oído
traigo el eco, que me intima
de cruel, tormento, y muerte
sentencia definitiva;
¡Oh padre! que desaciertos
hacéis, en querer precisa,
que sea, a voluntad vuestra,
Pag. 19
la voluntad en las obras!
pero entre mis pensamientos
es el que más me fatiga
ver, que en fuerza de su llama
ve (no sé qué imagina
mi vida) qué nombre darle,
pues el verle me contrista.
Ve al fin, Antonio,
de quien tus alivios fías,
haciendo, ciego, alarde
de su ciencia, sin que sirva
lo sagrado de un convento
para la acción más indigna;
de su clausura me pudo
facilitar la salida.
Y cuando, entre otros prodigios,
dispuso en las cristalinas
ondas del mar bella concha,
nave que al parecer guía,
para librarnos de riesgos,
a más remota provincia,
tomamos tierra (aquí, Félix,
no sé cómo el ansia mía
explique sus sentimientos),
pues no sé cómo te diga
que tomamos tierra, y todo,
faltando de nuestra vista,
nos hallamos en un punto
en esa noble alquería
donde a merced de tu amigo
vivimos; mas mis fatigas
empiezan ahora, cuando
parece que finalizan.
Habiendo reconocido
que estas montañas vecinas
en que nos hallamos son
las de Guadalupe, mira
si tan cerca de Trujillo,
nuestra patria conocida,
tanta fortuna siempre
a nosotros enemiga,
favorable será nunca;
cuando estamos a la vista
de la crueldad de mi padre,
del baldón de las familias
nobles que incluye su pueblo,
y del horror que imagina
Justa en su delito propio.
Mira si en tantas desdichas
pueden hallar tus finezas
los alivios a mi vida.
No espere, querida esposa,
Pag. 20
nos ha de mostrar esquiva
su luz, estrella contraria.
Tal vez puede ser benigna
a nuestros deseos; deja
al tiempo, que veloz gira
en continuo movimiento,
pues en su mudanza misma
la dura contraria estrella
se puede mostrar propicia.
Ella y ella, con que es cierto
que nunca puede estar fija.
Para divertir mis penas
graciosamente festiva,
mucho siento el no tener
a mi criada Florina.
Pues si en eso por ahora
tus sentimientos se disipan,
en fuerza de que su ciencia
mi amo me comunica,
fácil es darte seguro.
¿Mira, Félix?
Nada digas,
y así de mi amo en nombre
venga para que te sirva.
¡Vive Dios, que es hechicero
mi amo, y yo no lo sabía!
En una nube bajará Florina como que está lavando ropa en una artesa, y canta.
1ª. Por el aire me llevan
mis ansias finas
para ver en el agua
lavanderilla.
Dale y más dale, jabón, vida mía,
pues saldrá entre afectos
la ropa limpia.
2ª. Si de amor a mi ropa
la echo en lejía,
saldrá de sus incendios
más blanca y linda;
Dale y más dale, jabón, vida mía,
sino es que con más ojos
no tiene vista.
Estas dos se han de medir de forma que con el último verso llegue a las tablas, y salga asustada.
¡Ay, madre mía de mi alma!
¿Qué veo? ¡Santa Lucía!
¿Yo en el campo? Pues ¿no estaba
jabonando en la cocina
de mi amo? Mas ¿si acaso
es sueño o es fantasía?
Pero ¿no es esta mi ama?
¿No es aquel el Urcantigua?
Pag. 21
¿De chufleta? ¿No es Don Félix
este, que mis ojos miran?
¡Qué es esto que por mí pasa!
Desa el susto, mi Florina,
que yo sin que por ahora
sepas, el cómo, a mi vista
has venido, he deseado,
que estés en mi compañía.
Yo estimo, que a mi esposa
como quien eres, asistas.
Señora, ¿ya estás casada?
Y gozando las delicias
de Himeneo, con Don Félix.
Eso era lo que querías,
aunque a pesar de tu padre.
Dime, dime, por tu vida
qué es lo que en Trujillo pasa.
Es, señora, una bolina,
cuento de cuentos, Trujillo.
Oye en breve su noticia.
Viendo Juana, que Don Pedro
su hermano, a Sancho impedía,
efectuar su matrimonio
con la criada, pasose
a la casa de Don Sancho.
Que con los de su familia
bandolero, de estos montes,
en sus estancias habita.
Al ver, que con Don Alonso
tu padre, Don Pedro firma
ciertas capitulaciones
que como nobles, obligan
a los dos para ayudarse
(por ser una ofensa misma).
De su agravio, a la venganza
en su hermano, y en su hija;
con que así también, echados
al monte, los dos aspiran,
a un fin, pues en ti, y en Juana
pretenden vaciar sus iras.
Toda la ciudad, señora,
está en bandos dividida
y se han hecho en su poblado
las personas, atomesinas.
¡Ay de mí, que en vano el pecho
los alivios solicita!
Puesto, que el sol al ocaso
sus esplendores, inclina
justo será, que descanses
ven, mi bien.
¡Ay ansias mías!
¿cuándo tendrán fin mis males?
Vanse los dos.
¿Cuándo empezarán mis dichas?
Pag. 22
Mi Florina, ¿será hora
de que Chufleta la diga
mil chufletas en asunto
de una amistad tan antigua?
Hora será, pues no ignora
que le quiero.
Digo.
Diga.
¿Podrá el vejete de Atieta,
confesado, usted ser mía,
darme celos?
Disparate,
ni por pienso.
¿Quién lo afirma?
El gustar yo de Chufleta.
Pues si tu gusto me brinda,
toma un testón en prendas.
Llévate esas cinco higas...
Danse las manos.
Ruido de tiros adentro, y dicen.
Al monte, a la selva, al risco.
Mueran los contrarios nuestros.
Sale el Demonio.
