Texto digital de Engaños hay que son justos en lides de amor y celos
Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026
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- Alejandro Arboreda Segura
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Engaños hay que son justos en lides de amor y celos. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/enganos-hay-que-son-justos-en-lides-de-amor-y-celos-y-segundo-rey.
ENGAÑOS HAY QUE SON JUSTOS EN LIDES DE AMOR Y CELOS
Jornada primera
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Mal encuadernado. # v/o. 164 1
Vv. 522
Engaños hay que son justos en lides de amor y celos y coronación de Numa Pompilio
Jornada primera
Personas
Numa Pompilio. Marcio. Próculo. Beleso. Tarandalla. Vecio. Pomponio. Egeria. Fagia. Flora. Églide. Nísida. Música y acompañamiento.
Sale Egeria con arco y flecha, carcaj, montera de plumas, y Numa siguiéndola.
Espera, no huyas, detente,
hermosa deidad altiva,
que enfrenas tu ligereza
a expensas de tu fatiga.
En vano, arrojado joven,
alientas las osadías,
que ya otra vez mi despecho
te castigó, y te castigas;
pues si de este sacro bosque,
bruta mansión, que divina
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fiel providencia por coto
puso a la morada mía,
temerosamente osado
intentas pisar la línea,
al impulso de mis flechas
será preciso que rindas,
sin que a lástima me muevas,
infelizmente la vida.
¿Cómo intenta tu rigor,
bella deidad fugitiva,
que me detenga si veo
en tu hermosura un enigma?
Pues al paso que tu acento
suspender mis osadías
pretende, seguir tus pasos
con otras voces me obligas.
Yo te llamo.
Tú me llamas.
Yo te animo.
Tú me animas.
Ese es engaño.
No es,
pues si advertida lo miras,
solo aquese humano aliento
tu humano ser acredita;
y cuantas partes componen
tu belleza peregrina,
divinas son todas, pues
¿cómo quieres que, advertida,
mi fineza se suspenda,
porque lo mande precisa
una humana seña, cuando
me llaman tantas divinas?
Ya, ignorado joven, veo
que engañoso solicitas
suspender de mis rigores
la saña nunca vencida,
aunque en mí no sé qué impulso
siento que a hacerlo me obliga.
Y considerando, ahora,
como otra vez prevenida
contra el rigor la templanza,
que pudo ser tu venida
ocasionada de haberte
perdido en la nunca vista
enmarañada maleza
de su bosque, compasiva
perdonar tu vida quiero;
pues es cruel, es impía
quien descuidos del destino
como cuidados castiga;
y así, acompañado ahora
de una de las sacras ninfas
que conmigo deste monte
la oculta mansión habitan,
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podrás cobrar el camino
y advierte, que si atrevida
tu planta, otra vez intenta
pisar su distrito, al hora
fiera, cruel has de hallarme
si ahora me adviertes benigna,
Flora, Eglide, ninfas todas
oíd mi voz.
No remisa
esas piedades supongas
cuando crueldades publicas
pues si entre ojos el alma
queda, cómo
No prosigas
ni porfíes en decirme
pasiones de amor indignas
que son las porfías necias
cuando ofenden más que obligan
El que porfía en amar
el mérito solicita
y cuando a merecer nacen
son discretas las porfías
Que la discreción obligue
y que a la vanidad mía
no le esté bien confesar,
que quiere lo que la obliga,
yo en fin oírlas no quiero
pues en mí, es fuerza el decirlas
porque si en ello me ofendes
porque aun en aqueso estriba
ser más finos los afectos
pues es fuerza que le diga
que obediencias voluntarias
son finezas más remisas
Contradicción, es, notoria
querer aun el alquimista
más diestro de amor hacer
finezas las groserías
y porque desengañado
estés que es vana fatiga
de tu esperanza esperar
que a los halagos me rinda
de esa ignorada deidad
monstruo cruel de las vidas
cuyas alas, cuyas flechas
que unas bate y otras vibra
tósigos de fuego inflaman
contagios de aire fulminan
sabe ilustre joven, que
aunque no tengo noticia
de quién eres, que seas noble
tu cortés trato acredita,
sabrás digo, oh generoso
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mancebo que en esa altiva
pirámide que del alba
registra la luz más viva,
y aun antes que flores salves
con suavidad repetida
unas su venida anuncien
y otras canten su venida,
que es el sagrado Aricino
que por la copia de ninfas
y oráculos que le ilustran
sacro orbe le apellida.
De una náyade infeliz
(sin duda hermosa sería,
pues lo fue, porque en la bella
soberana familia
de la hermosura es antiguo
patrimonio la desdicha)
entre los brazos piadosos
de Diana, ¡oh suerte esquiva!
nací en cuyo triste parto
en la aciaga hora misma
que salí a la vida yo,
ella salió de la vida.
Diana, pues, advirtiendo
ser impiedad que me sirvan
al nacer por cuna un monte,
por cama la yerba fría,
lágrimas en vez de arrullos,
lamentos por caricias,
a las ninfas de esos montes
me entregó, que compasivas
cuidasen de mi sustento
dejándolas advertidas
de que mi vida importaba
a los dioses, pues leía
en ese cuaderno azul
que por mi causa tendrían
nuevos cultos, nuevas glorias,
nuevos triunfos, nuevas dichas,
que aun parece en las deidades
dicha el verse obedecidas;
púsome por nombre Egeria;
no es preciso que aquí diga
el modo de mi crianza
pues que la experiencia avisa
que al tener rudos montes
fieras que leche destilan,
árboles que frutas copian,
abejas que néctar hilan,
y, finalmente, que hay
en los dioses tan divina
providencia, que a quien guardan
para el fin que determinan
no solo en el primer paso
de la vida le dan vida,
sino para conservarla
reclamo: aquella
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los medios le solicitan,
ved, pues, si siguiendo yo
las disposiciones mismas
que Diana estableció
entre sus sagradas ninfas,
cómo puedo, cuando no
fuera aversión, fuera ira
la que contra el ciego dios
mis altiveces animan,
si a la que verdad fuera,
dejar la inviolable y fija
disposición de la diosa;
y así, no altiva, prosigas
esperando el vencimiento
en alentar tus porfías,
que roca a tus persuasiones,
sin sentido a tus caricias,
sin oído a tus finezas,
sin ojos a tus fatigas,
constantemente cruel
me hallarás siempre...
Vencida ves la fiera.
Al atajo.
Al monte.
Al soto.
Seguidla,
y Tacia no se aventure,
que en sus alcances porfía.
Sale Flora, Eglide y ninfas.
Cómo, Egeria, cuando escuchas
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que ser tu esposa imagina,
presumo que se despeña.
Bella Egeria,
solicita
cumplir con tu obligación,
que no quiero que se diga
que aun cuando nadie lo nota,
con no hacer lo que me obligas,
olvidas de tu nobleza
las debidas bizarrías.
Solo tu discreción pudo
tener, Egeria, prevista
mi obligación.
Vase.
Pues vosotras,
las que tenéis bien sabidas
las veredas deste monte,
seguidme.
¿Qué determinas?
Pues a el duelo en las mujeres
librarla yo por mí misma,
que en lances de amor y celos
no es novedad excesiva
que, cuando han quitado tantas,
den una vez una vida.
Todas seguimos tus pasos.
Hacia aquí el bruto encamina
su curso.
Vanse.
Aunque por ligero
de exhalación te acreditas,
sabré yo desvanecerte.
En vano, bruto, caminas
al despeño si mi brazo
enfrena tus osadías.
Sale Egeria con Tacia en los brazos.
¡Piedad, cielos!
Ya los dioses
tu voz oyeron benigna,
y pues que por mis piedades
has restaurado la vida,
queda en paz.
Vase.
Detente, aguarda.
No intentes, agradecida,
mi alcance, porque lo humano
que ves solo es fantasía.
¡Qué asombro, cielos, es este!
¡Qué hermosura tan divina!
Que bien dice que lo humano
es ilusión.
Ya se mira
libre del peligro Tacia,
llegad todos.
Salen Numa, Nísida, Zarandilla y monteros.
Si la esquiva
suerte mía me negó
que os veáis restituida
del asombro por mi mano,
culpa es de la que aspira
a hacer al que es infeliz
más infeliz; que las dichas,
aunque más disimuladas,
donde hay males no caminan.
Por lo intrincado del bosque
verde, veloz se divisa.
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me vuelve, no sé qué rabia,
no sé qué enojo, que trae,
que ha ocasionado en mi pecho
el creer que ser fingidas
pueden de ese ingrato joven
las finezas. ¡Qué distinta
operación es la de este
afecto! pues si le miro,
solo es él el que me vuelve,
cuando es él quien me retira.
No están, generoso Numa,
a nuestro cargo las dichas,
pues la fortuna, a quien quiere
y como quiere las libra.
Aqueste es Numa Pompilio
a quien venera Sabinia;
ea, alentemos, amor,
que mis pesares alivia,
que me merezca un cuidado
quien a un cuidado me obliga.
Y así yo de cualquier modo
estar debo agradecida,
pues vos la solicitasteis,
mi libertad que perdida
viera sin duda, si presta
una deidad peregrina
no me librara del riesgo;
y apenas restituida
me dejó cuando del aire
bella exhalación mentida
se desvaneció a mis ojos.
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No dudéis pues que sería
alguna de las deidades
que el sacro Aricino habitan;
y pues quisieron los dioses
libraros de la desdicha
y en la amenaza del susto
se desvaneció la ira,
para cobraros mejor,
os servid de aquella quinta
que de aquí poco distante
se ve donde me retiran
mis estudios.
Yo os estimo,
Numa, esas cortesanías.
¡Y cómo el buen Zarandalla
a librarme no corría!
Porque como vi que a Taria
las deidades que la libran,
entendí que para ti
también un sátiro habría
o un lobo.
Del lobo estaba
libre yo, pues le tenías.
Siendo mi intención solo
salir a ver la batida
de la caza, en ese monte
donde las tristezas mías
entendí se mejorasen,
me vuelvo, aunque con la misma
o mayor pena, pues vuestras
finezas siempre remisas
no se acuerdan de que expe-
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Venía mi padre, confirma
con el vuestro los conciertos
de mi mano, y convencida
me voy a Roma, advirtiendo
que son vanas mis fatigas,
pues no acordará este afecto
lo que esa atención olvida.
Páguele el cielo la queja,
pues es fuerza que colija
que muy poco quiere Numa
pues tan poco solicita.
Bella Tania, no olvidado,
como decís, me desvía
de vuestra mano el descuido,
pues mi inclinación nativa,
más que a los tiernos consorcios,
me atrae y me solicita
al estudio de las ciencias
y a naturales noticias;
estas son...
Numa, tened;
la satisfacción es digna,
pues el que se ha de casar
debe de tener sabidas
muchas ciencias, muchas partes;
y así, estudiadlas aprisa,
que en la escuela del amor
cátedras hay donde sirvan;
y quedad a Dios, que no
quiero que mis fantasías
os hagan perder el tiempo
de vuestro estudio, y se diga
que por el poco que os quito
se dilatan más mis dichas.
Señora...
Numa, quedaos.
Sirviéndoos he de ir...
Sabidas
tengo bien de aquestos montes
las veredas. Roma dista
muy poco de aquí, y segura
voy con sola mi familia;
dadme el caballo.
Hasta que
le toméis, justo es que os sirva.
Vase.
No ha de ser, y así partamos
diferencias tan reñidas,
yendo a vuestro estudio vos
y yo a esperar vuestra venida.
Señora, no así...
Sale Egeria.
Detente,
¿adónde, Numa, caminas?
A no faltar a lo atento
y a que al amor...
No prosigas,
ni con cautelas intentes
acreditar tus caricias.
Ya en fin conocí tu engaño;
y aunque tus falsas porfías
en esta y otra ocasión
han solicitado activas
obligar mis altiveces,
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vencer mis soberanías,
que no sé si es que obligadas
las vi, ya que no vencidas;
no presumas, no imagines
que el sentimiento que miras
nace de que creer pude
tus traiciones y mentiras,
que antes bien este despecho
le ha ocasionado la altiva
condición mía, pues es
especie de alevosía,
aun en quien aborrecido
de mi vanidad se mira
como vos, pensar que engaña
con lo que piensa que obliga.
¡Plegue al cielo, Egeria hermosa,
que si las finezas mías
te engañan a tus desprecios,
el último aliento rinda!
¡Plegue a Júpiter que un rayo
de los que en su repetida
tarea Estérope forja
en los senos de Sicilia,
ardiente instrumento sea
de mis infaustas cenizas!
Solo me alientan tus ojos
porque en su luz, a porfía,
arda mariposa el alma,
pirausta el corazón viva.
No he de creer tus engaños.
Son verdades bien sentidas.
Yo vi a quien te espera esposa.
También mi disgusto miras.
Aquello es cierto, y esotro
fue cautela prevenida,
que haya de reñirle yo,
y sienta yo que le riña.
