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Digittol text for Cerco y liberttod de Sevillto por el rey don Ferntondo el Stonto

Publication date: August 22, 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Cerco y libertad de Sevilla por el rey don Fernando el Santo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/cerco-y-libertad-de-sevilla-por-el-rey-don-fernando-el-santo.

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CERCO Y LIBERTAD DE SEVILLA POR EL REY DON FERNANDO EL SANTO

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Ptog. 1

4.

262

1

Cerco y libertad de Sevilla

por el Rey D. Fernando el Santo =

Comedia en 3 jornadas.

4

Jornada primera

Ptog. 2

La famosa comedia del Cerco y libertad de Sevilla por el rey don Fernando el Santo. Figuras: el rey don Fernando y su hijo, Garci Pérez de Vargas y su criado Millán, don Lorenzo Suárez, don Pedro Ponce de León, Pelai Pérez, maestre de Santiago, un caballero y un farfán gallardo, el rey moro y otros moros, dos moras, Zaida y Arlaja, los dos gacules hermanos, que empieza la comedia encima de los muros con otros, tirando cohetes y la ciudad llena de luminarias y gran ruido de menestriles y trompetas y atabales, y dice Gacul y Celindo su hermano.

Gazul.

Los fuegos tira a las contrarias partes,

rompa el aire el estrépito, dispara,

tremolen victoriosos estandartes

desde la obscura a la región más clara,

felice día, venturoso martes,

aviva los incendios.

Celindo.

Para, para.

Gazul.

¿Para qué?

Celindo.

Para que el aire mismo

se ha convertido en fuego del abismo.

¿No ves al cielo levantar las llamas

y ocuparle su cóncavo a la luna?

Gazul.

Llamas dices, mejor dijeras famas

de nuestra felicísima fortuna,

qué moros fuertes, qué bizarras damas,

viendo la noche triste e importuna

vuelta en hermoso y apacible día;

no viste el alma de íntima alegría

por el sagrado arábigo profeta.

Ptog. 3

Gazul.

que junto a la de Alá su silla entrona

por quien se rige el mundo y cuya seta

tiene en el cielo principal corona

que han de ser estos humos la cometa

que da en su quinto círculo Belona

para que el moro rey las treguas quiebre

y la esperanza de su trience liebre

Suenan voces dentro e instrumentos músicos y adufes.

Alindor.

Brabo alarido, estraño zala hacen

por los estremos de las calles todas.

Gazul.

Si Alamino Celi te satisfacen,

como en seguir su voz no te acomodas.

Sufres, cristiano rey, que te amenacen

mozos de aljarafe con alegres bodas.

Mengua es tuya, Celi, la voz el pueblo aviva.

Gazul.

De mi remedio...

Todos.

El rey Alfatar viva.

Quítanse de la muralla con instrumentos y salen Garci Pérez de Vargas y don Lorenzo Juárez y don Pedro Ponce de León y Millán escudero de Garci Pérez en traje de moros y dicen.

Don Lorenzo.

Estrañas luminarias, bravas luces

coronan las almenas y repechos

de las altas murallas andaluces

a quien mil villas dan honrosos pechos.

Garcí Pérez.

Mejores son arneses y gorguces

para atavíos de cristianos pechos,

que aljubas ricas de color de seda;

si con el traje el ánimo se hereda,

usen de largas faldas las mujeres,

adornen las cabezas de almaizales,

salgan con afeitados pareceres

entre Tarfes, Gacules y Aliatares,

que yo...

Don Pedro.

¿Quién le quita a Garci Pérez

hacer por horas víctimas y altares

d'estos perros, sus gustos atropella?

Garcí Pérez.

Esta es mi condición, sigo mi estrella.

¿Para qué quiero yo mi alfanje en vaina

y con la paz enmohecido el peto?

¿Qué gusto puede darme la dulzaina

entre el poblacho, en ocio vil, quieto?

Si el rey Fernando su furor amaina,

sino con fiero el comendador aprieto,

yo solo, yo mi sombra sola basta

para asolar aquesta infame casta.

Saltaré, ¡vive Dios!, por cima el muro

y arrojaréme en ese laberinto,

que al sacudir mi brazo el golpe duro

dejará el suelo en mora sangre tinto;

contra esta nueva Troya me conjuro.

Don Lorenzo.

Ya os pintáis otro Aquiles.

Garcí Pérez.

No me pinto.

Aquiles yo, que Aquiles si viviera

es tan boba yo mi sombra fuera,

y si de Garci Pérez fuera sombra...

Don Lorenzo.

El bravo quiero, no hiciera poco.

Don Pedro.

Dicen verdad, el borracho, niño y loco.

El aleve ja d'este pueblo asombra.

Mil instrumentos suenan poco a poco.

Salen alegres coros de Sevilla.

Garcí Pérez.

Querrán del Betis pasear la orilla.

Salen un corro de moros y moras tañendo y bailando, paran bien y dice Millán adviértase que es figura graciosa.

Ptog. 4

Millán.

Digan, si hacen trepar

al son la delgada toca,

o esta canalla está loca,

o yo lo debo de estar.

Crece, como en mar riqueza,

aquesta ciudad cercada,

que por momentos la espada

de nuestro rigor espera,

¿y con pandero y fiestas

se procura defender?

Pelay Pérez.

Podría forzar a ser

la ocasión.

Millán.

A pocas destas.

Envidar el resto a doce

y entre la música y danza

hacer la mortal mudanza,

para que el placer se goce

con castellanos donaires.

Allá me quiero llegar.

Don Lope.

¿A qué?

Millán.

A hacerlos danzar

hechos brujos por los aires.

Pelay Pérez.

Mira que son bravos pechos

algunos.

Millán.

Mal me conoces.

En dándoles cuatro coces,

los verás hincados hechos...

Y porque te satisfagas,

Pelay Pérez.

Espera, verás lo

que hace.

Don Lope.

No te está bien.

Millán.

He de hacerlo.

Don Lope.

No lo hagas.

Hay treguas entre los reyes,

y se dará mal ejemplo.

Millán.

No más basta que os contemplo,

amigos, de cumplir leyes,

engaños, cautelas, dolos,

no se han de intentar, creed.

Don Lope.

Díxele a vieja en ced

que nos viéramos solos.

Callo porque a ser, no más

de ambos está clara la obra,

que toda la turba mora

estaba con barbas.

Gazul.

Bueno está, Millán, frondón,

ya se empieza a sentar.

Pelay Pérez.

No llegaremos a estar

un rato en conversación.

Gazul.

Aunque un gusto barajas,

lo hace, aunque soy amigo

de hablar al enemigo

al son de trompas y cajas,

que, vive Dios, que no sé

hablarle en la paz prolija.

Pelay Pérez.

Si la ocasión se manija,

yo por ambos hablaré.

Gazul.

Enhorabuena.

Pelay Pérez.

Alá os guarde.

Zayda.

Y Mahoma con todos venga.

Millán.

Aparta.

Don Lope.

Ten...

Millán.

No me tenga,

pues un bofetón guarde

con vuestra buede mi

con nosotros.

Gazul.

Ten, Millán.

Millán.

Pues, ¿si a la mano me van,

qué tienes de callar y oír?

Vámonos de aquí, señor,

que yo sé que no os importa.

Gazul.

Esa cólera se porta

mal. Daré al diablo el amor

y a la...

Pelay Pérez.

Si de ver al...

pesadumbre no tenéis,

y prosiguiendo podréis

Zayda.

No hay quien lo impida.

Sentaos.

Pelay Pérez.

Si ha de sentar,

junto a vos sentado estoy.

Don Lope.

Siguiendo os los pasos voy.

Gazul.

Yo apartado quiero estar.

Millán.

Y, ya que todos la han cesado,

no tengo yo otro remedio

sino sentarme aquí en medio.

Gazul.

Galán hecho.

Pelay Pérez.

Extremado.

Millán.

Y ella, digo, de mi falda

da, y muéstreme acá una mano,

para ver el mozo, es cortesano.

Pelay Pérez.

Blanca es la mano, mi Zayda.

Millán.

Aflojela acá y veré.

Don Lope.

Pues, ¿cómo la ha de aflojar?

Millán.

Bien se la puede cortar,

que luego la volveré.

Zayda.

Galán, en que os ofendí,

que esa pena se me aplica?

Millán.

Si el bien no se comunica,

no vale un maravedí.

Pelay Pérez.

Mala, que es muy injusta ofensa

para un pecho cortesano.

A mano de cuya mano

ve que está su alma, que piensa.

Zayda.

Si es lisonja, bueno está.

Pelay Pérez.

Guardo os el justo decoro.

Zayda.

No sé qué tiene este moro,

que cautivándome va.

¡Qué brío, qué gracia y talle!

Pelay Pérez.

No soy dama lisonjero.

Zayda.

Por más que olvidalle quiero,

no me es posible olvidalle.

¿No me diréis vuestro nombre?

Pelay Pérez.

¿Importa os mucho sabello?

Zayda.

Ay, que me labra el vello.

Pelay Pérez.

Mucho temo, no os asombre.

Zayda.

No me asombrará, decí.

Don Lope.

Tocóle de amor la yerba.

Millán.

Como un palo está esta sierva,

comamos la pesquería.

Si solo en el nombre topa,

sabed que se llama

Pelay Pérez.

Ten...

Ptog. 5

Zayda.

No me neguéis que es hechicera.

Miguel.

Ella viene viento en popa,

y no hay sino cargar con ella

y demos la vuelta.

Garcí Pérez.

Calla.

Miguel.

No será traición dejalla,

si allá podemos vendella.

Zayda.

No me estéis martirizando,

que el corazón y el alma os rindo.

Don Pedro.

Llamóme mi bien Celindo.

Zayda.

¿De veras?

Don Pedro.

No estoy burlando.

Zayda.

Qué buen nombre.

Miguel.

Y si le enfada,

porque no mude de amor,

se buscará otro mejor.

Zayda.

El de Celindo me agrada.

Don Pedro.

Él solo.

Zayda.

Él solo es bastante

a tener mi vida en peso.

Don Pedro.

Las manos, señora, os beso.

Zayda.

Mostradme acá ese turbante.

Don Pedro.

Veldo.

Zayda.

Podéisle traer

sin plumas.

Don Pedro.

Hasta que tenga

amor con que me entretenga,

no me las pienso poner.

Zayda.

Y si yo os las doy...

Don Pedro.

Traedlas,

que el corazón me alborotas,

y las flacas venas yelas.

Garcí Pérez.

Primero que el polo salga,

habéis de renegar hoy.

Don Pedro.

Callad, pesia a mí, que voy

dándole soga a esta galga.

Garcí Pérez.

Pesa a mí, que en esos modos

que vuestro pecho desfoga,

no deis de manera soga

que nos ahorquemos todos.

Don Pedro.

No hacéis... callad. Dama hermosa,

porque yo soy forastero,

sabed una cosa quiero.

Zayda.

Celindo, mi bien, ¿qué cosa?

Miguel.

Miren qué almíbar baja aquesta,

aquí pierdo cien ducados.

Don Pedro.

¿Por qué sazón los cercados

hacen esta noche fiesta?

Zayda.

La costumbre ha hecho ley

en este insigne lugar

de juntarse a celebrar

el nacimiento a su rey

cada noche, y este el día

que Alzafat nuestro señor

cumple años.

Miguel.

¡Oh, traidor!

Pese a esto, de la alegría

que veis que esta mora llegue

y la corte media caza.

Garcí Pérez.

Eso solo nos faltaba.

Miguel.

Hacedlo antes que se niegue,

don Pedro, que vive Dios,

que le veo de manera,

que ya renegado hubiera

a no venir con los dos.

Zayda.

¿Qué determináis,

Don Pedro.

Señora?

Darte gusto determino.

Entra Célida y Amete, su criado.

Célida.

Que sin avisar me vino.

No sé qué piensa esta mora.

Hamete.

No desea más tesoros

que estás de tu amor gozando.

Célida.

Por Alá, que está hablando

con un escuadrón de moros.

Mataréla y matarélos.

Garcí Pérez.

¿Qué es aquesto de matar?

Quiero apercebido estar,

que viene el moro con celos.

Zayda.

Mi gloria, quiero abrazarte.

Célida.

¿Abrázaslo en mis desdenes?

¡Pesia al mundo!

Garcí Pérez.

Hidalgo, ten.

Célida.

Suelta.

Garcí Pérez.

No puedo soltarte,

que soy guarda deste paso

y débote defender.

Célida.

Moro, de vos, ¿qué queréis,

que te mate?

Garcí Pérez.

Habla paso.

Célida.

¿Qué paso?

Garcí Pérez.

Que poco a poco.

¿No adviertes que yo aquí estoy?

Célida.

Perro, ¿conoces quién soy?

Garcí Pérez.

Serás algún moro loco.

Miguel.

Enguártate, le revuelve,

y déjame a mí matallo.

Garcí Pérez.

Calla, majadero.

Miguel.

Ya callo.

Garcí Pérez.

Por donde vienes te vuelve.

Hamete.

Y, ¡hola, tú!, ¿no callarás?

Deja aqueste desatino.

Miguel.

Morito, bebe tu vino,

y no te metas en más,

que te harán la mamona

y te quedarás con ella.

Hamete.

No habrá quien se atreva a hacella.

Miguel.

Bueno está, señora mona.

Célida.

Descubre el rostro, que quiero

saber quién eres.

Garcí Pérez.

Vete en hablar a la mano.

Mira que soy caballero.

Célida.

¿Caballero tú?

Garcí Pérez.

Yo, pues.

Zayda.

¡Ay, amor!

Célida.

De mí se me huyó,

quita, que te abrazo luego,

que salir del alma ves.

Garcí Pérez.

Tanto digo.

Célida.

Ya me corro

de la larga que les doy.

Descúbrese Garci Pérez y dice.

Garcí Pérez.

Tente, y advierte que yo soy

ángel de guarda del corro.

¿Conócesme ya?

Célida.

¿Quién eres?

Garcí Pérez.

En cambio de no matarme,

el nombre quieres sacarme.

Célida.

Dilo, acaba.

Garcí Pérez.

Garci Pérez.

Ptog. 6

Zelín.

Encántate.

Zelín.

No me encanto.

¿Eres más que hombre solo?

Garcí Pérez.

Soy rayo y el cielo diolo

para dar al mundo espanto.

Zelín.

Pues no lo es todo espantado,

pues no me espantas a mí,

que soy parte suya.

Garcí Pérez.

A ti

a muerte te he sentenciado

y no quiero que te asombres.

Zelín.

¿Sabes que me matarás?

Garcí Pérez.

Si quisieres, la llevarás

firmado de nuestros nombres.

Zelín.

Estoy por probarlo agora.

Garcí Pérez.

A las treguas lo agradece.

Don Pedro.

Oíd, don Pero, parece

pendencia aquella.

Don Pedro.

Señora,

esperad aquí un momento,

que importa ver este lance.

Zayda.

Galán, do darme alance

el cáncer de mi tormento.

El santo Alá te maldiga,

Mahoma en tu daño sea,

y si travares pelea

venza la parte enemiga.

Tus hijos se vean esclavos

entre los contrarios fieros.

Zelín.

Mal parece, caballeros,

que pasen palabras bravas,

verme encontrar y ultraje

fingiendo temerosas damas,

y asegurarnos las armas

como en desdeñoso ultraje.

Zelín.

Parece mal que después

de estar la tregua asentada

de vosotros sea quebrada

pues de nosotros no lo es.

Parece mal que en los tiempos

que de seguro nos dais

contra Dios y ley queráis

turbar nuestros pasatiempos.

Mal parece...

Garcí Pérez.

Reír me quiero.

Don Pedro.

Mal parece que hoy blasones

hallándote entre leones

siendo un humilde cordero.

Vete que te matarán,

y estima aquesta venida,

pues te dejan con la vida.

Zelín.

No dijera más Roldán.

Don Pedro.

¿Qué Roldán ni fanfarrón?

Para vencerme a temer

¿no te bastará saber

que soy Ponce de León?

Zelín.

Vos sois, Garci, de los dos

Sevillanos el segundo

a quien de ordinario el mundo

da nombre de hijo de Dios.

Garcí Pérez.

Y pues mañana tenemos

de las treguas solamente

y de en paz que el día siguiente

en el campo nos veremos.

Garcí Pérez.

En buen hora.

Don Pedro.

Perdonad,

señora, que lo que ha habido

entre los dos, solo ha sido

en donaire y amistad,

quebrasteis mi ley

tan encontrados están

que lugar a más no dan

que a burlas del ciego rey.

Pero en cambio agradecido

de lo que por mí habéis hecho,

ved en qué soy de provecho

y mandadme.

Zayda.

¿Que has salido?

Vana mi esperanza ten,

que aunque te considero

cristiana, al doble te quiero,

llévame contigo.

Don Pedro.

Bien

hicieras si la guerra

no tuviera suspensión,

mas será hacer la ocasión

que tu rey se agravie.

Zayda.

Cierra

con todo.

Don Pedro.

No puede ser,

adiós, y por tu divisa

me conocerás, y avisa

lo que hubieres menester.

Garcí Pérez.

Moro hidalgo, el convite

no se desbarate.

