> Дата публикации: 22 августа 2026 г.
Метаданные произведения
Предупреждение
Может содержать ошибки или упущения. Если у вас есть лучшая версия, пожалуйста, свяжитесь с нами. с нами для обновлений.
Лицензия
Этот контент предлагается по лицензии Cretive Commons CC BY-NC 4.0. Разрешено повторное использование по предварительной записи; коммерческое использование не разрешено.
< clss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" trget="_blnk" rel="noopener noreferrer" ri-lbel="См. подробную информацию о лицензии Cretive Commons CC BY-NC 4.0.">Рекомендуемая ссылка
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Póngale nombre el discreto. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/pongale-nombre-el-discreto.
Mss 18344 © Biblioteca Nacional de España
7113 / Go
Mss. 18344
257
I. C. M., p. 637
Póngale nombre el discreto, comedia original del poeta Francisco Gómez Acosta; se hizo de ella una impresión en Sevilla a principios del siglo diez y ocho por Francisco Liefdael.
Hablan en ella las personas siguientes
Lisardo, galán
Robledo, lacayo
Celaura, dama
Lelio, criado
Feduardo, su hermano
Músicos
Fenisio, galán
Uberto, príncipe
Anarda, dama
Octavio, criado
Matilde, labradora
Claudio, su criado
Nise, criada
Federico, rey
Aluano, labrador
Un secretario
Bato, pastor
Salen Celaura y Nise
El cuidado de las fiestas
te tiene, señora, ansí.
No hay fiestas, jamás, en mí.
Pues ¿qué tristezas son estas?
Como estás de aquella suerte...
Es la mía desdichada.
No sé, puedas serlo en nada,
otra cosa te divierte,
pero aunque no me lo digas,
ya lo publican tus ojos.
No quiero causarte enojos,
y porque sepas que obligas,
estimando tu afición,
debida a mi voluntad,
confiada en tu lealtad
te contaré mi pasión.
No las fiestas de la corte
son la causa de mi pena,
aunque es ordinario ser
causa de penas las fiestas;
no por ver surcando al sol,
en lo brillante, las piedras,
rayos que entre plumas suben
a la región de su esfera;
no por ver (sino de Apeles)
cuadros que el pincel desprecian,
los vivos originales
que copia naturaleza;
ni por ver que amilanada
cae temblando la tierra,
huye a los cielos medrosa
de los mismos que sustenta;
ni por ver en los caballos
de los vientos el afrenta
con la sujeción del freno
y miedo de las espuelas,
en cuyas bordadas sillas
la margarita sus perlas
desconoce en el engaste
que codiciosa desea,
en quien marciales Adonis,
haciendo guerra a las fieras,
con el rejón quitan vidas
y al herir almas penetran;
ni por ver que de las puntas
de aquel que a Minos afrenta
está pendiente la vida
del necio que la desprecia.
Pues si esto fuera la causa,
fácil remedio tuviera,
pero fue mi pena ver,
y así es mi pena de veras.
No nace mi sentimiento
de vivir en esta aldea,
que aunque vine por disgustos,
con gusto he vivido en ella.
Ya sabes, Nise, que el cielo
ha diez años que sustenta
a las almas que a mi ser
dieron principio en la tierra,
quiero decir, a mis padres,
que fue la causa primera
que me sacó de la corte
al destierro de estas penas,
los mismos a que mi hermano,
retirado, puso en ella
afición al ejercicio,
dando a los cuidados treguas.
Libre viví muchos días,
deleitando en estas selvas
la memoria sin cuidados
y la vista sin sospechas;
no la quiso mi desdicha,
y sobra de dicha fuera
si lograse el pensamiento
lo que mi alma desea.
De los ojos de Lisardo,
el ciego rapaz sus flechas
asestaba al corazón,
y abriendo por él la puerta,
entró, cuando yo en los suyos
la misma correspondencia
dudosa consideraba,
cuanto la temí resuelta.
Y como penas de amor
no pueden ser encubiertas,
las almas fueron oídos,
siendo los ojos la lengua.
¡Ay, qué de veces con ellos
me dijo tantas finezas,
que aunque yo fuera diamante,
viniera a quedar de cera!
Todas sus demostraciones,
sus acciones eran señas
con que me daba a entender
sus más ocultas finezas.
Por conocer él las mías,
sin pedirme la licencia
se la tomó, porque amor
aun los cobardes alienta.
Un domingo de mañana,
a la puerta de la iglesia
(que en estos pasos de amor
fue mi caída primera)
tropecé cuando él llegaba,
y asiendo mi mano diestra,
no sé si me la besó,
solo sentí que por ella
al fuego del corazón
el amor arrojó leña,
y nieve por todo el cuerpo
que heló la sangre en las venas.
Más turbado que yo, dijo:
"No será razón que muera
quien solo pretende vida
para servirte con ella".
Aunque es lisonja, agradezco
esa cortesana oferta,
dije, sin poder hablar,
que amor alentó mi lengua.
Y como dichas de amor
jamás a su colmo llegan,
estos principios de gusto
con mil acíbares mezcla;
pues aunque todos los días
seáis un Argos en la reja,
con la vista le procuro,
es guarda dormida en ella.
Mira si es bien que esté triste,
mira si es razón que tema
pues tanto olvido promete
mil recelosas sospechas.
Pues no es razón que estés triste
ni tampoco lo es que tengas
recelos de quien te adora
idolatrando estas rejas;
que, a saber yo tu cuidado
días ha que te dijera
cómo no hay noche ninguna
que esta calle no pasea
un caballero embozado
cuyo brío y talle muestra
ser el que solo en Lisardo
cabe tanta gentileza.
Para cuyo desengaño
en una ventana puesta
verás si es el que aseguro
que antes que salgamos venga.
Vamos, Nise, que del alma
ya parece que destierras
el pesar que en ella estaba
solo con tan buenas nuevas.
Vanse.
Salen Lisardo y Robledo, lacayo, de ronda, y músicos.
Mira si hay gente en la calle.
Si cien mil hombres subiera
ninguno vivo estuviera
solo con mirar mi talle;
pero parece que hay gente,
¿no son diez hombres aquellos?
Hacia dónde están, que es vellos.
Aguarda un poco, detente;
hidalgos, por ciertos puntos
conviene de aquí quitarse
o en esta espada enclavarse
uno a uno o todos juntos.
¿Con quién hablas, majadero?
Vive Cristo que es mohína,
por hombre juzgué esta esquina.
Yo a ti te juzgo por quero.
Salen a la ventana Zelaura y Nise.
Es leal el corazón,
mira si yo me engaño.
Haz la seña de ce, ce,
que ya hay gente en el balcón.
Cantad la letra que os dije:
«Favoréceme, Fortuna».
Mientras él está a la luna
metiendo, porque me aflige
la sed que aprieta el gaznate,
podrá ser que durmiendo,
soñando que estoy bebiendo,
la entretenga y no me mate.
Siéntase a dormir.
Cantan.
En los labios de Celaura
hurtando estaban color
las hojas de los claveles
y los celajes del sol.
Conmigo habla la letra,
tengamos, Nise, atención,
¡ay, quién pudiera escribirla!
¿Pedírsela no es mejor?
Cantan.
Para guardar su belleza
en sus ojos puso amor
el veneno de sus flechas,
el imán de su afición.
Lisardo perdió la vida,
mas si verlos mereció
por premio, juzgue a la muerte.
Y el cautiverio a favor,
desterrados de la corte
vinieron por su rigor
para dar vida a la aldea
y para que muera yo.
¿No ha de beber un cristiano
que por la gracia de Dios,
sino fue la del bautismo,
jamás el agua tocó?
Merecido el favor tienen,
Lisardo, tales finezas.
¡Válame Dios, qué ternezas,
y qué derretidos vienen!,
que jamás he visto amante
duro como un alcornoque.
Permite, mi bien, que toque
este cielo, seré Atlante
si bien es atrevimiento,
oponerme a su sol, bellas,
pues la luz que sale de ellas
da motivo al escarmiento,
y qué más dichosa palma,
pues con haberlos mirado
la gloria de amortizado
deja satisfecha al alma.
Y diga vuesa merced,
pues le sobra tanta gloria,
¿podrá acaso a mi memoria
satisfacerle la sed?
Hermosa Celaura,
cuyos ojos bellos
luz al cielo quitan
y la dan al suelo.
formando sus rayos
tan claros reflejos
que sirven de aurora
al sol de su dueño,
y reverberando,
como en claro espejo,
sus luces envidia
el dorado Febo.
Duélante mis penas,
muévante mis ruegos,
que, porque me estimes,
servirte merezco.
Voluntad y vida
rendido te ofrezco.
Y no te doy nada,
pues eres su dueño,
mi bien, no dilates.
El mostrar serenos
los ojos que adoro,
pues por verlos muero.
Que en estando ausente
de aquestos luceros,
en celosa rabia
se deshace el pecho.
Mis labios quisieran
siempre estar midiendo
la tierra que pisas,
que se vuelve en cielo,
no ricos tesoros,
no vanos trofeos.
Voluntad rendida
solamente ofrezco.
Y si a los rendidos
jamás nobles pechos
el perdón negaron
ni el castigo dieron,
a tus pies me arrojo
para hallar en ellos
a mi muerte vida,
fin a mis deseos.
Pero si los logro
nacerán de nuevo,
sin que el tiempo impida
lazos tan estrechos.
Querido Lisardo,
de mis ojos dueño,
del amor hechizo,
en dulce veneno,
no rendido pidas
pues puedes soberbio
disponer de mi alma
que en la tuya he puesto.
No temas que pueda
fortuna ni el tiempo
contrastar el gusto
que en servirte tengo.
Pues será más fácil,
hiriendo el acero
en los pedernales,
dar agua por fuego,
que no que te olvide
ni te quiera menos
porque el adorarte
llegó ya a su extremo.
Rendida me tienes,
descanse en tu pecho,
pues por prenda tuya
ya debes hacerlo.
No quiero encargarte
lo que a mi honor debo,
pues si eres amante
sé que eres discreto.
Pues pago la tuya,
vive satisfecho
que ha de ser tu esclava
a pesar del tiempo.
Sale Fenisio de ronda.
Como el ciervo herido
el líquido elemento va buscando,
y el águila volando
en los rayos del sol busca su nido,
y como sin sosiego
la ciega mariposa busca el fuego.
Ciega de amor y herida
de las viras crueles de Cupido
al sol esclarecido
de unos ojos que han sido su homicida
el alma va buscando,
y son el fuego en que se está abrasando.
Si mi loca esperanza
siendo norte el deseo que me guía
vana desconfianza
en medio de la noche el claro día
quiere que sin sosiego
busque cual lince cuando vive ciego.
Si el norte de los ojos
de Celaura procuro, prenda amada,
a quien di por despojos
un alma cuando de ellos desdeñada,
en su desdén perdida
la vida que con verla revivía.
Buscando sus rigores
los de mi triste suerte me han traído.
Si no a gozar favores,
amores conociendo de su olvido,
que, según me maltrata,
viene a ser tan hermosa como ingrata.
Pero, cielos, ¿qué veo?
Gente en su calle, abierta su ventana.
¿Quién tan dichoso empleo
merecer ha podido, al fin, liviana,
tras tantos desconsuelos?
¿Quieres que muera yo rabiando en celos?
Pero ¿qué me acobarda,
que mejor ocasión para vengarme
aquí mi brazo aguarda?
Cuando el amor, señor, quedo en culparme
de verme en su presencia
celoso y desdeñado, y con paciencia,
fiero monstruo, homicida
de vida y voluntad que no merezco
cuando me es tan debida.
La libertad que a dueño ajeno ofreces
premia mis esperanzas
añadiendo a mis penas tus mudanzas.
