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Texto digital de La traición agradecida

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La traición agradecida. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-traicion-agradecida.

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LA TRAICIÓN AGRADECIDA

Pag. 1

La traición agradecida Comedia en 3 jornadas

Leg. 6

S - 6

4

Pag. 2

Comedia de la traición agradecida

Figuras

No está mala la traza aunque disparatada, es razonable en el caso.

Personas

Rey de Escocia

Condestable

Marcela, dama

Rugero

Rodrigo Roberto, su lacayo

Duque de Lorena

Irene, Reina de Escocia

Camilo

Estacio

Guardas

Rey de Hungría

Un capitán suyo

Un soldado

Brasildo

Montano

Ergasto

Bato

Silvano

Pastores

Alceo, viejo

Jornada primera

Pag. 3

Sale el Rey de Escocia y el Condestable.

Rey de Escocia.

Ya, amigo Condestable,

es la causa de mi pena

y su asiento irremediable;

el honor la lengua enfrena,

y no permite que hable.

Con este cuidado vivo,

mejor te diré que muero,

si la suerte y hado esquivo

se quiere mostrar tan fiero

y tan poderoso y altivo

contra un rey; es triste caso

lidiar contra la fortuna.

Conde, si en celos me abraso,

no habrá templanza ninguna.

Condestable.

Pues tal amigo os da disgusto...

Rey de Escocia.

¡Oh, mal tu consuelo acomodas!

Condestable.

Si de las provincias todas

los príncipes que vinieron

a justas, ya se volvieron,

como son tan largas bodas

para el duque de Lorena...

Rey de Escocia.

Tanto acompañar a Irene

en la comida, en la cena,

¿qué este misterio tiene?

Condestable.

Señor, la pasión refrena.

Pag. 4

Condestable.

que con este mal podrás

virtudes empañar

la corriente donde vas.

Rey de Escocia.

Ah, conde, no me están bien

esos consejos que me das.

Y aunque con rigor tu celo

tan de vasallo y amigo,

no importa estar satisfecho.

Condestable.

De mi amor.

Rey de Escocia.

Yo por testigo

pongo al cielo.

Sin provecho

es esa satisfacción,

pues no hay remedio a mi mal.

Condestable.

Vengar aquesta traición

fuera de un pecho real,

si hubiera más ocasión;

mas yo camarero soy

de tu persona, y estoy

siempre en palacio,

y no he visto

lo que tú.

Rey de Escocia.

Qué mal resisto,

ardiendo en celos me voy.

Condestable.

De la reina mi señora

formas ese pensamiento;

de quien su virtud ignora

es dar palabras al viento,

decir que no se atesora

en su pecho el mismo honor.

Rey de Escocia.

Eso, conde, confesara,

si no le hiciera el favor

que le hace al duque.

Condestable.

Negarás,

en lo que dices, señor,

que el duque a tus bodas vino

con el de Mantua y Milán,

el de Ferrara y Urbino.

Rey de Escocia.

Guiados mis celos van

por ese mismo camino.

Condestable.

Es verdad que todo el día

el duque en palacio está,

lo demás es fantasía,

y como príncipe da

muestras de su cortesía.

Rey de Escocia.

Conde, ¿quieres me servir?

Condestable.

Soy tu esclavo hasta la muerte.

Rey de Escocia.

Si mi gusto has de seguir,

no me repliques, y advierte

que hoy la reina ha de morir.

Que muera la reina.

Condestable.

Mira...

Rey de Escocia.

No pido que me aconsejes,

pues ella a matarme aspira.

Condestable.

Mira, señor...

Rey de Escocia.

Que me dejes

pido.

Condestable.

Tu crueldad me admira.

Rey de Escocia.

Crueldad es vengar mi honor,

que yo de celos muero

a manos de su rigor.

Condestable.

No es mejor, mas considero

primero el caso mejor.

Rey de Escocia.

También el duque se prenda.

Pag. 5

Condestable.

Préndase el duque también,

mas cuando tu rey no entienda,

Rey de Escocia.

que os ofenda,

con helado pecho encienda.

Condestable.

Y acudirá el rey de Hungría,

padre de Irene.

Rey de Escocia.

Que envía,

causará muchos

Condestable.

Ciego de pasión estás.

Rey de Escocia.

No es sinrazón la mía.

Condestable.

Gastará su reino en darte

pesadumbre y guerras.

Rey de Escocia.