Zelín.

Hacelo,

yo te otorgo que es vida el cielo

para que Celi os la quite.

Millán.

Mi señor moro, lo que empieza

no sé cómo le saldrá,

pero vaya, que él traerá

las manos en la cabeza.

Vanse los cristianos y dice Celi.

Zelín.

¿Posible es que la vergüenza

que delante mí te acusa

no te hace estar confusa

y a tu locura comienza?

¿Posible es que los desdenes

que te hago no te enfadan?

¿Es posible que te agradan

las rifas que por mí tienes?

¿No hay moras en esta tierra

con quien amistades trates

cuando cesan los combates

de la comenzada guerra?

¿No hay desenfados mejores

que te puedan gusto dar,

sin venirme a mí a enfadar

con tus cansados amores?

Zayda.

Celi, vete, digo,

deja esa loca porfía,

olvídame y de mí fía

te tengo por enemigo

y no me des más enojos,

que tu memoria me enfada.

Vase Zayda y dice Celi como espantado.

Zelín.

¡Cómo hablas confiada

enemiga de mis ojos!

De mi presencia te ausentas

fingiendo ya de capote

porque en mi pecho no brote

el fuego de tus afrentas.

Huyes corrida de ver

que con el cristiano perro

te cogí en la red de hierro

como a lasciva mujer.

Mas, aunque riscos y breñas

saltes, partiré a buscarte

para vengarme y pagarte

el desamor que me enseñas.

Ptog. 7

Hace que va a dar a él y sale Gacul, su hermano, y detiénele.

Gazul.

Tente, ¿dónde vas, ya Celín?

Zelín.

Déjame, hermano, que hablo...

Gazul.

Bien lo manifiesta el labio,

tinto en colérico azul.

¿Qué tienes?

Zelín.

¿A qué se inquieta

mi piedad el noble decoro,

y cuanto yo más la adoro,

con mayor desdén me trata?

Vila en Zara hoy importuna,

con los cristianos hablando,

en esta ribera...

Gazul.

¿Cuándo?

Zelín.

Agora.

Gazul.

¿Y fue vivo alguno?

Zelín.

Todos con vida se fueron,

que para tanto no fui.

Gazul.

Calla, ¿celos te han enojado?

Zelín.

Sí.

Gazul.

Pues ¿cómo no se murieron,

blasón del nombre morisco,

viendo ante ti tus despojos?

¿No brotaras por los ojos

ponzoña de basilisco,

y los mataras a todos,

quedando tu nombre eterno

de haber poblado el infierno

con las sangres de sus godos?

Vete, que no eres mi hermano.

Vete, que por Alá juro

que aunque vas, no vas seguro

del ímpetu de mi mano.

No te pares.

Zelín.

Mira...

Gazul.

Vete,

que por vida de Mahoma,

que si replicas, te coma.

Vase Celín.

Zelín.

Mal hice obedecerte,

que eres mi hermano mayor,

y la justicia sobra.

Gazul.

Así una infamia se cobra,

así se pierde el honor,

así el cristiano se vence,

así se da al mundo espanto

porque su fe se alza tanto,

que mi sangre me avergüence.

¿No soy yo Gacul, aquel

que en servirte entretenido,

por solo agradarte he sido

del mundo azote cruel?

¿No soy de quien tiembla el suelo,

y quien con sus manos fieras,

si no me las detuvieras,

hubiera deshecho el cielo?

Pues ¿cómo el que participa

deste corazón tan vario,

en dar muerte a su contrario

a coces no se anticipa?

Si es que tú le detuviste

por milagroso secreto,

dilo y viviré quieto,

que nadie a tu ira resiste.

Pero si fue cobardía,

habla, matarélo luego;

porque de su infamia el fuego

no desdore la honra mía.

Si a quien soy no correspondes,

¿cómo mi hermano te nombras?

Sale Azlaja confusa, y Dazayda.

Arlaja.

¿A quién, con tus solas sombras,

mi Gacul, no me respondes?

Gazul.

No merezco yo gozar

desta venturosa estrena.

Si te da mi infamia pena,

¿cómo te podré mirar?

Escondo el rostro cruel,

porque el tuyo soberano

las afrentas de mi hermano

no puedas leerlas en él.

Arlaja.

¿Qué afrentas?

Gazul.

No oso decillas.

Arlaja.

¿No osas?

Gazul.

No, porque entiendo

que si las voy refiriendo,

te ofenderás tú en oíllas.

Arlaja.

No me suspendas.

Gazul.

¿No quieres?

Me afrenta que mi hermano

huyese un escuadrón villano

de unos cristianos mujeres,

y los dejase con vida.

¡Por Alá, de suerte estoy

que ciego Gacul no soy,

pues no es sola mi perdida!

Arlaja.

¿Deso estás corrido? Calla,

que mayor infamia fuera

si habiendo treguas, hiciera

con los cristianos batalla.

Ya se la ocasión advierte,

que Zayda me lo contó,

si otra causa no te dio,

desamor es el ofenderte.

Coge a tu enojo las riendas,

pues pueden en amistad

llegar a nuestra ciudad,

y nosotros a sus tiendas.

Gazul.

¡Qué agravio, qué mal ultraje

los soldados nos hicieron,

es porque a vernos vinieron

puestos en morisco traje!

Si es por eso, antes arguyo

que el nuevo disfraz ha sido

no por burlar del vestido,

mas por ser mejor que el suyo.

Y cuando por desdeñarnos

fuera el cielo santo y sabio,

pues le tocaba ese agravio,

diera ocasión de vengarnos.

Y no que estando de paz,

holgándose en rica tierra,

diera causa a nueva guerra

un ceguazuelo rapaz.

Dijérase, y con razón,

que porque temor tuvimos,

con ellos treguas hicimos

por matallos a traición.

Arlaja.

Querido Gacul, consulta

a tu hidalga prudencia,

y en ti verás que sentencia

que de tu información resulta.

No te precipites, vuelve

a contemplarlo de veras,

y lo que agora hicieras

en aqueste se resuelve;

que esa cólera bastarda

más en tu pecho se anida.

Gazul.

Bien te tengo yo escogida

por el ángel de mi guarda.

Bien en el mayor estrecho,

que mi honor y lustre ofende,

tenerte mi fe pretende

por amparo de su pecho.

Mi hermano vive por ti,

que a no ser su defensora,

fuera aquesta la hora

que solo viviera en mí.

Y el cristiano verá presto

las andaluzas yeguas,

pues hoy se acaban las treguas,

que mi rey y el suyo han puesto;

que siendo yo hechura tuya,

y llevándote en mi juro,

que no está su rey seguro,

aunque al trono de Alá huya.

Arlaja.

Estraño gusto me has dado,

puedes ser al mundo ejemplo.

Ptog. 8

Arlaja.

ya que contempló

valiente y considerado

puedes ferir con un monte

hacerle tumbar los huecos

los peñascos de más secos

que cercan este horizonte

puedes.

Garcí Pérez.

Por ser tuyo puedo

hacer infamia infinita.

Entra Hamete.

Hamete.

El rey viene a la mezquita.

Garcí Pérez.

Nuevo gusto en velle heredo,

hacía mucho su venida.

Estimo

verle aquí si le deseas.

Entra el rey moro con algunos moros y tocan los menestriles.

Garcí Pérez.

Muchas fiestas, señor, veas

para ser tu amparo primo.

Entranse y salen don Lorenzo y don Pedro, a lo español.

Don Pedro.

Quedó la mora picada.

Don Lorenzo.

Afición mucha os mostró,

mas hallaráse burlada

de los cristianos que vio,

corrió ya aficionada.

Burlando os hizo favor,

pero avivando el amor,

las llamas del muerto fuego

rindió el gusto al rapaz ciego,

y aludió el guardado honor.

Vi la de amores perdida,

vi la rematada y loca,

y tanto en vos convertida

que era el sí de vuestra boca

la víctima de su vida.

Y valga el diablo la mora,

Don Pedro.

si mi imaginó verla agora

en su retreta llorando,

y en el mío contemplando

con lágrimas una moza.

Don Lorenzo.

Qué queréis? Hallase ausente

de aquel a cuyos despojos

rindió la soberbia frente.

Don Pedro.

Nunca me entretienen ojos

que se contristan en fuente.

Don Lorenzo.

No hayáis agora diamante

que por Dios de puro amante

os vi ya vuelto de cera.

Don Pedro.

Pues de acero entonces era,

no lo mostraba el semblante.

Salen Pelay Pérez, maestre de Santiago, y Garcí Pérez de Vargas. Dice el maestre:

Pelay Pérez.

Galán corrió el alazano.

Garcí Pérez.

Aficionóme el overo

del lunar blanco en la mano,

que es por extremo ligero,

y para ser castaño no

criado en los albañares

del corriente y graso Enares,

tiene los cascos de bronce.

No estimare por el once

de los andaluces pares.

Tiene un pecho de elefante,

ancho cuello, corto rostro,

fuerza en los pies más que un ante,

gruesa anca, al fin es un monstruo

para mi gusto importante.

Diole gusto al rey Fernando

verle ir el freno tascando

sin llegar los pies a tierra,

pues en encuentros de guerra

más que yo va destrozando.

Pelay Pérez.

Pieza es que enviar se puede.

Garcí Pérez.

Estímole en más de un cuento.

Don Lorenzo.

Si lugar se nos concede,

sabremos qué es el contento.

Pelay Pérez.

No hay quien la licencia os vede,

llegad.

Don Pedro.

De placer que ha habido,

parece que hemos corrido

ante el rey y el maestre.

Don Lorenzo.

Qué hay que os ha mostrado

con forma la suerte, asido?

Mas sucediérame mal

si al desnudar de la espada

no se asiera del pretal.

Don Lorenzo.

Cayóse?

Desnuda la espada.

Garcí Pérez.

No tuvo en nada

hacerme de su señal.

Que no es dulce de corte,

hará herida que no importe.

Don Pedro.

Vienes que se solemnice?

Don Lorenzo.

Veamos esta que os dice,

Pelay Pérez.

fue la dama de la corte

un tiempo?

Saca la carta.

Don Pedro.

Pues de la tira

algo se podrá alabar.

Garcí Pérez.

A costa de oro.

Don Pedro.

Podría

una pena refrenar.

Garcí Pérez.

Qué temple es, gallardería.

Pelay Pérez.

Pues el valor desta dejo,

que ha sido del mundo espejo.

Don Lorenzo.

Gallarda pieza, por Dios.

Pelay Pérez.

Con esta estamos dos

buenas.

Don Pedro.

El soldado viejo

y entre enemigos se afloja,

como el galán en su dama

se remira, ansí en la hoja,

que a su brazo le da fama

y a sus contrarios despoja.

Garcí Pérez.

A cuatro espadas aquestas,

para ser en campo puestas

las banderas sarracinas.

Don Lorenzo.

Luego ya las matinas

vueltas en luto sus fiestas.

Garcí Pérez.

Tan cerca de hacerse está,

que es bien por horas lo esperes.

Sale Hamete con una bandera blanca.

Hamete.

Hidalgos, guarde os Alá,

quién se llama Garcí Pérez?

Garcí Pérez.

Yo, moro, llégate acá.

Hamete.

Zelín, mi señor, te escribe

esta letra, y te apercibe

que al momento que la veas

con tus amigos le veas.

Dale la carta.

Garcí Pérez.

Qué gusto mi alma recibe!

Ea, señores, ya veo

bien cumplido mi deseo.

Qué mozo de la porfía

de anoche nos desafía

por Dios.

Lee el papel.

Don Lorenzo.

Lee.

Don Lorenzo lee la carta.

Don Lorenzo.

A ti, flor de cristianos, Garcí Pérez,

y a los demás que con vos me animáis,

y nuestras murallas visitar quisistes,

salid, yo y mis soldados esperamos

en campo raso a fuer de buena guerra,

vivas espadas de encintado temple,

para saber de vuestros fuertes pechos.

Si la braveza que en la paz publican

en la ocasión podéis hacella buena;

y por que no os tardéis en leer, soy corto:

en el puesto os aguardo armado al punto

de mis armas y empresa, a la escondida,

dándonos que yo quitaros pueda.

Garcí Pérez.

Vive Dios, que es moro honrado,

y que le envidio la gloria

de habernos desafiado.

Pelay Pérez.

Gran parte de la victoria

lleva en haber comenzado.

Vase el moro.

Garcí Pérez.

Moro, dile a tu señor

que estimamos el favor

que en este papel nos hace,

que ir a verle nos aplace.

Don Pedro.

Peligro es tanto valor.

Tiene en las obras el moro

dar a nos en qué entender.

Garcí Pérez.

Por el señor en que adoro,

que esto que os emprendéis...

Ptog. 9

Garcí Pérez.

es de hidalgo decoro

mas de ir allá le tardamos

y ocasión al mundo damos

que nuestro esfuerzo condene

Sale el rey Fernando con don Diego López de Haro

Rey

Adonde, hidalgos,

Pelay

Conviene

que de las tiendas salgamos

Rey

¿Hay qué hacer?

Don Lope

Cierto ejercicio

con las armas y la espada

en cosas de tu servicio

Rey

Vio buen pecho, me agrada

ya que el cielo os sea propicio

Garci

De camino mando algo

Rey

Vio proceder de hidalgo

tan a mi gusto en pareja

que más que os pida no deja

Garci

Rico de este favor salgo

Vanse, y dice don Pedro

Don Diego

En tu seguimiento voy

Rey

Don Diego, fiel, grato suelo

en cuyos campos estoy,

le rinde a mi yugo el cielo

de inmortal ventura soy

permítalo el alto cielo

Don Diego

Mereces, rey, que la trompa

de tu fama el aire rompa

y con levantado estilo

desde el Betis hasta el Nilo

se eternice tu alta pompa

Rey

¡Oh, gran ciudad tesorera

del bien más alto y profundo

que de la celeste esfera

o maravilla del mundo

y entre las suyas primera

o sol hermoso de España

a cuyo nombre acompaña

tanta infinidad de gloria

que gozan de tu memoria

las gentes que el Tanais baña!

¡Oh, divino laberinto

donde el infierno se anega

del más eficaz instinto,

oh diosa, que en poder llega

a ocupar el cielo quinto!

¡Oh, cifra del bien más alto

que ha dado glorioso salto

entre la enemiga ley

si el corazón de tu rey

de Dios no estuviera falto!

¡Oh, amada enemiga mía

por quien me tiene celoso

tu bárbara compañía!

¡Oh, centro de mi reposo,

mi alma salud te invía!

A tu salvo goza de ella

ciudad populosa y bella

mas será este salvamento

principio de tu contento

y cabo de mi querella

Don Diego

Tus requiebros he contemplado

y aunque está muerto tu fuego

haces buen enamorado

Rey

¿Qué dices de esto, don Diego?

¿No estoy bien aficionado?

Don Diego

También que por eso solo

mereces como otro Apolo

por las celestes estancias

y ahorrando las distancias

que hay de este al helado polo

vaya el cielo destrozando

a aquesta canalla altiva

y nuestro bien mejorando

Suena dentro atabales, trompetas, voces, ruido

Dentro

¡Santiago!

Don Lope

¡España viva!

Llega Garci Pérez con la cabeza de Gazul y los otros

Garci

Y ¡viva el invicto Fernando!

¡Viva mi rey y señor

con cuyo inmenso favor

mueren los contrarios fieros!

Rey

En efeto, caballeros,

sois de infinito valor

Garci

Recibe con grato pecho

la humildad de este presente

en que fundo mi derecho

honrarásle eternamente

quedando de él satisfecho

de Gazul era cabeza

esta generosa pieza

que con tanta gloria ves

sin alma rinde a tus pies

tu nueva ventura empieza

Rey

Oh Marte, oh invicto roble

que así mi gloria engrandece

es digno de lauro doble

Garci

Esta victoria agradece

a todo este escuadrón noble

ellos con sus pechos fuertes

hicieron gloriosas suertes

el del contrario escuadrón

ellos fueron ocasión

de mil enemigas muertes

el favor que me concedes

rendírsele a todos puedes

Rey

Venid, que quiero despacio

gozaros mientras que agracio

al cielo tantas mercedes

vos, flor de mis caballeros

id un poco a descansar

que con algunos que fieros

quiero que vais a aguardar

la torre de los Herreros

Pelay

Iré yo en su compañía

Rey

Vos quedaréis en la mía

y los que con vos están

otros con mi Marte irán

Don Lope

Haz tu gusto

Rey

Venid

Don Lope

Guía

Vanse, y sale Gazul y un moro con cuatro cautivos cristianos y con el Arla

Gazul

Siendo en tu servicio, es claro

que a la fuerza de mi furia

no tiene el cristiano amparo

aunque fieras de Liguria

les sean muro y reparo

vistan arneses grabados

cuyos temples encantados

mágicas artes incluyan

que eso hace que destruyan

las vidas de sus soldados

de ver las cosas que he hecho

casi el cielo se avergüenza

porque es todo el mundo estrecho

para que el Gazul venza

llevando a Arla ya en el pecho

tú quien los destruyes eres

tú quien sujetas si quieres

el camino más profundo

tú eres espanto del mundo

y gloria de las mujeres

estas joyas te presento

que tú de mi parte tocas

y por Alá, que me afrento

de ver que son tan pocas

entre mis hazañas cuento

mas porque a servirte acierte

y el camino se despierte

sirviendo a tu gusto, codicia

recíbelas por primicia

de las que pienso ofrecerte

Arla

Sabiendo que tuya soy

en cumplimientos estoy

prolijo, la fe te doy

porque es obligarme más

a lo que obligada estoy

Ptog. 10

Gazul.

