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Digittol text

Digittol text for Póngtole nombre el discreto

Publication date: August 22, 2026

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El texto procede de lto trtonscripción toutomáticto del mtonuscrito conservtodo en lto Bibliotecto Ntociontol de Esptoñto, signtoturto MSS/18344.

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Póngale nombre el discreto. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/pongale-nombre-el-discreto.

First ptoge of the work
Ltost ptoge of the work

PÓNGALE NOMBRE EL DISCRETO

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Ptog. 1

Mss 18344 © Biblioteca Nacional de España

Ptog. 2

7113 / Go

Mss. 18344

257

I. C. M., p. 637

Póngale nombre el discreto, comedia original del poeta Francisco Gómez Acosta; se hizo de ella una impresión en Sevilla a principios del siglo diez y ocho por Francisco Liefdael.

Jornada primera

Ptog. 3

Hablan en ella las personas siguientes

Lisardo, galán

Robledo, lacayo

Celaura, dama

Lelio, criado

Feduardo, su hermano

Músicos

Fenisio, galán

Uberto, príncipe

Anarda, dama

Octavio, criado

Matilde, labradora

Claudio, su criado

Nise, criada

Federico, rey

Aluano, labrador

Un secretario

Bato, pastor

Salen Celaura y Nise

Nise.

El cuidado de las fiestas

te tiene, señora, ansí.

Celaura.

No hay fiestas, jamás, en mí.

Nise.

Pues ¿qué tristezas son estas?

Como estás de aquella suerte...

Celaura.

Es la mía desdichada.

Nise.

No sé, puedas serlo en nada,

otra cosa te divierte,

pero aunque no me lo digas,

ya lo publican tus ojos.

Celaura.

No quiero causarte enojos,

y porque sepas que obligas,

estimando tu afición,

debida a mi voluntad,

confiada en tu lealtad

te contaré mi pasión.

Ptog. 4

Celaura.

No las fiestas de la corte

son la causa de mi pena,

aunque es ordinario ser

causa de penas las fiestas;

no por ver surcando al sol,

en lo brillante, las piedras,

rayos que entre plumas suben

a la región de su esfera;

no por ver (sino de Apeles)

cuadros que el pincel desprecian,

los vivos originales

que copia naturaleza;

ni por ver que amilanada

cae temblando la tierra,

huye a los cielos medrosa

de los mismos que sustenta;

ni por ver en los caballos

de los vientos el afrenta

con la sujeción del freno

y miedo de las espuelas,

en cuyas bordadas sillas

la margarita sus perlas

desconoce en el engaste

que codiciosa desea,

en quien marciales Adonis,

haciendo guerra a las fieras,

con el rejón quitan vidas

y al herir almas penetran;

ni por ver que de las puntas

de aquel que a Minos afrenta

está pendiente la vida

del necio que la desprecia.

Pues si esto fuera la causa,

fácil remedio tuviera,

pero fue mi pena ver,

y así es mi pena de veras.

No nace mi sentimiento

de vivir en esta aldea,

que aunque vine por disgustos,

con gusto he vivido en ella.

Ya sabes, Nise, que el cielo

ha diez años que sustenta

a las almas que a mi ser

dieron principio en la tierra,

quiero decir, a mis padres,

que fue la causa primera

que me sacó de la corte

al destierro de estas penas,

los mismos a que mi hermano,

retirado, puso en ella

afición al ejercicio,

dando a los cuidados treguas.

Libre viví muchos días,

deleitando en estas selvas

la memoria sin cuidados

y la vista sin sospechas;

no la quiso mi desdicha,

y sobra de dicha fuera

si lograse el pensamiento

lo que mi alma desea.

De los ojos de Lisardo,

el ciego rapaz sus flechas

asestaba al corazón,

y abriendo por él la puerta,

entró, cuando yo en los suyos

la misma correspondencia

dudosa consideraba,

cuanto la temí resuelta.

Y como penas de amor

no pueden ser encubiertas,

las almas fueron oídos,

siendo los ojos la lengua.

¡Ay, qué de veces con ellos

me dijo tantas finezas,

que aunque yo fuera diamante,

viniera a quedar de cera!

Todas sus demostraciones,

sus acciones eran señas

con que me daba a entender

sus más ocultas finezas.

Por conocer él las mías,

sin pedirme la licencia

se la tomó, porque amor

aun los cobardes alienta.

Un domingo de mañana,

a la puerta de la iglesia

(que en estos pasos de amor

fue mi caída primera)

tropecé cuando él llegaba,

y asiendo mi mano diestra,

no sé si me la besó,

solo sentí que por ella

al fuego del corazón

el amor arrojó leña,

y nieve por todo el cuerpo

que heló la sangre en las venas.

Más turbado que yo, dijo:

"No será razón que muera

quien solo pretende vida

para servirte con ella".

Aunque es lisonja, agradezco

esa cortesana oferta,

dije, sin poder hablar,

que amor alentó mi lengua.

Y como dichas de amor

jamás a su colmo llegan,

estos principios de gusto

con mil acíbares mezcla;

pues aunque todos los días

seáis un Argos en la reja,

con la vista le procuro,

es guarda dormida en ella.

Ptog. 5

Celaura.

Mira si es bien que esté triste,

mira si es razón que tema

pues tanto olvido promete

mil recelosas sospechas.

Nise.

Pues no es razón que estés triste

ni tampoco lo es que tengas

recelos de quien te adora

idolatrando estas rejas;

que, a saber yo tu cuidado

días ha que te dijera

cómo no hay noche ninguna

que esta calle no pasea

un caballero embozado

cuyo brío y talle muestra

ser el que solo en Lisardo

cabe tanta gentileza.

Para cuyo desengaño

en una ventana puesta

verás si es el que aseguro

que antes que salgamos venga.

Celaura.

Vamos, Nise, que del alma

ya parece que destierras

el pesar que en ella estaba

solo con tan buenas nuevas.

Vanse.

Salen Lisardo y Robledo, lacayo, de ronda, y músicos.

Lisardo.

Mira si hay gente en la calle.

Robledo.

Si cien mil hombres subiera

ninguno vivo estuviera

solo con mirar mi talle;

pero parece que hay gente,

¿no son diez hombres aquellos?

Lisardo.

Hacia dónde están, que es vellos.

Robledo.

Aguarda un poco, detente;

hidalgos, por ciertos puntos

conviene de aquí quitarse

o en esta espada enclavarse

uno a uno o todos juntos.

Lisardo.

¿Con quién hablas, majadero?

Robledo.

Vive Cristo que es mohína,

por hombre juzgué esta esquina.

Lisardo.

Yo a ti te juzgo por quero.

Salen a la ventana Zelaura y Nise.

Nise.

Es leal el corazón,

mira si yo me engaño.

Robledo.

Haz la seña de ce, ce,

que ya hay gente en el balcón.

Lisardo.

Cantad la letra que os dije:

«Favoréceme, Fortuna».

Robledo.

Mientras él está a la luna

metiendo, porque me aflige

la sed que aprieta el gaznate,

podrá ser que durmiendo,

soñando que estoy bebiendo,

la entretenga y no me mate.

Siéntase a dormir.

Cantan.

Músicos.

En los labios de Celaura

hurtando estaban color

las hojas de los claveles

y los celajes del sol.

Celaura.

Conmigo habla la letra,

tengamos, Nise, atención,

¡ay, quién pudiera escribirla!

Nise.

¿Pedírsela no es mejor?

Cantan.

Músicos.

Para guardar su belleza

en sus ojos puso amor

el veneno de sus flechas,

el imán de su afición.

Lisardo perdió la vida,

mas si verlos mereció

por premio, juzgue a la muerte.

Y el cautiverio a favor,

desterrados de la corte

vinieron por su rigor

para dar vida a la aldea

y para que muera yo.

Robledo.

¿No ha de beber un cristiano

que por la gracia de Dios,

sino fue la del bautismo,

jamás el agua tocó?

Celaura.

Merecido el favor tienen,

Lisardo, tales finezas.

Robledo.

¡Válame Dios, qué ternezas,

y qué derretidos vienen!,

que jamás he visto amante

duro como un alcornoque.

Lisardo.

Permite, mi bien, que toque

este cielo, seré Atlante

si bien es atrevimiento,

oponerme a su sol, bellas,

pues la luz que sale de ellas

da motivo al escarmiento,

y qué más dichosa palma,

pues con haberlos mirado

la gloria de amortizado

deja satisfecha al alma.

Robledo.

Y diga vuesa merced,

pues le sobra tanta gloria,

¿podrá acaso a mi memoria

satisfacerle la sed?

Lisardo.

Hermosa Celaura,

cuyos ojos bellos

luz al cielo quitan

y la dan al suelo.

Ptog. 6

Lisardo.

formando sus rayos

tan claros reflejos

que sirven de aurora

al sol de su dueño,

y reverberando,

como en claro espejo,

sus luces envidia

el dorado Febo.

Duélante mis penas,

muévante mis ruegos,

que, porque me estimes,

servirte merezco.

Voluntad y vida

rendido te ofrezco.

Y no te doy nada,

pues eres su dueño,

mi bien, no dilates.

El mostrar serenos

los ojos que adoro,

pues por verlos muero.

Que en estando ausente

de aquestos luceros,

en celosa rabia

se deshace el pecho.

Mis labios quisieran

siempre estar midiendo

la tierra que pisas,

que se vuelve en cielo,

no ricos tesoros,

no vanos trofeos.

Voluntad rendida

solamente ofrezco.

Y si a los rendidos

jamás nobles pechos

el perdón negaron

ni el castigo dieron,

a tus pies me arrojo

para hallar en ellos

a mi muerte vida,

fin a mis deseos.

Pero si los logro

nacerán de nuevo,

sin que el tiempo impida

lazos tan estrechos.

Celaura.

Querido Lisardo,

de mis ojos dueño,

del amor hechizo,

en dulce veneno,

no rendido pidas

pues puedes soberbio

disponer de mi alma

que en la tuya he puesto.

No temas que pueda

fortuna ni el tiempo

contrastar el gusto

que en servirte tengo.

Pues será más fácil,

hiriendo el acero

en los pedernales,

dar agua por fuego,

que no que te olvide

ni te quiera menos

porque el adorarte

llegó ya a su extremo.

Rendida me tienes,

descanse en tu pecho,

pues por prenda tuya

ya debes hacerlo.

No quiero encargarte

lo que a mi honor debo,

pues si eres amante

sé que eres discreto.

Pues pago la tuya,

vive satisfecho

que ha de ser tu esclava

a pesar del tiempo.

Sale Fenisio de ronda.

Fenisio.

Como el ciervo herido

el líquido elemento va buscando,

y el águila volando

en los rayos del sol busca su nido,

y como sin sosiego

la ciega mariposa busca el fuego.

Ciega de amor y herida

de las viras crueles de Cupido

al sol esclarecido

de unos ojos que han sido su homicida

el alma va buscando,

y son el fuego en que se está abrasando.

Si mi loca esperanza

siendo norte el deseo que me guía

vana desconfianza

en medio de la noche el claro día

quiere que sin sosiego

busque cual lince cuando vive ciego.

Si el norte de los ojos

de Celaura procuro, prenda amada,

a quien di por despojos

un alma cuando de ellos desdeñada,

en su desdén perdida

la vida que con verla revivía.

Buscando sus rigores

los de mi triste suerte me han traído.

Si no a gozar favores,

amores conociendo de su olvido,

que, según me maltrata,

viene a ser tan hermosa como ingrata.

Pero, cielos, ¿qué veo?

Gente en su calle, abierta su ventana.

Ptog. 7

Fenisio.

¿Quién tan dichoso empleo

merecer ha podido, al fin, liviana,

tras tantos desconsuelos?

¿Quieres que muera yo rabiando en celos?

Pero ¿qué me acobarda,

que mejor ocasión para vengarme

aquí mi brazo aguarda?

Cuando el amor, señor, quedo en culparme

de verme en su presencia

celoso y desdeñado, y con paciencia,

fiero monstruo, homicida

de vida y voluntad que no merezco

cuando me es tan debida.

La libertad que a dueño ajeno ofreces

premia mis esperanzas

añadiendo a mis penas tus mudanzas.

Robledo.

Esta sombra no me agrada,

que desde que estoy durmiendo

la hermana esquina ha parido

sin que estuviese preñada,

y temo algún esquinazo

de este mal parto, a mi fe,

mas huyendo taparé

la punta del espinazo.

Fenisio.

¿Quién vive?

Robledo.

No sé, por Dios,

quién muere deciros puedo,

porque me muero de miedo

después que os he visto a vos.

Lisardo.

Tente, viene atrás mi bien.

Celaura.

Él te guarde.

Fenisio.

No acabáis

de responder.

Robledo.

¿Qué buscáis?

Fenisio.

Lo que busco es saber quién

es el que a aquella ventana

estaba ahora hablando.

Robledo.

A qué vino, cómo y cuándo,

y si ha de volver mañana.