Tacia, no ha de ser mi esposa,
que solo tú...
No prosigas,
que en cuanto dices entiendo
que a nuevo engaño caminas;
y así, viendo que me voy,
despreciando tus fatigas
y burlando del amor
con el coro de las ninfas,
tu engaño se desengaña,
y tu traición se castiga.
Y así, conmigo suaves
voces, acentos repitan:
¡Huid del amor, ninfas de Diana,
que es deidad tirana! Culto, infiel ardor
hace a quien mejor consigue su bien
sufrir un desdén, llorar un rigor.
¡Huid, ninfas de Diana, huid del amor!
Vanse.
Espera, Egeria, detén
el veloz curso; no, esquiva,
de un amante corazón
la fineza peregrina
desprecies; pero, ya que
no puede esta vez tu ira
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templar, darle tiempo al tiempo
es lo mejor, que su altiva
providencia hará de modo
que el desengaño consigas.
Vase, y suenan cajas y trompetas, y dicen dentro.
¡Viva Roma y muera cuantos
tiranamente, cobardes,
le han usurpado el gobierno!
¡Rey queremos que nos mande,
absoluto!
¡Viva Roma,
la tiranía se acabe!
Sale Beleso y Próculo, y soldados con las espadas desnudas.
¿Adónde, bárbaro vulgo,
te precipita el dictamen
de tu errada ceguedad?
¿Qué te ha obligado a olvidarte
de las que profesas deber,
obligaciones leales?
Sale Marcio y soldados.
Leales obligaciones
siempre deben acordarse,
y ciudadanos de Roma
las llegan a olvidar tarde.
Las que vosotros llamáis
injustas temeridades,
son justas resoluciones;
que como el pecho constante
de romanos y sabinos,
que ya en apacibles paces
se estrechan desde que Tacio
a Roma vino a juntarse
con Rómulo, que deidad
impera en reino más grande,
solo leal se sujeta
a un dominio que la mande,
y a un dueño a quien obedezca.
Lleva mal que en apropiarse
el imperio cada día
los decuriones trabajen,
y así, rey queremos todos
que se nombre.
¿Son lealtades
oponerse a los decretos
de los cien varones que hacen
distribuir el gobierno
en decuriones que, amables
en la paz, fuertes en guerra,
os defiendan y os amparen?
Lealtades, cuando se oponen
a tiranas novedades;
y así, resolved que luego,
justo rey llegue a nombrarse,
o al sacro alcázar de Roma
anegará humana sangre.
¿Cómo este ultraje se sufre?
Sin castigarse el ultraje.
¡Soldados, viva el gobierno
conscripto!
¡Al que os embarace,
y os impida, ciudadanos,
que se nombre rey, matalde!
Vanse a embestir, y sale por medio Berio con insignia real.
Tened, nobles ciudadanos.
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Oíd, decuriones graves,
soldados, templad la ira,
suspended, Marcio, el coraje,
¿qué novedad es la que
a injustas comunidades
os provoca? ¿Quién a viles
condiciones os atrae?
¿Quién engaña el valor vuestro
a que se despeñe fácil?
¿Quién os engaña, sabinos?
Romanos, ¿quién os distrae
a que arrojados toméis
las armas, sin repararse
que traidores...
No baldones,
resoluciones leales;
pues, ¿qué razón pide que,
después que al uso de Marte,
Rómulo a ser Dios Quirino
le subieron las deidades,
no se halla nombrado rey,
si por las parcialidades
de sabinos y romanos
suspendisteis el nombrarle,
dudando si porque Tacio
y Rómulo, cuando paces
ajustaron, resolvieron
que la una vez se nombrase
sabino, y romano otra:
esta vez la suerte cae
a Sabinia? No hay razón
que plebe y nobleza paguen
de erradas máximas vuestras
el riguroso dictamen.
Todos convenís en que
se nombre rey, y os distrae
no querer que la fortuna
extranjera frente enlace;
¿quién os engaña, romanos?
¿No veis que esa pasión frágil
os obliga a que, porque
no os mande uno, muchos manden?
Si entre los diez decuriones
el gobierno insuperable
distribuisteis, haciendo
que cinco días, cabales,
cada cual gobierne, y luego
al otro el gobierno pase,
¿no ponderáis, no advertís,
ser inconveniente grande,
que los pobres ciudadanos,
en cincuenta días hallen
diez condiciones distintas
y casi todas distantes?
De forma que si de uno
los favores y piedades
experimentaron, de otro
ven rigores y desaires:
uno perdona el delito,
otro quiere castigarle,
uno apetece las guerras,
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otro desea las paces
y finalmente, lo que
uno hace otro deshace;
siendo hidra del gobierno
esta variedad errante,
pues cuando una le quitáis
diez cabezas le renacen,
y sobre que tiene tantas
no hay cabeza que le mande,
porque como no nacieron
para aquel místico y grande
cuerpo de reino; violentas
están, y no naturales;
por lo cual, sus influencias,
no pueden comunicarse
con el cuerpo, y así quedan
inanimadas las partes;
pues si estos inconvenientes,
hasta hoy experimentasteis
¿qué intentáis nobles romanos?
¿queréis acaso tenaces
esperar mayores que
se remedien mal o tarde?
ea, la pasión se olvide
y estableced inviolable,
cuanto de Rómulo y Tacio,
dejó dispuesto el dictamen:
nómbrese Salvino rey;
él nos gobierne, él nos mande
y no le temáis tirano,
porque si llega a mirarse
con la corona, es preciso
que hijos os juzgue leales;
pues ¿quién viéndoos gratos hijos
podrá ser ingrato padre?
Y así...
No, Marcio, prosigas,
que yo a quien por las reales
insignias que visto dan,
de oírte hoy los esmaltes
corrido de no haber sido
el que discurriese antes
de tus leales razones
las bien sentidas verdades;
convengo en que debe ser
nombrado rey, que es constante,
que son malvistas las leyes
de reyes poco durables
como nosotros; y así
rey se nombre, rey se aclame;
que pocas, que raras veces,
bárbaro vulgo inconstante,
severa en sus sediciones,
ser motivo las lealtades.
Todos también convenimos
que es al gobierno importante
el nombrar rey, mas si es fuerza
ser Salvino, cómo cabe
que con aquel odio antiguo
a los romanos nos trate.
Dejad esas competencias
no, vanas enemistades,
busquemos, cuando está el pueblo
conmovido y de su parte,
vemos la razón y así
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venciendo dificultades,
yo hallo modo en que se nombre
rey según las voluntades
de Tacio y Rómulo y cesen
aquestos miedos cobardes.
Pues ¿cómo no le propones,
a qué esperas?
Es muy fácil:
¿no se concordó entre Tacio
y Rómulo que reinase
una vez sabino rey,
y otra romano?
Es constante.
Pues sea el medio que cuando
el sabino rey se aclame
solo los romanos sean
electores, y al nombrarse
romano rey los sabinos
le elijan; y en estos lances
el que quedará elegido
será preciso que ame
a unos como electores
y a otros como parciales.
Bien dice Verio.
Pues nombren
los romanos, ya que darle
deben rey sabino a Roma;
quien los sujetos más graves
de Sabinia conociere,
proponga.
Si me escuchaseis
como a desapasionado
por romano, fuera fácil
que sin diferencia alguna
en mi sentir concordaseis.
Ya te atendemos, prosigue.
Yo que el romano estandarte
tantos años ha que rijo,
y por Rómulo las paces
con los sabinos dispuse,
y después en sus ciudades
legado del rey estuve,
ni en materias militares
ni en políticas traté
otro talento tan grande
como el de Numa Pompilio,
noble sabino que sabe
de prudente adquirir nombre,
despreciando vanidades;
que solo grande merece
ser el que despreciar sabe.
Es cortés, es entendido,
prudente, estudioso, afable,
pacífico, recto, justo,
atento, noble, constante,
y, finalmente...
Detente,
que es en vano el alabarle,
pues todos le conocemos,
y me está mejor que a nadie
si ha de ser de Tacia esposo.
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Y sabemos que no cabe
hallar sujeto en que estén
juntas con las naturales
tantas prendas adquiridas.
Pues ¿qué resolvéis?
Que mande Numa en Roma.
Viva Numa nuestro rey.
El mundo alabe
tan justa elección.
Pues solo
falta que Numa declare
si admitir quiere el imperio.
¿Es acaso despreciable
ser rey de romanos?
No,
pero no debe faltarse
al decoro que se debe
a quien ya por rey nombrasteis,
y así de mi sentir vayan
Próculo y Veleso a darle
estas noticias a Numa,
y juntamente a rogarle
que admita el romano cetro,
y al son de trompas y parches
los romanos corazones
festivos aplausos canten.
Con tu sentir concordamos
todos.
Y por honras tales
los dos te damos las gracias.
Pues mientras que los dos parten,
nobles, plebeyos, matronas,
decid que sin que le canse
la edad, viva Numa.
Vanse y salen Egeria, Flora, Eglide y ninfas.
Viva
y reine largas edades.
¿Adónde, divina Egeria,
caminas tan descompuesta,
que de ti mesma olvidada
no te acuerdas de ti mesma?
¿Adónde tu pensamiento
arrebatada te lleva
tan divertida, que aun tú
no imaginas lo que piensas?
Y cómo que decís bien,
Flora hermosa, Eglide bella,
y como ninfas, y como
digo otra vez, que es tan ciega
mi imaginación, que cuando
esta alborotadora idea
la aprisiona, a mí me tiene
tan fuera de mí, tan fuera,
que solo de mi aprehensión
quiero sacar consecuencias.
Sosiégate, Egeria hermosa,
y no a tu dolor sujeta
le entregues, a tu dolor,
de tu corazón la fuerza.
Dinos qué tienes.
Un mal
de condiciones opuestas.
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Pues si digo que le tengo,
mi vanidad se atropella;
si callo un dolor padezco
tal, que hace que me parezca
dura la paz unas veces,
otras suave la guerra,
y finalmente la gloria
triste y alegre la pena.
Pues para ver si al dolor
le puedes tener la rienda,
quieres que tus fantasías
nuestros acentos diviertan.
Ay, amigas, que no es fácil.
Ea, elige tú la letra.
Pues ya que solicitáis
a mi dolor estas treguas,
que admito por ver si Numa
siguiendo las voces llega
y en máscaras de desprecio
se satisfacen mis quejas,
cuanto cantéis sean celos;
pues en esta contingencia
es consuelo en el que llora
escuchar que otro padezca.
Canta Flora.
Con el retrato de Venus
Adonis dormido queda,
descuidado de que Marte
celosas iras alienta.
Despierta, despierta,
que quien tiene enemigos los celos
no es justo que duerma.
Qué justamente reprehende
su temprana inadvertencia;
bozal era en el amar
Adonis, pues si quisiera,
supiera que es imposible
que fácilmente se avenga
de un blando apacible sueño
la dulce estación quieta
con las altivas de amor
sobresaltadas tareas.
Al paño.
Por el verde laberinto
destas intrincadas selvas
en busca de Egeria voy,
siguiendo el eco que alterna.
Canta Eglide.
Fiera que le mate envía
celosamente y lo yerra,
porque donde van los celos
está de más cualquier fiera.
Perdone su deidad, que
Marte indiscreto se muestra;
fiera envía donde hay celos
a cuyos rigores muera,
diéraselos, y Marte, pues
siempre las celosas penas
o dadas o recibidas
con igual ansia atormentan,
que en darlos o recibirlos
hay ninguna diferencia.
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pues es fuerza que también
quien celos da celos tenga,
y halla que como yo
los tengo darlos pudiera
para que así...
Sale Numa.
...para qué
los tienes, Egeria bella,
ni para qué darlos quieres,
si nadie en tu competencia
puede ser dueño de un alma
que en la ara de tu belleza,
como sacrificio y voto,
a tu imagen le presenta?
Pues ¿cómo, ay de mí, pues cómo
otra vez a pisar llegas
de mi retirado albergue
la enmarañada maleza,
sin recelar de mi arpón?
¿Qué arpones quieres que tema
cuando has vibrado tus ojos
de los arcos de tus cejas?
No, engañoso, no, tirano,
no, cruel, no, ingrato, vuelvas
a proseguir tus traiciones;
y pues la voz lisonjera
de esas ninfas te guió,
vuélvete luego y no quieras...
¡Viva Numa!
¿Qué voces, cielos, son estas,
que aunque lejanas se escuchan
ya confusas y ya inquietas,
que repiten...
¡Viva Numa!
¡Qué inquietud, Numa, es aquella,
que paréntesis ser pudo
de mi enojo y de mi pena?
No sé más de lo que escucho
a esas voces que más cerca
se oyen decir...
¡Viva Numa,
rey de Roma!
Aquesta es nueva
admiración.
¡Rey de Roma
te apellidan!
No hay quien entienda
cosa de cuantas escucho.
Pero advierte que ya apenas
dista la tropa de aquí,
y no es razón que nos vean,
pues hacia este sitio vienen.