Sé,

también habrá de mi parte

gente y la razón, y haré

que conozca mi estandarte.

¿Soy yo menos poderoso

que mi suegro, por ventura?

¿Menos ágil y animoso?

Condestable.

No, señor.

Vase.

Rey de Escocia.

Pues si procura

inquietarme mi reposo,

tendrá con facilidad

un enemigo a su lado,

que, cuando le haya probado,

quisiera tener su amistad.

La guarda ten prevenida,

porque tengo de prender

hoy al duque, mi homicida,

y a aquesa ingrata mujer.

Entrase por una puerta y sale el rey por otra.

Condestable.

Aumente el cielo tu vida.

Reina y duque, perdonad,

que esto es mandado del rey,

y a no cumplir con la ley,

era perder mi lealtad.

Bien sé que estáis inocente,

reina hermosa, cosa es clara;

si al rey no le atormentara

aquel celoso accidente,

pondré remedio en tu vida,

pues tanto tu muerte siento;

mas no, que si tal intento,

será hacerme homicida.

Al duque quiero avisar;

mas es pensamiento aleve,

que el noble vasallo debe

obedecer y callar.

Rey de Escocia.

No caberé yo solo en mí,

ni sé dónde vengo o voy,

ni puedo decir quién soy,

ni soy el que antes fui,

que, como el honor perdí,

que es del hombre el mayor bien,

vivo en perpetuo desdén,

a cuanta desdicha mana

de una mujer que es liviana;

fortuna, el curso detén.

Quisiera vengar mi agravio

con secreto en este día,

mas a quién con la pasión mía

Pag. 6

Roberto.

Preciado como hombre sabio,

pégase la lengua al labio

cuando quiero pronunciar

la causa de mi pesar;

que atajar el mal que siento

es ponelle freno al viento

y metelle miedo al mar.

Nunca yo te conociera,

hermosa Irene, el verte

es la causa de mi muerte,

tan abominable y fiera;

y nunca yo pretendiera

tanto veneno encubierto

de donde el morir es cierto.

Mas ya en mi venganza estribo,

si el tiempo que viudo vivo

de mi deshonor abierto

apagara en una torre

o con un veneno infame,

que a la venganza me llame,

al tiempo y mis glorias borre

que tanto en mi daño corre.

La fortuna, suerte esquiva,

que si la venganza estriba

en darte la muerte fiera,

y manda el honor que muera,

me dice el amor que viva.

Honor dice que la muerte

es el último remedio,

y amor que busque otro medio

que matalla es caso fuerte

que en mis desdichas advierte,

quien sabe temple el rigor

de mi celoso dolor,

mas que no se halla rindiendo

para quien está muriendo

luchando entre amor y honor.

Mal haya quien quiere ver

puesta a correr por su cuenta

su deshonra o su afrenta

en manos de una mujer;

mal haya quien quiere caer

en su creciente menguante

por un sujeto ignorante,

ni tengo por tan prudente

que estando el marido ausente

se culpe el vulgo ignorante.

Brama el novillo celoso

y hasta vengar el furor

y causa de su dolor

no puede tener reposo;

si caso tan riguroso

puede el descanso inquietalle,

y a bramidos rompe el valle

significando su mal,

si esto siente un animal

¿es justo que un hombre calle?

Siempre el duque en la comida,

y siempre el duque en la cena;

a quien no le causa pena

de quien no acaba la vida.

Pag. 7

Rey de Escocia.

Si al de mi honor homicida

le tiene amor divertido,

despierte y abra el sentido

y vea, en casos de honor,

que no es ciego el ofensor

si un lince el ofendido.

Sale Marcela, dama.

Marcela.

En esta margen agradable

que riega este arroyo manso

procuro tener descanso,

aunque hallarle es imposible.

Detened, hermosa fuente,

el curso que os apresura,

pues que ya mi desventura

murmura vuestra corriente.

A prolija Ingalaterra,

más de mi desdicha nace,

mirado bien, que deshace

mi amoroso rastro, y yerra.

¿Cómo es posible que esté

tan olvidado Rugero

de mi amor? De celos muero.

¡Ay, hombre falso y sin fe!

Rey de Escocia.

Falta amor y dice honor

que tome questa venganza.

Marcela.

No quiero más esperanza.

Rey de Escocia.

Más crueldades.

Marcela.

Más rigor.

Rey de Escocia.

¿No hay piedad?

Marcela.