Lisardo.

Poco os importa saber

aquello que preguntáis.

Fenisio.

A vos mucho, pues ganáis

la vida con responder.

Lisardo.

No creí que tan perdida

mi vida estaba.

Entra Feduardo de camino.

Fenisio.

Yo sí,

pues quien me la quita a mí

me hace vuestro homicida.

Sabéis que en aquella casa

está la prenda que adoro.

Sabéis que encierra el tesoro

por quien el alma se abrasa.

Sabéis que Celaura bella,

es la vida que hay en mí,

y, cuando la pierda aquí,

la vengo a ganar por ella.

Sabéis que estimo y adoro

la sombra de su hermosura.

Feduardo.

¿Quién jamás tal desventura

pudo oír?

Lisardo.

Sé que el decoro

que a Feduardo se debe,

y quien soy, me ha de obligar

con razón a castigar

a quien sin ella se atreve.

Sé que en esta casa vive

un ejemplo de hermosura,

de honestidad y cordura,

cuyo honor la fama escribe.

Y si cortaros la lengua

atrevida pretendió,

el no castigarlo yo

se podrá juzgar a mengua.

Porque ofender el honor

de tan principal mujer

más locura viene a ser

que no finezas de amor.

Ap.

Feduardo.

Entre Lisardo y Feniso...

mi honor anda en competencia,

ya me sobra la paciencia,

pues no me falta el juicio.

Mas impórtame escudar,

hasta ver si está culpada

mi hermana.

Fenisio.

Cuando la espada

la respuesta puede dar

a tu loco atrevimiento,

quieres que la lengua excuse.

Lisardo.

Y es bien que yo no rehúse

el dar castigo a tu intento.

Fenisio.

El tiro saldrá tan vano,

que aun no te quede lugar

que ocupar pueda el pensar.

Sacan las espadas todos.

Lisardo.

¿A qué aguardas? Mete mano.

Robledo.

No se ha de decir de mí

que en ocasión semejante

saque pies ni huya adelante

pudiéndome estar aquí.

Feduardo.

Ya es fuerza que mi valor

al tuyo ayude en presencia,

pues tú sales en mi ausencia

volver también por mi honor.

Fenisio.

Si por ser muchos, villanos,

llegare a perder la vida,

no irá de balde vendida.

Lisardo.

No con ventaja mis manos

acostumbran castigar.

Caballero, deteneos,

que estimo vuestros deseos,

mas no es razón dar lugar

a que se diga de mí

Ptog. 8

Lisardo.

Contra la calidad mía

que yo en mi guarda os traiga

y acompañado reñí.

Feduardo.

¿Cómo volvéis los aceros

contra quien sale a serviros?

Lisardo.

No ha sido para serviros,

sino para deteneros.

Feduardo.

Pues es justo detener

a quien vuestro bien procura.

Lisardo.

Cuando aquesta me asegura

más favor, no es menester.

Feduardo.

Confieso que sois valiente

y fiel amigo, Lisardo,

pero toca a Feduardo

castigar el delincuente.

Fenisio.

Excusad la competencia,

que a entrambos juntos aguardo.

Feduardo.

Basta solo Feduardo.

Lisardo.

No basta, que esta pendencia

a mí me toca por mía.

Feniso, yo os buscaré.

Id con Dios.

Fenisio.

Lo mismo haré,

y a Feduardo otro día.

Vanse.

Feduardo.

Yo os quitaré del cuidado.

Robledo.

Qué buena pendencia ha sido.

Ellos en paz se han metido

sin haberse acuchillado.

No traían buena gana

de reñir; gallinas son,

pues teniendo esta ocasión

la dejan para mañana.

Sale Anarda y Celio, su criado.

Celio.

Extraña resolución.

Anarda.

Pues, Celio, no me aconsejes.

Celaura.

¿Qué pretendes?

Anarda.

Que me dejes

despeñar de mi pasión.

Que es procurar detener

el curso veloz de un río

y, viento en popa un navío,

hacerle retroceder;

y querer que en la carrera

detenga su carro Febo;

y, viendo el pájaro el cebo,

no le coma y de hambre muera;

que a las estrellas errantes

el ser fijas les convenga,

y que la luna no tenga

sus crecientes y menguantes;

y es querer que al claro día

no siga la noche oscura,

y a quien le sobra locura

le falte melancolía.

Y esto todo puede ser,

mas no puede (aunque engañada,

una vez determinada)

volver atrás la mujer.

Si me estimas, si me quieres,

excusa el aconsejarme,

solo procura ayudarme.

Celaura.

Sábelo en cuanto quisieres;

falta en el aprehender,

eres ángel, y en efeto

servirte en todo prometo

si en algo lo puedo hacer.

Que no ha sido mi intención

el querer que te retires,

sino avisarte que mires

tu honor y reputación.

Si quieres bien a Lisardo,

no es bien picarle con celos

ni hacer, por darle desvelos,

favores a Feduardo;

que se obliga una mujer

solo en dejarse mirar,

y tú lo vendrás a estar

llegando a favorecer.

Antes de determinarte,

considéralo más bien,

y resuelta, aquí está quien

en todo podrá ayudarte.

Anarda.

De los rigores de amor,

violencia de los deseos,

pesado acíbar del gusto

para libres cautiverios;

prisión de las voluntades,

y verdugo tan severo

que a quien confiesa el delito

aprieta más el tormento;

para quien falta defensa,

siendo los más libres pechos

a sujeto tan indigno

indignamente sujetos;

destos, pues, cuanto más libre

estaba mi pensamiento,

mis rigurosas estrellas

humilde esclava le hicieron;

entre falsas esperanzas

el engañado deseo,

si no la intención burlaba,

frustraba el debido premio,

siendo para su castigo

el riguroso instrumento.

Lisardo, en aborrecerme

al peso que yo le quiero,

puse en él mi voluntad,

y, como siempre a un extremo

otro se sigue, siguió

a mi firme amor desprecio.

Si con los ojos le hablaba,

desdeñaba con los mismos,

por estorbar que a los míos

no le sirviesen de espejos.

Procuraba en los principios

Ptog. 9

Anarda.

poner a mi amor remedio,

y cuando más le buscaba,

entonces le hallaba menos.

Vino a entender mi cuidado

y del entenderle recelo

que fue causa de ausentarse

para que pene muriendo.

Fuese a vivir al aldea

y siendo ausencia el remedio

más eficaz contra amor,

crece en ella más mi fuego.

Esto me acaba la vida

y aunque pudieran desprecios

facilitar imposibles

causando aborrecimientos,

ha sido a mi loco amor

añadir fuego a su fuego,

pues cuando más desdeñada

más por sus rigores muero.

Y cuando mis esperanzas

aguardaban su remedio

pensando que en estas fiestas

mereciera el alma verlo,

tan aldeano le juzgo

que esperando desespero,

y solo en mi diligencia

mis buenos libros sucesos

pues cuando me sean contrarios

amor, fortuna y el tiempo

no aumentarán mis desdichas

porque ya están en su aumento.

Resuelta, determinada,

desesperada pretendo

en el traje que te he dicho

ir a Miraflora a verlo.

Bien sabes el amistad

que con Celiaura profeso

y que me vaya a su casa

me escribe cada momento.

En hábito de serrana

le cumpliré este deseo

para ver si de los míos

puedo lograr el efeto.

Celio.

En casa de Feduardo

pretendes ir, no lo apruebo.

Anarda.

Yo sí, porque mi intención

es abrasarle con celos,

persuadirle con suspiros

hasta tanto que mis ecos

hallen la dulce acogida

que pretenden en su pecho.

Haré de los ojos lengua

por ser imán de este acero

rémora de sus cuidados.

Si en otra los tiene puestos,

cuando no, pues Feduardo

tantos favores me ha hecho

que como viste, en las fiestas

empleaba en mí sus premios,

fingiendo tenerle amor

veré si puedo con celos

reducirle, pues tal vez

más que el amor pueden ellos.

Y aunque le haga favores

que no me obligan, es cierto,

pues solo van dirigidos

a alcanzar lo que pretendo,

vamos, Celio, que quisiera

pedirle prestado al viento

sus alas si bien más vuelan

las que tienen mis deseos.

Váyanse.

Sale Robledo y Nise.

Nise.

Mil años ha que te aguardo;

¿cómo tan tarde has venido?

Robledo.

Cuando he seis calles corrido

dices que en venir me tardo.

No ha venido gato al miz,

ni goloso perro al tao,

ni el valenciano al pirao,

ni el olor a la nariz

con tanta velocidad

como yo vengo a saber

en qué puedo obedecer

tu gusto y tu voluntad.

Y esto tan apresurado

que muchos que me encontraban

de verme andar, preguntaban

si era fraile convidado.

Otro dijo con mohína:

"Rueda de molino es".

Yo le dije, "Pruebe, pues,

la tolva de la harina".

Y según esto, tus brazos

bien merecidos los tengo,

cuando por servirte vengo

hecho cuatro mil pedazos.

Nise.

Si en pedazos dividido

como dices, tú estuvieras,

es cierto que no vinieras

con la priesa que has venido.

Robledo.

Cómo no, linda razón,

escucha un poco, enemiga,

y verás a lo que obliga

la fuerza de inclinación.

Un día, tan desdichado

que sin tener qué comer,

me hizo el diablo tener

un lacayo convidado.

Como me vi sin dinero

para comprar un conejo,

Ptog. 10

Robledo.

me aproveché del consejo

de cierto amigo ventero;

con un garrote le di

cuenta de aqueste convite

a un gato, al primer embite

en el suelo le tendí;

desollélo y a fe mía,

que después de aderezado

yo mismo estaba engañado

y ser conejo creía.

Estando puestos en la mesa

acaso un ratón pasó,

y el gato tras él saltó

del plato pieza por pieza;

viéndome perdido yo

con suceso semejante,

miz, miz dije, y al instante

el gato al plato volvió.

Si muerto y guisado un gato

le fuerza la inclinación

a correr tras un ratón,

y el miz, miz le vuelve al plato,

hazaña ha sido bien poca

el venir hecho pedazos

al regalo de tus brazos

y al miz, miz de aquesta boca.

Antes te puedes quejar

de que el gato me ha arañado,

pues él se arrojó guisado

y yo me vengo a guisar.

Nise.

A guisarte vienes, bobo;

tenerte por gato quiero,

pues has sido despensero,

mas el pellejo es de lobo.

Robledo.

¡Oh, de corra la pelleja!

Y está el adagio en las dos:

yo lobo, vulpeja vos,

y entrambos de una coneja.

Nise.

Dejémonos de quimeras.

Robledo.

No podrás, que eres mujer.

Nise.

Mira que eres menester

para un negocio de veras.

Robledo.

No de burlas.

Nise.

Ten juicio

y dile luego a Lisardo

que ha sacado Feduardo

desafiado a Fenisio;

que no los deje reñir,

que vaya y los ponga en paz.

Robledo.

No hayas miedo que en agraz

ninguno se deje ir.

Nise.

Y dile que está con pena

porque ha llegado a temer

lo que puede suceder

a Celaura.

Robledo.

Muy norabuena.

Nise.

Pues a decírselo parte.

Robledo.

Yo parto, y si paz metemos

plegue a Dios que no llevemos

entrambos la peor parte.

Nise.

Ve a decirle con cuidado.

Robledo.

Más veloz que el viento iré,

y en correr imitaré...

Nise.

¿A quién?

Robledo.

Al gato guisado.

Vanse.

Sale Feduardo.

Feduardo.

Por los pasos del honor

el rigor de mi cuidado,

a esperar desesperado

me trae mi competidor.

¡Quién juzgara que traidor

Fenisio pudiera ser!

¡Y quién ha llegado a ver

desdicha y tormento igual,

que causando otro el mal

lo vengo yo a padecer!

Y aunque de Celaura sé

que en esto no está culpada,

es fuerza que con la espada

castigo a Fenisio dé,

porque el atreverse fue

poner en ejecución

su cautelosa intención.

Y en el honor dijo un sabio

que la intención es agravio

y deseos obras son.

Como Fenisio no viene

mucho siento el ver que tarda;

si mi razón se acobarda

viendo la poca que tiene.

Aguardarle me conviene,

y si no viene, buscalle,

pues no basta el aguardalle,

que tan infame traición

no tiene satisfacción

ninguna, sino el matalle.

Sale Fenisio.

Fenisio.

Cuando me quite la vida

de Celaura los rigores,

los juzgaré por favores

dándola por bien perdida.

Si no obliga a esta homicida

la fe de mi voluntad,

será que juzgue a piedad

darme la muerte su hermano,

cuando salgo de su mano

sin vida y sin libertad.

Ptog. 11

Fenisio.