Pues retiraos, mientras llega
mi confusión a saber
esta novedad.
¡Qué pena
o qué gusto el corazón
me anuncia, que juzga estrecha
toda la esfera del pecho!
Retírase.
Mas, o lo finge la idea,
o en esa lucida tropa
Pag. 17
que a mi parecer gobiernan
dos romanos decuriones.
Viene mi padre.
Sale Zarandaja.
¿Qué fuera
que agora yo no le hallara?
Mas, señor, albricias vengan.
¿De qué?
Vengan, y sabráslo.
Yo las mando.
Guarda fuera;
si no las veo, no hablo.
Yo las daré.
Pues la nueva
también será de futuro,
pues hasta que yo las tenga
no he de decirte que Roma,
olvidando competencias,
su rey te ha nombrado, y ese
concurso breve que llega
son los dos embajadores
que a darte la enhorabuena
de parte de su Senado
vinieron, y al ver que truecas
el sosiego de la quinta
a esta soledad amena,
asistidos de tu padre
vienen a buscarte en ella,
diciendo todos con voces
festivas y lisonjeras:
¡Viva Numa, rey de Roma!
Al paño.
¡Cielos! ¿Qué escucho? ¡Que sienta
yo las dichas de quien amo!
Zarandaja, ¿hablas de veras?
¿Yo rey? ¡Oh qué ciego error!
Ellos lo dirán, pues llegan
tan cerca que ya nos vieron.
Pues tomemos esta senda,
y a encontrarnos con la tropa
salgamos.
Salen, y aparte salen Próculo, Veleso, Pomponio y soldados.
Nuestra obediencia
a vuestras plantas, señor,
nos pone.
Y desde su esfera
besar vuestra real mano
nos permita.
Cuando entienda
de esta novedad la causa,
nobles romanos, mi lengua
a vuestras demostraciones
podrá responder atenta.
Y entre tanto que confuso
la noticia aguardo, sean
de vuestras cortesanías
mis brazos la recompensa.
Después de besar tus pies
otra vez por estas nuevas
honras, en pocas razones
verás tus dudas disueltas.
Decid, pues.
Pag. 18
Roma, señor,
atallando diferencias
que romanos y sabinos
tantos años ha que alientan,
resuelta en elegir rey
que, ya en la paz, ya en la guerra,
la rija vitorioso,
o que la gobierne quieta,
y termina sus aciertos
en la elección mas atenta,
a vos, señor, por su rey
ha elegido, y os ruega
admitáis de sus afectos
el dominio y la obediencia;
a esto a entrambos nos envía,
porque...
Suspended la lengua,
que entendida la embajada
solo falta mi respuesta.
Y así a Roma lo primero
le diréis que mi fineza
quisiera tener palabras
que mi gratitud dijeran,
pero que de la corona
el honor y la grandeza
no puedo admitir, que a tanto
peso mis hombros flaquean.
Si como me dais el cetro
también los aciertos dierais,
yo lo admitiera; mas darme
sin remedio la obediencia
no es para que yo lo admita,
que lo que un príncipe yerra
en un punto, muchos siglos
la república lamenta.
Al buen príncipe los malos
aborrecen y desprecian;
el malo en malos y buenos
aborrecimiento engendra,
de suerte que en cualquier caso,
sea bueno o malo sea,
el rey tener mal contentos
muchos vasallos es fuerza.
El estado de la vida
es el umbral que nos muestra
la declinación; la cumbre
es de los despeños puerta,
pues ¿como queréis que yo,
inadvertido, resuelva
subir a la altura cuando
veo el precipicio cerca?
Yo en los brazos de la paz
vi del sol la luz primera,
y la luz primera Roma
vio en los brazos de la guerra;
ella crece entre las armas,
yo entre los libros y ciencias.
Pag. 19
A ella la ha educado Marte,
a mí me crio Minerva,
pues ¿cómo queréis, romanos,
que con acciones diversas
opuesta inclinación mande?
Inclinaciones opuestas,
si pensáis que mi blandura
seguirá vuestra dureza,
es engaño del discurso;
pues solo eso buscar fuera
más que príncipe que os mande,
vasallo que os obedezca.
Y así a Roma le decid
que venero como es deuda
sus honores, mas que no
les admite mi flaqueza,
que ha de rehusar la carga
el que le falta la fuerza.
Señor, no este desconsuelo
el romano afecto os deba,
doleos del que dividido
el pueblo en sedición ciega,
si no admitís la corona,
renovará las primeras
enemistades, pagando
honores, vidas y haciendas
culpas que no cometieron.
Halle la intercesión nuestra
que os mueve lo lastimoso,
ya que el imperio no os mueva.
Atento a las persuasiones
de la romana nobleza,
y atento, Numa, a las graves
excusas de tu modestia,
hasta ahora estuve, y ahora
será el excusarte fuerza.
Lo rebelde no es achaque,
la quietud de lo que dejas,
que tal vez en el sosiego
mayor inquietud se encuentra.
Ambicioso es el que busca
los puestos; el que se aleja
de ellos es en todo inútil,
y solo es cuerdo en mi idea
el que buscado, después, lo
hallar del puesto se deja.
Si duro juzgas al pueblo,
no tu rectitud le tema,
que pueblo indócil se vio
teniendo justa la rienda;
apacible reconozco
el natural que te alienta,
pues a un dominio benigno
quien grato no se sujeta.
Ea, admite la corona,
pues de aqueste modo imperas
en romanos y sabinos.
Pag. 20
Y al paso que en Roma reinas,
si a los romanos defiendes,
tu misma patria conservas,
y aun de los dioses parece
que lo previno la inmensa
sabiduría, pues que
en el día y hora mesma
que Roma empezó a fundarse
naciste, como que en muestra
que a dominar su altivez
has nacido, y ella se eleva
para obedecerte a ti;
su fábrica pues no fueras
para menos reino tú,
para otro príncipe ella.
Aunque responder podía,
ya no replicarte es fuerza;
solo por ti el reino admito,
mas permíteme que sea
con una condición.
Dila.
Que si el oráculo aprueba
de Jove la elección mía,
admitiré el reino.
Es fuerza
que elección tan justa apruebe
el cielo.
Pues porque pueda
partir satisfecho a Roma,
adelantaos a esa bella
quinta a esperarme, entre tanto
que mi ruego lisonjea
las deidades que en el sacro
Aricino dan respuestas.
Pues a esperarte partimos.
Y quiera el cielo que dellas
felices agüeros logres,
gustosos consuelos tengas.
Vanse, y salen Egeria y ninfas.
Logre, señor, muchos siglos
la corona vuestra alteza,
y de mi afecto reciba
repetidas norabuenas.
Egeria hermosa, ¿qué dices?
Pésames darme pudieras
más que norabuenas, pues
¿qué gustos habrá en tu ausencia?
Pues tú no lo quieres.
¿Quién hay que su muerte apetezca?
Nadie de la ausencia muere.
Si no mata, no hay ausencia
o no hay amor.
Pues, ¿qué amor
puedes tener cuando aceptas
el reino para ausentarte
y lograr de quien te espera
esposo, tiernos favores?
En vano, Egeria, te quejas
cuando mi amor te idolatra,
cuando mi fe te venera;
de admitir el reino causa
son el amor y obediencia,
pues dando gusto a mi padre
atendí a que tu belleza
divinamente feliz
triunfar en Roma se viera;
Pag. 21
A otra beldad el vasallo,
no temo, porque quien lleva
a tu hermosura por norte,
no fluctúa, aunque navega.
Tu esposo he de ser, o no
arderá conyugal tea
en las aras de Himeneo
que holocausto mío encienda.
¿Es verdad lo que me ofreces?
Mis ansias son verdaderas.
¿Y vendrás a verme?
¿Cómo
vivirá el alma en tu ausencia?
Yo desconfiada quedo;
¡qué mal tiempo el que en sus penas
llegan a darse a partido
el amor y las sospechas!
Que, en fin, te vas.
A reinar,
si es que los cielos lo aprueban
para disponer mis triunfos.
Quiera Amor.
El cielo quiera.
Que reine tu fe en el noble
imperio de mis finezas.
Que Roma y todo el imperio
de amor te juren por reina.
Y esas voces que al desdén
y celos diste, atentas,
mudando el sentido, digan
a uno y otro afecto opuestas:
Viva la deidad de amor lisonjera,
y para que celos y desdenes venza,
solo adoraciones las almas le ofrezcan;
viva el amor, y en ansias y en quejas,
en llantos, en iras, tormentos y penas,
mueran los celos, y el desdén padezca;
viva el amor, deidad lisonjera,
y muera el desdén, y los celos mueran.
Fin.
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22
Engaños hay que son justos
Segunda
Jornada 2ª
Jornada segunda
Pag. 23
Numa Pompilio Jornada - Segunda -
Ondarro
Pag. 24
Tocan cajas y sale por una parte Pomponio, Próculo y Veleso y Zarandaja y soldados, y Numa detrás; y por otra, Marcio, Tacia, Nisida y soldados, y detrás Espurias, Veyo, trayendo en una fuente las insignias reales; y músicas.
¡Viva el gran Numa Pompilio
de Roma monarca excelso!
En hora feliz venga
a ser legítimo dueño
de romanos y sabinos
el Adonis más discreto.
Muy enhorabuena
llegue recibiendo
en justos aplausos
debidos obsequios.
Salve, oh ciudad generosa,
a quien el Quirino asiento
para asombro de la tierra,
para admiración del cielo,
para vaso de los dioses,
de los hombres para miedo
edificó, pues tu nombre,
llevado en hombros del viento,
siendo asombro, admiración,
miedo, trueno, horror y fuego,
asusta, abrasa, espeluzna,
admira y asombra a un tiempo.
Salve, digo, oh generosa
ciudad, y recibe luego
a quien desea con grato
Pag. 25
noble, generoso afecto
por el cariño de hijo,
cambios del nombre de dueño.
Salve, soberano rey,
ilustre Numa, que siendo
temporal dueño en las almas
te has formado imperio nuevo,
salve, digo una y mil veces;
y en hora felice el reino
suba a tus atlantes hombros
bastantes a mayor cielo;
suba la sacra diadema
a tus sienes, porque entiendo
que otros al imperio suben
cuando a ti sube el imperio,
por cuya razón repitan
esos festivos acentos:
En hora felice venga
a ser legítimo dueño
de romanos y sabinos
el Adonis más discreto.
Muy enhorabuena
llegue, recibiendo
en justos aplausos
debidos obsequios.
¡Cuántas glorias en mí veis!
Generoso Espurio Vezio,
todas se os deben a vos,
pues soy vuestra hechura, y creo
que son glorias de la hechura
aplausos de quien la ha hecho.
Yo que más interesada
soy en este honor supremo,
que entre los dos solicito
partamos el cumplimiento,
pues a mí la enhorabuena
me doy del feliz acierto
que en vuestra coronación
consigue el romano pueblo,
y la bienvenida a vos,
que sea a par del deseo
para mayores aplausos
de vuestro seguro acierto,
por lo cual aquellas voces,
dulce embarazo del viento,
al mérito vuestro atentas
dicen con acordes ecos:
En aras y triunfos logre
de los más rebeldes pechos
laureles y admiraciones,
agrados y rendimientos,
porque solo en Numa
las paces hicieron
lo sabio y valiente,
lo blando y severo.
Lisonjera, Tacia hermosa,
me recibís, ya no temo
desdenes de la fortuna,
pues a los pasos primeros
que en Roma doy, me recibe
todo el cielo lisonjero,
a quien corresponderé
con verdades de mi obsequio,
pues sin lisonja ha de ser
con avasallado afecto.
Pag. 26
el laurel de mi cabeza
alfombra de los pies vuestros.
¡Ay, bella Egeria!, contigo
piensa hablar mi amante anhelo.
A vuestras plantas, señor.
Levantad del suelo,
Marcio amigo, que vale
cuanto a vuestra amistad debo,
y pues fuisteis en la guerra
de Roma el brazo derecho,
en los que os doy advertido
guardad con prudente acuerdo
los míos para la paz,
para la guerra los vuestros.
Ya, pues que al romano alcázar
habéis llegado y del pueblo
obsequios y parabienes
habéis recibido atento,
estas reales insignias
que para vos guardo el cielo,
de heroicas virtudes vuestras
justo y generoso premio,
os vestid, para que Roma,
confirmado el nombramiento,
si empieza a admiraros grande,
rey empiece a obedeceros;
y pues veis cumplido el voto
a no admitir el imperio
sin que lo apruebe sagrada
justa inspiración del cielo,
por cuya causa subimos
acompañándoos al templo
de Jove, cuya ruina
en la cumbre del Tarpeyo
da olvido la memoria,
no ha perdonado el tiempo,
este, señor, es el manto real.
Supuesto que debo
cumplir esta obligación,
advertid de mí el ejemplo,
pues cuanto puedo mandando,
solo empiezo obedeciendo;
dádmele, pues.
