Texto digital de La traición agradecida
Data de publicação: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La traición agradecida. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-traicion-agradecida.
LA TRAICIÓN AGRADECIDA
Pag. 1
La traición agradecida Comedia en 3 jornadas
Leg. 6
S - 6
4
Pag. 2
Comedia de la traición agradecida
Figuras
No está mala la traza aunque disparatada, es razonable en el caso.
Rey de Escocia
Condestable
Marcela, dama
Rugero
Rodrigo Roberto, su lacayo
Duque de Lorena
Irene, Reina de Escocia
Camilo
Estacio
Guardas
Rey de Hungría
Un capitán suyo
Un soldado
Brasildo
Montano
Ergasto
Bato
Silvano
Pastores
Alceo, viejo
Jornada primera
Pag. 3
Sale el Rey de Escocia y el Condestable.
Ya, amigo Condestable,
es la causa de mi pena
y su asiento irremediable;
el honor la lengua enfrena,
y no permite que hable.
Con este cuidado vivo,
mejor te diré que muero,
si la suerte y hado esquivo
se quiere mostrar tan fiero
y tan poderoso y altivo
contra un rey; es triste caso
lidiar contra la fortuna.
Conde, si en celos me abraso,
no habrá templanza ninguna.
Pues tal amigo os da disgusto...
¡Oh, mal tu consuelo acomodas!
Si de las provincias todas
los príncipes que vinieron
a justas, ya se volvieron,
como son tan largas bodas
para el duque de Lorena...
Tanto acompañar a Irene
en la comida, en la cena,
¿qué este misterio tiene?
Señor, la pasión refrena.
Pag. 4
que con este mal podrás
virtudes empañar
la corriente donde vas.
Ah, conde, no me están bien
esos consejos que me das.
Y aunque con rigor tu celo
tan de vasallo y amigo,
no importa estar satisfecho.
De mi amor.
Yo por testigo
pongo al cielo.
Sin provecho
es esa satisfacción,
pues no hay remedio a mi mal.
Vengar aquesta traición
fuera de un pecho real,
si hubiera más ocasión;
mas yo camarero soy
de tu persona, y estoy
siempre en palacio,
y no he visto
lo que tú.
Qué mal resisto,
ardiendo en celos me voy.
De la reina mi señora
formas ese pensamiento;
de quien su virtud ignora
es dar palabras al viento,
decir que no se atesora
en su pecho el mismo honor.
Eso, conde, confesara,
si no le hiciera el favor
que le hace al duque.
Negarás,
en lo que dices, señor,
que el duque a tus bodas vino
con el de Mantua y Milán,
el de Ferrara y Urbino.
Guiados mis celos van
por ese mismo camino.
Es verdad que todo el día
el duque en palacio está,
lo demás es fantasía,
y como príncipe da
muestras de su cortesía.
Conde, ¿quieres me servir?
Soy tu esclavo hasta la muerte.
Si mi gusto has de seguir,
no me repliques, y advierte
que hoy la reina ha de morir.
Que muera la reina.
Mira...
No pido que me aconsejes,
pues ella a matarme aspira.
Mira, señor...
Que me dejes
pido.
Tu crueldad me admira.
Crueldad es vengar mi honor,
que yo de celos muero
a manos de su rigor.
No es mejor, mas considero
primero el caso mejor.
También el duque se prenda.
Pag. 5
Préndase el duque también,
mas cuando tu rey no entienda,
que os ofenda,
con helado pecho encienda.
Y acudirá el rey de Hungría,
padre de Irene.
Que envía,
causará muchos
Ciego de pasión estás.
No es sinrazón la mía.
Gastará su reino en darte
pesadumbre y guerras.
Sé,
también habrá de mi parte
gente y la razón, y haré
que conozca mi estandarte.
¿Soy yo menos poderoso
que mi suegro, por ventura?
¿Menos ágil y animoso?
No, señor.
Vase.
Pues si procura
inquietarme mi reposo,
tendrá con facilidad
un enemigo a su lado,
que, cuando le haya probado,
quisiera tener su amistad.
La guarda ten prevenida,
porque tengo de prender
hoy al duque, mi homicida,
y a aquesa ingrata mujer.
Entrase por una puerta y sale el rey por otra.
Aumente el cielo tu vida.
Reina y duque, perdonad,
que esto es mandado del rey,
y a no cumplir con la ley,
era perder mi lealtad.