Al que vive padeciendo

el morir es feliz suerte

porque descansa en la muerte

aquel que vive muriendo

yo que descanso pretendo

mi muerte vengo a buscar

pues no me la quiere dar

una cruel homicida

que me permite la vida

solo por verme penar

no se contenta aunque son

las penas en que me veo

más que de Ticio y Proteo

y la rueda de Ixión

soy Sísifo en la pasión

siendo la pena pesada

mi voluntad que alentada

pretende subir al cielo

de Celaura y en el suelo

se quiebra precipitada.

Feduardo.

Ya dudaba tu venida.

Fenisio.

Yo también hallarte aquí.

Feduardo.

No falta valor en mí.

Fenisio.

Ni en mí se falta en la vida.

Feduardo.

Sí faltó pues que pusiste

tu atrevida voluntad

en mi hermana y mi amistad

atropellaste y rompiste

para conocer del oro.

La ley y valor que tiene

llegarle al toque conviene

donde muestra su tesoro

oro es el amistad

y a ti en el toque de honor

te faltó ley y valor

y te sobró deslealtad.

Con estas faltas y sobras

qué valor puedes tener

Fenisio.

Presto lo echarás de ver

remitiéndolo a las obras

Feduardo.

En ellas conocerás

tu traición con el castigo

Fenisio.

Yo con esta hago y digo

Feduardo.

Pues ni harás ni dirás.

Sacan las espadas.

Fenisio.

La fuerza de la razón

parece que me la quita

y que a mi contrario incita

alentado su pasión.

Feduardo.

Ahora verás quién soy.

Fenisio.

Mal lo podré conocer

pues cuando lo vengo a ver

herido de muerte estoy.

Cae dentro.

Feduardo.

Tu maldad te da la muerte

tu delito te castiga.

Entran Anarda en hábito de serrana y Celio.

Anarda.

Caballero que te obliga

a que trates de esa suerte

a un rendido que pretendes

darle la muerte a tus pies

si lo ejecutas no ves

que así tu valor ofendes

que es acción de caballeros

el perdonar al rendido

y estando tan mal herido

del rigor de tus aceros

goza del triunfo y la gloria

que excusándole la muerte

alcanzas pues en vencerte

logras la mayor victoria.

Feduardo.

Cielos si no es ilusión

es Anarda la que veo

o es engaño del deseo

o encanto de mi afición

si vuestro rostro le ampara

nadie le podrá ofender

porque es justo obedecer

hermosura que es tan rara.

Celio.

Repara en que es Feduardo

el que has hablado señora.

Feduardo.

Si el rostro me anima agora

con el traje me acobarda

mas ya me saca de duda

de ver a Celio también

en tanto mal tanto bien.

Vase Celio.

Anarda.

De turbación estoy muda

importa que Feduardo

no sepa a lo que he venido

ni que mudé de vestido

que para ver a Lisardo

Feduardo.

En este traje señora

a qué parte camináis.

Anarda.

Siendo la causa ignoráis

lo que preguntáis ahora.

Feduardo.

Pues qué os movió disfrazada

venir ansí a la aldea.

Anarda.

Quien ama quiere y desea

nunca dificulta nada

lo que os amo estimo y quiero

a este extremo me obligáis

cuando vos os olvidáis

de un amor tan verdadero.

Entre Lisardo y Robledo.

Lisardo.

Que no pude remediarlo

notable desdicha ha sido.

Robledo.

Lindamente hemos corrido

parejas yo y el caballo

miren la flema que tiene

Ptog. 12

Robledo.

habiendo muerto a Feniso,

él ha perdido el juicio.

Lisardo.

Feduardo, ¿cuándo viene

todo el lugar a prenderte,

y muerto a Feniso tienes,

tan de espacio te detienes,

y una mujer te divierte?

¿A qué aguardas? Considera

el peligro en que estás puesto.

Ponte en mi caballo presto,

que entre esos mirtos espera.

Feduardo.

¡Ay, Lisardo!, no podrá,

aunque la muerte me aguarda,

huir el alma de Anarda,

que es el centro donde está;

pues nunca más venturoso

que cuando, hecho pedazos,

muriera yo entre sus brazos,

menos libre y más dichoso.

Lisardo.

No es tiempo de esas finezas,

mira el peligro en que estás.

Anarda.

Advierte, si no te vas,

los riesgos en que tropiezas.

Mira que importa el huir

de la justicia el rigor,

y que no es prueba de amor

aborrecer el vivir.

Feduardo.

Basta que tú me lo mandes

para obedecerte luego.

Robledo.

¡De tanta flema reniego!

Ya había de estar en Flandes.

Feduardo.

El crisol de la amistad

es, Lisardo, la ocasión,

donde se ven voluntades

y se descubre el valor.

Bien sabes que Feduardo

nunca del tuyo dudó,

de que bastante experiencia

has tenido hasta hoy,

de la merced que me has hecho

confieso la obligación,

si bien son ciertas deudas

a mi voluntad y amor.

Por el riesgo de la vida,

como ves, huyendo voy,

aunque es imposible huir

de mi desdicha el rigor.

No mi hacienda te encomiendo,

solo te encargo el honor,

pues queda puesto en Celaura,

de quien triste hermano soy.

Mira por ello, Lisardo,

que pues el cargo te doy,

si a mí en el honor me toca,

así en la reputación,

no dudo de que lo haga

quien en mi ausencia acudió,

sin habérselo encargado,

a mirar por mi opinión.

Quien tiene obligaciones

en que nos pone el amor,

no ignore lo que me toca

viéndome en esta ocasión.

Y pues Anarda por mí

su patria y casa dejó,

es justo que tú la ampares,

pues no puedo hacerlo yo.

En mi casa con Celaura

pueden asistir las dos

mientras que dispone el cielo

mi estado a suerte mejor.

No tengo más que encargarte,

considera esta razón.

Celaura queda a tu cargo

y Anarda en guarda te doy.

Lisardo.

De que de mí te confíes

hago tanta estimación

cuanta te dirán los tiempos.

Robledo.

Quien vio tiempo, hablará.

Feduardo.

Dame tus brazos, Anarda,

por el último favor.

A Dios, amigo Lisardo.

Lisardo.

A Dios, Feduardo.

Anarda.

A Dios.

Vanse.

Robledo.

De mí no se hizo caso,

pues que no se despidió.

Vaya a buscar el caballo,

que en eso vengado estoy.

Vase.

Sale Albano viejo en hábito de labrador con gabán y cayado, y dice así:

Albano.

Dichoso llama Horacio al aldeano

que entre la variedad de aquellas flores

no envidioso, envidiado, vive ufano,

ajeno de recelos y temores;

poniendo su cuidado ya en el grano,

que vierte liberal ya en los primores,

con que al arte excedió naturaleza,

cifrando su pincel tanta belleza.

La vana pretensión no le alborota,

ni el recelo envidioso da cuidado;

solo su ingenio sigue la derrota

tras la coyunda tosca del arado,

entre cuyos despojos rica flota

la tierra ofrece en escuadrón dorado,

mostrándose a mil agravios agradecida.

Ptog. 13

Albano.

produciendo un tesoro por la herida,

desmintiendo ficciones cortesanas,

abraza la verdad del desengaño,

¡ay, ilusiones fantásticas y vanas!,

muestra el sencillo pecho tan extraño,

cuan propio a sus acciones aldeanas,

sacando de las flores desengaño,

viendo que ya en la corte hasta las rosas

son, por andar al uso, artificiosas.

No teme del invierno los rigores,

porque desea leña prevenido

burlar diciembre a agosto sus calores,

no en costosos tapices escondido

ni en retrete mosaico de labores,

sino en el tosco albergue entretejido

del seco inútil ramo, ya sin fruto

que la encina a su choza dio en tributo.

Con cristal despeñado de esta sierra,

en tazas de alabastro jaspeado,

la insaciable sed que el pecho encierra

cuando más de sus ansias fatigada,

sin nevado artificio se destierra

bebiéndole sin él más que nevado,

con que viene a quedar tan satisfecho

cuanto sin artificio es más provecho.

No el fénix del Arabia, no el precioso

francolín en su plato al mediodía

se aparece, que el monte más cercano

el conejuelo, y la perdiz le cría

para que, cautivándole su mano,

de los perros excuse la porfía,

y en la salsa le coma no costosa,

pero de más provecho y más sabrosa.

Con la suave voz los ruiseñores

forman adulación a sus oídos,

y a los ojos le ofrecen estas flores

mil flamencos países, y en sus nidos

aprende del sirguero los amores

y escuela de la tórtola, gemidos,

y ve que cuanto cría el monte y valle

es para entretenelle y alegralle.

Con esto, de la corte los deseos

olvida la memoria sin cuidados,

gozando el alma en su quietud trofeos,

descansando el sentido, si cansados

los fatigados miembros que en empleos

del ejercicio rústico ocupados,

niegan la ociosidad al pensamiento,

cifrando el non plus ultra del contento.

Sale Bato, pastor simple.

Bato.

Pardiez, que no creí

hallarte, mi amo, hoy.

Albano.

¿Qué quieres, Bato? Aquí estoy.

Bato.

¿Es de veras que está aquí?

Albano.

De veras es.

Bato.

No lo creo.

Albano.

Bien es que dudando estés.

Si estoy, ¿no me ves,

bruta bestia?

Bato.

Ya, ya lo veo.

Albano.

¿Qué es de Matilde?

Bato.

Una liga.

Ptog. 14

Bato.

estaba atando al herido.

Albano.

¿Qué herido?

Bato.

¿No lo ha sabido?

Albano.

No.

Bato.

Pues busque quien se lo diga,

que no le pienso decir

cómo en el campo hallamos,

escondido entre unos ramos,

casi ya para morir,

un hombre que se quejaba.

Albano.

¿De qué?

Bato.

De que le dolía

una herida que tenía

y tanta sangre arrojaba.

¡Oh, ya todo se lo digo!

Pardiez, que soy discreto

para guardar un secreto.

Matilde, que iba conmigo,

podrá decir, si la llama,

lo demás que sucedió,

que allá con él se quedó.

Albano.

¿Adónde quedó?

Sale Matilde de serrana.

A Álvaro.

A Matilde.

Bato.

En la cama.

Mas, sosega, viene aquí;

descubre lo que pasó,

no le he dicho nada yo.

Albano.

¿Qué herido es este? Di.

Matilde.

Entre los troncos sombríos

del sotillo de los robles,

cuyo sitio por lo oscuro

rayos del sol no conoce,

esta tarde conducida

de los ecos de unas voces

que a lástima provocaban

las duras piedras del monte,

mal herido y no curado

vi regar la tierra un joven

con la sangre que derrama,

que en rojos arroyos corre,

cuya falta ya su rostro

fatigaba, tornasoles

haciendo el sol de sus ojos

ocasos de su horizonte.

Con lástima llegué a verle,

admirada de que el bosque,

si no en vasos de esmeralda,

cogía su sangre en flores.

Limpió su rostro mi mano,

y en él los lirios entonces

a sus mejillas de rosas

usurpaban los colores.

Agradeció con los ojos

la piedad, que no conoce

acción de la voluntad

nacida de un pecho noble.

Fue mi toca en su herida

lisonja de sus dolores,

cuya sangre, agradecida,

se detuvo por entonces.

De los dos la débil fuerza

imposibles reconoce

que impiden para curarle

debidas ejecuciones.

Desesperaba el remedio

cuando el cielo me socorre

de Bato, que en una yegua

las ásperas breñas rompe.

El veloz paso detuvo

a los ecos de mis voces

que, alentadas del deseo,

penetraban corazones.

Desocupa de la yegua

lugar donde el cuerpo pone

en quien solo hubo de vida

cuidado de que la goce.

El llegar a la cabaña

impedir quiso la noche,

mas la luz que en ella hubo

hizo los pasos veloces;

en fin, llegamos a ella

donde tu piedad recoge

último fin de una vida

y un eclipse de dos soles.

Ven a aplicarle remedio

que puede ser que la goce,

y que pague, agradecido,

el premio de estos favores.

Albano.

Vamosle a ver, que en el pecho

la lástima puerta rompe

a darle para la suya

la vida que en este esconde.

Matilde.

Será restaurar la mía

hacer que la suya goce.

Bato.

Para que, después de sano,

el garzón sus dichas logre.

Fin de la Primera Jornada

Jornada segunda

Ptog. 15

Salen Lisardo, Celaura, y Anarda, Robledo y Nise, de campo.

Lisardo.

¿Más gusto pudiera darte

de este campo el alegría,

cuyas flores a porfía

los pies llegan a besarte,

y en solo tocar tu sombra

tanto su hermosura alientan

que agradecidas intentan

servir a tus pies de alfombra?

Este prado es un espejo

en que verás tu belleza,

que cogió naturaleza,

aunque la cifró en bosquejo.

Mira, publicando agravios,

el vergonzoso clavel

corrido que falta en él

lo que le sobra a tus labios.

Y por quedar más hermosas,

con más belleza y primor,

van mendigando color

de tus mejillas las rosas.

Y, imitando tu blancura,

mira el jazmín y azucena

que ella propia se condena,

que no iguala a tu hermosura.

