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Texto digital de El desdén apetecido

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El desdén apetecido. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-desden-apetecido.

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EL DESDÉN APETECIDO

Jornada primera

Pag. 1

Comedia nueva. El Desdén Apetecido. Don Diego Artife. Gurullón. Doña Laura. Don Carlos. Fabio. Doña Clara. Don Sancho. Un escribano. Selenisa. Música.

Salen don Diego y Gurullón.

Gurullón.

Perdidos somos, si aquí

alguno nos llega a ver.

Don Diego.

Todo se echaba a perder,

mas esto me importa a mí.

Gurullón.

Señor, por san Juan de Dios,

si acaso te causa tedio,

que me des algún remedio,

para excusar una tos.

Don Diego.

Remedio es bien manual,

si por tu poca cordura

se quiebra la coyuntura,

que la escuse este puñal.

Gurullón.

¿Y si acaso un estornudo

viene de manos a boca?

Don Diego.

Gurullón, callar te toca.

Gurullón.

¿Dónde descubrirse pudo

tal martirio en condición

de criado? Que en efeto

criado, y guardar secreto

implica contradicción.

Pero quisiera saber

en qué se funda el intento

de venir a un aposento

tan oscuro, que a mi ver

en tan luenga oscuridad

es de noche a medio día,

y ratones a porfía

corren con celeridad,

y tal miedo en mí se labra,

Pag. 2

Gurullón.

que cada instante imagino

que nos ha encantado Alcino

en esta sima de Cabra,

si ya de Creta no es

el laberinto famoso,

y el Minotauro furioso

estira sus cuatro pies.

Don Diego.

Pues oye, porque me dejes

lo que me conduce aquí,

pero no te pido

Gurullón, que me aconsejes.

Gurullón.

¿Serás breve?

Don Diego.

Sí seré.

Gurullón.

Pues como que seas largo,

si me retoca un letargo,

siete durmiente seré.

Empieza pues.

Don Diego.

Oye atento.

Ya sabes cómo es mi patria

la gran ciudad de Toledo,

cuyos elogios la trompa

de la fama en claros ecos

festiva repite en todo

el circo del universo,

sea pues único elogio,

que lo encarezca el silencio

que la lengua, y la pluma

es incapaz instrumento.

Heredé de los Artifes

noble sangre, y en los tiernos

años huérfano quedé

sirviéndome de consuelo

don Juan Artife mi tío,

que mirando a mis aumentos,

fue tutor, y curador,

dándome los alimentos

de un mediano mayorazgo,

que para un mozo soltero

si no me sobra, no falta

para los trajes, y juego.

Huyendo vine a Madrid,

como sabes.

Gurullón.

Ya sé el cuento.

Pues en un juego de trucos

altercando muy soberbio

sobre cierta diferencia

un valiente caballero,

que era en el sentir de todos

de lo mejor de Toledo,

a mano abierta en tu cara

señaló los cinco dedos.

A cuyo tiempo pudiste

por el vacío derecho

meterle una daga, con que

se fue a cenar con los muertos.

Y viendo que te seguían

sus amigos, y sus deudos,

a la Corte te has venido,

para estar más encubierto

hasta que esto se serene.

Don Diego.

Pues ya que sabes aquesto,

escucha lo que no sabes,

escucha el voraz incendio

que tan tenaz se apodera

de lo interior de mi pecho.

El Etna más comburente,

el Volcán, el Mongibelo,

el Áspid, el Basilisco,

el tósigo, y el veneno,

a cuya furia me abraso,

y a cuya vista fallezco

sin esperanza de alivio

que serene mi tormento.

Sin agua piadosa, que

me sirva de refrigerio,

apagando lo furioso

de tan comburente fuego.

Tres meses pienso que habrá,

que vine a Madrid huyendo,

¡ojalá nunca viniera

para morir como muero!