Bien sé que estáis inocente,
reina hermosa, cosa es clara;
si al rey no le atormentara
aquel celoso accidente,
pondré remedio en tu vida,
pues tanto tu muerte siento;
mas no, que si tal intento,
será hacerme homicida.
Al duque quiero avisar;
mas es pensamiento aleve,
que el noble vasallo debe
obedecer y callar.
No caberé yo solo en mí,
ni sé dónde vengo o voy,
ni puedo decir quién soy,
ni soy el que antes fui,
que, como el honor perdí,
que es del hombre el mayor bien,
vivo en perpetuo desdén,
a cuanta desdicha mana
de una mujer que es liviana;
fortuna, el curso detén.
Quisiera vengar mi agravio
con secreto en este día,
mas a quién con la pasión mía
Pag. 6
Preciado como hombre sabio,
pégase la lengua al labio
cuando quiero pronunciar
la causa de mi pesar;
que atajar el mal que siento
es ponelle freno al viento
y metelle miedo al mar.
Nunca yo te conociera,
hermosa Irene, el verte
es la causa de mi muerte,
tan abominable y fiera;
y nunca yo pretendiera
tanto veneno encubierto
de donde el morir es cierto.
Mas ya en mi venganza estribo,
si el tiempo que viudo vivo
de mi deshonor abierto
apagara en una torre
o con un veneno infame,
que a la venganza me llame,
al tiempo y mis glorias borre
que tanto en mi daño corre.
La fortuna, suerte esquiva,
que si la venganza estriba
en darte la muerte fiera,
y manda el honor que muera,
me dice el amor que viva.
Honor dice que la muerte
es el último remedio,
y amor que busque otro medio
que matalla es caso fuerte
que en mis desdichas advierte,
quien sabe temple el rigor
de mi celoso dolor,
mas que no se halla rindiendo
para quien está muriendo
luchando entre amor y honor.
Mal haya quien quiere ver
puesta a correr por su cuenta
su deshonra o su afrenta
en manos de una mujer;
mal haya quien quiere caer
en su creciente menguante
por un sujeto ignorante,
ni tengo por tan prudente
que estando el marido ausente
se culpe el vulgo ignorante.
Brama el novillo celoso
y hasta vengar el furor
y causa de su dolor
no puede tener reposo;
si caso tan riguroso
puede el descanso inquietalle,
y a bramidos rompe el valle
significando su mal,
si esto siente un animal
¿es justo que un hombre calle?
Siempre el duque en la comida,
y siempre el duque en la cena;
a quien no le causa pena
de quien no acaba la vida.
Pag. 7
Si al de mi honor homicida
le tiene amor divertido,
despierte y abra el sentido
y vea, en casos de honor,
que no es ciego el ofensor
si un lince el ofendido.
Sale Marcela, dama.
En esta margen agradable
que riega este arroyo manso
procuro tener descanso,
aunque hallarle es imposible.
Detened, hermosa fuente,
el curso que os apresura,
pues que ya mi desventura
murmura vuestra corriente.
A prolija Ingalaterra,
más de mi desdicha nace,
mirado bien, que deshace
mi amoroso rastro, y yerra.
¿Cómo es posible que esté
tan olvidado Rugero
de mi amor? De celos muero.
¡Ay, hombre falso y sin fe!
Falta amor y dice honor
que tome questa venganza.
No quiero más esperanza.
Más crueldades.
Más rigor.
¿No hay piedad?
¿Qué yo tener
de un traidor?
De celos rabio.
Mal haya quien sufre agravio.
Mal haya quien no se venga.
Que ansí me ofendas presente,
en ausencia la fe estriba.
¿Y aun es posible que viva?
Mal puedo vivir ausente.
¡Ah, traidor Rugero!
¡Irene!
La imaginación me mata,
que fuiste a mi amor ingrata.
Maldiga el cielo quien tiene
fe con hombres.
¡Ay de mí!
Mi agravio entre celos lucha.
Quiero callar.
¿Quién me escucha?
¿Es Marcela?
Señor, sí.
A solas, y en el jardín,
Marcela, ¿qué pensamiento
reina en vos?
El fresco viento
que sopla aqueste jardín,
los sentidos me divierte.
No tiene su olor igual.
Que disimule mi mal.
Que disimule mi muerte.
Sola una merced querría,
que vuestra real majestad...
Marcela, mi voluntad
es la vuestra.
Pag. 8
La osadía
amor en esta ocasión
me quita.