Mira, olvidado de sí,

al narciso enamorado,

porque todo su cuidado

le tiene ocupado en ti,

y mira que les provoca

a jactarse de arrogancia

el participar fragancia

del aliento de tu boca.

Y mira que si se viste

de tus colores el prado,

por divertir el cuidado,

le premias mal, si estás triste.

Y juzgo por cosa impropia

que en tu tristeza se vea

cuando, por ti, Amaltea

desprecia su cornucopia.

Celaura.

¡Ay, falso, que tus rigores

son causa de mis desvelos!

Que, cuando me abrasa en celos,

me esté diciendo favores,

que a solas me desestime,

huyendo siempre de mí,

y con adularme aquí

me abrase más y lastime.

Anarda.

No son vanas mis sospechas,

¿hay más mal que padecer

que entre mis desprecios ver

tirarme amorosas flechas?

Bien te das a alegrar

sino mirando las flores,

celebrando los primores

con que las veo dibujar.

Que, aunque lo que dice es llano,

advertida considero

que usáis más de lisonjero

que discreto cortesano.

Robledo.

Yo, mi Nise, sé primores

con que decirte mi amor,

mas si tú me das la flor

se gastará el tiempo en flores.

Nise.

Necio y engañado estás,

eso de flor, este puto.

Robledo.

Contentome con el fruto,

pues que la flor no me das.

Y adviértote que no entre

en aquesta petición

ni fruto de bendición

ni el mal fruto de tu vientre.

Lisardo.

Al fresco de este arroyuelo,

si gustas, puedes sentarte

y verás cómo reparte

por estos campos su yelo,

a cuyo son, con süaves

ecos de voz, Filomena

podrá divertir tu pena,

ayudada de otras aves;

y conduciendo clamores,

el céfiro nos regala,

porque con ellos exhala

mil varias gomas de olores,

y no puedo darte más

que ofrecerte su reflejo,

pues doy en él un espejo

en que tu rostro verás.

Celaura.

Ya tu lisonja me agravia,

y puedo temer por yerro

ver en el agua algún perro

con que se aumente mi rabia.

Hágase dentro ruido de caza.

1.

En la espesura del monte

se ha escondido el jabalí.

2.

Cerquémosle por aquí.

3.

Y tú a herirle dispone.

1.

Hacia el príncipe se llega.

2.

El venablo le tiró.

3.

Por los brazuelos le dio

y el campo su sangre riega.

Celaura.

Repara en este ruido.

El rey es, ¿qué hemos de hacer?

Anarda.

Huyamos.

Lisardo.

No puede ser.

Ptog. 16

Sale el Príncipe Uberto de Hungría, Octavio y Claudio y otros criados de caza.

Octavio.

Valeroso el tiro ha sido,

cuando más veloz y fiero

miedo a los lebreles daba,

pareció que deseava

rendir la vida a tu acero.

Lisardo.

La suya offrece a tus pies

el ya rústico aldeano,

que sin merecer tu mano

aguarda que se la des.

Príncipe.

Alza, Lisardo, y recibe

los brazos.

Lisardo.

Tanto favor.

Príncipe.

Deuda es devida al amor

que en tu leal pecho vive.

Celaura.

Dé la mano vuestra alteza

a quien servirle procura.

Aparte.

Príncipe.

Di al archivo de hermosura,

di al portento de belleza.

Alzad, señoras, del suelo,

porque me pueden culpar

si ven que permito estar

puesto a mis plantas el cielo.

Robledo.

Ésas te vende ignorante

un lacayo por de oras.

Lisardo.

Necio, no prosigas más.

Robledo.

Quiero pasar adelante,

porque el yr en delantera

es de lacayos derecho,

que me hará mal provecho

dejarle por la trasera.

Príncipe.

¿Es tu hermana, di, Lisardo,

esta dama?

Lisardo.

No, señor.

Celaura.

Indigna de tu favor,

y hermana de Feduardo,

es Celaura.

Príncipe.

¿Cómo indigna

os juzgáis, siendo tan llana?

que soy sí príncipe humano,

y vos sí dama divina.

Dos flechas sus ojos son,

que sin hallar resistencia

el rigor de su violencia

me ha pasado el corazón.

Anarda, bienes halláis

en el aldea, a fe mía,

pero con tal compañía

cuerda, como en todo, andáis.

Anarda.

En hacerme honra y favor

ha gustado vuestra alteza,

la cortesía y grandeza

devida a vuestro valor.

Aparte.

Príncipe.

A perseguir a las fieras

vine al monte donde rindo,

de un falso dios perseguido,

que sabe cazar de veras.

Tirano amor que me incitas,

cuando yo vida desprecio,

hacer de Laura aprecio,

y la libertad me quitas.

Aparte.

Lisardo.

Desde que el príncipe entró,

de Celaura no apartado

los ojos, y su cuydado

mis cuydados aumentó.

Príncipe.

Si tales damas tenéis,

Lisardo, en aquesta aldea,

es bien que ella corte sea,

y vos la corte dejéis.

Celaura.

El ser la corte consiste

en que su alteza es el norte

de estos campos, y la corte

adonde el rey asiste.

Príncipe.

Esa es lisonja cruel,

de que forma quejar suelo,

no es corte, Celaura, es cielo,

pues ay ángeles en él.

Lisardo.

No es cielo que mis rezelos

claramente dan a entender

que cielo no puede ser

sino un infierno de celos.

Robledo.

No infierno, pues es notorio

que no ay ángeles allá,

ni gloria que sus penas da.

Lisardo.

Pues, ¿qué será?

Robledo.

Purgatorio,

que por diferentes modos,

cuando más se están riendo,

sabes que están padeciendo,

aunque están en gracia todos.

Príncipe.

Lisardo, pues no queréis

yr a la corte, advertí

que de aquí adelante aquí

cada día me tendréis.

Que de bolar la afición

me dio una garza que he visto.

Lisardo.

Si es la mesma que conquisto,

quisiera en esta ocasión

ser neblí, sacre o azor

para poderla cazar.

Ptog. 17

Aparte.

Príncipe.

Mejor dijeras azar

si eres mi competidor.

Tirano amor busca medio

a quien diste la herida,

o acaba ya con mi vida

o no viva sin remedio,

Anarda.

Anarda.

Señor.

Aparte.

Príncipe.

Escucha.

Lisardo.

¿Qué la querrá?

Príncipe.

En ti mi remedio está.

Anarda.

Y el deseo de agradarte;

y será feliz mi suerte

como te pueda servir

en algo.

Príncipe.

Yo he de venir

mañana a la noche a verte.

Anarda.

Y no sabré a lo que vienes,

pues sabes que soy leal.

Príncipe.

A buscar el fin a un mal

y dar principio a mis bienes,

pues si veneno en los ojos

de Celaura amor me dio,

busque la triaca yo

dando el alma por despojos;

que ya no puedo negar

que al instante que la vi

el alma y vida le di,

y más, si más pude dar.

Dile que vendré a hablarla

sin alargarse el deseo

a alcanzar otro trofeo

que servirla y agradarla.

Anarda.

¿Dónde mandas que te aguarde?

Príncipe.

A una ventana saldrás.

Anarda.

¿A qué hora, señor, vendrás?

Príncipe.

Según mi deseo, tarde.

Anarda.

A cualquiera hora saldré

a obedecerte y servirte;

no quiero sino pedirte...

Príncipe.

Una piedra tiraré.

Robledo.

¿Qué necesidad aprieta

a este príncipe bizarro,

pues teniendo secretario

hace a una dama secreta?

Lisardo.

Jamás descuidéis recelo

del secreto de los dos.

Príncipe.

Anarda, quédate a Dios;

Celaura, guárdete el cielo.

Vase el Príncipe y criados.

Lisardo.

Anarda, ¿qué te quería

el Príncipe?

Anarda.

Cifras son

de cuidado y de pasión.

Lisardo.

Dímelas, por vida mía.

Anarda.

Siempre el juramento es

obligatorio al secreto,

y así guardarle prometo;

y corre riesgo entre tres.

Celaura.

No lo pienso descubrir.

Lisardo.

Bien lo quiero yo saber.

A Zel.

A Lis.

Anarda.

Tú lo sabrás padecer,

y tú lo sabrás sentir.

Nise.

Ahora bien, si eres discreto,

en esto se ha de probar.

Robledo.

Dime en qué.

Nise.

En adivinar

lo que contiene el secreto.

Robledo.

A declararlo me obligo

si tú lo quieres buscar.

Nise.

Pues, ¿dónde lo he de hallar?

Robledo.

Dos deditos, no lo digo.

Vanse.

Sale Feduardo en hábito de villano con capa y espada.

Feduardo.

En la corteza villana

de este rústico vestido

honor y amor me han traído

a ver a Anarda y mi hermana;

que si en mi hermana dejé

el alma con el honor,

la vida, Anarda, en tu amor,

y si el alma y vida fue,

esta me obliga a volver

mil riesgos atropellando.

Mas, alma y vida buscando,

¿qué riesgos puedo temer?

En noche que es tan oscura,

y ayudado del vestido,

aun no seré conocido

de mi propia desventura.

A Lisardo buscaré

para saber lo que pasa,

mas si le busco en su casa

a peligro me pondré,

pues conocido sería

si acaso está acompañado;

juzgo por más acertado

ir a llamar a la mía.

En este cuarto mi hermana

dormía, quiero llamar...

Pero mejor es tirar

una piedra a la ventana.

Tira una piedra, sale a la ventana Anarda.

Ptog. 18

Feduardo.

abrir con tanta presteza

parece que hubo cuidado,

y aun a mí me lo ha causado.

Anarda.

Ya tardaba vuestra alteza.

Federico.

Alteza triste de mí.

Conviene disimular

hasta llegar a aclarar

el secreto que hay aquí.

Si a los pasos el deseo

su velocidad prestara

es cierto que no tardara,

¡ah, traidora!

Anarda.

Yo lo creo.

Aparte.

Federico.

Anarda, esta es enemiga.

¿Cómo tan presto olvidaste?

Anarda.

Hice lo que me mandaste,

ya hablé a Celaura, mi amiga.

Federico.

Cielos, está conjurado

contra mí vuestro rigor,

ya mi desdicha es mayor,

ya es infierno mi cuidado.

¿Qué dice?

Anarda.

No hay que tratar.

Federico.

¿Por qué?

Anarda.

Porque es semejante

al duro acero, al diamante,

a la roca opuesta al mar.

Federico.

Mujer es, y si tú quieres

gozar su favor espero,

que no hay diamante ni acero

que no ablanden las mujeres.

Anarda.

Fía que te serviré.

Aparte.

Federico.

Creo que me venderás,

pues ya haciéndolo estás.

Anarda.

¿Qué dices?

Federico.

Que estimaré

lo que hicieres.

Anarda.

Por ti

volveré a hablarle yo,

que si hoy me dijo de no,

mañana dirá de sí.

Federico.

Dila que estoy padeciendo,

cautivo de su afición,

y será tirana acción

querer que viva muriendo;

aunque tú sabrás decirla

más que decirte sabré.

Anarda.

Con lo poco que yo sé,

sé que sabré persuadirla.

Federico.

¿Que no hará tu discreción?

¿Quieres que te vuelva a ver

mañana?

Anarda.

No podrá ser,

yo procuraré ocasión

en que te pueda hablar.

Sale Lisardo.

Lisardo.

Amistad, cuidado y celos,

amor, temor y recelos,

no me dejan sosegar;

busco el fuego en que me quemo

y en tal extremo me hallo

que cuando puedo apagallo

apagar el fuego temo.

Fuerza amor la voluntad

a que logre su afición,

y impiden la ejecución

las leyes de la amistad,

desprecio de Amor la gloria

siguiendo un penoso abismo,

pero en vencerme a mí mismo

logro la mayor victoria.

Y cuando más ciego estoy

le digo a Amor por descargo:

Celaura queda a tu cargo,

y Anarda en guarda te doy.

Pero ya podrá culparme

de la poca que he tenido,

pues otro al puesto ha venido

a difamarme y matarme.

Sin duda el Príncipe es,

¿será justo acometerle?

mejor es reconocerle

pero no podré después.

Federico.

Donde viene, Anarda, adiós.

Anarda.

El cielo guarde tu alteza.

Lisardo.

Con el Príncipe tropieza

el eco de aquella voz,

él es sin duda.

Federico.

Recelo

que este el Príncipe ha de ser.

Lisardo.

Llegaré a conocer.

Federico.

Llegaré y conocerélo.

¿Qué gente?

Lisardo.

¿Quién lo pregunta?

Federico.

La respuesta es extremada,

este brazo y esta espada.

Lisardo.

Pues responderá esta punta.

Federico.

Lisardo es este, detén,

que no es aqueste lugar

de reñir ni alborotar

ni a los dos nos está bien.

Lisardo.

Donde quisieres iré.

Federico.

Sígueme pues.

Lisardo.

Tras ti voy.

Federico.