Eso sí, favores míos,
mueran todos al incendio
de mi saña; y en pavesas
se deshagan a mi aliento,
los montes de Guadalupe;
porque al estrago soberbio
perezcan almas, y vidas;
¡ea, astucias! ¡ea, infiernos!
todo sea horror, espanto,
ansia, pesar, y lamento;
pues de feliz y de justa
no solo aspiro a un trofeo;
¡ah, rencores! ¿Para cuándo
licencia, mis sentimientos,
conseguirán de su ruina?
no solo vuelvo a un trofeo;
vuelto a decir; sino a muchos.
como en los bandos sangrientos
de don Pedro, y don Alonso
contra don Sancho revueltos,
a hacer, tumba las montañas
con el estrago violento
ya del encendido plomo,
o ya del bruñido acero;
en tanto, que no se lave
la mancha del honor terso
de don Alonso en su hija,
y en su hermana, el de don Pedro:
Pero pues en lid sangrienta
se hallan; vuelvan su empeño,
Pag. 23
A proseguir mis astucias
con mágicos fingimientos;
donde embelesado a Félix
con que el simple Cienciatengo
bien, que Justa, más dudosa
siempre vive con recelo
de que sea infernal arte
el mío; pero ¿qué temo,
cuando la pondrán mis iras
muchas veces al estrecho
lance que favor me pida,
para salir de sus riesgos;
tanto, que dueño de su alma
me confiese, dando al Cielo
el pesar de mi victoria,
porque logre en mi tormento
el tener un triunfo más,
cuando él tiene un alma menos.
Vase.
Ruido de tiros, y dice dentro don Pedro.
Cercadlos, por todas partes
pues de ese bosque pequeño
se han amparado; no salga
ninguno, sin que al acero
o al plomo rinda la vida.
Salen don Alonso y don Pedro armados, en traje de bandoleros, y Arrieta vejete cargado de arma muy ridículo.
Ya llegó, amigo, el extremo
preciso de mi venganza,
pues de ese bosque en el centro
no hay salida ni camino
para salir; con que es cierto
que al tomar su estrecha entrada
mis amigos y mis deudos,
no han de salir mis contrarios
sin exponerse a los riesgos
de su ira; y si acaso
quieren mantenerse dentro,
igual riesgo, en sed, y en hambre
padecerán, con que tengo
en la venganza a que aspiro,
todo el colmo a mi deseo.
El caso, don Pedro amigo,
llegó ya, en que como bueno
lo menor aconsejaros
pueda, y llegando, ya el tiempo
que anhelaba nuestra ira,
bueno será dar un medio
para tantas disensiones;
en que cese lo sangriento;
Pag. 24
Doña Juana, y vuestra hermana,
Don Sancho, es un caballero
igual a vos, lo perdido
es nada, si el casamiento
es el Iris que serena
toda tempestad; ya es tiempo
que por una parte cesen
rencores, que en nobles pechos
cuando vencen sin contrarios,
no lucen los vencimientos;
perdonad a Sancho y Juana.
¿Ahora salís con eso?
Pues cuando lugar me dieran
mi furor, a tal extremo
¿no miráis que es el agravio
en entrambos, uno mismo?
Yo con honra, y vos sin ella.
Don Alonso, no habléis de eso;
del juramento que os hice,
¿no os acordáis?
Yo os absuelvo,
el homenaje, mirando
que en nuestros males violentos
es mejor ir poco a poco,
aplicando los remedios;
Señor, más de mil cosillas
que me escarban en el pecho
quisiera contarte;
Acaba,
Jineta, dilo presto.
Pues señor, el otro día
pude apartarme, algo lejos
de esos montes; y a sus faldas
fui una senda siguiendo,
donde encontré una alquería
o casa de campo; cierto
que me pareció un palacio.
Y para reconocerlo,
saco mis gafas, y miro
salir como de paseo
a mi Amari, y a Don Félix;
¿Qué dices?
Lo que te cuento.
Mira no me engañes.
Digo
que los dos, ellos por ellos
eran los que se paseaban;
por señas, que el embustero
de Chufleta, los seguía;
Jineta, prevénme luego
los caballos, y al instante,
vamos en su seguimiento,
que ya en mi pecho, no caben
de mis iras, los incendios,
y entre llamas, y rencores
está reventando el pecho.
Venid, Don Pedro, conmigo.
Pag. 25
¿Esperad, señor, qué es esto?
Mirad, que pues vuestras canas
se precian de dar consejos
y razón, que la materia
del honor, miréis con tiento.
Doña Justa, es vuestra hija,
don Félix, es caballero
igual a vos; lo perdido
es nada, si el casamiento
es iris de tempestades.
¿Ahora salís con eso
cuando, a mi venganza os llamo?
Reparad, señor; que es tiempo
que por vuestra parte cesen
rencores, que en nobles pechos
cuando vencen, sin contrarios
no lucen, los vencimientos.
Bien lo que os dije en memoria
tenéis.
Es que siempre es bueno
para tantas disensiones
el que cese, lo sangriento.
No los consejos, las obras
necesito; en vuestro esfuerzo.
Para ayudaros, en mí
tendréis obras, no consejos.
Vanse.
Voy a prevenir caballos
porque es un demonio el viejo
de mi amo; y si me tardo
está a pique que mis huesos,
lo paguen, pobre don Félix,
guárdate, porque de hecho
van los dos, para que haya
Capeletes, y Montescos.
Bajarán en dos balancines Félix y el Demonio.
¿Dónde desde la esfera de las luces
amigo me conduces
por la región del viento?
Donde tu noble aliento,
admire la amistad, en mí segura
y ya que de este bosque la espesura
pisamos; dime tu valor, que hiciera
si a su amigo le viera
en la aflicción más baja?
La vida, el alma, el ser, sacrificara
heroica, mi nobleza.
Pues a tantas añade la fineza
que ejecuto contigo; pues te empleo;
donde logres en colmos el deseo:
Lo que tu voz me dice
no puedo penetrar;
Dentro.
¡Ay, infelice!
¿Oíste ese lamento?
Ya atendí, de una voz, el dualiento,
como que algún pesar en sí predice!
pues solo pude oír...
Repite.
¡Ay, infelice!