¿Qué yo tener

de un traidor?

Rey de Escocia.

De celos rabio.

Marcela.

Mal haya quien sufre agravio.

Rey de Escocia.

Mal haya quien no se venga.

Marcela.

Que ansí me ofendas presente,

en ausencia la fe estriba.

Rey de Escocia.

¿Y aun es posible que viva?

Marcela.

Mal puedo vivir ausente.

Rey de Escocia.

¡Ah, traidor Rugero!

Marcela.

¡Irene!

Rey de Escocia.

La imaginación me mata,

Marcela.

que fuiste a mi amor ingrata.

Rey de Escocia.

Maldiga el cielo quien tiene

Marcela.

fe con hombres.

Rey de Escocia.

¡Ay de mí!

Marcela.

Mi agravio entre celos lucha.

Rey de Escocia.

Quiero callar.

Marcela.

¿Quién me escucha?

Rey de Escocia.

¿Es Marcela?

Marcela.

Señor, sí.

Rey de Escocia.

A solas, y en el jardín,

Marcela, ¿qué pensamiento

reina en vos?

Marcela.

El fresco viento

que sopla aqueste jardín,

los sentidos me divierte.

Rey de Escocia.

No tiene su olor igual.

Marcela.

Que disimule mi mal.

Rey de Escocia.

Que disimule mi muerte.

Marcela.

Sola una merced querría,

que vuestra real majestad...

Rey de Escocia.

Marcela, mi voluntad

es la vuestra.

Pag. 8

Marcela.

La osadía

amor en esta ocasión

me quita.

Rey de Escocia.

Marcela hermosa,

no puedo faltar en cosas

que me pidáis.

Marcela.

La razón

era, señor.

Rey de Escocia.

Bien podéis

hablarme claro, tenéis

por dicha amor o afición

al conde y queréis pedir

para casaros licencia.

Marcela.

¡Peno entre celos y ausencia!

Rey de Escocia.

En todo os pienso servir.

Marcela.

No es el conde mi cuidado.

Rey de Escocia.

¿El conde no?

Marcela.

No, señor.

Rey de Escocia.

¿Quién mereció tal favor?

Responded.

Marcela.

A quien has dado

para mi temprana muerte

en esta prolija guerra

el bastón de mar y tierra.

Rey de Escocia.

Hermosa Marcela, advierte

que está casado Rugero.

Marcela.

No lo he sabido, señor.

Rey de Escocia.

La condesa de Bereflor

en Francia...

Marcela.

De celos muero.

Rey de Escocia.

Serás su esposa sin duda,

con él has de casar.

Marcela.

Importa disimular

si el color no se me muda.

¿Ha de asistir esta tarde

en el sarao vuestra alteza,

donde con tanta fineza

hace de su pecho alarde

quien...?

Rey de Escocia.

¿El duque de Lorena?

Marcela.

Que por diferentes modos

en todo aventaja a todos

el a quien la fiesta ordena.

Rey de Escocia.

¿El de Lorena?

Marcela.

Señor,

de discreto y de galán

todo el premio le dan

y particular favor

en todas las ocasiones

lo hace la reina.

Rey de Escocia.

No digas,

Marcela, ten, no prosigas,

que me han muerto tus razones.

Marcela.

Perdona si te ofendí,

pues sabes que de oír recelaba.

Rey de Escocia.

Los sufrimientos he acabo,

loco estoy, pierdo el sentido.

¿Y es esta tarde la fiesta?

Marcela.

Sí, señor.

Rey de Escocia.

Voy a vestirme

de paciencia.

Marcela.

Que no hay firmeza.

Pag. 9

Rugero.

sombra en ausencia,

si con esta

ocasión, piadoso cielo,

pues tanta en todo se alcanza,

mi mal no toma venganza,

no espero jamás consuelo.

Vase.

Marcela.

Sin duda con lo que dije

su mal se enojó,

y se lo significó

a quien el mal no aflige;

son los celos una mina,

y es la pólvora el desdén

que vuela la torre a quien

más constante se imagina;

es dar bravatas al viento

el querer disimular,

que fácil será volar

la torre del sufrimiento.

Entra Rugero, de soldado, con una bandera, y Rodrigo, de lacayo.

Rugero.

Date más priesa, Rodrigo,

que tienes los pies de plomo.

Roberto.

Camino conforme como,

aunque con amor te sigo.

Rugero.