Esta sombra no me agrada,
que desde que estoy durmiendo
la hermana esquina ha parido
sin que estuviese preñada,
y temo algún esquinazo
de este mal parto, a mi fe,
mas huyendo taparé
la punta del espinazo.
¿Quién vive?
No sé, por Dios,
quién muere deciros puedo,
porque me muero de miedo
después que os he visto a vos.
Tente, viene atrás mi bien.
Él te guarde.
No acabáis
de responder.
¿Qué buscáis?
Lo que busco es saber quién
es el que a aquella ventana
estaba ahora hablando.
A qué vino, cómo y cuándo,
y si ha de volver mañana.
Poco os importa saber
aquello que preguntáis.
A vos mucho, pues ganáis
la vida con responder.
No creí que tan perdida
mi vida estaba.
Entra Feduardo de camino.
Yo sí,
pues quien me la quita a mí
me hace vuestro homicida.
Sabéis que en aquella casa
está la prenda que adoro.
Sabéis que encierra el tesoro
por quien el alma se abrasa.
Sabéis que Celaura bella,
es la vida que hay en mí,
y, cuando la pierda aquí,
la vengo a ganar por ella.
Sabéis que estimo y adoro
la sombra de su hermosura.
¿Quién jamás tal desventura
pudo oír?
Sé que el decoro
que a Feduardo se debe,
y quien soy, me ha de obligar
con razón a castigar
a quien sin ella se atreve.
Sé que en esta casa vive
un ejemplo de hermosura,
de honestidad y cordura,
cuyo honor la fama escribe.
Y si cortaros la lengua
atrevida pretendió,
el no castigarlo yo
se podrá juzgar a mengua.
Porque ofender el honor
de tan principal mujer
más locura viene a ser
que no finezas de amor.
Ap.
Entre Lisardo y Feniso...
mi honor anda en competencia,
ya me sobra la paciencia,
pues no me falta el juicio.
Mas impórtame escudar,
hasta ver si está culpada
mi hermana.
Cuando la espada
la respuesta puede dar
a tu loco atrevimiento,
quieres que la lengua excuse.
Y es bien que yo no rehúse
el dar castigo a tu intento.
El tiro saldrá tan vano,
que aun no te quede lugar
que ocupar pueda el pensar.
Sacan las espadas todos.
¿A qué aguardas? Mete mano.
No se ha de decir de mí
que en ocasión semejante
saque pies ni huya adelante
pudiéndome estar aquí.
Ya es fuerza que mi valor
al tuyo ayude en presencia,
pues tú sales en mi ausencia
volver también por mi honor.
Si por ser muchos, villanos,
llegare a perder la vida,
no irá de balde vendida.
No con ventaja mis manos
acostumbran castigar.
Caballero, deteneos,
que estimo vuestros deseos,
mas no es razón dar lugar
a que se diga de mí
Contra la calidad mía
que yo en mi guarda os traiga
y acompañado reñí.
¿Cómo volvéis los aceros
contra quien sale a serviros?
No ha sido para serviros,
sino para deteneros.
Pues es justo detener
a quien vuestro bien procura.
Cuando aquesta me asegura
más favor, no es menester.
Confieso que sois valiente
y fiel amigo, Lisardo,
pero toca a Feduardo
castigar el delincuente.
Excusad la competencia,
que a entrambos juntos aguardo.
Basta solo Feduardo.
No basta, que esta pendencia
a mí me toca por mía.
Feniso, yo os buscaré.
Id con Dios.
Lo mismo haré,
y a Feduardo otro día.
Vanse.
Yo os quitaré del cuidado.
Qué buena pendencia ha sido.
Ellos en paz se han metido
sin haberse acuchillado.
No traían buena gana
de reñir; gallinas son,
pues teniendo esta ocasión
la dejan para mañana.
Sale Anarda y Celio, su criado.
Extraña resolución.
Pues, Celio, no me aconsejes.
¿Qué pretendes?
Que me dejes
despeñar de mi pasión.
Que es procurar detener
el curso veloz de un río
y, viento en popa un navío,
hacerle retroceder;
y querer que en la carrera
detenga su carro Febo;
y, viendo el pájaro el cebo,
no le coma y de hambre muera;
que a las estrellas errantes
el ser fijas les convenga,
y que la luna no tenga
sus crecientes y menguantes;
y es querer que al claro día
no siga la noche oscura,
y a quien le sobra locura
le falte melancolía.
Y esto todo puede ser,
mas no puede (aunque engañada,
una vez determinada)
volver atrás la mujer.
Si me estimas, si me quieres,
excusa el aconsejarme,
solo procura ayudarme.
Sábelo en cuanto quisieres;
falta en el aprehender,
eres ángel, y en efeto
servirte en todo prometo
si en algo lo puedo hacer.
Que no ha sido mi intención
el querer que te retires,
sino avisarte que mires
tu honor y reputación.
Si quieres bien a Lisardo,
no es bien picarle con celos
ni hacer, por darle desvelos,
favores a Feduardo;
que se obliga una mujer
solo en dejarse mirar,
y tú lo vendrás a estar
llegando a favorecer.
Antes de determinarte,
considéralo más bien,
y resuelta, aquí está quien
en todo podrá ayudarte.
De los rigores de amor,
violencia de los deseos,
pesado acíbar del gusto
para libres cautiverios;
prisión de las voluntades,
y verdugo tan severo
que a quien confiesa el delito
aprieta más el tormento;
para quien falta defensa,
siendo los más libres pechos
a sujeto tan indigno
indignamente sujetos;
destos, pues, cuanto más libre
estaba mi pensamiento,
mis rigurosas estrellas
humilde esclava le hicieron;
entre falsas esperanzas
el engañado deseo,
si no la intención burlaba,
frustraba el debido premio,
siendo para su castigo
el riguroso instrumento.
Lisardo, en aborrecerme
al peso que yo le quiero,
puse en él mi voluntad,
y, como siempre a un extremo
otro se sigue, siguió
a mi firme amor desprecio.
Si con los ojos le hablaba,
desdeñaba con los mismos,
por estorbar que a los míos
no le sirviesen de espejos.
Procuraba en los principios
poner a mi amor remedio,
y cuando más le buscaba,
entonces le hallaba menos.
Vino a entender mi cuidado
y del entenderle recelo
que fue causa de ausentarse
para que pene muriendo.
Fuese a vivir al aldea
y siendo ausencia el remedio
más eficaz contra amor,
crece en ella más mi fuego.
Esto me acaba la vida
y aunque pudieran desprecios
facilitar imposibles
causando aborrecimientos,
ha sido a mi loco amor
añadir fuego a su fuego,
pues cuando más desdeñada
más por sus rigores muero.
Y cuando mis esperanzas
aguardaban su remedio
pensando que en estas fiestas
mereciera el alma verlo,
tan aldeano le juzgo
que esperando desespero,
y solo en mi diligencia
mis buenos libros sucesos
pues cuando me sean contrarios
amor, fortuna y el tiempo
no aumentarán mis desdichas
porque ya están en su aumento.
Resuelta, determinada,
desesperada pretendo
en el traje que te he dicho
ir a Miraflora a verlo.
Bien sabes el amistad
que con Celiaura profeso
y que me vaya a su casa
me escribe cada momento.
En hábito de serrana
le cumpliré este deseo
para ver si de los míos
puedo lograr el efeto.
En casa de Feduardo
pretendes ir, no lo apruebo.
Yo sí, porque mi intención
es abrasarle con celos,
persuadirle con suspiros
hasta tanto que mis ecos
hallen la dulce acogida
que pretenden en su pecho.
Haré de los ojos lengua
por ser imán de este acero
rémora de sus cuidados.
Si en otra los tiene puestos,
cuando no, pues Feduardo
tantos favores me ha hecho
que como viste, en las fiestas
empleaba en mí sus premios,
fingiendo tenerle amor
veré si puedo con celos
reducirle, pues tal vez
más que el amor pueden ellos.
Y aunque le haga favores
que no me obligan, es cierto,
pues solo van dirigidos
a alcanzar lo que pretendo,
vamos, Celio, que quisiera
pedirle prestado al viento
sus alas si bien más vuelan
las que tienen mis deseos.
Váyanse.
Sale Robledo y Nise.
Mil años ha que te aguardo;
¿cómo tan tarde has venido?
Cuando he seis calles corrido
dices que en venir me tardo.
No ha venido gato al miz,
ni goloso perro al tao,
ni el valenciano al pirao,
ni el olor a la nariz
con tanta velocidad
como yo vengo a saber
en qué puedo obedecer
tu gusto y tu voluntad.
Y esto tan apresurado
que muchos que me encontraban
de verme andar, preguntaban
si era fraile convidado.
Otro dijo con mohína:
"Rueda de molino es".
Yo le dije, "Pruebe, pues,
la tolva de la harina".
Y según esto, tus brazos
bien merecidos los tengo,
cuando por servirte vengo
hecho cuatro mil pedazos.
Si en pedazos dividido
como dices, tú estuvieras,
es cierto que no vinieras
con la priesa que has venido.
Cómo no, linda razón,
escucha un poco, enemiga,
y verás a lo que obliga
la fuerza de inclinación.
Un día, tan desdichado
que sin tener qué comer,
me hizo el diablo tener
un lacayo convidado.
Como me vi sin dinero
para comprar un conejo,
me aproveché del consejo
de cierto amigo ventero;
con un garrote le di
cuenta de aqueste convite
a un gato, al primer embite
en el suelo le tendí;
desollélo y a fe mía,
que después de aderezado
yo mismo estaba engañado
y ser conejo creía.
Estando puestos en la mesa
acaso un ratón pasó,
y el gato tras él saltó
del plato pieza por pieza;
viéndome perdido yo
con suceso semejante,
miz, miz dije, y al instante
el gato al plato volvió.
Si muerto y guisado un gato
le fuerza la inclinación
a correr tras un ratón,
y el miz, miz le vuelve al plato,
hazaña ha sido bien poca
el venir hecho pedazos
al regalo de tus brazos
y al miz, miz de aquesta boca.
Antes te puedes quejar
de que el gato me ha arañado,
pues él se arrojó guisado
y yo me vengo a guisar.
A guisarte vienes, bobo;
tenerte por gato quiero,
pues has sido despensero,
mas el pellejo es de lobo.
¡Oh, de corra la pelleja!
Y está el adagio en las dos:
yo lobo, vulpeja vos,
y entrambos de una coneja.
Dejémonos de quimeras.
No podrás, que eres mujer.
Mira que eres menester
para un negocio de veras.
No de burlas.
Ten juicio
y dile luego a Lisardo
que ha sacado Feduardo
desafiado a Fenisio;
que no los deje reñir,
que vaya y los ponga en paz.
No hayas miedo que en agraz
ninguno se deje ir.
Y dile que está con pena
porque ha llegado a temer
lo que puede suceder
a Celaura.
Muy norabuena.
Pues a decírselo parte.
Yo parto, y si paz metemos
plegue a Dios que no llevemos
entrambos la peor parte.
Ve a decirle con cuidado.
Más veloz que el viento iré,
y en correr imitaré...
¿A quién?
Al gato guisado.
Vanse.
Sale Feduardo.
Por los pasos del honor
el rigor de mi cuidado,
a esperar desesperado
me trae mi competidor.
¡Quién juzgara que traidor
Fenisio pudiera ser!
¡Y quién ha llegado a ver
desdicha y tormento igual,
que causando otro el mal
lo vengo yo a padecer!
Y aunque de Celaura sé
que en esto no está culpada,
es fuerza que con la espada
castigo a Fenisio dé,
porque el atreverse fue
poner en ejecución
su cautelosa intención.
Y en el honor dijo un sabio
que la intención es agravio
y deseos obras son.