¡Ojalá el ligero bruto,

que me trajo de Toledo,

sin atender a la espuela,

ni a las órdenes del freno,

desbocado despeñara

al que venero por dueño,

imitando a Faetón,

que pretendió soberbio

gobernar la hermosa tea,

que da luz al universo!

Tres meses, vuelvo a decir,

Pag. 3

Don Diego.

ha que la corte paseo

disfrazado por el lance,

que me sucedió en Toledo,

y saliendo por acaso

al divertido paseo

que Manzanares humilde

baña con tanto respeto,

que apenas le toca, cuando

con la arena de su anexo

le enjuga siendo un vergel

hermoso, florido, y fresco

obra en fin de aquel ilustre

esclarecido Salcedo,

en este espolón en fin

divertía el pensamiento

cuando veo hacia las tapias,

que al Parque sirven de cerco

una nieve, en que me abraso,

una llama, en que me hielo,

un asombro, que suspende,

un prodigioso portento,

y un no sé qué de beldad

con tan poderoso imperio,

que avasalla cuanto mira

con sus brillantes luceros.

Suspenso quedé; tal vez

no has visto fiar al viento

una nave, cuyas velas

cortinas son del espejo

marítimo, y volando

con el favor de los vientos

surca los tersos cristales

con ímpetu tan soberbio,

que parece exhalación

su alado curso violento,

hasta que el cruel Neptuno

Monarca de aquel imperio

enarbolando el tridente,

y conjurando a los vientos,

hace que la nave choque

en un escollo soberbio,

a cuya vista el Piloto

cercado de desconsuelos,

aturdido, y temeroso

con el súbito suceso,

cubierto de parasismos

ni da reglas, ni preceptos,

siquiera para salvar,

sino la hacienda los cuerpos,

de modo que en el naufragio

los míseros perecieron

sirviéndoles de sepulcro

aquel salado elemento?

Pues así la triste nave

de mi buen o mal talento

desayudada navegaba

por las ondas de mi pecho

hasta que el Dios faretrado

tirano, rapaz, y ciego

con iras inopinadas,

con implacables incendios

en mi sentido introdujo,

este, que miro veneno,

oponiéndose un escollo,

en que rompidos los remos

de todos cinco sentidos,

asustado titubeo,

y viendo ser imposible,

resistir a su denuedo,

rendido me confesé

a las plantas de su cielo.

Este Cielo te pintara,

Gurullón, pero recelo,

que Zeuxis, Parrasio, Apeles,

y otros célebres, que dieron

con destreza portentosa

alma mucha en poco lienzo,

al mirar la perfección

de este divino portento,

al punto desistirían

del empeño, que prometo;

pero como está tan vivo

su original en mi pecho,

haré con tosco pincel

al menos un bosquejo,

que en cortas sombras explique

el que está guardado dentro.

Pag. 4

Pintura.

Don Diego.

Era la trenza, que a la seda fía

oscura noche, que amenaza al día,

y porque no se jacte de que luce,

a una verde colonia se reduce.

(mal por las ondas a pintarla llego,

maravilla será, si no me anego.)

Su frente es el Diciembre, que nevado

en poblar esta cumbre se ha esmerado,

pero los ojos, que la nieve vieron

Etíopes furiosos se opusieron

y viendo, que la nieve con porfía

todo el ámbito hermoso discurría

un arco negro cada cual embaraza,

mas ella de temor desembaraza,

quedan los ojos negros, y el semblante

como el armiño puro rutilante.

Es su nariz por uno, y otro lado

dos caños de marfil muy extremado,

aunque si mi cuidado se reporta,

nunca pecó de larga, sí de corta.

Su boca es un clavel partido en medio,

cuyos purpúreos labios son asedio

de menudos aljófares, que encierra,

y contra tan continua aquella guerra,

los de adentro se ven fortificados,

y los tristes de afuera ensangrentados,

despidiendo de adentro, en vez de bala,

aliento hermoso, que dulzura exhala.