Ya con él os sirvo.
Y es justo acierto,
pues si en el manto se emprende
la protección de mi pueblo
y amparo de mis vasallos,
y si en el consejo recto
de un buen vasallo se cifra
de un rey el mejor gobierno,
e hicisteis bien de ser vos
quien me dé el manto, supuesto
que el acierto de su amparo
se libró en vuestro consejo.
Este es el real estoque.
Sois en dármele discreto,
pues en la paz significa
la justicia aqueste acero.
Pag. 27
y al enemigo amenaza
en la guerra el escarmiento,
y si Roma os le entregó
para su defensa, entiendo
que debéis restituirle
a su rey para que atento
a sus vasallos les muestre
la justicia en él, que luego,
cuando la guerra amenace,
vuestro valor conociendo,
yo os le volveré fiando
de vuestro brazo el empeño.
El cetro, señor, y este...
En él comprendidos veo
del dominio y obediencia
los relativos extremos,
y el entregármele entrambos
no ha sido, no, sin misterio,
pues siendo los decuriones
representación del pueblo
y nobleza, a quien medio
el dominio; en los dos veo
y en los dos quien me obedece,
estoy viendo a un mismo tiempo,
como mostrando este acaso
con providencia y acuerdo,
que ha de ser quien da el dominio
quien le obedezca primero.
No sin misterio, señor,
la corona mi deseo
os ofrece, pues si ella
tiene legítimo asiento
en la cabeza, mi amor
solo debiera ofreceros
cosa que domine sobre
todos otros pensamientos.
Tenéis razón, Tacia bella,
que en la corona pusieron
significados los triunfos,
y lo confirmo entendiendo
que solo el de vuestra mano
es el triunfo verdadero.
¡Ay, Egeria! aun juzgo que
con no ofenderte te ofendo.
Ay, bella Tacia, que en vano
de tus crueldades me quejo,
mas Numa es mi rey, y así,
demos la pena al silencio.
Ahora pues que ceñida
de laurel la frente os veo,
el manto real vestido,
y en la mano el grave cetro,
el primero he de ser yo
que a vuestros pies...
Deteneos,
señor, ¿qué hacéis? pues yo solo
estar a los vuestros debo,
pues si admití la corona
atento a vuestro consejo,
fue solo para advertir
que para vuestro respeto
Pag. 28
era mi obediencia corta,
muy poco mi humilde obsequio,
y así hacerle mayor quise;
pues al paso que os venero,
si del pueblo obedecido
me reconozco y advierto,
con mi rendida obediencia
la de todos os ofrezco,
y pues estas ceremonias
con el día fenecieron
con la misma real pompa,
a Curis el juramento
pase mañana, a Egeria
esto dispone el deseo
solamente por buscar
la luz de tus ojos bellos.
Y entre tanto que a palacio
llegamos, diga el afecto:
¡Viva el gran Numa Pompilio,
romano monarca excelso!
Y nosotras repitamos
aquel sonoro acento,
diciendo unidas con este
acorde, confuso estruendo:
¡Muy enhorabuena
llegue recibiendo
en justos aplausos debidos obsequios!
Porque solo en Numa las paces hicieron
lo sabio y valiente,
lo blando y severo.
Vanse y salen Flora y Eglide, cada una por su puerta.
¡Egeria!
¡Egeria!
En vano la voz mía...
En vano de mi acento la porfía...
descubrir piensa...
hallar presume ahora.
¡A Egeria!
¡A Egeria!
Pero, Eglide.
Flora.
Ya de verte colijo cuán en vano
buscar a Egeria ha sido.
Ni en el llano
ni en la más alta cumbre pudo atento
descubrirla mi acento.
Ni yo le pude hallar, mas la ansia mía
de mayor causa crece.
¿Qué sería
que pensases que amor la causa ha sido?
Ya que presumes lo que yo he temido,
no ignoras cuán amante
de Numa Egeria vive; pues constante
su amistad nos lo fía, menos dudas
que del dios ciego a las violencias mudas
tan rendida se halla, que imagino
que es más que amor decreto del destino;
de suerte que en seis días que ha faltado
Numa de aquí, por verse coronado
de Roma rey, de amante sentimiento
suspiros da que cisma son del viento.
Pag. 29
y sintiendo de amor tiernos agravios,
archivos hace de sus tiernos labios,
donde segunda aurora
perdida guarda lo que tierna llora.
Esta ciega pasión y este desvelo
me obligan a creer...
Vuelva mi anhelo
a franquear el paso de la gruta,
mentida puerta, arquitectura bruta,
pues ya de mi desvelo
libre más quien aquí...
Abre la puerta de una gruta y sale Egeria, bella.
¡Válgame el cielo!
¿Qué es lo que viendo estoy? ¿Egeria?
Egeria hermosa, ¿cómo a la querella
de nuestro amor permites tal cuidado?
Pues ni en el monte, soto, bosque o prado
hemos podido hallarte
desde que al empeñarte
de un corzo en el alcance esta mañana,
te perdimos las dos.
No ha sido vana
mi suerte en encontraros,
que aun del horror no venzo los reparos.
Cuéntanos de este caso los extremos.
Atendedme las dos.
Ya te atendemos.
Ya sabéis que apenas ese
bello abrasado topacio
de esplendores despertó
en los cristalinos brazos
de Tetis, al ejercicio
de la caza, ejecutando
ritos de Diana, todas
salimos...
Y que llegando
a fatigar de Aricino
los intrincados peñascos,
te alejaste de nosotras
siguiendo el arrebatado,
veloz curso de una fiera,
empeñada pues...
Tachado: ege -
Sale Zarandaja.
Despacio,
señor rocín, que no es uno
caer de usted u de mi asno
a del monte.
Flora, Églide,
¿el que veis no es un criado
que algunas veces con Numa
hemos visto?
Ya reparo
en que es el mismo.
Sin duda
que a ti te viene buscando
de parte del rey.
Pues yo
me retiro entre estos ramos,
que aunque el corazón desea
las noticias de quien amo,
quiero que vosotras antes
sepáis su intento.
Retírase.
Pues vamos.
Pag. 30
y salgámosle al encuentro.
No hay quien responda a un romano,
que si antes tuvo la cara
roma, en buen romance hablando,
sentado sobre una peña
le ha dejado su caballo,
con que también quedó roma
la rabadilla de paso.
¿Cómo, infeliz peregrino,
te has resuelto, temerario,
a pisar del Aricino
el siempre distrito sacro?
Esto es bueno; ya hallé parte
de lo que vengo buscando.
¿Sin advertir que Diana
manda que al que intente, osado,
romper sus cotos, las ninfas
le den la muerte?
Esto es malo.
Y de nuestros arpones
al duro, mortal, airado
encuentro, la infeliz vida
has de rendir.
Paso, paso.
Parece que va de veras.
De veras va.
¿Es cierto?
Es claro.
Pues si ha de ser, sea de modo
que muera también mi amo.
¿Por qué?
Porque él me envió
a buscar seis pies al gato.
Pues dinos quién es tu dueño.
Es un matalas callando,
que, haciendo del aturdido,
tiene escondido su trapo
como muchos destos tiempos.
Llámase Numa, y le he andado
habrá cosa de seis días
todo el Imperio romano
al rey Tulo, y él a Curis
a ejecutar otro tanto
ha pasado, y de su orden
vengo a este monte buscando
a no sé quién, que en secreto
me encargó, que, aunque lacayo,
soy soldado y guardo el nombre,
ya que lo demás no guardo.
Pues ¿a quién buscas?
No sé.
Por dónde escapar no hallo.
Ese es engaño, y así
has de morir.
No me allano;
más vale huir, porque al vuelo
se yerra más.
Sale Egeria.
Reportaos,
ninfas bellas, ¿y tú adónde
vas huyendo?
A tu sagrado.
Puedo decir, pues te busco.
Pag. 31
¿A mí me buscas?
Es claro.
Pues di, ¿qué quieres?
Primero
han de despejar, que es caso
que se reserva a los dos.
No puede haber reservado
caso para Eglide y Flora.
Pues veo que son legados
al latere del secreto,
digo que ordena mi amo
os dé aviso que a Sabinia
el juramento ha pasado
y que esta noche estará
en esta quinta, por cuanto
dista de Curis muy poco,
adonde podéis hallaros
amparada de las sombras,
y a que se ve tan cercano
della el sagrado Aricino,
pues por más disimulado
sitio y oculto a las ninfas,
le eligió donde esperando
estaré para que no
os vean otros criados
que en la quinta asisten siempre.
¿Que en fin Numa se ha acordado
de verme?
¿Cómo acordarse?
Tiene más memoria mi amo
que cien libros de memorias,
que doscientos convidados
y trescientos embusteros.
¿Y cuándo le da la mano
el rey a Tacia?
¿Qué Tacia?
Que ese es naipe descartado
en el juego de su amor,
pero esto allá más despacio
lo dirá mi amo esta noche,
que no es bien que los criados
se metan a coronistas
de ajeno amor, y entretanto,
si no tienes que advertirme,
me voy.
Que quedo esperando
las sombras dirás a Numa,
y que mi amante cuidado
sus descuidos acusaba,
y vete en paz, que ya el manto
de luces recoge el sol.
Pues desde ahora volando
parto a esperar que el rey venga,
y ustedes guarden los arcos
para un hombre de importancia,
que para un pícaro un palo
basta.
Pues otra vez venga
sin sobrescrito, y verálo.
Si tal viniere, me vea.
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cuatro veces empalado
en cuatro palos de ciego
por todos cuatro costados.
Vase.
Ya gustosa, Egeria bella,
estarás, pues ha llegado
la ocasión de ver a Numa.
Pues sabéis mi amor, en vano
será encarecer el gusto;
y prosiguiendo el acaso
de mi pérdida, advertid
cómo dado de la mano
con esta noticia viene.
Yo el veloz curso observando
del bruto, vi que a estas peñas
se guareció, de los ramos,
la intrincada frente verde,
cortina de los peñascos;
inquiero, y nada averiguo;
examino más, y hallo
bastarda artificial quiebra,
cuya boca, la sellaron
con otra bien ajustada
peña; probé a abrir, y el paso
me franqueó fácilmente,
que el artífice, no tanto
a lo inmóvil atendió,
cuanto que en algunos casos
fuese fácil el manejo,
ora abriendo, ora cerrando.
Entré, pues, buscando al bruto,
y a pocos errantes pasos,
que libre en el centro oscuro
sin ejercicio, quedaron
los dos, siendo su asombro
escucharse destemplados.
Entre mudas lobregueces,
del aire suspiros pardos,
y viendo que no encontraba,
término a su triste espacio,
los defectos de los dos
tímida le fié al tacto;
guiada dél, una milla
caminé por el bastardo
bruto artificio; hasta que
de escasa luz, breve rayo
vi que por otra cisura
se introducía a desmayos.
La novedad examino;
y hallo, que a espacioso cuarto
daba salida la gruta;
con dificultad, el mármol
que la puerta disimula
quito; miro con cuidado
toda la quinta, por causa
de estar sola; acudo acaso.
El juramento que en Cures
se ha de celebrar, ha dado
justa ocasión; y del sitio
Pag. 33
forma, arquitectura, espacio,
jardines y galerías,
y demás señas; alcanzo
que es de Numa, donde ahora
intenta verme; y es claro,
que cuando en tan horrorosa
lid, sabinos y romanos,
la máquina estremecieron
del orbe; Pomponio, cauto
de aquella ignorada mina
la fábrica emprendió; hallando
en su pálido bostezo
respiración a sus daños.
El mármol que de la gruta
forma clausura, animado,
al parecer es de Jove
reverente simulacro;
vuelvo a asustarle, y venciendo,
errores, sombras y espantos,
llego a la quiebra, la peña
pongo, a la maleza salgo,
hallo a las dos, dudáis
el suceso, y un criado
de Numa, de lo que oísteis
me avisa; esta noche aguardo
con la razón de mi amor,
vencer a aqueste abrasado
monstruo cruel de los celos;
y porque sin el reparo,
de el cuidado de las ninfas,
y contingencias y acasos
que puede haber, mi desvelo
se logre; ese oscuro espacio
ha de ser quien
Dentro.
Poco a poco
vamos descendiendo al prado,
que ya se retira el sol.
Al soto.
A la selva.
Al llano.
Banda es esta, sin duda,
entre la espesura, en tanto
que pasan nos retiremos.
A Curis irán.
Es claro,
pues esa vereda toman.
Pues que las sombras al paso
muestran que quieren salirnos,
por aqueste enmarañado
bosque entremos a buscar
las ninfas, porque, en cesando
su cuidado al verme todas,
yo lograré mi cuidado.
Lógrale como deseas;
¡ay, tirano amor!, a cuántos
empeñaron tus incendios
a despeños temerarios.
Vanse y salen Pomponio, Tacia, Nísida y monteros.