Pag. 26
Ya que me has conducido
a donde mi valor nunca rendido
consiga remediar, tan triste queja
yo veré en la espesura.
Al entrar sale Sancho, trayendo en sus brazos a Doña Juana como desmayada, y con ellos Roseta Criada.
Repara en Félix.
Juana, deja
a que el Cielo piadoso
dé remedio al estado lastimoso
en que nos puso, la contraria suerte.
Pero, ¿qué miro?
¿Qué mi vista advierte?
Don Sancho, amigo mío.
Juana hermosa;
¿qué es esto que estoy viendo?
¡Hado cruel!
¡Estrella rigurosa!
¡Que aumentas, mi pesar!
¡Qué estoy sintiendo!
Cuéntame tus fatigas
si te obligo, pues a bienes o a males,
soy tu amigo.
Después, Félix generoso,
que rendido amante fino
logré, en la mano de Juana,
de Amor, el premio, más digno.
De su hermano, por la fuerte
oposición, fue preciso,
por quitar inconvenientes,
ausentarnos de Trujillo.
Pero cuando, a temor que
juzgue, le hubiese movido
a Don Pedro, este respeto
o miedo a estar más propicio.
Caso de honor; hizo entonces
el tema de perseguirnos.
Tanto, que de aquestos montes
abrigarnos fue preciso;
viendo que para vengarse,
convocó, deudos, y amigos
que con Don Alonso fieros,
le acompañan, a el fin mismo,
de vengar en Doña Juana
honor, que juzgan perdido.
Dejo aparte varios lances,
en que el Cielo, ya benigno
ya riguroso, en encuentros
se mostró a los dos partidos.
Y vamos, a que entendiendo
que enredoso el laberinto
de este bosque, nos haría
seguros, por defendidos.
No hemos hallado, más senda
que la que sale a el camino,
y tomando su estrechura
numerosos enemigos;
Pag. 27
o es fuerza morir matando
o fallecer, al martirio
de la sed, y de la hambre.
Y aunque en tan confuso abismo
salir a morir lidiando
noble y valiente imagino;
rémora es que me detiene,
imán, el precioso hechizo
de doña Juana, mi esposa;
pero ya habiéndote visto
no tengo duda, en que pueda
salir mi valor invicto
a lidiar, con todos siendo
triunfo, lo que fue peligro.
De este amigo acompañado
y de quien siempre me fío
pude entrar, por otra senda
a este enmarañado sitio;
y así, pues valor no falta
a tu pecho ven conmigo,
salgamos de su espesura.
¡Ay don Félix, ay amigo!
que desfallecida Juana
de hambre y sed, para el suspiro
aún, no tiene voz.
Señora,
que os recobréis, os suplico.
Que una fuente hay aquí cerca
y en su raudal cristalino
podréis saciando la sed
tomar aliento.
¡Ay qué lindo!
venga el agua, porque de ahora
será agua de tamarindos
agua de limón, de fresas
y aun agua de leganitos.
¿Dónde está?
Ya está presente.
¡Qué portento!
¡Qué prodigio!
Ábrese el foro y se descubrirá una fuente hermosa, imitando lo más vivo, que ver pueden sus cortes a las naturales; y en dos pedestales, a los lados dos ninfas; que la una tendrá un canastillo de frutas, y la otra una copa, subiendo mientras cantan a doña Juana, que estará sentada con Roseta a un lado; que hará la demostración de comer y beber de lo que deje su ama.
No, no, desmayes no.
No, no, no, desalientes.
Que en líquidas corrientes
y en frutas te formó
tributo, el agua.........
Pues solo porque alientes,
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En sílaba cadente
su afecto tributo
quien te hace salva.
No, no, desmayos no etc.
Acabada el Aria suenan adentro tiros, y al tiempo mismo se cierra el teatro, quedando como antes.
Examinad tronco a tronco
del bosque todo el recinto.
Acabad con los contrarios.
Mueran nuestros enemigos.
Apenas deja el asombro
lugar para lo que miro
cuando, otras penas, me asaltan.
No temáis, venid conmigo
que yo os pondré con Don Félix
en donde estéis asistidos
sin temor de los que os buscan.
Mucho debes a este amigo,
Don Félix.
Con alma y vida
pagaré sus beneficios.
Seguidme, seguidme.
Vamos, que llegan
aprisa por San Cirilo.
Vanse todos. Salen Justa, Florina y Chufleta.
¿Es posible que no sabes
a dónde tu amo ha ido?
No, señora, mas discurro.
¿Qué discurres?
Imagino
que llevando compañía
tan buena como su amo
irá a Moscovia, por martas
o a Tetuán a cazar micos,
o sin duda al mar se habrá
ido a buscar chirlos mirlos.
Señora, deja el cuidado,
pues sabes que amante fino
sin ti mi amo no vive.
Yo tampoco sin él vivo
y esa es la causa, Florina,
porque vivo en un continuo
desvelo estoy con su ausencia,
cuando los pesares míos
suceden unos a otros
con que el instante, que animo
solo es pensando, si puede
haber en mí, algún alivio.
Asómate a esa ventana
que da la vista a esos riscos
por ver si viene mi esposo.
Mirando.
Ay, señora, ya diviso
a mi señor con el otro,
con el otro, y otros cinco.
Pag. 29
porque vienen en cuadrilla
lombardos, godos y cimbrios;
ya suben por la escalera,
ya entran en casa.
Salen don Félix, don Sancho, Juana, Roseta y el Demonio.
Dionisio,
dame tus brazos y sea
disculpa el no haber venido
tan pronto a ellos el traerte
huéspedes, de tu cariño
para que tú los regales;
Justa mía, ya contigo
se acabaron mis afanes;
Abrázanse.
¡Ay, Juana!, tanto bien miro
que por ser bien aún lo dudo.
Ya tenéis para serviros
un criado más, señora.
¡Oh, cuánto, Félix, te estimo
esta fineza, pues era
y coronarla preciso
en el día de mis años!
Que se numeren por siglos
deseo, querida Justa.