Allá te diré quién soy.

Lisardo.

Y allá quién soy te diré.

Ptog. 19

Sale Celaura y Nise a la ventana.

Nise.

No es disparate aguardarle

sin saber que ha de venir.

Celaura.

Yo sé que no ha de salir

esta noche de esta calle.

Nise.

Pues ¿con quién celos ha mirado?

Celaura.

En su semblante lo vi,

y en sus ojos lo leí

por cifras de su cuidado,

que se disimula mal

una celosa pasión,

y más si los celos son

de persona principal,

que viendo al competidor

con mayor merecimiento

se aumenta más el tormento

y se acrecienta el rigor;

y el celoso en ver que ayer

el Príncipe habló a Anarda,

sé yo que esta noche aguarda

por ver si me viene a ver.

Nise.

Pues ya se acabó el desdén

que hasta aquí había tenido.

Celaura.

Sí, Nise, porque ha venido

aqueste mal por mi bien.

Sale el Príncipe, Uberto y Octavio de ronda.

Príncipe.

Fementido rapaz, desnudo y ciego,

escaso, desleal, falso, atrevido,

que con doradas puntas me has herido

y arrojado en el mar en que me anego,

mira de Troya el valeroso fuego

en que mi corazón está esculpido,

y pues de este rigor la causa ha sido,

merezca mi dolor tener sosiego;

que si llego a gozar el bien que adoro,

y me haces delante de este cielo,

pues tanto en tu dotrina estoy constante,

fabricarte prometo un templo de oro,

cubierto siempre de un inmortal velo,

si es templo de oro el pecho de un amante.

Nise.

Bien has hecho en aguardarle.

Príncipe.

Si no me engaña el deseo,

gente en su ventana veo.

Nise.

Ya Lisardo está en la calle.

Príncipe.

Hacia allá quiero llegarme,

a reconocer quién es.

Nise.

Digo que Lisardo es.

Celaura.

Él es que ya llega a hablarme.

Aunque dudé tu venida,

con todo salí a aguardarte.

Príncipe.

Es poco para pagarte

ese favor, alma y vida.

Celaura.

Algo lisonjero vienes.

Príncipe.

Cuando veo que tuyo soy

y lo que es tuyo te doy,

¿por lisonjero me tienes?

Celaura.

Ya ha conocido el cuidado

que vive en ti desde ayer,

y ese me obligó a saber

de anoche lo que ha pasado.

Príncipe.

Por el que vivo en mí

huelgo que lo hayas sabido.

Celaura.

Favor de un Príncipe ha sido.

Príncipe.

Tú eres reina para mí.

Celaura.

No reina, tu esclava soy,

mas reina quisiera ser

por llegarte a merecer;

aunque temerosa estoy

de que me has venido a ver

no tanto por voluntad

cuanto por curiosidad

y deseo de saber.

Príncipe.

La fuerza de mi afición

y quien me ha hecho venir,

que es imposible vivir

sin tus ojos, porque son

el imán de mi sentido,

rémora de mi deseo,

el premio de mi trofeo...

Celaura.

Aunque parece fingido

lo que has dicho, tu favor

con esta banda le premio.

Príncipe.

Será en mi pecho el apremio

para las deudas de amor.

Celaura.

Vienes tan enamorado,

que pongo duda, en rigor,

si son finezas de amor

o lisonjea cuidado.

Príncipe.

Quieran los cielos, mi bien,

si lisonjas hay en mí,

que no halle amor en ti

y me abrase tu desdén.

Celaura.

Es imposible olvidarte,

y estimo en tanto el oírte,

que ya me es fuerza decirte

que quiero mañana hablarte;

que, pues con seguridad

de día en casa podemos

vernos, es bien que excusemos

dar nota a la vecindad;

que aunque atropella el amor

inconvenientes mayores,

quiero gozar tus favores

sin que la tenga mi honor.

Príncipe.

Sujeto a tu gusto estoy,

y tu parecer apruebo

tanto que por él de nuevo

la vida y alma te doy.

Ptog. 20

Celaura.

Quisiera poder pagarte,

los favores que me das.

Príncipe.

Y yo quisiera ser más

para tener más que darte.

Celaura.

Vete mi bien que es ya tarde.

Príncipe.

Mañana volveré a verte.

Celaura.

Serás Diosa mi suerte.

Príncipe.

Quédate a Dios.

Celaura.

Él te guarde.

Vanse las dos.

Octavio.

El espacio que has tenido

me pronostica tu bien,

hubo favor o desdén.

Príncipe.

Más que favores ha habido,

ni ya tengo que temer

ni gusto más desear.

Octavio.

Nunca en el amor y el mar

seguridad puede haber;

y culpo tu confianza

sin alcanzar lo que intentas,

pues son ciertas las tormentas

siempre en la mayor bonanza.

Príncipe.

En punto que es tan seguro,

¿qué borrasca puede haber?

Y más si merezco ser

la yedra de aqueste muro.

Vanse.

Salen Robledo y Nise.

Robledo.

Deme las manos su Alteza.

Nise.

¿Qué dices? ¿Estás en ti?

¿Cómo me hablas así?

Robledo.

Como te juzgo Princesa,

que desde la cacería

todo tan perdido va,

Príncipe acá y acullá,

y todo principiería.

Nise.

¿Pues en eso qué delito

he venido a acometer?

Ni ¿qué me puede a mí hacer

el Príncipe?

Robledo.

Un principito.

Nise.

¡Qué donoso disparate!

Y ¡qué ciega necedad

habiendo en otra ciudad

la que el Príncipe combate!

Robledo.

No son mis sospechas vanas,

pues tal vez en la batalla

para asaltar la muralla

aportillan barbas canas;

y ardid de guerra sería,

o por fuerza o voluntad,

para ganar la ciudad

tomar primero la espía;

y en grandes es cosa usada

el comer de una corvina

y dejar una gallina

que por ordinario enfada.

Nise.

Neciamente has apodado.

Robledo.

Bien sé que he hablado mal,

pues siendo el caso carnal,

le he convertido en pescado.

Sale Zelaura sola.

Celaura.

Robledo, ¡qué buen encuentro!

¿Adónde Lisardo está?

Robledo.

En su quicio se hallará,

porque es, señora, su centro.

Celaura.

Discreto estás.

Robledo.

Cosa es clara

que siempre he estado discreto.

Celaura.

Di, ¿dónde queda en efeto?

Robledo.

Aquí mandó le aguardara,

y entre tanto que venía,

como tiene el esperar

algo de desesperar,

con Nise me entretenía.

Nise.

¿Tú conmigo? Ni por lumbre.

Robledo.

Con otro peor fiambre

suelo yo matar la hambre.

Nise.

¿Y la sed?

Robledo.

Con un azumbre.

Entre Lisardo.

Lisardo.

De Feduardo he sabido

todo lo que le pasó,

y que en Anarda faltó

la fe que le ha prometido.

Celaura.

Como tan turbado vienes,

Lisardo.

hablarte a solas quisiera.

Celaura.

Robledo y Nise, idos fuera,

ya estamos solos, ¿qué tienes?

Lisardo.

¡Oh, necia confianza!

Tengo a costa de mi daño

conocido un desengaño

y perdida una esperanza.

Vengo sin valor, paciencia,

y en vez de premio, castigo;

el poder, por enemigo,

y en mujer la resistencia.

Tengo temor de perder

sin haber entrado en juego;

tengo mil Etnas de fuego

en que siento el pecho arder.

Celaura.

Di que mientras te detienes

en decirme tu dolor,

en mayor pena y rigor

de la que sufres, me tienes;

pues lo que tú sientes, siento,

y dilatando el decirlo,

dos veces vengo a sentirlo

y es mayor mi sentimiento.

Tanta dilación condeno,

pues no estando yo culpada,

Ptog. 21

Celaura.

quieres que en taza dorada

vaya tomando el veneno.

Di, ¿qué tienes?

Lisardo.

Tengo amor,

tengo de un Príncipe celos,

y justamente recelos

y de perderte temor.

Celaura.

Pues no tienes que temer.

Lisardo.

¿Cómo no, si ya por ti

viene cada día aquí,

y anoche te vino a ver,

y en tu calle se entretuvo

la mayor parte rondando,

y con Anardo hablando

en esta ventana estuvo

por el diz que te hablara.

Y te ruego, eres mujer,

mira si puedo temer.

Celaura.

En lo que dices repara.

¿No por que contra mi honor

puse los ojos en ti,

es bien me trates ansí

despreciando mi valor?

Que si te llegué a estimar

fue porque la inclinación

y la fuerza de afición

me hicieron atropellar

un millón de inconvenientes

tan dignos de estimación

cuanto mal pagados son

en lo mal que de mí sientes.

Y si tú me desestimas

porque juzgas que prefiero

al Príncipe, no te quiero

pues en tan poco te estimas.

Que si a otro quise fue

por el primero del mundo,

y pues te haces segundo,

al primero adoraré.

No me hables ni me veas,

que en dando en aborrecer

no vuelve atrás la mujer

que es ángel.

Lisardo.

Pues aunque seas

ángel en aprehensión,

volverá atrás tu desdén,

que es fuerza quererme bien

como escuches mi razón.

Si anoche te vino a ver,

¿no es justo que tema yo?

Celaura.

Si no me vio ni habló,

¿qué tienes tú que temer?

Y cuando el Príncipe venga,

y cuando me llegue a hablar,

¿de mí te has de recelar?

Aunque su valor prevenga,

no acabas de conocer

que vence en mí tu valor

que resistirá su amor

su porfía y su poder.

Lisardo.

Nunca el alma lo dudó,

Celaura, cese el desdén,

pues sabes no estimo el bien,

quien perderle no temió.

Déjame ver en tus ojos,

no te muestres tan cruel,

que a esos lazos de clavel

daré el alma por despojos.

Celaura.

No la desconfianza,

porque a costa de mi daño

tengo visto un desengaño

y perdida una esperanza.

Dente los cielos paciencia,

pues te dieron por castigo

el poder por enemigo,

y en mujer la resistencia,

que no me quiero perder

sin haber entrado en juego,

que si eres etna de fuego

no quiero en tu pecho arder,

pero por ser principal,

ya que en ti hace elección

por conservar mi opinión

te querré aunque me esté mal.

Lisardo.

Si te está mal, no me quieras.

Celaura.

¡Oh, qué donosos extremos!

Lisardo.

Celaura, burlas dejemos,

pues nos queremos de veras.

Salen Nise y Robledo.

Nise.

El Príncipe viene a verte.

Lisardo.

¿Qué dices?

Celaura.

Suceso extraño.

Mi bien, detrás de este paño,

por mi gusto has de ponerte.

Verás en esta ocasión

que es falso cuanto sospechas,

y tus malicias deshechas

al crisol de mi afición.

Que ni me vence el poder,

ni me obliga el interés,

y aunque al Príncipe llegase,

tuya soy y lo he de ser.

Escóndese Lisardo y entra el Príncipe.

Príncipe.

Mientras la noche pasaba,

Ptog. 22

Príncipe.

mil siglos (Celaura mía)

cada instante se me hacía

que en venirte a ver tardaba;

mas ya el alma viene a verse,

mi bien, como lo ordenaste.

Lisardo.

Traidora, que me encerraste

aquí para darme muerte.

Celaura.

¿Qué es lo que dice tu alteza?

Príncipe.

Que a obedecerte he venido.

Robledo.

Cual galápago afligido

saca y mete la cabeza.

Celaura.

¿Cuándo te dije, señor,

que me vinieses a ver?

Príncipe.

Cuando llegué a merecer

de tu mano este favor;

cuando esta banda me diste.

Aparte.

Celaura.

¡Ay, cielos, que me engañé,

y por Lisardo le hablé!

Lisardo.

¿Para aqueso me escondiste?

Celaura.

¿Cómo podré remediallo?

Lisardo.

¡Ah, traidora!

Aparte.

Celaura.

¿Qué haré?

Diréle que me engañé.

Lisardo.

¡Falsa!

Celaura.

Mejor es negallo.

Mira que vienes a ciegas,

que tal banda no te di.

Lisardo.

¡Que para engañarme a mí

tan claras verdades niegas!

Príncipe.

¿Cómo no, por el balcón,

anoche no me la diste,

y que era premio dijiste

de mi amor y mi afición?

¿No dijiste "tuya soy,

y reino quisiera dar

por llegarte a merecer"?

Lisardo.

En furia rabiando estoy.

Príncipe.

¿Que era imposible olvidarme

no dijiste y, por oírme,

te era forzoso decirme

que penabas? Hallarme

estas razones extrañas.

Celaura.

Yo, señor, no te las dije.

Príncipe.

Su resolución me aflige.

Celaura.

Mira, señor, que te engañas.

Príncipe.

Si es por burlarte, mi bien,

mira que me das cuidado.

Lisardo.

Yo solo he sido el burlado.

Príncipe.

Baste, Celaura, el desdén,

deja que llegue a besar

tus manos.