Este que veis, Tacia hermosa,
dórico edificio bello,
es la quinta solar noble
Pag. 34
de mi casa, a cuyo centro
me retiraron conformes
del engaño y escarmientos,
y sabe el cielo que ya
que esta vez vuestro deseo
dispuso honrarla, quisiera
que me hubierais dado tiempo
de componerla conforme
a vuestro merecimiento;
mas ya que no halláis en ella
los adornos palaciegos,
creed que no ha de faltaros
un fiel cortesano afecto.
Y quedad en paz, que ahora
a Curis parto, que quiero,
ya que ir con Numa no fui,
no faltar al juramento
que mañana se celebra,
hasta que todos volviendo,
conozcan que en vos halló
mejor aurora este cielo,
albergue a vuestra venida;
acordes están debiendo
sus flores la primavera,
el día sus lucimientos.
Guárdeos por tanta lisonja
mil años, señor, el cielo;
mas solo os ruega mi amor
que a nadie digáis que quedo
en la quinta, que mañana
volver a Roma pretendo,
pues a este exceso me obliga
ya que no puedo ir siguiendo
la corte, mirar a Numa,
muy de cerca el lucimiento.
Vase.
Yo os lo ofrezco, Dios os guarde.
Señora, si es que merezco
como criada leal
noticias de tus secretos,
¿no me dirás qué ocasión
te ha obligado a que, viniendo
al monte, en la quinta quieras
quedarte?
Yo te confieso
que es solo una vana idea
la que me obliga, queriendo,
al ver de Numa el desvío,
examinar con ingenio
desta rústica familia
que aquí sirve, si secreto
amor avasalla en Curi
sus libertades al incendio.
Y así, con cautela tú...
Sale Zarandaja.
No bien a la quinta llego,
cuando en vez de hallarla sola,
llena de gente la advierto.
Los criados de Pomponio,
mi señor, andan revueltos,
tanto que a nadie he podido
preguntar aún lo que es esto.
Quiero ver si quien me informe
hallo por suerte aquí dentro.
Mas ¿qué miro? Tarja es esta.
¿Zarandaja, qué es aquesto?
¿Tú en la quinta?
Pag. 35
¡Por San Baco,
que de turbado no acierto
a hablar!
¿De qué te suspendes
y turbas?
Yo echo por medio,
señora. Como mañana
se celebra el juramento,
el libro de ceremonias
se han olvidado, y yo vengo
por él.
Pues, ¿adónde está,
que quiero verle?
Está en griego.
Latinos son los romanos.
Para ti lo mesmo es esto.
Avisar quiero a mi amo,
y así, ahora...
Este es enredo.
Ya lo presumo.
Quisiera
volverme aprisa.
Antes quiero
que no te vayas.
Señora,
de pensarlo me estoy yendo,
que mi amo es un demonio.
Yo disculparte te ofrezco.
Jamás disculpas, señora,
para los pobres valieron,
que, cuando ellas llegan, ya
tienen molidos los huesos.
Vase.
Zarandaja, no has de volverte,
o llegue o no llegue a tiempo
la disculpa; a los criados
dirás que un solo momento
no lo dejen, y a este cuarto,
Nísida, trae luces luego.
Zarandaja, alcamonía
traes a vender a un desierto.
Tú y tu generación sois...
Mas el enojo dejemos,
y mira, que temo que
el rey...
¿Pues qué, tienes miedo?
Sí, y con tu licencia voy;
así escaparme resuelvo.
Tenga, que no es el camino
por esa parte.
Esto es hecho,
que, en fin, ¿no he de irme?
No hay orden.
¡Oh, agarranta del infierno!
Entra delante.
Eso no,
las damas han de ir primero.
Yo lo dispenso esta vez.
No haremos los caballeros
con esas dispensaciones
cortesanos casamientos.
¡Quién no te las entendiera!
Picarón, entra al momento.
Vanse, y salen Numa y Marcio.
Nísida, más embustera
eres tú que yo embustero.
Apenas lloró del Sol
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Ausencias el firmamento,
os retirasteis, señor,
de tanto leal festejo
como Sabinia celebra,
siendo el cansancio pretexto;
y apenas os dejan todos,
me llamáis, y con secreto
por otra puerta salimos;
y montando dos ligeros
brutos, apartados siempre
del camino, hasta este puesto
llegamos, donde dejando
en ese inculto repecho
los caballos y el criado,
a inculta senda torciendo,
solo el silencio testigo
es de vuestro pensamiento;
por lo cual quejarse intentan
mi fe, mi lealtad y afecto
de resolución tan muda,
que aunque no debe el discreto
vasallo querer saber
de su rey más que el rey mesmo
quiere fiarle, el error
cometer quiero advirtiendo
que prevención tan oculta
de mayor causa es efecto.
Y así, señor...
Tened, Marzio,
que aunque va el discurso vuestro
distante de mi intención,
no imaginéis que mi pecho
quise ocultaros, pues fue
solamente encogimiento
de que la majestad tenga
la noticia de mis yerros;
y suponiendo que fuimos
con honroso lazo estrecho
amigos antes que Roma
fiase de mí su imperio;
mientras que de esa triforme
ciudad se va oscureciendo
por interpuesta carrera
el prestado lucimiento,
y entre tanto que la quinta
reduce en común sosiego
a la rústica familia
de sus afanes el peso,
sabe, ¡oh generoso Marzio!...
Apenas hablar acierto,
que del amor nace tanto
arrojado devaneo.
Y eso, señor, escusaba
decir el recato vuestro,
cuando sabemos que Tarcia
(harto siento yo el saberlo)
es vuestro dueño.
¡Ay, amigo,
que no es Tarcia por quien muero!
¿No es Tarcia? ¿Qué es lo que escucho?
Corazón mío, alentemos.
Yo, en fin, Marzio, tengo amor...
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Al más divino, al más bello
prodigio que en sus aljabas
para nobles vencimientos
arpón dorado guardó,
próvidamente, el dios ciego.
Pues ¿cómo se ha de excusar
el tratado casamiento?
Para honestar los acasos
tiene la prudencia medios.
¿Y tolerarás que case
con otro?
Si yo no puedo
ser su esposo, ¿qué embaraza
que sea de ajeno dueño?
¡Leal corazón, albricias,
que ya amar a Tarcia puedo!
Pues ¿quién, en Sabinia o Roma,
hay que pueda mereceros
tan rara fineza?
Quien
merece más que merezco.
No os entiendo.
Es, Marcio amigo,
aun más que humano el sujeto.
¿Más que humano?
Es deidad sacra.
Ahora lo entiendo menos.
¿Y adónde, señor, la viste?
Atiéndeme.
Ya te atiendo.
Al pie de la montaña,
que en el engaste bruto de espadaña
se afeita Narciso en su desvelo,
espejo de cristal un arroyuelo,
inquiriendo en las voces de una fuente
ruiseñor de cristal, plata corriente,
diversión a una pena,
cerca del coto de su rubia arena,
deidad hermosa veo,
lisonja la creí de mi deseo,
que sentada en un prado,
ilusión la juzgué de mi cuidado.
A la urna festiva,
era entre flores nieve fugitiva;
solícita le bebe,
el búcaro también era de nieve;
cristal entonces vano,
y a faltarle bebiérase la mano.
Lavose el rostro en la corriente clara,
y plúgole muy bien que se lavara.
Sacó un cambray delgado,
vistió el color de mi ventura el prado;
diole a la frente, y le enmendó serena
lo que envidia le tuvo una azucena.
Llegó a los ojos con igual porfía,
a eclipses de cambray falleció el día.
Probó a enjugar sus dos mejillas bellas,
buscaba néctar, y enjugaba estrellas.
Uno y otro coturno dio a las flores
que eran más bellos, pero no mejores;
corrió el nácar a dos, aún las contemplo,
columnas donde amor tuvo su templo.
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38
Dichas a los cristales fue ventura
que admirados de ver tanta blancura
se condensaron, y al mirarse en ellos,
rémora fue de sus diamantes bellos,
con que excusó que altivo
el hielo racional al cristal vivo
tiranizase el campo a mayor guerra,
creciéndole alimento de la sierra,
copo que al deshacello
le hiló en ruecas de flores el sol bello,
volvió el campo alhelíes,
vistió luego dos medias carmesíes;
hallar el un coturno no podía,
el botón de una rosa le escondía,
y engañada con ira presurosa
dejó el coturno y se calzó la rosa.
En esto ya la tarde
(es el valor valiente a lo cobarde)
vacilaba esplendores,
tierno animaba el céfiro las flores;
ella a su albergue retirarse quiso,
dio de mis ansias un suspiro aviso,
a sus voces de verme lisonjera
la asegura mi voz, y huye ligera,
buscóla amante en otras ocasiones,
y aunque a mis persuasiones
parte de su esquivez vencida veo,
mal sufrido el deseo,
ausencias no consiente al amor mío,
y así, Marcio, con vos, pues de vos fío,
esta noche a mi Egeria mi desvelo,
en esta quinta que, abreviado cielo,
será con su deidad, ver solícito
cuyo oculto distrito
que mi amistad a tu secreto fía
será teatro a la fineza mía.
Perdone Tacia viendo mi desvío,
que la razón no manda al albedrío;
la majestad perdone, que a las leyes
de amor el cielo sujetó a los reyes,
y aunque empeñada ves
mi palabra con Tacia, a mi deseo
un aparente engaño
la libertad prevenga a tanto daño,
que en las leyes del gusto
engaño puede haber que sea justo.
Tan admirado, señor,
de vuestro amor el suceso
me deja, que a creer paso
que solo con vuestro ingenio
con garbo quedar podrán
amor y aborrecimiento.
Mas como la diversión
engaña al curso del tiempo,
reparo en que ya en la quinta
estamos.
Sí, mas advierto
que aún Zarandalla no está
en la puerta, pues con esto
le advertí que me avisase
estar la casa en silencio.
Pag. 39
Has de esperar la noticia.
Impaciente está el deseo,
al ver que es tan tarde ya,
por cuya razón recelo
que puede haber novedad.
Y, pues que la llave tengo
del jardín, entrar por él
sin más dilación pretendo.
Sígueme, Marcial.
Tus pasos
irá mi lealtad siguiendo.
Vanse. Y salen Taria y Nisida con una luz.
¿Que en fin de Numa no hallaste
quien supiese algún afecto?
Aunque entre muchos criados,
con disimulado acuerdo,
procuré inquirir noticia,
fue en vano.
Sale Egeria y Flora al paño.
Silencio, Flora, silencio,
y espérame con las ninfas
en la gruta.
En ella espero.
Vase.
Mas ¿qué es lo que miro? Taria,
¿no es esta?
Antes bien, un viejo,
que es mayoral de la quinta,
me dijo que un aposento
hay en ella donde el rey
habla con Jove en secreto,
y de dulces consonancias
se oyen confusos acentos.
Raro prodigio.
Más que él.
En lo demás ni por pienso.
Sin duda, Numa, vengando
la hizo venir; mas ¡oh necio
pensamiento!, ¿qué razón
pudo tener para hacerlo?
Siéntase.
¡Oh vana ilusión de amor,
que siempre lo más opuesto
a tus glorias acreditas!
Mas ¡qué torpe intenta el sueño
aprisionar los sentidos,
cuando pudo, niño ciego,
creer mi desconfianza,
que por venir yo siguiendo
a Numa, sin que él lo sepa...
Sin que él lo sepa alentemos,
ansias mías.
Al examen
de ciertos vanos recelos,
hallo la noticia; gracias
al amor que vanos fueron.
Y pues lo han sido, descuide
mi amante desasosiego.
Reclínase y duérmese.
Palabra tachada e ilegible debajo de la acotación.
Descuida, ¡ay de mí!, descuida,
ya que yo vivo sintiendo,
que aunque sé que me ama Numa,
no sé qué tienen los celos,
que no les quita el engaño
la razón del sentimiento.
Dormida quedó mi ama.
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Yo me voy a hacer lo mesmo.
[Vase, y sale Numa, y Marzio al paño.]
Mucho, ¡ay de mí!, tarda Numa.
[Sale.]
Toda la quinta en silencio
está; esperad aquí, Marzio.
Mas, rendida Egeria al sueño,
de esperar cansada yace.
Perdona, querido dueño,
que antes no pudo mi fe...
Mas, ¡cielos!, ¿qué es lo que veo?
¡Aquí Tania!
[Hace seña Egeria de forma con un lienzo que repare Numa de esto.]
Antes pudiera
traeros vuestro deseo.
¿Qué miro? En mi cuarto está
Egeria, ¿qué hace? Que, al riesgo,
si Tania despierta ahora,
más corazón al remedio,
y aunque difícil le hallo,
intentémosle venciendo.
Yo al cuarto donde está Egeria
he de pasar; si a este tiempo
despierta Tania, aventuro
de nuestro amor el secreto.
Y así, Marzio, pues en vos
nada se aventura, atento
quitad esa luz que yo,
en esta puerta de en medio,
entretanto me retiro.