Vete ya, Zulal, a la mano

en ofrendas, que es vano

pensar que puedo más darte

que la parte que es la parte

que da vida al cuerpo humano.

Zorayda.

Esa te tengo ofrecida

desde el punto que te vi

con la libertad perdida.

Gazul.

¡Oh moro triste!

Zorayda.

¡Oh mal logrado de ti!

Presto se acaba tu vida.

Gazul.

¿Qué tienes, Zorayda amiga?

¿Ahora que viene el enemigo

de tu sangre osas tanto?

Y dime, no me suspendas tanto.

Zorayda.

Casi no estoy conmigo,

y no es aquesta vez

corvos alfanjes dorados,

ni coronados de plumas

los bonetes africanos,

sino de luto vestidos

se acercan de cuatro en cuatro

del malogrado Gazul

los afligidos soldados,

sonando trompetas roncas

y tan voces destemplados.

La grande empresa del tiempo,

y por el aire volando,

apenas la toca el viento,

temiendo fuego tan alto,

hizo señal de dolor.

Barre el suelo y pisa el campo,

tremolando entre la seda

que el alférez va arrastrando.

Salió Gallardo Celí

con cien moriscos gallardos

en defensa de su rey

y ofendido de tus labios.

A caballo salió el moro

y este día desdichado

en negras varas le vuelven

por donde salió el caballo.

Garcí Pérez el Maestre

con sus fuertes soldados,

en trabada escaramuza,

sus moros desbarataron;

quitáronle la cabeza

y el fuerte muro matando,

y los suyos, aunque todos

no vencidos, se tornaron.

No solo Zayda le llora,

pero le acompañan cuantos

el agua de Betis beben,

enemigos de Fernando:

las damas como a galán,

los valientes como al bravo,

los alcaides como a igual,

los plebeyos como amparo.

Gazul.

¿Qué dices, que entre las venas

has mi roja sangre helado?

¿Mi hermano, que es muerto?

Zorayda.

Muertos son del sol los rayos.

Que es muerto tu hermano digo.

Acabó tu invicto hermano,

y porque lo creas escucha,

que ya se acercan marchando,

sonando trompetas roncas

y tan voces destemplados.

Sacan a Celí muerto y los moros de negro.

Gazul.

Costosa satisfacción

me da tu pecho leal,

querido hermano, en señal

de tu mucho corazón.

Zorayda.

La muerte suya te llama,

mas de esa muerte adquirida

ha resultado la vida

de tu sempiterna fama.

Gazul.

Bien es que en su llama azul

venga el Fénix por el suelo,

pues renovando de vuelo

de sus cenizas Gazul,

de esta hazaña te empieza

honor tan grande y profundo

que porque te goce el mundo

has venido sin cabeza.

Y aun sin ella tanto subes,

dándoles mil asombros,

a los cielos con sus hombros

vienes raspando sus nubes.

¿Cómo no me hablas? Levanta

y dame un abrazo estrecho,

mas por no hablarme sospecho

que veniste sin garganta.

Pues la mía a causa tuya

tan fuerte nudo la ciñe

que me compele y constriñe

a que el cristiano destruya.

¿Tu muerte es quien me animó?

Pues con ella me enseñaste

que tú la empresa empezaste

para que la acabe yo.

Acabaré, por Alá,

y tenga ese rey por cierto

que Gazul no vivió muerto,

pues vivo en su hermano está.

Abrázame, si te agrada,

antes que parta a la guerra.

Seré el hijo de la tierra

que va con furia doblada.

Tu pecho en mí se desangre;

seré cruel toro de Europa,

que destruya cuanto topa,

viéndose atada su sangre.

Gazul.

Arlaja, mi bien, permite

que esta empresa honrosa siga,

porque mi vida me obliga

que ya del cristiano quite.

Arlaja.

Dámela o me mataré,

porque tu pecho sosiegue.

Manda amor que te la niegue

y tu honor que te la dé.

Gazul.

Hoy hacen batalla esquiva

Gazul, mi amor y tu honor,

pero al fin muera mi amor

porque el honor tuyo viva.

Arlaja.

Ve, que no quiero negarte

licencia en esta partida.

Parte, y pártase mi vida

al paso que se parte.

Que bien sé que queda ajena

la mía de tu memoria,

pues tú vas a adquirir gloria

y a mí me dejas en pena.

Gazul.

Esa tendré yo, señora,

hasta el fin de esta desgracia,

mas porque vaya en tu gracia

te llega mi abrazo.

Arlaja.

En buen hora.

Gazul.

Dádome has fuerza infinita

en darme tu voluntad.

El cuerpo, amigos, llevad

de mi hermano a la mezquita.

Aquel tronco de vida falto

pondré con cetro y corona

junto al altar de Mahoma,

y aun dos estados más alto.

Vanse y suenen soldados entre las querellas broncas, sonando trompetas roncas y tan voces destemplados. Salen Garcí Pérez y un caballero armados, y Millán con el yelmo de su señor.

Ptog. 11

Garcí Pérez.

La torre el rey nos encarga,

como ya está satisfecho

del valor y del buen pecho.

Caballero.

Con todo, es pesada carga.

dos la pueden defender.

Garcí Pérez.

Si yo me llamo a comodo

caballero, el mundo todo

no la osará a cometer.

Caballero.

De esa arrogancia redunda

grande peligro a los dos.

Garcí Pérez.

Que es el mundo, ¡vive Dios!,

que a solas voces lo hunda.

Millán.

No hagáis con el encuentro

que tanto el bajar encierra,

que hará se abra la tierra

y nos esconda en su centro,

y que daránse las bruces

sin bebedor que las gaste.

Caballero.

Escudero, amigo, va auste

que no gusto que me atruces.

Millán.

Vuestra merced no se espante,

que le reñía en mi provecho.

Súbese el rey y don Lorenzo en alto con don Lorenzo; mira el campo.

Rey.

Don Lorenzo, este repecho

en mi campo es importante,

que de aquí se señorea

aquesta vega espaciosa

y no hay en mis tiendas cosa

que no las descubra y vea.

Don Lorenzo.

Señor, de importancia ha sido

tenerle así.

Rey.

Capitán,

¿quién son los tres que allí van?

Don Lorenzo.

Solo el uno es conocido,

que es Garci Pérez el bravo,

a los otros no conozco.

Salen siete moros con sus adargas. Ameto, Zorayde y métense en un jaral.

Hamete.

En este jaral me embosco.

Zorayde.

Grande empresa es la que acabo.

Garcí Pérez.

Démonos prisa, señor,

que ya tanto espacio sobra.

Caballero.

Y pondréislo por la obra.

Garcí Pérez.

¿Hay de quién tener temor?

Caballero.

Volved el rostro, veréis

la gente que nos espera

al doblar esta ladera.

Garcí Pérez.

A cuatro o cinco, ¿les teméis?

poco os asombrarán,

que estos de ver nos se ablandan.

Caballero.

Si mil reyes me lo mandan,

no pienso pasar de aquí.

Garcí Pérez.

No quiero ver os temer.

Caballero.

No os quiero ver porfiar.

Garcí Pérez.

Yo adelante he de pasar.

Caballero.

Y yo al real me he de volver.

Millán.

Vuestra merced haga lo que pide

su merced.

Garcí Pérez.

¿Juegas conmigo?

Millán.

Yo por mí no se lo digo,

mas por él que se comide.

Caballero.

¿Pensáis pasar adelante?

Garcí Pérez.

Y podrá ser que destroce

el cuartel.

Millán.

Mal le conoce,

no le asombrará un gigante.

Caballero.

Él es loco o de veneno

y acaba infortunado.

Vase huyendo.

Millán.

¡Por Dios, que nos ha dejado

con mucho comedimiento!

Garcí Pérez.

¡Oh, infame, indigno del nombre

de católico soldado!

puesto al sol que ha nublado.

Rey.

Causa para que me asombre

me ha dado estos caballeros,

como aquella vuelta da

y Garci Pérez se va

solo contra los ageros.

Don Lorenzo.

Alguna grave ocasión

ha de aquesta vuelta ser.

Garcí Pérez.

¡Hola! ¿muéstrame armazón?

Millán.

Advierte que muchos son.

Garcí Pérez.

¡Ojalá! si no estuviera

todo el morisco furor,

tuviera menos temor,

y más que matar tuviera.

Toma ese sombrero y dame

la celada a cabal...

A Garci Pérez

Millán.

Ten, señor.

Garcí Pérez.

Que no te pareció bien

está y...

Zorayde.

Amigos, dos han caído.

Moro.

Salgámosles al encuentro.

Garcí Pérez.

Haz que te consuma el centro

para no ser conocido.

Rey.

Si a ellos ir se pretenden,

mucho temo no peligre.

Don Lorenzo.

Nunca el cielo de un tigre

tiernos corderos le ofenden,

piensa del Marte segundo

que armado en el campo ves

que pone debajo de sus pies

al dragón más fiero del mundo.

Y como un poco le esperes

verás el caso en que para.

Garcí Pérez.

Vamos.

Millán.

Guía.

Hamete.

Para.

Zorayde.

Para.

A los que Garci Pérez

nadie hable.

Hamete.

Es oprimirles

ver el encuentro de en medio.

Ptog. 12

Gazul.

Que se me perdió barrunto,

y un gozne no podré un punto

si desabrigado ando.

Zoray.

Muestra esa celada, acaba,

y vuélvesela a buscar.

Millán.

Tan presto que a estorbar

ese escalón nos faltaba.

Zoray.

Aquí traigo yo un pañuelo,

en la cabeza te le ata.

Gazul.

No falta quien me combata.

Don Lorenzo.

¿Qué quiere volver? Hacedlo.

Millán.

Toma.

Gazul.

Pícaslo de veras,

di, corazón de acebuche.

Millán.

Es para que no lo escuche.

Traigo afiladas tijeras

y lo cortaré.

Gazul.

Acabemos,

no uses conmigo ese estilo.

Millán.

También traigo aguja e hilo,

y dedal.

Gazul.

Otra tenemos.

Dame la celada.

Millán.

Ten,

pero de mi mal consejo

considera que soy viejo

y me ha sucedido un vaivén,

y no me metas en más.

Gazul.

Calla y ven.

Vanse yendo.

Felipe.

Basta que vuelve.

Zoray.

En matarnos se resuelve.

Francisco.

Espérelo Barrabás.

Vanse yendo.

Don Lorenzo.

Mirad que huyen.

Zoray.

Digo

que por honor de hombres hidalgos

vamos allá.

Quítase Pérez y Don Lorenzo.

Millán.

Esperad, galgos,

y abriréis los ojos conmigo.

Zoray.

Viva este brazo atrevido,

que él dará fin de su secta.

Gazul.

Pues ahí está la celada,

mi ventura ha sido.

Gazul.

Conociendo mis hazañas

el bárbaro no me ladra,

el centro aunque la tuviera

escondida en sus entrañas.

Zoray.

Muéstrala.

Millán.

Toma.

Gazul.

¡Oh, amiga,

a quien mi vida he encargado,

en mí cómo habéis estado

entre esta gente enemiga!

Zoray.

¿Cómo es posible que pieza

que tan de mi gusto es,

tuviésemos a los pies,

dándole yo mi cabeza?

Gazul.

Bien parecida seáis,

pues con el bien pareada

el seguro de mi vida

por señas me le anunciáis.

Zoray.

Poneos en vuestro asiento,

gozad vuestro honroso estado,

que yo en abrazos cobrado

voy por este mi contento.

Millán.

Aún estas armas toma,

¿qué es lo que hacer ahora quieres?

Llegan el Rey y Don Lorenzo, Pelay Pérez y Don Fernando.

Rey.

¿Huyeron de Gazul y Pérez?

Pelay Pérez.

Es quien su arrogancia doma.

Millán.

El Rey viene.

Quieren esconderse.

Gazul.

¡Oh, pesia a mí!

Rey.

Caballeros, a los dos digo,

si ando yo tan vuestro amigo,

¿por qué os escondéis de mí?

Llegad a dadme los brazos,

que pues mi honor engrandecen,

con tanto extremo merecen

los ciñan estos abrazos.

Gazul.

Soy, señor, hechura tuya,

y mi valor nace de ti,

qué mucho si estás en mí

que la muerte de mí huya.

Zoray.

Pues solo quien me anima,

y quien con reales coronas

embargas el nombre, enconas

con lo mucho que me estimas.

Zoray.

Tú eres quien me das aliento

para que al bárbaro aqueje,

hasta que a su gente deje

desocupado su asiento.

Zoray.

Por ti amparada esta planta

vendrá a ser de algún provecho,

la humildad de mi pecho

más ánimo nos levanta.

Rey.

Llegad y cuenta me dad,

¿quién era aquel caballero

que os dejó solo?, que quiero

honrarle.

Gazul.

Tu majestad

no haga de su honor alarde,

porque no le conocí.

Rey.

¿No conocéis? ¿Cómo así?

Gazul.

No conozco al que es cobarde,

y tú, invencible señor,

de su vuelta te contenta,

pues sabes que de su afrenta

ha resultado mi honor.

Rey.

En más os estimo ahora,

que os desenfadéis conviene.

Pelay Pérez.

Hacia acá el alcaide viene.

Rey.

Venga en buen hora.

Don Pedro.

De semblante extraño y fiero,

la muerte trae entre las manos.

Rey.

Por tierra.

Don Lorenzo.

Soy de cristianos.

Gazul.

Pues a quien no mate espero.

Entra Gazul con la seña y dice a grandes voces.

Gazul.

¡Oh, tú, que a tu fe no has hecho

dilatar más que el Macedonio piensas,

tú, cuya hambre y avariento pecho

tiene las aguas béticas suspensas,

tú, que en engaños fundas tu derecho

y a mi ofensa acumulas mil ofensas,

tú, cuya gente por traiciones lucha,

pues de la flor estar cercado escucha!

Yo soy aquel que en la Bandalia ocupo

las siestas que humedece Guadalete,

soy quien en palmas a dársela supo

la entrada que a sus ángulos compete,

soy quien la sangre a los cristianos chupó,

soy quien a ti valor de más promete,

sacar la sangre y pechos a sus pobres,

a mis yeguas echarla en sus pesebres.

Yo soy a quien por fueros de Mahoma

la Alarcia paga y nómina bravía,

soy quien las vacas y ganado toma,

que os fortifican a ti y a tu bando,

soy el azote con que el cielo os doma,

y el verdugo en mi infalible diestra,

asombro fiero de tu fe poluta

y muro adamantino de Sevilla.

Soy a quien la África ofrece minas de oro,

y la Alarabía el vinco del inbar,

soy quien en seco me beba el mar todo,

no frena caza y fiera alada almijar,

soy el aullido del renombre moro,

soy de ricos regalos el acíbar,

soy a quien a diez de tu escuadrón abarca,

y de sus hilos da la mortal parca.

Soy el que contradijo a las treguas,

soy el que fuga en la batalla puso,

soy el que en el real metió sus yeguas

y a matarte en tu tienda se dispuso,

soy quien piensa del Betis muchas leguas

abrir y entrar tu ejército confuso,

soy el lucero de la mora casta,

y soy Gazul, que ser Gazul me basta.

Soy quien sin celada a probar te vengo,

para vengar la muerte de mi hermano,

y campo a todos juntos os mantengo,

atrás atada la siniestra mano,

y si desta vez solo no me vengo,

juro por el profeta soberano...

Ptog. 13

Gazul.

de no dar a mis miembros cama blanda

sin vengarme o morir en la demanda.

Tres campos, Rey, te pido, no te alteres,

que con menos crueldad mi sed no apago;

el primero señalo a Garci Pérez,

segundo al de la cruz de Santiago,

y tu cristiano Rey de los tres eres

a quien tercero en la batalla hago,

que pues tercero Rey te llama España,

lo serás en salir a la campaña.

Mil.

A que da muerte a todos nos sentencia

muestras da el moro de gentil soldado.

Gar.

Deme el Rey, tu Majestad, licencia,

pues el primero fui desafiado,

para arruinar su bárbara insolencia.

Rey.

Vos la tenéis, pariente.

Gar.

Hasme obligado.

Gaz.

¿No respondéis, cristianos? ¿No hay quien quiera

salir conmigo al campo?

Gar.

Moro, espera.

Bájanse todos de las tiendas y queda Gazul solo en el campo.

Gaz.

Salid, canalla cobarde,

salid, reliquias de godos,

en quien mi afrenta do alarde,

será el incendio de todos

el fuego que en Gazul arde.

Contra mis feroces hechos

sacad, encantados petos,

hachas de armas y gorguces,

que el sol de los andaluces

os verá a sus pies sujetos.

Hoy el brazo que os espera

vengará el mortal desdén

que con mano inicua y fiera

hicisteis todos en quien

mejor que vosotros era.