Como Fenisio no viene
mucho siento el ver que tarda;
si mi razón se acobarda
viendo la poca que tiene.
Aguardarle me conviene,
y si no viene, buscalle,
pues no basta el aguardalle,
que tan infame traición
no tiene satisfacción
ninguna, sino el matalle.
Sale Fenisio.
Cuando me quite la vida
de Celaura los rigores,
los juzgaré por favores
dándola por bien perdida.
Si no obliga a esta homicida
la fe de mi voluntad,
será que juzgue a piedad
darme la muerte su hermano,
cuando salgo de su mano
sin vida y sin libertad.
Al que vive padeciendo
el morir es feliz suerte
porque descansa en la muerte
aquel que vive muriendo
yo que descanso pretendo
mi muerte vengo a buscar
pues no me la quiere dar
una cruel homicida
que me permite la vida
solo por verme penar
no se contenta aunque son
las penas en que me veo
más que de Ticio y Proteo
y la rueda de Ixión
soy Sísifo en la pasión
siendo la pena pesada
mi voluntad que alentada
pretende subir al cielo
de Celaura y en el suelo
se quiebra precipitada.
Ya dudaba tu venida.
Yo también hallarte aquí.
No falta valor en mí.
Ni en mí se falta en la vida.
Sí faltó pues que pusiste
tu atrevida voluntad
en mi hermana y mi amistad
atropellaste y rompiste
para conocer del oro.
La ley y valor que tiene
llegarle al toque conviene
donde muestra su tesoro
oro es el amistad
y a ti en el toque de honor
te faltó ley y valor
y te sobró deslealtad.
Con estas faltas y sobras
qué valor puedes tener
Presto lo echarás de ver
remitiéndolo a las obras
En ellas conocerás
tu traición con el castigo
Yo con esta hago y digo
Pues ni harás ni dirás.
Sacan las espadas.
La fuerza de la razón
parece que me la quita
y que a mi contrario incita
alentado su pasión.
Ahora verás quién soy.
Mal lo podré conocer
pues cuando lo vengo a ver
herido de muerte estoy.
Cae dentro.
Tu maldad te da la muerte
tu delito te castiga.
Entran Anarda en hábito de serrana y Celio.
Caballero que te obliga
a que trates de esa suerte
a un rendido que pretendes
darle la muerte a tus pies
si lo ejecutas no ves
que así tu valor ofendes
que es acción de caballeros
el perdonar al rendido
y estando tan mal herido
del rigor de tus aceros
goza del triunfo y la gloria
que excusándole la muerte
alcanzas pues en vencerte
logras la mayor victoria.
Cielos si no es ilusión
es Anarda la que veo
o es engaño del deseo
o encanto de mi afición
si vuestro rostro le ampara
nadie le podrá ofender
porque es justo obedecer
hermosura que es tan rara.
Repara en que es Feduardo
el que has hablado señora.
Si el rostro me anima agora
con el traje me acobarda
mas ya me saca de duda
de ver a Celio también
en tanto mal tanto bien.
Vase Celio.
De turbación estoy muda
importa que Feduardo
no sepa a lo que he venido
ni que mudé de vestido
que para ver a Lisardo
En este traje señora
a qué parte camináis.
Siendo la causa ignoráis
lo que preguntáis ahora.
Pues qué os movió disfrazada
venir ansí a la aldea.
Quien ama quiere y desea
nunca dificulta nada
lo que os amo estimo y quiero
a este extremo me obligáis
cuando vos os olvidáis
de un amor tan verdadero.
Entre Lisardo y Robledo.
Que no pude remediarlo
notable desdicha ha sido.
Lindamente hemos corrido
parejas yo y el caballo
miren la flema que tiene
habiendo muerto a Feniso,
él ha perdido el juicio.
Feduardo, ¿cuándo viene
todo el lugar a prenderte,
y muerto a Feniso tienes,
tan de espacio te detienes,
y una mujer te divierte?
¿A qué aguardas? Considera
el peligro en que estás puesto.
Ponte en mi caballo presto,
que entre esos mirtos espera.
¡Ay, Lisardo!, no podrá,
aunque la muerte me aguarda,
huir el alma de Anarda,
que es el centro donde está;
pues nunca más venturoso
que cuando, hecho pedazos,
muriera yo entre sus brazos,
menos libre y más dichoso.
No es tiempo de esas finezas,
mira el peligro en que estás.
Advierte, si no te vas,
los riesgos en que tropiezas.
Mira que importa el huir
de la justicia el rigor,
y que no es prueba de amor
aborrecer el vivir.
Basta que tú me lo mandes
para obedecerte luego.
¡De tanta flema reniego!
Ya había de estar en Flandes.
El crisol de la amistad
es, Lisardo, la ocasión,
donde se ven voluntades
y se descubre el valor.
Bien sabes que Feduardo
nunca del tuyo dudó,
de que bastante experiencia
has tenido hasta hoy,
de la merced que me has hecho
confieso la obligación,
si bien son ciertas deudas
a mi voluntad y amor.
Por el riesgo de la vida,
como ves, huyendo voy,
aunque es imposible huir
de mi desdicha el rigor.
No mi hacienda te encomiendo,
solo te encargo el honor,
pues queda puesto en Celaura,
de quien triste hermano soy.
Mira por ello, Lisardo,
que pues el cargo te doy,
si a mí en el honor me toca,
así en la reputación,
no dudo de que lo haga
quien en mi ausencia acudió,
sin habérselo encargado,
a mirar por mi opinión.
Quien tiene obligaciones
en que nos pone el amor,
no ignore lo que me toca
viéndome en esta ocasión.
Y pues Anarda por mí
su patria y casa dejó,
es justo que tú la ampares,
pues no puedo hacerlo yo.
En mi casa con Celaura
pueden asistir las dos
mientras que dispone el cielo
mi estado a suerte mejor.
No tengo más que encargarte,
considera esta razón.
Celaura queda a tu cargo
y Anarda en guarda te doy.
De que de mí te confíes
hago tanta estimación
cuanta te dirán los tiempos.
Quien vio tiempo, hablará.
Dame tus brazos, Anarda,
por el último favor.
A Dios, amigo Lisardo.
A Dios, Feduardo.
A Dios.
Vanse.
De mí no se hizo caso,
pues que no se despidió.
Vaya a buscar el caballo,
que en eso vengado estoy.
Vase.
Sale Albano viejo en hábito de labrador con gabán y cayado, y dice así:
Dichoso llama Horacio al aldeano
que entre la variedad de aquellas flores
no envidioso, envidiado, vive ufano,
ajeno de recelos y temores;
poniendo su cuidado ya en el grano,
que vierte liberal ya en los primores,
con que al arte excedió naturaleza,
cifrando su pincel tanta belleza.
La vana pretensión no le alborota,
ni el recelo envidioso da cuidado;
solo su ingenio sigue la derrota
tras la coyunda tosca del arado,
entre cuyos despojos rica flota
la tierra ofrece en escuadrón dorado,
mostrándose a mil agravios agradecida.
produciendo un tesoro por la herida,
desmintiendo ficciones cortesanas,
abraza la verdad del desengaño,
¡ay, ilusiones fantásticas y vanas!,
muestra el sencillo pecho tan extraño,
cuan propio a sus acciones aldeanas,
sacando de las flores desengaño,
viendo que ya en la corte hasta las rosas
son, por andar al uso, artificiosas.
No teme del invierno los rigores,
porque desea leña prevenido
burlar diciembre a agosto sus calores,
no en costosos tapices escondido
ni en retrete mosaico de labores,
sino en el tosco albergue entretejido
del seco inútil ramo, ya sin fruto
que la encina a su choza dio en tributo.
Con cristal despeñado de esta sierra,
en tazas de alabastro jaspeado,
la insaciable sed que el pecho encierra
cuando más de sus ansias fatigada,
sin nevado artificio se destierra
bebiéndole sin él más que nevado,
con que viene a quedar tan satisfecho
cuanto sin artificio es más provecho.
No el fénix del Arabia, no el precioso
francolín en su plato al mediodía
se aparece, que el monte más cercano
el conejuelo, y la perdiz le cría
para que, cautivándole su mano,
de los perros excuse la porfía,
y en la salsa le coma no costosa,
pero de más provecho y más sabrosa.
Con la suave voz los ruiseñores
forman adulación a sus oídos,
y a los ojos le ofrecen estas flores
mil flamencos países, y en sus nidos
aprende del sirguero los amores
y escuela de la tórtola, gemidos,
y ve que cuanto cría el monte y valle
es para entretenelle y alegralle.
Con esto, de la corte los deseos
olvida la memoria sin cuidados,
gozando el alma en su quietud trofeos,
descansando el sentido, si cansados
los fatigados miembros que en empleos
del ejercicio rústico ocupados,
niegan la ociosidad al pensamiento,
cifrando el non plus ultra del contento.
Sale Bato, pastor simple.
Pardiez, que no creí
hallarte, mi amo, hoy.
¿Qué quieres, Bato? Aquí estoy.
¿Es de veras que está aquí?
De veras es.
No lo creo.
Bien es que dudando estés.
Si estoy, ¿no me ves,
bruta bestia?
Ya, ya lo veo.
¿Qué es de Matilde?
Una liga.
estaba atando al herido.
¿Qué herido?
¿No lo ha sabido?
No.
Pues busque quien se lo diga,
que no le pienso decir
cómo en el campo hallamos,
escondido entre unos ramos,
casi ya para morir,
un hombre que se quejaba.
¿De qué?
De que le dolía
una herida que tenía
y tanta sangre arrojaba.
¡Oh, ya todo se lo digo!
Pardiez, que soy discreto
para guardar un secreto.
Matilde, que iba conmigo,
podrá decir, si la llama,
lo demás que sucedió,
que allá con él se quedó.
¿Adónde quedó?
Sale Matilde de serrana.
A Álvaro.
A Matilde.
En la cama.
Mas, sosega, viene aquí;
descubre lo que pasó,
no le he dicho nada yo.
¿Qué herido es este? Di.
Entre los troncos sombríos
del sotillo de los robles,
cuyo sitio por lo oscuro
rayos del sol no conoce,
esta tarde conducida
de los ecos de unas voces
que a lástima provocaban
las duras piedras del monte,
mal herido y no curado
vi regar la tierra un joven
con la sangre que derrama,
que en rojos arroyos corre,
cuya falta ya su rostro
fatigaba, tornasoles
haciendo el sol de sus ojos
ocasos de su horizonte.
Con lástima llegué a verle,
admirada de que el bosque,
si no en vasos de esmeralda,
cogía su sangre en flores.
Limpió su rostro mi mano,
y en él los lirios entonces
a sus mejillas de rosas
usurpaban los colores.
Agradeció con los ojos
la piedad, que no conoce
acción de la voluntad
nacida de un pecho noble.
Fue mi toca en su herida
lisonja de sus dolores,
cuya sangre, agradecida,
se detuvo por entonces.
De los dos la débil fuerza
imposibles reconoce
que impiden para curarle
debidas ejecuciones.
Desesperaba el remedio
cuando el cielo me socorre
de Bato, que en una yegua
las ásperas breñas rompe.
El veloz paso detuvo
a los ecos de mis voces
que, alentadas del deseo,
penetraban corazones.
Desocupa de la yegua
lugar donde el cuerpo pone
en quien solo hubo de vida
cuidado de que la goce.
El llegar a la cabaña
impedir quiso la noche,
mas la luz que en ella hubo
hizo los pasos veloces;
en fin, llegamos a ella
donde tu piedad recoge
último fin de una vida
y un eclipse de dos soles.
Ven a aplicarle remedio
que puede ser que la goce,
y que pague, agradecido,
el premio de estos favores.
