En la Sevilla de la primera jornada, doña Blanca de Mendoza es pretendida por dos caballeros principales, don Pedro de Guzmán y don Bernardo, mientras su prima doña Inés observa de cerca estos movimientos amorosos. Don Pedro, Veinticuatro de Sevilla, recibe casi al mismo tiempo un papel amoroso de Blanca, que le cita para hablar con ella en el paso a Triana, y otro de don Bernardo, que le desafía a duelo en el campo de Tablada. Aunque vacila entre el amor y el honor, decide acudir al desafío. Paralelamente aparece don Félix Manrique, caballero castellano que va a embarcarse hacia las Indias con un gobierno en Chile. Antes de partir, logra hablar con Blanca en la ribera del Guadalquivir y le declara extensamente su pasión; ella, con cortesía firme, le hace saber que ama ya a otro hombre y que su honor le impide corresponderle. Mientras tanto, don Bernardo y don Pedro, alejados de Sevilla para reñir, suspenden por un momento la violencia y se confiesan mutuamente los favores que creen haber recibido de Blanca, lo que enciende todavía más sus celos y los lleva de nuevo a las armas.
La situación cambia cuando Martín, criado de don Pedro, informa a Blanca y a doña Inés de que los dos rivales se han retirado a un lugar apartado para matarse. Blanca, alarmada por el peligro que esto supone tanto para la vida de don Pedro como para su propia honra, confiesa a su padre, don Sancho de Córdoba, que prefiere a don Pedro. Don Sancho acude al encuentro de los contendientes y, para prevenir una tragedia, decide casar de inmediato a su hija con don Pedro, frustrando así a don Bernardo. Comienza entonces un matrimonio feliz, del que han pasado tres años cuando se abre la segunda jornada: Blanca y Pedro viven contentos, tienen hijos y se profesan un amor sólido. Sin embargo, la fortuna introduce el motivo central de la obra cuando don Pedro debe partir a Toledo como procurador en Cortes. Antes de irse, le deja a Blanca advertencias propias de un marido enamorado y receloso: le pide recato en la casa, cautela con las salidas y desconfianza hacia la esclava Leonor y hacia don Bernardo, que aún la ronda. La ausencia del marido se convierte así en el riesgo decisivo para la estabilidad doméstica.
En esa ausencia regresa enriquecido de las Indias don Félix, todavía enamorado de Blanca. Sabiendo que está casada, pretende aprovechar la ocasión, y doña Inés, movida por un deseo amoroso que ella misma reconoce como desatinado, se hace pasar por intermediaria de Blanca y hace entrar de noche a don Félix en la casa, cuando en realidad lo conduce a sus propios aposentos. Don Bernardo ve o cree ver esta entrada y, convencido de que Blanca deshonra a don Pedro, difunde su sospecha y llega a enfrentarse violentamente con la dama, a la que acusa de haber recibido al forastero. Por su parte, don Pedro, que vuelve anticipadamente y bajo engaño, escucha estas versiones y cae en una crisis de celos, dispuesto incluso a matar a su mujer. Don Sancho, también alarmado, exige pruebas a don Bernardo. El enredo se resuelve cuando, al irrumpir todos en el aposento donde se cree escondido el amante, aparece doña Inés y declara que el hombre introducido fue para ella y no para Blanca. Don Félix confirma el error, don Pedro reconoce la inocencia de su esposa y pide perdón, y Blanca perdona con dos condiciones: que don Félix se case con doña Inés y que don Pedro no vuelva a dejarla de ese modo. La comedia termina así con la honra restituida y con la afirmación de que la ausencia, más que la maldad probada, es el verdadero origen del peligro.