Marcela hermosa,
no puedo faltar en cosas
que me pidáis.
La razón
era, señor.
Bien podéis
hablarme claro, tenéis
por dicha amor o afición
al conde y queréis pedir
para casaros licencia.
¡Peno entre celos y ausencia!
En todo os pienso servir.
No es el conde mi cuidado.
¿El conde no?
No, señor.
¿Quién mereció tal favor?
Responded.
A quien has dado
para mi temprana muerte
en esta prolija guerra
el bastón de mar y tierra.
Hermosa Marcela, advierte
que está casado Rugero.
No lo he sabido, señor.
La condesa de Bereflor
en Francia...
De celos muero.
Serás su esposa sin duda,
con él has de casar.
Importa disimular
si el color no se me muda.
¿Ha de asistir esta tarde
en el sarao vuestra alteza,
donde con tanta fineza
hace de su pecho alarde
quien...?
¿El duque de Lorena?
Que por diferentes modos
en todo aventaja a todos
el a quien la fiesta ordena.
¿El de Lorena?
Señor,
de discreto y de galán
todo el premio le dan
y particular favor
en todas las ocasiones
lo hace la reina.
No digas,
Marcela, ten, no prosigas,
que me han muerto tus razones.
Perdona si te ofendí,
pues sabes que de oír recelaba.
Los sufrimientos he acabo,
loco estoy, pierdo el sentido.
¿Y es esta tarde la fiesta?
Sí, señor.
Voy a vestirme
de paciencia.
Que no hay firmeza.
Pag. 9
sombra en ausencia,
si con esta
ocasión, piadoso cielo,
pues tanta en todo se alcanza,
mi mal no toma venganza,
no espero jamás consuelo.
Vase.
Sin duda con lo que dije
su mal se enojó,
y se lo significó
a quien el mal no aflige;
son los celos una mina,
y es la pólvora el desdén
que vuela la torre a quien
más constante se imagina;
es dar bravatas al viento
el querer disimular,
que fácil será volar
la torre del sufrimiento.
Entra Rugero, de soldado, con una bandera, y Rodrigo, de lacayo.
Date más priesa, Rodrigo,
que tienes los pies de plomo.
Camino conforme como,
aunque con amor te sigo.
Ya se ha acabado la guerra,
agora descansarás.
¡Qué bizarro soldado estás!
Hace a los hombres la guerra
y las letras, muy bien dices,
que envidia pones al sol
con el nombre de español,
y es justo que te eternices;
pues en toda la jornada
que ya la fama pregona
no vio igual a tu persona,
ni acero como tu espada;
que si a costa de tu vida
defendiendo una frontera
has ganado una bandera,
es tu virtud conocida
después que en palacio entre.
Estoy triste.
¿Triste?
Sí.
¿Por qué ocasión?, habla, di
la causa, aunque entristece,
que tienes algo perdido
el color.
¿Hablas de veras?
Sin duda, señor, que esperas
algún disgusto.
¿Por qué?
No sé, por Dios, yo no tengo,
señor, por buena señal
que te reciban tan mal.
Con muchas ventajas vengo
de aquesta jornada honrado.
Pag. 10
Ya me enfado de oírte,
nadie sale a recebirte;
si a los ojos de Marcela
llegado viera, Rodrigo,
tuviera gusto conmigo;
esto solo me desvela.
¿Por ventura acaso sueño?
¡Ojos, qué es esto! Mirad
al rey de mi voluntad,
de mis cuidados el dueño.
Mas quiero disimular,
aunque tan a costa mía.
¿No has visto al sol de tu día?
Desecha todo el pesar.
¿Por qué lo dices, Rodrigo?
¿No ves a Marcela allí?
¿Qué dices? ¿Estás en ti?
¡Oh ciego desleal conmigo!
Sin duda que el resplandor
de su luz ciego te tiene.
Mas, ¡qué cobarde que viene,
aunque viene vencedor!
¡Qué dudoso el amor me ha puesto!
Turbado me tiene amor.
Eres estatua, señor,
estás sin acción, ¿qué es esto?
Perdonad, Marcela hermosa,
si cuando en palacio entré
con el alma no os busqué,
siendo obligación forzosa;
y si merezco hoy brazos,
los pido, y si no, los pies,
que cualquiera cosa es
en mi alma eternos lazos;
y aun la tierra que pisáis
con los ojos besaré,
en satisfacción y en fe
que de mí servida estáis.