Vamosle a ver, que en el pecho
la lástima puerta rompe
a darle para la suya
la vida que en este esconde.
Será restaurar la mía
hacer que la suya goce.
Para que, después de sano,
el garzón sus dichas logre.
Fin de la Primera Jornada
Salen Lisardo, Celaura, y Anarda, Robledo y Nise, de campo.
¿Más gusto pudiera darte
de este campo el alegría,
cuyas flores a porfía
los pies llegan a besarte,
y en solo tocar tu sombra
tanto su hermosura alientan
que agradecidas intentan
servir a tus pies de alfombra?
Este prado es un espejo
en que verás tu belleza,
que cogió naturaleza,
aunque la cifró en bosquejo.
Mira, publicando agravios,
el vergonzoso clavel
corrido que falta en él
lo que le sobra a tus labios.
Y por quedar más hermosas,
con más belleza y primor,
van mendigando color
de tus mejillas las rosas.
Y, imitando tu blancura,
mira el jazmín y azucena
que ella propia se condena,
que no iguala a tu hermosura.
Mira, olvidado de sí,
al narciso enamorado,
porque todo su cuidado
le tiene ocupado en ti,
y mira que les provoca
a jactarse de arrogancia
el participar fragancia
del aliento de tu boca.
Y mira que si se viste
de tus colores el prado,
por divertir el cuidado,
le premias mal, si estás triste.
Y juzgo por cosa impropia
que en tu tristeza se vea
cuando, por ti, Amaltea
desprecia su cornucopia.
¡Ay, falso, que tus rigores
son causa de mis desvelos!
Que, cuando me abrasa en celos,
me esté diciendo favores,
que a solas me desestime,
huyendo siempre de mí,
y con adularme aquí
me abrase más y lastime.
No son vanas mis sospechas,
¿hay más mal que padecer
que entre mis desprecios ver
tirarme amorosas flechas?
Bien te das a alegrar
sino mirando las flores,
celebrando los primores
con que las veo dibujar.
Que, aunque lo que dice es llano,
advertida considero
que usáis más de lisonjero
que discreto cortesano.
Yo, mi Nise, sé primores
con que decirte mi amor,
mas si tú me das la flor
se gastará el tiempo en flores.
Necio y engañado estás,
eso de flor, este puto.
Contentome con el fruto,
pues que la flor no me das.
Y adviértote que no entre
en aquesta petición
ni fruto de bendición
ni el mal fruto de tu vientre.
Al fresco de este arroyuelo,
si gustas, puedes sentarte
y verás cómo reparte
por estos campos su yelo,
a cuyo son, con süaves
ecos de voz, Filomena
podrá divertir tu pena,
ayudada de otras aves;
y conduciendo clamores,
el céfiro nos regala,
porque con ellos exhala
mil varias gomas de olores,
y no puedo darte más
que ofrecerte su reflejo,
pues doy en él un espejo
en que tu rostro verás.
Ya tu lisonja me agravia,
y puedo temer por yerro
ver en el agua algún perro
con que se aumente mi rabia.
Hágase dentro ruido de caza.
En la espesura del monte
se ha escondido el jabalí.
Cerquémosle por aquí.
Y tú a herirle dispone.
Hacia el príncipe se llega.
El venablo le tiró.
Por los brazuelos le dio
y el campo su sangre riega.
Repara en este ruido.
El rey es, ¿qué hemos de hacer?
Huyamos.
No puede ser.
Sale el Príncipe Uberto de Hungría, Octavio y Claudio y otros criados de caza.
Valeroso el tiro ha sido,
cuando más veloz y fiero
miedo a los lebreles daba,
pareció que deseava
rendir la vida a tu acero.
La suya offrece a tus pies
el ya rústico aldeano,
que sin merecer tu mano
aguarda que se la des.
Alza, Lisardo, y recibe
los brazos.
Tanto favor.
Deuda es devida al amor
que en tu leal pecho vive.
Dé la mano vuestra alteza
a quien servirle procura.
Aparte.
Di al archivo de hermosura,
di al portento de belleza.
Alzad, señoras, del suelo,
porque me pueden culpar
si ven que permito estar
puesto a mis plantas el cielo.
Ésas te vende ignorante
un lacayo por de oras.
Necio, no prosigas más.
Quiero pasar adelante,
porque el yr en delantera
es de lacayos derecho,
que me hará mal provecho
dejarle por la trasera.
¿Es tu hermana, di, Lisardo,
esta dama?
No, señor.
Indigna de tu favor,
y hermana de Feduardo,
es Celaura.
¿Cómo indigna
os juzgáis, siendo tan llana?
que soy sí príncipe humano,
y vos sí dama divina.
Dos flechas sus ojos son,
que sin hallar resistencia
el rigor de su violencia
me ha pasado el corazón.
Anarda, bienes halláis
en el aldea, a fe mía,
pero con tal compañía
cuerda, como en todo, andáis.
En hacerme honra y favor
ha gustado vuestra alteza,
la cortesía y grandeza
devida a vuestro valor.
Aparte.
A perseguir a las fieras
vine al monte donde rindo,
de un falso dios perseguido,
que sabe cazar de veras.
Tirano amor que me incitas,
cuando yo vida desprecio,
hacer de Laura aprecio,
y la libertad me quitas.
Aparte.
Desde que el príncipe entró,
de Celaura no apartado
los ojos, y su cuydado
mis cuydados aumentó.
Si tales damas tenéis,
Lisardo, en aquesta aldea,
es bien que ella corte sea,
y vos la corte dejéis.
El ser la corte consiste
en que su alteza es el norte
de estos campos, y la corte
adonde el rey asiste.
Esa es lisonja cruel,
de que forma quejar suelo,
no es corte, Celaura, es cielo,
pues ay ángeles en él.
No es cielo que mis rezelos
claramente dan a entender
que cielo no puede ser
sino un infierno de celos.
No infierno, pues es notorio
que no ay ángeles allá,
ni gloria que sus penas da.
Pues, ¿qué será?
Purgatorio,
que por diferentes modos,
cuando más se están riendo,
sabes que están padeciendo,
aunque están en gracia todos.
Lisardo, pues no queréis
yr a la corte, advertí
que de aquí adelante aquí
cada día me tendréis.
Que de bolar la afición
me dio una garza que he visto.
Si es la mesma que conquisto,
quisiera en esta ocasión
ser neblí, sacre o azor
para poderla cazar.
Aparte.
Mejor dijeras azar
si eres mi competidor.
Tirano amor busca medio
a quien diste la herida,
o acaba ya con mi vida
o no viva sin remedio,
Anarda.
Señor.
Aparte.
Escucha.
¿Qué la querrá?
En ti mi remedio está.
Y el deseo de agradarte;
y será feliz mi suerte
como te pueda servir
en algo.
Yo he de venir
mañana a la noche a verte.
Y no sabré a lo que vienes,
pues sabes que soy leal.
A buscar el fin a un mal
y dar principio a mis bienes,
pues si veneno en los ojos
de Celaura amor me dio,
busque la triaca yo
dando el alma por despojos;
que ya no puedo negar
que al instante que la vi
el alma y vida le di,
y más, si más pude dar.
Dile que vendré a hablarla
sin alargarse el deseo
a alcanzar otro trofeo
que servirla y agradarla.
¿Dónde mandas que te aguarde?
A una ventana saldrás.
¿A qué hora, señor, vendrás?
Según mi deseo, tarde.
A cualquiera hora saldré
a obedecerte y servirte;
no quiero sino pedirte...
Una piedra tiraré.
¿Qué necesidad aprieta
a este príncipe bizarro,
pues teniendo secretario
hace a una dama secreta?
Jamás descuidéis recelo
del secreto de los dos.
Anarda, quédate a Dios;
Celaura, guárdete el cielo.
Vase el Príncipe y criados.
Anarda, ¿qué te quería
el Príncipe?
Cifras son
de cuidado y de pasión.
Dímelas, por vida mía.
Siempre el juramento es
obligatorio al secreto,
y así guardarle prometo;
y corre riesgo entre tres.
No lo pienso descubrir.
Bien lo quiero yo saber.
A Zel.
A Lis.
Tú lo sabrás padecer,
y tú lo sabrás sentir.
Ahora bien, si eres discreto,
en esto se ha de probar.
Dime en qué.
En adivinar
lo que contiene el secreto.
A declararlo me obligo
si tú lo quieres buscar.
Pues, ¿dónde lo he de hallar?
Dos deditos, no lo digo.
Vanse.
Sale Feduardo en hábito de villano con capa y espada.
En la corteza villana
de este rústico vestido
honor y amor me han traído
a ver a Anarda y mi hermana;
que si en mi hermana dejé
el alma con el honor,
la vida, Anarda, en tu amor,
y si el alma y vida fue,
esta me obliga a volver
mil riesgos atropellando.
Mas, alma y vida buscando,
¿qué riesgos puedo temer?
En noche que es tan oscura,
y ayudado del vestido,
aun no seré conocido
de mi propia desventura.
A Lisardo buscaré
para saber lo que pasa,
mas si le busco en su casa
a peligro me pondré,
pues conocido sería
si acaso está acompañado;
juzgo por más acertado
ir a llamar a la mía.
En este cuarto mi hermana
dormía, quiero llamar...
Pero mejor es tirar
una piedra a la ventana.
Tira una piedra, sale a la ventana Anarda.
abrir con tanta presteza
parece que hubo cuidado,
y aun a mí me lo ha causado.
Ya tardaba vuestra alteza.
Alteza triste de mí.
Conviene disimular
hasta llegar a aclarar
el secreto que hay aquí.
Si a los pasos el deseo
su velocidad prestara
es cierto que no tardara,
¡ah, traidora!
Yo lo creo.
Aparte.
Anarda, esta es enemiga.
¿Cómo tan presto olvidaste?
Hice lo que me mandaste,
ya hablé a Celaura, mi amiga.
Cielos, está conjurado
contra mí vuestro rigor,
ya mi desdicha es mayor,
ya es infierno mi cuidado.
¿Qué dice?
No hay que tratar.
¿Por qué?
Porque es semejante
al duro acero, al diamante,
a la roca opuesta al mar.
Mujer es, y si tú quieres
gozar su favor espero,
que no hay diamante ni acero
que no ablanden las mujeres.
Fía que te serviré.
Aparte.
Creo que me venderás,
pues ya haciéndolo estás.
¿Qué dices?
Que estimaré
lo que hicieres.
Por ti
volveré a hablarle yo,
que si hoy me dijo de no,
mañana dirá de sí.
Dila que estoy padeciendo,
cautivo de su afición,
y será tirana acción
querer que viva muriendo;
aunque tú sabrás decirla
más que decirte sabré.
Con lo poco que yo sé,
sé que sabré persuadirla.
¿Que no hará tu discreción?
¿Quieres que te vuelva a ver
mañana?
No podrá ser,
yo procuraré ocasión
en que te pueda hablar.
Sale Lisardo.
Amistad, cuidado y celos,
amor, temor y recelos,
no me dejan sosegar;
busco el fuego en que me quemo
y en tal extremo me hallo
que cuando puedo apagallo
apagar el fuego temo.
Fuerza amor la voluntad
a que logre su afición,
y impiden la ejecución
las leyes de la amistad,
desprecio de Amor la gloria
siguiendo un penoso abismo,
pero en vencerme a mí mismo
logro la mayor victoria.
Y cuando más ciego estoy
le digo a Amor por descargo:
Celaura queda a tu cargo,
y Anarda en guarda te doy.
Pero ya podrá culparme
de la poca que he tenido,
pues otro al puesto ha venido
a difamarme y matarme.
Sin duda el Príncipe es,
¿será justo acometerle?
mejor es reconocerle
pero no podré después.
Donde viene, Anarda, adiós.