Ya se ha acabado la guerra,

agora descansarás.

Roberto.

¡Qué bizarro soldado estás!

Hace a los hombres la guerra

y las letras, muy bien dices,

que envidia pones al sol

con el nombre de español,

y es justo que te eternices;

pues en toda la jornada

que ya la fama pregona

no vio igual a tu persona,

ni acero como tu espada;

que si a costa de tu vida

defendiendo una frontera

has ganado una bandera,

es tu virtud conocida

después que en palacio entre.

Rugero.

Estoy triste.

Roberto.

¿Triste?

Rugero.

Sí.

Roberto.

¿Por qué ocasión?, habla, di

la causa, aunque entristece,

que tienes algo perdido

el color.

Rugero.

¿Hablas de veras?

Roberto.

Sin duda, señor, que esperas

algún disgusto.

Rugero.

¿Por qué?

Roberto.

No sé, por Dios, yo no tengo,

señor, por buena señal

que te reciban tan mal.

Rugero.

Con muchas ventajas vengo

de aquesta jornada honrado.

Pag. 10

Roberto.

Ya me enfado de oírte,

nadie sale a recebirte;

Rugero.

si a los ojos de Marcela

llegado viera, Rodrigo,

tuviera gusto conmigo;

esto solo me desvela.

¿Por ventura acaso sueño?

Marcela.

¡Ojos, qué es esto! Mirad

al rey de mi voluntad,

de mis cuidados el dueño.

Mas quiero disimular,

aunque tan a costa mía.

Roberto.

¿No has visto al sol de tu día?

Desecha todo el pesar.

Rugero.

¿Por qué lo dices, Rodrigo?

Roberto.

¿No ves a Marcela allí?

Rugero.

¿Qué dices? ¿Estás en ti?

¡Oh ciego desleal conmigo!

Sin duda que el resplandor

de su luz ciego te tiene.

Marcela.

Mas, ¡qué cobarde que viene,

aunque viene vencedor!

Rugero.

¡Qué dudoso el amor me ha puesto!

Turbado me tiene amor.

Roberto.

Eres estatua, señor,

estás sin acción, ¿qué es esto?

Rugero.

Perdonad, Marcela hermosa,

si cuando en palacio entré

con el alma no os busqué,

siendo obligación forzosa;

y si merezco hoy brazos,

los pido, y si no, los pies,

que cualquiera cosa es

en mi alma eternos lazos;

y aun la tierra que pisáis

con los ojos besaré,

en satisfacción y en fe

que de mí servida estáis.

No parece que a mi amor

dais el premio que merece,

decí qué ocasión ofrece

contra mí tanto rigor.

Marcela, ¿qué novedad

es esta? ¿Qué noche escura

se antepone a mi ventura,

a mi firmeza y lealtad?

¿Por dicha tu amor barrunta

de mí algún trato grosero?

Marcela.

¿Eres Rugero?

Roberto.

No es Rugero.

¡Oh, qué donosa pregunta!

Rugero.

Rugero soy, y sin duda

no debéis de ser Marcela.

Marcela.

Rugero, como os desvela

otro amor, a mí me muda

también otro pensamiento.

Rugero.

¿Yo otro amor? ¿Yo otra mujer?

Pag. 11

Marcela.

Todo se viene a saber.

Rugero.

Basta, mi vida, si es cuento,

y la burla por un rato

parece bien, oye, advierte,

mira que me das la muerte.

Marcela.

Yo no escucho a un hombre ingrato.

Rugero.

¿Ingrato?

Marcela.

Y desconocido.

Rugero.

En fe de que no lo soy,

humilde a tus pies estoy,

Marcela hermosa, rendido.

Marcela.

Que han de estar a los pies

pensamientos injustos,

si divertido en tus gustos

no he visto carta en un mes;

no haber escrito una carta

siquiera por cumplimiento,

es que ya de mí os aparta

otro amor; muy diferente

os veo del que habéis sido.

Rugero.

Nunca tuve amor fingido,

más firmeza tuve ausente;

y en eso de no escribiros

en un mes, no os espantéis,

si en cada instante tenéis

mi alma envuelta en suspiros.

Que en la guerra no hay lugar

de escribir tiernos amores,

todo es bravatas, rigores,

todo es furia y pelear.

Veréis que no importa nada

si a serviros mi amor viene,

que el soldado siempre tiene

en vez de pluma la espada.

Marcela.