No parece que a mi amor
dais el premio que merece,
decí qué ocasión ofrece
contra mí tanto rigor.
Marcela, ¿qué novedad
es esta? ¿Qué noche escura
se antepone a mi ventura,
a mi firmeza y lealtad?
¿Por dicha tu amor barrunta
de mí algún trato grosero?
¿Eres Rugero?
No es Rugero.
¡Oh, qué donosa pregunta!
Rugero soy, y sin duda
no debéis de ser Marcela.
Rugero, como os desvela
otro amor, a mí me muda
también otro pensamiento.
¿Yo otro amor? ¿Yo otra mujer?
Pag. 11
Todo se viene a saber.
Basta, mi vida, si es cuento,
y la burla por un rato
parece bien, oye, advierte,
mira que me das la muerte.
Yo no escucho a un hombre ingrato.
¿Ingrato?
Y desconocido.
En fe de que no lo soy,
humilde a tus pies estoy,
Marcela hermosa, rendido.
Que han de estar a los pies
pensamientos injustos,
si divertido en tus gustos
no he visto carta en un mes;
no haber escrito una carta
siquiera por cumplimiento,
es que ya de mí os aparta
otro amor; muy diferente
os veo del que habéis sido.
Nunca tuve amor fingido,
más firmeza tuve ausente;
y en eso de no escribiros
en un mes, no os espantéis,
si en cada instante tenéis
mi alma envuelta en suspiros.
Que en la guerra no hay lugar
de escribir tiernos amores,
todo es bravatas, rigores,
todo es furia y pelear.
Veréis que no importa nada
si a serviros mi amor viene,
que el soldado siempre tiene
en vez de pluma la espada.
Ausencia es madre de engaños,
celos, olvido y desdén,
y, para quien quiere bien,
es un mes treinta mil años.
Todo se sabe, Rugero,
ya no más, basta el rigor.
Tu crueldad mudó mi amor,
si bien quise, ya no quiero.
Y como si fuese muerta,
no tienes que darme pago,
porque advierte que me caso.
¿Que te casas?
Vase.
Cosa es cierta.
Roberto, ¿qué es aquesto?
¿A mí me lo preguntas?
Echado a todo el resto
mi desdichada suerte,
y se conjura contra mí la muerte.
Roberto, por ventura,
si estabas en el caso,
¿qué dijo?
Que me caso.
Si matarme procura,
no lo haga mi enemiga.
Pag. 12
Burlando basta que me caso diga,
por dicha no conoces
mujeres.
Si fue encanto.
Si las conoces tanto,
¿de qué estás dando voces?
¿Es bien que no me queje,
y que Marcela sin razón me deje?
Si tú la culpa tienes,
y de escribilla dejas,
señor, ¿de qué te quejas?
Mal con mi gusto vienes.
Un mes de ausencia es parte
para quejarse,
y aun para olvidarte.
¿Oíste por ventura
decir que se casaba?
Si no es que sordo estaba.
Que tanta es mi desdicha.
Confuso estás un poco.
Estoylo tanto que me vuelvo loco;
si tú tienes la culpa,
Bueno.
Borracho, si estás lleno
de vino, ¿qué disculpa
tendrás, si entre mis brazos
tus huesos hago veinte mil pedazos?
Agradame el partido,
mas yo no quiero darte
de lo que siento parte,
que estás algo encendido
y juegas del enojo,
y así el callar por mejoría escojo.
Puedes hablar, Roberto,
libre y seguramente,
que temor no te aumente
la cólera,
testigo
esta ingrata ausencia.
A tu loco,
escucha atento,
contaréte un poco:
si a vuelta de cabeza
la que se finge esclava
el gusto se le acaba,
cómo tendrá firmeza,
aunque en su amor porfías,
quien no ha visto una carta en treinta días.
¿Qué importa, mal nacido?
Detén un poco afuera,
que de ti no se espera
según has recibido
con tu Marcela enojo,
sino verme en tus manos muerto o cojo.
Diógenes no estuvo,
dejando aparte engaños,
aguardando veinte años
a Marcela en un cubo.
Pag. 13
Tiénelo prometido,
y aun ansí no aseguro su partida.
¡Malhaya aquel que quiere
vivir en la cadena
donde una y otra pena
de su servicio espere!
Las armas es mi gusto,
¡oh, qué galán soldado y qué robusto!
y que a aquestos alabes,
que antes de dos horas
gimes, suspiras y lloras,
mostrando mayor terneza.