El cielo guarde tu alteza.
Con el Príncipe tropieza
el eco de aquella voz,
él es sin duda.
Recelo
que este el Príncipe ha de ser.
Llegaré a conocer.
Llegaré y conocerélo.
¿Qué gente?
¿Quién lo pregunta?
La respuesta es extremada,
este brazo y esta espada.
Pues responderá esta punta.
Lisardo es este, detén,
que no es aqueste lugar
de reñir ni alborotar
ni a los dos nos está bien.
Donde quisieres iré.
Sígueme pues.
Tras ti voy.
Allá te diré quién soy.
Y allá quién soy te diré.
Sale Celaura y Nise a la ventana.
No es disparate aguardarle
sin saber que ha de venir.
Yo sé que no ha de salir
esta noche de esta calle.
Pues ¿con quién celos ha mirado?
En su semblante lo vi,
y en sus ojos lo leí
por cifras de su cuidado,
que se disimula mal
una celosa pasión,
y más si los celos son
de persona principal,
que viendo al competidor
con mayor merecimiento
se aumenta más el tormento
y se acrecienta el rigor;
y el celoso en ver que ayer
el Príncipe habló a Anarda,
sé yo que esta noche aguarda
por ver si me viene a ver.
Pues ya se acabó el desdén
que hasta aquí había tenido.
Sí, Nise, porque ha venido
aqueste mal por mi bien.
Sale el Príncipe, Uberto y Octavio de ronda.
Fementido rapaz, desnudo y ciego,
escaso, desleal, falso, atrevido,
que con doradas puntas me has herido
y arrojado en el mar en que me anego,
mira de Troya el valeroso fuego
en que mi corazón está esculpido,
y pues de este rigor la causa ha sido,
merezca mi dolor tener sosiego;
que si llego a gozar el bien que adoro,
y me haces delante de este cielo,
pues tanto en tu dotrina estoy constante,
fabricarte prometo un templo de oro,
cubierto siempre de un inmortal velo,
si es templo de oro el pecho de un amante.
Bien has hecho en aguardarle.
Si no me engaña el deseo,
gente en su ventana veo.
Ya Lisardo está en la calle.
Hacia allá quiero llegarme,
a reconocer quién es.
Digo que Lisardo es.
Él es que ya llega a hablarme.
Aunque dudé tu venida,
con todo salí a aguardarte.
Es poco para pagarte
ese favor, alma y vida.
Algo lisonjero vienes.
Cuando veo que tuyo soy
y lo que es tuyo te doy,
¿por lisonjero me tienes?
Ya ha conocido el cuidado
que vive en ti desde ayer,
y ese me obligó a saber
de anoche lo que ha pasado.
Por el que vivo en mí
huelgo que lo hayas sabido.
Favor de un Príncipe ha sido.
Tú eres reina para mí.
No reina, tu esclava soy,
mas reina quisiera ser
por llegarte a merecer;
aunque temerosa estoy
de que me has venido a ver
no tanto por voluntad
cuanto por curiosidad
y deseo de saber.
La fuerza de mi afición
y quien me ha hecho venir,
que es imposible vivir
sin tus ojos, porque son
el imán de mi sentido,
rémora de mi deseo,
el premio de mi trofeo...
Aunque parece fingido
lo que has dicho, tu favor
con esta banda le premio.
Será en mi pecho el apremio
para las deudas de amor.
Vienes tan enamorado,
que pongo duda, en rigor,
si son finezas de amor
o lisonjea cuidado.
Quieran los cielos, mi bien,
si lisonjas hay en mí,
que no halle amor en ti
y me abrase tu desdén.
Es imposible olvidarte,
y estimo en tanto el oírte,
que ya me es fuerza decirte
que quiero mañana hablarte;
que, pues con seguridad
de día en casa podemos
vernos, es bien que excusemos
dar nota a la vecindad;
que aunque atropella el amor
inconvenientes mayores,
quiero gozar tus favores
sin que la tenga mi honor.
Sujeto a tu gusto estoy,
y tu parecer apruebo
tanto que por él de nuevo
la vida y alma te doy.
Quisiera poder pagarte,
los favores que me das.
Y yo quisiera ser más
para tener más que darte.
Vete mi bien que es ya tarde.
Mañana volveré a verte.
Serás Diosa mi suerte.
Quédate a Dios.
Él te guarde.
Vanse las dos.
El espacio que has tenido
me pronostica tu bien,
hubo favor o desdén.
Más que favores ha habido,
ni ya tengo que temer
ni gusto más desear.
Nunca en el amor y el mar
seguridad puede haber;
y culpo tu confianza
sin alcanzar lo que intentas,
pues son ciertas las tormentas
siempre en la mayor bonanza.
En punto que es tan seguro,
¿qué borrasca puede haber?
Y más si merezco ser
la yedra de aqueste muro.
Vanse.
Salen Robledo y Nise.
Deme las manos su Alteza.
¿Qué dices? ¿Estás en ti?
¿Cómo me hablas así?
Como te juzgo Princesa,
que desde la cacería
todo tan perdido va,
Príncipe acá y acullá,
y todo principiería.
¿Pues en eso qué delito
he venido a acometer?
Ni ¿qué me puede a mí hacer
el Príncipe?
Un principito.
¡Qué donoso disparate!
Y ¡qué ciega necedad
habiendo en otra ciudad
la que el Príncipe combate!
No son mis sospechas vanas,
pues tal vez en la batalla
para asaltar la muralla
aportillan barbas canas;
y ardid de guerra sería,
o por fuerza o voluntad,
para ganar la ciudad
tomar primero la espía;
y en grandes es cosa usada
el comer de una corvina
y dejar una gallina
que por ordinario enfada.
Neciamente has apodado.
Bien sé que he hablado mal,
pues siendo el caso carnal,
le he convertido en pescado.
Sale Zelaura sola.
Robledo, ¡qué buen encuentro!
¿Adónde Lisardo está?
En su quicio se hallará,
porque es, señora, su centro.
Discreto estás.
Cosa es clara
que siempre he estado discreto.
Di, ¿dónde queda en efeto?
Aquí mandó le aguardara,
y entre tanto que venía,
como tiene el esperar
algo de desesperar,
con Nise me entretenía.
¿Tú conmigo? Ni por lumbre.
Con otro peor fiambre
suelo yo matar la hambre.
¿Y la sed?
Con un azumbre.
Entre Lisardo.
De Feduardo he sabido
todo lo que le pasó,
y que en Anarda faltó
la fe que le ha prometido.
Como tan turbado vienes,
hablarte a solas quisiera.
Robledo y Nise, idos fuera,
ya estamos solos, ¿qué tienes?
¡Oh, necia confianza!
Tengo a costa de mi daño
conocido un desengaño
y perdida una esperanza.
Vengo sin valor, paciencia,
y en vez de premio, castigo;
el poder, por enemigo,
y en mujer la resistencia.
Tengo temor de perder
sin haber entrado en juego;
tengo mil Etnas de fuego
en que siento el pecho arder.
Di que mientras te detienes
en decirme tu dolor,
en mayor pena y rigor
de la que sufres, me tienes;
pues lo que tú sientes, siento,
y dilatando el decirlo,
dos veces vengo a sentirlo
y es mayor mi sentimiento.
Tanta dilación condeno,
pues no estando yo culpada,
quieres que en taza dorada
vaya tomando el veneno.
Di, ¿qué tienes?
Tengo amor,
tengo de un Príncipe celos,
y justamente recelos
y de perderte temor.
Pues no tienes que temer.
¿Cómo no, si ya por ti
viene cada día aquí,
y anoche te vino a ver,
y en tu calle se entretuvo
la mayor parte rondando,
y con Anardo hablando
en esta ventana estuvo
por el diz que te hablara.
Y te ruego, eres mujer,
mira si puedo temer.
En lo que dices repara.
¿No por que contra mi honor
puse los ojos en ti,
es bien me trates ansí
despreciando mi valor?
Que si te llegué a estimar
fue porque la inclinación
y la fuerza de afición
me hicieron atropellar
un millón de inconvenientes
tan dignos de estimación
cuanto mal pagados son
en lo mal que de mí sientes.
Y si tú me desestimas
porque juzgas que prefiero
al Príncipe, no te quiero
pues en tan poco te estimas.
Que si a otro quise fue
por el primero del mundo,
y pues te haces segundo,
al primero adoraré.
No me hables ni me veas,
que en dando en aborrecer
no vuelve atrás la mujer
que es ángel.
Pues aunque seas
ángel en aprehensión,
volverá atrás tu desdén,
que es fuerza quererme bien
como escuches mi razón.
Si anoche te vino a ver,
¿no es justo que tema yo?
Si no me vio ni habló,
¿qué tienes tú que temer?
Y cuando el Príncipe venga,
y cuando me llegue a hablar,
¿de mí te has de recelar?
Aunque su valor prevenga,
no acabas de conocer
que vence en mí tu valor
que resistirá su amor
su porfía y su poder.
Nunca el alma lo dudó,
Celaura, cese el desdén,
pues sabes no estimo el bien,
quien perderle no temió.
Déjame ver en tus ojos,
no te muestres tan cruel,
que a esos lazos de clavel
daré el alma por despojos.
No la desconfianza,
porque a costa de mi daño
tengo visto un desengaño
y perdida una esperanza.
Dente los cielos paciencia,
pues te dieron por castigo
el poder por enemigo,
y en mujer la resistencia,
que no me quiero perder
sin haber entrado en juego,
que si eres etna de fuego
no quiero en tu pecho arder,
pero por ser principal,
ya que en ti hace elección
por conservar mi opinión
te querré aunque me esté mal.
Si te está mal, no me quieras.
¡Oh, qué donosos extremos!
Celaura, burlas dejemos,
pues nos queremos de veras.
Salen Nise y Robledo.
El Príncipe viene a verte.
¿Qué dices?
Suceso extraño.
Mi bien, detrás de este paño,
por mi gusto has de ponerte.
Verás en esta ocasión
que es falso cuanto sospechas,
y tus malicias deshechas
al crisol de mi afición.
Que ni me vence el poder,
ni me obliga el interés,
y aunque al Príncipe llegase,
tuya soy y lo he de ser.
Escóndese Lisardo y entra el Príncipe.
Mientras la noche pasaba,
mil siglos (Celaura mía)
cada instante se me hacía
que en venirte a ver tardaba;
mas ya el alma viene a verse,
mi bien, como lo ordenaste.
Traidora, que me encerraste
aquí para darme muerte.
¿Qué es lo que dice tu alteza?
Que a obedecerte he venido.
Cual galápago afligido
saca y mete la cabeza.
¿Cuándo te dije, señor,
que me vinieses a ver?
Cuando llegué a merecer
de tu mano este favor;
cuando esta banda me diste.
Aparte.
¡Ay, cielos, que me engañé,
y por Lisardo le hablé!
¿Para aqueso me escondiste?
¿Cómo podré remediallo?
¡Ah, traidora!
Aparte.
¿Qué haré?
Diréle que me engañé.
¡Falsa!
Mejor es negallo.
Mira que vienes a ciegas,
que tal banda no te di.
¡Que para engañarme a mí
tan claras verdades niegas!
¿Cómo no, por el balcón,
anoche no me la diste,
y que era premio dijiste
de mi amor y mi afición?
¿No dijiste "tuya soy,
y reino quisiera dar
por llegarte a merecer"?
En furia rabiando estoy.
¿Que era imposible olvidarme
no dijiste y, por oírme,
te era forzoso decirme
que penabas? Hallarme
estas razones extrañas.
Yo, señor, no te las dije.
Su resolución me aflige.
Mira, señor, que te engañas.
Si es por burlarte, mi bien,
mira que me das cuidado.
Yo solo he sido el burlado.