Y yo obsequioso repito
la expresión.
Agradecida,
señor don Sancho, os suplico
que descanséis con mi Juana,
pues no sabrá en qué el motivo
sepa de vuestra venida.
Pues día es de regocijos,
admitid para esta noche
un festejo a que os convido.
En buen hora.
¡A penas mías,
para cuando los abismos
han de poblar mis astucias!
Entrad a otro retiro.
Vamos, Juana.
Justa, vamos.
Un Etna es cuanto respiro.
Vanse todos, y quedan Florina y Roseta, solas.
Roseta, venga esa mano.
Florina, toca esas cinco.
Ya ves que todo lo hablan
los amos, y no he podido
ni darte la bienvenida,
ni murmurar un poquito,
que es propio de las criadas;
Para eso yo te convido
porque hay mucho que contarte,
y yo rabio por decirlo.
Y yo rabio por saberlo.
Pues somos de un genio mismo.
Vamos, hija.
Tú primero.
Pag. 30
Vamos, pues hemos cumplido...
Vanse.
Salen como de noche don Pedro y don Alonso, y Arneta armado ridiculísimamente.
Este es el sitio, don Pedro,
en donde estar escondidos
podemos mientras es tiempo
de poder introducirnos
en la casa o alquería
que es infausto, cruel asilo
de todos nuestros contrarios.
¡Vive Dios, que estoy corrido
que en lo intrincado del bosque
pudiesen hallar camino
para escapar con la vida!
Y que ni muertos, ni vivos,
hayan podido encontrarlos;
pero a escuchar, que al oído
le parecen instrumentos
los que suenan...
Suenan instrumentos.
Muy festivos
están para lo que aguardan.
Arneta, ¿vienes con brío?
Como con brío, si embisten
culebras y basiliscos,
escorpiones, lagartijas,
serpientes y cocodrilos,
fantasmas, duendes, demonios,
ilusiones y vestiglos,
todos para mí son como
que come una libra de higos.
Valor tienes.
Señor,
yo lo tuve desde chiquito;
a chuflera si te agarro,
no te he de dejar colmillo.
Me parece, que ya es hora
para entrar en el bullicio
que se escucha.
Pues entremos
a hacer llanto el regocijo;
sigue tú detrás, Arneta.
Ve delante,
que te sigo.
Entran y al volver a salir se descubre un salón que, adornado con espejos y estatuas, y en su fachada sentadas Juana, Justa, Sancho y Félix, con el demonio en pie, y todos de suerte, que al cerrarse la mutación se queden como en el bosque solos don Alonso, don Pedro y Arneta.
¡Qué fábrica tan hermosa!
¡Don Alonso, qué prodigio!
Miramos, mas a la vista
mis agravios se encaminan.
Allí está mi hermana y tu hija.
Calla, que ya la he visto...
Pag. 31
(Aparte)
Si entendieran todos cuatro
cuán cercano su peligro
tienen, pero de su ruina
no siendo el tiempo cumplido,
prosiga con mis astucias
pues cuando engañoso aspiro
a defenderlos, es solo
para poder destruirlos.
Danzan las estatuas al son del cuatro con hachas.
A los años floridos de Justa
venid, elementos, alegres, festivos,
sea salva a su noble belleza
formando en aplausos tributos rendidos.
El agua con perlas,
el aire con giros,
la tierra con flores,
el fuego con brillos.
A los años floridos de Justa
venid, elementos, alegres, festivos.
En repitiendo la música, disparan sus pistolas don Pedro y don Alonso, y a este tiempo, se encubre el salón, quedando en bosque como antes.
Muerte injusta.
Muerte ingrata.
¡Válgame, cielos divinos!
¡Qué es esto, amigo don Pedro!
¡Todo soy un mármol frío!
Señor, el salón, las danzas
¿adónde se nos han ido?
Solo sé que este es el bosque,
Arnete, donde salimos.
Don Alonso, aquí hay encanto.
Sea encanto, o sea prodigio,
los he de buscar aunque
se escondan en el abismo...
Vase.
Pues a lo mismo se ofrece
mi espíritu vengativo...
Vase.
Yo he de matar a Chufleta,
aunque vaya a Peralvillo.
Vase.
Jornada tercera
Pag. 32
Salen don Pedro, don Alonso y Arnete.
Con muchas dudas lidiando
estoy, amigo don Pedro,
viéndoos triste, pensativo,
discurriendo entre vos mismo,
sin dar treguas un instante
a que pueda el pensamiento
su velocidad en calma
dejar; decid, ¿qué recelos?
Pag. 33
¿Qué temores ni qué penas
podéis tener, cuando os veo
libre ya de los rencores,
iras y desasosiegos
que motivó vuestra hermana?
¿Qué nuevo acontecimiento
(ya con honor vuestra casa)
puede asaltaros el pecho?
Contádmelo, o vive Dios,
que en nuestra amistad sospecho
de parte vuestra en alguna
desconfianza, hablad presto;
cuando sabéis que en mis canas
la prudencia y el esfuerzo
tenéis, porque siempre os sirva
con la espada y el consejo.
Aguardad que nos deje Arneta.
Arneta, vete.
Obedezco.
A las continuas instancias
del Corregidor, a el ruego,
de lo mejor de Trujillo,
nobles, amigos y deudos;
y al fin porque muchas veces
me lo pedisteis vos mismo,
hice treguas (que mal hice)
con don Sancho y con (no puedo
pronunciar) que con mi hermana...
pues cada vez que me acuerdo
de su infamia y mi deshonra
tengo un dogal en el cuello;
al fin por obviar sangrientas
ruinas, estragos, incendios,
en que tal vez pagar suelen
inocentes como reos.