Es por demás, Roberto,
no me trates de amar. Vente conmigo.
Vanse, y sale el Duque de Lorena y la Reina de Escocia.
Ya es ese mucho rigor.
Y gran necedad la vuestra.
A mí rígeme el amor.
¿Cómo no os dice y os muestra
que hacéis ofensa a mi honor?
Hermosa Reina, en Lorena
vi vuestro retrato un día,
y si el ciego dios ordena
que viva la gloria mía
sujeta a vuestra cadena,
con tanta riguridad
de suerte me ha endurecido
a tener mi voluntad
que gusto de estar cautivo
más que tener libertad.
A quien dio la hermosura
de aquella hermosa pintura
más vivo el original,
es querer mostrarse igual
el día a la noche oscura.
Mis pensamientos, empleos
en un ciego desvarío,
mas aunque en amor distinto
probaré este laberinto,
igual ánimo y deseos.
Aunque conocéis quien soy,
solo sé que a riesgo estoy.
Sabed que es el rey mi esposo.
Y no sé que esté celoso.
Oye,
ponte quieto hoy,
mira, fuera con tu gusto
que me faltaba, sería
aqueste término injusto,
y sin culpa tu osadía.
Mi amor es lícito y justo.
¿Lícito y justo? Traición
es muy grande, corazón,
desafiarse el rey de quien
fuerza castigar más bien.
Pag. 14
Así pagas mi afición.
Duque, ¿qué afición? Si en poco
me estimas, y te provoco
a ser loco, cierto ten
que vaya a dar cuenta a quien
te castigue como a loco.
¿Por dicha qué has visto en mí?
¿O cuándo lugar te di?
¿Que trata de amor me llevas,
que a mi persona te atrevas?
¿Qué respondes? Habla, di.
Dos años ha, aquí en la corte,
que vio tus necedades
sin darte favor que importe
a lo que me persuades,
ni a tus disparates corte.
¿En qué fiesta o torneo
reparé en tu devaneo
dándote cifras o señas?
Duque, ¿conmigo te igualas?
Loco te imagino y veo.
Si dices que bien me quieres...
Yo lo creo, mas no esperes,
duque, palabra o favor.
Que tú excedes en rigor,
sirena a todas las mujeres.
Deja ese pensamiento
fabricado sin cimiento,
que en tu injusta pretensión
todas tus palabras son
como sueño, sombra y viento.
Y antes en el mar furioso
que conspira con el cielo
tendrá el piloto reposo,
tranquilidad en el suelo,
y en el león temeroso
del más humilde cordero
se rinda a...
Entra el Condestable con dos alabarderos.
Daos a prisión.
¿A prisión?
Sí.
Pues no espero
darme, sin que la ocasión
no se me diga primero.
Es gusto del rey.
Si es
gusto del rey, yo lo sigo,
y en tan honroso interés
digo que a ponerme obligo
mi espada y toca a sus pies.
Pues preso.
Menos rigor.
Pag. 15
Señor condestable.
Acabe.
No quiero.
Muera el traidor.
Saca espada.
Mienten, pues el mundo sabe
mis prendas y mi valor.
Fuera digo, que soy hombre
que no se ha de rendir,
menos que el mundo se asombre.
¿Qué es esto, conde?
No es nada.
Traidor es injusto nombre
para el que a mí se me debe.
Quien contra su rey se atreve
es traidor.
Vanse acuchillando.
Mentís.
Matadle.
No saque la espada en balde.
¿Qué causa a mi esposo mueve,
para que al duque le prenda?
No siendo vasallo suyo.
Él solo su pecho entienda.
Eso es muy justo.
Y concluyo,
sin que dél enojos ofenda,
que él también ha de ir conmigo
preso por el rey.
Vanse y sale el rey.
A su mandado obedezco,
que a una prisión me ofrezco,
que a mi esposo el gusto sigo.
Entra el condestable.
Al paso de mi alteza y mi corona,
subió mi triste hado a contrastarme,
procuró de mi alteza derribarme,
y derribó el honor tras la persona.
A un desdichado, ¿qué disculpa abona?
¿A quién podrán mis desdichas igualarme?
Y si a pesar de la tierra levantarme
pudo la fama que mi fin pregona,
y remecen los cargos que imagino
que tan bien contra mí se han conjurado
y todo junto me dará molestia.