Soy Gazul, afeminados;

de vida os veré privados,

dejando a vuestro despecho

mi corazón satisfecho

y a vosotros castigados.

Hoy de la esfera más alta

y de su celaje azul

alabará vuestra falta

y que el brazo de Gazul

en vuestra sangre se esmalta.

Como de vuestra guarida

no salís, hay quien lo impida,

mas de industria allá os estáis,

que cuanto a venir tardáis

sé que tenéis más de vida.

Mahoma, no des alarija,

verás que en breve te vengo.

Entra Garci Pérez y Milán su escudero.

Gar.

Dame esa lanza y adarga.

Gaz.

¿Vienes solo?

Gar.

Solo vengo.

Gaz.

Pues, ¿solo esta lid te encarga

tu Rey, de seso privado,

a la que te envía a ti solo

a esquitar parte del gasto?

Gar.

Pues, ¿que yo solo no basto?

Gaz.

No, por el celeste Apolo.

Mil.

Espere el moro un poquito,

y verá cómo le pone.

Gaz.

¿Por mi diestra, que es delito

que, porque no me corone,

y lidia solo un mosquito?

Gaz.

Vuélvete, que no me precio

matarte.

Gar.

Tanto desprecio

ha de vencerme tu lengua.

Gaz.

Pues no es ofenderte mengua.

Gar.

De arrogante das en necio.

Vente a mí, si no te vienes

quitarte la vida juro.

Gaz.

¿Tanta desvergüenza tienes?

Comeréte.

Gar.

Soy muy duro

y cerradillo de sienes.

Gaz.

Un Etna en mi pecho enciendes,

diablo, ¿cómo no te defiendes?

Gar.

¿Quien le dio muerte a tu hermano

te la dará a ti, villano.

Gaz.

¿Tú eres quien mi sangre ofendes?

Gar.

Yo soy, yo soy Garci Pérez,

yo quien en tristes gemidos

convierte vuestros placeres;

yo que enviudo a sus maridos

a las moriscas mujeres;

yo que en un dedo menearte.

Gaz.

Hoy, infame, con ampararte,

pues en partiendo mi lanza,

tendrás de vida esperanza,

como la estás de su parte.

¿Cómo tanta fuerza toma

este, que defender puede

que vivo no me lo coma?

¿Cómo consientes que quede

afrentado así a Mahoma?

Gar.

¿No tomas agora sosiego?

Gaz.

De tu destreza reniego.

Mil.

Puede ser maestro de esgrima,

pues si un poco se le arrima

ha de rematar el juego.

Gar.

Corrido de verte estoy,

vivo tanto.

Gaz.

Muerto soy.

Gar.

Muere, o date por vencido,

que es premio quedar rendido.

Gaz.

Ya de tu valor lo estoy.

Gar.

Besa aquí mi altiva frente,

dale al justo el castigo.

Gaz.

Blasfeme de mí la gente,

si no fuere eterno amigo

de mozo que es tan valiente.

Gar.

Alza del suelo, que quiero

sea Gazul tu compañero.

Gaz.

Doblados hierros me pones

con la espada y tus razones,

ya por ser tu esclavo muero.

Gar.

No lo serás, de mí fía,

aunque dentro de mi tienda

te tenga en mi compañía,

hasta que a mi Rey no ofenda

tu libertad.

Gaz.

Pues la mía

te he dado, entiende de mí,

que en contra de él ni de ti

no sacaré cimitarra,

ni traeré acerada barra

por Alá.

Gar.

Bien te escogí

por compañero leal;

mas porque cures tus heridas,

vamos juntos al real,

que ya me importa tu vida.

Gaz.

¿Quién tuvo nobleza igual?

Vamos, rutilante sol,

de pechos bravos crisol.

Gar.

Ven, amparo de Sevilla.

Gaz.

Vamos, gloria de Castilla,

y honra del suelo español.

Queda a Dios, querida Axarfa,

que otra voluntad me lleva,

preso con mayor ventaja;

ha hecho Amor en ti prueba

si más el tuyo la ataja.

Gar.

Avisarla determino,

darle gusto.

Mil.

Tendrá el sarracino

en el comer mal despacho,

que no se gasta acá gazpacho,

sino jamón y buen vino.

2ª Jornada. Rey moro, Axa, Zayda, otros moros y Ayas moro.

Jornada segunda

Ptog. 14

Rey.

Pues en el Mausolo y mármol Paro,

la figura del pérsico alabastro,

retrato honroso de mi primo caro,

fijó la planta de un ebúrneo castro,

para que su nombre quede claro

al mundo, en tanto que el radiante astro

abrace la región cálida y fría,

ha señalado de su fiesta un día.

Ptog. 15

Este cada año a la sazón que Febo

entrare en la canícula celeste,

el sacro honor del ínclito mancebo

haré que todo el reino manifieste;

que los alcaides hagan justa apruebo

y el común gaste toros aunque cueste

a mi fiesta real cien mil cañas

y en poner al turbante los rubíes.

Zoyda

Y siendo su sangre de muy nueva cepa

y tu general hasta el Cairo fijes,

importa a tu grandeza que se sepa

la pompa funeral que al muerto eliges;

no hay majestad, no hay honra que no quepa

en el alma de aquel por quien te afliges,

y de cuyos regalos y apartada

antes me vi viuda que casada.

Deuda es que se le debe al mudo tronco

que sus hazañas sobre él encubres

y con fúnebre canto y humo ronco

su inmortal vuelva ante Mahoma alumbres.

Alisán

Y guarden desde el polo al más bronco

en la edad venidera esas costumbres

porque sola resuena el alma santa

del que mi nombre al móvil levanta.

Ojar

Porque el lencerlo en lágrimas empapa

llora y de vella la congoja trueca,

mirar los rodeos del picado entre paños

y con rati erino suza el agua peca,

de mis marlotas que tase las chapas

de oro y de las lámparas de Meca,

traeré catorce con adornos pulcros

que siempre alumbren su feliz sepulcro.

Ofreceremos a sus sacras aras

humana sangre de cristianos perros,

y de sus reyes las banderas claras

verás pendientes de dorados hierros;

las peñas más oficiosas y raras

dará este alfanje a sus atroces yerros,

dividiendo en innúmeros pedazos

piernas, cabezas, corazones, brazos.

Hamiete

No habrá hidalga mano en la morisma

que a ese azote legítimo no acuda,

y contra los manchados de la cisma

no te dé alcaide su favor y ayuda.

Otro

La injuria hecha al Espera misma

el brazo nuestro su rigor sacuda,

y mueran los caudillos de esos daños

Mahoma os guarde por dichosos años.

Salen Hamiete y Arlaja airada.

Arlaja

¿Qué de vosotros ya en la yegua salta

y el acicate en sus ijares y res

que en el real del rey cristiano esmalta?

Y a sus leones con alfanje afinca,

como el esfuerzo de esos pechos falta,

como el corcel no asienta el freno y brinca,

viendo entre brazos enemigos preso

al Atlante que os tuvo el reino en peso.

Preso Gazul rendido, el mismo Marte,

¿cómo están esos ánimos seguros?

¿Dónde defenderéis vuestro estandarte

aunque resquen diamantinos muros?

Voces

¿Dónde está el alfaquí? ¿Dónde está el arte?

¿Dónde se hacen los mágicos conjuros?

Hamiete

Ahora falta todo, ahora cuando

veis al cuello la espada de Fernando.

¿Esperáis a salir cuando se hincha

de vuestra sangre el foso o cuando saque

el contrario seisón tirante cincha

lanzas, barbacanas les dé jaque?

Si esperáis que su fiera yegua relincha

que no hay bastión que su furor aplaque,

que su sabroso pasto es cuatro leguas

batir el suelo, las moriscas yeguas.

Y tú, Alfatar, cuyas gloriosas sienes

con corona ceñir al cielo plugo,

como en amar te tanto te deshaces

como no quiebras este torpe yugo,

marcha con los ejércitos que tienes

como arrugas la frente.

Alfatar

No la arrugo

por miedo que me causa esa canalla,

mas por no estar a punto de batalla.

De mis soldados vayan dos o cuatro

y al cuartel todo vencedor y maten,

hagan la yerba tránsito teatro

donde las vidas bárbaras les quiten;

mil almas den al infernal barato

hasta que el peso del agravio os quiten;

en todo el campo del cristiano loco

Ojar

Vete señor, a pensallo poco a poco.

Junta de guerra plático consejo

y la dificultad del caso aplica,

que en cosas arduas el soldado viejo

maduros pareceres certifica.

Rey

En la conclusión para consulta dejo,

que la empresa y lo puesto no es tan chica

que no esté el alma de su fin suspensa.

Moro

Que lo pienses importa.

Zorayda

Bien lo piensa.

Arlaja

Ahora cobardes viles

buscáis consejo de guerra

y pareceres sutiles,

viendo en enemiga tierra

preso al andaluz Aquiles.

Ahora cuando su frente

el contrario y ugofriente,

no hay viento que os asombre,

tanta falta hace un hombre

de vuestros ojos ausente.

Tanto el temor os agrava

que en medio de la carrera

no hay freno que lo corrija.

Gazul preso, a su alteza

que no hay quien sin él os rija.

Y así antes que el pueblo huya,

a votar le restituya

la parte que le ha quedado

de la vida que él le ha dado,

pues que la mitad es suya.

Que saldría afeminada

a no ampararse en su diestra

estuviera ya acabada;

la vida es suya, no es vuestra,

él os la tiene prestada.

Y pues no hay quien la defienda,

volvedle a dar su hacienda

que le será de provecho

para que en aqueste estrecho

del cristiano se defienda.

Ved que entre gentes ajenas

de piedades con crueles penas

hace de su sangre alarde,

por que la vuestra cobarde

no desampare sus venas.

Advierto que mientras pudo

mandar el brazo rendido

fue de vuestra patria escudo,

ved que de honra os ha vestido

y él de ella queda desnudo.

¿No habláis, no hay quien no recele

gustar este trago amargo,

quien su libertad cele?

Pues yo lo tomo a mi cargo

como a la que más le duele.

Quedaos, gente acobardada,

en esta choca encerrada,

pues el valor se trueca,

yo saldré en mi ruca,

que yo ceñiré la espada.

Arlaja y dice el rey Alfatar

Ptog. 16

Fátima.

¡Oh, libertad de mujer!

Bien esta casta aborrezco,

porque, en llegando a querer,

de la sangre y parentesco

quiere dominio hacer.

[Axataf?]

O primo Gazul, o amigo,

es el santo Alá testigo

si recibiera la muerte

con mayor gusto que verte

en poder del enemigo.

Mas si a tu ilustre persona

quisiere dar libertad,

que con rescate te abona,

yo le daré la mitad

de mi gloriosa corona.

Pídame de plata un toro

y una coluña de oro,

en cuya punta divina

de perlas está una mina,

con el profeta que adoro.

Pídame la margarita

mejor que hay en mi palacio,

las losas de mi mezquita,

de mi corona el topacio,

cuya estima es infinita.

Pídame el bello zafiro

que Ardín me trajo de Tiro,

los veinte alfanjes de Fez

y el estimado jaez

de su ascendiente farnizo.

Y si a dádivas vendibles

su gusto no le convida,

entre las menos visibles

por tu rescate me pida

un escuadrón de imposibles.

Que por el santo profeta

a quien mi divina seta

ofrece olores sabeos,

a cumplirle sus deseos

como darte a ti prometa.

Alfonso.

Haste cansado, señor,

en hacer discurso largo

de tu infinito valor,

y sin precio yo me encargo

de librar tu valedor.

Si licencia me concedes,

en breve haré que quedes

sin el cerco y con tu primo.

[Axataf.]

Tu voluntad larga estimo,

ponerla por obra puedes.

Pero, ¿qué piensas hacer?

Alfonso.

Hoy llega al campo el infante

que en [caza] le vi a ver,

es su venida importante

para este fin, lo ha de ser.

Que yo trazaré de modo

esta mi fingida arenga

aunque le pese al mundo todo,

y cuando conmigo venga

prenderé al príncipe godo;

y preso, por su rescate

haré que su padre trate

darte a Gazul y que quite

el cerco.

Fátima.

¿Que se permite

que este villano me mate?

Pues no saldrá con su intento,

que a un cristiano le he ofrecido

la llave del pensamiento,

que el llanto que he hecho ha sido

por un falso sentimiento.

Axataf.

¿Qué prevención hagas quiero?

Orias.

Cuando el ardiente lucero

la parta más baja alumbre,

partiré.

Zayda.

De pesadumbre

contra este cobarde muero.

¿Qué hará?

Axataf.

Zayda.

Zayda.

¿Qué quieres?

Axataf.

Injustamente te afliges.

Zayda.

Contenta verme no esperes.

Axataf.

Gustaré te regocijes.

Vase el rey en diciendo este verso.

Zayda.

Cuando al cristiano me dieres.

Axataf.

El cielo te guarde, Orias.

Orias.

Que de las rrejiones frias

baje la noche codicio.

Zayda.

Antes de ese sacrificio

¿un placer no me harías?

Orias.

Dilo.

Zayda.

Aborrezco a un cristiano

de quien mi amado Celín

recibió un trato villano,

y esto estará vivo en mí

mientras viviere el tirano.

Haz que venga el arrogante

con ese cristiano infante,

que si su nombre no notas,

verás en él las garzotas

que a Celín di en su turbante.

Y si a Garcí le engañas

y haces que contigo venga,

haré con fieras entrañas

que contar mil siglos tenga

el mundo de mis hazañas.

Orias.

¡Oh, juro a moro, tan fuerte!

Zayda.

Que no te olvides, advierte.

Orias.

¿Mataráslo?

Zayda.

¡Ay, mataréle!

Orias.

Voy.

Zayda.

Primero te dé el cielo

a ti y al rey mala muerte.

Sale Garcí Pérez y Gazul.

Gazul.

Pues eres libre y nadie tiene

dominio sobre ti sino tú mismo,

no des lugar que el susto te condene,

que me son estas tiendas el abismo,

ni la gente cristiana tan feroce,

como la finge el necio barbarismo;

de mi hidalgo corazón conoce

que te tiene en lugar de hermano propio,

sin que cautela en esta fe revoce.

Garcí.

Español soy, no escita macropio,

ni como el magancés dentro del pecho

cavilos falsos ni traiciones copio.

Estoy, gran capitán, tan satisfecho

de las mercedes que en tu fe arrecabo

para guardarlas, y en el alma grabo,

como en eternos bronces las escribo.

Como a cautivo bárbaro me trata,

pues lo es el que en tu daño saca alfanje,

levanta su lanza y mano ingrata,

que dura piedra del helado Canje

y inhumano monstro que en los cerros

cría y bebe del disierto Gange,

tuviera vergüenza de sus yerros,

viendo de tu amistad y su fiereza

encontrados los lucientes fierros.

Me querrás vencer con tu nobleza,

tan vencido estoy que decir puedo

mudamos los dos naturaleza.

Eres el vencedor y yo el que quedo

preso de tu amor, fe de tu amor rendido;

tu amor el mismo estado ha habido

para que me muestre agradecido,

invicto capitán, [tu acero y atraces]

me dé hinojos a tus pies tendido,

para que muestres que me aplaces,

postrado de hinojos te suplico

que esos brazos en mi cuello enlaces.

Ptog. 17

Gazul.

Agora a tu valor me comunico;

agora todo el cóncavo del suelo

para lugar de tu castigo escribo,

y quien me puede dar justo recelo

que hechura del insigne Garci Pérez,

a menos gloria no levanta el vuelo.

Garcí Pérez.

Basta, Gazul, no más; en todo quieres

mostrar tu pecho noble; crez en todo

un rey.

Gazul.

Ten.

Garcí Pérez.

Poco dije; Gazul eres.

Gazul.

Trátame, excelso Marte, de otro modo.

Garcí Pérez.

Tu virtud es la fuerza que me allana,

Gazul.

¡Oh, claro tronco del fiero nombre godo!

Garcí Pérez.

¿Cómo está la herida?

Gazul.

Casi sana.

Garcí Pérez.

¿Podrás batir las piernas a la yegua?

Gazul.

Tan presto no, que vuestra merced sangre derrama.

Garcí Pérez.

¿No irás para esparcirte media legua

conmigo por el campo?

Gazul.

Será en vano,

hasta que haga con la salud tregua.

Sale Millán.

Millán.

En nuestra tienda te espera el cirujano.

Gazul.

Con tu licencia iré.

Garcí Pérez.

No me la pidas,

pues en todo te di mi propia mano.

Gazul.

Oh, cielos sacros, dadnos largas vidas,

porque le pague a este Marte nuevo

las mercedes que tengo resabidas.

Vase Gazul y sale Pelay Pérez.

Pelay Pérez.

Que el campo salga a recorrer te apruebo.

Garcí Pérez.

¿Qué hay de nuevas, traéis

infantería?

Pelay Pérez.

Infantería.

Garcí Pérez.

Estas albricias por la nueva os debo;

salgamos con los míos a la vega.

Pelay Pérez.

Ha parecido, su reseña tiene.

Garcí Pérez.