Vuelvo a decir que hice treguas
con los dos, pero advirtiendo
en las capitulaciones,
por decoro y por respecto
de mi honor, para que nunca
de su mancha haya recuerdos,
(que don Sancho y doña Juana)
habiten fuera del pueblo
en una cercana quinta,
que yo para mi recreo
tenía, y darla fue preciso,
para que la habiten ellos;
ya con esto, don Alonso,
discurriréis que mi pecho
libre de afanes se halla;
pues, al contrario, el tormento
más aumenta cada día,
con avivar el incendio
de su rencor y su agravio,
pues de la venganza el fuego
Pag. 34
abrigado en las cenizas
del disimulo, dispuesto
está, para que aplicando
la pólvora de mi aliento
revienten a de esta mina
de mis rencores, y en ellos
empiece con mi venganza
y acabe con su escarmiento;
y así esta noche en el punto
que entregados a el silencio
estén; mas venid conmigo
que hasta que logre este intento
mi rencor no me es posible
deciros que...
Tened, don Pedro,
y mirad que como mozo
os engaña el ardimiento
de la sangre; ved que puede
salir muy contrario el hecho
a que vais; fuera de que
es faltar a lo propuesto
de Trujillo, a la nobleza,
al corregidor y deudos;
mirad muy bien lo que hacéis.
Si vos, que dais el consejo,
supierais que vuestra
era su huéspeda...
Bueno.
¿Qué hicierais en tal caso?
Aparte.
Aconsejaros lo mesmo.
¡Cielos, qué es esto que escucho!
¡Un Etna respira el pecho!
Mas, ¿de quién lo habéis sabido?
De un criado, que encubierta
es de todas sus acciones
centinela; es de quien tengo
seguras estas noticias.
Pues, amigo, desde luego
vamos adonde quisiereis.
Esperad, que a lo que veo
parece estáis demudado.
Se me vino a el pensamiento
de aquella noche el asombro,
cuando, a vengarnos resueltos,
estábamos; y en el bosque
nos hallamos al momento.
Vanse.
Pues ahora, estando en mi quinta,
no sucederá lo mesmo...
Salen Justa, Juana, Roseta y Florina.
Gracias a Dios, Juana hermosa,
que ya con algún sosiego
puedes vivir en tu casa.
Te aseguro que del pecho
aun no han salido los sustos
y no sé con qué recelos
vive el alma, que es penando
lo mismo que está viviendo.
Pag. 35
mas solo el que esté conmigo,
Justa mía, es el consuelo
que tengo en tantos pesares.
En el alma te agradezco,
amiga, el ver que en ti tenga
favor y hospedaje a un tiempo,
porque habiéndole pedido
a mi esposo que a tu centro
me trajese algunos días
(porque unos desasosiegos
escrupulosos me matan),
afable, cortés y atento
me dio este gusto.
Y, ¿ahora
qué hace Félix?
Su embeleso
de este amigo en la Alquería,
en donde por pasatiempo
ha dado en aprender magia,
y el amigo es su maestro;
de que estoy tan disgustada,
querida, que por no verlo,
de venir a estar contigo
solo he buscado el pretexto.
¡Ay, amiga! ¡Cuánto gusto
tuviera yo para eso,
si algo del salón vería,
magia, y todo aquel estruendo
de voces y de cadencias!
No lo sé.
Yo sí que bello
estaba, todo adornado
de estatuas, luces y espejos.
Lo cierto es que era un precioso,
mas contenta fuera a eso
yo; ¿qué es yo? y aun otras muchas
que a rezar un jubileo.
Justa mía, ya que es hora,
si gustas, a mi aposento
entraremos al descanso.
Vamos, pues que gustas de ello.
Vanse.
Ven, Roseta.
Voy, Florina, porque ya me llama el sueño.
Vanse, y sale Jineta como de noche embozado.
¡Válgate el diablo por amo!
¿Cuándo estará su cerebro
quieto una vez, sin que vea
que se le bailan los sesos
con los días como mozo,
con los años como viejo?
Una hora y más estuvo
patullando con don Pedro,
y después de haber tenido
su conferencia en secreto,
salió, con decir: "Jineta,
luego, luego, y otro luego,
toma tu caballo y vete..."
Pag. 36
a la quinta (donde vengo
al mismo puesto que manda)
y no te muevas del puesto
hasta que en confusas voces
oigas decir...
¡Fuego, fuego!
Esto es lo que no me dijo
que escuchara.
¡Fuego, fuego!
Pero ¿qué miro? a cenizas
toda la quinta el incendio
reduce.
¡Fuego, fuego!
Si de dentro alguno sale con vida,
muera a nuestras manos.
Esto
fue lo que no me dijo mi amo.
¡Cielos, piedad!
¡Favor, cielos!
¡Félix, esposo querido!
¡Sancho mío, amado dueño!
Descúbrense entre las ruinas de un edificio abrasado Justa, Juana, Roseta y Florina, como impedidas del incendio para salir.
¡Que me quemo! ¡Que me abraso!
¡Que me abraso! ¡Que me quemo!
(Dentro)
Mueran todos a mis iras.
Mueran todos a mi aliento,
no quede alguno con vida.
¡Cielos, piedad!
¡Favor, cielos!
¿No hay un Eneas piadoso
que me saque de este fuego?
¿No hay algún desesperado
que quiera entrar acá dentro?
¡Félix mío!
¡Sancho amado!
¡Que me abraso! ¡Que me quemo!
Bajan velozmente por el aire Félix y el Demonio.
Cortando veloz el aire...
Ligero surcando el viento...
A tus penas...
A tus ansias...
A tus voces...
Tus lamentos...
Ya prevengo los alivios.
Ya dispongo los remedios.
Múdase el incendio en un jardín de rosas, árboles y estatuas, quedándose las mujeres como estaban antes y dentro la música.
Porque a soplos del aura halagüeña
o el céfiro inquieto,
apagado el ardor se convierte
la saña en recreo,
quedo, quedito...
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Quedito, quedo,
que ya es dulzura
lo que fue incendio,
y apagado el ardor se convierte
la saña en recreo.
Levántanse.
¡Qué asombro!
¡Qué admiración!
¡Qué prodigio!
¡Qué portento!
Félix mío.
Justa amada,
dame tus brazos.
Por dueño
de mi vida, a quien adoro.