Ya, señor, os obedezco.
[Sale, y Numa se pone a la puerta del medio.]
Otro con quien Numa habló,
que va a matar la luz pienso.
Mas, ¿qué veo? ¿Tania es esta?
Dudo lo que miro.
[Despierta.]
¡Ay, cielos!
¡Qué triste sueño! Mas, ¿quién,
villanamente resuelto,
al sagrado de mi honor
se atreve?
Apenas aliento.
Señora, yo, si entré acaso...
Solo vos, apenas puedo
respirar con el enojo,
Marzio, intentarais resuelto
tan libre resolución.
¿Dudáis que aunque escuche un tiempo
vuestras finezas, después
que trató mi casamiento
mi padre con Numa, nunca
mis ojos lugar os dieron
de presumir que cenizas
quedaron de aquel incendio?
¿Qué escucho? Para mi amor
descubro aquí algún remedio.
Raro caso, mas en él
alivio a mi amor encuentro.
Pues si esto es así...
Señora,
ya que disculpar no puedo
el delito en que me halláis,
que me respondáis os ruego,
si acaso desde que Numa...
Pag. 41
en fuerza de los conciertos
es vuestro dueño, mi fe
solicitó vuestro afecto
no, mas negarás agora
que entraste aquí
no lo niego
bien su lealtad averiguo
bien se disculpa
a qué efeto
me decís pues aquí entrasteis
no lo sé
con eso apruebo
vuestra traición pues disculpa
no encontráis a tanto yerro
y aunque puedo hacer que el rey
tan desleal desatento
atrevimiento castigue
debedme esta vez que cuerdo
mi enojo deje el castigo
en las manos del silencio
Nísida
Sale Nísida.
qué es lo que mandas
mas qué miro
apenas puedo
hallar razón al engaño
toma esa luz y al momento
saca de la quinta a Marcio
yo iré por otra luz luego
porque no quedes a escuras
Vase.
no te detengas que menos
importa que sin luz quede
que no que Marcio a este tiempo
esté conmigo, ea idos
Marcio, y mirad que os advierto
que otra vez no hallaréis estas
piedades
guarde os el cielo
el rey queda dentro y solo
aguardarle fuera puedo
Vase.
qué es esto que por mí pasa
que se halla Marcio resuelto
quizá por saber que estaba
yo en la quinta a tal despecho
buena ocasión es aquesta
mas atención, pasos siento
porque Taria no me encuentre
creo que he perdido el tiento
quién va, Nísida, criados,
luces aprisa
Encuéntranse.
ay tal yerro
con Taria Numa encontró
no de mi brazo violento
te has de librar sin que yo
vea quién eres primero
hacia aquí es la voz y así
el último arrisco intento
que sumos riesgos se vencen
con sumos atrevimientos
Sale y se lo lleva.
suelta traidor que evitar
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Los agravios toca al cielo.
¿Egeria es esta?
¡Ay de mí!
Otro asombro.
No al recelo
te sujetes, bella Tania,
que yo otra vez te defiendo.
Sígueme, Numa.
Ya sigo
tus pasos, raro denuedo.
Vanse.
Ilusión, engaño o sombra,
que, no entendida...
Salen Nisida con luz.
¿Qué es esto?
Señora, ¿qué nueva causa
turba tu justo sosiego?
¡Ay, Nisida! Sin mí estoy,
yo encontré raro portento.
Mas dame esa luz, y cierra
esa puerta.
Ya obedezco.
Pero con tal prevención,
¿qué intentas hacer?
Pretendo
ver si a tantas confusiones
algún desengaño encuentro.
Vanse.
Salen Egeria y Numa, y se ve estatua estando abierta la gruta.
Entra, Numa, que aquí están
Flora y las ninfas haciendo
escolta a mis osadías.
Para nosotras precepto
es tu gusto.
Pues tú, ¿cómo
de aquesta gruta el secreto
has sabido?
No es de ahora
esa noticia; ea, entremos,
que vienen luces.
Amor,
todo eres engaños.
Luego
lo verás, pues al que has visto
le he de añadir nuevo esfuerzo.
Vanse, y cerrando salen Tania y Nisida.
En vano, fantasma, sombra,
engaño, ilusión o cuerpo,
que todo en ti lo averiguo,
por toda la quinta pienso
hallarte ya, mas ¿qué miro?
Este simulacro excelso
que, si a los ojos admira,
causa al corazón respeto,
es de quien Numa, sin duda,
respuestas consigue. Pero,
aun aquí de tantas dudas
no hallo alivio.
Es vano intento.
¡Válgame el cielo!
¡Qué asombro!
De Jove sale el acento.
Porque intento vano fuera
buscar desengaño al pecho.
Pag. 43
Porque celos y amor
son con efecto
ilusión, fantasía,
engaño y sueño.
¿Cómo ilusión pueden ser
celos y amor?
Advirtiendo
que celos y amor aumentan
la razón de sus objetos.
¿Y cómo celos y amor
pueden ser sueño?
Sabiendo
que duerme el amor
y sueña en los celos.
¿Y su verdad cómo puede
ser engañosa?
Creyendo
que amor es deidad
de cultos trofeos,
sin justos engaños
se lograran menos.
¿Y puede haber, raro caso,
engaños justos?
Es cierto,
que como amor con ardides
logra tantos vencimientos,
engaños hay que son justos
en guerras de amor y celos,
porque celos y amor son con efecto
ilusión, fantasía, engaño y sueño.
Con la música.
¡Qué bien, oh sagradas voces,
oráculo os considero!
pues con más dudas dejáis
fatigado mi concepto,
añadiendo a la ilusión
engaño y sombra que inquiero,
la nueva ignorada duda
del duro sensible encuentro
de celos y amor, a quien
sujeto el entendimiento,
me rindo, observando solo
que se supone por cierto,
que como amor con ardides
logra tantos vencimientos,
engaños hay que son justos
en guerras de amor y celos,
porque celos y amor son con efecto
ilusión, fantasía, engaño y sueño.
finis
Jornada tercera
Pag. 44
Favia.
Música.
Favia.
Música.
Favia.
Música.
Engaños justos.
Numa Pompilio, jornada
- tercera -
Ondaro.
Pag. 45
+
Jornada tercera. De Numa Pompilio. Salen Marcio y Zarandaja.
Del suceso de la quinta
debe ser, sin duda, efecto
el llamarte Tacia ahora.
En esa forma lo entiendo,
pues no sé que haya otra causa.
Ello fue raro suceso,
y el ardid con que de Tacia
libró Egeria a mi amo, creo
que ha sido miel sobre hojuelas
para su amor, que, en efecto,
ciegan con más vivos rastros
luces del entendimiento.
Cuando yo estaba esperando
al rey después del encuentro
de la quinta a la luz clara
de aquese luminar bello
que suple ausencias del sol,
vi que salía rompiendo
grosero cendal de ramos,
siguiendo sus pasos luego
errante escuadrón de ninfas,
absorto quedé y suspenso
al ver tanta novedad.
Pag. 46
hasta que el rey, refiriendo
el acaso, pude yo,
cortesanamente atento,
hablar a Egeria, porque
no extraño el desasosiego
de Numa, que en su belleza
solo se ve con efecto
de hermosura y discreción
el soberano compuesto.
Solo dificulto cómo
ha de faltar al concierto
del casamiento de Tacia.
Su prudencia hallará medio,
y aun creo que será breve;
pues después que habemos vuelto
del juramento de Curis,
con cautela y con secreto,
a Egeria busqué en el monte,
fiándola el estremo
de mi amor para lograrle,
hice padrinos sus celos;
mas el rey viene a esta sala
donde ha convocado al pueblo
para no sé qué negocios.
Tocan cajas y salen Besio, Próculo y Veleso, y se descubre Numa en un trono.
Habiendo, señor, oído
nobleza y plebe que a un tiempo
mandas que a palacio acudan,
todos han venido atentos,
solo para que ley sea
cuanto proponga tu acuerdo,
que proposiciones tuyas
han de ser luego preceptos.
Todos tu voz esperamos.
Pues oíd todos atentos.
Valientes romanos míos,
cuyos generosos hechos
guarda la memoria en mármol,
escribe en bronce el tiempo:
en este término breve
que de vuestro noble imperio
el venerado laurel
ciñe mis sienes, advierto
que desear las victorias,
el aumento y los aciertos,
no puede compadecerse
con no desear los medios;
pues sin dar culto a los dioses,
sin aras para el obsequio,
rebeldes a su ley, solo
a la vuestra estáis sujetos;
y suponiendo que todos
con luz del entendimiento
viendo la máquina excelsa
del orbe, de ese azul bello,
la hermosura de los astros,
el luminoso concierto,
el aire que blando halaga,
que siempre activo arde el fuego,
Pag. 47
la tierra, de flores bellas
bordada; ese monstruo fiero
del mar levantar gigantes
de cristal, cuyo despecho
de freno blando de arena
se sujeta al frágil viento;
cuya variedad conforme,
por alta merced del cielo
nuestro ser compone, y dura
por su exsistencia el ser nuestro.
Es fuerza que conozcáis
que la vida les debemos
a aquellas primeras causas
de quien estas dependieron.
¿No tiene Jove en la tierra
el universal imperio?
¿No es Neptuno quien las aguas
domina? ¿Eolo en los vientos
no manda? ¿Plutón no es
monarca de los incendios?
¿No influye en todo viviente
el rubio pastor de Admeto?
¿En trojes de oro no cuida
Ceres de vuestro sustento?
¿No reina en la paz Minerva?
¿Mercurio no da el ingenio?
¿Y no es dios de las batallas
Marte, en confusos estruendos?
Tocan cajas, y ábrense presto, y véase, se descubre Marte en un trono.
¿Pues cómo, cuando veis que
agua, tierra, fuego y viento
hacen lides, mieses, flores,
sol, luna, estrellas y cielos,
todo a merced de los dioses
lo conseguís, desatentos
a los dioses no les dais
el justo agradecimiento?
¿Cómo fiel no se ejercita
vuestra reverencia en templos?
¿Cómo no ofrece, ingratos,
sacrificios, el obsequio?
Agradecer beneficios
es de generosos pechos,
ser al beneficio ingratos
os desluce el merecimiento;
y así, al culto de los dioses
os reducid, que con esto
sino mostráis sus favores,
mostráis agradecimientos.
Pero advirtiendo que ha sido
causa de este desacuerdo
dar al valor el cuidado,
pues todo el orbe suspenso,
este albergue, aun en vosotros
no caben vuestros alientos,
pues dilatar pretendéis
bizarramente sedientos
de honor y fama, los grandes
Pag. 48
límites de vuestro imperio,
saber quisiera en la guerra
que logró vuestro despecho,
diréis que un tiempo una gloria
que eterniza vuestros pechos;
mas si conforme a razón
lo pondera vuestro acuerdo,
la misma inmortalidad
os culpará suponiendo
que cuando a la tiranía
de usurparle al propio dueño
sus reinos le levantáis
tanto coloso soberbio,
a su fábrica ponéis
cadáveres por cimientos.
Y así este sediento monstruo
que os divierte del obsequio,
descanse abrazo del ocio,
descuide hasta mejor tiempo;
cese la guerra, pues veis
que en los marciales encuentros
podéis levantar altivas
aras a vuestro escarmiento.
Y asimismo disponed
con brevedad los conciertos
de las paces con los bélicos,
con quien de treguas el reino
solo tiene.
Aunque parezca
que los límites excedo
de buen vasallo que cifra
en la obediencia el respeto,
dándome, señor, licencia,
por la experiencia que tengo
en la milicia, diré
lo que se me ofrece en esto.
No dudamos que es la paz
deidad cuyo ilustre templo
le perfuma la abundancia
y le levanta el sosiego;
pero, señor, si advertimos
que es el ocio lisonjero
hijo de la paz, ¿qué harán
embotados los aceros
si los enemigos ven
tan ocioso el valor nuestro?
Juzgarán que lo que fue
conveniencia pasa a miedo,
y de los pasados odios
fomentando rencor nuevo,
han de invadirnos y hallarnos
sin prevenciones el riesgo,
sin ejercicio las fuerzas,
helado el marcial despecho,
y sin soldados en fin;
que al militar ardimiento
en la fragua de la guerra
le forja a golpes el tiempo.
Licenciosa es la milicia,
Pag. 49
Y con difícil acuerdo
le reduce a civil vida,
el militar desconcierto.
Entre las armas nació
Roma, y fue entre ellas creciendo,
pues, ¿cómo, olvidada de ellas,
dejara el ser que le dieron?
Y más cuando cuantos hijos
hoy tiene Roma nacieron
de una violencia. Sus muros,
por envidioso despecho,
con humana sangre tienen
amasado el fundamento.
Esta, que pudiera ser
razón de dudar su efeto,
no le estorba a la obediencia.
Y así, señor, pues tu acuerdo
juzga la paz conveniente,
tu gusto obedeceremos.