El corazón por verla no sosiega;

vamos.

Pelay Pérez.

Guiad.

Garcí Pérez.

El mozo que allí viene,

¿quién puede ser?

Pelay Pérez.

Armadura nos muestra.

Garcí Pérez.

Esperémosle aquí, que acá conviene.

Pelay Pérez.

Que paremos señala con la diestra.

Aquí sale Arlaja vestida de mozo muy galán con lanza y adarga, y a caballo si hubiere, como hoy día.

Arlaja.

A vosotros, caballeros

de las tiendas de Fernando,

escuchad, pues voy hablando:

salid uno, salgan dos,

salid tres o salid cuatro,

que solo en medio de esta vega

os desafío y emplazo

para que probéis conmigo

la pujanza de esos brazos,

tan fuertes como arrogantes,

y arrogantes por el cabo;

no os turbéis, que solo vengo

a deshacer el agravio

que hicisteis a Gazul,

nuestro generoso amparo,

prendiéndole entre vosotros

más que a fuerzas, por engaño,

haciendo de un visible,

vencido y preso retrato.

Salga el fuerte Garci Pérez,

que publica por el campo

que él solo vencerle pudo,

hierro a hierro y mano a mano;

salga con él el Maestre,

que dicen de Santiago,

que encima de armas, mozas

y de las gentes espanto;

salgan con él los Guzmanes,

los Ponces y Llones bravos,

los Mendozas, los Carrillos,

los Pimenteles, los Haros,

los Cuevas, los Saavedras,

los que descienden del árbol

de aquellos reyes de Misia,

Mexías por nombre claro;

los Ladrón y de Guevara,

los Manriques, los Herazos,

los Figueroas, los Cisneros,

con los Girones, los Castros,

los Riberas, los Enríquez,

los Benavides, los Francos,

los Carbajales, los Laras,

los Laínez, los Montalvos,

los Tellos fuertes, los Rojas,

y con ellos salgan cuantos

de la sierra al Pirineo

beben de Duero y de Tajo;

y si estos no bastaren,

salga en persona Fernando

con el resto de su reino,

gente de a pie y de a caballo,

picapedreros, peones,

piqueros, arrojadardos,

pilotos, gente de mar,

los marineros, soldados;

que a todos, uno por uno,

diez, veinte o a todo un campo,

le daré a entender quién soy,

y lo infinito que valgo;

y porque, a mi asma, poco

hacen palabras al caso,

apelo para las obras.

Pelay Pérez.

Lo que en las facciones salto,

y si nos matará tras esto,

si no le van a la mano.

Garcí Pérez.

Acércate más, morillo.

Arlaja.

Ya me acerco y os aguardo.

Pelay Pérez.

Paso, señor, ¿dónde vas?

Garcí Pérez.

¿Qué no, por mi ilustre fama,

oís que el moro me llama,

y dónde voy preguntas?

Voy a dalle dos azotes

a este morillo atrevido,

que a todos nos ha metido

en su quimera y motes.

Pelay Pérez.

Mejor será que os apeéis,

mostrando nuestra bondad

con toda aquesa ciudad,

y en prisión nos le dejéis.

Garcí Pérez.

Yo ningún agravio os hago,

pues nombra esta escuadra, o fiero

a Garci Pérez primero,

y luego al de Santiago.

Pelay Pérez.

¿Qué importa?

Garcí Pérez.

Pues de los dos

yo fui el primero, advertís

qué brava su furia en mí,

y mataldo luego vos.

Pelay Pérez.

Antes, si me dais licencia,

iré a mataldo yo solo.

Arlaja.

Pues si la espada desenvaino,

quitaré esa diferencia,

despojándoos de las vidas.

Garcí Pérez.

¿Esto queréis escuchar?

Pelay Pérez.

Esperadle y rematar.

Garcí Pérez.

Nunca me espantan hechizerías.

Millán.

No hay que temer, estáis bueno.

Arlaja.

¡Acabad, gente cobarde!

Ptog. 18

Gazul.

que no es bien que un siglo aguarde,

mi infelicidad condeno,

y derramarla ya es estorbo.

Gazul.

Suelta.

Millán.

Aquí estoy a Millán.

de rodillas.

Gazul.

No levantes, capitán,

aqueste brazo feroz

contra una flaca mujer,

que en tus fuerzas, a tu espada,

pues mujer y lastimada,

poco te puede ofender;

contra mi castigo enbiada,

tu indomable corazón,

pues he sido la ocasión

que a tu inmortal gloria ofenda,

poca venganza se toma

de una mujer, y bueno está.

Arlaja.

Como mujer por Alá,

que soy suya y de Mahoma.

Gazul.

Y la espada en vaina,

templa el color rubicundo,

pues as espanto del mundo,

su furor y saña amayna.

Ea, luceros cristianos,

reciba yo estas mercedes.

Gazul.

Mandadnos lo que, Gazul, puedes.

Pelay Pérez.

Señora, dadnos las manos,

que si tienen tal valor

las damas de Bética,

tarde acabará la guerra

su feudo el rey, mi señor.

Gazul.

Pónennos esos favores,

señora, en obligación.

Millán.

Y esas sus ynsignias son

para nosotros favores.

Pelay Pérez.

A bella naturaleza.

Arlaja.

Ante vuestros pies me postro.

Pelay Pérez.

No temo yo, y disimuló.

Gazul.

¡O, milagro de belleza!

¿Es posible que en un pecho

que nos suspende y admira

pudo caber tanta ira,

y todo el que se ha hecho?

Tu esclava soy.

Gazul.

No permita

la soberana deidad

que pierda su libertad

la que a mil almas la quita;

mas bien quitarosla pueda

el que por señora os cobra,

pues de la mucha que os sobra,

la suya Gazul se queda.

Hidalgo noble, a Sevilla

con vuestra esposa os volbed.

Gazul.

Serviros es mayor merced,

honra de toda Castilla;

no me apartes de tu lado.

abrázalo.

Gazul.

Azlaja viene por vos

y a de llevaros a Dios.

Arlaja.

Prospere el cielo tu estado.

Gazul.

Si libertad tan bien perdida

nunca moro la ha temido.

Pelay Pérez.

Hidalgo, abrazadme.

Gazul.

Ha sido

reformación de mi vida.

Al haber visto al Cristo

que llevo en el corazón,

una entrañable afición,

a la ley de Jesucristo.

Millán.

Ya se publica que llegan

a las tiendas el infante.

Pelay Pérez.

Reducirle es importante.

Vanse Pelayo y Gazul de camino.

Gazul.

Salgamos a vía la vega.

Besaréis al rey las manos,

valerosos sevillanos.

Gazul.

El río a tu gusto inclino.

Vanse, y dice Millán.

Arlaja.

Vamos.

Millán.

Si no se destapa

la mora de furia llena,

de una gallarda docena

de nalgadas no se escapa.

Mora, otra vez no midas

tan repentina ocasión,

que te haré saber un soldado.

Soldado.

Millán, señor,

¿con quién riñen esos?

Millán.

Hame puesto una morilla

en condición de matalla,

afuera de la batalla,

porque vino de Sevilla,

y sin más ni más me apunta,

por Millán, al fin altóme,

furose y desafióme,

arrojéme yo de punta;

y a no hallar lugar y Pérez,

y el maestre han llegado,

que me aplacaron a mí,

blasfemando a las mujeres,

que a la pobre despepito,

sin remedio.

Soldado.

¡O triste mora!

Millán.

Ya vive, ya en buen ora,

yo le perdono el delito.

Soldado.

Basta que todo el real

está lleno de rumor

de la gente.

Millán.

Anda, señor,

que lo habéis hecho muy mal.

Veis aquí, señor, el infante,

con todos sus hombres buenos,

claro es que a de echar menos.

Entran el rey don Fernando y un infante, y los demás caballeros, y dice el rey.

Soldado.

Ya llega Millán, vámonos delante,

no me habléis, porque temo

que se ha de enfadar conmigo.

Rey.

Por verte en salvo, bendigo,

infante, a mi Dios supremo.

Infante.

Como en obediencia tuya

este camino e tomado,

para serviros se me a dado,

el cielo la ayuda suya;

y la última señal

con que mi fe me aventura,

próspero fin me asegura

esta hermandad en tu real.

Rey.

Desde que te abracé siento

en el corazón profundo

un nuevo imperio del mundo

y de tu corona aumento.

Viva tu ínclita persona,

que con tus bríos,

pienso tener a mis pies,

desde el austro a la alta zona.

Rey.

Si para ser valedor

de la fe, el rey no deseas,

ruego al cielo que te veas

de todo el mundo señor.

Pelay Pérez.

Y que todos lo veamos.

Gazul.

Y nuestros brazos lo hagan;

si con el mundo nos pagan,

a sujetallo salgamos.

Pelay Pérez.

Como en eso solo esté,

por teneros su imperio cuenta.

Infante.

Vuestro pecho me contenta.

Millán.

Manos a vuesa majestad.

Rey.

Alfonso, hijo, y a saber

que debía haceros gracias,

doy siempre al señor las gracias.

Infante.

Por eso en su libro cabes.

Ptog. 19

Rey.

Y vos, pues en parte escondida

donde me pueda ver,

lo quiero y agradecer

tu venturosa venida.

Infante.

¿Adónde vas?

Rey.

A mi tienda.

El capitán Garci Pérez,

el leal y fiel.

Garcí Pérez.

¿Queréis

que en más cuidados entienda?

Rey.

No más recelos, infante.

Infante.

Mi obediencia es...

Rey.

Con don Pelayo el maestre

os veréis.

Vase el rey y Garci Pérez.

Garcí Pérez.

Parto delante.

Infante.

Gran maestre, humano a mano

podemos ir.

Pelay Pérez.

Así sea.

Infante.

Cómo nos va de pelea.

Don Pedro.

Desfallece el sevillano

porque los ricos han hecho

suertes de extraña ventura

y si el cerco tiempo dura

han de verse en gran estrecho.

Pelay Pérez.

Si vierades anteayer

tan holgadas de ir a fiestas.

Infante.

Pues ocasiones son estas

de regocijo y placer,

y no sé a qué fin atribuya

esa libertad que muestra,

si a la virtud mucha risa

o a la desvergüenza suya.

Pelay Pérez.

Su atrevimiento es extraño,

a ser mil sabios aprueban,

pero en todos se lo llevan

la mayor parte del daño.

Infante.

Y siempre sucesos tenga.

Sale Oyas moro.

Oyas.

Infante, a quien Dios prospere,

hoy el alto cielo quiere

que a besarte los pies venga.

Yo soy el alcaide de Oyas,

que junto a la fértil palma

te di aposento en el alma

y albergue en mi casa hallas.

Infante.

Soy quien lo mejor que pude

di a tu fértil alojamiento,

que el hidalgo pensamiento

a hidalgas cosas acude.

Oyas.

Fió con el modelo,

porque tu hidalgo trato

dejó a mí su retrato

como en cera y impreso en mí.

De él en este cerco largo

me dio tres torres a cargo

las mejores de su muro.

Y aborreciendo su secta

y de ver tu trato humano,

persuadido a ser cristiano,

por una puerta secreta

saliendo vengo a avisarte

que en tu nombre aquestas torres

poseo, si las socorres

y ganas su baluarte,

en breve de la ciudad

te podrás hacer señor,

celebrando en su valor

la grande fidelidad.

Infante.

Y mira a questa lauro gana,

pues tanto en ventura vuela

que sin quitar las espuelas

la ciudad se te allana,

y ven y luego te apercibe

a ser mi único padrino.

Infante.

Él me determina,

en ti merced reciba.

Oyas.

Y vaya este caballero

a quien soy aficionado

y del fuerte apoderado

te avisará.

Infante.

Hacerlo quiero,

que importa que en aventura

ocho vidas estén

pues si nos sucede bien

está la ciudad segura.

Oyas.

Y será blasón extraño

que a mi perfección venido,

Sevilla se haya ofendido.

Pelay Pérez.

En la empresa te acompaño.

Infante.

Contigo nos llevas guía

a la parte que más gustas.

Oyas.

Aquestas torres primeras

son las tres que él te encomia,

y de su altura contemplando

su gracia, su fortaleza,

la misma naturaleza

se estuvo en ellas mirando.

Y mirad a ellas al menos

con tanta orden y concierto.

Infante.

Si yo a tenerlas acierto

gran maestre ellas son buenas.

Oyas.

Los moros de este cuartel

que son de mi natural,

con alarbes está mal

y no es en extremos cruel.

Asacan un rey piadoso,

manso, afable y justiciero,

para el que es bueno, cordero,

para el malo, león furioso,

porque la paz será fama

glorioso infante te llama.

Infante.

Gloria al cielo.

Oyas.

Espera aquí.

Entrará aqueste hidalgo

y cumplirá tu deseo.

Infante.

Que lo cumplirás yo creo.

Entra don Pedro con Oyas y dice el infante.

Don Pedro.

Aquí he de ver lo que valgo.

Infante.

Dios vaya contigo.

Pelay Pérez.

Amén.

Infante.

Este resguardo del muro

gran maestre está seguro,

a él lleguemos.

Pelay Pérez.

Dices bien.

Infante.

Temerario atrevimiento

a que nos echó los tres.

Asoma al baluarte y dale mendo a don Pedro.

Pelay Pérez.

Atreveos, señor, es

principio de vencimiento,

y si al contrario sucede

del deseo que tenemos

decid qué capitán queremos

que el moro sin vida quede,

mas ¿quién habrá que lo impida

si él te ofrece su favor?

Cay.

Tente, no pases, señor,

que te va en ello la vida,

que es mía la cava advierta,

que a no ser de nuestro lecho,

ya le hubiera la muerte,

pero mira lo que puedes

con la fe que en ti dispongo,

que yo a peligros me pongo

para que tú salvo quedes.

Por esta soga te baja,

y haces mal si no subes

el menester que de moros habéis.

Ptog. 20

Don Pedro.

Dile al Infante que mire

que es cauteloso decoro

el que le muestra el moro

que del muro se retira,

y ve amparar el portento

de aquesa canalla mora.

Don Pedro.

¿Cómo te daré, señora,

condigno agradecimiento?

Es la merced que me ofreces

que por ella, simulacro

fijado en mi sitio sacro,

de eternos bronces mereces.

Mas aunque mi rey destruya

tu ciudad, fía de mí

que has de rendirte al fin,

quede en pie la casa tuya.

Zayda.

Que te acuerdes de mi ruego.

Don Pedro.

No habrá en mi pecho descuido.

Infante.

Y asiendo el escudo...

Desciende de arriba.

Infante.

El fin espero.

Zayda.

Don Alonso, don Alonso,

no digas que no te aviso

que del muro de Sevilla

un traidor ha ya salido;

Orias tiene por nombre,

hijo de Orias el moro,

que si traidor fue su padre,

mayor traidor es el hijo;

con engaños solicita

traerte a ti su cautivo

porque haga a su padre libre,

y al cerco te dé el castigo.

No des al fingido ruego

de ese moro traidor oído,

que aunque su voz te regala

te vende a tus enemigos.

Vuelve, señor, a tu tienda

a descansar del camino;

guarda que van a prenderte,

no digas que no te aviso.

Infante.

Salido ha mi temor cierto

que os ve cielos piadosos.

Orias.

Venid, moros valerosos,

que el Infante es preso o muerto.

Don Pedro.

¿Muerto el Infante? Villanos,

primero esta vil guarida

ha de quedar destruida

a fuerza de nuestras manos.

Pelay Pérez.

Vámonos, Infante insigne,

a las tiendas retirando.

Infante.

Vine a buscar nuevo mundo,

ya a hallar mi muerte vine.

Don Pedro.

Gran tropel se acerca.

Infante.

Ahora

me dad, señor, vuestra ayuda.

Salen Orias y muchos moros tras ellos.

Orias.

A dar sobre ellos acuda

toda nuestra turba mora,

que se escapan aquí amigos.

Infante.

No será, aunque lo pretenda.

Orias.

Prendedlos en las tiendas

destos flacos enemigos.

Don Pedro.

Aquí, invicto Garci Pérez.

Infante.

A ellos, gran Maestre.

Entran los moros tras ellos a estruendo / de que se adentró y sale el Maestre cercado / de moros asido de la bandera del Rey.

Orias.

Muera, almas, valor muestre.

Pelay Pérez.

Para matarme, ¿qué queréis?

Orias.

Deja la bandera y parte

a tus tiendas de corrida.

Pelay Pérez.

Yo he de quedar sin la vida,

y no sin el estandarte.

Orias.

Dala, o da la vida, infame.

Pelay Pérez.

Quitad, perros, apartadla.

Es bien mi sangre derrame

antes que veros con ella.

Salen Garci Pérez y el Rey.

Moro.

Huyamos, mirad quién viene.

Garcí Pérez.

Perros, ¿no miráis que tiene

estas armas un león?

Y perderá el corazón

antes que los enajene.

Orias.

Huye antes que se abalance.

Pelay Pérez.

¡Oh Garci Pérez! ¡Oh amigo!

Muerto es este perro enemigo.

Vanse tras los moros y queda solo el Rey.

Rey.

Él ha sido un feliz lance.