¡Ay de mí! Si en el incendio
perecido habrá mi esposo.
No, señora, pues sabiendo
que estabais a mi cargo
fui a ver si podía en tiempo
remediar algo en tal daño,
presto vendrá, y pues al riesgo
estamos de la cautela
de tu padre y don Pedro,
venid conmigo segura
pues soy yo quien os defiendo.
¡Cuándo, mi fortuna infausta!
¡Cuándo, cruel hado adverso!
¡Cuándo, estrella rigurosa!
Lograré tener sosiego.
Entranse todos. Ciérrase la mutación, y dicen dentro.
Aquí pagarás, cobarde,
injusto y mal caballero,
tus mal logradas astucias.
Primero será tu aliento
la víctima de mi saña.
¡Varo, valor!
Salen riñendo.
¡Varo, esfuerzo!
¿Qué importará que defienda
tu vida, pues sin remedio
has de morir a mis manos?
Aunque me cerquen tus deudos,
será primero tu muerte
castigo.
¡Válgame el cielo!
Muerto soy.
Cae muerto.
¿Qué alevosía?
El que te da muerte
es solo, perro.
Acudid todos, que allí
están dos hombres riñendo.
Sale el Corregidor, y ministros, con una hacha.
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Don Sancho, pues ¿cómo así
tan airado y descompuesto
con el acero en la mano?
Retíranle.
Señor,
aquí un hombre muerto
está...
Y, según me parece,
las señas a lo que veo,
es Don Pedro.
Retíranle.
Bien está...
Vosotros luego al momento
retirad ese cadáver...
y vos, Don Sancho, el acero
me entregad.
Dale la espada.
En la campaña,
como noble, cuerpo a cuerpo
lidiamos los dos.
Don Sancho,
sabe Dios lo que ahora siento
que me precise por vos
la obligación de mi empleo
a mirar esto en justicia;
y más cuando vuestro genio,
y ese inquieto amotinado
(después del robo violento
de Doña Juana) a insultos,
pesares, robos, incendios,
muertes y estragos, pasando,
después vuestro atrevimiento
a dar la muerte a su hermano;
mucho sentiré, que el tiempo
llegue, de que sustanciada
la causa, y visto el proceso
de vuestros delitos sea
vuestra cabeza escarmiento.
Los que llevaron a Don Pedro sacan a Chuflera agarrado.
Señor, este hombre hallamos
que de nosotros huyendo
procuraba recatarse.
La cara es de bandolero
y de un gran picaronazo.
Usted, en lo segundo, creo
que dice verdad, aunque
miente mucho en lo primero.
Hombre, ¿quién sois?
Aguarde usted
a ver si me acuerdo.
El señor Corregidor lo pregunta.
Pues tenemos
su merced me puede dar
memoria, si no la tengo.
¿De dónde eres?
Aparte.
Soy polaco
bautizado en Ciempozuelos.
Malo va; pero está Sancho
haciéndome con el dedo
señas que calle, mas yo
haré como que no entiendo.
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Responde a lo que pregunto.
¿Cómo te llamas?
Yo niego,
que como fue mi devota
la negación de san Pedro,
del que no es, en mi linaje,
yo niego, mil veces reniego.
Pues yo haré que de tu nombre
reniegues en el tormento.
Señor, es criado mío.
Vanse los dos.
Acabáramos con ello.
Pues vos y vuestro criado
venid a la cárcel presos.
Ande el poeta.
Usted me somarra.
O le meteré dos dedos
de puñal.
Vanse.
Usted envaine,
que yo andaré más con menos.
Salen Justa, Juana, Félix, Florina y Roseta.
Ya, señora doña Juana,
ya, querida Justa mía,
podéis descansar de tanto
susto, de tanta fatiga
como pudo ocasionaros
la voraz, ardiente ira
del incendio, pues mi amigo,
con finezas nunca vistas,
supo librarnos del riesgo,
no solo, sí repetida
su tiranía dispuso
volvieseis a su alquería,
donde, cortesano, atento,
de vuestro regalo cuida
tanto, que casi celoso
de tanta galantería
me tiene.
Aparte.
A mí sin aliento
con lo que el alma imagina.
No hay duda, don Félix mío,
que debéis con alma y vida
estimar finezas tantas,
a que siempre agradecida
estaré; mas pues de Juana
y don Sancho las familias
están concordes, quisiera
que, siendo una causa misma,
tuvieran fin nuestras penas,
acabaran las fatigas
que nos sobresaltan, viendo
que mi padre...
Nada diga,
pues tocas en mis deseos
tan al vivo, que rendida
mi voluntad a la tuya,
con anhelo solicita
la paz. ¡Oh, quieran los cielos
se logren las ansias mías!
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con la esperanza de verla
la posesión de la dicha.
A ella.
Mas ¿qué veo? Juana hermosa...
¿vos lloráis? Mirad, que al día
les usurpáis los lucimientos,
pues si con los soles brillan
de vuestros ojos, ¿qué luces
puede haber si ellos se eclipsan?
Decid, ¿qué es, mi señora?
Él no ve que de las lindas
que no se sabe si lloran
o cantan, cuál es su día.
No sé qué siento en el alma,
no sé qué afán en mí lidia,
no sé qué me dice el pecho
que sin aliento respira,
cuando tan tardo mi esposo
retirado a mis caricias
no viene.
Digo y porfío
ha de venir más aprisa.
Deja, señora, tu llanto,
que cuando ellos se enmaridan,
por venir tarde o temprano,
nunca se les da dos higas.
¡Ay de mí, que tarda mucho!
Señora, aunque la noticia
dar de don Sancho quisiera,
yo no la sé, por mi vida.
Sale el Demonio.
Yo sí, señora, la sé,
y sintiendo el ansia mía,
que no hay en mí nada bueno
sino es las malas noticias,
digo que preso a Trujillo
ha llevado la justicia
a don Sancho, su esposo;
parece que se malicia
que dio a su hermano muerte,
y si esto se justifica,
está a pique que don Sancho
dé en un suplicio la vida.
Se desmaya.