Ausencia es madre de engaños,

celos, olvido y desdén,

y, para quien quiere bien,

es un mes treinta mil años.

Todo se sabe, Rugero,

ya no más, basta el rigor.

Tu crueldad mudó mi amor,

si bien quise, ya no quiero.

Y como si fuese muerta,

no tienes que darme pago,

porque advierte que me caso.

Rugero.

¿Que te casas?

Vase.

Marcela.

Cosa es cierta.

Rugero.

Roberto, ¿qué es aquesto?

Roberto.

¿A mí me lo preguntas?

Rugero.

Echado a todo el resto

mi desdichada suerte,

y se conjura contra mí la muerte.

Roberto, por ventura,

si estabas en el caso,

¿qué dijo?

Roberto.

Que me caso.

Rugero.

Si matarme procura,

no lo haga mi enemiga.

Pag. 12

Roberto.

Burlando basta que me caso diga,

por dicha no conoces

mujeres.

Rugero.

Si fue encanto.

Roberto.

Si las conoces tanto,

¿de qué estás dando voces?

Rugero.

¿Es bien que no me queje,

y que Marcela sin razón me deje?

Roberto.

Si tú la culpa tienes,

y de escribilla dejas,

señor, ¿de qué te quejas?

Mal con mi gusto vienes.

Un mes de ausencia es parte

para quejarse,

y aun para olvidarte.

Rugero.

¿Oíste por ventura

decir que se casaba?

Roberto.

Si no es que sordo estaba.

Que tanta es mi desdicha.

Rugero.

Confuso estás un poco.

Roberto.

Estoylo tanto que me vuelvo loco;

si tú tienes la culpa,

Rugero.

Bueno.

Borracho, si estás lleno

de vino, ¿qué disculpa

tendrás, si entre mis brazos

tus huesos hago veinte mil pedazos?

Roberto.

Agradame el partido,

mas yo no quiero darte

de lo que siento parte,

que estás algo encendido

y juegas del enojo,

y así el callar por mejoría escojo.

Rugero.

Puedes hablar, Roberto,

libre y seguramente,

que temor no te aumente

la cólera,

testigo

esta ingrata ausencia.

Roberto.

A tu loco,

escucha atento,

contaréte un poco:

si a vuelta de cabeza

la que se finge esclava

el gusto se le acaba,

cómo tendrá firmeza,

aunque en su amor porfías,

quien no ha visto una carta en treinta días.

Rugero.

¿Qué importa, mal nacido?

Detén un poco afuera,

que de ti no se espera

según has recibido

con tu Marcela enojo,

sino verme en tus manos muerto o cojo.

Roberto.

Diógenes no estuvo,

dejando aparte engaños,

aguardando veinte años

a Marcela en un cubo.

Pag. 13

Rugero.

Tiénelo prometido,

y aun ansí no aseguro su partida.

Roberto.

¡Malhaya aquel que quiere

vivir en la cadena

donde una y otra pena

de su servicio espere!

Las armas es mi gusto,

¡oh, qué galán soldado y qué robusto!

y que a aquestos alabes,

que antes de dos horas

gimes, suspiras y lloras,

mostrando mayor terneza.

Rugero.

Es por demás, Roberto,

no me trates de amar. Vente conmigo.

Vanse, y sale el Duque de Lorena y la Reina de Escocia.

Duque de Lorena.

Ya es ese mucho rigor.

Marcela.

Y gran necedad la vuestra.

Duque de Lorena.

A mí rígeme el amor.

Marcela.

¿Cómo no os dice y os muestra

que hacéis ofensa a mi honor?

Duque de Lorena.

Hermosa Reina, en Lorena

vi vuestro retrato un día,

y si el ciego dios ordena

que viva la gloria mía

sujeta a vuestra cadena,

con tanta riguridad

de suerte me ha endurecido

a tener mi voluntad

que gusto de estar cautivo

más que tener libertad.

A quien dio la hermosura

de aquella hermosa pintura

más vivo el original,

es querer mostrarse igual

el día a la noche oscura.

Mis pensamientos, empleos

en un ciego desvarío,

mas aunque en amor distinto

probaré este laberinto,

igual ánimo y deseos.

Marcela.

Aunque conocéis quien soy,

Duque de Lorena.

solo sé que a riesgo estoy.

Marcela.

Sabed que es el rey mi esposo.

Duque de Lorena.

Y no sé que esté celoso.