Mas en lo tocante al culto,
digo, señor...
Deteneos,
Marcio, que en los decuriones
hoy se representa el pueblo,
y el pueblo ha de responder.
Señor, por nuestros acentos,
no dudamos que a las causas
primeras, de culto inmenso
poder, las segundas penden;
y que los dioses supremos
que has referido, a su arbitrio
distribuyen sus efectos;
pero, señor, si nosotros
la ley natural siguiendo,
en ella no hemos hallado
disposición o precepto
que a hacer templos nos obligue,
o que el sacrificio y ruego
nos mande, sino que solos
ingratos no retornemos
en ofensa el beneficio,
ni en ingratitud el premio.
¿Por qué a vanas novedades
hemos de obligar al pueblo,
que salven a servidumbre,
cuando desde su primero
origen, con el descuido
desta libertad vivieron?
Para venerar los dioses
no son menester los templos,
ni los sacrificios son
precisos para el obsequio.
Pues, ¿cómo, a lo más piadoso,
con endurecido pecho,
estudiando resistencias
se opone vuestro desvelo?
Vuestra majestad, señor,
si es que admite mi consejo,
esta materia suspenda;
pues no querrá, según veo,
Pag. 50
el pueblo, esta novedad.
Todos decimos lo mesmo.
¡Oh dura gente! Yo haré,
aunque pese a vuestro ciego
error, que un engaño alumbre
el errado, infiel concepto
de vuestra obstinación necia,
para que veáis que quiero,
no introducir novedades
injustas, a proponeros
paso un medio. Si los dioses,
usando de sus portentos,
el culto, la adoración,
sacrificio y rendimiento
os mandan, ¿resistiréis
su gusto?
¿Cómo podremos
no obedecer a los dioses?
Pues mañana consultemos
los oráculos sagrados
que en los venerables senos
del Aricino responden.
Todos seguirte ofrecemos,
y obedecer cuanto manden
sus soberanos decretos.
Pues apenas ese fénix
de esplendores renaciendo,
a soplos de luz apague
las luces de los luceros,
habéis de ver que los dioses
a mi reverente ruego
movidos para su culto
atraen vuestros afectos.
A mucho se empeña el rey.
Si se cumple el gran portento.
Yo dispondré con Egeria
la cautela que revuelvo,
que engaños hay que son justos
cuando es también justo el celo.
Vanse, y sale Egeria y Flora, de hombres.
Basta, Egeria, que admire,
que de la ejecución no te retire
de una temeridad tan ciega y vana,
ya que no el ser quien eres de Diana,
el respeto y temor, pues de este modo,
despreciándolo todo,
con aqueste disfraz a Roma vienes.
Egeria, ¿qué es tu intento,
¿qué previenes?
En vano, Flora mía,
el curso suspender de mi porfía
intenta tu cuidado.
Con reparos de honor, miedos de estado,
pues ni a su punto propio ni a los cielos
miro jamás amor teniendo celos.
Celos tengo y amor; y pues hiciste
que un labrador que asiste
en la quinta de Numa a Curis fuese,
y una joya vendiese
de las que de mi madre reservaron
las ninfas que piadosas me criaron,
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De culto precio aquestos dos vestidos
comprase, y con los trajes desmentidos
en Roma estamos a estorbar que Tracia
con su ventura intente mi desgracia,
y a procurar que en Numa aquesta ausencia,
último torcedor de mi paciencia,
olvidos no ocasione; que me dejes
te ruego en mi locura y no aconsejes.
Pues no quieres que hablemos
en este arrojo de los tus estremos,
y admiro solo cuanto
de la romana fábrica me espanto.
Es Roma gran ciudad y admiro en ella
ver que cada edificio en su querella
altivamente sube
a ser pilastra de una y otra nube.
Y ahora, ¿qué es tu intento?
Ver secretito a Numa.
Bravo cuento.
¿Y eso cómo ha de ser, si en su palacio,
que es ese suntuoso, altivo espacio
donde ves concurrir al pueblo todo,
retirado está ya?
¿Y el amor modo
no ha de tener bastante
de cumplir los deseos a un amante?
En él las dos entremos,
y quien de mi locura los estremos
admire es bien que advierta que hubo pocos
a quien celos y amor no hicieron locos.
Yo solamente siento
que sin celos y amor en este cuento
quiera mi desventura
me alcance tanta parte en la locura.
Vanse.
Sale Zarandaja con luces.
Albergue, va anocheciendo,
y que es fuerza que acabando
basta el parlamento, luces
traigo al cuarto de mi amo,
que mal el culto admitieron
de los señores romanos,
sin duda que ellos quisieron
ni ser de Dios ni del diablo.
Al paño Egeria y Flora.
Este, según nos han dicho,
ha de ser sin duda el cuarto.
A mucho riesgo te expones
si hay gente.
Solo un criado
parece que hay; y así, encubre
el rostro y pregunta.
Hidalgo...
¿Qué es hidalgo? Bien se ve
que extranjero sois, pues tanto
ignoráis.
No habemos hecho
mal lance, pues encontramos
con Zarandaja. Decid,
pues en lo que yo he faltado,
para enmendarlo otra vez.
Y será bien enmendarlo,
pues ya no hay sin señoría.
Pag. 52
sabandijas en palacio.
Pues yo sé que a pocos días
que hubiera usía tomado,
que con un vos le dejaran
huir por un monte.
Paso,
que las señas del huir
me hacen pensar que usted es macho
como yo hembra.
Descúbrese.
Pues siempre
el librarte me ha tocado,
como sabes, también quiero
librarte ahora del cuidado.
Yo soy.
Pues, señora, ¿cómo
sin reparar, y no en vano,
los riesgos de conocida
te pones?
Son tan villanos
los celos que su malicia
aumentan mis sobresaltos.
Y como que dices bien,
que celos, a lo que alcanzo,
son el pecado de amor
que hace al alma andar penando;
son un censo del cariño
que se paga con cuidados;
son suegras de la fineza,
y por decirlo más claro,
hacen oficio de dueñas
de Cupido en el palacio.
¿Y dónde está el rey?
Vase.
Quedó
en la sala del senado,
mas en aqueste aposento
os retirad entre tanto,
que doy de vuestra venida
secreto aviso a mi amo.
Ya engañoso dios que infiel
me obligas a que olvidando
de mi honor las atenciones,
de Diana los sagrados
ritos que profeso olvide,
obligándome tirano
a tan increíble arrojo,
de tantos celos salgamos
de una vez, y pues al monte
vino a declararme Marcio
si bien con lealtad su amor,
mi receloso cuidado
no cesará hasta lograr
que le dé a Taria la mano;
y pues esta noche vengo
a ver a Numa ultrajando
mi punto y mi vanidad,
creyendo que es menos daño
que yo en este traje venga
que no exponer al acaso
al rey de que le hallen menos
a deshora en su palacio.
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Mi ardid ha de poder poco
o traza ha de ser de Marcio;
mas luces veo, sin duda
que viene el rey a su cuarto.
Retírase a la puerta izquierda, y salen Numa, Marcio, Besio, Beleso y Próculo.
Todo el sentimiento que
tengo de que este obstinado
vulgo a los dioses reniegue
sacrificios y holocaustos,
es preciso que el semblante
hoy lo disimule blando,
y procure obligar cuerdo
a estos que, representando
al pueblo, son voz que el pueblo
todo articula en sus labios.
Señor, con vuestra licencia,
pues quedáis en vuestro cuarto,
es bien que nos retiremos;
porque paréntesis blando
de vuestros cuidados sea
gustoso, feliz descanso.
Sea enhorabuena, y pues
ya pude con más espacio
averiguar los oficios
que vacan, ahora he de darlos;
que, pues con cuidado quedo,
quiero que vais con cuidados.
Ser del alcázar alcaide
al vuestro, Beleso, encargo,
y a vos, Próculo, también;
sois alcaide de palacio,
y así podéis desde ahora
ir a descansar entrambos;
que yo por eso también
ahora en los dos descanso.
(Vase.)
Beso vuestros pies por tales
honras.
(Vase.)
Por favores tantos,
de vuestras reales plantas
desea el sello mi labio.
Vos, valiente Marcio, y vos,
amigo Besio, por cuanto
la guarda de los trescientos
a Celeres desarmando,
cuidad de mi guarda, pues
es justo que a quien he dado
las llaves del corazón,
no niegue las de mi cuarto.
Esta es, Besio, la de aquel
que del vuestro al mío es paso.
¡Ay, Egeria! Que es del Besio
el retrete donde estamos.
Calla y mira, porque ya
otro remedio no hallo.
Y esta es de esotro que ahora
a vos os señalo, Marcio.
Por merced tan singular,
a daros gracias no paso,
que donde el respeto estorba,
más se agradece callando.
Voy a ver para qué efecto
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tavía a llamarme ha enviado.
Vase.
Ni yo quiero agradeceros
ese honor, pues es en vano
que la real confianza
pueda encarecerse cuanto
debe estimarse, y así,
por no quedar corto, callo;
y ahora, con vuestra licencia,
de aqueste favor usando,
a mi cuarto pasaré
por esta puerta.
¡Oh, qué raro peligro!
La hicimos buena.
Si Vecio llega a encontrarnos,
soy perdida, y pues no puedo
de otra manera estorbarlo,
retirándome, y en mientra
donde me oculte no hallo.
Vanse.
Recogeos pues, noble Vecio.
El cielo os guarde mil años.
Vase.
Ya que hemos quedado solos,
amor, dile a mi cuidado
cuándo de Egeria veré
la amante luz.
Sale Zara.
Yo he tardado,
sin duda, ni duda tiene
la culpa que sobre el caso
de la quinta me ha rompido
con mil preguntas los cascos.
Señor, ¡oh, cuánto me huelgo
que solo te hayan dejado
para decirte que Egeria
te espera!
Son los cuidados
del reino tan grandes que
no me permiten, tirano,
que vaya a verla.
Yo, yo
a esta sala te la traigo,
¿qué me darás?
Si posible fuera,
toda el alma.
Bravo
desempeño es la cadena
de un alma, pero dejando
las burlas, este retrete
la oculta.
¿Anda loco?
Ando,
mas será para que salga;
pero pues tú la has cerrado
y allá la habrás visto...
¿Yo, a quién?
A Egeria.
No seas pesado,
que no estoy para locuras.
Yo la dejé en este cuarto,
y hablo, ¡por Baco!, de veras,
si es que lo permite Baco,
y fui a buscarte al instante.
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¿Qué he de hacer si habrá encontrado
Besio con ella? Mas no,
porque al verle entrar es llano
que por esa galería
que al cuarto de Tacia es paso
se habrá retirado; y pues
como es estilo ha quedado
otra llave en mi poder
desa puerta, entraré dando
lugar a que se suspenda
con mi presencia el acaso.
Pues no entiendo esto qué es,
sigo, escucho, miro y callo.
Vanse, y salen Egeria y Flora.
Siguiéndonos viene Besio,
que ya nos vio.
Alarga el paso.
Luz hay aquí, oh si quisiera
nuestra fortuna que hallando
la puerta...
Sale Marcio por la puerta de entre la cortina al lado izquierdo.
Mientras que Besio
con el rey está, llamado
de Tacia vengo a saber
lo que ordena; mas al paso
veo dos hombres.
¿Qué miro?
Fortuna, ¿no es este Marcio?
¡Marcio!
Descúbrese.
Señora, pues ¿cómo
vos aquí?
No ese cuidado
os suspenda, ved ahora
por donde las dos salgamos.
Aprisa.
Señala por donde salió él.
Esa puerta sale
a un corredor de palacio
donde está el cuarto del rey.
Pues vos quedaos aquí, Marcio,
que esto importa para que
veáis vuestro amor logrado.
Mata la luz.
¿Qué hacéis?
Nada receléis,
que de todo he de sacaros.
Vanse las dos.
Rara confusión.
Sale Besio por la derecha, que fue por donde salió Egeria.
Apenas
quise pasar a mi cuarto
cuando de la galería
vi venirse retirando
a este retrete dos hombres.
Vamos, honor, más despacio.
Sale Tacia por el lado derecho de la cortina.
La confusión de la quinta,
y haber antes encontrado
en ella a Marcio, me obliga
a llamarle examinando
de tanto ignorado asombro
o la verdad, o el engaño;
mas ¡qué oscura está esta pieza!
¿la luz Nísida ha olvidado?
Llamar quiero antes que puedan
hallar la puerta. ¡Criados!
¡Nísida! ¡Luces!
Mi padre.
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Es quien llama.
Raro caso.
¿Es este? ¿Qué he de hacer,
que a la puerta estoy turbado?
(Nisida con luz.)
Ya hay luz aquí.
¿Qué miro?
¡Fuerte empeño!
¿Aquí con Marcio,
Tacia, mi hija?
¡Ay de mí!
Señor, cómo aliento en vano.
¿Qué es esto, Marcio, a estas horas,
ya a oscuras, dos en mi cuarto?