Señor, si yo ofendí,

a mí solo se me diera

la pena que merecí,

y la gente no muriera

que tiene su amparo en mí.

Quitaradesme el honor

que por divino favor

con la corona me distes,

y no pagarán las tristes

la culpa del mal hecho.

Mas si a la intención remira

del capitán y mi pecho,

solo a serviros aspira,

como nos pone en estrecho

el brazo de vuestra ira.

Si ofendí a vuestra bondad

por cercar esta ciudad,

bien sabéis que la cerqué

por traerla a vuestra fe,

no para mi utilidad;

mas si es injusto servicio,

este haré de vuestra ofensa,

que como mi Dios confieso,

antes daros obediencia

que haceros sacrificio.

Vos, Virgen, amparo mío,

a quien mis ruegos envío,

dadme respuesta por santo,

para que mi triste llanto

halle en vos consuelo pío.

Suena música y baja Nuestra Señora en la nube.

María.

Fernando, dame la mano.

Rey.

¿Quién será que no se asombra

de ese favor soberano?

María.

Dámela, digo.

Rey.

Atesora

tanto bien mi pecho humano

con tocaros solamente,

que ya el pecho flaqueciente

ábrese, y una estrella en la palma,

y está ilustrada el alma

de mi dichoso accidente.

Virgen.

Buen lucero de Castilla.

Rey.

Virgen, dime a dónde vamos,

que a ti el corazón se humilla.

Virgen.

Quiero que los dos veamos

la hermosura de Sevilla.

Rey.

¿Para qué quieres que vea

el bien que este rey desea,

si no le puedo alcanzar?

Virgen.

Yo te le voy a entregar

para que al fin tuya sea.

Ciérrase la nube y vuelve en alto y desaparece y salen el infante, D. P. solos con...

Ptog. 21

Don Pedro.

Un escudo y en él una banda

de grande asalto ha sido aqueste.

Don Lorenzo.

Brava frica ha hecho el moro

en la castellana hueste.

Infante.

Fija al falso decoro,

la vida al pecho le cueste

falso intento de traiciones

que en cautelosas faciones

al griego cobarde imitas

no con bolación compitas

con los hidalgos leones.

Si te precias de guerrero

ven el al infante tasias,

sal que en el campo te espero.

Entra Pelay Pérez con la cabeza de Arias y pónela delante del Infante, y traen el escudo que asió Pérez a las bandas por armas.

Pelay Pérez.

Pagaste, cobarde Arias,

tu proceder lisonjero.

Garcí Pérez.

Nunca en conceto alarde

harás que otra vez cobarde

tu afeminada cuadrilla

tome a escarmiento Sevilla

que este es el fin del cobarde.

Infante.

Abrazadme, hidalgos nobles,

de vos la vida a los dos.

Garcí Pérez.

De vos la da a esos fuertes robles

a que en aquello dio Dios

que donar de fuerzas dobles.

Don Lorenzo.

Por esos y muchos brazos

los moriscos embarazos

destruición eterna vedan

y sus pechos torpes quedan

divididos en pedazos.

Don Pedro.

Vosotros sois nuestro escudo

contra la morisca saña,

y quien deshacerla pudo,

vosotros sois luz de España,

de Aljarafe cuchillo agudo.

Pelay Pérez.

¿Qué es del infante pajes delante?

Infante.

Que ofende iras al infante

que en call[e] de don p importa

que en alabaros se acorta.

Garcí Pérez.

Haz que tu alabanza cante,

que en este dudoso estrecho

como valientes has mostrado

la grandeza de tu pecho,

y de un noble soldado,

son las hazañas que has hecho.

Infante.

Déboos aquese favor

que hará el rey mi señor.

Don Lorenzo.

Desta prolija contienda

cansado estará en su tienda.

Infante.

Sabe que yo fui el autor.

Don Pedro.

No lo debe de saber.

Infante.

Que no lo sepa querría.

Garcí Pérez.

Vamos, maestre, a recoger

toda nuestra infantería

y orden con tiempo poner.

Infante.

Pues por qué las acotamos,

más en breve juntos vamos.

Garcí Pérez.

Yo a recogerlos comienzo.

Vanse, y queda el Infante y Don Lorenzo.

Infante.

Decid, señor don Lorenzo,

pues solos los dos estamos,

¿quién es este caballero,

gran señor, que con tan grande arrogancia

mis armas pone en su acero?

¿Es el paladín de Francia,

o el troyano guerrero?

¿De qué casta y descendencia

es, que trae sin mi licencia

bandas, conmigo compite?

Aguarda aquese... lorque te

en sangrienta competencia.

Decid de si sois su amigo,

que en jamás use dellas,

ni se ponga mal conmigo.

Don Lorenzo.

De que nuevas quiere dar

me río, el cielo es testigo.

¿Conocéis alguien su escudo?

Trae que a las armas...

Infante.

Dudo

que sea de calidad.

Don Lorenzo.

Pues usa dellas fiad,

que honrado y honrallas pudo.

Advertid que a Pérez ave

la fama tan grande honor,

que dellas no recibe

honra el de Irán el de amor,

que en brío, servicio nuevo.

Infante.

De sus heroicas hazañas

poco se honran las Españas.

Don Lorenzo.

Bueno está, no os asoleis,

y dos que en breve veréis

que tiemblan de las montañas.

Vanse, y torna a bajar la Virgen con el Rey.

Virgen.

Quedad con Dios, señor amigo,

que a su fe ser resti tuya,

el rey no de tu enemigo

y será esta ciudad tuya,

cuando me tengas contigo,

para tu gusto y solaz,

mi santo retrato as,

que como a mi honor se aplique

hallarás quien la fabrique

en tu campo, queda en paz.

Desaparece la Virgen con música.

Rey.

¿Cómo os apartáis así?

Volved los ojos, señora,

que pues vuestros merecea

gotaros me recibriosa

hallándome en vos sin mí.

No deis tardo pues al vuelo

hacia el levantado cielo

digno de vuestra excelencia,

que queda con vuestra ausencia

estéril y triste el suelo.

Que os fuisteis y que quedo

no tiene merecimiento

para estaros contemplando

pero sin brío contento

que hará sino estar llorando

hasta que a gozaros vuelva

en la que más ser se vuelva

el alma que os entregue.

Salen Pelay Pérez y Don Pedro.

Pelay Pérez.

Señor, ¿qué hacéis?

Rey.

No sé

qué pasa en oculta selva

que cuidado se fatiga,

pues tiene muerta presente

toda una escuadra enemiga.

Pelay Pérez.

Fatígome en ver me ausente

de mi verdadera amiga.

Ptog. 22

Pelay Pérez.

¿Qué amiga?

Rey.

¿Eso me preguntas?

¿Eso ignoras, capitán?

Pelay Pérez.

Mayor al cielo apuntas.

Rey.

Es lo agudo donde están

todas las virtudes juntas.

Es la amiga a quien se inclina,

conoce estrellas, reina,

sus fulgurantes cabellos,

y sobre los rayos de ellos

del sol y la luna reina.

Es la que a cuyo pecho

estuvo el alcázar real

del príncipe soberano.

Pelay Pérez.

¿Que es la Virgen das señal?

Rey.

La misma, me ha satisfecho,

gran maestro a grandes maestros

hábiles, prácticos, diestros

mis fieles guardas llevan

que a hacerme un rostro se atrevan.

Pelay Pérez.

No siento que en de los rostros...

Rey.

Miradlo bien.

Pelay Pérez.

Ya he pasado

la memoria y no fabrico

quien pueda haber un dechado...

Rey.

De un punto próspero y rico

al de mi miseria paso;

llamadme acá mis obreros.

Entra el Infante con dos estampas y dos peregrinos que traerán muchas estampas.

Infante.

Basta que traen los romeros

gallarda imaginería.

Ángel 1.

Es fina la estampería.

Rey.

¿Y son esos extranjeros?

Ángel 1.

Señor, somos peregrinos

que traemos mil modelos

del viaje jerosolimitano.

Rey.

¿Y son finos?

Ángel 1.

Sí, son.

Rey.

Si me envían los cielos

sus oficiales divinos,

mostrad a ver qué papeles

traéis.

Infante.

No dibujó Apeles

con tan divino quilate.

Ángel 1.

La Virgen de Monserrate

es esta, y sus riscos, bellas;

esta es de Populo aquella

que el Levante le está hizo;

la de Peña de Francia bella

es esta.

Rey.

Más me satisfizo

mi monte, rica doncella.

Ángel 1.

Esta es la de Guadalupe,

y esta truje porque supe

que es fabricada bien;

llámase la de Belén.

Rey.

No hay quien el alma me ocupe

fuera de aquella morena.

Ángel 1.

Aquesta es la de Loreto.

Rey.

Su pintura es harto buena.

Ángel 1.

Miral en papel muy perfeto.

Rey.

Esta tiene mi alma llena;

tú, señor, también eres

quien pintó tanta belleza,

o suma de mis placeres.

Ángel 2.

Quien de la naturaleza

borra muchos pareceres,

un extremado pintor.

Rey.

¿Sabéis de un grande escultor

que por infinita paga

esta figura me haga?

Ángel 1.

Los dos lo haremos, señor,

en volviendo del camino

que al Señor Santiago hacemos

en hábito peregrino,

que antes visitar queremos

aquel sepulcro divino.

Rey.

No os iréis de mi real

sin que antes, al natural,

esta imagen me dejéis,

y, acabándola, os iréis

en paz.

Ángel 1.

No lo hagas tan mal;

advierte, señor, que todo...

Rey.

Pues yo estorbo no hago,

que no estoy de Dios remoto,

mas pido me hagáis primero

este retrato devoto.

Entran Garci Pérez y lo Millán.

Garcí Pérez.

¿Qué infanzón en conclusión

es de aquesta opinión?

Mi brazo el mozo no iguale,

si no es decirlo, que vale

en la primera ocasión;

que suyas las armas llama,

sabiendo que brazo mío

es quien solo les da fama;

de su locura me río.

Millán.

A mí el pecho se me inflama

para hacer un disparate;

¡hombres al aquí y combate!

Garcí Pérez.

Millán, el bocado abras.

Millán.

Mataréle en dos palabras.

Ángel 1.

De darte gusto se trate;

pero advierte que encerrados

los dos habemos de estar,

sin ser de alguien visitados.

Rey.

Ese gusto os quiero dar;

en esta lonja apartados

estaréis.

Infante.

Y la comida

tenga toda prevenida

para un mes.

Rey.

Ya me adelanto;

agradezco al cielo santo

obra dichosa, venida.

Infante.

No vi beldad semejante

de romeros.

Vase de romeros do lo rey y el infante se va.

Garcí Pérez.

Pues vamos con él,

yo haré que rece su novel,

que ver mi rostro os espante.

Vanse todos y quedan los ángeles solos.

Ángel 1.

¡Cómo ha el Rey persuadido

que es naturaleza humana

la que ha en todas convidado,

siendo planta soberana

la que nos ha producido!

Ángel 2.

Como el supuesto del cielo

en el fantástico vuelo

corporal se determina,

a fuerza de mano humana

que somos hombres del suelo;

mas cuando el Señor permita

que esta humilde concha tosca

hacia su centro repita,

y ser ministros conozca

de la deidad infinita,

los dos vendrá a conocer

que le quiso Dios hacer

este divino favor.

Salen los criados con sus canastas de comida y Millán con un cuero de vino.

Millán.

Acá, patrón, bon licor.

Ángel 1.

Bono. ¿Millán puede lo beber?

Ángel 2.

Un ángel rinde ubidez.

Ángel 1.

No anchora quito bems.

¿Entendéis qué os digo, aquel?

Millán.

Bon patrón, ¿de qué país?

Ángel 1.

Muy alto esto del cheil.

Millán.

Eso es lo que yo no entiendo;

tomad esto.

Ángel 1.

Idlo poniendo

en esta lonja y partí.

Millán.

No pararemos aquí.

Jornada tercera

Ptog. 23

sino se lo paga en bebiendo. Entranse. En el apartado de los ángeles. Jornada 3ª. Alfatáf rey moro y Gazul con su alfanje desnudo, y moros tras él, y dice Alfatáf rey.

Alfatáf.

Cobarde, ante tu rey te descompones.

Gazul.

Si eres mi rey, conmigo no pelees,

ni con villanas, mas perras razones

los grandes fines de mi intento afees;

defienda a la cerca y torreones

que ya en mi defensa tú no esperes,

junta de guerra, pláticos consejos,

serán tu amparo los soldados viejos.

No esperes que a la guerra pique y salte

contra el bando cristiano en tu defensa,

ni que a los muros desta fuerza valga,

aunque a arruinarlos venga con ofensa.

Piensa, Alfatáf, que soy de sangre y valga

a la tuya real con fe, y me piensa

que no ha de ver el Ártico hemisferio

mis pechos con borrón de vituperio.

Diome el cristiano libertad amiga

y me asió a su afición con mucho estrecho,

y una amistad del enemigo obliga

a no pagarle con villano hecho.

Alá de sus asientos me maldiga,

abrase un rayo mi cautivo pecho

cuando contra su campo enristre lanza

siendo indigna ocasión de mi venganza.

¿Quién de los matasiete de tu corte

fue a libertarme cuando preso estuve?

¿Qué mina de oro te costó? ¿Qué corte

entiendes que tesoro por tu parte tuve?

Si no hiciste por mí cosa que importe,

cuando la corona de tu honor mantuve,

¿cómo me pides que el alfanje engrase

y al león castellano despedace?

Tú que con lauro real las sienes mides

y por los ojos mares de lloros brotas,

tú que de sangre del Trajano alardes

traes en la tuya, y hay infinitas gotas,

como no gastas hazañeras cotas,

con rica aljuba entre preces pretendes

librarte de Fernando, mal lo entiendes.

Quiere le dar Gazul al rey moro.

Alfatáf.

Si por tu patria y por tu ley, oh infame,

del título real del moro indigno,

no quieres que tu sangre se derrame,

y granjeando tu brío honor divino.

Sí, sí, cobarde, no quieres que te llame

el acosado pueblo sarracino,

para que mi ciudad del suelo ocupes,

y de mis fuentes los arroyos chupes,

salte de mis murallas; vete, corre

al campo de ese que tú amigo nombras,

destruye los relieves de mi torre,

que aunque todo lo hagas no me asombras.

Que eres, Gazul, pon a tus cóleras freno,

porque de un tigre no me diferencio,

y por Alá, si hablas, ¡oh Mahoma!

¿cómo permites que este mueva el labio,

sin que la tierra vil no se le coma,

de tus blasfemias, y con mí te ensaño?

Gazul.

Queda, rey, que al campo me ha saltado,

para servir a aquel infante sabio.

No esperes verme más en tu retrete

ni ampararte de mí, Alfatáf, villano. ¡Vete!

Fuese Gazul.

Chamil.

Señor, la fiera indignación ataja,

un poco los enojos templa,

que no es bien que tu ánimo se afloja.

Ptog. 24

Chamil.

Si la razón que trae Gazul todo él contempla,

de cólera tu pecho se despoje,

que si el rey a sus súbditos no ejempla,

dando ocasiones al civil ruido,

destruirá de su reino el edificio.

Hamet

Los ímpetus furiosos no te mengüen,

que en la partería si fletes te consultan,

que cuando a hacelle ofensa a Gazul lleguen,

verás que en daño tuyo más resultan.

Rey Moro

¿Qué querías? ¿Que mis súbditos me mengüen

cuando cristianos más mi honor sepultan?

Y que lo sufra vuestro rey Zoraides, no pierdes

cuando con nuestro gusto tan concuerdes.

Celio

El bello alfanje desnuda

y de la adarga embrazado

da a tus almenas ayuda,

que no hay valiente soldado

que a socorrerlas acuda.

Mira que el cristiano bando

a los muros aplicando

las enemigas escalas

hace de los brazos alas

y va en tu ciudad entrando.

Y de Gazul favor no esperes,

que en la yegua vaya aparte

en busca de Garci Pérez.

Alfar

Pues es su intento...

Zoraya

Dejarte.

Alfar

¡Ay, ingrato!

Celio

Ten, no te alteres,

que la razón que a él le aguija

es bien que a ti te corrija.

Alfar

Ahora ¿qué quieres que elija?

Y haz que Gazul no se salga.

Hamet

Lo que te aconsejo haz.

Un moro solo en la torre en el muro dice.

Moro

Mira que Gazul, tu primo,

es de mucho honor capaz.

Alfar

Pues parte y serás, Celimo,

tercero de nuestra paz;

hazle que su ardiente fuego

se aplaque mientras yo llego.

Celio

Parto.

Alfar

A armarme me apresuro.

Vanse todos y sale el Infanzón con dos otros soldados y traen cautivos moros y entre los moros a Zayda. Dice el Infanzón.

Infanzón

Que al fin se registró el muro.

Soldado

Tuvo mucho favor luego.

Infanzón

Átala, tírame esa soga,

aquesta canalla altiva.

Zayda

No aprietes más que me ahoga,

y el fuego que me cautiva

por la garganta desfoga.

Infanzón

¿Tanto tienes en el pecho?

Zayda

Abrázate, y ha deshecho

a salir fuera sus llamas.