Marcela.

Oye,

ponte quieto hoy,

mira, fuera con tu gusto

que me faltaba, sería

aqueste término injusto,

y sin culpa tu osadía.

Duque de Lorena.

Mi amor es lícito y justo.

Marcela.

¿Lícito y justo? Traición

es muy grande, corazón,

desafiarse el rey de quien

fuerza castigar más bien.

Pag. 14

Duque de Lorena.

Así pagas mi afición.

Marcela.

Duque, ¿qué afición? Si en poco

me estimas, y te provoco

a ser loco, cierto ten

que vaya a dar cuenta a quien

te castigue como a loco.

¿Por dicha qué has visto en mí?

¿O cuándo lugar te di?

¿Que trata de amor me llevas,

que a mi persona te atrevas?

¿Qué respondes? Habla, di.

Dos años ha, aquí en la corte,

que vio tus necedades

sin darte favor que importe

a lo que me persuades,

ni a tus disparates corte.

¿En qué fiesta o torneo

reparé en tu devaneo

dándote cifras o señas?

Duque, ¿conmigo te igualas?

Loco te imagino y veo.

Duque de Lorena.

Si dices que bien me quieres...

Marcela.

Yo lo creo, mas no esperes,

duque, palabra o favor.

Duque de Lorena.

Que tú excedes en rigor,

sirena a todas las mujeres.

Marcela.

Deja ese pensamiento

fabricado sin cimiento,

que en tu injusta pretensión

todas tus palabras son

como sueño, sombra y viento.

Y antes en el mar furioso

que conspira con el cielo

tendrá el piloto reposo,

tranquilidad en el suelo,

y en el león temeroso

del más humilde cordero

se rinda a...

Entra el Condestable con dos alabarderos.

Condestable.

Daos a prisión.

Duque de Lorena.

¿A prisión?

Condestable.

Sí.

Duque de Lorena.

Pues no espero

darme, sin que la ocasión

no se me diga primero.

Condestable.

Es gusto del rey.

Duque de Lorena.

Si es

gusto del rey, yo lo sigo,

y en tan honroso interés

digo que a ponerme obligo

mi espada y toca a sus pies.

Condestable.

Pues preso.

Duque de Lorena.

Menos rigor.

Pag. 15

Condestable.

Señor condestable.

Duque de Lorena.

Acabe.

Condestable.

No quiero.

Duque de Lorena.

Muera el traidor.

Saca espada.

Condestable.

Mienten, pues el mundo sabe

mis prendas y mi valor.

Fuera digo, que soy hombre

que no se ha de rendir,

menos que el mundo se asombre.

Irene.

¿Qué es esto, conde?

Condestable.

No es nada.

Duque de Lorena.

Traidor es injusto nombre

para el que a mí se me debe.

Condestable.

Quien contra su rey se atreve

es traidor.

Vanse acuchillando.

Duque de Lorena.

Mentís.

Condestable.

Matadle.

Rugero.

No saque la espada en balde.

Irene.

¿Qué causa a mi esposo mueve,

para que al duque le prenda?

No siendo vasallo suyo.

Condestable.

Él solo su pecho entienda.

Irene.

Eso es muy justo.

Condestable.

Y concluyo,

sin que dél enojos ofenda,

que él también ha de ir conmigo

preso por el rey.

Vanse y sale el rey.

Irene.

A su mandado obedezco,

que a una prisión me ofrezco,

que a mi esposo el gusto sigo.

Entra el condestable.

Rey de Escocia.

Al paso de mi alteza y mi corona,

subió mi triste hado a contrastarme,

procuró de mi alteza derribarme,

y derribó el honor tras la persona.

A un desdichado, ¿qué disculpa abona?

¿A quién podrán mis desdichas igualarme?

Y si a pesar de la tierra levantarme

pudo la fama que mi fin pregona,

y remecen los cargos que imagino

que tan bien contra mí se han conjurado

y todo junto me dará molestia.

Humillo el cuello a mi fortuna y me inclino,

que un hombre como yo tan desdichado

es bien que viva en los montes como bestia.

Condestable.

Más ligero que en el viento

en un caballo español,

o que ya viuda del sol

se cogió en su firmamento

entre la confusa grita

Pag. 16

Condestable.

De la gente sueltas, leve,

de suerte las plantas mueve

que al propio Pegaso imita;

y en un pequeño bajel,

que a su gusto el mar le puso,

entre el estruendo confuso

y variable tropel,

se embarca al punto, y las velas

cuando al viento se entregaban

parece que le aguardaban.