Baste, Celaura, el desdén,
deja que llegue a besar
tus manos.
Mira, señor,
que hay en mi pecho valor.
Para saber engañar.
Y si en ese intento atrevido
quieres poner en efeto,
hará que pierda el respeto
que a tu persona es debido.
Dicen dentro.
¡Quién vio tal atrevimiento!
¡Prended a aquel villano!
Alcanzarle será en vano;
alas le ha prestado el viento.
Entra Octavio.
En la silla del caballo
de vuestra alteza, claro,
está un villano, y huyó;
y procurando alcanzallo,
para castigar su intento,
el nuestro salió tan vano
que nos pareció el villano,
pareciendo a todo viento.
Muestra el papel.
Vesle aquí.
Cerrado y sellado viene,
y el sobrescrito que tiene
declara que es para ti.
Toma el Príncipe el papel y lee.
Porque Femiro intentó,
de esta causa el deshonor,
a las manos de un rigor
infelizmente murió.
Si a dar vuelta, alteza,
en quien le sigue su intento,
no culpe un atrevimiento
que amenaza su cabeza;
la tuya será mejor
cortarte; y los que lo vieron,
que mil pedazos no hicieron
la de un villano, traidor,
y por vida del Rey juro,
que si no le esconde el cielo,
no ha de estar en todo el suelo
de mis rigores seguro;
y aun en el infierno creo
que seguro no estará,
que si es Eurídice allá
no ha de faltar otro Orfeo,
que pudo el papel clavar
y que entre todos se fuese
sin haber quien le prendiese.
¿Qué disculpa puedes dar?
Yo propio he de ir a buscalle,
y aunque lástima le encubra,
He de hacer que se descubra
para solo castigalle
al momento. Vuelvo a verte,
Celaura.
Vanse el Príncipe y Octavio
Suceso extraño.
Mi bien, detrás de este paño
por mi gusto has de ponerte.
Verás en esta ocasión
que es falso cuanto sospechas
y tus malicias deshechas
al crisol de mi afición.
Déjame satisfacción,
Lisardo; el enojo cese.
Aunque al principio le pese,
callarás y lo he de ver
falsa, ingrata, desleal.
Oye la satisfacción.
Por conservar mi opinión
te querré aunque me esté mal.
Mi bien, oye un desengaño.
¿Yo tu bien? ¿Yo te he de oír?
Ni tú, ¿qué puedes decir
a tan claro desengaño?
Desleal, traidora, fiera,
¿no bastaba aborrecerme
sino tú misma ponerme
adonde mis celos viera,
que fue ingrata tu intención,
o qué pretendiste hacer?
Mas solo en una mujer
pudo caber tal traición.
Oye, mi bien.
¿Qué he de oír?
Escucha.
¿Qué he de escuchar?
Aguarda.
¿Qué he de aguardar?
¿Qué es lo que intentas?
Huir
adonde jamás me veas.
Deja, Lisardo, rigores.
Goza, goza los favores
del Príncipe, que deseas,
no te acuerdes más de mí.
Solo que me escuches pido.
Yo que le des al olvido
el tiempo que viví en ti,
los favores que me hiciste,
los que te dije engañado,
que desprecies mi cuidado
al punto que le quisiste,
que me nieguen tus sentidos,
que mi persona te asombre,
que cuando oyeres mi nombre
tengas de áspid los oídos,
que no creas que te quise
y cuando te decía
requiebros burla sería.
Como es verdad que lo dice,
un áspid libio parezcas
cuando te llegue a hablar
y si te volviera a amar
me olvides y me aborrezcas.
Echar, echar maldiciones
y luego de noche y día
andará Celaura mía
llorando por los rincones.
Pues aunque te quieras ir,
no lo has de hacer sin oírme.
¿Cómo te atreves a asirme?
Pues, ¿por qué no te he de asir?
Lisardo, saben los cielos
que sin culpa estoy culpada.
La disculpa es extremada.
Igual le tienen los celos.
Deja, ingrata, no me tengas.
Óyeme y te dejaré.
No es bien que falta de fe
sobras de razones tenga.
Jamás ha faltado en mí
la fe que el alma te tiene.
Suelta, que el Príncipe viene.
Sale el Príncipe, Octavio y criados.
Traidor, ¿cómo estás aquí?
¿Por qué me llama tu Alteza
traidor?
Porque fue tu intento
fomentar atrevimiento
que amenaza mi cabeza;
pues de tu casa un villano
salió con este papel
y la letra que está en él
pide tu cabeza y mano,
y cesará la porfía
cuando con esto se arguya
que yo te corte la tuya,
porque amenazas la mía.
Quitadle luego la espada.
A ti la daré, señor,
aunque no he sido traidor
ni he tenido culpa en nada.
¿Qué es aquello?
¿Oyes, Octavio?
Llévalo a la cárcel presto.
Repara, señor, que en eso
haces a mi honor agravio,
porque, si ausente mi hermano
Lisardo cuida de mí,
mandarle llevar ansí,
que maliciaron es llano,
que le mandaste prender
solo por tener lugar
para poderme hablar.
Aparte.
Y por eso viene a ser,
pues claramente se ve
que no ha sido otra ocasión
la causa de esta prisión.
Llévanle preso.
Tu atrevimiento lo fue.
Llevalde.
¿Cómo, señor,
puedo tan poco contigo,
pues con ruegos no te obligo?
No hay ruegos para un traidor.
Mira, señor, que yo sé
que no es Lisardo culpado.
Cuando tengo averiguado,
Celidaura hermosa, que él fue
quien el papel escribió
y que se lo dio a un criado,
que con traje disfrazado
de villano le clavó
en la silla del caballo,
no es razón que le apadrines,
ni lo es que determines
impedir el castigallo.
Pues si no se castigara
semejante atrevimiento,
pudiera ser que su intento,
como dije, ejecutara.
Yo sé que sin culpa está
y que el papel no escribió,
ni lo vido, ni lo oyó,
y que, si tu Alteza va
con ánimo de prenderle,
para con esto mejor
poder conquistar mi honor,
sepa que no ha de vencerle;
que al Rey mi señor he de ir
y él, como prudente y sabio,
la ejecución de este agravio
sabrá muy bien impedir.
Yo te diré que tus ojos
mayor agravio me han dado,
pues me han llevado del pecho
alma y vida por despojos.
Y no te enojes que al sol
usurpas los arreboles,
afrentando al sol tus soles
y tu arrebol su arrebol.
Importa prenderle agora
y después se dará tu gusto,
porque conozco que es justo
que te sirva quien te adora.
Entran Octavio y Claudio.
Llevando preso a Lisardo
como mandaste, salió
aquel hombre que clavó
el papel, que es Feduardo,
y a voces: "Decid
al Príncipe que yo fui
el que en la silla clavó
el papel y lo escribí;
yo solo soy el culpado,
que en nada toca a Lisardo.
Y que yo soy Feduardo,
aunque en traje disfrazado."
Intentámosle prender,
y se defendió de suerte
que solo con darle muerte
la prisión pudiera ser.
Como Lisardo le vio
maltratar, determinado
quitó la espada a un criado
y con todos se afirmó;
tan briosos anduvieron
que, aunque nosotros hicimos
diligencia, no pudimos
prenderlos, y al fin se fueron.
¡Vive el cielo, que mereces
que te mate! ¡Ay, tal bajeza!
Que tan infame vileza
públicamente confieses.
Venid, cobardes, conmigo,
por donde fueron diréis,
y si los hallo, veréis
un espantoso castigo.
Vanse el Príncipe y criados.
Ya mi desdicha es mayor,
mi hermano ha sido el culpado.
y el príncipe va enojado,
no temas que su rigor
a tu hermano haga injuria.
¿Por qué, Nise?
Porque arguyo
que con solo un favor tuyo
se acabe toda esta furia,
y hallará en su memoria
que el vengarse es barbarismo,
pues venciéndose a sí mismo
gana la mayor victoria.
Fin de la segunda jornada
Salen Fenisio y Matilde
Conozco te soy deudor
de la vida que poseo,
y quisiera dulce empleo
si la pierdo por tu amor.
Cesen, mi bien, los rigores,
o mi muerte solicitas.
Cuando de la vida me quitas,
no me adules con favores,
¿de qué tirano has oído
que fuese tal homicida,
que a quien le anima la vida
se la quitase atrevido?
¿Yo la vida te he quitado?
¿No ves que sin ella estoy?
Si la que tengo te doy,
¿en qué me hallas culpado?
Aunque tan pródiga fuiste
conmigo, bastó obligarte,
pues solo puedo pagarte
con lo mesmo que me diste.
Y si me quieres matar,
la deuda habrás de perder,
pues no hay más en mi poder
con que poderte pagar.
Y será deuda en su mano
si vuelves a deshacer
lo que solo pudo hacer
el efecto de tu mano.
Los que el más fuerte rigor
de la efímera padecen
tan solo el agua apetecen
con que mitigan su ardor;
y en los cristales deshechos
de las fuentes más amenas
libran el fin de sus penas,
con que quedan satisfechos.
Y cuando libres quedaron
del incendio de su fragua,
todos se olvidan del agua
porque en sanando olvidaron.
Tú, cuando enfermo te hallaste,
quedarte aquí prometiste,
y apenas sano te viste
cuando al punto lo olvidaste;
y darme muerte pretendes,
Fenisio, cuerdo te vi.
Matilde, no digas más,
porque mi lealtad ofendes.
Bien dices, con mi temor
que la deuda perderé
y que no la cobraré,
pues que se ausenta el deudor.
Si hallo, señora, en verte
el remedio de mi vida,
e irme es cosa conocida
que será buscar mi muerte,
plegue al cielo, si ausentarme
de tu casa solicito,
que por alevoso delito
el rey mande castigarme,
y el caballo en que subiere
me haga dos mil pedazos,
llegando muerto a tus brazos
porque remedio no espere;
y si la imaginación
tal...
No prosigas, detén;
conozco que eres mi bien,
y que premia mi afición
que eres la luz de estos ojos
y el norte de mi esperanza.
Mas tú el iris de bonanza,
desterrando mis enojos;
tú en el mar de mi ventura
rémora de mi sentido,
pues me tienes detenido.
el imán de tu hermosura,
eres el sol que me alumbra
y la estrella que me guía,
eres en mi noche día
y la alteza que me encumbra,
eres la vida que vivo
y el premio de mis deseos,
en quien todos mis empleos
harán cierto lo que digo.
Eres a quien debo el ser,
la vida y la voluntad,
a quien di mi libertad
y a quien he de obedecer.
Soy quien servirte desea,
soy quien desea agradarte
y soy quien solo en amarte
dichosamente se emplea,
soy quien ser tuya pregona
sin dejarlo de merecer,
solo por engrandecer
con tal dueño mi persona,
que me honro en ser tu esclava.
En ser señora dirás,
porque con serlo me das
el honor que me faltaba.
Sale Álvaro.
¿Cómo, Feniso, os halláis
en hospedaje tan bueno?
Por demasía condeno
a que, aunque preguntáis,
hállome como el que halla
todo cuanto deseo,
como el que salud halló
cuando dudaba alcanzalla,
como el que se vio en el mar
en la tormenta anegado
y en el puerto deseado
en salvo se vino a hallar.
Hállome favorecido
con la merced que me hacéis,
y en mí un esclavo tenéis.
Pues yo me hallo corrido
de no poderos servir
conforme mi voluntad,
los deseos estimad.
Las sobras podéis decir
pues las que de vos recibo
son tales como se ve,
pues mi vida en vos hallé
y solo por ellas vivo.
Excusad el cumplimiento.
Si nuevas queréis saber
de la corte, las que ayer
supe, os diré, estadme atento.