¡Ay de mí! Cielos, valedme...
Querida Juana...
Ama mía...
¿Qué has hecho, amigo?
Aparte.
Aumentar
desdichas a las desdichas,
propio oficio de mi astucia...
¡Qué lástima!
A el Demonio.
Usted me diga...
si es el diablo o es correo
de mala nueva.
Florina,
no es preciso decir cómo.
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preso fue en la forma misma.
¡Ay, ay, que me da
un no sé adónde me pica!
Mas no puedo desmayarme,
que es idea repetida.
Vase.
A su lecho a doña Juana
llevad; ¡ay, querida amiga,
cuánto siento tus pesares!
Llévanla las criadas, y quedan Félix y el Demonio.
Permite, amigo, que diga
que has andado poco cuerdo
en decir lo que sabías
de don Sancho a doña Juana,
aumentando a sus fatigas
sentimientos que la causan
tan lamentables noticias.
Permite, amigo don Félix,
el que también te repita
los singulares favores,
las finezas excesivas
que me debes.
Y que el alma
las confiesa agradecida.
Pues, ¿qué dudas, cuando sabes
(bien sin riesgo lo examinas)
que a todo trance soy tuyo?
¡Falte la cordura mía
en decirlo!, pues te ofrece
mayor lance en que te sirva
mi amistad, y que conozcas
que sola ella me precisa
a hacerte ver en más riesgo
la fineza más lucida.
¡Ay, amigo!, que don Sancho...
¿Quisiera tu amistad fina
libertar de sus prisiones?,
¿no es verdad?
Mi alma y mi vida
es tuya.
Basta, don Félix,
que aunque con eso me obligas,
aún no es tiempo de pagarme.
(Sordo lo sienten mis iras.)
Digo que yo obraré a su tiempo
con mi ciencia maravillas.
Pues vivo en la esperanza.
Yo haré que en mi amistad viva.
Yo confío en tus favores.
Lograrás lo que confías.
Vanse.
Sale Chufleta con grillos, como en la cárcel.
Maldita sea la cárcel,
como la mano maldita
que echó los malditos grillos.
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que tanto me martirizan.
Maldita sea la causa,
los sayones, los escribas,
los testigos, la patente,
el calabozo, y la grima
de la gente, que le ocupa.
Sale.
Chufleta, dame albricias...
que en fuerza de ser mi amigo,
he venido a toda prisa
a la cárcel, a decirte
cómo tu inocencia pura
manda el Juez, que te pasee.
¡Ah, Juez; bien haya tu vida!
En un borrico llevando
doscientos; que el pregón diga
por ser cómplice, en el robo
de doña Justa la hija
de don Alonso.
¿Y por eso,
Janeta, pides albricias?
¿Pues no? Si aguardaban todos
cuando en un credo te guinda
el jinete de gaznates.
Ya sabe tu picardía
el pueblo, y que con don Félix
estabas, en la alquimia
donde yo fui, con mi amo;
ya se saben las mentiras,
de hechizos, y de visiones
que fragua; mas la Justicia
(y creo que ha de ser presto)
irá a hacerle una visita,
con que por sus buenas mañas,
harto será sino obispa.
Amén; ciegues, que tal vea,
mal vejete, en Berbería
seas antes renegado,
o morillo de cocina.
Vase.
Amigo, haz espaldas.
Ten paciencia, en la azotina...
Vase.
Anda con dos mil demonios.
¡Quién pudiera, en tan precisa
ocasión, dar a mi amo
del fuego, que se avecina
aviso!; pero paciencia.
Y pues me mandan que asista
a don Sancho, hacia su estancia
voy, por si hay en qué le sirva.
Descúbrese don Sancho en prisión con una cadena al pie, y sentado en una silla.
¿Qué quieres, pensamiento?
No así me acuerdes, mi pasada gloria,
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traele a la memoria,
presente, mi tormento
que para sentimiento,
Ya ves, en mi prisión, el desengaño
que me amenaza, con futuro daño.
Ay Juana esposa mía
Ay adorado dueño:
no temo el duro ceño
de mi cruel, contraria, estrella impía.
mas, me ausenta, el empeño
de tus justos enojos
pues airados, tus ojos
harán sienta el rigor más inhumano
por la infelice suerte, de tu hermano.
Ay más infausta suerte!
Ay Hados más severos!
Sale Chufleta.
Ay azotes sí fieros.
me los pegan de muerte!
Señor mi pena, y mi congoja advierte
mira que estoy, a azotes condenado.
Cuéntame si tu culpa se ha probado
Que creerme, Sancho, no intentes
tómalos, por doscientos, y no cuentes.
Quién te dio esa noticia, di, Chufleta
El vejete de afuera
dan avisos, y tales
que amenazan Don Sancho, muchos males!
Dime lo que te dijo.
échase junto a Sancho
Quédese dormido
Ahora el sueño prolijo
a que duerma señor, me está llamando
déjame, echar, y te lo iré contando.
De mi Amo dijo lo primero
que corría, con fama de embustero
Y que no puedo más, que ya bostezo
después acabaré, lo que ahora empiezo
Ruido de terremoto
No basta cielo santo
tanta fatiga, sentimiento tanto
como el que yo padezco, en mis prisiones
sino escuchar baldones,
del que tengo, por dueño, y por amigo
mas cuando novelero, y enemigo
un pueblo, no persigue
con la opinión, que sigue
las más veces contraria?
mas la estrella adversaria
no oprime al infelice vigorosa
ha de ver pues piadosa
tal vez al afligido.
qué es esto? el edificio conmovido
está; el sueño destierra,
Chufleta; que la cárcel viene a tierra.
Déjeme usted dormir
ay tal desvelo.
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¡Válgame el cielo!
Conforme están Chifleta y Sancho se hunden por un escotillón con brevedad.
¡Acudid, porque los presos
han escalado la cárcel!
Salen el Corregidor y Ministros; Don Alonso, y Juaneta apresurados.
Cosed las puertas, rondad
los calabozos, y nadie
salga; y el preso que osado
se resistiere, matadle.