Infanzón

Casi con la voz me inflamas.

Zayda

Es humo que sube al pecho

y desfoga por la boca,

y llena de mis suspiros,

que abrasar tu yelo toca.

Infanzón

Y son de amor esos tiros.

Zayda

Son de una pasión bien loca.

Mas ya que de mi ciudad

me sacas con voluntad,

sufro este cautiverio,

porque de este vituperio

nacerá mi libertad.

Infanzón

Luego, ¿esperas verte libre?

Zayda

Espero, si entre cristianos

hay quien grata lanza vibre,

verme fuera de tus manos,

por tesoro que en ti libre.

Infanzón

No estoy de ese parecer.

Zayda

Si a un cristiano vengo a ver,

trocar mis llantos espero.

Infanzón

Pues matarete primero

que de él te puedas valer;

que a mí dinero me sobra,

solo esta sangre infame

precio que mi gusto cobra

y ansí quiero se derrame.

Zayda

Ten, no hagas tan vil obra.

Infanzón

Muere, perra, y ve a buscar

quien te pueda antes vengar

que defenderte de mí.

Aprieta más.

Zayda

¡Ay de mí!

Infanzón

Acábala de ahogar.

Zayda

Que tan inhumano seas...

Salen Don Pedro y Don Lorenzo.

Don Pedro

Tiene el moro por extremo

reparadas sus trincheras.

Don Lorenzo

Tarde, oh Rey Fernando, temo

que esta gran ciudad poseas.

Infanzón

Acábala.

Zayda

Ten, cristiano.

Ve Don Pedro a la mora.

Don Pedro

¡Qué acto tan inhumano!

No la hagas mal, espera.

Soldado 1

Ya ella está de esta manera,

no hay sino...

Don Pedro

Aguarda, villano.

Zayda

Quita, por el cielo santo,

que es mi vida.

Don Lorenzo

Vuestro espanto,

¿de qué es, Don Pedro?

Don Pedro

Volved,

ya a esa mora conoced.

Don Lorenzo

¿Contra Zayda rigor tanto?

Quitad.

Infanzón

Señor Don Lorenzo...

Don Lorenzo

¿Qué es esto,

hidalgo infanzón?

Si yo a librarla comienzo,

es porque el fiero león

de cuyo ser me avergüenzo,

entre sus manos feroces

vuestras hazañas atroces

no desmenuce y deshaga.

Infanzón

Con tanta cólera paga...

A muchos pago yo a coces.

Llorando.

Zayda

¡Oh, mi cristiano y mi bien!

No des lugar que tus ojos...

Don Pedro

Más pena, amiga, me den.

Deja, infanzón, los despojos

ajenos, y busca...

Infanzón

Ten.

¿Cómo la quieres?

Don Pedro

Acaba,

no pretendas saber cómo.

Soldado 1

Esta polilla faltaba.

Don Pedro

Hidalgo, a mi cargo tomo

satisfaceros la esclava.

Zayda

Por mi vida, que se quede

esto así.

Infanzón

Quedarse puede,

pues ya en vuestro gusto medro.

Zayda

No hables palabra, Don Pedro.

Don Pedro

Como la cautiva herede.

Ptog. 25

Don Pedro.

del agravio que la han hecho.

Aunque pudiera vengarme,

cedo todo mi derecho.

Don Lorenzo.

¿Queréis del todo obligarme?

Infanzón.

Sujeto está a vos mi pecho.

Don Lorenzo.

Pues con la cautiva gente

al real id, y brevemente

don Pedro os verá conmigo

y en él conocerá un amigo

muy poderoso y valiente.

Infanzón.

Obedezco. Hacia mi tienda

con los presos caminad.

Vase el Infanzón con los presos.

Don Pedro.

¿Qué hay quien vivo yo te ofenda?

Zayda.

¡Oh dichosa libertad!

Don Lorenzo.

Soltad al placer la rienda.

Zayda.

Hoy tengo vida por ti.

Don Pedro.

Si tú me la diste a mí

en más peligroso trance,

es mucho que tu pecho alcance

lo que yo de ti recibí;

de lo que me has obligado,

empieza a hacer libro nuevo,

que en la cuenta que hoy te he dado,

te pago lo que te debo

en dinero de contado.

Mira qué quieres hacer,

quedar conmigo o volver

a aquesa ciudad cercada,

que siendo de ti amparada,

bien se podrá defender.

Zayda.

Estando en el cielo yo,

¿quieres que al infierno vuelva?

Don Pedro.

Que te resuelvas porfío.

Zayda.

¿Qué quieres que me resuelva?

De tu proceder me río.

Una esclava ante ti tienes,

que como tú de ella ordenes

alegrará su memoria,

tendrá con tu favor gloria

y muerte con tus desdenes.

Don Pedro.

¡Qué justas estás conmigo!

Zayda.

Que tú en la paz y en la guerra

tenéis por fe a tu amigo,

y aborrezca en la tierra

que no pisaré contigo.

Don Lorenzo.

Tan humilde ofrecimiento

e hidalgo agradecimiento

pide por justo descargo.

Don Pedro.

Tu regalo va a mi cargo.

Zayda.

Yo en tu poder con contento.

Don Pedro.

Esperadme en este puesto,

don Lorenzo, que me importa.

Don Lorenzo.

Esperaré, volved presto.

Don Pedro.

Será la tardanza corta.

Vase don Pedro a llevar a Zayda y sale el Rey, don Pelayo Pérez y el Maestre.

Rey.

¿Que a eso está el moro dispuesto?

Pelay Pérez.

Por billete de un cautivo

que está entre los de su secta,

aqueste aviso se hubo,

que atado a una saeta

se arrojó.

Rey.

Amor excesivo,

y que a derribar aspira

la puente de Guadaíra.

Pelay Pérez.

Eso pretende intentar,

o más antes ha de atajar

los ímpetus de su ira,

que con pequeña celada,

porque fácil no se olvide

un aleve goce de nada.

Rey.

Tanto atrevimiento pide

una burla bien pesada.

Pelay Pérez.

He de hacerla, ¡vive Dios!

Don Lorenzo.

A ese fin yo iré con vos.

Rey.

No les valdrán sus adargas

si Garci Pérez de Vargas

os acompaña a los dos.

Pelay Pérez.

Ya está, señor, prevenido,

solo nos falta un soldado

en cuya demanda he ido.

Rey.

¿Uno solo?

Pelay Pérez.

Es excusado

llevar escuadrón liviano.

En mi y Mendo Garci Pérez,

en estos medios me debes

un gran castigo de dever.

Sale Garci Pérez y un soldado con hábito rústico.

Garcí Pérez.

¿Mozo, la tienes de hacer?

Cuando en rollos estuvieres,

y veis lo que aquí viene.

Soldado.

Señor.

El fin del disfraz parece.

Rey.

¿Dónde vais, Cid Campeador?

Garcí Pérez.

A hacer que te entregue el cetro

este andaluz Almanzor.

Danos licencia, que es tarde,

y podrá ser nos aguarde

alguna feliz empresa.

Rey.

Lleva una escuadra leonesa

que las espaldas os guarde.

Garcí Pérez.

Contra dos mil lanzamos,

¿pretendes que un millón vamos?

¡Vive Dios que nos afrentas!

El Maestre y yo sobramos.

Rey.

En tu valor representas,

partid con próspero hado,

queden los tres soldados

de aquella influencia...

Rey.

El iros es mi cuidado,

a Garci Pérez queda.

Don Lorenzo.

Ya que a mi cargo queda,

la empresa no se dilate,

porque suceder bien pueda.

Pelay Pérez.

Este ha de ser gran combate.

Garcí Pérez.

También gran honra se enreda.

Don Lorenzo.

Dios en nuestra ayuda vaya.

Sale un soldado cristiano.

Soldado.

Que tanto desorden haya

en esta mora cuadrilla,

que así salga de Sevilla.

Garcí Pérez.

Porque en nuestras manos caya,

¿y qué gente, buen soldado?

Soldado.

Todo un ejército entero,

destemoroso y cercado.

Pelay Pérez.

Traen orgullo.

Soldado.

Bravo y fiero.

Don Lorenzo.

El gusto nos han colmado,

id soldado en buena hora.

Soldado.

El cielo os prospere.

Vase.

Pelay Pérez.

Ahora

prudencia importa, señores,

para salir vencedores

de toda esta turba mora.

Advertid que se retira,

cuando en aprieto se ve,

al puente de Guadaíra,

y en él nadie ponga el pie

o haya cuenta que expira.

Don Lorenzo.

Apruebo ese parecer.

Garcí Pérez.

Si nos hemos de esconder

entre las matas del río,

¿a qué aguardáis?

Don Lorenzo.

Ese brío,

capitán, me da placer.

Garcí Pérez.

Ésta es en mi natural.

Pelay Pérez.

El tropel de moros suena.

Garcí Pérez.

Cúbranos este jaral.

Escóndense y salen los moros.

Moro 1.

Grande asalto se le ordena

al castellano real.

Moro 2.

Él será de los mejores

que nuestros competidores

en sus tiendas hayan visto.

Ptog. 26

Mhamet.

A ver si bajas, Cristo,

a darles ahora favor.

Alfatáf.

Ya tiene deseo mi brazo

de hacer en ellos matanza

y, con mortal embarazo,

atravesalles la lanza

desde la punta al regazo.

Mhamet.

Pues si el alfanje levanto,

yo por el profeta santo,

de los suyos un viaje,

tantas almas quitaré

que a todo el infierno espanto.

Zelín.

Pues cuando mi cimitarra

desembrazo y agarra,

que al duro acero desgarra...

Alfatáf.

Tú harás que no se alabe

esta canalla bizarra,

que con tu brazo y el mío,

y los presentes, yo fío

que al tiempo del combatir

el cristiano ha de venir

a pagar su desvarío.

Zelín.

Que pagarán no se dude.

Zoraya.

¿Quién es este que nadando

montañas de agua sacude?

Hamete.

Acá se viene acercando.

Zelín.

A pedir favor acude.

Alfatáf.

Ved qué dice.

Sale el soldado con un vestido de moro, nadando. Adviértase que es el soldado que envían Garci Pérez y los demás mozos, fingido.

Soldado.

Moros nobles,

fuertes y invencibles robles

del sevillano escuadrón,

en esta triste ocasión

mostrad vuestras fuerzas dobles;

tres cristianos me han seguido

hasta que dellos huyendo

en el agua me he metido.

Alfatáf.

¿Y andan la tierra corriendo?

Soldado.

No, que solos han salido.

Espía de Alfatat soy

y a sus tiendas voy,

llegado a reconocer,

y del rey vengo a entender

grande temor.

Alfatáf.

Agora estoy

porque a las tiendas lleguemos.

Zoraya.

Antes paremos aquí,

y a este adalid guiaremos.

Soldado.

No curéis tanto de mí.

Alfatáf.

En la yerba nos sentemos,

que pues la cristiana gente

tanto nuestro rigor siente

que no sale a campear,

bien nos podremos sentar.

Siéntanse.

Salen los cristianos.

Garcí Pérez.

El camino de la puente

vos ganad.

Soldado.

Señores perros,

que me abarquen todos digo,

los acicalados fierros

y den la vuelta conmigo.

Echarles hemos cencerros,

que por moro me tuvieron.

¡Pese a los galgos, no vieron!

Que el garbo y apostura mía

no es la de la perrería,

que del can cabrón fuyeron.

Alfatáf.

Perro, ¿con qué faz ingratas

a ballesta nos convidas,

y agora ansí nos maltratas?

Garcí Pérez.

Dad a merced vuestras vidas.

Zoraya.

No las llevaréis baratas.

Alfatáf.

Gana el puente.

Pelay Pérez.

Acudí tarde,

canalla, infame y cobarde.

Soldado.

Ansí el hospedaje os pago.

Don Lope.

Cierra, España, Santiago.

Entran tocando el arma tras ellos.

Sale el Rey, y el Infante, y don P.

Rey.

El campo cogéis tan tarde.

Los nuestros están revueltos

con número de enemigos

que andan por el campo sueltos;

socorramos los amigos.

Don Pedro.

En eso estamos resueltos.

Infante.

¡Viva el rey nuestro señor!

¡Viva el rey, que le dé favor

al real y invicto Fernando!

Don Pedro.

Las voces van avivando.

Rey.

¡Avive nuestro furor!

Entran tras ellos y sale al muro Gazul.

Gazul.

Pelea, escuadrón villano,

pierde el pasado sosiego

a manos del castellano,

que yo miraré este fuego

como otro Nerón romano.

No esperéis que en tu quebranto

lleguen las voces y llanto

a enternecer mis orejas,

que estaré sordo a tus quejas

más que el áspid al encanto.

Ponga al peligro intervalo

el rey cobarde Abenamal,

cuando ofenda al regalo;

está sentado entre damas

como otro Sardanápalo.

Pluguiera a la que del pecho

le embaraza en este estrecho,

ardiendo en centellas de ira

su camisa de Deyanira,

con que le abrasara el pecho;

y no que entre los más fuertes

cobardes miedos despida,

barajando honrosas suertes

y entreteniendo su vida

a costa de tantas muertes.

Porque en mí de enojo rabio,

y ardiendo en cólera llamo,

negras centellas despide.

Sale Ariafa a lo alto con él, y dízele.

Ariafa.

Mi Gazul, tu favor pide

el rey.

Gazul.

¡Oh, cobarde arabio!

Después que de sus desdenes

hizo alarde y me halaga,

y tú a terciar por él vienes.

Ariafa.

Vengo a que le des la paga

conforme al valor que tienes.

Gazul.

Que ya no basta, señora,

que en su ciudad esté agora

por los fuegos de Zelimo.

Ariafa.

Mira que el rey es tu primo.

Gazul.

Menos con sangre lo dora.

Ariafa.

Su deshonra es tuya.

Gazul.

Sea.

Ariafa.

Que estés a su voz tan duro.

Gazul.

Su gemido me recrea.

Ariafa.

Pues deja siquiera el muro,

porque tu gozo no vea.

Gazul.

Quiero darte este contento

y fía que el pensamiento

dejas de gloria desnudo.

Quítase del muro y sale el Infante con escudo.

Infante.

Tarde a la batalla acudo,

de mi descuido me afrento.

Entraré entre todos, sí,

que mejor es llegar tarde

que el tratar a moza ansí.

Sale Garci Pérez contra los moros y ellos huyendo.

Garcí Pérez.

Perros, aunque el centro os guarde.

Ptog. 27

Infante.

No os defenderéis de mí.

¡Vive Dios que me ha encantado

este león desatado!

[Vase]

Garcí Pérez.

¿Y aún vos bajáis al profundo?

Zulema.

No le aguardéis.

Garcí Pérez.

Pase al mundo.

[Quiébrasele la espada a Garci Pérez]

Garcí Pérez.

La espada se me ha quebrado.

¡Ah, mis glorias veo cumplidas!

Moros.

Las armas le veo quebradas,

¡muera!

Garcí Pérez.

¡Gentes malnacidas!

De los amos de espadas,

para quitaros las vidas,

con esta pesada tranca,

vil pueblo bárbaro y bronco,

pienso mil vidas quitar,

hasta bajarlas al más dar

[ilegible]

[Salen Rey y miran...]

Rey.

Al fin huye el enemigo.

Garcí Pérez.

No importa con lides largas.

Rey.

Mi buena suerte bendigo.

Ea, machuca, buen Vargas,

abaje el orgullo altivo,

ese escuadrón vil altivo

de nuestros competidores.

Garcí Pérez.

Con esos leales favores,

ninguno ha de quedar vivo.

[Vase tras los moros Garci Pérez]

Rey.

¡Oh flor de cristianos pechos,

y honra del pueblo español,

que con tus heroicos hechos

Rey.

reverberas como el sol

en los celestiales pechos!

¡Oh nuevo cristiano Marte,

con quien igualmente parte

su esfuerzo el planeta quinto!

¡Oh vasallo por quien pinto

mil glorias en mi estandarte!

¡Oh leal y fuerte soldado,

cuyo glorioso decoro

el mundo tiene admirado!

[Entran el Infante y don Pedro, Pelayo y don Lorenzo]

Infante.

Esta vez mal libró el moro.

Pelay Pérez.

Al fin pagó su pecado.

Don Pedro.

Gran parte queda sin vida.

Don Lorenzo.

Púsose el resto en huida.

Infante.

De la pasada victoria

qué poca empresa de gloria

deba mi brazo adquirida.

Rey.

¡Oh mis nobles caballeros!

Dadme los valientes brazos.

Pelay Pérez.

Del Infante los primeros.

Infante.

Dignos son de tus abrazos,

tan valerosos guerreros.

[Sale Ramón Bonifaz]

Ramón Bonifaz.

Tiende velas, parte franca,

suelta todo el trapo al viento,

haz navas del agua blanca,

falta aquí dichoso intento

y deja la entrada franca.

La puente a nuestros navíos,

los moriscos desvaríos

gloriosas palmas nos dan.

La cadena y puente están

quebradas.

Rey.

Soldados míos,

Rey.

ya se acaba mi sospecha,

ya la victoria es forzada,

y la puente está rasgada,

y su cadena deshecha.