Humillo el cuello a mi fortuna y me inclino,
que un hombre como yo tan desdichado
es bien que viva en los montes como bestia.
Más ligero que en el viento
en un caballo español,
o que ya viuda del sol
se cogió en su firmamento
entre la confusa grita
Pag. 16
De la gente sueltas, leve,
de suerte las plantas mueve
que al propio Pegaso imita;
y en un pequeño bajel,
que a su gusto el mar le puso,
entre el estruendo confuso
y variable tropel,
se embarca al punto, y las velas
cuando al viento se entregaban
parece que le aguardaban.
¡A más mi cuidado desvelas,
Conde, con esas razones,
pues puso en cobro su vida!
Sin duda que es homicida
por esta y muchas razones.
Y en todo mi reino este
dad por duque, por traidor,
hombre sin ley ni valor,
como al presente se vee.
¿Es posible que en el mar,
tan a su gusto, encontró
ocasión do se entregó
para poderse escapar?
¿Dónde está Irene?
Señor,
en su cuarto la dejé
con la guarda.
¡Ay, este,
que a más llega mi rigor!
Entra Rugero, en cuerpo, con una bandera en la mano, y Rodrigo con él.
Humilde a tus pies se pone
Rugero, aunque vencedor;
pues a costa de su sangre
esta bandera ganó.
Y a no escaparse por pies
el arrogante león,
cuyas alas van cortadas
y por tierra su valor,
donde esta bandera miras,
vieras, invicto señor,
humillada su corona,
humilde el fiero león.
Mi vida os ofrezco en todo,
y solo quiero un favor;
No es tiempo de hacer mercedes,
Rugero, porque no estoy
con gusto.
¿Qué es esto, cielos?
Que cubráis el sol
con estandartes vencidos
de una y otra nación,
es por demás que os la haga.
Esta bandera ganó
en tu servicio mi espada,
y, ¿así espero el galardón?
Pag. 17
Hacedla ligas y bando,
la bandera.
Vase el Rey y el Condestable.
¿En qué ofendió
mi buen celo a tu corona?
¿Por dicha he sido traidor?
Quita del asta la bandera.
Roberto, ten de ese cabo.
Señor, ¿qué piensas hacer?
Corta la bandera con la daga.
Bien presto lo puedes ver.
Tus pensamientos alabo;
en todo bizarro y bravo
te muestras.
Si el Rey me manda
que la haga ligas y bando,
Con razón te has enojado;
así medra un desdichado
que en desgracia del Rey anda.
¡Vive de Dios! ¡Salud
que al Rey en palacio veas!
Roberto, mi mal deseas,
o procuras mi inquietud;
esta causa es ataúd
donde asisten vivos muertos,
de pensamientos cubiertos,
y de que imagina que alcanza,
más se engaña la esperanza,
con sucesos inciertos;
el cauteloso favor
en este palacio vive;
al más amigo le escribe
en el agua su favor.
Aquí soberbia y rigor
tienen casa de aposento,
aquí vive el abajamiento,
la lisonja y necedad,
la cierta puntualidad
haciendo torres de viento.
La ceremonia cansada
está haciendo reverencias
prolijas impertinencias,
pues todo resulta en nada.
La solicitud pesada,
reverenciando a un difunto
y sin que se rinda punto,
quiere mostrar su poder,
desvelándose en poner
el provecho y honra junto.
Aquí la pretensión mora,
toda cubierta en papeles,
dando suspiros crueles
que ordinariamente llora
y la desdicha que ignora
Pag. 18
que en vez de salarios pena,
su poca suerte le ordena
y los servicios que ha sabido
todos los mete el olvido
en su lóbrega cadena.
Aquí está el poder bizarro
siempre haciendo y deshaciendo,
con grande orgullo y estruendo
a muchos hombres de barro.
La envidia va sobre un carro
todo de culebras lleno,
brotando rabia y veneno,
y fiado en su razón
fácil altivo galardón
de ser alcanzado lleno
en aqueste laberinto.
Así hace con el consejo
el tiempo caduco y viejo,
de hacer mercedes distinto,
todo lo miro sucinto,
y así, con justo restauro,
la vida que honroso lauro
acompañando voy,
si así se escapó gozosa
sustento del minotauro.
si aquel querer menos
con ventura alcanzamos,
a un loco consejo damos.
Y al más furioso rey igualo
siga su bando, no es malo.
Y bastan para quien soy,
y a mí, que medrado estoy,
me dio la fortuna un palo.
Fin.