La obligación de ser noble
y caballero, me trae
a servir a vuestro lado.
Don Alonso, Dios os guarde,
porque en tales ocasiones
hacéis del valor esmalte
a la noble sangre vuestra.
Siempre es forzoso en tal lance
favorecer la Justicia.
Dame licencia, que pase
a esta estancia de don Sancho,
que es adonde preso yace;
pues ya que me fue preciso
como Juez el condenarle
a muerte; también por noble
es bien, que le ejerza piedades
de cristiano; y como tal
el pasar a consolarle.
Señor, si acaso pudiera
por violencia contemplarse
algún caso, en la Justicia
en el que hoy llega a mirarse
se pudiera dar, sabiendo
que de don Pedro el coraje
fue tal, que sobre seguro
pudo a don Sancho quemarle
la casa; y al mismo tiempo
impedir, por todas partes
su salida, con intento
(como se vio) de matarle,
si de don Sancho el acero
no le pudo herir...
Señor, basta.
Yo lo tengo bien mirado,
y advertid, que en causas tales
no hay Juez cristiano, que quiera
por ninguno condenarse.
Pues, señor, permitid que
la piedad también, me alcance,
yendo con vos, y ofrecerle,
cuanto pueda, y cuanto vale
mi casa, para su alivio.
Aparte.
¡Qué lástima! por librarle
yo no sé lo que me hiciera.
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Entrad pues.
Yo voy delante.
Entran por un lado, y salen por otro.
Ahora como caballero
vengo, Sancho, a que no falte
la piedad, pero, ¿qué es esto?
que en este aposento nadie,
¡ay ola!...
Sale uno.
Señor,
¿No es aqueste el hospedaje
de Sancho?
Sí, señor.
Pues, ¿cómo pudo faltar?
En toda la cárcel
ni don Sancho, ni el criado
parecen.
¡Caso notable!
Como no, yo haré (por vida
del Rey) que parezcan antes
de mucho, luego las puertas
de Trujillo a cerrar pasen
guardas, y ministros; veamos
cómo es posible se escapen.
Señor, yo sé muy de cierto
que en la ciudad no los halle
porque ejerciendo don Félix
de hechicería las artes
le habrá llevado consigo.
(Aparte.)
Estos mis duros afanes
han de acabar con mi vida. 43
Pero, ¿tú podrás guiarme
a donde encontrarlos pueda?
Sí, señor.
Pues, al instante
venid todos; don Alonso
si gustáis de acompañarme
lo estimaré.
Vamos luego,
señor, a donde gustareis.
Seguidme todos.
¡Ah, cielos!
¿cuándo lograré vengarme?
Vanse.
Salen Justa, Juana, Roseta, Florina, Félix y el Demonio.
¿Es posible, Juana mía,
que por un rato no calmen
tus pesares?
No, mi Justa,
porque en mis crecidos males
no hay alivio, pues se enlazan
unos de otros los pesares.
¡Ay, Sancho! ¡Ay, esposo mío!
Llora.
Suspended el llanto hermoso
que puede ser que se halle
remedio a tantas desdichas.
¿Cómo puede ser?
Muy fácil.
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Suben por el escotillón del mismo modo que bajaron Sancho, y Chufleta sin grillos.
¿A dónde estamos Chufleta?
Espere usted a que acabe
de despertar, que hasta ahora
aun, no he dormido bastante.
¡Mas qué miro!
¡Mas qué ves?
Sancho mío.
Juana dame tus brazos
querida esposa.
Ya no pueden asombrarme
por continuos, los prodigios
de este hombre;
Dentro.
Por todas partes
cercad la casa cuidando
de que ninguno se escape.
¿Qué es esto, Félix?
¿Qué es esto, amigo?
El último trance
pues cercados de justicia
nos hallamos, y tu padre
para vengar su afrenta,
viene también.
Tus piedades
nos valgan.
A Justa.
¿Cuándo en mi furia infernal
haber pudo piedad? Señora
siendo preciso ausentarnos
vamos luego, que nos cercan.
¿Dónde? ¿Cómo?
Descúbrense varios navichuelos de forma que se componga una vistosa marina, y en el medio, uno especial en lucimiento.
En esa nave
que surta en el golfo tengo
dispuesta para este lance
vamos presto.
Ya cesaron mis pesares.
Van entrando por orden al navío.
Ven amigo, que conmigo
no tengo que recelarme.
Vamos, Félix, que ni puedes
dejarme, ni yo dejarte.
Mientras se embarcan canta la Música lo que se sigue; y acabado salen corriendo don Alonso, Arneta, Corregidor, y Ministros.
En tanto que corta
ligera la nave
el náutico golfo
cual pájaro se tire.
Buen viaje, las ondas inspiran
buen viaje, las ondas, persuaden.
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¡Qué asombro!
¡Qué maravilla!
¿Cómo tan presto en el margen
del mar nos hallamos todos?
Pues ves, feliz cobarde,
hija aleve, plegue al cielo
que halléis sepulcro en los mares.
¿Va contento esposo mío?
Cual no es posible expresarte.
Quiera Dios que nuevo engaño
no nos suceda.
¡Válgame Dios! ¡Qué buen paso
para aquellos pobrecitos
que con atención notable
de todas nuestras acciones
observando están los lances!
Hacia Sicilia la proa
poned, soltad el velamen.
¿No dije yo que hechiceros
eran aquestos infames?
Padre, a Dios.
A Dios, señor.
A Dios, polilla de Arneta.
Mil diablos contigo carguen.
Buen viaje.
Y tal pasaje.
Ciérrase la mutación al fuerte estruendo de salva de artillería, voces y la música, y dice Don Alonso.
Pues a Sicilia parece
que navegan, cielos, dadme
aliento para seguirlos
hasta que logre vengarme.
Mi cólera es que pudieron
los dos escalar la cárcel.
El mayor mágico, el Diablo,
da fin y, si os agradare,
humilde el ingenio ofrece
todos servir con segunda parte.