Dicen que el príncipe Roberto
puso en prisión a Lisardo
y con él a Feduardo,
por decir que os había muerto;
tan enojado su alteza,
porque la muerte ha creído,
que ha jurado y prometido
de cortarles la cabeza.
Será rigor inhumano
si tal castigo padecen,
pues la muerte no merecen
estando vos vivo y sano;
demás de que yo a Lisardo
tengo mucha obligación,
y entre deudas de afición
reconocimientos guardo,
cuando no por la verdad,
por quien soy, y por mi amor,
se librará de este rigor;
procurar su libertad,
yo a la corte llegaré
antes que llegue el castigo,
de vuestra vida testigo
para la suya seré,
porque mi dicho acredite
una carta me daréis.
Con ese aviso queréis
que yo me desacredite,
cuando obligado me halle
a que yo en persona fuera,
aunque ofendido estuviera,
solo a la corte a librallo;
no es razón que me impidáis
aquesta acción de honor,
pues con aqueso el valor
que vive en mí desdoráis.
No tuvo culpa Lisardo
ni yo la venganza espero,
que como buen caballero
me sirvió solo Feduardo,
y así con vuestra licencia,
a la corte partiré
pues más bien remediaré
su vida con mi presencia.
Vuestro pensamiento alabo.
Yo condeno tu mudanza
y a quien tiene confianza
en hombres.
Soy vuestro esclavo.
Yo me voy a prevenir
un caballo que llevéis.
con que el viento airado despejes.
No será el de mis suspiros.
Su Matilde le previenen
regalos para el camino.
Vase.
Que me burlas imagino,
o que no me quieres bien,
pues apenas de no irte
la fe y palabra me has dado,
cuando estás determinado
de dejarme y de partirte.
Como tan mal has pagado
la voluntad que me debes,
¿cómo es posible que niegues
deudas que me has confesado?
Si deuda tan conocida
me niegas, bien que arguya
que porque te di la tuya
me quieres quitar la vida.
No te aflijas de esa suerte,
Matilde, pues si me ausento
ya sabes lo que es mi intento
y que he de volver a verte,
que es imposible huir
obligaciones de honor,
y las que debo a tu amor,
servirte hasta morir,
quédate con Dios, mi bien.
Que al fin te vas, enemigo.
Voyme quedando contigo.
Y yo sigo tu desdén.
Vanse y salen el Príncipe y Celaura con manto, y Robledo.
Celaura, si tu rigor
me había de dar la muerte,
¿por qué di, cuando fui a verte,
me hiciste tanto favor?
¿Por qué requiebros dijiste?
¿Por qué tu bien me llamabas?
Y si mi amor no estimabas,
¿por qué esta banda me diste?
Mira que, aunque estés mudada,
estás, por tener valor,
y haberme hecho favor
a proseguir obligada.
Si no te favorecí,
no puedo estar obligada;
y advierte que fui engañada
cuando esta banda te di,
que contigo hablando estuve,
te confieso, aunque en mi daño;
mas el hablarte fue engaño,
que por Lisardo te tuve;
a Lisardo quiero bien,
y pues llego a declararme,
ni te canses en cansarme
ni te ofenda mi desdén.
¿Cómo no me has ofendido,
me tienes con este exceso?
Yo tengo a Lisardo preso
cuando tu favorecido,
y cortando su cabeza
no gozará tus favores.
Ni semejantes rigores
son dignos de tu grandeza.
Si el tuyo es tan inhumano
que la muerte quieres darme,
en Lisardo he de vengarme,
no perdonando a tu hermano;
las penas que tú me das
en los dos castigaré,
sus cabezas cortaré.
Mejor, señor, lo harás.
Hazlo tú mejor conmigo,
y amansaré mi rigor
al peso de tu favor.
Que les des mil muertes, digo;
muera Lisardo y mi hermano,
pues hay tal crueldad en ti,
que no me obligan a mí
con trato que es tan tirano.
Haz, señor, lo que quisieres,
que a mí no me vencen fieros,
ni es trato de caballeros,
ni digno de quien tú eres;
y es bien que a vileza arguya
cosas de un príncipe ajenas,
y más teniendo en mis venas
tanta sangre de la tuya;
mas no faltará remedio
para impedir tu rigor,
porque del Rey, mi señor,
pondré la persona en medio.
Diréle que me amenazas,
que procuras mis afrentas
y conseguir las intentas
con las dos muertes que trazas.
Seguro puedes estar
que, aunque te quisiera bien,
lo convirtiera en desdén.
tan mal modo de obligar.
¡Oh, qué lindo desengaño
es el que a Celaura he oído
para el pobre que escondido
estuvo detrás del paño,
que albricias pienso ganar
cuando esta nueva le dé!
Si culpas que muertes dé,
¿por qué procuras matarme?
Cuando tú hables al Rey,
muy poco ha de aprovechar;
mi gusto he de ejecutar,
que mi voluntad es ley.
Sea o no modo tirano,
mi gusto he de conseguir,
y si no, verás morir
a Lisardo y tu hermano.
Cuando intente tu pasión
tal exceso contra mí,
bien podrá el que viene aquí
impedir la ejecución.
Sale el Rey y acompañamiento.
Poderoso Señor, cuya clemencia
la ejecución impida del castigo,
no fundado en justicia, en la violencia
de un tirano poder, por enemigo;
que, viendo que es injusta su sentencia,
la quiere ejecutar porque no sigo
los bastardos deseos con que intenta
efectos de su gusto con mi afrenta.
Alza y prosigue.
Digo que a mi hermano
y Lisardo, su Alteza no ofendido,
la muerte quiere dar (rigor tirano,
pues aquella crueldad solo ha nacido
de un abortivo intento). Sí, liviano,
que admitir de su Alteza no he querido,
y viendo en el desdén mis extrañezas,
feriar quiere mi honor a sus cabezas.
Uberto, ¿qué es aquesto?
Con engaños
esta dama, Señor, librar pretende
de tu justo rigor y de sus daños
el más atroz delito que defiende,
trocándole en sentidos tan extraños.
Como sabrás, a su delito atiende,
y en veras me mueve la justicia,
conociendo en su informe su malicia;
mi intento de gozar la causa ha sido
de la prisión que dice de su hermano,
que solo le prendí porque, atrevido,
dio la muerte a Semisio por su mano,
estando en el delito convencido,
que merece la muerte, caso es llano.
Juzga tú si es mal hecho que esté preso,
y sentencia tú mismo su proceso.
Yo lo veré y os guardaré justicia.
Y tu Real persona guarde el Cielo.
Vase el Rey.
No ha de valer, Celaura, tu malicia.
Pues deshará la tuya mi buen celo,
no permitiendo el Cielo tu injusticia.
Que te has de arrepentir, yo lo recelo.
No me verás jamás arrepentida,
porque estimo el honor más que la vida.
Vanse. Salen presos Feduardo y Lisardo.
Que Uberto no se contente
con querer ser mi homicida,
y quitándome la vida
quitarme el honor intente;
que el ser quien es no le obligue
a que llegue a conocer
que hace mal en proceder,
si sus intentos prosigue;
¿cómo es posible que el Cielo
rayos de fuego no envíe
contra tanta tiranía.
¿Cómo no le traga el suelo?
Que ha de quedar sin castigo
el rigor de este tirano,
cuando ejecuta su mano
tales crueldades conmigo.
Feduardo, la paciencia
es el remedio mejor.
¿Paciencia en tanto rigor?
¿Paciencia en tanta violencia?
Entra Robledo.
¿Qué hay, Robledo?
¿Qué ha de haber?
Después que estáis enjaulados,
llover sobre mí cuidados,
para daros de comer.
Que ni perdiz ni conejo,
ni gallina ni capón,
carnero, vaca o jamón,
ni aun poco de abadejo
he hallado, aunque a buscallo
toda la corte he corrido,
porque todo está escondido,
y hambre tan solo hallo.
Aquí la darán barato,
si de ella queréis comer,
y aun no la quieren vender,
sino es pagando la a plata.
Todos están padeciendo,
y quejas al cielo dan,
que no comen y se están
unos a otros comiendo.
Calla, necio.
Callaré.
Porque esto es razón sentillo,
que ello mismo, sin decillo,
se dice, como se ve.
¿Dónde Celaura quedó?
Entran Celaura y Nise con mantos.
Aparte.
Tengo mucho que contar.
Al rey le fuimos a hablar,
con el príncipe riñó,
quejóse Celaura al rey
de que el príncipe os tenía,
sin razón, con tiranía,
presos, contra toda ley;
que, porque no concedió
con su deseo atrevido,
por vengarse, de corrido
prender a los dos mandó.
Vuestro tío por disculpa,
que la causa de prenderte
fue por tener en la muerte
de Fenisio tanta culpa,
y calló lo del papel,
que no se atrevió a decillo,
y le valió el encubrillo,
para no reñir con él.
En efeto, el rey mandó
que el pleito se le llevase,
para que él determinase
si es bien soltaros o no;
mas Celaura le dirá
mejor, pues que viene aquí.
Y después te diré a ti
cierto lance que hubo allí.
Hermanas, sean bien venidas.
Es imposible haya bien,
ni puede caber en quien
la desgracia es conocida.
¿Cómo de pleitos te va?
Algo el nuestro se mejora.
Con tal solicitadora
no hay duda de que tendrá
buen suceso.
Yo lo espero,
que el rey con buena intención,
lo ha de mirar sin pasión.
Aparte a Lisardo.
Advierte que andas grosero;
habla a Celaura, que a solas
graves finezas por ti;
escúchame lo que vi,
y quedarás satisfecho.
Acción fue de tu valor.
Aparte a Feduardo.
Negó la causa, en efeto.
Y anduvo en ello discreto,
para encubrir su rigor.
Eso pasó.
Y mucho más.
Notable gusto me has dado.
Pues estás desengañado,
desenojado estarás.
Poco duran los enojos
donde reina voluntad.
Si te tiene o no amistad
pregúntaselo a sus ojos,
que ellos están publicando
lo que confesarte oí.
¿Que al fin le dijo que a mí
me quería...?
Así burlando,
díjole que te adoraba,
y Uberto desesperado
la cabeza ha amenazado
de su hermano.
Cosa brava,
en fin, solo de Feniso
la muerte dio por disculpa,
y por causa de la culpa
y de tu prisión indicio.
Entra un Secretario
Lisardo, su Majestad,
habiendo visto el proceso
y que sin culpa estáis preso,
os manda dar libertad.
Feduardo, yo quisiera
daros nuevas de más gusto;
tened paciencia el disgusto
que en las que os traigo os espera.
Por la muerte de Feniso,
el Rey os manda cortar
la cabeza.
¡Bravo azar!
Bien de suplicio indicio
ha dado.
Si confesasteis
la muerte que pudo hacer...
¿Quién paciencia ha de tener?
Celaura, el alma no gaste
lágrimas, pues que no son
de remedio ni provecho.
¡Ay, hermano, que del pecho
salir quiere el corazón!
Feduardo, si pudiera,
juzgando la bien perdida,
solo por salvar tu vida
en ferias la mía diera.
Tanto he llegado a sentir
esta sentencia que espero,
que me ha de acabar primero
el ver que tú has de morir.
Yo quisiera consolaros;
quedad, señores, con Dios.
Vase
Si somos uno los dos,
¿quién de mí podrá apartaros?
Lisardo, si en mi disgusto
consuelo puede hallarse,
sin duda viene a cifrarse
en una acción de tu gusto.
Ya sabes la voluntad
con que estimo tu persona,
y que la fama pregona
las deudas de tu amistad.
Y en ocasión tan forzosa
será preciso pagarte,
y solo podré con darte
a Celaura por esposa,
que con aquesto contento
y gustoso moriré,
pues seguro partiré
de que no logre su intento
el Príncipe, pues ha sido
siempre su guarda y amparo,
que lo serás está claro
quedando por su marido.