Celaura.

Mira, señor,

que hay en mi pecho valor.

Lisardo.

Para saber engañar.

Celaura.

Y si en ese intento atrevido

quieres poner en efeto,

hará que pierda el respeto

que a tu persona es debido.

Dicen dentro.

Claudio.

¡Quién vio tal atrevimiento!

Octavio.

¡Prended a aquel villano!

Claudio.

Alcanzarle será en vano;

alas le ha prestado el viento.

Entra Octavio.

Octavio.

En la silla del caballo

de vuestra alteza, claro,

está un villano, y huyó;

y procurando alcanzallo,

para castigar su intento,

el nuestro salió tan vano

que nos pareció el villano,

pareciendo a todo viento.

Príncipe.

Muestra el papel.

Octavio.

Vesle aquí.

Cerrado y sellado viene,

y el sobrescrito que tiene

declara que es para ti.

Toma el Príncipe el papel y lee.

Príncipe.

Porque Femiro intentó,

de esta causa el deshonor,

a las manos de un rigor

infelizmente murió.

Si a dar vuelta, alteza,

en quien le sigue su intento,

no culpe un atrevimiento

que amenaza su cabeza;

la tuya será mejor

cortarte; y los que lo vieron,

que mil pedazos no hicieron

la de un villano, traidor,

y por vida del Rey juro,

que si no le esconde el cielo,

no ha de estar en todo el suelo

de mis rigores seguro;

y aun en el infierno creo

que seguro no estará,

que si es Eurídice allá

no ha de faltar otro Orfeo,

que pudo el papel clavar

y que entre todos se fuese

sin haber quien le prendiese.

¿Qué disculpa puedes dar?

Yo propio he de ir a buscalle,

y aunque lástima le encubra,

Ptog. 23

Príncipe.

He de hacer que se descubra

para solo castigalle

al momento. Vuelvo a verte,

Celaura.

Vanse el Príncipe y Octavio

Robledo.

Suceso extraño.

Lisardo.

Mi bien, detrás de este paño

por mi gusto has de ponerte.

Verás en esta ocasión

que es falso cuanto sospechas

y tus malicias deshechas

al crisol de mi afición.

Celaura.

Déjame satisfacción,

Lisardo; el enojo cese.

Lisardo.

Aunque al principio le pese,

callarás y lo he de ver

falsa, ingrata, desleal.

Celaura.

Oye la satisfacción.

Lisardo.

Por conservar mi opinión

te querré aunque me esté mal.

Celaura.

Mi bien, oye un desengaño.

Lisardo.

¿Yo tu bien? ¿Yo te he de oír?

Ni tú, ¿qué puedes decir

a tan claro desengaño?

Desleal, traidora, fiera,

¿no bastaba aborrecerme

sino tú misma ponerme

adonde mis celos viera,

que fue ingrata tu intención,

o qué pretendiste hacer?

Mas solo en una mujer

pudo caber tal traición.

Celaura.

Oye, mi bien.

Lisardo.

¿Qué he de oír?

Celaura.

Escucha.

Lisardo.

¿Qué he de escuchar?

Celaura.

Aguarda.

Lisardo.

¿Qué he de aguardar?

Celaura.

¿Qué es lo que intentas?

Lisardo.

Huir

adonde jamás me veas.

Celaura.

Deja, Lisardo, rigores.

Lisardo.

Goza, goza los favores

del Príncipe, que deseas,

no te acuerdes más de mí.

Celaura.

Solo que me escuches pido.

Lisardo.

Yo que le des al olvido

el tiempo que viví en ti,

los favores que me hiciste,

los que te dije engañado,

que desprecies mi cuidado

al punto que le quisiste,

que me nieguen tus sentidos,

que mi persona te asombre,

que cuando oyeres mi nombre

tengas de áspid los oídos,

que no creas que te quise

y cuando te decía

requiebros burla sería.

Como es verdad que lo dice,

un áspid libio parezcas

cuando te llegue a hablar

y si te volviera a amar

me olvides y me aborrezcas.

Robledo.

Echar, echar maldiciones

y luego de noche y día

andará Celaura mía

llorando por los rincones.

Celaura.

Pues aunque te quieras ir,

no lo has de hacer sin oírme.

Lisardo.

¿Cómo te atreves a asirme?

Celaura.

Pues, ¿por qué no te he de asir?

Lisardo, saben los cielos

que sin culpa estoy culpada.

Lisardo.

La disculpa es extremada.

Robledo.

Igual le tienen los celos.

Lisardo.

Deja, ingrata, no me tengas.

Celaura.

Óyeme y te dejaré.

Lisardo.

No es bien que falta de fe

sobras de razones tenga.

Celaura.

Jamás ha faltado en mí

la fe que el alma te tiene.

Lisardo.

Suelta, que el Príncipe viene.

Sale el Príncipe, Octavio y criados.

Príncipe.

Traidor, ¿cómo estás aquí?

Lisardo.

¿Por qué me llama tu Alteza

traidor?

Príncipe.

Porque fue tu intento

fomentar atrevimiento

que amenaza mi cabeza;

pues de tu casa un villano

salió con este papel

y la letra que está en él

pide tu cabeza y mano,

y cesará la porfía

cuando con esto se arguya

que yo te corte la tuya,

porque amenazas la mía.

Quitadle luego la espada.

Lisardo.

A ti la daré, señor,

aunque no he sido traidor

ni he tenido culpa en nada.

Ptog. 24

Robledo.

¿Qué es aquello?

Príncipe.

¿Oyes, Octavio?

Llévalo a la cárcel presto.

Celaura.

Repara, señor, que en eso

haces a mi honor agravio,

porque, si ausente mi hermano

Lisardo cuida de mí,

mandarle llevar ansí,

que maliciaron es llano,

que le mandaste prender

solo por tener lugar

para poderme hablar.

Aparte.

Lisardo.

Y por eso viene a ser,

pues claramente se ve

que no ha sido otra ocasión

la causa de esta prisión.

Llévanle preso.

Príncipe.

Tu atrevimiento lo fue.

Llevalde.

Celaura.

¿Cómo, señor,

puedo tan poco contigo,

pues con ruegos no te obligo?

Príncipe.

No hay ruegos para un traidor.

Celaura.

Mira, señor, que yo sé

que no es Lisardo culpado.

Príncipe.

Cuando tengo averiguado,

Celidaura hermosa, que él fue

quien el papel escribió

y que se lo dio a un criado,

que con traje disfrazado

de villano le clavó

en la silla del caballo,

no es razón que le apadrines,

ni lo es que determines

impedir el castigallo.

Pues si no se castigara

semejante atrevimiento,

pudiera ser que su intento,

como dije, ejecutara.

Celaura.

Yo sé que sin culpa está

y que el papel no escribió,

ni lo vido, ni lo oyó,

y que, si tu Alteza va

con ánimo de prenderle,

para con esto mejor

poder conquistar mi honor,

sepa que no ha de vencerle;

que al Rey mi señor he de ir

y él, como prudente y sabio,

la ejecución de este agravio

sabrá muy bien impedir.

Príncipe.

Yo te diré que tus ojos

mayor agravio me han dado,

pues me han llevado del pecho

alma y vida por despojos.

Y no te enojes que al sol

usurpas los arreboles,

afrentando al sol tus soles

y tu arrebol su arrebol.

Importa prenderle agora

y después se dará tu gusto,

porque conozco que es justo

que te sirva quien te adora.

Entran Octavio y Claudio.

Octavio.

Llevando preso a Lisardo

como mandaste, salió

aquel hombre que clavó

el papel, que es Feduardo,

y a voces: "Decid

al Príncipe que yo fui

el que en la silla clavó

el papel y lo escribí;

yo solo soy el culpado,

que en nada toca a Lisardo.

Y que yo soy Feduardo,

aunque en traje disfrazado."

Intentámosle prender,

y se defendió de suerte

que solo con darle muerte

la prisión pudiera ser.

Como Lisardo le vio

maltratar, determinado

quitó la espada a un criado

y con todos se afirmó;

tan briosos anduvieron

que, aunque nosotros hicimos

diligencia, no pudimos

prenderlos, y al fin se fueron.

Príncipe.

¡Vive el cielo, que mereces

que te mate! ¡Ay, tal bajeza!

Que tan infame vileza

públicamente confieses.

Venid, cobardes, conmigo,

por donde fueron diréis,

y si los hallo, veréis

un espantoso castigo.

Vanse el Príncipe y criados.

Celaura.

Ya mi desdicha es mayor,

mi hermano ha sido el culpado.

Ptog. 25

Celaura.

y el príncipe va enojado,

Nise.

no temas que su rigor

a tu hermano haga injuria.

Celaura.

¿Por qué, Nise?

Nise.

Porque arguyo

que con solo un favor tuyo

se acabe toda esta furia,

y hallará en su memoria

que el vengarse es barbarismo,

pues venciéndose a sí mismo

gana la mayor victoria.

Fin de la segunda jornada

Jornada tercera

Ptog. 26

Salen Fenisio y Matilde

Fenisio.

Conozco te soy deudor

de la vida que poseo,

y quisiera dulce empleo

si la pierdo por tu amor.

Cesen, mi bien, los rigores,

o mi muerte solicitas.

Matilde.

Cuando de la vida me quitas,

no me adules con favores,

¿de qué tirano has oído

que fuese tal homicida,

que a quien le anima la vida

se la quitase atrevido?

Fenisio.

¿Yo la vida te he quitado?

Matilde.

¿No ves que sin ella estoy?

Fenisio.

Si la que tengo te doy,

¿en qué me hallas culpado?

Aunque tan pródiga fuiste

conmigo, bastó obligarte,

pues solo puedo pagarte

con lo mesmo que me diste.

Y si me quieres matar,

la deuda habrás de perder,

pues no hay más en mi poder

con que poderte pagar.

Y será deuda en su mano

si vuelves a deshacer

lo que solo pudo hacer

el efecto de tu mano.

Matilde.

Los que el más fuerte rigor

de la efímera padecen

tan solo el agua apetecen

con que mitigan su ardor;

y en los cristales deshechos

de las fuentes más amenas

libran el fin de sus penas,

con que quedan satisfechos.

Y cuando libres quedaron

del incendio de su fragua,

todos se olvidan del agua

porque en sanando olvidaron.

Tú, cuando enfermo te hallaste,

quedarte aquí prometiste,

y apenas sano te viste

cuando al punto lo olvidaste;

y darme muerte pretendes,

Fenisio, cuerdo te vi.

Fenisio.

Matilde, no digas más,

porque mi lealtad ofendes.

Matilde.

Bien dices, con mi temor

que la deuda perderé

y que no la cobraré,

pues que se ausenta el deudor.

Fenisio.

Si hallo, señora, en verte

el remedio de mi vida,

e irme es cosa conocida

que será buscar mi muerte,

plegue al cielo, si ausentarme

de tu casa solicito,

que por alevoso delito

el rey mande castigarme,

y el caballo en que subiere

me haga dos mil pedazos,

llegando muerto a tus brazos

porque remedio no espere;

y si la imaginación

tal...

Matilde.

No prosigas, detén;

conozco que eres mi bien,

y que premia mi afición

que eres la luz de estos ojos

y el norte de mi esperanza.

Fenisio.

Mas tú el iris de bonanza,

desterrando mis enojos;

tú en el mar de mi ventura

rémora de mi sentido,

pues me tienes detenido.

Ptog. 27

Fenisio.

el imán de tu hermosura,

eres el sol que me alumbra

y la estrella que me guía,

eres en mi noche día

y la alteza que me encumbra,

eres la vida que vivo

y el premio de mis deseos,

en quien todos mis empleos

harán cierto lo que digo.

Eres a quien debo el ser,

la vida y la voluntad,

a quien di mi libertad

y a quien he de obedecer.

Matilde.

Soy quien servirte desea,

soy quien desea agradarte

y soy quien solo en amarte

dichosamente se emplea,

soy quien ser tuya pregona

sin dejarlo de merecer,

solo por engrandecer

con tal dueño mi persona,

que me honro en ser tu esclava.

Fenisio.

En ser señora dirás,

porque con serlo me das

el honor que me faltaba.

Sale Álvaro.

Albano.

¿Cómo, Feniso, os halláis

Fenisio.

en hospedaje tan bueno?

Por demasía condeno

a que, aunque preguntáis,

hállome como el que halla

todo cuanto deseo,

como el que salud halló

cuando dudaba alcanzalla,

como el que se vio en el mar

en la tormenta anegado

y en el puerto deseado

en salvo se vino a hallar.

Hállome favorecido

con la merced que me hacéis,

y en mí un esclavo tenéis.

Albano.

Pues yo me hallo corrido

de no poderos servir

conforme mi voluntad,

los deseos estimad.

Fenisio.

Las sobras podéis decir

pues las que de vos recibo

son tales como se ve,

pues mi vida en vos hallé

y solo por ellas vivo.

Albano.

Excusad el cumplimiento.