Mi don Ramón Bonifaz,

de inmortal gloria capaz,

las moras trincheras destierra,

y mude aquesta guerra

en blanda y felice paz.

Estoy de vuestras hazañas

tan grato que en mis entrañas

os presento un gran favor.

Don Pedro.

¡Oh si el cielo tuviera,

sin estas, otras mil Españas,

que tuyas habían de ser,

aunque las estorbara

todo el morisco poder!

Rey.

Don Pedro, esa gran hazaña

fácil es de conocer.

Pelay Pérez.

No hay quien de nosotros todos

no busque trazas y modos

para tenerte contento.

Rey.

Sois de mi gloria el cimiento,

nobles reliquias de godos.

Don Lorenzo.

Si el valor de ti se hereda,

el nuestro ha de ser sobrado.

Pelay Pérez.

Basta que no se ha extrañado,

Garci Pérez allá queda,

y según es de cruel

con este pueblo infiel,

no dejará la batalla,

hasta que desta canalla,

nadie confronte con él.

Don Lorenzo.

Mengua es de nosotros, vamos,

antes que ante ellos peligre.

[Al tiempo que se van a entrar todos, sale Garci Pérez y un soldado]

Garcí Pérez.

Tened hidalgos, acá estamos,

que nunca a los pies del tigre

rendido al león hallamos.

Rey.

Llega, abrázame, pariente.

Garcí Pérez.

Besme a tus pies, obediente.

Rey.

¡Oh bravo Machucador!

Con tu divino favor

pude ganar el oriente.

Bien es que Machuca os nombre,

que el que machuca tan bien,

para que el mundo se asombre,

es justo todos le den

Machuca por sobrenombre.

Infante.

Goces un siglo el blasón.

Garcí Pérez.

Mercedes tuyas nos son,

para no honrarme con ellas,

hoy veo entre las estrellas

mi glorioso corazón.

Don Pedro.

Capitán que es tan bravo

todos le hemos de abrazar.

Don Lorenzo.

De engrandeceros no acabo.

Pelay Pérez.

Podéis todo un mundo honrar.

Garcí Pérez.

Vuestras virtudes alabo,

que este soldado ha hecho,

defendiendo tu derecho,

grande afrenta al pueblo moro.

Rey.

Denle diez escudos de oro,

con ellos voy satisfecho.

Fatigado un poco salgo

de la batalla...

Infante.

Reposa.

Rey.

Vemos...

Pelay Pérez.

Guía tú, Garci Hidalgo.

Ptog. 28

Vanse todos con el rey, y queda Garci Pérez con el Infante.

Garcí Pérez.

A hidalgo,

por ser ocasión forzosa,

primero al encuentro salgo.

Certifícanme que os pesa

de ver que por gloria y presa

bandas traigo como vos.

Decidme: ¿cuál de los dos

merece mejor la empresa?

¿Vos, que la traéis esmaltada

con muchos perfiles de oro,

o yo que, a temple pintada,

de acosar al bando moro

la traigo desbaratada?

¿Vos, que por bien parecer

nunca la queréis meter

en dudosa ocasión,

o yo, que a mil escuadrones

voy con ella a acometer?

Infante.

En vos las bandas están

como en su divina esfera,

invencible capitán,

y de su gloria primera

en mí los reflejos dan.

Por servidor me tened,

y por mi señor creed

que entonces nos conoceréis.

Garcí Pérez.

Tendréis mi mano.

Infante.

Estimo aquesa merced.

Sale Gazul solo y dice.

Gazul.

No estimes, Alzataf, esta venida

a componerte con el rey Fernando

en menos que tu celo y la corona,

que ni la sangre que en los dos se anida

ni el tener de este reino el eslabón

acreditan conmigo a tu persona;

solo el cielo te abona

de qué recelas por años

acerca de tu enemigo,

piadoso y grato amigo,

para fin apacible de tus daños;

que si de este remedio ahora no usaras,

por Alá, sin mi ayuda te quedarás.

Garcí Pérez.

¡Oh, Gazul!

Gazul.

¡Oh, norte claro!

A ti me haces venir,

que me va mal sin tu amparo.

Garcí Pérez.

¿En qué te puedo servir?

Gazul.

En tus mercedes reparo;

por medio honroso he escogido

mi primo darse a partido,

y en este contrato quiero

que nos seas buen tercero,

pues nuestro siempre lo has sido.

Garcí Pérez.

Con amigables caricias

el bien te podré pagar

en que ocuparme codicias;

vamos, que quiero ganar

de mi rey estas albricias,

fía que te reciba tan bien

con los que en la junta están,

que por ir con Garci Pérez

alcances cuanto pidieres.

Gazul.

Guárdete Alá.

Garcí Pérez.

A ti también.

Vanse y sale Don Pedro y Zayda la mora.

Don Pedro.

Zayda, si tanta tristeza

tienes desde el punto que veniste,

tienes, ¿para qué quisiste

negar tu naturaleza?

Estuvieras en tu tierra

con más contento y solaz,

y no anublando tu paz

con las nubes de mi guerra.

Si piensas que estás cautiva

en mi poder, mal lo piensas,

que a ingratas recompensas

mi grato pecho se priva.

Tus pesadumbres refrena,

que no estás en mi prisión.

Zayda.

Don Pedro, esa confesión

es principio de mi pena.

Como no suya, me tratas,

pues, ¿de qué mayor señal

puedo tener de mi mal

que ver tus glorias ingratas?

Si el ser tuya es mi contento,

y de ese nombre me privas,

más que esclava me cautivas,

y menos tu gloria siento.

Quiso Alá, ¡nunca quisiera!,

que en las fiestas de mi rey

te viera, porque a la ley

de un favor obedeciera.

Obedecíle, ¡ay de mí!,

mas diome injusto despacho,

que en guardar ley de un muchacho

este pago merecí.

Que te quisiese, mandome,

y sé cómo quise amarte,

neguéle por adorarte,

ofendíle y castigome.

Míralo mucho que medro,

que con exceso de fe

por don Pedro a mi Dios negué,

y no me quiere don Pedro.

Don Pedro.

Que no te quiero me culpas,

y en medio de esa acusación

viene a mi gran execución

con que me descargo de culpa.

No es el amor verdadero

con que dices que me amas,

porque de esas justas llamas

es Dios un autor primero.

Si a este no conoces, di,

cuando nos junte a los dos,

si el que amor no tiene a Dios,

¿cómo me le tendrá a mí?

Zayda.

Yo a ti por mi Dios te adoro.

Don Pedro.

Yo por eso te aborrezco.

Zayda.

Yo por tu desdén padezco.

Don Pedro.

Yo tu desventura lloro.

Zayda.

Grande es, pues que no me quieres.

Don Pedro.

Que no te quiero no dudes

hasta que de secta mudes.

Zayda.

¡Qué tan inhumano eres!

Don Pedro.

De ser humano lo hago.

Zayda.

¿Y si cristiana me vuelvo?

Don Pedro.

Con que en mi ley te resuelvas

verás cómo tu amor pago.

Zayda.

Pues en serlo me resuelvo.

Don Pedro.

Si sigues ese camino,

prometo ser tu padrino.

Zayda.

Ya a estar en tu gracia vuelvo.

Don Pedro.

Con ese "sí" que me has dado

te recibo en gracia mía.

Zayda.

Y a oír, para mi alegría...

Ptog. 29

Zayda.

y mi padre no te has mostrado

Pelay Pérez.

si celo padre me llama

Zayda.

no hay nombre que más me cuadre

Entre sí.

Pelay Pérez.

amaréla como el padre

que mucho a sus hijos ama

Zayda.

pues van a dar de caras

los anejos a estas obras

Pelay Pérez.

si a mi pie piensas que me cobras

bien lejos del blanco das

y que por don de más me buscas

vendrás a hallarme menos

Vanse, y entran el Infante, y Garci Pérez, y Gazul, y Millán.

Infante.

no son los contrarios buenos

en cuyos precios te ofuscas

y que pedir que en tu ciudad

en tan desconforme ley

estén mi padre y tu Rey

gozando la por mitad

y no ha sido demanda honesta

menos pedir que permita

mi padre que la mezquita

dejéis por el suelo puesta

y que pues casa habéis tenido

do onrar a vuestro profeta

quiero que la quede ilesa

para que Dios sea servido

Gazul.

pues danos solo licencia a

que la torre derribemos

Infante.

ya en eso sesos tenemos

hombres de tanta prudencia

y qué gustos con rigor se pide

de derribar esa torre

Gazul.

que a su memoria se borre

y que en tu poder no quede

Infante.

pues al que solo un ladrillo

de la torre me quitare

sin que en mi piedad se ampare

lo he de pasar a cuchillo

Gazul.

¿a cuchillo?

Infante.

Millán.

ya puedes

que vas, la están derribando

Infante.

contra Sevilla echad bando

Gazul.

ten, no agravies tus mercedes

y que Gazul estorbara

aquel efeto cruel

A Millán, que es sordo.

Infante.

todo su pueblo infiel

mi cuchillo probará

Millán.

desta vez el mozo muere

Gazul.

¿qué haces?

Millán.

eso pregunta

limpio a mi espada la punta

por si necesaria fuere

Gazul.

¿estás en ti?

Millán.

pues ¿en quién?

soy espíritu maligno

Gazul.

sueles estar en el vino

Millán.

y él suele en mí estar tan bien

Gazul.

honrando a Gazul, señor

me darás de tu amor muestra

Infante.

por ser Gazul, cosa vuestra

deseo hacerle favor

y por que mi celo entienda

si fuere en mi voluntad

se salga de la ciudad

llevando libre su hacienda

y a la que su pecho asienta

tanta amistad le tuviere

que dejarla no quisiere

la haremos cuenta y renta

y en lo de la torre vuelvo

a decir

Gazul.

ya no prosigas

Ptog. 30

Pelay Pérez.

Está acabada.

Rey.

No sé,

ved vos si de ello se aplacen

los oficiales que hacen

mil, y reentrar que lo viese.

Infante.

Esta honra a mí que me toca.

Gazul.

Él es de poca importancia,

o sate ir adelante

nadie despliega la boca.

A patrón ha muerto esta,

quiero aflojar me allá adentro.

Rey.

Presto me veré en mi centro,

si a mi volar me llevan.

Infante.

Gente extranjera no gana

en esto.

Pelay Pérez.

Labran mejor.

Salen don Pedro, don Lorenzo y el infante, don y saca de español.

Don Pedro.

Acá id a le dar señor

el parabién de España.

Rey.

Agora, hidalga hermosa,

holgaré que me abracéis,

ved qué mercedes queréis

que os haga.

Zayda.

Solo la gracia.

Rey.

Decid.

Zayda.

Que me deis marido,

y que este don Pedro sea.

Don Pedro.

Para casar no hasea

ser lo que en... no ha sido.

Zayda.

Pues agora el que me ha hecho

mudar de ley, eso dice.

Don Pedro.

Si yo mudar ley te hice,

fue, amiga, por su provecho.

Y agora de ver acá vas,

cuál y cómo has de los dos.

Yo que a ti te truje a Dios,

o tú que de mí me apartabas.

Si te ofendí, te perdono,

que por colmar tu contento,

te buscaré casamiento

que conforme a tu persona.

Don Lorenzo.

Contempla que nuestra ley

solo a esto da lugar.

Rey.

Yo daré a los que yo busco

un casamiento de rey.

Zayda.

Mas con ese favor medra,

que te sabrá engrandecer,

pero nadie de tener

en el lugar de don Pedro,

que no es tampoco famoso

para que yo ansí le olvide,

ni mi nacimiento pide

menos noble por esposo.

En su servicio estaré,

que será mi dulce gloria.

Sale Milancén con azafate y riquezas.

Milancén.

No hay de estos hombres memoria.

Don Pedro.

Presto le basta y sobra.

Milancén.

No hay en la lonja persona,

la comida está sobrada.

Solo allí está sentada

una hermosa matrona,

y no me habló palabra.

Yo, como callar la vi,

con el licor me salí.

Rey.

Antes que la lonja se abra,

pues nueva reina tenemos,

traigan todos mis varones

encendidos sus blandones,

y juntos a verla entremos.

Gazul.

Todos van a obedecerte.

Rey.

Quede el infante conmigo.

Sale Gazul y Arlaja y algunos moros con las llaves en una fuente y dice.

Arlaja.

Quiero ir a paz, a ti contigo.

Gazul.

Este trago fuerte,

que si por haber quitado

de nuestra torre un adarve

a todos pasa a cuchillo,

yo he de morir a tu lado.

Gazul.

En Sevilla te has de ver,

mejor, mas callo, que he visto

las dos antorchas más raras

que tiene la fe de Cristo

entre cristianas tiaras.

Y las llaves, señor, ves aquí,

del exera, tú a pesar de,

para vuestra ciudad bella,

que del antiguo rey de ella

hoy la corona prescribe.

Quitose un ladrillo solo

de la torre que mi voz

llegó, luego y estorbólo.

Arlaja.

No esté tu rostro feroz,

por el infante, mi espada enarbolo.

Rey.

Pase, un infante.

Infante.

El jurado.

Rey.

A cumplirlo os veo obligado,

mas la gente sevillana

pase por la espada llana,

y abra su deuda pagado.

Infante.

En buen hora. Gazul, yo el primero.

Arlaja.

He de cumplir esa ley,

yo ser la segunda quiero.

Van pasando los moros las gargantas por la espada del infante, y salen los caballeros con los cirios encendidos.

Garcí Pérez.

Vesnos aquí y mucho...

Rey.

Ya felice fin espero,

ya se remata mi pena.

Ptog. 31

Rey.

y el alma de gloria llena

va a abrir la puerta en buen hora.

Infante.

Pues está abierta.

Quitarase una cortina y aparecerá la imagen de Nuestra Señora en un trono y diga el rey de rodillas y los demás:

Rey.

Vos, Señora,

estéis muy enhorabuena.

Aparecen por lo alto ángeles y dicen:

Ángel 1.

Esta divina figura

te da evidentes señales,

Fernando, de tu ventura,

obreros angelicales

fuimos los de esta escultura.

Ángel 2.

La palabra te cumplió

que a la partida te dio,

que, en viéndola en tu poder,

la ciudad había de ser

tuya.

Rey.

¡Oh, venturoso yo!

Ángel 1.

Queda en paz.

Ángel 2.

En mucho estima

ese presente real.

Vanse y dice el rey:

Rey.

Vuestra presencia me anima

a que ese bien celestial,

Señora, en el alma imprima;

nuevo amparo de mis leyes,

todas las cristianas greyes

que alabanzas os prevengan,

pues reyes mandáis os tengan

por señora de los reyes.

Esos ojos, esos cielos,

de mí no los apartéis,

sírvales mi fe de velos,

que de amaros me tenéis

el alma abrasada en celos.

Quieroos toda para mí,

y pues toda el alma os di

y vos toda sois de Dios,

transformado todo en vos,

me endiosaré todo en sí.

Gazul.

Señor, dinos qué señora

es esta.

Garcí Pérez.

La madre santa

del que nuestra ley adora.

Arlaja.

Pues, ¿de qué es alegría tanta?

Pelay Pérez.

Acaban de hacerla agora

los ángeles celestiales.

Ptog. 32

Pelay Pérez.

¿No los visteis volar?

Gazul.

¿Cuáles

eran

Gazul.

aquellos donceles

que hablaron?

Arlaja.

No te desveles

en eso.

Gazul.

Pues ¿qué señales

nos dicen que son del cielo

y que de ellos es hechura

este hermoso modelo?

Don Pedro.

Nuestra fe nos asegura.

Gazul.

Si Alá lo enseña, creedlo.

Garcí Pérez.

Esas bárbaras costumbres

desechad.

Arlaja.

Cuando estas lumbres

den agua, será eso cierto,

y si no, que es farsa advierto,

por más que el milagro encumbres.

En diciendo esto, brotarán los cuerpos agua, que habrá en ellos artificio, como salga, como les pareciere.

Gazul.

¡Santo Alá!

Rey.

¡Milagro raro!

Arlaja.

Gran bien aquí considero.

Gazul.

Ya, Señora, he visto claro

que sois del Dios verdadero

madre digna y nuestro amparo.

Denme el agua del bautismo.

Arlaja.

Yo, Rey, te pido lo mismo.

Infante.

Mi logro segundo es este.

Pelay Pérez.

Un serafín manifieste

de vuestra gracia el abismo.

Millán.

Aquí chitón.

Don Lorenzo.

Gran bondad.

Gazul.

En este milagro veo,

Rey.

el agua y crisma nos dad

para cumplir tu deseo.

Partamos a la ciudad.

Sale a recibirte.

Gazul.

El rey ha hecho un postigo

por donde entres a tu gusto

y para verse contigo

Rey.

Es justo

que le tenga por amigo.

Infante.

La imagen con dulce canto

lleven,

Garcí Pérez.

y hará entre tanto

fin ansí esta maravilla:

La libertad de Sevilla

por el rey Fernando el Santo. / Finis.

A gloria de Dios se representó en Valladolid por Villegas, autor de comedias, año de 1595 años. Es de Luis de Benavides este original, so la corrección de la Santa Madre Iglesia. Finis. B B

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