La acción se abre en la corte de Juan II de Castilla, donde la extraordinaria privanza de don Álvaro de Luna provoca recelos políticos, aunque el rey reafirma públicamente su confianza en él. Para asegurar la estabilidad del reino y neutralizar a sus adversarios, don Álvaro ha dispuesto en secreto el matrimonio del monarca con Isabel de Portugal, que llega a Madrigal acompañada de su parienta y dama Beatriz de Silva. Desde la primera aparición de Beatriz, su hermosura causa una impresión decisiva: el rey, recién casado, queda prendado de ella, mientras la propia Beatriz es entregada por fórmula cortesana a don Álvaro o al conde portugués vinculado a su casa, según sugiere el diálogo conservado. Junto a la celebración del enlace regio y a las alusiones a las tensiones del gobierno, nace así el conflicto principal: la pasión del rey por Beatriz, incompatible con su condición de esposo y con el honor de la dama.
En la segunda parte, el amor del rey se manifiesta cada vez con menos disimulo en poemas, miradas, favores y conversaciones, lo que desencadena una crisis de celos en la reina Isabel y pone en peligro la honra de Beatriz. Don Álvaro advierte al rey sobre la gravedad de su pasión, pero no logra apartarlo de su deseo; a la vez, personajes cortesanos y portugueses comentan los rumores que circulan en palacio. Beatriz rechaza con firmeza las pretensiones amorosas del monarca, invocando su honor y su obediencia a la reina, mientras Isabel, herida como esposa y temerosa de las consecuencias políticas de este escándalo en una corte ya agitada por bandos, levantamientos nobiliarios y la amenaza del príncipe don Enrique, decide vengarse. Fingiendo amistad, conduce a Beatriz a una estancia apartada del palacio y, tras una violenta acusación en la que mezcla celos personales y razones de Estado, la encierra en un aposento secreto con ánimo de dejarla morir; poco después, cuando el rey acude clandestinamente a buscar a la dama, se cruza con la reina en la oscuridad, sospecha una traición y termina convencido de que Beatriz ha sido asesinada.
La tercera jornada desarrolla las consecuencias de esa desaparición. El rey cae en una desesperación extrema, la corte busca en vano a Beatriz y el ambiente se llena de luto, sospechas y desorden político. Sin embargo, la dama no muere en su encierro: sostenida milagrosamente en la prisión, experimenta una visión de la Virgen, que le promete liberación y le encomienda fundar en Toledo un templo o convento dedicado a la Inmaculada Concepción, como refugio de mujeres devotas. Cuando la reina, el rey y don Álvaro abren finalmente el aposento, encuentran a Beatriz viva y resplandeciente, prueba visible del milagro que ha preservado su castidad e inocencia. El prodigio desarma a Isabel, que reconoce su culpa y pide perdón; también el rey depone su pasión y solicita ser perdonado por la ofensa cometida. Reconciliados los personajes principales, Beatriz renuncia a la vida cortesana y obtiene licencia para retirarse a Toledo, donde consagrará su vida a la nueva fundación religiosa, de modo que el drama concluye con la conversión del conflicto amoroso y político en empresa espiritual nacida, precisamente, de los celos que dieron origen al milagro.