Si nuevas queréis saber

de la corte, las que ayer

supe, os diré, estadme atento.

Dicen que el príncipe Roberto

puso en prisión a Lisardo

y con él a Feduardo,

por decir que os había muerto;

tan enojado su alteza,

porque la muerte ha creído,

que ha jurado y prometido

de cortarles la cabeza.

Será rigor inhumano

si tal castigo padecen,

pues la muerte no merecen

estando vos vivo y sano;

demás de que yo a Lisardo

tengo mucha obligación,

y entre deudas de afición

reconocimientos guardo,

cuando no por la verdad,

por quien soy, y por mi amor,

se librará de este rigor;

procurar su libertad,

yo a la corte llegaré

antes que llegue el castigo,

de vuestra vida testigo

para la suya seré,

porque mi dicho acredite

una carta me daréis.

Fenisio.

Con ese aviso queréis

que yo me desacredite,

cuando obligado me halle

a que yo en persona fuera,

aunque ofendido estuviera,

solo a la corte a librallo;

no es razón que me impidáis

aquesta acción de honor,

pues con aqueso el valor

que vive en mí desdoráis.

No tuvo culpa Lisardo

ni yo la venganza espero,

que como buen caballero

me sirvió solo Feduardo,

y así con vuestra licencia,

a la corte partiré

pues más bien remediaré

su vida con mi presencia.

Albano.

Vuestro pensamiento alabo.

Matilde.

Yo condeno tu mudanza

y a quien tiene confianza

en hombres.

Fenisio.

Soy vuestro esclavo.

Albano.

Yo me voy a prevenir

un caballo que llevéis.

Ptog. 28

Albano.

con que el viento airado despejes.

Matilde.

No será el de mis suspiros.

Albano.

Su Matilde le previenen

regalos para el camino.

Vase.

Matilde.

Que me burlas imagino,

o que no me quieres bien,

pues apenas de no irte

la fe y palabra me has dado,

cuando estás determinado

de dejarme y de partirte.

Como tan mal has pagado

la voluntad que me debes,

¿cómo es posible que niegues

deudas que me has confesado?

Si deuda tan conocida

me niegas, bien que arguya

que porque te di la tuya

me quieres quitar la vida.

Fenisio.

No te aflijas de esa suerte,

Matilde, pues si me ausento

ya sabes lo que es mi intento

y que he de volver a verte,

que es imposible huir

obligaciones de honor,

y las que debo a tu amor,

servirte hasta morir,

quédate con Dios, mi bien.

Matilde.

Que al fin te vas, enemigo.

Fenisio.

Voyme quedando contigo.

Matilde.

Y yo sigo tu desdén.

Vanse y salen el Príncipe y Celaura con manto, y Robledo.

Príncipe.

Celaura, si tu rigor

me había de dar la muerte,

¿por qué di, cuando fui a verte,

me hiciste tanto favor?

¿Por qué requiebros dijiste?

¿Por qué tu bien me llamabas?

Y si mi amor no estimabas,

¿por qué esta banda me diste?

Mira que, aunque estés mudada,

estás, por tener valor,

y haberme hecho favor

a proseguir obligada.

Celaura.

Si no te favorecí,

no puedo estar obligada;

y advierte que fui engañada

cuando esta banda te di,

que contigo hablando estuve,

te confieso, aunque en mi daño;

mas el hablarte fue engaño,

que por Lisardo te tuve;

a Lisardo quiero bien,

y pues llego a declararme,

ni te canses en cansarme

ni te ofenda mi desdén.

Príncipe.

¿Cómo no me has ofendido,

me tienes con este exceso?

Yo tengo a Lisardo preso

cuando tu favorecido,

y cortando su cabeza

no gozará tus favores.

Celaura.

Ni semejantes rigores

son dignos de tu grandeza.

Príncipe.

Si el tuyo es tan inhumano

que la muerte quieres darme,

en Lisardo he de vengarme,

no perdonando a tu hermano;

las penas que tú me das

en los dos castigaré,

sus cabezas cortaré.

Celaura.

Mejor, señor, lo harás.

Príncipe.

Hazlo tú mejor conmigo,

y amansaré mi rigor

al peso de tu favor.

Celaura.

Que les des mil muertes, digo;

muera Lisardo y mi hermano,

pues hay tal crueldad en ti,

que no me obligan a mí

con trato que es tan tirano.

Haz, señor, lo que quisieres,

que a mí no me vencen fieros,

ni es trato de caballeros,

ni digno de quien tú eres;

y es bien que a vileza arguya

cosas de un príncipe ajenas,

y más teniendo en mis venas

tanta sangre de la tuya;

mas no faltará remedio

para impedir tu rigor,

porque del Rey, mi señor,

pondré la persona en medio.

Diréle que me amenazas,

que procuras mis afrentas

y conseguir las intentas

con las dos muertes que trazas.

Seguro puedes estar

que, aunque te quisiera bien,

lo convirtiera en desdén.

Ptog. 29

Celaura.

tan mal modo de obligar.

Robledo.

¡Oh, qué lindo desengaño

es el que a Celaura he oído

para el pobre que escondido

estuvo detrás del paño,

que albricias pienso ganar

cuando esta nueva le dé!

Príncipe.

Si culpas que muertes dé,

¿por qué procuras matarme?

Cuando tú hables al Rey,

muy poco ha de aprovechar;

mi gusto he de ejecutar,

que mi voluntad es ley.

Sea o no modo tirano,

mi gusto he de conseguir,

y si no, verás morir

a Lisardo y tu hermano.

Celaura.

Cuando intente tu pasión

tal exceso contra mí,

bien podrá el que viene aquí

impedir la ejecución.

Sale el Rey y acompañamiento.

Celaura.

Poderoso Señor, cuya clemencia

la ejecución impida del castigo,

no fundado en justicia, en la violencia

de un tirano poder, por enemigo;

que, viendo que es injusta su sentencia,

la quiere ejecutar porque no sigo

los bastardos deseos con que intenta

efectos de su gusto con mi afrenta.

Rey.

Alza y prosigue.

Celaura.

Digo que a mi hermano

y Lisardo, su Alteza no ofendido,

la muerte quiere dar (rigor tirano,

pues aquella crueldad solo ha nacido

de un abortivo intento). Sí, liviano,

que admitir de su Alteza no he querido,

y viendo en el desdén mis extrañezas,

feriar quiere mi honor a sus cabezas.

Rey.

Uberto, ¿qué es aquesto?

Príncipe.

Con engaños

esta dama, Señor, librar pretende

de tu justo rigor y de sus daños

el más atroz delito que defiende,

trocándole en sentidos tan extraños.

Como sabrás, a su delito atiende,

y en veras me mueve la justicia,

conociendo en su informe su malicia;

mi intento de gozar la causa ha sido

de la prisión que dice de su hermano,

que solo le prendí porque, atrevido,

dio la muerte a Semisio por su mano,

estando en el delito convencido,

que merece la muerte, caso es llano.

Juzga tú si es mal hecho que esté preso,

y sentencia tú mismo su proceso.

Rey.

Yo lo veré y os guardaré justicia.

Celaura.

Y tu Real persona guarde el Cielo.

Vase el Rey.

Príncipe.

No ha de valer, Celaura, tu malicia.

Celaura.

Pues deshará la tuya mi buen celo,

no permitiendo el Cielo tu injusticia.

Príncipe.

Que te has de arrepentir, yo lo recelo.

Celaura.

No me verás jamás arrepentida,

porque estimo el honor más que la vida.

Vanse. Salen presos Feduardo y Lisardo.

Feduardo.

Que Uberto no se contente

con querer ser mi homicida,

y quitándome la vida

quitarme el honor intente;

que el ser quien es no le obligue

a que llegue a conocer

que hace mal en proceder,

si sus intentos prosigue;

¿cómo es posible que el Cielo

rayos de fuego no envíe

Ptog. 30

Feduardo.

contra tanta tiranía.

¿Cómo no le traga el suelo?

Que ha de quedar sin castigo

el rigor de este tirano,

cuando ejecuta su mano

tales crueldades conmigo.

Lisardo.

Feduardo, la paciencia

es el remedio mejor.

Feduardo.

¿Paciencia en tanto rigor?

¿Paciencia en tanta violencia?

Entra Robledo.

Lisardo.

¿Qué hay, Robledo?

Robledo.

¿Qué ha de haber?

Después que estáis enjaulados,

llover sobre mí cuidados,

para daros de comer.

Que ni perdiz ni conejo,

ni gallina ni capón,

carnero, vaca o jamón,

ni aun poco de abadejo

he hallado, aunque a buscallo

toda la corte he corrido,

porque todo está escondido,

y hambre tan solo hallo.

Aquí la darán barato,

si de ella queréis comer,

y aun no la quieren vender,

sino es pagando la a plata.

Todos están padeciendo,

y quejas al cielo dan,

que no comen y se están

unos a otros comiendo.

Lisardo.

Calla, necio.

Robledo.

Callaré.

Porque esto es razón sentillo,

que ello mismo, sin decillo,

se dice, como se ve.

Feduardo.

¿Dónde Celaura quedó?

Entran Celaura y Nise con mantos.

Aparte.

Robledo.

Tengo mucho que contar.

Al rey le fuimos a hablar,

con el príncipe riñó,

quejóse Celaura al rey

de que el príncipe os tenía,

sin razón, con tiranía,

presos, contra toda ley;

que, porque no concedió

con su deseo atrevido,

por vengarse, de corrido

prender a los dos mandó.

Vuestro tío por disculpa,

que la causa de prenderte

fue por tener en la muerte

de Fenisio tanta culpa,

y calló lo del papel,

que no se atrevió a decillo,

y le valió el encubrillo,

para no reñir con él.

En efeto, el rey mandó

que el pleito se le llevase,

para que él determinase

si es bien soltaros o no;

mas Celaura le dirá

mejor, pues que viene aquí.

Y después te diré a ti

cierto lance que hubo allí.

Feduardo.

Hermanas, sean bien venidas.

Celaura.

Es imposible haya bien,

ni puede caber en quien

la desgracia es conocida.

Feduardo.

¿Cómo de pleitos te va?

Celaura.

Algo el nuestro se mejora.

Feduardo.

Con tal solicitadora

no hay duda de que tendrá

buen suceso.

Celaura.

Yo lo espero,

que el rey con buena intención,

lo ha de mirar sin pasión.

Aparte a Lisardo.

Robledo.

Advierte que andas grosero;

habla a Celaura, que a solas

graves finezas por ti;

escúchame lo que vi,

y quedarás satisfecho.

Feduardo.

Acción fue de tu valor.

Aparte a Feduardo.

Celaura.

Negó la causa, en efeto.

Feduardo.

Y anduvo en ello discreto,

para encubrir su rigor.

Lisardo.

Eso pasó.

Robledo.

Y mucho más.

Lisardo.

Notable gusto me has dado.

Robledo.

Pues estás desengañado,

desenojado estarás.

Lisardo.

Poco duran los enojos

donde reina voluntad.

Robledo.

Si te tiene o no amistad

pregúntaselo a sus ojos,

que ellos están publicando

lo que confesarte oí.

Lisardo.

¿Que al fin le dijo que a mí

me quería...?

Ptog. 31

Robledo.

Así burlando,

díjole que te adoraba,

y Uberto desesperado

la cabeza ha amenazado

de su hermano.

Lisardo.

Cosa brava,

en fin, solo de Feniso

la muerte dio por disculpa,

y por causa de la culpa

y de tu prisión indicio.

Entra un Secretario

Secretario.

Lisardo, su Majestad,

habiendo visto el proceso

y que sin culpa estáis preso,

os manda dar libertad.

Feduardo, yo quisiera

daros nuevas de más gusto;

tened paciencia el disgusto

que en las que os traigo os espera.

Por la muerte de Feniso,

el Rey os manda cortar

la cabeza.

Robledo.

¡Bravo azar!

Feduardo.

Bien de suplicio indicio

ha dado.

Secretario.

Si confesasteis

la muerte que pudo hacer...

Celaura.

¿Quién paciencia ha de tener?

Feduardo.

Celaura, el alma no gaste

lágrimas, pues que no son

de remedio ni provecho.

Celaura.

¡Ay, hermano, que del pecho

salir quiere el corazón!

Lisardo.

Feduardo, si pudiera,

juzgando la bien perdida,

solo por salvar tu vida

en ferias la mía diera.

Tanto he llegado a sentir

esta sentencia que espero,

que me ha de acabar primero

el ver que tú has de morir.

Secretario.

Yo quisiera consolaros;

quedad, señores, con Dios.

Vase

Lisardo.

Si somos uno los dos,

¿quién de mí podrá apartaros?

Feduardo.

Lisardo, si en mi disgusto

consuelo puede hallarse,

sin duda viene a cifrarse

en una acción de tu gusto.

Ya sabes la voluntad

con que estimo tu persona,

y que la fama pregona

las deudas de tu amistad.