Lo más que te puedo dar,
Lisardo, amigo, te doy.
Confieso que honrado estoy,
mas ¿qué puedo desear?
Pues el premio que me das,
por más que hubiera servido,
ni le hubiera merecido,
ni pudiera alcanzar más.
Hoy en mí se viene a ver
lo que no se suele hallar:
un extremo de pesar
y otro extremo de placer.
Celaura, dale la mano
a Lisardo.
Con la vida,
pues es cosa co[nocida]
que en dársela [...]
Dale la [...]
y aunque ad[...]
el Rey teng[...]
si podemos suplicar
y valernos su clemencia.
Vamos, que contigo i[ré],
que es imposible que [...]
haber mal que me [...]
pues tanta dicha alcan[zo].
Vanse todos y salen el Príncipe y Anarda con manto
En efeto, despreció
Celaura a tu alteza.
Sí,
y no estimándome a mí,
que adoraba confesó
a Lisardo. ¿Qué daré,
Anarda, para obligarte?
Paréceme que libraste
a su hermano, y yo diré
que a mí Lisardo me ha dado
palabra de casamiento,
y tu ayuda mi intento
lo verás burlado.
[...] dose conmigo
[...] r porfía
[...] quería
[...] por amigo
[...] tú le obligas
la vida a su hermano.
Sin duda alguna es llano
[...] voluntad consigas.
¡Oh Anarda! muy bien
[i]dea viene a ser,
de consejo de mujer
bienes que Lauro le den.
Tú a mi padre le dirás
que de casarse contigo
palabra te dio, y testigo
de este contrato darás.
Lo que quisieres diré,
cual mío en tu gusto fijo.
Yo que se case contigo
aunque él no quiera haré.
Por lindo modo mi intento
he venido a conseguir.
Con ello es fuerza salir
logrado mi pensamiento.
Aunque he querido a Lisardo,
el intento que ahora llevo
es librar, ya que lo debo
de la muerte a Eduardo.
Sale el Rey y acompañamiento, Lisardo, Celaura, Robledo y Nise.
Señor...
Levanta, y no prosigas.
No sé si podré callar.
Bien puedes, que sin hablar
con solo mirar obligas
a tanto extremo, que en ver
el dolor que representas,
concediera lo que intentas
si se pudiera hacer.
No hay cosa al Rey imposible.
Guardar la justicia es fuerza,
y no es bien que yo la tuerza.
Ni que mi pena insufrible
quede sin remedio.
Llega,
y goza de la ocasión
dándole tu intercesión
lo que el Rey sin ella niega.
Permita Su Majestad
por hacerme a mí favor,
que desterrando el rigor
halle lugar la piedad.
¿Tú intercedes?
Sí, señor,
que en cosas que justas son,
lo será mi intercesión.
Pues vale poco el favor
en quien reina la justicia,
y aunque librarle deseo,
no puede ser, porque veo
oponerse la malicia
a mi clemencia. Ansí,
será fuerza ejecutar
la sentencia.
Da lugar
a que pues la causa fui
de su prisión y del mal,
antes que culpa me den
tenga principio mi bien.
Que un sujeto principal
grande afrenta viene a ser
ver que con razón se arguya
que por causa y culpa suya
otro llegue a padecer.
Estar sin cuidado puedes,
que en nada culpado fuiste,
que como Juez le prendiste
y como noble intercedes.
Y tú como Rey piadoso
has de perdonar, señor,
no ejecutando el rigor
en un hombre que celoso
de la honra justamente
acudió a su obligación.
Las mías, Celaura, son
dar castigo al delincuente.
No me tratéis de esto más.
Pues también cuando subiera
de Lisardo la malicia,
con razón castigarás.
Palabra de casamiento
me ha dado, y casarse intenta
dando principio a mi afrenta
con darlo a su atrevimiento.
Mira si es razón, señor,
castigar de aqueste agravio
a quien obliga, a mi labio
publicar su deshonor.
Lisardo.
¿Yo a ti palabra
de casamiento te he dado?
Señor, si tal ha pasado,
ruego al cielo que se abra
la tierra, y me trague vivo.
¡Yo palabra! ¡Yo casar!
Quien tan bien sabe negar,
no es mucho que niegue esquivo
la palabra que me dio.
Yo, señor, te informaré
lo que en este caso sé.
Anarda, cree que yo
miraré por tu justicia.
¡Plegue a Dios que mal despache!
Sí hará, pues tarde piache
de esta dama la codicia.
Tarde piache enfadoso.
¿Sabes tú por qué se dijo?
No, mas si no eres prolijo
lo escucharé.
Es donoso
cuento. Llegó un pasajero
muerto de hambre a una venta,
tan alcanzado de cuenta
cuanto falto de dinero.
Por Dios limosna pidió,
y aunque es impropio en venteros,
el darle dos huevos hueros
al mendigante le dio.
Tomó el uno y, sin asar,
se lo sorbió de una vez,
y cuando llegó a la nuez
comenzó un pollo a piar.
Para que fuera, os despache,
no halló remedio y dijo:
Id al estómago, suso,
pues que tan tarde piache.
Anarda tarde ha piado,
y aunque la palabra pida
de cobrar la despedida,
pues Lisardo está casado,
bien has dicho, cosa es cierta.
Entra Fenisio.
Para hablar a los reyes
nunca permiten las leyes
tener cerrada la puerta.
Valeroso Federico,
de cuyos servicios, hechos
lenguas, aumentan la fama,
juzgando por corto el tiempo.
Sabiendo que la justicia
y la piedad estuvieron
juntas en igual nivel,
en ti como en propio centro.
Sabiendo que a Feduardo,
atropellando con ruegos,
por la muerte de Fenisio
mandaste cortar el cuello
antes que la ejecución
administrase el acero,
viene a darte el desengaño
para deshacer el yerro.
Fenisio, señor, es vivo.
Si yo la vida poseo,
y no es bien que el vivo muera
cuando ves con vida al muerto,
Feduardo valeroso
me sirvió como caballero,
que si injurias no le hice,
castigó mi pensamiento.
Corrido de que le tuve
y vergonzoso este tiempo,
he gastado en la cabaña
de Albano, y con los remedios
que aplicó su voluntad
mi salud restituyeron.
Cuando en ella del castigo
avisos ciertos me dieron,
partí porque el desengaño
fuese a su vida remedio,
cuya pido que se otorgue.
Si valen contigo ruegos,
que en rogar por mi contrario
quiero vencerme a mí mesmo.
Sáquele de la prisión
para que en lugar de acero,
entre lazos de amistad,
mis brazos ciñan su cuello.
Sirva al tuyo esta cadena,
siendo de albricias el premio,
pues ya impidiendo el castigo
deshaces mi sentimiento.
Justiciero ejecutaba
lo que sentencia severo,
si bien lloraba piadoso
de mi rigor el efecto.
Tráiganle de la prisión.
Y el que tus plantas reales beso,
mil veces el alma y vida
de nuevo vuelven al cuerpo.
Fenisio, quisiera darte
según tu merecimiento
las albricias, mas perdona,
recibe buenos deseos.
También es razón, las de
pues que la acción de tu pecho
queda satisfecho el mío
si con una cruz le premio.
Tanto la envidio, Fenisio.
que la gloria que poseo
feriara por la que ganas,
que a la mía la prefiero;
imitará tus acciones,
perdonando al que está preso
el desacato que tuvo
en su inmenso atrevimiento.
A tan enteras mercedes
dé las gracias el silencio,
pues no hay palabras que basten
a referir lo que siento.
El cielo te hace dichoso,
causando envidia tus hechos,
con que venganzas infames
siendo de perdón ejemplo.
Entran Octavio y Feduardo.
Humilde y agradecido
a besar tus plantas vengo.
La vida que me das
de nuevo, señor, te ofrezco.
Fenisio es quien te la da,
siendo agradecimiento.
Su voluntad corresponde
para premio de tus hechos.
Dame los brazos, Fenisio,
para que pueda con ellos
pagarte, señor, la vida,
la voluntad que te debo.
Llega también a los míos,
que en no castigar tus yerros
quiero imitar a Fenisio,
pues que se venció a sí mismo.
De tan extraños prodigios
quede, parece, robado.
Que es el día del Juicio,
pues resucitan los muertos.
Entra Albano.
Escucha, rey poderoso,
el agravio que me ha hecho
el más desagradecido
de cuantos sustenta el suelo.
Aqueste pecho que cubre
el tosco sayal grosero,
alimenta sangre noble
a quien dio blasón el tiempo.
Mas por ser en causa propia
la alabanza vituperio,
y también por no cansaros,
dejo quien soy en silencio;
no pudiendo sustentar
lo que mis padres y abuelos
en la corte sustentaron,
porque mi caudal fue menos.
Reprimiendo cuerdamente
la locura del deseo,
escogí la soledad
en una quinta que tengo.
Retiréme a ella a vivir
si bien asido muriendo,
que es muerte de cortesanos
el aldeano destierro.
Allí con sola una hija,
de mis glorias el espejo,
el Benjamín de mis años
e ídolo del pensamiento,
vivía (si no gustoso)
divirtiendo con el tiempo
memorias, que dan cuidados,
cuidando de no tenerlos.
Hasta que turbó mi paz
ingrato agradecimiento,
que para robar a Elena
Paris fue huésped del griego.
Este Fenisio que ves,
que en traje de caballero
encubre tratos villanos
la falsedad de su pecho,
éste pues, don Casiano,
llegó una noche rindiendo
la vida por una herida.
Movióme a piedad el Cielo.
Después de haberse curado,
y dado con mis remedios
esta vida que posees
para sus falsos intentos,
ingrato huésped me ha sido,
robador de mi sosiego,
hurtándome con mi hija
el honor de que me precio.
Mira si justa venganza
pide tan infame hecho,
y si es bien que del castigo
a tan villanos desprecios
justicia, señor, dilates.
¿Y tú qué dices a aquesto?
Que cuanto Albano te ha dicho
públicamente confieso;
haber robado a Matilde
(según te ha contado) niego,
que no la traje robada,
aunque en mi poder la tenga;
de esposa le di la mano,
mira si pago con esto
la obligación que refiero
y las deudas que le debo.
Siendo su esposa, señor,
yo vengo a quedar de nuevo
Con mayor obligación,
con más agradecimiento.
Las que yo le tengo a Anarda,
concediendo sus deseos,
me obligan a que la ampare.
Haz, señor, que le dé luego
Lisardo de esposo mano.
¿Cómo dar la mano puedo,
siendo Celaura mi esposa?
Que, estando a morir dispuesto,
su hermano quiso mi suerte
que llegase a merecerlo.
Pues ¿no le diste palabra
a Anarda de casamiento?
No, señor, que fue fingido.
Ya dio cierto fin el enredo,
a Feduardo obligada,
por mil razones confieso
estoy.
Si gustas, dale la mano.
Disgustos pasados dejo,
que pudieran impedirlo,
porque, imitando el ejemplo
de perdonar los agravios,
quiero vencerme a mí mesmo,
pues es la mayor victoria;
yo lo estimo y te obedezco.
Yo y esta señora Nise
claro está nos casaremos,
porque el fin de las comedias,
siempre para en casamientos,
de dos en dos, como frailes
cuando salen del convento.
Admirado estoy de ver
tan peregrinos sucesos.
No sé qué nombre les dé.
El que dejó en el tintero
el poeta al escribirlos,
pa que llevase de bueno
la comedia, siendo mala,
el título por lo menos.
Y ansí su nombre, señores,
a vuestra elección lo dejo.
Dando fin a la comedia,
póngale nombre el discreto.
Fin.