Rey de Escocia.

¡A más mi cuidado desvelas,

Conde, con esas razones,

pues puso en cobro su vida!

Sin duda que es homicida

por esta y muchas razones.

Y en todo mi reino este

dad por duque, por traidor,

hombre sin ley ni valor,

como al presente se vee.

¿Es posible que en el mar,

tan a su gusto, encontró

ocasión do se entregó

para poderse escapar?

¿Dónde está Irene?

Condestable.

Señor,

en su cuarto la dejé

con la guarda.

Rey de Escocia.

¡Ay, este,

que a más llega mi rigor!

Entra Rugero, en cuerpo, con una bandera en la mano, y Rodrigo con él.

Rugero.

Humilde a tus pies se pone

Rugero, aunque vencedor;

pues a costa de su sangre

esta bandera ganó.

Y a no escaparse por pies

el arrogante león,

cuyas alas van cortadas

y por tierra su valor,

donde esta bandera miras,

vieras, invicto señor,

humillada su corona,

humilde el fiero león.

Mi vida os ofrezco en todo,

y solo quiero un favor;

Rey de Escocia.

No es tiempo de hacer mercedes,

Rugero, porque no estoy

con gusto.

Rugero.

¿Qué es esto, cielos?

Rey de Escocia.

Que cubráis el sol

con estandartes vencidos

de una y otra nación,

es por demás que os la haga.

Rugero.

Esta bandera ganó

en tu servicio mi espada,

y, ¿así espero el galardón?

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Rey de Escocia.

Hacedla ligas y bando,

la bandera.

Vase el Rey y el Condestable.

Rugero.

¿En qué ofendió

mi buen celo a tu corona?

¿Por dicha he sido traidor?

Quita del asta la bandera.

Roberto, ten de ese cabo.

Roberto.

Señor, ¿qué piensas hacer?

Corta la bandera con la daga.

Rugero.

Bien presto lo puedes ver.

Roberto.

Tus pensamientos alabo;

en todo bizarro y bravo

te muestras.

Rugero.

Si el Rey me manda

que la haga ligas y bando,

Roberto.

Con razón te has enojado;

Rugero.

así medra un desdichado

que en desgracia del Rey anda.

Roberto.

¡Vive de Dios! ¡Salud

que al Rey en palacio veas!

Rugero.

Roberto, mi mal deseas,

o procuras mi inquietud;

esta causa es ataúd

donde asisten vivos muertos,

de pensamientos cubiertos,

y de que imagina que alcanza,

más se engaña la esperanza,

con sucesos inciertos;

el cauteloso favor

en este palacio vive;

al más amigo le escribe

en el agua su favor.

Aquí soberbia y rigor

tienen casa de aposento,

aquí vive el abajamiento,

la lisonja y necedad,

la cierta puntualidad

haciendo torres de viento.

La ceremonia cansada

está haciendo reverencias

prolijas impertinencias,

pues todo resulta en nada.

La solicitud pesada,

reverenciando a un difunto

y sin que se rinda punto,

quiere mostrar su poder,

desvelándose en poner

el provecho y honra junto.

Aquí la pretensión mora,

toda cubierta en papeles,

dando suspiros crueles

que ordinariamente llora

y la desdicha que ignora

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Rugero.

que en vez de salarios pena,

su poca suerte le ordena

y los servicios que ha sabido

todos los mete el olvido

en su lóbrega cadena.

Aquí está el poder bizarro

siempre haciendo y deshaciendo,

con grande orgullo y estruendo

a muchos hombres de barro.

La envidia va sobre un carro

todo de culebras lleno,

brotando rabia y veneno,

y fiado en su razón

fácil altivo galardón

de ser alcanzado lleno

en aqueste laberinto.

Así hace con el consejo

el tiempo caduco y viejo,

de hacer mercedes distinto,

todo lo miro sucinto,

y así, con justo restauro,

la vida que honroso lauro

acompañando voy,

si así se escapó gozosa

sustento del minotauro.

si aquel querer menos

con ventura alcanzamos,

a un loco consejo damos.

Rugero.

Y al más furioso rey igualo

siga su bando, no es malo.

Rey de Escocia.

Y bastan para quien soy,

y a mí, que medrado estoy,

me dio la fortuna un palo.

Fin.