Y en ocasión tan forzosa

será preciso pagarte,

y solo podré con darte

a Celaura por esposa,

que con aquesto contento

y gustoso moriré,

pues seguro partiré

de que no logre su intento

el Príncipe, pues ha sido

siempre su guarda y amparo,

que lo serás está claro

quedando por su marido.

Lo más que te puedo dar,

Lisardo, amigo, te doy.

Lisardo.

Confieso que honrado estoy,

mas ¿qué puedo desear?

Pues el premio que me das,

por más que hubiera servido,

ni le hubiera merecido,

ni pudiera alcanzar más.

Hoy en mí se viene a ver

lo que no se suele hallar:

un extremo de pesar

y otro extremo de placer.

Feduardo.

Celaura, dale la mano

a Lisardo.

Celaura.

Con la vida,

pues es cosa co[nocida]

que en dársela [...]

Dale la [...]

y aunque ad[...]

el Rey teng[...]

si podemos suplicar

y valernos su clemencia.

Lisardo.

Vamos, que contigo i[ré],

que es imposible que [...]

haber mal que me [...]

pues tanta dicha alcan[zo].

Vanse todos y salen el Príncipe y Anarda con manto

Anarda.

En efeto, despreció

Celaura a tu alteza.

Príncipe.

Sí,

y no estimándome a mí,

que adoraba confesó

a Lisardo. ¿Qué daré,

Anarda, para obligarte?

Ptog. 32

Anarda.

Paréceme que libraste

a su hermano, y yo diré

que a mí Lisardo me ha dado

palabra de casamiento,

y tu ayuda mi intento

lo verás burlado.

[...] dose conmigo

[...] r porfía

[...] quería

[...] por amigo

[...] tú le obligas

la vida a su hermano.

Sin duda alguna es llano

[...] voluntad consigas.

¡Oh Anarda! muy bien

[i]dea viene a ser,

de consejo de mujer

bienes que Lauro le den.

Tú a mi padre le dirás

que de casarse contigo

palabra te dio, y testigo

de este contrato darás.

Anarda.

Lo que quisieres diré,

cual mío en tu gusto fijo.

Príncipe.

Yo que se case contigo

aunque él no quiera haré.

Anarda.

Por lindo modo mi intento

he venido a conseguir.

Príncipe.

Con ello es fuerza salir

logrado mi pensamiento.

Anarda.

Aunque he querido a Lisardo,

el intento que ahora llevo

es librar, ya que lo debo

de la muerte a Eduardo.

Sale el Rey y acompañamiento, Lisardo, Celaura, Robledo y Nise.

Celaura.

Señor...

Rey.

Levanta, y no prosigas.

Celaura.

No sé si podré callar.

Rey.

Bien puedes, que sin hablar

con solo mirar obligas

a tanto extremo, que en ver

el dolor que representas,

concediera lo que intentas

si se pudiera hacer.

Celaura.

No hay cosa al Rey imposible.

Rey.

Guardar la justicia es fuerza,

y no es bien que yo la tuerza.

Celaura.

Ni que mi pena insufrible

quede sin remedio.

Príncipe.

Llega,

y goza de la ocasión

dándole tu intercesión

lo que el Rey sin ella niega.

Príncipe.

Permita Su Majestad

por hacerme a mí favor,

que desterrando el rigor

halle lugar la piedad.

Rey.

¿Tú intercedes?

Príncipe.

Sí, señor,

que en cosas que justas son,

lo será mi intercesión.

Rey.

Pues vale poco el favor

en quien reina la justicia,

y aunque librarle deseo,

no puede ser, porque veo

oponerse la malicia

a mi clemencia. Ansí,

será fuerza ejecutar

la sentencia.

Príncipe.

Da lugar

a que pues la causa fui

de su prisión y del mal,

antes que culpa me den

tenga principio mi bien.

Que un sujeto principal

grande afrenta viene a ser

ver que con razón se arguya

que por causa y culpa suya

otro llegue a padecer.

Rey.

Estar sin cuidado puedes,

que en nada culpado fuiste,

que como Juez le prendiste

y como noble intercedes.

Celaura.

Y tú como Rey piadoso

has de perdonar, señor,

no ejecutando el rigor

en un hombre que celoso

de la honra justamente

acudió a su obligación.

Rey.

Las mías, Celaura, son

dar castigo al delincuente.

No me tratéis de esto más.

Anarda.

Pues también cuando subiera

de Lisardo la malicia,

con razón castigarás.

Palabra de casamiento

me ha dado, y casarse intenta

dando principio a mi afrenta

con darlo a su atrevimiento.

Mira si es razón, señor,

castigar de aqueste agravio

a quien obliga, a mi labio

publicar su deshonor.

Ptog. 33

Rey.

Lisardo.

Lisardo.

¿Yo a ti palabra

de casamiento te he dado?

Señor, si tal ha pasado,

ruego al cielo que se abra

la tierra, y me trague vivo.

¡Yo palabra! ¡Yo casar!

Anarda.

Quien tan bien sabe negar,

no es mucho que niegue esquivo

la palabra que me dio.

Príncipe.

Yo, señor, te informaré

lo que en este caso sé.

Rey.

Anarda, cree que yo

miraré por tu justicia.

Nise.

¡Plegue a Dios que mal despache!

Robledo.

Sí hará, pues tarde piache

de esta dama la codicia.

Nise.

Tarde piache enfadoso.

Robledo.

¿Sabes tú por qué se dijo?

Nise.

No, mas si no eres prolijo

lo escucharé.

Robledo.

Es donoso

cuento. Llegó un pasajero

muerto de hambre a una venta,

tan alcanzado de cuenta

cuanto falto de dinero.

Por Dios limosna pidió,

y aunque es impropio en venteros,

el darle dos huevos hueros

al mendigante le dio.

Tomó el uno y, sin asar,

se lo sorbió de una vez,

y cuando llegó a la nuez

comenzó un pollo a piar.

Para que fuera, os despache,

no halló remedio y dijo:

Id al estómago, suso,

pues que tan tarde piache.

Anarda tarde ha piado,

y aunque la palabra pida

de cobrar la despedida,

pues Lisardo está casado,

bien has dicho, cosa es cierta.

Entra Fenisio.

Fenisio.

Para hablar a los reyes

nunca permiten las leyes

tener cerrada la puerta.

Valeroso Federico,

de cuyos servicios, hechos

lenguas, aumentan la fama,

juzgando por corto el tiempo.

Sabiendo que la justicia

y la piedad estuvieron

juntas en igual nivel,

en ti como en propio centro.

Sabiendo que a Feduardo,

atropellando con ruegos,

por la muerte de Fenisio

mandaste cortar el cuello

antes que la ejecución

administrase el acero,

viene a darte el desengaño

para deshacer el yerro.

Fenisio, señor, es vivo.

Si yo la vida poseo,

y no es bien que el vivo muera

cuando ves con vida al muerto,

Feduardo valeroso

me sirvió como caballero,

que si injurias no le hice,

castigó mi pensamiento.

Corrido de que le tuve

y vergonzoso este tiempo,

he gastado en la cabaña

de Albano, y con los remedios

que aplicó su voluntad

mi salud restituyeron.

Cuando en ella del castigo

avisos ciertos me dieron,

partí porque el desengaño

fuese a su vida remedio,

cuya pido que se otorgue.

Si valen contigo ruegos,

que en rogar por mi contrario

quiero vencerme a mí mesmo.

Sáquele de la prisión

para que en lugar de acero,

entre lazos de amistad,

mis brazos ciñan su cuello.

Rey.

Sirva al tuyo esta cadena,

siendo de albricias el premio,

pues ya impidiendo el castigo

deshaces mi sentimiento.

Justiciero ejecutaba

lo que sentencia severo,

si bien lloraba piadoso

de mi rigor el efecto.

Tráiganle de la prisión.

Y el que tus plantas reales beso,

mil veces el alma y vida

de nuevo vuelven al cuerpo.

Fenisio, quisiera darte

según tu merecimiento

las albricias, mas perdona,

recibe buenos deseos.

Príncipe.

También es razón, las de

pues que la acción de tu pecho

queda satisfecho el mío

si con una cruz le premio.

Tanto la envidio, Fenisio.

Ptog. 34

Príncipe.

que la gloria que poseo

feriara por la que ganas,

que a la mía la prefiero;

imitará tus acciones,

perdonando al que está preso

el desacato que tuvo

en su inmenso atrevimiento.

Fenisio.

A tan enteras mercedes

dé las gracias el silencio,

pues no hay palabras que basten

a referir lo que siento.

Lisardo.

El cielo te hace dichoso,

causando envidia tus hechos,

con que venganzas infames

siendo de perdón ejemplo.

Entran Octavio y Feduardo.

Feduardo.

Humilde y agradecido

a besar tus plantas vengo.

La vida que me das

de nuevo, señor, te ofrezco.

Rey.

Fenisio es quien te la da,

siendo agradecimiento.

Su voluntad corresponde

para premio de tus hechos.

Feduardo.

Dame los brazos, Fenisio,

para que pueda con ellos

pagarte, señor, la vida,

la voluntad que te debo.

Príncipe.

Llega también a los míos,

que en no castigar tus yerros

quiero imitar a Fenisio,

pues que se venció a sí mismo.

Nise.

De tan extraños prodigios

quede, parece, robado.

Robledo.

Que es el día del Juicio,

pues resucitan los muertos.

Entra Albano.

Albano.

Escucha, rey poderoso,

el agravio que me ha hecho

el más desagradecido

de cuantos sustenta el suelo.

Aqueste pecho que cubre

el tosco sayal grosero,

alimenta sangre noble

a quien dio blasón el tiempo.

Mas por ser en causa propia

la alabanza vituperio,

y también por no cansaros,

dejo quien soy en silencio;

no pudiendo sustentar

lo que mis padres y abuelos

en la corte sustentaron,

porque mi caudal fue menos.

Reprimiendo cuerdamente

la locura del deseo,

escogí la soledad

en una quinta que tengo.

Retiréme a ella a vivir

si bien asido muriendo,

que es muerte de cortesanos

el aldeano destierro.

Allí con sola una hija,

de mis glorias el espejo,

el Benjamín de mis años

e ídolo del pensamiento,

vivía (si no gustoso)

divirtiendo con el tiempo

memorias, que dan cuidados,

cuidando de no tenerlos.

Hasta que turbó mi paz

ingrato agradecimiento,

que para robar a Elena

Paris fue huésped del griego.

Este Fenisio que ves,

que en traje de caballero

encubre tratos villanos

la falsedad de su pecho,

éste pues, don Casiano,

llegó una noche rindiendo

la vida por una herida.

Movióme a piedad el Cielo.

Después de haberse curado,

y dado con mis remedios

esta vida que posees

para sus falsos intentos,

ingrato huésped me ha sido,

robador de mi sosiego,

hurtándome con mi hija

el honor de que me precio.

Mira si justa venganza

pide tan infame hecho,

y si es bien que del castigo

a tan villanos desprecios

justicia, señor, dilates.

Rey.

¿Y tú qué dices a aquesto?

Fenisio.

Que cuanto Albano te ha dicho

públicamente confieso;

haber robado a Matilde

(según te ha contado) niego,

que no la traje robada,

aunque en mi poder la tenga;

de esposa le di la mano,

mira si pago con esto

la obligación que refiero

y las deudas que le debo.

Albano.

Siendo su esposa, señor,

yo vengo a quedar de nuevo

Ptog. 35

Albano.

Con mayor obligación,

con más agradecimiento.

Príncipe.

Las que yo le tengo a Anarda,

concediendo sus deseos,

me obligan a que la ampare.

Haz, señor, que le dé luego

Lisardo de esposo mano.

Lisardo.

¿Cómo dar la mano puedo,

siendo Celaura mi esposa?

Que, estando a morir dispuesto,

su hermano quiso mi suerte

que llegase a merecerlo.

Rey.

Pues ¿no le diste palabra

a Anarda de casamiento?

Anarda.

No, señor, que fue fingido.

Ya dio cierto fin el enredo,

a Feduardo obligada,

por mil razones confieso

estoy.

Rey.

Si gustas, dale la mano.

Feduardo.

Disgustos pasados dejo,

que pudieran impedirlo,

porque, imitando el ejemplo

de perdonar los agravios,

quiero vencerme a mí mesmo,

pues es la mayor victoria;

yo lo estimo y te obedezco.

Robledo.

Yo y esta señora Nise

claro está nos casaremos,

porque el fin de las comedias,

siempre para en casamientos,

de dos en dos, como frailes

cuando salen del convento.

Rey.

Admirado estoy de ver

tan peregrinos sucesos.

No sé qué nombre les dé.

Robledo.

El que dejó en el tintero

el poeta al escribirlos,

pa que llevase de bueno

la comedia, siendo mala,

el título por lo menos.

Y ansí su nombre, señores,

a vuestra elección lo dejo.

Dando fin a la comedia,

póngale nombre el discreto.

Fin.

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