¿Qué buscáis? Hablad, porque
por los cielos soberanos,
que si escrúpulo le queda,
después de haber escuchado
vuestra respuesta, a mi honor,
a vos y a quien haya dado
ocasión (que es ocasión
a quien sombra de mi agravio
ha pensado), le hará
este acero...
Reportaos,
Bezio, que en quien nació noble
no puede haber embarazo
de satisfacer de honor
el escrúpulo más vano;
que donde una dama arriesga
su punto, y es a él reparo,
Numa sale por la puerta que Vezio, que es la derecha.
A nadie encontré hasta aquí,
ni del silencio en que hallo
todo el cuarto inferir puedo
que con Egeria he encontrado.
Allá, Bezio. Mas, ¿qué miro?
Con Marcio está aquí y entrambos
perdido el color; allí
Tacia está con sobresalto.
Escuchemos lo que es esto.
Yo, Bezio, pasando acaso
por el corredor noté
que dos hombres embozados
junto a vuestra puerta estaban,
y juzgando ser criados
no hice más reparo en ellos;
mas luego, de allí faltando,
vuestras voces escuché,
de cuyo acento llamado,
entendiendo que ser pudo
otra la ocasión, he entrado.
Y yo, señor, a las mismas
voces salí.
Dudo en vano;
que aunque esta satisfacción
es común, tengo reparo
en no admitirla, porque
si por mi venganza el caso
se publica, a Tacia el rey
no le querrá dar la mano,
además que si salió
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Texto tachado ilegible en el margen superior izquierdo
Marzio, poco ha del cuarto
del rey, no pudo ser quien
vi yo en la galería. Vamos
agora hasta más examen,
eligiendo el menor daño,
aunque esa satisfacción
pudiera no admitir, cuando
sé que sois noble y leal
a vuestros reyes, no le falto
a mi honor con admitirla,
pues para creer que ingrato
a mi amistad ofendéis,
he de pensar que vasallo
sois también traidor al rey,
y esto no he de imaginarlo;
y así, Marzio, recogeos,
y otra ocasión en mi cuarto
no entréis sin llamaros; vos,
Tasia, también retiraos.
Con prudencia ha obrado Vesio.
Sale Zaranda.
Señor mío.
Habla más paso.
En tu cuarto queda Egeria
esperándote.
Pues vamos,
que sin duda fue quien vio
Marzio saliendo del cuarto;
y pues ves que no hay riesgo
en este lance y que saco
dél la ocasión para que
consiga mi amor el lauro,
yo haré que Tasia le dé
a Marzio luego la mano.
Vanse.
Bien sé, noble Vesio, que
mi intención no os ha agraviado,
si bien ofendida queda
mi lealtad de que pensando
halláis de que yo a más intento
que a venerar el sagrado
que aun mi mismo rey venera
pude entrar, así afianzo
el desengaño en las dudas
que tener Vesio ha mostrado.
Qué bien Marzio ha desmentido
de mi padre los cuidados.
No, señor Marzio, creáis
que me vierais tan templado,
a no pensar que sois noble
y leal, y así dejando
esas quejas a una parte,
siente vuestro pecho hidalgo
que para que mi furor
no sobresaliese airado,
fue menester que creyese
cuanto pudo disculparos.
No he menester yo, señor,
que a vuestra atención, cuidado,
le cuesten disculpas mías,
y si no fuerais quien tanto
ultraja mi vanidad
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por el solio soberano
de mi honor, a cuya imagen
son víctima y holocausto
las luces del sol más puras
que vierais,
Tasia, despacio,
que no dar causa a enojos
fuera mejor que enojaros,
Marzio, el cielo os guarde.
Él mismo
os asista, amor tirano.
Celos traidores.
De honor
nobles y atentos reparos.
Vase.
Yo he de seguir tus ideas.
Vase.
Yo he de ver si averiguarlos
podré.
Vase y salen Zarandalla, Egeria y Flora.
Y yo, pues reconozco
que en el examen de tanto
tropel de dudas pasó
la noche; y la aurora dando
entero giro nos trae
el día, en cuyo teatro
espera Numa se vea
el culto representado
a inspiración soberana
de los oráculos sacros,
voy a ver si el rey dispone
que al Aricino partamos,
y en volviendo, logre o no
su fin con anhelo honrado,
he de procurar que el rey
de luego ataje la mano,
que las fortunas de honor
penden de muchos acasos.
Desde aquí puedes volverte,
pues la risueña y hermosa
madeja de luces bellas
empieza a peinar la aurora.
Hasta quedar en tu albergue
no es bien que te deje sola,
y pues los caballos quedan
ocultos en la frondosa
espesura de ese bosque,
déjame, por Dios, señora,
mientras llegamos allá
que admire cómo tan pronta
salir del cuarto de Verio
pudiste, y cómo a esa hora
cautelosa en tu lugar
dejaste a Marzio.
Amor logra
sus triunfos haciendo siempre
de los pesares lisonjas.
Harto lo admiro, mi amo,
y aun estimo que a tan poca
costa la ocasión le venga
de sosegar las celosas
ansias suyas, bien que fue
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(Caxa)
menester, con el que toda
su intercesión disculpase
a Marcio, porque es notoria
política de los reyes
tener por culpa alevosa
que a querer llegue el vasallo
lo que aborrecen, de forma
que el perro del hortelano
son en amor, pues estorban,
no comiendo, la hermosura
que otro la hermosura coma.
No tiene Marcio la culpa,
pues al cuarto entró por sola
mi persuasión, que mis celos
sosegar quise engañosa,
como se lo dije a Numa;
pero vete, que ya es hora
de prevenir a las ninfas
que a mi amor aficionadas
asisten, para que, cuando
Numa, asistido de toda
la nobleza y plebe, venga,
como sabes, porque a sola
su lealtad lo fía, ocultos
oráculos le respondan.
(Toca.)
Bien dices; voy a tomar
el caballo, mas de trompas
y parches lejana se oye
consonancia numerosa.
Sin duda es Numa, Tarandalla;
las ninfas juntemos, Flora,
y de los dioses el mío,
y los triunfos se dispongan.
(Vase.)
Y los señores romanos,
aunque de astutos blasonan,
han de beber del culto
en desconocida copa.
(Vase.)
Yo tomando esta vereda
pretendo escurrir la bola,
pues acercándose aprisa
viene la romana tropa,
diciendo una y otra vez
las voces armoniosas.
Del pueblo romano escuchen
las sacras deidades, al ruego piadosas,
y en las dudas que proponen
sea el desengaño divina lisonja.
(Salen Numa, Marcio, Próculo, Veleso, Vecio, Tacia, Nísida y soldados.)
Oh, noble romano pueblo,
que a la piedad os excita
mi justo fin, cuando ve
que lo que más os importa,
que es tener los dioses gratos,
resistís; mi fe oficiosa
la consulta os aconseja,
de oráculos que os respondan,
labrando de vuestros pechos
las resistencias ociosas.
Al sacro Aricino vengo,
asistido de la heroica
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fe vuestra que al cielo atenta
repite en voces sonoras
del pueblo romano escuchen
sus sacras deidades el ruego piadosas
y en las dudas que proponen
sea el desengaño divina lisonja
nosotros ya convencidos
de que tu piedad exhorta
a todo a lo mejor
que es justa deuda forzosa
que el ser humano al divino
veneraciones y pompas
le tribute en sacrificios
que a sus piedades retorna
solo venimos porque
del pueblo la fe dudosa
le desengañe y admita
por ley que el cielo pregona
el culto de las deidades
que compasivas nos oigan
cuando diciendo rendida
nuestra voz el aire rompa
que en inspiraciones por ley se proponga
a Roma si es justo el culto que ignora
no dudo, vasallos míos,
que no habemos de hallar sordas
las piedades en el ruego
y así tu deidad piadosa
pues consultamos tu agrado
benignamente responda
sacro Jove que el supremo
alcázar de olimpo moras
y en tartáreas porcelanas
brindas celestial ambrosía
como valiente podrás
dominar al orbe Roma
tributando cultos en aras dichosas
raro asombro
admiración notable
acción prodigiosa
tú, ninfa, que substituyes
del día la bella antorcha
mientras del nadir celeste
ocupa el sol las alcobas
cuando Roma ha de lograr
el destierro de sus sombras
cuando sus obsequios mi deidad conozcan
tú, Marte, cuya ceniza
para muchas muertes sobra
haciendo que a tus preguntas
herido el bronce responda
dónde se llegan a ver
más seguras las victorias
donde a mis altares sacrificios votan
y tú, deidad soberana,
que de tus cenizas propias
fénix naces y en mullido
catre de espumas reposas
cuando Roma de tus rayos
será feliz mariposa
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Canta música
Cuando en piras arda, su adoración pronta,
y venciendo lo ingrato
que hoy la baldona,
logrará el feliz nombre de religiosa.
Romanos, qué más portentos
busca vuestra fe dudosa?
Viva el culto de los dioses.
Y viva también la heroica
virtud de Numa, por quien
divino ser nos informa.
Eríjanse luego templos,
cuya máquina espaciosa
humilde teatro sea
de sus soberanas glorias;
y el culto desde hoy por ley
absoluta se disponga.
Ahora sí, romanos míos,
que mi vanidad blasona
de ser vuestro rey; y así,
las voces afectuosas
volviendo a Roma publiquen
entre cláusulas sonoras...
Oíd, tened, romanos,
que aún le falta a Roma
el más ilustre triunfo,
la más altiva gloria.
Qué triunfo falta?
El de amor.
El de amor, pues de qué forma?
Reinando con Numa,
deidad prodigiosa,
que no es para menos
reina tal corona.
Pues qué deidad o sagrados
dioses es a quien la heroica
corona de Roma debe
ceñir las sienes dichosas?
Ninfa gentil de Diana,
bella emulación de todas,
sin culto florida estrella,
sin aras luciente rosa.
Pues quién esposa de Numa
puede ser?
Egeria sola;
pues los dioses ordenan
que siendo esposa,
su belleza de Numa
la adore Roma.
Descúbrese el foro y se ven cinco grutas; por la de en medio salen Egeria y ninfas, y las de los lados se ven los cuatro oráculos.
Del imperio romano
la gloria le establecen las deidades,
queriendo por su mano
lograr veneraciones sus piedades;
que a divinos portentos
sirven tal vez humanos instrumentos.
Del coro de Diana
al cetro la conduce la influencia
de estrella soberana,
con quien es vana humana resistencia;
pues aun altiva influye
que en amar pare la esquivez que huye.
Qué admiración!
Estos celos...
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es la deidad prodigiosa
cuyas piedades me dieron
vida en el monte.
Interrompa
breve paréntesis solo
tal prodigio; Egeria hermosa,
pues por su ser se le debe
tal veneración a todas,
que no es bien que desairada
al tiempo de ajena pompa
esté una dama; y así
a Marcio le da de esposa
Tacia la mano, conque,
presidiendo vuestras glorias,
la que es voluntad del cielo
ha de juzgarse acción propia.
Aunque venerar se deben
portentos que tanto asombran,
acordaos, señor, que Tacia
con vos casada...
Esto importa,
pues que los dioses lo ordenan;
y vos anoche a deshora
a Marcio con Tacia hallasteis,
y agradecedme que ahora
no se da por entendido
mi enojo.
Aunque tan forzosa
es la obediencia a los dioses,
no sosiegan las celosas
ansias mías su decreto,
que en mi sentir una cosa
es la disposición sacra
y otra una humana zozobra.
Quien me obliga que yo ceda
del derecho que me toca
es solo reconocerme
a las piedades deudora
de la sacra Egeria, que
entre las quiebras fragosas
del Aricino me dio
vida; y aunque el cielo ahora
el decreto revocase,
mi voluntad oficiosa,
si en el corazón amor
alma segunda se informa,
por la vida que le debe,
con un alma le retorna.
Y así, esta es mi mano, Marcio.
¡Feliz quien tanto bien logra!
Acción peregrina ha sido
la de Tacia.
Pues yo ahora,
obedeciendo del cielo
la voluntad misteriosa,
del sacro Aricino dejo
la oculta mansión, y a Roma,
en el trono de tu afecto,
que en mí es la primer corona,
el imperio de mi amor
traslado, dando oficiosa
culto a los dioses, mi anhelo.
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Y a ella triunfos y victorias,
pues tan feliz para mí
fue este día, Egeria hermosa,
no ha de malograr mi amor
instante alguno sin que oiga
celebrarme esposo tuyo;
y dejando la forzosa
aclamación para cuando
entres a triunfar en Roma,
esta es mi mano.
En ella
el alma, amor, te retorna.
Pues, romanos, ya que veis
que duplicadas las glorias
os da el cielo, decid todos
con voces afectuosas
que vivan Egeria y Numa.
Pues los dioses ordenan
que, siendo esposa,
su belleza de Numa,
la adore Roma.
- finis -
Alicante, 7 noviembre de 1704 años.
